06 noviembre 2026

Asignaturas pendientes

Mis fragilidades humanas (aquellas de las que no soy totalmente responsable) me han ido haciendo más selectivo a la hora de abrir un nuevo libro. Bien sé que, en tratándose de e-libros, textos electrónicos o libros digitales, eso de “abrir” un libro solo sirve para el primer impulso, ya que lo que luego hacemos es “ir pasando las páginas” con un simple movimiento de los dedos. No escapa a mi personal conclusión que quizá, por eso mismo, ha de llamarse así a ese tipo de texto, me refiero al distintivo de “libro digital”…

Desde que hace unos cinco años (tiempos de post-pandemia) tuve la inesperada desventura de perder de un solo plumazo alrededor de quinientos libros digitales; sobre todo novelas, en las que en forma persistente y metódica había resaltado sus mejores frases (lo que desde entonces he dado por llamar mi personal “flagelo digital”), casi había perdido la costumbre de intentar nuevas lecturas, o re-lecturas, en aquellos libros digitales (ello se me convirtió en una sesgada forma de elección). Empero, tenía un par de novelas reservadas, cuya revisión intentaba y no las había podido encontrar en los libros tradicionales (de papel). Ahí estaban, a la espera de mi improbable propósito de enmienda, “El idiota” de F. Dostoyevski, y “Retrato de una dama” de Henry James, autor de esa obra de veras enigmática: “Otra vuelta de tuerca”.

Ha sido gracias a mi interrumpida relectura de “La sombra del viento”, de un autor catalán tempranamente desaparecido, Carlos Ruiz Zafón (1964-2020), que he vuelto a repasar esa, su más conocida novela. No solo eso, sino que he optado por emprender en la búsqueda de su tetralogía completa. Ello me ha llevado a explorar en mis ya conocidas –por no decir acostumbradas– librerías de viejo. Estas otras obras no se constituyen en “secuelas” propiamente dichas, pues se las puede leer prescindiendo de la primera y más famosa, no obstante que incluyen personajes, ambientes y temáticas ya incorporados en “La sombra del viento”. Barrunto, por tanto, que si el lector no interrumpe la lectura de estas obras, con cualquier lectura diferente, como suele ocurrirme personalmente, tiene “asignatura pendiente” para unas buenas 6 semanas.

Estoy, mientras escribo, por iniciar la tercera y última parte de “El juego del ángel”, y dejaré para más tarde: “El prisionero del cielo” y “El laberinto de los espíritus”, todas ellas novelas de carácter “gótico”; es decir, nunca exentas de un carácter en que priman la sorpresa, el terror, el romance y el misterio. Pero, estas no son todas mis asignaturas pendientes para lo que irá del resto del año: tengo también otras postergadas lecturas para un potencial futuro inmediato, a las que todavía no he asignado orden ni prioridad. Ahí esperan: “Historia de dos ciudades”, de Charles Dickens (que ya la he estado leyendo simultáneamente y que, más que una historia “de” dos ciudades, desarrolla una trama que acontece “en” dos urbes distintas); así como, también, los últimos capítulos de los “Ensayos” de Michel de Montaigne o la siempre postergada –aunque jamás debida y suficientemente disfrutada– segunda parte de “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”…

Ahora, claro, no todo en la vida tiene que ver con lecturas y libros; y, menos aún, con literatura. Hay, creo yo, muchas otras maneras de entretención y disfrute para nuestro tiempo libre. Pero si hay algo maravilloso en la literatura, es esa su vida propia; esa que, al sernos compartida, pasa a ser parte de esa otra vida que los libros nos permiten seguir y disfrutar. Bien visto, la literatura se convierte, de ese modo, en una suerte de vida paralela que nos concede el privilegio de participar de otras historias y episodios, otras emociones y experiencias; todo esto con ese beneficio afortunado que el ser humano posee, ese indescifrable bono (originalmente del latín bonus, o también del mismo vocablo inglés, que se traduce como incentivo o compensación, aunque hay quienes lo traducen como propina) que es el artilugio mágico e irremplazable de la memoria. La literatura, finalmente, es –en la mayoría de veces– solo ficción; pero, a la vez, no hay tramas o libretos que sean más parecidos a los de la vida real que los que surgen de la propia literatura. 

Cuando pienso en asignaturas pendientes, me es inevitable no recordar cuando, siendo todavía muchachos y accedimos a secundaria, descubrimos un concepto de nivelación académica cuya factura se cargó al sacrificio de nuestras vacaciones. Esa forma de postergado castigo, es lo que entonces se conocía como quedarse “suspenso” o “aplazado”. No sé si esa forma de mantener pendiente una asignatura sigue aún vigente en los planes de estudio de los colegios secundarios; tampoco sé si ese artificioso recurso cumplió alguna vez con su previsto propósito educativo. Pero, a no dudarlo, nos dio la adicional oportunidad de salvar, con unas pocas semanas de esfuerzo, todo un año escolar; y, asimismo, la promoción necesaria para seguirnos manteniendo en el mismo grupo original de nuestros compañeros de aula, en el mismo año lectivo.


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03 noviembre 2026

Adolecer

Adolecer, con el sentido que le da el DRAE (caer enfermo, padecer de enfermedad o defecto), es un verbo caprichoso. Para empezar, no parece venir del latín, ni tampoco existir en otras lenguas del romance, con la sola excepción del gallego. Y quizá por ello, precisamente, es susceptible de un par de distorsiones. Una: asignarle la etimología de voces que aparentan estar relacionadas, pero con las que no comparte una misma raíz (como adolescente y adulto); y, otra, asignarle un significado ajeno –y sobre todo incorrecto–: carecer, o no disponer de (como cuando hablamos de no contar con medios, recursos, fondos, etc.).

En el primer caso, y de acuerdo con Etimologías de Chile, se “cae en la trampa de creer que ‘adolescente’ tiene una raíz o sentido próximo a ‘que adolece’ dada su similitud con las palabras dolencia o dolor. Y, consecuentemente, se acude a esta "etimología" como recurso retórico. Sin embargo, ambas palabras provienen de raíces etimológicas muy diversas: para el caso de adolescente –como también, de adulto–, estas voces derivan del verbo latino adolescere: crecer, desarrollarse. "Adolescente" deriva del participio presente que es activo; por tanto, es quien está todavía creciendo. Adulto deriva, en cambio, del participio pasado, significa por lo mismo, que se refiere a alguien que ha dejado de crecer: a quien ya ha crecido.

Aclara Etimologías, sin embargo, que el vocablo latino adolescens (o adulescens), de donde viene adolescente, no significaba entre los romanos 'adolescente', sino que designaba a un joven o mozo hasta que cumplía alrededor de 25 años, ya que luego pasaba a ser llamado iuvenis (joven) hasta el entorno de los 40. El latín adulescentia, por tanto, se debería traducir como “edad previa a la juventud”. Es evidente que en castellano el origen de adolecer (se) no es el latín adolescere, sino que es una formación propia sobre el étimo dolor o 'sufrimiento'. Las otras lenguas romances no tienen este verbo, pero sí cuentan con la voz adolescente.

El vocablo adolescente viene, como se reconoce desde la antigüedad romana, del participio latino adolescens que significa 'que crece', y que viene del presente adolesco (crezco), o del pasado adolevi (crecí), con el sentido de 'crecer, madurar, desarrollarse'. Es muy conocida la frase latina: “Adulescentes ab alescendo sic nominatos”: “A los jóvenes se les llama así porque están en el proceso de crecer” (Marco Terencio Varrón, escritor romano, 116 - 27 a.C.). Adultus por tanto significaría hombre 'que ha crecido'. El étimo (el verdadero origen) sería *ad-alesco, que querría decir alo/alesco ('nutrir, alimentar, hacer crecer'). Otros derivados de este étimo ('crecer'), serían los vocablos proles ('descendencia') y exoletum (‘que ha dejado de crecer').

En cuanto a la segunda distorsión de que hablamos en el primer párrafo, nótese que en el DRAE no solo que no existe una acepción con el sentido de carecer (falta o privación de algo), sino que no presenta un epígrafe etimológico. Es más: se sabe que, en ediciones anteriores del DRAE, había una advertencia en el sentido de que utilizar el verbo con ese sentido era incorrecto y desaconsejado. Por algo es que existe similar recomendación en el Diccionario de María Moliner, donde –luego de las diversas acepciones de la palabra adolecer–, la autora ha insertado una de sus NOTAS DE USO, con la siguiente leyenda: “Se emplea con frecuencia impropiamente con el significado de “carecer”, Ejemplo: ‘Adolece de principios morales’.”

No falta tampoco, en esto de encontrar una justificación para cualquier tipo de error o defecto, quien exime de incorrección a quienes utilizan el verbo adolecer con ese falso significado, el de carecer. Sostienen, quienes así lo hacen, que ese mismo sería el sentido original del verbo adolecer (estar privado o carecer de algo), y no solo en el latín sino en la mayoría de las demás lenguas del Romance; ya que aquello mismo vendría a significar justamente la condición de padecer una dolencia; es decir, que aquello no sería otra cosa que sufrir o soportar una “carencia de salud”… Esto es, en mi opinión, ¡algo realmente traído de los cabellos!

Semánticamente, en castellano se asocia con frecuencia adolecer con dolere, que significa enfermar, además de otros usos que figuran en el Diccionario Histórico. Como dice Nebrija: “adolecer viene de doler, como blanquecer de blanquear”. Actualmente significa: “padecer: sufrir de, estar aquejado de", pero siempre denota algo negativo. Sin embargo, la RAE rechaza el uso, cada vez más habitual, de “carecer de”. Ejemplo: “fulano adolece de honradez”, en lugar de “carece de honradez” (o “adolece de falta de honradez”).

En cuanto a la última acepción de ‘adolecer’ que presenta el DLE, 'compadecerse' –sentir lástima o hacer propio el dolor ajeno–, no estoy seguro que se la use ni siquiera en España. Jamás la hemos escuchado…


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30 octubre 2026

Nos llaman viejos… *

  * Escrito por Arturo Pérez-Reverte

Nos llaman viejos, oigan. A ustedes y a mí. La última vez fue hace unos días en una red social. Cállate, viejo, fue el mensaje. Con tuteo incorporado, muy campechano. Lo soltó un fulano, supongo que joven, convencido de lo que decía. Estúpidamente honrado, imagino, como tantos. Creyéndoselo de verdad. Y me quedé pensando, claro; lo pensativo que te deja, puesto el pie en el estribo, ver a un tiñalpa explicarte el mundo sin haberse limpiado aún de la boca la leche que mamó. Porque hay que ser atrevido, o muy idiota --o atrevidamente idiota--, para usar la edad como insulto, o pretender que lo sea.

Llamar viejo a un fulano de casi 75 años es algo objetivo y razonable; pero hacerlo en tono despectivo es un error. Aquel infeliz no lo sabía, combinada estupidez con redes sociales: la ignorancia produce pollitos de corral convencidos de ser águilas imperiales. Nos llaman viejos porque creen que la vida empieza con ellos. Confunden juventud con inteligencia, redes sociales con profundidad y opinión con conocimiento. Viven en un presente perpetuo donde lo anterior es sospechoso y lo posterior, inexistente. Nadie les ha explicado, ni en el cole ni en su casa, que el paso del tiempo no es problema ajeno, sino un pistolero paciente que espera en la puerta con sonrisa tranquila y una libreta con tu nombre. Viejo es el yogur caducado de la nevera, viejo el discurso reciclado que se vende como nuevo, vieja la rebeldía de catálogo, el inconformismo con patrocinio, la camiseta con eslogan, la falsa originalidad de tanto cantamañanas gregario.

