15 mayo 2026

Donde las dan, las toman

Cuántas veces no hemos escuchado decir aquel curioso aforismo; y no solo que no sabemos qué mismo quiere decir, sino que no parecemos interesados en averiguar su significado. La intuición puede decirnos, sin embargo, que lo que probablemente significa, es que, si nos gusta proceder de una cierta mala manera, lo más probable es que la fortuna (el karma) procure también que recibamos el mismo trato. Leí la expresión por primera vez en un libro básico de lectura; tenía siete años: estaba recién en segundo grado.

A veces hacemos un daño sin intención de maldad, con el solo deseo de “salvar los muebles”, de guardar las apariencias o ahorrarnos un gasto que no estamos en condición de sufragar, sin caer en cuenta que eso de perjudicar a los otros –a sabiendas– no solo es una forma de abusar de la buena fe de las personas, sino, ante todo, un signo de engaño, un robo y una estafa, que no es otra cosa que una injusta e ingrata incorrección con alguien que ha cometido el error de confiar en nosotros, que no nos ha hecho daño alguno ni irrogado perjuicio. No caemos en cuenta que “el mundo da vueltas”, y que en esta misma Tierra pagamos nuestro merecido castigo.

Donde las dan, las toman es un viejo refrán español que significa que quien hace daño o se aprovecha de los demás, eventualmente recibirá su merecido, implica con ello su confianza en la justicia divina o, si no, eventualmente, un deseo por que la suerte satisfará su ansiada venganza. Se traduce comúnmente al inglés como What goes around comes around. Se utiliza el apotegma para señalar que las acciones negativas tienen consecuencias y que el agresor puede resultar vulnerable. Se lo aplica cuando alguien que se ha burlado o ha hecho daño sufre la misma situación. El adagio indica que la reciprocidad de acciones negativas es inevitable. Otras sentencias similares son: “El que la hace la paga”; “Recuerda que el mundo da vueltas”; “Arrieros somos y en el camino andamos”; “Quien a hierro mata, a hierro muere”.

El inglés, como cualquier otro idioma, puede ser muy rico en expresiones parecidas. Basten unos pocos ejemplos: “You reap what you sow”, similar a “Cada uno recoge lo que siembra”; o "Quien siembra vientos recoge tempestades". “Tit for tat”, es una máxima equivalente; y “Karma is a bitch”: es una expresión que insinúa la respuesta del karma. 

Reviso el “Vocabulario de refranes y frases proverbiales de la Lengua Castellana” (título abreviado), de Gonzalo Correas, publicado en 1627, y encuentro que el aforismo es uno de los más de 25.000 ya registrados por esas fechas. Correas habría recogido dichos populares y refranes tanto de la tradición oral como de las principales obras hasta entonces publicadas. Entre ellas, sobresalen La Celestina, de Fernando de Rojas; El Lazarillo de Tormes, de autor desconocido; Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán. Así como: el Tesoro de Sebastián de Covarrubias, versos de Góngora, y obras de otros autores menores. Pero, “hace mutis por el foro” respecto al Quijote, la obra de Cervantes y Saavedra, ya muy popular por esos años, cuya Segunda parte debió haberse publicado durante la década anterior.

Esto llama la atención, porque si hay una riquísima colección de refranes y aforismos, es justamente en ese segundo y tan bien logrado volumen, en especial como parte de los dichos que utiliza en sus diálogos el siempre fiel y solidario escudero. Quienes han estudiado la obra de Correas, no solo proponen que El Quijote pudo haber sido su fuente principal de acopio e inspiración, sino que sugieren que Cervantes quizá poseía alguna suerte de catálogo refranero, del que tomó el sinnúmero de expresiones proverbiales que luego incluyó en su historia. La obra de Correas no es difícil de conseguir; yo mismo dispongo de una copia en versión PDF.

Mientras exploro e investigo, encuentro por casualidad una frase en inglés que desconocía; esta incluye, en una misma oración, todas las letras que hay en el alfabeto. Es algo parecido a esta otra invención en nuestro idioma: “Jovenzuelo emponzoñado con whisky qué ‘figurota’ exhibes”; ella es: The quick brown fox jumps over the lazy dog.

