23 junio 2026

Adulones y sicofantes

Sin entrar en complejas disquisiciones (como invocar a Freud, cómo lo hace el Diccionario de la Academia), el ego no es sino un exceso de autoestima; para mí, denota también una pizca de inseguridad, a más de un incomprensible y absurdo desprecio hacia las virtudes y paciencia ajenas. Bien visto, el adulo es el real combustible del ego… Adulador y adulado son caras distintas de una misma moneda: ambos mediocres viven del otro en forma imperecedera, dependen entre sí, aunque sepan que ha cesado su influencia.

Adular significa: “Hacer o decir con intención lo que se cree que puede agradar a alguien”. Otra acepción sería: “Alabar de forma exagerada e interesada a una persona para conseguir su favor o ganar su voluntad”. La voz “adular” viene del latín adulari, que significa ensalzar, alabar, halagar o elogiar desmedidamente. La adulación es acción que implica hipocresía, falta de sinceridad e incluso maldad. Quien adula ha caído muy bajo, su figura es la de quien, sin dignidad, se inclina ante otro para besar su calzado. Hay un término para definir al adulador, suena escatológico y de veras malsonante: me refiero al vocablo “lamecu…”.

En inglés adular se dice “to flatter”. Originalmente, el verbo "flatter" (derivado del francés antiguo flater) significaba "tocar con la mano", "acariciar" o "alisar". La palabra proviene de la misma raíz germánica que dio origen a la palabra flat (plano). La idea era que quien acariciaba a alguien lo hacía para "suavizarle" sus asuntos o proyectos. Con el tiempo, esta acción física evolucionó hasta referirse a la caricia del ego: alabar a alguien de forma excesiva o insincera para complacerlo, manipularlo, ganarse su aprecio… 

La caricatura del adulador describe el perfil de quien busca congraciarse mediante falsos halagos; retrata la sumisión e hipocresía de quienes adulan a los demás para obtener favores, poder o alguna otra forma de beneficio. La figura se caracteriza por los siguientes rasgos: sus elogios no son sinceros, buscan manipular o conseguir el favor de quien ostenta autoridad, dinero o influencia; el adulón no duda en mentir ni en ocultar sus opiniones para validar la opinión del adulado y evitar cualquier conflicto; y, alimenta así la necesidad de ego del halagado, convirtiéndose en un "espejo deformante" que refleja lo que aquél quiere escuchar. 

Francisco de Goya, en sus grabados (como en la estampa "Ni más ni menos" de Los Caprichos), satirizó a los aduladores que disimulaban los defectos de sus modelos. En La Divina Comedia, Dante Alighieri fue más duro: situó a los aduladores en el segundo foso del octavo círculo del Infierno, sumergidos en excrementos humanos para simbolizar la podredumbre de sus propósitos. Asimismo, el filósofo griego Plutarco escribió ensayos advirtiendo sobre cómo desenmascararlos y distinguirlos de los auténticos amigos.

En estos días, he hallado en forma repetida la palabra “sicofante”. La voz provendría del griego sykophántēs (de sykon, "higo", y phainein, "mostrar" o "denunciar"); en Atenas se habría referido a los "denunciadores de contrabando", que delataban a quienes exportaban ese fruto –el higo– en forma ilegal. Literalmente significaría «el que muestra los higos». Su equivalencia actual sería la de calumniador, delator o impostor. Hoy se especula que habría varias explicaciones sobre cómo se originó el término: una señala que en Grecia estaba estrictamente prohibido exportar higos; así, los delatores o buscavidas que denunciaban a quienes hacían contrabando de esta fruta para evadir impuestos eran llamados sicofantes. Para Etimologías de Chile, un sicofante —o sicofanta— no sería quien denunciaba o delataba ese contrabando, sino más bien quien “denunciaba el robo de higos de ciertas hogueras sagradas cuyos frutos estaba prohibido tocar”.

Otra hipótesis apunta a que el término habría hecho referencia a una seña obscena. La palabra sykon (higo) también se usaba como metáfora para referirse a los genitales femeninos, y el gesto de meter el pulgar entre los dedos índice y corazón era considerado un insulto. El sicofante sería entonces quien "hacía ver el higo", ya sea mediante acusaciones falsas para ensuciar la reputación de alguien, o realizando este gesto para señalar la culpabilidad pública de un individuo. Con el paso del tiempo, el término pasó al latín como sycophanta y se alejó de su significado original, para designar y describir a un acusador ruin, a un mentiroso o adulador que utilizaba el engaño o la falsedad para sacar ventaja e infligir daño a otras personas.

Los atenienses no tenían fiscales públicos, por lo que cualquier ciudadano podía acusar a otro. Muchos hacían acusaciones infundadas; estos hicieron de la extorsión su oficio (participaban de las multas o buscaban un soborno para comprometerse a retirar los cargos). Más tarde, el término pasó a utilizarse como sinónimo de calumniador, impostor o delator falso. En español, como indica el Diccionario, se utiliza para describir a alguien que busca obtener ventajas mediante mentiras, adulación servil o acusaciones ficticias. 


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19 junio 2026

Verdad de Pero Grullo *

   * Tomado de la inefable Wikipedia, con nuestra edición

Pedro Grullo, Pedrogrullo, Pero Grullo o Perogrullo, "que a la mano cerrada llamaba puño", es un personaje paremiológico o de la literatura tradicional cuyo origen histórico es de difícil determinación. Su idiosincrasia es la de un personaje cómico, producto de la imaginación popular, aunque existen hipótesis e indagaciones en las que se afirma que habría existido un Pedro Grullo real. En el habla corriente se identifica al personaje como el primer, o el más famoso, decidor de perogrulladas –tautologías retóricas–, esto es, verdades redundantes o pleonásticas del tipo "ha amanecido porque es de día".

Cuando alguien emite una expresión de simpleza tan evidente o tan sabida que resulta una afirmación trivial o apodíctica, o técnicamente un truísmo, suele opinarse que se dijo una perogrullada o una verdad de Perogrullo. En retórica la perogrullada es semejante a la tautología, la redundancia o el pleonasmo: una definición tan simple que duplica su misma denominación, de forma que uno de sus elementos sinónimos sobra, aunque sirve para denotar, subrayar o destacar lo dicho. También puede adoptar la modalidad de una litotes o atenuación. Ejemplos: «cuando no hace frío es que hace calor o está agradable», o «en lo lleno no hay vacío»; estas son perogrulladas o simplezas (sí, muy culta la Wikipedia).

En el Diccionario de nuestra lengua (el de la Real Academia Española) la perogrullada se define como «verdad o certeza que, por notoriamente sabida, es necedad o simpleza decirla». En el diccionario de María Moliner, donde se la define como «dicho propio de Perogrullo», se dedica una entrada al autor de esas verdades: «Perogrullo (de “Pedro” y “Grullo”): personaje supuesto al que se atribuyen humorísticamente las sentencias o afirmaciones de contenido tan sabido y natural que es una tontería decirlas». Quien inventó el vocablo perogrullada fue Francisco de Quevedo, en su libro Sueños y discursos (1622), en concreto en la parte conocida como Sueño de la Muerte, donde interviene el «gran profeta» Pero Grullo: «Yo soy Pedro, que no Pero Grullo, que quitándome una ‘de’ en el nombre me hacéis el santo fruta».

En un ensayo acerca del origen etimológico de los apellidos castellanos, José Godoy Alcántara dice que Petro Grillo fue un personaje real que actuó como testigo en dos escrituras (de 1213 y 1227) en Palencia. Añade: «Coetáneo de Pedro Mentiras, si es que se trata del mismo que ha hecho célebre la naturalidad de las verdades». Durante el siglo XV, particularmente en Cantabria, se citaba a Pedro Grillo. Existe un documento que data de 1460, titulado Profecía, cuyo autor usa el seudónimo de Evangelista. Se trata de un breve relato en el que se describe a un profeta ermitaño, a quien llama «Pero Grillo».

Es muy probable que al antes mencionado Pero Grillo, casi cien años después (año 1551), Hernán Núñez de Guzmán, en sus Refranes o proverbios en romance, le haya cambiado de nombre y, en consecuencia, convertido en el nuevo Pero Grullo referido. Algunos investigadores creen que el Pedro Grillo del siglo XV evolucionó hasta convertirse en el nuevo Pero Grullo del siglo XVI. Quizá, para esta modificación del nombre, habría que tener en cuenta que en italiano el adjetivo grullo significa "simple, tontorrón, poco vivaz, que se deja engañar con facilidad"; y como es bien sabido durante el siglo XVI la influencia de la cultura italiana en España se hizo particularmente intensa.

Ya en 1605, este personaje aparece en la novela La pícara Justina, de Francisco López de Úbeda. También Cervantes lo menciona en la segunda parte de Don Quijote de La Mancha. Así, en el capítulo LXII, Sancho Panza pregunta a la «cabeza» si volverá a ver a su mujer y a sus hijos. La «cabeza» responde: «Gobernarás en tu casa; y si vuelves a ella, verás a tu mujer y a tus hijos; y, dejando de servir, dejarás de ser escudero». A lo cual Sancho añade: «Bueno, par Dios; esto yo me lo dijera: no dijera más el profeta Perogrullo».

El lexicógrafo Ramón Joaquín Domínguez, en su Diccionario Nacional o Gran Diccionario Clásico de la Lengua Española, de mediados del siglo XIX, define perogrullada, ‘perogrullear’ y Perogrullo: «Personaje o ente quimérico, extravagante, ridículo, que se supone haber existido y dejado una preciosa colección de sandeces, apotegmas, axiomas y verdades». 

Pese a todo este trabajo hecho por investigadores y lexicógrafos, quizá nunca se sepa a ciencia cierta quién fue en realidad este Pedro Grullo o Perogrullo, que hizo tan famosas sus perogrulladas.


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16 junio 2026

Futuro de los valles de Quito

Yo era muchacho todavía cuando venía en vacaciones a pasar unos días en San Rafael (hoy es mi residencia permanente). En esos días, nadie hubiera vislumbrado que tanto Los Chillos cuanto el sector de Cumbayá y Tumbaco –que se desarrolló más tarde– habrían de experimentar el súbito crecimiento que los convertiría en barrios suburbanos de Quito. Es probable que el hito inicial que marcó ese despegue haya sido la construcción de la autopista Rumiñahui, que lo único que le hace merecer ese nombre es que es una vía de alta velocidad. El caso de Cumbayá resulta peculiar; su relativa ventaja ha sido su cercanía con la capital.

Unos 40 años atrás ya se anticipaba que el centro y sur de Quito se extenderían (o desplazarían) hacia el Valle de los Chillos; en tanto que, el norte (hablo del sector que va desde La Mariscal hasta La Carolina) –donde residían ciertos segmentos– lo haría hacia Miravalle y Cumbayá. Pudiera decirse que nadie anticipó un éxodo tan abrupto y masivo hacia esta última zona; sobre todo, porque el ritmo de crecimiento no fue sustentado por el trazo y disponibilidad de calles y otras vías que facilitarían más tarde una movilización ordenada y ágil, tanto dentro de esa zona residencial como en su necesaria conexión con la ciudad.

