La imagen es sorprendente, está tomada en Roma a través del ojo de la cerradura de la puerta de la Orden de los Caballeros de Malta, vale decir desde la iglesia de San Luis de Francia, como quien mira hacia el Vaticano. Es un perfecto claroscuro: la vegetación, que ayuda a definir el contraste, asoma como un marco negro e irregular que solo deja ver la cúpula de San Pedro. La portentosa toma sirve de inspiración para que Juan José Millás, quien escribe para un periódico español, haga una de esas surrealistas reflexiones que él acostumbra. Ha intitulado su corto artículo con una breve frase indagatoria: “¿Qué ocurrió allí?”
Como es mi costumbre, antes de leer su visión –la que el autor quiere interpretar– me he dado un rápido momento para tratar de imaginar lo que esa insólita fantasía, que suele caracterizar a la prodigiosa mente de Millás, pudiera insinuar para luego sorprendernos con alguna reflexión referente a tan enigmática toma. Barrunto que quizá quiera proponernos la dialéctica entre luz y oscuridad, entre poder y naturaleza, entre tradición y oportunidad, entre estructura y conflicto… Nada de ello ocurre, sin embargo, Millás parece querernos conducir hacia el terreno freudiano del auto-examen y la culpa, a ese donde nos gobiernan los callados resquemores de la angustia, los del arrepentimiento: los demonios interiores del subconsciente…
Dejemos que él mismo explique el asombroso contraste. Permitamos que él mismo no dé su apreciación. Dejemos que declare y, a lo mejor, logremos que confiese… Así, explica él su personal idea del ojo de la cerradura, con la que asocia su particular exégesis: “Una de las primeras manifestaciones de ese mundo fue el pedazo de la habitación de los padres facilitado por ese ojo. Ni siquiera era preciso que ellos se hallaran dentro, y en actitud amatoria, para que el paisaje íntimo al que éramos capaces de acceder nos pareciera extraño. Un mundo extraño: eso eran aquella cama doble y aquel armario dotado de un espejo. Resultaba sobrecogedor el lugar en el que dormían mamá y papá. Allí se concibió lo inconcebible: nosotros. Todo lo que somos empezó a fraguarse en medio de un paisaje accesible a través del ojo de la cerradura”.
Y sigue: “Veíamos sin entender, algo quedaba grabado en una zona blanda de la conciencia. Aquella alcoba no era solo una estancia: era una hipótesis. Allí se había producido el hecho improbable de nuestra existencia, y eso convertía la cama en un artefacto narrativo, en una máquina de fabricar biografías. Con el tiempo comprendimos que ese ojo no servía tanto para espiar como para ensayar la idea de una frontera. De este lado estaba el niño; del otro, el mundo adulto, compacto, insondable, organizado en cajones que no debían abrirse. La cerradura enseñaba que el relato depende del punto de vista y de la cantidad de luz disponible.”
Yo no tuve que bregar con esa inaudita curiosidad: averiguar qué hacían mis padres. Las puertas de las casas en que viví no tenían ese orificio (después de 1950, se usaban llaves pequeñas), ya no había esa aparente invitación al fisgoneo. Tampoco las puertas se cerraban; era nuestra casa, la de toda la familia; no teníamos porqué dividirla, poner diques ni barreras (tampoco tuvimos que limitar, cuando ya estuvimos casados, el libre acceso a nuestros hijos). Poner el ojo ahí, en ese otro ojo, hubiese sido un gesto obsceno, indelicada curiosidad, cuando no una morbosa fuente de cotilleo… Usarlo, se hubiera constituido en una terrible falta de confianza, en una fea indiscreción. Podemos decir que entonces ya no hubo cerraduras con ojo, con la tentación de husmear en algo que pudo parecer impuro. Es más: salvo para propósitos de exhortar al silencio o afán de no perturbar, nunca nos hizo falta mantener las puertas cerradas.
Vengo de un mundo carente de bocallaves (ese es su nombre técnico). Para cuando fui niño, estas cerraduras con ojo ya habían –en la práctica– desaparecido. Las cerraduras ya no disponían de ese orificio. Todas, con excepción de las pertenecientes a las de la puerta de calle, habían prescindido de ese ojo. Se construyeron para ser operadas por las llaves que hoy conocemos (más livianas y pequeñas); estas no excedían de 4 o 5 cm, y su grosor era similar al de una moneda corriente. Si alguna vez utilizamos uno de la puerta de entrada, para ver, solo fue para asegurarnos de que ya habían escuchado nuestro llamado y que venían a abrirnos…
En el Génesis, hay una historia relacionada. Cuenta que Noé, el patriarca del Diluvio, se había embriagado y quedado dormido. Cam, el menor de sus hijos, habría “descubierto su desnudez” y habría ido a contárselo a sus hermanos (descubrir la desnudez implicaría una conducta inapropiada o aprovecharse de la situación). Al enterarse sus hermanos, Sem y Jafet, habrían tomado una manta y caminado de espaldas para cubrir las vergüenzas de su padre. Noé maldijo a Cam diciendo: «¡Maldito sea Canaán! (el hijo de Cam). Sus descendientes serán esclavos de los descendientes de sus hermanos». Esto marcaría para siempre el destino de los cananeos.

