30 octubre 2026

Nos llaman viejos… *

  * Escrito por Arturo Pérez-Reverte

Nos llaman viejos, oigan. A ustedes y a mí. La última vez fue hace unos días en una red social. Cállate, viejo, fue el mensaje. Con tuteo incorporado, muy campechano. Lo soltó un fulano, supongo que joven, convencido de lo que decía. Estúpidamente honrado, imagino, como tantos. Creyéndoselo de verdad. Y me quedé pensando, claro; lo pensativo que te deja, puesto el pie en el estribo, ver a un tiñalpa explicarte el mundo sin haberse limpiado aún de la boca la leche que mamó. Porque hay que ser atrevido, o muy idiota --o atrevidamente idiota--, para usar la edad como insulto, o pretender que lo sea.

Llamar viejo a un fulano de casi 75 años es algo objetivo y razonable; pero hacerlo en tono despectivo es un error. Aquel infeliz no lo sabía, combinada estupidez con redes sociales: la ignorancia produce pollitos de corral convencidos de ser águilas imperiales. Nos llaman viejos porque creen que la vida empieza con ellos. Confunden juventud con inteligencia, redes sociales con profundidad y opinión con conocimiento. Viven en un presente perpetuo donde lo anterior es sospechoso y lo posterior, inexistente. Nadie les ha explicado, ni en el cole ni en su casa, que el paso del tiempo no es problema ajeno, sino un pistolero paciente que espera en la puerta con sonrisa tranquila y una libreta con tu nombre. Viejo es el yogur caducado de la nevera, viejo el discurso reciclado que se vende como nuevo, vieja la rebeldía de catálogo, el inconformismo con patrocinio, la camiseta con eslogan, la falsa originalidad de tanto cantamañanas gregario.

Los que tenemos tres cuartos de siglo en la mochila también fuimos imbéciles, e incluso nos esforzamos en serlo. Pero entonces no existían medios para exhibir nuestra imbecilidad en alta definición, ni competíamos por el aplauso inmediato del rebaño digital. El imbécil, hasta que dejaba de serlo –algunos no dejaron de serlo nunca, pero ésa es otra historia– tenía que currárselo en persona y asumir las consecuencias. Vimos modas nacer y morir, ideologías irse al carajo y héroes convertirse en basura cuando no teníamos red protectora; cuando equivocarse tenía un precio y cuando los estacazos –metafóricos o reales– enseñaban más que cien tutoriales. La criatura que nos llamó viejos a ustedes y a mí, compañeros de calendario, ignora que la edad es munición y adiestramiento para usarla, que cada año vivido es una bala con pólvora de experiencia, que no envejeces acumulando puntos de fidelidad sino sobreviviendo a fracasos, decepciones, traiciones y muchas metidas de pata propias. Y que eso educa, endurece. Enseña a mirar.

Nos llama viejos quien se cree inmortal porque tiene pocas cicatrices, o ninguna, y no ha enterrado a nadie querido. Nosotros, en cambio, hemos vivido guerras reales o figuradas, aventuras, romances, heroísmos y cobardías propias y ajenas. Hemos visto caer cosas que parecían indestructibles y levantar ídolos eternos que duraron un suspiro. Hemos amado con torpeza y perdido con elegancia, sufrido heridas que no salen en las fotos, matado y muerto mil veces, sostenido manos mientras se apagaban, pagado altos precios sin las tarjetas de crédito de papá y mamá. Y nuestra edad proporciona una ventaja: no hay nada que demostrar. Ya no compites, observas. No presumes, recuerdas. No te apresuras, caminas; estás demasiado cansado para correr. Y sabes lo que muchos jóvenes y muchos tontos –no son sinónimos, aunque a veces lo parezca– ignoran: si un lobo viejo no caza y muerde, a menudo no es porque no pueda hacerlo, sino porque hasta el hambre le da pereza. Ya no pretendes aparentar, sino ser. Conoces, porque lo practicaste, el silencio respetuoso ante quien vivió más de lo que tú has leído, visto o imaginarás en toda tu vida. Aprendiste, en fin, lo mejor del ser humano: callar cuando no sabes y opinar sin miedo cuando crees saber.

