26 junio 2026

De sátrapas y otros déspotas

Hoy le he preguntado a la IA, no por un significado concreto, sino por qué es que la mayoría de la gente cree erróneamente cuál es el significado del vocablo sátrapa… Esa mayoría no siempre lo asocia con alguien déspota o autoritario. Me ha contestado que casi siempre se lo utiliza como sinónimo de tirano, dictador o de quien abusa de su poder; pero que también suele usarse, sobre todo, para designar a quien vive con lujos, abusa de sus conexiones o de su poder y hace grosera ostentación de su posición o de su riqueza. 

Un sátrapa era quien ejercía como “gobernador de provincia” en los antiguos imperios medo y persa (aqueménida) y de sus sucesores, como fue el Imperio sasánida. La satrapía era el territorio gobernado por un sátrapa. El título significaba 'protector del reino'; el sátrapa estaba a cargo de los asuntos administrativos como aquel ingrato de cobrar impuestos. Los sátrapas eran asesorados y vigilados por un canciller, así como por inspectores que eran reputados como los “ojos y oídos del rey”. Con el tiempo, la palabra adoptó una connotación distinta y bastante negativa. Se debió a que algunos de estos gobernadores se volvieron corruptos, cobraban impuestos abusivos o actuaban cual si fueran nuevos reyes independientes.

Los sinónimos principales de sátrapa son tirano, déspota, dictador y autócrata. En resumen, se utiliza el vocablo de forma despectiva para referirse a una persona que gobierna o ejerce su autoridad abusando de su poder y actuando de manera arrogante y arbitraria. Pero… ¿qué mismo significa sátrapa cuando hoy lo usamos y, sobre todo, cuando usamos el término como un insulto? La voz sátrapa ha quedado como una forma peyorativa para llamar a cualquier persona que ejerce su poder de forma arbitraria, y como sinónimo de tirano o déspota; pero también la usamos como si fuese un insulto genérico, como el peor que se nos puede ocurrir… Para algunos puede significar bellaco o sinvergüenza, para otros corrupto o despreciable…

Esto es lo que dice mi herramienta relacionada (Etimologías de Chile): Sátrapa es un muy antiguo nombre que ya los griegos utilizaban para designar a los gobernadores o representantes del gran rey de los persas (antes llamados medos, de ahí el nombre de “guerras médicas”). La connotación peyorativa que, desde la antigüedad, se atribuye al nombre de estos gobernantes puede explicarse por el hecho que las fuentes eran griegas y los persas fueron el enemigo secular de los helénicos. Para los romanos, los persas no eran santos de su devoción, ya que –una vez tras otra– sus ejércitos se estrellaban frente a las huestes iranias.

El vocablo se ha seguido utilizando a lo largo de los siglos, aunque sin aludir directamente a los prebostes persas, sino con el sentido de funcionario cruel, que muestra un comportamiento exagerado o excesivo. Ya en el siglo XX, en la América hispanohablante, se aplicaba con frecuencia el término para referirse a dictadores como Trujillo, Castro o Chávez. Sin embargo, la irrupción abrumadora de esta voz en la lengua castellana es probable que haya acontecido a propósito del “hombre fuerte” serbio Slobodan Milosevic y arreció hasta exacerbarse con el caso de Saddam Hussein. Milosevic (1941–2006) –acusado de genocidio y crímenes de lesa humanidad mientras estuvo en el poder– fue presidente de Serbia (1989-1997) y más tarde de la República Federal de Yugoslavia (1997-2000). Este sátrapa “de nuevo cuño” fue conocido como el "Carnicero de los Balcanes" por haber liderado un régimen autoritario y por promover un nacionalismo a ultranza que luego desencadenó las cruentas guerras balcánicas y las limpiezas étnicas en los años 90.

Es como si la sonoridad esdrújula que la voz encierra, hiciera más expresivo el término, desbancando a otros términos tradicionales como dictador, déspota o tirano. No es desdeñable, en efecto, el impacto sonoro que tiene la voz sátrapa, pronunciado con énfasis, remarcando la esdrújula, recalcando el tremendo y atroz estruendo de su –tr– tan impostado, y con la triple reiteración de las vocales (tres aes) tan resonantes. Es curiosa, por otro lado, su utilización con el valor adjetivo de 'tiránico' o 'despótico', como lo evidencia la secuencia "sátrapa dictador". Hace poco se ha constatado que el término ha llegado a aplicarse en España para culpables de escándalos urbanísticos, hoy tan habituales. Ante ello, y dadas las cualidades fónicas que tiene el vocablo, a la palabra sátrapa le aguarda un futuro cada vez más esplendoroso.

