Mis fragilidades humanas (aquellas de las que no soy totalmente responsable) me han ido haciendo más selectivo a la hora de abrir un nuevo libro. Bien sé que, en tratándose de e-libros, textos electrónicos o libros digitales, eso de “abrir” un libro solo sirve para el primer impulso, ya que lo que luego hacemos es “ir pasando las páginas” con un simple movimiento de los dedos. No escapa a mi personal conclusión que quizá, por eso mismo, ha de llamarse así a ese tipo de texto, me refiero al distintivo de “libro digital”…
Desde que hace unos cinco años (tiempos de post-pandemia) tuve la inesperada desventura de perder de un solo plumazo alrededor de quinientos libros digitales; sobre todo novelas, en las que en forma persistente y metódica había resaltado sus mejores frases (lo que desde entonces he dado por llamar mi personal “flagelo digital”), casi había perdido la costumbre de intentar nuevas lecturas, o re-lecturas, en aquellos libros digitales (ello se me convirtió en una sesgada forma de elección). Empero, tenía un par de novelas reservadas, cuya revisión intentaba y no las había podido encontrar en los libros tradicionales (de papel). Ahí estaban, a la espera de mi improbable propósito de enmienda, “El idiota” de F. Dostoyevski, y “Retrato de una dama” de Henry James, autor de esa obra de veras enigmática: “Otra vuelta de tuerca”.
Ha sido gracias a mi interrumpida relectura de “La sombra del viento”, de un autor catalán tempranamente desaparecido, Carlos Ruiz Zafón (1964-2020), que he vuelto a repasar esa, su más conocida novela. No solo eso, sino que he optado por emprender en la búsqueda de su tetralogía completa. Ello me ha llevado a explorar en mis ya conocidas –por no decir acostumbradas– librerías de viejo. Estas otras obras no se constituyen en “secuelas” propiamente dichas, pues se las puede leer prescindiendo de la primera y más famosa, no obstante que incluyen personajes, ambientes y temáticas ya incorporados en “La sombra del viento”. Barrunto, por tanto, que si el lector no interrumpe la lectura de estas obras, con cualquier lectura diferente, como suele ocurrirme personalmente, tiene “asignatura pendiente” para unas buenas 6 semanas.
Estoy, mientras escribo, por iniciar la tercera y última parte de “El juego del ángel”, y dejaré para más tarde: “El prisionero del cielo” y “El laberinto de los espíritus”, todas ellas novelas de carácter “gótico”; es decir, nunca exentas de un carácter en que priman la sorpresa, el terror, el romance y el misterio. Pero, estas no son todas mis asignaturas pendientes para lo que irá del resto del año: tengo también otras postergadas lecturas para un potencial futuro inmediato, a las que todavía no he asignado orden ni prioridad. Ahí esperan: “Historia de dos ciudades”, de Charles Dickens (que ya la he estado leyendo simultáneamente y que, más que una historia “de” dos ciudades, desarrolla una trama que acontece “en” dos urbes distintas); así como, también, los últimos capítulos de los “Ensayos” de Michel de Montaigne o la siempre postergada –aunque jamás debida y suficientemente disfrutada– segunda parte de “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”…
Ahora, claro, no todo en la vida tiene que ver con lecturas y libros; y, menos aún, con literatura. Hay, creo yo, muchas otras maneras de entretención y disfrute para nuestro tiempo libre. Pero si hay algo maravilloso en la literatura, es esa su vida propia; esa que, al sernos compartida, pasa a ser parte de esa otra vida que los libros nos permiten seguir y disfrutar. Bien visto, la literatura se convierte, de ese modo, en una suerte de vida paralela que nos concede el privilegio de participar de otras historias y episodios, otras emociones y experiencias; todo esto con ese beneficio afortunado que el ser humano posee, ese indescifrable bono (originalmente del latín bonus, o también del mismo vocablo inglés, que se traduce como incentivo o compensación, aunque hay quienes lo traducen como propina) que es el artilugio mágico e irremplazable de la memoria. La literatura, finalmente, es –en la mayoría de veces– solo ficción; pero, a la vez, no hay tramas o libretos que sean más parecidos a los de la vida real que los que surgen de la propia literatura.
Cuando pienso en asignaturas pendientes, me es inevitable no recordar cuando, siendo todavía muchachos y accedimos a secundaria, descubrimos un concepto de nivelación académica cuya factura se cargó al sacrificio de nuestras vacaciones. Esa forma de postergado castigo, es lo que entonces se conocía como quedarse “suspenso” o “aplazado”. No sé si esa forma de mantener pendiente una asignatura sigue aún vigente en los planes de estudio de los colegios secundarios; tampoco sé si ese artificioso recurso cumplió alguna vez con su previsto propósito educativo. Pero, a no dudarlo, nos dio la adicional oportunidad de salvar, con unas pocas semanas de esfuerzo, todo un año escolar; y, asimismo, la promoción necesaria para seguirnos manteniendo en el mismo grupo original de nuestros compañeros de aula, en el mismo año lectivo.

