13 marzo 2026

Apuntes al artículo anterior

Ese “Maestro”, así con mayúscula, que menciona Martín Caparrós en su artículo La palabra América, publicado en la entrada anterior, se refiere (¿a quién más?) al escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) autor de la enigmática frase allí entrecomillada. Ella pertenece a un extraño poema titulado “El Gólem”, que Borges habría asegurado que, si tuviera que elegir cinco poemas que le sobrevivieran, aquel ya legendario escrito sería uno de ellos. Está incluido en el libro El otro, el mismo (1964); allí Borges, que es reconocido por su estilo repleto de simbolismos, metáforas y acertijos, utiliza esos versos para explorar el poder de los nombres, la relación entre palabra y cosa representada o la cábala hebrea evocando una tradición: la creación de un ser antropomórfico mitológico, común en el folclore judío, el Gólem.

La cita auspicia la idea de que el lenguaje (el nombre) contiene la esencia del objeto que describe. Un gólem es creado a partir de materia inanimada (barro o arcilla), que cobra vida mediante rituales mágicos; simboliza al protector de comunidades. Es una creación sin alma, incompleta, que se asocia con el peligro de la soberbia humana al intentar imitar la creación divina. Su origen lo sitúa en la Praga del siglo XVI, creado por un rabino, aunque sus raíces estarían en la Biblia y el Talmud. En hebreo, gólem se refiere a una sustancia informe; representa la obediencia, pero a veces esa criatura pierde el control y se vuelve una amenaza. Según la RAE, se debe escribir gólem (con tilde), su plural es gólems. En esencia, el gólem es solo un remedo de hombre, encarna tanto el deseo de protección como los peligros de una creación sin alma. 

De otra parte, he querido indagar el motivo para que algo tan simple como la palabra “rosa” haya llegado a tener un significado tan inescrutable y hasta místico. Aquello supera el simbolismo. Encuentro en un artículo previo de este mismo blog (Historia de dos enamorados) lo siguiente: Fue Gertrude Stein, en los años de la Primera Guerra Mundial, quien escribió un poema y popularizó una frase que habría de convertirse en famosa: “La rosa es una rosa es una rosa es una rosa”, cuyo sentido en nuestro idioma sería algo parecido a "así es como pasa en la vida" o "las cosas son lo que son". Parece que por mucho tiempo se utilizó a la rosa como símbolo en filosofía; habría sido Pedro Abelardo (1079-1142), quien supo darle a la palabra rosa el diverso contenido con que se la identifica, tanto en los asuntos relacionados con la filosofía como en aquellos otros relacionados con las cosas de toda la vida. Gertrude Stein (1874-1946) fue una novelista, poetisa y dramaturga estadounidense que vivió en Paris desde 1904, y permaneció ahí por el resto de su vida.

Pero no sería debido a Stein ni a Abelardo, famoso poeta y monje francés, que ese nombre –el de la rosa– pasaría a formar parte de la inquietud que hoy nos ocupa. Habría que estar familiarizado con la novela del semiólogo piamontés Umberto Eco, El nombre de la rosa, para –llegados al Último folio– averiguar por el motivo para que el autor hubiera intitulado de ese modo su obra. Ahí, en los renglones finales, Eco revela, como sin saber ni para qué, la frase misteriosa: “stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus” (“La rosa se mantiene fiel a su primer nombre, solo conservamos los nombres vacíos”); que equivale a decir: "de la rosa original sólo queda su nombre"; o, si se prefiere: "al final solo quedan los nombres".  La extraña frase  pertenece a un poema de Bernardo de Cluny (o de Morlaix), cuyo célebre dístico le ha permitido ser reconocido como "maestro del arte formal”, habiendo escrito De contemptu mundi en metro riguroso.