Por eso me hizo sonreír el piolín que nos llamó viejos. Aún no es consciente de ello, pero le incomoda que existamos porque somos la prueba de que su momento pasará más rápido de lo que supone. Hay jóvenes educados y peligrosamente inteligentes; pero éste no era de ésos, sino de los que confunden insolencia con carácter y falta de respeto con personalidad. De los que creen que ser joven es mérito propio y no circunstancia pasajera. De los que se chotean de las arrugas ignorando que cada una es una factura pagada.

Así que no se equivoquen. Los viejos no exigimos respeto automático, homenajes ni aplausos compasivos. No necesitamos que nos cedan el asiento: al contrario, somos de los pocos que todavía lo ceden. Pero otro cantar es que una recua de niñatos sin media hostia nos use como saco de boxeo para esconder su clamoroso vacío. Porque sí, en efecto. Tengo 74 años. Y usted, colega lector, hombre o mujer, sesenta u ochenta y tantos, o los que diablos tenga. Si eso es ser viejo, bendita y digna vejez. Mejores son nuestras canas ganadas a pulso que la arrogancia estacional; mejores nuestros silencios que la verborrea analfabeta; mejor nuestra escéptica mala leche, cuidadosamente destilada por la edad, que los entusiasmos sin fundamento. Porque al final, cuando el tiempo haga su trabajo –que siempre lo hace sin piedad ni disculpas– nosotros ya habremos estado allí. Quien nos llama con desprecio viejos no sabe lo cara que se paga la vida. Y cuando llegue su turno, si no es del todo estúpido, comprenderá que los supervivientes que hoy somos no lo miramos con ira: lo hacemos con ventaja, con calma, con la superioridad que dan los años. Y desde esa imbatible altura, unos cuantos viejos –usted, muchos otros y yo– nos ciscamos en su puta madre.


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27 octubre 2026

Fiducias y fideicomisos

Acudo a Etimologías de Chile para averiguar el origen de “desahucio”. Intuyo que quizá no tenga una implicación puramente médica, la he oído desde mi niñez relacionada con el desalojo inmobiliario. Ya el DLE define el vocablo como: Acción y efecto de desahuciar (despedir a un inquilino), siendo sus sinónimos: desalojo o expulsión. Y esto es lo que encuentro: “La palabra ‘desahucio’ está formada con raíces latinas y significa ‘acción de despedir a un inquilino’. Sus componentes léxicos son: el prefijo dis- (divergencia, separación múltiple, de ahí el sufijo romance des- que indica inversión de la acción), fiduciare (circularidad), más el sufijo -io (relación, resultado). Por sus raíces latinas, se asocia con desahuciar, fiducia y también fideicomiso”, voces emparentadas con confianza. Esto querría decir, en la práctica, que se desaloja al arrendatario porque ha perdido la confianza del propietario.

Esto me lleva a indagar ese verbo conocido, aunque poco utilizado: “desahuciar”, cuyo principal uso es su participio: desahuciado. El mismo DLE contempla tres acepciones: 1.- Quitar a alguien toda esperanza de conseguir lo que desea (sinónimos: desesperanzar, desilusionar, desengañar, desesperar, desalentar, descorazonar. 2.- Dicho de un médico: Admitir que un enfermo no tiene posibilidad de curación. 3.- Dicho de un dueño o de un arrendador: Despedir al inquilino o arrendatario mediante una acción legal; son sus sinónimos –con este último sentido–: despedir, desalojar, expulsar, echar, arrojar, desarrendar.

