15 septiembre 2026

Palabras y locuciones (1)

Han pasado algunas semanas desde que se efectuó uno de los mundiales de fútbol más controvertidos que yo recuerde; sin embargo, debido a la naturaleza y origen de las transmisiones que preponderaron en Ecuador (con relatores y comentaristas escogidos por una empresa argentina), por fuerza nos fuimos acostumbrando a escuchar una serie de palabras inéditas –si no fueron palabras “inventadas”–. Términos como “revulsivo”, “bascular”, “aprontar”, utilizados muchas veces con un sentido en apariencia adaptado al contexto deportivo, nos fueron dejando, más de una vez, inquietos por su alcance y real significado. 

El uso de estos no siempre reconocidos –aunque en apariencia ya bastante utilizados– vocablos, pasó de golpe a dejarnos la impresión de que se trataba de una novedosa fraseología, cuando en la mayoría de los casos solo se trataba de una impostura, de un pseudo lenguaje bien informado. “Aprendimos” así que revulsivo se empleaba para referirse a un jugador sustituto o suplente que era ingresado al campo de juego para cumplir con una misión o tarea específica; que bascular significaba la condición de moverse hacia un lado u otro del terreno (izquierda o derecha) para aplicar una cierta táctica o estrategia; que aprontar quería decir dar celeridad o aprestar; o que, cuando el relator colombiano decía “la selección Colombia” solo se estaba dando la libertad de suprimir la preposición porque nadie dice “la selección Chile (o Brasil)”…

He meditado en estos asuntos por la forma en que en ocasiones incorporamos a nuestro uso una serie de voces que adquieren un significado caprichoso y regional; o, porque las pronunciamos –o escribimos– mal y nadie nos corrige. En esta tesitura, resulta muchas veces incomprensible que teniendo una herramienta a la mano, como es la información internáutica, no consultemos oportunamente usos y significados… Doy unos pocos ejemplos: “elevado” es un uso regional que, además de significar alto, quiere decir “estar en Babia” o, lo que es lo mismo, estar desatento, disipado o “con la boca abierta”. Escuchamos decir: estar en “cunclillas” (y no cuclillas), añadiendo en forma innecesaria la ene intermedia. O usamos “garrafal” como sustituto de error cuando lo único que quiere decir es tremendo, descomunal o exorbitante…

Estuve invitado a un almuerzo en días pasados. Sirvieron una entrada hecha con ventresca de atún, lo que propició que alguien comentara que no solo se trataba del “lomo” del atún, sino de cualquier otro pescado. Claro, no faltó quien, con una pizca de sentido común insinuara que la ventresca se llamaba así por provenir de la parte inferior (del vientre) o “vacío” (zona entre las costillas y la cadera), en este caso del atún. El término calzaría también a esa parte del bonito, pero se acostumbra –en ese caso– bonito por ventresca… En otro episodio, escuché a un analista político referirse a la calidad olfativa de la gente como “husmear” (cualidad que tienen los animales inferiores) cuando nos referimos a percibir algo como sospechoso.

Leí también un artículo de Alex Grijelmo que hacía el siguiente comentario: “La funcionaria contestó “Lo ignoro por completo”; se supone que lo dijo con la intención de significar “lo desprecio”, “lo desoigo”, “lo desdeño”, “no lo considero…”. o uno de tantos otros verbos a los que ha arrasado el nuevo sentido anglocentrista de “ignorar” (antes, “desconocer”). El articulista parecía subestimar que ignorar no solo significa “no saber (desconocer) o no tener noticia”; sino también: “no hacer caso de algo o de alguien, o tratarlos como si no merecieran atención” (desoír, desatender, desdeñar, desestimar, menospreciar, despreciar, rechazar, prescindir).

Fue enriquecedor, no obstante, revisar la etimología de la voz “mamarracho” (“persona estrafalaria o ridícula”): “…constituye una muestra más de cuánto nos gustan a los hispanohablantes los insultos con reiteración vocálica, como “tarambana”, “ganapán”, “mangarrán”, “charlatán”, “soplagaitas”, “cantamañanas”, “macarra”, “haragán”, “cascarrabias”, “bocachancla”, “papanatas”, “mequetrefe”, “enclenque”, “tiquismiquis”.  Antes que “mamarracho” se dijo “momarracho” –alteración de moharrache, que a su vez procede del árabe vulgar muharrág, “bromeador”, “bufón”; la sílaba inicial se impuso a la previa, probablemente por su propio peso en la palabra”.