En "Apostillas al nombre de la rosa", minúsculo librito escrito por el mismo autor, se aclara –en su primer capítulo– la razón para el título de la novela y su significado. Eco recuerda que Abelardo se apoyaba en el enunciado nulla rosa est (no hay rosa) para mostrar que el lenguaje sirve para referirse a lo que existe y a lo que no. Confiesa que su primera opción fue La abadía del crimen, pero la descartó por temor a que se imaginara una intriga policíaca. Luego propuso Adso de Melk, para disgusto de los editores (ellos repudian los nombres propios). Al final, la idea de El nombre de la rosa, se le habría ocurrido por casualidad: “la rosa es una figura simbólica tan densa –dice– que, por tener tantos significados, ya casi ha perdido todos”. “Lo que de veras cuenta –concluye– es que el título debe más bien ‘confundir las ideas’, y no regimentarlas”.

Hacia el final del prólogo (Naturalmente, un manuscrito) Eco sugiere que, con la lectura, corremos el riesgo de repetir con Tomás de Kempis, canónigo agustino del siglo XV, y autor de la Imitación de Cristo: “In omnibus requiem quaesivi, et nusquam inveni nisi in angulo cum libro” (“Busqué descanso en todo y no encontré nada, excepto en un rincón con un libro”). No olvidemos que en línea con la técnica usada por Cervantes (la del “manuscrito encontrado”) y Cide Hamete Benengeli, Eco creó también un autor apócrifo para otorgar mayor veracidad (y, quizá, una nada contenida ironía) a su seductora y sorprendente obra.


Share/Bookmark

10 marzo 2026

La palabra América *

  * Escrito por Martín Caparrós, para El País de España

Mentimos: nos mentimos sin parar porque hace cinco siglos un señor mintió. Mintieron dos, en realidad. Primero mintió uno; después otro le creyó y mintió en consecuencia. Años más tarde el segundo señor intentó desmentirse: dijo que el primero lo había engañado y que lo perdonaran y olvidaran lo que él había dicho. Lo olvidaron a él: lo que había dicho ya pasaba por verdad porque muchos lo habían repetido, y lo seguían repitiendo. Así fue como todo un continente recibió el nombre de un farsante florentino, ese primer señor. MAGA, mucha MAGA.

Ese primer señor era un muchacho de buena familia, padre cambista de divisas, madre con sus dientes, casa con biblioteca, amigos poderosos en la ciudad más culta de esos días. El muchacho, Amerigo Vespucci, había nacido en 1454 y se educó leyendo, escuchando sabios parlanchines, disfrutando de los mejores cuadros y sus modelos de más carne que hueso. Así, medio siglo después, cuando llegó el momento, no le costó mucho escribir unas cartas donde contaba ¿sus? viajes a esas tierras que Colón había encontrado poco antes. Esos viajes quizás existieron, quizá no: todavía se discuten. En cambio, una de las cartas, Mundus Novus (1507), existió y fue un best seller en las ciudades de aquella Europa: decía confusamente, por primera vez, que quizás esas costas lejanas fueran un continente nuevo. Y así fue como un cartógrafo belga, Martin Waldseemüller, autor del primer mapamundi que lo incluyó, lo bautizó con la palabra América, en homenaje al florentino que tan bien la contaba.

Al principio pocos lo discutieron. El nombre sonaba bien: Amerigo le debía el suyo a su abuelo paterno; a sus hermanos les tocaron otros parientes (uno se llamó Girolamo y el otro Antonio; es un azar —uno entre tantos— que nuestro continente no se llame Antonia o Girolamia.) Y Amerigo, ya Américo Vespucio, continuó su carrera como organizador de expediciones y armador de barcos para los Reyes de Castilla, que terminaron por nombrarlo “natural de sus tierras” —un inmigrante con papeles— y piloto mayor. Años después, cuando las incoherencias de sus escritos avivaron las dudas, cuando el cartógrafo belga pidió disculpas por difundir mentiras y cambió en sus mapas el rótulo de América por el de Terra Incognita, cuando el padre Bartolomé de las Casas y otros sabios insistieron en que si un hombre debía darle su nombre al continente era Cristóbal Colón, ya era demasiado tarde: el nombre falso se había impuesto.

