27 febrero 2026

De transiciones y otras ‘virguerías’

No creo que nadie tiene claro qué quiso hacer Trump con la abducción del dictador Nicolás Maduro en Venezuela. En blanco y negro, nadie entiende cuál fue su real propósito o motivación, si –como luce evidente– la misma camarilla sigue gobernando en el país caribeño. No solo eso, parecería más bien que tanto las fuerzas armadas “bolivarianas” como el grupo ideológico que sigue mandando en la antes boyante nación latinoamericana, sigue gozando de los mismos privilegios que le otorga su sesgado e intransigente autoritarismo. A pesar de que se han amnistiado unos pocos presos políticos, las libertades siguen coartadas y no se ha dado espacio para que otros sectores, no afines al oficialismo, sean invitados a participar en la toma de decisiones o para propiciar un inédito sistema diseñado para que algo cambie.

Visto así, parecería ingenua –para no calificarla de necia– la iniciativa de retorno a su país que habrían emprendido muchos de los venezolanos que han emigrado (25% de la población) y que andan como judíos errantes, si no como pordioseros, por el mundo. Se ha hablado de una “hoja de ruta”, proceso que llevaría primero a una recuperación económica y que pasaría por un proceso jurídico (a manera de transición política) antes de que se convoque a nuevas elecciones y se produzca un traspaso de poder a quienes fueren elegidos. Pero, insistimos, nada está claro, no se sabe si el móvil fue estrictamente económico sin importar el ansiado retorno a un régimen democrático; o, si será el factor político el que determinará la agenda. Han pasado más de dos meses desde la caída de Maduro y aún no ha pasado nada.

Se habla de transición pero nadie sabe cómo va a producirse ni en qué consistiría. Como leí en un picante comentario: “La escena es casi cómica si no fuera tan trágica: se celebra la libertad con escolta extranjera, se habla de soberanía en voz baja y se descubre que la transición incluye petróleo, generales y un manual de instrucciones en inglés. Venezuela aprende que, a veces, derrocar al dictador es solo el tráiler. La película –larga, confusa y sin subtítulos– recién empieza ahora”. Por lo mismo, ¿qué va a pasar? Dio lástima ver la ingenuidad con que pueblo y oposición celebraron el “traslado” del señor Maduro. Los venezolanos parecían felices de haber vendido su alma al diablo. No saben lo que realmente les espera. Nadie lo sabe con certeza. Lo cierto es que han perdido su soberanía y todos parecen estar contentos…

Hablando de transiciones, hace poco leía un artículo de Aurora Nacarino en el que hacía comparaciones entre el eventual proceso a llevarse a cabo en Venezuela y el que vivió España hace 50 años con la muerte de Francisco Franco. “Lo que sucedió en España –decía– no sirve para anticipar lo que pasará en Venezuela, pero puede servirnos para entender mejor cómo lo hizo España. Allí se eligió una reforma, para lo cual Torcuato Fernández-Miranda inventó una ‘virguería jurídica’: una transición escalonada que permitió superar la fase autoritaria y lograr la madurez democrática”. Y seguía: “Cierto que (en el caso venezolano) el tema del petróleo le resta legitimidad a lo consumado; pero no parece que se vaya a empezar por lo político y luego a continuar con lo jurídico. Quizá sea preferible ir al revés, ‘dar por buenos esos bueyes e ir arando’. Pues, aunque se tenga que esperar, lo que de verdad importa es afianzar primero la seguridad jurídica”.

Se refiere así Nacarino a la habilidosa fórmula —y sagaz normativa jurídica— redactada por Fernández-Miranda, instrumento que permitió desmontar el régimen franquista con la aprobación de las Cortes, nombradas pocos años atrás por el propio generalísimo, asunto que alguna vez también fue conocido como el "hara-kiri franquista". A este respecto, se me hace oportuno hacer una breve disquisición léxico-semántica en referencia a una voz poco usada en América, quizá por sus significados no solo disímiles y oscuros sino incluso algo contradictorios. Me refiero a la palabra ‘virguería’.

