11 agosto 2026

Historia detrás de un nombre

En una entrada anterior mencioné dos nombres que están asociados con la aviación: Dakota y Murialdo. El primero fue un mote que recibió el Douglas DC-3 o su versión militar, el C-47 Skytrain (llamado también Gooney Bird o Cheeky Charlie); “Dakota” había sido el apodo que el Ministerio del Aire británico (la RAF) le otorgó al avión en la nomenclatura utilizada para designar a sus aviones. TAO, la primera empresa en que volé, tuvo cuatro DC-3 (08, 09, 010 y 011). El “Douglas”, o “C-47” como lo llamaban en la Fuerza Aérea, era un avión con capacidad para 28 pasajeros o 6.000 libras. Se construyeron 16.000 de estos aviones; era un gran instructor, un avión muy noble: muchos todavía lo consideran “el mejor de todos los tiempos”.

Murialdo es, en cierto modo, una ofrenda piadosa. Dos aviones de TAO recibieron ese apelativo; el primero voló en los 50, fue un verdadero caballito de acero antes de que llegaran los Junkers 52 y los C-47. Era un monomotor canadiense Noorduyn Norseman (C-64), avión utilitario de patín de cola y ala alta reconocido por su gran resistencia; transportaba hasta nueve pasajeros. Para Gonzalo Ruales, verdadero artífice de la aviación oriental y promotor de TAO, el apodo tenía un sentido sentimental: significaba su identidad con el esfuerzo misional de los padres Josefinos, congregación fundada en Turín como Pía Sociedad de San José, por Leonardo Murialdo. Era un símbolo de gratitud y devoción, plasmado en el fuselaje del Norseman.

Nunca supe cuál fue el destino del primer Murialdo. No sé si se accidentó, si se lo vendió o si, simplemente, corrió el destino de todos estos animalitos cuando se ponen viejos. Gonzalo lo recordaba con gratitud, había sido su corcel y escudero. Una tarde, cuando veníamos de efectuar nuestro último vuelo, pudimos ver, en el interior del hangar, que habían alojado a un inesperado huésped: era un bimotor canadiense diseñado para operar en pistas cortas y traído del Canadá para cumplir un contrato exclusivo con la petrolera Anglo. Se trataba de un sorprendente y versátil De Havilland, DHC-6 Twin Otter… un precioso aparato.

Había mucha gente rodeando al avión aquella tarde. Esperé a que el hangar se descongestionara y me subí al aparato. “Es como una avioneta grande”, dijo un visitante, cual si revelara el sexo de un recién nacido. Me senté directamente en el puesto del comandante (no requería copiloto). Luego de escudriñarlo, reconocí que olía a nuevo; de veras parecía un aparato formidable. Amor a primera vista… Alguien ya familiarizado, me enseñó cómo bajar sin lastimarme. Entonces advertí que había una leyenda dibujada en ambos lados del fuselaje… MURIALDO proclamaba el distintivo; intuí que el sonoro vocablo se constituía en talismán para esfumar las penurias del pasado; y, a la vez, en una suerte de plegaria, que daría voz a la devoción del gestor de ese hito, y que habría de convocar esperanzados augurios por el futuro de su nueva aventura.

El Twin llegó al inicio de los años 70, era nuevo de fábrica; gracias al contrato pudo amortizarse en solo dos años. Sus primeros pilotos tenían experiencia en aviones STOL; habían volado las populares “Machacas” en la operación Texaco. Pronto nos dimos cuenta de que no permanecerían por mucho tiempo con nosotros. Eran buenos pilotos, conocían el Oriente, pero no les gustaba “instrumentar” y, sobre todo, “cruzar sin ver” el paso de Baños. Más de una vez me pidieron que los acompañara. Eran grandes personas, gente muy buena, y mejores conversadores. Vivían en la Costa, pero no les gustaba volar en la Sierra. No se acostumbraron…

Pero, no nos distraigamos. Así como TAO tuvo que ver con las misiones josefinas (y viceversa); Gonzalo siempre mantuvo una relación cercana y casi fraternal con su provincial, monseñor Maximiliano Spiller. Así como los salesianos deben su fundación a Giovanni Bosco (San Juan Bosco), la de los josefinos fue efectuada por otro religioso italiano que colaboró con Don Bosco, sin ser salesiano: Leonardo Murialdo. Los josefinos, adoptaron a San José (el padre de Jesús) como su beata referencia, como un símbolo de humildad y sacrificado apostolado. Cuando el Twin volaba con su nombre en el fuselaje, Murialdo ya había sido canonizado por Paulo VI. Aquello implicaba una autorización para ser venerado como intercesor.

