05 mayo 2026

Un piloto afortunado…

“Al principio rehuía hablar de récords, y de esas cosas… pero personas con las que traté, me enseñaron que los hitos importan, y que compartirlos ayuda a educar sobre lo que hacemos. Eso sirve de inspiración para quienes tienen que enfrentarse a sus propios desafíos”. Christina Koch, ingeniera electro-física, astronauta del Artemis II.

Yo jugaba de niño a los aviones (más bien a los viajes en avión), pero nunca imaginé que postergaría mi entrada a la universidad para viajar a Estados Unidos y convertirme en aviador. No era el tipo de hombre arredrado y valiente que la gente piensa que es necesario para hacerse piloto. Tampoco la temeridad o la aventura eran parte de mi ADN. Correcto sería decir que llegar a “avionista” –como se autodefine uno de mis buenos amigos– nunca fue parte de lo que otros llaman su “vocación profesional”.

Al principio lo tomé como algo temporal. Era lo lógico: no estaba seguro, hasta que ya empecé a ejercitarlo como una actividad laboral, si eso de ir de aquí para allá, volando por los aires, metido en un “aparato volador que imita al ave natural” (eso quiere decir avión) siquiera me gustaría. Pero la suerte estaba echada —alea jacta est—. Si me gustaban los aviones, en buena hora; si no, mucha pena. Pagaría el curso y volvería a tratar de ingresar a la universidad. Pero había algo más: no estaba seguro de si yo iba a resultar bueno (o, al menos, “aceptable”) para lo que había escogido. Eso, por desgracia, no depende de uno, son otros los que nos evalúan y califican, y no solo depende de nuestro eventual empeño o de ser un “buen estudiante”.

Fui a hacer el curso (solo me iba a tomar seis meses) cuando terminé el colegio. No había cumplido 18 años. Era, digámoslo de una vez, un chiquillo que pesaba 130 libras, un “culicagado”, habría de tomarme otros seis meses para que los capitanes del DC-3 (el primer avión que volé como copiloto), se empezaran a fijar en mí y me dieran uno que otro despegue. ¡Ni qué pensar un aterrizaje!… Era entonces el copiloto con menos experiencia; de modo que, la única manera de compensarlo era ganándome su confianza, exhibir buen trabajo y humildad, y tratar de aprender viendo cómo hacían los otros. 

Hubo algo que no dependía de mí: siempre fui un piloto con suerte. Y la suerte es no solo importante para el desarrollo profesional, es esencial para todo. Hay que estar, como dicen, “en el momento preciso y en el lugar adecuado”. Por lástima, nadie puede anticipar dónde y cuándo la fortuna nos estará esperando a la vuelta de la esquina… Hace falta prepararse, estar listo, para que ella no nos pille “con los pantalones abajo”. Bien dicen que la suerte es un tren qué pasa muy rápido, nunca se sabe si va a parar donde uno está esperando. Para ganarse la lotería hay que primero comprar el boleto… (yo nunca lo compré, siempre lo encontré por ahí tirado).

Me hicieron comandante muy temprano, tenía 19 años. Hubo gente que, al subirse al avión, tenía un gesto de reticencia, si no de desconfianza. Pero pasaba el tiempo y notaba que me preferían. Procuraba no tomarme riesgos y hacerles sentirse cómodos. Más tarde, cuando ya con más de 5.000 horas pasé a volar a Ecuatoriana, había acumulado tanta experiencia al mando que solo me tomó un par de años tener un puesto en el escalafón que me permitiera llegar a primer piloto. Fui un comandante joven, pero cumplía los requisitos: no era un “bisoño”. Pero, de nuevo, no hubiera llegado a conseguirlo si no hubiera sido un hombre con suerte, si no se me hubiese presentado la oportunidad en el momento adecuado…

Pasados otros 20 años probé suerte y me fui a volar en Asia; buscaba tal vez un mejor reconocimiento profesional y económico (empecé a pensar en cómo iba a financiar la universidad de mis hijos). Allí volé con varias aerolíneas, operé naves como el Airbus 340 o el Boeing 747-400. Llegué a completar 33.000 horas de vuelo, 30.000 al mando. Colaboré en funciones administrativas; fui responsable de seguridad aérea, instructor de vuelo y facilitador de Crew Resource Management, ello entrañaba realizar tareas no solo gratificantes sino de verdad apasionantes. Ser piloto me permitió conocer lugares inimaginables, estuve en más de 70 países.