Según la Wikipedia, los refranes –máximas o aforismos– son expresiones populares breves que transmiten, sabiduría, consejos y observaciones sobre la vida, el amor y la sociedad, reflejando la cultura y el humor de nuestras colectividades”.


Share/Bookmark

12 mayo 2026

Aterrizar, alunizar, acuatizar…

“Los astronautas de Artemis II aterrizan y concluyen una misión histórica que ha llevado a los humanos a la Luna más de 50 años después”. Titular del 11 de abril, de El País de España.

Así, justo como lo he entrecomillado en el epígrafe, rezaba el principal titular de la versión digital del medio referido, en el día señalado. ¿Había en su redacción algo incorrecto o, al menos, confuso o inadecuado? Pudiera decirse que, si los astronautas hicieron contacto inicial en el Océano Pacífico, no “aterrizaron” sino que, más bien, amerizaron (o amarizaron, si les suena preferible, pues ambas formas son aceptadas). Pero pudiera inferirse también que, curiosa y contradictoriamente, ese anuncio pudiera estar correctamente redactado, si el editor se refería a que la nave Orión se había posado en las aguas del Pacífico en su maniobra de retorno a la superficie de nuestro planeta, llamado Tierra. Así y todo, tampoco “han ido” a la Luna, sino a su entorno, a sus cercanías, es decir solo la han orbitado (y ni siquiera eso) y luego han regresado.

Lo correcto hubiera sido señalar que, aunque esa misión histórica había llevado a sus tripulantes al entorno de la Luna, estos no habían alunizado, porque no habían hecho contacto con la superficie del satélite…

Esta necesaria, aunque ausente, aclaración me ha hecho caer en cuenta de lo que reza en las primeras licencias o certificados que reciben los aviadores, luego de su inicial entrenamiento. Estas contienen una leyenda que dice textualmente: “Mono, multi, tierra”, por ejemplo; o, simplemente (y más probablemente), “Mono-motor tierra”, lo que implica que el piloto autorizado con esa certificación, solo ha efectuado su entrenamiento para despegar y aterrizar en tierra (es decir, en aeropuertos o en pistas de superficie dura) pero que no está expresamente autorizado para hacerlo desde y hacia el agua, como solo se lo puede hacer con aviones o aparatos anfibios, lo cual requiere y amerita otro tipo de entrenamiento y de certificación. En cuyo caso, la respectiva licencia dirá: “Mono, multi, tierra y agua” (Mono - Multi - Land & Sea, en inglés).

En efecto, eso de posarse en el agua, requiere un entrenamiento especial. Quizá fuera sencillo si solamente se tratara de operar en aguas tranquilas, sin olas y sin flujo (corriente), como en los ríos. La dificultad se presenta justamente en aprender a reconocer el sentido de las olas (en mares y lagos) o el sentido de la corriente de los ríos (a favor o en contra) para poder maniobrar en forma segura y acoderar (estacionar) la nave sin riesgos o inconvenientes. No puedo, en este punto, dejar de recordar el “recurso” de un viejo y ocurrido colega –que ya no está con nosotros– que solía conducir su automóvil sin tener una licencia vigente de manejo… Él contaba que cuando el representante de la autoridad le solicitaba exhibir su licencia de manejo, mostraba la de piloto comercial, con lo que en forma automática el oficial expresaba su sorpresa e inconformidad, reclamando su efectiva validez. Entonces el chusco colega, paciente y muy sagazmente replicaba: “Lea bien, señor policía; ahí mismo dice ‘mono, multi, tierra’… ¡tierra, carro, pues, cholito!”.

