21 agosto 2026

Extremadura, la gran desconocida *

 * Escrito por Ignacio Peyró, para El País Semanal

Don Francisco Gregorio de Salas fue un clérigo ilustrado que nació en Jaraicejo (Cáceres) en el año de 1729, por lo que es prudente asumir que le llenaría de estupor aparecer en El País Semanal en 2025. A mí me alegra darle la sorpresa, y debo decir que la merece: su obra hace mucho que es olvido, pero hay un libro que mantiene, milagrosa, la frescura. Hablo de los poemillas de su Juicio imparcial, una “definición crítica del carácter de los naturales de las provincias de España”, donde va haciendo nuestro retrato con una maña muy notable para dar a la vez cariño y estopa. Así, del vasco dirá que “prefiere siempre a su vida / la defensa de su fuero”. Por su parte, el catalán, “mercader y fabricante, / jamás vive con reposo”, en tanto que el valenciano tiene “la sustancia para todo / de gente de regadío”.

Ya se ve que cada uno recibe su balín. La décima más famosa de Salas es la que dedica a sus paisanos, “cada cual en sí metido, / y contento en su rincón”. Y bien: a mí me encanta que, lejos de andarse metidos en su rincón, hoy los extremeños acaparen las noticias por liderar la vuelta a España electoral que nos espera.

A efectos de transparencia, diré que tengo media familia en Extremadura, que allí he pasado media vida y que allí –perdón por la grandilocuencia– espero terminarla. No me es indiferente, por tanto, la tierra que despidió –“una lágrima se asomó a mis ojos”– a Mariano José de Larra y la que dio la bienvenida al todavía principito Juan Carlos de Borbón. Por suerte, quienes queremos hablar bien de Extremadura tenemos a mano un apóstol como Miguel de Unamuno.

La escena la refiere Francisco de Cossío. Blasco Ibáñez y Unamuno están en el hotel del Louvre y Blasco se pone lírico cantando las excelencias de París: “Este es, sin duda”, le dice a Unamuno, “uno de los lugares más hermosos del mundo. ¿Qué echa usted aquí de menos?”. Unamuno, en el acto, repuso que lo que echaba de menos era Gredos. Boutades aparte, el vasco va a decir como nadie la belleza extremeña: los campanarios barrocos del “Badajoz que mira hacia el sur”, “los encinares donde la carne porcina crece y se adensa”, “los valles deliciosos del Jerte y del Tiétar” o “las boscosas umbrías de la sierra de Guadalupe”.

Solo faltarían el skyline de Trujillo, los rebaños de merinas al caer la tarde, o esos alcornoques que, desnudos de su corcho, van tomando, como escribe Josep Maria Espinàs, primero “el color del vino y después un morado penitencial”. Nada más lejos, en definitiva, de la idea de unos campos extremeños “desnudos de árboles, abrasados por los soles y los hielos”. De hecho, al viajero Richard Ford, hombre en extremo fastidioso, las dehesas le recuerdan en algo a la amenidad de su Inglaterra: “Cotos absolutos para el botánico y el sportsman”. Ya desde el preámbulo de su Estatuto, sin embargo, Extremadura se sabe afectada por “una historia poco generosa”. Hubo un tiempo en que se alardeaba de que “los dioses nacían” allí, pero bueno está el mundo para alardear de conquistadores.

Su campo ha tenido menos élites emprendedoras –típicas, ya que han salido de Inglaterra– que élites extractivas de las que solo aparecían por allí a cobrar la caza o la montanera. La vida en Las Hurdes pudo leerse a lo heroico, como hizo el hispanista francés Maurice Legendre: los hurdanos habían luchado por aferrarse a su tierra de un modo que “ni los holandeses contra el mar”. Sin embargo, Las Hurdes fue sinónimo de miseria. Y mira que no hay nombres de eufonía dulcísima en Extremadura que el crimen tuvo que ocurrir en un lugarón llamado Puerto Hurraco. Extremadura fue también esa tercera provincia –Alcorcón, Sant Boi– de gentes que se habían tenido que marchar.