Virguería puede significar algo hecho con esmero, en forma excelente, cuál si fuese una filigrana; pero también, algo insulso, torpe e insignificante. Para el caso que nos ocupa, se trataría de una herramienta o recurso muy hábilmente diseñado que ayudó a salir de una situación que no tenía aparente solución, una maniobra genial, algo que sirvió para salir del atolladero o que facilitó llegar al remedio o la solución. Dice el diccionario que virguería es femenino y que tiene dos acepciones: 1. Adorno, refinamiento añadido a alguna cosa o trabajo; y 2. Objeto, asunto, conversación, etcétera, sin importancia. Sus sinónimos son: floritura, adorno, exquisitez, primor, filigrana. En cuanto a su etimología, el vocablo vendría de virguero, que es quien ‘compone el virgo roto’, su trabajo es fino y delicado. Por lo mismo, a una tarea que se ha hecho con esmero, finura y delicadeza, cual la realizada por un buen orfebre, se la llama de esa curiosa manera. 


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24 febrero 2026

Un escorzo musical *

  (*) Boceto # 88. Tomado de las Prosas Apátridas Completas. Julio Ramón Ribeyro.

Llegan puntualmente a las cinco de la tarde al bar de la clase turista, con su uniforme negro, un patético aire de enterradores. Uno desenfunda su violín, el otro su violoncello y el tercero se sienta ante el piano, reparte las partituras, da la nota y ataca la melodía, seguido de sus compañeros. Es una música pasada de moda, pegajosa, sentimentaloide, pretenciosamente selecta, pero al mismo tiempo con un airecillo popular, como aquella que se escucha en las efemérides de provincia o en los salones de té de dudosa categoría. La tocan además sin júbilo ni interés, ni siquiera como quien se aplica a un deber, sino como quien cumple una penitencia.

El pianista es calvo, usa anteojos, la estructura de su cara es recia, un poco a lo Cro-Magnon, tiene la expresión de un hombre amargado, colérico, descontento de su suerte, pero destinado por su función a ser un mensajero del esparcimiento y un símbolo de la alegría de vivir. Tan sólo en ciertos finales de la pieza su personalidad emerge y entonces jadea, bufa, golpea el piano con un vigor que el público toma por inspiración, pero que no es más que malhumor reprimido. Luego de las cinco piezas de reglamento, y a pesar del pedido de un público aburrido y embrutecido, corre el pulgar por todo el teclado y tira la tapa del piano sin que un músculo de su cara se mueva, dando a entender así que el concierto ha terminado.

El cellista es extraño, ¿qué clase de miseria es la suya? Empecemos diciendo que conserva el cabello en toda la cabeza, pero tan ralo, tan descolorido y pegado al cráneo que de lejos da la impresión de ser tan calvo como el pianista. Bajo los ojos no avanza, sino que está allí, adherida no se sabe cómo, la más triste nariz que he visto en mi vida: larguísima, desolada, un poco asimétrica, como si estuviera puesta adrede para que demos de ella de tirones o tratemos de enderezarla. Todo el rostro soporta esta nariz con cierta vergüenza, diríase que se excusa de sobrellevarla, los ojitos miopes que piden perdón tras los anteojos, la boquita fruncida en una O perpetua y el bigotito bajo tan infamante instrumento. Digamos por último que este hombre no tiene mentón, hasta el punto que su cara parece una prolongación de su garganta.

El violinista es un sobreviviente de la época de oro de la ópera italiana. No sé por qué da siempre la impresión de estar maquillado y sobre tablas. Es el típico buenmozo, pero un buenmozo triste que por alguna razón no supo sacar partido de su belleza. Conserva todo su cabello muy tupido pero completamente canoso, de modo que no se sabe si es un viejo que ha tenido la suerte de no perder el pelo o un joven que encaneció antes de tiempo. En todo caso este hombre confía aún en su fuerza de seducción, sobre todo en la de su mirada. Tiene, como se decía en Francia hace un siglo, du regard

Este hombre, antes de empezar el concierto, mientras afina su arco, pasea su regard por todo el auditorio y lo detiene de preferencia en las mujeres cincuentonas. Cree producir efecto. ¡Ah, tristísimo buenmozo diletante, empecinadamente italiano! Es el único además que viene siempre con el uniforme impecablemente planchado y el que agradece los aplausos después de cada intervención, levantándose ligeramente de su asiento para hacer reverencias y rapidísimas venias a derecha e izquierda. A él están encomendados además los trozos de lucimiento, que ataca con energía, agitando su melena blanca y elevando de vez en cuando, por encima de su partitura, su regard sobre las mujeres. Comprendo que este hombre, hace cien años, con esos gestos y esos pavoneos, tuviera éxito entre las damas románticas de los pueblecitos. Ahora es un payaso y el típico marido cornudo de las piezas de Pirandello.


