01 mayo 2026

Una virgen trashumante

Es la madrugada del 7 de abril; medito en el programa espacial Artemis II, mientras hago mis profanas indagaciones respecto a su recorrido. Escribo esta nota (que cuando la publique, ya será el mes de mayo) a la par que reconozco el singular periplo que efectúan la nave Orión y su tripulación… Dejo mi mente divagar sobre todo lo que significa un viaje difícil de tan solo imaginar –y, desde luego, de una empresa científica y técnica tan extraordinaria de ejecutar–. Lo hago, mientras los afortunados integrantes de la tripulación asignada ya han iniciado su camino de retorno, tres o cuatro días antes de amerizar en algún ignoto y no siempre predecible lugar del más tranquilo de los mares, ese que fuera atravesado por primera vez, y hace ya medio milenio, por el paciente e intrépido Fernando de Magallanes: el Océano Pacífico.

Este día, los ocupantes de la nave ya han concluido su tan esperado día de “sightseeing” (turismo): son los primeros seres humanos que han podido mirar la cara oculta de nuestro satélite. Su viaje se había previsto y programado para que se inicie en una luna llena –la del primer día de abril, a eso de las 22:00 horas EST– y puedan estar de vuelta diez días más tarde. Han ido más lejos de la Tierra que ningún otro individuo; y se han alejado hasta más de 400 mil km de distancia, todo un inimaginable hito en la historia de estas sorprendentes e “inhumanas” hazañas (el Orión desafía nuestra imaginación: viaja a más de 4.000 km/hora, casi 50 mil km por día. Dos veces la velocidad que solía alcanzar el recordado Concorde, cuatro veces la del sonido).

Se ha dado ese nombre al programa (Artemis) en honor a la diosa griega Artemisa, hermana gemela del dios Apolo. Al ser también diosa de la Luna, ese nombre simboliza la continuidad del programa Apolo que llevó a los primeros humanos a la Luna. El suyo es el nombre de una virgen elusiva, siempre empecinada en cuidar su condición. Es como si ella efectuara una postergada peregrinación a su propio templo; y –para insistir en tan rara coincidencia– acompañada del héroe que la enamoró… El programa cumplirá el propósito de llevar a la primera mujer y a la primera persona de color a una órbita cercana a la superficie lunar. 

Por manera que, así como Apolo es el dios de nuestra estrella y su nombre permitió bautizar a las primeras misiones lunares (1969-1972), Artemis buscará constituirse en un relevo moderno, aportando al empeño de satisfacer una investigación que consiga una presencia duradera en la Luna. La elección del nombre supone un cambio de paradigma hacia una exploración de largo plazo, indagando las características del polo sur lunar, lugar inexplorado de nuestro satélite. El programa abarca tanto la misión de la nave Orión (que transporta a la tripulación) como el cohete Sistema de Lanzamiento Espacial (SLS).  El objetivo final de estas misiones será el de preparar el camino para futuras exploraciones programadas para el planeta Marte.

Artemisa (Diana en la mitología romana) fue diosa de la caza, la naturaleza salvaje, la castidad y la Luna. Hija de Zeus, es conocida por su independencia y por su papel de protectora de las mujeres jóvenes, los partos y los animales. Había pedido a Zeus que le concediera la virginidad eterna, manteniendo su pureza y eludiendo el matrimonio. Como cazadora: porta un arco de plata con sus flechas, y va rodeada de ninfas o junto a ciervos y perros de caza. Se encarga de proteger la vida silvestre, los bosques, colinas y lugares apartados. Si bien es una diosa protectora, castiga con severidad a quienes han profanado la naturaleza. Fue famoso su lugar de adoración, el templo de Artemisa en Éfeso, una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo.

