Sí, se viene el Mundial… Esta es una frase que hay que decirla así, incompleta. Más bien dicho, ¿para qué completarla, si todo el mundo sabe de qué estamos hablando? En efecto, decir “Mundial de Fútbol” ya suena raro, casi como si fuese una cacofonía; o, mejor, un pleonasmo, repetición innecesaria, redundante tautología (sí, que vaya nomás el Efe a revisar el diccionario…). Basta, entonces, con referirse al acontecimiento sin especificar de qué se trata. No es necesario, ya no hace falta…
Pero hay algo en esa cuadrienal competencia que me produce sentimientos encontrados. Por un lado, está esa infantil ilusión que periódicamente se renueva; está también ese curioso y apostador sentido de anticipada preferencia: que si Francia, que si Brasil o Portugal (las tres, para mi gusto, son las selecciones mejor integradas, no dependen de un solo jugador: están repletas de talento). Está, también, mi simpatía por esa, nuestra nueva pléyade de jugadores excepcionales, que bien pudieran darnos una agradable sorpresa; ellos, solo tendrían que llegar a cuartos de final –estar entre los ocho mejores– y eso sería ya un evidente progreso. Y está, por fin, mi novelería de aficionado: estar pendiente del avance de algo enteramente lúdico por todo un mes (en realidad cinco semanas). ¿Qué más se le puede pedir a la vida, que nos mantenga expectantes y “unidos”; y hablando de lo mismo y por tanto tiempo?…
Tengo mis temores, sin embargo… Después de todo el manoseo propiciado por la FIFA para efectuar el último mundial (aquí sí con minúscula), en el lugar equivocado y en la estación menos adecuada, con la sola y única intención de favorecer la asignación de la sede para un pequeño país que quería aprovechar el ecuménico espectáculo para promocionar su sorprendente desarrollo, a muchos nos dejó la lamentable impresión de que lo que importaba ya no era ese fervor y entusiasmo colectivo que genera el “deporte rey”, sino alguna motivación impublicable, que nos llevó a repetir el viejo adagio: “Piensa mal y acertarás”…
Y es que, además, el mundial de Catar nos dejó una triste e inesperada desilusión: a pesar de la promisoria expectativa que venía construyendo la positiva aplicación de ese artilugio llamado VAR, verdadera panacea para eliminar (y sancionar) y prescindir para siempre de la simulación y la astucia; pronto nos hizo abrir los ojos, y advertir, que “hecha la ley, hecha la trampa”…, porque ciertos jugadores (no sé si también selecciones completas) habían desarrollado nuevas habilidades; no ya para engañar al público, a los entendidos y a los propios árbitros, sino para plasmar la farsa científica, engañando al propio VAR…
Nada puede haber más dañino para el desarrollo normal de los partidos de fútbol que el ardid, el recurso marrullero, la acechanza y la maquinación, la farsa de tono dramático y la triquiñuela. Aquello de convertir el área contraria en piscina para con maña ejecutar clavados o “saltos ornamentales” o nefandas “picardías” cuyo simplón y triste mérito es recurrir a la invisible “Mano de Dios”. Ello, no solo perjudica a la imagen que quisiéramos tener de nuestro deporte preferido, sino que nos hace desilusionar respecto a los reales avances que el fútbol ha logrado como cultura organizacional, respecto a una entretención que no puede dar ya cabida al instrumento moral de dudoso contenido, a la infracción maliciosa, al despreciable timo.
Otro asunto inconveniente ha sido, esta vez, el escogimiento de los países sede, como si eso de repetirlo en un país enorme ya no iba a crear dificultades logísticas imponderables: hay alrededor de seis horas de vuelo entra las costas atlántica y pacífica de los Estados Unidos. Esto, definitivamente se agrava cuando se incluye a países como Canadá y México en la ecuación. Es como si los organizadores solo hubieran estado animados por el éxito comercial, sin contemplar la movilización de los aficionados y las dificultades logísticas que esos traslados representan. Se espera que, ya superada la fase de grupos, los desplazamientos requeridos no se tornen en fastidiosos cuando, como es natural, los precios de las entradas habrán aumentado ya hasta precios estratosféricos; enemigas como van de más asequibles alicientes…
El fútbol se fue adulterando en ciertas regiones. Esto, por lástima, se fue exacerbando en otros sectores que parecían “más civilizados”. Esa es la influencia que producen las malas artes, por el fácil rédito que tiene aquello de darse de “listo” o de “sapo vivo”. Es hora de sancionar con severidad la voltereta aparatosa, el revolcón sensacional, el barato y flagrante histrionismo propio de escenarios de otra índole. Lo lógico es que la gente aliente y apoye a sus equipos; pero los resultados deben estar basados en un elemental –y muy humano– sentido de merecimiento y de justicia. Ese es el verdadero FAIR PLAY. ¿Es, esto, mucho pedir?