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20 febrero 2026

Eso de no meterse con nadie

Mi tío Ñato, que en realidad no era mi tío sino hermano de Maruja, la mujer de mi tío Fabián, usaba expresiones que hoy se diría que eran del tiempo de nuestros abuelos. Decía, por ejemplo, que era “de pipí cogido” con mi papá, no por ser su cuñado sino porque se conocían de toda la vida. Como fuimos vecinos, y sabía que me gustaba la música, un día me pidió que le pasara unos playlists o le prestara unos discos porque le iban a caer” dos de sus buenos amigos. “Vienen el Flaco y el Edwin” –me dijo–, con esa manera tan quiteña que él tenía de usar los nombres propios sin prescindir del artículo. “Son mis amigos de siempre”, concedió: “ellos no se meten con nadie”.

¿Qué es eso de ‘no meterse con nadie’?, ¿acaso una muestra de desprecio o petulancia? No: quien ‘no se mete con nadie’, es que no quiere problemas ni saber de ellos; prefiere su tranquilidad, la paz y la calma; su premisa es no meterse en la vida ajena, en la vida de los demás. No quieren dar motivo, para que los otros hagan también lo mismo; es decir: dejan que los demás busquen la felicidad a su manera: tratan de no intervenir en lo que no les concierne. No es un asunto de falta de solidaridad: el punto es mantenerse a distancia, no tomar partido, no dar consejos que nadie nos ha pedido, ni tratar de ganar un protagonismo o dar solución a problemas que no nos competen por ser ajenos.

Hay verbos que tienen la propiedad de actuar como reflexivos. Y, curiosamente, con el solo hecho de usar un pronombre, pueden adquirir un muy distinto significado. Reflexivos son aquellos verbos en que la acción del sujeto recae sobre sí mismo; es decir, el sujeto es también el objeto de la acción: se identifican por llevar un pronombre reflexivo (me, te, se, nos, os, se) que concuerda con el sujeto (ejemplo: yo me lavo). En este preciso caso, una cosa significa meter –no reflexivo– (como poner algo dentro de otro objeto); y, otra muy distinta, “meterse” (aunque no con la idea de introducirse en algún espacio físico), pero esta vez con el sentido de inmiscuirse en las tan delicadas, sensibles e impredecibles relaciones interpersonales. Aquí, ese “meterse” puede significar involucrarse en un asunto ajeno y hasta frecuentar (como cuando decimos ‘meterse con’) no muy santos tipos de amistad o compañía…

Esto sucede en particular en el uso coloquial. El mismo Diccionario de la Lengua Española ofrece algunos ejemplos puntuales: 1.- Meterse (alguien) donde no lo llaman, en lo que no le importa, o en lo que no le corresponde (es entremeterse, mezclarse, introducirse en lo que a uno no le incumbe). 2.- Meterse en todo: introducirse inoportunamente en algún asunto, dando su dictamen sin que se le pida. 3.- No me meto en nada: para manifestar que no se tiene parte en algo cuyos resultados se desconocen o cuyas consecuencias se temen o tratan de evitar. De lo anterior surgen diversas expresiones coloquiales: “meterse de abogado, juez o Celestina” (asumir funciones no autorizadas o tomar partido sin que le hubieran pedido); “meterse de gana” (hacerlo sin obtener beneficio); o, “mejor ni te metas” (advertencia por: ni vas a proporcionar beneficio y, más bien, puedes terminar perjudicado).

En este sentido, no es infrecuente escuchar: “No me meto con nadie, porque no me gusta que se metan conmigo”. O, “Es un buen tipo, no se mete con nadie, a nadie hace daño”. O, “Ellos no se meten con nadie, respetan la privacidad ajena, no se interesan por los dramas ni los asuntos que no son de su incumbencia”. Cuando alguien dice “No me gusta meterme con nadie”, quiere decir que no le gusta meter la nariz donde no le corresponde o inmiscuirse en situaciones ajenas. En inglés se dice: “mind your own business” (ocúpate de tus propios asuntos, no te metas en lo que no te importa). Es una manera directa y, quizá, hasta poco delicada, de decirle a alguien que deje de entrometerse en asuntos que no le conciernen, que se preocupe de sus propios asuntos; que deje de opinar sobre algo que es privado y no le compete.