Con mis disculpas por la anterior digresión (que solo procura tener un carácter humorístico y personal), hago ciertas consideraciones respecto a la forma como se refiere la gente a los “contactos iniciales” en los viajes espaciales, en cuanto a su correcta nomenclatura: En la Tierra (así con mayúscula inicial por tratarse de un nombre propio) se “aterriza” (en ocasiones se lo hace mediante un acuatizaje; o, si se prefiere, amerizaje). En la Luna, obviamente, se aluniza; nunca se “aterriza” (las naves, si es que alunizan, se “posan” en la superficie lunar). No me martiriza todavía pensar en cómo se dirá correctamente en el futuro cuando nuestras naves, tripuladas o no, se posen en otros planetas. Tal vez a ello se lo llegue a llamar “planetizar” (o quizá no). A eso de “hacer contacto” en Marte quizá lo llamen “marterizar”; y así por ese orden…

Noto, en este punto, que –aunque pueda sonar inapropiado– el verbo aterrizar ha de ir adquiriendo, como de hecho ya está pasando, poco a poco, una novedosa acepción, no solo la de posarse en nuestro planeta (sea que se lo haga sobre tierra o sobre agua), sino la de posarse en cualquier otro cuerpo celeste. Esto va a ser más cómodo y práctico que el martirio de decir “marterizar “, por ejemplo… Ni qué pensar cómo se dirá cuando vayamos a otras estrellas, como a la cercana Alfa Centauro; imagino que, de cualquier manera, menos con el verbo reflexivo estrellarse (matarse, estamparse, quedar mal parado…). De paso, la Luna no es un planeta, los planetas giran alrededor de una estrella, que en nuestro caso se llama Sol. Los cuerpos celestes que giran alrededor de un planeta reciben el nombre de “satélites”. De nada.


Share/Bookmark

08 mayo 2026

Un fortuito encuentro…

   Cuento escrito por Iván Toral Bocezi. Una colaboración para Itinerario Náutico.

Ese fue un día extraño. Marino había acompañado a su hermano a una reunión de trabajo en ese centro comercial. Mientras estacionaban, Marino observó una cara conocida en el auto que realizaba similar maniobra en el estacionamiento del subsuelo, ahí a su lado y en ese mismo momento. Parecía tratarse de la hermana de una novia que tuvo alguna vez en su juventud, a quien recién había visitado como invitado, en su casa, pues ahora era pareja de otro buen amigo. 

Entonces advirtió que había alguien más acompañando a su amiga en el asiento delantero. Parecía un familiar: ahí estaban los rasgos, la misma similar semblanza. Había ya bajado del auto cuando le pareció que al hacerlo su amiga, algo le susurraba como advirtiéndole quién era su acompañante. Percibió con recelo su probable identidad. Todos los ocupantes habían desembarcado mientras la desconocida daba la vuelta por detrás del otro vehículo. Fue cuando pudo confirmar que era ella… la chica que había sido su enamorada, con quien estuvo seguro que se casaría, y a quien no había vuelto a encontrar por más de 50 años…

Algo le hizo dudar; era la indiferencia exhibida por la imprevista pasajera que le hacía pensar que pudiera estar equivocado. Las damas vestían atuendo deportivo: iban al gimnasio. Marino optó por esperar, se identificó por su nombre completo… La mujer saludó con aire cordial, aunque sin entusiasmo. Luego de breves intercambios, Marino confirmó que ella no lo había reconocido… Parecía una broma del destino: había ocurrido un inesperado encuentro: volvían a toparse después de tanto tiempo… Había sido ella quien le había pedido que se “dieran un tiempo”. Luego, se habían separado mientras atravesaban una etapa de enfriamiento. Él habría de enterarse que ella había empezado a salir con otro pretendiente; y no tardaría en llegar a saber, para sorpresa suya y de los familiares de ambos lados, que ella había decidido casarse en un muy perentorio plazo… Aquello lo haría sentirse confundido y engañado...

Él recordaba que hubo momentos, anteriores a esa separación, en que se cuestionaba si ella era realmente “la mujer precisa”, la que le tenía reservado el destino, la que le haría feliz para toda la vida… Sentía que había en ella una contenida timidez, una sombra de inseguridad o, quizá, un débil sentido de afirmación que esperaba que ella superaría con el tiempo… No obstante, habiendo sucedido lo que pasó, él empezó a probar nuevas relaciones y optó por hacerse una promesa: que pasara lo que pasase jamás volvería a buscar a Francesca en los días de su vida. Poco después, ella enviudaría: su esposo habría de fallecer en el mismo accidente en que se encontraba una de las tías de Marino, había sido su tía más querida. 