En 2001 Slobodan Milosevic fue arrestado y entregado al Tribunal Penal Internacional, creado para tratar los abusos y excesos ocurridos en la ex Yugoslavia, en la ciudad de La Haya. Milosevic murió en su celda de un ataque al corazón, cinco años después, antes de que el tribunal pudiera emitir un veredicto… Sí, está comprobado: los déspotas, para su propia desgracia, también se enferman y “a veces” hasta se mueren…


Share/Bookmark

23 junio 2026

Adulones y sicofantes

Sin entrar en complejas disquisiciones (como invocar a Freud, cómo lo hace el Diccionario de la Academia), el ego no es sino un exceso de autoestima; para mí, denota también una pizca de inseguridad, a más de un incomprensible y absurdo desprecio hacia las virtudes y paciencia ajenas. Bien visto, el adulo es el real combustible del ego… Adulador y adulado son caras distintas de una misma moneda: ambos mediocres viven del otro en forma imperecedera, dependen entre sí, aunque sepan que ha cesado su influencia.

Adular significa: “Hacer o decir con intención lo que se cree que puede agradar a alguien”. Otra acepción sería: “Alabar de forma exagerada e interesada a una persona para conseguir su favor o ganar su voluntad”. La voz “adular” viene del latín adulari, que significa ensalzar, alabar, halagar o elogiar desmedidamente. La adulación es acción que implica hipocresía, falta de sinceridad e incluso maldad. Quien adula ha caído muy bajo, su figura es la de quien, sin dignidad, se inclina ante otro para besar su calzado. Hay un término para definir al adulador, suena escatológico y de veras malsonante: me refiero al vocablo “lamecu…”.

En inglés adular se dice “to flatter”. Originalmente, el verbo "flatter" (derivado del francés antiguo flater) significaba "tocar con la mano", "acariciar" o "alisar". La palabra proviene de la misma raíz germánica que dio origen a la palabra flat (plano). La idea era que quien acariciaba a alguien lo hacía para "suavizarle" sus asuntos o proyectos. Con el tiempo, esta acción física evolucionó hasta referirse a la caricia del ego: alabar a alguien de forma excesiva o insincera para complacerlo, manipularlo, ganarse su aprecio… 

La caricatura del adulador describe el perfil de quien busca congraciarse mediante falsos halagos; retrata la sumisión e hipocresía de quienes adulan a los demás para obtener favores, poder o alguna otra forma de beneficio. La figura se caracteriza por los siguientes rasgos: sus elogios no son sinceros, buscan manipular o conseguir el favor de quien ostenta autoridad, dinero o influencia; el adulón no duda en mentir ni en ocultar sus opiniones para validar la opinión del adulado y evitar cualquier conflicto; y, alimenta así la necesidad de ego del halagado, convirtiéndose en un "espejo deformante" que refleja lo que aquél quiere escuchar. 

Francisco de Goya, en sus grabados (como en la estampa "Ni más ni menos" de Los Caprichos), satirizó a los aduladores que disimulaban los defectos de sus modelos. En La Divina Comedia, Dante Alighieri fue más duro: situó a los aduladores en el segundo foso del octavo círculo del Infierno, sumergidos en excrementos humanos para simbolizar la podredumbre de sus propósitos. Asimismo, el filósofo griego Plutarco escribió ensayos advirtiendo sobre cómo desenmascararlos y distinguirlos de los auténticos amigos.

En estos días, he hallado en forma repetida la palabra “sicofante”. La voz provendría del griego sykophántēs (de sykon, "higo", y phainein, "mostrar" o "denunciar"); en Atenas se habría referido a los "denunciadores de contrabando", que delataban a quienes exportaban ese fruto –el higo– en forma ilegal. Literalmente significaría «el que muestra los higos». Su equivalencia actual sería la de calumniador, delator o impostor. Hoy se especula que habría varias explicaciones sobre cómo se originó el término: una señala que en Grecia estaba estrictamente prohibido exportar higos; así, los delatores o buscavidas que denunciaban a quienes hacían contrabando de esta fruta para evadir impuestos eran llamados sicofantes. Para Etimologías de Chile, un sicofante —o sicofanta— no sería quien denunciaba o delataba ese contrabando, sino más bien quien “denunciaba el robo de higos de ciertas hogueras sagradas cuyos frutos estaba prohibido tocar”.

