Volé tantas veces sobre Baños y estuve tan escasas veces ahí, que desde hace mucho quería visitarla. Ya una vez, cuando los hijos eran chicos, pernoctamos ahí, cruzamos el puente, disfrutamos del Salto del Agoyán, e intentamos continuar hacia el Oriente por el sinuoso e intimidante camino que, siguiendo al borde mismo del precipicio, conectaba el lugar con la diminuta población de El Puyo, capital de Pastaza. Postergamos la aventura para efectuarla más tarde; pudo haber sido para ellos toda una experiencia ir a Shell Mera, el sitio donde su padre había empezado a pilotear los aviones de TAO, cuando aún no había cumplido veinte años…
Fue esa pernocta, la efectuada en Baños (“Baños de Agua Santa”, para los amigos), una de las pocas que habría de efectuar ahí por esos casi olvidados años. Después, no lo haría por cuarenta. Por ello, esta vez me dejé arrastrar por esa marea que lleva a mis primos maternos a efectuar paseos ocasionales, con el propósito de cuidar y estimular ese sentimiento que nos regala el hecho de compartir la estirpe. Nada hay que acicatee mejor nuestros recuerdos que eso que otros llaman, con harta razón, “la patria de la infancia”. Asunto que, aunque suene contradictorio, no habla de un lugar en el espacio sino de una coyuntura en el tiempo.
Por esos años, los aviones hacían su mantenimiento en Quito, durante los fines de semana. Los pilotos “bajábamos” los aviones a Pastaza en lunes o martes y retornábamos en viernes o sábado. En raros casos, los pilotos viajábamos por tierra (requería de siete horas). Eran todavía “los albores de la aviación” en el Oriente; en TAO conocíamos una fórmula para volar en el paso: un procedimiento que utilizábamos para cruzar la cordillera a un nivel no muy alto. Pero no consistía en ningún “secreto”; lo verdaderamente importante era saber ubicar las respectivas referencias para iniciarlo: la laguna de Yambo, si estábamos en condiciones visuales o la estación de radio Paz y Bien, si volábamos en instrumentos. Esto nos ayudaba a tener la referencia exacta del puente donde se juntan los ríos Patate y Chambo; o, aún mejor, de la población de Baños.
La vía original había sido inaugurada por el presidente Velasco Ibarra en 1947 (fue ese el camino que conocí). Era una cinta lastrada, sinuosa y estrecha; era, quizá, la carretera más peligrosa del país. Desde 2004 (gobierno de L. Gutiérrez) la ruta se ha hecho mucho más corta (son solo 80 km y dispone de siete túneles), goza de buena señalización y ofrece un ponderable sentido de seguridad. El trámite se ha reducido considerablemente: ya nadie coquetea con el abismo y se puede ir de Baños al Puyo en menos de una hora. Esto ha ayudado a impulsar el bienestar de los moradores de la zona y la economía del sector; ha estimulado, a su vez, la economía y el turismo, y se ha convertido en un importante factor de integración regional. Pudimos visitar las viejas instalaciones de TAO… fue un momento para la nostalgia y la remembranza. Ya sin los Dakotas ni el “Murialdo”…
De Puyo tengo poco que decir: su crecimiento ha sido tan vertiginoso y exponencial que nunca pude reconocer dónde realmente me encontraba; tampoco pude definir su nuevo trazado. Baños, por otra parte, ha disfrutado de tanto progreso –como ciudad y como centro de desarrollo turístico– que aquello no merece sino el calificativo de admirable. Son las diez de la noche de un fin de semana y hay tanta gente disfrutando del ambiente de las calles, que no sorprende encontrar negocios abiertos y lugares de diversión por todas partes. La ciudad es ya un referente exitoso en la sierra central. Aquí no se han dejado de ofrecer variados atractivos y diversas actividades y distracciones en los alrededores. Hay gente y bullicio por doquier.
Baños goza de elementos que refuerzan sus atractivos: excursiones, deportes extremos, amén de otras actividades. Posee una generosa oferta hotelera, así como gran variedad de miradores. Esta es una ciudad de 25.000 habitantes que cuadriplica su población en tiempo de vacaciones, feriados y fines de semana. ¿Cómo, un lugar así, un sitio de paso y peregrinación, se convirtió en un centro de turismo sin parangón? Sorprenden atalayas ubicados al otro lado del río, se llega allí tras un recorrido temerario, vertiginoso y demencial, a pesar de la niebla persistente. Se descubre ahí, en aquel insólito paraje, la silueta de un avión…
La niebla va y viene. Es el suyo un juego travieso y obcecado. Al principio me parece reconocer una Cessna 182, la distancia difumina su registro: HC-PFL sugiere la cicatera legibilidad. Amplío una toma fotográfica y confirmo su matrícula, para cotejarla con el Registro Aeronáutico: es una B lo que parecía una P… HC-BFL: es un avión STOL ya dado de baja; se trata de un Súper Helio Courier H-295, un diminuto avión capaz de movilizar seis pasajeros y de operar en pistas cortas. Perteneció al Servicio Aéreo Regional, (un viejo operador aéreo del Oriente que sirve a las comunidades); el aparato fue fabricado en 1967, y estuvo equipado con un motor Lycoming de 295 caballos. Resulta evidente que subió al cerro desarmado. Es poco probable que haya aterrizado en ese farallón por sus propios medios, es ese un terreno en demasía ventoso y escarpado…