Los que tenemos tres cuartos de siglo en la mochila también fuimos imbéciles, e incluso nos esforzamos en serlo. Pero entonces no existían medios para exhibir nuestra imbecilidad en alta definición, ni competíamos por el aplauso inmediato del rebaño digital. El imbécil, hasta que dejaba de serlo –algunos no dejaron de serlo nunca, pero ésa es otra historia– tenía que currárselo en persona y asumir las consecuencias. Vimos modas nacer y morir, ideologías irse al carajo y héroes convertirse en basura cuando no teníamos red protectora; cuando equivocarse tenía un precio y cuando los estacazos –metafóricos o reales– enseñaban más que cien tutoriales. La criatura que nos llamó viejos a ustedes y a mí, compañeros de calendario, ignora que la edad es munición y adiestramiento para usarla, que cada año vivido es una bala con pólvora de experiencia, que no envejeces acumulando puntos de fidelidad sino sobreviviendo a fracasos, decepciones, traiciones y muchas metidas de pata propias. Y que eso educa, endurece. Enseña a mirar.

Nos llama viejos quien se cree inmortal porque tiene pocas cicatrices, o ninguna, y no ha enterrado a nadie querido. Nosotros, en cambio, hemos vivido guerras reales o figuradas, aventuras, romances, heroísmos y cobardías propias y ajenas. Hemos visto caer cosas que parecían indestructibles y levantar ídolos eternos que duraron un suspiro. Hemos amado con torpeza y perdido con elegancia, sufrido heridas que no salen en las fotos, matado y muerto mil veces, sostenido manos mientras se apagaban, pagado altos precios sin las tarjetas de crédito de papá y mamá. Y nuestra edad proporciona una ventaja: no hay nada que demostrar. Ya no compites, observas. No presumes, recuerdas. No te apresuras, caminas; estás demasiado cansado para correr. Y sabes lo que muchos jóvenes y muchos tontos –no son sinónimos, aunque a veces lo parezca– ignoran: si un lobo viejo no caza y muerde, a menudo no es porque no pueda hacerlo, sino porque hasta el hambre le da pereza. Ya no pretendes aparentar, sino ser. Conoces, porque lo practicaste, el silencio respetuoso ante quien vivió más de lo que tú has leído, visto o imaginarás en toda tu vida. Aprendiste, en fin, lo mejor del ser humano: callar cuando no sabes y opinar sin miedo cuando crees saber.

Por eso me hizo sonreír el piolín que nos llamó viejos. Aún no es consciente de ello, pero le incomoda que existamos porque somos la prueba de que su momento pasará más rápido de lo que supone. Hay jóvenes educados y peligrosamente inteligentes; pero éste no era de ésos, sino de los que confunden insolencia con carácter y falta de respeto con personalidad. De los que creen que ser joven es mérito propio y no circunstancia pasajera. De los que se chotean de las arrugas ignorando que cada una es una factura pagada.

Así que no se equivoquen. Los viejos no exigimos respeto automático, homenajes ni aplausos compasivos. No necesitamos que nos cedan el asiento: al contrario, somos de los pocos que todavía lo ceden. Pero otro cantar es que una recua de niñatos sin media hostia nos use como saco de boxeo para esconder su clamoroso vacío. Porque sí, en efecto. Tengo 74 años. Y usted, colega lector, hombre o mujer, sesenta u ochenta y tantos, o los que diablos tenga. Si eso es ser viejo, bendita y digna vejez. Mejores son nuestras canas ganadas a pulso que la arrogancia estacional; mejores nuestros silencios que la verborrea analfabeta; mejor nuestra escéptica mala leche, cuidadosamente destilada por la edad, que los entusiasmos sin fundamento. Porque al final, cuando el tiempo haga su trabajo –que siempre lo hace sin piedad ni disculpas– nosotros ya habremos estado allí. Quien nos llama con desprecio viejos no sabe lo cara que se paga la vida. Y cuando llegue su turno, si no es del todo estúpido, comprenderá que los supervivientes que hoy somos no lo miramos con ira: lo hacemos con ventaja, con calma, con la superioridad que dan los años. Y desde esa imbatible altura, unos cuantos viejos –usted, muchos otros y yo– nos ciscamos en su puta madre.


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27 octubre 2026

Fiducias y fideicomisos

Acudo a Etimologías de Chile para averiguar el origen de “desahucio”. Intuyo que quizá no tenga una implicación puramente médica, la he oído desde mi niñez relacionada con el desalojo inmobiliario. Ya el DLE define el vocablo como: Acción y efecto de desahuciar (despedir a un inquilino), siendo sus sinónimos: desalojo o expulsión. Y esto es lo que encuentro: “La palabra ‘desahucio’ está formada con raíces latinas y significa ‘acción de despedir a un inquilino’. Sus componentes léxicos son: el prefijo dis- (divergencia, separación múltiple, de ahí el sufijo romance des- que indica inversión de la acción), fiduciare (circularidad), más el sufijo -io (relación, resultado). Por sus raíces latinas, se asocia con desahuciar, fiducia y también fideicomiso”, voces emparentadas con confianza. Esto querría decir, en la práctica, que se desaloja al arrendatario porque ha perdido la confianza del propietario.

Esto me lleva a indagar ese verbo conocido, aunque poco utilizado: “desahuciar”, cuyo principal uso es su participio: desahuciado. El mismo DLE contempla tres acepciones: 1.- Quitar a alguien toda esperanza de conseguir lo que desea (sinónimos: desesperanzar, desilusionar, desengañar, desesperar, desalentar, descorazonar. 2.- Dicho de un médico: Admitir que un enfermo no tiene posibilidad de curación. 3.- Dicho de un dueño o de un arrendador: Despedir al inquilino o arrendatario mediante una acción legal; son sus sinónimos –con este último sentido–: despedir, desalojar, expulsar, echar, arrojar, desarrendar.

Etimologías de Chile, por su parte, juega a “hacerse el sueco”, hace una curiosa digresión relacionada con la “validez” de esas indagaciones: “ciertas etimologías son válidas y otras populares”, dice. El hecho de que una palabra ya tenga historia, no impide que tiempo después se le dé el mismo o diferente significado. Según el DRAE la definición de “etimología popular” acepta la “interpretación espontánea que se da vulgarmente a una palabra relacionándola con otra de distinto origen”. Además, “válido” es un adjetivo que denota: “Recibido, creído, apreciado o estimado generalmente”; no significa que tiene que ser verdad, sino solo creído, apreciado o estimado, o como dicen los italianos: E se non è vero, è ben trovato! (y si no es verdad, ¡está bien cantado!).

Este 'trovato' (hallado o encontrado en italiano) se refiere a que algo para ser considerado como interesante (no se diga seductor) no solo tiene que ser cierto, sino bien expuesto, bien sustentado y, desde luego, bien contado… Se me ocurre el caso de las novelas, que no necesariamente deben tener un guion o argumento con un sustento real, sino que se requiere que posean una trama interesante… además de ser bien contadas. Esto parece suceder con el origen de las palabras: no solo deben tener una explicación fidedigna y coherente, sino que la exégesis respectiva debe ser interesante, y tener el carácter de lo bien expuesto y presentado. Con estos antecedentes, exploremos los términos contenidos en el título del artículo:

FIDUCIA: La palabra tiene la misma raíz latina que fideicomiso (fides = fe o confianza); “bona fides”, es el símbolo mismo de la integridad en la intención. La fiducia es ampliamente conocida en el mundo, tanto en el ámbito de las instituciones financieras como entre particulares, lo mismo que en el manejo de los recursos del Estado. Fiducia puede definirse como administración de bienes de terceros. Partiendo de que su fundamento es la confianza recíproca entre fiduciante y fiduciario, a través de ella se satisfacen muchas operaciones, tales como: actuar en condición de síndico o curador; obrar como agente de transferencia y registro de valores; ser depositario de sumas consignadas; administrar nóminas o patrimonios autónomos constituidos con fines de beneficencia; administrar fondos de pensiones y cesantías, etc.

Fiducia viene del latín fiducia, derivado de fides que, además de significar confianza, ya designaba lo que en Derecho se llamó fiducia, tipo jurídico creado y regulado por el Derecho romano, de donde más tarde se derivó el adjetivo fiduciarius (lo sometido a fiducia) y el verbo fiduciare (someter bienes a fiducia o, también, hipotecar).

FIDEICOMISO: La palabra proviene del latín fides = fe o confianza y de commissus = comisión o encargo; significa comisión o encargo de confianza. Es la manifestación del negocio fiduciario que se define como: “Negocio en virtud del cual, una persona natural o jurídica, de derecho público o privado, llamada fideicomitente, fiduciante o mandante, entrega bienes muebles, inmuebles o dinero, a otra persona, generalmente jurídica, de derecho público o privado, denominada fiduciario, fideicomisario o mandatario, para que administre o enajene y entregue los rendimientos de esa gestión a un tercero llamado beneficiario, con la salvedad de que este último puede ser el mismo fiduciante". Se trata de una antigua figura del Derecho romano. Se atribuye su fundación al Colegio de los Flámines (conjunto de sacerdotes), porque se le había encomendado vigilar el cumplimiento de un testamento.


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23 octubre 2026

De hollejos y ‘corontas’

Para hablar de 'corontas', como llaman al zuro del maíz en los países sureños avecinados al Océano Pacífico, se hace preciso hablar primero de la tusa (el corazón de la mazorca) y, por lo mismo, de un extraño verbo, el verbo “tusar”. Para empezar, creo que a veces las distintas academias de la lengua no se ponen de acuerdo –entre sí, y entre ellas y la RAE– pues, para muestra de ejemplo, la misma palabra tusa sirve en el DLE para designar a dos cosas distintas: al corazón de la mentada mazorca y a las hojas que la cubren…

Dice el DLE que, de acuerdo al país dónde se la use, la palabra tusa puede significar lo siguiente: Esfuerzo excesivo y penoso; Cigarrillo hecho de una hoja de maíz; Corazón de la mazorca; Crines del caballo; Acción y efecto de tusar esas crines; Persona despreciable y de poca dignidad; Objeto despreciable y de poco valor; Hoyo (producido en el rostro por efecto) de la viruela; Hoja que envuelve la mazorca del maíz (como ya hemos señalado); Mujer muy alegre y pizpireta; y, Persona arisca y de trato difícil. El DLE define “coronta” como zuro del choclo (en Chile y Perú); y, asimismo, lo describe del modo siguiente: Corazón o raspa de la mazorca del maíz después de desgranada; siendo sus sinónimos: marlo, olote y tuco. Olote viene de un vocablo náhuatl que quiere decir corazón. En otras palabras, el elote –como llaman al maíz en México y algunos países centroamericanos– es un cereal cuyo centro consiste en un residual olote…

Hay también otra palabra para llamar al corazón de la mazorca, es el término carozo –que vendría del latín vulgar carudĭum, y este del griego καρύδιον karýdion, que querría decir 'avellana'–. La palabra es utilizada para llamar a la parte dura de las aceitunas y algunas otras frutas (el hueso), como las que conforman el centro del durazno o del melocotón. Carlos Joaquín Córdova recoge la voz ‘tusa’ en su elemental obra (hay quienes la llaman imprescindible) El habla del Ecuador, un Diccionario de ecuatorianismos, y la define así: “Raspa del maíz, eje ‘cilindriforme’ (se refiere a cilíndrico) que conforma (es decir, que es parte de) la espiga del maíz y alrededor del cual cuajan y se adhieren los granos”. Además, en una segunda acepción, la describe como: “Contrariedad, pesadumbre, azar, pena por un fracaso o mal éxito de una empresa”: “Tengo tusa y el corazón despedazado”. Por otra parte, “tusar” es un verbo usado en América para expresar: cortar el pelo, trasquilar, rapar, afeitar el cabello de alguien o para cortar las crines del caballo. Esta voz, aunque ya en desuso, antes significaba alisar, reducir las partes crespas o, también, desenredar el cabello.

