03 abril 2026

Las bibliotecas antiguas

La ciudad se habría llamado Gubla o quizá Gebal. Sospecho que, para que estos nombres tengan un sonido más parecido a la pronunciación árabe, habría que añadir una ‘ye’ a la ‘ge’ inicial, para que así se parezcan al que la jota tiene en otros idiomas. Su significado sería montaña pequeña o colina, debido a su ubicación. Pudo haber sido la más antigua ciudad fenicia, fundada unos 5.000 años a.C., siendo también la más antigua en haber estado poblada en forma permanente. Fue famosa en el comercio del papiro; los griegos la llamaron Biblos a partir del segundo milenio a.C. Biblos, o Byblos, sería el plural de biblion que quiere decir rollo o papiro. Byblos sería el lugar donde se inventó el primer alfabeto.

Byblos está situada unas 20 millas al norte de Beirut, capital de Líbano. Nunca estuve ahí, pero la sobrevolé una infinidad de veces: existe, entre Damasco y Chipre, un corredor que se utiliza en los vuelos entre Asia y Europa. De biblos vienen palabras como Biblia (el Libro sagrado por excelencia) y, desde luego, biblioteca. Las bibliotecas no siempre guardaron libros (al menos como los que conocemos hoy en día: hechos de papel, con hojas y pasta exterior). Pero podemos llamarlas así a las que existieron en la antigüedad, antes del invento del papel y que conservaron tabletas para la escritura cuneiforme, o rollos de papiro, que se guardaban en canastos u otros recipientes, en la medida que tuvieran un método ordenado de catalogación y almacenamiento.

Con esta necesaria aclaración se puede convenir en que ya hubo bibliotecas tanto en Mesopotamia como en Egipto unos 3.000 años antes de nuestra era. Respecto a la Medialuna Fértil se sabe que los sumerios usaron tablillas de arcilla endurecidas al fuego y que la ciudad de Ebla (2500 a.C.) albergaba 20,000 tablillas, la suya fue una de las primeras bibliotecas que existieron. Hubo también otra gran biblioteca; perteneció al rey Asurbanipal de Nínive (s. VII a.C.); contenía miles de tablillas cuneiformes, incluyendo obras de literatura como la Epopeya de Gilgamesh, poema en el que se menciona al diluvio universal del que habla el Génesis en la Biblia.

En Egipto utilizaron el papiro para fabricar rollos cada vez más ligeros, hubo bibliotecas que estuvieron situadas en templos y palacios, y que eran conocidas como "Casas de los Libros"; la biblioteca más importante fue la de Alejandría: fundada en el s III a.C. por Ptolomeo I (un general y amigo de Alejandro Magno). En Grecia y Roma existieron bibliotecas, tanto privadas como públicas. Estas últimas conservaban rollos de papiro importado de Egipto. Más tarde, se usarían pergaminos de piel tratada, con lo que se completó la transición de los rollos a los códices, con formato similar al del libro moderno. Sus temas eran literarios y científicos. El pergamino se ideó y desarrolló en Pérgamo, ciudad ubicada en la actual Turquía que caía en la influencia de la antigua Grecia. Su biblioteca rivalizaba con la de Alejandría, esta guardó los manuscritos de las obras de Aristóteles y se destacó por ser un centro cultural y helenístico de primer orden. Hoy sus ruinas se encuentran cerca de Esmirna, en la parte occidental de la península de Anatolia.

Las bibliotecas nacieron como archivos para conservar documentos administrativos y religiosos; luego, fueron evolucionando hasta convertirse en centros de estudio. Más tarde se fueron desarrollando gracias a la aparición de un nuevo material: el papel; lo propio ocurrió en el s. XIV, cuando recibieron un gran impulso con la invención de la imprenta. A partir del siglo XIX, los ideales de la Ilustración impulsaron la creación de bibliotecas más modernas, en las que el conocimiento dejó de ser un privilegio de la nobleza y el clero para pasar a estar disponible para cualquier persona. Hoy en día, con el advenimiento de nuevas tecnologías y del internet, se han hecho populares las bibliotecas digitales y los aparatos tecnológicos que son capaces de una gran capacidad de almacenamiento. La gran versatilidad de la que disponen estos artilugios, permite una sorprendente posibilidad de crear y mantener, a su vez, enormes bibliotecas personales para satisfacer todo tipo de gustos y necesidades.

El primer proceso para la fabricar papel fue desarrollado a principios del SS II por el eunuco chino Cai Lun, un consejero del emperador He de la dinastía Han Oriental. Su conocimiento llegó a Europa gracias a los hindúes y los árabes. El papel es un material versátil y de escaso grosor, está formado por fibras vegetales (generalmente celulosa de madera) suspendidas en agua, que se secan y endurecen en hojas, pero también se lo obtiene de procesar materiales reciclados. Se utiliza principalmente para escribir, imprimir, envolver y empacar, siendo un elemento reciclable y reutilizable. Sus usos más comunes son: escritura, impresión, empaque, limpieza, trabajos artísticos y emisión de papel moneda. Hasta el advenimiento de la tecnología, el papel había venido desempeñando, por más de dieciocho siglos, un rol fundamental en la propagación de la información, así como en los procesos educativos y de diseminación del conocimiento.


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31 marzo 2026

Nostalgia del viejo San Blas

Fui a la Casa Comunal de la urbanización –donde vivo– en días pasados. Esta es una edificación más bien modesta, cuyo uso exclusivo se dedica a las ocasionales reuniones de directorio del comité y a las asambleas de vecinos que ahí se realizan. El suyo es el típico mobiliario requerido para atender en comunidad los problemas e iniciativas que surgen de vez en cuando. Como es previsible, la decoración parece “brillar por su ausencia”. Algún alma caritativa se ha preocupado, en el pasado, de colocar unos pocos cuadros (realmente viejas fotografías en blanco y negro) que representan lugares icónicos de Quito; paisajes que mucho han cambiado, si no desaparecido. 

Así pude observar, cerca del lugar que había escogido para sentarme, una instantánea de un rincón de la urbe cuya estructura ha variado completamente. Se trataba de un escorzo que reflejaba como lucía la calle Guayaquil hace algo más de 50 años, antes del ensanchamiento de la calzada entre las calles Caldas y Briseño, y del penoso, y quizá innecesario, derrocamiento de una verdadera joya arquitectónica de nuestra capital: el edificio donde había funcionado la Biblioteca Nacional por alrededor de 40 años. La toma se habría efectuado desde la plazoleta de la Alameda –quizá, desde el monumento al libertador Simón Bolívar–, con sentido norte-sur y mucho antes de la “intervención” efectuada en dicho emplazamiento. Viví muy cerca de aquel pintoresco y querido lugar entre los años 1957 y 1967.

Me temo que dicho derrocamiento solo se efectuó luego de la construcción de la avenida Pichincha, vale decir que el edificio de la biblioteca habría inicialmente sobrevivido a la construcción de la vía deprimida que le resultó colindante. De hecho, hay fotografías que muestran la desabrida fachada oriental de la biblioteca, ya entonces contigua a la vía recién construida. Esta lamentable decisión se habría tomado durante la administración municipal de Sixto Durán Ballén, cuando fue alcalde de Quito. Esto no quiere decir que a él deba achacarse la autoría del crimen cometido; sabido es que los municipios son cuerpos colegiados donde la que decide no es la voluntad de una sola persona, pues el alcalde solo interviene con un voto decisorio cuando es dirimente…

La razón esgrimida en esos días habría sido la de dar más espacio (aumentar el ancho) de la calle Montúfar, que separaba la Biblioteca Nacional de un edificio de forma triangular que es comúnmente conocido como “Calé de queso” (a su vez, ubicado frente al cine Alhambra). Así, la sobria fachada principal, compuesta por columnas, arcos, balaustradas, y torres truncadas –con sus mansardas cubiertas por tejas metálicas pintadas de rojo–, se habría derruido para acomodar a un deslucido jardín vertical que no agregaba espacio ni mejoraba la impresión arquitectónica buscada. De ese modo, la antes bien lograda fachada dejaba de ostentar su condición de monumento tutelar que daba inicio al Centro Histórico y que era referencia para el viajero que iniciaba su tránsito hacia los nuevos barrios del norte de la urbe o hacia el norte del país.

El edificio original habría sido diseñado en estilo neoclásico, beaux arts, por el arquitecto quiteño Luis Felipe Donoso Barba. Había servido inicialmente como pista de patinaje, por lo que fue llamado Coliseum; se lo usó también –aunque en forma ocasional– como salón de baile y recepciones. Su valor arquitectónico residía, sobre todo, en su fachada francesa pues su interior era una estructura metálica; de hecho, daba la impresión de ser solo un cascarón hueco techado de vidrio; la segunda planta estuvo adornada por unas galerías perimetrales. Fue utilizado como biblioteca a partir del año 1930 y solo sería inaugurado en 1932; allí funcionó la Biblioteca Nacional hasta 1972, cuando pasó a ocupar el viejo edificio del Banco Central (esquina de la García Moreno y Sucre).

En cuanto al ensanchamiento de la “carrera” Guayaquil, la demolición correspondiente solo había afectado a las casas ubicadas en el lado occidental de la cuadra. En el lado oriental los cambios, hasta aquí, han sido menores; quizá el más notorio sea el ocurrido en la esquina nororiental, hoy ocupada por el edificio del antes llamado Banco de la Filantrópica (hoy Filanbanco), que la picardía y espíritu travieso de los quiteños tildaron de “la licuadora”. En relación con la plaza, ahí también desapareció un negocio –poco venturoso– fundado en 1906 y conocido como Mercado Barato (los chuscos lo apellidaron de Lastra, para significar que era reducto de las traperas), ahí se expendían cachivaches y artículos usados (o también robados). La iglesia quedó recluida en una esquina, con su atrio y plazoleta. Es aquél un templo de una sola nave, uno de los primeros construidos en la ciudad; estuvo segregado para al culto de los fieles indígenas.

San Blas, Blas de Sebaste (hoy Sivas, una ciudad de Turquía), es uno de los santos más queridos del culto católico. Hombre milagroso, eremita, médico, obispo y mártir; vivió entre los años 280 y 316. Moraba en una cueva y murió decapitado en una de las más postreras persecuciones ordenadas por los emperadores romanos. Blas es el santo patrón de los enfermos de garganta y, por lo mismo, de los médicos otorrinolaringólogos (¡vaya palabrita!).


