17 julio 2026

Un santo algo tardío

No hay el nombre de Fernando en mi familia íntima. Esto es atípico en una familia serrana en el Ecuador. Mi padre no escogió ese nombre para ninguno de sus hijos varones; esto, a pesar del número de hijos que tuvo y de que uno nació la víspera de un 30 de mayo, día de San Fernando. Tengo primos con ese nombre, tanto del lado de padre como del de madre, pero no hay vestigios de ese nombre entre mis antepasados. Quizá por ello, y como último recurso, papá terminó bautizando con ese nombre tan español a la menor de mis hermanas. No descarto que la iniciativa para hacerlo, haya sido más bien de la madre de esta última…

En la tradición española, si se dio un nombre fue porque estuvo en el santoral católico. San Fernando es el santo de los gobernantes y constructores; pero casi nadie, cuando pregunto, tiene idea de quién fue y por qué lo consagraron. Lo que me lleva a inferir qué hay más devoción por el nombre que por el invocado. Pero ese nombre, ha sido una constante en mi vida; para empezar, ha estado presente entre mis mejores amigos y buenos compañeros (era el nombre religioso de quien me preparó para la primera comunión). Ya casado, gané una cuñada a quien llaman Nena, aunque su nombre es María Fernanda, ella y su esposo repitieron el nombre en una hija a quien dieron por llamar Gordita (sin que haya sido realmente gorda). Esta Fernanda se casó con un Fernando y, a pesar de haber procreado tres mujeres, no repitieron el nombre. Pero este Fernando ya repite el nombre de su padre y, cosa curiosa, tiene una hermana que, aunque parezca insólito, también responde al mismo nombre...

Como digo, pocos saben quién mismo fue el primer santo con ese nombre. Intuyen que hubo uno porque es nombre muy común en la toponimia de pueblos y ciudades (tanto escrito con efe inicial como iniciado con hache). De hecho, la hagiografía de la Iglesia no contó con un santo con ese nombre hasta ya bien entrada la Edad Moderna. Era alguien que había nacido en los últimos días del siglo XII: Fernando III, rey de Castilla entre 1517 y 1552, y de León entre 1530 y 1552. Fernando III, llamado el Santo, fue un rey guerrero, pero también un gran conciliador; a él se debe la toma de buena parte del sur de la península ibérica, en el marco de la Reconquista de gran parte de al-Ándalus, que había caído en manos de los moros.

Santo seglar que "no conoció el vicio ni el ocio", Fernando III fue el más grande de los reyes de Castilla –lo dice Menéndez y Pelayo–. Nació en 1199, guerreó contra los musulmanes, que ocupaban gran parte de España, unió las coronas de Castilla y de León, y reconquistó los reinos de Úbeda, Córdoba, Murcia, Jaén, Cádiz y Sevilla. En sus dilatadas campañas, triunfó siempre en todas las batallas. No buscó su propia gloria ni el acrecentamiento de sus dominios. Para él el reino verdadero era únicamente el reino de Dios.

Murió, el 30 de mayo de 1252. Había reinado treinta y cinco años en Castilla y veinte en León, siendo “afortunado en la guerra, moderado en la paz, piadoso con Dios y liberal con los hombres”, como afirman sus cronistas. Su nombre significa "bravo en la paz". Guerrero, poeta y músico, compuso cantigas, alguna de ellas dedicada a nuestro Señor. Se destacó por su honestidad y por la pureza de sus costumbres.

Fernando III era hijo del Alfonso IX. Fue padre de Alfonso X el Sabio y primo hermano del rey San Luis de Francia. Fue un modelo como gobernante: buen creyente, padre y esposo. Emprendió la construcción de la Catedral de Burgos y de otras ciudades e inició la de Toledo, y fue fundador de la famosa Universidad de Salamanca. Fernando III protegió a las comunidades religiosas y se esforzó porque los soldados de su ejército recibieran instrucción en la fe. Instauró el castellano como idioma oficial de la nación y se esmeró para que en su corte se diera importancia a la música y al buen hablar literario. Murió joven, de hidropesía, tenía 52 años. Fue canonizado en 1671, siendo papa Clemente X, mientras reinaba en España Carlos II.

