31 marzo 2026

Nostalgia del viejo San Blas

Fui a la Casa Comunal de la urbanización –donde vivo– en días pasados. Esta es una edificación más bien modesta, cuyo uso exclusivo se dedica a las ocasionales reuniones de directorio del comité y a las asambleas de vecinos que ahí se realizan. El suyo es el típico mobiliario requerido para atender en comunidad los problemas e iniciativas que surgen de vez en cuando. Como es previsible, la decoración parece “brillar por su ausencia”. Algún alma caritativa se ha preocupado, en el pasado, de colocar unos pocos cuadros (realmente viejas fotografías en blanco y negro) que representan lugares icónicos de Quito; paisajes que mucho han cambiado, si no desaparecido. 

Así pude observar, cerca del lugar que había escogido para sentarme, una instantánea de un rincón de la urbe cuya estructura ha variado completamente. Se trataba de un escorzo que reflejaba como lucía la calle Guayaquil hace algo más de 50 años, antes del ensanchamiento de la calzada entre las calles Caldas y Briseño, y del penoso, y quizá innecesario, derrocamiento de una verdadera joya arquitectónica de nuestra capital: el edificio donde había funcionado la Biblioteca Nacional por alrededor de 40 años. La toma se habría efectuado desde la plazoleta de la Alameda –quizá, desde el monumento al libertador Simón Bolívar–, con sentido norte-sur y mucho antes de la “intervención” efectuada en dicho emplazamiento. Viví muy cerca de aquel pintoresco y querido lugar entre los años 1957 y 1967.

Me temo que dicho derrocamiento solo se efectuó luego de la construcción de la avenida Pichincha, vale decir que el edificio de la biblioteca habría inicialmente sobrevivido a la construcción de la vía deprimida que le resultó colindante. De hecho, hay fotografías que muestran la desabrida fachada oriental de la biblioteca, ya entonces contigua a la vía recién construida. Esta lamentable decisión se habría tomado durante la administración municipal de Sixto Durán Ballén, cuando fue alcalde de Quito. Esto no quiere decir que a él deba achacarse la autoría del crimen cometido; sabido es que los municipios son cuerpos colegiados donde la que decide no es la voluntad de una sola persona, pues el alcalde solo interviene con un voto decisorio cuando es dirimente…

La razón esgrimida en esos días habría sido la de dar más espacio (aumentar el ancho) de la calle Montúfar, que separaba la Biblioteca Nacional de un edificio de forma triangular que es comúnmente conocido como “Calé de queso” (a su vez, ubicado frente al cine Alhambra). Así, la sobria fachada principal, compuesta por columnas, arcos, balaustradas, y torres truncadas –con sus mansardas cubiertas por tejas metálicas pintadas de rojo–, se habría derruido para acomodar a un deslucido jardín vertical que no agregaba espacio ni mejoraba la impresión arquitectónica buscada. De ese modo, la antes bien lograda fachada dejaba de ostentar su condición de monumento tutelar que daba inicio al Centro Histórico y que era referencia para el viajero que iniciaba su tránsito hacia los nuevos barrios del norte de la urbe o hacia el norte del país.

El edificio original habría sido diseñado en estilo neoclásico, beaux arts, por el arquitecto quiteño Luis Felipe Donoso Barba. Había servido inicialmente como pista de patinaje, por lo que fue llamado Coliseum; se lo usó también –aunque en forma ocasional– como salón de baile y recepciones. Su valor arquitectónico residía, sobre todo, en su fachada francesa pues su interior era una estructura metálica; de hecho, daba la impresión de ser solo un cascarón hueco techado de vidrio; la segunda planta estuvo adornada por unas galerías perimetrales. Fue utilizado como biblioteca a partir del año 1930 y solo sería inaugurado en 1932; allí funcionó la Biblioteca Nacional hasta 1972, cuando pasó a ocupar el viejo edificio del Banco Central (esquina de la García Moreno y Sucre).