Otra hipótesis apunta a que el término habría hecho referencia a una seña obscena. La palabra sykon (higo) también se usaba como metáfora para referirse a los genitales femeninos, y el gesto de meter el pulgar entre los dedos índice y corazón era considerado un insulto. El sicofante sería entonces quien "hacía ver el higo", ya sea mediante acusaciones falsas para ensuciar la reputación de alguien, o realizando este gesto para señalar la culpabilidad pública de un individuo. Con el paso del tiempo, el término pasó al latín como sycophanta y se alejó de su significado original, para designar y describir a un acusador ruin, a un mentiroso o adulador que utilizaba el engaño o la falsedad para sacar ventaja e infligir daño a otras personas.

Los atenienses no tenían fiscales públicos, por lo que cualquier ciudadano podía acusar a otro. Muchos hacían acusaciones infundadas; estos hicieron de la extorsión su oficio (participaban de las multas o buscaban un soborno para comprometerse a retirar los cargos). Más tarde, el término pasó a utilizarse como sinónimo de calumniador, impostor o delator falso. En español, como indica el Diccionario, se utiliza para describir a alguien que busca obtener ventajas mediante mentiras, adulación servil o acusaciones ficticias. 


Share/Bookmark

19 junio 2026

Verdad de Pero Grullo *

   * Tomado de la inefable Wikipedia, con nuestra edición

Pedro Grullo, Pedrogrullo, Pero Grullo o Perogrullo, "que a la mano cerrada llamaba puño", es un personaje paremiológico o de la literatura tradicional cuyo origen histórico es de difícil determinación. Su idiosincrasia es la de un personaje cómico, producto de la imaginación popular, aunque existen hipótesis e indagaciones en las que se afirma que habría existido un Pedro Grullo real. En el habla corriente se identifica al personaje como el primer, o el más famoso, decidor de perogrulladas –tautologías retóricas–, esto es, verdades redundantes o pleonásticas del tipo "ha amanecido porque es de día".

Cuando alguien emite una expresión de simpleza tan evidente o tan sabida que resulta una afirmación trivial o apodíctica, o técnicamente un truísmo, suele opinarse que se dijo una perogrullada o una verdad de Perogrullo. En retórica la perogrullada es semejante a la tautología, la redundancia o el pleonasmo: una definición tan simple que duplica su misma denominación, de forma que uno de sus elementos sinónimos sobra, aunque sirve para denotar, subrayar o destacar lo dicho. También puede adoptar la modalidad de una litotes o atenuación. Ejemplos: «cuando no hace frío es que hace calor o está agradable», o «en lo lleno no hay vacío»; estas son perogrulladas o simplezas (sí, muy culta la Wikipedia).

En el Diccionario de nuestra lengua (el de la Real Academia Española) la perogrullada se define como «verdad o certeza que, por notoriamente sabida, es necedad o simpleza decirla». En el diccionario de María Moliner, donde se la define como «dicho propio de Perogrullo», se dedica una entrada al autor de esas verdades: «Perogrullo (de “Pedro” y “Grullo”): personaje supuesto al que se atribuyen humorísticamente las sentencias o afirmaciones de contenido tan sabido y natural que es una tontería decirlas». Quien inventó el vocablo perogrullada fue Francisco de Quevedo, en su libro Sueños y discursos (1622), en concreto en la parte conocida como Sueño de la Muerte, donde interviene el «gran profeta» Pero Grullo: «Yo soy Pedro, que no Pero Grullo, que quitándome una ‘de’ en el nombre me hacéis el santo fruta».

