No creo que nadie tiene claro qué quiso hacer Trump con la abducción del dictador Nicolás Maduro en Venezuela. En blanco y negro, nadie entiende cuál fue su real propósito o motivación, si –como luce evidente– la misma camarilla sigue gobernando en el país caribeño. No solo eso, parecería más bien que tanto las fuerzas armadas “bolivarianas” como el grupo ideológico que sigue mandando en la antes boyante nación latinoamericana, sigue gozando de los mismos privilegios que le otorga su sesgado e intransigente autoritarismo. A pesar de que se han amnistiado unos pocos presos políticos, las libertades siguen coartadas y no se ha dado espacio para que otros sectores, no afines al oficialismo, sean invitados a participar en la toma de decisiones o para propiciar un inédito sistema diseñado para que algo cambie.
Visto así, parecería ingenua –para no calificarla de necia– la iniciativa de retorno a su país que habrían emprendido muchos de los venezolanos que han emigrado (25% de la población) y que andan como judíos errantes, si no como pordioseros, por el mundo. Se ha hablado de una “hoja de ruta”, proceso que llevaría primero a una recuperación económica y que pasaría por un proceso jurídico (a manera de transición política) antes de que se convoque a nuevas elecciones y se produzca un traspaso de poder a quienes fueren elegidos. Pero, insistimos, nada está claro, no se sabe si el móvil fue estrictamente económico sin importar el ansiado retorno a un régimen democrático; o, si será el factor político el que determinará la agenda. Han pasado más de dos meses desde la caída de Maduro y aún no ha pasado nada.
Se habla de transición pero nadie sabe cómo va a producirse ni en qué consistiría. Como leí en un picante comentario: “La escena es casi cómica si no fuera tan trágica: se celebra la libertad con escolta extranjera, se habla de soberanía en voz baja y se descubre que la transición incluye petróleo, generales y un manual de instrucciones en inglés. Venezuela aprende que, a veces, derrocar al dictador es solo el tráiler. La película –larga, confusa y sin subtítulos– recién empieza ahora”. Por lo mismo, ¿qué va a pasar? Dio lástima ver la ingenuidad con que pueblo y oposición celebraron el “traslado” del señor Maduro. Los venezolanos parecían felices de haber vendido su alma al diablo. No saben lo que realmente les espera. Nadie lo sabe con certeza. Lo cierto es que han perdido su soberanía y todos parecen estar contentos…
Hablando de transiciones, hace poco leía un artículo de Aurora Nacarino en el que hacía comparaciones entre el eventual proceso a llevarse a cabo en Venezuela y el que vivió España hace 50 años con la muerte de Francisco Franco. “Lo que sucedió en España –decía– no sirve para anticipar lo que pasará en Venezuela, pero puede servirnos para entender mejor cómo lo hizo España. Allí se eligió una reforma, para lo cual Torcuato Fernández-Miranda inventó una ‘virguería jurídica’: una transición escalonada que permitió superar la fase autoritaria y lograr la madurez democrática”. Y seguía: “Cierto que (en el caso venezolano) el tema del petróleo le resta legitimidad a lo consumado; pero no parece que se vaya a empezar por lo político y luego a continuar con lo jurídico. Quizá sea preferible ir al revés, ‘dar por buenos esos bueyes e ir arando’. Pues, aunque se tenga que esperar, lo que de verdad importa es afianzar primero la seguridad jurídica”.
Se refiere así Nacarino a la habilidosa fórmula —y sagaz normativa jurídica— redactada por Fernández-Miranda, instrumento que permitió desmontar el régimen franquista con la aprobación de las Cortes, nombradas pocos años atrás por el propio generalísimo, asunto que alguna vez también fue conocido como el "hara-kiri franquista". A este respecto, se me hace oportuno hacer una breve disquisición léxico-semántica en referencia a una voz poco usada en América, quizá por sus significados no solo disímiles y oscuros sino incluso algo contradictorios. Me refiero a la palabra ‘virguería’.
Virguería puede significar algo hecho con esmero, en forma excelente, cuál si fuese una filigrana; pero también, algo insulso, torpe e insignificante. Para el caso que nos ocupa, se trataría de una herramienta o recurso muy hábilmente diseñado que ayudó a salir de una situación que no tenía aparente solución, una maniobra genial, algo que sirvió para salir del atolladero o que facilitó llegar al remedio o la solución. Dice el diccionario que virguería es femenino y que tiene dos acepciones: 1. Adorno, refinamiento añadido a alguna cosa o trabajo; y 2. Objeto, asunto, conversación, etcétera, sin importancia. Sus sinónimos son: floritura, adorno, exquisitez, primor, filigrana. En cuanto a su etimología, el vocablo vendría de virguero, que es quien ‘compone el virgo roto’, su trabajo es fino y delicado. Por lo mismo, a una tarea que se ha hecho con esmero, finura y delicadeza, cual la realizada por un buen orfebre, se la llama de esa curiosa manera.


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