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27 marzo 2026

Un minuto antisistema *

   * Escrito por Juan José Millás para El País Semanal

Leo en El actor y la diana, un curioso manual para intérpretes de Declan Donnellan, que el futuro es el territorio de la ansiedad y el pasado el de culpa. Son barrios mal iluminados los dos, se me ocurre a mí. El futuro es ese vecino con grandes ideas que nunca paga los recibos de la comunidad. El pasado te da conversación, pero te cobra caro los recuerdos. Entre ambos, el presente no sabe si ponerse corbata o salir en chándal. Estamos entrenados para vivir en diferido. En la escuela nos enseñaron a preparar el futuro; en casa, a no repetir los errores del pasado. Nadie nos explicó qué hacer con el ahora, ese trozo de tiempo que no cotiza en Bolsa.

Los autores de libros de autoayuda hablan de “vivir el presente”, pero suelen hacerlo con tono de almanaque zen. Y no: el presente no es amable, es un animal salvaje que muerde cuando le das la espalda. Requiere una cierta valentía doméstica apagar la alarma del miedo, la notificación de la culpa, y quedarse un rato en silencio, sin prometer nada a nadie, ni siquiera a uno mismo. El mercado, que todo lo administra, también gestiona el tiempo. Nos vende la ansiedad en cómodos plazos y la culpa en forma de nostalgia. Corremos hacia el futuro para pagar las deudas del pasado. De este modo, el presente se convierte en un pasillo, no en una habitación.

Pero a veces ocurre un milagro: un minuto se escapa del sistema. Estás tomando café y, de pronto, no debes nada al pasado ni temes nada del futuro. El aire pesa lo justo, la taza brilla como si acabaran de inventarla. Dura poco, claro, pero ese instante tiene más verdad que todas las promesas del porvenir juntas. Quizá la salida no sea vencer la ansiedad ni expiar la culpa, sino burlarlas: guiñar un ojo al miedo y seguir andando. Vivir es un ejercicio de funambulismo en la delgada cuerda del presente, cuyos cabos permanecen amarrados al futuro y al pasado, es decir, y volvemos al principio, a la ansiedad y la culpa.


Nota del editor con comentarios notables: Hubo, entre los comentarios que recibió este breve pero interesante artículo, al menos tres que llamaron mi atención; hablaban de nobleza, de generosidad y del valor que debemos tener para indagar, aprender y saber emplear nuestro conocimiento. Me permito resumirlos porque pudieran ser de utilidad:

— No es que tenga dinero, pero tengo la fortuna de ser inmensamente rico.

— La mayor riqueza del pobre es vivir en paz consigo mismo y con los demás.

Sapere aude: atrévete a saber. Proverbio latino atribuido a Horacio

La frase latina "sapere aude" ("atrévete a saber" o "ten el valor de usar tu propia razón") fue acuñada originalmente por el poeta romano Horacio en el siglo I a.C. Sin embargo, fue popularizada y utilizada como lema de la Ilustración por el filósofo alemán Immanuel Kant en 1784. Horacio la escribió en sus Epístolas (Libro I, carta 2, verso 40) como parte de una exhortación a la superación personal y a la sabiduría. Kant la utilizó en su famoso ensayo "¿Qué es la Ilustración?" (1784) para instar a la emancipación intelectual y al pensamiento autónomo. Kant la interpretó como el valor de abandonar la "minoría de edad" (la tutela ajena) y tener la valentía de usar la propia razón sin tener que acudir a la guía de un mentor o maestro. En el contexto que Horacio la utilizó (los recursos que tuvo que emplear Ulises en su regreso desde Troya a Ítaca para superar las pruebas que enfrentó), el significado más cercano sería: “tener el valor de servirse del propio saber”. ¡Sapere aude! Es decir: ¡Atrévete a saber, apóyate en la razón!

En días pasados pude observar cómo alguien respondía –en forma mezquina e inelegante– a un gesto generoso con uno de incomprensible cicatería. Nadie que es de veras desprendido actúa con largueza esperando retribución y ni siquiera lo hace esperando reconocimiento; la única moneda afable a la que aspira el espléndido es aquella de la delicadeza, en caso de ausentarse la gratitud… Pensé que cuando ello ocurre uno no sabe si responder con el perdón o con el castigo. Mientras divagaba en cómo uno debería reaccionar en una circunstancia parecida, reflexioné en el preferible sustento catártico que tiene el olvido y recordé la sabia sentencia de Jorge Luis Borges respecto a cómo saber responder con un gesto de nobleza: “Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón”.


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24 marzo 2026

Un pequeño compromiso

Me gusta el golf; sin embargo, ya no lo practico como lo hacía antes. Circunstancias de diversa índole, en especial una relacionada con mi salud (una recurrente molestia lumbar) no me permiten disfrutarlo como me gustaría. El golf siempre fue un desafío para mis humildes habilidades y, sobre todo, un reto a mi exigua paciencia. Me hubiera gustado empezar a practicarlo más temprano: ya tenía más de 40 años cuando lo hice. Hoy juego solo de tarde en tarde a pesar de que, para de veras disfrutarlo, uno debería hacerlo al menos un par de veces por semana. Eso sí, siempre estoy atento al desarrollo de los principales campeonatos, especialmente los torneos mayores (Masters, Abierto americano, Open inglés y PGA).

Algo he notado cuando escucho la transmisión de este juego (para mí, más que un deporte, es un entretenimiento) y es que los locutores, sea porque viven en los Estados Unidos o porque tratan de traducir literalmente una expresión utilizada para resaltar que una jugada final –simple en apariencia– entraña todavía una pequeña dificultad, dicen que al jugador aún le queda “un pequeño compromiso”. De paso, cada vez que escucho referirse a esta condición me es inevitable recordar a un gran colega y amigo que ya “voló hacia occidente” y que me introdujo en los secretos del golf; quien, para referirse a esa incierta tesitura que hoy comento, siempre decía con su manera no exenta de burlona ironía: “todavía hay carne en ese huesito”, es decir: “ya estás bastante cerca, pero no te puedo conceder todavía ese último tiro”.

Es siempre probable que “ese pequeño compromiso” no consista en un uso incorrecto –un anglicismo– del verbo comprometer (to compromise, en inglés) o del sustantivo equivalente (a compromise). Ante todo porque, para lo que nos ocupa, compromise (sustantivo) quiere decir en ciertos contextos “punto intermedio”; lo que querría significar, para lo que estamos tratando, que la bola habría llegado a un punto en que ya está bastante cerca del hoyo, pero que todavía existe una cierta posibilidad (un eventual riesgo) de que el jugador involucrado pudiera fallar su siguiente golpe. En este caso puntual deberíamos considerar que este “sitio intermedio” quiere realmente significar “no estar suficientemente cerca” o “tener que lidiar todavía con una probable pequeña dificultad”. Y es que, no he querido comentarlo todavía pero existen términos –como compromiso y comprometerse– que entre nuestro idioma y el inglés pueden ser muy diferentes…

Veamos: “compromiso” en español puede significar un acuerdo o promesa, una obligación –como la palabra dada–; pero también puede significar estar en riesgo, en un problema o en un atolladero. En tanto que “comprometer” (como verbo) implica: adjudicar una obligación, contraer o aceptar un compromiso, y hasta poner en riesgo algún asunto. Y solo ocasionalmente lo que recoge la Academia en el DLE: “poner en manos de un tercero la resolución de un conflicto” (lo que sí significa en inglés). Además, “comprometerse” (reflexivo) quiere decir obligarse uno mismo, u ofrecer un empeño propio para acometer algo.

Por su parte, compromise en inglés, quiere decir, sobre todo, ceder en algo o renunciar, llegar a un acuerdo, propiciar o tener un gesto de renuncia, transar o transigir, ceder para llegar a una posición intermedia; pero también pudiera significar –igual que pasa también en castellano– “poner algo en riesgo” o “comprometer”, como cuando hablamos de arriesgar la seguridad o bajar la calidad de un producto para favorecer las ganancias. 

Es importante caer en cuenta que en inglés (a diferencia que en español) existe una palabra diferente para significar la idea de adquirir una obligación o dedicarse a una causa, para emitir un mensaje de apoyo, o para respetar o reconocer un convenio de pago; en ese caso, se utiliza el vocablo commitment. Resulta curioso que, sin ser el inglés una lengua latina –como sí lo es el español– la escritura inglesa es exacta a la del latín. Hace falta, por lo mismo, reconocer que la voz compromise en inglés puede tener distintos sentidos, tanto si se la usa como verbo o si se la emplea como sustantivo (to compromise – a compromise).

En resumen: un compromiso en inglés tiene el sentido de renuncia, cesión, riesgo, abandono o deterioro; mientras en español es adquirir una obligación, asumir una serie de tareas o deberes. En inglés no se usa la misma palabra para el reflexivo (comprometerse), se dice to commit (verbo) o commitment (sustantivo). Además, si hablamos coloquialmente, en inglés, “to have a compromise” es tener todavía algo de trabajo por terminar; como dejamos dicho más arriba, puede ser una bola cerca del hoyo, pero todavía con un poco de dificultad (golf) o un penal con 50/50 chance de fallar (fútbol). Es decir, es algo cuyo éxito (o completa consolidación) no es todavía seguro. No confundir "compromise" (verbo), que significa "poner en riesgo", con "compromiso" (obligación/promesa), que se traduce como "commitment".


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20 marzo 2026

Eficacia, eficiencia y efectividad

En días pasados estuve leyendo una entrevista que le hacían en El País de España a un paleo-antropólogo francés que explicaba las razones para que el Homo sapiens (‘ hombre sabio’ o 'capaz de conocer', en latín) sea la única especie humana que ha sobrevivido en el Planeta; en definitiva, para que, hace unos 30.000 años, se hubiera extinguido el ‘hombre de Neandertal’. Parte del problema, según el científico, estuvo en las herramientas que usaban los neandertales: que no estaban estandarizadas (cada cual inventaba algo propio), eran muy particulares para cada tarea y, aunque creativas, eran mucho menos 'eficientes'. Por los comentarios que mereció la entrevista, pude darme cuenta que existen otros dos vocablos que solemos utilizar cual si tuviesen el mismo significado que eficiencia: eficacia y efectividad.

Empecemos pues por ponerlos en orden alfabético y vamos qué es lo que dice la inefable Academia:

• Efectividad:

Es la capacidad de lograr el efecto que se desea o espera.

Sinónimos: eficacia, validez, operatividad, capacidad, fuerza, poder.

• Eficacia:

Es la capacidad de lograr el efecto que se desea o se espera (hasta aquí, exacto al anterior y sugiere lo mismo).


Sinónimos: efectividad, utilidad, eficiencia, capacidad, ejecutividad, operatividad, validez, aptitud, vigencia, energía, fuerza, vigor, poder.

• Eficiencia:

1. f. Capacidad de disponer de alguien o de algo para conseguir un efecto determinado.

2. f. Capacidad de lograr los resultados deseados con el mínimo posible de recursos.