Por lo mismo, el ideal a este respecto es respetar a los demás, desarrollar la empatía y emplear algo que escuché alguna vez en esos cursillos que se reciben en la administración pública: las famosas “habilidades sociales”. Una persona que cuenta con tales habilidades es capaz de interactuar con los demás, solucionar problemas y/o evitar conflictos; es asertivo, sabe expresar su opinión e ideas correctamente; sabe que hay ocasiones en que es preferible quedarse callado o decir que “no”; sabe hacer críticas o expresar su desacuerdo con un determinado tema, sin molestar a nadie ni resultar ofensivo. Las personas con habilidades sociales son capaces de expresar sus opiniones e ideas de un modo adecuado y persuasivo, y evitan crear o agravar los conflictos. Saben ser “propositivos”.

Encuentro entre mis viejas notas: “Las habilidades sociales son un conjunto de conductas y capacidades para interactuar eficazmente, expresar sentimientos y necesidades respetando a los demás. Ellas incluyen: escucha activa, empatía, asertividad, comunicación, negociación y resolución de conflictos. Todas estas habilidades se aprenden, no son innatas, y son cruciales para el desarrollo personal y profesional. Fomentan las relaciones sanas, ayudan a expresar nuestras opiniones, a entender a los demás y a manejar mejor las situaciones sociales.


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17 febrero 2026

Licenciaturas…

Estaba por empezar con una confesión, pero pronto me he dado cuenta que nada tengo que confesar a ese respecto. En este preciso caso “todo el mundo” sabe la realidad de mis respaldos académicos (perdonen la aparente pretensión, pero solo trato de subrayar una de mis falencias, y no que sea conocido por todo el mundo: urbi et orbi). Quien haya oído mi nombre, poco sabrá de mis estudios, de mi especialidad y del espinoso tema de si ostento o no algún diploma, un eventual doctorado o, al menos, una licenciatura. Pero como saben (ahora me refiero a ustedes, mis lectores), no solo que no tengo algunas licenciaturas (como hoy es corriente): la verdad es que no ostento ninguna.

Como creo haberles contado, a veces me preguntan si he ido a la universidad, no sé si por curiosidad (creo que es por costumbre o quizá porque piensan que, siendo el mío un oficio técnico, para graduarse de piloto hay que ir a una facultad). No quisiera pecar de fatuo –aunque vanidoso sí soy– pero tengo la ocasional suspicacia de que quien me trata, barrunta que tal vez, ¿por qué no?, a lo mejor sí he pasado por esas aulas. Esto me permito imaginar, porque se me ocurre que quizá dirán: “este señor tan simpático, que se mete a hablar –y a escribir– de todo lo que se le ocurre, fijo que ha de haber estudiado con los jesuitas”. “O, mínimo con los hermanos”, digo yo. Razón tiene uno de mis cuñados, cuando converso con él, que dice a los demás que pudieran estar presentes: “si él de todo sabe...”.

Así que empiezo por contestar, a despecho de parecer cansino (pues creo ya haberlo mencionado), qué es lo que contesto cuando otras personas me preguntan lo contenido en el primer renglón del párrafo anterior. Al respecto, no tengo empacho en responder que “al menos cuatro veces” y, para disipar esa su cara de asombro, continúo contándoles que ello sucedió cuando cumplí con una de las más responsables y paternales tareas (que, a su vez, constituye una inenarrable y tierna experiencia afectiva): la de ir a dejar a un hijo en un recinto que a los padres nos puede parecer viejo, sucio y descuidado: el dormitorio del campus académico de su nueva alma mater.

Aquí, tal vez miento, porque quizá fueran ocho, o unas pocas veces más. Y es que hubo también otros viajes, con propósitos distintos, como el ineludible que se hace por su graduación; o los inevitables, que tampoco faltan, sobre todo cuando uno se siente algo nostálgico o no está seguro de si a ellos les falta algo o si no pudieran estar debidamente instalados y cómodos en sus respectivos campus académicos. A propósito de esta última palabra, bueno sería comentar que: si de “academias” se trata, bien puedo declarar, sin ánimo de alardear, que eso sí he cumplido y no me ha faltado; pues sí, yo también estudié en una academia (de aviación).