Etimologías de Chile, por su parte, juega a “hacerse el sueco”, hace una curiosa digresión relacionada con la “validez” de esas indagaciones: “ciertas etimologías son válidas y otras populares”, dice. El hecho de que una palabra ya tenga historia, no impide que tiempo después se le dé el mismo o diferente significado. Según el DRAE la definición de “etimología popular” acepta la “interpretación espontánea que se da vulgarmente a una palabra relacionándola con otra de distinto origen”. Además, “válido” es un adjetivo que denota: “Recibido, creído, apreciado o estimado generalmente”; no significa que tiene que ser verdad, sino solo creído, apreciado o estimado, o como dicen los italianos: E se non è vero, è ben trovato! (y si no es verdad, ¡está bien cantado!).

Este 'trovato' (hallado o encontrado en italiano) se refiere a que algo para ser considerado como interesante (no se diga seductor) no solo tiene que ser cierto, sino bien expuesto, bien sustentado y, desde luego, bien contado… Se me ocurre el caso de las novelas, que no necesariamente deben tener un guion o argumento con un sustento real, sino que se requiere que posean una trama interesante… además de ser bien contadas. Esto parece suceder con el origen de las palabras: no solo deben tener una explicación fidedigna y coherente, sino que la exégesis respectiva debe ser interesante, y tener el carácter de lo bien expuesto y presentado. Con estos antecedentes, exploremos los términos contenidos en el título del artículo:

FIDUCIA: La palabra tiene la misma raíz latina que fideicomiso (fides = fe o confianza); “bona fides”, es el símbolo mismo de la integridad en la intención. La fiducia es ampliamente conocida en el mundo, tanto en el ámbito de las instituciones financieras como entre particulares, lo mismo que en el manejo de los recursos del Estado. Fiducia puede definirse como administración de bienes de terceros. Partiendo de que su fundamento es la confianza recíproca entre fiduciante y fiduciario, a través de ella se satisfacen muchas operaciones, tales como: actuar en condición de síndico o curador; obrar como agente de transferencia y registro de valores; ser depositario de sumas consignadas; administrar nóminas o patrimonios autónomos constituidos con fines de beneficencia; administrar fondos de pensiones y cesantías, etc.

Fiducia viene del latín fiducia, derivado de fides que, además de significar confianza, ya designaba lo que en Derecho se llamó fiducia, tipo jurídico creado y regulado por el Derecho romano, de donde más tarde se derivó el adjetivo fiduciarius (lo sometido a fiducia) y el verbo fiduciare (someter bienes a fiducia o, también, hipotecar).

FIDEICOMISO: La palabra proviene del latín fides = fe o confianza y de commissus = comisión o encargo; significa comisión o encargo de confianza. Es la manifestación del negocio fiduciario que se define como: “Negocio en virtud del cual, una persona natural o jurídica, de derecho público o privado, llamada fideicomitente, fiduciante o mandante, entrega bienes muebles, inmuebles o dinero, a otra persona, generalmente jurídica, de derecho público o privado, denominada fiduciario, fideicomisario o mandatario, para que administre o enajene y entregue los rendimientos de esa gestión a un tercero llamado beneficiario, con la salvedad de que este último puede ser el mismo fiduciante". Se trata de una antigua figura del Derecho romano. Se atribuye su fundación al Colegio de los Flámines (conjunto de sacerdotes), porque se le había encomendado vigilar el cumplimiento de un testamento.


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23 octubre 2026

De hollejos y ‘corontas’

Para hablar de 'corontas', como llaman al zuro del maíz en los países sureños avecinados al Océano Pacífico, se hace preciso hablar primero de la tusa (el corazón de la mazorca) y, por lo mismo, de un extraño verbo, el verbo “tusar”. Para empezar, creo que a veces las distintas academias de la lengua no se ponen de acuerdo –entre sí, y entre ellas y la RAE– pues, para muestra de ejemplo, la misma palabra tusa sirve en el DLE para designar a dos cosas distintas: al corazón de la mentada mazorca y a las hojas que la cubren…