Sinónimos: eficacia, efectividad, capacidad, competencia, pericia, valía, operatividad.

Con lo anterior (con estas definiciones) podemos ver dónde se encuentra parte de la confusión. Como diría Cantinflas: “Ahí está el detalle”. Veamos, de dos en dos, las diferencias con un método algo más didáctico:

• Diferencia entre eficacia y efectividad:

La eficacia se centra en lograr el objetivo o resultado, mientras la efectividad es la combinación de lograr ese objetivo (eficacia) optimizando los recursos utilizados (eficiencia). 

• Eficacia: Es cumplir la meta o el efecto deseado, sin importar el costo o los recursos invertidos.

• Efectividad: Es la capacidad de lograr el objetivo de la manera más óptima posible; para ello, privilegia la 'eficiencia' (optimizando recursos y reduciendo tiempo). Esta consiste en una estrategia, es el uso racional (la optimización) de recursos para alcanzar el objetivo y hacerlo en el menor –o más adecuado tiempo posible–. Quizá por ello, a esta última a menudo se la confunde con la efectividad.

• Diferencia entre eficacia y eficiencia:

La principal diferencia es que la eficacia se centra en lograr los resultados, mientras que la eficiencia se centra en el proceso y en el uso óptimo de recursos para alcanzar los objetivos propuestos. Ser eficaz implica cumplir la meta, pero ser eficiente implica lograrla minimizando recursos, tiempo y costos.

• Diferencia entre eficiencia y efectividad:

La eficiencia es solo la herramienta, mientras que la efectividad es el mejor resultado: la combinación de lograr esas metas (eficacia) optimizando los recursos utilizados (eficiencia). En resumen: la eficiencia es solo un medio o instrumento: es el uso racional de recursos para alcanzar un propósito; a menudo se confunde la eficiencia con la efectividad, pero la efectividad es el resultado satisfactorio completo. 

Veamos la eficiencia como lo que es: como una herramienta. De modo que si logramos eficacia y empleamos también ese artilugio, conseguiremos efectividad. La eficacia, a veces, puede no ser efectiva, a menos que nos apoyemos en la eficiencia (así gastamos menos recursos y ahorramos tiempo). Si utilizamos una fórmula matemática y reemplazamos eficacia con una ‘e’ (minúscula) y le sumamos ‘rt’ (eficiencia, es decir: recursos y tiempo), el resultado será una mejor efectividad (‘E’, mayúscula). En suma: E =  e + rt .


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17 marzo 2026

Esnifar, ‘espitear’ y ‘esnizear’…

Me viene a la memoria mi más temprana participación en un concurso de oratoria: estaba en quinto de colegio. Finalizado el certamen, estando en clase de filosofía, el titular ocupó buena parte de su tiempo analizando mi reciente desempeño (no digo criticándolo porque, aunque más exacto, sería menos generoso e indulgente). En algún momento, el mentado maestro dijo que no debía haber dicho que cierto asunto “era acorde” con algo, sino que tal asunto “estaba de acuerdo” con lo que había referido. Que hubiera sido preferible utilizar la locución, no el adjetivo… Y, claro, mi inesperado juez estaba todo menos en lo correcto. Ese “acorde”, de acuerdo con el diccionario, significaba: conforme, coincidente, consonante o congruente.

Esta vez escribo este breve artículo (ustedes –por el título– ya lo habrán adivinado) porque no estoy ‘de acuerdo’, ni puedo estar conforme, con que la RAE reconozca voces innecesarias, máxime si el único motivo es aquel manido “porque esas voces ya se usan”, sin importar si las palabras aceptadas o acogidas sean o no extranjerismos o germanías, o si dicha forma de ya aceptado consumo pertenece a un ambiente de mala muerte o si su ejercicio se efectúa en el lupanar ruidoso o el sórdido arrabal. La Academia debería actuar acorde con (es decir, conforme con) el delicado encargo que ha recibido; con su historia, su tarea, su rigor lingüístico y académico –por algo se llama a sí misma, y la llaman, Academia– y con su reputación.

En febrero, un prestigioso medio español traía un artículo relacionado con un comentario hecho por Robert Kennedy Jr., quien no solo admitía haber consumido cocaína en el pasado, sino que concedía haber “esnifado“ utilizando la tapa de un sanitario… (los suspensivos no intentan invitar a visualizar el abyecto ambiente de cualquier retrete sino a reconocer la espuria condición de vocablo entrecomillado que remplaza a las varias alternativas que ya existen, y sobran, en nuestro idioma y que hubieran hecho innecesario su uso). Kennedy es el actual secretario (ministro) de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos. El periódico usaba este disparatado anglicismo –que ha sido aceptado por la RAE– a pesar de que, además, to sniff es un verbo que no significa absorber o inspirar sino olfatear y de que el español cuenta con otras palabras para expresar la idea de inhalar, aspirar, sorber, inspirar o chupar. ¡Qué horror: esnifar!

No puedo estar de acuerdo. Pues, no por el hecho de que un extranjerismo haya sido “aceptado” por la Academia, aquello lo convierte ipso facto en un término adecuado o correcto. En este caso, sigue siendo un anglicismo (y, además, innecesario). Está “mal aceptado”. Sniff (con doble efe) es inexacto incluso en inglés. No sé por qué tienen que reconocerse vocablos innecesarios cuando hay sinónimos que sobran en nuestro idioma. Ya no habría que hablar de “la Academia de la lengua” sino de “la lengua de la Academia”. Barrunto que incluso adsorber (atraer y retener moléculas de otro cuerpo) pudiera ser más adecuado y preciso. Me resisto a utilizar términos erróneamente reconocidos. ¡Disculpen ustedes!

Esnifar es palabra de la jerga del ámbito del consumo de estupefacientes, del lupanar. La Academia no está para eso, para “aceptar” o reconocer vocablos usados en el ambiente de la alcantarilla, la cárcel o el burdel, solo porque “ya se usan” o por el simple prurito de “dar visado” a nuevos términos con el anodino pretexto de que “ya existen” aunque fueren innecesarios, o que fueren galicismos o anglicismos, o fueren usados en la jerigonza de los bajos fondos. Esa no es su tarea ni es ese su papel. Lo dice su lema: “Limpia, fija y da esplendor” y eso de querer “reconocer” nuevos vocablos (que es entendible que se usen en lugares frecuentados por consumidores de substancias prohibidas, vale decir del vicio), no es justificativo suficiente para que se los tenga que validar.

No quisiera pasar por lo que en España conocen como “cuñao” (o cuñado): un sabelotodo… Advierto, sin embargo, que, como es nueva costumbre de la Academia, el diccionario trae la conjugación de los verbos consultados. Así es como encuentro el infinitivo, gerundio y participio de este novedoso verbo: esnifar, esnifando y esnifado. ¡Qué horror!, se me ocurre preguntarme ya no ¿qué habrán fumado sus eminencias (los ilustres miembros de la Academia), sino ¿qué habrán esnifado?… Y, ya que estamos en esas, pregunto también ¿por qué no aceptar y reconocer –de una vez– otros verbos como “cofear” (de cough, toser); “espitear” (de spit, escupir); o, quizá, “esnizear“ (de sneeze, estornudar)? Sí, pues… ¡Perdonen mi cáustica, aunque involuntaria, ironía!


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13 marzo 2026

Apuntes al artículo anterior

Ese “Maestro”, así con mayúscula, que menciona Martín Caparrós en su artículo La palabra América, publicado en la entrada anterior, se refiere (¿a quién más?) al escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) autor de la enigmática frase allí entrecomillada. Ella pertenece a un extraño poema titulado “El Gólem”, que Borges habría asegurado que, si tuviera que elegir cinco poemas que le sobrevivieran, aquel ya legendario escrito sería uno de ellos. Está incluido en el libro El otro, el mismo (1964); allí Borges, que es reconocido por su estilo repleto de simbolismos, metáforas y acertijos, utiliza esos versos para explorar el poder de los nombres, la relación entre palabra y cosa representada o la cábala hebrea evocando una tradición: la creación de un ser antropomórfico mitológico, común en el folclore judío, el Gólem.

La cita auspicia la idea de que el lenguaje (el nombre) contiene la esencia del objeto que describe. Un gólem es creado a partir de materia inanimada (barro o arcilla), que cobra vida mediante rituales mágicos; simboliza al protector de comunidades. Es una creación sin alma, incompleta, que se asocia con el peligro de la soberbia humana al intentar imitar la creación divina. Su origen lo sitúa en la Praga del siglo XVI, creado por un rabino, aunque sus raíces estarían en la Biblia y el Talmud. En hebreo, gólem se refiere a una sustancia informe; representa la obediencia, pero a veces esa criatura pierde el control y se vuelve una amenaza. Según la RAE, se debe escribir gólem (con tilde), su plural es gólems. En esencia, el gólem es solo un remedo de hombre, encarna tanto el deseo de protección como los peligros de una creación sin alma. 

De otra parte, he querido indagar el motivo para que algo tan simple como la palabra “rosa” haya llegado a tener un significado tan inescrutable y hasta místico. Aquello supera el simbolismo. Encuentro en un artículo previo de este mismo blog (Historia de dos enamorados) lo siguiente: Fue Gertrude Stein, en los años de la Primera Guerra Mundial, quien escribió un poema y popularizó una frase que habría de convertirse en famosa: “La rosa es una rosa es una rosa es una rosa”, cuyo sentido en nuestro idioma sería algo parecido a "así es como pasa en la vida" o "las cosas son lo que son". Parece que por mucho tiempo se utilizó a la rosa como símbolo en filosofía; habría sido Pedro Abelardo (1079-1142), quien supo darle a la palabra rosa el diverso contenido con que se la identifica, tanto en los asuntos relacionados con la filosofía como en aquellos otros relacionados con las cosas de toda la vida. Gertrude Stein (1874-1946) fue una novelista, poetisa y dramaturga estadounidense que vivió en Paris desde 1904, y permaneció ahí por el resto de su vida.

Pero no sería debido a Stein ni a Abelardo, famoso poeta y monje francés, que ese nombre –el de la rosa– pasaría a formar parte de la inquietud que hoy nos ocupa. Habría que estar familiarizado con la novela del semiólogo piamontés Umberto Eco, El nombre de la rosa, para –llegados al Último folio– averiguar por el motivo para que el autor hubiera intitulado de ese modo su obra. Ahí, en los renglones finales, Eco revela, como sin saber ni para qué, la frase misteriosa: “stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus” (“La rosa se mantiene fiel a su primer nombre, solo conservamos los nombres vacíos”); que equivale a decir: "de la rosa original sólo queda su nombre"; o, si se prefiere: "al final solo quedan los nombres".  La extraña frase  pertenece a un poema de Bernardo de Cluny (o de Morlaix), cuyo célebre dístico le ha permitido ser reconocido como "maestro del arte formal”, habiendo escrito De contemptu mundi en metro riguroso.

