22 septiembre 2026

Dos vocablos: semita y jacobino

Estuve leyendo un artículo acerca de Antonio Machado (1875-1939) quien, por su postura frente al gobierno español, se había auto-exilado en Francia hacia el final de su vida. El poeta y autor de Campos de Castilla está enterrado en el humilde cementerio de un pueblo pesquero del sur de Francia. La nota hablaba de la circunstancia de no haber repatriado sus restos a un lugar donde hubiera recibido el homenaje debido; reclamaba no haberlos llevado a un panteón en su país, destinado a honrar a sus más destacados hijos.

Opté por dar un breve repaso a los comentarios. Pude apreciar tres aspectos: la falta de unanimidad en cuanto a que tales restos volvieran a España; un cierto prejuicio relacionado con su matrimonio con una menor de edad (él le llevaba con 19 años), aunque había cumplido el requisito para hacerlo (no siempre es acertado juzgar sin considerar las costumbres y normas de otro tiempo); y, el uso de la palabra “jacobino” para tildar la tendencia política de Machado, y su evidente actitud de rebeldía con el régimen reinante.

El DLE define jacobino como: “dicho de una persona: militante, durante la Revolución francesa, del partido caracterizado por sus procedimientos radicales y rigorismo moral; o, también (adjetivo), como quien es ‘defensor de ideas de izquierda y radicales’. Son sus sinónimos: revolucionario, exaltado, violento, radical. Señala en el epígrafe etimológico que: (viene) “… del francés jacobin; propiamente 'dominico', por celebrar sus reuniones en un convento de dominicos, deriva del latín Iacobus, 'Jacobo', por alusión a un hospicio de peregrinos a Santiago de Compostela, del que se encargaban esos religiosos”. Este Jacobo (Jaques en francés o James en inglés) es Jacobo de Zebedeo o Santiago el mayor, uno de los doce apóstoles de Jesucristo.

En tiempos de la Revolución Francesa (1789-1799) se tildaba de “jacobinos” a los miembros del Club de los Jacobinos, llamados así porque el monasterio mencionado, estaba ubicado en la rue Saint-Honoré, pues su primera residencia en Paris había sido la abadía de Saint Jaques. Más tarde (1789) el término se identificó con las ideas de los Jacobinos y las políticas del Reino del Terror asociadas con Maximilien Robespierre. No obstante, la palabra luego adquirió cierta elasticidad semántica y pasó a identificar coloquialmente a quien se decía partidario convencido de una democracia o estado centralizado y revolucionario, así como también a cualquier político que fuera hostil a la idea del debilitamiento o reducción del tamaño del Estado.

Semita es término confuso; antisemita por su parte– se refiere a quienes abrigan sentimientos contra los habitantes de Israel o judíos que regresaron en el siglo pasado, como si se hubiesen apoderado de áreas que antes no fueron suyas. No solo son semitas los judíos, sino otros pueblos que en la antigüedad hablaron lenguas parecidas. Históricamente, los israelitas eran semitas, fueron parte de las comunidades históricas y lingüísticas del antiguo Oriente Próximo (hablaban una lengua semítica: el hebreo antiguo y compartían un origen cultural común). “Semita” proviene bíblicamente de Sem, hijo de Noé, y se usa en lingüística y antropología para agrupar a todos esos pueblos que hablaban tales lenguas. Además de israelitas y judíos, los semitas incluyen a otros pueblos de Oriente Medio (árabes, fenicios, acadios o arameos).

El vocablo “israelita” se refiere a los habitantes del antiguo pueblo bíblico descendiente de Jacob (conocido también como Israel). La voz “hebreo” se trata del término más antiguo usado para designar a los ancestros patriarcales del pueblo judío, empezando por Abraham; “judío” define a quienes pertenecen al pueblo judío por linaje o religión (el judaísmo) en cualquier época o lugar. Por otra parte, la voz “antisemitismo”, en la práctica política actual, es un término que se acuñó de forma específica para referirse al odio hacia los judíos (judeofobia); esto, a pesar de que la raíz “semita” abarca a otros pobladores, como son los árabes.

En el siglo XVIII, se usaron voces bíblicas para agrupar lenguas de una misma familia en Oriente Próximo, como hebreo, árabe y arameo. Se llamó semita a quien hablaba esos idiomas, ello incluye a antiguos grupos relacionados. Judío es un concepto religioso y de identidad étnica; semita es una categoría lingüística e histórica más amplia que engloba a varios pueblos de Oriente Medio. No todos los semitas son judíos, ni todos los judíos son semitas. Un judío pertenece a su pueblo por nacimiento o conversión, y se identifica con su religión y cultura. El judío puede ser ciudadano de cualquier país y, sin embargo, pertenecer a diversas etnias o nacionalidades. El nombre viene de la tribu y reino del sur llamado Judá (o Judea). Tras la caída del reino del norte (Canaán), así como debido a los futuros exilios (la diáspora), los sobrevivientes se identificaron con este nombre. De todos modos, no se debe confundir a los israelitas antiguos con los israelíes, que son los ciudadanos actuales del moderno Estado de Israel, sin importar su religión.


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18 septiembre 2026

La pluma de Don Mendo *

 * Escrito por Arturo Pérez-Reverte, para Patente de Corso Zenda

Antes de teclear esto escribí unas líneas a mano, con pluma estilográfica. Lo hice con deliberada solemnidad, pues hay objetos que obligan con su carga invisible de tiempo y de memoria. Esta de la que hablo no es una pluma cualquiera: hace un siglo que fue fabricada y tiene arañazos, desgaste, cicatrices. Tiene historia. Sobre todo, historia. Se trata de una Montblanc Simplo de color negro, fabricada entre 1925 y 1930, con plumín de oro. Y con ella, aseguran quienes dicen saber, Pedro Muñoz Seca escribió La venganza de Don Mendo.

Las plumas estilográficas, como los viejos marinos, se jubilan después de largas y azarosas travesías. Esta que menciono pasó de Muñoz Seca a Alfonso Ussía padre, que era nieto del dramaturgo. Después la heredó Alfonso Ussía hijo, amigo mío como lo fue su padre. Y hace algún tiempo —un espléndido regalo de Alfonso— acabó en mis manos. A cierta edad uno sabe que los objetos antiguos sólo importan cuando traen consigo una historia. También poseo varias estilográficas y profeso, acentuado con los años, el culto a la tinta y el plumín. Mi marca favorita es la inglesa Onoto, que conserva la perfección de cuando los fabricantes aspiraban a la excelencia y no a satisfacer a un departamento de marketing. En cuanto a calidad europea, tengo la certeza de que nadie las fabrica mejores que la alemana Pelikan. Las Montblanc, por su parte, hace tiempo que se fueron al diablo: ahora sólo es una marca cara, y punto.