Devoto religioso y formidable combatiente, también fue un padre feraz: tuvo quince hijos, diez en su primer matrimonio y cinco en el siguiente. Repitió su nombre en dos de ellos y procreó dos hijas llamadas Leonor. El papa anuló su primer matrimonio por razones de consanguinidad. Al santo le piden fortaleza en las dificultades, sabiduría para ser justo en las decisiones, protección en el trabajo y paz en el hogar. Se le considera santo patrón de los gobernantes, de las causas difíciles y de los ingenieros. Por su historia como rey, guerrero y pacificador, los fieles acuden para solicitarle favores; habiendo sido líder militar, le piden ayuda para afrontar sus crisis y momentos difíciles. El nombre ha venido a significar "valeroso para obtener la paz". Como patrón de los ingenieros, estos le piden protección para sus obras y éxito en sus proyectos.


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14 julio 2026

Promiscuidades…

Acudo al Diccionario de la Lengua para averiguar el sentido de dos voces relacionadas (promiscuo y promiscuidad) y resuelvo que promiscuo es –literalmente– una palabra promiscua. Dice el DLE que ese adjetivo significa “mezclado confusa o indiferentemente”; sus sinónimos son: heterogéneo, revuelto, confuso, entreverado y misceláneo. Expresa también que se refiere a una persona que “mantiene relaciones sexuales con otras varias”. Pero es, más bien, por otra diferente acepción que hoy expreso lo que he dejado dicho: menciona que significa “que tiene dos sentidos o se puede usar de un modo u otro, por ser equivalentes” …

Y advierte, que hay otra entrada que contiene las formas promiscuo y promiscua: el verbo ‘promiscuar’ … Cuando reviso el verbo, cuyo sentido imagino, pero nunca he escuchado, hallo que: “Promiscuar quiere decir: 1. Comer, en días de Cuaresma en que la Iglesia lo prohíbe, carne y pescado en una misma comida. / 2. Participar en asuntos heterogéneas u opuestos”; con lo que colijo que eso de promiscuar no había sido tan promiscuo como lo había imaginado. En efecto, ¿qué de promiscuo puede tener comer carne y pescado en una misma comida?… Lo otro resulta más irrisorio todavía: sería como correr y mascar chicle, que –ya bien pensado— habría que hacerlo en forma independiente para que no resulte eso: promiscuo…

Me propongo entonces otra indagación respecto a la otra acepción, la de “mantener relaciones con varias personas”, aunque no me refiero a que aquello ocurra con varios partners simultáneamente sino a hacerlo con más personas en un lapso prolongado de tiempo. Encuentro varios conceptos: “Tener relaciones sin protección con distintas parejas se conoce como promiscuidad, aunque el término exacto depende del contexto específico; Bareback: pertenece al glosario de términos sexuales de Scaperoom, referente a tener sexo a pelo o raw sex, que describe la práctica de penetración sin usar preservativo; Promiscuidad: concepto médico y psicológico que define el ejercicio de tales relaciones con varias personas de forma frecuente; Sexo casual: es cuando no se utiliza ninguna protección, lo que incrementa el riesgo de contraer infecciones”.

Por eso, prefiero consultar a mi tradicional recurso etimológico, donde encuentro lo que sigue: promiscuo es un cultismo que viene del latín promiscuus (mezclado, revuelto, que tiende al intercambio mutuo), adjetivo formado con el prefijo pro- (hacia adelante, en favor de) y la raíz del verbo latino miscēre (mezclar). El adjetivo promiscuus pertenece al latín, y lo encontramos por primera vez hacia finales del s. I a.C. en la obra del historiador Tito Livio, que lo emplea muchas veces, por lo que parece que habría sido ya muy usual en el habla latina. De la raíz del verbo miscēre vienen otras palabras: miscelánea, mixto, inmiscuir, mestizo, mezclar… El verbo se vincula a una raíz indoeuropea *meik- (mezclar), presente en algunos idiomas.

Es cuando surge una nueva inquietud. Se relaciona con el prefijo pro, común al vocablo de esta indagación y al término “profano”. He aquí la respuesta:  “La palabra ‘profano’ viene del latín profānus, voz compuesta de pro (delante) y fanum (templo). Lo profano era lo no consagrado o que había dejado de serlo, por estar delante, o sea: fuera del templo. Ya en latín, el verbo profanare tenía el sentido figurado de ensuciar, deshonrar. Hoy el uso más común es: 'que carece de conocimiento y autoridad en la materia'. Hay un verso de Horacio, "Odi profanum vulgus et arceo": “Odio la gente profana (no iniciada) y la mantengo a distancia”.