En "Apostillas al nombre de la rosa", minúsculo librito escrito por el mismo autor, se aclara –en su primer capítulo– la razón para el título de la novela y su significado. Eco recuerda que Abelardo se apoyaba en el enunciado nulla rosa est (no hay rosa) para mostrar que el lenguaje sirve para referirse a lo que existe y a lo que no. Confiesa que su primera opción fue La abadía del crimen, pero la descartó por temor a que se imaginara una intriga policíaca. Luego propuso Adso de Melk, para disgusto de los editores (ellos repudian los nombres propios). Al final, la idea de El nombre de la rosa, se le habría ocurrido por casualidad: “la rosa es una figura simbólica tan densa –dice– que, por tener tantos significados, ya casi ha perdido todos”. “Lo que de veras cuenta –concluye– es que el título debe más bien ‘confundir las ideas’, y no regimentarlas”.

Hacia el final del prólogo (Naturalmente, un manuscrito) Eco sugiere que, con la lectura, corremos el riesgo de repetir con Tomás de Kempis, canónigo agustino del siglo XV, y autor de la Imitación de Cristo: “In omnibus requiem quaesivi, et nusquam inveni nisi in angulo cum libro” (“Busqué descanso en todo y no encontré nada, excepto en un rincón con un libro”). No olvidemos que en línea con la técnica usada por Cervantes (la del “manuscrito encontrado”) y Cide Hamete Benengeli, Eco creó también un autor apócrifo para otorgar mayor veracidad (y, quizá, una nada contenida ironía) a su seductora y sorprendente obra.


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10 marzo 2026

La palabra América *

  * Escrito por Martín Caparrós, para El País de España

Mentimos: nos mentimos sin parar porque hace cinco siglos un señor mintió. Mintieron dos, en realidad. Primero mintió uno; después otro le creyó y mintió en consecuencia. Años más tarde el segundo señor intentó desmentirse: dijo que el primero lo había engañado y que lo perdonaran y olvidaran lo que él había dicho. Lo olvidaron a él: lo que había dicho ya pasaba por verdad porque muchos lo habían repetido, y lo seguían repitiendo. Así fue como todo un continente recibió el nombre de un farsante florentino, ese primer señor. MAGA, mucha MAGA.

Ese primer señor era un muchacho de buena familia, padre cambista de divisas, madre con sus dientes, casa con biblioteca, amigos poderosos en la ciudad más culta de esos días. El muchacho, Amerigo Vespucci, había nacido en 1454 y se educó leyendo, escuchando sabios parlanchines, disfrutando de los mejores cuadros y sus modelos de más carne que hueso. Así, medio siglo después, cuando llegó el momento, no le costó mucho escribir unas cartas donde contaba ¿sus? viajes a esas tierras que Colón había encontrado poco antes. Esos viajes quizás existieron, quizá no: todavía se discuten. En cambio, una de las cartas, Mundus Novus (1507), existió y fue un best seller en las ciudades de aquella Europa: decía confusamente, por primera vez, que quizás esas costas lejanas fueran un continente nuevo. Y así fue como un cartógrafo belga, Martin Waldseemüller, autor del primer mapamundi que lo incluyó, lo bautizó con la palabra América, en homenaje al florentino que tan bien la contaba.

Al principio pocos lo discutieron. El nombre sonaba bien: Amerigo le debía el suyo a su abuelo paterno; a sus hermanos les tocaron otros parientes (uno se llamó Girolamo y el otro Antonio; es un azar —uno entre tantos— que nuestro continente no se llame Antonia o Girolamia.) Y Amerigo, ya Américo Vespucio, continuó su carrera como organizador de expediciones y armador de barcos para los Reyes de Castilla, que terminaron por nombrarlo “natural de sus tierras” —un inmigrante con papeles— y piloto mayor. Años después, cuando las incoherencias de sus escritos avivaron las dudas, cuando el cartógrafo belga pidió disculpas por difundir mentiras y cambió en sus mapas el rótulo de América por el de Terra Incognita, cuando el padre Bartolomé de las Casas y otros sabios insistieron en que si un hombre debía darle su nombre al continente era Cristóbal Colón, ya era demasiado tarde: el nombre falso se había impuesto.

España, la okupa principal, no lo usó mucho: durante siglos siguió hablando de Indias. Pero en el resto de Europa, América fue el nombre, y terminó de afirmar algo que sospechábamos: que muchas veces contar las cosas te recompensa más que hacerlas. Así, cuando las 13 colonias inglesas se deshicieron de su rey, decidieron incluirlo en su título oficial: los Estados Unidos de América. Desde entonces sus ciudadanos intentaron llamarse americanos. Podrían llamarse estadounidenses, pero quién pronuncia semejante adefesio; ellos, sin duda, no: no son tan refinados. Así que así se llaman, con esta palabra que no tendría que existir. Sería otra marca de la supuesta excepcionalidad norteamericana: que se apropiaron del nombre, que nos dejaron a todos los demás americanos sin un nombre propio y que sería, entonces, alguna forma de justicia que el nombre que nos robaron sea una mentira.

El problema es que tantos lo son. Yo nací en una ciudad llamada Buenos Aires, aunque nunca los hubo, capital de un país llamado Argentina —de argentum, plata, aunque tampoco la hubo nunca. Que el nombre del continente también sea una farsificación sólo termina de romper la regla del Maestro: “… si el nombre es arquetipo de la cosa / en las letras de rosa está la rosa / y todo el Nilo en la palabra Nilo”. No, en las letras de América vive el fantasma de aquel farsante florentino, y es normal: ya sabemos que un nombre es una mentira compartida, una trola común —y más cuando es el nombre de una “patria”, la mayor de todas.


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06 marzo 2026

Un curioso símbolo (¶)

No, no es exactamente un símbolo ortográfico, lo conocen como signo de calderón (así sin mayúscula inicial para diferenciarlo del apellido). Es un símbolo –casi una letra– que, en edición, marca el fin de un párrafo o un salto de texto y que, generalmente, no se lo ve. Se lo utiliza principalmente en tipografía o en los procesadores de texto para apreciar gráficamente lo indicado o mostrar espacios en blanco, con el objeto de facilitar la edición y el formato del documento. Lo conocen también como “pié de mosca” o antígrafe, palabra que no ha sido incluida todavía en el Diccionario de la Academia de la Lengua. Un calderón es pues una gran caldera.

El símbolo (¶), una especie de P invertida, asoma en la parte superior de las viñetas de nuestros ordenadores para significar que al presionar dicho signo se puede “mostrar todo”; es decir sirve para identificar en mejor forma la estructura general del documento al que se dedica la edición. El uso del antígrafe (lo llaman“pilcrow” en inglés) se popularizó en la Edad Media con la finalidad de separar los temas cuando los párrafos no se sangraban ni dividían visualmente. Esto es lo que dice el RAE respecto al sustantivo “calderón”:

La palabra calderón es el aumentativo de caldera. Tiene las siguientes acepciones (relacionadas):

2. m. Signo ortográfico auxiliar (¶) que se empleaba para señalar el comienzo de párrafo y se usa hoy para introducir alguna observación adicional en el texto.

3. m. Signo de los antiguos contadores (ID) con que se denotaban abreviadamente los millares.

4. m. Imprenta. Signatura de los pliegos que no formaban parte del texto principal.

Lo que sigue es un extracto elaborado con ayuda de la IA:

El calderón es un signo tipográfico (¶) utilizado antiguamente para marcar los diferentes párrafos. Se lo llama también “signo de párrafo” o antígrafo (del latín anti, antes, y grafo, gráfico). No es un símbolo alfabético y varía según el tipo de letra (font), pero la forma mostrada aquí (¶) es la más común. Generalmente se lo representa como una letra P mayúscula al revés, con doble astil vertical, pero también se lo puede dibujar situando la sección redonda hacia abajo asemejándola a una “d” minúscula.

Historia y etimología: 

El calderón se originó en la Edad Media para separar las ideas en un texto, antes de adoptar la práctica habitual de separar párrafos independientes (esto es, mucho antes del descubrimiento de la imprenta). Fue utilizado por monjes y copistas para organizar sus tareas de escritura. Para su figura se utilizó una C, para significar capitulum (párrafo o capítulo), que con el tiempo fue cruzada por una línea vertical a su derecha (formando una “d” invertida –de arriba para abajo– o como una P al revés). Luego se le habría añadido una segunda línea vertical para, finalmente, colorear de negro el espacio entre la curvatura de la “C” y la primera línea vertical. Se sabe que hacia 1930, un tal Eric Gill lo habría usado (para separar párrafos y designar el inicio de nuevos párrafos en un texto más largo) en su libro Un ensayo sobre tipografía.

Usos actuales: 

Actualmente se lo utiliza en textos impresos para señalar alguna observación sobre lo escrito. Es el símbolo que representa la función «mostrar todo» en los editores de texto más habituales. Dicha función muestra en pantalla las marcas de inicio de párrafo (o de separación entre ellos) y otros símbolos de formato ocultos. 

Forma o figura:

El símbolo de párrafo o calderón (¶) recibe su nombre por analogía con la forma de un caldero o una olla con patas (forma de P invertida); fue utilizado en los manuscritos medievales para marcar el inicio de un nuevo capítulo o párrafo. Se originó como una C cruzada por una línea, abreviando el latín capitulum (capítulo). Su forma es la de una letra P invertida con doble astil (mango que tienen las hachas, azadas y otros instrumentos) a veces descrita como "pie de mosca". Aunque hoy el párrafo se marca con el punto y aparte, el calderón ha quedado como un símbolo de edición y sirve para ser usado en algunos contextos relacionados con el diseño.


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03 marzo 2026

Dos expresiones innecesarias

Es curioso como una nueva expresión (muchas veces innecesaria) se va enquistando en el habla burocrática. Hasta daría la impresión de que si no se la usa se pudiera pensar que quien expone no tiene el suficiente conocimiento o la capacidad necesaria para desempeñar su cargo o función. De pronto, cualquier chorrada o extranjerismo adquiere documento de ciudadanía, y eso se torna suficiente. Simplemente, “ya está” y aquello se convierte en regla de uso, incluso llega un momento que lo “reconoce” la Academia (como si ello fuese suficiente) y eso basta. Pun, ¡hágase la luz! Y se ha creado así una nueva locución que todos quieren utilizar… Una es “poner en valor”; y, otra, “mandar a guardar”.

