29 mayo 2026

Travieso juego de la memoria

(Tránsito de alfayate a calafate)

Fui a casa de mi hermano Luis Eduardo la otra tarde. Fue oportunidad para saludar con una de sus hijas que vive en el exterior y que había venido para pasar en familia unos pocos días. Luis había invitado a dos de sus cuñados, quienes por coincidencia fueron nuestros respectivos compañeros los doce años de colegio; ellos han sido nuestros amigos de toda la vida. Tienen pues, edades similares a las nuestras; se llevan entre sí con un par de años. En casos así, resulta inevitable no recordar los días y episodios compartidos…

Alguien preguntó si recordábamos el precio de una porción de chifles con cebolla; refrigerio menos oneroso y más asequible entonces, que hubo en ese diminuto quiosco ubicado en un recoleto rincón del patio del colegio. Al mencionarse que aquella ración tuvo un costo de cuatro reales (solo 40 centavos de sucre), surgió pronta la consulta de quién fue la persona que allí atendía y administraba ese negocio que –cómo otros lo recordábamos–, se despachaba desde atrás de una estrecha ventanilla de servicio. El encargado, era un humilde e industrioso alfayate que mantenía una poco concurrida sastrería que estaba situada al principio de la cuadra. Lo llamábamos “maestro” en mérito a su oficio: respondía al sugestivo apelativo de Contreras.

Pero, como sin querer una cosa conduce a la otra (¿no fue eso lo que alguien llamó “el 'santo oficio' de la memoria?”), recordé que alguna vez había escrito un pequeño artículo en homenaje a los obreros que hacían más fácil y llevadera nuestra vida, e indagué brevemente en este blog utilizando su herramienta de búsqueda e insertando la voz “alfayate”. Así, encontré la entrada (Elogio del maestro remendón, decía) y me permití leer ese breve artículo. Mientras lo hacía, y de ese modo recordaba a ese individuo cumplidor que, además, había sido nuestro servicial vecino (al tanto que explicaba el sentido de alfayate), recordé otra voz poco utilizada, una palabra parecida. Me refiero a “calafate”, ese asistente que suelen tener los barcos.

Como, asimismo, también había utilizado este último vocablo en otro artículo, publicado en octubre del año 2012 (Itinerario Náutico, Corazón de calafate), decidí consultar por qué era que se había bautizado con ese nombre a una ciudad interior ubicada en el sur de la Argentina: la pujante población turística de El Calafate (o Calafate), e investigar el motivo para que se le haya otorgado tan singular como curioso nombre. Calafate está ubicada en la costa meridional de un cuerpo de agua bastante irregular que está avecinado a la cordillera de Los Andes, y que lleva el nombre de Lago Argentino. La ciudad forma parte de la provincia de Santa Cruz y dispone de un aeropuerto internacional. Este se constituye en puerto de entrada al parque nacional de Los Glaciares, hogar del famoso glaciar Perito Moreno en el sur de la Patagonia argentina.

Pero este nombre (calafate) no responde al oficio mencionado (una suerte de carpintero reparador que ejercita su oficio en las naves marinas) al del encargado de calafatear, vale decir de remendar, taponar o reparar las junturas que van perdiendo su impermeabilidad en la quilla de las naves; sino, más bien, a un arbusto que abunda en la región: el calafate (Berberis microphylla), una planta espinosa nativa del sector; famosa por su pequeña baya comestible de color negro azulado, de sabor dulce y que en apariencia es muy similar al arándano (blueberry). Este es un alimento muy rico en antioxidantes, utilizado en repostería, mermeladas y en salsas para aderezar las carnes; además de tener usos medicinales, por sus propiedades anti-bacterianas. De acuerdo con una leyenda local, quien come su fruto siempre regresa a la Patagonia…

Nunca tuve oportunidad de visitar la Patagonia. Hoy sé que Calafate, a fin de cuentas, sí tiene que ver con el otro calafate: el reparador o carpintero. Y esto sucede porque de ese “otro calafate” (el argentino) se obtiene una resina que sirve justamente para reparar las embarcaciones. Es curioso, pero el nombre pudiera estar relacionado con cómo llamaron los primeros aborígenes a su tierra natal, un nombre que suena parecido a calafate: Kehek Aike, palabras que querrían decir: dejar (o depositar en) y paradero humano; con lo que tendríamos una toponimia relacionada con un paradero o depósito para almacenar artefactos y otros enseres. 