En días pasados vi una nota en LinkedIn, era una lista de 30 ciudades. Decía que un 85% de personas solo habían estado en dos de ellas. Reconocí, con humildad, que había tenido la suerte de estar en 28. Asimismo, me llegó otra (pertenecía a un chat de aviación); incluía 50 aeropuertos diseminados por todo el mundo y preguntaba en cuántos de ellos habíamos aterrizado… Comprobé que, debido a mi afortunada exposición a diferentes zonas geográficas, había puesto un avión en tierra en 38 de esos aeropuertos. Lo testifica mi libro de vuelo; lo certifican las aerolíneas en las que volé y las distintas autoridades aeronáuticas. Pero todo eso, solo fue parte de mi trabajo: no tiene mérito; he sido un piloto afortunado. No lo cuento por pretensioso. Solo me resta agradecerle a Dios porque he estado ahí, en todos esos lugares, y hoy puedo contarlo...



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03 mayo 2026

Avance del Proyecto Sunrise *

  * En estos días un flamante (y enorme) Airbus A-350-1000 ULR ha efectuado su rodaje inaugural (roll-out) de la fábrica de Toulouse en Francia. Este es un verdadero hito en los vuelos de ultra larga distancia (más de 22 horas de vuelo). El avión, capaz de transportar 238 pasajeros en clases primera, ejecutiva y económica especial, está provisto de un tanque adicional de combustible ubicado en la parte posterior de la aeronave. Me permito, por su importancia y futura influencia en los viajes comerciales de extra larga distancia, traducir y reproducir un artículo escrito por Jean Carmela Lim para la revista aeronáutica AeroTime:

El primer A350 de Qantas para el Proyecto Sunrise sale del hangar de la fábrica de Airbus en Francia

El primer A350 de alcance ultra-largo de Qantas ha salido de la línea de montaje de Airbus en Toulouse, Francia, acercando así a la realidad el tan esperado Proyecto Sunrise (Amanecer) de la aerolínea. El avión, que lleva la matrícula o registro para pruebas F-WZNK, salió a la plataforma el 12 de abril de 2026, totalmente ensamblado con motores Rolls-Royce Trent XWB-97; así como con sus alas, fuselaje y tren de aterrizaje perfectamente instalados. Ahora se someterá a varios controles terrestres, seguidos por un programa de pruebas de vuelo de dos meses antes de su entrega definitiva a Qantas a fines de año.

Lo que el programa Sunrise significa para los pasajeros

Cuando se inicien las operaciones, Qantas ofrecerá vuelos sin escalas desde el Aeropuerto Internacional Kingsford Smith de Sydney (SYD) hacia el Aeropuerto de Londres-Heathrow (LHR) y hacia el Aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York (JFK), cubriendo casi 10.000 millas náuticas en aproximadamente 22 horas. La ruta directa reducirá hasta en cuatro horas la opción actual con paradas, y permitirá al transportista eludir las conexiones tradicionales de los centros de distribución de tráfico (hubs) de Oriente Medio en los servicios hacia Europa. Este rango extendido se obtiene gracias a la instalación de un tanque de combustible adicional de 20.000 litros (5.000 galones) instalado en la parte trasera de la aeronave.

Menos asientos, pero más espacio

El A350-1000 ULR de Qantas transportará únicamente 238 pasajeros, significativamente menos que los aproximadamente 350 asientos que se ofrecen en las configuraciones estándar del A350. Alrededor del 40% de la cabina estará dedicada a clases premium, incluyendo First, Business y Premium Economy. Las comodidades de abordo incluyen una cómoda zona diseñada para estimular el movimiento de los pasajeros durante los vuelos largos, con servicio de bocadillos y bebidas. La cabina contará con iluminación calibrada a los ritmos circadianos para combatir el jet lag, además de Wi-Fi de alta velocidad como cortesía.