Si el nombre de los josefinos tiene que ver con el esposo de María, ¿de dónde viene el de los salesianos? Don Bosco fundó la Pía Sociedad Salesiana (Societas Sancti Francisci Salesii), cuyos miembros son conocidos como Salesianos de Don Bosco, ellos se identifican por su devoción a la advocación mariana de María Auxiliadora; añaden a su nombre las siglas S.D.B. (Salesianos de Don Bosco). Juan Bosco los llamó así en honor del santo obispo de Ginebra, Francisco de Sales (1567-1622), un doctor de la Iglesia, nacido en Sales, Saboya. Francisco había sido un antiguo abogado, se convirtió en predicador y fue uno de los teólogos más respetados de su tiempo; se distinguió por su profunda fe y por su actitud conciliadora frente a las divisiones que la Reforma había provocado en su tierrra. Es el santo protector de periodistas y escritores.


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07 agosto 2026

Tesoros escondidos *

Transcribo este simpático artículo de Manuel Vicent, así como dos comentarios efectuados al mismo que captaron mi atención. ¡Disfrútenlos!

Una caja fuerte especial *

  * Escrito por Manuel Vicent para El País de España

Cuando unos ladrones entran en una casa, en general buscan joyas y dinero en metálico y por su larga experiencia primero se dirigen a las cajas de zapatos, luego a las perolas de la cocina, a los libros de las estanterías, a los radiadores, a los colchones, a la caja fuerte descubierta detrás de un cuadro. Al parecer, existe un orden instintivo a la hora de esconder el dinero, los ladrones lo saben y por supuesto también lo sabe la policía que tiene a su disposición perros amaestrados capaces de señalar un fajo de billetes en cualquier doble fondo, entre las vigas del techo, bajo un ladrillo del salón o enterrado en una fosa del jardín.

A la hora de buscar un lugar oficialmente seguro tampoco sirve alquilar la caja de un banco que sería el primero en delatarte si tuvieras un problema con Hacienda. La paranoia de quien guarda en casa gran cantidad de dinero negro debe de ser muy angustiosa. A un escritor especialista en historias de detectives le preguntaron, llegado el caso hipotético en que se viera obligado a esconder un alijo de dinero, qué lugar escogería. Era un escritor de éxito, muy elogiado por la crítica, había sido reconocido por su talento con alguna medalla de oro nacional.

Ante una audiencia que le seguía con mucha atención explicó que su plan podría tomarse con humor a la manera de un relato de Agatha Christie. Primero trataría de mantener la fama de persona honesta fuera de toda duda, lo más alejada posible de cualquier hedor a dinero sucio. Para disimular escribiría versos muy líricos. Dada su reputación no tardarían a invitarle a que guardara para la posteridad algunos de sus escritos. Sin duda podría hacerlo en una caja fuerte del Instituto Cervantes donde los autores depositan textos que desean que se lean en el futuro. Aprovecharía esta invitación para guardar en esa caja un millón de euros envuelto en un pliego de sonetos donde permanecería bajo una llave a su disposición. Ni a Hércules Poirot se le ocurriría meter allí la nariz.

Christian Sanz:

Niccolo Ziani fue un mercader veneciano de finales del siglo XV que se quebrantó la salud negociando seda y especias con los turcos. Reunió una fortuna en oro macizo, esmeraldas, perlas y letras de cambio. El viejo desconfiaba de los usureros de la Plaza de San Marcos y, todavía más, de sus tres hijos; sabía de sobra que lo que a él le había costado décadas amasar, ellos lo dilapidarían en un tris. Por eso se llevó parte de la riqueza a un bosque de hayas, allá donde Treviso empieza a empinarse buscando las estribaciones de los Alpes. No dejó mapas ni confesó el secreto a nadie. En su lugar, escribió un pequeño cuaderno dedicado a sus viajes y observaciones comerciales que todo el mundo tomó por unas curiosas memorias de mercader.

Hubo que esperar mucho tiempo para que alguien sospechara de aquellas páginas. Las cifras de los sacos repetían patrones extraños y los nombres de las islas griegas formaban frases sin sentido comercial. Hoy ya no hay duda: el libro era, en realidad, la clave para localizar el tesoro.