Son tantas las cosas que han ido a mejor que hoy, si pensamos en extremeños por el mundo, pensamos en las 1.000 tiendas de La Casa de las Carcasas. Uno, con todo, tiene devoción particular por aquella Extremadura romántica del siglo XIX, con su Espronceda y su Carolina Coronado. O por esa otra libresca, a veces incluso mistérica, que va de Arias Montano a Bartolomé José Gallardo y de Mario Roso de Luna, “el sabio de Logrosán”, al bibliófilo Antonio Rodríguez Moñino. Hay, en fin, menos verdad en el mito de Las Hurdes o Puerto Hurraco que en la Guadalupe que se proyecta en América, el Yuste que ilumina a Europa o esa raya –la frontera más porosa del mundo– que nos cose y abraza a Portugal. El día que pongan un buen tren, Extremadura va a pasar de “gran desconocida” a paraíso.


Share/Bookmark

18 agosto 2026

Las barbas del vecino

(Apostillas a mi artículo: "Poner las 'bardas' en remojo?", del 15 de julio de 2013).

Éramos vecinos, descubrió que yo acentuaba la sílaba equivocada de un par de palabras graves; como –necio yo– insistía en mi resabio, el muy taimado me preguntaba por el significado de la palabra que él aducía no haber entendido... Para cuando me escuchó decir algo relativo a "poner las barbas en remojo", presto me espetó que estaba equivocado, que el apotegma se refería a bardas y no a barbas… Esto es parte de la historia de un artículo mío que ya cuenta con casi 5.000 visitas. Mal pudiera tratarse de bardas, procuro sugerir, si el aforismo ya existía en el latín medieval como “Barbam propinqui radere, heus, cum videris, prabe lavandos barbula prudens pilos” (“Si ves que a tu pariente le pelan sus barbas; –eh tú–, haz que las tuyas las mojen, como lo haría un hombre sensato”). 

Mucha agua ha pasado bajo el puente; por ello, mi intención es hoy aportar con nuevos argumentos que he recogido. En primer lugar, pudiera decirse que la figura del barbero, a través del tiempo, se fue convirtiendo en una suerte de alegoría del ladrón. Esto lo tomo de una novela escrita por alguien nacido 30 años después de Cervantes, Francisco de Quevedo (ver IN, De pícaros y picardías, 09/2020); se trata de “La vida del Buscón”, obra en la que Quevedo expresa, en la voz del protagonista, el doble sentido que tienen verbos como rapar o rasurar… Hacia el final del Capítulo I, Pablos cuenta que es hijo de un barbero y de una mujer conocida, por mal nombre, como “alcagüeta”; y refiere que, en cierta ocasión, su padre “fue a rapar a uno, no sé si la barba o la bolsa: lo más ordinario era uno y otro”. Encuentro que la frase, así como su explicación atribuida a Covarrubias, sugieren que pelar, barbear o afeitar, equivalen –metafóricamente– a esquilmar, asaltar o robar; es decir a: “tomar algo con violencia o engaño”.

Por eso, me fue grato poder acceder a una obra única en su tipo, el “Vocabulario de refranes y frases proverbiales…”, compilado en 1627 por Gonzalo de Correas (Catedrático de griego y hebreo en la universidad de Salamanca). Mi búsqueda no dio resultado mientras traté de ubicar el aforismo a través de voces como ‘poner’ o ‘barbas’; fue al usar el adverbio de tiempo que di con el mismo: “Cuando la barba de tu vecino vieres pelar, echa la tuya a remojar”. Correas (1571-1631) nunca llegó a publicar su obra. La legó al Colegio Trilingüe; allí permaneció hasta principios del siglo pasado, aunque su original desapareció. Por ventaja, cuando la RAE preparaba la segunda edición de su Diccionario de Autoridades, guardó copia del expediente para conservarla en su archivo (1780). Correas fue un gramático, lexicógrafo, paremiólogo y ortógrafo español. Es reconocido como impulsor de una reforma a la ortografía del castellano de criterio fonetista, en lugar del criterio etimologista defendido por Nebrija en 1492. Esto explica que se considere “estrafalario” al método ideado por él para editar su Vocabulario, insinuándose que solo entrañaba innecesaria complejidad.