En cuanto al ensanchamiento de la “carrera” Guayaquil, la demolición correspondiente solo había afectado a las casas ubicadas en el lado occidental de la cuadra. En el lado oriental los cambios, hasta aquí, han sido menores; quizá el más notorio sea el ocurrido en la esquina nororiental, hoy ocupada por el edificio del antes llamado Banco de la Filantrópica (hoy Filanbanco), que la picardía y espíritu travieso de los quiteños tildaron de “la licuadora”. En relación con la plaza, ahí también desapareció un negocio –poco venturoso– fundado en 1906 y conocido como Mercado Barato (los chuscos lo apellidaron de Lastra, para significar que era reducto de las traperas), ahí se expendían cachivaches y artículos usados (o también robados). La iglesia quedó recluida en una esquina, con su atrio y plazoleta. Es aquél un templo de una sola nave, uno de los primeros construidos en la ciudad; estuvo segregado para al culto de los fieles indígenas.

San Blas, Blas de Sebaste (hoy Sivas, una ciudad de Turquía), es uno de los santos más queridos del culto católico. Hombre milagroso, eremita, médico, obispo y mártir; vivió entre los años 280 y 316. Moraba en una cueva y murió decapitado en una de las más postreras persecuciones ordenadas por los emperadores romanos. Blas es el santo patrón de los enfermos de garganta y, por lo mismo, de los médicos otorrinolaringólogos (¡vaya palabrita!).


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27 marzo 2026

Un minuto antisistema *

   * Escrito por Juan José Millás para El País Semanal

Leo en El actor y la diana, un curioso manual para intérpretes de Declan Donnellan, que el futuro es el territorio de la ansiedad y el pasado el de culpa. Son barrios mal iluminados los dos, se me ocurre a mí. El futuro es ese vecino con grandes ideas que nunca paga los recibos de la comunidad. El pasado te da conversación, pero te cobra caro los recuerdos. Entre ambos, el presente no sabe si ponerse corbata o salir en chándal. Estamos entrenados para vivir en diferido. En la escuela nos enseñaron a preparar el futuro; en casa, a no repetir los errores del pasado. Nadie nos explicó qué hacer con el ahora, ese trozo de tiempo que no cotiza en Bolsa.

Los autores de libros de autoayuda hablan de “vivir el presente”, pero suelen hacerlo con tono de almanaque zen. Y no: el presente no es amable, es un animal salvaje que muerde cuando le das la espalda. Requiere una cierta valentía doméstica apagar la alarma del miedo, la notificación de la culpa, y quedarse un rato en silencio, sin prometer nada a nadie, ni siquiera a uno mismo. El mercado, que todo lo administra, también gestiona el tiempo. Nos vende la ansiedad en cómodos plazos y la culpa en forma de nostalgia. Corremos hacia el futuro para pagar las deudas del pasado. De este modo, el presente se convierte en un pasillo, no en una habitación.

Pero a veces ocurre un milagro: un minuto se escapa del sistema. Estás tomando café y, de pronto, no debes nada al pasado ni temes nada del futuro. El aire pesa lo justo, la taza brilla como si acabaran de inventarla. Dura poco, claro, pero ese instante tiene más verdad que todas las promesas del porvenir juntas. Quizá la salida no sea vencer la ansiedad ni expiar la culpa, sino burlarlas: guiñar un ojo al miedo y seguir andando. Vivir es un ejercicio de funambulismo en la delgada cuerda del presente, cuyos cabos permanecen amarrados al futuro y al pasado, es decir, y volvemos al principio, a la ansiedad y la culpa.


Nota del editor con comentarios notables: Hubo, entre los comentarios que recibió este breve pero interesante artículo, al menos tres que llamaron mi atención; hablaban de nobleza, de generosidad y del valor que debemos tener para indagar, aprender y saber emplear nuestro conocimiento. Me permito resumirlos porque pudieran ser de utilidad:

— No es que tenga dinero, pero tengo la fortuna de ser inmensamente rico.

— La mayor riqueza del pobre es vivir en paz consigo mismo y con los demás.