El caso de Los Chillos es un tanto diferente. Su desarrollo se inicia a mediados del siglo pasado, cuando –debido a la benignidad del clima– favorece la adquisición de solares que se convierten en pequeñas quintas o huertos familiares. Nadie sospechó tampoco que, con el paso del tiempo, tendría un crecimiento tan sorprendente como inusitado y que, solo 50 años más tarde, tendría que enfrentar los problemas y desafíos que tiene cualquier ciudad. El caso del sector de San Rafael (donde hoy se ubica el C.C. San Luis) es un tanto paradigmático, no solo porque lo cruzan tres ríos (Pita, San Pedro y Santa Clara) sino que nadie columbró que el rápido desarrollo futuro exigiría un trazo adecuado de vías que asegure una movilización vehicular ágil y fluida, elemento esencial para, a su vez, ofrecer un satisfactorio sentido de bienestar.

A estas alturas, reconocer la defectuosa condición del tránsito en las vías resulta no solo una reflexión tardía: sería, además, improductivo. Pocos han caído en cuenta que estos barrios crecieron sin que medie ningún tipo de planificación. El exceso de viviendas no se satisfizo con una mejor provisión de calles y vías disponibles. Más habitantes significó un mayor número de vehículos que generaron inéditos problemas tanto de tránsito como de disponibilidad de estacionamiento. Tampoco se pensó en vías que favorezcan un ágil desplazamiento, sino –además– que cumplan con el requisito de una eventual evacuación rápida como demanda todo conglomerado de alta densidad. Nunca se contó con la posibilidad de una desgracia natural o de un flagelo no controlado. Así, una evacuación emergente se tornaría muy difícil de satisfacer.

Persiste, por otra parte, un problema administrativo: tanto Cumbayá como la zona norte del Valle de los Chillos (entre el río Pita y el cerro Ilaló) pertenecen al municipio metropolitano. Sus peculiares necesidades, así como sus particulares características merecen una más dedicada atención, la misma que “ha brillado por su ausencia”. Las autoridades responsables están muy alejadas de la realidad de estos sectores, cuyos moradores no solo se sienten mal atendidos, sino que carecen de canales adecuados para comunicar sus inquietudes y necesidades, y para sugerir alternativas y recomendar soluciones a sus varios problemas.

Se me antoja que el caso de Cumbayá es de veras insoluble. Para lo relativo al Valle de los Chillos, parece también muy tarde para volver a planificar nuevas vías, ensanchamiento de calles y nueva provisión de diagonales y avenidas. Ante esa realidad, quizá la única alternativa sea la construcción de viaductos o vías rápidas elevadas y, dependiendo del sector, el eventual uso del lecho de los ríos (como ya se hizo en el sector de la Bocatoma) para construir vías de desahogo que se conecten con las vías de alta velocidad.

Existe una pequeña ciudad argentina que fue construida como arquetipo de la urbe planificada. Está ubicada cerca de la ribera del río de la Plata y a algo menos de 50 km al sureste de Buenos Aires; se la ideó hacia fines del siglo XIX para que funcione como capital de la provincia de Buenos Aires (no confundir con la conurbación metropolitana, llamada Gran Buenos Aires). La ciudad tiene una forma de cuadrado perfecto, la parte medular está conformada por seis sectores en ambas direcciones que, a su vez, están compuestos por seis manzanas en ambos sentidos; su diseño consta, además, de una serie de avenidas diagonales que incorporan plazas, parques y rotondas. La ciudad es encantadora y bien puede servir de ejemplo para similares iniciativas. Todo el formidable y bien estructurado trazo mide no más de 25 km cuadrados.


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12 junio 2026

Mambrú se fue a la guerra…

De niño descubrí que me encantaba descubrir… y así fue como descubrí que para descubrir había primero que explorar o indagar. Descubrí que cuando se investiga hay que saber hacer la pregunta correcta, porque si no la respuesta puede ser no solo la que uno no espera, sino inexacta en muchos casos. Bien dicen que no se debe esperar una respuesta inteligente cuando se hace una pregunta tonta. Más tarde he descubierto que a eso se refieren los políticos cuando los entrevistan y dicen: “Ah, qué buena pregunta”.

El otro día escuché una olvidada ronda infantil y quise dar, con idéntico nombre, título a esta entrada. Por esta vez, no me di el trabajo y preferí dejar a la “señora” IA (yo la llamo Inés Andrade) para que la esboce por mi… Con Inés hay que tener mucho cuidado. Con ella, hay que hacer la pregunta correcta; es decir, hay que “saber preguntar”. Además, ella es impetuosa (sobre todo algo irresponsable), no tiene “espíritu crítico”; por ello que a veces –sin querer– se puede, y se suele, equivocar… No siempre es seguro que lo que Inés diga, sea la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. “Cosas de inteligentes…”, digo yo.

La historia de Mambrú (o esa canción y su estribillo) la había no solo escuchado, sino también cantado en los días de mi niñez. Mambrú no fue un personaje ficticio; su nombre es una adaptación al castellano de Marlborough, que es parte del título nobiliario de John Churchill (1650-1722), un duque y general inglés derrotado por los franceses en Malplaquet (1709), durante la Guerra de Sucesión Española. La tonada fue creada por los franceses para burlarse de su aristocrático enemigo; creyeron, por error, que había muerto en combate… aunque vivió unos años más. El duque fue un genio militar; brillante y astuto, es considerado un oficial muy destacado en la historia militar británica. Fue antepasado de Diana de Gales y de Sir Winston Churchill, que nació en el Palacio de Blenheim, la residencia oficial de los duques de Marlborough.

Esa guerra (no confundirla con la de Secesión) fue un conflicto entre las potencias europeas que duró desde 1701 hasta la firma del Tratado de Utrecht en 1714. Tuvo como causa principal la muerte sin descendencia de Carlos II de España, último representante de la Casa de Habsburgo, lo que dio lugar a una lucha por el control del Imperio entre los partidarios de las dinastías reclamantes: los Borbones y los Habsburgo. La guerra dejó como principal resultado la instauración de la casa de Borbón en el trono de España.

La música de la ronda es repetitiva y pegajosa. Habla de que Mambrú se fue a la guerra y que no se sabe cuándo vendrá, de si volverá para la Pascua o para Trinidad (la fiesta móvil que celebran los católicos una semana después de Pentecostés); cuenta que Mambrú se ha muerto en guerra y que lo llevan a enterrar, con tres oficiales y un cura sacristán; jijijí, jajajá, ¡no sé cuándo vendrá! La picante melodía habría llegado a España y Latinoamérica por influencia de los Borbones. Parece que a la reina Ma. Antonieta le gustaba cantársela a sus hijos. Luego se extendió por Europa y terminaría convirtiéndose en una ronda muy popular.

Por otro lado, yo mismo me he preguntado si este Marlborough tiene algo que ver con los tan publicitados cigarrillos Marlboro (es el mismo nombre, con ausencia de las últimas cuatro letras). Hoy sé que sí, pero que solo lo es de manera indirecta: el nombre de la marca no se habría escogido para honrar al duque y militar de marras, sino para dar relieve a la ubicación del lugar de producción: la fábrica original de la Philip Morris habría abierto sus puertas en Londres en una calle conocida como Great Marlborough Street. La rúa se había bautizado así en honor al Duque de Marlborough para celebrar sus victorias militares.

Al principio, los cigarrillos se comercializaban como "Marlborough", pero luego el nombre se simplificó y cambió a "Marlboro", cuando la marca se expandió a Estados Unidos. Como dato curioso, antes de asociarse con el famoso vaquero, la marca se publicitaba como un cigarrillo "suave como el mes de mayo" destinado casi exclusivamente al mercado femenino. En cuanto a Blenheim, el “palacio” de los duques, es el único edificio no real en Inglaterra que lleva ese título. El edificio fue obsequiado al duque por sus servicios…

Finalmente, se habrán preguntado: ¿por qué puse ese título a esta entrada?... La verdad que este me pareció apropiado para resaltar la influencia que ha tenido la terquedad de un solo individuo para involucrarse en una guerra innecesaria (que nunca la ganó); y también para no poder salir de ella hasta que lo declaren vencedor… Se lo conoce como Donald Gump; perdón, Forest Trump...


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09 junio 2026

Se viene el Mundial…

Sí, se viene el Mundial… Esta es una frase que hay que decirla así, incompleta. Más bien dicho, ¿para qué completarla, si todo el mundo sabe de qué estamos hablando? En efecto, decir “Mundial de Fútbol” ya suena raro, casi como si fuese una cacofonía; o, mejor, un pleonasmo, repetición innecesaria, redundante tautología (sí, que vaya nomás el Efe a revisar el diccionario…). Basta, entonces, con referirse al acontecimiento sin especificar de qué se trata. No es necesario, ya no hace falta…

Pero hay algo en esa cuadrienal competencia que me produce sentimientos encontrados. Por un lado, está esa infantil ilusión que periódicamente se renueva; está también ese curioso y apostador sentido de anticipada preferencia: que si Francia, que si Brasil o Portugal (las tres, para mi gusto, son las selecciones mejor integradas, no dependen de un solo jugador: están repletas de talento). Está, también, mi simpatía por esa, nuestra nueva pléyade de jugadores excepcionales, que bien pudieran darnos una agradable sorpresa; ellos, solo tendrían que llegar a cuartos de final –estar entre los ocho mejores– y eso sería ya un evidente progreso. Y está, por fin, mi novelería de aficionado: estar pendiente del avance de algo enteramente lúdico por todo un mes (en realidad cinco semanas). ¿Qué más se le puede pedir a la vida, que nos mantenga expectantes y “unidos”; y hablando de lo mismo y por tanto tiempo?…

Tengo mis temores, sin embargo… Después de todo el manoseo propiciado por la FIFA para efectuar el último mundial (aquí sí con minúscula), en el lugar equivocado y en la estación menos adecuada, con la sola y única intención de favorecer la asignación de la sede para un pequeño país que quería aprovechar el ecuménico espectáculo para promocionar su sorprendente desarrollo, a muchos nos dejó la lamentable impresión de que lo que importaba ya no era ese fervor y entusiasmo colectivo que genera el “deporte rey”, sino alguna motivación impublicable, que nos llevó a repetir el viejo adagio: “Piensa mal y acertarás”…

Y es que, además, el mundial de Catar nos dejó una triste e inesperada desilusión: a pesar de la promisoria expectativa que venía construyendo la positiva aplicación de ese artilugio llamado VAR, verdadera panacea para eliminar (y sancionar) y prescindir para siempre de la simulación y la astucia; pronto nos hizo abrir los ojos, y advertir, que “hecha la ley, hecha la trampa”…, porque ciertos jugadores (no sé si también selecciones completas) habían desarrollado nuevas habilidades; no ya para engañar al público, a los entendidos y a los propios árbitros, sino para plasmar la farsa científica,  engañando al propio VAR…

Nada puede haber más dañino para el desarrollo normal de los partidos de fútbol que el ardid, el recurso marrullero, la acechanza y la maquinación, la farsa de tono dramático y la triquiñuela. Aquello de convertir el área contraria en piscina para con maña ejecutar clavados o “saltos ornamentales” o nefandas “picardías” cuyo simplón y triste mérito es recurrir a la invisible “Mano de Dios”. Ello, no solo perjudica a la imagen que quisiéramos tener de nuestro deporte preferido, sino que nos hace desilusionar respecto a los reales avances que el fútbol ha logrado como cultura organizacional, respecto a una entretención que no puede dar ya cabida al instrumento moral de dudoso contenido, a la infracción maliciosa, al despreciable timo.