Un tributo a la historia de la aviación

Qantas planea bautizar a cada uno de los doce A350 que ha ordenado, con nombres de distintas estrellas; un homenaje a las operaciones de los aviones anfibios Catalina del tiempo de la Segunda Guerra Mundial. Esos vuelos de interminable duración –en tiempos de guerra– entre Australia y Sri Lanka (entonces Ceilán), que permanecían en el aire el tiempo suficiente para que las tripulaciones presenciaran dos amaneceres, inspirando el nombre del Proyecto Sunrise casi un siglo después. Anunciado por primera vez en 2017, el proyecto enfrentó retrasos significativos debido a la pandemia de COVID-19 y a los desafíos de la cadena de suministros en Airbus. El lanzamiento en Toulouse marca un punto de inflexión después de años de contratiempos. Se espera que el nombre del primer avión de la flota se revele para mediados de 2026.


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01 mayo 2026

Una virgen trashumante

Es la madrugada del 7 de abril; medito en el programa espacial Artemis II, mientras hago mis profanas indagaciones respecto a su recorrido. Escribo esta nota (que cuando la publique, ya será el mes de mayo) a la par que reconozco el singular periplo que efectúan la nave Orión y su tripulación… Dejo mi mente divagar sobre todo lo que significa un viaje difícil de tan solo imaginar –y, desde luego, de una empresa científica y técnica tan extraordinaria de ejecutar–. Lo hago, mientras los afortunados integrantes de la tripulación asignada ya han iniciado su camino de retorno, tres o cuatro días antes de amerizar en algún ignoto y no siempre predecible lugar del más tranquilo de los mares, ese que fuera atravesado por primera vez, y hace ya medio milenio, por el paciente e intrépido Fernando de Magallanes: el Océano Pacífico.

Este día, los ocupantes de la nave ya han concluido su tan esperado día de “sightseeing” (turismo): son los primeros seres humanos que han podido mirar la cara oculta de nuestro satélite. Su viaje se había previsto y programado para que se inicie en una luna llena –la del primer día de abril, a eso de las 22:00 horas EST– y puedan estar de vuelta diez días más tarde. Han ido más lejos de la Tierra que ningún otro individuo; y se han alejado hasta más de 400 mil km de distancia, todo un inimaginable hito en la historia de estas sorprendentes e “inhumanas” hazañas (el Orión desafía nuestra imaginación: viaja a más de 4.000 km/hora, casi 50 mil km por día. Dos veces la velocidad que solía alcanzar el recordado Concorde, cuatro veces la del sonido).

Se ha dado ese nombre al programa (Artemis) en honor a la diosa griega Artemisa, hermana gemela del dios Apolo. Al ser también diosa de la Luna, ese nombre simboliza la continuidad del programa Apolo que llevó a los primeros humanos a la Luna. El suyo es el nombre de una virgen elusiva, siempre empecinada en cuidar su condición. Es como si ella efectuara una postergada peregrinación a su propio templo; y –para insistir en tan rara coincidencia– acompañada del héroe que la enamoró… El programa cumplirá el propósito de llevar a la primera mujer y a la primera persona de color a una órbita cercana a la superficie lunar. 

Por manera que, así como Apolo es el dios de nuestra estrella y su nombre permitió bautizar a las primeras misiones lunares (1969-1972), Artemis buscará constituirse en un relevo moderno, aportando al empeño de satisfacer una investigación que consiga una presencia duradera en la Luna. La elección del nombre supone un cambio de paradigma hacia una exploración de largo plazo, indagando las características del polo sur lunar, lugar inexplorado de nuestro satélite. El programa abarca tanto la misión de la nave Orión (que transporta a la tripulación) como el cohete Sistema de Lanzamiento Espacial (SLS).  El objetivo final de estas misiones será el de preparar el camino para futuras exploraciones programadas para el planeta Marte.