Desde hace cincuenta años, Calafate ha cobrado una enorme importancia, especialmente por el atractivo que despierta el glaciar Perito Moreno. Hoy, la pequeña ciudad tiene una enorme oferta turística; existe ahí un progreso considerable de la población, la misma que se acerca a 30.000 habitantes. Durante la temporada alta, que coincide con el verano austral, el aeropuerto recibe más de una docena de vuelos diarios.


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26 mayo 2026

El barco de Teseo

No recuerdo cómo exactamente ocurrió, el punto es que una noche, mientras nos tomábamos un par de tragos, Pablo me confesó que tenía a su cuidado un documento invaluable: se trataba de un códice maya, cuya fecha de elaboración era muy difícil de precisar. Se trataba del legado de un ilustre antepasado que lo había obtenido como obsequio por parte del gobierno mexicano. Cuando lo revisé (parecía un acordeón), reconocí que ese era un fragmento de historia, un verdadero tesoro, un grabado antiguo y fascinante.

Como buena parte de su biblioteca ya había sido donada a una institución cultural, quise saber, cuándo él falleció, cuál había sido el destino de ese fascinante e irrepetible testimonio; y qué volúmenes habían sobrevivido en ese modesto librero que todavía quedaba en la habitación que le sirvió de escritorio. Su viuda, de propia iniciativa, me invitó a explorar ese anaquel, a ver si pudiera interesarme por uno de esos olvidados tomos. Los revisé en forma sumaria, no quería dar la impresión de que me animaba, más que la curiosidad, la horrible intención de la codicia. Tomé un libro de pasta dura al azar; contenía el Moby Dick de Neville. Me puse a hojearlo: alguien había resaltado con marcador anaranjado varios términos náuticos; destacaban esos vocablos que se encuentran en Conrad o en Galdós…
Solo al llegar a casa descubrí que también se habían añadido un par de extraños comentarios. Estos parecían contener un mensaje dedicado a algún destinatario, a manera de recado… Uno estaba transcrito en la contratapa, se había utilizado el mismo marcador con el que se habían resaltado aquellos vocablos. Se trataba de un mensaje religioso, proclamaba: “Entre Dios y el creyente no se necesitan intermediarios”. El nombre de Mahoma, a manera de rúbrica garabateada, lo subseguía. El otro asomaba dos hojas después; era una nota trazada al apuro, tenía un par de tachones, contenía una oscura palabra suscrita con indescifrable caligrafía: “Un tipo descubre un papel que le conduce al encuentro de cartas cruzadas entre 3 o 4 autores. El (a…d…s) de las cartas, en distintas bibliotecas, resolverá un crimen cometido, del cual sabían esos autores…” Me tomó algún tiempo descifrarlo: no me había sido fácil interpretar la palabra ‘análisis’ con claridad. Tuve que pedir a alguien, con un tipo de letra parecida, que me ayudara a descifrar el acertijo.
Se me ocurrió redactar una consulta y someterla a la IA. Pregunté: “¿Qué obra contiene tiene esta trama…”, hice copy-paste y la completé con esa misma nota, que parece que fue recogida como referencia o tal vez tomada de algún programa televisivo que incluía un guion parecido… Era evidente que ante la falta de papel disponible para escribir, alguien había utilizado una página libre de la contraportada, apunte que interpreté –en principio– como una súbita idea que a alguien se le había ocurrido, y que se establecía como el borrador para un eventual relato posterior; o, quizá, un desafío para que alguien intentara escribir una historia parecida.
Pasados breves segundos la IA me contestó: “La obra puede ser la novela ‘S.’ (Ship of Theseus), concebida por J.J. Abrams y Doug Dorst, publicada en 2013. La trama se basa en un personaje misterioso que un escritor describe; y el análisis de cartas, recortes y anotaciones en los márgenes, efectuado en una biblioteca por otras dos personas. El guion devela un crimen y una trama ocultas. Se trata de un ‘guion Interactivo’, donde los lectores pasan a actuar como detectives, analizando las anotaciones de dos estudiantes (Jen y Eric) que investigan al enigmático autor "V.M. Straka". Existe una serie de elementos clave; como cartas, mapas dibujados en servilletas, recortes de prensa y fotografías que se encuentran físicamente dentro del mismo libro. La correspondencia cruzada entre los dos estudiantes, que ha sido ubicada dentro de los márgenes, ayuda a reconstruir la historia y resolver el misterio y la identidad del autor del crimen. Otra posibilidad, aunque más enfocada en la correspondencia clásica, sería "Cartas cruzadas" de Darío Jaramillo Agudelo, un escritor colombiano; sin embargo, la descripción interactiva encaja mejor con ‘S’. (El barco de Teseo)