Dice el Diccionario de la Lengua, que ya no se llama DRAE sino DLE, que la palabra licenciatura significa “grado universitario inferior al doctorado”; o, también: “Estudios (o actos) necesarios para obtener una licenciatura. Dice, también, que sus sinónimos son: diploma, título o licencia. Y define licencia como un permiso o autorización (plasmados a veces en un carnet o algún otro documento) necesarios para desempeñar una actividad o hacer algo. No deja de sorprender que, de acuerdo con la acepción # 6, quiera decir: ”grado de licenciado”.

No quisiera caer en pecado de jactancia pero, si de licencias se trata, puedo decir que me llena de sano orgullo haber completado mi certificación para refrendar mis licencias en una media docena de países: USA, Corea del Sur, Singapur, China, Arabia, Islandia; así como la convalidación de las mismas para la autoridad europea. Me dejo ganar por la nostalgia al comprobar que: he obtenido mi certificado de alumno piloto a los 17 años; mi licencia comercial a los 18; mi calificación para volar como comandante del DHC-6 Twin Otter, a los 19; y la conclusión de mi entrenamiento como capitán de aerolínea, en el bondadoso Boeing 707, a los 27. Todo, sin contar con la íntima satisfacción de haber actuado como comandante en prestigiosas aerolíneas del “mundo mundial”; y, haber completado satisfactoriamente sendos y exigentes cursos, para actuar como comandante en varias aerolíneas, los enormes y confiables: Airbus A310, A300, A340 y el venerable Boeing B-744.

Arriba dejé un registro de “las veces que fui a la universidad”. Advierto que he omitido otras que visité luego de concluido mi tránsito por las líneas asiáticas cuando, producido mi retiro, pude visitar un par de reconocidas instituciones en virtud de mi interés –algo tardío– por estudiar y licenciarme en filología en una de estas dos universidades: Alcalá de Henares y Salamanca. Mi inesperada contratación post-retiro con Air Atlanta, en un contrato free-lance con Saudía, habría de postergar mis planes. Por todo ello, y mal que me pese, declaro que en mi vida he obtenido algunas licencias, pero –por lástima– ninguna licenciatura… Pero no debería quejarme, pues jamás encontré obstáculos para mis empeños. Por lo demás: ¡nunca es tarde! A fin de cuentas, todavía puedo proclamar: Nihil Obstat (Nada se interpone en el camino).


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15 febrero 2026

Las obsesiones de Trump *

  * Escrito por Zeeshan Aleem, el 7 de febrero de 2026, para MS NOW. Con mi traducción y reedición.

El esfuerzo de Donald Trump por mantener un proyecto de infraestructura gigante como rehén, a menos que se decida llamar al Aeropuerto Internacional de Washington-Dulles y a la Estación Penn de Nueva York con su nombre, parecería solo otra de sus tácticas narcisistas. Pero, considerando sus constantes empeños de auto-conmemoración, debería verse como algo más: una táctica autoritaria para dominar la conciencia pública. Desde octubre, Trump ha congelado los fondos de un proyecto de 16 mil millones de dólares para crear nuevos túneles ferroviarios entre Nueva York y Nueva Jersey. Su justificación se basa en que su gobierno debe primero examinar el proyecto y asegurar una purga de prácticas de contratación en temas de "diversidad, equidad e inclusión". Esta suspensión de fondos ya ha resultado en la pérdida de unos 1.000 puestos de trabajo en la industria de la construcción, y miles más están en peligro de suspenderse.

Este viernes, un juez federal ordenó a la administración que desbloqueara los fondos mientras continuaban las diversas demandas que tienen los proyectos. Esas son buenas noticias para viajeros y trabajadores, si la administración cumple. Pero Punchbowl News recién informó que, en enero, Trump le dijo al líder de minoría del Senado, Chuck Schumer, Demócrata por N.Y., que descongelaría los fondos si accedía a que se bautizaran tanto al Aeropuerto Dulles como a Penn Station con su nombre. MS NOW ha confirmado de forma independiente el informe. Schumer no tiene supervisión directa sobre esos proyectos y ha rechazado la exigencia del presidente. Esto no es una negociación política normal; es abuso de poder. Trump está interfiriendo con fondos ya asignados por el Congreso para un importante proyecto de obras públicas con el fin de beneficiarse él mismo (incluso si solo está tratando de asegurar poder simbólico, y no también dinero). Como dijo mi colega Steve Benen, es un "intento de extorsión". Y como él lo ha expresado: "su obsesión por cambiar el nombre de las cosas para que tengan el suyo es implacable":