Artemisa (Diana en la mitología romana) fue diosa de la caza, la naturaleza salvaje, la castidad y la Luna. Hija de Zeus, es conocida por su independencia y por su papel de protectora de las mujeres jóvenes, los partos y los animales. Había pedido a Zeus que le concediera la virginidad eterna, manteniendo su pureza y eludiendo el matrimonio. Como cazadora: porta un arco de plata con sus flechas, y va rodeada de ninfas o junto a ciervos y perros de caza. Se encarga de proteger la vida silvestre, los bosques, colinas y lugares apartados. Si bien es una diosa protectora, castiga con severidad a quienes han profanado la naturaleza. Fue famoso su lugar de adoración, el templo de Artemisa en Éfeso, una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo.

Aunque se la considera “una diosa buena”, su origen y carácter suelen ser muy controvertidos, hay quienes creen que no es una diosa de fiar y cuestionan su naturaleza. Justo por ello, algunos autores afirman que, en lugar de ser una diosa protectora, es una plaga dañina para la naturaleza, los niños, las mujeres y los animales. Se dice que Orión, un cazador con cuerpo de gigante, probable hijo de Poseidón y reputado por su hermosura, habría sido el único hombre que había logrado enamorarla. Por eso, esos dos nombres, que han sido unidos en el programa espacial, tanto Artemisa como Orión, no estarían ahí por mera casualidad…

Orión es también la constelación más fácil de reconocer en el cielo nocturno, y no solo por encontrarse en el ecuador sideral (se la puede observar desde cualquier lugar en la Tierra). La representan con la apariencia de un guerrero con sus extremidades extendidas; siendo sus pies y manos cuatro de las estrellas más brillantes que hay en el firmamento (Saiph, Betelgeuse, Rigel y Bellatrix). Pero es gracias al “cinturón del guerrero”, otras tres diminutas estrellas ubicadas en línea, cuya proyección se orienta hacia el nordeste, y que son mejor conocidas como Las Tres Marías, que esta constelación es tan popular entre los observadores del cielo.


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28 abril 2026

La lectura después de Borges *

 * Escrito por Alberto Manguel para El País Semanal

En septiembre de 1952, en el número 83 de Les Temps Modernes, el crítico francés Etiemble publicó un artículo sobre Borges titulado Un homme à tuer. Para entonces, Borges había escrito algunas de sus obras más importantes —Ficciones, El Aleph, Inquisiciones y Otras Inquisiciones— y, según Etiemble, estos libros dejaban a todos los demás escritores con dos opciones: o bien revisar por completo su comprensión del acto literario, renunciando a las nociones recibidas de la historia universal y la teoría crítica tan asiduamente estudiadas desde el siglo XVIII, o bien abandonar la literatura por completo.

Después de Borges, después de textos como Pierre Menard, autor del Quijote, que sostiene que un libro cambia según las atribuciones del lector, o como Examen de la obra de Herbert Quain, que sugiere que un libro puede contener todos los demás, y La biblioteca de Babel, que, en su infinitud, ofrece un catálogo completo de todos los libros imaginables del pasado, el presente y el futuro; la literatura, tal y como se conocía hasta entonces, se había vuelto imposible. Etiemble insistía en que había que eliminar a Borges si queríamos seguir escribiendo. Toda su obra, la que ha significado que se consagrara como tal, revive ahora reeditada —en el 40 aniversario de su muerte— por Alfaguara en tres tomos: poesía, cuentos y ensayos.

