Ese “Maestro”, así con mayúscula, que menciona Martín Caparrós en su artículo La palabra América, publicado en la entrada anterior, se refiere (¿a quién más?) al escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) autor de la enigmática frase allí entrecomillada. Ella pertenece a un extraño poema titulado “El Gólem”, que Borges habría asegurado que, si tuviera que elegir cinco poemas que le sobrevivieran, aquel ya legendario escrito sería uno de ellos. Está incluido en el libro El otro, el mismo (1964); allí Borges, que es reconocido por su estilo repleto de simbolismos, metáforas y acertijos, utiliza esos versos para explorar el poder de los nombres, la relación entre palabra y cosa representada o la cábala hebrea evocando una tradición: la creación de un ser antropomórfico mitológico, común en el folclore judío, el Gólem.
La cita auspicia la idea de que el lenguaje (el nombre) contiene la esencia del objeto que describe. Un gólem es creado a partir de materia inanimada (barro o arcilla), que cobra vida mediante rituales mágicos; simboliza al protector de comunidades. Es una creación sin alma, incompleta, que se asocia con el peligro de la soberbia humana al intentar imitar la creación divina. Su origen lo sitúa en la Praga del siglo XVI, creado por un rabino, aunque sus raíces estarían en la Biblia y el Talmud. En hebreo, gólem se refiere a una sustancia informe; representa la obediencia, pero a veces esa criatura pierde el control y se vuelve una amenaza. Según la RAE, se debe escribir gólem (con tilde), su plural es gólems. En esencia, el gólem es solo un remedo de hombre, encarna tanto el deseo de protección como los peligros de una creación sin alma.
De otra parte, he querido indagar el motivo para que algo tan simple como la palabra “rosa” haya llegado a tener un significado tan inescrutable y hasta místico. Aquello supera el simbolismo. Encuentro en un artículo previo de este mismo blog (Historia de dos enamorados) lo siguiente: Fue Gertrude Stein, en los años de la Primera Guerra Mundial, quien escribió un poema y popularizó una frase que habría de convertirse en famosa: “La rosa es una rosa es una rosa es una rosa”, cuyo sentido en nuestro idioma sería algo parecido a "así es como pasa en la vida" o "las cosas son lo que son". Parece que por mucho tiempo se utilizó a la rosa como símbolo en filosofía; habría sido Pedro Abelardo (1079-1142), quien supo darle a la palabra rosa el diverso contenido con que se la identifica, tanto en los asuntos relacionados con la filosofía como en aquellos otros relacionados con las cosas de toda la vida. Gertrude Stein (1874-1946) fue una novelista, poetisa y dramaturga estadounidense que vivió en Paris desde 1904, y permaneció ahí por el resto de su vida.
Pero no sería debido a Stein ni a Abelardo, famoso poeta y monje francés, que ese nombre –el de la rosa– pasaría a formar parte de la inquietud que hoy nos ocupa. Habría que estar familiarizado con la novela del semiólogo piamontés Umberto Eco, El nombre de la rosa, para –llegados al Último folio– averiguar por el motivo para que el autor hubiera intitulado de ese modo su obra. Ahí, en los renglones finales, Eco revela, como sin saber ni para qué, la frase misteriosa: “stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus” (“La rosa se mantiene fiel a su primer nombre, solo conservamos los nombres vacíos”); que equivale a decir: "de la rosa original sólo queda su nombre"; o, si se prefiere: "al final solo quedan los nombres". La extraña frase pertenece a un poema de Bernardo de Cluny (o de Morlaix), cuyo célebre dístico le ha permitido ser reconocido como "maestro del arte formal”, habiendo escrito De contemptu mundi en metro riguroso.
En "Apostillas al nombre de la rosa", minúsculo librito escrito por el mismo autor, se aclara –en su primer capítulo– la razón para el título de la novela y su significado. Eco recuerda que Abelardo se apoyaba en el enunciado nulla rosa est (no hay rosa) para mostrar que el lenguaje sirve para referirse a lo que existe y a lo que no. Confiesa que su primera opción fue La abadía del crimen, pero la descartó por temor a que se imaginara una intriga policíaca. Luego propuso Adso de Melk, para disgusto de los editores (ellos repudian los nombres propios). Al final, la idea de El nombre de la rosa, se le habría ocurrido por casualidad: “la rosa es una figura simbólica tan densa –dice– que, por tener tantos significados, ya casi ha perdido todos”. “Lo que de veras cuenta –concluye– es que el título debe más bien ‘confundir las ideas’, y no regimentarlas”.
Hacia el final del prólogo (Naturalmente, un manuscrito) Eco sugiere que, con la lectura, corremos el riesgo de repetir con Tomás de Kempis, canónigo agustino del siglo XV, y autor de la Imitación de Cristo: “In omnibus requiem quaesivi, et nusquam inveni nisi in angulo cum libro” (“Busqué descanso en todo y no encontré nada, excepto en un rincón con un libro”). No olvidemos que en línea con la técnica usada por Cervantes (la del “manuscrito encontrado”) y Cide Hamete Benengeli, Eco creó también un autor apócrifo para otorgar mayor veracidad (y, quizá, una nada contenida ironía) a su seductora y sorprendente obra.

