13 octubre 2026

Solapar, ¿es bueno, o malo?

En nuestro país no decimos “ático” (hoy palabra desprestigiada); preferimos desván (y hasta el desusado “soberado”) o no decirla. Privilegiamos una voz con cierto pedigrí: decimos penthouse (tenga o no terraza, y a veces sin importar que el edificio tenga solo un par de pisos). Igual nos sucede en ese nada prosaico jueguito del golf que, para darnos de importantes –si no de exclusivos– traducimos el término inglés foursome, que significa “cuarteto”, y usamos la palabra inventada forsom, porque creemos (o nos puede parecer) que suena más “in”, que suena mejor (así, de paso, confundimos a los profanos, que no saben de qué ch… estamos hablando).

Y era ahí, en el club, cuando ya había terminado el juego, que solíamos sentarnos a tomar un trago, a pretexto de que hacíamos cuentas y nos cobrábamos las apuestas. Era esa una oportunidad para hablar de lo humano y lo divino, y tomarnos un par de güisquis… Entonces era él, mi amigo Raúl, quien tenía una manera muy particular de “jalarnos la lengua”. Alguien decía, por ejemplo: “Fijo que fulano no se queda a tomarse otro, porque es un ‘mandarina’…”. Entonces él, con la intención de dar a entender que no coincidía con el disimulado comentario, enseguida preguntaba al interfecto como si nada dijera: “Oye… y eso, ¿es bueno, o malo?”… Sí, Raúl era genial; era su forma de insinuar que sugerir una falencia ajena sin que su dueño estuviera presente no era la forma más correcta de hacer un comentarlo...

Hoy me ha dado ganas de hacer lo mismo (esta vez, conmigo mismo): me he preguntado si ¿es bueno o malo “solapar”?; y, si eso de solapar resulta realmente algo “malo”... He querido además indagar si hay también una forma buena de solapar… Y he resuelto que si el verbo significa “encubrir” puede constituir probablemente algo malo; pero –si por aplicar un uso diverso– lo que queremos significar es aquello de “poner una capa sobre otra” (como cuando preparamos una lasaña) no resulta ni bueno ni tampoco malo, sino –como alguien solía decir– todo lo contrario.

Veamos, pues, qué dice el Diccionario de la RAE. Estas son las principales acepciones que tiene solapar:

1. (Como verbo transitivo). Poner solapas a los vestidos, a una prenda de vestir o a una de sus partes.

2. (tr). Cubrir total o parcialmente algo con otra cosa. Son sus sinónimos: cubrir, montar, superponer, sobreponer, asolapar, traslapar, coincidir, converger. Y son sus antónimos: descubrir o exponer.

3. (tr). Ocultar maliciosa y cautelosamente la verdad o la intención.
Son sus sinónimos: disimular, ocultar, esconder, tapar, encubrir, enmascarar, fingir, falsear. Y son sus antónimos: descubrir, exponer.

De mi indagación –apoyado en Etimologías de Chile– he encontrado que en cuanto a solapa, se conjetura si la voz quizá nos vendría del italiano sullappa –de sul, sobre, y de lapa, tela–: lo que resultaría que sullappa es lo que queda sobre o va por encima de la tela. Pero… si solapar significa “encubrir” u “ocultar”, daría la inexacta impresión de que solapa sería algo que sirve para ocultar algo distinto. Pudiera ser que esta “lapa” no se refiera a una tela, lo que nos llevaría a un distinto significado. En efecto, la voz “lapa” designa a una losa de roca que cubre o techa ciertos salientes, bordes de ríos, etc., creando ocultos refugios naturales…

De esta última palabra se habría formado el verbo solapar, testimoniado hacia el año 1400, más antiguo que solapa y que no tiene que ver con ninguna palabra italiana inventada. Solapa vendría del latín sub- (debajo de) y de lapa (saliente de roca en forma de lámina o losa). Solapar sería “ocultar en un refugio o gruta, meter bajo la lapa (tapar u ocultar)”. De ahí vendrían solape y solapa (algo que se dobla hacia afuera y recubre). Corominas prefiere especular con un vocablo hispano autóctono prerromano *lappa, que significaría losa.