Otro asunto inconveniente ha sido, esta vez, el escogimiento de los países sede, como si eso de repetirlo en un país enorme ya no iba a crear dificultades logísticas imponderables: hay alrededor de seis horas de vuelo entra las costas atlántica y pacífica de los Estados Unidos. Esto, definitivamente se agrava cuando se incluye a países como Canadá y México en la ecuación. Es como si los organizadores solo hubieran estado animados por el éxito comercial, sin contemplar la movilización de los aficionados y las dificultades logísticas que esos traslados representan. Se espera que, ya superada la fase de grupos, los desplazamientos requeridos no se tornen en fastidiosos cuando, como es natural, los precios de las entradas habrán aumentado ya hasta precios estratosféricos; enemigas como van de más asequibles alicientes…

El fútbol se fue adulterando en ciertas regiones. Esto, por lástima, se fue exacerbando en otros sectores que parecían “más civilizados”. Esa es la influencia que producen las malas artes, por el fácil rédito que tiene aquello de darse de “listo” o de “sapo vivo”. Es hora de sancionar con severidad la voltereta aparatosa, el revolcón sensacional, el barato y flagrante histrionismo propio de escenarios de otra índole. Lo lógico es que la gente aliente y apoye a sus equipos; pero los resultados deben estar basados en un elemental –y muy humano– sentido de merecimiento y de justicia. Ese es el verdadero FAIR PLAY. ¿Es, esto, mucho pedir?


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05 junio 2026

Niño estrábico con lentes *

   * Escrito por Sergio Ramírez, para El País de España

Mi primer recuerdo es el de una mañana de mucho sol. Debo tener tres años. En el corredor de la casa, la Mercedes Alvarado, la muchacha que ayuda a mi madre en todo, me alza de la batea donde me ha bañado, y me deposita sobre la tapa de la máquina de coser. Me seca, me envuelve en una sábana, y se va a botar el agua jabonosa sobre las plantas del patio. Pero mientras se aleja veo que una imagen suya, más débil, comienza a desprenderse hacia un lado desde la principal, como si fuera un fantasma que emana de su cuerpo, o un holograma, y luego la estoy viendo dos veces. Veo dos veces su trenza gorda y brillante que le cae a un lado del cuello. Así recordaré a partir de entonces las imágenes de las personas y de las cosas, sin extrañeza. Ver doble es lo natural para mí, y no sé que no se pueda ver de otra manera.

No fue hasta mis 10 años que la misma Mercedes Alvarado descubrió que yo no veía bien con mi ojo izquierdo, porque me golpeaba con obstáculos al caminar, y se lo advirtió a mi madre. Nadie había hecho cuentas de que un niño bizco, como yo era, podía tener defectos serios en la visión. Se burlaban de mí los otros niños, por lo de bizco, asunto que entró en la costumbre del trato en la escuela, y en la sustancia de mis silencios retraídos. Uno era renco por causa de la poliomielitis; había otro que tenía una nube en el ojo, o la mano seca. Yo era bizco. Y en el patio de recreo me llamaban Vizconde, Biscocho, Bizcotela.

Alarmados, mis padres me llevaron a Managua a una consulta con el doctor Fernando Agüero, el oculista más reconocido del país, quien se volvería luego líder de la oposición contra la dictadura de los Somoza, y congregaba multitudes en las plazas. Me diagnosticó un daño congénito en ese ojo izquierdo, que tenía una estructura diferente, sacando a mi madre de su falsa creencia de que me había quedado bizco al año de nacido a consecuencia de la debilidad provocada por una diarrea.

A mí no se me había ocurrido antes taparme el ojo derecho para comprobar la visión del izquierdo, como el doctor Agüero lo había hecho al examinarme; pero ahora podía darme cuenta de que, si veía las formas y los colores con el ojo enfermo, no podía distinguir bien los rostros, y mucho menos leer, porque las letras aparecían en un amasijo de contornos brillantes, ni orientarme con seguridad al caminar. Y aunque era imposible recuperar nada de la visión, me mandó usar anteojos, con los que volví a Masatepe envanecido porque me daban superioridad sobre los demás de mi edad. Era unas gafas de pasta, de aros redondos, como las de Harold Lloyd, y sólo el lente que correspondía al ojo enfermo tenía aumento.

Debía, además, taparme una hora diaria el ojo sano con un parche de plástico prensado al anteojo, para que el otro recuperara su eje; aunque hasta hoy, muchas veces, el ojo enfermo se desvía por su cuenta, y aparezco en las fotos como si me estuviera durmiendo. Y vuelve a veces ese fantasma de imagen que desprende lentamente en el campo de visión, como una señal que me llega del pasado, desde el lejano territorio de la infancia. Si la doble imagen pasó a ser natural en mi vida, nunca podré saber cómo es el mundo real de la tercera dimensión para alguien que puede componer las imágenes con el concurso de ambos ojos. Mi cerebro creó desde el principio un atajo para suplir el defecto, porque siempre he tenido la sensación de mirar a profundidad, y dar volúmenes a las cosas, lo cual viene a ser el trabajo de mi ojo único útil, que recibe señales para crear así una ilusión de planos y relieves por la fuerza de la necesidad. Como muchas de las ilusiones en la vida, que resultan de la necesidad. O las ilusiones que suele crear el escritor, que sólo tienen sustancias porque él lo quiere.

Y también fui compensado con un oído agudo, una bendición para mí como escritor: puedo escuchar con nitidez las conversaciones en la mesa de al lado en restaurantes o autobuses. Y para crearme un sustituto del mundo tridimensional, que se consigue cuando se fusionan dos perspectivas distintas proveídas por ambos ojos, mi cerebro lo que hace es crear un remedo de estereopsis, la sensación de profundidad mediante un solo ojo, como una estrategia para entender el espacio, un modelo mental sustituto. 

Ser bizco me hizo alejarme de los demás, y contribuyó a darme el carácter retraído que tuve desde entonces; y ese exilio forzado hacia dentro de mí mismo fue llenando desde el principio mi atmósfera de escritor. Es lo que Cervantes convoca en el Quijote bajo el nombre de melancolía, tan emparentado con la soledad.


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02 junio 2026

Sebastian Sawe y su gesta

Hace poco, y por pura casualidad, pude seguir la maratón de Londres. El triunfador, un keniano de nombre Sebastian Sawe, que ha sido ganador en todas las maratones en que ha participado (4), ostenta hoy el nuevo récord mundial (1 h., 59 m., 30 s.). Es la primera vez que se cumple esa distancia –de 42.2 km– en menos de dos horas. Significa que, en promedio, se ha recorrido cada kilómetro en menos de 2’ y 50’’. Sawe había cumplido la primera mitad en 1h, 00’ y 29’’; y, la segunda, en 59’ y 01’’ –prescindiendo ya de las llamadas “liebres” que ayudan a bloquear el viento–: la extraña diferencia obedecería al esprint o remate final. 

Estas competencias están siempre expuestas al escrutinio público, cuando no a la sospecha… Por ello, Sawe –que es una especie de adalid de la ética deportiva– exige, cada vez, más y más controles anti-dopaje para demostrar que está “limpio” de drogas o estimulantes no permitidos. Muchos se preguntan el motivo para que los atletas africanos tengan tan formidable desempeño; pero esto no debería llamarnos la atención: ellos están acostumbrados a entrenar en las condiciones de altura de su lugar de origen; y, justo por ello, se destacan cuando compiten en el nivel del mar. Nairobi está a 1600 m (Addis Abeba a más de 2300 m).

Pero, quien hizo realmente historia fue un larguirucho y melenudo etíope, Yomif Kejelcha, que necesitó también menos de dos horas para completar su “derrota triunfal”: era la primera maratón de su vida. Resultaría inexacto decir que “también” rompió el récord anterior, pues 12 ‘’antes lo había hecho el triunfador. Kejelcha, un enjuto (aunque no escuálido) moreno de 1.86 m, solo había participado en otras pruebas menores. Su desempeño tuvo un enorme mérito, no solo por resistir 40 km junto a Sawe, sino que su brioso tranco exigió al otro esforzarse aún más para bajar su tiempo y asegurar la hazaña. Hago aquí una breve digresión: no digo “el” maratón, como recomienda la RAE, pues la costumbre ha sido usar el femenino (‘la’ maratón o ‘la media’ maratón).

Sin desmerecer el hito logrado por Sawe, es justo reconocer ciertas “ayudas” que hicieron posible su gesta. Constan entre ellas ciertos avances tecnológicos, dietas especiales o la provisión de “acompañantes” que se permiten en la primera mitad de este tipo de competencias (ellos ayudan a sostener el ritmo de carrera). Unos pocos atletas han podido también utilizar unas zapatillas súper livianas (menos de 100 gramos), que disponen de una placa de carbono que les impulsa al correr (cuestan US$ 500, aunque sirven para usarse una sola vez). Todo esto, sin mencionar otros asuntos, como atuendos más livianos, salida en el grupo de privilegio, bebidas tonificantes o una dieta balanceada que obedece a avanzadas fórmulas científicas.

El récord lo mantenía otro keniano, el fondista Kelvin Kiptum (2:00:35), que había fallecido a los 24 años en un accidente de tránsito. La saga de Sawe (bajar de las 2 horas), se inscribe en la lista de esfuerzos y logros similares, como correr la milla en menos de 4 minutos o completar 100 m en menos de 10 segundos; o, quizá, saltar –con ayuda de una pértiga– un obstáculo de 6 metros de altura. Todo ello tiene su mérito y lleva a la gente a preguntarse ¿por qué compiten?, o ¿para qué?... Unos lo hacen por participar, la mayoría no sabe si llegará a la meta; quizá lo hacen porque quieren conocer sus limitaciones. Son muy pocos los que esperan ganar…

Al respecto, pude leer un comentario insólito, a más de obcecado. Una persona reclamaba por esa aparente “manía” de los atletas de élite de tratar de quebrar récords ajenos, lo cual “luce como muy forzado y puede afectar a los atletas” (un incomprensible esfuerzo ya que los humanos tienen límites, esa persona decía). Quizá olvidaba que la gente busca cada vez nuevos desafíos y que esa pulsión se inscribe en el deseo de competir y en la búsqueda incesante por la excelencia.

Si no, piénsese en temas tan simples como: ¿para qué vestirse y dar una mejor impresión?, o ¿para qué estudiar toda una carrera si con hacerlo por un par de años ya bastaría para ejercerla? ¿Para qué esforzarnos por hacerlo bien, si sería suficiente con un “más o menos”? No solo sería invitar a la mediocridad, sería también una manera de ser ineficiente y de no destacarse. Piénsese en oficios que cuidan o protegen la vida humana, como el caso de médicos, bomberos o pilotos. ¿Habrá escuchado ese inconforme acerca del juramento hipocrático?, ¿sabrá que el avance de la ciencia se debe a que hubo quienes han puesto un poquito más de empeño, que se esforzaron y fueron un poquito más allá de su obligación para hacer nuestra vida un poco más fácil y placentera? O, qué tal: ¿para qué tantos y tantos corren, o saltan, y siguen compitiendo? 

La búsqueda de la excelencia optimiza nuestro potencial, honra nuestra vida, permite ofrecer productos y servicios de mejor calidad. Más que un fin en sí mismo, es un hábito, un método de mejora continua; una actitud de vida que promueve confianza, que nos da dignidad; que nos proporciona autoestima y nos permite servir con pasión. 


