20 octubre 2026

Koch, su bacilo y la literatura

Cursaba cuarto de colegio. Tenía 16 cuando me correspondió colaborar en la fundación de un movimiento juvenil de apostolado. No todo ahí era hablar de virtudes y vidas de santos. Esas convivencias, que duraban tres días, nos ayudaron a madurar y a templar nuestro carácter; sobre todo, nos permitieron descubrir varias habilidades que, de otra manera, quizá nunca hubiéramos imaginado. La iniciativa se llamó Palestra –así se llamaba en la antigua Grecia el lugar donde se aprendía a luchar–; sus estrategias partían de la premisa de que el mundo es un permanente combate y que, para ello, era mejor estar preparado.

No todo era charlas, plegarias u otras actividades piadosas en Palestra; hubo tiempo para asuntos sociales y distensión. Siendo todavía muchachos, se nos encargaba tareas para las que, tal vez, no habíamos tenido previa preparación ni estábamos acostumbrados, como adquisiciones puntuales o encargarnos de la cocina. Como era un movimiento internacional, hicimos viajes de intercambio, conocimos otros lugares y países; disfrutamos de otros modos de vida, de otras costumbres; y así memorizamos también letras inéditas, adaptando estas a la conocida música de muy famosas marchas y canciones. Una de ellas hacía fisga del bacilo de Koch…

Si bien su letra era algo prosaica, su tema me ayudó a relacionar su contenido con la cura para una temible enfermedad y a reconocer la tisis como una de las dolencias que más han afectado a la salud del hombre. A pesar del prodigioso avance que han tenido los sistemas de salud en el mundo, solo comparables con los formidables logros experimentados por la navegación aérea –y al contrario de otras enfermedades ya erradicadas como la viruela–, la tuberculosis es todavía una de las dolencias de mayor incidencia en el globo, ya que afecta hasta a un tercio de la población mundial. La “peste blanca” muchas veces no presenta siquiera síntomas y es la segunda causa global de muerte, y también, la primera entre los males infecciosos. Se estima que hasta un 80 % de la población de países asiáticos y africanos es afectado por ella.

Robert Heinrich Koch (se pronuncia Kohgg y significa cocinero en alemán) había nacido en el antiguo reino de Hannover en 1843; se le reconoce por haber descubierto en 1882 –aún no llegaba a los 40 años– el bacilo de esa enfermedad que no solo ataca a los pulmones y que también la conocen con el raro nombre de escrófula. Había sido médico y microbiólogo, pero su mayor mérito no era haber reconocido el temible y silencioso bacilo, sino el método de investigación que instauró (sus famosos postulados), y que más tarde aplicarían sus pupilos, quienes reconocieron a los transmisores de muchos otros males: difteria, lepra, gonorrea, sífilis o tétanos. Koch fue distinguido con el Premio Nobel de Medicina en el año 1905.

Hubo un tiempo, en países como Francia e Inglaterra, que llamaron a la dolencia “Mal de reyes”, no porque de ella sufriera la realeza, sino porque entonces había la creencia de que los monarcas estaban dotados de la capacidad para curarla. La enfermedad influyó en la literatura de los siglos XIX y XX, no solo porque sus autores describieron a sus víctimas y a la enfermedad (Víctor Hugo, Alejandro Dumas, Fiódor Dostoyevski, Thomas Mann), sino porque fue conocida en la Europa del siglo XIX como una enfermedad romántica, propia de los novelistas y poetas más bohemios. Llegaron a conocerla como la “enfermedad de los poetas”.

En la práctica, muchos escritores perdieron sus batallas mientras el trastorno era todavía incurable; unos fueron afectados o padecieron los efectos del mal y otros perdieron finalmente su vida. En el siglo I a.C., ya el poeta romano Cayo Valerio Cátulo habría fallecido con la dolencia cuando apenas tenía 30 años. Se sabe que de los seis hermanos Brontë (Emily había escrito Cumbres borrascosas), las cuatro mujeres fallecieron por causa de la enfermedad; Emily murió a los 31 y su hermana menor, Anne, a los 29. No habiendo cura para una plaga tan traicionera, quienes la contraían morían muy temprano. Y, no era que la dolencia hubiese sido una enfermedad de escritores, sino que algunos morían cuando eran todavía demasiado jóvenes.