Luego de somera investigación descarté la segunda opción. Ello me permitió enfocarme en la historia de Dorst. Estaba frente a un insólito concepto de narración (incluía la publicación simultánea de comentarios efectuados por supuestos lectores, en letra manuscrita); noción que aportaba a la idea del “libro como objeto”. Así, el lector se convierte en indagador y en un personaje más: es un nuevo protagonista. El formato es peculiar: aporta con la asistencia de material complementario. De ese modo, la lectura se torna complicada y exigente. “S” no es una novela para cualquiera, no se puede prescindir de lo que comentan Eric y Jen. En resumen, se trata de un libro de misterio: el lector debe intentar descubrir la identidad del autor, así como también la del principal personaje. Straka es enigmático, es un hombre sin pasado que es secuestrado y llevado, en un barco siniestro, a un viaje lleno de peligros.
La novela es un trabajo experimental, su recurso es jugar con la forma del texto, resultando en una narrativa multi-direccional. Bien visto, los acertijos y saltos de lectura, entre páginas, son una forma de ‘enganche’. En suma, se trata de un rompecabezas con tres tramas: la historia de “S” en sí; los comentarios de quienes investigan; y el resultado que surge cuando esas dos tramas se enredan con el misterio de la identidad del autor. El lector atento debe discernir entre ficción y realidad, bregar con la historia central, a la par que con los comentarios que no siempre siguen un orden cronológico… Esos comentarios están plasmados en apuntes efectuados en diferente color y caligrafía, con lo que la historia termina convirtiéndose en una “Novela con notas y datos falsos que encubren códigos secretos”. Es como si las palabras estuvieran colocadas con un predeterminado motivo, y el libro en la biblioteca con idéntico propósito. Debe haberse dado un formidable trabajo de traducción y edición. Se nos ofrece una sugerencia: leer el texto por capítulos y, luego, regresar a revisar las notas de los márgenes y las puestas al pie de página (las añadidas por el traductor).
Teseo fue un héroe griego, hijo de Egeo, rey de Atenas, su historia es un paradigma. Cansados los griegos de ofrendar cada año siete efebos y siete doncellas para satisfacer la gula del Minotauro (animal mitológico que devoraba a sus víctimas en el laberinto de Creta), pidió a su padre que le incluyera en el siguiente viaje para tratar de eliminar al horrible monstruo. Egeo consintió, pero pidió a su hijo que si volvía instruyera a sus marineros que izaran velas blancas para anunciar su retorno. De él se enamoró la sin par Ariadna, quien le proporcionó un hilo que le permitiría orientarse y salir del laberinto. Teseo resultó vencedor y mató al Minotauro; por lástima, sus hombres olvidaron cambiar las velas y su padre al intuir lo peor, se precipitó al mar desde un acantilado y ya no vivió para celebrar la hazaña de su valeroso hijo. Desde entonces esa parte del Mediterráneo pasó a llamarse como ese rey desdichado.
Pero… ¿qué tiene que ver esto con el nombre de la novela? El barco fue abandonado en la playa y su carcasa empezó a sufrir los embates del tiempo. Poco a poco, las olas, los crustáceos, moluscos y otros organismos se encargaron de destruir el caparazón de la nave. Fue entonces cuando el recuerdo del héroe se hizo otra vez presente, y los griegos resolvieron dotar de nuevas y más resistentes maderas a la mítica embarcación. Siempre hay alguien descontento, sin embargo. La gente empezó a decir que: si se cambiaban sus partes, ya no era el mismo barco, el de Teseo; que ya no era en realidad el que les hacía recordar y rendir homenaje a su héroe. Ahora era un asunto de identidad: algo que alguna vez fue, ahora ya no era. Se convirtió en un insoluble problema filosófico…