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29 mayo 2026

Travieso juego de la memoria

(Tránsito de alfayate a calafate)

Fui a casa de mi hermano Luis Eduardo la otra tarde. Fue oportunidad para saludar con una de sus hijas que vive en el exterior y que había venido para pasar en familia unos pocos días. Luis había invitado a dos de sus cuñados, quienes por coincidencia fueron nuestros respectivos compañeros los doce años de colegio; ellos han sido nuestros amigos de toda la vida. Tienen pues, edades similares a las nuestras; se llevan entre sí con un par de años. En casos así, resulta inevitable no recordar los días y episodios compartidos…

Alguien preguntó si recordábamos el precio de una porción de chifles con cebolla; refrigerio menos oneroso y más asequible entonces, que hubo en ese diminuto quiosco ubicado en un recoleto rincón del patio del colegio. Al mencionarse que aquella ración tuvo un costo de cuatro reales (solo 40 centavos de sucre), surgió pronta la consulta de quién fue la persona que allí atendía y administraba ese negocio que –cómo otros lo recordábamos–, se despachaba desde atrás de una estrecha ventanilla de servicio. El encargado, era un humilde e industrioso alfayate que mantenía una poco concurrida sastrería que estaba situada al principio de la cuadra. Lo llamábamos “maestro” en mérito a su oficio: respondía al sugestivo apelativo de Contreras.

Pero, como sin querer una cosa conduce a la otra (¿no fue eso lo que alguien llamó “el 'santo oficio' de la memoria?”), recordé que alguna vez había escrito un pequeño artículo en homenaje a los obreros que hacían más fácil y llevadera nuestra vida, e indagué brevemente en este blog utilizando su herramienta de búsqueda e insertando la voz “alfayate”. Así, encontré la entrada (Elogio del maestro remendón, decía) y me permití leer ese breve artículo. Mientras lo hacía, y de ese modo recordaba a ese individuo cumplidor que, además, había sido nuestro servicial vecino (al tanto que explicaba el sentido de alfayate), recordé otra voz poco utilizada, una palabra parecida. Me refiero a “calafate”, ese asistente que suelen tener los barcos.

Como, asimismo, también había utilizado este último vocablo en otro artículo, publicado en octubre del año 2012 (Itinerario Náutico, Corazón de calafate), decidí consultar por qué era que se había bautizado con ese nombre a una ciudad interior ubicada en el sur de la Argentina: la pujante población turística de El Calafate (o Calafate), e investigar el motivo para que se le haya otorgado tan singular como curioso nombre. Calafate está ubicada en la costa meridional de un cuerpo de agua bastante irregular que está avecinado a la cordillera de Los Andes, y que lleva el nombre de Lago Argentino. La ciudad forma parte de la provincia de Santa Cruz y dispone de un aeropuerto internacional. Este se constituye en puerto de entrada al parque nacional de Los Glaciares, hogar del famoso glaciar Perito Moreno en el sur de la Patagonia argentina.

Pero este nombre (calafate) no responde al oficio mencionado (una suerte de carpintero reparador que ejercita su oficio en las naves marinas) al del encargado de calafatear, vale decir de remendar, taponar o reparar las junturas que van perdiendo su impermeabilidad en la quilla de las naves; sino, más bien, a un arbusto que abunda en la región: el calafate (Berberis microphylla), una planta espinosa nativa del sector; famosa por su pequeña baya comestible de color negro azulado, de sabor dulce y que en apariencia es muy similar al arándano (blueberry). Este es un alimento muy rico en antioxidantes, utilizado en repostería, mermeladas y en salsas para aderezar las carnes; además de tener usos medicinales, por sus propiedades anti-bacterianas. De acuerdo con una leyenda local, quien come su fruto siempre regresa a la Patagonia…

Nunca tuve oportunidad de visitar la Patagonia. Hoy sé que Calafate, a fin de cuentas, sí tiene que ver con el otro calafate: el reparador o carpintero. Y esto sucede porque de ese “otro calafate” (el argentino) se obtiene una resina que sirve justamente para reparar las embarcaciones. Es curioso, pero el nombre pudiera estar relacionado con cómo llamaron los primeros aborígenes a su tierra natal, un nombre que suena parecido a calafate: Kehek Aike, palabras que querrían decir: dejar (o depositar en) y paradero humano; con lo que tendríamos una toponimia relacionada con un paradero o depósito para almacenar artefactos y otros enseres. 

Desde hace cincuenta años, Calafate ha cobrado una enorme importancia, especialmente por el atractivo que despierta el glaciar Perito Moreno. Hoy, la pequeña ciudad tiene una enorme oferta turística; existe ahí un progreso considerable de la población, la misma que se acerca a 30.000 habitantes. Durante la temporada alta, que coincide con el verano austral, el aeropuerto recibe más de una docena de vuelos diarios.


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26 mayo 2026

El barco de Teseo

No recuerdo cómo exactamente ocurrió, el punto es que una noche, mientras nos tomábamos un par de tragos, Pablo me confesó que tenía a su cuidado un documento invaluable: se trataba de un códice maya, cuya fecha de elaboración era muy difícil de precisar. Se trataba del legado de un ilustre antepasado que lo había obtenido como obsequio por parte del gobierno mexicano. Cuando lo revisé (parecía un acordeón), reconocí que ese era un fragmento de historia, un verdadero tesoro, un grabado antiguo y fascinante.

Como buena parte de su biblioteca ya había sido donada a una institución cultural, quise saber, cuándo él falleció, cuál había sido el destino de ese fascinante e irrepetible testimonio; y qué volúmenes habían sobrevivido en ese modesto librero que todavía quedaba en la habitación que le sirvió de escritorio. Su viuda, de propia iniciativa, me invitó a explorar ese anaquel, a ver si pudiera interesarme por uno de esos olvidados tomos. Los revisé en forma sumaria, no quería dar la impresión de que me animaba, más que la curiosidad, la horrible intención de la codicia. Tomé un libro de pasta dura al azar; contenía el Moby Dick de Neville. Me puse a hojearlo: alguien había resaltado con marcador anaranjado varios términos náuticos; destacaban esos vocablos que se encuentran en Conrad o en Galdós…
Solo al llegar a casa descubrí que también se habían añadido un par de extraños comentarios. Estos parecían contener un mensaje dedicado a algún destinatario, a manera de recado… Uno estaba transcrito en la contratapa, se había utilizado el mismo marcador con el que se habían resaltado aquellos vocablos. Se trataba de un mensaje religioso, proclamaba: “Entre Dios y el creyente no se necesitan intermediarios”. El nombre de Mahoma, a manera de rúbrica garabateada, lo subseguía. El otro asomaba dos hojas después; era una nota trazada al apuro, tenía un par de tachones, contenía una oscura palabra suscrita con indescifrable caligrafía: “Un tipo descubre un papel que le conduce al encuentro de cartas cruzadas entre 3 o 4 autores. El (a…d…s) de las cartas, en distintas bibliotecas, resolverá un crimen cometido, del cual sabían esos autores…” Me tomó algún tiempo descifrarlo: no me había sido fácil interpretar la palabra ‘análisis’ con claridad. Tuve que pedir a alguien, con un tipo de letra parecida, que me ayudara a descifrar el acertijo.
Se me ocurrió redactar una consulta y someterla a la IA. Pregunté: “¿Qué obra contiene tiene esta trama…”, hice copy-paste y la completé con esa misma nota, que parece que fue recogida como referencia o tal vez tomada de algún programa televisivo que incluía un guion parecido… Era evidente que ante la falta de papel disponible para escribir, alguien había utilizado una página libre de la contraportada, apunte que interpreté –en principio– como una súbita idea que a alguien se le había ocurrido, y que se establecía como el borrador para un eventual relato posterior; o, quizá, un desafío para que alguien intentara escribir una historia parecida.
Pasados breves segundos la IA me contestó: “La obra puede ser la novela ‘S.’ (Ship of Theseus), concebida por J.J. Abrams y Doug Dorst, publicada en 2013. La trama se basa en un personaje misterioso que un escritor describe; y el análisis de cartas, recortes y anotaciones en los márgenes, efectuado en una biblioteca por otras dos personas. El guion devela un crimen y una trama ocultas. Se trata de un ‘guion Interactivo’, donde los lectores pasan a actuar como detectives, analizando las anotaciones de dos estudiantes (Jen y Eric) que investigan al enigmático autor "V.M. Straka". Existe una serie de elementos clave; como cartas, mapas dibujados en servilletas, recortes de prensa y fotografías que se encuentran físicamente dentro del mismo libro. La correspondencia cruzada entre los dos estudiantes, que ha sido ubicada dentro de los márgenes, ayuda a reconstruir la historia y resolver el misterio y la identidad del autor del crimen. Otra posibilidad, aunque más enfocada en la correspondencia clásica, sería "Cartas cruzadas" de Darío Jaramillo Agudelo, un escritor colombiano; sin embargo, la descripción interactiva encaja mejor con ‘S’. (El barco de Teseo)
Luego de somera investigación descarté la segunda opción. Ello me permitió enfocarme en la historia de Dorst. Estaba frente a un insólito concepto de narración (incluía la publicación simultánea de comentarios efectuados por supuestos lectores, en letra manuscrita); noción que aportaba a la idea del “libro como objeto”. Así, el lector se convierte en indagador y en un personaje más: es un nuevo protagonista. El formato es peculiar: aporta con la asistencia de material complementario. De ese modo, la lectura se torna complicada y exigente. “S” no es una novela para cualquiera, no se puede prescindir de lo que comentan Eric y Jen. En resumen, se trata de un libro de misterio: el lector debe intentar descubrir la identidad del autor, así como también la del principal personaje. Straka es enigmático, es un hombre sin pasado que es secuestrado y llevado, en un barco siniestro, a un viaje lleno de peligros.
La novela es un trabajo experimental, su recurso es jugar con la forma del texto, resultando en una narrativa multi-direccional. Bien visto, los acertijos y saltos de lectura, entre páginas, son una forma de ‘enganche’. En suma, se trata de un rompecabezas con tres tramas: la historia de “S” en sí; los comentarios de quienes investigan; y el resultado que surge cuando esas dos tramas se enredan con el misterio de la identidad del autor. El lector atento debe discernir entre ficción y realidad, bregar con la historia central, a la par que con los comentarios que no siempre siguen un orden cronológico… Esos comentarios están plasmados en apuntes efectuados en diferente color y caligrafía, con lo que la historia termina convirtiéndose en una “Novela con notas y datos falsos que encubren códigos secretos”. Es como si las palabras estuvieran colocadas con un predeterminado motivo, y el libro en la biblioteca con idéntico propósito. Debe haberse dado un formidable trabajo de traducción y edición. Se nos ofrece una sugerencia: leer el texto por capítulos y, luego, regresar a revisar las notas de los márgenes y las puestas al pie de página (las añadidas por el traductor).
Teseo fue un héroe griego, hijo de Egeo, rey de Atenas, su historia es un paradigma. Cansados los griegos de ofrendar cada año siete efebos y siete doncellas para satisfacer la gula del Minotauro (animal mitológico que devoraba a sus víctimas en el laberinto de Creta), pidió a su padre que le incluyera en el siguiente viaje para tratar de eliminar al horrible monstruo. Egeo consintió, pero pidió a su hijo que si volvía instruyera a sus marineros que izaran velas blancas para anunciar su retorno. De él se enamoró la sin par Ariadna, quien le proporcionó un hilo que le permitiría orientarse y salir del laberinto. Teseo resultó vencedor y mató al Minotauro; por lástima, sus hombres olvidaron cambiar las velas y su padre al intuir lo peor, se precipitó al mar desde un acantilado y ya no vivió para celebrar la hazaña de su valeroso hijo. Desde entonces esa parte del Mediterráneo pasó a llamarse como ese rey desdichado.
Pero… ¿qué tiene que ver esto con el nombre de la novela? El barco fue abandonado en la playa y su carcasa empezó a sufrir los embates del tiempo. Poco a poco, las olas, los crustáceos, moluscos y otros organismos se encargaron de destruir el caparazón de la nave. Fue entonces cuando el recuerdo del héroe se hizo otra vez presente, y los griegos resolvieron dotar de nuevas y más resistentes maderas a la mítica embarcación. Siempre hay alguien descontento, sin embargo. La gente empezó a decir que: si se cambiaban sus partes, ya no era el mismo barco, el de Teseo; que ya no era en realidad el que les hacía recordar y rendir homenaje a su héroe. Ahora era un asunto de identidad: algo que alguna vez fue, ahora ya no era. Se convirtió en un insoluble problema filosófico…

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22 mayo 2026

Aviador, ¿palabra moribunda?