España, la okupa principal, no lo usó mucho: durante siglos siguió hablando de Indias. Pero en el resto de Europa, América fue el nombre, y terminó de afirmar algo que sospechábamos: que muchas veces contar las cosas te recompensa más que hacerlas. Así, cuando las 13 colonias inglesas se deshicieron de su rey, decidieron incluirlo en su título oficial: los Estados Unidos de América. Desde entonces sus ciudadanos intentaron llamarse americanos. Podrían llamarse estadounidenses, pero quién pronuncia semejante adefesio; ellos, sin duda, no: no son tan refinados. Así que así se llaman, con esta palabra que no tendría que existir. Sería otra marca de la supuesta excepcionalidad norteamericana: que se apropiaron del nombre, que nos dejaron a todos los demás americanos sin un nombre propio y que sería, entonces, alguna forma de justicia que el nombre que nos robaron sea una mentira.

El problema es que tantos lo son. Yo nací en una ciudad llamada Buenos Aires, aunque nunca los hubo, capital de un país llamado Argentina —de argentum, plata, aunque tampoco la hubo nunca. Que el nombre del continente también sea una farsificación sólo termina de romper la regla del Maestro: “… si el nombre es arquetipo de la cosa / en las letras de rosa está la rosa / y todo el Nilo en la palabra Nilo”. No, en las letras de América vive el fantasma de aquel farsante florentino, y es normal: ya sabemos que un nombre es una mentira compartida, una trola común —y más cuando es el nombre de una “patria”, la mayor de todas.


Share/Bookmark

06 marzo 2026

Un curioso símbolo (¶)

No, no es exactamente un símbolo ortográfico, lo conocen como signo de calderón (así sin mayúscula inicial para diferenciarlo del apellido). Es un símbolo –casi una letra– que, en edición, marca el fin de un párrafo o un salto de texto y que, generalmente, no se lo ve. Se lo utiliza principalmente en tipografía o en los procesadores de texto para apreciar gráficamente lo indicado o mostrar espacios en blanco, con el objeto de facilitar la edición y el formato del documento. Lo conocen también como “pié de mosca” o antígrafe, palabra que no ha sido incluida todavía en el Diccionario de la Academia de la Lengua. Un calderón es pues una gran caldera.

El símbolo (¶), una especie de P invertida, asoma en la parte superior de las viñetas de nuestros ordenadores para significar que al presionar dicho signo se puede “mostrar todo”; es decir sirve para identificar en mejor forma la estructura general del documento al que se dedica la edición. El uso del antígrafe (lo llaman“pilcrow” en inglés) se popularizó en la Edad Media con la finalidad de separar los temas cuando los párrafos no se sangraban ni dividían visualmente. Esto es lo que dice el RAE respecto al sustantivo “calderón”:

La palabra calderón es el aumentativo de caldera. Tiene las siguientes acepciones (relacionadas):

2. m. Signo ortográfico auxiliar (¶) que se empleaba para señalar el comienzo de párrafo y se usa hoy para introducir alguna observación adicional en el texto.

3. m. Signo de los antiguos contadores (ID) con que se denotaban abreviadamente los millares.

4. m. Imprenta. Signatura de los pliegos que no formaban parte del texto principal.

Lo que sigue es un extracto elaborado con ayuda de la IA:

El calderón es un signo tipográfico (¶) utilizado antiguamente para marcar los diferentes párrafos. Se lo llama también “signo de párrafo” o antígrafo (del latín anti, antes, y grafo, gráfico). No es un símbolo alfabético y varía según el tipo de letra (font), pero la forma mostrada aquí (¶) es la más común. Generalmente se lo representa como una letra P mayúscula al revés, con doble astil vertical, pero también se lo puede dibujar situando la sección redonda hacia abajo asemejándola a una “d” minúscula.