En un ensayo acerca del origen etimológico de los apellidos castellanos, José Godoy Alcántara dice que Petro Grillo fue un personaje real que actuó como testigo en dos escrituras (de 1213 y 1227) en Palencia. Añade: «Coetáneo de Pedro Mentiras, si es que se trata del mismo que ha hecho célebre la naturalidad de las verdades». Durante el siglo XV, particularmente en Cantabria, se citaba a Pedro Grillo. Existe un documento que data de 1460, titulado Profecía, cuyo autor usa el seudónimo de Evangelista. Se trata de un breve relato en el que se describe a un profeta ermitaño, a quien llama «Pero Grillo».

Es muy probable que al antes mencionado Pero Grillo, casi cien años después (año 1551), Hernán Núñez de Guzmán, en sus Refranes o proverbios en romance, le haya cambiado de nombre y, en consecuencia, convertido en el nuevo Pero Grullo referido. Algunos investigadores creen que el Pedro Grillo del siglo XV evolucionó hasta convertirse en el nuevo Pero Grullo del siglo XVI. Quizá, para esta modificación del nombre, habría que tener en cuenta que en italiano el adjetivo grullo significa "simple, tontorrón, poco vivaz, que se deja engañar con facilidad"; y como es bien sabido durante el siglo XVI la influencia de la cultura italiana en España se hizo particularmente intensa.

Ya en 1605, este personaje aparece en la novela La pícara Justina, de Francisco López de Úbeda. También Cervantes lo menciona en la segunda parte de Don Quijote de La Mancha. Así, en el capítulo LXII, Sancho Panza pregunta a la «cabeza» si volverá a ver a su mujer y a sus hijos. La «cabeza» responde: «Gobernarás en tu casa; y si vuelves a ella, verás a tu mujer y a tus hijos; y, dejando de servir, dejarás de ser escudero». A lo cual Sancho añade: «Bueno, par Dios; esto yo me lo dijera: no dijera más el profeta Perogrullo».

El lexicógrafo Ramón Joaquín Domínguez, en su Diccionario Nacional o Gran Diccionario Clásico de la Lengua Española, de mediados del siglo XIX, define perogrullada, ‘perogrullear’ y Perogrullo: «Personaje o ente quimérico, extravagante, ridículo, que se supone haber existido y dejado una preciosa colección de sandeces, apotegmas, axiomas y verdades». 

Pese a todo este trabajo hecho por investigadores y lexicógrafos, quizá nunca se sepa a ciencia cierta quién fue en realidad este Pedro Grullo o Perogrullo, que hizo tan famosas sus perogrulladas.


Share/Bookmark

16 junio 2026

Futuro de los valles de Quito

Yo era muchacho todavía cuando venía en vacaciones a pasar unos días en San Rafael (hoy es mi residencia permanente). En esos días, nadie hubiera vislumbrado que tanto Los Chillos cuanto el sector de Cumbayá y Tumbaco –que se desarrolló más tarde– habrían de experimentar el súbito crecimiento que los convertiría en barrios suburbanos de Quito. Es probable que el hito inicial que marcó ese despegue haya sido la construcción de la autopista Rumiñahui, que lo único que le hace merecer ese nombre es que es una vía de alta velocidad. El caso de Cumbayá resulta peculiar; su relativa ventaja ha sido su cercanía con la capital.

Unos 40 años atrás ya se anticipaba que el centro y sur de Quito se extenderían (o desplazarían) hacia el Valle de los Chillos; en tanto que, el norte (hablo del sector que va desde La Mariscal hasta La Carolina) –donde residían ciertos segmentos– lo haría hacia Miravalle y Cumbayá. Pudiera decirse que nadie anticipó un éxodo tan abrupto y masivo hacia esta última zona; sobre todo, porque el ritmo de crecimiento no fue sustentado por el trazo y disponibilidad de calles y otras vías que facilitarían más tarde una movilización ordenada y ágil, tanto dentro de esa zona residencial como en su necesaria conexión con la ciudad.

El caso de Los Chillos es un tanto diferente. Su desarrollo se inicia a mediados del siglo pasado, cuando –debido a la benignidad del clima– favorece la adquisición de solares que se convierten en pequeñas quintas o huertos familiares. Nadie sospechó tampoco que, con el paso del tiempo, tendría un crecimiento tan sorprendente como inusitado y que, solo 50 años más tarde, tendría que enfrentar los problemas y desafíos que tiene cualquier ciudad. El caso del sector de San Rafael (donde hoy se ubica el C.C. San Luis) es un tanto paradigmático, no solo porque lo cruzan tres ríos (Pita, San Pedro y Santa Clara) sino que nadie columbró que el rápido desarrollo futuro exigiría un trazo adecuado de vías que asegure una movilización vehicular ágil y fluida, elemento esencial para, a su vez, ofrecer un satisfactorio sentido de bienestar.