Un día, mientras trabajé en Arabia, me hice acompañar por un conserje mientras iba al bazar en busca de una peluquería, al despedirse el egipcio musitó algo que me pareció dicho en un inglés antiguo: “lf thy barber shaves your neighbour, better be ready and soak thy chin” (Si el barbero afeita a tu vecino, prepárate y remoja tu barbilla). Al expresarle mi extrañeza, mi acompañante me aclaró que se trataba de un refrán egipcio… Sería años más tarde, leyendo un interesante ensayo del académico José María Fórneas Besteiro, que finalmente me topé con la relación entre el refrán y la lengua árabe. Se trata de un breve tratado titulado “Ocho refranes árabes y otros tantos españoles: ¿paralelismos o algo más?”, en el que se da: la traducción literal, su interpretación, y luego se añaden las notas de respaldo mencionadas por el editor marroquí Muhammad Ibn Śarïfa que ha españolizado su nombre como M. Bencherifa:

- Cuando veas que la barba de tu vecino está siendo pelada, pon la tuya en remojo.

- Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar. 

Bencherifa da muchas referencias árabes, recoge una de las formas del refrán en español y remite a La Celestina y a varios autores: califica al refrán de popular y antiguo. El primer hallazgo se remonta al visir al-Mu'tamid de Sevilla, Abü l-Walid, que, según una anécdota que aparece en el Nafh de Maqqarï, al ser depuesto el rey sevillano en el año 1091, habría dicho: «Vierta agua en su barba quien –vea que– ha sido pelada la de su vecino». Se exhiben también otras referencias: la más antigua pertenecer a El Corbacho: «Proverbio vulgar es en Castilla que quando la barva de su vezino viere hombre mesar, que eche la suya en remojo. E la causa es porque el que hizo a un vezino la injuria, amenaza a otro» (sic). “El Corbacho" es una obra maestra de la literatura medieval (1438). Su autor fue Alfonso Martínez de Toledo, Arcipreste de Talavera (1398–1468); es una sátira moral contra la lujuria; combina religión, medicina y costumbres. Su nombre completo es El Corbacho, o Reprobación del amor mundano. A menudo se la confunde con el apellido del autor, la obra se inspira en Il Corbaccio del italiano Giovanni Boccaccio, adaptando el género a la sociedad castellana del siglo XV.

Esta última información me fue proporcionada por uno de mis lectores. El ensayo de J.M. Fórneas, es más que contundente; sobre todo porque árabe y español pertenecen a familias lingüísticas distintas. Se sabe que las lenguas semíticas pertenecen a la macro-familia afroasiática (que incluye al árabe, hebreo y amárico –la lengua etíope–), mientras que las indoeuropeas constituyen una familia separada (que incorpora, entre otros, al español, inglés, hindi y persa). Aunque ambas han compartido préstamos léxicos por contacto histórico, no tienen un origen común (las lenguas semíticas se distinguen por sus raíces tri-consonánticas). Quedaría por determinarse si el adagio se trata de un aforismo dialectal árabe o nos vino al castellano a través de ese idioma.