Algún tiempo después, alguien había preguntado sin discreción a Marino si se había vuelto a encontrar alguna vez con Francesca, si ya la había olvidado o si sentía que todavía la quería. Marino ya se había casado y respondió en forma poco prudente (su mujer pudo haberle escuchado). Dijo que, aunque quizá ya la había olvidado, y a pesar de que se había propuesto no volver a buscarla, a veces le parecía que todavía “algo” sentía por ella; que la recordaba sin rencor, con una suerte de amistoso afecto… 

De vuelta al extraño encuentro… Pasaron un par minutos, ahí en el subsuelo, mientras ellos todavía intercambiaban impresiones y hacían triviales comentarios. De pronto, pareció que ella al fin se daba cuenta de quién era la persona que tenía a su lado... Lo había reconocido y ya no le importó actuar impulsivamente. Se acercó afectuosa y le dio un íntimo y prolongado abrazo. Ahora había en el gesto de Francesca una inusitada nota de ternura y de cariño, con un destello de arrepentida nostalgia… Era una suerte de reconocimiento. El destino se estaba encargando de ayudarles a clausurar un capítulo que no lo habían cerrado como hacen los amigos; y cuya conclusión habían postergado… Algo insólito pareció percibir Marino; y era que, de aquella tan unilateral e imprevista separación, no había sido él quien más habría perdido… 

Fue para él una sensación extraña, similar a la que se siente cuando alguien se acerca a darnos un pésame… Marino no reaccionó como siempre creyó que lo haría, o como siempre pensó que hubiera preferido hacerlo. Jamás se imaginó que ese amigable epílogo terminaría siendo tan distinto a lo que pudo haberse convertido en un gesto de frío desdén o de resentido desprecio…


Share/Bookmark

05 mayo 2026

Un piloto afortunado…

“Al principio rehuía hablar de récords, y de esas cosas… pero personas con las que traté, me enseñaron que los hitos importan, y que compartirlos ayuda a educar sobre lo que hacemos. Eso sirve de inspiración para quienes tienen que enfrentarse a sus propios desafíos”. Christina Koch, ingeniera electro-física, astronauta del Artemis II.

Yo jugaba de niño a los aviones (más bien a los viajes en avión), pero nunca imaginé que postergaría mi entrada a la universidad para viajar a Estados Unidos y convertirme en aviador. No era el tipo de hombre arredrado y valiente que la gente piensa que es necesario para hacerse piloto. Tampoco la temeridad o la aventura eran parte de mi ADN. Correcto sería decir que llegar a “avionista” –como se autodefine uno de mis buenos amigos– nunca fue parte de lo que otros llaman su “vocación profesional”.

Al principio lo tomé como algo temporal. Era lo lógico: no estaba seguro, hasta que ya empecé a ejercitarlo como una actividad laboral, si eso de ir de aquí para allá, volando por los aires, metido en un “aparato volador que imita al ave natural” (eso quiere decir avión) siquiera me gustaría. Pero la suerte estaba echada —alea jacta est—. Si me gustaban los aviones, en buena hora; si no, mucha pena. Pagaría el curso y volvería a tratar de ingresar a la universidad. Pero había algo más: no estaba seguro de si yo iba a resultar bueno (o, al menos, “aceptable”) para lo que había escogido. Eso, por desgracia, no depende de uno, son otros los que nos evalúan y califican, y no solo depende de nuestro eventual empeño o de ser un “buen estudiante”.

Fui a hacer el curso (solo me iba a tomar seis meses) cuando terminé el colegio. No había cumplido 18 años. Era, digámoslo de una vez, un chiquillo que pesaba 130 libras, un “culicagado”, habría de tomarme otros seis meses para que los capitanes del DC-3 (el primer avión que volé como copiloto), se empezaran a fijar en mí y me dieran uno que otro despegue. ¡Ni qué pensar un aterrizaje!… Era entonces el copiloto con menos experiencia; de modo que, la única manera de compensarlo era ganándome su confianza, exhibir buen trabajo y humildad, y tratar de aprender viendo cómo hacían los otros. 