Historia y etimología: 

El calderón se originó en la Edad Media para separar las ideas en un texto, antes de adoptar la práctica habitual de separar párrafos independientes (esto es, mucho antes del descubrimiento de la imprenta). Fue utilizado por monjes y copistas para organizar sus tareas de escritura. Para su figura se utilizó una C, para significar capitulum (párrafo o capítulo), que con el tiempo fue cruzada por una línea vertical a su derecha (formando una “d” invertida –de arriba para abajo– o como una P al revés). Luego se le habría añadido una segunda línea vertical para, finalmente, colorear de negro el espacio entre la curvatura de la “C” y la primera línea vertical. Se sabe que hacia 1930, un tal Eric Gill lo habría usado (para separar párrafos y designar el inicio de nuevos párrafos en un texto más largo) en su libro Un ensayo sobre tipografía.

Usos actuales: 

Actualmente se lo utiliza en textos impresos para señalar alguna observación sobre lo escrito. Es el símbolo que representa la función «mostrar todo» en los editores de texto más habituales. Dicha función muestra en pantalla las marcas de inicio de párrafo (o de separación entre ellos) y otros símbolos de formato ocultos. 

Forma o figura:

El símbolo de párrafo o calderón (¶) recibe su nombre por analogía con la forma de un caldero o una olla con patas (forma de P invertida); fue utilizado en los manuscritos medievales para marcar el inicio de un nuevo capítulo o párrafo. Se originó como una C cruzada por una línea, abreviando el latín capitulum (capítulo). Su forma es la de una letra P invertida con doble astil (mango que tienen las hachas, azadas y otros instrumentos) a veces descrita como "pie de mosca". Aunque hoy el párrafo se marca con el punto y aparte, el calderón ha quedado como un símbolo de edición y sirve para ser usado en algunos contextos relacionados con el diseño.


Share/Bookmark

03 marzo 2026

Dos expresiones innecesarias

Es curioso como una nueva expresión (muchas veces innecesaria) se va enquistando en el habla burocrática. Hasta daría la impresión de que si no se la usa se pudiera pensar que quien expone no tiene el suficiente conocimiento o la capacidad necesaria para desempeñar su cargo o función. De pronto, cualquier chorrada o extranjerismo adquiere documento de ciudadanía, y eso se torna suficiente. Simplemente, “ya está” y aquello se convierte en regla de uso, incluso llega un momento que lo “reconoce” la Academia (como si ello fuese suficiente) y eso basta. Pun, ¡hágase la luz! Y se ha creado así una nueva locución que todos quieren utilizar… Una es “poner en valor”; y, otra, “mandar a guardar”.

Poner en valor

Hace una generación, mientras formé parte de un comité municipal, me llamó la atención el súbito abuso de una cierta expresión en los ambientes burocráticos. De pronto, todo había que “poner en valor”. Dice el diccionario de la RAE que poner en valor (algo o a alguien) es una locución verbal que significa “Dar valor o relevancia, destacando sus virtudes o sus cualidades”. Venía siendo testigo del abuso innecesario de la expresión, hasta que el otro día encontré un artículo en una revista deportiva, que refería las primeras actividades e impresiones del nuevo técnico del Real Madrid, quien “no había hablado acerca del tipo de juego que va a practicar, pero sí que “se han puesto en valor los valores del madridismo” y la importancia de luchar hasta el final… ¡Ostias!, “poner en valor” los valores... ¡Por Dios, lo que nos faltaba!

"Poner en valor" significa destacar, realzar o hacer más apreciada la importancia, cualidades o beneficios de algo o alguien, resaltando sus características únicas para que sean reconocidas y valoradas por otros, a menudo implicando acciones para que un bien (cultural, industrial, académico, etc.) sea apreciado y útil. Aunque es una expresión correcta en español (similar a poner en peligro), se la critica por ser un galicismo (del francés mettre en valeur) que puede sustituirse por "destacar", "valorar" o "poner de relieve”; o, también: resaltar, subrayar o impulsar su valor e importancia. Además de que pueda sonar afectado y redundante.