Dice el DLE que, de acuerdo al país dónde se la use, la palabra tusa puede significar lo siguiente: Esfuerzo excesivo y penoso; Cigarrillo hecho de una hoja de maíz; Corazón de la mazorca; Crines del caballo; Acción y efecto de tusar esas crines; Persona despreciable y de poca dignidad; Objeto despreciable y de poco valor; Hoyo (producido en el rostro por efecto) de la viruela; Hoja que envuelve la mazorca del maíz (como ya hemos señalado); Mujer muy alegre y pizpireta; y, Persona arisca y de trato difícil. El DLE define “coronta” como zuro del choclo (en Chile y Perú); y, asimismo, lo describe del modo siguiente: Corazón o raspa de la mazorca del maíz después de desgranada; siendo sus sinónimos: marlo, olote y tuco. Olote viene de un vocablo náhuatl que quiere decir corazón. En otras palabras, el elote –como llaman al maíz en México y algunos países centroamericanos– es un cereal cuyo centro consiste en un residual olote…

Hay también otra palabra para llamar al corazón de la mazorca, es el término carozo –que vendría del latín vulgar carudĭum, y este del griego καρύδιον karýdion, que querría decir 'avellana'–. La palabra es utilizada para llamar a la parte dura de las aceitunas y algunas otras frutas (el hueso), como las que conforman el centro del durazno o del melocotón. Carlos Joaquín Córdova recoge la voz ‘tusa’ en su elemental obra (hay quienes la llaman imprescindible) El habla del Ecuador, un Diccionario de ecuatorianismos, y la define así: “Raspa del maíz, eje ‘cilindriforme’ (se refiere a cilíndrico) que conforma (es decir, que es parte de) la espiga del maíz y alrededor del cual cuajan y se adhieren los granos”. Además, en una segunda acepción, la describe como: “Contrariedad, pesadumbre, azar, pena por un fracaso o mal éxito de una empresa”: “Tengo tusa y el corazón despedazado”. Por otra parte, “tusar” es un verbo usado en América para expresar: cortar el pelo, trasquilar, rapar, afeitar el cabello de alguien o para cortar las crines del caballo. Esta voz, aunque ya en desuso, antes significaba alisar, reducir las partes crespas o, también, desenredar el cabello.

En lo otros diccionarios de localismos consultados, tanto el de Susana Cordero de E., como el de Fernando Miño-Garcés, se refrendan los sentidos descritos por el anterior académico; aunque S. Cordero coincide con C. J. Córdova en que llamar tusa al envoltorio del choclo, puede ser un error de la Academia. Miño añade una acepción (la de “estar comido tusa”), con el sentido de furioso, cabreado, hecho una furia, caliente, comido cemento, hecho un brazo de mar, enojado. No hallo referencias relacionadas con el vocablo, sin embargo, en las Consultas al Diccionario de la Lengua (Tercera Edición - 1911) de Carlos R. Tobar.

Basta de mazorcas. Adentrémonos ahora en una palabra que se refiere a aquella cáscara muy delgada que tienen ciertas frutas y gramíneas: hablemos de la uva, el haba, el chocho (altramuz) por ejemplo. El “hollejo” es aquella película fina, piel o pellejo que cubre en forma individual a algunas frutas y cereales:

El hollejo de la uva es importante para la fabricación de un vino parecido al vino rosado que es conocido como clarete (se pronuncia claré o claret): pudiera decirse que el vino rosado es más apreciado que el clarete, aunque –como todo en la vida– depende de gustos y preferencias. Las diferencias entre ellos se encuentran en el tipo de uva utilizada y en el método de fabricación. El vino rosé o rosado es elaborado como un vino blanco; utiliza uvas tintas cuyas pieles (hollejos) se dejan en contacto con el mosto durante un periodo corto (lo llaman ‘maceración breve’) para que el vino tome color, y luego se retiran esas pieles antes de la fermentación. El clarete, en cambio, se elabora como un vino tinto, aunque utilizando una gran proporción de uvas blancas (un 75%). Estas se mezclan con las uvas tintas desde el inicio, o se fermenta el mosto blanco en contacto con las pieles de uva tinta para que ese mosto le aporte un tono ligero y algo de estructura.