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22 mayo 2026

Aviador, ¿palabra moribunda?

En días pasados leí un artículo de Álex Grijelmo en el que expresaba su sorpresa porque en estos días (un tanto bélicos) se haya retomado un vocablo que, según él, habría entrado en desuso: la palabra aviador (?). Quizá ello esté sucediendo en España, donde parece preferirse la voz piloto; pero no solo que no pasa en América, sino que aviador es término preferido en los documentos escritos; y, sobre todo, en el medio académico.  

Grijelmo sostiene que pudiera usarse aviador, quizá con cierta connotación romántica, e incluso ‘heroica’, para llamar a “un piloto de la II Guerra, a un pionero de la aviación, a los tipos intrépidos que se ponían gafas de mosca y vestían traje de cuero y gorro con orejeras. Pero que nadie se habrá referido así a un comandante de Iberia, aun siendo este técnica y lingüísticamente un aviador”. Menciona que, según ha investigado, el corpus de la Academia documenta el primer uso del vocablo recién en 1910. Añade que “la voz llegaría al Diccionario en 1914”; y que: “la segunda acepción, añadida en 1947, se ajusta como un zapato al caso comentado: ‘Individuo que presta servicio en la aviación militar’…”. El columnista sugiere que este tardío e inopinado uso sería una clonación tomada del inglés y que “el término ‘no se emplea nunca’ en la aviación civil” (?).

Tras mi inconforme lectura, me permití referirme al artículo con el siguiente comentario: “Soy, con orgullo, un aviador civil retirado. No tengo inconveniente en que me llamen ‘piloto’. Primero, porque lo soy (me he dedicado a pilotear o pilotar aviones); y, segundo, pues así es cómo nos llama la gente. Y, así como el Sr. Grijelmo se sorprende de que en estos días la prensa española haya utilizado la palabra aviador y no la de piloto, a mí también me sorprende que en su percepción ya no se use esta palabra en España, porque, según él, la voz habría no solo pasado de moda, sino alcanzado a adquirir incluso un tinte algo romántico…

Soy latinoamericano y dediqué casi 50 años a una profesión que en toda Iberoamérica se conoce como un oficio “de aviadores” (si acceden a la página de SEPLA, el sindicato español de pilotos, van a encontrar una sección entera dedicada a las mujeres ‘aviadoras’). Hoy se llama “piloto” desde a los corredores de fórmula (autos deportivos), hasta a muchachos imberbes que conducen un juguete conocido como Go-Kart (un día, buscando información de maquinaria pesada, me pidieron que consulte a alguien que operaba un pequeño montacargas, a quien identificaron como “el piloto”). A los aviadores nos llaman de varias maneras: piloto, capitán, comandante y hasta “skipper” (un modo de identificar a los oficiales responsables en los barcos mercantes). Pero somos ante todo “aviadores”, palabra que, en efecto, viene de una voz francesa, del mismo modo que el vocablo avión, que es un acrónimo, es decir palabra inventada (appareil volant imitant l’oiseau natural), sugerida por el francés Clément Ader, tan temprano como en 1875. Lo que es más “sorprendente” todavía es que esas palabras, avión y aviador, ya se usaban en el siglo XIX, incluso antes de que existiera la aviación… En latín un homo viator es alguien que viaja, un trotamundos o caminante. Un peregrino.

