27 marzo 2026

Un minuto antisistema *

   * Escrito por Juan José Millás para El País Semanal

Leo en El actor y la diana, un curioso manual para intérpretes de Declan Donnellan, que el futuro es el territorio de la ansiedad y el pasado el de culpa. Son barrios mal iluminados los dos, se me ocurre a mí. El futuro es ese vecino con grandes ideas que nunca paga los recibos de la comunidad. El pasado te da conversación, pero te cobra caro los recuerdos. Entre ambos, el presente no sabe si ponerse corbata o salir en chándal. Estamos entrenados para vivir en diferido. En la escuela nos enseñaron a preparar el futuro; en casa, a no repetir los errores del pasado. Nadie nos explicó qué hacer con el ahora, ese trozo de tiempo que no cotiza en Bolsa.

Los autores de libros de autoayuda hablan de “vivir el presente”, pero suelen hacerlo con tono de almanaque zen. Y no: el presente no es amable, es un animal salvaje que muerde cuando le das la espalda. Requiere una cierta valentía doméstica apagar la alarma del miedo, la notificación de la culpa, y quedarse un rato en silencio, sin prometer nada a nadie, ni siquiera a uno mismo. El mercado, que todo lo administra, también gestiona el tiempo. Nos vende la ansiedad en cómodos plazos y la culpa en forma de nostalgia. Corremos hacia el futuro para pagar las deudas del pasado. De este modo, el presente se convierte en un pasillo, no en una habitación.

Pero a veces ocurre un milagro: un minuto se escapa del sistema. Estás tomando café y, de pronto, no debes nada al pasado ni temes nada del futuro. El aire pesa lo justo, la taza brilla como si acabaran de inventarla. Dura poco, claro, pero ese instante tiene más verdad que todas las promesas del porvenir juntas. Quizá la salida no sea vencer la ansiedad ni expiar la culpa, sino burlarlas: guiñar un ojo al miedo y seguir andando. Vivir es un ejercicio de funambulismo en la delgada cuerda del presente, cuyos cabos permanecen amarrados al futuro y al pasado, es decir, y volvemos al principio, a la ansiedad y la culpa.


Nota del editor con comentarios notables: Hubo, entre los comentarios que recibió este breve pero interesante artículo, al menos tres que llamaron mi atención; hablaban de nobleza, de generosidad y del valor que debemos tener para indagar, aprender y saber emplear nuestro conocimiento. Me permito resumirlos porque pudieran ser de utilidad:

— No es que tenga dinero, pero tengo la fortuna de ser inmensamente rico.

— La mayor riqueza del pobre es vivir en paz consigo mismo y con los demás.

Sapere aude: atrévete a saber. Proverbio latino atribuido a Horacio

La frase latina "sapere aude" ("atrévete a saber" o "ten el valor de usar tu propia razón") fue acuñada originalmente por el poeta romano Horacio en el siglo I a.C. Sin embargo, fue popularizada y utilizada como lema de la Ilustración por el filósofo alemán Immanuel Kant en 1784. Horacio la escribió en sus Epístolas (Libro I, carta 2, verso 40) como parte de una exhortación a la superación personal y a la sabiduría. Kant la utilizó en su famoso ensayo "¿Qué es la Ilustración?" (1784) para instar a la emancipación intelectual y al pensamiento autónomo. Kant la interpretó como el valor de abandonar la "minoría de edad" (la tutela ajena) y tener la valentía de usar la propia razón sin tener que acudir a la guía de un mentor o maestro. En el contexto que Horacio la utilizó (los recursos que tuvo que emplear Ulises en su regreso desde Troya a Ítaca para superar las pruebas que enfrentó), el significado más cercano sería: “tener el valor de servirse del propio saber”. ¡Sapere aude! Es decir: ¡Atrévete a saber, apóyate en la razón!