Finalmente, termino con un comentario relativo a una expresión que en ciertos niveles se ha convertido en una manida frase coloquial; es esa suerte de saludo que se escucha en salones y restoranes: “Buen provecho”, por aquí; “Buen provecho”, por allá. Por ahora solo quisiera comentar que se trata de una locución innecesaria e inelegante que en algunos medios provoca un callado susurro: “ya no se usa…”  Existe hoy una corriente que prefiere un simple “buenos días” o “buenas tardes”; o que, incluso, se decanta por una fórmula intermedia y –para no dejar la impresión que quizá dejaría un jornalero que sin esperarlo se tope manos a boca con su patrón–, opta por un cordial “disfruten y que tengan una buena tarde”.


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11 septiembre 2026

“Zeta”, y su experiencia médica

Hay percepciones que actúan como un raro sortilegio, se comportan como si se tratasen de un talismán, o de una forma de premonición; suelen convertirse –a la vez– en una extraña suerte de epifanía.

Nos hemos hecho amigos –voy aquí a llamarlo “Zeta”–. Cruzamos un día un par de palabras y pronto fue fácil comunicarnos; fue como si hubiéramos sido amigos de toda la vida. Hay algo de marcial y altivo en su apostura, nos vemos en el parque de cuando en vez. Quizá sea su forma de caminar la que denuncia su fe religiosa, su formación militar y ese sentido de respeto a la naturaleza que lo hacen ver tan saludable. Es cordial y comunicativo, camina siempre acompañado. Parece un hombre agradecido con la vida: vaya, es un hombre bueno. Se hace tratar de alguna dolencia, pero enfrenta su condición con humor y dignidad.

Él dice ser un buen paciente. No porque exude esa calma y tranquilidad, que “todo el mundo” sabe que lo caracteriza, sino porque dice que sabe cómo colaborar con sus facultativos –esos “modernos arúspices”, como él les llama a los galenos. Sabe cómo suplirles información para que le puedan diagnosticar, tratar y curar mejor; parece saber cuáles son las preguntas adecuadas, incluso aquellas que, si bien lo vemos, pudieran suplantar lo que los doctores soslayan decirnos o, quizá, pudieron haber olvidado de aclararnos o advertirnos. Es un paciente que se deja ayudar, que comprende que, para mejorar, hay que contar y saber preguntar, que son tales preguntas las que merecen aquella invariable réplica: “¡qué buena pregunta!”

Zeta es un gran comunicador (“desde niño le viene natural”). No sabe si es un prurito suyo, un “resabio”, pero tal como él mismo dice, le sucede por donde va, cuando nota que idéntica actitud le evita posteriores consultas o explicaciones, y que –por lo general– consigue buenos resultados. “Puede ser sintomático –me dice–, y así mismo es como siempre me pasa: antes ni siquiera los había visto, y al final siempre quedamos como si alguna vez hubiésemos sido vecinos de barrio, compañeros de promoción o viejos amigos”.

Una madrugada se le exacerbó un pequeño problema de salud. Por meses, reaparecía al poco tiempo que desaparecía: una de esas toses que llaman alérgicas, esas que a veces se complican con una parcial afonía. Como durante todo ese período de tiempo había acudido al médico varias ocasiones por el mismo motivo, decidió volver a consultar al mismo profesional (era el cuarto facultativo que Zeta consultaba por el mismo síntoma) para solicitarle que le dé una orden para que le efectúen una simple radiografía pulmonar, cuyo resultado pudiera descartar que adolecía de un problema más serio en el sistema respiratorio.

Pero el trámite no había sido tan simple como él hubiera previsto: los médicos tienen ciertas restricciones, pues existe un protocolo en algunos centros médicos debido al cual deben literalmente “inventar” una dolencia más importante, para, de ese modo, poder recetar o solicitar un pedido de exámenes. Y así fue cómo lo justificaron, con una supuesta “bronquitis aguda” para poder proceder con el sencillo trámite que mi amigo requería… ¿Cómo no pueden disponer que se me haga una radiografía?, con justicia reclamó.