Poner en valor

Hace una generación, mientras formé parte de un comité municipal, me llamó la atención el súbito abuso de una cierta expresión en los ambientes burocráticos. De pronto, todo había que “poner en valor”. Dice el diccionario de la RAE que poner en valor (algo o a alguien) es una locución verbal que significa “Dar valor o relevancia, destacando sus virtudes o sus cualidades”. Venía siendo testigo del abuso innecesario de la expresión, hasta que el otro día encontré un artículo en una revista deportiva, que refería las primeras actividades e impresiones del nuevo técnico del Real Madrid, quien “no había hablado acerca del tipo de juego que va a practicar, pero sí que “se han puesto en valor los valores del madridismo” y la importancia de luchar hasta el final… ¡Ostias!, “poner en valor” los valores... ¡Por Dios, lo que nos faltaba!

"Poner en valor" significa destacar, realzar o hacer más apreciada la importancia, cualidades o beneficios de algo o alguien, resaltando sus características únicas para que sean reconocidas y valoradas por otros, a menudo implicando acciones para que un bien (cultural, industrial, académico, etc.) sea apreciado y útil. Aunque es una expresión correcta en español (similar a poner en peligro), se la critica por ser un galicismo (del francés mettre en valeur) que puede sustituirse por "destacar", "valorar" o "poner de relieve”; o, también: resaltar, subrayar o impulsar su valor e importancia. Además de que pueda sonar afectado y redundante.

Mandar a guardar

Un día fui a recoger a mis hijos del colegio, y cuál no sería mi desilusión al escuchar a una joven estudiante, que por el mismo portón salía, referirse a alguien –alguna persona que probablemente había enfermado o envejecido– que estaba “hecho verga”, para expresar que a su criterio tenía mal aspecto… Aquel episodio debió causarme una pésima impresión respecto a palabras que nunca debieran provenir de los labios de una dama y, menos, de quien aspira a convertirse con el paso del tiempo en una… Algo parecido siento en estos días cuando escucho a los relatores deportivos; quienes, para comunicar que alguien ha logrado convertir un gol, usan la  tosca y pedestre expresión “la mandó a guardar”.

Cuando he indagado por el sentido que tan vulgar locución pudiera tener en otras partes, me he topado con una interpretación que no dudo que debe estar equivocada. Dice que: "Mandar a guardar" es una expresión coloquial, usada en algunos países, que significa obligar a callarse, detener una acción o retirarse ante una actitud impertinente. Es una forma de ordenar que alguien "se guarde" sus opiniones, con tono despectivo o autoritario.  Equivaldría a "mandar a callar". Su uso, sin embargo, se ha venido generalizando en el ambiente deportivo, sin advertir que representa una vulgaridad. No parece siquiera una forma de lenguaje sicalíptico (malicia sexual o picardía erótica): se lo enuncia como si se tratara de un mantra, como si fuera una torpe forma de tautología, por pura moda y como muestra de la más supina ignorancia.

Pero, como dicen por ahí, “hablemos la plena”, es decir: digamos la pura verdad, no le demos más las vueltas, hablemos sin circunloquios. Basta revisar los diccionarios de localismos y comprobar sus sentidos: tener coito, penetrar sexualmente, fornicar; o, también –y por extensión–: explotar; aprovecharse; perjudicar; abusar, embaucar, engatusar. No puede significar, por lo mismo, aquello de convertir un gol. ¡Eso, nunca!

Y para terminar…

— Ah, y una cosita más, señor de Bakesrsviille

— Sí, dígame usted, teniente Columbo

— Nunca, pero nunca de los nuncas, vuelvan a darle otro premio a ese tal Fermín

— ¿Y cuál sería el motivo, señor inspector?

— Es inaceptable que diga que ha convertido un “hot trip” (viaje caliente). Convertir tres goles en un mismo partido tiene su premio; se dice en inglés “hat trick” (truco del sombrero), pues hay que ser un mago para lograr esa hazaña. El “hat trick” es una expresión que el fútbol heredó de una tradición que existe en el cricket. ¡Buenas noches, señor!


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27 febrero 2026

De transiciones y otras ‘virguerías’

Creo que nadie tiene claro qué mismo quiso hacer Trump con la abducción de Nicolás Maduro en Venezuela. En blanco y negro, nadie entiende cuál fue su real propósito o motivación, si –como luce evidente– la misma camarilla sigue gobernando en el país caribeño. No solo eso, parecería más bien que tanto las fuerzas armadas “bolivarianas” como el grupo ideológico que sigue mandando en la antes boyante nación latinoamericana, sigue gozando de los mismos privilegios que le otorga su sesgado e intransigente autoritarismo. A pesar de que se han amnistiado unos pocos presos políticos, las libertades siguen coartadas y no se ha dado espacio para que otros sectores, no afines al oficialismo, sean invitados a participar en la toma de decisiones o para propiciar un inédito sistema diseñado para que algo cambie.

Visto así, parecería ingenua –para no calificarla de necia– la iniciativa de retorno a su país que habrían emprendido muchos de los venezolanos que han emigrado (25% de la población) y que andan como judíos errantes, si no como pordioseros, por el mundo. Se ha hablado de una “hoja de ruta”, proceso que llevaría primero a una recuperación económica y que pasaría por un proceso jurídico (a manera de transición política) antes de que se convoque a nuevas elecciones y se produzca un traspaso de poder a quienes fueren elegidos. Pero, insistimos, nada está claro, no se sabe si el móvil fue estrictamente económico sin importar el ansiado retorno a un régimen democrático; o, si será el factor político el que determinará la agenda. Han pasado más de dos meses desde la caída de Maduro y aún no ha pasado nada.

Se habla de transición pero nadie sabe cómo va a producirse ni en qué consistiría. Como leí en un picante comentario: “La escena es casi cómica si no fuera tan trágica: se celebra la libertad con escolta extranjera, se habla de soberanía en voz baja y se descubre que la transición incluye petróleo, generales y un manual de instrucciones en inglés. Venezuela aprende que, a veces, derrocar al dictador es solo el tráiler. La película –larga, confusa y sin subtítulos– recién empieza ahora”. Por lo mismo, ¿qué va a pasar? Dio lástima ver la ingenuidad con que pueblo y oposición celebraron el “traslado” del señor Maduro. Los venezolanos parecían felices de haber vendido su alma al diablo. No saben lo que realmente les espera. Nadie lo sabe con certeza. Lo cierto es que han perdido su soberanía y todos parecen estar contentos…

Hablando de transiciones, hace poco leía un artículo de Aurora Nacarino en el que hacía comparaciones entre el eventual proceso a llevarse a cabo en Venezuela y el que vivió España hace 50 años con la muerte de Francisco Franco. “Lo que sucedió en España –decía– no sirve para anticipar lo que pasará en Venezuela, pero puede servirnos para entender mejor cómo lo hizo España. Allí se eligió una reforma, para lo cual Torcuato Fernández-Miranda inventó una ‘virguería jurídica’: una transición escalonada que permitió superar la fase autoritaria y lograr la madurez democrática”. Y seguía: “Cierto que (en el caso venezolano) el tema del petróleo le resta legitimidad a lo consumado; pero no parece que se vaya a empezar por lo político y luego a continuar con lo jurídico. Quizá sea preferible ir al revés, ‘dar por buenos esos bueyes e ir arando’. Pues, aunque se tenga que esperar, lo que de verdad importa es afianzar primero la seguridad jurídica”.

Se refiere así Nacarino a la habilidosa fórmula —y sagaz normativa jurídica— redactada por Fernández-Miranda, instrumento que permitió desmontar el régimen franquista con la aprobación de las Cortes, nombradas pocos años atrás por el propio generalísimo, asunto que alguna vez también fue conocido como el "hara-kiri franquista". A este respecto, se me hace oportuno hacer una breve disquisición léxico-semántica en referencia a una voz poco usada en América, quizá por sus significados no solo disímiles y oscuros sino incluso algo contradictorios. Me refiero a la palabra ‘virguería’.

Virguería puede significar algo hecho con esmero, en forma excelente, cuál si fuese una filigrana; pero también, algo insulso, torpe e insignificante. Para el caso que nos ocupa, se trataría de una herramienta o recurso muy hábilmente diseñado que ayudó a salir de una situación que no tenía aparente solución, una maniobra genial, algo que sirvió para salir del atolladero o que facilitó llegar al remedio o la solución. Dice el diccionario que virguería es femenino y que tiene dos acepciones: 1. Adorno, refinamiento añadido a alguna cosa o trabajo; y 2. Objeto, asunto, conversación, etcétera, sin importancia. Sus sinónimos son: floritura, adorno, exquisitez, primor, filigrana. En cuanto a su etimología, el vocablo vendría de virguero, que es quien ‘compone el virgo roto’, su trabajo es fino y delicado. Por lo mismo, a una tarea que se ha hecho con esmero, finura y delicadeza, cual la realizada por un buen orfebre, se la llama de esa curiosa manera. 


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24 febrero 2026

Un escorzo musical *

  (*) Boceto # 88. Tomado de las Prosas Apátridas Completas. Julio Ramón Ribeyro.

Llegan puntualmente a las cinco de la tarde al bar de la clase turista, con su uniforme negro, un patético aire de enterradores. Uno desenfunda su violín, el otro su violoncello y el tercero se sienta ante el piano, reparte las partituras, da la nota y ataca la melodía, seguido de sus compañeros. Es una música pasada de moda, pegajosa, sentimentaloide, pretenciosamente selecta, pero al mismo tiempo con un airecillo popular, como aquella que se escucha en las efemérides de provincia o en los salones de té de dudosa categoría. La tocan además sin júbilo ni interés, ni siquiera como quien se aplica a un deber, sino como quien cumple una penitencia.

El pianista es calvo, usa anteojos, la estructura de su cara es recia, un poco a lo Cro-Magnon, tiene la expresión de un hombre amargado, colérico, descontento de su suerte, pero destinado por su función a ser un mensajero del esparcimiento y un símbolo de la alegría de vivir. Tan sólo en ciertos finales de la pieza su personalidad emerge y entonces jadea, bufa, golpea el piano con un vigor que el público toma por inspiración, pero que no es más que malhumor reprimido. Luego de las cinco piezas de reglamento, y a pesar del pedido de un público aburrido y embrutecido, corre el pulgar por todo el teclado y tira la tapa del piano sin que un músculo de su cara se mueva, dando a entender así que el concierto ha terminado.