En días pasados pude observar cómo alguien respondía –en forma cicatera e inelegante– a un gesto generoso con uno de incomprensible mezquindad. Nadie que es de veras desprendido actúa con largueza esperando retribución y ni siquiera lo hace esperando reconocimiento; la única moneda afable a la que aspira el espléndido es aquella de la delicadeza, en caso de ausentarse la gratitud… Pensé que cuando ello ocurre uno no sabe si responder con el perdón o con el castigo. Mientras divagaba en cómo uno debería reaccionar en una circunstancia parecida, reflexioné en el preferible sustento catártico que tiene el olvido y recordé la sabia sentencia de Jorge Luis Borges respecto a cómo saber responder con un gesto de nobleza: “Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón”.


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24 marzo 2026

Un pequeño compromiso

Me gusta el golf; sin embargo, ya no lo practico como lo hacía antes. Circunstancias de diversa índole, en especial una relacionada con mi salud (una recurrente molestia lumbar) no me permiten disfrutarlo como me gustaría. El golf siempre fue un desafío para mis humildes habilidades y, sobre todo, un reto a mi exigua paciencia. Me hubiera gustado empezar a practicarlo más temprano: ya tenía más de 40 años cuando lo hice. Hoy juego solo de tarde en tarde a pesar de que, para de veras disfrutarlo, uno debería hacerlo al menos un par de veces por semana. Eso sí, siempre estoy atento al desarrollo de los principales campeonatos, especialmente los torneos mayores (Masters, Abierto americano, Open inglés y PGA).

Algo he notado cuando escucho la transmisión de este juego (para mí, más que un deporte, es un entretenimiento) y es que los locutores, sea porque viven en los Estados Unidos o porque tratan de traducir literalmente una expresión utilizada para resaltar que una jugada final –simple en apariencia– entraña todavía una pequeña dificultad, dicen que al jugador aún le queda “un pequeño compromiso”. De paso, cada vez que escucho referirse a esta condición me es inevitable recordar a un gran colega y amigo que ya “voló hacia occidente” y que me introdujo en los secretos del golf; quien, para referirse a esa incierta tesitura que hoy comento, siempre decía con su manera no exenta de burlona ironía: “todavía hay carne en ese huesito”, es decir: “ya estás bastante cerca, pero no te puedo conceder todavía ese último tiro”.

Es siempre probable que “ese pequeño compromiso” no consista en un uso incorrecto –un anglicismo– del verbo comprometer (to compromise, en inglés) o del sustantivo equivalente (a compromise). Ante todo porque, para lo que nos ocupa, compromise (sustantivo) quiere decir en ciertos contextos “punto intermedio”; lo que querría significar, para lo que estamos tratando, que la bola habría llegado a un punto en que ya está bastante cerca del hoyo, pero que todavía existe una cierta posibilidad (un eventual riesgo) de que el jugador involucrado pudiera fallar su siguiente golpe. En este caso puntual deberíamos considerar que este “sitio intermedio” quiere realmente significar “no estar suficientemente cerca” o “tener que lidiar todavía con una probable pequeña dificultad”. Y es que, no he querido comentarlo todavía pero existen términos –como compromiso y comprometerse– que entre nuestro idioma y el inglés pueden ser muy diferentes…

Veamos: “compromiso” en español puede significar un acuerdo o promesa, una obligación –como la palabra dada–; pero también puede significar estar en riesgo, en un problema o en un atolladero. En tanto que “comprometer” (como verbo) implica: adjudicar una obligación, contraer o aceptar un compromiso, y hasta poner en riesgo algún asunto. Y solo ocasionalmente lo que recoge la Academia en el DLE: “poner en manos de un tercero la resolución de un conflicto” (lo que sí significa en inglés). Además, “comprometerse” (reflexivo) quiere decir obligarse uno mismo, u ofrecer un empeño propio para acometer algo.

Por su parte, compromise en inglés, quiere decir, sobre todo, ceder en algo o renunciar, llegar a un acuerdo, propiciar o tener un gesto de renuncia, transar o transigir, ceder para llegar a una posición intermedia; pero también pudiera significar –igual que pasa también en castellano– “poner algo en riesgo” o “comprometer”, como cuando hablamos de arriesgar la seguridad o bajar la calidad de un producto para favorecer las ganancias. 