Ahora, si solapar significa ocultar, esconder o enmascarar, nos trae a la memoria otro adjetivo similar: la palabra “furtivo”, que nos llega del latín furtivus, que consiste en aquello que se hace a escondidas, y cuyos sinónimos más comunes son: clandestino, solapado, disimulado, subrepticio, oculto, cauteloso y sigiloso.

No cabe duda, callar u ocultar es, en algunos casos, algo malo, y aun perverso, pues es una forma de engañar. Esta forma de solapar es mala, y no tienen nada que ver con preparar una inofensiva torta (solapada) de pasta, o la de pedirle al encargado en la papelería que solape las hojas impresas con páginas en blanco de por medio, es decir que “las entrevere ordenadamente”, que se dé el trabajo de solaparlas. Para terminar, tenemos un verbo “local” que suena parecido: socapar… El corrector me dice que el vocablo no existe; y al consultar con el DLE, el Diccionario de la Real Academia, menciona que la voz es un localismo en Bolivia y Ecuador. El verbo significa “encubrir las faltas de alguien”. Sería, en ocasiones, semejante a alcahuetear.


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09 octubre 2026

Dos expresiones muy políticas

Debo haber sido un muchacho de escuela cuando regresaba a casa a eso de las cinco de la tarde –no se había impuesto todavía esa novedad que fuera la jornada única–; entonces, encontraba a la abuela seducida por lo que fue su entretención favorita: escuchar las deliberaciones matinales del Congreso Nacional, repartido más de las veces en sus dos cámaras, las de senadores y diputados. Por entonces era una costumbre de las radios transmitir en forma cotidiana el desenvolvimiento legislativo.

Eran los congresistas gente acostumbrada al verdadero quehacer político; los integrantes del Congreso se distinguían por su formación, enjundia y capacidad intelectual; no eran “unos aparecidos”, unos diletantes carentes de una vida sin tacha que hubieran adquirido sus curules en la engañosa oferta del mejor postor. Ellos no estaban exentos de generosas dosis de humor, de ocurrencias en realidad geniales y de una apreciable disposición para la fina ironía. La gente escuchaba esos debates para enterarse de ese impredecible equilibrio entre las distintas corrientes políticas, pero lo hacía sobre todo para disfrutar y aprender…

Fue en esos años que escuché un par de locuciones cuyo significado intuía, pero se me hacían difíciles de definir: aceptar algo (una idea, propuesta o acuerdo) “sin beneficio de inventario”; y, acusar, insinuar o delatar que algún pacto o convenio se había efectuado “entre gallos y medianoche”. Así que, veamos de dónde salen o pueden haber conseguido partida de bautizo estas curiosas, como hilarantes, expresiones:

La frase “a beneficio de inventario” (nótese el uso de una preposición diferente) se utiliza en España, en forma tradicional de dos maneras principales: una, en el ámbito legal, para el trámite de aceptar una herencia, pero salvaguardando los bienes personales; y, dos, en el lenguaje cotidiano, para aceptar una determinada situación o trato, aunque haciéndolo con ciertas reservas. Su uso en en el ambiente jurídico se relaciona con los legados; se aplica o sirve, para aceptar los bienes del fallecido asegurando que las deudas del difunto se pagarán únicamente con los bienes de esa misma herencia; de esta forma, los bienes propios y el peculio personal quedarían a salvo: no se tendrían que pagar las deudas del fallecido si lo que este dejó no fuera suficiente. 

En el sentido coloquial o figurado, mientras tanto, se emplea la expresión para aceptar un acuerdo, una noticia o una condición de la vida común, solo en la medida de que esta traiga ventajas y nunca problemas o inesperados –o ingentes– inconvenientes. Decir que se acepta una propuesta "a (o con) beneficio de inventario" equivaldría a que el beneficiario se quedara con lo bueno, pero se reservara el derecho de rechazar las dificultades, si estas superan los eventuales beneficios. “A beneficio de inventario” implica hacer algo sin preocupación, sin interés real o trascendencia; o, en definitiva, sin tomarlo muy en serio. 