Para utilizar el término atribuido a Pierre Menard, la obra visible de Borges puede parecer desalentadora (las citas, los nombres oscuros o ilustres, muchos de ellos apócrifos, los temas aparentemente insondables), pero su legado reside menos en su escritura erudita que en su enfoque afable de la literatura. Borges era, como solía decir, más lector que escritor, alguien que no solo narraba ficciones, sino que las transformaba a través de sus lecturas, alguien para quien el libre albedrío residía en utilizar la experiencia de las palabras para nombrar aquello que la experiencia no tiene palabras para nombrar. En una época en la que los medios electrónicos insisten en el valor de lo veloz por encima de lo profundo y del mensaje instantáneo por encima de la reflexión pausada, Borges nos recuerda que el arte de la lectura nos brinda una felicidad lenta, generosa e infinita, más allá de razones prácticas o teóricas.

Borges pensaba que nuestro deber moral es ser felices (poco antes de su muerte, añadió “y ser justos”) y, siguiendo su ejemplo, sus lectores se han sentido autorizados a dejarse guiar no por la obligación, sino por el placer de la lectura. Borges se impacientaba con las teorías literarias y culpaba a la literatura francesa en particular por concentrarse no en los libros, sino en las escuelas y los círculos literarios. Adolfo Bioy Casares, quizás la persona que mejor lo conocía, y cuyo diario, editado por Daniel Martino, es una obra imprescindible para entender a Borges, observó que su amigo “nunca cedió a las convenciones, las costumbres o la pereza”.

Borges renovó nuestra lengua. Desde el siglo XVII, los escritores de lengua castellana han dudado entre los polos lingüísticos del barroco de Góngora y la voz escueta de Quevedo. Entre estos dos extremos, Borges desarrolló un estilo barroco, de nuevos significados poéticos, y a la vez afilado y preciso. Casi todos los escritores en castellano de nuestro tiempo han reconocido su deuda con Borges, y su voz tuvo tal eco en los narradores jóvenes del siglo XX que Manuel Mujica Láinez compuso el siguiente cuarteto: A un joven escritor / Inútil es que te forjes / Idea de progresar / Porque aunque escribas la mar / Antes lo habrá escrito ya Borges.

En un famoso texto de 1952, Borges señaló: “Todo escritor crea sus propios precursores”. Con esta afirmación, adoptó un largo linaje de escritores que ahora parecen borgianos avant la lettre: Platón, Novalis, Kafka, Schopenhauer, Remy de Gourmont, Chesterton... Este enfoque generoso de la literatura tal vez explique su presencia en tantas obras diversas cuyo denominador común es Borges: la primera página de Les mots et les choses, de Michel Foucault; el bibliotecario ciego y criminal Jorge de Burgos en El nombre de la rosa de Umberto Eco; las últimas líneas de Una nueva refutación del tiempo, pronunciadas por la máquina moribunda en Alphaville, de Godard. Su memoria albergaba un número aparentemente infinito de libros, pero su biblioteca personal era pequeña y desconcertantemente ecléctica. No le gustaban Proust, Racine, Freud, Balzac, Lope de Vega, Stendhal, Goethe, Maupassant, Trollope, Lorca, y le complacía citar a Mark Twain: “Una buena manera de empezar una biblioteca es dejar fuera las obras de Jane Austen”.

La generosidad con la que Borges emparejaba inesperadamente personajes y autores (Kim y Don Segundo Sombra, Aristóteles y Nicholas Blake) se extendía a palabras, objetos e ideas. Le encantaban las combinaciones sorprendentes (a menudo citaba a Shakespeare: “un turco maligno y con turbante”) o los catálogos maravillosamente heterodoxos, como el que enumera las consecuencias de la importación de esclavos negros a América en Historia universal de la infamia. Su amigo el pintor surrealista Xul Solar, consciente del gusto de Borges por las combinaciones extrañas, le animó a experimentar con mezclas gastronómicas como el chocolate y la mostaza, para ver si “la cobardía y la costumbre” habían impedido a la sociedad descubrir combinaciones nuevas e interesantes.