Aunque se la considera “una diosa buena”, su origen y carácter suelen ser muy controvertidos, hay quienes creen que no es una diosa de fiar y cuestionan su naturaleza. Justo por ello, algunos autores afirman que, en lugar de ser una diosa protectora, es una plaga dañina para la naturaleza, los niños, las mujeres y los animales. Se dice que Orión, un cazador con cuerpo de gigante, probable hijo de Poseidón y reputado por su hermosura, habría sido el único hombre que había logrado enamorarla. Por eso, esos dos nombres, que han sido unidos en el programa espacial, tanto Artemisa como Orión, no estarían ahí por mera casualidad…

Orión es también la constelación más fácil de reconocer en el cielo nocturno, y no solo por encontrarse en el ecuador sideral (se la puede observar desde cualquier lugar en la Tierra). La representan con la apariencia de un guerrero con sus extremidades extendidas; siendo sus pies y manos cuatro de las estrellas más brillantes que hay en el firmamento (Saiph, Betelgeuse, Rigel y Bellatrix). Pero es gracias al “cinturón del guerrero”, otras tres diminutas estrellas ubicadas en línea, cuya proyección se orienta hacia el nordeste, y que son mejor conocidas como Las Tres Marías, que esta constelación es tan popular entre los observadores del cielo.


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28 abril 2026

La lectura después de Borges *

 * Escrito por Alberto Manguel para El País Semanal

En septiembre de 1952, en el número 83 de Les Temps Modernes, el crítico francés Etiemble publicó un artículo sobre Borges titulado Un homme à tuer. Para entonces, Borges había escrito algunas de sus obras más importantes —Ficciones, El Aleph, Inquisiciones y Otras Inquisiciones— y, según Etiemble, estos libros dejaban a todos los demás escritores con dos opciones: o bien revisar por completo su comprensión del acto literario, renunciando a las nociones recibidas de la historia universal y la teoría crítica tan asiduamente estudiadas desde el siglo XVIII, o bien abandonar la literatura por completo.

Después de Borges, después de textos como Pierre Menard, autor del Quijote, que sostiene que un libro cambia según las atribuciones del lector, o como Examen de la obra de Herbert Quain, que sugiere que un libro puede contener todos los demás, y La biblioteca de Babel, que, en su infinitud, ofrece un catálogo completo de todos los libros imaginables del pasado, el presente y el futuro; la literatura, tal y como se conocía hasta entonces, se había vuelto imposible. Etiemble insistía en que había que eliminar a Borges si queríamos seguir escribiendo. Toda su obra, la que ha significado que se consagrara como tal, revive ahora reeditada —en el 40 aniversario de su muerte— por Alfaguara en tres tomos: poesía, cuentos y ensayos.

Para utilizar el término atribuido a Pierre Menard, la obra visible de Borges puede parecer desalentadora (las citas, los nombres oscuros o ilustres, muchos de ellos apócrifos, los temas aparentemente insondables), pero su legado reside menos en su escritura erudita que en su enfoque afable de la literatura. Borges era, como solía decir, más lector que escritor, alguien que no solo narraba ficciones, sino que las transformaba a través de sus lecturas, alguien para quien el libre albedrío residía en utilizar la experiencia de las palabras para nombrar aquello que la experiencia no tiene palabras para nombrar. En una época en la que los medios electrónicos insisten en el valor de lo veloz por encima de lo profundo y del mensaje instantáneo por encima de la reflexión pausada, Borges nos recuerda que el arte de la lectura nos brinda una felicidad lenta, generosa e infinita, más allá de razones prácticas o teóricas.

Borges pensaba que nuestro deber moral es ser felices (poco antes de su muerte, añadió “y ser justos”) y, siguiendo su ejemplo, sus lectores se han sentido autorizados a dejarse guiar no por la obligación, sino por el placer de la lectura. Borges se impacientaba con las teorías literarias y culpaba a la literatura francesa en particular por concentrarse no en los libros, sino en las escuelas y los círculos literarios. Adolfo Bioy Casares, quizás la persona que mejor lo conocía, y cuyo diario, editado por Daniel Martino, es una obra imprescindible para entender a Borges, observó que su amigo “nunca cedió a las convenciones, las costumbres o la pereza”.