De acuerdo con el Diccionario de María Moliner, hacer algo “a beneficio de inventario” significa: 1.- Una manera de tomar una herencia, utilizando ese beneficio; y 2.- Se refiere a la manera de acoger una noticia, promesa, etc., “con reserva”. Ejem. “Tomaremos sus propósitos de enmienda a beneficio de inventario”.

En cambio, el uso de “entre gallos y medianoche” parece tener una explicación algo menos compleja. De nuevo, y de acuerdo con María Moliner, esta parece ser una expresión de uso más americano, y que se aplica, en forma palmaria y evidente, a la manera furtiva de negociar, o pactar algo, en secreto y sin dar participación a otras personas… Se dice gallo, del latín gallus, al macho de la gallina; pero también al bravucón o presumido, a ese individuo que se impone a los demás. Pero, además, se dice gallo a un festejo popular de carnaval que antes llamaban “correr gallos”, y que consistía en enterrar un gallo dejándole la cabeza fuera y jugar a partirle la cabeza con una espada, con los ojos vendados o hacerlo corriendo tras de él. Es decir, actuar aprovechando el desorden y bullicio para gozar de impunidad.

La medianoche, por otra parte, es el símbolo por antonomasia de lo callado, solapado y clandestino, de lo escondido, subrepticio y cauteloso. Lo curioso es que gallo y medianoche pudieran significar lo mismo; en efecto, hubo un tiempo en que la Iglesia católica tenía una celebración eucarística conocida como Misa del Gallo, esta tenía lugar a la medianoche del 24 de diciembre para celebrar el nacimiento de Jesús. Se la había llamado así, según unos, porque de acuerdo a una antigua tradición y leyenda, un gallo habría cantado para anunciar ese nacimiento. Pero, según algunos, otra vieja tradición histórica señalaba que en la antigua Roma se creía que el día comenzaba con el estentóreo canto del gallo a la medianoche. Jesús había anunciado a Pedro que “antes de que cantara el gallo” ya lo habría negado tres veces… (ad galli cantus).


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06 octubre 2026

El sur, un trémulo resplandor

Resulta curioso que muchas veces, sobre todo en economía, la gente relaciona el norte con el bienestar y el crecimiento, y el sur con las dificultades y la ruina. Sucede que en logística vamos muy poco hacia el sur, quizá porque relacionamos al hemisferio norte con un mejor estándar de vida, con el bienestar y el desarrollo. Pocos han caído en cuenta que el hemisferio sur es no solo el menos poblado de la Tierra, sino que la mayor parte del territorio de los distintos continentes se encuentra justamente en el hemisferio norte. En buenas palabras, el hemisferio sur es ocupado por la masa de agua más preponderante del planeta.

Todo esto sin desmerecer que gran parte de lo que llamamos Nuevo Mundo, con la sola excepción de Norteamérica, se encuentra en el hemisferio austral. Hay algo decidor: existe más gente que viaja –y emigra– hacia el norte que la que va hacia el sur. No desestimo que detrás de estos traslados deben existir razones y motivos socioeconómicos. Lo propio parece suceder con quienes viajan por turismo o placer, en particular quienes se sienten atraídos por la historia o la geografía, cuando no por el disfrute de un mejor estándar de vida o por aquel factor relevante en la sociedad de consumo: la compra de mejores productos.

Al efectuar una contabilidad de mis desplazamientos, advierto que mis viajes al norte han sido, de largo, mucho más frecuentes y duraderos cuando he ido al hemisferio norte. Además, cuando al norte he ido, he llegado a latitudes más altas que cuando he ido hacia el otro hemisferio. Conjeturo que se nos hace más fácil relacionar similares latitudes, en distintos continentes, en el hemisferio norte que si lo intentamos en el hemisferio sur. Se nos hace más fácil relacionar la latitud de New York con la de las principales ciudades europeas; en cambio, nos parece más difícil definir qué resulta más austral, si Ciudad del Cabo, Sydney, Auckland o Buenos Aires.

Hay algo que sorprende y provoca reflexión: una gran mayoría de pobladores del continente americano, de cualquier latitud, no conoce, y ni siquiera se ha interesado en conocer el lado sur de nuestro propio continente. Pocos, saben qué diferencia hay entre Patagonia y Tierra de Fuego, o se dejan subyugar por la poesía de cierta expresión, aquella de tierras del “fin del mundo”; ello nos recuerda a esa otra forma de llamar al punto más occidental que conocían los europeos cuando decían algo parecido: “finisterre”, un lugar que lo interpretaban como el confín, como el sitio más alejado que intuían que había hacia el final de la tierra.