Sapere aude: atrévete a saber. Proverbio latino atribuido a Horacio

La frase latina "sapere aude" ("atrévete a saber" o "ten el valor de usar tu propia razón") fue acuñada originalmente por el poeta romano Horacio en el siglo I a.C. Sin embargo, fue popularizada y utilizada como lema de la Ilustración por el filósofo alemán Immanuel Kant en 1784. Horacio la escribió en sus Epístolas (Libro I, carta 2, verso 40) como parte de una exhortación a la superación personal y a la sabiduría. Kant la utilizó en su famoso ensayo "¿Qué es la Ilustración?" (1784) para instar a la emancipación intelectual y al pensamiento autónomo. Kant la interpretó como el valor de abandonar la "minoría de edad" (la tutela ajena) y tener la valentía de usar la propia razón sin tener que acudir a la guía de un mentor o maestro. En el contexto que Horacio la utilizó (los recursos que tuvo que emplear Ulises en su regreso desde Troya a Ítaca para superar las pruebas que enfrentó), el significado más cercano sería: “tener el valor de servirse del propio saber”. ¡Sapere aude! Es decir: ¡Atrévete a saber, apóyate en la razón!

En días pasados pude observar cómo alguien respondía –en forma mezquina e inelegante– a un gesto generoso con uno de incomprensible cicatería. Nadie que es de veras desprendido actúa con largueza esperando retribución y ni siquiera lo hace esperando reconocimiento; la única moneda afable a la que aspira el espléndido es aquella de la delicadeza, en caso de ausentarse la gratitud… Pensé que cuando ello ocurre uno no sabe si responder con el perdón o con el castigo. Mientras divagaba en cómo uno debería reaccionar en una circunstancia parecida, reflexioné en el preferible sustento catártico que tiene el olvido y recordé la sabia sentencia de Jorge Luis Borges respecto a cómo saber responder con un gesto de nobleza: “Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón”.


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24 marzo 2026

Un pequeño compromiso

Me gusta el golf; sin embargo, ya no lo practico como lo hacía antes. Circunstancias de diversa índole, en especial una relacionada con mi salud (una recurrente molestia lumbar) no me permiten disfrutarlo como me gustaría. El golf siempre fue un desafío para mis humildes habilidades y, sobre todo, un reto a mi exigua paciencia. Me hubiera gustado empezar a practicarlo más temprano: ya tenía más de 40 años cuando lo hice. Hoy juego solo de tarde en tarde a pesar de que, para de veras disfrutarlo, uno debería hacerlo al menos un par de veces por semana. Eso sí, siempre estoy atento al desarrollo de los principales campeonatos, especialmente los torneos mayores (Masters, Abierto americano, Open inglés y PGA).

Algo he notado cuando escucho la transmisión de este juego (para mí, más que un deporte, es un entretenimiento) y es que los locutores, sea porque viven en los Estados Unidos o porque tratan de traducir literalmente una expresión utilizada para resaltar que una jugada final –simple en apariencia– entraña todavía una pequeña dificultad, dicen que al jugador aún le queda “un pequeño compromiso”. De paso, cada vez que escucho referirse a esta condición me es inevitable recordar a un gran colega y amigo que ya “voló hacia occidente” y que me introdujo en los secretos del golf; quien, para referirse a esa incierta tesitura que hoy comento, siempre decía con su manera no exenta de burlona ironía: “todavía hay carne en ese huesito”, es decir: “ya estás bastante cerca, pero no te puedo conceder todavía ese último tiro”.

Es siempre probable que “ese pequeño compromiso” no consista en un uso incorrecto –un anglicismo– del verbo comprometer (to compromise, en inglés) o del sustantivo equivalente (a compromise). Ante todo porque, para lo que nos ocupa, compromise (sustantivo) quiere decir en ciertos contextos “punto intermedio”; lo que querría significar, para lo que estamos tratando, que la bola habría llegado a un punto en que ya está bastante cerca del hoyo, pero que todavía existe una cierta posibilidad (un eventual riesgo) de que el jugador involucrado pudiera fallar su siguiente golpe. En este caso puntual deberíamos considerar que este “sitio intermedio” quiere realmente significar “no estar suficientemente cerca” o “tener que lidiar todavía con una probable pequeña dificultad”. Y es que, no he querido comentarlo todavía pero existen términos –como compromiso y comprometerse– que entre nuestro idioma y el inglés pueden ser muy diferentes…

Veamos: “compromiso” en español puede significar un acuerdo o promesa, una obligación –como la palabra dada–; pero también puede significar estar en riesgo, en un problema o en un atolladero. En tanto que “comprometer” (como verbo) implica: adjudicar una obligación, contraer o aceptar un compromiso, y hasta poner en riesgo algún asunto. Y solo ocasionalmente lo que recoge la Academia en el DLE: “poner en manos de un tercero la resolución de un conflicto” (lo que sí significa en inglés). Además, “comprometerse” (reflexivo) quiere decir obligarse uno mismo, u ofrecer un empeño propio para acometer algo.