Es importante caer en cuenta que en inglés (a diferencia que en español) existe una palabra diferente para significar la idea de adquirir una obligación o dedicarse a una causa, para emitir un mensaje de apoyo, o para respetar o reconocer un convenio de pago; en ese caso, se utiliza el vocablo commitment. Resulta curioso que, sin ser el inglés una lengua latina –como sí lo es el español– la escritura inglesa es exacta a la del latín. Hace falta, por lo mismo, reconocer que la voz compromise en inglés puede tener distintos sentidos, tanto si se la usa como verbo o si se la emplea como sustantivo (to compromise – a compromise).

En resumen: un compromiso en inglés tiene el sentido de renuncia, cesión, riesgo, abandono o deterioro; mientras en español es adquirir una obligación, asumir una serie de tareas o deberes. En inglés no se usa la misma palabra para el reflexivo (comprometerse), se dice to commit (verbo) o commitment (sustantivo). Además, si hablamos coloquialmente, en inglés, “to have a compromise” es tener todavía algo de trabajo por terminar; como dejamos dicho más arriba, puede ser una bola cerca del hoyo, pero todavía con un poco de dificultad (golf) o un penal con 50/50 chance de fallar (fútbol). Es decir, es algo cuyo éxito (o completa consolidación) no es todavía seguro. No confundir "compromise" (verbo), que significa "poner en riesgo", con "compromiso" (obligación/promesa), que se traduce como "commitment".


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20 marzo 2026

Eficacia, eficiencia y efectividad

En días pasados estuve leyendo una entrevista que le hacían en El País de España a un paleo-antropólogo francés que explicaba las razones para que el Homo sapiens (‘ hombre sabio’ o 'capaz de conocer', en latín) sea la única especie humana que ha sobrevivido en el Planeta; en definitiva, para que, hace unos 30.000 años, se hubiera extinguido el ‘hombre de Neandertal’. Parte del problema, según el científico, estuvo en las herramientas que usaban los neandertales: que no estaban estandarizadas (cada cual inventaba algo propio), eran muy particulares para cada tarea y, aunque creativas, eran mucho menos 'eficientes'. Por los comentarios que mereció la entrevista, pude darme cuenta que existen otros dos vocablos que solemos utilizar cual si tuviesen el mismo significado que eficiencia: eficacia y efectividad.

Empecemos pues por ponerlos en orden alfabético y vamos qué es lo que dice la inefable Academia:

• Efectividad:

Es la capacidad de lograr el efecto que se desea o espera.

Sinónimos: eficacia, validez, operatividad, capacidad, fuerza, poder.

• Eficacia:

Es la capacidad de lograr el efecto que se desea o se espera (hasta aquí, exacto al anterior y sugiere lo mismo).


Sinónimos: efectividad, utilidad, eficiencia, capacidad, ejecutividad, operatividad, validez, aptitud, vigencia, energía, fuerza, vigor, poder.

• Eficiencia:

1. f. Capacidad de disponer de alguien o de algo para conseguir un efecto determinado.

2. f. Capacidad de lograr los resultados deseados con el mínimo posible de recursos.


Sinónimos: eficacia, efectividad, capacidad, competencia, pericia, valía, operatividad.

Con lo anterior (con estas definiciones) podemos ver dónde se encuentra parte de la confusión. Como diría Cantinflas: “Ahí está el detalle”. Veamos, de dos en dos, las diferencias con un método algo más didáctico:

• Diferencia entre eficacia y efectividad:

La eficacia se centra en lograr el objetivo o resultado, mientras la efectividad es la combinación de lograr ese objetivo (eficacia) optimizando los recursos utilizados (eficiencia). 

• Eficacia: Es cumplir la meta o el efecto deseado, sin importar el costo o los recursos invertidos.