Se resalta que de fanum, 'templo', vienen fanático y fanatismo, la cualidad de ser fieles a machamartillo (con convicción o firmeza) a un templo o iglesia. La preposición latina pro se relaciona con una raíz indoeuropea *per-3, presente en gran cantidad de prefijos griegos y latinos, relacionados con estar en primera posición o similar concepto (avance, enfrentamiento, penetración). Fanum se vincula con la raíz *dhes- (algo sagrado).

Con lo anterior, deduzco que, así como profano es lo que queda fuera del templo o de lo sagrado, el adjetivo promiscuo se refiero a lo que queda fuera de una costumbre típica; es decir, a los intercambios reconocidos y aceptados por las respectivas culturas como tradicionales. Además, encuentro otras interpretaciones en el diccionario de María Moliner. Promiscuar: participar en asuntos heterogéneos, contrarios o que se puedan considerar moralmente incompatibles; Promiscuidad: mezcla, mezcolanza; Promiscuo: quien mantiene relaciones sexuales con más de una persona, o por su comportamiento y modo de vida. Se aplica también a lo que puede usarse de dos o más maneras, con el mismo resultado. Algo ambiguo, equivalente o indiferente.

Todo parece quedar ya muy claro: todos hemos sido alguna vez promiscuos… Ya sea por participar en asuntos contrarios, por proponer modos alternativos o por integrar una desordenada mezcolanza…


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10 julio 2026

La constante de Kaprekar

Iterar significa insistir, repetir, machacar; una iteración es, por lo mismo, un proceso repetitivo, obcecado e insistente para encontrar y demostrar algo. Ya en previas entradas, publicadas tan temprano como agosto de 2010, les hablé del extraño comportamiento que suelen exhibir ciertos números (si tienen curiosidad, les invito a escribir, en la ventana de búsqueda, el número 142857). Es lo que en matemáticas se conoce como teoría de los números y que trata de números cíclicos o “mágicos”. Hoy deseo hablar de una secuencia que obtiene un resultado constante, se llama justamente Constante de Kaprekar: equivale al guarismo 6174.

Su atractivo radica en que, si tomamos cualquier número de 4 dígitos y realizamos un proceso sencillo de resta, siempre llegaremos a esta cifra en un máximo de 7 pasos. ¿Cómo funciona la magia del 6174? Se puede comprobar este fenómeno siguiendo un orden: elija un número de cuatro dígitos que no sean todos iguales; por ejemplo: 4732. Ordene los dígitos de mayor a menor para formar el número más grande posible; luego, ordene los dígitos de menor a mayor para formar el número más pequeño (7432 y 2347). Y, una vez efectuado, reste el menor del mayor. Obtenga un nuevo resultado y siga repitiendo el mismo proceso.

Por ejemplo, si hemos elegido ese mismo guarismo (4732), restamos 7432 menos 2347; la respuesta es 5085; si seguimos aplicando esa lógica, ahora tendremos 8550 y 0558, cuyo resultado nos da 7992. Al ordenarlo nuevamente obtendremos 9972 y 2799, cuya resta ahora nos da como resultado 7173: esto es 7731 y 1377, lo que ahora nos da 6354 o, lo que es lo mismo 6543 y 3456; y que, al restar nuevamente, nos da 3087 que, si volvemos a reordenar, nos da 8730 y 0378. Producida la resta ahora tenemos 8352 u 8532 y 2358, lo que finalmente resulta en 6174. Una vez llegados a este número, cualquier intento producirá un bucle cerrado.

A esto proceso se conoce como Constante de Kaprekar, en honor a quien descubrió el invariable resultado (6174) y lo presentó en la Conferencia Matemática de Madrás en 1949. Se llamaba Dattatreya Ramchandra Kaprekar (1905-1986); era un humilde maestro de escuela y un adicto confeso de la teoría de los números. Kaprekar había nacido en una pequeña población costera ubicada al norte de Mumbai; a menudo era invitado a hablar en otros colegios sobre sus singulares métodos y sus fascinantes observaciones numéricas. También descubrió que algo parecido ocurría si, en lugar de utilizar guarismos de cuatro dígitos, lo hacía con números de tres. La única diferencia era que el “número mágico” ya no era 6174 sino 495…