Tengo, con ésta, siete Montblanc de las antiguas, de las buenas. Pero ninguna posee la carga sentimental de la estilográfica de Muñoz Seca, porque no trazó una novela ni una carta de amor o amistad, sino parte de la gran biografía teatral de España: versos que generaciones enteras repitieron de memoria, que siguen provocando sonrisas y carcajadas casi un siglo después de ser concebidos. Y eso, en una época donde la mayoría de las obras nacen con fecha de caducidad y mueren antes de cumplir una temporada literaria, tiene mucho de milagro.

Me gusta creer que ciertos objetos conservan, de quienes los utilizaron, una huella invisible que desafía al tiempo. Por eso cuando miro esa Montblanc Simplo no veo sólo una estilográfica antigua. Veo una mesa de trabajo iluminada por una lámpara, veo una cuartilla en blanco, veo a un autor buscando una rima disparatada, veo tachaduras, manchas de tinta. Escucho el murmullo de los teatros, el rumor de las butacas llenándose. Oigo las carcajadas felices de un público que todavía iba al teatro dispuesto a divertirse, y no a recibir lecciones morales ni tostones metafísicos.

Pero también escucho otro sonido menos agradable: el pasillo de una prisión, nombres leídos en voz alta, verdugos que esperan. El eco del miedo que unos muestran, otros esconden y alguno es capaz de convertir en ingenio, en trágica y póstuma broma como la que la leyenda atribuye a Muñoz Seca mientras caminaba hacia la muerte: «Podéis quitarme casi todo, incluso la vida. Pero hay algo que no podéis quitarme: el miedo que tengo…» Tal vez lo dijera exactamente así, o tal vez no. Las leyendas suelen corregir la realidad para hacerla más elegante; pero resulta una frase tan inteligente y tan desesperadamente humana, que deseas creerla cierta.

Después vino el silencio, y luego el estampido de los fusiles. El eco seco de la descarga en el triste amanecer de Paracuellos. El final miserable, tan brutalmente español, reservado a uno de los hombres que más hizo reír a España. Lo mataron quienes creían estar construyendo así el futuro, como suele ocurrir con los fanáticos de cualquier color, convencidos de poseer la verdad absoluta. Siempre seguros de que la libertad consiste en pensar exactamente lo mismo que ellos. Siempre dispuestos a fusilar primero y reflexionar después. O a no reflexionar nunca.

Vuelvo a mirar la Montblanc y sé que no es una estilográfica antigua, sino una superviviente. Sobrevivió a los críticos adversos, a la guerra, a los asesinos, al odio, al polvo de los desvanes y al estrago del tiempo. Pasó de unas manos a otras llevando una memoria, y hay objetos que no se miden por su rareza ni por el precio que un coleccionista está dispuesto a pagar, sino por la cantidad de tiempo y olvido que lograron derrotar. Esta pluma que tengo ante mí lleva casi un siglo haciéndolo. Mientras exista alguien capaz de abrir La venganza de Don Mendo y reírse con los versos disparatados, mientras hallemos placer en su inteligencia, ingenio y humor, mientras haya lectores o espectadores que recuerden a Pedro Muñoz Seca, los imbéciles que apretaron el gatillo habrán fracasado. Al final todos desaparecemos, pero con frecuencia quedan las palabras. Y a veces, para desconcierto de la muerte y escarnio de los verdugos, también queda la pluma con que fueron escritas.


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15 septiembre 2026

Palabras y locuciones (1)

Han pasado algunas semanas desde que se efectuó uno de los mundiales de fútbol más controvertidos que yo recuerde; sin embargo, debido a la naturaleza y origen de las transmisiones que preponderaron en Ecuador (con relatores y comentaristas escogidos por una empresa argentina), por fuerza nos fuimos acostumbrando a escuchar una serie de palabras inéditas –si no fueron palabras “inventadas”–. Términos como “revulsivo”, “bascular”, “aprontar”, utilizados muchas veces con un sentido en apariencia adaptado al contexto deportivo, nos fueron dejando, más de una vez, inquietos por su alcance y real significado. 

El uso de estos no siempre reconocidos –aunque en apariencia ya bastante utilizados– vocablos, pasó de golpe a dejarnos la impresión de que se trataba de una novedosa fraseología, cuando en la mayoría de los casos solo se trataba de una impostura, de un pseudo lenguaje bien informado. “Aprendimos” así que revulsivo se empleaba para referirse a un jugador sustituto o suplente que era ingresado al campo de juego para cumplir con una misión o tarea específica; que bascular significaba la condición de moverse hacia un lado u otro del terreno (izquierda o derecha) para aplicar una cierta táctica o estrategia; que aprontar quería decir dar celeridad o aprestar; o que, cuando el relator colombiano decía “la selección Colombia” solo se estaba dando la libertad de suprimir la preposición porque nadie dice “la selección Chile (o Brasil)”…

He meditado en estos asuntos por la forma en que en ocasiones incorporamos a nuestro uso una serie de voces que adquieren un significado caprichoso y regional; o, porque las pronunciamos –o escribimos– mal y nadie nos corrige. En esta tesitura, resulta muchas veces incomprensible que teniendo una herramienta a la mano, como es la información internáutica, no consultemos oportunamente usos y significados… Doy unos pocos ejemplos: “elevado” es un uso regional que, además de significar alto, quiere decir “estar en Babia” o, lo que es lo mismo, estar desatento, disipado o “con la boca abierta”. Escuchamos decir: estar en “cunclillas” (y no cuclillas), añadiendo en forma innecesaria la ene intermedia. O usamos “garrafal” como sustituto de error cuando lo único que quiere decir es tremendo, descomunal o exorbitante…

Estuve invitado a un almuerzo en días pasados. Sirvieron una entrada hecha con ventresca de atún, lo que propició que alguien comentara que no solo se trataba del “lomo” del atún, sino de cualquier otro pescado. Claro, no faltó quien, con una pizca de sentido común insinuara que la ventresca se llamaba así por provenir de la parte inferior (del vientre) o “vacío” (zona entre las costillas y la cadera), en este caso del atún. El término calzaría también a esa parte del bonito, pero se acostumbra –en ese caso– bonito por ventresca… En otro episodio, escuché a un analista político referirse a la calidad olfativa de la gente como “husmear” (cualidad que tienen los animales inferiores) cuando nos referimos a percibir algo como sospechoso.