Por su parte, compromise en inglés, quiere decir, sobre todo, ceder en algo o renunciar, llegar a un acuerdo, propiciar o tener un gesto de renuncia, transar o transigir, ceder para llegar a una posición intermedia; pero también pudiera significar –igual que pasa también en castellano– “poner algo en riesgo” o “comprometer”, como cuando hablamos de arriesgar la seguridad o bajar la calidad de un producto para favorecer las ganancias. 

Es importante caer en cuenta que en inglés (a diferencia que en español) existe una palabra diferente para significar la idea de adquirir una obligación o dedicarse a una causa, para emitir un mensaje de apoyo, o para respetar o reconocer un convenio de pago; en ese caso, se utiliza el vocablo commitment. Resulta curioso que, sin ser el inglés una lengua latina –como sí lo es el español– la escritura inglesa es exacta a la del latín. Hace falta, por lo mismo, reconocer que la voz compromise en inglés puede tener distintos sentidos, tanto si se la usa como verbo o si se la emplea como sustantivo (to compromise – a compromise).

En resumen: un compromiso en inglés tiene el sentido de renuncia, cesión, riesgo, abandono o deterioro; mientras en español es adquirir una obligación, asumir una serie de tareas o deberes. En inglés no se usa la misma palabra para el reflexivo (comprometerse), se dice to commit (verbo) o commitment (sustantivo). Además, si hablamos coloquialmente, en inglés, “to have a compromise” es tener todavía algo de trabajo por terminar; como dejamos dicho más arriba, puede ser una bola cerca del hoyo, pero todavía con un poco de dificultad (golf) o un penal con 50/50 chance de fallar (fútbol). Es decir, es algo cuyo éxito (o completa consolidación) no es todavía seguro. No confundir "compromise" (verbo), que significa "poner en riesgo", con "compromiso" (obligación/promesa), que se traduce como "commitment".


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20 marzo 2026

Eficacia, eficiencia y efectividad

En días pasados estuve leyendo una entrevista que le hacían en El País de España a un paleo-antropólogo francés que explicaba las razones para que el Homo sapiens (‘ hombre sabio’ o 'capaz de conocer', en latín) sea la única especie humana que ha sobrevivido en el Planeta; en definitiva, para que, hace unos 30.000 años, se hubiera extinguido el ‘hombre de Neandertal’. Parte del problema, según el científico, estuvo en las herramientas que usaban los neandertales: que no estaban estandarizadas (cada cual inventaba algo propio), eran muy particulares para cada tarea y, aunque creativas, eran mucho menos 'eficientes'. Por los comentarios que mereció la entrevista, pude darme cuenta que existen otros dos vocablos que solemos utilizar cual si tuviesen el mismo significado que eficiencia: eficacia y efectividad.

Empecemos pues por ponerlos en orden alfabético y vamos qué es lo que dice la inefable Academia:

• Efectividad:

Es la capacidad de lograr el efecto que se desea o espera.

Sinónimos: eficacia, validez, operatividad, capacidad, fuerza, poder.

• Eficacia:

Es la capacidad de lograr el efecto que se desea o se espera (hasta aquí, exacto al anterior y sugiere lo mismo).


Sinónimos: efectividad, utilidad, eficiencia, capacidad, ejecutividad, operatividad, validez, aptitud, vigencia, energía, fuerza, vigor, poder.

• Eficiencia:

1. f. Capacidad de disponer de alguien o de algo para conseguir un efecto determinado.

2. f. Capacidad de lograr los resultados deseados con el mínimo posible de recursos.


Sinónimos: eficacia, efectividad, capacidad, competencia, pericia, valía, operatividad.