J. Zamora Bermudo:

La parte más débil de una caja fuerte es su parte trasera. He visto muchos casos en los que los ladrones han abierto cajas de 300 kilos como si fueran latas de sardinas. Las partes traseras son como las puertas falsas de un cuartel. Todo el esfuerzo se dirige a las puertas por donde no sería capaz de entrar ni una cucaracha. Sin embargo, por la parte trasera del mundo entran todo tipo de especímenes sin ser vistos. Son quienes manejan los hilos de la vida desde sus sillones de poder. Mientras todos ponemos la vista en los que pasan por la puerta principal, ellos entran y salen a su antojo. Las joyas de la caja de Rodríguez Zapatero nos han deslumbrado por su impacto moral. Sin embargo, estoy seguro de que lo importante es lo que aún no se ha visto; lo importante está en quién entra y sale por la puerta de atrás, sin pedir permiso, sin pedir perdón.


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04 agosto 2026

Gilgamesh y la Biblia

Con la ayuda de Inés Alban (IA) me permito resumir la sorprendente similitud entre los relatos de la Epopeya sumeria de Gilgamesh y del Génesis en la Biblia; tanto referentes al paraíso terrenal y al árbol del Bien y del Mal, cuanto a la historia del diluvio con sus respectivos actores: Gilgamesh y el patriarca Noé.

La Epopeya de Gilgamesh es bastante más antigua que la Biblia. Las versiones escritas más antiguas de Gilgamesh (en tablillas de arcilla), un poema épico sumerio, datan de entre 2100 y 1800 a.C. En contraste, los primeros textos hebreos del Antiguo Testamento se redactaron entre el 800 y 600 a.C. (al menos mil años después).  Por su antigüedad, varios historiadores concuerdan en que la tradición de Gilgamesh –y su relato de un gran diluvio– influyeron en las narraciones bíblicas posteriores, como la historia del Arca de Noé.

La serpiente y la manzana: en ambos textos, la serpiente actúa como un agente que arrebata la inmortalidad o la eterna juventud a los humanos. Sin embargo, la manzana no aparece en el texto bíblico original, y el objeto robado en Gilgamesh es una planta marina. El desglose de los elementos varía entre ambos textos:

La Serpiente: en Gilgamesh, el héroe logra obtener una planta mágica en el fondo del océano que devuelve la juventud a los ancianos. Al regresar, se detiene a bañarse en un estanque de agua fresca. Una serpiente huele el dulce aroma de la planta, la roba y se la come. Al instante, la serpiente muda su vieja piel por una más joven, explicando el mito de por qué las serpientes rejuvenecen, mientras el héroe llora al perder su oportunidad de ser inmortal. En el Génesis bíblico, la serpiente es descrita como un animal astuto; no se come el premio, sino que engaña con la palabra a Eva para que desobedezca a Dios. Así, la humanidad es expulsada del Jardín del Edén, perdiendo el hombre acceso al Árbol de la Vida y volviéndose mortal.

La Fruta Prohibida y la Manzana: en el texto de la Biblia nunca se menciona una manzana. El Génesis se refiere genéricamente al fruto del Árbol del conocimiento del bien y del mal. La idea de la manzana nació siglos después, por un juego de palabras en el latín medieval. La palabra latina malus significa tanto “mal” como manzana. Cuando la Biblia se tradujo al latín (la Vulgata), los encargados asociaron el fruto del mal con una manzana. En Gilgamesh, no hay tal fruta prohibida. El objeto de deseo es una planta espinosa (similar a un escaramujo o rosa marina) que crece en el abismo de las aguas: no estaba prohibida; el sabio Utnapishtim le revela el secreto a Gilgamesh, como regalo de consolación, por haber fallado unas pruebas.

Paralelo Cultural: los historiadores señalan que ambos relatos reflejan una obsesión de las culturas del antiguo Oriente Próximo por entender por qué los humanos somos mortales y envejecemos, usando a la serpiente como un símbolo universal de engaño, astucia y renovación.