Leí también un artículo de Alex Grijelmo que hacía el siguiente comentario: “La funcionaria contestó “Lo ignoro por completo”; se supone que lo dijo con la intención de significar “lo desprecio”, “lo desoigo”, “lo desdeño”, “no lo considero…”. o uno de tantos otros verbos a los que ha arrasado el nuevo sentido anglocentrista de “ignorar” (antes, “desconocer”). El articulista parecía subestimar que ignorar no solo significa “no saber (desconocer) o no tener noticia”; sino también: “no hacer caso de algo o de alguien, o tratarlos como si no merecieran atención” (desoír, desatender, desdeñar, desestimar, menospreciar, despreciar, rechazar, prescindir).

Fue enriquecedor, no obstante, revisar la etimología de la voz “mamarracho” (“persona estrafalaria o ridícula”): “…constituye una muestra más de cuánto nos gustan a los hispanohablantes los insultos con reiteración vocálica, como “tarambana”, “ganapán”, “mangarrán”, “charlatán”, “soplagaitas”, “cantamañanas”, “macarra”, “haragán”, “cascarrabias”, “bocachancla”, “papanatas”, “mequetrefe”, “enclenque”, “tiquismiquis”.  Antes que “mamarracho” se dijo “momarracho” –alteración de moharrache, que a su vez procede del árabe vulgar muharrág, “bromeador”, “bufón”; la sílaba inicial se impuso a la previa, probablemente por su propio peso en la palabra”.

Finalmente, termino con un comentario relativo a una expresión que en ciertos niveles se ha convertido en una manida frase coloquial; es esa suerte de saludo que se escucha en salones y restoranes: “Buen provecho”, por aquí; “Buen provecho”, por allá. Por ahora solo quisiera comentar que se trata de una locución innecesaria e inelegante que en algunos medios provoca un callado susurro: “ya no se usa…”  Existe hoy una corriente que prefiere un simple “buenos días” o “buenas tardes”; o que, incluso, se decanta por una fórmula intermedia y –para no dejar la impresión que quizá dejaría un jornalero que sin esperarlo se tope manos a boca con su patrón–, opta por un cordial “disfruten y que tengan una buena tarde”.


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11 septiembre 2026

“Zeta”, y su experiencia médica

Hay percepciones que actúan como un raro sortilegio, se comportan como si se tratasen de un talismán, o de una forma de premonición; suelen convertirse –a la vez– en una extraña suerte de epifanía.

Nos hemos hecho amigos –voy aquí a llamarlo “Zeta”–. Cruzamos un día un par de palabras y pronto fue fácil comunicarnos; fue como si hubiéramos sido amigos de toda la vida. Hay algo de marcial y altivo en su apostura, nos vemos en el parque de cuando en vez. Quizá sea su forma de caminar la que denuncia su fe religiosa, su formación militar y ese sentido de respeto a la naturaleza que lo hacen ver tan saludable. Es cordial y comunicativo, camina siempre acompañado. Parece un hombre agradecido con la vida: vaya, es un hombre bueno. Se hace tratar de alguna dolencia, pero enfrenta su condición con humor y dignidad.

Él dice ser un buen paciente. No porque exude esa calma y tranquilidad, que “todo el mundo” sabe que lo caracteriza, sino porque dice que sabe cómo colaborar con sus facultativos –esos “modernos arúspices”, como él les llama a los galenos. Sabe cómo suplirles información para que le puedan diagnosticar, tratar y curar mejor; parece saber cuáles son las preguntas adecuadas, incluso aquellas que, si bien lo vemos, pudieran suplantar lo que los doctores soslayan decirnos o, quizá, pudieron haber olvidado de aclararnos o advertirnos. Es un paciente que se deja ayudar, que comprende que, para mejorar, hay que contar y saber preguntar, que son tales preguntas las que merecen aquella invariable réplica: “¡qué buena pregunta!”

Zeta es un gran comunicador (“desde niño le viene natural”). No sabe si es un prurito suyo, un “resabio”, pero tal como él mismo dice, le sucede por donde va, cuando nota que idéntica actitud le evita posteriores consultas o explicaciones, y que –por lo general– consigue buenos resultados. “Puede ser sintomático –me dice–, y así mismo es como siempre me pasa: antes ni siquiera los había visto, y al final siempre quedamos como si alguna vez hubiésemos sido vecinos de barrio, compañeros de promoción o viejos amigos”.

Una madrugada se le exacerbó un pequeño problema de salud. Por meses, reaparecía al poco tiempo que desaparecía: una de esas toses que llaman alérgicas, esas que a veces se complican con una parcial afonía. Como durante todo ese período de tiempo había acudido al médico varias ocasiones por el mismo motivo, decidió volver a consultar al mismo profesional (era el cuarto facultativo que Zeta consultaba por el mismo síntoma) para solicitarle que le dé una orden para que le efectúen una simple radiografía pulmonar, cuyo resultado pudiera descartar que adolecía de un problema más serio en el sistema respiratorio.

Pero el trámite no había sido tan simple como él hubiera previsto: los médicos tienen ciertas restricciones, pues existe un protocolo en algunos centros médicos debido al cual deben literalmente “inventar” una dolencia más importante, para, de ese modo, poder recetar o solicitar un pedido de exámenes. Y así fue cómo lo justificaron, con una supuesta “bronquitis aguda” para poder proceder con el sencillo trámite que mi amigo requería… ¿Cómo no pueden disponer que se me haga una radiografía?, con justicia reclamó.