Mandar a guardar

Un día fui a recoger a mis hijos del colegio, y cuál no sería mi desilusión al escuchar a una joven estudiante, que por el mismo portón salía, referirse a alguien –alguna persona que probablemente había enfermado o envejecido– que estaba “hecho verga”, para expresar que a su criterio tenía mal aspecto… Aquel episodio debió causarme una pésima impresión respecto a palabras que nunca debieran provenir de los labios de una dama y, menos, de quien aspira a convertirse con el paso del tiempo en una… Algo parecido siento en estos días cuando escucho a los relatores deportivos; quienes, para comunicar que alguien ha logrado convertir un gol, usan la  tosca y pedestre expresión “la mandó a guardar”.

Cuando he indagado por el sentido que tan vulgar locución pudiera tener en otras partes, me he topado con una interpretación que no dudo que debe estar equivocada. Dice que: "Mandar a guardar" es una expresión coloquial, usada en algunos países, que significa obligar a callarse, detener una acción o retirarse ante una actitud impertinente. Es una forma de ordenar que alguien "se guarde" sus opiniones, con tono despectivo o autoritario.  Equivaldría a "mandar a callar". Su uso, sin embargo, se ha venido generalizando en el ambiente deportivo, sin advertir que representa una vulgaridad. No parece siquiera una forma de lenguaje sicalíptico (malicia sexual o picardía erótica): se lo enuncia como si se tratara de un mantra, como si fuera una torpe forma de tautología, por pura moda y como muestra de la más supina ignorancia.

Pero, como dicen por ahí, “hablemos la plena”, es decir: digamos la pura verdad, no le demos más las vueltas, hablemos sin circunloquios. Basta revisar los diccionarios de localismos y comprobar sus sentidos: tener coito, penetrar sexualmente, fornicar; o, también –y por extensión–: explotar; aprovecharse; perjudicar; abusar, embaucar, engatusar. No puede significar, por lo mismo, aquello de convertir un gol. ¡Eso, nunca!

Y para terminar…

— Ah, y una cosita más, señor de Bakesrsviille

— Sí, dígame usted, teniente Columbo

— Nunca, pero nunca de los nuncas, vuelvan a darle otro premio a ese tal Fermín

— ¿Y cuál sería el motivo, señor inspector?

— Es inaceptable que diga que ha convertido un “hot trip” (viaje caliente). Convertir tres goles en un mismo partido tiene su premio; se dice en inglés “hat trick” (truco del sombrero), pues hay que ser un mago para lograr esa hazaña. El “hat trick” es una expresión que el fútbol heredó de una tradición que existe en el cricket. ¡Buenas noches, señor!


Share/Bookmark

27 febrero 2026

De transiciones y otras ‘virguerías’

Creo que nadie tiene claro qué mismo quiso hacer Trump con la abducción de Nicolás Maduro en Venezuela. En blanco y negro, nadie entiende cuál fue su real propósito o motivación, si –como luce evidente– la misma camarilla sigue gobernando en el país caribeño. No solo eso, parecería más bien que tanto las fuerzas armadas “bolivarianas” como el grupo ideológico que sigue mandando en la antes boyante nación latinoamericana, sigue gozando de los mismos privilegios que le otorga su sesgado e intransigente autoritarismo. A pesar de que se han amnistiado unos pocos presos políticos, las libertades siguen coartadas y no se ha dado espacio para que otros sectores, no afines al oficialismo, sean invitados a participar en la toma de decisiones o para propiciar un inédito sistema diseñado para que algo cambie.