Paralelismos sorprendentes entre los dos textos: el tema de las aves es una de las pruebas más claras de la conexión entre ambos textos. Tanto Noé como Utnapishtim (el héroe mesopotámico en Gilgamesh) usan aves para verificar si las aguas del diluvio han bajado y hay tierra firme. Sin embargo, el orden de las aves y los tipos utilizados varían en cada relato. Este es el orden en la Epopeya de Gilgamesh (Tablilla XI): Utnapishtim libera tres aves, espaciadas en el tiempo, una vez que su barca encalla en el monte Nisir: 1. La paloma es la primera en salir, al no encontrar dónde posarse, regresa; 2. Le sigue la golondrina. Tampoco halla tierra firme y regresa. 3. El cuervo es el último: ve que las aguas han disminuido, come, grazna, vuela de un lado hacia el otro y no regresa. Esto le indica a Utnapishtim que al fin es seguro desembarcar. 


El orden en la Biblia (Génesis 8): Noé libera varias aves desde el Arca encallada en el monte Ararat, pero el orden es diferente y repite una de las especies: 1. El cuervo es el primero en ser enviado, vuela de aquí para allá hasta que la tierra se seca, pero no trae información útil; 2. La paloma, al no hallar donde posar el pie, regresa al Arca; 3. La paloma (segundo intento), siete días después vuelve a salir, regresa al atardecer portando una rama verde de olivo en el pico (el famoso símbolo de la paz). 4. La paloma (tercer intento): Tras siete días, Noé la suelta por tercera vez y ya no regresa, confirmando que la Tierra es habitable. 


¿Por qué importa esto?: Para los historiadores, prueba que ambos mitos compartan la estrategia de lanzar un cuervo y una paloma para medir el nivel del agua; esto no es una coincidencia. Dado que las tablillas de Gilgamesh preceden por más de mil años al relato del Génesis, el consenso académico apunta a que el autor bíblico conocía el relato mesopotámico y lo adaptó bajo una perspectiva monoteísta.


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31 julio 2026

Un avión en la montaña

Volé tantas veces sobre Baños y estuve tan escasas veces ahí, que desde hace mucho quería visitarla. Ya una vez, cuando los hijos eran chicos, pernoctamos ahí, cruzamos el puente, disfrutamos del Salto del Agoyán, e intentamos continuar hacia el Oriente por el sinuoso e intimidante camino que, siguiendo al borde mismo del precipicio, conectaba el lugar con la diminuta población de El Puyo, capital de Pastaza. Postergamos la aventura para efectuarla más tarde; pudo haber sido para ellos toda una experiencia ir a Shell Mera, el sitio donde su padre había empezado a pilotear los aviones de TAO, cuando aún no había cumplido veinte años…

Fue esa pernocta, la efectuada en Baños (“Baños de Agua Santa”, para los amigos), una de las pocas que habría de efectuar ahí por esos casi olvidados años. Después, no lo haría por cuarenta. Por ello, esta vez me dejé arrastrar por esa marea que lleva a mis primos maternos a efectuar paseos ocasionales, con el propósito de cuidar y estimular ese sentimiento que nos regala el hecho de compartir la estirpe. Nada hay que acicatee mejor nuestros recuerdos que eso que otros llaman, con harta razón, “la patria de la infancia”. Asunto que, aunque suene contradictorio, no habla de un lugar en el espacio sino de una coyuntura en el tiempo.

Por esos años, los aviones hacían su mantenimiento en Quito, durante los fines de semana. Los pilotos “bajábamos” los aviones a Pastaza en lunes o martes y retornábamos en viernes o sábado. En raros casos, los pilotos viajábamos por tierra (requería de siete horas). Eran todavía “los albores de la aviación” en el Oriente; en TAO conocíamos una fórmula para volar en el paso: un procedimiento que utilizábamos para cruzar la cordillera a un nivel no muy alto. Pero no consistía en ningún “secreto”; lo verdaderamente importante era saber ubicar las respectivas referencias para iniciarlo: la laguna de Yambo, si estábamos en condiciones visuales o la estación de radio Paz y Bien, si volábamos en instrumentos. Esto nos ayudaba a tener la referencia exacta del puente donde se juntan los ríos Patate y Chambo; o, aún mejor, de la población de Baños.