Con lo anterior (con estas definiciones) podemos ver dónde se encuentra parte de la confusión. Como diría Cantinflas: “Ahí está el detalle”. Veamos, de dos en dos, las diferencias con un método algo más didáctico:

• Diferencia entre eficacia y efectividad:

La eficacia se centra en lograr el objetivo o resultado, mientras la efectividad es la combinación de lograr ese objetivo (eficacia) optimizando los recursos utilizados (eficiencia). 

• Eficacia: Es cumplir la meta o el efecto deseado, sin importar el costo o los recursos invertidos.

• Efectividad: Es la capacidad de lograr el objetivo de la manera más óptima posible; para ello, privilegia la 'eficiencia' (optimizando recursos y reduciendo tiempo). Esta consiste en una estrategia, es el uso racional (la optimización) de recursos para alcanzar el objetivo y hacerlo en el menor –o más adecuado tiempo posible–. Quizá por ello, a esta última a menudo se la confunde con la efectividad.

• Diferencia entre eficacia y eficiencia:

La principal diferencia es que la eficacia se centra en lograr los resultados, mientras que la eficiencia se centra en el proceso y en el uso óptimo de recursos para alcanzar los objetivos propuestos. Ser eficaz implica cumplir la meta, pero ser eficiente implica lograrla minimizando recursos, tiempo y costos.

• Diferencia entre eficiencia y efectividad:

La eficiencia es solo la herramienta, mientras que la efectividad es el mejor resultado: la combinación de lograr esas metas (eficacia) optimizando los recursos utilizados (eficiencia). En resumen: la eficiencia es solo un medio o instrumento: es el uso racional de recursos para alcanzar un propósito; a menudo se confunde la eficiencia con la efectividad, pero la efectividad es el resultado satisfactorio completo. 

Veamos la eficiencia como lo que es: como una herramienta. De modo que si logramos eficacia y empleamos también ese artilugio, conseguiremos efectividad. La eficacia, a veces, puede no ser efectiva, a menos que nos apoyemos en la eficiencia (así gastamos menos recursos y ahorramos tiempo). Si utilizamos una fórmula matemática y reemplazamos eficacia con una ‘e’ (minúscula) y le sumamos ‘rt’ (eficiencia, es decir: recursos y tiempo), el resultado será una mejor efectividad (‘E’, mayúscula). En suma: E =  e + rt .


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17 marzo 2026

Esnifar, ‘espitear’ y ‘esnizear’…

Me viene a la memoria mi más temprana participación en un concurso de oratoria: estaba en quinto de colegio. Finalizado el certamen, estando en clase de filosofía, el titular ocupó buena parte de su tiempo analizando mi reciente desempeño (no digo criticándolo porque, aunque más exacto, sería menos generoso e indulgente). En algún momento, el mentado maestro dijo que no debía haber dicho que cierto asunto “era acorde” con algo, sino que tal asunto “estaba de acuerdo” con lo que había referido. Que hubiera sido preferible utilizar la locución, no el adjetivo… Y, claro, mi inesperado juez estaba todo menos en lo correcto. Ese “acorde”, de acuerdo con el diccionario, significaba: conforme, coincidente, consonante o congruente.

Esta vez escribo este breve artículo (ustedes –por el título– ya lo habrán adivinado) porque no estoy ‘de acuerdo’, ni puedo estar conforme, con que la RAE reconozca voces innecesarias, máxime si el único motivo es aquel manido “porque esas voces ya se usan”, sin importar si las palabras aceptadas o acogidas son o no extranjerismos o germanías, o si dicha forma de ya aceptado consumo pertenece a un ambiente de mala muerte; o, si su ejercicio se efectúa en el lupanar ruidoso o el sórdido arrabal. La Academia debería actuar acorde con (es decir, conforme con) el delicado encargo que ha recibido; con su historia, su tarea, su rigor lingüístico y académico –por algo se llama a sí misma, y la llaman, Academia-- y con su reputación.