Satisfecha la gestión, Zeta recibió el resultado respectivo. La imagen presentaba una novedad que debía ser evaluada con una tomografía. Esta confirmó la presencia de una condición irregular que requería de la revisión de otro especialista, un neumólogo que fue contactado para la consulta pertinente. Consistía en una sombra en el pulmón que por su tamaño se identificaba como una “masa”. “No siempre se trata de un tumor –le dijeron–; puede ser una infección encapsulada (un absceso o tuberculosis), una acumulación de líquido, una malformación congénita o alguna forma de inflamación”. Entonces el facultativo consultado le refirió a una casa especializada de salud gubernamental, que, al recibir la solicitud pertinente, procesó una primera atención para una espera no inferior al excesivo plazo de 10 días. “Es que, en vacaciones, los médicos también tienen que salir con sus familias”, me dice; “por eso, las consultas son más escasas…”

“Que no pierda tiempo, me dijeron” –me susurró–. “Dada, la premura, acudí a una clínica particular: no sabía si podría aplicar el seguro, porque como estaba recién contratado, todavía estaba en período de carencia”. “Así que aquí estoy, esperando por otros diez días hasta que me entreguen el resultado de la bendita biopsia…”. Desde entonces no lo he visto todavía, imagino su inquietud y expectativa. La última vez, Zeta tosió un par de veces y se despidió musitando unas frases latinas por nosotros conocidas: “Carpe diem” (aprovecha o disfruta del nuevo día) y “Ridere aude”, que significa “atrévete, o anímate, a reír”

¡Ay, mi amigo, Zeta; que sus “arúspices” lo curen!, ¡y que nuestro Dios premie su paciencia, lo proteja y lo bendiga!


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08 septiembre 2026

Johnnie Walker y nuestra salud

Es lo que hoy llaman un terraplanista, alguien que no solo cree y está convencido de que la Tierra es plana, sino de que todo el Universo gira alrededor de ella; y –ya puestos– de que todo mismo gira alrededor de su sacrosanto conocimiento, que parece ser siempre idéntico al de sus inefables e irremplazables amigos. Lo conozco por más de cincuenta años; es de aquellos que siempre tiene algo que reprochar a lo que otros piensan. Cuando ellos intervienen, lo hace para decir que lo que los otros tienen no es lo mejor, porque él tiene algo más perfecto; y, si no es él, sus especiales e impolutos amigos… Así, sus criterios nunca son una opinión más; son la referencia, el credo y el anatema. Si piensas distinto estás a un corto paso del infierno.

No es que sea obcecado o testarudo, es que opina de lo que sabe y de lo que no; baste que alguien haya traído a cuento su opinión o su manera de ver un determinado tema, que él ya esté diciendo que no es así, que es de otro jaez o modo, que él sabe de alguien infalible que piensa distinto. Su problema es que, además, le gusta tomarse unos “pocos” traguitos; y no es que pegarse de vez en cuando unos “guaspetes” sea malo, sino que ese es su estado natural, con el agravante de que con solo zamparse dos ya se pone en modo beodo –necio y excluyente– y se pone en plan de convencer a los otros no solo de que están equivocados, sino que quiere dar cátedra de que lo que él sabe es no solo la verdad, sino siempre, siempre, lo único correcto.

Su problema es que lo suyo es la dipsomanía, y él no está hasta ver el frasco vacío. No solo que nunca son solo dos ni tres tragos, sino que basta un par para que adquiera ese talante tan suyo, tan mordaz y compulsivo. Entonces le da por justificar su ya consuetudinaria condición y repite su mantra de medias verdades que él ha convertido en catecismo: que el humilde Johnnie Walker rojo –que es el que él prefiere y sustenta su exiguo presupuesto– es el más sano y el mejor, y se da por repetir la renovada y cansina falsedad de que es una verdad científica que no solo la respaldan universidades y revistas especializadas, sino que lo ha dicho, ¿quién si no?, un médico muy conocedor y cercano a él. Ya lo adivinaron: uno de “sus” propios amigos…

Pero revisemos primero la información proporcionada por el fabricante: “Desde un punto de vista médico y químico, ningún whisky Johnnie Walker es ‘menos dañino’ que otro. Todos los whiskies estándar de la marca (como Red, Black, Gold o Blue Label) contienen aproximadamente 40% de volumen de alcohol (40°), por lo que el impacto del etanol en el cuerpo es idéntico por trago medido. La diferencia entre las etiquetas radica únicamente en el proceso de añejamiento, en la calidad de los destilados y el nivel de impurezas o congéneres (es decir, las sustancias que se generan durante la fermentación y que empeoran la resaca)”.