Borges renovó nuestra lengua. Desde el siglo XVII, los escritores de lengua castellana han dudado entre los polos lingüísticos del barroco de Góngora y la voz escueta de Quevedo. Entre estos dos extremos, Borges desarrolló un estilo barroco, de nuevos significados poéticos, y a la vez afilado y preciso. Casi todos los escritores en castellano de nuestro tiempo han reconocido su deuda con Borges, y su voz tuvo tal eco en los narradores jóvenes del siglo XX que Manuel Mujica Láinez compuso el siguiente cuarteto: A un joven escritor / Inútil es que te forjes / Idea de progresar / Porque aunque escribas la mar / Antes lo habrá escrito ya Borges.

En un famoso texto de 1952, Borges señaló: “Todo escritor crea sus propios precursores”. Con esta afirmación, adoptó un largo linaje de escritores que ahora parecen borgianos avant la lettre: Platón, Novalis, Kafka, Schopenhauer, Remy de Gourmont, Chesterton... Este enfoque generoso de la literatura tal vez explique su presencia en tantas obras diversas cuyo denominador común es Borges: la primera página de Les mots et les choses, de Michel Foucault; el bibliotecario ciego y criminal Jorge de Burgos en El nombre de la rosa de Umberto Eco; las últimas líneas de Una nueva refutación del tiempo, pronunciadas por la máquina moribunda en Alphaville, de Godard. Su memoria albergaba un número aparentemente infinito de libros, pero su biblioteca personal era pequeña y desconcertantemente ecléctica. No le gustaban Proust, Racine, Freud, Balzac, Lope de Vega, Stendhal, Goethe, Maupassant, Trollope, Lorca, y le complacía citar a Mark Twain: “Una buena manera de empezar una biblioteca es dejar fuera las obras de Jane Austen”.

La generosidad con la que Borges emparejaba inesperadamente personajes y autores (Kim y Don Segundo Sombra, Aristóteles y Nicholas Blake) se extendía a palabras, objetos e ideas. Le encantaban las combinaciones sorprendentes (a menudo citaba a Shakespeare: “un turco maligno y con turbante”) o los catálogos maravillosamente heterodoxos, como el que enumera las consecuencias de la importación de esclavos negros a América en Historia universal de la infamia. Su amigo el pintor surrealista Xul Solar, consciente del gusto de Borges por las combinaciones extrañas, le animó a experimentar con mezclas gastronómicas como el chocolate y la mostaza, para ver si “la cobardía y la costumbre” habían impedido a la sociedad descubrir combinaciones nuevas e interesantes.

“Por desgracia”, recordaba Borges, “nunca se nos ocurrió nada tan perfecto como, por ejemplo, el café con leche”. Los críticos de Borges, ya desde 1926, le acusaron de muchas cosas: de no ser argentino (“ser argentino”, había dicho Borges, “es un acto de fe”); de sugerir, como Oscar Wilde, que todo arte es inútil; de ser demasiado aficionado a la metafísica y a lo fantástico; de preferir una teoría interesante a la verdad de los hechos; de juzgar ideas filosóficas y religiosas por su valor estético; de no comprometerse políticamente, a pesar de su firme postura contra el peronismo y el fascismo. Desestimó estas críticas como meros ataques a sus opiniones (“el aspecto menos importante de un escritor”) y a la política (“la más miserable de las actividades humanas”).

Su preocupación era la literatura, y ningún escritor en estos últimos siglos fue tan importante como él a la hora de cambiar nuestra relación con la literatura. Quizás otros escritores fueron más aventureros, y sin duda hubo quienes documentaron con más fuerza que él nuestras miserias psicológicas y nuestros ritos sociales. Borges intentó poco o nada de todo eso. En cambio, a lo largo de su vida, dibujó mapas para que pudiéramos leer el mundo de otra manera, especialmente en el ámbito de su género literario favorito, el fantástico, que para él incluía la religión, la filosofía y las matemáticas. Hay escritores que intentan plasmar el mundo en un libro. Hay otros, más raros, para quienes el mundo es un libro, un libro que intentan leer para sí mismos y para los demás. Borges era uno de estos escritores. Confiaba en la palabra escrita, en toda su fragilidad, y con su ejemplo nos concedió a nosotros, sus lectores, el acceso a esa biblioteca infinita que otros llaman el Universo.