Así el poeta inglés John Keats se despidió a los 25 años. Gustavo Adolfo Bécquer lo hizo a los 34 (hoy se sospecha que tal vez adolecía de una afección distinta). Franz Kafka, el autor de La metamorfosis, un desconocido en vida, colgó la pluma a los 41. Jane Austen se despidió del mundo de 42. Tanto el dramaturgo ruso Antón Chéjov como el autor de La isla del tesoro, Robert Louis Stevenson partieron a los 44. George Orwell, autor de 1984 y Rebelión en la granja, dejó este mundo a los 46; Albert Camus, renovador del existencialismo y novelista del absurdo, padecía de tisis, aunque falleció a los 47 en un accidente de auto. Honoré de Balzac y Moliere (su verdadero nombre era Jean-Baptiste Poquelin) “volaron hacia el oeste” a los 51 años… Todos, en la plenitud de sus años de creación, desaparecidos frente a la obcecación de un invisible bacilo…



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16 octubre 2026

La palabra ático *

  * Escrito por Martín Caparrós, para El País de España.

Hay palabras de ésas: palabras laboriosas, perseverantes, ambiciosas. Palabras que —diríamos en España— se lo han currado: palabras que empezaron en lo bajo del barro y llegan —a veces literalmente— a lo más alto. Y hay palabras que de pronto estallan: que estuvieron por ahí durante años sin que nadie las viera y un día cualquiera explotan, salpican hasta el último rincón, pululan ululando. Y hay palabras —escasas, encomiables— que han hecho las dos cosas: el camino sinuoso, el estallido. La palabra ático es, ahora mismo, una de esas.

Nada la destinaba a semejante viaje. Ático era, en el principio, el modesto adjetivo derivado de un sustantivo nada modesto. Ática era nada menos que el nombre de toda esa región de nada menos que Grecia cuya capital era nada menos que Atenas. El éxito ático debería enseñarse en las escuelas de negocios –¿de negocios?– para mostrar la rentabilidad de la cultura: esa región, cinco veces más chica que Ciudad Real, sigue resonando, dos milenios después, porque inventó tres o cuatro cositas que se hicieron costumbre: la tragedia, la democracia, la filosofía.

Lo cierto es que la palabra ático sobrevivió durante muchos siglos como adjetivo poco usado. Ese poco era en arquitectura, donde los templos áticos —Partenón mediante— se volvieron clásicos, y después se llamó así a sus techos, esa forma de ponerles un remate más o menos cursi. Mucho después —digamos, siglo ¬XVIII— las grandes viviendas se hicieron más altas. El techo casi no se veía y además quedó muy claro que lo elegante era el primer piso: el que menos esfuerzos de escalera pedía —y que los demás se volvían más baratos y despreciables según subían.

Pero hete aquí que hacia 1860, Nueva York, el señor Otis inventó el ascensor y, uno tras otro, los ricos quisieron irse para arriba. En las alturas había menos ruido, menos calor, menos humo, menos olor a pobre. Los edificios de viviendas de los países ricos empezaron a ofrecer un último piso con sus grandes vistas, nadie más arriba, el trofeo del ganador sin imaginación. Por mucho tiempo ese alarde no tuvo nombre en castellano. Ahora la Academia Real ha aceptado la palabra penthouse, que cuando yo era chico era una revista de tetas y ahora es un “apartamento o piso de lujo, generalmente con terraza, situado en la última planta de un edificio”, dice la Real, y que se usa en América.

Porque en España, siempre tan españoles, lo que usábamos era la palabra ático. Y tampoco tanto; se decía, se conocía, no se conocía. Hasta la tempestad; ahora, ustedes saben, llevamos dos o tres años vomitando áticos. Primero fue ese del señor novio que tampoco era del señor novio. Pero aquello fue un susurro frente a los gritos del “ático de Ayuso”. Que es casi una redundancia: en estos días se puede decir ático y el “de Ayuso” se completa solo en las cabezas. Hace mucho que nadie había pagado tan cara una vivienda. Da un poco de pena.