La vía original había sido inaugurada por el presidente Velasco Ibarra en 1947 (fue ese el camino que conocí). Era una cinta lastrada, sinuosa y estrecha; era, quizá, la carretera más peligrosa del país. Desde 2004 (gobierno de L. Gutiérrez) la ruta se ha hecho mucho más corta (son solo 80 km y dispone de siete túneles), goza de buena señalización y ofrece un ponderable sentido de seguridad. El trámite se ha reducido considerablemente: ya nadie coquetea con el abismo y se puede ir de Baños al Puyo en menos de una hora. Esto ha ayudado a impulsar el bienestar de los moradores de la zona y la economía del sector; ha estimulado, a su vez, la economía y el turismo, y se ha convertido en un importante factor de integración regional. Pudimos visitar las viejas instalaciones de TAO… fue un momento para la nostalgia y la remembranza. Ya sin los Dakotas ni el “Murialdo”…

De Puyo tengo poco que decir: su crecimiento ha sido tan vertiginoso y exponencial que nunca pude reconocer dónde realmente me encontraba; tampoco pude definir su nuevo trazado. Baños, por otra parte, ha disfrutado de tanto progreso –como ciudad y como centro de desarrollo turístico– que aquello no merece sino el calificativo de admirable. Son las diez de la noche de un fin de semana y hay tanta gente disfrutando del ambiente de las calles, que no sorprende encontrar negocios abiertos y lugares de diversión por todas partes. La ciudad es ya un referente exitoso en la sierra central. Aquí no se han dejado de ofrecer variados atractivos y diversas actividades y distracciones en los alrededores. Hay gente y bullicio por doquier.

Baños goza de elementos que refuerzan sus atractivos: excursiones, deportes extremos, amén de otras actividades. Posee una generosa oferta hotelera, así como gran variedad de miradores. Esta es una ciudad de 25.000 habitantes que cuadriplica su población en tiempo de vacaciones, feriados y fines de semana. ¿Cómo, un lugar así, un sitio de paso y peregrinación, se convirtió en un centro de turismo sin parangón? Sorprenden atalayas ubicados al otro lado del río, se llega allí tras un recorrido temerario, vertiginoso y demencial, a pesar de la niebla persistente. Se descubre ahí, en aquel insólito paraje, la silueta de un avión…

La niebla va y viene. Es el suyo un juego travieso y obcecado. Al principio me parece reconocer una Cessna 182, la distancia difumina su registro: HC-PFL sugiere la cicatera legibilidad. Amplío una toma fotográfica y confirmo su matrícula, para cotejarla con el Registro Aeronáutico: es una B lo que parecía una P… HC-BFL: es un avión STOL ya dado de baja; se trata de un Súper Helio Courier H-295, un diminuto avión capaz de movilizar seis pasajeros y de operar en pistas cortas. Perteneció al Servicio Aéreo Regional, (un viejo operador aéreo del Oriente que sirve a las comunidades); el aparato fue fabricado en 1967, y estuvo equipado con un motor Lycoming de 295 caballos. Resulta evidente que subió al cerro desarmado. Es poco probable que haya aterrizado en ese farallón por sus propios medios, es ese un terreno en demasía ventoso y escarpado…


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28 julio 2026

Finnegans Wake

“Hay libros que deben ser saboreados; otros devorados; y, unos pocos, masticados y digeridos: unos deben ser leídos en parte; otros con curiosidad; y, unos pocos, en su totalidad, con diligencia y atención. Sir Francis Bacon (1561 - 1626).

Dice Wikipedia que Finnegans Wake es una novela cómica del autor irlandés James Joyce. Yo diría –a juzgar por la desazón que crea en sus lectores– que parece, más bien, tener mucho de esperpéntica, sobre todo si revisamos los extraños recursos que emplea. FW parecería estar escrita en un inglés deformado; utiliza voces que resultan de giros basados en varios idiomas o palabras inventadas que pueden extenderse por un renglón y medio; más que un relato parece un calambur destinado a fastidiar. Borges la había llamado “una concatenación de retruécanos cometidos en inglés onírico, dada su ausente secuencia lineal y texto impenetrable.

Lo anterior parecería no importar a quienes dicen haberla entendido. Dicen que vuelven a ella para efectuar inéditos descubrimientos. Ponderan su lectura, están persuadidos de que constituye una obra maestra y de que es la novela más sabia, entretenida y fascinante que hubieran encontrado. La consideran una obra erudita a la que hallan, cada vez, nuevas y sorprendentes vetas que encierran frescas e inusitadas epifanías. No parece importarles su lenguaje retorcido, o el tratamiento erudito de temas que no están relacionados.