El cellista es extraño, ¿qué clase de miseria es la suya? Empecemos diciendo que conserva el cabello en toda la cabeza, pero tan ralo, tan descolorido y pegado al cráneo que de lejos da la impresión de ser tan calvo como el pianista. Bajo los ojos no avanza, sino que está allí, adherida no se sabe cómo, la más triste nariz que he visto en mi vida: larguísima, desolada, un poco asimétrica, como si estuviera puesta adrede para que demos de ella de tirones o tratemos de enderezarla. Todo el rostro soporta esta nariz con cierta vergüenza, diríase que se excusa de sobrellevarla, los ojitos miopes que piden perdón tras los anteojos, la boquita fruncida en una O perpetua y el bigotito bajo tan infamante instrumento. Digamos por último que este hombre no tiene mentón, hasta el punto que su cara parece una prolongación de su garganta.

El violinista es un sobreviviente de la época de oro de la ópera italiana. No sé por qué da siempre la impresión de estar maquillado y sobre tablas. Es el típico buenmozo, pero un buenmozo triste que por alguna razón no supo sacar partido de su belleza. Conserva todo su cabello muy tupido pero completamente canoso, de modo que no se sabe si es un viejo que ha tenido la suerte de no perder el pelo o un joven que encaneció antes de tiempo. En todo caso este hombre confía aún en su fuerza de seducción, sobre todo en la de su mirada. Tiene, como se decía en Francia hace un siglo, du regard

Este hombre, antes de empezar el concierto, mientras afina su arco, pasea su regard por todo el auditorio y lo detiene de preferencia en las mujeres cincuentonas. Cree producir efecto. ¡Ah, tristísimo buenmozo diletante, empecinadamente italiano! Es el único además que viene siempre con el uniforme impecablemente planchado y el que agradece los aplausos después de cada intervención, levantándose ligeramente de su asiento para hacer reverencias y rapidísimas venias a derecha e izquierda. A él están encomendados además los trozos de lucimiento, que ataca con energía, agitando su melena blanca y elevando de vez en cuando, por encima de su partitura, su regard sobre las mujeres. Comprendo que este hombre, hace cien años, con esos gestos y esos pavoneos, tuviera éxito entre las damas románticas de los pueblecitos. Ahora es un payaso y el típico marido cornudo de las piezas de Pirandello.


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20 febrero 2026

Eso de no meterse con nadie

Mi tío Ñato, que en realidad no era mi tío sino hermano de Maruja, la mujer de mi tío Fabián, usaba expresiones que hoy se diría que eran del tiempo de nuestros abuelos. Decía, por ejemplo, que era “de pipí cogido” con mi papá, no por ser su cuñado sino porque se conocían de toda la vida. Como fuimos vecinos, y sabía que me gustaba la música, un día me pidió que le pasara unos playlists o le prestara unos discos porque le iban a caer” dos de sus buenos amigos. “Vienen el Flaco y el Edwin” –me dijo–, con esa manera tan quiteña que él tenía de usar los nombres propios sin prescindir del artículo. “Son mis amigos de siempre”, concedió: “ellos no se meten con nadie”.

¿Qué es eso de ‘no meterse con nadie’?, ¿acaso una muestra de desprecio o petulancia? No: quien ‘no se mete con nadie’, es que no quiere problemas ni saber de ellos; prefiere su tranquilidad, la paz y la calma; su premisa es no meterse en la vida ajena, en la vida de los demás. No quieren dar motivo, para que los otros hagan también lo mismo; es decir: dejan que los demás busquen la felicidad a su manera: tratan de no intervenir en lo que no les concierne. No es un asunto de falta de solidaridad: el punto es mantenerse a distancia, no tomar partido, no dar consejos que nadie nos ha pedido, ni tratar de ganar un protagonismo o dar solución a problemas que no nos competen por ser ajenos.

Hay verbos que tienen la propiedad de actuar como reflexivos. Y, curiosamente, con el solo hecho de usar un pronombre, pueden adquirir un muy distinto significado. Reflexivos son aquellos verbos en que la acción del sujeto recae sobre sí mismo; es decir, el sujeto es también el objeto de la acción: se identifican por llevar un pronombre reflexivo (me, te, se, nos, os, se) que concuerda con el sujeto (ejemplo: yo me lavo). En este preciso caso, una cosa significa meter –no reflexivo– (como poner algo dentro de otro objeto); y, otra muy distinta, “meterse” (aunque no con la idea de introducirse en algún espacio físico), pero esta vez con el sentido de inmiscuirse en las tan delicadas, sensibles e impredecibles relaciones interpersonales. Aquí, ese “meterse” puede significar involucrarse en un asunto ajeno y hasta frecuentar (como cuando decimos ‘meterse con’) no muy santos tipos de amistad o compañía…

Esto sucede en particular en el uso coloquial. El mismo Diccionario de la Lengua Española ofrece algunos ejemplos puntuales: 1.- Meterse (alguien) donde no lo llaman, en lo que no le importa, o en lo que no le corresponde (es entremeterse, mezclarse, introducirse en lo que a uno no le incumbe). 2.- Meterse en todo: introducirse inoportunamente en algún asunto, dando su dictamen sin que se le pida. 3.- No me meto en nada: para manifestar que no se tiene parte en algo cuyos resultados se desconocen o cuyas consecuencias se temen o tratan de evitar. De lo anterior surgen diversas expresiones coloquiales: “meterse de abogado, juez o Celestina” (asumir funciones no autorizadas o tomar partido sin que le hubieran pedido); “meterse de gana” (hacerlo sin obtener beneficio); o, “mejor ni te metas” (advertencia por: ni vas a proporcionar beneficio y, más bien, puedes terminar perjudicado).

En este sentido, no es infrecuente escuchar: “No me meto con nadie, porque no me gusta que se metan conmigo”. O, “Es un buen tipo, no se mete con nadie, a nadie hace daño”. O, “Ellos no se meten con nadie, respetan la privacidad ajena, no se interesan por los dramas ni los asuntos que no son de su incumbencia”. Cuando alguien dice “No me gusta meterme con nadie”, quiere decir que no le gusta meter la nariz donde no le corresponde o inmiscuirse en situaciones ajenas. En inglés se dice: “mind your own business” (ocúpate de tus propios asuntos, no te metas en lo que no te importa). Es una manera directa y, quizá, hasta poco delicada, de decirle a alguien que deje de entrometerse en asuntos que no le conciernen, que se preocupe de sus propios asuntos; que deje de opinar sobre algo que es privado y no le compete.

Por lo mismo, el ideal a este respecto es respetar a los demás, desarrollar la empatía y emplear algo que escuché alguna vez en esos cursillos que se reciben en la administración pública: las famosas “habilidades sociales”. Una persona que cuenta con tales habilidades es capaz de interactuar con los demás, solucionar problemas y/o evitar conflictos; es asertivo, sabe expresar su opinión e ideas correctamente; sabe que hay ocasiones en que es preferible quedarse callado o decir que “no”; sabe hacer críticas o expresar su desacuerdo con un determinado tema, sin molestar a nadie ni resultar ofensivo. Las personas con habilidades sociales son capaces de expresar sus opiniones e ideas de un modo adecuado y persuasivo, y evitan crear o agravar los conflictos. Saben ser “propositivos”.

Encuentro entre mis viejas notas: “Las habilidades sociales son un conjunto de conductas y capacidades para interactuar eficazmente, expresar sentimientos y necesidades respetando a los demás. Ellas incluyen: escucha activa, empatía, asertividad, comunicación, negociación y resolución de conflictos. Todas estas habilidades se aprenden, no son innatas, y son cruciales para el desarrollo personal y profesional. Fomentan las relaciones sanas, ayudan a expresar nuestras opiniones, a entender a los demás y a manejar mejor las situaciones sociales.


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17 febrero 2026

Licenciaturas…

Estaba por empezar con una confesión, pero pronto me he dado cuenta que nada tengo que confesar a ese respecto. En este preciso caso “todo el mundo” sabe la realidad de mis respaldos académicos (perdonen la aparente pretensión, pero solo trato de subrayar una de mis falencias, y no que sea conocido por todo el mundo: urbi et orbi). Quien haya oído mi nombre, poco sabrá de mis estudios, de mi especialidad y del espinoso tema de si ostento o no algún diploma, un eventual doctorado o, al menos, una licenciatura. Pero como saben (ahora me refiero a ustedes, mis lectores), no solo que no tengo algunas licenciaturas (como hoy es corriente): la verdad es que no ostento ninguna.

Como creo haberles contado, a veces me preguntan si he ido a la universidad, no sé si por curiosidad (creo que es por costumbre o quizá porque piensan que, siendo el mío un oficio técnico, para graduarse de piloto hay que ir a una facultad). No quisiera pecar de fatuo –aunque vanidoso sí soy– pero tengo la ocasional suspicacia de que quien me trata, barrunta que tal vez, ¿por qué no?, a lo mejor sí he pasado por esas aulas. Esto me permito imaginar, porque se me ocurre que quizá dirán: “este señor tan simpático, que se mete a hablar –y a escribir– de todo lo que se le ocurre, fijo que ha de haber estudiado con los jesuitas”. “O, mínimo con los hermanos”, digo yo. Razón tiene uno de mis cuñados, cuando converso con él, que dice a los demás que pudieran estar presentes: “si él de todo sabe...”.

Así que empiezo por contestar, a despecho de parecer cansino (pues creo ya haberlo mencionado), qué es lo que contesto cuando otras personas me preguntan lo contenido en el primer renglón del párrafo anterior. Al respecto, no tengo empacho en responder que “al menos cuatro veces” y, para disipar esa su cara de asombro, continúo contándoles que ello sucedió cuando cumplí con una de las más responsables y paternales tareas (que, a su vez, constituye una inenarrable y tierna experiencia afectiva): la de ir a dejar a un hijo en un recinto que a los padres nos puede parecer viejo, sucio y descuidado: el dormitorio del campus académico de su nueva alma mater.

Aquí, tal vez miento, porque quizá fueran ocho, o unas pocas veces más. Y es que hubo también otros viajes, con propósitos distintos, como el ineludible que se hace por su graduación; o los inevitables, que tampoco faltan, sobre todo cuando uno se siente algo nostálgico o no está seguro de si a ellos les falta algo o si no pudieran estar debidamente instalados y cómodos en sus respectivos campus académicos. A propósito de esta última palabra, bueno sería comentar que: si de “academias” se trata, bien puedo declarar, sin ánimo de alardear, que eso sí he cumplido y no me ha faltado; pues sí, yo también estudié en una academia (de aviación).

Dice el Diccionario de la Lengua, que ya no se llama DRAE sino DLE, que la palabra licenciatura significa “grado universitario inferior al doctorado”; o, también: “Estudios (o actos) necesarios para obtener una licenciatura. Dice, también, que sus sinónimos son: diploma, título o licencia. Y define licencia como un permiso o autorización (plasmados a veces en un carnet o algún otro documento) necesarios para desempeñar una actividad o hacer algo. No deja de sorprender que, de acuerdo con la acepción # 6, quiera decir: ”grado de licenciado”.