La historia es simple. Hay una señora que ha dedicado su vida a destruir el mayor bien social de nuestra Ática: la salud para todos, la sanidad pública realmente pública, la que permite que todos nos curemos por igual. La que pone en funcionamiento la solidaridad más básica, el grado cero de la cohesión social: que cada persona sabe que todas las demás —y ella misma— están haciendo un pequeño esfuerzo para que ella misma —y todas las demás— puedan curarse o cuidarse si se enferman. Que no depende de la plata y esas tonterías: que está garantizado.

Y hay, decíamos, una señora que lleva siete años —y otra señora otros ocho antes— haciendo lo indecible por cargárselo para que sus mandantes más mangantes hagan más negocio. Se me ocurren pocas cosas más miserables, más misérrimas, que demoler esa gran construcción colectiva para que unos 'señoros' y señoras se paguen el Lamborghini de la próxima colección otoño-invierno. Y, sin embargo, decíamos, nada ha limado tanto a esta señora como el ático: la sospecha de que, una vez más, quiso hacernos una pequeña trampa. Ella está donde está para quitarnos lo mejor que tenemos, pero nos indignamos cuando nos quita unos millones. El 'honestismo' es así: consigue que no hablemos de política sino de policiales; consigue transformar a los grandes depredadores en pequeños pilluelos —y hacernos creer que ahora sí los pillamos. Puedo pensar en varios pensadores áticos que se reirían –suavito– de nosotros.


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13 octubre 2026

Solapar, ¿es bueno, o malo?

En nuestro país no decimos “ático” (hoy palabra desprestigiada); preferimos desván (y hasta el desusado “soberado”) o no decirla. Privilegiamos una voz con cierto pedigrí: decimos penthouse (tenga o no terraza, y a veces sin importar que el edificio tenga solo un par de pisos). Igual nos sucede en ese nada prosaico jueguito del golf que, para darnos de importantes –si no de exclusivos– traducimos el término inglés foursome, que significa “cuarteto”, y usamos la palabra inventada forsom, porque creemos (o nos puede parecer) que suena más “in”, que suena mejor (así, de paso, confundimos a los profanos, que no saben de qué ch… estamos hablando).

Y era ahí, en el club, cuando ya había terminado el juego, que solíamos sentarnos a tomar un trago, a pretexto de que hacíamos cuentas y nos cobrábamos las apuestas. Era esa una oportunidad para hablar de lo humano y lo divino, y tomarnos un par de güisquis… Entonces era él, mi amigo Raúl, quien tenía una manera muy particular de “jalarnos la lengua”. Alguien decía, por ejemplo: “Fijo que fulano no se queda a tomarse otro, porque es un ‘mandarina’…”. Entonces él, con la intención de dar a entender que no coincidía con el disimulado comentario, enseguida preguntaba al interfecto como si nada dijera: “Oye… y eso, ¿es bueno, o malo?”… Sí, Raúl era genial; era su forma de insinuar que sugerir una falencia ajena sin que su dueño estuviera presente no era la forma más correcta de hacer un comentarlo...

Hoy me ha dado ganas de hacer lo mismo (esta vez, conmigo mismo): me he preguntado si ¿es bueno o malo “solapar”?; y, si eso de solapar resulta realmente algo “malo”... He querido además indagar si hay también una forma buena de solapar… Y he resuelto que si el verbo significa “encubrir” puede constituir probablemente algo malo; pero –si por aplicar un uso diverso– lo que queremos significar es aquello de “poner una capa sobre otra” (como cuando preparamos una lasaña) no resulta ni bueno ni tampoco malo, sino –como alguien solía decir– todo lo contrario.

Veamos, pues, qué dice el Diccionario de la RAE. Estas son las principales acepciones que tiene solapar:

1. (Como verbo transitivo). Poner solapas a los vestidos, a una prenda de vestir o a una de sus partes.

2. (tr). Cubrir total o parcialmente algo con otra cosa. Son sus sinónimos: cubrir, montar, superponer, sobreponer, asolapar, traslapar, coincidir, converger. Y son sus antónimos: descubrir o exponer.

3. (tr). Ocultar maliciosa y cautelosamente la verdad o la intención.
Son sus sinónimos: disimular, ocultar, esconder, tapar, encubrir, enmascarar, fingir, falsear. Y son sus antónimos: descubrir, exponer.