La Constante no fue la única aportación que hizo este apasionado de las cifras a las matemáticas recreativas. Otra fue el llamado número Kaprekar, este tiene la extraña propiedad de que, si lo elevamos al cuadrado, al sumar las dos mitades (vale decir, las dos partes del resultado), nos dará –de nuevo– el número original. Si el resultado es un guarismo idéntico al que fue elevado al cuadrado, decimos que hemos hallado un número Kaprekar. Algunos ejemplos de número Kaprekar serian: 9, 45, 55, 703, 17.344, 142.857, 538.461... ¡Pruébelos y verá! Pero, recuerde: al dividir el número cuyas partes va a sumar, deje la parte más larga a la derecha (ejemplo, al dividir en dos 88.209 quedan dos grupos: uno con dos dígitos y otro con tres).

Un Kaprekar es el 45. Así: 45 x 45 da 2025 que, si sumamos 20 más 25 nos dará 45. Otro de estos guarismos es uno del que hablábamos al principio: 142857. Como podemos comprobar es también otro Kaprekar; esto solo significa que, si lo elevamos al cuadrado y dividimos el resultado en dos partes para sumarlas, esa suma ahora corresponderá al número original. Así: 142857 al cuadrado es igual a 20.408.122.449, y la suma de 20.408 y 122.449 nos dará nuevamente, y como sorprendente resultado, ese mismo guarismo: 142857.

La constante de Kaprekar sirve como un ejercicio de lógica y matemática recreativa, para demostrar cómo ciertos algoritmos generan extraños resultados fijos. No tiene aplicaciones prácticas en el mundo real; sin embargo, es una herramienta clásica para enseñar patrones, razonamientos y operaciones a los estudiantes. Además, tiene el mérito de seducir a quienes se ven atraídos por ese raro embrujo que irradia de las matemáticas. La teoría de los números ilustra el proceso de la iteración, mediante el cual un ejercicio es repetido, paso a paso, como parte de un curioso esquema que nos va entregando resultados fascinantes.

La obra de este esforzado maestro de escuela nos ha de ayudar a recordar que estos innovadores hallazgos y descubrimientos no siempre se realizan en los medios académicos, en laboratorios o en las universidades, sino gracias a la callada y retraída persistencia de mentes lúcidas y apasionadas, como esta de Kaprekar, impulsada por su contagiosa curiosidad y, ante todo, por esa, su cautivante capacidad de asombro…


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07 julio 2026

El soldado que callaba *

   * Escrito por Arturo Pérez Reverte para Patente de corso. Publicado en El bar de Zenda

Hay silencios que no son ausencia, sino contenido. Que no niegan la experiencia, sino que la protegen. En ese sentido, el autor del Quijote me asombra todavía. Llevo leyéndolo desde el colegio —aquella excelente edición escolar de la editorial Edelvives—, y cada vez se asienta más la evidencia: el autor del Quijote estaba más orgulloso de haber combatido en Lepanto que de haber escrito su obra inmortal. Por eso es tan significativo, más que lo que cuenta, lo mucho que calla. A diferencia de su experiencia como cautivo en Argel, expresa y detallada, la del joven soldado en «la más alta ocasión que vieron los siglos» apenas aparece en su obra.

Lo natural habría sido lo contrario. Hacer de la gran batalla naval su propio relato, convertir la honrosa herida en bandera. La época lo pedía a gritos: plumas al servicio de la gloria, cronistas con más adjetivos que sinceridad, héroes fabricados a golpe de tinta. El siglo estaba lleno de discursos, crónicas, poemas, relaciones heroicas. Convertir Lepanto en literatura personal era un camino fácil para su talento, pero Cervantes no lo hizo. O mejor aún, no se permitió hacerlo.

Creo que fue por respeto a sí mismo. La literatura ordena el caos, le da sentido, limpieza; belleza, incluso. Pero el mozo que combatió en el lugar más peligroso de la galera Marquesa, pagándolo con sangre, sabía de sobra que aquello no fue un cuadro heroico sino atrocidad, confusión, miedo y decisiones tomadas en instantes que no admiten vuelta atrás. Contarlo bien, según las maneras narrativas de la época, habría sido probablemente contarlo mal. Convertirlo en algo que nunca fue.