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24 abril 2026

Fuegos fatuos

Fatuo es un adjetivo muy feo, tanto que a veces terminamos convirtiéndolo en sustantivo… Siempre me pareció esa una palabra despreciativa; por ello, y aunque me tilden de vanidoso, siempre procuré que no se me asocie con la fatuidad, que implica carecer de enjundia, ser huero o vacío. Si alguna vez hubiera escuchado decir que alguien creía que yo era un hombre fatuo, lo hubiera considerado un insulto. La verdad sé que lo parezco. Cuando fui muchacho, alguien ya me dijo que le parecía ser “innecesariamente detalloso”. Lo más probable es que tuviera razón, pues la única otra probabilidad sería la de que yo, sin proponérmelo, adoptara esa máscara par esconder mis propias, inseguridades, carencias y limitaciones…

Pero ser vanidoso o demasiado preocupado por la propia imagen, sentirse “en exceso satisfecho de uno mismo” o provocar esa impresión, no es totalmente malo ni significa ser fatuo, es decir carente de sustento. Una cosa es dar atención al detalle; y otra, muy diferente, aparentar algo que no se es, proyectar la falsa impostura de un personaje irreal, engañarse a sí mismo. Se puede engañar a veces a unos pocos, pero no se puede mentir a todo el mundo todo el tiempo. No es solo cuestión de apariencia sino de auténtico sustento. Dice el DLE que fatuo es un adjetivo que significa “lleno de una presunción o de una vanidad ridícula y sin fundamento”. Sus principales sinónimos son petulante, vanidoso, presuntuoso, necio y engreído.

El término fatuo en la Biblia, se refiere a una persona insensata, necia, e incluso perversa, implicando falta de entendimiento espiritual y moral. Se lo utiliza como un denuesto que denota desprecio hacia otra persona, es equiparable a llamarlo impío o ruin, lo cual conlleva consecuencias espirituales. La palabra proviene del latín fatuus (necio) e implica estar lleno de presunción, vanidad ridícula o ser falto de razón. Menciona, por ejemplo, el episodio de las vírgenes "fatuas" (imprudentes) que no estaban preparadas. En resumen, fatuo no solo quiere decir "tonto", sino alguien cuya conducta es insensata ante los ojos de Dios.

Hoy no quiero referirme a la fatuidad, ni propia ni ajena. He pensado en otro tipo de condición, una que está en ciertos lugares de la naturaleza. Tiene la apariencia de un fuego inestable o caprichoso, asoma sobre los pantanos, bosques húmedos o cementerios. Da la impresión de ser una llama flotante, como si fuera un fantasma; parece estar, de pronto se desplaza, o desaparece, y luego ya no está. Unos la llaman luz tonta o fatua, otros Fuego de San Telmo o fuegos fatuos. Consisten, estos, en escapes de gas que se auto inflaman al contacto con el aire dependiendo de condiciones de temperatura, concentración o humedad. Aunque comparten similar raíz etimológica, "fatuo" (engreído) y el fenómeno físico, tienen orígenes distintos.

El fuego fatuo (ignis fatuus) es un fenómeno consistente en llamas frías de color azul o verde que flotan a poca altura sobre el suelo, es causado por la oxidación y combustión espontánea de gases como el metano y la fosfina, derivados de la descomposición de materia orgánica en pantanos y cementerios. Su apariencia es la de luces erráticas de los colores mencionados, que a menudo son descritas como "esferas flotantes", pues parecen moverse por sí solas, sin producir calor. Los fuegos fatuos a menudo han dado origen a creencias y leyendas en la cultura popular, hay quienes les atribuyen un origen sobrenatural, se las identifica con almas en pena o espíritus que engañan a los viajeros para seducirlos o desorientarlos.

La expresión "fuego fatuo" se utiliza para describir una esperanza inalcanzable, algo difícil de conseguir. En literatura, puede tener un significado metafórico, describe un anhelo que guía pero que es imposible de alcanzar, algo siniestro y desconcertante. La experiencia enseña que esas “luces malas” no se pueden tocar, la gente descubre que las llamas se retiran cuando uno intenta acercarse. Al buscar diferencias entre tonto y fatuo, encuentro lo siguiente: “El necio es siempre ridículo, merece el desprecio; el fatuo, cansa y disgusta. El impertinente ofende, irrita y desespera. Al fatuo le satisface su extravagancia y su vanagloria”.