En lo otros diccionarios de localismos consultados, tanto el de Susana Cordero de E., como el de Fernando Miño-Garcés, se refrendan los sentidos descritos por el anterior académico; aunque S. Cordero coincide con C. J. Córdova en que llamar tusa al envoltorio del choclo, puede ser un error de la Academia. Miño añade una acepción (la de “estar comido tusa”), con el sentido de furioso, cabreado, hecho una furia, caliente, comido cemento, hecho un brazo de mar, enojado. No hallo referencias relacionadas con el vocablo, sin embargo, en las Consultas al Diccionario de la Lengua (Tercera Edición - 1911) de Carlos R. Tobar.

Basta de mazorcas. Adentrémonos ahora en una palabra que se refiere a aquella cáscara muy delgada que tienen ciertas frutas y gramíneas: hablemos de la uva, el haba, el chocho (altramuz) por ejemplo. El “hollejo” es aquella película fina, piel o pellejo que cubre en forma individual a algunas frutas y cereales:

El hollejo de la uva es importante para la fabricación de un vino parecido al vino rosado que es conocido como clarete (se pronuncia claré o claret): pudiera decirse que el vino rosado es más apreciado que el clarete, aunque –como todo en la vida– depende de gustos y preferencias. Las diferencias entre ellos se encuentran en el tipo de uva utilizada y en el método de fabricación. El vino rosé o rosado es elaborado como un vino blanco; utiliza uvas tintas cuyas pieles (hollejos) se dejan en contacto con el mosto durante un periodo corto (lo llaman ‘maceración breve’) para que el vino tome color, y luego se retiran esas pieles antes de la fermentación. El clarete, en cambio, se elabora como un vino tinto, aunque utilizando una gran proporción de uvas blancas (un 75%). Estas se mezclan con las uvas tintas desde el inicio, o se fermenta el mosto blanco en contacto con las pieles de uva tinta para que ese mosto le aporte un tono ligero y algo de estructura.

El vino rosado se elabora mayoritariamente, o en su totalidad, con uvas tintas (generalmente un mínimo del 50%, según la tradición, o 100% en muchos casos). El clarete suele tener un color algo más claro, de tono un tanto cobrizo (de ahí el curioso nombre). De tal manera que este ofrece la delicadeza del vino blanco, pero con un poco más de estructura y contiene taninos aportados por las pieles que produce la uva tinta. En cuanto a cuál es mejor o preferible, eso ya es asunto personal, y queda a la elección de cada quien…


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20 octubre 2026

Koch, su bacilo y la literatura

Cursaba cuarto de colegio. Tenía 16 cuando me correspondió colaborar en la fundación de un movimiento juvenil de apostolado. No todo ahí era hablar de virtudes y vidas de santos. Esas convivencias, que duraban tres días, nos ayudaron a madurar y a templar nuestro carácter; sobre todo, nos permitieron descubrir varias habilidades que, de otra manera, quizá nunca hubiéramos imaginado. La iniciativa se llamó Palestra –así se llamaba en la antigua Grecia el lugar donde se aprendía a luchar–; sus estrategias partían de la premisa de que el mundo es un permanente combate y que, para ello, era mejor estar preparado.

No todo era charlas, plegarias u otras actividades piadosas en Palestra; hubo tiempo para asuntos sociales y distensión. Siendo todavía muchachos, se nos encargaba tareas para las que, tal vez, no habíamos tenido previa preparación ni estábamos acostumbrados, como adquisiciones puntuales o encargarnos de la cocina. Como era un movimiento internacional, hicimos viajes de intercambio, conocimos otros lugares y países; disfrutamos de otros modos de vida, de otras costumbres; y así memorizamos también letras inéditas, adaptando estas a la conocida música de muy famosas marchas y canciones. Una de ellas hacía fisga del bacilo de Koch…

Si bien su letra era algo prosaica, su tema me ayudó a relacionar su contenido con la cura para una temible enfermedad y a reconocer la tisis como una de las dolencias que más han afectado a la salud del hombre. A pesar del prodigioso avance que han tenido los sistemas de salud en el mundo, solo comparables con los formidables logros experimentados por la navegación aérea –y al contrario de otras enfermedades ya erradicadas como la viruela–, la tuberculosis es todavía una de las dolencias de mayor incidencia en el globo, ya que afecta hasta a un tercio de la población mundial. La “peste blanca” muchas veces no presenta siquiera síntomas y es la segunda causa global de muerte, y también, la primera entre los males infecciosos. Se estima que hasta un 80 % de la población de países asiáticos y africanos es afectado por ella.

Robert Heinrich Koch (se pronuncia Kohgg y significa cocinero en alemán) había nacido en el antiguo reino de Hannover en 1843; se le reconoce por haber descubierto en 1882 –aún no llegaba a los 40 años– el bacilo de esa enfermedad que no solo ataca a los pulmones y que también la conocen con el raro nombre de escrófula. Había sido médico y microbiólogo, pero su mayor mérito no era haber reconocido el temible y silencioso bacilo, sino el método de investigación que instauró (sus famosos postulados), y que más tarde aplicarían sus pupilos, quienes reconocieron a los transmisores de muchos otros males: difteria, lepra, gonorrea, sífilis o tétanos. Koch fue distinguido con el Premio Nobel de Medicina en el año 1905.

Hubo un tiempo, en países como Francia e Inglaterra, que llamaron a la dolencia “Mal de reyes”, no porque de ella sufriera la realeza, sino porque entonces había la creencia de que los monarcas estaban dotados de la capacidad para curarla. La enfermedad influyó en la literatura de los siglos XIX y XX, no solo porque sus autores describieron a sus víctimas y a la enfermedad (Víctor Hugo, Alejandro Dumas, Fiódor Dostoyevski, Thomas Mann), sino porque fue conocida en la Europa del siglo XIX como una enfermedad romántica, propia de los novelistas y poetas más bohemios. Llegaron a conocerla como la “enfermedad de los poetas”.

En la práctica, muchos escritores perdieron sus batallas mientras el trastorno era todavía incurable; unos fueron afectados o padecieron los efectos del mal y otros perdieron finalmente su vida. En el siglo I a.C., ya el poeta romano Cayo Valerio Cátulo habría fallecido con la dolencia cuando apenas tenía 30 años. Se sabe que de los seis hermanos Brontë (Emily había escrito Cumbres borrascosas), las cuatro mujeres fallecieron por causa de la enfermedad; Emily murió a los 31 y su hermana menor, Anne, a los 29. No habiendo cura para una plaga tan traicionera, quienes la contraían morían muy temprano. Y, no era que la dolencia hubiese sido una enfermedad de escritores, sino que algunos morían cuando eran todavía demasiado jóvenes.

Así el poeta inglés John Keats se despidió a los 25 años. Gustavo Adolfo Bécquer lo hizo a los 34 (hoy se sospecha que tal vez adolecía de una afección distinta). Franz Kafka, el autor de La metamorfosis, un desconocido en vida, colgó la pluma a los 41. Jane Austen se despidió del mundo de 42. Tanto el dramaturgo ruso Antón Chéjov como el autor de La isla del tesoro, Robert Louis Stevenson partieron a los 44. George Orwell, autor de 1984 y Rebelión en la granja, dejó este mundo a los 46; Albert Camus, renovador del existencialismo y novelista del absurdo, padecía de tisis, aunque falleció a los 47 en un accidente de auto. Honoré de Balzac y Moliere (su verdadero nombre era Jean-Baptiste Poquelin) “volaron hacia el oeste” a los 51 años… Todos, en la plenitud de sus años de creación, desaparecidos frente a la obcecación de un invisible bacilo…



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16 octubre 2026

La palabra ático *

  * Escrito por Martín Caparrós, para El País de España.

Hay palabras de ésas: palabras laboriosas, perseverantes, ambiciosas. Palabras que —diríamos en España— se lo han currado: palabras que empezaron en lo bajo del barro y llegan —a veces literalmente— a lo más alto. Y hay palabras que de pronto estallan: que estuvieron por ahí durante años sin que nadie las viera y un día cualquiera explotan, salpican hasta el último rincón, pululan ululando. Y hay palabras —escasas, encomiables— que han hecho las dos cosas: el camino sinuoso, el estallido. La palabra ático es, ahora mismo, una de esas.

Nada la destinaba a semejante viaje. Ático era, en el principio, el modesto adjetivo derivado de un sustantivo nada modesto. Ática era nada menos que el nombre de toda esa región de nada menos que Grecia cuya capital era nada menos que Atenas. El éxito ático debería enseñarse en las escuelas de negocios –¿de negocios?– para mostrar la rentabilidad de la cultura: esa región, cinco veces más chica que Ciudad Real, sigue resonando, dos milenios después, porque inventó tres o cuatro cositas que se hicieron costumbre: la tragedia, la democracia, la filosofía.

Lo cierto es que la palabra ático sobrevivió durante muchos siglos como adjetivo poco usado. Ese poco era en arquitectura, donde los templos áticos —Partenón mediante— se volvieron clásicos, y después se llamó así a sus techos, esa forma de ponerles un remate más o menos cursi. Mucho después —digamos, siglo ¬XVIII— las grandes viviendas se hicieron más altas. El techo casi no se veía y además quedó muy claro que lo elegante era el primer piso: el que menos esfuerzos de escalera pedía —y que los demás se volvían más baratos y despreciables según subían.

Pero hete aquí que hacia 1860, Nueva York, el señor Otis inventó el ascensor y, uno tras otro, los ricos quisieron irse para arriba. En las alturas había menos ruido, menos calor, menos humo, menos olor a pobre. Los edificios de viviendas de los países ricos empezaron a ofrecer un último piso con sus grandes vistas, nadie más arriba, el trofeo del ganador sin imaginación. Por mucho tiempo ese alarde no tuvo nombre en castellano. Ahora la Academia Real ha aceptado la palabra penthouse, que cuando yo era chico era una revista de tetas y ahora es un “apartamento o piso de lujo, generalmente con terraza, situado en la última planta de un edificio”, dice la Real, y que se usa en América.