A estas alturas, reconocer la defectuosa condición del tránsito en las vías resulta no solo una reflexión tardía: sería, además, improductivo. Pocos han caído en cuenta que estos barrios crecieron sin que medie ningún tipo de planificación. El exceso de viviendas no se satisfizo con una mejor provisión de calles y vías disponibles. Más habitantes significó un mayor número de vehículos que generaron inéditos problemas tanto de tránsito como de disponibilidad de estacionamiento. Tampoco se pensó en vías que favorezcan un ágil desplazamiento, sino –además– que cumplan con el requisito de una eventual evacuación rápida como demanda todo conglomerado de alta densidad. Nunca se contó con la posibilidad de una desgracia natural o de un flagelo no controlado. Así, una evacuación emergente se tornaría muy difícil de satisfacer.

Persiste, por otra parte, un problema administrativo: tanto Cumbayá como la zona norte del Valle de los Chillos (entre el río Pita y el cerro Ilaló) pertenecen al municipio metropolitano. Sus peculiares necesidades, así como sus particulares características merecen una más dedicada atención, la misma que “ha brillado por su ausencia”. Las autoridades responsables están muy alejadas de la realidad de estos sectores, cuyos moradores no solo se sienten mal atendidos, sino que carecen de canales adecuados para comunicar sus inquietudes y necesidades, y para sugerir alternativas y recomendar soluciones a sus varios problemas.

Se me antoja que el caso de Cumbayá es de veras insoluble. Para lo relativo al Valle de los Chillos, parece también muy tarde para volver a planificar nuevas vías, ensanchamiento de calles y nueva provisión de diagonales y avenidas. Ante esa realidad, quizá la única alternativa sea la construcción de viaductos o vías rápidas elevadas y, dependiendo del sector, el eventual uso del lecho de los ríos (como ya se hizo en el sector de la Bocatoma) para construir vías de desahogo que se conecten con las vías de alta velocidad.

Existe una pequeña ciudad argentina que fue construida como arquetipo de la urbe planificada. Está ubicada cerca de la ribera del río de la Plata y a algo menos de 50 km al sureste de Buenos Aires; se la ideó hacia fines del siglo XIX para que funcione como capital de la provincia de Buenos Aires (no confundir con la conurbación metropolitana, llamada Gran Buenos Aires). La ciudad tiene una forma de cuadrado perfecto, la parte medular está conformada por seis sectores en ambas direcciones que, a su vez, están compuestos por seis manzanas en ambos sentidos; su diseño consta, además, de una serie de avenidas diagonales que incorporan plazas, parques y rotondas. La ciudad es encantadora y bien puede servir de ejemplo para similares iniciativas. Todo el formidable y bien estructurado trazo mide no más de 25 km cuadrados.


Share/Bookmark

12 junio 2026

Mambrú se fue a la guerra…

De niño descubrí que me encantaba descubrir… y así fue como descubrí que para descubrir había primero que explorar o indagar. Descubrí que cuando se investiga hay que saber hacer la pregunta correcta, porque si no la respuesta puede ser no solo la que uno no espera, sino inexacta en muchos casos. Bien dicen que no se debe esperar una respuesta inteligente cuando se hace una pregunta tonta. Más tarde he descubierto que a eso se refieren los políticos cuando los entrevistan y dicen: “Ah, qué buena pregunta”.

El otro día escuché una olvidada ronda infantil y quise dar, con idéntico nombre, título a esta entrada. Por esta vez, no me di el trabajo y preferí dejar a la “señora” IA (yo la llamo Inés Andrade) para que la esboce por mi… Con Inés hay que tener mucho cuidado. Con ella, hay que hacer la pregunta correcta; es decir, hay que “saber preguntar”. Además, ella es impetuosa (sobre todo algo irresponsable), no tiene “espíritu crítico”; por ello que a veces –sin querer– se puede, y se suele, equivocar… No siempre es seguro que lo que Inés diga, sea la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. “Cosas de inteligentes…”, digo yo.