• Efectividad: Es la capacidad de lograr el objetivo de la manera más óptima posible; para ello, privilegia la 'eficiencia' (optimizando recursos y reduciendo tiempo). Esta consiste en una estrategia, es el uso racional (la optimización) de recursos para alcanzar el objetivo y hacerlo en el menor –o más adecuado tiempo posible–. Quizá por ello, a esta última a menudo se la confunde con la efectividad.

• Diferencia entre eficacia y eficiencia:

La principal diferencia es que la eficacia se centra en lograr los resultados, mientras que la eficiencia se centra en el proceso y en el uso óptimo de recursos para alcanzar los objetivos propuestos. Ser eficaz implica cumplir la meta, pero ser eficiente implica lograrla minimizando recursos, tiempo y costos.

• Diferencia entre eficiencia y efectividad:

La eficiencia es solo la herramienta, mientras que la efectividad es el mejor resultado: la combinación de lograr esas metas (eficacia) optimizando los recursos utilizados (eficiencia). En resumen: la eficiencia es solo un medio o instrumento: es el uso racional de recursos para alcanzar un propósito; a menudo se confunde la eficiencia con la efectividad, pero la efectividad es el resultado satisfactorio completo. 

Veamos la eficiencia como lo que es: como una herramienta. De modo que si logramos eficacia y empleamos también ese artilugio, conseguiremos efectividad. La eficacia, a veces, puede no ser efectiva, a menos que nos apoyemos en la eficiencia (así gastamos menos recursos y ahorramos tiempo). Si utilizamos una fórmula matemática y reemplazamos eficacia con una ‘e’ (minúscula) y le sumamos ‘rt’ (eficiencia, es decir: recursos y tiempo), el resultado será una mejor efectividad (‘E’, mayúscula). En suma: E =  e + rt .


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17 marzo 2026

Esnifar, ‘espitear’ y ‘esnizear’…

Me viene a la memoria mi más temprana participación en un concurso de oratoria: estaba en quinto de colegio. Finalizado el certamen, estando en clase de filosofía, el titular ocupó buena parte de su tiempo analizando mi reciente desempeño (no digo criticándolo porque, aunque más exacto, sería menos generoso e indulgente). En algún momento, el mentado maestro dijo que no debía haber dicho que cierto asunto “era acorde” con algo, sino que tal asunto “estaba de acuerdo” con lo que había referido. Que hubiera sido preferible utilizar la locución, no el adjetivo… Y, claro, mi inesperado juez estaba todo menos en lo correcto. Ese “acorde”, de acuerdo con el diccionario, significaba: conforme, coincidente, consonante o congruente.

Esta vez escribo este breve artículo (ustedes –por el título– ya lo habrán adivinado) porque no estoy ‘de acuerdo’, ni puedo estar conforme, con que la RAE reconozca voces innecesarias, máxime si el único motivo es aquel manido “porque esas voces ya se usan”, sin importar si las palabras aceptadas o acogidas son o no extranjerismos o germanías, o si dicha forma de ya aceptado consumo pertenece a un ambiente de mala muerte; o, si su ejercicio se efectúa en el lupanar ruidoso o el sórdido arrabal. La Academia debería actuar acorde con (es decir, conforme con) el delicado encargo que ha recibido; con su historia, su tarea, su rigor lingüístico y académico –por algo se llama a sí misma, y la llaman, Academia-- y con su reputación.

En febrero, un prestigioso medio español traía un artículo relacionado con un comentario hecho por Robert Kennedy Jr., quien no solo admitía haber consumido cocaína en el pasado, sino que concedía haber “esnifado“ utilizando la tapa de un sanitario… (los suspensivos no intentan invitar a visualizar el abyecto ambiente de cualquier retrete sino a reconocer la espuria condición de vocablo entrecomillado que remplaza a las varias alternativas que ya existen, y sobran, en nuestro idioma y que hubieran hecho innecesario su uso). Kennedy es el actual secretario (ministro) de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos. El periódico usaba este disparatado anglicismo –que ha sido aceptado por la RAE– a pesar de que, además, to sniff es un verbo que no significa absorber o inspirar sino olfatear y de que el español cuenta con otras palabras para expresar la idea de inhalar, aspirar, sorber, inspirar o chupar. ¡Qué horror: esnifar!