De mi indagación –apoyado en Etimologías de Chile– he encontrado que en cuanto a solapa, se conjetura si la voz quizá nos vendría del italiano sullappa –de sul, sobre, y de lapa, tela–: lo que resultaría que sullappa es lo que queda sobre o va por encima de la tela. Pero… si solapar significa “encubrir” u “ocultar”, daría la inexacta impresión de que solapa sería algo que sirve para ocultar algo distinto. Pudiera ser que esta “lapa” no se refiera a una tela, lo que nos llevaría a un distinto significado. En efecto, la voz “lapa” designa a una losa de roca que cubre o techa ciertos salientes, bordes de ríos, etc., creando ocultos refugios naturales…

De esta última palabra se habría formado el verbo solapar, testimoniado hacia el año 1400, más antiguo que solapa y que no tiene que ver con ninguna palabra italiana inventada. Solapa vendría del latín sub- (debajo de) y de lapa (saliente de roca en forma de lámina o losa). Solapar sería “ocultar en un refugio o gruta, meter bajo la lapa (tapar u ocultar)”. De ahí vendrían solape y solapa (algo que se dobla hacia afuera y recubre). Corominas prefiere especular con un vocablo hispano autóctono prerromano *lappa, que significaría losa.

Ahora, si solapar significa ocultar, esconder o enmascarar, nos trae a la memoria otro adjetivo similar: la palabra “furtivo”, que nos llega del latín furtivus, que consiste en aquello que se hace a escondidas, y cuyos sinónimos más comunes son: clandestino, solapado, disimulado, subrepticio, oculto, cauteloso y sigiloso.

No cabe duda, callar u ocultar es, en algunos casos, algo malo, y aun perverso, pues es una forma de engañar. Esta forma de solapar es mala, y no tienen nada que ver con preparar una inofensiva torta (solapada) de pasta, o la de pedirle al encargado en la papelería que solape las hojas impresas con páginas en blanco de por medio, es decir que “las entrevere ordenadamente”, que se dé el trabajo de solaparlas. Para terminar, tenemos un verbo “local” que suena parecido: socapar… El corrector me dice que el vocablo no existe; y al consultar con el DLE, el Diccionario de la Real Academia, menciona que la voz es un localismo en Bolivia y Ecuador. El verbo significa “encubrir las faltas de alguien”. Sería, en ocasiones, semejante a alcahuetear.


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09 octubre 2026

Dos expresiones muy políticas

Debo haber sido un muchacho de escuela cuando regresaba a casa a eso de las cinco de la tarde –no se había impuesto todavía esa novedad que fuera la jornada única–; entonces, encontraba a la abuela seducida por lo que fue su entretención favorita: escuchar las deliberaciones matinales del Congreso Nacional, repartido más de las veces en sus dos cámaras, las de senadores y diputados. Por entonces era una costumbre de las radios transmitir en forma cotidiana el desenvolvimiento legislativo.

Eran los congresistas gente acostumbrada al verdadero quehacer político; los integrantes del Congreso se distinguían por su formación, enjundia y capacidad intelectual; no eran “unos aparecidos”, unos diletantes carentes de una vida sin tacha que hubieran adquirido sus curules en la engañosa oferta del mejor postor. Ellos no estaban exentos de generosas dosis de humor, de ocurrencias en realidad geniales y de una apreciable disposición para la fina ironía. La gente escuchaba esos debates para enterarse de ese impredecible equilibrio entre las distintas corrientes políticas, pero lo hacía sobre todo para disfrutar y aprender…

Fue en esos años que escuché un par de locuciones cuyo significado intuía, pero se me hacían difíciles de definir: aceptar algo (una idea, propuesta o acuerdo) “sin beneficio de inventario”; y, acusar, insinuar o delatar que algún pacto o convenio se había efectuado “entre gallos y medianoche”. Así que, veamos de dónde salen o pueden haber conseguido partida de bautizo estas curiosas, como hilarantes, expresiones:

La frase “a beneficio de inventario” (nótese el uso de una preposición diferente) se utiliza en España, en forma tradicional de dos maneras principales: una, en el ámbito legal, para el trámite de aceptar una herencia, pero salvaguardando los bienes personales; y, dos, en el lenguaje cotidiano, para aceptar una determinada situación o trato, aunque haciéndolo con ciertas reservas. Su uso en en el ambiente jurídico se relaciona con los legados; se aplica o sirve, para aceptar los bienes del fallecido asegurando que las deudas del difunto se pagarán únicamente con los bienes de esa misma herencia; de esta forma, los bienes propios y el peculio personal quedarían a salvo: no se tendrían que pagar las deudas del fallecido si lo que este dejó no fuera suficiente. 