“Comparación: Las etiquetas jóvenes (Red Label / Johnnie Blonde), suelen tener un proceso de maduración en barrica menor. Esto puede traducirse en una mayor presencia de alcohol libre al paladar y una mayor concentración de congéneres, lo que incrementa la probabilidad de sufrir molestias si se consume en exceso. Las etiquetas añejas (Black Label de 12 años, Green Label, Gold Label o Blue Label), pasan más tiempo en barricas de roble. Este añejamiento prolongado permite que la madera filtre y suavice algunos componentes secundarios, logrando una bebida más limpia y menos agresiva para el organismo al metabolizarse”. 

“Los dos tipos (Black y Blue) no son una versión más joven y más añeja del mismo whisky. Black tiene un registro de 12 años. Blue no tiene declaración de edad y se elabora con barricas seleccionadas a mano para obtener un sabor y textura diferentes. La principal diferencia entre el JW Black y el JW Gold Reserve radica en su sabor y categoría de añejamiento: Black tiene una declaración fija de años y un carácter marcadamente ahumado y robusto, mientras que el Gold es más suave, dulce y cremoso, enfocado en notas de miel sin una edad definida en la botella. El whisky Johnnie Walker Gold Reserve no tiene una edad declarada en la etiqueta, lo que significa que tiene una mezcla legal de whiskies con un mínimo de al menos 3 años de añejamiento”.

“Consejos para reducir el daño al beber: evita mezclarlos con azúcares o gaseosas; ello acelera la absorción del alcohol y potencia los malestares de la resaca. El alcohol deshidrata el cuerpo; acompañar cada trago con un vaso de agua es la medida más efectiva para mitigar el daño físico. El factor determinante en el daño a la salud (hígado, cerebro y sistema cardiovascular) es la cantidad total de alcohol ingerida, no el tipo de etiqueta, el daño real depende de la cantidad total de alcohol puro que se toma. El “mejor” Johnnie Walker depende, por lo mismo, de lo que busque cada quien, pero el Johnnie Walker Blue Label es la verdadera joya de la corona y el más lujoso. Sin embargo, para los expertos en sabor y relación calidad-precio, el JW Green Label suele ser considerado el mejor, esto gracias a su mezcla de maltas puras de 15 años”. Así que... ¡Salud!


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04 septiembre 2026

Cuando el alma aprende a volar *

  * Por Jorge Alberto Norero González. Publicado en La Nación, reeditado por espacio.

Hay una paradoja que solo el paso del tiempo es capaz de revelar. Durante la juventud creemos que vivir consiste en conquistar el mundo; en la madurez descubrimos que la mayor conquista siempre fue aprender a conquistarnos a nosotros mismos. Pasamos décadas persiguiendo metas, acumulando responsabilidades, defendiendo orgullos, compitiendo por posiciones que un día parecían imprescindibles. Sin embargo, cuando el calendario deja de ser un aliado para convertirse en un maestro, comprendemos que muchas de aquellas batallas jamás merecieron librarse.

La edad, a nadie vuelve sabio. Lo que produce sabiduría es la capacidad de mirar hacia atrás sin mentirse y aceptar que muchas de nuestras certezas eran apenas ilusiones. La experiencia no es la suma de los años; es la suma de las lecciones que fuimos capaces de rescatar de nuestros errores. Tal vez por eso la verdadera libertad comienza cuando dejamos de intentar demostrar quiénes somos y empezamos, simplemente, a ser.