Por eso sospecho que el silencio casi absoluto de Cervantes sobre Lepanto no es pudor, sino desconfianza hacia la retórica de su tiempo: certeza de que cierta clase de gloria existe, pero no es la que cuentan los libros; de que el heroísmo se limita a un instante breve, oscuro, íntimo, sin tiempo para sentirse héroe. Cuando has vivido eso ya nunca puedes leer ni escribir igual, pues la épica deja de ser inocente: se vuelve sospechosa, incluso peligrosa, porque inspira sueños de grandeza en quienes no olieron la pólvora de cerca. Y ahí es donde aparece Don Quijote de la Mancha, que no es sólo parodia, aunque lo parezca, sino ajuste de cuentas con todo eso.

Con el hidalgo loco –siempre sostuve que no tan loco en realidad– y su fiel escudero, Cervantes no usa la literatura para engrandecer la propia vida. Al contrario, utiliza su vida para corregir la literatura, consciente de que no todo se puede o debe contar. En realidad, aquel antiguo soldado no dejó Lepanto fuera de su obra, sino que lo escondió en su forma de mirar, en la ironía, en la compasión, en ese equilibrio prodigioso entre sueño y realidad que recorre toda su novela. Como si dijera: yo he visto cómo chocan el ideal y el mundo; ahora me toca contároslo.

Si lo pensamos bien, el Quijote entero puede entenderse como un videojuego moderno, campo de pruebas donde Cervantes tritura los relatos que vocean grandeza fácil. El caballero de papel, alimentado por libros, sale al mundo a buscar y confirmar un sentido heroico, y el mundo lo devuelve a la realidad con golpes, con hambre, con burlas, con miserias… ¿Qué es eso sino la puesta en escena de una conciencia que sabe de sobra que la vida no obedece a la épica?

Don Quijote cree en la literatura como mapa del mundo, pero su autor sabe que el mundo no cabe en mapas literarios. Es el contraste entre quien imagina la guerra y quien estuvo dentro. Por eso el libro es tan moderno, pues no se limita a parodiar géneros; disecciona el mecanismo mental que confunde relato con realidad. Y eso, en alguien que combatió por una patria ingrata con él, muestra una amarga lucidez. Quizá Cervantes silencia Lepanto porque entiende que el heroísmo, cuando se narra como espectáculo, se vuelve mentira. Que la excesiva exposición del hecho, por noble que sea, acaba destruyendo el concepto.

Eso es otro de los elementos que hacen tan grande el Quijote. En su novela, el autor no dice «mi vida fue heroica», sino algo mejor: «bondad, honradez y valentía hacen digna la vida». No es que esconda la memoria de soldado; es que la convierte en condición secreta, en clave oculta. De ese modo magistral, sin contar Lepanto de forma explícita, el Quijote se escribe desde su sombra. Miguel de Cervantes no quiso estropear con literatura el recuerdo del joven que fue. Pero no pudo evitar que su portentosa narración fuese, también, la mirada silenciosa de lo que un soldado español aprendió peleando por su patria y por su vida.


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03 julio 2026

De aprietos y predicamentos

Reviso este blog y uso el artilugio de búsqueda para comprobar cuándo y con qué sentido he utilizado el vocablo “predicamento”. Encuentro, para propia sorpresa, que lo he hecho en casi 30 ocasiones. Infiero, con la indagación, que la mayoría de veces he usado el término para referirme a una cierta situación incómoda o difícil (un aprieto) y solo pocas para significar reputación o estima. 

Esto me obliga a consultar el DLE y lo que encuentro, más que una definición, es una verdadera exégesis (explicación): “La voz viene del latín tardío praedicamentum, 'enunciación' o 'categoría lógica'. Hay dos acepciones: 1. Dignidad, opinión, lugar o grado de estimación en que se halla alguien y que ha merecido por sus obras.
Sinónimos: autoridad, crédito, prestigio, reputación, estimación, fama, renombre. 2. En filosofía: Cada una de las categorías a que se reducen las cosas y entidades físicas. Se dividen en diez: sustancia, cantidad, cualidad, relación, acción, pasión, lugar, tiempo, situación y hábito (así de didáctico, si no de pedagógico, suele ser el diccionario). 