“Por desgracia”, recordaba Borges, “nunca se nos ocurrió nada tan perfecto como, por ejemplo, el café con leche”. Los críticos de Borges, ya desde 1926, le acusaron de muchas cosas: de no ser argentino (“ser argentino”, había dicho Borges, “es un acto de fe”); de sugerir, como Oscar Wilde, que todo arte es inútil; de ser demasiado aficionado a la metafísica y a lo fantástico; de preferir una teoría interesante a la verdad de los hechos; de juzgar ideas filosóficas y religiosas por su valor estético; de no comprometerse políticamente, a pesar de su firme postura contra el peronismo y el fascismo. Desestimó estas críticas como meros ataques a sus opiniones (“el aspecto menos importante de un escritor”) y a la política (“la más miserable de las actividades humanas”).

Su preocupación era la literatura, y ningún escritor en estos últimos siglos fue tan importante como él a la hora de cambiar nuestra relación con la literatura. Quizás otros escritores fueron más aventureros, y sin duda hubo quienes documentaron con más fuerza que él nuestras miserias psicológicas y nuestros ritos sociales. Borges intentó poco o nada de todo eso. En cambio, a lo largo de su vida, dibujó mapas para que pudiéramos leer el mundo de otra manera, especialmente en el ámbito de su género literario favorito, el fantástico, que para él incluía la religión, la filosofía y las matemáticas. Hay escritores que intentan plasmar el mundo en un libro. Hay otros, más raros, para quienes el mundo es un libro, un libro que intentan leer para sí mismos y para los demás. Borges era uno de estos escritores. Confiaba en la palabra escrita, en toda su fragilidad, y con su ejemplo nos concedió a nosotros, sus lectores, el acceso a esa biblioteca infinita que otros llaman el Universo.


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24 abril 2026

Fuegos fatuos

Fatuo es un adjetivo muy feo, tanto que a veces terminamos convirtiéndolo en sustantivo… Siempre me pareció esa una palabra despreciativa; por ello, y aunque me tilden de vanidoso, siempre procuré que no se me asocie con la fatuidad, que implica carecer de enjundia, ser huero o vacío. Si alguna vez hubiera escuchado decir que alguien creía que yo era un hombre fatuo, lo hubiera considerado un insulto. La verdad sé que lo parezco. Cuando fui muchacho, alguien ya me dijo que le parecía ser “innecesariamente detalloso”. Lo más probable es que tuviera razón, pues la única otra probabilidad sería la de que yo, sin proponérmelo, adoptara esa máscara par esconder mis propias, inseguridades, carencias y limitaciones…

Pero ser vanidoso o demasiado preocupado por la propia imagen, sentirse “en exceso satisfecho de uno mismo” o provocar esa impresión, no es totalmente malo ni significa ser fatuo, es decir carente de sustento. Una cosa es dar atención al detalle; y otra, muy diferente, aparentar algo que no se es, proyectar la falsa impostura de un personaje irreal, engañarse a sí mismo. Se puede engañar a veces a unos pocos, pero no se puede mentir a todo el mundo todo el tiempo. No es solo cuestión de apariencia sino de auténtico sustento. Dice el DLE que fatuo es un adjetivo que significa “lleno de una presunción o de una vanidad ridícula y sin fundamento”. Sus principales sinónimos son petulante, vanidoso, presuntuoso, necio y engreído.

El término fatuo en la Biblia, se refiere a una persona insensata, necia, e incluso perversa, implicando falta de entendimiento espiritual y moral. Se lo utiliza como un denuesto que denota desprecio hacia otra persona, es equiparable a llamarlo impío o ruin, lo cual conlleva consecuencias espirituales. La palabra proviene del latín fatuus (necio) e implica estar lleno de presunción, vanidad ridícula o ser falto de razón. Menciona, por ejemplo, el episodio de las vírgenes "fatuas" (imprudentes) que no estaban preparadas. En resumen, fatuo no solo quiere decir "tonto", sino alguien cuya conducta es insensata ante los ojos de Dios.