Share/Bookmark

14 agosto 2026

Basílica, iglesia y catedral

La palabra templo viene del latín templum, vocablo formado por la raíz indoeuropea *tem- (cortar) y el sufijo -lo, con una pe añadida. No siempre tuvo un sentido religioso; fue una antigua voz en lengua augural. Los augures, que vaticinaban la fortuna por medio del vuelo aviar, “cortaban” un espacio en la cubierta del lugar donde hacían sus observaciones. La práctica se expandió a los bosques, talando la vegetación en espacios considerados sagrados. Así templum designó esos espacios; y, sólo después, al edificio construido para contener la estatua de una deidad y sus ofrendas. La vinculación de templo con esas prácticas, se percibe todavía en el verbo contemplar, que significaba en origen, “observar el templo” o espacio sagrado para predecir la fortuna mediante el vuelo de las aves, que es lo que hacía el augur...

Basílica, en cambio, viene del latín que la tomó del griego, con el sentido de regio o real. Los griegos dieron ese nombre a una gran sala rectangular que contenía un ábside (pared semicircular) en la cabecera, algo que vieron en los palacios orientales: este era un salón del trono donde se celebraban audiencias. Los romanos, grandes constructores, se fijaron en estas salas y crearon, con igual estructura, un edificio público con idéntica forma y lo llamaron con el mismo nombre griego que tenía el lugar que lo había inspirado. Las primeras basílicas se construyeron en el foro Romano a partir de los siglos III y II a. C. Poco después, los romanos llenaron el mundo mediterráneo con similares basílicas: cada población tenía al menos una.

Basílica era, por tanto, un edificio civil utilizado para celebrar juicios legales con la presencia de público, o como un centro de negocios y transacciones financieras. En el principio, las basílicas eran grandes edificios con una sala cuya cubierta estaba sostenida por dos filas de columnas que delimitaban tres naves. Con el tiempo se construyeron basílicas cubiertas por bóvedas cada vez más grandes; en el ábside habrían situado la estatua del emperador que había patrocinado o financiado esa construcción específica.

En el siglo IV, cuando el cristianismo cobró auge con Constantino, los cristianos empezaron a construir templos financiados por los emperadores. Lo hicieron, buscando lugares adecuados para que los fieles pudieran cumplir con sus rituales. Tomaron como modelo las basílicas romanas y construyeron sus templos con similar arquitectura: una nave rectangular con dos hileras de columnas y un ábside en la cabecera; las llamaron basílicas y, por ello, hemos acabado asociando el término con un sentido religioso.

Iglesia (sin mayúscula) es el término general para cualquier lugar de culto; es el templo donde se reúne la comunidad. Es una forma de designación común y abarca desde una capilla de barrio hasta los templos más grandes. Su función principal es la de acoger a la comunidad para efectuar los ritos y celebraciones litúrgicas. Hay iglesias con carácter parroquial; su administración está a cargo de un cura o sacerdote, este funciona como lo haría la autoridad municipal. Algunas iglesias han incorporado un “crucero”, este consiste en dos pequeñas alas laterales, a manera de capillas, para que la nave tenga la forma de una cruz. 

“Basílica” es, por otro lado, un título honorífico que el papado otorga a ciertas iglesias por su importancia histórica, valor espiritual o relevancia arquitectónica. Todas ellas son iglesias, pero no todas las iglesias son basílicas. Estas son las principales diferencias: las basílicas acceden a ciertos privilegios, como el derecho a usar algunos ornamentos litúrgicos y prioridad en caso de visita papal. Hay dos categorías de basílica: las mayores son solo cuatro en todo el mundo y todas se encuentran en Roma; ellas son: San Juan de Letrán, San Pedro, San Pablo Extramuros y Santa María la Mayor. Las menores son cientos de iglesias que están repartidas por todo el mundo y son, además, reconocidas muchas veces como centros de peregrinación.

Una catedral es una iglesia que sirve como sede principal de una diócesis y alberga la “cátedra” o asiento del obispo (o arzobispo). Esta es una iglesia, pero no todas las iglesias son catedrales. Catedral viene del latín cathedra (silla con brazos que en la antigua Roma usaban los profesores). Es el templo central de una región eclesiástica (diócesis) y el lugar oficial –o sede– donde el obispo dirige y enseña a su comunidad. Hablamos de cátedra para referirnos a la dignidad episcopal, pero también a la facultad de impartir enseñanza.