Tales categorías son los conceptos más universales y abstractos que sirven para organizar, comprender y clasificar la realidad. Funcionan como pilares lógicos y ontológicos sobre los que construimos el saber. Varios pensadores han propuesto su propio sistema. Al efectuar esa revisión, he procurado resolver una inquietud: la de si al tratar de usar ese vocablo, me estaba refiriendo a la reputación o grado de estima de una persona; o si, más bien, lo había hecho para expresar una situación difícil o incómoda (un ‘aprieto’, por ejemplo). Esto es lo que encontré en Etimologías de Chile al indagar la raíz del término en referencia:

“La palabra ‘predicamento’ se refiere, sobre todo, al grado de dignidad, estimación o prestigio que alguien o algo tiene; decimos frases como “tiene mucho predicamento entre…” (un determinado colectivo). Este valor se deriva del sentido de la “capacidad para emitir enunciados que constituyen las categorías lógicas admitidas” (ver, arriba, la segunda acepción del Diccionario) que se atribuyen a un personaje que se tiene en alta consideración (o tiene gran y reconocida reputación). En lógica y filosofía esto se refiere a categorías a las que se reducen las entidades reales. Viene del latín praedicamentum (enunciado, categoría lógica que se enuncia); aparece empleada primero por Agustín de Hipona y, luego, por Boecio e Isidoro de Sevilla”.

“El vocablo se forma con el sufijo -mentum sobre el verbo praedicāre (decir o enunciar algo a un público), que nos da predicar, verbo formado con el prefijo prae- (delante de, antes de) y el verbo dicāre (indicar o proclamar solemnemente, consagrar, dedicar), de donde también indicar y dedicar, verbo con la misma raíz que dicĕre (decir, indicar, mostrar) de donde decir, bendecir, dictar, etc.” Con lo anterior, advierto que mi inquietud se bifurca y toma un nuevo rumbo; ahora lo que me interesa es saber si este vocablo está relacionado (o tiene algo que ver) con aquella supuesta “situación difícil” que había considerado… Como sería fácil deducir, ambos usos o aplicaciones del término, provendrían del latín praedicare, pero parece que hubieran evolucionado por caminos distintos y hoy tienen significados muy diferentes. Veamos:

“Predicar” es verbo transitivo; significa: publicar, hacer patente y claro algo. Son sus sinónimos: difundir, anunciar, publicar, pregonar. Implica también: sermonear, catequizar, evangelizar o reprender. Deriva del latín praedicare (proclamar, publicar en voz alta); significa anunciar públicamente una doctrina o evangelio, o amonestar a alguien dándole un consejo insistente. Predicamento, por su parte: deriva de praedicamentum (categoría o atributo). En lenguaje filosófico, alude a la afirmación o al atributo que se dice que tiene un sujeto. En lenguaje común, ha terminado significando "concepto, estimación o consideración" que se tiene de alguien.

¿Estaríamos hablando de un nuevo elemento?, o pudiera ser que hemos estado utilizando la palabra en forma incorrecta, debido a una mala traducción… Es entonces –al indagar por qué confundimos los dos sentidos del término– que hago un curioso descubrimiento: existe un motivo para que se haya extendido la acepción errónea en el uso de la palabra "predicamento" como sinónimo de aprieto o situación difícil. El error viene de que hemos traducido del inglés británico predicament, que significa “aprieto” y no de la raíz latina (en inglés americano el término equivale a predicación…). Me corresponde entonces hacer un humilde reconocimiento: aceptar que muchas veces estuve equivocado. No debería usar la voz con el sentido de aprieto sino con el de reputación o grado de estimación.

Es en el diccionario de María Moliner que encuentro la definición más clara y sencilla. Predicamento: Influencia, de una persona, debida a la estimación que tiene entre la gente: ‘Goza de gran predicamento en el partido’. = Autoridad, influencia, prestigio”.


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30 junio 2026

Nimiedades

Fui a la peluquería el otro día, quería cortarme el cabello; más bien: quería hacérmelo cortar, precisamente porque estaba desigual (justo porque había tratado de cortármelo yo mismo). Ya no voy a peluquerías para hombres en estos días; la diferencia entre una de hombres (o “para” hombres) y aquellas otras más fáciles de encontrar –aquellas a las que van de preferencia las mujeres–, es que en las primeras lo hacen a gusto del impostor (me refiero a quien “impone” su capricho, no a quien suplanta, simula o embauca); mientras que, en aquellas otras (en esas que antes se llamaban “salón de belleza”) lo hacen a gusto y pedido del cliente. Vaya, creo que tratan, por lo menos, de cumplir con su deseo o de satisfacer su predilección…