Visto así, parecería ingenua –para no calificarla de necia– la iniciativa de retorno a su país que habrían emprendido muchos de los venezolanos que han emigrado (25% de la población) y que andan como judíos errantes, si no como pordioseros, por el mundo. Se ha hablado de una “hoja de ruta”, proceso que llevaría primero a una recuperación económica y que pasaría por un proceso jurídico (a manera de transición política) antes de que se convoque a nuevas elecciones y se produzca un traspaso de poder a quienes fueren elegidos. Pero, insistimos, nada está claro, no se sabe si el móvil fue estrictamente económico sin importar el ansiado retorno a un régimen democrático; o, si será el factor político el que determinará la agenda. Han pasado más de dos meses desde la caída de Maduro y aún no ha pasado nada.

Se habla de transición pero nadie sabe cómo va a producirse ni en qué consistiría. Como leí en un picante comentario: “La escena es casi cómica si no fuera tan trágica: se celebra la libertad con escolta extranjera, se habla de soberanía en voz baja y se descubre que la transición incluye petróleo, generales y un manual de instrucciones en inglés. Venezuela aprende que, a veces, derrocar al dictador es solo el tráiler. La película –larga, confusa y sin subtítulos– recién empieza ahora”. Por lo mismo, ¿qué va a pasar? Dio lástima ver la ingenuidad con que pueblo y oposición celebraron el “traslado” del señor Maduro. Los venezolanos parecían felices de haber vendido su alma al diablo. No saben lo que realmente les espera. Nadie lo sabe con certeza. Lo cierto es que han perdido su soberanía y todos parecen estar contentos…

Hablando de transiciones, hace poco leía un artículo de Aurora Nacarino en el que hacía comparaciones entre el eventual proceso a llevarse a cabo en Venezuela y el que vivió España hace 50 años con la muerte de Francisco Franco. “Lo que sucedió en España –decía– no sirve para anticipar lo que pasará en Venezuela, pero puede servirnos para entender mejor cómo lo hizo España. Allí se eligió una reforma, para lo cual Torcuato Fernández-Miranda inventó una ‘virguería jurídica’: una transición escalonada que permitió superar la fase autoritaria y lograr la madurez democrática”. Y seguía: “Cierto que (en el caso venezolano) el tema del petróleo le resta legitimidad a lo consumado; pero no parece que se vaya a empezar por lo político y luego a continuar con lo jurídico. Quizá sea preferible ir al revés, ‘dar por buenos esos bueyes e ir arando’. Pues, aunque se tenga que esperar, lo que de verdad importa es afianzar primero la seguridad jurídica”.

Se refiere así Nacarino a la habilidosa fórmula —y sagaz normativa jurídica— redactada por Fernández-Miranda, instrumento que permitió desmontar el régimen franquista con la aprobación de las Cortes, nombradas pocos años atrás por el propio generalísimo, asunto que alguna vez también fue conocido como el "hara-kiri franquista". A este respecto, se me hace oportuno hacer una breve disquisición léxico-semántica en referencia a una voz poco usada en América, quizá por sus significados no solo disímiles y oscuros sino incluso algo contradictorios. Me refiero a la palabra ‘virguería’.

Virguería puede significar algo hecho con esmero, en forma excelente, cuál si fuese una filigrana; pero también, algo insulso, torpe e insignificante. Para el caso que nos ocupa, se trataría de una herramienta o recurso muy hábilmente diseñado que ayudó a salir de una situación que no tenía aparente solución, una maniobra genial, algo que sirvió para salir del atolladero o que facilitó llegar al remedio o la solución. Dice el diccionario que virguería es femenino y que tiene dos acepciones: 1. Adorno, refinamiento añadido a alguna cosa o trabajo; y 2. Objeto, asunto, conversación, etcétera, sin importancia. Sus sinónimos son: floritura, adorno, exquisitez, primor, filigrana. En cuanto a su etimología, el vocablo vendría de virguero, que es quien ‘compone el virgo roto’, su trabajo es fino y delicado. Por lo mismo, a una tarea que se ha hecho con esmero, finura y delicadeza, cual la realizada por un buen orfebre, se la llama de esa curiosa manera. 