Hoy no quiero referirme a la fatuidad, ni propia ni ajena. He pensado en otro tipo de condición, una que está en ciertos lugares de la naturaleza. Tiene la apariencia de un fuego inestable o caprichoso, asoma sobre los pantanos, bosques húmedos o cementerios. Da la impresión de ser una llama flotante, como si fuera un fantasma; parece estar, de pronto se desplaza, o desaparece, y luego ya no está. Unos la llaman luz tonta o fatua, otros Fuego de San Telmo o fuegos fatuos. Consisten, estos, en escapes de gas que se auto inflaman al contacto con el aire dependiendo de condiciones de temperatura, concentración o humedad. Aunque comparten similar raíz etimológica, "fatuo" (engreído) y el fenómeno físico, tienen orígenes distintos.

El fuego fatuo (ignis fatuus) es un fenómeno consistente en llamas frías de color azul o verde que flotan a poca altura sobre el suelo, es causado por la oxidación y combustión espontánea de gases como el metano y la fosfina, derivados de la descomposición de materia orgánica en pantanos y cementerios. Su apariencia es la de luces erráticas de los colores mencionados, que a menudo son descritas como "esferas flotantes", pues parecen moverse por sí solas, sin producir calor. Los fuegos fatuos a menudo han dado origen a creencias y leyendas en la cultura popular, hay quienes les atribuyen un origen sobrenatural, se las identifica con almas en pena o espíritus que engañan a los viajeros para seducirlos o desorientarlos.

La expresión "fuego fatuo" se utiliza para describir una esperanza inalcanzable, algo difícil de conseguir. En literatura, puede tener un significado metafórico, describe un anhelo que guía pero que es imposible de alcanzar, algo siniestro y desconcertante. La experiencia enseña que esas “luces malas” no se pueden tocar, la gente descubre que las llamas se retiran cuando uno intenta acercarse. Al buscar diferencias entre tonto y fatuo, encuentro lo siguiente: “El necio es siempre ridículo, merece el desprecio; el fatuo, cansa y disgusta. El impertinente ofende, irrita y desespera. Al fatuo le satisface su extravagancia y su vanagloria”.

Pero hay fuegos que nunca son fatuos. Nada hay tan dañino, y que cause más pavor, que el fuego “de a de veras”. Yo mismo provoqué, si querer, un dantesco y voraz incendio en los días de mi niñez. Todo ocurrió en una apacible y despejada noche de agosto, en un desván que daba acceso a la azotea de mi casa… Todo fue “sin intención”. Lo mismo parecen, en nuestros días, los fuegos fatuos, engañabobos o volátiles estrategias (tanto bélicas como comerciales) del Sr. Trump que han llevado a Wall Street a inventar un sugestivo acrónimo: TACO, por sus siglas en inglés (Trump Always Chickens Out); o, si se prefiere, TSSA en español: Trump Siempre se Arredra (o Arrepiente). No uso otro término por su tono malsonante…


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21 abril 2026

El ojo de la cerradura

La imagen es sorprendente, está tomada en Roma a través del ojo de la cerradura de la puerta de la Orden de los Caballeros de Malta, vale decir desde la iglesia de San Luis de Francia, como quien mira hacia el Vaticano. Es un perfecto claroscuro: la vegetación, que ayuda a definir el contraste, asoma como un marco negro e irregular que solo deja ver la cúpula de San Pedro. La portentosa toma sirve de inspiración para que Juan José Millás, quien escribe para un periódico español, haga una de esas surrealistas reflexiones que él acostumbra. Ha intitulado su corto artículo con una breve frase indagatoria: “¿Qué ocurrió allí?”

Como es mi costumbre, antes de leer su visión –la que el autor quiere interpretar– me he dado un rápido momento para tratar de imaginar lo que esa insólita fantasía, que suele caracterizar a la prodigiosa mente de Millás, pudiera insinuar para luego sorprendernos con alguna reflexión referente a tan enigmática toma. Barrunto que quizá quiera proponernos la dialéctica entre luz y oscuridad, entre poder y naturaleza, entre tradición y oportunidad, entre estructura y conflicto… Nada de ello ocurre, sin embargo, Millás parece querernos conducir hacia el terreno freudiano del auto-examen y la culpa, a ese donde nos gobiernan los callados resquemores de la angustia, los del arrepentimiento: los demonios interiores del subconsciente…

