10 abril 2026

Ser buena gente *

  * Escrito por José Luis Sastre para El País

Los ingenuos. Los frágiles. Las almas cándidas. Esos a los que llaman flojos y tibios y buenistas y cosas peores. Los que no gritan. Los que escuchan. Los que se ponen en la piel de otros, a los que no conocen. Los que cuidan y preguntan qué tal estás con una curiosidad sincera. Los honestos que van de frente y sin doblez. Los que se revuelven aunque les critiquen, porque siempre critican. Los que hacen aquello que creen que tienen que hacer.

Los que dudan y, en cambio, tienen clara la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal. Los que hacen preguntas pero no son equidistantes: los que se hacen preguntas para no ser equidistantes. Los que podrían dormir tranquilos y, sin embargo, se desvelan. Los que sufren y conviven con un malestar que no es por ellos, o no es solo por ellos, sino que es también por los demás. Los que se atreven a decir no estoy bien y algo me pasa. Los que se inquietan por la deriva del mundo. Los que saben dónde está la injusticia, y se rebelan.

Los que discuten que siempre gane el más fuerte y el que más se aproveche. Los que piensan que sirven de algo sus pequeños gestos, sus gestos minúsculos que no importan a nadie, y construyen a su alrededor un lugar pequeño pero seguro, un refugio sin algoritmos. Los discretos. Los que bailan. Los que se ríen. Los que no pasan los días enfadados, ahogados por la bilis de sus reproches. Los que se dan cuenta de sus rencores y saben qué hacer con la rabia. Los que conocen su sitio y desde qué altura han de mirar a los demás.

Los que tratan de cambiar algo por mucho que asuman que el mundo más global lo dominan en realidad muy pocas manos. Los que confían en la condición humana y se acuerdan de que, incluso tras el espanto de la Segunda Guerra Mundial, Camus escribió de la solidaridad entre los hombres y se congratuló de quienes cumplieron con su deber, más allá de su ideología. Los que tienden la mano. Los que no lo dan todo por perdido porque distinguen el realismo de la resignación.

Los que oyen el griterío y piensan que aun así vale la pena. Los que recuerdan, ahora más que nunca, que la alegría se ha vuelto revolucionaria, aunque no llegue a serlo tanto como otro principio sencillo y universal: tratar de ser buena gente.

Nota del editor:

Ser “buena gente” está muchas veces en los actos cotidianos de la vida, en aquellos que parecería que nunca valoramos ni damos atención, en aquellos que parecen insignificantes. Hay belleza cuando percibimos el esmero de los demás, la bondad, compasión y ternura ajenas... Esas “buenas gentes” están mencionadas en el Cap. 5 de Mateo (las ‘bienaventuranzas’); a ellas se refiere el Maestro cuando habla de los mansos; de los misericordiosos; de los limpios de corazón... Ellos verán a Dios y alcanzarán su recompensa; ellos saben que, cómo dijo Víctor Hugo, “El bien que haces habla de ti pero la ingratitud del otro solo habla de él"... 

En La cifra, libro de poemas de J.L. Borges, hay uno al que intituló Los Justos, y que lo reproduzco más abajo, este es una apología de esos hombres humildes a quienes casi nunca regresamos a ver pero que son los que de verdad nos entregan razones para la esperanza, son los que nos reconcilian con los demás y con la vida... 

Los justos

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire / El que agradece que en la tierra haya música / El que descubre con placer una etimología / Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez / El ceramista que premedita un color y una forma / El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada / Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto / El que acaricia a un animal dormido / El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho / El que agradece que en la tierra haya Stevenson / El que prefiere que los otros tengan razón / Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

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