Satisfecha la gestión, Zeta recibió el resultado respectivo. La imagen presentaba una novedad que debía ser evaluada con una tomografía. Esta confirmó la presencia de una condición irregular que requería de la revisión de otro especialista, un neumólogo que fue contactado para la consulta pertinente. Consistía en una sombra en el pulmón que por su tamaño se identificaba como una “masa”. “No siempre se trata de un tumor –le dijeron–; puede ser una infección encapsulada (un absceso o tuberculosis), una acumulación de líquido, una malformación congénita o alguna forma de inflamación”. Entonces el facultativo consultado le refirió a una casa especializada de salud gubernamental, que, al recibir la solicitud pertinente, procesó una primera atención para una espera no inferior al excesivo plazo de 10 días. “Es que, en vacaciones, los médicos también tienen que salir con sus familias”, me dice; “por eso, las consultas son más escasas…”

“Que no pierda tiempo, me dijeron” –me susurró–. “Dada, la premura, acudí a una clínica particular: no sabía si podría aplicar el seguro, porque como estaba recién contratado, todavía estaba en período de carencia”. “Así que aquí estoy, esperando por otros diez días hasta que me entreguen el resultado de la bendita biopsia…”. Desde entonces no lo he visto todavía, imagino su inquietud y expectativa. La última vez, Zeta tosió un par de veces y se despidió musitando unas frases latinas por nosotros conocidas: “Carpe diem” (aprovecha o disfruta del nuevo día) y “Ridere aude”, que significa “atrévete, o anímate, a reír”

¡Ay, mi amigo, Zeta; que sus “arúspices” lo curen!, ¡y que nuestro Dios premie su paciencia, lo proteja y lo bendiga!


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08 septiembre 2026

Johnnie Walker y nuestra salud

Es lo que hoy llaman un terraplanista, alguien que no solo cree y está convencido de que la Tierra es plana, sino de que todo el Universo gira alrededor de ella; y –ya puestos– de que todo mismo gira alrededor de su sacrosanto conocimiento, que parece ser siempre idéntico al de sus inefables e irremplazables amigos. Lo conozco por más de cincuenta años; es de aquellos que siempre tiene algo que reprochar a lo que otros piensan. Cuando ellos intervienen, lo hace para decir que lo que los otros tienen no es lo mejor, porque él tiene algo más perfecto; y, si no es él, sus especiales e impolutos amigos… Así, sus criterios nunca son una opinión más; son la referencia, el credo y el anatema. Si piensas distinto estás a un corto paso del infierno.

No es que sea obcecado o testarudo, es que opina de lo que sabe y de lo que no; baste que alguien haya traído a cuento su opinión o su manera de ver un determinado tema, que él ya esté diciendo que no es así, que es de otro jaez o modo, que él sabe de alguien infalible que piensa distinto. Su problema es que, además, le gusta tomarse unos “pocos” traguitos; y no es que pegarse de vez en cuando unos “guaspetes” sea malo, sino que ese es su estado natural, con el agravante de que con solo zamparse dos ya se pone en modo beodo –necio y excluyente– y se pone en plan de convencer a los otros no solo de que están equivocados, sino que quiere dar cátedra de que lo que él sabe es no solo la verdad, sino siempre, siempre, lo único correcto.

Su problema es que lo suyo es la dipsomanía, y él no está hasta ver el frasco vacío. No solo que nunca son solo dos ni tres tragos, sino que basta un par para que adquiera ese talante tan suyo, tan mordaz y compulsivo. Entonces le da por justificar su ya consuetudinaria condición y repite su mantra de medias verdades que él ha convertido en catecismo: que el humilde Johnnie Walker rojo –que es el que él prefiere y sustenta su exiguo presupuesto– es el más sano y el mejor, y se da por repetir la renovada y cansina falsedad de que es una verdad científica que no solo la respaldan universidades y revistas especializadas, sino que lo ha dicho, ¿quién si no?, un médico muy conocedor y cercano a él. Ya lo adivinaron: uno de “sus” propios amigos…

Pero revisemos primero la información proporcionada por el fabricante: “Desde un punto de vista médico y químico, ningún whisky Johnnie Walker es ‘menos dañino’ que otro. Todos los whiskies estándar de la marca (como Red, Black, Gold o Blue Label) contienen aproximadamente 40% de volumen de alcohol (40°), por lo que el impacto del etanol en el cuerpo es idéntico por trago medido. La diferencia entre las etiquetas radica únicamente en el proceso de añejamiento, en la calidad de los destilados y el nivel de impurezas o congéneres (es decir, las sustancias que se generan durante la fermentación y que empeoran la resaca)”.

“Comparación: Las etiquetas jóvenes (Red Label / Johnnie Blonde), suelen tener un proceso de maduración en barrica menor. Esto puede traducirse en una mayor presencia de alcohol libre al paladar y una mayor concentración de congéneres, lo que incrementa la probabilidad de sufrir molestias si se consume en exceso. Las etiquetas añejas (Black Label de 12 años, Green Label, Gold Label o Blue Label), pasan más tiempo en barricas de roble. Este añejamiento prolongado permite que la madera filtre y suavice algunos componentes secundarios, logrando una bebida más limpia y menos agresiva para el organismo al metabolizarse”. 

“Los dos tipos (Black y Blue) no son una versión más joven y más añeja del mismo whisky. Black tiene un registro de 12 años. Blue no tiene declaración de edad y se elabora con barricas seleccionadas a mano para obtener un sabor y textura diferentes. La principal diferencia entre el JW Black y el JW Gold Reserve radica en su sabor y categoría de añejamiento: Black tiene una declaración fija de años y un carácter marcadamente ahumado y robusto, mientras que el Gold es más suave, dulce y cremoso, enfocado en notas de miel sin una edad definida en la botella. El whisky Johnnie Walker Gold Reserve no tiene una edad declarada en la etiqueta, lo que significa que tiene una mezcla legal de whiskies con un mínimo de al menos 3 años de añejamiento”.

“Consejos para reducir el daño al beber: evita mezclarlos con azúcares o gaseosas; ello acelera la absorción del alcohol y potencia los malestares de la resaca. El alcohol deshidrata el cuerpo; acompañar cada trago con un vaso de agua es la medida más efectiva para mitigar el daño físico. El factor determinante en el daño a la salud (hígado, cerebro y sistema cardiovascular) es la cantidad total de alcohol ingerida, no el tipo de etiqueta, el daño real depende de la cantidad total de alcohol puro que se toma. El “mejor” Johnnie Walker depende, por lo mismo, de lo que busque cada quien, pero el Johnnie Walker Blue Label es la verdadera joya de la corona y el más lujoso. Sin embargo, para los expertos en sabor y relación calidad-precio, el JW Green Label suele ser considerado el mejor, esto gracias a su mezcla de maltas puras de 15 años”. Así que... ¡Salud!


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04 septiembre 2026

Cuando el alma aprende a volar *

  * Por Jorge Alberto Norero González. Publicado en La Nación, reeditado por espacio.