Advierto que, por no tratarse de su oficio, el columnista no estaría familiarizado con el empleo general que la palabra tiene. Me reafirmo en mi impresión de que el uso del vocablo aviador, en lugar del más popular de piloto, se percibe no solo como una opción más culta sino más exacta, que se utiliza en ambientes mejor educados. “Piloto”, por otra parte –al igual que “capitán”–, es un término inexacto, a más de devaluado: si usted entra en la cabina de mando, va a poder comprobar que a los dos pilotos, al piloto y al copiloto, se les trata de capitanes, aunque en la realidad, solo uno sea el verdadero comandante... Algo similar ocurre cuando se ve a toda una tripulación uniformada (y esto sucedía en el pasado), y era que no todos eran realmente pilotos, vale decir auténticos aviadores, pues –para serlo– hace falta ‘saber operar los mandos de un avión’. No son “pilotos”, ni los mecánicos de abordo ni quienes “no saben volar”.

Otro término que se usa en la actualidad es la palabra “comandante”. Mas, como no es un término que tiene un valor jerárquico, no está definido a quién se le puede llamar con este título profesional. En España y en algunos países de Iberoamérica fue por un tiempo un título reservado al ‘piloto al mando’ de un avión de aerolínea, pero en la práctica se ha ido llamando así a todos los aviadores, asunto que genera confusión. Del mismo modo, muchos participamos de la opinión de que eso de llamar “comandante” al piloto de una Cessna 150 (un pequeño avioncito de instrucción) suena no solo inadecuado sino bastante hiperbólico. Otro asunto que merece aclaración es que la palabra ‘aviador’ no solo se utiliza en la aviación castrense: no solo los militares son aviadores, lo son también los pilotos comerciales, los que han abrazado la aviación civil. En cuanto a “avión”, fue un término que definía a un tipo de pájaro, el vencejo, una especie de golondrina; de igual modo, aviador fue –antes de que haya aviación– alguien que aviaba, disponía o preparaba algo.


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19 mayo 2026

“Aviador”, qué sorpresa *

   * Escrito por Álex Grijelmo, para La punta de la lengua.

Muchos lectores se habrán sorprendido al observar en días pasados la repentina revitalización del sustantivo “aviador” en casi todos los diarios españoles, a causa de las vicisitudes que sufrieron dos militares estadounidenses en Irán. Compruebo ese resurgimiento con búsquedas en bancos de datos, en periódicos digitales y a través de Google; y también verifico que, como sospechaba, hasta hace poco sus apariciones en la prensa eran mínimas, incluso si se informaba de accidentes de aviones militares: jamás iba dentro un aviador.

El libro Palabras moribundas (Taurus, 2011), que firmamos la filóloga Pilar García Mouton y un columnista de ustedes, consideraba que ese término había entrado en desuso para las referencias actuales. Podía llamarse “aviador”, con cierta connotación romántica, a un piloto de la II Guerra Mundial, a un pionero de los aeroplanos, a los tipos intrépidos que se ponían gafas de mosca y vestían traje de cuero y gorro con orejeras. Pero nadie se habrá referido nunca así a un comandante de Iberia, aun siendo este técnica y lingüísticamente un aviador.

El corpus de la Academia documenta el primer uso de la palabra el 27 de diciembre de 1910, en dos noticias de un mismo diario, El Universal: “el aviador Loxsey” establecía el récord mundial en 3.474 metros de altura, y un incendio destruía el cobertizo de Douvres (Francia) donde “el aviador Graham White” tenía recogido su nuevo avión. La palabra llegaría al Diccionario académico en 1914, y se incorporó adaptada al español a partir del francés aviateur. Su definición básica sigue viva aún, y señala a la persona “que gobierna un aparato de aviación, especialmente si está provista de licencia para ello”. La segunda acepción, añadida en 1947, se ajusta como un zapato al caso que comentamos: “Individuo que presta servicio en la aviación militar”. Pero ambos usos de “aviador” –el civil y el castrense– fueron cayendo en picado, con perdón, a partir de 1975, como refleja la gráfica de Ngram Google Libros.