Pero hay fuegos que nunca son fatuos. Nada hay tan dañino, y que cause más pavor, que el fuego “de a de veras”. Yo mismo provoqué, si querer, un dantesco y voraz incendio en los días de mi niñez. Todo ocurrió en una apacible y despejada noche de agosto, en un desván que daba acceso a la azotea de mi casa… Todo fue “sin intención”. Lo mismo parecen, en nuestros días, los fuegos fatuos, engañabobos o volátiles estrategias (tanto bélicas como comerciales) del Sr. Trump que han llevado a Wall Street a inventar un sugestivo acrónimo: TACO, por sus siglas en inglés (Trump Always Chickens Out); o, si se prefiere, TSSA en español: Trump Siempre se Arredra (o Arrepiente). No uso otro término por su tono malsonante…


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21 abril 2026

El ojo de la cerradura

La imagen es sorprendente, está tomada en Roma a través del ojo de la cerradura de la puerta de la Orden de los Caballeros de Malta, vale decir desde la iglesia de San Luis de Francia, como quien mira hacia el Vaticano. Es un perfecto claroscuro: la vegetación, que ayuda a definir el contraste, asoma como un marco negro e irregular que solo deja ver la cúpula de San Pedro. La portentosa toma sirve de inspiración para que Juan José Millás, quien escribe para un periódico español, haga una de esas surrealistas reflexiones que él acostumbra. Ha intitulado su corto artículo con una breve frase indagatoria: “¿Qué ocurrió allí?”

Como es mi costumbre, antes de leer su visión –la que el autor quiere interpretar– me he dado un rápido momento para tratar de imaginar lo que esa insólita fantasía, que suele caracterizar a la prodigiosa mente de Millás, pudiera insinuar para luego sorprendernos con alguna reflexión referente a tan enigmática toma. Barrunto que quizá quiera proponernos la dialéctica entre luz y oscuridad, entre poder y naturaleza, entre tradición y oportunidad, entre estructura y conflicto… Nada de ello ocurre, sin embargo, Millás parece querernos conducir hacia el terreno freudiano del auto-examen y la culpa, a ese donde nos gobiernan los callados resquemores de la angustia, los del arrepentimiento: los demonios interiores del subconsciente…

Dejemos que él mismo explique el asombroso contraste. Permitamos que él mismo no dé su apreciación. Dejemos que declare y, a lo mejor, logremos que confiese… Así, explica él su personal idea del ojo de la cerradura, con la que asocia su particular exégesis: “Una de las primeras manifestaciones de ese mundo fue el pedazo de la habitación de los padres facilitado por ese ojo. Ni siquiera era preciso que ellos se hallaran dentro, y en actitud amatoria, para que el paisaje íntimo al que éramos capaces de acceder nos pareciera extraño. Un mundo extraño: eso eran aquella cama doble y aquel armario dotado de un espejo. Resultaba sobrecogedor el lugar en el que dormían mamá y papá. Allí se concibió lo inconcebible: nosotros. Todo lo que somos empezó a fraguarse en medio de un paisaje accesible a través del ojo de la cerradura”.

Y sigue: “Veíamos sin entender, algo quedaba grabado en una zona blanda de la conciencia. Aquella alcoba no era solo una estancia: era una hipótesis. Allí se había producido el hecho improbable de nuestra existencia, y eso convertía la cama en un artefacto narrativo, en una máquina de fabricar biografías. Con el tiempo comprendimos que ese ojo no servía tanto para espiar como para ensayar la idea de una frontera. De este lado estaba el niño; del otro, el mundo adulto, compacto, insondable, organizado en cajones que no debían abrirse. La cerradura enseñaba que el relato depende del punto de vista y de la cantidad de luz disponible.”