Finalmente, sería conveniente definir el significado de ‘capilla’. El nombre viene del diminutivo ‘capita’ o capa pequeña, y tiene relación con un gesto caritativo que habría tenido San Martín de Tours con un anciano desprotegido e indigente (el de partir y compartir con él su capa); capilla equivale a oratorio. Existen también, en algunas iglesias, capillas interiores, dedicadas a rendir culto a las advocaciones marianas o para venerar a los distintos santos.


Share/Bookmark

11 agosto 2026

Historia detrás de un nombre

En una entrada anterior mencioné dos nombres que están asociados con la aviación: Dakota y Murialdo. El primero fue un mote que recibió el Douglas DC-3 o su versión militar, el C-47 Skytrain (llamado también Gooney Bird o Cheeky Charlie); “Dakota” había sido el apodo que el Ministerio del Aire británico (la RAF) le otorgó al avión en la nomenclatura utilizada para designar a sus aviones. TAO, la primera empresa en que volé, tuvo cuatro DC-3 (08, 09, 010 y 011). El “Douglas”, o “C-47” como lo llamaban en la Fuerza Aérea, era un avión con capacidad para 28 pasajeros o 6.000 libras. Se construyeron 16.000 de estos aviones; era un gran instructor, un avión muy noble: muchos todavía lo consideran “el mejor de todos los tiempos”.

Murialdo es, en cierto modo, una ofrenda piadosa. Dos aviones de TAO recibieron ese apelativo; el primero voló en los 50, fue un verdadero caballito de acero antes de que llegaran los Junkers 52 y los C-47. Era un monomotor canadiense Noorduyn Norseman (C-64), avión utilitario de patín de cola y ala alta reconocido por su gran resistencia; transportaba hasta nueve pasajeros. Para Gonzalo Ruales, verdadero artífice de la aviación oriental y promotor de TAO, el apodo tenía un sentido sentimental: significaba su identidad con el esfuerzo misional de los padres Josefinos, congregación fundada en Turín como Pía Sociedad de San José, por Leonardo Murialdo. Era un símbolo de gratitud y devoción, plasmado en el fuselaje del Norseman.

Nunca supe cuál fue el destino del primer Murialdo. No sé si se accidentó, si se lo vendió o si, simplemente, corrió el destino de todos estos animalitos cuando se ponen viejos. Gonzalo lo recordaba con gratitud, había sido su corcel y escudero. Una tarde, cuando veníamos de efectuar nuestro último vuelo, pudimos ver, en el interior del hangar, que habían alojado a un inesperado huésped: era un bimotor canadiense diseñado para operar en pistas cortas y traído del Canadá para cumplir un contrato exclusivo con la petrolera Anglo. Se trataba de un sorprendente y versátil De Havilland, DHC-6 Twin Otter… un precioso aparato.

Había mucha gente rodeando al avión aquella tarde. Esperé a que el hangar se descongestionara y me subí al aparato. “Es como una avioneta grande”, dijo un visitante, cual si revelara el sexo de un recién nacido. Me senté directamente en el puesto del comandante (no requería copiloto). Luego de escudriñarlo, reconocí que olía a nuevo; de veras parecía un aparato formidable. Amor a primera vista… Alguien ya familiarizado, me enseñó cómo bajar sin lastimarme. Entonces advertí que había una leyenda dibujada en ambos lados del fuselaje… MURIALDO proclamaba el distintivo; intuí que el sonoro vocablo se constituía en talismán para esfumar las penurias del pasado; y, a la vez, en una suerte de plegaria, que daría voz a la devoción del gestor de ese hito, y que habría de convocar esperanzados augurios por el futuro de su nueva aventura.