En días pasados leí un artículo de Álex Grijelmo en el que expresaba su sorpresa porque en estos días (un tanto bélicos) se haya retomado un vocablo que, según él, habría entrado en desuso: la palabra aviador (?). Quizá ello esté sucediendo en España, donde parece preferirse la voz piloto; pero no solo que no pasa en América, sino que aviador es término preferido en los documentos escritos; y, sobre todo, en el medio académico.  

Grijelmo sostiene que pudiera usarse aviador, quizá con cierta connotación romántica, e incluso ‘heroica’, para llamar a “un piloto de la II Guerra, a un pionero de la aviación, a los tipos intrépidos que se ponían gafas de mosca y vestían traje de cuero y gorro con orejeras. Pero que nadie se habrá referido así a un comandante de Iberia, aun siendo este técnica y lingüísticamente un aviador”. Menciona que, según ha investigado, el corpus de la Academia documenta el primer uso del vocablo recién en 1910. Añade que “la voz llegaría al Diccionario en 1914”; y que: “la segunda acepción, añadida en 1947, se ajusta como un zapato al caso comentado: ‘Individuo que presta servicio en la aviación militar’…”. El columnista sugiere que este tardío e inopinado uso sería una clonación tomada del inglés y que “el término ‘no se emplea nunca’ en la aviación civil” (?).

Tras mi inconforme lectura, me permití referirme al artículo con el siguiente comentario: “Soy, con orgullo, un aviador civil retirado. No tengo inconveniente en que me llamen ‘piloto’. Primero, porque lo soy (me he dedicado a pilotear o pilotar aviones); y, segundo, pues así es cómo nos llama la gente. Y, así como el Sr. Grijelmo se sorprende de que en estos días la prensa española haya utilizado la palabra aviador y no la de piloto, a mí también me sorprende que en su percepción ya no se use esta palabra en España, porque, según él, la voz habría no solo pasado de moda, sino alcanzado a adquirir incluso un tinte algo romántico…

Soy latinoamericano y dediqué casi 50 años a una profesión que en toda Iberoamérica se conoce como un oficio “de aviadores” (si acceden a la página de SEPLA, el sindicato español de pilotos, van a encontrar una sección entera dedicada a las mujeres ‘aviadoras’). Hoy se llama “piloto” desde a los corredores de fórmula (autos deportivos), hasta a muchachos imberbes que conducen un juguete conocido como Go-Kart (un día, buscando información de maquinaria pesada, me pidieron que consulte a alguien que operaba un pequeño montacargas, a quien identificaron como “el piloto”). A los aviadores nos llaman de varias maneras: piloto, capitán, comandante y hasta “skipper” (un modo de identificar a los oficiales responsables en los barcos mercantes). Pero somos ante todo “aviadores”, palabra que, en efecto, viene de una voz francesa, del mismo modo que el vocablo avión, que es un acrónimo, es decir palabra inventada (appareil volant imitant l’oiseau natural), sugerida por el francés Clément Ader, tan temprano como en 1875. Lo que es más “sorprendente” todavía es que esas palabras, avión y aviador, ya se usaban en el siglo XIX, incluso antes de que existiera la aviación… En latín un homo viator es alguien que viaja, un trotamundos o caminante. Un peregrino.

Advierto que, por no tratarse de su oficio, el columnista no estaría familiarizado con el empleo general que la palabra tiene. Me reafirmo en mi impresión de que el uso del vocablo aviador, en lugar del más popular de piloto, se percibe no solo como una opción más culta sino más exacta, que se utiliza en ambientes mejor educados. “Piloto”, por otra parte –al igual que “capitán”–, es un término inexacto, a más de devaluado: si usted entra en la cabina de mando, va a poder comprobar que a los dos pilotos, al piloto y al copiloto, se les trata de capitanes, aunque en la realidad, solo uno sea el verdadero comandante... Algo similar ocurre cuando se ve a toda una tripulación uniformada (y esto sucedía en el pasado), y era que no todos eran realmente pilotos, vale decir auténticos aviadores, pues –para serlo– hace falta ‘saber operar los mandos de un avión’. No son “pilotos”, ni los mecánicos de abordo ni quienes “no saben volar”.

Otro término que se usa en la actualidad es la palabra “comandante”. Mas, como no es un término que tiene un valor jerárquico, no está definido a quién se le puede llamar con este título profesional. En España y en algunos países de Iberoamérica fue por un tiempo un título reservado al ‘piloto al mando’ de un avión de aerolínea, pero en la práctica se ha ido llamando así a todos los aviadores, asunto que genera confusión. Del mismo modo, muchos participamos de la opinión de que eso de llamar “comandante” al piloto de una Cessna 150 (un pequeño avioncito de instrucción) suena no solo inadecuado sino bastante hiperbólico. Otro asunto que merece aclaración es que la palabra ‘aviador’ no solo se utiliza en la aviación castrense: no solo los militares son aviadores, lo son también los pilotos comerciales, los que han abrazado la aviación civil. En cuanto a “avión”, fue un término que definía a un tipo de pájaro, el vencejo, una especie de golondrina; de igual modo, aviador fue –antes de que haya aviación– alguien que aviaba, disponía o preparaba algo.


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19 mayo 2026

“Aviador”, qué sorpresa *

   * Escrito por Álex Grijelmo, para La punta de la lengua.

Muchos lectores se habrán sorprendido al observar en días pasados la repentina revitalización del sustantivo “aviador” en casi todos los diarios españoles, a causa de las vicisitudes que sufrieron dos militares estadounidenses en Irán. Compruebo ese resurgimiento con búsquedas en bancos de datos, en periódicos digitales y a través de Google; y también verifico que, como sospechaba, hasta hace poco sus apariciones en la prensa eran mínimas, incluso si se informaba de accidentes de aviones militares: jamás iba dentro un aviador.

El libro Palabras moribundas (Taurus, 2011), que firmamos la filóloga Pilar García Mouton y un columnista de ustedes, consideraba que ese término había entrado en desuso para las referencias actuales. Podía llamarse “aviador”, con cierta connotación romántica, a un piloto de la II Guerra Mundial, a un pionero de los aeroplanos, a los tipos intrépidos que se ponían gafas de mosca y vestían traje de cuero y gorro con orejeras. Pero nadie se habrá referido nunca así a un comandante de Iberia, aun siendo este técnica y lingüísticamente un aviador.

El corpus de la Academia documenta el primer uso de la palabra el 27 de diciembre de 1910, en dos noticias de un mismo diario, El Universal: “el aviador Loxsey” establecía el récord mundial en 3.474 metros de altura, y un incendio destruía el cobertizo de Douvres (Francia) donde “el aviador Graham White” tenía recogido su nuevo avión. La palabra llegaría al Diccionario académico en 1914, y se incorporó adaptada al español a partir del francés aviateur. Su definición básica sigue viva aún, y señala a la persona “que gobierna un aparato de aviación, especialmente si está provista de licencia para ello”. La segunda acepción, añadida en 1947, se ajusta como un zapato al caso que comentamos: “Individuo que presta servicio en la aviación militar”. Pero ambos usos de “aviador” –el civil y el castrense– fueron cayendo en picado, con perdón, a partir de 1975, como refleja la gráfica de Ngram Google Libros.

¿Y por qué de pronto resurge este vocablo ahora? Busco en la prensa norte¬americana cómo se habían referido en ella a los dos pilotos rescatados en Irán, y encuentro ahí la explicación. Los llamaron aviators (y no pilots). Me malicio entonces que nuestros diarios, lejos de haber recuperado, en un rasgo de estilo, una vieja palabra del español como podían interpretar en principio los bienintencionados lectores, han clonado la que habían visto poco antes en inglés. En Estados Unidos, aviator se utilizaba ya para los pilotos de dirigibles; después, para los pioneros del vuelo con alas, y luego ya pasó a la aviación militar, donde todavía hoy el naval aviator es el título específico que se obtiene al completar la instrucción de vuelo en la Armada. En el Reino Unido, sin embargo, predomina el término pilot, si bien aviator está en uso, pero con cierta connotación heroica.

Consulto a dos periodistas norteamericanos residentes en España y me cuentan que aviator funciona en su país de origen como sinónimo elegante de “piloto militar”, ya se trate de un personaje histórico o de un combatiente contemporáneo; y que los propios ejércitos se toman muy en serio el prestigio que implica esa palabra, propiciado y reforzado por las connotaciones que sembró en ella el cine de Hollywood. Sin embargo, el término no se emplea nunca en la aviación civil, donde predominan (como en España) pilot (piloto) y captain (para nosotros, comandante). En ese sector los aviadores no se llaman aviadores.

Con todo y eso, podemos alegrarnos, los lectores bienintencionados y yo, por esta recuperación de “aviador” en castellano como “piloto militar”, aunque el proceso que la ha traído a la luz nos haga recordar, por analogía, aquella genial viñeta de El Roto (publicada en EL PAÍS el 25 de octubre de 2018) en la que uno de sus oscuros personajes decía: “El español es un idioma vivo que sigue creando palabras nuevas. Pero en inglés, naturalmente”.

Nota del editor: si el autor expresa su sorpresa porque se haya resucitado una palabra en desuso como el vocablo aviador, más sorpresa me he llevado yo de que esto suceda probablemente en España, desde donde él escribe. En toda América, no se diga en el Ecuador, aviador es una palabra de uso corriente y que es utilizada, sobre todo, en ciertos ambientes académicos, con el sentido y vigencia que este vocablo merece. En mi próxima entrada estaré publicando el comentario con el que respondí y mi criterio al respecto.



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15 mayo 2026

Donde las dan, las toman

Cuántas veces no hemos escuchado decir aquel curioso aforismo; y no solo que no sabemos qué mismo quiere decir, sino que no parecemos interesados en averiguar su significado. La intuición puede decirnos, sin embargo, que lo que probablemente significa, es que, si nos gusta proceder de una cierta mala manera, lo más probable es que la fortuna (el karma) procure también que recibamos el mismo trato. Leí la expresión por primera vez en un libro básico de lectura; tenía siete años: estaba recién en segundo grado.