Hay una paradoja que solo el paso del tiempo es capaz de revelar. Durante la juventud creemos que vivir consiste en conquistar el mundo; en la madurez descubrimos que la mayor conquista siempre fue aprender a conquistarnos a nosotros mismos. Pasamos décadas persiguiendo metas, acumulando responsabilidades, defendiendo orgullos, compitiendo por posiciones que un día parecían imprescindibles. Sin embargo, cuando el calendario deja de ser un aliado para convertirse en un maestro, comprendemos que muchas de aquellas batallas jamás merecieron librarse.

La edad, a nadie vuelve sabio. Lo que produce sabiduría es la capacidad de mirar hacia atrás sin mentirse y aceptar que muchas de nuestras certezas eran apenas ilusiones. La experiencia no es la suma de los años; es la suma de las lecciones que fuimos capaces de rescatar de nuestros errores. Tal vez por eso la verdadera libertad comienza cuando dejamos de intentar demostrar quiénes somos y empezamos, simplemente, a ser.

Vivimos en una civilización que idolatra el éxito material, pero la vida termina enseñándonos que la riqueza más extraordinaria jamás podrá guardarse en una caja fuerte. Está en contemplar un amanecer sin prisa, en escuchar el murmullo del mar, en dejar que el viento acaricie el rostro, en observar el vuelo de un ave sin preguntarnos hacia dónde va. Está en compartir una conversación sincera, en abrazar a quienes amamos y hasta en sonreír al escuchar el ronquido de la mujer que duerme junto a nosotros, porque ese sonido cotidiano nos recuerda que el amor también habita en las pequeñas cosas.

Nada de eso tiene precio, precisamente porque tiene un valor infinito. El ser humano se ha proclamado dueño del planeta, cuando apenas es un pasajero temporal de una creación que existía mucho antes de nosotros y que continuará cuando ya no estemos. La naturaleza no nos pertenece; nosotros pertenecemos a ella. Comprender esa verdad es abandonar la soberbia para abrazar la humildad. Quizá por eso Dios se manifiesta menos en los templos de piedra que en la perfección silenciosa del universo. En el equilibrio de una hoja, en el ritmo de las mareas, en la inmensidad del cielo estrellado y en esa conciencia que, alguna vez, nos obliga a detenernos para preguntarnos quiénes somos y por qué estamos aquí.

Con frecuencia escucho decir que, al llegar a cierta edad, ya nada importa. Que las decisiones pierden sentido porque el camino restante es corto. No podría estar más en desacuerdo. Precisamente porque el tiempo se vuelve más escaso, cada minuto adquiere un valor inmenso. Nunca es tarde para pedir perdón, para reconciliarse, para amar con mayor profundidad, para aprender una nueva idea, para agradecer la vida o para descubrir que la felicidad siempre estuvo mucho más cerca de lo que imaginábamos. Los años no deberían llenarnos de resignación, sino de lucidez. Hoy entiendo que vivir no consiste en contar el tiempo que nos queda, sino en honrar el tiempo que todavía nos ha sido prestado. Cada amanecer representa una oportunidad irrepetible de ser mejores que el día anterior. Cada atardecer nos recuerda que nada es eterno y que precisamente por eso cada instante merece ser vivido con intensidad.

La juventud nos regala fuerza; la madurez nos entrega perspectiva. Y esa perspectiva nos permite descubrir que la verdadera grandeza del ser humano no está en el poder que ejerce sobre los demás, sino en la paz que alcanza dentro de sí mismo. Cuando finalmente dejamos de luchar contra el tiempo y aprendemos a caminar junto a él, desaparece el miedo. Entonces comprendemos que el final no es una derrota, sino la culminación natural de una existencia que tuvo sentido.

Si la vida me ha enseñado algo después de siete décadas, es que jamás es tarde para aprender, jamás es tarde para amar y jamás es tarde para agradecer. Porque quien vive con gratitud ya no teme al horizonte.

Simplemente se prepara, con serenidad y esperanza, para el día en que el alma, finalmente, aprenda a volar.


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01 septiembre 2026

Mahoma y la salud

Estuve basado mis últimos tres años como piloto en una tierra árida y calurosa que exhibía una bandera peculiar: sobre un fondo verde oscuro y colocada sobre una espada que apuntaba a la derecha, exhibía una leyenda (la Shahada) que decía: «No hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta». Ese texto es el pilar mismo del Islám (“la sumisión a Dios”); por ello es seguro inferir que el profeta se percibía como un enviado por Dios, un elegido para transmitir Su palabra; se percibía como un ser humano común y corriente, poseedor de un cuerpo vulnerable (como cualquiera), sujeto al dolor, a los quebrantos físicos y a la enfermedad.

Ha habido, unos pocos que, en el pasado, han sospechado que Mahoma padecía de epilepsia. Sin embargo, no hay registros que indiquen que padeciera una enfermedad crónica en su vida adulta, aunque la tradición y la historia recogen debates acerca de su salud, debido a que la fiebre que causó su muerte era atribuida a un probable ataque de epilepsia. Se cuenta que al final sufrió un fuerte proceso febril; las fuentes islámicas asocian este episodio con una fiebre muy alta, interpretada como una forma de malaria o alguna infección aguda. Muhammad falleció a los 62 o 63 años en Medina, el 8 de junio del año occidental 632.

Algunos cronistas medievales han sugerido que padecía epilepsia del lóbulo temporal; quizá interpretaron sus revelaciones divinas como ocasionales crisis de salud. Historiadores y estudios médicos modernos, al igual que la tradición islámica, siempre han rechazado esta hipótesis por considerarla sin una base real. Pudiera tratarse de una vieja teoría sustentada en análisis modernos, pero inspirada en relatos antiguos. Cronistas del Medioevo sugirieron que sus revelaciones eran crisis de epilepsia para desacreditarlas. Se argüía que los estados de trance o el sudor intenso durante dichos episodios se debían a convulsiones.

Médicos modernos todavía debaten sobre aquella probable epilepsia. Los textos islámicos y las biografías tradicionales describen que Mahoma mantuvo sus facultades mentales y físicas plenamente lúcidas hasta el fin de su vida, lo que no concuerda con el deterioro típico que caracteriza a una enfermedad neurológica no tratada. Por ello se argumenta que los eventos descritos corresponden a experiencias espirituales de profunda concentración –o trance– al recibir los mensajes divinos, acompañadas siempre de reacciones físicas intensas por el esfuerzo místico, e interpretadas por los creyentes como de origen divino y no patológico.