¿Y por qué de pronto resurge este vocablo ahora? Busco en la prensa norte¬americana cómo se habían referido en ella a los dos pilotos rescatados en Irán, y encuentro ahí la explicación. Los llamaron aviators (y no pilots). Me malicio entonces que nuestros diarios, lejos de haber recuperado, en un rasgo de estilo, una vieja palabra del español como podían interpretar en principio los bienintencionados lectores, han clonado la que habían visto poco antes en inglés. En Estados Unidos, aviator se utilizaba ya para los pilotos de dirigibles; después, para los pioneros del vuelo con alas, y luego ya pasó a la aviación militar, donde todavía hoy el naval aviator es el título específico que se obtiene al completar la instrucción de vuelo en la Armada. En el Reino Unido, sin embargo, predomina el término pilot, si bien aviator está en uso, pero con cierta connotación heroica.

Consulto a dos periodistas norteamericanos residentes en España y me cuentan que aviator funciona en su país de origen como sinónimo elegante de “piloto militar”, ya se trate de un personaje histórico o de un combatiente contemporáneo; y que los propios ejércitos se toman muy en serio el prestigio que implica esa palabra, propiciado y reforzado por las connotaciones que sembró en ella el cine de Hollywood. Sin embargo, el término no se emplea nunca en la aviación civil, donde predominan (como en España) pilot (piloto) y captain (para nosotros, comandante). En ese sector los aviadores no se llaman aviadores.

Con todo y eso, podemos alegrarnos, los lectores bienintencionados y yo, por esta recuperación de “aviador” en castellano como “piloto militar”, aunque el proceso que la ha traído a la luz nos haga recordar, por analogía, aquella genial viñeta de El Roto (publicada en EL PAÍS el 25 de octubre de 2018) en la que uno de sus oscuros personajes decía: “El español es un idioma vivo que sigue creando palabras nuevas. Pero en inglés, naturalmente”.

Nota del editor: si el autor expresa su sorpresa porque se haya resucitado una palabra en desuso como el vocablo aviador, más sorpresa me he llevado yo de que esto suceda probablemente en España, desde donde él escribe. En toda América, no se diga en el Ecuador, aviador es una palabra de uso corriente y que es utilizada, sobre todo, en ciertos ambientes académicos, con el sentido y vigencia que este vocablo merece. En mi próxima entrada estaré publicando el comentario con el que respondí y mi criterio al respecto.



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15 mayo 2026

Donde las dan, las toman

Cuántas veces no hemos escuchado decir aquel curioso aforismo; y no solo que no sabemos qué mismo quiere decir, sino que no parecemos interesados en averiguar su significado. La intuición puede decirnos, sin embargo, que lo que probablemente significa, es que, si nos gusta proceder de una cierta mala manera, lo más probable es que la fortuna (el karma) procure también que recibamos el mismo trato. Leí la expresión por primera vez en un libro básico de lectura; tenía siete años: estaba recién en segundo grado.

A veces hacemos un daño sin intención de maldad, con el solo deseo de “salvar los muebles”, de guardar las apariencias o ahorrarnos un gasto que no estamos en condición de sufragar, sin caer en cuenta que eso de perjudicar a los otros –a sabiendas– no solo es una forma de abusar de la buena fe de las personas, sino, ante todo, un signo de engaño, un robo y una estafa, que no es otra cosa que una injusta e ingrata incorrección con alguien que ha cometido el error de confiar en nosotros, que no nos ha hecho daño alguno ni irrogado perjuicio. No caemos en cuenta que “el mundo da vueltas”, y que en esta misma Tierra pagamos nuestro merecido castigo.