No puedo estar de acuerdo. Pues, no por el hecho de que un extranjerismo haya sido “aceptado” por la Academia, aquello lo convierte ipso facto en un término adecuado o correcto. En este caso, sigue siendo un anglicismo (y, además, innecesario). Está “mal aceptado”. Sniff (con doble efe) es inexacto incluso en inglés. No sé por qué tienen que reconocerse vocablos innecesarios cuando hay sinónimos que sobran en nuestro idioma. Ya no habría que hablar de “la Academia de la lengua” sino de “la lengua de la Academia”. Barrunto que incluso adsorber (atraer y retener moléculas de otro cuerpo) pudiera ser más adecuado y preciso. Me resisto a utilizar términos erróneamente reconocidos. ¡Disculpen ustedes!

Esnifar es palabra de la jerga del ámbito del consumo de estupefacientes, del lupanar. La Academia no está para eso, para “aceptar” o reconocer vocablos usados en el ambiente de la alcantarilla, la cárcel o el burdel, solo porque “ya se usan” o por el simple prurito de “dar visado” a nuevos términos con el anodino pretexto de que “ya existen” aunque fueren innecesarios, o que fueren galicismos o anglicismos, o fueren usados en la jerigonza de los bajos fondos. Esa no es su tarea ni es ese su papel. Lo dice su lema: “Limpia, fija y da esplendor” y eso de querer “reconocer” nuevos vocablos (que es entendible que se usen en lugares frecuentados por consumidores de substancias prohibidas, vale decir del vicio), no es justificativo suficiente para que se los tenga que validar.

No quisiera pasar por lo que en España conocen como “cuñao” (o cuñado): un sabelotodo… Advierto, sin embargo, que, como es nueva costumbre de la Academia, el diccionario trae la conjugación de los verbos consultados. Así es como encuentro el infinitivo, gerundio y participio de este novedoso verbo: esnifar, esnifando y esnifado. ¡Qué horror!, se me ocurre preguntarme ya no ¿qué habrán fumado sus eminencias (los ilustres miembros de la Academia), sino ¿qué habrán esnifado?… Y, ya que estamos en esas, pregunto también ¿por qué no aceptar y reconocer –de una vez– otros verbos como “cofear” (de cough, toser); “espitear” (de spit, escupir); o, quizá, “esnizear“ (de sneeze, estornudar)? Sí, pues… ¡Perdonen mi cáustica, aunque involuntaria, ironía!


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13 marzo 2026

Apuntes al artículo anterior

Ese “Maestro”, así con mayúscula, que menciona Martín Caparrós en su artículo La palabra América, publicado en la entrada anterior, se refiere (¿a quién más?) al escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) autor de la enigmática frase allí entrecomillada. Ella pertenece a un extraño poema titulado “El Gólem”, que Borges habría asegurado que, si tuviera que elegir cinco poemas que le sobrevivieran, aquel ya legendario escrito sería uno de ellos. Está incluido en el libro El otro, el mismo (1964); allí Borges, que es reconocido por su estilo repleto de simbolismos, metáforas y acertijos, utiliza esos versos para explorar el poder de los nombres, la relación entre palabra y cosa representada o la cábala hebrea evocando una tradición: la creación de un ser antropomórfico mitológico, común en el folclore judío, el Gólem.

La cita auspicia la idea de que el lenguaje (el nombre) contiene la esencia del objeto que describe. Un gólem es creado a partir de materia inanimada (barro o arcilla), que cobra vida mediante rituales mágicos; simboliza al protector de comunidades. Es una creación sin alma, incompleta, que se asocia con el peligro de la soberbia humana al intentar imitar la creación divina. Su origen lo sitúa en la Praga del siglo XVI, creado por un rabino, aunque sus raíces estarían en la Biblia y el Talmud. En hebreo, gólem se refiere a una sustancia informe; representa la obediencia, pero a veces esa criatura pierde el control y se vuelve una amenaza. Según la RAE, se debe escribir gólem (con tilde), su plural es gólems. En esencia, el gólem es solo un remedo de hombre, encarna tanto el deseo de protección como los peligros de una creación sin alma. 