Porque en España, siempre tan españoles, lo que usábamos era la palabra ático. Y tampoco tanto; se decía, se conocía, no se conocía. Hasta la tempestad; ahora, ustedes saben, llevamos dos o tres años vomitando áticos. Primero fue ese del señor novio que tampoco era del señor novio. Pero aquello fue un susurro frente a los gritos del “ático de Ayuso”. Que es casi una redundancia: en estos días se puede decir ático y el “de Ayuso” se completa solo en las cabezas. Hace mucho que nadie había pagado tan cara una vivienda. Da un poco de pena.

La historia es simple. Hay una señora que ha dedicado su vida a destruir el mayor bien social de nuestra Ática: la salud para todos, la sanidad pública realmente pública, la que permite que todos nos curemos por igual. La que pone en funcionamiento la solidaridad más básica, el grado cero de la cohesión social: que cada persona sabe que todas las demás —y ella misma— están haciendo un pequeño esfuerzo para que ella misma —y todas las demás— puedan curarse o cuidarse si se enferman. Que no depende de la plata y esas tonterías: que está garantizado.

Y hay, decíamos, una señora que lleva siete años —y otra señora otros ocho antes— haciendo lo indecible por cargárselo para que sus mandantes más mangantes hagan más negocio. Se me ocurren pocas cosas más miserables, más misérrimas, que demoler esa gran construcción colectiva para que unos 'señoros' y señoras se paguen el Lamborghini de la próxima colección otoño-invierno. Y, sin embargo, decíamos, nada ha limado tanto a esta señora como el ático: la sospecha de que, una vez más, quiso hacernos una pequeña trampa. Ella está donde está para quitarnos lo mejor que tenemos, pero nos indignamos cuando nos quita unos millones. El 'honestismo' es así: consigue que no hablemos de política sino de policiales; consigue transformar a los grandes depredadores en pequeños pilluelos —y hacernos creer que ahora sí los pillamos. Puedo pensar en varios pensadores áticos que se reirían –suavito– de nosotros.


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13 octubre 2026

Solapar, ¿es bueno, o malo?

En nuestro país no decimos “ático” (hoy palabra desprestigiada); preferimos desván (y hasta el desusado “soberado”) o no decirla. Privilegiamos una voz con cierto pedigrí: decimos penthouse (tenga o no terraza, y a veces sin importar que el edificio tenga solo un par de pisos). Igual nos sucede en ese nada prosaico jueguito del golf que, para darnos de importantes –si no de exclusivos– traducimos el término inglés foursome, que significa “cuarteto”, y usamos la palabra inventada forsom, porque creemos (o nos puede parecer) que suena más “in”, que suena mejor (así, de paso, confundimos a los profanos, que no saben de qué ch… estamos hablando).

Y era ahí, en el club, cuando ya había terminado el juego, que solíamos sentarnos a tomar un trago, a pretexto de que hacíamos cuentas y nos cobrábamos las apuestas. Era esa una oportunidad para hablar de lo humano y lo divino, y tomarnos un par de güisquis… Entonces era él, mi amigo Raúl, quien tenía una manera muy particular de “jalarnos la lengua”. Alguien decía, por ejemplo: “Fijo que fulano no se queda a tomarse otro, porque es un ‘mandarina’…”. Entonces él, con la intención de dar a entender que no coincidía con el disimulado comentario, enseguida preguntaba al interfecto como si nada dijera: “Oye… y eso, ¿es bueno, o malo?”… Sí, Raúl era genial; era su forma de insinuar que sugerir una falencia ajena sin que su dueño estuviera presente no era la forma más correcta de hacer un comentarlo...

Hoy me ha dado ganas de hacer lo mismo (esta vez, conmigo mismo): me he preguntado si ¿es bueno o malo “solapar”?; y, si eso de solapar resulta realmente algo “malo”... He querido además indagar si hay también una forma buena de solapar… Y he resuelto que si el verbo significa “encubrir” puede constituir probablemente algo malo; pero –si por aplicar un uso diverso– lo que queremos significar es aquello de “poner una capa sobre otra” (como cuando preparamos una lasaña) no resulta ni bueno ni tampoco malo, sino –como alguien solía decir– todo lo contrario.

Veamos, pues, qué dice el Diccionario de la RAE. Estas son las principales acepciones que tiene solapar:

1. (Como verbo transitivo). Poner solapas a los vestidos, a una prenda de vestir o a una de sus partes.

2. (tr). Cubrir total o parcialmente algo con otra cosa. Son sus sinónimos: cubrir, montar, superponer, sobreponer, asolapar, traslapar, coincidir, converger. Y son sus antónimos: descubrir o exponer.

3. (tr). Ocultar maliciosa y cautelosamente la verdad o la intención.
Son sus sinónimos: disimular, ocultar, esconder, tapar, encubrir, enmascarar, fingir, falsear. Y son sus antónimos: descubrir, exponer.

De mi indagación –apoyado en Etimologías de Chile– he encontrado que en cuanto a solapa, se conjetura si la voz quizá nos vendría del italiano sullappa –de sul, sobre, y de lapa, tela–: lo que resultaría que sullappa es lo que queda sobre o va por encima de la tela. Pero… si solapar significa “encubrir” u “ocultar”, daría la inexacta impresión de que solapa sería algo que sirve para ocultar algo distinto. Pudiera ser que esta “lapa” no se refiera a una tela, lo que nos llevaría a un distinto significado. En efecto, la voz “lapa” designa a una losa de roca que cubre o techa ciertos salientes, bordes de ríos, etc., creando ocultos refugios naturales…

De esta última palabra se habría formado el verbo solapar, testimoniado hacia el año 1400, más antiguo que solapa y que no tiene que ver con ninguna palabra italiana inventada. Solapa vendría del latín sub- (debajo de) y de lapa (saliente de roca en forma de lámina o losa). Solapar sería “ocultar en un refugio o gruta, meter bajo la lapa (tapar u ocultar)”. De ahí vendrían solape y solapa (algo que se dobla hacia afuera y recubre). Corominas prefiere especular con un vocablo hispano autóctono prerromano *lappa, que significaría losa.

Ahora, si solapar significa ocultar, esconder o enmascarar, nos trae a la memoria otro adjetivo similar: la palabra “furtivo”, que nos llega del latín furtivus, que consiste en aquello que se hace a escondidas, y cuyos sinónimos más comunes son: clandestino, solapado, disimulado, subrepticio, oculto, cauteloso y sigiloso.

No cabe duda, callar u ocultar es, en algunos casos, algo malo, y aun perverso, pues es una forma de engañar. Esta forma de solapar es mala, y no tienen nada que ver con preparar una inofensiva torta (solapada) de pasta, o la de pedirle al encargado en la papelería que solape las hojas impresas con páginas en blanco de por medio, es decir que “las entrevere ordenadamente”, que se dé el trabajo de solaparlas. Para terminar, tenemos un verbo “local” que suena parecido: socapar… El corrector me dice que el vocablo no existe; y al consultar con el DLE, el Diccionario de la Real Academia, menciona que la voz es un localismo en Bolivia y Ecuador. El verbo significa “encubrir las faltas de alguien”. Sería, en ocasiones, semejante a alcahuetear.


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09 octubre 2026

Dos expresiones muy políticas

Debo haber sido un muchacho de escuela cuando regresaba a casa a eso de las cinco de la tarde –no se había impuesto todavía esa novedad que fuera la jornada única–; entonces, encontraba a la abuela seducida por lo que fue su entretención favorita: escuchar las deliberaciones matinales del Congreso Nacional, repartido más de las veces en sus dos cámaras, las de senadores y diputados. Por entonces era una costumbre de las radios transmitir en forma cotidiana el desenvolvimiento legislativo.

Eran los congresistas gente acostumbrada al verdadero quehacer político; los integrantes del Congreso se distinguían por su formación, enjundia y capacidad intelectual; no eran “unos aparecidos”, unos diletantes carentes de una vida sin tacha que hubieran adquirido sus curules en la engañosa oferta del mejor postor. Ellos no estaban exentos de generosas dosis de humor, de ocurrencias en realidad geniales y de una apreciable disposición para la fina ironía. La gente escuchaba esos debates para enterarse de ese impredecible equilibrio entre las distintas corrientes políticas, pero lo hacía sobre todo para disfrutar y aprender…

Fue en esos años que escuché un par de locuciones cuyo significado intuía, pero se me hacían difíciles de definir: aceptar algo (una idea, propuesta o acuerdo) “sin beneficio de inventario”; y, acusar, insinuar o delatar que algún pacto o convenio se había efectuado “entre gallos y medianoche”. Así que, veamos de dónde salen o pueden haber conseguido partida de bautizo estas curiosas, como hilarantes, expresiones:

La frase “a beneficio de inventario” (nótese el uso de una preposición diferente) se utiliza en España, en forma tradicional de dos maneras principales: una, en el ámbito legal, para el trámite de aceptar una herencia, pero salvaguardando los bienes personales; y, dos, en el lenguaje cotidiano, para aceptar una determinada situación o trato, aunque haciéndolo con ciertas reservas. Su uso en en el ambiente jurídico se relaciona con los legados; se aplica o sirve, para aceptar los bienes del fallecido asegurando que las deudas del difunto se pagarán únicamente con los bienes de esa misma herencia; de esta forma, los bienes propios y el peculio personal quedarían a salvo: no se tendrían que pagar las deudas del fallecido si lo que este dejó no fuera suficiente. 

En el sentido coloquial o figurado, mientras tanto, se emplea la expresión para aceptar un acuerdo, una noticia o una condición de la vida común, solo en la medida de que esta traiga ventajas y nunca problemas o inesperados –o ingentes– inconvenientes. Decir que se acepta una propuesta "a (o con) beneficio de inventario" equivaldría a que el beneficiario se quedara con lo bueno, pero se reservara el derecho de rechazar las dificultades, si estas superan los eventuales beneficios. “A beneficio de inventario” implica hacer algo sin preocupación, sin interés real o trascendencia; o, en definitiva, sin tomarlo muy en serio. 

De acuerdo con el Diccionario de María Moliner, hacer algo “a beneficio de inventario” significa: 1.- Una manera de tomar una herencia, utilizando ese beneficio; y 2.- Se refiere a la manera de acoger una noticia, promesa, etc., “con reserva”. Ejem. “Tomaremos sus propósitos de enmienda a beneficio de inventario”.

En cambio, el uso de “entre gallos y medianoche” parece tener una explicación algo menos compleja. De nuevo, y de acuerdo con María Moliner, esta parece ser una expresión de uso más americano, y que se aplica, en forma palmaria y evidente, a la manera furtiva de negociar, o pactar algo, en secreto y sin dar participación a otras personas… Se dice gallo, del latín gallus, al macho de la gallina; pero también al bravucón o presumido, a ese individuo que se impone a los demás. Pero, además, se dice gallo a un festejo popular de carnaval que antes llamaban “correr gallos”, y que consistía en enterrar un gallo dejándole la cabeza fuera y jugar a partirle la cabeza con una espada, con los ojos vendados o hacerlo corriendo tras de él. Es decir, actuar aprovechando el desorden y bullicio para gozar de impunidad.