Share/Bookmark

24 febrero 2026

Un escorzo musical *

  (*) Boceto # 88. Tomado de las Prosas Apátridas Completas. Julio Ramón Ribeyro.

Llegan puntualmente a las cinco de la tarde al bar de la clase turista, con su uniforme negro, un patético aire de enterradores. Uno desenfunda su violín, el otro su violoncello y el tercero se sienta ante el piano, reparte las partituras, da la nota y ataca la melodía, seguido de sus compañeros. Es una música pasada de moda, pegajosa, sentimentaloide, pretenciosamente selecta, pero al mismo tiempo con un airecillo popular, como aquella que se escucha en las efemérides de provincia o en los salones de té de dudosa categoría. La tocan además sin júbilo ni interés, ni siquiera como quien se aplica a un deber, sino como quien cumple una penitencia.

El pianista es calvo, usa anteojos, la estructura de su cara es recia, un poco a lo Cro-Magnon, tiene la expresión de un hombre amargado, colérico, descontento de su suerte, pero destinado por su función a ser un mensajero del esparcimiento y un símbolo de la alegría de vivir. Tan sólo en ciertos finales de la pieza su personalidad emerge y entonces jadea, bufa, golpea el piano con un vigor que el público toma por inspiración, pero que no es más que malhumor reprimido. Luego de las cinco piezas de reglamento, y a pesar del pedido de un público aburrido y embrutecido, corre el pulgar por todo el teclado y tira la tapa del piano sin que un músculo de su cara se mueva, dando a entender así que el concierto ha terminado.

El cellista es extraño, ¿qué clase de miseria es la suya? Empecemos diciendo que conserva el cabello en toda la cabeza, pero tan ralo, tan descolorido y pegado al cráneo que de lejos da la impresión de ser tan calvo como el pianista. Bajo los ojos no avanza, sino que está allí, adherida no se sabe cómo, la más triste nariz que he visto en mi vida: larguísima, desolada, un poco asimétrica, como si estuviera puesta adrede para que demos de ella de tirones o tratemos de enderezarla. Todo el rostro soporta esta nariz con cierta vergüenza, diríase que se excusa de sobrellevarla, los ojitos miopes que piden perdón tras los anteojos, la boquita fruncida en una O perpetua y el bigotito bajo tan infamante instrumento. Digamos por último que este hombre no tiene mentón, hasta el punto que su cara parece una prolongación de su garganta.

El violinista es un sobreviviente de la época de oro de la ópera italiana. No sé por qué da siempre la impresión de estar maquillado y sobre tablas. Es el típico buenmozo, pero un buenmozo triste que por alguna razón no supo sacar partido de su belleza. Conserva todo su cabello muy tupido pero completamente canoso, de modo que no se sabe si es un viejo que ha tenido la suerte de no perder el pelo o un joven que encaneció antes de tiempo. En todo caso este hombre confía aún en su fuerza de seducción, sobre todo en la de su mirada. Tiene, como se decía en Francia hace un siglo, du regard

Este hombre, antes de empezar el concierto, mientras afina su arco, pasea su regard por todo el auditorio y lo detiene de preferencia en las mujeres cincuentonas. Cree producir efecto. ¡Ah, tristísimo buenmozo diletante, empecinadamente italiano! Es el único además que viene siempre con el uniforme impecablemente planchado y el que agradece los aplausos después de cada intervención, levantándose ligeramente de su asiento para hacer reverencias y rapidísimas venias a derecha e izquierda. A él están encomendados además los trozos de lucimiento, que ataca con energía, agitando su melena blanca y elevando de vez en cuando, por encima de su partitura, su regard sobre las mujeres. Comprendo que este hombre, hace cien años, con esos gestos y esos pavoneos, tuviera éxito entre las damas románticas de los pueblecitos. Ahora es un payaso y el típico marido cornudo de las piezas de Pirandello.


Share/Bookmark