Yo no tuve que bregar con esa inaudita curiosidad: averiguar qué hacían mis padres. Las puertas de las casas en que viví no tenían ese orificio (después de 1950, se usaban llaves pequeñas), ya no había esa aparente invitación al fisgoneo. Tampoco las puertas se cerraban; era nuestra casa, la de toda la familia; no teníamos porqué dividirla, poner diques ni barreras (tampoco tuvimos que limitar, cuando ya estuvimos casados, el libre acceso a nuestros hijos). Poner el ojo ahí, en ese otro ojo, hubiese sido un gesto obsceno, indelicada curiosidad, cuando no una morbosa fuente de cotilleo… Usarlo, se hubiera constituido en una terrible falta de confianza, en una fea indiscreción. Podemos decir que entonces ya no hubo cerraduras con ojo, con la tentación de husmear en algo que pudo parecer impuro. Es más: salvo para propósitos de exhortar al silencio o afán de no perturbar, nunca nos hizo falta mantener las puertas cerradas. 

Vengo de un mundo carente de bocallaves (ese es su nombre técnico). Para cuando fui niño, estas cerraduras con ojo ya habían –en la práctica– desaparecido. Las cerraduras ya no disponían de ese orificio. Todas, con excepción de las pertenecientes a las de la puerta de calle, habían prescindido de ese ojo. Se construyeron para ser operadas por las llaves que hoy conocemos (más livianas y pequeñas); estas no excedían de 4 o 5 cm, y su grosor era similar al de una moneda corriente. Si alguna vez utilizamos uno de la puerta de entrada, para ver, solo fue para asegurarnos de que ya habían escuchado nuestro llamado y que venían a abrirnos…

En el Génesis, hay una historia relacionada. Cuenta que Noé, el patriarca del Diluvio, se había embriagado y quedado dormido. Cam, el menor de sus hijos, habría “descubierto su desnudez” y habría ido a contárselo a sus hermanos (descubrir la desnudez implicaría una conducta inapropiada o aprovecharse de la situación). Al enterarse sus hermanos, Sem y Jafet, habrían tomado una manta y caminado de espaldas para cubrir las vergüenzas de su padre. Noé maldijo a Cam diciendo: «¡Maldito sea Canaán! (el hijo de Cam). Sus descendientes serán esclavos de los descendientes de sus hermanos». Esto marcaría para siempre el destino de los cananeos. 


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19 abril 2026

Anatomía del esperpento

Empiezo por reproducir en su integridad un artículo de Paul Krugman, respecto al verdadero resultado de la guerra con Irán que el señor Trump provocó. Fue escrito la misma semana en que el presidente americano había amenazado con hacer desaparecer a esa nación, y su civilización, de la faz de la Tierra. Trump suele hablar sin ambages, sin merodeos o circunloquios, pero además y por lástima, sin clase, sin elegancia y sin escrúpulos. En su relato abundan siempre las contradicciones y las hipérboles. En ese discurso lleno de evidentes exageraciones no es extraño el feo vicio de la bravuconada: el desplante, la bravata, la grosera amenaza proferida con arrogancia con el solo propósito de intimidar.

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Ignorancia e ignominia

Nuestra humillación en Ormuz no fue casualidad. Escrito por Paul Krugman, 9 de abril de 2026.

Así que la mayor potencia militar del mundo fue a la guerra con una pobre teocracia medievalista. Fue un partido increíblemente desigual. Estos son los PIB de Irán y Estados Unidos en 2024: Irán - 0,48 US$ trillones; Estados Unidos - 28,75 US$ trillones. Sin embargo, Irán ganó. El régimen iraní ha surgido mucho más fuerte de lo que era antes, controlando el Estrecho de Ormuz y habiendo demostrado su capacidad para infligir daños tanto a sus vecinos como a la economía mundial. Estados Unidos ha salido mucho más débil, habiendo demostrado las limitaciones de su tecnología militar, su ineptitud estratégica y, cuando se trata de empujar, su cobardía.