La medianoche, por otra parte, es el símbolo por antonomasia de lo callado, solapado y clandestino, de lo escondido, subrepticio y cauteloso. Lo curioso es que gallo y medianoche pudieran significar lo mismo; en efecto, hubo un tiempo en que la Iglesia católica tenía una celebración eucarística conocida como Misa del Gallo, esta tenía lugar a la medianoche del 24 de diciembre para celebrar el nacimiento de Jesús. Se la había llamado así, según unos, porque de acuerdo a una antigua tradición y leyenda, un gallo habría cantado para anunciar ese nacimiento. Pero, según algunos, otra vieja tradición histórica señalaba que en la antigua Roma se creía que el día comenzaba con el estentóreo canto del gallo a la medianoche. Jesús había anunciado a Pedro que “antes de que cantara el gallo” ya lo habría negado tres veces… (ad galli cantus).


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06 octubre 2026

El sur, un trémulo resplandor

Resulta curioso que muchas veces, sobre todo en economía, la gente relaciona el norte con el bienestar y el crecimiento, y el sur con las dificultades y la ruina. Sucede que en logística vamos muy poco hacia el sur, quizá porque relacionamos al hemisferio norte con un mejor estándar de vida, con el bienestar y el desarrollo. Pocos han caído en cuenta que el hemisferio sur es no solo el menos poblado de la Tierra, sino que la mayor parte del territorio de los distintos continentes se encuentra justamente en el hemisferio norte. En buenas palabras, el hemisferio sur es ocupado por la masa de agua más preponderante del planeta.

Todo esto sin desmerecer que gran parte de lo que llamamos Nuevo Mundo, con la sola excepción de Norteamérica, se encuentra en el hemisferio austral. Hay algo decidor: existe más gente que viaja –y emigra– hacia el norte que la que va hacia el sur. No desestimo que detrás de estos traslados deben existir razones y motivos socioeconómicos. Lo propio parece suceder con quienes viajan por turismo o placer, en particular quienes se sienten atraídos por la historia o la geografía, cuando no por el disfrute de un mejor estándar de vida o por aquel factor relevante en la sociedad de consumo: la compra de mejores productos.

Al efectuar una contabilidad de mis desplazamientos, advierto que mis viajes al norte han sido, de largo, mucho más frecuentes y duraderos cuando he ido al hemisferio norte. Además, cuando al norte he ido, he llegado a latitudes más altas que cuando he ido hacia el otro hemisferio. Conjeturo que se nos hace más fácil relacionar similares latitudes, en distintos continentes, en el hemisferio norte que si lo intentamos en el hemisferio sur. Se nos hace más fácil relacionar la latitud de New York con la de las principales ciudades europeas; en cambio, nos parece más difícil definir qué resulta más austral, si Ciudad del Cabo, Sydney, Auckland o Buenos Aires.

Hay algo que sorprende y provoca reflexión: una gran mayoría de pobladores del continente americano, de cualquier latitud, no conoce, y ni siquiera se ha interesado en conocer el lado sur de nuestro propio continente. Pocos, saben qué diferencia hay entre Patagonia y Tierra de Fuego, o se dejan subyugar por la poesía de cierta expresión, aquella de tierras del “fin del mundo”; ello nos recuerda a esa otra forma de llamar al punto más occidental que conocían los europeos cuando decían algo parecido: “finisterre”, un lugar que lo interpretaban como el confín, como el sitio más alejado que intuían que había hacia el final de la tierra.

Parte de la toponimia de esos lugares se debe a la expedición de Fernando de Magallanes, quien bautizó a esos –entonces ignotos– lugares como Tierra de Fuego y Patagonia. En el primer caso, porque sus marineros veían desde los barcos de la flota una infinidad de fogatas, tanto en tierra como sobre las canoas aborígenes; ello llevó a sus díscolos y pugnaces tripulantes a apellidar esos lugares como Tierra de Fuego. Lo segundo resulta más controvertido, no parece haber en el idioma luso el término patagón (patagāo) para designar a quienes tienen pies (o alguna forma de calzado) cuyo tamaño les hubiese llamado la atención. Hoy se sabe de una novela escrita a principios del XVI, Primaleón, que incluía un personaje de tamaño gigante llamado Patagón. Así, el nombre tendría relación con la estatura de los nativos, que no con el tamaño de sus pies.

Si bien se llama Patagonia a la zona más austral de la parte continental de los dos países meridionales, se conoce como Tierra de fuego a los territorios que se encuentran más al sur, es decir a las islas y archipiélagos que se encuentran más allá del Estrecho de Magallanes. Parte de tan alejados territorios, es una isla que comparten Chile y Argentina, Isla Grande de Tierra del Fuego, cuyo lado oriental pertenece a la Argentina. Esta parte es conocida como Provincia de Tierra de Fuego; su frontera occidental se ha trazado con una línea recta que va desde un punto en el lado suroriental del territorio continental argentino, y que se prolonga desde el Estrecho de Magallanes hasta el Canal de Beagle; y desde allí hacia el este hasta encontrarse con el Océano Atlántico Sur. La figura toma la curiosa forma de un pie desnudo que parece propinar un futbolístico puntazo a la Isla de los Estados…

Todavía algo más al sur del canal mencionado, y hacia el suroriente de Ushuaia, se halla el punto más meridional del continente: Cabo de Hornos, a 56 grados de latitud. Este punto está más alejado del ecuador incluso que el sur de África, que está a 34 grados de latitud sur; o, Tasmania en Australia, a unos 43; o el Cabo Sudoeste, ubicado en la parte más meridional de la Isla Sur de Nueva Zelanda, ubicada a 47. Sí, el sur de nuestro continente sigue siendo un territorio ignoto y alejado. Hace falta un vuelo de casi cinco horas para ir desde Buenos Aires hasta Ushuaia, en el sur; o cinco en auto para ir desde Río Gallegos a Río Grande, quizá el puerto argentino más cercano a las Malvinas. El aeropuerto de Río Gallegos lleva el nombre de un piloto civil convertido en inusitado héroe: Norberto Fernández. Volveremos sobre aquello.


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02 octubre 2026

Defectos y virtudes *

   * Escrito por Javier Cercas, para El País

Cómo nublarse el entendimiento y envenenarse el corazón.

Un día de 1803, Samuel T. Coleridge anotó en su cuaderno el principio central de la crítica, que yo vertería así al castellano: “Nunca hay que perder una oportunidad de razonar contra ese principio que nubla el entendimiento y envenena el corazón, según el cual hay que juzgar una obra por sus defectos y no por sus virtudes. Cualquier obra debe tener los primeros —lo sabemos a priori—, pero no cualquiera tiene las últimas, y, por tanto, aquel que las descubre te dice algo que no podías haber previsto con seguridad, ni siquiera con probabilidad”.

Es un principio que solo podía concebir un poeta mayúsculo. Juzgar una obra por sus carencias y no por sus bondades envenena el corazón y nubla el entendimiento porque coloca al juzgador por encima de lo juzgado, le priva de la máxima virtud, que es la humildad, y le condena al defecto máximo, que es la soberbia, la hybris que en la tragedia griega lleva a los hombres a enfrentarse a los dioses, quienes los castigan por ello. No existe obra sin tacha.

La mejor novela conocida no ha dejado de encajar improperios desde su publicación (o desde antes); algunos son estúpidos, desde el envidioso “no hay poeta tan necio que alabe a don Quijote”, de Lope de Vega, hasta las petulantes execraciones de Nabokov, Martin Amis o Paul Groussac, que respectivamente acusaron al libro de ser cruel, de ser largo, de estar escrito en una “prosa de sobremesa”; otros reproches, en cambio, no son tan absurdos. Seamos sinceros: ¿qué pinta en medio de las aventuras de don Quijote la historia de El curioso impertinente? ¿No podía haberla dejado don Miguel para las Novelas ejemplares, a las que tal vez pertenecía? ¿Y qué me dicen del epílogo de Guerra y paz? ¿Cómo demonios se le ocurre a Tolstói largarnos ese sermón de última hora? ¿Quién le manda ponerse a aclarar el sentido de su novela, como si el lector fuera tonto del bote?

Se dirá que El Quijote y Guerra y paz están escritas un poco “a lo que salga”, por decirlo como Unamuno, y que no incurren en esos deslices novelas más rigurosas, geométricas o deliberadas. Falso. Podría aducir ejemplos de grandes obras de Kafka, de Joyce, de Faulkner; ninguno como Madame Bovary, una novela aureolada con una leyenda tenaz de perfección. De ahí que los sabios lleven casi dos siglos intentando explicar cómo es posible que un relato escrito en tercera persona empiece en primera (Nous étions à l’étude, quand le Proviseur entra, arranca el relato: “Estábamos en la hora de estudio cuando entró el director”) y, por muchos esfuerzos que han hecho, la única explicación plausible de la incoherencia flagrante de ese nous inicial es que no tiene explicación. Quandoque bonus dormitat Homerus. (A veces, hasta el buen Homero cabecea).

Y, como hasta el mejor escribano echa un borrón —eso significa otro verso de Horacio—, cebarse con los defectos de una obra solo sirve para envenenarse el corazón y nublarse el entendimiento haciéndose el listo, que es lo que suelen hacer los tontos. Por lo demás, al principio de Coleridge yo solo le agregaría una cláusula. Juzgamos a Shakespeare por El rey Lear, no por Tito Andrónico y su estomagante grandilocuencia; juzgamos a Cervantes por El Quijote, no por su Persiles, novela que cabe elogiar con entusiasmo, pero solo a condición de no haberla leído (todo indica que don Miguel buscó hacerse perdonar el éxito del Quijote haciendo en el Persiles casi lo peor que puede hacer un escritor serio: tratar de demostrar que lo es).

Pese a ello, más de uno ha condenado a García Márquez para siempre por su última novela, Memoria de mis putas tristes, como si no hubiera escrito Cien años de soledad. He aquí la cláusula que yo añadiría al principio de Coleridge: es injusto juzgar a los antiguos por sus obras mejores y a los contemporáneos por las peores.

Dicho esto, sobra añadir que todo el mundo debería disfrutar con lo que le plazca y que, aunque los dioses continúan castigando nuestra soberbia –nos los cargamos hace tiempo, pero ellos siguen ahí, erre que erre–, si alguien disfruta nublándose el entendimiento y envenenándose el corazón, por mí que no quede.


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29 septiembre 2026

Muletillas

Se las llama también estribillos, coletillas, latiguillos o cantaletas; son esas palabras o locuciones que la gente (vaya, todos) las repite casi sin darse cuenta. Lo hacemos por hábito, sin caer en cuenta siquiera que echamos mano de ellas en forma innecesaria, como parte de nuestra forma o costumbre de hablar. Barrunto que las llaman así, de ese modo, porque nos recuerdan a las muletas, a esos adminículos en los que nos apoyamos para ayudarnos a caminar. Y ya que lo menciono, bien pudieran también asemejarse a las otras muletas: a aquellas franelas que utilizan los toreros, esos implementos que ayudan a esquivar el astado.

