06 febrero 2026

“The box” (la caja)

La llaman caja, celda, jaula, claustro… todos términos desdeñosos, como si ese noble aparato se tratara de una tortura, de un artilugio ingrato y tormentoso; como si utilizarlo representara una recurrente molestia, un tráfago improductivo y redundante; vaya, un molestoso castigo… Pero la verdad es que el simulador de vuelo, instrumento que ha ayudado a perfeccionar las habilidades y desempeño del aviador; y que ha reforzado su confianza, maestría y destreza, no merece apodos tan despectivos y prosaicos. La “caja” es un portento de ingeniería, tan avanzado y singular como la nave a la que suplanta y en la que el piloto puede ejercitar todo lo que no puede practicar en el avión. En términos de electrónica, quizá hasta fuera más sofisticado que la misma aeronave en la que él tendría que entrenarse para poderse certificar.

Dada la naturaleza de su pesada (y a veces tediosa) actividad, es comprensible que la llamen así quienes dan instrucción en horarios incómodos, nocturnos o fastidiosos… cumpliendo currículos repetitivos con alumnos desaprovechados o poco receptivos que –aunque pudiera sonar inconcebible– a veces también los hay… Pero esa no es la sensación que el mecanismo deja en quien está ansioso por mejorar una cierta práctica, que desea perfeccionar una maniobra o dominar un procedimiento, en aquel que sabe superar la incómoda percepción de sentirse evaluado y que se somete al “syllabus” o plan de estudios, porque sabe que utilizarlo es, cada vez, una nueva y maravillosa oportunidad para conocer más, para disfrutar de su propio progreso, para equivocarse sin costos ni consecuencias fatales, en suma: para aprender.

Con el avance de la I Guerra y el desarrollo militar, fue necesario construir máquinas que facilitaran el entrenamiento aéreo. Hacia fines de los años 20, un joven inventor, constructor de órganos llamado Edwin Albert Link, ideó un aparato que replicaba la sensación del vuelo. Lo llamó “Blue Box” (Caja Azul) o “Link Trainer”; su ingenio fue de gran ayuda para enseñar a volar en instrumentos. Hasta la II Guerra se habían construido 10.000 de estos aparatos que entrenaron a 500.000 pilotos. El primer simulador comercial (1954) ya incorporaba sonido, movimiento y otros efectos visuales; fue ordenado por United Airlines. Más tarde, se incluirían condiciones de nieve, baja visibilidad o vientos cruzados, así como todo tipo de fallas, pérdidas de motor, incendios, problemas de controles de vuelo, fugas de presurización y una infinidad de similares emergencias. Finalmente, y con el advenimiento de la Plataforma Stewart (movimiento sinérgico de 6 ejes), se fueron construyendo simuladores cada vez más modernos, con mejores réplicas y nuevos avances. 

Hoy en día, el simulador dinámico no solo propende a conseguir beneficiosos propósitos. Bien visto, es un elemento esencial en el entrenamiento de los aviadores profesionales (en especial en las líneas aéreas). Nunca se ponderará en forma suficiente al reconocer su bondadosa utilidad. La aviación, sin la existencia y aplicación de los simuladores de vuelo, jamás hubiese logrado alcanzar el perfeccionamiento técnico y elevados niveles de pro eficiencia, así como los admirables estándares de seguridad que la aeronáutica comercial –como actividad humana– ha conseguido. Con tales premisas, “la caja” debería ser acreedora, más bien, a más agradecidas designaciones. Siendo lo que es: un elemento lúdico, no estaríamos muy equivocados si lo comparáramos con un parque temático o centro de diversiones. Ese constreñido rincón es en realidad un templo que privilegia la excelencia y el saber: es, de veras, ¡un artilugio prodigioso!

Nuestras bitácoras están repletas de unas horas que hemos gastado en “la caja”, y que, en forma injusta y paradójica, no cuentan para el total acumulado de nuestra real “experiencia de vuelo”.  Si hemos de considerar, por cumplimiento regulatorio, que el aviador efectúa dos sesiones de re entrenamiento (con su chequeo correspondiente) por semestre; y, que, cada sesión significa 4 horas de adiestramiento, tendremos que el piloto permanece en ese reducido espacio casi 20 horas por año y más de 600 a lo largo de su vida profesional; si a ese guarismo sumamos el tiempo que los instructores dedican a esa tarea, la cifra bien pudiera superar el millar… Es un tiempo, que nadie toma en cuenta para reconocer ni la maestría ni una mayor experiencia… Son horas que pudieran equivaler a varias veces una sola hora de vuelo.

A nadie le gusta sentirse observado o evaluado. El aprendizaje en el simulador requiere de una especial actitud para reconocer que cada nueva práctica semestral es una oportunidad para aprender algo nuevo, para ganar una mejor y más útil pro eficiencia. Pero, no todos lo toman así: en la vida real hay muchos que se aproximan al aparato con fastidio y hasta con recelo… Al final de mis años como piloto fui conociendo muchos colegas que contaban los años previos a su retiro en términos del número de períodos de simulador (o de evaluaciones médicas) que todavía les faltaba cumplir…


Share/Bookmark

No hay comentarios.:

Publicar un comentario