Parte de la toponimia de esos lugares se debe a la expedición de Fernando de Magallanes, quien bautizó a esos –entonces ignotos– lugares como Tierra de Fuego y Patagonia. En el primer caso, porque sus marineros veían desde los barcos de la flota una infinidad de fogatas, tanto en tierra como sobre las canoas aborígenes; ello llevó a sus díscolos y pugnaces tripulantes a apellidar esos lugares como Tierra de Fuego. Lo segundo resulta más controvertido, no parece haber en el idioma luso el término patagón (patagāo) para designar a quienes tienen pies (o alguna forma de calzado) cuyo tamaño les hubiese llamado la atención. Hoy se sabe de una novela escrita a principios del XVI, Primaleón, que incluía un personaje de tamaño gigante llamado Patagón. Así, el nombre tendría relación con la estatura de los nativos, que no con el tamaño de sus pies.

Si bien se llama Patagonia a la zona más austral de la parte continental de los dos países meridionales, se conoce como Tierra de fuego a los territorios que se encuentran más al sur, es decir a las islas y archipiélagos que se encuentran más allá del Estrecho de Magallanes. Parte de tan alejados territorios, es una isla que comparten Chile y Argentina, Isla Grande de Tierra del Fuego, cuyo lado oriental pertenece a la Argentina. Esta parte es conocida como Provincia de Tierra de Fuego; su frontera occidental se ha trazado con una línea recta que va desde un punto en el lado suroriental del territorio continental argentino, y que se prolonga desde el Estrecho de Magallanes hasta el Canal de Beagle; y desde allí hacia el este hasta encontrarse con el Océano Atlántico Sur. La figura toma la curiosa forma de un pie desnudo que parece propinar un futbolístico puntazo a la Isla de los Estados…

Todavía algo más al sur del canal mencionado, y hacia el suroriente de Ushuaia, se halla el punto más meridional del continente: Cabo de Hornos, a 56 grados de latitud. Este punto está más alejado del ecuador incluso que el sur de África, que está a 34 grados de latitud sur; o, Tasmania en Australia, a unos 43; o el Cabo Sudoeste, ubicado en la parte más meridional de la Isla Sur de Nueva Zelanda, ubicada a 47. Sí, el sur de nuestro continente sigue siendo un territorio ignoto y alejado. Hace falta un vuelo de casi cinco horas para ir desde Buenos Aires hasta Ushuaia, en el sur; o cinco en auto para ir desde Río Gallegos a Río Grande, quizá el puerto argentino más cercano a las Malvinas. El aeropuerto de Río Gallegos lleva el nombre de un piloto civil convertido en inusitado héroe: Norberto Fernández. Volveremos sobre aquello.


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02 octubre 2026

Defectos y virtudes *

   * Escrito por Javier Cercas, para El País

Cómo nublarse el entendimiento y envenenarse el corazón.

Un día de 1803, Samuel T. Coleridge anotó en su cuaderno el principio central de la crítica, que yo vertería así al castellano: “Nunca hay que perder una oportunidad de razonar contra ese principio que nubla el entendimiento y envenena el corazón, según el cual hay que juzgar una obra por sus defectos y no por sus virtudes. Cualquier obra debe tener los primeros —lo sabemos a priori—, pero no cualquiera tiene las últimas, y, por tanto, aquel que las descubre te dice algo que no podías haber previsto con seguridad, ni siquiera con probabilidad”.

Es un principio que solo podía concebir un poeta mayúsculo. Juzgar una obra por sus carencias y no por sus bondades envenena el corazón y nubla el entendimiento porque coloca al juzgador por encima de lo juzgado, le priva de la máxima virtud, que es la humildad, y le condena al defecto máximo, que es la soberbia, la hybris que en la tragedia griega lleva a los hombres a enfrentarse a los dioses, quienes los castigan por ello. No existe obra sin tacha.