No hay virtualmente nadie que no use estas cantaletas, pero, a pesar de ello, hay mucha gente que las utiliza en forma indiscriminada y echa mano de ellas todo el tiempo porque no ha hecho un real esfuerzo por identificarlas y tratarlas de evitar. Hemos reconocido que casi todos las traemos a cuento en forma involuntaria, pues ahí mismo se encuentra el problema: no hacemos un pequeño esfuerzo para no convertirlas en ese indispensable bastón, sin el cual no podemos expresarnos. Un bastón que no queremos dejar en casa; sin él creemos que no podemos caminar… A propósito (otro latiguillo): muleta tiene el significado de "pequeña mula”, aparato formado con dos palos largos y un travesaño superior en el que descansa la axila para ayudar a caminar" y se forma con el sufijo diminutivo -eta, sobre la palabra “mula”.

Aquí van unos pocos –aunque muy repetidos– ejemplos de esas llamadas coletillas:

Por cierto: locución que es correctamente utilizada cuando al hablar de un determinado tema o asunto, de pronto recordamos algo relacionado con el episodio o la temática en liza y advertimos a nuestro contertulio que vamos a efectuar una breve digresión. Pero se convierte en estribillo cuando usamos la expresión sin ese objeto; en otras palabras, para simplemente seguir hablando, para hablar de una materia nueva y para nada relacionada, porque quizá creemos que su uso convierte nuestra exposición en una forma más elegante de expresión.

A lo mejor: expresión que no siempre usamos con su sentido natural, como si destacáramos una cierta forma de preferencia; sino, más bien, como una forma de duda o incertidumbre disimulada. Como una manera de reemplazar un tal vez o un quizá.

De pronto: esta es una muletilla que se ha ido convirtiendo en muy frecuente, como una aparente forma de llamar la atención para luego insinuar u ofrecer algún tipo de obsequiosa asistencia: “de pronto”, ¿se les ofrece un café o pasar a tomar asiento?

La verdad que, o para ser sinceros: forma de usar la expresión para tratar de reforzar como cierto o indiscutible lo que estamos diciendo; como que haría falta remarcar o insistir en que algo es real o que es verdadero lo que estamos demostrando o tratando de sustentar. No caemos en cuenta que es como si lo dicho en forma anterior no sería totalmente cierto o, de plano, falso o una media mentira.

De paso o de hecho: ambas expresiones usadas tanto en la forma hablada como escrita para respaldar la impresión de que lo que se va a decir está relacionado con lo hasta ahí veníamos desarrollando; sin importarnos que, en la mayoría de las veces, se trataría de un comentario o información que no tiene relación con lo anterior.

Por así decirlo: esta se ha convertido en una forma cuasi elegante, de esconder que no tenemos la palabra o frase más adecuada que reemplace lo que hemos dicho o vamos enseguida a expresar. Equivale al incluso más repetitivo “digamos”, que denuncia más que ninguna otra expresión innecesaria la falta de riqueza de nuestro vocabulario de uso cotidiano; o, ¿quién sabe? (otra frecuente muletilla) nuestra no siempre disimulada inseguridad, ya convertida en frágil vulnerabilidad.

Mirándolo objetivamente: fórmula o recurso que las más de las veces utilizamos cuando lo que estamos a punto de decir nada tiene de objetivo, es decir de neutral. Si bien lo vemos, es casi imposible ser neutral o no tener preferencias; pero siempre que usamos esta curiosa expresión es para respaldar un punto de vista sesgado que casi siempre carecerá de un cariz respaldado en la más pura y prístina objetividad.

Valga la redundancia: utilizado para disculpar algo dicho –o que se piensa decir– en forma repetitiva (y normalmente innecesaria), cuando en la práctica existen muchas otras maneras de reemplazar la palabra que se ha repetido o se va a repetir.

O sea, y o sea, digamos: he aquí el summum de las cantaletas, ambas dignas de entrar en el sanctasanctorum de lo más graneado de la muletilla. Son esas las expresiones que definen nuestra forma de expresión, las que muchas veces marcan nuestra manera de hablar.


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25 septiembre 2026

El avance de la derecha

“Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomenten la idiotez”. Jorge Luis Borges.

Por mucho tiempo me ha parecido la izquierda política una tendencia muy coherente; a la vez, y por lástima, me ha parecido también que son muchos los políticos de izquierda que se muestran como más incongruentes, como que fueran proclives a una más acusada falta de integridad. De las filas de la izquierda salen con frecuencia muchos de los nuevos ricos que se dan en la política, y son precisamente políticos de izquierda los que están involucrados en variados e incomprensibles casos de corrupción. Cierto es que hay corruptos y nuevos ricos en las filas de todas las políticas tendencias, pero deberían ser de izquierda, por lo que predican, los que se destacan por su sentido de delicadeza, honorable gestión y marcada honestidad. Por algo había dicho Henry James alguna vez que: “La incoherencia es el peligro que acecha a la autoridad moral”.

Leí en la prensa acerca de la celebración de un congreso panamericano que buscaba encontrar una respuesta al inusitado avance de la derecha en el continente. Considero que, si en realidad la izquierda quiere encontrar una respuesta al acertijo, debe empezar más bien por hacer un mea culpa y, en ese acto de humilde honestidad, reconocer cuáles han sido sus principales errores, abusos y desaciertos. El desencanto de la gente con la izquierda, en lo que va del siglo, pasa por al menos tres motivos: su rigidez ideológica (incluso cuando ha actuado con integridad intelectual); su tendencia a permitir o promover la corrupción (ausencia de métodos de control destinados a monitorear sus élites políticas); y esa, su deriva autoritaria, propensa a aplicar fórmulas anti democráticas para mantenerse en forma indefinida en el poder. Intuyo que todo lo anterior, en conjunto, es lo que no siempre permite a la gente comparar objetivamente y decantarse por la posibilidad de repetir un nuevo buen gobierno de esa ideología o tendencia política.

La derecha, por su parte, ha gozado de la mesa servida del desencanto popular que había generado la propia izquierda, a pesar –en su caso– de sus tres más grandes defectos: su propia rigidez intelectual y política; la ausencia de una más preocupada sensibilidad social; y la defensa de las prebendas económicas de ciertos sectores, a pretexto de su interés por estabilizar o mejorar la economía de sus respectivos países. En tal escenario, resulta inevitable caer en una condición donde no prevalecen los intereses nacionales –y menos aún los populares–, que resulta en terreno fértil para que se fortalezcan la falta de acuerdos políticos de consenso, la intolerancia, el abuso de poder y, con cierta frecuencia, el más cínico autoritarismo.

Porque, al parecer, algo de todo esto es lo que estuvieron tratando en días pasados, en Montevideo, más de un centenar y medio de líderes, auto tildados ellos mismo de “progresistas”, que lo que pretendían hallar no era precisamente políticas y maneras para perseguir el bienestar –léase progreso– de sus postergados pueblos, sino –más bien– métodos para alcanzar, recuperar o mantenerse en forma perenne en el poder; es decir, para detentar en forma permanente y perpetua el incuestionable control de todos los poderes. Si bien se entiende, todo aquello debilitaría, aunque sea en forma disimulada, la institucionalidad jurídica en sus atribuladas e inestables naciones… ¿No hay en todo ello una evidente falta de coherencia?

¿Cuál es en nuestros días el escudo invariable de cierta izquierda, y no solo en ese renuente discurso que nunca está ausente en estos foros? Pues sigue siendo el mismo que –por manido y desgastado– suena ya a pretexto: la pretendida soberanía de las naciones. Y no es que la soberanía no sea importante, sino que es precisamente cuando existen distorsiones en el manejo del poder que la comunidad internacional debe hacer un acto firme de presencia, dejar oír su voz de moderación y contención, y presionar a los gobiernos díscolos y abusivos para que se encuadren en la legitimidad y en el derecho. Entonces, y solo entonces, el cuento de la cacareada soberanía dejará de ser excusa y mero subterfugio, y cesará de ser un simple escabel para eternizar las dictaduras y para castigar a los pobres por incautos e ingenuos.

Progreso sin desigualdad equivale a redistribución de recursos, siempre que no se transija ante la tiranía y el autoritarismo. La soberanía es importante, pero debe basarse en la más auténtica legitimidad. Este es el sendero que le toca recorrer a la izquierda, camino que debe inspirarse en un genuino sentido de integridad y propósito de enmienda; y que debe transitar alejado de la improductiva irreflexión y la trasnochada nostalgia. Ello requiere de un renovado esfuerzo, evitando la manipulación y el servilismo feligrés.


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22 septiembre 2026

Dos vocablos: semita y jacobino

Estuve leyendo un artículo acerca de Antonio Machado (1875-1939) quien, por su postura frente al gobierno español, se había auto-exilado en Francia hacia el final de su vida. El poeta y autor de Campos de Castilla está enterrado en el humilde cementerio de un pueblo pesquero del sur de Francia. La nota hablaba de la circunstancia de no haber repatriado sus restos a un lugar donde hubiera recibido el homenaje debido; reclamaba no haberlos llevado a un panteón en su país, destinado a honrar a sus más destacados hijos.

Opté por dar un breve repaso a los comentarios. Pude apreciar tres aspectos: la falta de unanimidad en cuanto a que tales restos volvieran a España; un cierto prejuicio relacionado con su matrimonio con una menor de edad (él le llevaba con 19 años), aunque había cumplido el requisito para hacerlo (no siempre es acertado juzgar sin considerar las costumbres y normas de otro tiempo); y, el uso de la palabra “jacobino” para tildar la tendencia política de Machado, y su evidente actitud de rebeldía con el régimen reinante.

El DLE define jacobino como: “dicho de una persona: militante, durante la Revolución francesa, del partido caracterizado por sus procedimientos radicales y rigorismo moral; o, también (adjetivo), como quien es ‘defensor de ideas de izquierda y radicales’. Son sus sinónimos: revolucionario, exaltado, violento, radical. Señala en el epígrafe etimológico que: (viene) “… del francés jacobin; propiamente 'dominico', por celebrar sus reuniones en un convento de dominicos, deriva del latín Iacobus, 'Jacobo', por alusión a un hospicio de peregrinos a Santiago de Compostela, del que se encargaban esos religiosos”. Este Jacobo (Jaques en francés o James en inglés) es Jacobo de Zebedeo o Santiago el mayor, uno de los doce apóstoles de Jesucristo.

En tiempos de la Revolución Francesa (1789-1799) se tildaba de “jacobinos” a los miembros del Club de los Jacobinos, llamados así porque el monasterio mencionado, estaba ubicado en la rue Saint-Honoré, pues su primera residencia en Paris había sido la abadía de Saint Jaques. Más tarde (1789) el término se identificó con las ideas de los Jacobinos y las políticas del Reino del Terror asociadas con Maximilien Robespierre. No obstante, la palabra luego adquirió cierta elasticidad semántica y pasó a identificar coloquialmente a quien se decía partidario convencido de una democracia o estado centralizado y revolucionario, así como también a cualquier político que fuera hostil a la idea del debilitamiento o reducción del tamaño del Estado.