El vino rosado se elabora mayoritariamente, o en su totalidad, con uvas tintas (generalmente un mínimo del 50%, según la tradición, o 100% en muchos casos). El clarete suele tener un color algo más claro, de tono un tanto cobrizo (de ahí el curioso nombre). De tal manera que este ofrece la delicadeza del vino blanco, pero con un poco más de estructura y contiene taninos aportados por las pieles que produce la uva tinta. En cuanto a cuál es mejor o preferible, eso ya es asunto personal, y queda a la elección de cada quien…


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20 octubre 2026

Koch, su bacilo y la literatura

Cursaba cuarto de colegio. Tenía 16 cuando me correspondió colaborar en la fundación de un movimiento juvenil de apostolado. No todo ahí era hablar de virtudes y vidas de santos. Esas convivencias, que duraban tres días, nos ayudaron a madurar y a templar nuestro carácter; sobre todo, nos permitieron descubrir varias habilidades que, de otra manera, quizá nunca hubiéramos imaginado. La iniciativa se llamó Palestra –así se llamaba en la antigua Grecia el lugar donde se aprendía a luchar–; sus estrategias partían de la premisa de que el mundo es un permanente combate y que, para ello, era mejor estar preparado.

No todo era charlas, plegarias u otras actividades piadosas en Palestra; hubo tiempo para asuntos sociales y distensión. Siendo todavía muchachos, se nos encargaba tareas para las que, tal vez, no habíamos tenido previa preparación ni estábamos acostumbrados, como adquisiciones puntuales o encargarnos de la cocina. Como era un movimiento internacional, hicimos viajes de intercambio, conocimos otros lugares y países; disfrutamos de otros modos de vida, de otras costumbres; y así memorizamos también letras inéditas, adaptando estas a la conocida música de muy famosas marchas y canciones. Una de ellas hacía fisga del bacilo de Koch…

Si bien su letra era algo prosaica, su tema me ayudó a relacionar su contenido con la cura para una temible enfermedad y a reconocer la tisis como una de las dolencias que más han afectado a la salud del hombre. A pesar del prodigioso avance que han tenido los sistemas de salud en el mundo, solo comparables con los formidables logros experimentados por la navegación aérea –y al contrario de otras enfermedades ya erradicadas como la viruela–, la tuberculosis es todavía una de las dolencias de mayor incidencia en el globo, ya que afecta hasta a un tercio de la población mundial. La “peste blanca” muchas veces no presenta siquiera síntomas y es la segunda causa global de muerte, y también, la primera entre los males infecciosos. Se estima que hasta un 80 % de la población de países asiáticos y africanos es afectado por ella.

Robert Heinrich Koch (se pronuncia Kohgg y significa cocinero en alemán) había nacido en el antiguo reino de Hannover en 1843; se le reconoce por haber descubierto en 1882 –aún no llegaba a los 40 años– el bacilo de esa enfermedad que no solo ataca a los pulmones y que también la conocen con el raro nombre de escrófula. Había sido médico y microbiólogo, pero su mayor mérito no era haber reconocido el temible y silencioso bacilo, sino el método de investigación que instauró (sus famosos postulados), y que más tarde aplicarían sus pupilos, quienes reconocieron a los transmisores de muchos otros males: difteria, lepra, gonorrea, sífilis o tétanos. Koch fue distinguido con el Premio Nobel de Medicina en el año 1905.

Hubo un tiempo, en países como Francia e Inglaterra, que llamaron a la dolencia “Mal de reyes”, no porque de ella sufriera la realeza, sino porque entonces había la creencia de que los monarcas estaban dotados de la capacidad para curarla. La enfermedad influyó en la literatura de los siglos XIX y XX, no solo porque sus autores describieron a sus víctimas y a la enfermedad (Víctor Hugo, Alejandro Dumas, Fiódor Dostoyevski, Thomas Mann), sino porque fue conocida en la Europa del siglo XIX como una enfermedad romántica, propia de los novelistas y poetas más bohemios. Llegaron a conocerla como la “enfermedad de los poetas”.