La mejor novela conocida no ha dejado de encajar improperios desde su publicación (o desde antes); algunos son estúpidos, desde el envidioso “no hay poeta tan necio que alabe a don Quijote”, de Lope de Vega, hasta las petulantes execraciones de Nabokov, Martin Amis o Paul Groussac, que respectivamente acusaron al libro de ser cruel, de ser largo, de estar escrito en una “prosa de sobremesa”; otros reproches, en cambio, no son tan absurdos. Seamos sinceros: ¿qué pinta en medio de las aventuras de don Quijote la historia de El curioso impertinente? ¿No podía haberla dejado don Miguel para las Novelas ejemplares, a las que tal vez pertenecía? ¿Y qué me dicen del epílogo de Guerra y paz? ¿Cómo demonios se le ocurre a Tolstói largarnos ese sermón de última hora? ¿Quién le manda ponerse a aclarar el sentido de su novela, como si el lector fuera tonto del bote?

Se dirá que El Quijote y Guerra y paz están escritas un poco “a lo que salga”, por decirlo como Unamuno, y que no incurren en esos deslices novelas más rigurosas, geométricas o deliberadas. Falso. Podría aducir ejemplos de grandes obras de Kafka, de Joyce, de Faulkner; ninguno como Madame Bovary, una novela aureolada con una leyenda tenaz de perfección. De ahí que los sabios lleven casi dos siglos intentando explicar cómo es posible que un relato escrito en tercera persona empiece en primera (Nous étions à l’étude, quand le Proviseur entra, arranca el relato: “Estábamos en la hora de estudio cuando entró el director”) y, por muchos esfuerzos que han hecho, la única explicación plausible de la incoherencia flagrante de ese nous inicial es que no tiene explicación. Quandoque bonus dormitat Homerus. (A veces, hasta el buen Homero cabecea).

Y, como hasta el mejor escribano echa un borrón —eso significa otro verso de Horacio—, cebarse con los defectos de una obra solo sirve para envenenarse el corazón y nublarse el entendimiento haciéndose el listo, que es lo que suelen hacer los tontos. Por lo demás, al principio de Coleridge yo solo le agregaría una cláusula. Juzgamos a Shakespeare por El rey Lear, no por Tito Andrónico y su estomagante grandilocuencia; juzgamos a Cervantes por El Quijote, no por su Persiles, novela que cabe elogiar con entusiasmo, pero solo a condición de no haberla leído (todo indica que don Miguel buscó hacerse perdonar el éxito del Quijote haciendo en el Persiles casi lo peor que puede hacer un escritor serio: tratar de demostrar que lo es).

Pese a ello, más de uno ha condenado a García Márquez para siempre por su última novela, Memoria de mis putas tristes, como si no hubiera escrito Cien años de soledad. He aquí la cláusula que yo añadiría al principio de Coleridge: es injusto juzgar a los antiguos por sus obras mejores y a los contemporáneos por las peores.

Dicho esto, sobra añadir que todo el mundo debería disfrutar con lo que le plazca y que, aunque los dioses continúan castigando nuestra soberbia –nos los cargamos hace tiempo, pero ellos siguen ahí, erre que erre–, si alguien disfruta nublándose el entendimiento y envenenándose el corazón, por mí que no quede.


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29 septiembre 2026

Muletillas

Se las llama también estribillos, coletillas, latiguillos o cantaletas; son esas palabras o locuciones que la gente (vaya, todos) las repite casi sin darse cuenta. Lo hacemos por hábito, sin caer en cuenta siquiera que echamos mano de ellas en forma innecesaria, como parte de nuestra forma o costumbre de hablar. Barrunto que las llaman así, de ese modo, porque nos recuerdan a las muletas, a esos adminículos en los que nos apoyamos para ayudarnos a caminar. Y ya que lo menciono, bien pudieran también asemejarse a las otras muletas: a aquellas franelas que utilizan los toreros, esos implementos que ayudan a esquivar el astado.