Hasta aquí, Trump y sus aliados han aplicado el nombre del presidente al Centro Kennedy y al Instituto de la Paz, han anunciado la construcción de acorazados de "clase Trump", una moneda conmemorativa de curso legal con su efigie en ambos lados y han lanzado las "Trump Gold Cards", "Trump Accounts" y "TrumpRx" (sitio web de medicamentos del gobierno). Según algunos relatos, Trump quiere que el próximo salón de baile de la Casa Blanca lleve también su nombre”. 

Los historiadores presidenciales han señalado que la ola de cambios de nombre en que se ha empeñado Trump no tiene precedentes; por lo general, un presidente es conmemorado por otras personas únicamente después de su muerte. Pero la insistencia de Trump en imponer su nombre no es solo una cuestión de inquietante obsesión propia; también sirve para un propósito político, al hacerlo parecer más poderoso de lo que realmente es.

Es costumbre generarizada que los líderes autocráticos borren las fronteras entre ellos y el estado. El difunto líder fuerte de Turkmenistán, Saparmurat Niyazov, hizo de su cumpleaños una fiesta nacional, que implicaba celebraciones exageradas para exaltar su personalidad, incluidos desfiles militares y una declaración de sus ministros de que era un profeta enviado por Dios. En el estado totalitario de Corea del Norte, las muestras elogiosas de culto a la personalidad y las imágenes omnipresentes de sus líderes son parte esencial de las estructuras sociales del gobierno diseñadas para inducir al público a someterse ante su líder autoritario. El efecto de estos rituales es hacer que el líder parezca invencible, intocable.

Como señaló The Boston Globe en diciembre, en su análisis de las obsesiones de Trump por estos cambios de nombre, los hombres fuertes a lo largo de la historia han obligado a sus súbditos o aliados a participar en estos espectáculos: los de Julio César en Roma, Adolf Hitler en Alemania, José Stalin en la Unión Soviética, Saddam Hussein en Iraq, Kim Il Sung en Corea del Norte, el indio Narendra Modi y el líder de Turquía Recep Tayyip Erdogan nombraron estadios deportivos, ciudades, carreteras, escuelas y otros edificios públicos en honor a ellos mismos. En este caso específico, parece poco probable que Trump consiga lo que quiere pues no hay forma de que Schumer, que ya se ha negado, le dé lo que pide. Deberíamos esperar que Trump siga tratando de añadir su nombre y rostro a los lugares que pueda. Como tanto aspirante a hombre fuerte antes que él, ve la omnipresencia cultural como puerta de entrada a la omnipotencia política. Pero, dado que no es todopoderoso, mucha gente va a verlo como lo que realmente es: solo un grafiti.


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13 febrero 2026

Una lección de fideos

No nos habíamos visto con él, mi cuñado y amigo, durante las fiestas de fin de año. Rafico es ingeniero, lo ha sido toda su vida; construye caminos en una lejana provincia, lo que exige permanecer mucho tiempo fuera. Había aterrizado esa misma mañana y pronto se contactó con su hermana para reunirnos a almorzar. Era ya mediodía cuando pasamos a recogerlo: nos pidió escoger o recomendar el nombre de algún lugar. Mencioné una trattoria que no quedaba lejos; había olvidado que algo pasó allí, en una ocasión anterior, que no nos dejó satisfechos… Pero –con ganas de pasta como estaba– sugerí el lugar. Por hoy, prefiero no decir su nombre. Como dijo el poeta: “la luz del entendimiento me hace ser más comedido”.

Llegamos al sitio, nos ubicaron y nos pasaron la carta, pedimos un vino y cada cual escogió lo que cada uno prefería. Mientras hacíamos un atrasado brindis por el nuevo año, pude observar como el jefe de sala y el encargado de tomar las comandas, regresaban a ver a nuestra mesa como si dudaran de algo que habíamos ordenado. Pasaron los minutos y el mesero designado pasó a nuestra mesa lo que mi amigo y mi “cónyuge sobreviviente” habían pedido. Para mi caso, resulté la desafortunada víctima de una vianda equivocada, una que nunca había solicitado: había pedido un plato de tagliatelles, pero lo que recibí fueron unos raviolis de forma circular, un tipo de pasta que no coincidía con mi pedido.