Vivimos en una civilización que idolatra el éxito material, pero la vida termina enseñándonos que la riqueza más extraordinaria jamás podrá guardarse en una caja fuerte. Está en contemplar un amanecer sin prisa, en escuchar el murmullo del mar, en dejar que el viento acaricie el rostro, en observar el vuelo de un ave sin preguntarnos hacia dónde va. Está en compartir una conversación sincera, en abrazar a quienes amamos y hasta en sonreír al escuchar el ronquido de la mujer que duerme junto a nosotros, porque ese sonido cotidiano nos recuerda que el amor también habita en las pequeñas cosas.

Nada de eso tiene precio, precisamente porque tiene un valor infinito. El ser humano se ha proclamado dueño del planeta, cuando apenas es un pasajero temporal de una creación que existía mucho antes de nosotros y que continuará cuando ya no estemos. La naturaleza no nos pertenece; nosotros pertenecemos a ella. Comprender esa verdad es abandonar la soberbia para abrazar la humildad. Quizá por eso Dios se manifiesta menos en los templos de piedra que en la perfección silenciosa del universo. En el equilibrio de una hoja, en el ritmo de las mareas, en la inmensidad del cielo estrellado y en esa conciencia que, alguna vez, nos obliga a detenernos para preguntarnos quiénes somos y por qué estamos aquí.

Con frecuencia escucho decir que, al llegar a cierta edad, ya nada importa. Que las decisiones pierden sentido porque el camino restante es corto. No podría estar más en desacuerdo. Precisamente porque el tiempo se vuelve más escaso, cada minuto adquiere un valor inmenso. Nunca es tarde para pedir perdón, para reconciliarse, para amar con mayor profundidad, para aprender una nueva idea, para agradecer la vida o para descubrir que la felicidad siempre estuvo mucho más cerca de lo que imaginábamos. Los años no deberían llenarnos de resignación, sino de lucidez. Hoy entiendo que vivir no consiste en contar el tiempo que nos queda, sino en honrar el tiempo que todavía nos ha sido prestado. Cada amanecer representa una oportunidad irrepetible de ser mejores que el día anterior. Cada atardecer nos recuerda que nada es eterno y que precisamente por eso cada instante merece ser vivido con intensidad.

La juventud nos regala fuerza; la madurez nos entrega perspectiva. Y esa perspectiva nos permite descubrir que la verdadera grandeza del ser humano no está en el poder que ejerce sobre los demás, sino en la paz que alcanza dentro de sí mismo. Cuando finalmente dejamos de luchar contra el tiempo y aprendemos a caminar junto a él, desaparece el miedo. Entonces comprendemos que el final no es una derrota, sino la culminación natural de una existencia que tuvo sentido.

Si la vida me ha enseñado algo después de siete décadas, es que jamás es tarde para aprender, jamás es tarde para amar y jamás es tarde para agradecer. Porque quien vive con gratitud ya no teme al horizonte.

Simplemente se prepara, con serenidad y esperanza, para el día en que el alma, finalmente, aprenda a volar.


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01 septiembre 2026

Mahoma y la salud

Estuve basado mis últimos tres años como piloto en una tierra árida y calurosa que exhibía una bandera peculiar: sobre un fondo verde oscuro y colocada sobre una espada que apuntaba a la derecha, exhibía una leyenda (la Shahada) que decía: «No hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta». Ese texto es el pilar mismo del Islám (“la sumisión a Dios”); por ello es seguro inferir que el profeta se percibía como un enviado por Dios, un elegido para transmitir Su palabra; se percibía como un ser humano común y corriente, poseedor de un cuerpo vulnerable (como cualquiera), sujeto al dolor, a los quebrantos físicos y a la enfermedad.

Ha habido, unos pocos que, en el pasado, han sospechado que Mahoma padecía de epilepsia. Sin embargo, no hay registros que indiquen que padeciera una enfermedad crónica en su vida adulta, aunque la tradición y la historia recogen debates acerca de su salud, debido a que la fiebre que causó su muerte era atribuida a un probable ataque de epilepsia. Se cuenta que al final sufrió un fuerte proceso febril; las fuentes islámicas asocian este episodio con una fiebre muy alta, interpretada como una forma de malaria o alguna infección aguda. Muhammad falleció a los 62 o 63 años en Medina, el 8 de junio del año occidental 632.