Es conveniente ubicar el contexto histórico de cómo era la medicina en la península arábiga del siglo VII, cuando murió Mahoma. Esta era, en esos tiempos, una mezcla de tradiciones folclóricas locales, remedios naturales y supersticiones, sistema que hoy se conoce como medicina beduina tradicional; se caracterizaba por el uso de plantas como el comino negro, la miel y el jengibre para curar los males; la cauterización o aplicación de metales calientes sobre la piel para detener infecciones o tratar dolencias; y sangrías (ventosa-terapias) que consistían en la extracción de sangre con ventosas para equilibrar los fluidos. Todo, inspirado en creencias espirituales de que las enfermedades eran causadas por el “mal de ojo” o por los malos espíritus (yinn).

Entonces ya existía una considerable influencia extranjera en toda esa zona; en especial, grecorromana y persa. La medicina científica avanzada (Galeno e Hipócrates) se había concentrado en Alejandría y el Imperio Sasánida, por lo que apenas influyó en la vida del desierto. Había surgido una escuela, la de Gundeshapur, un gran centro médico persa que habría de influir a través de médicos árabes cristianos que estudiaron allí, como Al-Harith bin Kalada, quien promovió la higiene personal, el lavado de manos y las cuarentenas en caso de epidemia. Afirmó que “para cada enfermedad existe una cura”, lo que impulsó a investigar la ciencia en lugar de resignarse al dolor. Este enfoque fue la semilla que, dos siglos después, desató la Edad de Oro del Islám, cuando su medicina superó a la europea e integró el conocimiento global.

Al-Hárith bin Kálada es recordado como “el primer médico del mundo islámico”; fue el verdadero puente entre la medicina del desierto y la ciencia avanzada de la época. Viajó a Persia, donde aprendió las teorías occidentales, combinando sus tradiciones con las griegas, persas e indias. Contemporáneo de Mahoma, gozó de enorme respeto –el profeta reconocía su pericia y sugería que acudieran a él para ser tratados–. Curó a figuras muy importantes, como al primer califa Abu Bakr, y escribió tratados sobre remedios naturales. Su método priorizaba prevención, higiene y dieta; dejó sabios consejos como: “No comer frutas si no están maduras”, “Aligerar las deudas” y “Caminar siempre cuarenta pasos después de merendar”.


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28 agosto 2026

Paciencia y barajar

Fui hoy al centro médico; por fuerza tenía que madrugar (ciertos exámenes nos requieren estar en ayunas). Ahí estaba, sentado esperando a que algún alma caritativa mencionara mi nombre. Bien sabía que por temprano que fuera el sistema asignaría turnos conforme a como uno se registre (first come, first served). Así que, tranquilo Alberto, “paciencia y barajar” cómo decían los abuelos, sin saber que citaban a Cervantes…

En esas estaba, cuando una anciana sonriente, de andar premioso, me hizo una venia y musitó un “buenos días”. Iba ella acompañada de una joven atractiva que lucía una lozana y armoniosa figura; nunca dudé que podía tratarse de su nieta…. Caminaba, la dama, asistida por uno de esos batones ortopédicos de cuatro patas que siempre quise saber cómo es que se llaman (hoy sé que así mismo se llaman: ese es su nombre técnico, por sí se ofrece). Parecía también ir acompañada por alguien que enseguida imaginé que era su hermano (el trato entre ellos era demasiado cordial para imaginar que fuera su marido). Fácil fue colegir que estaban ahí para cumplir con tareas similares a las que impulsaban mis propios motivos.

Cuando, poco más tarde, terminé el trámite de proveer una muestra para su posterior análisis, allí con la manga de la camisa todavía recogida, mientras me aseguraba que esa mínima hemorragia que se produce con el pinchazo ya se había suspendido, fue que la dama amigable nuevamente me dirigió la palabra para preguntarme si me habían lastimado con la breve y tradicional incisión. “La verdad es que ni siquiera lo sentí –respondí–, y eso que estoy acostumbrado a que no me encuentren las venas en ese lado; pero esta vez no hubo problema. La chica parece tener buena mano; parecería que mis venas andan siempre un poco escondidas”. “Es que usted mismo ha de haber hecho algo para esconderlas”, socarrona me embromó…

Celebré su buen talante. “Aprecio su buen humor –le lisonjeé–, responde a lo que antes llamábamos “humor quiteño”, algo que hoy parece haber desaparecido…”. “Es que ahora los jóvenes parecen haber perdido los valores, musitó, lo único que les interesa es estar atendiendo el celular” (lo dijo sin importar que su nieta pudiera estarle escuchando)… “No, no creo que se trate de un asunto de edad –repliqué–, hoy toda la gente parece salir a la calle apresurada, todos parece que van atrasados, se les nota crispados, como si estuvieran molestos o enojados”… “Tiene razón –la señora concluyó–, lo que pasa es que creemos que andamos solos: ya no nos importan los que van alrededor: nos hemos hecho muy egoístas. ¡Sí, todos mismo!”.

Advierto, mientras comento el amigable episodio, que –a los tiempos– he estado visitando, estos mismos días, distintos centros de salud (no hablo de clínicas ni tampoco de hospitales). Es algo relacionado con mis achaques, más que con mis “quebrantos”… Parece haber ahí, en esos lugares, un ambiente aséptico aunque desangelado; flota en el ambiente ese etéreo fantasma llamado incertidumbre; el mismo que no tiene que ver con la salud o los tratamientos, con la medicina o la enfermedad, sino con una suerte de callada premonición, con la nunca prevista posibilidad de que se nos participe, de golpe, de que somos portadores de un mal inédito, de uno que, hasta ese mismo día, parecía improbable y ajeno… De pronto, la inquietud se ha de convertir en tormentosa preocupación, la curiosidad en malhadada –cuándo no en– ominosa, imponderable, irreversible e ineluctable evidencia.

Es ahí cuando comprendemos que nada ganamos con preocuparnos; es que, ¿por qué o para qué sufrir si existe solución o remedio?; o, por el contrario, ¿para qué perder el sueño si parece que ya no hay nada que podamos hacer? Claro que tampoco significa que haya que bajar los brazos y entregarnos al abandono. Entonces… “paciencia y barajar”; es mejor esperar, como lo hacen los buenos jugadores de naipes. Que la fortuna no vaya a sernos esquiva y que la suerte de la baraja nos sonría y favorezca una vez más.