También hemos destruido nuestra credibilidad moral: Trump puede haber hecho TACO en el último minuto, pero amenazó con cometer gigantescos crímenes de guerra, y para todos los propósitos prácticos nuestras instituciones políticas y civiles le dieron permiso para hacerlo. ¿Cómo sucedió esto? Naturalmente, el ministro de Guerra iraní lo atribuyó a la intervención divina, declarando que Dios merece toda la gloria. Su nación, dijo, luchó con la protección de la providencia divina". Un esfuerzo masivo con protección milagrosa. Bueno, los teócratas van a teocratizar.

Pero mentí. Esa no fue una cita de un funcionario iraní. Es lo que dijo Pete Hegseth, nuestro autoproclamado secretario de Guerra, mientras afirmaba que una de las peores derrotas estratégicas en la historia de Estados Unidos fue una gran victoria. Habrá muchos análisis por parte de expertos militares y estratégicos de la debacle de Irán. Pero no perdamos de vista el panorama general: fuimos llevados al desastre por la ignorancia jactanciosa de hombres como Trump y Hegseth, la ignorancia empeorada aún más por las afirmaciones de que Dios apoya lo que quieran hacer. Con hombres como ese dirigiendo Estados Unidos, los grandes desastres eran solo cuestión de tiempo. Me gustaría pensar que han sido castigados por esta debacle, que han aprendido algo. Pero no me lo creo ni por un minuto. Que Dios nos ayude. 

(Hasta aquí el artículo de Krugman).

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Ahora continúo: El 30 de septiembre de 2024, el New York Times publicó un editorial que decía: “Es difícil imaginar un candidato más indigno que Donald Trump para la presidencia de Estados Unidos. Ha mostrado ser moralmente inepto para un cargo que exige a quien lo ocupa anteponer el bien de la nación a sus propios intereses. Ha demostrado ser temperamentalmente incapaz para una tarea que requiere precisamente las cualidades –sabiduría, honestidad, empatía, valentía, moderación, humildad y disciplina– de las que más carece”. Un año y medio después siguen siendo palabras muy precisas y acertadas. Es justo uno de los artículos que Trump cita en su demanda de difamación y libelo, de 15.000 millones de dólares contra ese diario… (el libelo consiste en publicar algo a sabiendas de que aquello es falso, algo que es muy difícil de probar, pues hay que primero demostrar que hubo malicia).

Pensar que todo empezó con Gaza y con los caprichos de un trasnochado, un fanático que entendió al revés las lecciones que su pueblo recibió de la Historia. Y porque –vale recordarlo– no se supo (el Mundo no supo) parar una matanza, una masacre, un genocidio, un exterminio propiciado e iniciado por los mismos que una vez fueron las víctimas. Así que, seamos coherentes, no lo olvidemos. ¿Qué sarcasmo, no? ¡Qué ironías que tiene la Historia!


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16 abril 2026

Silvio y su ‘flamante’ Kalashnikov

¿A quién defienden el cantautor Silvio Rodríguez y un puñado de nostálgicos cubanos?, ¿realmente a Cuba o a esa impostura, la de su fracasada revolución? Yo tenía solo siete años (tercero de primaria) cuando un primero de enero Fidel Castro había derrotado a ese recursivo ex-sargento llamado Fulgencio Batista y lo había sustituido. Con el tiempo sabríamos que una dictadura simplemente había sido reemplazada por otra, que una élite había dado paso a otra nueva, solo que más obcecada y cínica… Si el pretexto había sido redimir a un pueblo hambriento, hoy este –todavía hambriento y desesperanzado– se habría acostumbrado a vivir junto a su propia basura.

Todo empezó en esa isla, alguna vez llamada Juana, un 26 de julio de 1953, con el asalto al cuartel Moncada. Cinco años más tarde todo se convalidaría con el derrocamiento de Rubén Zaldívar, mejor conocido como Fulgencio Batista, en la noche vieja del 58. Pocos imaginaban que, pasados unos meses, el alto, atractivo y locuaz guerrillero declararía que Cuba pasaba a constituirse en un Estado socialista y, claro, y ante todo: “soberano”. Desde entonces, la asignatura Historia de Cuba formaría parte del pénsum que se imparte en las escuelas mediante el cual se estudian las cuatro etapas de su existencia: Sociedad comunitaria aborigen, Explotación colonial, Dependencia neocolonial y Soberanía y socialismo (hoy: Soberanía y hambruna)...