Dejemos que él mismo explique el asombroso contraste. Permitamos que él mismo no dé su apreciación. Dejemos que declare y, a lo mejor, logremos que confiese… Así, explica él su personal idea del ojo de la cerradura, con la que asocia su particular exégesis: “Una de las primeras manifestaciones de ese mundo fue el pedazo de la habitación de los padres facilitado por ese ojo. Ni siquiera era preciso que ellos se hallaran dentro, y en actitud amatoria, para que el paisaje íntimo al que éramos capaces de acceder nos pareciera extraño. Un mundo extraño: eso eran aquella cama doble y aquel armario dotado de un espejo. Resultaba sobrecogedor el lugar en el que dormían mamá y papá. Allí se concibió lo inconcebible: nosotros. Todo lo que somos empezó a fraguarse en medio de un paisaje accesible a través del ojo de la cerradura”.

Y sigue: “Veíamos sin entender, algo quedaba grabado en una zona blanda de la conciencia. Aquella alcoba no era solo una estancia: era una hipótesis. Allí se había producido el hecho improbable de nuestra existencia, y eso convertía la cama en un artefacto narrativo, en una máquina de fabricar biografías. Con el tiempo comprendimos que ese ojo no servía tanto para espiar como para ensayar la idea de una frontera. De este lado estaba el niño; del otro, el mundo adulto, compacto, insondable, organizado en cajones que no debían abrirse. La cerradura enseñaba que el relato depende del punto de vista y de la cantidad de luz disponible.”

Yo no tuve que bregar con esa inaudita curiosidad: averiguar qué hacían mis padres. Las puertas de las casas en que viví no tenían ese orificio (después de 1950, se usaban llaves pequeñas), ya no había esa aparente invitación al fisgoneo. Tampoco las puertas se cerraban; era nuestra casa, la de toda la familia; no teníamos porqué dividirla, poner diques ni barreras (tampoco tuvimos que limitar, cuando ya estuvimos casados, el libre acceso a nuestros hijos). Poner el ojo ahí, en ese otro ojo, hubiese sido un gesto obsceno, indelicada curiosidad, cuando no una morbosa fuente de cotilleo… Usarlo, se hubiera constituido en una terrible falta de confianza, en una fea indiscreción. Podemos decir que entonces ya no hubo cerraduras con ojo, con la tentación de husmear en algo que pudo parecer impuro. Es más: salvo para propósitos de exhortar al silencio o afán de no perturbar, nunca nos hizo falta mantener las puertas cerradas. 

Vengo de un mundo carente de bocallaves (ese es su nombre técnico). Para cuando fui niño, estas cerraduras con ojo ya habían –en la práctica– desaparecido. Las cerraduras ya no disponían de ese orificio. Todas, con excepción de las pertenecientes a las de la puerta de calle, habían prescindido de ese ojo. Se construyeron para ser operadas por las llaves que hoy conocemos (más livianas y pequeñas); estas no excedían de 4 o 5 cm, y su grosor era similar al de una moneda corriente. Si alguna vez utilizamos uno de la puerta de entrada, para ver, solo fue para asegurarnos de que ya habían escuchado nuestro llamado y que venían a abrirnos…

En el Génesis, hay una historia relacionada. Cuenta que Noé, el patriarca del Diluvio, se había embriagado y quedado dormido. Cam, el menor de sus hijos, habría “descubierto su desnudez” y habría ido a contárselo a sus hermanos (descubrir la desnudez implicaría una conducta inapropiada o aprovecharse de la situación). Al enterarse sus hermanos, Sem y Jafet, habrían tomado una manta y caminado de espaldas para cubrir las vergüenzas de su padre. Noé maldijo a Cam diciendo: «¡Maldito sea Canaán! (el hijo de Cam). Sus descendientes serán esclavos de los descendientes de sus hermanos». Esto marcaría para siempre el destino de los cananeos. 


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