Hubo algo que no dependía de mí: siempre fui un piloto con suerte. Y la suerte es no solo importante para el desarrollo profesional, es esencial para todo. Hay que estar, como dicen, “en el momento preciso y en el lugar adecuado”. Por lástima, nadie puede anticipar dónde y cuándo la fortuna nos estará esperando a la vuelta de la esquina… Hace falta prepararse, estar listo, para que ella no nos pille “con los pantalones abajo”. Bien dicen que la suerte es un tren qué pasa muy rápido, nunca se sabe si va a parar donde uno está esperando. Para ganarse la lotería hay que primero comprar el boleto… (yo nunca lo compré, siempre lo encontré por ahí tirado).

Me hicieron comandante muy temprano, tenía 19 años. Hubo gente que, al subirse al avión, tenía un gesto de reticencia, si no de desconfianza. Pero pasaba el tiempo y notaba que me preferían. Procuraba no tomarme riesgos y hacerles sentirse cómodos. Más tarde, cuando ya con más de 5.000 horas pasé a volar a Ecuatoriana, había acumulado tanta experiencia al mando que solo me tomó un par de años tener un puesto en el escalafón que me permitiera llegar a primer piloto. Fui un comandante joven, pero cumplía los requisitos: no era un “bisoño”. Pero, de nuevo, no hubiera llegado a conseguirlo si no hubiera sido un hombre con suerte, si no se me hubiese presentado la oportunidad en el momento adecuado…

Pasados otros 20 años probé suerte y me fui a volar en Asia; buscaba tal vez un mejor reconocimiento profesional y económico (empecé a pensar en cómo iba a financiar la universidad de mis hijos). Allí volé con varias aerolíneas, operé naves como el Airbus 340 o el Boeing 747-400. Llegué a completar 33.000 horas de vuelo, 30.000 al mando. Colaboré en funciones administrativas; fui responsable de seguridad aérea, instructor de vuelo y facilitador de Crew Resource Management, ello entrañaba realizar tareas no solo gratificantes sino de verdad apasionantes. Ser piloto me permitió conocer lugares inimaginables, estuve en más de 70 países.

En días pasados vi una nota en LinkedIn, era una lista de 30 ciudades. Decía que un 85% de personas solo habían estado en dos de ellas. Reconocí, con humildad, que había tenido la suerte de estar en 28. Asimismo, me llegó otra (pertenecía a un chat de aviación); incluía 50 aeropuertos diseminados por todo el mundo y preguntaba en cuántos de ellos habíamos aterrizado… Comprobé que, debido a mi afortunada exposición a diferentes zonas geográficas, había puesto un avión en tierra en 38 de esos aeropuertos. Lo testifica mi libro de vuelo; lo certifican las aerolíneas en las que volé y las distintas autoridades aeronáuticas. Pero todo eso, solo fue parte de mi trabajo: no tiene mérito; he sido un piloto afortunado. No lo cuento por pretensioso. Solo me resta agradecerle a Dios porque he estado ahí, en todos esos lugares, y hoy puedo contarlo...



Share/Bookmark

03 mayo 2026

Avance del Proyecto Sunrise *

  * En estos días un flamante (y enorme) Airbus A-350-1000 ULR ha efectuado su rodaje inaugural (roll-out) de la fábrica de Toulouse en Francia. Este es un verdadero hito en los vuelos de ultra larga distancia (más de 22 horas de vuelo). El avión, capaz de transportar 238 pasajeros en clases primera, ejecutiva y económica especial, está provisto de un tanque adicional de combustible ubicado en la parte posterior de la aeronave. Me permito, por su importancia y futura influencia en los viajes comerciales de extra larga distancia, traducir y reproducir un artículo escrito por Jean Carmela Lim para la revista aeronáutica AeroTime:

El primer A350 de Qantas para el Proyecto Sunrise sale del hangar de la fábrica de Airbus en Francia

El primer A350 de alcance ultra-largo de Qantas ha salido de la línea de montaje de Airbus en Toulouse, Francia, acercando así a la realidad el tan esperado Proyecto Sunrise (Amanecer) de la aerolínea. El avión, que lleva la matrícula o registro para pruebas F-WZNK, salió a la plataforma el 12 de abril de 2026, totalmente ensamblado con motores Rolls-Royce Trent XWB-97; así como con sus alas, fuselaje y tren de aterrizaje perfectamente instalados. Ahora se someterá a varios controles terrestres, seguidos por un programa de pruebas de vuelo de dos meses antes de su entrega definitiva a Qantas a fines de año.

Lo que el programa Sunrise significa para los pasajeros

Cuando se inicien las operaciones, Qantas ofrecerá vuelos sin escalas desde el Aeropuerto Internacional Kingsford Smith de Sydney (SYD) hacia el Aeropuerto de Londres-Heathrow (LHR) y hacia el Aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York (JFK), cubriendo casi 10.000 millas náuticas en aproximadamente 22 horas. La ruta directa reducirá hasta en cuatro horas la opción actual con paradas, y permitirá al transportista eludir las conexiones tradicionales de los centros de distribución de tráfico (hubs) de Oriente Medio en los servicios hacia Europa. Este rango extendido se obtiene gracias a la instalación de un tanque de combustible adicional de 20.000 litros (5.000 galones) instalado en la parte trasera de la aeronave.

Menos asientos, pero más espacio

El A350-1000 ULR de Qantas transportará únicamente 238 pasajeros, significativamente menos que los aproximadamente 350 asientos que se ofrecen en las configuraciones estándar del A350. Alrededor del 40% de la cabina estará dedicada a clases premium, incluyendo First, Business y Premium Economy. Las comodidades de abordo incluyen una cómoda zona diseñada para estimular el movimiento de los pasajeros durante los vuelos largos, con servicio de bocadillos y bebidas. La cabina contará con iluminación calibrada a los ritmos circadianos para combatir el jet lag, además de Wi-Fi de alta velocidad como cortesía.

Un tributo a la historia de la aviación

Qantas planea bautizar a cada uno de los doce A350 que ha ordenado, con nombres de distintas estrellas; un homenaje a las operaciones de los aviones anfibios Catalina del tiempo de la Segunda Guerra Mundial. Esos vuelos de interminable duración –en tiempos de guerra– entre Australia y Sri Lanka (entonces Ceilán), que permanecían en el aire el tiempo suficiente para que las tripulaciones presenciaran dos amaneceres, inspirando el nombre del Proyecto Sunrise casi un siglo después. Anunciado por primera vez en 2017, el proyecto enfrentó retrasos significativos debido a la pandemia de COVID-19 y a los desafíos de la cadena de suministros en Airbus. El lanzamiento en Toulouse marca un punto de inflexión después de años de contratiempos. Se espera que el nombre del primer avión de la flota se revele para mediados de 2026.


Share/Bookmark

01 mayo 2026

Una virgen trashumante

Es la madrugada del 7 de abril; medito en el programa espacial Artemis II, mientras hago mis profanas indagaciones respecto a su recorrido. Escribo esta nota (que cuando la publique, ya será el mes de mayo) a la par que reconozco el singular periplo que efectúan la nave Orión y su tripulación… Dejo mi mente divagar sobre todo lo que significa un viaje difícil de tan solo imaginar –y, desde luego, de una empresa científica y técnica tan extraordinaria de ejecutar–. Lo hago, mientras los afortunados integrantes de la tripulación asignada ya han iniciado su camino de retorno, tres o cuatro días antes de amerizar en algún ignoto y no siempre predecible lugar del más tranquilo de los mares, ese que fuera atravesado por primera vez, y hace ya medio milenio, por el paciente e intrépido Fernando de Magallanes: el Océano Pacífico.