En la práctica, muchos escritores perdieron sus batallas mientras el trastorno era todavía incurable; unos fueron afectados o padecieron los efectos del mal y otros perdieron finalmente su vida. En el siglo I a.C., ya el poeta romano Cayo Valerio Cátulo habría fallecido con la dolencia cuando apenas tenía 30 años. Se sabe que de los seis hermanos Brontë (Emily había escrito Cumbres borrascosas), las cuatro mujeres fallecieron por causa de la enfermedad; Emily murió a los 31 y su hermana menor, Anne, a los 29. No habiendo cura para una plaga tan traicionera, quienes la contraían morían muy temprano. Y, no era que la dolencia hubiese sido una enfermedad de escritores, sino que algunos morían cuando eran todavía demasiado jóvenes.

Así el poeta inglés John Keats se despidió a los 25 años. Gustavo Adolfo Bécquer lo hizo a los 34 (hoy se sospecha que tal vez adolecía de una afección distinta). Franz Kafka, el autor de La metamorfosis, un desconocido en vida, colgó la pluma a los 41. Jane Austen se despidió del mundo de 42. Tanto el dramaturgo ruso Antón Chéjov como el autor de La isla del tesoro, Robert Louis Stevenson partieron a los 44. George Orwell, autor de 1984 y Rebelión en la granja, dejó este mundo a los 46; Albert Camus, renovador del existencialismo y novelista del absurdo, padecía de tisis, aunque falleció a los 47 en un accidente de auto. Honoré de Balzac y Moliere (su verdadero nombre era Jean-Baptiste Poquelin) “volaron hacia el oeste” a los 51 años… Todos, en la plenitud de sus años de creación, desaparecidos frente a la obcecación de un invisible bacilo…



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16 octubre 2026

La palabra ático *

  * Escrito por Martín Caparrós, para El País de España.

Hay palabras de ésas: palabras laboriosas, perseverantes, ambiciosas. Palabras que —diríamos en España— se lo han currado: palabras que empezaron en lo bajo del barro y llegan —a veces literalmente— a lo más alto. Y hay palabras que de pronto estallan: que estuvieron por ahí durante años sin que nadie las viera y un día cualquiera explotan, salpican hasta el último rincón, pululan ululando. Y hay palabras —escasas, encomiables— que han hecho las dos cosas: el camino sinuoso, el estallido. La palabra ático es, ahora mismo, una de esas.

Nada la destinaba a semejante viaje. Ático era, en el principio, el modesto adjetivo derivado de un sustantivo nada modesto. Ática era nada menos que el nombre de toda esa región de nada menos que Grecia cuya capital era nada menos que Atenas. El éxito ático debería enseñarse en las escuelas de negocios –¿de negocios?– para mostrar la rentabilidad de la cultura: esa región, cinco veces más chica que Ciudad Real, sigue resonando, dos milenios después, porque inventó tres o cuatro cositas que se hicieron costumbre: la tragedia, la democracia, la filosofía.

Lo cierto es que la palabra ático sobrevivió durante muchos siglos como adjetivo poco usado. Ese poco era en arquitectura, donde los templos áticos —Partenón mediante— se volvieron clásicos, y después se llamó así a sus techos, esa forma de ponerles un remate más o menos cursi. Mucho después —digamos, siglo ¬XVIII— las grandes viviendas se hicieron más altas. El techo casi no se veía y además quedó muy claro que lo elegante era el primer piso: el que menos esfuerzos de escalera pedía —y que los demás se volvían más baratos y despreciables según subían.