“Paciencia y barajar” significa aceptar un revés o mala situación con calma para poder recuperarnos, o hasta poder estar en condición de volver a empezar. La frase viene de los juegos de cartas, cuando las manos de la baraja no resultaban favorables e invocábamos paciencia para que, repartidas otra vez las suertes, el juego pudiera tener un distinto designio. La Real Academia y los refraneros recuerdan que esta expresión invita a la perseverancia tras cualquier fracaso. La locución se hizo tan famosa que incluso Cervantes la utilizó en su Don Quijote de la Mancha (Segunda Parte, Cap. XXIV). Hoy se echa mano de ella, cuando algo nos sale mal –o, tal vez, distinto a lo que podíamos esperar– y, en vez de enojarnos y amargarnos la vida, convenimos en que sería preferible calmar nuestros ánimos y volver a empezar.


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25 agosto 2026

Pajas mentales

Hace pocas semanas estuve leyendo un artículo que parecía hecho para terraplanistas –seres proclives a creer en pajaritos preñados–, sugería que Argentina habría perdido aposta (adrede o a propósito) su partido final con España; por coincidencia, algo más tarde, me llegó una breve nota en las redes con un supuesto reclamo de los aficionados argentinos para que se repita el partido... Constaté así que hoy en día hay gente abierta a creer en todo, en cualquier adefesio (y en otro que sostenga lo contrario): ellos viven un estado de autoengaño. 

Como decía un lector: “…hay gente dispuesta a aceptar cualquier bulo o falsedad. No sé qué pesa más, si el influjo de las redes o la falta de criterio. Estoy espeso –decía–, no entiendo nada. Antiguamente había un concepto que explicaba muchas cosas, se llamaba ‘paja mental’. La expresión creo que viene de la diferencia entre el grano –la sustancia– y la paja que se lleva el viento. Decía Borges en un cuento, que leemos la prensa diaria para olvidarla con la del día siguiente”. Una paja mental, de acuerdo con el RAE, es una elucubración carente de fundamento (la Academia considera que la mencionada es una expresión malsonante).

Aquello de separar el grano de la paja (proceso que es conocido como trilla o aventado) es necesario en los cereales de grano vestido (trigo, cebada, avena, centeno y arroz) cuyas semillas están fuertemente adheridas a sus envolturas. En esos granos, la cubierta (paja o cascarilla) no se desprende en forma natural durante la cosecha, por lo que se requiere trillar para soltarla y aventarla, eliminándola por diferencia de peso. En cereales como el maíz o el sorgo, el grano se desprende solo, no hace falta trillarlo.

Se dice “paja mental” porque describe un proceso complejo y repetitivo que estimula o entretiene la mente, pero que resulta improductivo y no lleva a ninguna acción concreta. Es el equivalente mental al placer onanista: una acción que se realiza a solas, que genera satisfacción fugaz y no produce ningún resultado práctico. La expresión se utiliza para referirse a cavilaciones infundadas, preocupaciones absurdas o teorías conspirativas que alguien imagina; implica perder el tiempo dándole vueltas a un problema hipotético o imaginando escenarios irreales. Representa, de acuerdo con el Wikcionario, una idea o afirmación de carácter especulativo, sin otro fin práctico que ofrecer placer a quien se le ha ocurrido abrigar ese tema.

Paja tiene varios significados; de las trece acepciones que reconoce el DLE, doce están relacionadas con las gramíneas. Para su caso, como lo explica Etimologías de Chile, paja viene del latín palea (m), que evoluciona hacia páxa que se escribe como paja. Pero la acepción octava es “masturbación”, y aquí la etimología varía; viene del verbo latino pascere que significaba “apacentar”, con el sentido de calmar, apaciguar, satisfacer o dar gusto. De pascere viene un verbo árabe andalusí con raigambre romance, páššaša, con el significado de halagar o acariciar y que parece haber sufrido la influencia del vocablo píšša, “pene” (o también, “picha”), que la hizo derivar a la voz mudéjar o morisca *pášša, como antecedente del término moderno paja.

Y continúa Etimologías: “en gallego ha pervivido el verbo apaxar que significa acariciar o manosear, que conservaría el sentido del andalusí. El vocablo se ha desarrollado y ha producido un interesante léxico derivado, como: pajear, pajero, pajillera, pajoso, y que está colonizando otras palabras como pajazo y pajote, dotándolas de nuevos significados coloquiales; incluso, hace que resulten ambiguas expresiones como “limpio de polvo y paja” o “paja brava”. En España, ha pasado a desterrar a su competidora: puñeta”.

En cuanto a la expresión “limpio de polvo y paja”, esta significa que algo se recibe íntegramente (como sería una ganancia neta, libre de impuestos) o que alguien ha quedado libre de culpas, deudas u otros cargos. En el pasado, los campesinos debían entregar parte de sus cosechas de cereales a los terratenientes o a la iglesia como pago de impuestos (o diezmos). Para que el grano fuera aceptado y estuviera listo para el consumo, debía entregarlo limpio de polvo (sin tierra) y paja (sin restos inútiles). Con el tiempo, la frase se popularizó en el lenguaje legal y cotidiano para referirse a aquello que quedaba libre de cargas o impurezas.

Pero paja no solo es un término relacionado con las gramíneas y la agricultura; tampoco es solo ese vocablo reconocido como grosero y malsonante cuyo equivalente en países del sur es manola, manuela o gayola… Paja o pajita, es ese tubo delgado utilizado para sorber líquidos que es como conocen en otras partes lo que llamamos sorbete en Ecuador. Paja puede significar –según dónde– sensación de aburrimiento o pereza; discurso jactancioso o engreído; mentira, engaño o falta de juicio; algo fácil, sencillo y hasta muy bueno…


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21 agosto 2026

Extremadura, la gran desconocida *

 * Escrito por Ignacio Peyró, para El País Semanal

Don Francisco Gregorio de Salas fue un clérigo ilustrado que nació en Jaraicejo (Cáceres) en el año de 1729, por lo que es prudente asumir que le llenaría de estupor aparecer en El País Semanal en 2025. A mí me alegra darle la sorpresa, y debo decir que la merece: su obra hace mucho que es olvido, pero hay un libro que mantiene, milagrosa, la frescura. Hablo de los poemillas de su Juicio imparcial, una “definición crítica del carácter de los naturales de las provincias de España”, donde va haciendo nuestro retrato con una maña muy notable para dar a la vez cariño y estopa. Así, del vasco dirá que “prefiere siempre a su vida / la defensa de su fuero”. Por su parte, el catalán, “mercader y fabricante, / jamás vive con reposo”, en tanto que el valenciano tiene “la sustancia para todo / de gente de regadío”.