El Twin llegó al inicio de los años 70, era nuevo de fábrica; gracias al contrato pudo amortizarse en solo dos años. Sus primeros pilotos tenían experiencia en aviones STOL; habían volado las populares “Machacas” en la operación Texaco. Pronto nos dimos cuenta de que no permanecerían por mucho tiempo con nosotros. Eran buenos pilotos, conocían el Oriente, pero no les gustaba “instrumentar” y, sobre todo, “cruzar sin ver” el paso de Baños. Más de una vez me pidieron que los acompañara. Eran grandes personas, gente muy buena, y mejores conversadores. Vivían en la Costa, pero no les gustaba volar en la Sierra. No se acostumbraron…

Pero, no nos distraigamos. Así como TAO tuvo que ver con las misiones josefinas (y viceversa); Gonzalo siempre mantuvo una relación cercana y casi fraternal con su provincial, monseñor Maximiliano Spiller. Así como los salesianos deben su fundación a Giovanni Bosco (San Juan Bosco), la de los josefinos fue efectuada por otro religioso italiano que colaboró con Don Bosco, sin ser salesiano: Leonardo Murialdo. Los josefinos, adoptaron a San José (el padre de Jesús) como su beata referencia, como un símbolo de humildad y sacrificado apostolado. Cuando el Twin volaba con su nombre en el fuselaje, Murialdo ya había sido canonizado por Paulo VI. Aquello implicaba una autorización para ser venerado como intercesor.

Si el nombre de los josefinos tiene que ver con el esposo de María, ¿de dónde viene el de los salesianos? Don Bosco fundó la Pía Sociedad Salesiana (Societas Sancti Francisci Salesii), cuyos miembros son conocidos como Salesianos de Don Bosco, ellos se identifican por su devoción a la advocación mariana de María Auxiliadora; añaden a su nombre las siglas S.D.B. (Salesianos de Don Bosco). Juan Bosco los llamó así en honor del santo obispo de Ginebra, Francisco de Sales (1567-1622), un doctor de la Iglesia, nacido en Sales, Saboya. Francisco había sido un antiguo abogado, se convirtió en predicador y fue uno de los teólogos más respetados de su tiempo; se distinguió por su profunda fe y por su actitud conciliadora frente a las divisiones que la Reforma había provocado en su tierrra. Es el santo protector de periodistas y escritores.


Share/Bookmark

07 agosto 2026

Tesoros escondidos *

Transcribo este simpático artículo de Manuel Vicent, así como dos comentarios efectuados al mismo que captaron mi atención. ¡Disfrútenlos!

Una caja fuerte especial *

  * Escrito por Manuel Vicent para El País de España

Cuando unos ladrones entran en una casa, en general buscan joyas y dinero en metálico y por su larga experiencia primero se dirigen a las cajas de zapatos, luego a las perolas de la cocina, a los libros de las estanterías, a los radiadores, a los colchones, a la caja fuerte descubierta detrás de un cuadro. Al parecer, existe un orden instintivo a la hora de esconder el dinero, los ladrones lo saben y por supuesto también lo sabe la policía que tiene a su disposición perros amaestrados capaces de señalar un fajo de billetes en cualquier doble fondo, entre las vigas del techo, bajo un ladrillo del salón o enterrado en una fosa del jardín.

A la hora de buscar un lugar oficialmente seguro tampoco sirve alquilar la caja de un banco que sería el primero en delatarte si tuvieras un problema con Hacienda. La paranoia de quien guarda en casa gran cantidad de dinero negro debe de ser muy angustiosa. A un escritor especialista en historias de detectives le preguntaron, llegado el caso hipotético en que se viera obligado a esconder un alijo de dinero, qué lugar escogería. Era un escritor de éxito, muy elogiado por la crítica, había sido reconocido por su talento con alguna medalla de oro nacional.