Donde las dan, las toman es un viejo refrán español que significa que quien hace daño o se aprovecha de los demás, eventualmente recibirá su merecido, implica con ello su confianza en la justicia divina o, si no, eventualmente, un deseo por que la suerte satisfará su ansiada venganza. Se traduce comúnmente al inglés como What goes around comes around. Se utiliza el apotegma para señalar que las acciones negativas tienen consecuencias y que el agresor puede resultar vulnerable. Se lo aplica cuando alguien que se ha burlado o ha hecho daño sufre la misma situación. El adagio indica que la reciprocidad de acciones negativas es inevitable. Otras sentencias similares son: “El que la hace la paga”; “Recuerda que el mundo da vueltas”; “Arrieros somos y en el camino andamos”; “Quien a hierro mata, a hierro muere”.

El inglés, como cualquier otro idioma, puede ser muy rico en expresiones parecidas. Basten unos pocos ejemplos: “You reap what you sow”, similar a “Cada uno recoge lo que siembra”; o "Quien siembra vientos recoge tempestades". “Tit for tat”, es una máxima equivalente; y “Karma is a bitch”: es una expresión que insinúa la respuesta del karma. 

Reviso el “Vocabulario de refranes y frases proverbiales de la Lengua Castellana” (título abreviado), de Gonzalo Correas, publicado en 1627, y encuentro que el aforismo es uno de los más de 25.000 ya registrados por esas fechas. Correas habría recogido dichos populares y refranes tanto de la tradición oral como de las principales obras hasta entonces publicadas. Entre ellas, sobresalen La Celestina, de Fernando de Rojas; El Lazarillo de Tormes, de autor desconocido; Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán. Así como: el Tesoro de Sebastián de Covarrubias, versos de Góngora, y obras de otros autores menores. Pero, “hace mutis por el foro” respecto al Quijote, la obra de Cervantes y Saavedra, ya muy popular por esos años, cuya Segunda parte debió haberse publicado durante la década anterior.

Esto llama la atención, porque si hay una riquísima colección de refranes y aforismos, es justamente en ese segundo y tan bien logrado volumen, en especial como parte de los dichos que utiliza en sus diálogos el siempre fiel y solidario escudero. Quienes han estudiado la obra de Correas, no solo proponen que El Quijote pudo haber sido su fuente principal de acopio e inspiración, sino que sugieren que Cervantes quizá poseía alguna suerte de catálogo refranero, del que tomó el sinnúmero de expresiones proverbiales que luego incluyó en su historia. La obra de Correas no es difícil de conseguir; yo mismo dispongo de una copia en versión PDF.

Mientras exploro e investigo, encuentro por casualidad una frase en inglés que desconocía; esta incluye, en una misma oración, todas las letras que hay en el alfabeto. Es algo parecido a esta otra invención en nuestro idioma: “Jovenzuelo emponzoñado con whisky qué ‘figurota’ exhibes”; ella es: The quick brown fox jumps over the lazy dog.

Según la Wikipedia, los refranes –máximas o aforismos– son expresiones populares breves que transmiten, sabiduría, consejos y observaciones sobre la vida, el amor y la sociedad, reflejando la cultura y el humor de nuestras colectividades”.


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12 mayo 2026

Aterrizar, alunizar, acuatizar…

“Los astronautas de Artemis II aterrizan y concluyen una misión histórica que ha llevado a los humanos a la Luna más de 50 años después”. Titular del 11 de abril, de El País de España.

Así, justo como lo he entrecomillado en el epígrafe, rezaba el principal titular de la versión digital del medio referido, en el día señalado. ¿Había en su redacción algo incorrecto o, al menos, confuso o inadecuado? Pudiera decirse que, si los astronautas hicieron contacto inicial en el Océano Pacífico, no “aterrizaron” sino que, más bien, amerizaron (o amarizaron, si les suena preferible, pues ambas formas son aceptadas). Pero pudiera inferirse también que, curiosa y contradictoriamente, ese anuncio pudiera estar correctamente redactado, si el editor se refería a que la nave Orión se había posado en las aguas del Pacífico en su maniobra de retorno a la superficie de nuestro planeta, llamado Tierra. Así y todo, tampoco “han ido” a la Luna, sino a su entorno, a sus cercanías, es decir solo la han orbitado (y ni siquiera eso) y luego han regresado.