En el sentido coloquial o figurado, mientras tanto, se emplea la expresión para aceptar un acuerdo, una noticia o una condición de la vida común, solo en la medida de que esta traiga ventajas y nunca problemas o inesperados –o ingentes– inconvenientes. Decir que se acepta una propuesta "a (o con) beneficio de inventario" equivaldría a que el beneficiario se quedara con lo bueno, pero se reservara el derecho de rechazar las dificultades, si estas superan los eventuales beneficios. “A beneficio de inventario” implica hacer algo sin preocupación, sin interés real o trascendencia; o, en definitiva, sin tomarlo muy en serio. 

De acuerdo con el Diccionario de María Moliner, hacer algo “a beneficio de inventario” significa: 1.- Una manera de tomar una herencia, utilizando ese beneficio; y 2.- Se refiere a la manera de acoger una noticia, promesa, etc., “con reserva”. Ejem. “Tomaremos sus propósitos de enmienda a beneficio de inventario”.

En cambio, el uso de “entre gallos y medianoche” parece tener una explicación algo menos compleja. De nuevo, y de acuerdo con María Moliner, esta parece ser una expresión de uso más americano, y que se aplica, en forma palmaria y evidente, a la manera furtiva de negociar, o pactar algo, en secreto y sin dar participación a otras personas… Se dice gallo, del latín gallus, al macho de la gallina; pero también al bravucón o presumido, a ese individuo que se impone a los demás. Pero, además, se dice gallo a un festejo popular de carnaval que antes llamaban “correr gallos”, y que consistía en enterrar un gallo dejándole la cabeza fuera y jugar a partirle la cabeza con una espada, con los ojos vendados o hacerlo corriendo tras de él. Es decir, actuar aprovechando el desorden y bullicio para gozar de impunidad.

La medianoche, por otra parte, es el símbolo por antonomasia de lo callado, solapado y clandestino, de lo escondido, subrepticio y cauteloso. Lo curioso es que gallo y medianoche pudieran significar lo mismo; en efecto, hubo un tiempo en que la Iglesia católica tenía una celebración eucarística conocida como Misa del Gallo, esta tenía lugar a la medianoche del 24 de diciembre para celebrar el nacimiento de Jesús. Se la había llamado así, según unos, porque de acuerdo a una antigua tradición y leyenda, un gallo habría cantado para anunciar ese nacimiento. Pero, según algunos, otra vieja tradición histórica señalaba que en la antigua Roma se creía que el día comenzaba con el estentóreo canto del gallo a la medianoche. Jesús había anunciado a Pedro que “antes de que cantara el gallo” ya lo habría negado tres veces… (ad galli cantus).


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06 octubre 2026

El sur, un trémulo resplandor

Resulta curioso que muchas veces, sobre todo en economía, la gente relaciona el norte con el bienestar y el crecimiento, y el sur con las dificultades y la ruina. Sucede que en logística vamos muy poco hacia el sur, quizá porque relacionamos al hemisferio norte con un mejor estándar de vida, con el bienestar y el desarrollo. Pocos han caído en cuenta que el hemisferio sur es no solo el menos poblado de la Tierra, sino que la mayor parte del territorio de los distintos continentes se encuentra justamente en el hemisferio norte. En buenas palabras, el hemisferio sur es ocupado por la masa de agua más preponderante del planeta.

Todo esto sin desmerecer que gran parte de lo que llamamos Nuevo Mundo, con la sola excepción de Norteamérica, se encuentra en el hemisferio austral. Hay algo decidor: existe más gente que viaja –y emigra– hacia el norte que la que va hacia el sur. No desestimo que detrás de estos traslados deben existir razones y motivos socioeconómicos. Lo propio parece suceder con quienes viajan por turismo o placer, en particular quienes se sienten atraídos por la historia o la geografía, cuando no por el disfrute de un mejor estándar de vida o por aquel factor relevante en la sociedad de consumo: la compra de mejores productos.