De otra parte, he querido indagar el motivo para que algo tan simple como la palabra “rosa” haya llegado a tener un significado tan inescrutable y hasta místico. Aquello supera el simbolismo. Encuentro en un artículo previo de este mismo blog (Historia de dos enamorados) lo siguiente: Fue Gertrude Stein, en los años de la Primera Guerra Mundial, quien escribió un poema y popularizó una frase que habría de convertirse en famosa: “La rosa es una rosa es una rosa es una rosa”, cuyo sentido en nuestro idioma sería algo parecido a "así es como pasa en la vida" o "las cosas son lo que son". Parece que por mucho tiempo se utilizó a la rosa como símbolo en filosofía; habría sido Pedro Abelardo (1079-1142), quien supo darle a la palabra rosa el diverso contenido con que se la identifica, tanto en los asuntos relacionados con la filosofía como en aquellos otros relacionados con las cosas de toda la vida. Gertrude Stein (1874-1946) fue una novelista, poetisa y dramaturga estadounidense que vivió en Paris desde 1904, y permaneció ahí por el resto de su vida.

Pero no sería debido a Stein ni a Abelardo, famoso poeta y monje francés, que ese nombre –el de la rosa– pasaría a formar parte de la inquietud que hoy nos ocupa. Habría que estar familiarizado con la novela del semiólogo piamontés Umberto Eco, El nombre de la rosa, para –llegados al Último folio– averiguar por el motivo para que el autor hubiera intitulado de ese modo su obra. Ahí, en los renglones finales, Eco revela, como sin saber ni para qué, la frase misteriosa: “stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus” (“La rosa se mantiene fiel a su primer nombre, solo conservamos los nombres vacíos”); que equivale a decir: "de la rosa original sólo queda su nombre"; o, si se prefiere: "al final solo quedan los nombres".  La extraña frase  pertenece a un poema de Bernardo de Cluny (o de Morlaix), cuyo célebre dístico le ha permitido ser reconocido como "maestro del arte formal”, habiendo escrito De contemptu mundi en metro riguroso.

En "Apostillas al nombre de la rosa", minúsculo librito escrito por el mismo autor, se aclara –en su primer capítulo– la razón para el título de la novela y su significado. Eco recuerda que Abelardo se apoyaba en el enunciado nulla rosa est (no hay rosa) para mostrar que el lenguaje sirve para referirse a lo que existe y a lo que no. Confiesa que su primera opción fue La abadía del crimen, pero la descartó por temor a que se imaginara una intriga policíaca. Luego propuso Adso de Melk, para disgusto de los editores (ellos repudian los nombres propios). Al final, la idea de El nombre de la rosa, se le habría ocurrido por casualidad: “la rosa es una figura simbólica tan densa –dice– que, por tener tantos significados, ya casi ha perdido todos”. “Lo que de veras cuenta –concluye– es que el título debe más bien ‘confundir las ideas’, y no regimentarlas”.

Hacia el final del prólogo (Naturalmente, un manuscrito) Eco sugiere que, con la lectura, corremos el riesgo de repetir con Tomás de Kempis, canónigo agustino del siglo XV, y autor de la Imitación de Cristo: “In omnibus requiem quaesivi, et nusquam inveni nisi in angulo cum libro” (“Busqué descanso en todo y no encontré nada, excepto en un rincón con un libro”). No olvidemos que en línea con la técnica usada por Cervantes (la del “manuscrito encontrado”) y Cide Hamete Benengeli, Eco creó también un autor apócrifo para otorgar mayor veracidad (y, quizá, una nada contenida ironía) a su seductora y sorprendente obra.


