Han pasado algunas semanas desde que se efectuó uno de los mundiales de fútbol más controvertidos que yo recuerde; sin embargo, debido a la naturaleza y origen de las transmisiones que preponderaron en Ecuador (con relatores y comentaristas escogidos por una empresa argentina), por fuerza nos fuimos acostumbrando a escuchar una serie de palabras inéditas –si no fueron palabras “inventadas”–. Términos como “revulsivo”, “bascular”, “aprontar”, utilizados muchas veces con un sentido en apariencia adaptado al contexto deportivo, nos fueron dejando, más de una vez, inquietos por su alcance y real significado.
El uso de estos no siempre reconocidos –aunque en apariencia ya bastante utilizados– vocablos, pasó de golpe a dejarnos la impresión de que se trataba de una novedosa fraseología, cuando en la mayoría de los casos solo se trataba de una impostura, de un pseudo lenguaje bien informado. “Aprendimos” así que revulsivo se empleaba para referirse a un jugador sustituto o suplente que era ingresado al campo de juego para cumplir con una misión o tarea específica; que bascular significaba la condición de moverse hacia un lado u otro del terreno (izquierda o derecha) para aplicar una cierta táctica o estrategia; que aprontar quería decir dar celeridad o aprestar; o que, cuando el relator colombiano decía “la selección Colombia” solo se estaba dando la libertad de suprimir la preposición porque nadie dice “la selección Chile (o Brasil)”…
He meditado en estos asuntos por la forma en que en ocasiones incorporamos a nuestro uso una serie de voces que adquieren un significado caprichoso y regional; o, porque las pronunciamos –o escribimos– mal y nadie nos corrige. En esta tesitura, resulta muchas veces incomprensible que teniendo una herramienta a la mano, como es la información internáutica, no consultemos oportunamente usos y significados… Doy unos pocos ejemplos: “elevado” es un uso regional que, además de significar alto, quiere decir “estar en Babia” o, lo que es lo mismo, estar desatento, disipado o “con la boca abierta”. Escuchamos decir: estar en “cunclillas” (y no cuclillas), añadiendo en forma innecesaria la ene intermedia. O usamos “garrafal” como sustituto de error cuando lo único que quiere decir es tremendo, descomunal o exorbitante…
Estuve invitado a un almuerzo en días pasados. Sirvieron una entrada hecha con ventresca de atún, lo que propició que alguien comentara que no solo se trataba del “lomo” del atún, sino de cualquier otro pescado. Claro, no faltó quien, con una pizca de sentido común insinuara que la ventresca se llamaba así por provenir de la parte inferior (del vientre) o “vacío” (zona entre las costillas y la cadera), en este caso del atún. El término calzaría también a esa parte del bonito, pero se acostumbra –en ese caso– bonito por ventresca… En otro episodio, escuché a un analista político referirse a la calidad olfativa de la gente como “husmear” (cualidad que tienen los animales inferiores) cuando nos referimos a percibir algo como sospechoso.
Leí también un artículo de Alex Grijelmo que hacía el siguiente comentario: “La funcionaria contestó “Lo ignoro por completo”; se supone que lo dijo con la intención de significar “lo desprecio”, “lo desoigo”, “lo desdeño”, “no lo considero…”. o uno de tantos otros verbos a los que ha arrasado el nuevo sentido anglocentrista de “ignorar” (antes, “desconocer”). El articulista parecía subestimar que ignorar no solo significa “no saber (desconocer) o no tener noticia”; sino también: “no hacer caso de algo o de alguien, o tratarlos como si no merecieran atención” (desoír, desatender, desdeñar, desestimar, menospreciar, despreciar, rechazar, prescindir).
Fue enriquecedor, no obstante, revisar la etimología de la voz “mamarracho” (“persona estrafalaria o ridícula”): “…constituye una muestra más de cuánto nos gustan a los hispanohablantes los insultos con reiteración vocálica, como “tarambana”, “ganapán”, “mangarrán”, “charlatán”, “soplagaitas”, “cantamañanas”, “macarra”, “haragán”, “cascarrabias”, “bocachancla”, “papanatas”, “mequetrefe”, “enclenque”, “tiquismiquis”. Antes que “mamarracho” se dijo “momarracho” –alteración de moharrache, que a su vez procede del árabe vulgar muharrág, “bromeador”, “bufón”; la sílaba inicial se impuso a la previa, probablemente por su propio peso en la palabra”.
Finalmente, termino con un comentario relativo a una expresión que en ciertos niveles se ha convertido en una manida frase coloquial; es esa suerte de saludo que se escucha en salones y restoranes: “Buen provecho”, por aquí; “Buen provecho”, por allá. Por ahora solo quisiera comentar que se trata de una locución innecesaria e inelegante que en algunos medios provoca un callado susurro: “ya no se usa…” Existe hoy una corriente que prefiere un simple “buenos días” o “buenas tardes”; o que, incluso, se decanta por una fórmula intermedia y –para no dejar la impresión que quizá dejaría un jornalero que sin esperarlo se tope manos a boca con su patrón–, opta por un cordial “disfruten y que tengan una buena tarde”.

