Hay percepciones que actúan como un raro sortilegio, se comportan como si se tratasen de un talismán, o de una forma de premonición; suelen convertirse –a la vez– en una extraña suerte de epifanía.
Nos hemos hecho amigos –voy aquí a llamarlo “Zeta”–. Cruzamos un día un par de palabras y pronto fue fácil comunicarnos; fue como si hubiéramos sido amigos de toda la vida. Hay algo de marcial y altivo en su apostura, nos vemos en el parque de cuando en vez. Quizá sea su forma de caminar la que denuncia su fe religiosa, su formación militar y ese sentido de respeto a la naturaleza que lo hacen ver tan saludable. Es cordial y comunicativo, camina siempre acompañado. Parece un hombre agradecido con la vida: vaya, es un hombre bueno. Se hace tratar de alguna dolencia, pero enfrenta su condición con humor y dignidad.
Él dice ser un buen paciente. No porque exude esa calma y tranquilidad, que “todo el mundo” sabe que lo caracteriza, sino porque dice que sabe cómo colaborar con sus facultativos –esos “modernos arúspices”, como él les llama a los galenos. Sabe cómo suplirles información para que le puedan diagnosticar, tratar y curar mejor; parece saber cuáles son las preguntas adecuadas, incluso aquellas que, si bien lo vemos, pudieran suplantar lo que los doctores soslayan decirnos o, quizá, pudieron haber olvidado de aclararnos o advertirnos. Es un paciente que se deja ayudar, que comprende que, para mejorar, hay que contar y saber preguntar, que son tales preguntas las que merecen aquella invariable réplica: “¡qué buena pregunta!”
Zeta es un gran comunicador (“desde niño le viene natural”). No sabe si es un prurito suyo, un “resabio”, pero tal como él mismo dice, le sucede por donde va, cuando nota que idéntica actitud le evita posteriores consultas o explicaciones, y que –por lo general– consigue buenos resultados. “Puede ser sintomático –me dice–, y así mismo es como siempre me pasa: antes ni siquiera los había visto, y al final siempre quedamos como si alguna vez hubiésemos sido vecinos de barrio, compañeros de promoción o viejos amigos”.
Una madrugada se le exacerbó un pequeño problema de salud. Por meses, reaparecía al poco tiempo que desaparecía: una de esas toses que llaman alérgicas, esas que a veces se complican con una parcial afonía. Como durante todo ese período de tiempo había acudido al médico varias ocasiones por el mismo motivo, decidió volver a consultar al mismo profesional (era el cuarto facultativo que Zeta consultaba por el mismo síntoma) para solicitarle que le dé una orden para que le efectúen una simple radiografía pulmonar, cuyo resultado pudiera descartar que adolecía de un problema más serio en el sistema respiratorio.
Pero el trámite no había sido tan simple como él hubiera previsto: los médicos tienen ciertas restricciones, pues existe un protocolo en algunos centros médicos debido al cual deben literalmente “inventar” una dolencia más importante, para, de ese modo, poder recetar o solicitar un pedido de exámenes. Y así fue cómo lo justificaron, con una supuesta “bronquitis aguda” para poder proceder con el sencillo trámite que mi amigo requería… ¿Cómo no pueden disponer que se me haga una radiografía?, con justicia reclamó.
Satisfecha la gestión, Zeta recibió el resultado respectivo. La imagen presentaba una novedad que debía ser evaluada con una tomografía. Esta confirmó la presencia de una condición irregular que requería de la revisión de otro especialista, un neumólogo que fue contactado para la consulta pertinente. Consistía en una sombra en el pulmón que por su tamaño se identificaba como una “masa”. “No siempre se trata de un tumor –le dijeron–; puede ser una infección encapsulada (un absceso o tuberculosis), una acumulación de líquido, una malformación congénita o alguna forma de inflamación”. Entonces el facultativo consultado le refirió a una casa especializada de salud gubernamental, que, al recibir la solicitud pertinente, procesó una primera atención para una espera no inferior al excesivo plazo de 10 días. “Es que, en vacaciones, los médicos también tienen que salir con sus familias”, me dice; “por eso, las consultas son más escasas…”
“Que no pierda tiempo, me dijeron” –me susurró–. “Dada, la premura, acudí a una clínica particular: no sabía si podría aplicar el seguro, porque como estaba recién contratado, todavía estaba en período de carencia”. “Así que aquí estoy, esperando por otros diez días hasta que me entreguen el resultado de la bendita biopsia…”. Desde entonces no lo he visto todavía, imagino su inquietud y expectativa. La última vez, Zeta tosió un par de veces y se despidió musitando unas frases latinas por nosotros conocidas: “Carpe diem” (aprovecha o disfruta del nuevo día) y “Ridere aude”, que significa “atrévete, o anímate, a reír”
¡Ay, mi amigo, Zeta; que sus “arúspices” lo curen!, ¡y que nuestro Dios premie su paciencia, lo proteja y lo bendiga!