Al efectuar una contabilidad de mis desplazamientos, advierto que mis viajes al norte han sido, de largo, mucho más frecuentes y duraderos cuando he ido al hemisferio norte. Además, cuando al norte he ido, he llegado a latitudes más altas que cuando he ido hacia el otro hemisferio. Conjeturo que se nos hace más fácil relacionar similares latitudes, en distintos continentes, en el hemisferio norte que si lo intentamos en el hemisferio sur. Se nos hace más fácil relacionar la latitud de New York con la de las principales ciudades europeas; en cambio, nos parece más difícil definir qué resulta más austral, si Ciudad del Cabo, Sydney, Auckland o Buenos Aires.

Hay algo que sorprende y provoca reflexión: una gran mayoría de pobladores del continente americano, de cualquier latitud, no conoce, y ni siquiera se ha interesado en conocer el lado sur de nuestro propio continente. Pocos, saben qué diferencia hay entre Patagonia y Tierra de Fuego, o se dejan subyugar por la poesía de cierta expresión, aquella de tierras del “fin del mundo”; ello nos recuerda a esa otra forma de llamar al punto más occidental que conocían los europeos cuando decían algo parecido: “finisterre”, un lugar que lo interpretaban como el confín, como el sitio más alejado que intuían que había hacia el final de la tierra.

Parte de la toponimia de esos lugares se debe a la expedición de Fernando de Magallanes, quien bautizó a esos –entonces ignotos– lugares como Tierra de Fuego y Patagonia. En el primer caso, porque sus marineros veían desde los barcos de la flota una infinidad de fogatas, tanto en tierra como sobre las canoas aborígenes; ello llevó a sus díscolos y pugnaces tripulantes a apellidar esos lugares como Tierra de Fuego. Lo segundo resulta más controvertido, no parece haber en el idioma luso el término patagón (patagāo) para designar a quienes tienen pies (o alguna forma de calzado) cuyo tamaño les hubiese llamado la atención. Hoy se sabe de una novela escrita a principios del XVI, Primaleón, que incluía un personaje de tamaño gigante llamado Patagón. Así, el nombre tendría relación con la estatura de los nativos, que no con el tamaño de sus pies.

Si bien se llama Patagonia a la zona más austral de la parte continental de los dos países meridionales, se conoce como Tierra de fuego a los territorios que se encuentran más al sur, es decir a las islas y archipiélagos que se encuentran más allá del Estrecho de Magallanes. Parte de tan alejados territorios, es una isla que comparten Chile y Argentina, Isla Grande de Tierra del Fuego, cuyo lado oriental pertenece a la Argentina. Esta parte es conocida como Provincia de Tierra de Fuego; su frontera occidental se ha trazado con una línea recta que va desde un punto en el lado suroriental del territorio continental argentino, y que se prolonga desde el Estrecho de Magallanes hasta el Canal de Beagle; y desde allí hacia el este hasta encontrarse con el Océano Atlántico Sur. La figura toma la curiosa forma de un pie desnudo que parece propinar un futbolístico puntazo a la Isla de los Estados…

Todavía algo más al sur del canal mencionado, y hacia el suroriente de Ushuaia, se halla el punto más meridional del continente: Cabo de Hornos, a 56 grados de latitud. Este punto está más alejado del ecuador incluso que el sur de África, que está a 34 grados de latitud sur; o, Tasmania en Australia, a unos 43; o el Cabo Sudoeste, ubicado en la parte más meridional de la Isla Sur de Nueva Zelanda, ubicada a 47. Sí, el sur de nuestro continente sigue siendo un territorio ignoto y alejado. Hace falta un vuelo de casi cinco horas para ir desde Buenos Aires hasta Ushuaia, en el sur; o cinco en auto para ir desde Río Gallegos a Río Grande, quizá el puerto argentino más cercano a las Malvinas. El aeropuerto de Río Gallegos lleva el nombre de un piloto civil convertido en inusitado héroe: Norberto Fernández. Volveremos sobre aquello.


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02 octubre 2026

Defectos y virtudes *

   * Escrito por Javier Cercas, para El País

Cómo nublarse el entendimiento y envenenarse el corazón.