A veces hacemos un daño sin intención de maldad, con el solo deseo de “salvar los muebles”, de guardar las apariencias o ahorrarnos un gasto que no estamos en condición de sufragar, sin caer en cuenta que eso de perjudicar a los otros –a sabiendas– no solo es una forma de abusar de la buena fe de las personas, sino, ante todo, un signo de engaño, un robo y una estafa, que no es otra cosa que una injusta e ingrata incorrección con alguien que ha cometido el error de confiar en nosotros, que no nos ha hecho daño alguno ni irrogado perjuicio. No caemos en cuenta que “el mundo da vueltas”, y que en esta misma Tierra pagamos nuestro merecido castigo.

Donde las dan, las toman es un viejo refrán español que significa que quien hace daño o se aprovecha de los demás, eventualmente recibirá su merecido, implica con ello su confianza en la justicia divina o, si no, eventualmente, un deseo por que la suerte satisfará su ansiada venganza. Se traduce comúnmente al inglés como What goes around comes around. Se utiliza el apotegma para señalar que las acciones negativas tienen consecuencias y que el agresor puede resultar vulnerable. Se lo aplica cuando alguien que se ha burlado o ha hecho daño sufre la misma situación. El adagio indica que la reciprocidad de acciones negativas es inevitable. Otras sentencias similares son: “El que la hace la paga”; “Recuerda que el mundo da vueltas”; “Arrieros somos y en el camino andamos”; “Quien a hierro mata, a hierro muere”.

El inglés, como cualquier otro idioma, puede ser muy rico en expresiones parecidas. Basten unos pocos ejemplos: “You reap what you sow”, similar a “Cada uno recoge lo que siembra”; o "Quien siembra vientos recoge tempestades". “Tit for tat”, es una máxima equivalente; y “Karma is a bitch”: es una expresión que insinúa la respuesta del karma. 

Reviso el “Vocabulario de refranes y frases proverbiales de la Lengua Castellana” (título abreviado), de Gonzalo Correas, publicado en 1627, y encuentro que el aforismo es uno de los más de 25.000 ya registrados por esas fechas. Correas habría recogido dichos populares y refranes tanto de la tradición oral como de las principales obras hasta entonces publicadas. Entre ellas, sobresalen La Celestina, de Fernando de Rojas; El Lazarillo de Tormes, de autor desconocido; Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán. Así como: el Tesoro de Sebastián de Covarrubias, versos de Góngora, y obras de otros autores menores. Pero, “hace mutis por el foro” respecto al Quijote, la obra de Cervantes y Saavedra, ya muy popular por esos años, cuya Segunda parte debió haberse publicado durante la década anterior.

Esto llama la atención, porque si hay una riquísima colección de refranes y aforismos, es justamente en ese segundo y tan bien logrado volumen, en especial como parte de los dichos que utiliza en sus diálogos el siempre fiel y solidario escudero. Quienes han estudiado la obra de Correas, no solo proponen que El Quijote pudo haber sido su fuente principal de acopio e inspiración, sino que sugieren que Cervantes quizá poseía alguna suerte de catálogo refranero, del que tomó el sinnúmero de expresiones proverbiales que luego incluyó en su historia. La obra de Correas no es difícil de conseguir; yo mismo dispongo de una copia en versión PDF.

Mientras exploro e investigo, encuentro por casualidad una frase en inglés que desconocía; esta incluye, en una misma oración, todas las letras que hay en el alfabeto. Es algo parecido a esta otra invención en nuestro idioma: “Jovenzuelo emponzoñado con whisky qué ‘figurota’ exhibes”; ella es: The quick brown fox jumps over the lazy dog.

Según la Wikipedia, los refranes –máximas o aforismos– son expresiones populares breves que transmiten, sabiduría, consejos y observaciones sobre la vida, el amor y la sociedad, reflejando la cultura y el humor de nuestras colectividades”.


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12 mayo 2026

Aterrizar, alunizar, acuatizar…

“Los astronautas de Artemis II aterrizan y concluyen una misión histórica que ha llevado a los humanos a la Luna más de 50 años después”. Titular del 11 de abril, de El País de España.

Así, justo como lo he entrecomillado en el epígrafe, rezaba el principal titular de la versión digital del medio referido, en el día señalado. ¿Había en su redacción algo incorrecto o, al menos, confuso o inadecuado? Pudiera decirse que, si los astronautas hicieron contacto inicial en el Océano Pacífico, no “aterrizaron” sino que, más bien, amerizaron (o amarizaron, si les suena preferible, pues ambas formas son aceptadas). Pero pudiera inferirse también que, curiosa y contradictoriamente, ese anuncio pudiera estar correctamente redactado, si el editor se refería a que la nave Orión se había posado en las aguas del Pacífico en su maniobra de retorno a la superficie de nuestro planeta, llamado Tierra. Así y todo, tampoco “han ido” a la Luna, sino a su entorno, a sus cercanías, es decir solo la han orbitado (y ni siquiera eso) y luego han regresado.

Lo correcto hubiera sido señalar que, aunque esa misión histórica había llevado a sus tripulantes al entorno de la Luna, estos no habían alunizado, porque no habían hecho contacto con la superficie del satélite…

Esta necesaria, aunque ausente, aclaración me ha hecho caer en cuenta de lo que reza en las primeras licencias o certificados que reciben los aviadores, luego de su inicial entrenamiento. Estas contienen una leyenda que dice textualmente: “Mono, multi, tierra”, por ejemplo; o, simplemente (y más probablemente), “Mono-motor tierra”, lo que implica que el piloto autorizado con esa certificación, solo ha efectuado su entrenamiento para despegar y aterrizar en tierra (es decir, en aeropuertos o en pistas de superficie dura) pero que no está expresamente autorizado para hacerlo desde y hacia el agua, como solo se lo puede hacer con aviones o aparatos anfibios, lo cual requiere y amerita otro tipo de entrenamiento y de certificación. En cuyo caso, la respectiva licencia dirá: “Mono, multi, tierra y agua” (Mono - Multi - Land & Sea, en inglés).

En efecto, eso de posarse en el agua, requiere un entrenamiento especial. Quizá fuera sencillo si solamente se tratara de operar en aguas tranquilas, sin olas y sin flujo (corriente), como en los ríos. La dificultad se presenta justamente en aprender a reconocer el sentido de las olas (en mares y lagos) o el sentido de la corriente de los ríos (a favor o en contra) para poder maniobrar en forma segura y acoderar (estacionar) la nave sin riesgos o inconvenientes. No puedo, en este punto, dejar de recordar el “recurso” de un viejo y ocurrido colega –que ya no está con nosotros– que solía conducir su automóvil sin tener una licencia vigente de manejo… Él contaba que cuando el representante de la autoridad le solicitaba exhibir su licencia de manejo, mostraba la de piloto comercial, con lo que en forma automática el oficial expresaba su sorpresa e inconformidad, reclamando su efectiva validez. Entonces el chusco colega, paciente y muy sagazmente replicaba: “Lea bien, señor policía; ahí mismo dice ‘mono, multi, tierra’… ¡tierra, carro, pues, cholito!”.

Con mis disculpas por la anterior digresión (que solo procura tener un carácter humorístico y personal), hago ciertas consideraciones respecto a la forma como se refiere la gente a los “contactos iniciales” en los viajes espaciales, en cuanto a su correcta nomenclatura: En la Tierra (así con mayúscula inicial por tratarse de un nombre propio) se “aterriza” (en ocasiones se lo hace mediante un acuatizaje; o, si se prefiere, amerizaje). En la Luna, obviamente, se aluniza; nunca se “aterriza” (las naves, si es que alunizan, se “posan” en la superficie lunar). No me martiriza todavía pensar en cómo se dirá correctamente en el futuro cuando nuestras naves, tripuladas o no, se posen en otros planetas. Tal vez a ello se lo llegue a llamar “planetizar” (o quizá no). A eso de “hacer contacto” en Marte quizá lo llamen “marterizar”; y así por ese orden…

Noto, en este punto, que –aunque pueda sonar inapropiado– el verbo aterrizar ha de ir adquiriendo, como de hecho ya está pasando, poco a poco, una novedosa acepción, no solo la de posarse en nuestro planeta (sea que se lo haga sobre tierra o sobre agua), sino la de posarse en cualquier otro cuerpo celeste. Esto va a ser más cómodo y práctico que el martirio de decir “marterizar “, por ejemplo… Ni qué pensar cómo se dirá cuando vayamos a otras estrellas, como a la cercana Alfa Centauro; imagino que, de cualquier manera, menos con el verbo reflexivo estrellarse (matarse, estamparse, quedar mal parado…). De paso, la Luna no es un planeta, los planetas giran alrededor de una estrella, que en nuestro caso se llama Sol. Los cuerpos celestes que giran alrededor de un planeta reciben el nombre de “satélites”. De nada.


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08 mayo 2026

Un fortuito encuentro…

   Cuento escrito por Iván Toral Bocezi. Una colaboración para Itinerario Náutico.

Ese fue un día extraño. Marino había acompañado a su hermano a una reunión de trabajo en ese centro comercial. Mientras estacionaban, Marino observó una cara conocida en el auto que realizaba similar maniobra en el estacionamiento del subsuelo, ahí a su lado y en ese mismo momento. Parecía tratarse de la hermana de una novia que tuvo alguna vez en su juventud, a quien recién había visitado como invitado, en su casa, pues ahora era pareja de otro buen amigo. 

Entonces advirtió que había alguien más acompañando a su amiga en el asiento delantero. Parecía un familiar: ahí estaban los rasgos, la misma similar semblanza. Había ya bajado del auto cuando le pareció que al hacerlo su amiga, algo le susurraba como advirtiéndole quién era su acompañante. Percibió con recelo su probable identidad. Todos los ocupantes habían desembarcado mientras la desconocida daba la vuelta por detrás del otro vehículo. Fue cuando pudo confirmar que era ella… la chica que había sido su enamorada, con quien estuvo seguro que se casaría, y a quien no había vuelto a encontrar por más de 50 años…

Algo le hizo dudar; era la indiferencia exhibida por la imprevista pasajera que le hacía pensar que pudiera estar equivocado. Las damas vestían atuendo deportivo: iban al gimnasio. Marino optó por esperar, se identificó por su nombre completo… La mujer saludó con aire cordial, aunque sin entusiasmo. Luego de breves intercambios, Marino confirmó que ella no lo había reconocido… Parecía una broma del destino: había ocurrido un inesperado encuentro: volvían a toparse después de tanto tiempo… Había sido ella quien le había pedido que se “dieran un tiempo”. Luego, se habían separado mientras atravesaban una etapa de enfriamiento. Él habría de enterarse que ella había empezado a salir con otro pretendiente; y no tardaría en llegar a saber, para sorpresa suya y de los familiares de ambos lados, que ella había decidido casarse en un muy perentorio plazo… Aquello lo haría sentirse confundido y engañado...

Él recordaba que hubo momentos, anteriores a esa separación, en que se cuestionaba si ella era realmente “la mujer precisa”, la que le tenía reservado el destino, la que le haría feliz para toda la vida… Sentía que había en ella una contenida timidez, una sombra de inseguridad o, quizá, un débil sentido de afirmación que esperaba que ella superaría con el tiempo… No obstante, habiendo sucedido lo que pasó, él empezó a probar nuevas relaciones y optó por hacerse una promesa: que pasara lo que pasase jamás volvería a buscar a Francesca en los días de su vida. Poco después, ella enviudaría: su esposo habría de fallecer en el mismo accidente en que se encontraba una de las tías de Marino, había sido su tía más querida. 