Si bien lo pensamos, las mismas causas que justificaron un día la tan promocionada Revolución, hoy serían suficientes para arrojarla desde el balcón al tacho de basura de la Historia… A pesar de ello, un compungido Silvio Rodríguez pedía el otro día a su gobierno un fusil para defender la fallida entelequia, mientras el presidente Díaz-Canel decía, con voz estentórea y casi al mismo tiempo: “Cualquier agresor externo chocará en Cuba con una resistencia inexpugnable”. Lo último no solo es testimonio de ‘inexpugnable’ necedad sino, ante todo, de absurda y contradictoria candidez. En fin, ¿qué se puede esperar, si tanto él como todos sus adláteres están a la espera desesperada de un cambio de actitud del gobierno norteamericano, no para salvar la desesperada condición de su pueblo, sino para seguir disfrutando, aunque sea a fugaces lengüetazos, de las mieles del poder?

La imagen del cantante defendiendo Cuba, fusil en ristre, es no solo una actitud trasnochada. Es, ante todo, la de quien no quiere reconocer el definitivo fracaso de su utópica e insulsa revolución. Significa que lo único que se quiere defender es que sigan las cosas como están (mientras la inercia dice que, si un rumbo va a tomar la situación, es que de aquí en adelante todo irá para peor). El pueblo estará cada vez más hastiado y desengañado. Y eso solo significará que ya no hay arreglo ni compostura posible, que ya no hay cómo volver a empezar. Además, para el imaginario colectivo el cantautor ha dejado de ser un emblema de resistencia para convertirse en oscuro representante de un régimen inepto y oprobioso.

“En mis canciones hay politización, pero no propaganda”, ha dicho Rodríguez en una entrevista posterior, en ella reconoce que la Kalashnikov que le han dado es pura imitación, es decir “de mentira”. ¡Qué ironía: un fusil de mentira para defender una revolución de mentira!… Y no solo que la suya sí es propaganda —diría yo— sino que lo es de la peor: de aquella obsecuente, interesada y sumisa. No puedo dejar de pensar que su propósito vital y motivación no han de ser sino eso: pura mentira. Si “la imagen improbable del ‘trovador’, a sus 79 años, esperando en el Malecón, fusil de asalto en mano, el desembarco de los marines de Donald Trump es el final más triste del sueño revolucionario”, como dice un reciente artículo, ¿qué podremos decir de un viejo apostado junto al mismo barandal, convencido de que todo es solo culpa del maldito asedio (el bloqueo norteamericano), portando un arma nueva y reluciente, pero de mentira?

Y así ha aparecido en la foto oficial: Silvio Rodríguez recibiendo el rifle automático de manos del ministro y miembro del Buró Político del Partido Comunista Cubano, con la presencia del presidente Díaz-Canel actuando como testigo de honor. El fusil automático Kalashnikov, hoy AKM –si modernizado–, fue desarrollado por el ejército soviético. La URSS fue por un tiempo el principal benefactor de la isla, proporcionándole ayuda masiva durante tres décadas (1960-1990), incluyendo envío constante de petróleo, maquinaria, armamento pesado, tecnología y ayudando al Gobierno con la compra de azúcar a precios preferenciales. Cuba sufrió el duro impacto de la caída de la URSS en 1992.

Al igual que lo que también ha estado pasando en Venezuela, debemos convencernos de que esta dictadura —como cualquier dictadura— debe terminar, que solo vale la democracia, que no hay otra forma de reconciliación y bienestar colectivo posibles, a menos que se ponga en vigencia un régimen que no favorezca a ciertos grupos de fanáticos ya conocidos; ni privilegie, tampoco, a quienes han abusado, por casi setenta años, tanto de la confianza de la gente como del poder político. Para tanto exilado, es hora ya de volver. No solo de regresar a su tierra, sino de volver a mirar adelante. ¡Va siendo hora de volver a empezar!


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