En febrero, un prestigioso medio español traía un artículo relacionado con un comentario hecho por Robert Kennedy Jr., quien no solo admitía haber consumido cocaína en el pasado, sino que concedía haber “esnifado“ utilizando la tapa de un sanitario… (los suspensivos no intentan invitar a visualizar el abyecto ambiente de cualquier retrete sino a reconocer la espuria condición de vocablo entrecomillado que remplaza a las varias alternativas que ya existen, y sobran, en nuestro idioma y que hubieran hecho innecesario su uso). Kennedy es el actual secretario (ministro) de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos. El periódico usaba este disparatado anglicismo –que ha sido aceptado por la RAE– a pesar de que, además, to sniff es un verbo que no significa absorber o inspirar sino olfatear y de que el español cuenta con otras palabras para expresar la idea de inhalar, aspirar, sorber, inspirar o chupar. ¡Qué horror: esnifar!

No puedo estar de acuerdo. Pues, no por el hecho de que un extranjerismo haya sido “aceptado” por la Academia, aquello lo convierte ipso facto en un término adecuado o correcto. En este caso, sigue siendo un anglicismo (y, además, innecesario). Está “mal aceptado”. Sniff (con doble efe) es inexacto incluso en inglés. No sé por qué tienen que reconocerse vocablos innecesarios cuando hay sinónimos que sobran en nuestro idioma. Ya no habría que hablar de “la Academia de la lengua” sino de “la lengua de la Academia”. Barrunto que incluso adsorber (atraer y retener moléculas de otro cuerpo) pudiera ser más adecuado y preciso. Me resisto a utilizar términos erróneamente reconocidos. ¡Disculpen ustedes!

Esnifar es palabra de la jerga del ámbito del consumo de estupefacientes, del lupanar. La Academia no está para eso, para “aceptar” o reconocer vocablos usados en el ambiente de la alcantarilla, la cárcel o el burdel, solo porque “ya se usan” o por el simple prurito de “dar visado” a nuevos términos con el anodino pretexto de que “ya existen” aunque fueren innecesarios, o que fueren galicismos o anglicismos, o fueren usados en la jerigonza de los bajos fondos. Esa no es su tarea ni es ese su papel. Lo dice su lema: “Limpia, fija y da esplendor” y eso de querer “reconocer” nuevos vocablos (que es entendible que se usen en lugares frecuentados por consumidores de substancias prohibidas, vale decir del vicio), no es justificativo suficiente para que se los tenga que validar.

No quisiera pasar por lo que en España conocen como “cuñao” (o cuñado): un sabelotodo… Advierto, sin embargo, que, como es nueva costumbre de la Academia, el diccionario trae la conjugación de los verbos consultados. Así es como encuentro el infinitivo, gerundio y participio de este novedoso verbo: esnifar, esnifando y esnifado. ¡Qué horror!, se me ocurre preguntarme ya no ¿qué habrán fumado sus eminencias (los ilustres miembros de la Academia), sino ¿qué habrán esnifado?… Y, ya que estamos en esas, pregunto también ¿por qué no aceptar y reconocer –de una vez– otros verbos como “cofear” (de cough, toser); “espitear” (de spit, escupir); o, quizá, “esnizear“ (de sneeze, estornudar)? Sí, pues… ¡Perdonen mi cáustica, aunque involuntaria, ironía!


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13 marzo 2026

Apuntes al artículo anterior

Ese “Maestro”, así con mayúscula, que menciona Martín Caparrós en su artículo La palabra América, publicado en la entrada anterior, se refiere (¿a quién más?) al escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) autor de la enigmática frase allí entrecomillada. Ella pertenece a un extraño poema titulado “El Gólem”, que Borges habría asegurado que, si tuviera que elegir cinco poemas que le sobrevivieran, aquel ya legendario escrito sería uno de ellos. Está incluido en el libro El otro, el mismo (1964); allí Borges, que es reconocido por su estilo repleto de simbolismos, metáforas y acertijos, utiliza esos versos para explorar el poder de los nombres, la relación entre palabra y cosa representada o la cábala hebrea evocando una tradición: la creación de un ser antropomórfico mitológico, común en el folclore judío, el Gólem.