Algún tiempo después, alguien había preguntado sin discreción a Marino si se había vuelto a encontrar alguna vez con Francesca, si ya la había olvidado o si sentía que todavía la quería. Marino ya se había casado y respondió en forma poco prudente (su mujer pudo haberle escuchado). Dijo que, aunque quizá ya la había olvidado, y a pesar de que se había propuesto no volver a buscarla, a veces le parecía que todavía “algo” sentía por ella; que la recordaba sin rencor, con una suerte de amistoso afecto… 

De vuelta al extraño encuentro… Pasaron un par minutos, ahí en el subsuelo, mientras ellos todavía intercambiaban impresiones y hacían triviales comentarios. De pronto, pareció que ella al fin se daba cuenta de quién era la persona que tenía a su lado... Lo había reconocido y ya no le importó actuar impulsivamente. Se acercó afectuosa y le dio un íntimo y prolongado abrazo. Ahora había en el gesto de Francesca una inusitada nota de ternura y de cariño, con un destello de arrepentida nostalgia… Era una suerte de reconocimiento. El destino se estaba encargando de ayudarles a clausurar un capítulo que no lo habían cerrado como hacen los amigos; y cuya conclusión habían postergado… Algo insólito pareció percibir Marino; y era que, de aquella tan unilateral e imprevista separación, no había sido él quien más habría perdido… 

Fue para él una sensación extraña, similar a la que se siente cuando alguien se acerca a darnos un pésame… Marino no reaccionó como siempre creyó que lo haría, o como siempre pensó que hubiera preferido hacerlo. Jamás se imaginó que ese amigable epílogo terminaría siendo tan distinto a lo que pudo haberse convertido en un gesto de frío desdén o de resentido desprecio…


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05 mayo 2026

Un piloto afortunado…

“Al principio rehuía hablar de récords, y de esas cosas… pero personas con las que traté, me enseñaron que los hitos importan, y que compartirlos ayuda a educar sobre lo que hacemos. Eso sirve de inspiración para quienes tienen que enfrentarse a sus propios desafíos”. Christina Koch, ingeniera electro-física, astronauta del Artemis II.

Yo jugaba de niño a los aviones (más bien a los viajes en avión), pero nunca imaginé que postergaría mi entrada a la universidad para viajar a Estados Unidos y convertirme en aviador. No era el tipo de hombre arredrado y valiente que la gente piensa que es necesario para hacerse piloto. Tampoco la temeridad o la aventura eran parte de mi ADN. Correcto sería decir que llegar a “avionista” –como se autodefine uno de mis buenos amigos– nunca fue parte de lo que otros llaman su “vocación profesional”.

Al principio lo tomé como algo temporal. Era lo lógico: no estaba seguro, hasta que ya empecé a ejercitarlo como una actividad laboral, si eso de ir de aquí para allá, volando por los aires, metido en un “aparato volador que imita al ave natural” (eso quiere decir avión) siquiera me gustaría. Pero la suerte estaba echada —alea jacta est—. Si me gustaban los aviones, en buena hora; si no, mucha pena. Pagaría el curso y volvería a tratar de ingresar a la universidad. Pero había algo más: no estaba seguro de si yo iba a resultar bueno (o, al menos, “aceptable”) para lo que había escogido. Eso, por desgracia, no depende de uno, son otros los que nos evalúan y califican, y no solo depende de nuestro eventual empeño o de ser un “buen estudiante”.

Fui a hacer el curso (solo me iba a tomar seis meses) cuando terminé el colegio. No había cumplido 18 años. Era, digámoslo de una vez, un chiquillo que pesaba 130 libras, un “culicagado”, habría de tomarme otros seis meses para que los capitanes del DC-3 (el primer avión que volé como copiloto), se empezaran a fijar en mí y me dieran uno que otro despegue. ¡Ni qué pensar un aterrizaje!… Era entonces el copiloto con menos experiencia; de modo que, la única manera de compensarlo era ganándome su confianza, exhibir buen trabajo y humildad, y tratar de aprender viendo cómo hacían los otros. 

Hubo algo que no dependía de mí: siempre fui un piloto con suerte. Y la suerte es no solo importante para el desarrollo profesional, es esencial para todo. Hay que estar, como dicen, “en el momento preciso y en el lugar adecuado”. Por lástima, nadie puede anticipar dónde y cuándo la fortuna nos estará esperando a la vuelta de la esquina… Hace falta prepararse, estar listo, para que ella no nos pille “con los pantalones abajo”. Bien dicen que la suerte es un tren qué pasa muy rápido, nunca se sabe si va a parar donde uno está esperando. Para ganarse la lotería hay que primero comprar el boleto… (yo nunca lo compré, siempre lo encontré por ahí tirado).

Me hicieron comandante muy temprano, tenía 19 años. Hubo gente que, al subirse al avión, tenía un gesto de reticencia, si no de desconfianza. Pero pasaba el tiempo y notaba que me preferían. Procuraba no tomarme riesgos y hacerles sentirse cómodos. Más tarde, cuando ya con más de 5.000 horas pasé a volar a Ecuatoriana, había acumulado tanta experiencia al mando que solo me tomó un par de años tener un puesto en el escalafón que me permitiera llegar a primer piloto. Fui un comandante joven, pero cumplía los requisitos: no era un “bisoño”. Pero, de nuevo, no hubiera llegado a conseguirlo si no hubiera sido un hombre con suerte, si no se me hubiese presentado la oportunidad en el momento adecuado…

Pasados otros 20 años probé suerte y me fui a volar en Asia; buscaba tal vez un mejor reconocimiento profesional y económico (empecé a pensar en cómo iba a financiar la universidad de mis hijos). Allí volé con varias aerolíneas, operé naves como el Airbus 340 o el Boeing 747-400. Llegué a completar 33.000 horas de vuelo, 30.000 al mando. Colaboré en funciones administrativas; fui responsable de seguridad aérea, instructor de vuelo y facilitador de Crew Resource Management, ello entrañaba realizar tareas no solo gratificantes sino de verdad apasionantes. Ser piloto me permitió conocer lugares inimaginables, estuve en más de 70 países.

En días pasados vi una nota en LinkedIn, era una lista de 30 ciudades. Decía que un 85% de personas solo habían estado en dos de ellas. Reconocí, con humildad, que había tenido la suerte de estar en 28. Asimismo, me llegó otra (pertenecía a un chat de aviación); incluía 50 aeropuertos diseminados por todo el mundo y preguntaba en cuántos de ellos habíamos aterrizado… Comprobé que, debido a mi afortunada exposición a diferentes zonas geográficas, había puesto un avión en tierra en 38 de esos aeropuertos. Lo testifica mi libro de vuelo; lo certifican las aerolíneas en las que volé y las distintas autoridades aeronáuticas. Pero todo eso, solo fue parte de mi trabajo: no tiene mérito; he sido un piloto afortunado. No lo cuento por pretensioso. Solo me resta agradecerle a Dios porque he estado ahí, en todos esos lugares, y hoy puedo contarlo...



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03 mayo 2026

Avance del Proyecto Sunrise *

  * En estos días un flamante (y enorme) Airbus A-350-1000 ULR ha efectuado su rodaje inaugural (roll-out) de la fábrica de Toulouse en Francia. Este es un verdadero hito en los vuelos de ultra larga distancia (más de 22 horas de vuelo). El avión, capaz de transportar 238 pasajeros en clases primera, ejecutiva y económica especial, está provisto de un tanque adicional de combustible ubicado en la parte posterior de la aeronave. Me permito, por su importancia y futura influencia en los viajes comerciales de extra larga distancia, traducir y reproducir un artículo escrito por Jean Carmela Lim para la revista aeronáutica AeroTime:

El primer A350 de Qantas para el Proyecto Sunrise sale del hangar de la fábrica de Airbus en Francia

El primer A350 de alcance ultra-largo de Qantas ha salido de la línea de montaje de Airbus en Toulouse, Francia, acercando así a la realidad el tan esperado Proyecto Sunrise (Amanecer) de la aerolínea. El avión, que lleva la matrícula o registro para pruebas F-WZNK, salió a la plataforma el 12 de abril de 2026, totalmente ensamblado con motores Rolls-Royce Trent XWB-97; así como con sus alas, fuselaje y tren de aterrizaje perfectamente instalados. Ahora se someterá a varios controles terrestres, seguidos por un programa de pruebas de vuelo de dos meses antes de su entrega definitiva a Qantas a fines de año.

Lo que el programa Sunrise significa para los pasajeros

Cuando se inicien las operaciones, Qantas ofrecerá vuelos sin escalas desde el Aeropuerto Internacional Kingsford Smith de Sydney (SYD) hacia el Aeropuerto de Londres-Heathrow (LHR) y hacia el Aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York (JFK), cubriendo casi 10.000 millas náuticas en aproximadamente 22 horas. La ruta directa reducirá hasta en cuatro horas la opción actual con paradas, y permitirá al transportista eludir las conexiones tradicionales de los centros de distribución de tráfico (hubs) de Oriente Medio en los servicios hacia Europa. Este rango extendido se obtiene gracias a la instalación de un tanque de combustible adicional de 20.000 litros (5.000 galones) instalado en la parte trasera de la aeronave.

Menos asientos, pero más espacio

El A350-1000 ULR de Qantas transportará únicamente 238 pasajeros, significativamente menos que los aproximadamente 350 asientos que se ofrecen en las configuraciones estándar del A350. Alrededor del 40% de la cabina estará dedicada a clases premium, incluyendo First, Business y Premium Economy. Las comodidades de abordo incluyen una cómoda zona diseñada para estimular el movimiento de los pasajeros durante los vuelos largos, con servicio de bocadillos y bebidas. La cabina contará con iluminación calibrada a los ritmos circadianos para combatir el jet lag, además de Wi-Fi de alta velocidad como cortesía.

Un tributo a la historia de la aviación

Qantas planea bautizar a cada uno de los doce A350 que ha ordenado, con nombres de distintas estrellas; un homenaje a las operaciones de los aviones anfibios Catalina del tiempo de la Segunda Guerra Mundial. Esos vuelos de interminable duración –en tiempos de guerra– entre Australia y Sri Lanka (entonces Ceilán), que permanecían en el aire el tiempo suficiente para que las tripulaciones presenciaran dos amaneceres, inspirando el nombre del Proyecto Sunrise casi un siglo después. Anunciado por primera vez en 2017, el proyecto enfrentó retrasos significativos debido a la pandemia de COVID-19 y a los desafíos de la cadena de suministros en Airbus. El lanzamiento en Toulouse marca un punto de inflexión después de años de contratiempos. Se espera que el nombre del primer avión de la flota se revele para mediados de 2026.


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01 mayo 2026

Una virgen trashumante

Es la madrugada del 7 de abril; medito en el programa espacial Artemis II, mientras hago mis profanas indagaciones respecto a su recorrido. Escribo esta nota (que cuando la publique, ya será el mes de mayo) a la par que reconozco el singular periplo que efectúan la nave Orión y su tripulación… Dejo mi mente divagar sobre todo lo que significa un viaje difícil de tan solo imaginar –y, desde luego, de una empresa científica y técnica tan extraordinaria de ejecutar–. Lo hago, mientras los afortunados integrantes de la tripulación asignada ya han iniciado su camino de retorno, tres o cuatro días antes de amerizar en algún ignoto y no siempre predecible lugar del más tranquilo de los mares, ese que fuera atravesado por primera vez, y hace ya medio milenio, por el paciente e intrépido Fernando de Magallanes: el Océano Pacífico.