Como a veces pasa, el sagaz camarero quiso convencerme de que eso mismo era lo que había ordenado, y no los tallarines (eso es lo que significa tagliatelle) que pude haberme imaginado… Visto mi desacuerdo, el jefe de sala sugirió un cambio rápido de comanda, con lo que opté por aceptar cualquier fideo largo, que fuera menos ancho que el papardelle, y que estuviera aderezado con cualquier salsa elaborada tipo pomodoro (tomate). Me ofrecieron salsa bolognesa y estuve de acuerdo… Mientras mis acompañantes daban cuenta de sus ya servidas guarniciones (y casi todo el exiguo pan que nos habían proporcionado), volví a solicitar la carta para echar un nuevo vistazo y asegurarme de qué mismo era lo que originalmente había ordenado.

Para ser justo, la espera no excedió el tiempo prometido. La pasta estuvo en su punto y la salsa como había esperado. Durante el tiempo de espera, que no fue difícil soportar –a la par que platicábamos de lo humano y lo divino–, rememoré un “curso intensivo” de comida italiana que alguna vez tomé en “mis tiempos de muchacho” (ya capitán, pero todavía muchacho). Aquella ‘romántica’ asignatura duró un par de años... así fui como aprendí que los fideos cortos, como los macarones o los farfalles, también eran considerados pasta porque se hacían con la misma harina que se utilizaba para los espaghettis o la lasagna; al tiempo que me enteraba que uniendo la ge con la ene se conseguía en italiano el mismo sonido que con nuestra eñe.

Pero sigamos comentando el cursito referido: pronto aprendí que se llamaba fusilli al fideo que parece tirabuzón, farfalles a los que tienen forma de lazo, porque la palabra significaba mariposa (aquel mismo fideo que me hacía freír y luego añadir la abuela al caldo, junto con unas papitas picadas, leche, queso y unas hojitas de perejil, para preparar una sopita que, noche por medio, ella hacía (y que mis melindrosos primos se resistían a ingerir, a menos que les retiraran, una por una, las hojas de cebolla que ella, con tanto esmero y dedicación, había añadido; en cuanto al penne (o macarone) supongo que no requiere explicación… Tiempo después, habría de aprender que también había “una pasta que no era exactamente pasta”, pues no se hacía con harina sino con papa rellena con queso: eran los gnocchis (palabra que significa “ojos”).

Pero serían los fideos largos los que desde siempre fueron mis preferidos –y tan temprano como desde que, teniendo algo menos de cinco años, una vez acompañé a mi padre a Guayaquil y ahí descubriría lo que eran los tallarines–. Solo quince años después, en el “curso” referido, me daría cuenta que los tagliatelles no eran otra cosa que esos mismos tallarines porque, en la práctica, tallarín es solo una deformación del vocablo tagliatelle. En realidad, el nombre deriva del verbo italiano tagliare que significa ‘cortar’, por la forma de tira que adquiere la lámina de pasta cuando se la corta con un utensilio especial y se convierte en varias tiras de pasta delgada…

Quizá lo más interesante que aprendí –en ese curso que ahora recuerdo– fueron los nombres que los fideos adquirían con solo variar de grosor… Ahí todo parecía ir por milímetros y tenía que ver con la sección de los fideos: un mm, significaba capellini (cabello de ángel); dos, vermicelli (gusanitos); de tres a cinco, spaghetti (tallarines números 3, 4 y 5); seis, venía a ser fetuccini (que si era más espeso –alto–, lo llamaban linguini); ocho, era el arriba mencionado y raro tagliatelli; y, entre catorce y veinte: el delicioso papardelle. Solo restaría mencionar las otras pastas “rellenas” como los raviolis, tortellinis, tortellones, cannelones y un largo etcétera.  Y, desde luego, desearles un solemne ¡buon appetito!... 

Anche se, potrebbe benissimo mangiare qualsiasi tipo di pasta in questo momento. ¡Grazie mile!


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