Nada hay más parecido a un confesionario de iglesia que una peluquería: uno termina desembuchando o declarándolo todo, sin tomar en cuenta que un entrometido y riguroso tribunal pudiera estar escuchando... Ahí “ya me conocen”, y no lo digo porque ya conozcan mi lacio y voluntarioso (caprichoso, testarudo y obstinado) cabello; sino porque saben quién soy, cuáles son mis temas o preferencias, cuál ha sido mi oficio y me dejan hablar de lo humano y lo divino… Todo lo anterior, justo es anotarlo, solo es un decir porque el que termina jalándoles la lengua –a las operarias de turno– soy yo, que, a pretexto de hablar del clima o de su hora de salida, terminan contándome hasta una mágica receta para elaborar limonada (añadirle una cucharadita de café).

Y yo les dejo hablar (y hablar…) mientras manipulan o mesen y reducen el espesor de mi cabello. Lourdes habla de su marido, o de sus gatos y sus perros; Martha, de los cambios del clima y de la experiencia de compartir su vida (tiene casi 60) con sus casi nonagenarios viejos. Yo ya sé de sus “calores”: “¡Qué calores que están haciendo!, ¿no?”, me comenta, apenas me siento donde tarde o temprano declararé mi participación en algún imputado entuerto. “¿O será que a mi edad ya me ganan mis sofocos?” (creo que dijo “sofoques”) confiesa, casi sin ruborizarse. Entonces menciona su obcecada menopausia, el “declive de sus estrógenos”, mientras la escucho con paciencia, hasta que me toque el turno de hablar de mis propias tragedias y cataclismos…

Medito en la palabra que tal vez usó, si sofoco o sofoque, mientras da la vuelta al sillón y me pasa el espejo para que vea la parte posterior de mi cabeza en el panorámico azogue que tengo a mis espaldas. Entonces resuelvo que, aunque ambas son formas correctas, la adecuada es la que ahora me parece que ella utilizó. Reflexiono en la cercanía que a veces encuentro entre vocablos que son muy próximos o se parecen, tales como los que hace poco me tuvieron ocupado: requiebro y requiebre –el primero sugiere piropo, halago o galantería y el segundo pertenece a la conjugación del verbo requebrar (quebrar en piezas más pequeñas lo ya quebrado)–. Miro el espejo que muestra el espeso pelambre de mi nuca, pero no estoy prestándole atención: estoy navegando en otras aguas, pienso en los términos náuticos que domina Galdós, en sus étimos y significados…

Es ya tarde y va cayendo la noche. Declino, en mérito al tiempo, el tradicional lavado del cabello (nunca sé cuál mismo es la secuencia correcta de esa parte del trámite, si primero lavar para luego cortar o viceversa). Paso entonces al otro “trono”, al de las sales aromáticas, agua tibia enriquecida con ozono, y el sinnúmero de pinzas, limas y tijeras que darán cuenta de mis inferiores adminículos, incipientes callos, ojos de pollo y reticentes uñeros. Es cuando siento la gloria y redescubro el sentido de una de las palabras más bonitas qué hay en el idioma: la palabra “alivio”. Cavilo en la importancia que otros dan a la noción de felicidad y resuelvo que me es suficiente con sentir paz y tranquilidad, esa “ataraxia” que buscaron los antiguos…

Concluidos mis trasiegos, me dispongo a satisfacer el importe de los servicios concedidos. Antes, busco en mis bolsillos suficiente calderilla que corresponda a una propina que no suene a cicatera o esquiva… Pienso en esa concesión que la aerolínea nos hacía en Singapur (reparto de utilidades) a la que llamaban “bonus” y que mal traducíamos como “bono”, cuando realmente significa “propina”… Pienso en los pasajes libres que nos otorgaban, que se conocían como “Privilege tickets” (“pasajes de privilegio”), así llamados para que no se los interprete como “un derecho”; concesión graciosa que ayudaba a cubrir el pago de impuestos… Y pienso en el curioso concepto que tiene en USA la propina para los meseros: una obligación nuestra, como si lo importante no fuese la labor de quienes preparan las viandas en las cocinas, sino el breve y apresurado trámite de servir a la mesa lo que hemos pedido...

Nota final: creo que debo una disculpa por el abuso de los paréntesis en esta entrada. Dice El buen uso del español de la Academia, que ellos sirven para insertar información aclaratoria o complementaria. A mí me da pena que no los usemos en el lenguaje hablado; solo se los usa (y abusa) en la lengua escrita…


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