Algunos cronistas medievales han sugerido que padecía epilepsia del lóbulo temporal; quizá interpretaron sus revelaciones divinas como ocasionales crisis de salud. Historiadores y estudios médicos modernos, al igual que la tradición islámica, siempre han rechazado esta hipótesis por considerarla sin una base real. Pudiera tratarse de una vieja teoría sustentada en análisis modernos, pero inspirada en relatos antiguos. Cronistas del Medioevo sugirieron que sus revelaciones eran crisis de epilepsia para desacreditarlas. Se argüía que los estados de trance o el sudor intenso durante dichos episodios se debían a convulsiones.

Médicos modernos todavía debaten sobre aquella probable epilepsia. Los textos islámicos y las biografías tradicionales describen que Mahoma mantuvo sus facultades mentales y físicas plenamente lúcidas hasta el fin de su vida, lo que no concuerda con el deterioro típico que caracteriza a una enfermedad neurológica no tratada. Por ello se argumenta que los eventos descritos corresponden a experiencias espirituales de profunda concentración –o trance– al recibir los mensajes divinos, acompañadas siempre de reacciones físicas intensas por el esfuerzo místico, e interpretadas por los creyentes como de origen divino y no patológico.

Es conveniente ubicar el contexto histórico de cómo era la medicina en la península arábiga del siglo VII, cuando murió Mahoma. Esta era, en esos tiempos, una mezcla de tradiciones folclóricas locales, remedios naturales y supersticiones, sistema que hoy se conoce como medicina beduina tradicional; se caracterizaba por el uso de plantas como el comino negro, la miel y el jengibre para curar los males; la cauterización o aplicación de metales calientes sobre la piel para detener infecciones o tratar dolencias; y sangrías (ventosa-terapias) que consistían en la extracción de sangre con ventosas para equilibrar los fluidos. Todo, inspirado en creencias espirituales de que las enfermedades eran causadas por el “mal de ojo” o por los malos espíritus (yinn).

Entonces ya existía una considerable influencia extranjera en toda esa zona; en especial, grecorromana y persa. La medicina científica avanzada (Galeno e Hipócrates) se había concentrado en Alejandría y el Imperio Sasánida, por lo que apenas influyó en la vida del desierto. Había surgido una escuela, la de Gundeshapur, un gran centro médico persa que habría de influir a través de médicos árabes cristianos que estudiaron allí, como Al-Harith bin Kalada, quien promovió la higiene personal, el lavado de manos y las cuarentenas en caso de epidemia. Afirmó que “para cada enfermedad existe una cura”, lo que impulsó a investigar la ciencia en lugar de resignarse al dolor. Este enfoque fue la semilla que, dos siglos después, desató la Edad de Oro del Islám, cuando su medicina superó a la europea e integró el conocimiento global.

Al-Hárith bin Kálada es recordado como “el primer médico del mundo islámico”; fue el verdadero puente entre la medicina del desierto y la ciencia avanzada de la época. Viajó a Persia, donde aprendió las teorías occidentales, combinando sus tradiciones con las griegas, persas e indias. Contemporáneo de Mahoma, gozó de enorme respeto –el profeta reconocía su pericia y sugería que acudieran a él para ser tratados–. Curó a figuras muy importantes, como al primer califa Abu Bakr, y escribió tratados sobre remedios naturales. Su método priorizaba prevención, higiene y dieta; dejó sabios consejos como: “No comer frutas si no están maduras”, “Aligerar las deudas” y “Caminar siempre cuarenta pasos después de merendar”.


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28 agosto 2026

Paciencia y barajar

Fui hoy al centro médico; por fuerza tenía que madrugar (ciertos exámenes nos requieren estar en ayunas). Ahí estaba, sentado esperando a que algún alma caritativa mencionara mi nombre. Bien sabía que por temprano que fuera el sistema asignaría turnos conforme a como uno se registre (first come, first served). Así que, tranquilo Alberto, “paciencia y barajar” cómo decían los abuelos, sin saber que citaban a Cervantes…

En esas estaba, cuando una anciana sonriente, de andar premioso, me hizo una venia y musitó un “buenos días”. Iba ella acompañada de una joven atractiva que lucía una lozana y armoniosa figura; nunca dudé que podía tratarse de su nieta…. Caminaba, la dama, asistida por uno de esos batones ortopédicos de cuatro patas que siempre quise saber cómo es que se llaman (hoy sé que así mismo se llaman: ese es su nombre técnico, por sí se ofrece). Parecía también ir acompañada por alguien que enseguida imaginé que era su hermano (el trato entre ellos era demasiado cordial para imaginar que fuera su marido). Fácil fue colegir que estaban ahí para cumplir con tareas similares a las que impulsaban mis propios motivos.