Semita es término confuso; antisemita por su parte– se refiere a quienes abrigan sentimientos contra los habitantes de Israel o judíos que regresaron en el siglo pasado, como si se hubiesen apoderado de áreas que antes no fueron suyas. No solo son semitas los judíos, sino otros pueblos que en la antigüedad hablaron lenguas parecidas. Históricamente, los israelitas eran semitas, fueron parte de las comunidades históricas y lingüísticas del antiguo Oriente Próximo (hablaban una lengua semítica: el hebreo antiguo y compartían un origen cultural común). “Semita” proviene bíblicamente de Sem, hijo de Noé, y se usa en lingüística y antropología para agrupar a todos esos pueblos que hablaban tales lenguas. Además de israelitas y judíos, los semitas incluyen a otros pueblos de Oriente Medio (árabes, fenicios, acadios o arameos).

El vocablo “israelita” se refiere a los habitantes del antiguo pueblo bíblico descendiente de Jacob (conocido también como Israel). La voz “hebreo” se trata del término más antiguo usado para designar a los ancestros patriarcales del pueblo judío, empezando por Abraham; “judío” define a quienes pertenecen al pueblo judío por linaje o religión (el judaísmo) en cualquier época o lugar. Por otra parte, la voz “antisemitismo”, en la práctica política actual, es un término que se acuñó de forma específica para referirse al odio hacia los judíos (judeofobia); esto, a pesar de que la raíz “semita” abarca a otros pobladores, como son los árabes.

En el siglo XVIII, se usaron voces bíblicas para agrupar lenguas de una misma familia en Oriente Próximo, como hebreo, árabe y arameo. Se llamó semita a quien hablaba esos idiomas, ello incluye a antiguos grupos relacionados. Judío es un concepto religioso y de identidad étnica; semita es una categoría lingüística e histórica más amplia que engloba a varios pueblos de Oriente Medio. No todos los semitas son judíos, ni todos los judíos son semitas. Un judío pertenece a su pueblo por nacimiento o conversión, y se identifica con su religión y cultura. El judío puede ser ciudadano de cualquier país y, sin embargo, pertenecer a diversas etnias o nacionalidades. El nombre viene de la tribu y reino del sur llamado Judá (o Judea). Tras la caída del reino del norte (Canaán), así como debido a los futuros exilios (la diáspora), los sobrevivientes se identificaron con este nombre. De todos modos, no se debe confundir a los israelitas antiguos con los israelíes, que son los ciudadanos actuales del moderno Estado de Israel, sin importar su religión.


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18 septiembre 2026

La pluma de Don Mendo *

 * Escrito por Arturo Pérez-Reverte, para Patente de Corso Zenda

Antes de teclear esto escribí unas líneas a mano, con pluma estilográfica. Lo hice con deliberada solemnidad, pues hay objetos que obligan con su carga invisible de tiempo y de memoria. Esta de la que hablo no es una pluma cualquiera: hace un siglo que fue fabricada y tiene arañazos, desgaste, cicatrices. Tiene historia. Sobre todo, historia. Se trata de una Montblanc Simplo de color negro, fabricada entre 1925 y 1930, con plumín de oro. Y con ella, aseguran quienes dicen saber, Pedro Muñoz Seca escribió La venganza de Don Mendo.

Las plumas estilográficas, como los viejos marinos, se jubilan después de largas y azarosas travesías. Esta que menciono pasó de Muñoz Seca a Alfonso Ussía padre, que era nieto del dramaturgo. Después la heredó Alfonso Ussía hijo, amigo mío como lo fue su padre. Y hace algún tiempo —un espléndido regalo de Alfonso— acabó en mis manos. A cierta edad uno sabe que los objetos antiguos sólo importan cuando traen consigo una historia. También poseo varias estilográficas y profeso, acentuado con los años, el culto a la tinta y el plumín. Mi marca favorita es la inglesa Onoto, que conserva la perfección de cuando los fabricantes aspiraban a la excelencia y no a satisfacer a un departamento de marketing. En cuanto a calidad europea, tengo la certeza de que nadie las fabrica mejores que la alemana Pelikan. Las Montblanc, por su parte, hace tiempo que se fueron al diablo: ahora sólo es una marca cara, y punto.

Tengo, con ésta, siete Montblanc de las antiguas, de las buenas. Pero ninguna posee la carga sentimental de la estilográfica de Muñoz Seca, porque no trazó una novela ni una carta de amor o amistad, sino parte de la gran biografía teatral de España: versos que generaciones enteras repitieron de memoria, que siguen provocando sonrisas y carcajadas casi un siglo después de ser concebidos. Y eso, en una época donde la mayoría de las obras nacen con fecha de caducidad y mueren antes de cumplir una temporada literaria, tiene mucho de milagro.

Me gusta creer que ciertos objetos conservan, de quienes los utilizaron, una huella invisible que desafía al tiempo. Por eso cuando miro esa Montblanc Simplo no veo sólo una estilográfica antigua. Veo una mesa de trabajo iluminada por una lámpara, veo una cuartilla en blanco, veo a un autor buscando una rima disparatada, veo tachaduras, manchas de tinta. Escucho el murmullo de los teatros, el rumor de las butacas llenándose. Oigo las carcajadas felices de un público que todavía iba al teatro dispuesto a divertirse, y no a recibir lecciones morales ni tostones metafísicos.

Pero también escucho otro sonido menos agradable: el pasillo de una prisión, nombres leídos en voz alta, verdugos que esperan. El eco del miedo que unos muestran, otros esconden y alguno es capaz de convertir en ingenio, en trágica y póstuma broma como la que la leyenda atribuye a Muñoz Seca mientras caminaba hacia la muerte: «Podéis quitarme casi todo, incluso la vida. Pero hay algo que no podéis quitarme: el miedo que tengo…» Tal vez lo dijera exactamente así, o tal vez no. Las leyendas suelen corregir la realidad para hacerla más elegante; pero resulta una frase tan inteligente y tan desesperadamente humana, que deseas creerla cierta.

Después vino el silencio, y luego el estampido de los fusiles. El eco seco de la descarga en el triste amanecer de Paracuellos. El final miserable, tan brutalmente español, reservado a uno de los hombres que más hizo reír a España. Lo mataron quienes creían estar construyendo así el futuro, como suele ocurrir con los fanáticos de cualquier color, convencidos de poseer la verdad absoluta. Siempre seguros de que la libertad consiste en pensar exactamente lo mismo que ellos. Siempre dispuestos a fusilar primero y reflexionar después. O a no reflexionar nunca.

Vuelvo a mirar la Montblanc y sé que no es una estilográfica antigua, sino una superviviente. Sobrevivió a los críticos adversos, a la guerra, a los asesinos, al odio, al polvo de los desvanes y al estrago del tiempo. Pasó de unas manos a otras llevando una memoria, y hay objetos que no se miden por su rareza ni por el precio que un coleccionista está dispuesto a pagar, sino por la cantidad de tiempo y olvido que lograron derrotar. Esta pluma que tengo ante mí lleva casi un siglo haciéndolo. Mientras exista alguien capaz de abrir La venganza de Don Mendo y reírse con los versos disparatados, mientras hallemos placer en su inteligencia, ingenio y humor, mientras haya lectores o espectadores que recuerden a Pedro Muñoz Seca, los imbéciles que apretaron el gatillo habrán fracasado. Al final todos desaparecemos, pero con frecuencia quedan las palabras. Y a veces, para desconcierto de la muerte y escarnio de los verdugos, también queda la pluma con que fueron escritas.


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15 septiembre 2026

Palabras y locuciones (1)

Han pasado algunas semanas desde que se efectuó uno de los mundiales de fútbol más controvertidos que yo recuerde; sin embargo, debido a la naturaleza y origen de las transmisiones que preponderaron en Ecuador (con relatores y comentaristas escogidos por una empresa argentina), por fuerza nos fuimos acostumbrando a escuchar una serie de palabras inéditas –si no fueron palabras “inventadas”–. Términos como “revulsivo”, “bascular”, “aprontar”, utilizados muchas veces con un sentido en apariencia adaptado al contexto deportivo, nos fueron dejando, más de una vez, inquietos por su alcance y real significado. 

El uso de estos no siempre reconocidos –aunque en apariencia ya bastante utilizados– vocablos, pasó de golpe a dejarnos la impresión de que se trataba de una novedosa fraseología, cuando en la mayoría de los casos solo se trataba de una impostura, de un pseudo lenguaje bien informado. “Aprendimos” así que revulsivo se empleaba para referirse a un jugador sustituto o suplente que era ingresado al campo de juego para cumplir con una misión o tarea específica; que bascular significaba la condición de moverse hacia un lado u otro del terreno (izquierda o derecha) para aplicar una cierta táctica o estrategia; que aprontar quería decir dar celeridad o aprestar; o que, cuando el relator colombiano decía “la selección Colombia” solo se estaba dando la libertad de suprimir la preposición porque nadie dice “la selección Chile (o Brasil)”…

He meditado en estos asuntos por la forma en que en ocasiones incorporamos a nuestro uso una serie de voces que adquieren un significado caprichoso y regional; o, porque las pronunciamos –o escribimos– mal y nadie nos corrige. En esta tesitura, resulta muchas veces incomprensible que teniendo una herramienta a la mano, como es la información internáutica, no consultemos oportunamente usos y significados… Doy unos pocos ejemplos: “elevado” es un uso regional que, además de significar alto, quiere decir “estar en Babia” o, lo que es lo mismo, estar desatento, disipado o “con la boca abierta”. Escuchamos decir: estar en “cunclillas” (y no cuclillas), añadiendo en forma innecesaria la ene intermedia. O usamos “garrafal” como sustituto de error cuando lo único que quiere decir es tremendo, descomunal o exorbitante…

Estuve invitado a un almuerzo en días pasados. Sirvieron una entrada hecha con ventresca de atún, lo que propició que alguien comentara que no solo se trataba del “lomo” del atún, sino de cualquier otro pescado. Claro, no faltó quien, con una pizca de sentido común insinuara que la ventresca se llamaba así por provenir de la parte inferior (del vientre) o “vacío” (zona entre las costillas y la cadera), en este caso del atún. El término calzaría también a esa parte del bonito, pero se acostumbra –en ese caso– bonito por ventresca… En otro episodio, escuché a un analista político referirse a la calidad olfativa de la gente como “husmear” (cualidad que tienen los animales inferiores) cuando nos referimos a percibir algo como sospechoso.

Leí también un artículo de Alex Grijelmo que hacía el siguiente comentario: “La funcionaria contestó “Lo ignoro por completo”; se supone que lo dijo con la intención de significar “lo desprecio”, “lo desoigo”, “lo desdeño”, “no lo considero…”. o uno de tantos otros verbos a los que ha arrasado el nuevo sentido anglocentrista de “ignorar” (antes, “desconocer”). El articulista parecía subestimar que ignorar no solo significa “no saber (desconocer) o no tener noticia”; sino también: “no hacer caso de algo o de alguien, o tratarlos como si no merecieran atención” (desoír, desatender, desdeñar, desestimar, menospreciar, despreciar, rechazar, prescindir).

