Fui a la Casa Comunal de la urbanización –donde vivo– en días pasados. Esta es una edificación más bien modesta, cuyo uso exclusivo se dedica a las ocasionales reuniones de directorio del comité y a las asambleas de vecinos que ahí se realizan. El suyo es el típico mobiliario requerido para atender en comunidad los problemas e iniciativas que surgen de vez en cuando. Como es previsible, la decoración parece “brillar por su ausencia”. Algún alma caritativa se ha preocupado, en el pasado, de colocar unos pocos cuadros (realmente viejas fotografías en blanco y negro) que representan lugares icónicos de Quito; paisajes que mucho han cambiado, si no desaparecido.
Así pude observar, cerca del lugar que había escogido para sentarme, una instantánea de un rincón de la urbe cuya estructura ha variado completamente. Se trataba de un escorzo que reflejaba como lucía la calle Guayaquil hace algo más de 50 años, antes del ensanchamiento de la calzada entre las calles Caldas y Briseño, y del penoso, y quizá innecesario, derrocamiento de una verdadera joya arquitectónica de nuestra capital: el edificio donde había funcionado la Biblioteca Nacional por alrededor de 40 años. La toma se habría efectuado desde la plazoleta de la Alameda –quizá, desde el monumento al libertador Simón Bolívar–, con sentido norte-sur y mucho antes de la “intervención” efectuada en dicho emplazamiento. Viví muy cerca de aquel pintoresco y querido lugar entre los años 1957 y 1967.
Me temo que dicho derrocamiento solo se efectuó luego de la construcción de la avenida Pichincha, vale decir que el edificio de la biblioteca habría inicialmente sobrevivido a la construcción de la vía deprimida que le resultó colindante. De hecho, hay fotografías que muestran la desabrida fachada oriental de la biblioteca, ya entonces contigua a la vía recién construida. Esta lamentable decisión se habría tomado durante la administración municipal de Sixto Durán Ballén, cuando fue alcalde de Quito. Esto no quiere decir que a él deba achacarse la autoría del crimen cometido; sabido es que los municipios son cuerpos colegiados donde la que decide no es la voluntad de una sola persona, pues el alcalde solo interviene con un voto decisorio cuando es dirimente…
La razón esgrimida en esos días habría sido la de dar más espacio (aumentar el ancho) de la calle Montúfar, que separaba la Biblioteca Nacional de un edificio de forma triangular que es comúnmente conocido como “Calé de queso” (a su vez, ubicado frente al cine Alhambra). Así, la sobria fachada principal, compuesta por columnas, arcos, balaustradas, y torres truncadas –con sus mansardas cubiertas por tejas metálicas pintadas de rojo–, se habría derruido para acomodar a un deslucido jardín vertical que no agregaba espacio ni mejoraba la impresión arquitectónica buscada. De ese modo, la antes bien lograda fachada dejaba de ostentar su condición de monumento tutelar que daba inicio al Centro Histórico y que era referencia para el viajero que iniciaba su tránsito hacia los nuevos barrios del norte de la urbe o hacia el norte del país.
El edificio original habría sido diseñado en estilo neoclásico, beaux arts, por el arquitecto quiteño Luis Felipe Donoso Barba. Había servido inicialmente como pista de patinaje, por lo que fue llamado Coliseum; se lo usó también –aunque en forma ocasional– como salón de baile y recepciones. Su valor arquitectónico residía, sobre todo, en su fachada francesa pues su interior era una estructura metálica; de hecho, daba la impresión de ser solo un cascarón hueco techado de vidrio; la segunda planta estuvo adornada por unas galerías perimetrales. Fue utilizado como biblioteca a partir del año 1930 y solo sería inaugurado en 1932; allí funcionó la Biblioteca Nacional hasta 1972, cuando pasó a ocupar el viejo edificio del Banco Central (esquina de la García Moreno y Sucre).
En cuanto al ensanchamiento de la “carrera” Guayaquil, la demolición correspondiente solo había afectado a las casas ubicadas en el lado occidental de la cuadra. En el lado oriental los cambios, hasta aquí, han sido menores; quizá el más notorio sea el ocurrido en la esquina nororiental, hoy ocupada por el edificio del antes llamado Banco de la Filantrópica (hoy Filanbanco), que la picardía y espíritu travieso de los quiteños tildaron de “la licuadora”. En relación con la plaza, ahí también desapareció un negocio –poco venturoso– fundado en 1906 y conocido como Mercado Barato (los chuscos lo apellidaron de “Lastra”, para significar que era reducto de las traperas), ahí se expendían cachivaches y artículos usados (o también robados). La iglesia quedó recluida en una esquina, con su atrio y plazoleta. Es aquél un templo de una sola nave, uno de los primeros construidos en la ciudad; estuvo segregado para al culto de los fieles indígenas.
San Blas, Blas de Sebaste (hoy Sivas, una ciudad de Turquía), es uno de los santos más queridos del culto católico. Hombre milagroso, eremita, médico, obispo y mártir; vivió entre los años 280 y 316. Moraba en una cueva y murió decapitado en una de las más postreras persecuciones ordenadas por los emperadores romanos. Blas es el santo patrón de los enfermos de garganta y, por lo mismo, de los médicos otorrinolaringólogos (¡vaya palabrita!).