Lo correcto hubiera sido señalar que, aunque esa misión histórica había llevado a sus tripulantes al entorno de la Luna, estos no habían alunizado, porque no habían hecho contacto con la superficie del satélite…

Esta necesaria, aunque ausente, aclaración me ha hecho caer en cuenta de lo que reza en las primeras licencias o certificados que reciben los aviadores, luego de su inicial entrenamiento. Estas contienen una leyenda que dice textualmente: “Mono, multi, tierra”, por ejemplo; o, simplemente (y más probablemente), “Mono-motor tierra”, lo que implica que el piloto autorizado con esa certificación, solo ha efectuado su entrenamiento para despegar y aterrizar en tierra (es decir, en aeropuertos o en pistas de superficie dura) pero que no está expresamente autorizado para hacerlo desde y hacia el agua, como solo se lo puede hacer con aviones o aparatos anfibios, lo cual requiere y amerita otro tipo de entrenamiento y de certificación. En cuyo caso, la respectiva licencia dirá: “Mono, multi, tierra y agua” (Mono - Multi - Land & Sea, en inglés).

En efecto, eso de posarse en el agua, requiere un entrenamiento especial. Quizá fuera sencillo si solamente se tratara de operar en aguas tranquilas, sin olas y sin flujo (corriente), como en los ríos. La dificultad se presenta justamente en aprender a reconocer el sentido de las olas (en mares y lagos) o el sentido de la corriente de los ríos (a favor o en contra) para poder maniobrar en forma segura y acoderar (estacionar) la nave sin riesgos o inconvenientes. No puedo, en este punto, dejar de recordar el “recurso” de un viejo y ocurrido colega –que ya no está con nosotros– que solía conducir su automóvil sin tener una licencia vigente de manejo… Él contaba que cuando el representante de la autoridad le solicitaba exhibir su licencia de manejo, mostraba la de piloto comercial, con lo que en forma automática el oficial expresaba su sorpresa e inconformidad, reclamando su efectiva validez. Entonces el chusco colega, paciente y muy sagazmente replicaba: “Lea bien, señor policía; ahí mismo dice ‘mono, multi, tierra’… ¡tierra, carro, pues, cholito!”.

Con mis disculpas por la anterior digresión (que solo procura tener un carácter humorístico y personal), hago ciertas consideraciones respecto a la forma como se refiere la gente a los “contactos iniciales” en los viajes espaciales, en cuanto a su correcta nomenclatura: En la Tierra (así con mayúscula inicial por tratarse de un nombre propio) se “aterriza” (en ocasiones se lo hace mediante un acuatizaje; o, si se prefiere, amerizaje). En la Luna, obviamente, se aluniza; nunca se “aterriza” (las naves, si es que alunizan, se “posan” en la superficie lunar). No me martiriza todavía pensar en cómo se dirá correctamente en el futuro cuando nuestras naves, tripuladas o no, se posen en otros planetas. Tal vez a ello se lo llegue a llamar “planetizar” (o quizá no). A eso de “hacer contacto” en Marte quizá lo llamen “marterizar”; y así por ese orden…

Noto, en este punto, que –aunque pueda sonar inapropiado– el verbo aterrizar ha de ir adquiriendo, como de hecho ya está pasando, poco a poco, una novedosa acepción, no solo la de posarse en nuestro planeta (sea que se lo haga sobre tierra o sobre agua), sino la de posarse en cualquier otro cuerpo celeste. Esto va a ser más cómodo y práctico que el martirio de decir “marterizar “, por ejemplo… Ni qué pensar cómo se dirá cuando vayamos a otras estrellas, como a la cercana Alfa Centauro; imagino que, de cualquier manera, menos con el verbo reflexivo estrellarse (matarse, estamparse, quedar mal parado…). De paso, la Luna no es un planeta, los planetas giran alrededor de una estrella, que en nuestro caso se llama Sol. Los cuerpos celestes que giran alrededor de un planeta reciben el nombre de “satélites”. De nada.


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