Ante una audiencia que le seguía con mucha atención explicó que su plan podría tomarse con humor a la manera de un relato de Agatha Christie. Primero trataría de mantener la fama de persona honesta fuera de toda duda, lo más alejada posible de cualquier hedor a dinero sucio. Para disimular escribiría versos muy líricos. Dada su reputación no tardarían a invitarle a que guardara para la posteridad algunos de sus escritos. Sin duda podría hacerlo en una caja fuerte del Instituto Cervantes donde los autores depositan textos que desean que se lean en el futuro. Aprovecharía esta invitación para guardar en esa caja un millón de euros envuelto en un pliego de sonetos donde permanecería bajo una llave a su disposición. Ni a Hércules Poirot se le ocurriría meter allí la nariz.

Christian Sanz:

Niccolo Ziani fue un mercader veneciano de finales del siglo XV que se quebrantó la salud negociando seda y especias con los turcos. Reunió una fortuna en oro macizo, esmeraldas, perlas y letras de cambio. El viejo desconfiaba de los usureros de la Plaza de San Marcos y, todavía más, de sus tres hijos; sabía de sobra que lo que a él le había costado décadas amasar, ellos lo dilapidarían en un tris. Por eso se llevó parte de la riqueza a un bosque de hayas, allá donde Treviso empieza a empinarse buscando las estribaciones de los Alpes. No dejó mapas ni confesó el secreto a nadie. En su lugar, escribió un pequeño cuaderno dedicado a sus viajes y observaciones comerciales que todo el mundo tomó por unas curiosas memorias de mercader.

Hubo que esperar mucho tiempo para que alguien sospechara de aquellas páginas. Las cifras de los sacos repetían patrones extraños y los nombres de las islas griegas formaban frases sin sentido comercial. Hoy ya no hay duda: el libro era, en realidad, la clave para localizar el tesoro.

J. Zamora Bermudo:

La parte más débil de una caja fuerte es su parte trasera. He visto muchos casos en los que los ladrones han abierto cajas de 300 kilos como si fueran latas de sardinas. Las partes traseras son como las puertas falsas de un cuartel. Todo el esfuerzo se dirige a las puertas por donde no sería capaz de entrar ni una cucaracha. Sin embargo, por la parte trasera del mundo entran todo tipo de especímenes sin ser vistos. Son quienes manejan los hilos de la vida desde sus sillones de poder. Mientras todos ponemos la vista en los que pasan por la puerta principal, ellos entran y salen a su antojo. Las joyas de la caja de Rodríguez Zapatero nos han deslumbrado por su impacto moral. Sin embargo, estoy seguro de que lo importante es lo que aún no se ha visto; lo importante está en quién entra y sale por la puerta de atrás, sin pedir permiso, sin pedir perdón.


Share/Bookmark

04 agosto 2026

Gilgamesh y la Biblia

Con la ayuda de Inés Alban (IA) me permito resumir la sorprendente similitud entre los relatos de la Epopeya sumeria de Gilgamesh y del Génesis en la Biblia; tanto referentes al paraíso terrenal y al árbol del Bien y del Mal, cuanto a la historia del diluvio con sus respectivos actores: Gilgamesh y el patriarca Noé.

La Epopeya de Gilgamesh es bastante más antigua que la Biblia. Las versiones escritas más antiguas de Gilgamesh (en tablillas de arcilla), un poema épico sumerio, datan de entre 2100 y 1800 a.C. En contraste, los primeros textos hebreos del Antiguo Testamento se redactaron entre el 800 y 600 a.C. (al menos mil años después).  Por su antigüedad, varios historiadores concuerdan en que la tradición de Gilgamesh –y su relato de un gran diluvio– influyeron en las narraciones bíblicas posteriores, como la historia del Arca de Noé.