Caí en Finnegans Wake mientras indagaba acerca de un escritor argentino llamado Ricardo Piglia. Había leído unos de sus libros; pero, al no ubicarlo, sospeché que lo habría hecho en versión digital. Accedí a su Antología Personal y me topé con una referencia a la obra que hoy tratamos. De ese modo, conocí de su trama y estructura, y advertí que se trataba de una obra experimental. Nunca esperé encontrar tanta información relacionada con su contenido e inspirada en valiosas recomendaciones en cuanto a cómo leerla. Sorprende la sugerencia de hacerlo en voz alta, o escucharla en un audiolibro que sea relatado con acento irlandés…

Al indagar por el sentido de Wake en el título, encontré que pudiera tener diversos significados, a juzgar por el gusto de Joyce por los juegos de palabras y el uso de distintos idiomas. He aquí los principales: funeral: en referencia a una balada llamada "Finnegan's Wake", que cuenta de un albañil borracho que cae de un andamio y es dado por muerto; en medio del sepelio, le salpican con whisky, y vuelve a la vida. Despertar: en inglés el sentido del verbo "to wake" (un llamado a la sociedad); también significa estela, la huella que deja un barco a su paso (conectaría con el concepto de Giambattista Vico, de que la historia es cíclica y siempre deja rastro). Algunos consideran que la estructura del libro gira en torno a su obra Principios de ciencia nueva. Al escribir Finnegans sin apóstrofe, Joyce habría hecho un guiño gramatical pluralizando el apellido. Lo anterior no incluye la traducción que Piglia da a Wake que, en su opinión, significaría isla, refiriéndose a Irlanda. 

Antes de continuar debo hacer una breve aclaración (¿confesión?): de James Joyce solo he leído, hasta aquí, su Ulises (una parodia del otro Ulises, el de la Odisea de Homero); libro este (el Ulises) que no creo que lo vuelva a repetir (me tomó todas unas vacaciones familiares seguir su guion). Siempre lo he llamado El libro azul, prefiero considerarlo también otra obra experimental que influyó en gran parte de los literatos del siglo pasado. Respecto a sus demás obras, había querido dejar pasar algo de tiempo antes de revisar dos de sus primeras novelas: Dublineses y Retrato del artista adolescente (una novela de carácter autobiográfico).

Finnegans Wake, es supuestamente un libro difícil de leer. Por lo mismo, leerlo en una traducción arbitraria –aunque solo sirva como referencia–, resultaría inauténtico y una lamentable pérdida de tiempo. Lo ideal sería leerlo sin apresurarse, saboreándolo y con paciencia. Se nos recomienda ayudarnos con una de las cuatro guías que existen (tampoco se sabe si estas han sido traducidas al español); una es: Joyce's Book of the Dark: Finnegans Wake; y otra más: A Skeleton Key to Finnegans Wake: Unlocking James Joyce's Masterwork.

Lo cierto es que no he leído todavía la novela; no sé tampoco si lo haré. A Joyce le tomó 16 años escribir y revisar el monumental acertijo. Si ello equivale a unos 6.000 días de trabajo, implica que avanzó a un promedio de una página por cada diez días (la obra tiene 600 páginas). Si me decidiera por esa aventura, ese sería mi humilde homenaje para quien mucho aportó a la innovación de la escritura moderna. Dicen que Finnegans Wake, más que eso, una lectura, es como dejarse llevar por un río para disfrutar del cambiante flujo y del inagotable paisaje. Con un propósito así, ¿quién querría reclamar por el argumento?...  ¡Trataremos pues de disfrutar del viaje!


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24 julio 2026

Aventuras y cosas serias

Un día, mientras asistía a un congreso gremial a mediados de los ochenta, fui con mi amigo Hilario Valinotti (†) a un restorán en Buenos Aires. Mientras esperábamos, se acercó un conocido suyo que se me presentó como Macaya... Cuando este volvió a su mesa, pregunté a Hilario si aquél era su apodo o su nombre de pila. “No, ché, mi colega respondió, somos contemporáneos, ese es su apellido; es un reconocido periodista”. Pasado el tiempo, se me fue haciendo frecuente ver su imagen en diferentes canales deportivos.

Enrique Macaya Márquez ha cubierto 18 mundiales consecutivos, desde Suecia en 1958 hasta el reciente. Si hoy cuenta con 91 años, es fácil colegir que era mayor con pocos años a Pelé (entonces 17) cuando Radio Belgrano lo envió a cubrir el Mundial de Suecia. Nacido en Buenos Aires (1934), muy joven se incorporó a la radio donde se destacó como relator y comentarista. Macaya ha escrito libros, ha colaborado con múltiples estaciones de radio y televisión y, últimamente, ha sido objeto de varios reconocimientos.