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10 marzo 2026

La palabra América *

  * Escrito por Martín Caparrós, para El País de España

Mentimos: nos mentimos sin parar porque hace cinco siglos un señor mintió. Mintieron dos, en realidad. Primero mintió uno; después otro le creyó y mintió en consecuencia. Años más tarde el segundo señor intentó desmentirse: dijo que el primero lo había engañado y que lo perdonaran y olvidaran lo que él había dicho. Lo olvidaron a él: lo que había dicho ya pasaba por verdad porque muchos lo habían repetido, y lo seguían repitiendo. Así fue como todo un continente recibió el nombre de un farsante florentino, ese primer señor. MAGA, mucha MAGA.

Ese primer señor era un muchacho de buena familia, padre cambista de divisas, madre con sus dientes, casa con biblioteca, amigos poderosos en la ciudad más culta de esos días. El muchacho, Amerigo Vespucci, había nacido en 1454 y se educó leyendo, escuchando sabios parlanchines, disfrutando de los mejores cuadros y sus modelos de más carne que hueso. Así, medio siglo después, cuando llegó el momento, no le costó mucho escribir unas cartas donde contaba ¿sus? viajes a esas tierras que Colón había encontrado poco antes. Esos viajes quizás existieron, quizá no: todavía se discuten. En cambio, una de las cartas, Mundus Novus (1507), existió y fue un best seller en las ciudades de aquella Europa: decía confusamente, por primera vez, que quizás esas costas lejanas fueran un continente nuevo. Y así fue como un cartógrafo belga, Martin Waldseemüller, autor del primer mapamundi que lo incluyó, lo bautizó con la palabra América, en homenaje al florentino que tan bien la contaba.

Al principio pocos lo discutieron. El nombre sonaba bien: Amerigo le debía el suyo a su abuelo paterno; a sus hermanos les tocaron otros parientes (uno se llamó Girolamo y el otro Antonio; es un azar —uno entre tantos— que nuestro continente no se llame Antonia o Girolamia.) Y Amerigo, ya Américo Vespucio, continuó su carrera como organizador de expediciones y armador de barcos para los Reyes de Castilla, que terminaron por nombrarlo “natural de sus tierras” —un inmigrante con papeles— y piloto mayor. Años después, cuando las incoherencias de sus escritos avivaron las dudas, cuando el cartógrafo belga pidió disculpas por difundir mentiras y cambió en sus mapas el rótulo de América por el de Terra Incognita, cuando el padre Bartolomé de las Casas y otros sabios insistieron en que si un hombre debía darle su nombre al continente era Cristóbal Colón, ya era demasiado tarde: el nombre falso se había impuesto.

España, la okupa principal, no lo usó mucho: durante siglos siguió hablando de Indias. Pero en el resto de Europa, América fue el nombre, y terminó de afirmar algo que sospechábamos: que muchas veces contar las cosas te recompensa más que hacerlas. Así, cuando las 13 colonias inglesas se deshicieron de su rey, decidieron incluirlo en su título oficial: los Estados Unidos de América. Desde entonces sus ciudadanos intentaron llamarse americanos. Podrían llamarse estadounidenses, pero quién pronuncia semejante adefesio; ellos, sin duda, no: no son tan refinados. Así que así se llaman, con esta palabra que no tendría que existir. Sería otra marca de la supuesta excepcionalidad norteamericana: que se apropiaron del nombre, que nos dejaron a todos los demás americanos sin un nombre propio y que sería, entonces, alguna forma de justicia que el nombre que nos robaron sea una mentira.

El problema es que tantos lo son. Yo nací en una ciudad llamada Buenos Aires, aunque nunca los hubo, capital de un país llamado Argentina —de argentum, plata, aunque tampoco la hubo nunca. Que el nombre del continente también sea una farsificación sólo termina de romper la regla del Maestro: “… si el nombre es arquetipo de la cosa / en las letras de rosa está la rosa / y todo el Nilo en la palabra Nilo”. No, en las letras de América vive el fantasma de aquel farsante florentino, y es normal: ya sabemos que un nombre es una mentira compartida, una trola común —y más cuando es el nombre de una “patria”, la mayor de todas.


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