La historia de Mambrú (o esa canción y su estribillo) la había no solo escuchado, sino también cantado en los días de mi niñez. Mambrú no fue un personaje ficticio; su nombre es una adaptación al castellano de Marlborough, que es parte del título nobiliario de John Churchill (1650-1722), un duque y general inglés derrotado por los franceses en Malplaquet (1709), durante la Guerra de Sucesión Española. La tonada fue creada por los franceses para burlarse de su aristocrático enemigo; creyeron, por error, que había muerto en combate… aunque vivió unos años más. El duque fue un genio militar; brillante y astuto, es considerado un oficial muy destacado en la historia militar británica. Fue antepasado de Diana de Gales y de Sir Winston Churchill, que nació en el Palacio de Blenheim, la residencia oficial de los duques de Marlborough.

Esa guerra (no confundirla con la de Secesión) fue un conflicto entre las potencias europeas que duró desde 1701 hasta la firma del Tratado de Utrecht en 1714. Tuvo como causa principal la muerte sin descendencia de Carlos II de España, último representante de la Casa de Habsburgo, lo que dio lugar a una lucha por el control del Imperio entre los partidarios de las dinastías reclamantes: los Borbones y los Habsburgo. La guerra dejó como principal resultado la instauración de la casa de Borbón en el trono de España.

La música de la ronda es repetitiva y pegajosa. Habla de que Mambrú se fue a la guerra y que no se sabe cuándo vendrá, de si volverá para la Pascua o para Trinidad (la fiesta móvil que celebran los católicos una semana después de Pentecostés); cuenta que Mambrú se ha muerto en guerra y que lo llevan a enterrar, con tres oficiales y un cura sacristán; jijijí, jajajá, ¡no sé cuándo vendrá! La picante melodía habría llegado a España y Latinoamérica por influencia de los Borbones. Parece que a la reina Ma. Antonieta le gustaba cantársela a sus hijos. Luego se extendió por Europa y terminaría convirtiéndose en una ronda muy popular.

Por otro lado, yo mismo me he preguntado si este Marlborough tiene algo que ver con los tan publicitados cigarrillos Marlboro (es el mismo nombre, con ausencia de las últimas cuatro letras). Hoy sé que sí, pero que solo lo es de manera indirecta: el nombre de la marca no se habría escogido para honrar al duque y militar de marras, sino para dar relieve a la ubicación del lugar de producción: la fábrica original de la Philip Morris habría abierto sus puertas en Londres en una calle conocida como Great Marlborough Street. La rúa se había bautizado así en honor al Duque de Marlborough para celebrar sus victorias militares.

Al principio, los cigarrillos se comercializaban como "Marlborough", pero luego el nombre se simplificó y cambió a "Marlboro", cuando la marca se expandió a Estados Unidos. Como dato curioso, antes de asociarse con el famoso vaquero, la marca se publicitaba como un cigarrillo "suave como el mes de mayo" destinado casi exclusivamente al mercado femenino. En cuanto a Blenheim, el “palacio” de los duques, es el único edificio no real en Inglaterra que lleva ese título. El edificio fue obsequiado al duque por sus servicios…

Finalmente, se habrán preguntado: ¿por qué puse ese título a esta entrada?... La verdad que este me pareció apropiado para resaltar la influencia que ha tenido la terquedad de un solo individuo para involucrarse en una guerra innecesaria (que nunca la ganó); y también para no poder salir de ella hasta que lo declaren vencedor… Se lo conoce como Donald Gump; perdón, Forest Trump...


Share/Bookmark

09 junio 2026

Se viene el Mundial…

Sí, se viene el Mundial… Esta es una frase que hay que decirla así, incompleta. Más bien dicho, ¿para qué completarla, si todo el mundo sabe de qué estamos hablando? En efecto, decir “Mundial de Fútbol” ya suena raro, casi como si fuese una cacofonía; o, mejor, un pleonasmo, repetición innecesaria, redundante tautología (sí, que vaya nomás el Efe a revisar el diccionario…). Basta, entonces, con referirse al acontecimiento sin especificar de qué se trata. No es necesario, ya no hace falta…