No quisiera caer en pecado de jactancia pero, si de licencias se trata, puedo decir que me llena de sano orgullo haber completado mi certificación para refrendar mis licencias en una media docena de países: USA, Corea del Sur, Singapur, China, Arabia, Islandia; así como la convalidación de las mismas para la autoridad europea. Me dejo ganar por la nostalgia al comprobar que: he obtenido mi certificado de alumno piloto a los 17 años; mi licencia comercial a los 18; mi calificación para volar como comandante del DHC-6 Twin Otter, a los 19; y la conclusión de mi entrenamiento como capitán de aerolínea, en el bondadoso Boeing 707, a los 27. Todo, sin contar con la íntima satisfacción de haber actuado como comandante en prestigiosas aerolíneas del “mundo mundial”; y, haber completado satisfactoriamente sendos y exigentes cursos, para actuar como comandante en varias aerolíneas, los enormes y confiables: Airbus A310, A300, A340 y el venerable Boeing B-744.

Arriba dejé un registro de “las veces que fui a la universidad”. Advierto que he omitido otras que visité luego de concluido mi tránsito por las líneas asiáticas cuando, producido mi retiro, pude visitar un par de reconocidas instituciones en virtud de mi interés –algo tardío– por estudiar y licenciarme en filología en una de estas dos universidades: Alcalá de Henares y Salamanca. Mi inesperada contratación post-retiro con Air Atlanta, en un contrato free-lance con Saudía, habría de postergar mis planes. Por todo ello, y mal que me pese, declaro que en mi vida he obtenido algunas licencias, pero –por lástima– ninguna licenciatura… Pero no debería quejarme, pues jamás encontré obstáculos para mis empeños. Por lo demás: ¡nunca es tarde! A fin de cuentas, todavía puedo proclamar: Nihil Obstat (Nada se interpone en el camino).


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15 febrero 2026

Las obsesiones de Trump *

  * Escrito por Zeeshan Aleem, el 7 de febrero de 2026, para MS NOW. Con mi traducción y reedición.

El esfuerzo de Donald Trump por mantener un proyecto de infraestructura gigante como rehén, a menos que se decida llamar al Aeropuerto Internacional de Washington-Dulles y a la Estación Penn de Nueva York con su nombre, parecería solo otra de sus tácticas narcisistas. Pero, considerando sus constantes empeños de auto-conmemoración, debería verse como algo más: una táctica autoritaria para dominar la conciencia pública. Desde octubre, Trump ha congelado los fondos de un proyecto de 16 mil millones de dólares para crear nuevos túneles ferroviarios entre Nueva York y Nueva Jersey. Su justificación se basa en que su gobierno debe primero examinar el proyecto y asegurar una purga de prácticas de contratación en temas de "diversidad, equidad e inclusión". Esta suspensión de fondos ya ha resultado en la pérdida de unos 1.000 puestos de trabajo en la industria de la construcción, y miles más están en peligro de suspenderse.

Este viernes, un juez federal ordenó a la administración que desbloqueara los fondos mientras continuaban las diversas demandas que tienen los proyectos. Esas son buenas noticias para viajeros y trabajadores, si la administración cumple. Pero Punchbowl News recién informó que, en enero, Trump le dijo al líder de minoría del Senado, Chuck Schumer, Demócrata por N.Y., que descongelaría los fondos si accedía a que se bautizaran tanto al Aeropuerto Dulles como a Penn Station con su nombre. MS NOW ha confirmado de forma independiente el informe. Schumer no tiene supervisión directa sobre esos proyectos y ha rechazado la exigencia del presidente. Esto no es una negociación política normal; es abuso de poder. Trump está interfiriendo con fondos ya asignados por el Congreso para un importante proyecto de obras públicas con el fin de beneficiarse él mismo (incluso si solo está tratando de asegurar poder simbólico, y no también dinero). Como dijo mi colega Steve Benen, es un "intento de extorsión". Y como él lo ha expresado: "su obsesión por cambiar el nombre de las cosas para que tengan el suyo es implacable":

Hasta aquí, Trump y sus aliados han aplicado el nombre del presidente al Centro Kennedy y al Instituto de la Paz, han anunciado la construcción de acorazados de "clase Trump", una moneda conmemorativa de curso legal con su efigie en ambos lados y han lanzado las "Trump Gold Cards", "Trump Accounts" y "TrumpRx" (sitio web de medicamentos del gobierno). Según algunos relatos, Trump quiere que el próximo salón de baile de la Casa Blanca lleve también su nombre”. 

Los historiadores presidenciales han señalado que la ola de cambios de nombre en que se ha empeñado Trump no tiene precedentes; por lo general, un presidente es conmemorado por otras personas únicamente después de su muerte. Pero la insistencia de Trump en imponer su nombre no es solo una cuestión de inquietante obsesión propia; también sirve para un propósito político, al hacerlo parecer más poderoso de lo que realmente es.

Es costumbre generarizada que los líderes autocráticos borren las fronteras entre ellos y el estado. El difunto líder fuerte de Turkmenistán, Saparmurat Niyazov, hizo de su cumpleaños una fiesta nacional, que implicaba celebraciones exageradas para exaltar su personalidad, incluidos desfiles militares y una declaración de sus ministros de que era un profeta enviado por Dios. En el estado totalitario de Corea del Norte, las muestras elogiosas de culto a la personalidad y las imágenes omnipresentes de sus líderes son parte esencial de las estructuras sociales del gobierno diseñadas para inducir al público a someterse ante su líder autoritario. El efecto de estos rituales es hacer que el líder parezca invencible, intocable.

Como señaló The Boston Globe en diciembre, en su análisis de las obsesiones de Trump por estos cambios de nombre, los hombres fuertes a lo largo de la historia han obligado a sus súbditos o aliados a participar en estos espectáculos: los de Julio César en Roma, Adolf Hitler en Alemania, José Stalin en la Unión Soviética, Saddam Hussein en Iraq, Kim Il Sung en Corea del Norte, el indio Narendra Modi y el líder de Turquía Recep Tayyip Erdogan nombraron estadios deportivos, ciudades, carreteras, escuelas y otros edificios públicos en honor a ellos mismos. En este caso específico, parece poco probable que Trump consiga lo que quiere pues no hay forma de que Schumer, que ya se ha negado, le dé lo que pide. Deberíamos esperar que Trump siga tratando de añadir su nombre y rostro a los lugares que pueda. Como tanto aspirante a hombre fuerte antes que él, ve la omnipresencia cultural como puerta de entrada a la omnipotencia política. Pero, dado que no es todopoderoso, mucha gente va a verlo como lo que realmente es: solo un grafiti.


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13 febrero 2026

Una lección de fideos

No nos habíamos visto con él, mi cuñado y amigo, durante las fiestas de fin de año. Rafico es ingeniero, lo ha sido toda su vida; construye caminos en una lejana provincia, lo que exige permanecer mucho tiempo fuera. Había aterrizado esa misma mañana y pronto se contactó con su hermana para reunirnos a almorzar. Era ya mediodía cuando pasamos a recogerlo: nos pidió escoger o recomendar el nombre de algún lugar. Mencioné una trattoria que no quedaba lejos; había olvidado que algo pasó allí, en una ocasión anterior, que no nos dejó satisfechos… Pero –con ganas de pasta como estaba– sugerí el lugar. Por hoy, prefiero no decir su nombre. Como dijo el poeta: “la luz del entendimiento me hace ser más comedido”.

Llegamos al sitio, nos ubicaron y nos pasaron la carta, pedimos un vino y cada cual escogió lo que cada uno prefería. Mientras hacíamos un atrasado brindis por el nuevo año, pude observar como el jefe de sala y el encargado de tomar las comandas, regresaban a ver a nuestra mesa como si dudaran de algo que habíamos ordenado. Pasaron los minutos y el mesero designado pasó a nuestra mesa lo que mi amigo y mi “cónyuge sobreviviente” habían pedido. Para mi caso, resulté la desafortunada víctima de una vianda equivocada, una que nunca había solicitado: había pedido un plato de tagliatelles, pero lo que recibí fueron unos raviolis de forma circular, un tipo de pasta que no coincidía con mi pedido.

Como a veces pasa, el sagaz camarero quiso convencerme de que eso mismo era lo que había ordenado, y no los tallarines (eso es lo que significa tagliatelle) que pude haberme imaginado… Visto mi desacuerdo, el jefe de sala sugirió un cambio rápido de comanda, con lo que opté por aceptar cualquier fideo largo, que fuera menos ancho que el papardelle, y que estuviera aderezado con cualquier salsa elaborada tipo pomodoro (tomate). Me ofrecieron salsa bolognesa y estuve de acuerdo… Mientras mis acompañantes daban cuenta de sus ya servidas guarniciones (y casi todo el exiguo pan que nos habían proporcionado), volví a solicitar la carta para echar un nuevo vistazo y asegurarme de qué mismo era lo que originalmente había ordenado.

Para ser justo, la espera no excedió el tiempo prometido. La pasta estuvo en su punto y la salsa como había esperado. Durante el tiempo de espera, que no fue difícil soportar –a la par que platicábamos de lo humano y lo divino–, rememoré un “curso intensivo” de comida italiana que alguna vez tomé en “mis tiempos de muchacho” (ya capitán, pero todavía muchacho). Aquella ‘romántica’ asignatura duró un par de años... así fui como aprendí que los fideos cortos, como los macarones o los farfalles, también eran considerados pasta porque se hacían con la misma harina que se utilizaba para los espaghettis o la lasagna; al tiempo que me enteraba que uniendo la ge con la ene se conseguía en italiano el mismo sonido que con nuestra eñe.

Pero sigamos comentando el cursito referido: pronto aprendí que se llamaba fusilli al fideo que parece tirabuzón, farfalles a los que tienen forma de lazo, porque la palabra significaba mariposa (aquel mismo fideo que me hacía freír y luego añadir la abuela al caldo, junto con unas papitas picadas, leche, queso y unas hojitas de perejil, para preparar una sopita que, noche por medio, ella hacía (y que mis melindrosos primos se resistían a ingerir, a menos que les retiraran, una por una, las hojas de cebolla que ella, con tanto esmero y dedicación, había añadido; en cuanto al penne (o macarone) supongo que no requiere explicación… Tiempo después, habría de aprender que también había “una pasta que no era exactamente pasta”, pues no se hacía con harina sino con papa rellena con queso: eran los gnocchis (palabra que significa “ojos”).

