Hasta luego, mi querido Brigadier Mayor:
Viniste a verme la otra tarde en Casablanca, querido Fausto; y yo, ingenuo de mí, que no supe darme cuenta que no venías a decirme “hola primo”, sino que venías a decirme tu postrero adiós, que venías a despedirte…
Eras el mayor entre nosotros, querido primo; y, desde cuando descubriste que la travesura no concede réditos, te convertiste también en nuestro adalid y en el símbolo gentil de una familia que se sorprendió con tu generosa transformación y que aprendió a encontrar inspiración en tu ejemplo; porque esa es justamente la virtud mas auténtica que puede ofrecer el liderazgo: la de motivar e inspirar a los demás!
Algo nos identificó como primos, querido Fausto. Fue acaso la triste naturaleza de nuestra prematura orfandad? Quizás la secreta y compartida satisfacción de la mutua simpatía que se tuvieron tu madre y la mía? O, quién sabe, si fueron esos enormes y solitarios momentos que como “primeros hijos” nos llevaron a cuestionar nuestra intrascendencia y a prometernos que haríamos lo posible para hacer más llevadera y más fácil la vida de nuestros hermanos; y menos llena de insatisfacciones y sin sentido la de quienes se esforzaron por nosotros!
Tú me brindaste socaire a los desencantos de mi confusa adolescencia, tu me regalaste consejo en esas tardes de depresión y confusa sensación de soledad, cuando tú mismo recién empezabas; cuando todavía batallabas entre los textos médicos y los momentos iniciales de tu nueva vida familiar. Cómo olvidarme entonces de aquellas conversaciones en tu departamento de la Mañosca, cuando en busca de estímulo, más que por afán de consejo, alguna tarde te fui a visitar…
Hoy, ya no estas aquí, querido Fausto. Ya no habrá jamás esa voz vibrante que solía llamarme de manera inconfundible “primo”; pero, en cambio, habrá el recuerdo de una voz que siempre nos regaló su mensaje de generosa integridad, que nos recordará que la vida no tiene sentido si no sirve para hacer más fácil la vida de quienes queremos, que no trasciende ni se justifica si no hacemos más alegre la vida ajena, si no estimulamos la existencia de los demás!
Es siempre triste decirse adiós, aunque sepamos lo inevitables que resultan las despedidas. Pero es más fácil acceder a la resignación cuando quienes se van, han sabido gozar del aprecio ajeno, del respeto y la consideración de los demás. Contigo se ha extinguido una de las risas mas francas, sonoras y expresivas de nuestra querida familia; pero nos quedará para siempre el ejemplo de tu actitud ante la vida, tu apostura acogedora y generosa; y el recuerdo de tu lucha valerosa frente al desánimo, frente a ese desasosiego que produce la enfermedad.
Al mes de tu prematura e incomprensible partida te digo mi canto de despedida, que no puede sino aspirar a convertirse en un himno reverente a la esperanza que tú mismo representaste; himno que solo quiere cumplir con la intención de ofrecer la humilde apología de tu perseverante bondad, de la hermandad que tú siempre propiciaste. Adiós PRIMOOOO!!!
Alberto M. Vizcaíno. Singapur, Agosto de 2008.