No hay virtualmente nadie que no use estas cantaletas, pero, a pesar de ello, hay mucha gente que las utiliza en forma indiscriminada y echa mano de ellas todo el tiempo porque no ha hecho un real esfuerzo por identificarlas y tratarlas de evitar. Hemos reconocido que casi todos las traemos a cuento en forma involuntaria, pues ahí mismo se encuentra el problema: no hacemos un pequeño esfuerzo para no convertirlas en ese indispensable bastón, sin el cual no podemos expresarnos. Un bastón que no queremos dejar en casa; sin él creemos que no podemos caminar… A propósito (otro latiguillo): muleta tiene el significado de "pequeña mula”, aparato formado con dos palos largos y un travesaño superior en el que descansa la axila para ayudar a caminar" y se forma con el sufijo diminutivo -eta, sobre la palabra “mula”.

Aquí van unos pocos –aunque muy repetidos– ejemplos de esas llamadas coletillas:

Por cierto: locución que es correctamente utilizada cuando al hablar de un determinado tema o asunto, de pronto recordamos algo relacionado con el episodio o la temática en liza y advertimos a nuestro contertulio que vamos a efectuar una breve digresión. Pero se convierte en estribillo cuando usamos la expresión sin ese objeto; en otras palabras, para simplemente seguir hablando, para hablar de una materia nueva y para nada relacionada, porque quizá creemos que su uso convierte nuestra exposición en una forma más elegante de expresión.

A lo mejor: expresión que no siempre usamos con su sentido natural, como si destacáramos una cierta forma de preferencia; sino, más bien, como una forma de duda o incertidumbre disimulada. Como una manera de reemplazar un tal vez o un quizá.

De pronto: esta es una muletilla que se ha ido convirtiendo en muy frecuente, como una aparente forma de llamar la atención para luego insinuar u ofrecer algún tipo de obsequiosa asistencia: “de pronto”, ¿se les ofrece un café o pasar a tomar asiento?

La verdad que, o para ser sinceros: forma de usar la expresión para tratar de reforzar como cierto o indiscutible lo que estamos diciendo; como que haría falta remarcar o insistir en que algo es real o que es verdadero lo que estamos demostrando o tratando de sustentar. No caemos en cuenta que es como si lo dicho en forma anterior no sería totalmente cierto o, de plano, falso o una media mentira.

De paso o de hecho: ambas expresiones usadas tanto en la forma hablada como escrita para respaldar la impresión de que lo que se va a decir está relacionado con lo hasta ahí veníamos desarrollando; sin importarnos que, en la mayoría de las veces, se trataría de un comentario o información que no tiene relación con lo anterior.

Por así decirlo: esta se ha convertido en una forma cuasi elegante, de esconder que no tenemos la palabra o frase más adecuada que reemplace lo que hemos dicho o vamos enseguida a expresar. Equivale al incluso más repetitivo “digamos”, que denuncia más que ninguna otra expresión innecesaria la falta de riqueza de nuestro vocabulario de uso cotidiano; o, ¿quién sabe? (otra frecuente muletilla) nuestra no siempre disimulada inseguridad, ya convertida en frágil vulnerabilidad.

Mirándolo objetivamente: fórmula o recurso que las más de las veces utilizamos cuando lo que estamos a punto de decir nada tiene de objetivo, es decir de neutral. Si bien lo vemos, es casi imposible ser neutral o no tener preferencias; pero siempre que usamos esta curiosa expresión es para respaldar un punto de vista sesgado que casi siempre carecerá de un cariz respaldado en la más pura y prístina objetividad.

Valga la redundancia: utilizado para disculpar algo dicho –o que se piensa decir– en forma repetitiva (y normalmente innecesaria), cuando en la práctica existen muchas otras maneras de reemplazar la palabra que se ha repetido o se va a repetir.

O sea, y o sea, digamos: he aquí el summum de las cantaletas, ambas dignas de entrar en el sanctasanctorum de lo más graneado de la muletilla. Son esas las expresiones que definen nuestra forma de expresión, las que muchas veces marcan nuestra manera de hablar.


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25 septiembre 2026

El avance de la derecha

“Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomenten la idiotez”. Jorge Luis Borges.