La serpiente y la manzana: en ambos textos, la serpiente actúa como un agente que arrebata la inmortalidad o la eterna juventud a los humanos. Sin embargo, la manzana no aparece en el texto bíblico original, y el objeto robado en Gilgamesh es una planta marina. El desglose de los elementos varía entre ambos textos:

La Serpiente: en Gilgamesh, el héroe logra obtener una planta mágica en el fondo del océano que devuelve la juventud a los ancianos. Al regresar, se detiene a bañarse en un estanque de agua fresca. Una serpiente huele el dulce aroma de la planta, la roba y se la come. Al instante, la serpiente muda su vieja piel por una más joven, explicando el mito de por qué las serpientes rejuvenecen, mientras el héroe llora al perder su oportunidad de ser inmortal. En el Génesis bíblico, la serpiente es descrita como un animal astuto; no se come el premio, sino que engaña con la palabra a Eva para que desobedezca a Dios. Así, la humanidad es expulsada del Jardín del Edén, perdiendo el hombre acceso al Árbol de la Vida y volviéndose mortal.

La Fruta Prohibida y la Manzana: en el texto de la Biblia nunca se menciona una manzana. El Génesis se refiere genéricamente al fruto del Árbol del conocimiento del bien y del mal. La idea de la manzana nació siglos después, por un juego de palabras en el latín medieval. La palabra latina malus significa tanto “mal” como manzana. Cuando la Biblia se tradujo al latín (la Vulgata), los encargados asociaron el fruto del mal con una manzana. En Gilgamesh, no hay tal fruta prohibida. El objeto de deseo es una planta espinosa (similar a un escaramujo o rosa marina) que crece en el abismo de las aguas: no estaba prohibida; el sabio Utnapishtim le revela el secreto a Gilgamesh, como regalo de consolación, por haber fallado unas pruebas.

Paralelo Cultural: los historiadores señalan que ambos relatos reflejan una obsesión de las culturas del antiguo Oriente Próximo por entender por qué los humanos somos mortales y envejecemos, usando a la serpiente como un símbolo universal de engaño, astucia y renovación.

Paralelismos sorprendentes entre los dos textos: el tema de las aves es una de las pruebas más claras de la conexión entre ambos textos. Tanto Noé como Utnapishtim (el héroe mesopotámico en Gilgamesh) usan aves para verificar si las aguas del diluvio han bajado y hay tierra firme. Sin embargo, el orden de las aves y los tipos utilizados varían en cada relato. Este es el orden en la Epopeya de Gilgamesh (Tablilla XI): Utnapishtim libera tres aves, espaciadas en el tiempo, una vez que su barca encalla en el monte Nisir: 1. La paloma es la primera en salir, al no encontrar dónde posarse, regresa; 2. Le sigue la golondrina. Tampoco halla tierra firme y regresa. 3. El cuervo es el último: ve que las aguas han disminuido, come, grazna, vuela de un lado hacia el otro y no regresa. Esto le indica a Utnapishtim que al fin es seguro desembarcar. 


El orden en la Biblia (Génesis 8): Noé libera varias aves desde el Arca encallada en el monte Ararat, pero el orden es diferente y repite una de las especies: 1. El cuervo es el primero en ser enviado, vuela de aquí para allá hasta que la tierra se seca, pero no trae información útil; 2. La paloma, al no hallar donde posar el pie, regresa al Arca; 3. La paloma (segundo intento), siete días después vuelve a salir, regresa al atardecer portando una rama verde de olivo en el pico (el famoso símbolo de la paz). 4. La paloma (tercer intento): Tras siete días, Noé la suelta por tercera vez y ya no regresa, confirmando que la Tierra es habitable. 


¿Por qué importa esto?: Para los historiadores, prueba que ambos mitos compartan la estrategia de lanzar un cuervo y una paloma para medir el nivel del agua; esto no es una coincidencia. Dado que las tablillas de Gilgamesh preceden por más de mil años al relato del Génesis, el consenso académico apunta a que el autor bíblico conocía el relato mesopotámico y lo adaptó bajo una perspectiva monoteísta.


Share/Bookmark