26 diciembre 2025

La tecnología y sus fantasmas

Estuve a punto de usar la palabra “terror” para titular esta entrada, pero –luego de pensarlo dos veces y de resolver sobre su inconveniencia– la deseché. Muchas veces me he preguntado qué es lo que haría, por ejemplo, si al tratar de publicar algo que he escrito para este blog, no me reconoce el “sistema”, rechaza una clave que interpreta como incorrecta y me deja en Babia, es decir sin saber qué hacer. O si trato de ingresar a una cuenta bancaria, para intentar una transferencia o efectuar un pago inaplazable, y el algoritmo me dice que he equivocado la contraseña o que mi ordenador ya no soporta el protocolo de seguridad de esa entidad…. Sí, algo de eso es lo que no quisiera que jamás me pase, pues yo —que odio las sorpresas y soy un ignorante tecnológico— lo relaciono con el pánico y el terror.

Y eso es lo que experimenté el otro día –espanto y pavor– cuando la página web de un banco del exterior, cuya cuenta he mantenido desde los años ochenta, me anunció que sus algoritmos de seguridad no me permitían ya utilizar, para una sencilla transacción, mi computador “de toda la vida”, es decir el que he estado utilizando para escribir, editar y publicar estos artículos, y que ha sido mi servidor y sumiso escudero desde 1912. De golpe (¿de pronto?) me vi abocado a batallar ante dos dilemas: la necesidad de comprar un ordenador más moderno o recurrir a un alma caritativa, o a un “buen samaritano”, que me permita utilizar su actualizado artilugio. Pero esas alternativas tampoco hubieran solucionado el problema: cualquier nuevo dispositivo que decidiera utilizar iba a exigirme una inevitable “autenticación”.

Pero para eso están los amigos, para darnos consejo o servirnos de tabla de salvación… Raudo fui donde un conocido, al lugar donde renuevo el protector de pantalla del celular y le consulté (algo inquieto y con semblante desesperado) que qué podía hacer para resolver mi angustiosa situación… Más pronto que de inmediato, su conmiserativa sonrisa me hizo comprender que la aparente tragedia tenía sencilla solución. Luego de una sucinta exploración del sistema operativo y del navegador instalado, me sugirió que incorporara un nuevo y actualizado “software” que puso a mi disposición. Luego del referido diagnóstico, el presupuesto estimado era mucho menos oneroso que adquirir un nuevo ordenador…

Pasado un par de días, optimista y ufano, fui a reencontrarme con mi ya restaurado MacBook Pro. Entonces advertí, mientras manejaba y volvía a casa, que la gente me miraba extrañada; quizá intuía que mi angelical sonrisa denunciaba que regresaba confesándome o venía cometiendo una fechoría, o que tal vez me había topado al azar con mi primer amor… Lejos estaba de suponer que luego pasaría lo que me temía, que –una vez encendido el aparato–, no tendría todavía acceso ni a la cuenta bancaria ni a la aplicación que me permitiría administrar el bendito ‘muro’ (como algunos insisten en llamar al blog). Pero, por suerte, solo se trataba de solicitar sendos códigos de renovada autenticación…

No sé si alguien ha experimentado, de vez en cuando, similares problemas con sus claves o contraseñas. Y es que, por muy meticulosos que seamos para “conservarlas en la nube” o, simplemente, ser prolijos y anotarlas en forma ordenada, no siempre caemos en cuenta que si cambiamos una clave, ello produce ipso facto cambios similares y automáticos en otras aplicaciones que pertenecen a la misma corporación; tal es el caso de Microsoft o Google, por ejemplo. Estas utilizan diversos métodos para una eventual recuperación, como un número predeterminado de teléfono, un correo electrónico alternativo o, incluso, muchas veces insisten en utilizar la huella dactilar o el reconocimiento facial.

Soy piloto, uno de esos “de toda la vida”, que empezaron temprano. Y creo, en cuanto a tecnología, que algo en la aviación de pronto también cambió. Ya había superado “mis primeros 40 años” cuando tuve que enfrentar el cambio hacia lo digital… Fueron esos mis más tempranos escarceos con los sistemas de gestión. Así descubrí que para resolver ciertos “glitches” (falsas alarmas) había que “resetear”, es decir apagar y volver a encender, algunos componentes. Aprendí que las computadoras a ratos se equivocan; que hay que ‘monitorearlas’ como si fueran un mal copiloto; que, a veces, no terminan haciendo lo que se espera y que no hay ‘otra’ que meter la mano (intervenir) y hacer en forma manual lo que desde el principio ellas debieron hacerlo bien… Es que somos animales de costumbre, nos hemos acostumbrado a otras maneras –o a lo más fácil–; así, lo novedoso no siempre termina gustándonos, lo hallamos complicado, tortuoso, difícil de replicar. Pero al final no hay problema, uno se adapta a los cambios y se termina por acostumbrar.

Satisfechas las claves requeridas, reingreso a mi blog. Advierto que ya cuenta con más de 200 mil visitas… Tiene más de 15 años; he escrito quizá 1.200 de todos los artículos publicados; ello me compromete a perseverar por unos años más…


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