Pero hete aquí que hacia 1860, Nueva York, el señor Otis inventó el ascensor y, uno tras otro, los ricos quisieron irse para arriba. En las alturas había menos ruido, menos calor, menos humo, menos olor a pobre. Los edificios de viviendas de los países ricos empezaron a ofrecer un último piso con sus grandes vistas, nadie más arriba, el trofeo del ganador sin imaginación. Por mucho tiempo ese alarde no tuvo nombre en castellano. Ahora la Academia Real ha aceptado la palabra penthouse, que cuando yo era chico era una revista de tetas y ahora es un “apartamento o piso de lujo, generalmente con terraza, situado en la última planta de un edificio”, dice la Real, y que se usa en América.

Porque en España, siempre tan españoles, lo que usábamos era la palabra ático. Y tampoco tanto; se decía, se conocía, no se conocía. Hasta la tempestad; ahora, ustedes saben, llevamos dos o tres años vomitando áticos. Primero fue ese del señor novio que tampoco era del señor novio. Pero aquello fue un susurro frente a los gritos del “ático de Ayuso”. Que es casi una redundancia: en estos días se puede decir ático y el “de Ayuso” se completa solo en las cabezas. Hace mucho que nadie había pagado tan cara una vivienda. Da un poco de pena.

La historia es simple. Hay una señora que ha dedicado su vida a destruir el mayor bien social de nuestra Ática: la salud para todos, la sanidad pública realmente pública, la que permite que todos nos curemos por igual. La que pone en funcionamiento la solidaridad más básica, el grado cero de la cohesión social: que cada persona sabe que todas las demás —y ella misma— están haciendo un pequeño esfuerzo para que ella misma —y todas las demás— puedan curarse o cuidarse si se enferman. Que no depende de la plata y esas tonterías: que está garantizado.

Y hay, decíamos, una señora que lleva siete años —y otra señora otros ocho antes— haciendo lo indecible por cargárselo para que sus mandantes más mangantes hagan más negocio. Se me ocurren pocas cosas más miserables, más misérrimas, que demoler esa gran construcción colectiva para que unos 'señoros' y señoras se paguen el Lamborghini de la próxima colección otoño-invierno. Y, sin embargo, decíamos, nada ha limado tanto a esta señora como el ático: la sospecha de que, una vez más, quiso hacernos una pequeña trampa. Ella está donde está para quitarnos lo mejor que tenemos, pero nos indignamos cuando nos quita unos millones. El 'honestismo' es así: consigue que no hablemos de política sino de policiales; consigue transformar a los grandes depredadores en pequeños pilluelos —y hacernos creer que ahora sí los pillamos. Puedo pensar en varios pensadores áticos que se reirían –suavito– de nosotros.


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13 octubre 2026

Solapar, ¿es bueno, o malo?

En nuestro país no decimos “ático” (hoy palabra desprestigiada); preferimos desván (y hasta el desusado “soberado”) o no decirla. Privilegiamos una voz con cierto pedigrí: decimos penthouse (tenga o no terraza, y a veces sin importar que el edificio tenga solo un par de pisos). Igual nos sucede en ese nada prosaico jueguito del golf que, para darnos de importantes –si no de exclusivos– traducimos el término inglés foursome, que significa “cuarteto”, y usamos la palabra inventada forsom, porque creemos (o nos puede parecer) que suena más “in”, que suena mejor (así, de paso, confundimos a los profanos, que no saben de qué ch… estamos hablando).

Y era ahí, en el club, cuando ya había terminado el juego, que solíamos sentarnos a tomar un trago, a pretexto de que hacíamos cuentas y nos cobrábamos las apuestas. Era esa una oportunidad para hablar de lo humano y lo divino, y tomarnos un par de güisquis… Entonces era él, mi amigo Raúl, quien tenía una manera muy particular de “jalarnos la lengua”. Alguien decía, por ejemplo: “Fijo que fulano no se queda a tomarse otro, porque es un ‘mandarina’…”. Entonces él, con la intención de dar a entender que no coincidía con el disimulado comentario, enseguida preguntaba al interfecto como si nada dijera: “Oye… y eso, ¿es bueno, o malo?”… Sí, Raúl era genial; era su forma de insinuar que sugerir una falencia ajena sin que su dueño estuviera presente no era la forma más correcta de hacer un comentarlo...

