Cuento escrito por Iván Toral Bocezi. Una colaboración para Itinerario Náutico.
Ese fue un día extraño. Marino había acompañado a su hermano a una reunión de trabajo en ese centro comercial. Mientras estacionaban, Marino observó una cara conocida en el auto que realizaba similar maniobra en el estacionamiento del subsuelo, ahí a su lado y en ese mismo momento. Parecía tratarse de la hermana de una novia que tuvo alguna vez en su juventud, a quien recién había visitado como invitado, en su casa, pues ahora era pareja de otro buen amigo.
Entonces advirtió que había alguien más acompañando a su amiga en el asiento delantero. Parecía un familiar: ahí estaban los rasgos, la misma similar semblanza. Había ya bajado del auto cuando le pareció que al hacerlo su amiga, algo le susurraba como advirtiéndole quién era su acompañante. Percibió con recelo su probable identidad. Todos los ocupantes habían desembarcado mientras la desconocida daba la vuelta por detrás del otro vehículo. Fue cuando pudo confirmar que era ella… la chica que había sido su enamorada, con quien estuvo seguro que se casaría, y a quien no había vuelto a encontrar por más de 50 años…
Algo le hizo dudar; era la indiferencia exhibida por la imprevista pasajera que le hacía pensar que pudiera estar equivocado. Las mujeres vestían atuendo deportivo: iban al gimnasio. Marino optó por esperar, se identificó por su nombre completo… La mujer saludó con aire cordial, aunque sin entusiasmo. Luego de breves intercambios, Marino confirmó que ella no lo había reconocido… Parecía una broma del destino: había ocurrido un inesperado encuentro: volvían a toparse después de tanto tiempo… Había sido ella quien le había pedido que se “dieran un tiempo”. Luego, se habían separado mientras atravesaban una etapa de enfriamiento. Él habría de enterarse que ella había empezado a salir con otro pretendiente; y no tardaría en llegar a saber, para sorpresa suya y de los familiares de ambos lados, que ella había decidido casarse en un muy perentorio plazo… Aquello lo haría sentirse confundido y engañado...
Él recordaba que hubo momentos, anteriores a esa separación, en que se cuestionaba si ella era realmente “la mujer precisa”, la que le tenía reservado el destino, la que “le haría feliz para toda la vida”… Sentía que había en ella una contenida timidez, una sombra de inseguridad o, quizá, un débil sentido de afirmación que esperaba que ella superaría con el tiempo… No obstante, habiendo sucedido lo que pasó, él empezó a probar nuevas relaciones y optó por hacerse una promesa: que pasara lo que pasase jamás volvería a buscar a Francesca en los días de su vida. Poco después, ella enviudaría: su esposo habría de fallecer en el mismo accidente en que se encontraba una de sus tías, era su tía más querida.
Algún tiempo después, alguien había preguntado sin discreción a Marino si se había vuelto a encontrar alguna vezcon Francesca, si ya la había olvidado o si sentía que todavía la quería. Marino ya se había casado y respondió en forma poco prudente (su mujer pudo haberle escuchado). Dijo que, aunque quizá ya la había olvidado, y a pesar de que se había propuesto no volver a buscarla, a veces le parecía que todavía “algo” sentía por ella; pero que la recordaba sin rencor, con un amistoso afecto…
De vuelta al extraño encuentro… Pasaron un par minutos, ahí en el subsuelo, mientras ellos todavía intercambiaban impresiones y hacían triviales comentarios. De pronto, pareció que ella al fin se daba cuenta de quién era la persona que tenía a su lado... Lo había reconocido y ya no le importó actuar impulsivamente. Se acercó afectuosa y le dio un íntimo y prolongado abrazo. Ahora había en el gesto de Francesca una inusitada nota de ternura y de cariño, con un destello de arrepentida nostalgia… Era una suerte de reconocimiento. El destino se estaba encargando de ayudarles a clausurar un capítulo que no lo habían cerrado como hacen los amigos; y cuya conclusión habían postergado… Algo insólito pareció percibir Marino; y era que, en aquella tan unilateral e imprevista separación, no había sido él quien había perdido…
Fue para él una sensación extraña, similar a la que se siente cuando alguien se acerca a darnos un pésame… Marino no reaccionó como siempre creyó que lo haría, como hubiera preferido hacerlo. Jamás se imaginó que ese amigable epílogo terminaría siendo tan distinto a lo que pudo haberse convertido en un gesto de frío desdén o de resentido desprecio…