La cita auspicia la idea de que el lenguaje (el nombre) contiene la esencia del objeto que describe. Un gólem es creado a partir de materia inanimada (barro o arcilla), que cobra vida mediante rituales mágicos; simboliza al protector de comunidades. Es una creación sin alma, incompleta, que se asocia con el peligro de la soberbia humana al intentar imitar la creación divina. Su origen lo sitúa en la Praga del siglo XVI, creado por un rabino, aunque sus raíces estarían en la Biblia y el Talmud. En hebreo, gólem se refiere a una sustancia informe; representa la obediencia, pero a veces esa criatura pierde el control y se vuelve una amenaza. Según la RAE, se debe escribir gólem (con tilde), su plural es gólems. En esencia, el gólem es solo un remedo de hombre, encarna tanto el deseo de protección como los peligros de una creación sin alma. 

De otra parte, he querido indagar el motivo para que algo tan simple como la palabra “rosa” haya llegado a tener un significado tan inescrutable y hasta místico. Aquello supera el simbolismo. Encuentro en un artículo previo de este mismo blog (Historia de dos enamorados) lo siguiente: Fue Gertrude Stein, en los años de la Primera Guerra Mundial, quien escribió un poema y popularizó una frase que habría de convertirse en famosa: “La rosa es una rosa es una rosa es una rosa”, cuyo sentido en nuestro idioma sería algo parecido a "así es como pasa en la vida" o "las cosas son lo que son". Parece que por mucho tiempo se utilizó a la rosa como símbolo en filosofía; habría sido Pedro Abelardo (1079-1142), quien supo darle a la palabra rosa el diverso contenido con que se la identifica, tanto en los asuntos relacionados con la filosofía como en aquellos otros relacionados con las cosas de toda la vida. Gertrude Stein (1874-1946) fue una novelista, poetisa y dramaturga estadounidense que vivió en Paris desde 1904, y permaneció ahí por el resto de su vida.

Pero no sería debido a Stein ni a Abelardo, famoso poeta y monje francés, que ese nombre –el de la rosa– pasaría a formar parte de la inquietud que hoy nos ocupa. Habría que estar familiarizado con la novela del semiólogo piamontés Umberto Eco, El nombre de la rosa, para –llegados al Último folio– averiguar por el motivo para que el autor hubiera intitulado de ese modo su obra. Ahí, en los renglones finales, Eco revela, como sin saber ni para qué, la frase misteriosa: “stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus” (“La rosa se mantiene fiel a su primer nombre, solo conservamos los nombres vacíos”); que equivale a decir: "de la rosa original sólo queda su nombre"; o, si se prefiere: "al final solo quedan los nombres".  La extraña frase  pertenece a un poema de Bernardo de Cluny (o de Morlaix), cuyo célebre dístico le ha permitido ser reconocido como "maestro del arte formal”, habiendo escrito De contemptu mundi en metro riguroso.

En "Apostillas al nombre de la rosa", minúsculo librito escrito por el mismo autor, se aclara –en su primer capítulo– la razón para el título de la novela y su significado. Eco recuerda que Abelardo se apoyaba en el enunciado nulla rosa est (no hay rosa) para mostrar que el lenguaje sirve para referirse a lo que existe y a lo que no. Confiesa que su primera opción fue La abadía del crimen, pero la descartó por temor a que se imaginara una intriga policíaca. Luego propuso Adso de Melk, para disgusto de los editores (ellos repudian los nombres propios). Al final, la idea de El nombre de la rosa, se le habría ocurrido por casualidad: “la rosa es una figura simbólica tan densa –dice– que, por tener tantos significados, ya casi ha perdido todos”. “Lo que de veras cuenta –concluye– es que el título debe más bien ‘confundir las ideas’, y no regimentarlas”.

Hacia el final del prólogo (Naturalmente, un manuscrito) Eco sugiere que, con la lectura, corremos el riesgo de repetir con Tomás de Kempis, canónigo agustino del siglo XV, y autor de la Imitación de Cristo: “In omnibus requiem quaesivi, et nusquam inveni nisi in angulo cum libro” (“Busqué descanso en todo y no encontré nada, excepto en un rincón con un libro”). No olvidemos que en línea con la técnica usada por Cervantes (la del “manuscrito encontrado”) y Cide Hamete Benengeli, Eco creó también un autor apócrifo para otorgar mayor veracidad (y, quizá, una nada contenida ironía) a su seductora y sorprendente obra.


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