Este día, los ocupantes de la nave ya han concluido su tan esperado día de “sightseeing” (turismo): son los primeros seres humanos que han podido mirar la cara oculta de nuestro satélite. Su viaje se había previsto y programado para que se inicie en una luna llena –la del primer día de abril, a eso de las 22:00 horas EST– y puedan estar de vuelta diez días más tarde. Han ido más lejos de la Tierra que ningún otro individuo; y se han alejado hasta más de 400 mil km de distancia, todo un inimaginable hito en la historia de estas sorprendentes e “inhumanas” hazañas (el Orión desafía nuestra imaginación: viaja a más de 4.000 km/hora, casi 50 mil km por día. Dos veces la velocidad que solía alcanzar el recordado Concorde, cuatro veces la del sonido).

Se ha dado ese nombre al programa (Artemis) en honor a la diosa griega Artemisa, hermana gemela del dios Apolo. Al ser también diosa de la Luna, ese nombre simboliza la continuidad del programa Apolo que llevó a los primeros humanos a la Luna. El suyo es el nombre de una virgen elusiva, siempre empecinada en cuidar su condición. Es como si ella efectuara una postergada peregrinación a su propio templo; y –para insistir en tan rara coincidencia– acompañada del héroe que la enamoró… El programa cumplirá el propósito de llevar a la primera mujer y a la primera persona de color a una órbita cercana a la superficie lunar. 

Por manera que, así como Apolo es el dios de nuestra estrella y su nombre permitió bautizar a las primeras misiones lunares (1969-1972), Artemis buscará constituirse en un relevo moderno, aportando al empeño de satisfacer una investigación que consiga una presencia duradera en la Luna. La elección del nombre supone un cambio de paradigma hacia una exploración de largo plazo, indagando las características del polo sur lunar, lugar inexplorado de nuestro satélite. El programa abarca tanto la misión de la nave Orión (que transporta a la tripulación) como el cohete Sistema de Lanzamiento Espacial (SLS).  El objetivo final de estas misiones será el de preparar el camino para futuras exploraciones programadas para el planeta Marte.

Artemisa (Diana en la mitología romana) fue diosa de la caza, la naturaleza salvaje, la castidad y la Luna. Hija de Zeus, es conocida por su independencia y por su papel de protectora de las mujeres jóvenes, los partos y los animales. Había pedido a Zeus que le concediera la virginidad eterna, manteniendo su pureza y eludiendo el matrimonio. Como cazadora: porta un arco de plata con sus flechas, y va rodeada de ninfas o junto a ciervos y perros de caza. Se encarga de proteger la vida silvestre, los bosques, colinas y lugares apartados. Si bien es una diosa protectora, castiga con severidad a quienes han profanado la naturaleza. Fue famoso su lugar de adoración, el templo de Artemisa en Éfeso, una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo.

Aunque se la considera “una diosa buena”, su origen y carácter suelen ser muy controvertidos, hay quienes creen que no es una diosa de fiar y cuestionan su naturaleza. Justo por ello, algunos autores afirman que, en lugar de ser una diosa protectora, es una plaga dañina para la naturaleza, los niños, las mujeres y los animales. Se dice que Orión, un cazador con cuerpo de gigante, probable hijo de Poseidón y reputado por su hermosura, habría sido el único hombre que había logrado enamorarla. Por eso, esos dos nombres, que han sido unidos en el programa espacial, tanto Artemisa como Orión, no estarían ahí por mera casualidad…

Orión es también la constelación más fácil de reconocer en el cielo nocturno, y no solo por encontrarse en el ecuador sideral (se la puede observar desde cualquier lugar en la Tierra). La representan con la apariencia de un guerrero con sus extremidades extendidas; siendo sus pies y manos cuatro de las estrellas más brillantes que hay en el firmamento (Saiph, Betelgeuse, Rigel y Bellatrix). Pero es gracias al “cinturón del guerrero”, otras tres diminutas estrellas ubicadas en línea, cuya proyección se orienta hacia el nordeste, y que son mejor conocidas como Las Tres Marías, que esta constelación es tan popular entre los observadores del cielo.


Share/Bookmark