Este día, los ocupantes de la nave ya han concluido su tan esperado día de “sightseeing” (turismo): son los primeros seres humanos que han podido mirar la cara oculta de nuestro satélite. Su viaje se había previsto y programado para que se inicie en una luna llena –la del primer día de abril, a eso de las 22:00 horas EST– y puedan estar de vuelta diez días más tarde. Han ido más lejos de la Tierra que ningún otro individuo; y se han alejado hasta más de 400 mil km de distancia, todo un inimaginable hito en la historia de estas sorprendentes e “inhumanas” hazañas (el Orión desafía nuestra imaginación: viaja a más de 4.000 km/hora, casi 50 mil km por día. Dos veces la velocidad que solía alcanzar el recordado Concorde, cuatro veces la del sonido).

Se ha dado ese nombre al programa (Artemis) en honor a la diosa griega Artemisa, hermana gemela del dios Apolo. Al ser también diosa de la Luna, ese nombre simboliza la continuidad del programa Apolo que llevó a los primeros humanos a la Luna. El suyo es el nombre de una virgen elusiva, siempre empecinada en cuidar su condición. Es como si ella efectuara una postergada peregrinación a su propio templo; y –para insistir en tan rara coincidencia– acompañada del héroe que la enamoró… El programa cumplirá el propósito de llevar a la primera mujer y a la primera persona de color a una órbita cercana a la superficie lunar. 

Por manera que, así como Apolo es el dios de nuestra estrella y su nombre permitió bautizar a las primeras misiones lunares (1969-1972), Artemis buscará constituirse en un relevo moderno, aportando al empeño de satisfacer una investigación que consiga una presencia duradera en la Luna. La elección del nombre supone un cambio de paradigma hacia una exploración de largo plazo, indagando las características del polo sur lunar, lugar inexplorado de nuestro satélite. El programa abarca tanto la misión de la nave Orión (que transporta a la tripulación) como el cohete Sistema de Lanzamiento Espacial (SLS).  El objetivo final de estas misiones será el de preparar el camino para futuras exploraciones programadas para el planeta Marte.

Artemisa (Diana en la mitología romana) fue diosa de la caza, la naturaleza salvaje, la castidad y la Luna. Hija de Zeus, es conocida por su independencia y por su papel de protectora de las mujeres jóvenes, los partos y los animales. Había pedido a Zeus que le concediera la virginidad eterna, manteniendo su pureza y eludiendo el matrimonio. Como cazadora: porta un arco de plata con sus flechas, y va rodeada de ninfas o junto a ciervos y perros de caza. Se encarga de proteger la vida silvestre, los bosques, colinas y lugares apartados. Si bien es una diosa protectora, castiga con severidad a quienes han profanado la naturaleza. Fue famoso su lugar de adoración, el templo de Artemisa en Éfeso, una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo.

Aunque se la considera “una diosa buena”, su origen y carácter suelen ser muy controvertidos, hay quienes creen que no es una diosa de fiar y cuestionan su naturaleza. Justo por ello, algunos autores afirman que, en lugar de ser una diosa protectora, es una plaga dañina para la naturaleza, los niños, las mujeres y los animales. Se dice que Orión, un cazador con cuerpo de gigante, probable hijo de Poseidón y reputado por su hermosura, habría sido el único hombre que había logrado enamorarla. Por eso, esos dos nombres, que han sido unidos en el programa espacial, tanto Artemisa como Orión, no estarían ahí por mera casualidad…

Orión es también la constelación más fácil de reconocer en el cielo nocturno, y no solo por encontrarse en el ecuador sideral (se la puede observar desde cualquier lugar en la Tierra). La representan con la apariencia de un guerrero con sus extremidades extendidas; siendo sus pies y manos cuatro de las estrellas más brillantes que hay en el firmamento (Saiph, Betelgeuse, Rigel y Bellatrix). Pero es gracias al “cinturón del guerrero”, otras tres diminutas estrellas ubicadas en línea, cuya proyección se orienta hacia el nordeste, y que son mejor conocidas como Las Tres Marías, que esta constelación es tan popular entre los observadores del cielo.


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28 abril 2026

La lectura después de Borges *

 * Escrito por Alberto Manguel para El País Semanal

En septiembre de 1952, en el número 83 de Les Temps Modernes, el crítico francés Etiemble publicó un artículo sobre Borges titulado Un homme à tuer. Para entonces, Borges había escrito algunas de sus obras más importantes —Ficciones, El Aleph, Inquisiciones y Otras Inquisiciones— y, según Etiemble, estos libros dejaban a todos los demás escritores con dos opciones: o bien revisar por completo su comprensión del acto literario, renunciando a las nociones recibidas de la historia universal y la teoría crítica tan asiduamente estudiadas desde el siglo XVIII, o bien abandonar la literatura por completo.

Después de Borges, después de textos como Pierre Menard, autor del Quijote, que sostiene que un libro cambia según las atribuciones del lector, o como Examen de la obra de Herbert Quain, que sugiere que un libro puede contener todos los demás, y La biblioteca de Babel, que, en su infinitud, ofrece un catálogo completo de todos los libros imaginables del pasado, el presente y el futuro; la literatura, tal y como se conocía hasta entonces, se había vuelto imposible. Etiemble insistía en que había que eliminar a Borges si queríamos seguir escribiendo. Toda su obra, la que ha significado que se consagrara como tal, revive ahora reeditada —en el 40 aniversario de su muerte— por Alfaguara en tres tomos: poesía, cuentos y ensayos.

Para utilizar el término atribuido a Pierre Menard, la obra visible de Borges puede parecer desalentadora (las citas, los nombres oscuros o ilustres, muchos de ellos apócrifos, los temas aparentemente insondables), pero su legado reside menos en su escritura erudita que en su enfoque afable de la literatura. Borges era, como solía decir, más lector que escritor, alguien que no solo narraba ficciones, sino que las transformaba a través de sus lecturas, alguien para quien el libre albedrío residía en utilizar la experiencia de las palabras para nombrar aquello que la experiencia no tiene palabras para nombrar. En una época en la que los medios electrónicos insisten en el valor de lo veloz por encima de lo profundo y del mensaje instantáneo por encima de la reflexión pausada, Borges nos recuerda que el arte de la lectura nos brinda una felicidad lenta, generosa e infinita, más allá de razones prácticas o teóricas.

Borges pensaba que nuestro deber moral es ser felices (poco antes de su muerte, añadió “y ser justos”) y, siguiendo su ejemplo, sus lectores se han sentido autorizados a dejarse guiar no por la obligación, sino por el placer de la lectura. Borges se impacientaba con las teorías literarias y culpaba a la literatura francesa en particular por concentrarse no en los libros, sino en las escuelas y los círculos literarios. Adolfo Bioy Casares, quizás la persona que mejor lo conocía, y cuyo diario, editado por Daniel Martino, es una obra imprescindible para entender a Borges, observó que su amigo “nunca cedió a las convenciones, las costumbres o la pereza”.

Borges renovó nuestra lengua. Desde el siglo XVII, los escritores de lengua castellana han dudado entre los polos lingüísticos del barroco de Góngora y la voz escueta de Quevedo. Entre estos dos extremos, Borges desarrolló un estilo barroco, de nuevos significados poéticos, y a la vez afilado y preciso. Casi todos los escritores en castellano de nuestro tiempo han reconocido su deuda con Borges, y su voz tuvo tal eco en los narradores jóvenes del siglo XX que Manuel Mujica Láinez compuso el siguiente cuarteto: A un joven escritor / Inútil es que te forjes / Idea de progresar / Porque aunque escribas la mar / Antes lo habrá escrito ya Borges.

En un famoso texto de 1952, Borges señaló: “Todo escritor crea sus propios precursores”. Con esta afirmación, adoptó un largo linaje de escritores que ahora parecen borgianos avant la lettre: Platón, Novalis, Kafka, Schopenhauer, Remy de Gourmont, Chesterton... Este enfoque generoso de la literatura tal vez explique su presencia en tantas obras diversas cuyo denominador común es Borges: la primera página de Les mots et les choses, de Michel Foucault; el bibliotecario ciego y criminal Jorge de Burgos en El nombre de la rosa de Umberto Eco; las últimas líneas de Una nueva refutación del tiempo, pronunciadas por la máquina moribunda en Alphaville, de Godard. Su memoria albergaba un número aparentemente infinito de libros, pero su biblioteca personal era pequeña y desconcertantemente ecléctica. No le gustaban Proust, Racine, Freud, Balzac, Lope de Vega, Stendhal, Goethe, Maupassant, Trollope, Lorca, y le complacía citar a Mark Twain: “Una buena manera de empezar una biblioteca es dejar fuera las obras de Jane Austen”.

La generosidad con la que Borges emparejaba inesperadamente personajes y autores (Kim y Don Segundo Sombra, Aristóteles y Nicholas Blake) se extendía a palabras, objetos e ideas. Le encantaban las combinaciones sorprendentes (a menudo citaba a Shakespeare: “un turco maligno y con turbante”) o los catálogos maravillosamente heterodoxos, como el que enumera las consecuencias de la importación de esclavos negros a América en Historia universal de la infamia. Su amigo el pintor surrealista Xul Solar, consciente del gusto de Borges por las combinaciones extrañas, le animó a experimentar con mezclas gastronómicas como el chocolate y la mostaza, para ver si “la cobardía y la costumbre” habían impedido a la sociedad descubrir combinaciones nuevas e interesantes.

“Por desgracia”, recordaba Borges, “nunca se nos ocurrió nada tan perfecto como, por ejemplo, el café con leche”. Los críticos de Borges, ya desde 1926, le acusaron de muchas cosas: de no ser argentino (“ser argentino”, había dicho Borges, “es un acto de fe”); de sugerir, como Oscar Wilde, que todo arte es inútil; de ser demasiado aficionado a la metafísica y a lo fantástico; de preferir una teoría interesante a la verdad de los hechos; de juzgar ideas filosóficas y religiosas por su valor estético; de no comprometerse políticamente, a pesar de su firme postura contra el peronismo y el fascismo. Desestimó estas críticas como meros ataques a sus opiniones (“el aspecto menos importante de un escritor”) y a la política (“la más miserable de las actividades humanas”).

Su preocupación era la literatura, y ningún escritor en estos últimos siglos fue tan importante como él a la hora de cambiar nuestra relación con la literatura. Quizás otros escritores fueron más aventureros, y sin duda hubo quienes documentaron con más fuerza que él nuestras miserias psicológicas y nuestros ritos sociales. Borges intentó poco o nada de todo eso. En cambio, a lo largo de su vida, dibujó mapas para que pudiéramos leer el mundo de otra manera, especialmente en el ámbito de su género literario favorito, el fantástico, que para él incluía la religión, la filosofía y las matemáticas. Hay escritores que intentan plasmar el mundo en un libro. Hay otros, más raros, para quienes el mundo es un libro, un libro que intentan leer para sí mismos y para los demás. Borges era uno de estos escritores. Confiaba en la palabra escrita, en toda su fragilidad, y con su ejemplo nos concedió a nosotros, sus lectores, el acceso a esa biblioteca infinita que otros llaman el Universo.


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