Pero serían los fideos largos los que desde siempre fueron mis preferidos –y tan temprano como desde que, teniendo algo menos de cinco años, una vez acompañé a mi padre a Guayaquil y ahí descubriría lo que eran los tallarines–. Solo quince años después, en el “curso” referido, me daría cuenta que los tagliatelles no eran otra cosa que esos mismos tallarines porque, en la práctica, tallarín es solo una deformación del vocablo tagliatelle. En realidad, el nombre deriva del verbo italiano tagliare que significa ‘cortar’, por la forma de tira que adquiere la lámina de pasta cuando se la corta con un utensilio especial y se convierte en varias tiras de pasta delgada…

Quizá lo más interesante que aprendí –en ese curso que ahora recuerdo– fueron los nombres que los fideos adquirían con solo variar de grosor… Ahí todo parecía ir por milímetros y tenía que ver con la sección de los fideos: un mm, significaba capellini (cabello de ángel); dos, vermicelli (gusanitos); de tres a cinco, spaghetti (tallarines números 3, 4 y 5); seis, venía a ser fetuccini (que si era más espeso –alto–, lo llamaban linguini); ocho, era el arriba mencionado y raro tagliatelli; y, entre catorce y veinte: el delicioso papardelle. Solo restaría mencionar las otras pastas “rellenas” como los raviolis, tortellinis, tortellones, cannelones y un largo etcétera.  Y, desde luego, desearles un solemne ¡buon appetito!... 

Anche se, potrebbe benissimo mangiare qualsiasi tipo di pasta in questo momento. ¡Grazie mile!


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10 febrero 2026

El regocijo *

  (*) Escrito por Rosa Montero para El País de España

Este primer domingo después de las fiestas de Navidad siempre me ha resultado un poco melancólico. Bueno, en realidad todos los domingos tienden a ensombrecerse al atardecer, cuando cae sobre ellos una sensación de pesadumbre que supongo que se originó en la infancia y en la obligación de regresar al colegio al día siguiente. Pero reconozco que el día de hoy, el primer domingo de enero tras el fin de las celebraciones, posee una tristura especial, el profundo desaliento de las fiestas acabadas, de las bombillas apagadas que los operarios han empezado a desmontar, de los papeles de charol sucios y arrugados, de un corazón cansado de deseos y tan vacío como una botella de champán a la que se le ha ido toda la espuma por la boca. En días así, el nuevo año se extiende por delante de nosotros enigmático, abrumador y áspero, verdaderamente cuesta arriba (lo de la cuesta de enero es un gran hallazgo metafórico).

La buena noticia es que, como todos sabemos, se trata de un desencanto pasajero. Luego la empeñosa realidad vuelve a abrirse paso y, con un poco de voluntad y suerte, el año venidero empieza a ofrecernos sus posibilidades y un apetecible futuro por descubrir. Pero eso será dentro de un par de semanas, porque hoy, lo que se dice hoy, este domingo de piedra sigue siendo un muermo. Por eso, para animarme y animarnos, he escrito un texto sobre la fuerza ciega de la vida. Sobre lo bello que es existir, incluso en aquellos momentos en los que acecha la amargura. De todos es conocida la última carta que escribió Cervantes el 19 de abril de 1616, ya moribundo, a su benefactor el conde de Lemos: “El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y con todo eso llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir”. Cuatro días después fallecería de diabetes a los 68 años. ¡Sobre el deseo que tengo de vivir! Aún agonizante como estaba, la vida seguía tironeando de él hacia la vida.

Desde el principio de los tiempos, los humanos hemos intentado encontrarle un sentido a este breve pataleo que es la existencia. Para ello inventamos sin parar religiones y filosofías, pero a mí ninguna de ellas me resulta creíble o suficiente. Con los años, sin embargo, he ido comprendiendo cada vez mejor la humilde y poderosa pulsión de nuestras células. ¿Cuál es la razón para vivir? Pues pura y simplemente el hecho de estar vivos. El mandato supremo de la vida es existir; incluso el mosquito más diminuto se empeña en seguir aleteando. Y hasta los virus, que son algo así como unos zombis microscópicos medio muertos, se afanan por adaptarse y replicarse. En resumen: vivo porque soy un ser vivo. Porque estoy hecha para ello. A mí me basta con esta respuesta, con esta certidumbre tan sencilla. El gran Albert Camus opinaba algo parecido: “En el apego de un hombre a su vida hay algo más fuerte que todas las miserias del mundo. El juicio del cuerpo vale tanto como el del espíritu y el cuerpo retrocede ante la aniquilación. Cogemos la costumbre de vivir antes de adquirir la de pensar”.

De joven me asustaba esa furia vital. Como si se tratara de una cadena con la que mi cuerpo me atara a la existencia. Ahora, en cambio, empiezo a verla como una alegría, un don, un regalo salvador. Creo que, si nos entregamos a ella, si apagamos un poco la mente y nos hacemos algo más carnales, esa furia nos sostiene y nos protege como un viento caliente y luminoso. Y es que la vida se regocija en vivir. Hay una alegría celular e innata que hay que aprender a reconocer y a surfear. Un amigo argentino, el escritor Adrián Desiderato, me mandó este maravilloso poema de Borges que incluí en mi última novela. “He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz. Que los glaciares del olvido me arrastren y me pierdan, despiadados. Mis padres me engendraron para el juego arriesgado y hermoso de la vida, para la tierra, el agua, el aire, el fuego. Los defraudé. No fui feliz. Cumplida no fue su joven voluntad. Mi mente se aplicó a las simétricas porfías del arte, que entreteje naderías. Me legaron valor. No fui valiente. No me abandona. Siempre está a mi lado la sombra de haber sido un desdichado”. Se titula El remordimiento, lo escribió a la muerte de su madre y es una rareza emocional dentro de la muy contenida obra borgiana. Para mí sus bellísimas palabras son una guía. Atrevámonos a vivir el arriesgado y hermoso juego de la vida, el aquí y el ahora, el mandato animal del regocijo.


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06 febrero 2026

“The box” (la caja)

La llaman caja, celda, jaula, claustro… todos términos desdeñosos, como si ese noble aparato se tratara de una tortura, de un artilugio ingrato y tormentoso; como si utilizarlo representara una recurrente molestia, un tráfago improductivo y redundante; vaya, un molestoso castigo… Pero la verdad es que el simulador de vuelo, instrumento que ha ayudado a perfeccionar las habilidades y desempeño del aviador; y que ha reforzado su confianza, maestría y destreza, no merece apodos tan despectivos y prosaicos. La “caja” es un portento de ingeniería, tan avanzado y singular como la nave a la que suplanta y en la que el piloto puede ejercitar todo lo que no puede practicar en el avión. En términos de electrónica, quizá hasta fuera más sofisticado que la misma aeronave en la que él tendría que entrenarse para poderse certificar.

Dada la naturaleza de su pesada (y a veces tediosa) actividad, es comprensible que la llamen así quienes dan instrucción en horarios incómodos, nocturnos o fastidiosos… cumpliendo currículos repetitivos con alumnos desaprovechados o poco receptivos que –aunque pudiera sonar inconcebible– a veces también los hay… Pero esa no es la sensación que el mecanismo deja en quien está ansioso por mejorar una cierta práctica, que desea perfeccionar una maniobra o dominar un procedimiento, en aquel que sabe superar la incómoda percepción de sentirse evaluado y que se somete al “syllabus” o plan de estudios, porque sabe que utilizarlo es, cada vez, una nueva y maravillosa oportunidad para conocer más, para disfrutar de su propio progreso, para equivocarse sin costos ni consecuencias fatales, en suma: para aprender.

Con el avance de la I Guerra y el desarrollo militar, fue necesario construir máquinas que facilitaran el entrenamiento aéreo. Hacia fines de los años 20, un joven inventor, constructor de órganos llamado Edwin Albert Link, ideó un aparato que replicaba la sensación del vuelo. Lo llamó “Blue Box” (Caja Azul) o “Link Trainer”; su ingenio fue de gran ayuda para enseñar a volar en instrumentos. Hasta la II Guerra se habían construido 10.000 de estos aparatos que entrenaron a 500.000 pilotos. El primer simulador comercial (1954) ya incorporaba sonido, movimiento y otros efectos visuales; fue ordenado por United Airlines. Más tarde, se incluirían condiciones de nieve, baja visibilidad o vientos cruzados, así como todo tipo de fallas, pérdidas de motor, incendios, problemas de controles de vuelo, fugas de presurización y una infinidad de similares emergencias. Finalmente, y con el advenimiento de la Plataforma Stewart (movimiento sinérgico de 6 ejes), se fueron construyendo simuladores cada vez más modernos, con mejores réplicas y nuevos avances. 

Hoy en día, el simulador dinámico no solo propende a conseguir beneficiosos propósitos. Bien visto, es un elemento esencial en el entrenamiento de los aviadores profesionales (en especial en las líneas aéreas). Nunca se ponderará en forma suficiente al reconocer su bondadosa utilidad. La aviación, sin la existencia y aplicación de los simuladores de vuelo, jamás hubiese logrado alcanzar el perfeccionamiento técnico y elevados niveles de pro eficiencia, así como los admirables estándares de seguridad que la aeronáutica comercial –como actividad humana– ha conseguido. Con tales premisas, “la caja” debería ser acreedora, más bien, a más agradecidas designaciones. Siendo lo que es: un elemento lúdico, no estaríamos muy equivocados si lo comparáramos con un parque temático o centro de diversiones. Ese constreñido rincón es en realidad un templo que privilegia la excelencia y el saber: es, de veras, ¡un artilugio prodigioso!

Nuestras bitácoras están repletas de unas horas que hemos gastado en “la caja”, y que, en forma injusta y paradójica, no cuentan para el total acumulado de nuestra real “experiencia de vuelo”.  Si hemos de considerar, por cumplimiento regulatorio, que el aviador efectúa dos sesiones de re entrenamiento (con su chequeo correspondiente) por semestre; y, que, cada sesión significa 4 horas de adiestramiento, tendremos que el piloto permanece en ese reducido espacio casi 20 horas por año y más de 600 a lo largo de su vida profesional; si a ese guarismo sumamos el tiempo que los instructores dedican a esa tarea, la cifra bien pudiera superar el millar… Es un tiempo, que nadie toma en cuenta para reconocer ni la maestría ni una mayor experiencia… Son horas que pudieran equivaler a varias veces una sola hora de vuelo.

A nadie le gusta sentirse observado o evaluado. El aprendizaje en el simulador requiere de una especial actitud para reconocer que cada nueva práctica semestral es una oportunidad para aprender algo nuevo, para ganar una mejor y más útil pro eficiencia. Pero, no todos lo toman así: en la vida real hay muchos que se aproximan al aparato con fastidio y hasta con recelo… Al final de mis años como piloto fui conociendo muchos colegas que contaban los años previos a su retiro en términos del número de períodos de simulador (o de evaluaciones médicas) que todavía les faltaba cumplir…


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