Hoy me ha dado ganas de hacer lo mismo (esta vez, conmigo mismo): me he preguntado si ¿es bueno o malo “solapar”?; y, si eso de solapar resulta realmente algo “malo”... He querido además indagar si hay también una forma buena de solapar… Y he resuelto que si el verbo significa “encubrir” puede constituir probablemente algo malo; pero –si por aplicar un uso diverso– lo que queremos significar es aquello de “poner una capa sobre otra” (como cuando preparamos una lasaña) no resulta ni bueno ni tampoco malo, sino –como alguien solía decir– todo lo contrario.

Veamos, pues, qué dice el Diccionario de la RAE. Estas son las principales acepciones que tiene solapar:

1. (Como verbo transitivo). Poner solapas a los vestidos, a una prenda de vestir o a una de sus partes.

2. (tr). Cubrir total o parcialmente algo con otra cosa. Son sus sinónimos: cubrir, montar, superponer, sobreponer, asolapar, traslapar, coincidir, converger. Y son sus antónimos: descubrir o exponer.

3. (tr). Ocultar maliciosa y cautelosamente la verdad o la intención.
Son sus sinónimos: disimular, ocultar, esconder, tapar, encubrir, enmascarar, fingir, falsear. Y son sus antónimos: descubrir, exponer.

De mi indagación –apoyado en Etimologías de Chile– he encontrado que en cuanto a solapa, se conjetura si la voz quizá nos vendría del italiano sullappa –de sul, sobre, y de lapa, tela–: lo que resultaría que sullappa es lo que queda sobre o va por encima de la tela. Pero… si solapar significa “encubrir” u “ocultar”, daría la inexacta impresión de que solapa sería algo que sirve para ocultar algo distinto. Pudiera ser que esta “lapa” no se refiera a una tela, lo que nos llevaría a un distinto significado. En efecto, la voz “lapa” designa a una losa de roca que cubre o techa ciertos salientes, bordes de ríos, etc., creando ocultos refugios naturales…

De esta última palabra se habría formado el verbo solapar, testimoniado hacia el año 1400, más antiguo que solapa y que no tiene que ver con ninguna palabra italiana inventada. Solapa vendría del latín sub- (debajo de) y de lapa (saliente de roca en forma de lámina o losa). Solapar sería “ocultar en un refugio o gruta, meter bajo la lapa (tapar u ocultar)”. De ahí vendrían solape y solapa (algo que se dobla hacia afuera y recubre). Corominas prefiere especular con un vocablo hispano autóctono prerromano *lappa, que significaría losa.

Ahora, si solapar significa ocultar, esconder o enmascarar, nos trae a la memoria otro adjetivo similar: la palabra “furtivo”, que nos llega del latín furtivus, que consiste en aquello que se hace a escondidas, y cuyos sinónimos más comunes son: clandestino, solapado, disimulado, subrepticio, oculto, cauteloso y sigiloso.

No cabe duda, callar u ocultar es, en algunos casos, algo malo, y aun perverso, pues es una forma de engañar. Esta forma de solapar es mala, y no tienen nada que ver con preparar una inofensiva torta (solapada) de pasta, o la de pedirle al encargado en la papelería que solape las hojas impresas con páginas en blanco de por medio, es decir que “las entrevere ordenadamente”, que se dé el trabajo de solaparlas. Para terminar, tenemos un verbo “local” que suena parecido: socapar… El corrector me dice que el vocablo no existe; y al consultar con el DLE, el Diccionario de la Real Academia, menciona que la voz es un localismo en Bolivia y Ecuador. El verbo significa “encubrir las faltas de alguien”. Sería, en ocasiones, semejante a alcahuetear.


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