Para quienes siguen desde niños el torneo mundialista, la suya se ha convertido en una imagen familiar, al menos desde los albores de la transmisión televisada (quizá desde mediados de los ochenta). Macaya es toda una leyenda. Su enjundia (es una enciclopedia ambulante), su criterio objetivo nunca exento de una gran capacidad de asombro, lo han convertido en un referente muy querido. En días pasados vi un video suyo en el que agradece por alguna distinción y se corrige cuando dice que su trayectoria ha sido “casi una aventura”. “No lo ha sido –adusto se contradice– pues he tomado mi tarea como una cosa muy seria”.

¿Es malo vivir una aventura? ¿No es eso la vida misma? ¿Hay, quizá, algo de pernicioso o perverso en haber sido protagonista de una aventura personal? ¿Nos convierte aquello, ipso facto, en “aventureros”? No, yo creo que hay algo de encomiable en ciertas aventuras, sea por la seriedad con que las asumimos, o por la responsabilidad con que las hemos podido ejercitar. Entonces… ¿por qué la palabra aventura implica cierto sentido de descuidada irresponsabilidad o, al menos, de consentida informalidad? Veamos:

El DLE dice que ‘aventura’ puede ser lo siguiente: Un ‘acaecimiento’; entre sus sinónimos señala: andanza, peripecia y correría. / Una casualidad o contingencia. / “Una empresa de resultado incierto o que presenta riesgos”. / Y aun, una relación amorosa ocasional (emparentada con enredo, affaire o devaneo). No sorprende, por lo tanto, el significado que pueden alcanzar voces como aventurar (arriesgarse, atreverse, poner en peligro); aventurado (arriesgado, atrevido, inseguro, peligroso, expuesto); y aventurero (dicho de una persona: “de oscuros o malos antecedentes, sin oficio ni profesión, y que por medios desconocidos o reprobados trata de conquistar en la sociedad un puesto que no le corresponde”). Curioso vocablo, cuyos sinónimos son –para mayor sorpresa–: vividor, golfo, oportunista, aprovechado, ambicioso, intrigante o maniobrero…

Respecto a su etimología, encuentro que: “La palabra aventura procede del latín adventura, forma neutra y plural del participio del verbo advenire (llegar), compuesto del prefijo ad- (aproximación, dirección, presencia), venire (venir) y el sufijo -urus/- ura que expresa la idea de remitido al futuro (…) Adventura significa en latín "las cosas que han de llegar", que se refiere a los hechos inciertos que están por venir (ventura)”. Y, además: “los participios futuros activos en latín se forman con la misma raíz que el participio de perfecto (aquí sería vent- y el participio de perfecto ventus de venire) añadiendo un nuevo sufijo -urus. Así nos daría venturus, que quiere decir "el que vendrá" y en plural neutro, ventura = "los cosas que vendrán" ( positivas o negativas). Así ventura, en castellano, puede significar suerte, pero también peligro”.

Medito en lo que ha sido nuestra vida como aviadores y –sobre todo– en nuestro trabajo como pilotos; y en que hayamos tenido la bendición de que, en gran parte, ese oficio haya sido “una gran aventura”, y no puedo sino agradecer que haya profesiones y tareas que se las pueda ejercitar como lo que ellas son: una aventura responsable. Reflexiono en todas nuestras experiencias profesionales y en todos aquellos viajes; y, resuelvo, que gozamos de todo un privilegio al haber podido disfrutar de ese “sentido de aventura”. ¿Qué fue sino eso La Odisea, de Homero?, o ¿El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha? ¡Pura aventura! ¿O, todos esos otros libros que nos maravillaron en nuestra infancia, y que alegraron nuestras vidas, o que revitalizaron nuestra vocación por el asombro? Y no puedo, sino agradecerle a Dios y a la vida: ¡Sí, qué magnífica aventura!

PD: Rindo homenaje a Hilario Valinotti, comandante de B-747 con Aerolíneas Argentinas, que transportó a Juan Pablo II y fue dirigente de la Organización Iberoamericana de Pilotos, OIP. Falleció trágicamente en 2017, volando el pequeño Piper PA-32 que piloteaba.


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