Un día de 1803, Samuel T. Coleridge anotó en su cuaderno el principio central de la crítica, que yo vertería así al castellano: “Nunca hay que perder una oportunidad de razonar contra ese principio que nubla el entendimiento y envenena el corazón, según el cual hay que juzgar una obra por sus defectos y no por sus virtudes. Cualquier obra debe tener los primeros —lo sabemos a priori—, pero no cualquiera tiene las últimas, y, por tanto, aquel que las descubre te dice algo que no podías haber previsto con seguridad, ni siquiera con probabilidad”.

Es un principio que solo podía concebir un poeta mayúsculo. Juzgar una obra por sus carencias y no por sus bondades envenena el corazón y nubla el entendimiento porque coloca al juzgador por encima de lo juzgado, le priva de la máxima virtud, que es la humildad, y le condena al defecto máximo, que es la soberbia, la hybris que en la tragedia griega lleva a los hombres a enfrentarse a los dioses, quienes los castigan por ello. No existe obra sin tacha.

La mejor novela conocida no ha dejado de encajar improperios desde su publicación (o desde antes); algunos son estúpidos, desde el envidioso “no hay poeta tan necio que alabe a don Quijote”, de Lope de Vega, hasta las petulantes execraciones de Nabokov, Martin Amis o Paul Groussac, que respectivamente acusaron al libro de ser cruel, de ser largo, de estar escrito en una “prosa de sobremesa”; otros reproches, en cambio, no son tan absurdos. Seamos sinceros: ¿qué pinta en medio de las aventuras de don Quijote la historia de El curioso impertinente? ¿No podía haberla dejado don Miguel para las Novelas ejemplares, a las que tal vez pertenecía? ¿Y qué me dicen del epílogo de Guerra y paz? ¿Cómo demonios se le ocurre a Tolstói largarnos ese sermón de última hora? ¿Quién le manda ponerse a aclarar el sentido de su novela, como si el lector fuera tonto del bote?

Se dirá que El Quijote y Guerra y paz están escritas un poco “a lo que salga”, por decirlo como Unamuno, y que no incurren en esos deslices novelas más rigurosas, geométricas o deliberadas. Falso. Podría aducir ejemplos de grandes obras de Kafka, de Joyce, de Faulkner; ninguno como Madame Bovary, una novela aureolada con una leyenda tenaz de perfección. De ahí que los sabios lleven casi dos siglos intentando explicar cómo es posible que un relato escrito en tercera persona empiece en primera (Nous étions à l’étude, quand le Proviseur entra, arranca el relato: “Estábamos en la hora de estudio cuando entró el director”) y, por muchos esfuerzos que han hecho, la única explicación plausible de la incoherencia flagrante de ese nous inicial es que no tiene explicación. Quandoque bonus dormitat Homerus. (A veces, hasta el buen Homero cabecea).

Y, como hasta el mejor escribano echa un borrón —eso significa otro verso de Horacio—, cebarse con los defectos de una obra solo sirve para envenenarse el corazón y nublarse el entendimiento haciéndose el listo, que es lo que suelen hacer los tontos. Por lo demás, al principio de Coleridge yo solo le agregaría una cláusula. Juzgamos a Shakespeare por El rey Lear, no por Tito Andrónico y su estomagante grandilocuencia; juzgamos a Cervantes por El Quijote, no por su Persiles, novela que cabe elogiar con entusiasmo, pero solo a condición de no haberla leído (todo indica que don Miguel buscó hacerse perdonar el éxito del Quijote haciendo en el Persiles casi lo peor que puede hacer un escritor serio: tratar de demostrar que lo es).

Pese a ello, más de uno ha condenado a García Márquez para siempre por su última novela, Memoria de mis putas tristes, como si no hubiera escrito Cien años de soledad. He aquí la cláusula que yo añadiría al principio de Coleridge: es injusto juzgar a los antiguos por sus obras mejores y a los contemporáneos por las peores.

Dicho esto, sobra añadir que todo el mundo debería disfrutar con lo que le plazca y que, aunque los dioses continúan castigando nuestra soberbia –nos los cargamos hace tiempo, pero ellos siguen ahí, erre que erre–, si alguien disfruta nublándose el entendimiento y envenenándose el corazón, por mí que no quede.


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