Por mucho tiempo me ha parecido la izquierda política una tendencia muy coherente; a la vez, y por lástima, me ha parecido también que son muchos los políticos de izquierda que se muestran como más incongruentes, como que fueran proclives a una más acusada falta de integridad. De las filas de la izquierda salen con frecuencia muchos de los nuevos ricos que se dan en la política, y son precisamente políticos de izquierda los que están involucrados en variados e incomprensibles casos de corrupción. Cierto es que hay corruptos y nuevos ricos en las filas de todas las políticas tendencias, pero deberían ser de izquierda, por lo que predican, los que se destacan por su sentido de delicadeza, honorable gestión y marcada honestidad. Por algo había dicho Henry James alguna vez que: “La incoherencia es el peligro que acecha a la autoridad moral”.

Leí en la prensa acerca de la celebración de un congreso panamericano que buscaba encontrar una respuesta al inusitado avance de la derecha en el continente. Considero que, si en realidad la izquierda quiere encontrar una respuesta al acertijo, debe empezar más bien por hacer un mea culpa y, en ese acto de humilde honestidad, reconocer cuáles han sido sus principales errores, abusos y desaciertos. El desencanto de la gente con la izquierda, en lo que va del siglo, pasa por al menos tres motivos: su rigidez ideológica (incluso cuando ha actuado con integridad intelectual); su tendencia a permitir o promover la corrupción (ausencia de métodos de control destinados a monitorear sus élites políticas); y esa, su deriva autoritaria, propensa a aplicar fórmulas anti democráticas para mantenerse en forma indefinida en el poder. Intuyo que todo lo anterior, en conjunto, es lo que no siempre permite a la gente comparar objetivamente y decantarse por la posibilidad de repetir un nuevo buen gobierno de esa ideología o tendencia política.

La derecha, por su parte, ha gozado de la mesa servida del desencanto popular que había generado la propia izquierda, a pesar –en su caso– de sus tres más grandes defectos: su propia rigidez intelectual y política; la ausencia de una más preocupada sensibilidad social; y la defensa de las prebendas económicas de ciertos sectores, a pretexto de su interés por estabilizar o mejorar la economía de sus respectivos países. En tal escenario, resulta inevitable caer en una condición donde no prevalecen los intereses nacionales –y menos aún los populares–, que resulta en terreno fértil para que se fortalezcan la falta de acuerdos políticos de consenso, la intolerancia, el abuso de poder y, con cierta frecuencia, el más cínico autoritarismo.

Porque, al parecer, algo de todo esto es lo que estuvieron tratando en días pasados, en Montevideo, más de un centenar y medio de líderes, auto tildados ellos mismo de “progresistas”, que lo que pretendían hallar no era precisamente políticas y maneras para perseguir el bienestar –léase progreso– de sus postergados pueblos, sino –más bien– métodos para alcanzar, recuperar o mantenerse en forma perenne en el poder; es decir, para detentar en forma permanente y perpetua el incuestionable control de todos los poderes. Si bien se entiende, todo aquello debilitaría, aunque sea en forma disimulada, la institucionalidad jurídica en sus atribuladas e inestables naciones… ¿No hay en todo ello una evidente falta de coherencia?

¿Cuál es en nuestros días el escudo invariable de cierta izquierda, y no solo en ese renuente discurso que nunca está ausente en estos foros? Pues sigue siendo el mismo que –por manido y desgastado– suena ya a pretexto: la pretendida soberanía de las naciones. Y no es que la soberanía no sea importante, sino que es precisamente cuando existen distorsiones en el manejo del poder que la comunidad internacional debe hacer un acto firme de presencia, dejar oír su voz de moderación y contención, y presionar a los gobiernos díscolos y abusivos para que se encuadren en la legitimidad y en el derecho. Entonces, y solo entonces, el cuento de la cacareada soberanía dejará de ser excusa y mero subterfugio, y cesará de ser un simple escabel para eternizar las dictaduras y para castigar a los pobres por incautos e ingenuos.

Progreso sin desigualdad equivale a redistribución de recursos, siempre que no se transija ante la tiranía y el autoritarismo. La soberanía es importante, pero debe basarse en la más auténtica legitimidad. Este es el sendero que le toca recorrer a la izquierda, camino que debe inspirarse en un genuino sentido de integridad y propósito de enmienda; y que debe transitar alejado de la improductiva irreflexión y la trasnochada nostalgia. Ello requiere de un renovado esfuerzo, evitando la manipulación y el servilismo feligrés.


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