* Escrito por Zeeshan Aleem, el 7 de febrero de 2026, para MS NOW. Con mi traducción y reedición.
El esfuerzo de Donald Trump por mantener un proyecto de infraestructura gigante como rehén, a menos que se decida llamar al Aeropuerto Internacional de Washington-Dulles y a la Estación Penn de Nueva York con su nombre, parecería solo otra de sus tácticas narcisistas. Pero, considerando sus constantes empeños de auto-conmemoración, debería verse como algo más: una táctica autoritaria para dominar la conciencia pública. Desde octubre, Trump ha congelado los fondos de un proyecto de 16 mil millones de dólares para crear nuevos túneles ferroviarios entre Nueva York y Nueva Jersey. Su justificación se basa en que su gobierno debe primero examinar el proyecto y asegurar una purga de prácticas de contratación en temas de "diversidad, equidad e inclusión". Esta suspensión de fondos ya ha resultado en la pérdida de unos 1.000 puestos de trabajo en la industria de la construcción, y miles más están en peligro de suspenderse.
Este viernes, un juez federal ordenó a la administración que desbloqueara los fondos mientras continuaban las diversas demandas que tienen los proyectos. Esas son buenas noticias para viajeros y trabajadores, si la administración cumple. Pero Punchbowl News informó el jueves que, en enero, Trump le dijo al líder de minoría del Senado, Chuck Schumer, Demócrata por N.Y., que descongelaría los fondos si accedía a que se bautizaran tanto al Aeropuerto Dulles como a Penn Station con su nombre. MS NOW ha confirmado de forma independiente el informe. Schumer no tiene supervisión directa sobre esos proyectos y ha rechazado la exigencia del presidente. Esto no es una negociación política normal; es abuso de poder. Trump está interfiriendo con fondos que ya fueron asignados por el Congreso para un importante proyecto de obras públicas con el fin de beneficiarse él mismo (incluso si solo está tratando de asegurar poder simbólico, y no también dinero). Como dijo mi colega Steve Benen, es un "intento de extorsión". Y como él lo ha expresado: "su obsesión por cambiar el nombre de las cosas para que tengan su nombre es implacable":
“Hasta aquí, Trump y sus aliados han aplicado el nombre del presidente al Centro Kennedy y al Instituto de la Paz, han anunciado la construcción de acorazados de "clase Trump", una moneda conmemorativa de curso legal con su efigie en ambos lados y han lanzado las "Trump Gold Cards", "Trump Accounts" y "TrumpRx" (sitio web de medicamentos del gobierno). Según algunos relatos, Trump quiere que el próximo salón de baile de la Casa Blanca lleve también su nombre”.
Los historiadores presidenciales han señalado que la ola de cambios de nombre en que se ha empeñado Trump no tiene precedentes; por lo general, un presidente es conmemorado por otras personas únicamente después de su muerte. Pero la insistencia de Trump en imponer su nombre no es solo una cuestión de inquietante obsesión propia; también sirve para un propósito político, al hacerlo parecer más poderoso de lo que realmente es.
Es costumbre generarizada que los líderes autocráticos borren las fronteras entre ellos y el estado. El difunto líder fuerte de Turkmenistán, Saparmurat Niyazov, hizo de su cumpleaños una fiesta nacional, que implicaba celebraciones exageradas para exaltar su personalidad, incluidos desfiles militares y una declaración de sus ministros de que era un profeta enviado por Dios. En el estado totalitario de Corea del Norte, las muestras elogiosas de culto a la personalidad y las imágenes omnipresentes de sus líderes son parte esencial de las estructuras sociales del gobierno diseñadas para inducir al público a someterse ante su líder autoritario. El efecto de estos rituales es hacer que el líder parezca invencible, intocable.
Como señaló The Boston Globe en diciembre, en su análisis de las obsesiones de Trump por estos cambios de nombre, los hombres fuertes a lo largo de la historia han obligado a sus súbditos o aliados a participar en estos espectáculos: los de Julio César en Roma, Adolf Hitler en Alemania, José Stalin en la Unión Soviética, Saddam Hussein en Iraq, Kim Il Sung en Corea del Norte, el indio Narendra Modi y el líder de Turquía Recep Tayyip Erdogan nombraron estadios deportivos, ciudades, carreteras, escuelas y otros edificios públicos en honor a ellos mismos. En este caso específico, parece poco probable que Trump consiga lo que quiere pues no hay forma de que Schumer, que ya se ha negado, le dé lo que pide. Deberíamos esperar que Trump siga tratando de añadir su nombre y rostro a los lugares que pueda. Como tanto aspirante a hombre fuerte antes que él, ve la omnipresencia cultural como puerta de entrada a la omnipotencia política. Pero, dado que no es todopoderoso, mucha gente va a verlo como lo que realmente es: solo un grafiti.