Pero hay algo en esa cuadrienal competencia que me produce sentimientos encontrados. Por un lado, está esa infantil ilusión que periódicamente se renueva; está también ese curioso y apostador sentido de anticipada preferencia: que si Francia, que si Brasil o Portugal (las tres, para mi gusto, son las selecciones mejor integradas, no dependen de un solo jugador: están repletas de talento). Está, también, mi simpatía por esa, nuestra nueva pléyade de jugadores excepcionales, que bien pudieran darnos una agradable sorpresa; ellos, solo tendrían que llegar a cuartos de final –estar entre los ocho mejores– y eso sería ya un evidente progreso. Y está, por fin, mi novelería de aficionado: estar pendiente del avance de algo enteramente lúdico por todo un mes (en realidad cinco semanas). ¿Qué más se le puede pedir a la vida, que nos mantenga expectantes y “unidos”; y hablando de lo mismo y por tanto tiempo?…

Tengo mis temores, sin embargo… Después de todo el manoseo propiciado por la FIFA para efectuar el último mundial (aquí sí con minúscula), en el lugar equivocado y en la estación menos adecuada, con la sola y única intención de favorecer la asignación de la sede para un pequeño país que quería aprovechar el ecuménico espectáculo para promocionar su sorprendente desarrollo, a muchos nos dejó la lamentable impresión de que lo que importaba ya no era ese fervor y entusiasmo colectivo que genera el “deporte rey”, sino alguna motivación impublicable, que nos llevó a repetir el viejo adagio: “Piensa mal y acertarás”…

Y es que, además, el mundial de Catar nos dejó una triste e inesperada desilusión: a pesar de la promisoria expectativa que venía construyendo la positiva aplicación de ese artilugio llamado VAR, verdadera panacea para eliminar (y sancionar) y prescindir para siempre de la simulación y la astucia; pronto nos hizo abrir los ojos, y advertir, que “hecha la ley, hecha la trampa”…, porque ciertos jugadores (no sé si también selecciones completas) habían desarrollado nuevas habilidades; no ya para engañar al público, a los entendidos y a los propios árbitros, sino para plasmar la farsa científica,  engañando al propio VAR…

Nada puede haber más dañino para el desarrollo normal de los partidos de fútbol que el ardid, el recurso marrullero, la acechanza y la maquinación, la farsa de tono dramático y la triquiñuela. Aquello de convertir el área contraria en piscina para con maña ejecutar clavados o “saltos ornamentales” o nefandas “picardías” cuyo simplón y triste mérito es recurrir a la invisible “Mano de Dios”. Ello, no solo perjudica a la imagen que quisiéramos tener de nuestro deporte preferido, sino que nos hace desilusionar respecto a los reales avances que el fútbol ha logrado como cultura organizacional, respecto a una entretención que no puede dar ya cabida al instrumento moral de dudoso contenido, a la infracción maliciosa, al despreciable timo.

Otro asunto inconveniente ha sido, esta vez, el escogimiento de los países sede, como si eso de repetirlo en un país enorme ya no iba a crear dificultades logísticas imponderables: hay alrededor de seis horas de vuelo entra las costas atlántica y pacífica de los Estados Unidos. Esto, definitivamente se agrava cuando se incluye a países como Canadá y México en la ecuación. Es como si los organizadores solo hubieran estado animados por el éxito comercial, sin contemplar la movilización de los aficionados y las dificultades logísticas que esos traslados representan. Se espera que, ya superada la fase de grupos, los desplazamientos requeridos no se tornen en fastidiosos cuando, como es natural, los precios de las entradas habrán aumentado ya hasta precios estratosféricos; enemigas como van de más asequibles alicientes…

El fútbol se fue adulterando en ciertas regiones. Esto, por lástima, se fue exacerbando en otros sectores que parecían “más civilizados”. Esa es la influencia que producen las malas artes, por el fácil rédito que tiene aquello de darse de “listo” o de “sapo vivo”. Es hora de sancionar con severidad la voltereta aparatosa, el revolcón sensacional, el barato y flagrante histrionismo propio de escenarios de otra índole. Lo lógico es que la gente aliente y apoye a sus equipos; pero los resultados deben estar basados en un elemental –y muy humano– sentido de merecimiento y de justicia. Ese es el verdadero FAIR PLAY. ¿Es, esto, mucho pedir?


Share/Bookmark