Cuando, poco más tarde, terminé el trámite de proveer una muestra para su posterior análisis, allí con la manga de la camisa todavía recogida, mientras me aseguraba que esa mínima hemorragia que se produce con el pinchazo ya se había suspendido, fue que la dama amigable nuevamente me dirigió la palabra para preguntarme si me habían lastimado con la breve y tradicional incisión. “La verdad es que ni siquiera lo sentí –respondí–, y eso que estoy acostumbrado a que no me encuentren las venas en ese lado; pero esta vez no hubo problema. La chica parece tener buena mano; parecería que mis venas andan siempre un poco escondidas”. “Es que usted mismo ha de haber hecho algo para esconderlas”, socarrona me embromó…

Celebré su buen talante. “Aprecio su buen humor –le lisonjeé–, responde a lo que antes llamábamos “humor quiteño”, algo que hoy parece haber desaparecido…”. “Es que ahora los jóvenes parecen haber perdido los valores, musitó, lo único que les interesa es estar atendiendo el celular” (lo dijo sin importar que su nieta pudiera estarle escuchando)… “No, no creo que se trate de un asunto de edad –repliqué–, hoy toda la gente parece salir a la calle apresurada, todos parece que van atrasados, se les nota crispados, como si estuvieran molestos o enojados”… “Tiene razón –la señora concluyó–, lo que pasa es que creemos que andamos solos: ya no nos importan los que van alrededor: nos hemos hecho muy egoístas. ¡Sí, todos mismo!”.

Advierto, mientras comento el amigable episodio, que –a los tiempos– he estado visitando, estos mismos días, distintos centros de salud (no hablo de clínicas ni tampoco de hospitales). Es algo relacionado con mis achaques, más que con mis “quebrantos”… Parece haber ahí, en esos lugares, un ambiente aséptico aunque desangelado; flota en el ambiente ese etéreo fantasma llamado incertidumbre; el mismo que no tiene que ver con la salud o los tratamientos, con la medicina o la enfermedad, sino con una suerte de callada premonición, con la nunca prevista posibilidad de que se nos participe, de golpe, de que somos portadores de un mal inédito, de uno que, hasta ese mismo día, parecía improbable y ajeno… De pronto, la inquietud se ha de convertir en tormentosa preocupación, la curiosidad en malhadada –cuándo no en– ominosa, imponderable, irreversible e ineluctable evidencia.

Es ahí cuando comprendemos que nada ganamos con preocuparnos; es que, ¿por qué o para qué sufrir si existe solución o remedio?; o, por el contrario, ¿para qué perder el sueño si parece que ya no hay nada que podamos hacer? Claro que tampoco significa que haya que bajar los brazos y entregarnos al abandono. Entonces… “paciencia y barajar”; es mejor esperar, como lo hacen los buenos jugadores de naipes. Que la fortuna no vaya a sernos esquiva y que la suerte de la baraja nos sonría y favorezca una vez más.

“Paciencia y barajar” significa aceptar un revés o mala situación con calma para poder recuperarnos, o hasta poder estar en condición de volver a empezar. La frase viene de los juegos de cartas, cuando las manos de la baraja no resultaban favorables e invocábamos paciencia para que, repartidas otra vez las suertes, el juego pudiera tener un distinto designio. La Real Academia y los refraneros recuerdan que esta expresión invita a la perseverancia tras cualquier fracaso. La locución se hizo tan famosa que incluso Cervantes la utilizó en su Don Quijote de la Mancha (Segunda Parte, Cap. XXIV). Hoy se echa mano de ella, cuando algo nos sale mal –o, tal vez, distinto a lo que podíamos esperar– y, en vez de enojarnos y amargarnos la vida, convenimos en que sería preferible calmar nuestros ánimos y volver a empezar.


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