Fue enriquecedor, no obstante, revisar la etimología de la voz “mamarracho” (“persona estrafalaria o ridícula”): “…constituye una muestra más de cuánto nos gustan a los hispanohablantes los insultos con reiteración vocálica, como “tarambana”, “ganapán”, “mangarrán”, “charlatán”, “soplagaitas”, “cantamañanas”, “macarra”, “haragán”, “cascarrabias”, “bocachancla”, “papanatas”, “mequetrefe”, “enclenque”, “tiquismiquis”.  Antes que “mamarracho” se dijo “momarracho” –alteración de moharrache, que a su vez procede del árabe vulgar muharrág, “bromeador”, “bufón”; la sílaba inicial se impuso a la previa, probablemente por su propio peso en la palabra”.

Finalmente, termino con un comentario relativo a una expresión que en ciertos niveles se ha convertido en una manida frase coloquial; es esa suerte de saludo que se escucha en salones y restoranes: “Buen provecho”, por aquí; “Buen provecho”, por allá. Por ahora solo quisiera comentar que se trata de una locución innecesaria e inelegante que en algunos medios provoca un callado susurro: “ya no se usa…”  Existe hoy una corriente que prefiere un simple “buenos días” o “buenas tardes”; o que, incluso, se decanta por una fórmula intermedia y –para no dejar la impresión que quizá dejaría un jornalero que sin esperarlo se tope manos a boca con su patrón–, opta por un cordial “disfruten y que tengan una buena tarde”.


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11 septiembre 2026

“Zeta”, y su experiencia médica

Hay percepciones que actúan como un raro sortilegio, se comportan como si se tratasen de un talismán, o de una forma de premonición; suelen convertirse –a la vez– en una extraña suerte de epifanía.

Nos hemos hecho amigos –voy aquí a llamarlo “Zeta”–. Cruzamos un día un par de palabras y pronto fue fácil comunicarnos; fue como si hubiéramos sido amigos de toda la vida. Hay algo de marcial y altivo en su apostura, nos vemos en el parque de cuando en vez. Quizá sea su forma de caminar la que denuncia su fe religiosa, su formación militar y ese sentido de respeto a la naturaleza que lo hacen ver tan saludable. Es cordial y comunicativo, camina siempre acompañado. Parece un hombre agradecido con la vida: vaya, es un hombre bueno. Se hace tratar de alguna dolencia, pero enfrenta su condición con humor y dignidad.

Él dice ser un buen paciente. No porque exude esa calma y tranquilidad, que “todo el mundo” sabe que lo caracteriza, sino porque dice que sabe cómo colaborar con sus facultativos –esos “modernos arúspices”, como él les llama a los galenos. Sabe cómo suplirles información para que le puedan diagnosticar, tratar y curar mejor; parece saber cuáles son las preguntas adecuadas, incluso aquellas que, si bien lo vemos, pudieran suplantar lo que los doctores soslayan decirnos o, quizá, pudieron haber olvidado de aclararnos o advertirnos. Es un paciente que se deja ayudar, que comprende que, para mejorar, hay que contar y saber preguntar, que son tales preguntas las que merecen aquella invariable réplica: “¡qué buena pregunta!”

Zeta es un gran comunicador (“desde niño le viene natural”). No sabe si es un prurito suyo, un “resabio”, pero tal como él mismo dice, le sucede por donde va, cuando nota que idéntica actitud le evita posteriores consultas o explicaciones, y que –por lo general– consigue buenos resultados. “Puede ser sintomático –me dice–, y así mismo es como siempre me pasa: antes ni siquiera los había visto, y al final siempre quedamos como si alguna vez hubiésemos sido vecinos de barrio, compañeros de promoción o viejos amigos”.

Una madrugada se le exacerbó un pequeño problema de salud. Por meses, reaparecía al poco tiempo que desaparecía: una de esas toses que llaman alérgicas, esas que a veces se complican con una parcial afonía. Como durante todo ese período de tiempo había acudido al médico varias ocasiones por el mismo motivo, decidió volver a consultar al mismo profesional (era el cuarto facultativo que Zeta consultaba por el mismo síntoma) para solicitarle que le dé una orden para que le efectúen una simple radiografía pulmonar, cuyo resultado pudiera descartar que adolecía de un problema más serio en el sistema respiratorio.

Pero el trámite no había sido tan simple como él hubiera previsto: los médicos tienen ciertas restricciones, pues existe un protocolo en algunos centros médicos debido al cual deben literalmente “inventar” una dolencia más importante, para, de ese modo, poder recetar o solicitar un pedido de exámenes. Y así fue cómo lo justificaron, con una supuesta “bronquitis aguda” para poder proceder con el sencillo trámite que mi amigo requería… ¿Cómo no pueden disponer que se me haga una radiografía?, con justicia reclamó.

Satisfecha la gestión, Zeta recibió el resultado respectivo. La imagen presentaba una novedad que debía ser evaluada con una tomografía. Esta confirmó la presencia de una condición irregular que requería de la revisión de otro especialista, un neumólogo que fue contactado para la consulta pertinente. Consistía en una sombra en el pulmón que por su tamaño se identificaba como una “masa”. “No siempre se trata de un tumor –le dijeron–; puede ser una infección encapsulada (un absceso o tuberculosis), una acumulación de líquido, una malformación congénita o alguna forma de inflamación”. Entonces el facultativo consultado le refirió a una casa especializada de salud gubernamental, que, al recibir la solicitud pertinente, procesó una primera atención para una espera no inferior al excesivo plazo de 10 días. “Es que, en vacaciones, los médicos también tienen que salir con sus familias”, me dice; “por eso, las consultas son más escasas…”

“Que no pierda tiempo, me dijeron” –me susurró–. “Dada, la premura, acudí a una clínica particular: no sabía si podría aplicar el seguro, porque como estaba recién contratado, todavía estaba en período de carencia”. “Así que aquí estoy, esperando por otros diez días hasta que me entreguen el resultado de la bendita biopsia…”. Desde entonces no lo he visto todavía, imagino su inquietud y expectativa. La última vez, Zeta tosió un par de veces y se despidió musitando unas frases latinas por nosotros conocidas: “Carpe diem” (aprovecha o disfruta del nuevo día) y “Ridere aude”, que significa “atrévete, o anímate, a reír”

¡Ay, mi amigo, Zeta; que sus “arúspices” lo curen!, ¡y que nuestro Dios premie su paciencia, lo proteja y lo bendiga!


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08 septiembre 2026

Johnnie Walker y nuestra salud

Es lo que hoy llaman un “terraplanista”, alguien que no solo cree y está convencido de que la Tierra es plana, sino de que todo el Universo gira alrededor de ella; y –ya puestos– de que todo mismo gira alrededor de su sacrosanto conocimiento, que parece ser siempre idéntico al de sus inefables e irremplazables amigos. Lo conozco por más de cincuenta años; es de aquellos que siempre tiene algo que reprochar a lo que otros piensan. Cuando ellos intervienen, lo hace para decir que lo que los otros tienen no es lo mejor, porque él tiene algo más perfecto; y, si no es él, sus especiales e impolutos amigos… Así, sus criterios nunca son una opinión más; son la referencia, el credo y el anatema. Si piensas distinto estás a un corto paso del infierno.

No es que sea obcecado o testarudo, es que opina de lo que sabe y de lo que no; baste que alguien haya traído a cuento su opinión o su manera de ver un determinado tema, que él ya esté diciendo que no es así, que es de otro jaez o modo, que él sabe de alguien infalible que piensa distinto. Su problema es que, además, le gusta tomarse unos “pocos” traguitos; y no es que pegarse de vez en cuando unos “guaspetes” sea malo, sino que ese es su estado natural, con el agravante de que con solo zamparse dos ya se pone en modo beodo –necio y excluyente– y se pone en plan de convencer a los otros no solo de que están equivocados, sino que quiere dar cátedra de que lo que él sabe es no solo la verdad, sino siempre, siempre, lo único correcto.

Su problema es que lo suyo es la dipsomanía, y él no está hasta ver el frasco vacío. No solo que nunca son solo dos ni tres tragos, sino que basta un par para que adquiera ese talante tan suyo, tan mordaz y compulsivo. Entonces le da por justificar su ya consuetudinaria condición y repite su mantra de medias verdades que él ha convertido en catecismo: que el humilde Johnnie Walker rojo –que es el que él prefiere y sustenta su exiguo presupuesto– es el más sano y el mejor, y se da por repetir la renovada y cansina falsedad de que es una verdad científica que no solo la respaldan universidades y revistas especializadas, sino que lo ha dicho, ¿quién si no?, un médico muy conocedor y cercano a él. Ya lo adivinaron: uno de “sus” propios amigos…

Pero revisemos primero la información proporcionada por el fabricante: “Desde un punto de vista médico y químico, ningún whisky Johnnie Walker es ‘menos dañino’ que otro. Todos los whiskies estándar de la marca (como Red, Black, Gold o Blue Label) contienen aproximadamente 40% de volumen de alcohol (40°), por lo que el impacto del etanol en el cuerpo es idéntico por trago medido. La diferencia entre las etiquetas radica únicamente en el proceso de añejamiento, en la calidad de los destilados y el nivel de impurezas o congéneres (es decir, las sustancias que se generan durante la fermentación y que empeoran la resaca)”.

“Comparación: Las etiquetas jóvenes (Red Label / Johnnie Blonde), suelen tener un proceso de maduración en barrica menor. Esto puede traducirse en una mayor presencia de alcohol libre al paladar y una mayor concentración de congéneres, lo que incrementa la probabilidad de sufrir molestias si se consume en exceso. Las etiquetas añejas (Black Label de 12 años, Green Label, Gold Label o Blue Label), pasan más tiempo en barricas de roble. Este añejamiento prolongado permite que la madera filtre y suavice algunos componentes secundarios, logrando una bebida más limpia y menos agresiva para el organismo al metabolizarse”. 

“Los dos tipos (Black y Blue) no son una versión más joven y más añeja del mismo whisky. Black tiene un registro de 12 años. Blue no tiene declaración de edad y se elabora con barricas seleccionadas a mano para obtener un sabor y textura diferentes. La principal diferencia entre el JW Black y el JW Gold Reserve radica en su sabor y categoría de añejamiento: Black tiene una declaración fija de años y un carácter marcadamente ahumado y robusto, mientras que el Gold es más suave, dulce y cremoso, enfocado en notas de miel sin una edad definida en la botella. El whisky Johnnie Walker Gold Reserve no tiene una edad declarada en la etiqueta, lo que significa que tiene una mezcla legal de whiskies con un mínimo de al menos 3 años de añejamiento”.

“Consejos para reducir el daño al beber: evita mezclarlos con azúcares o gaseosas; ello acelera la absorción del alcohol y potencia los malestares de la resaca. El alcohol deshidrata el cuerpo; acompañar cada trago con un vaso de agua es la medida más efectiva para mitigar el daño físico. El factor determinante en el daño a la salud (hígado, cerebro y sistema cardiovascular) es la cantidad total de alcohol ingerida, no el tipo de etiqueta, el daño real depende de la cantidad total de alcohol puro que se toma. El “mejor” Johnnie Walker depende, por lo mismo, de lo que busque cada quien, pero el Johnnie Walker Blue Label es la verdadera joya de la corona y el más lujoso. Sin embargo, para los expertos en sabor y relación calidad-precio, el JW Green Label suele ser considerado el mejor, esto gracias a su mezcla de maltas puras de 15 años”. Así que... ¡Salud!


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