Ya se ve que cada uno recibe su balín. La décima más famosa de Salas es la que dedica a sus paisanos, “cada cual en sí metido, / y contento en su rincón”. Y bien: a mí me encanta que, lejos de andarse metidos en su rincón, hoy los extremeños acaparen las noticias por liderar la vuelta a España electoral que nos espera.

A efectos de transparencia, diré que tengo media familia en Extremadura, que allí he pasado media vida y que allí –perdón por la grandilocuencia– espero terminarla. No me es indiferente, por tanto, la tierra que despidió –“una lágrima se asomó a mis ojos”– a Mariano José de Larra y la que dio la bienvenida al todavía principito Juan Carlos de Borbón. Por suerte, quienes queremos hablar bien de Extremadura tenemos a mano un apóstol como Miguel de Unamuno.

La escena la refiere Francisco de Cossío. Blasco Ibáñez y Unamuno están en el hotel del Louvre y Blasco se pone lírico cantando las excelencias de París: “Este es, sin duda”, le dice a Unamuno, “uno de los lugares más hermosos del mundo. ¿Qué echa usted aquí de menos?”. Unamuno, en el acto, repuso que lo que echaba de menos era Gredos. Boutades aparte, el vasco va a decir como nadie la belleza extremeña: los campanarios barrocos del “Badajoz que mira hacia el sur”, “los encinares donde la carne porcina crece y se adensa”, “los valles deliciosos del Jerte y del Tiétar” o “las boscosas umbrías de la sierra de Guadalupe”.

Solo faltarían el skyline de Trujillo, los rebaños de merinas al caer la tarde, o esos alcornoques que, desnudos de su corcho, van tomando, como escribe Josep Maria Espinàs, primero “el color del vino y después un morado penitencial”. Nada más lejos, en definitiva, de la idea de unos campos extremeños “desnudos de árboles, abrasados por los soles y los hielos”. De hecho, al viajero Richard Ford, hombre en extremo fastidioso, las dehesas le recuerdan en algo a la amenidad de su Inglaterra: “Cotos absolutos para el botánico y el sportsman”. Ya desde el preámbulo de su Estatuto, sin embargo, Extremadura se sabe afectada por “una historia poco generosa”. Hubo un tiempo en que se alardeaba de que “los dioses nacían” allí, pero bueno está el mundo para alardear de conquistadores.

Su campo ha tenido menos élites emprendedoras –típicas, ya que han salido de Inglaterra– que élites extractivas de las que solo aparecían por allí a cobrar la caza o la montanera. La vida en Las Hurdes pudo leerse a lo heroico, como hizo el hispanista francés Maurice Legendre: los hurdanos habían luchado por aferrarse a su tierra de un modo que “ni los holandeses contra el mar”. Sin embargo, Las Hurdes fue sinónimo de miseria. Y mira que no hay nombres de eufonía dulcísima en Extremadura que el crimen tuvo que ocurrir en un lugarón llamado Puerto Hurraco. Extremadura fue también esa tercera provincia –Alcorcón, Sant Boi– de gentes que se habían tenido que marchar.

Son tantas las cosas que han ido a mejor que hoy, si pensamos en extremeños por el mundo, pensamos en las 1.000 tiendas de La Casa de las Carcasas. Uno, con todo, tiene devoción particular por aquella Extremadura romántica del siglo XIX, con su Espronceda y su Carolina Coronado. O por esa otra libresca, a veces incluso mistérica, que va de Arias Montano a Bartolomé José Gallardo y de Mario Roso de Luna, “el sabio de Logrosán”, al bibliófilo Antonio Rodríguez Moñino. Hay, en fin, menos verdad en el mito de Las Hurdes o Puerto Hurraco que en la Guadalupe que se proyecta en América, el Yuste que ilumina a Europa o esa raya –la frontera más porosa del mundo– que nos cose y abraza a Portugal. El día que pongan un buen tren, Extremadura va a pasar de “gran desconocida” a paraíso.


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18 agosto 2026

Las barbas del vecino

(Apostillas a mi artículo: "Poner las 'bardas' en remojo?", del 15 de julio de 2013).

Éramos vecinos, descubrió que yo acentuaba la sílaba equivocada de un par de palabras graves; como –necio yo– insistía en mi resabio, el muy taimado me preguntaba por el significado de la palabra que él aducía no haber entendido... Para cuando me escuchó decir algo relativo a "poner las barbas en remojo", presto me espetó que estaba equivocado, que el apotegma se refería a bardas y no a barbas… Esto es parte de la historia de un artículo mío que ya cuenta con casi 5.000 visitas. Mal pudiera tratarse de bardas, procuro sugerir, si el aforismo ya existía en el latín medieval como “Barbam propinqui radere, heus, cum videris, prabe lavandos barbula prudens pilos” (“Si ves que a tu pariente le pelan sus barbas; –eh tú–, haz que las tuyas las mojen, como lo haría un hombre sensato”). 

Mucha agua ha pasado bajo el puente; por ello, mi intención es hoy aportar con nuevos argumentos que he recogido. En primer lugar, pudiera decirse que la figura del barbero, a través del tiempo, se fue convirtiendo en una suerte de alegoría del ladrón. Esto lo tomo de una novela escrita por alguien nacido 30 años después de Cervantes, Francisco de Quevedo (ver IN, De pícaros y picardías, 09/2020); se trata de “La vida del Buscón”, obra en la que Quevedo expresa, en la voz del protagonista, el doble sentido que tienen verbos como rapar o rasurar… Hacia el final del Capítulo I, Pablos cuenta que es hijo de un barbero y de una mujer conocida, por mal nombre, como “alcagüeta”; y refiere que, en cierta ocasión, su padre “fue a rapar a uno, no sé si la barba o la bolsa: lo más ordinario era uno y otro”. Encuentro que la frase, así como su explicación atribuida a Covarrubias, sugieren que pelar, barbear o afeitar, equivalen –metafóricamente– a esquilmar, asaltar o robar; es decir a: “tomar algo con violencia o engaño”.

Por eso, me fue grato poder acceder a una obra única en su tipo, el “Vocabulario de refranes y frases proverbiales…”, compilado en 1627 por Gonzalo de Correas (Catedrático de griego y hebreo en la universidad de Salamanca). Mi búsqueda no dio resultado mientras traté de ubicar el aforismo a través de voces como ‘poner’ o ‘barbas’; fue al usar el adverbio de tiempo que di con el mismo: “Cuando la barba de tu vecino vieres pelar, echa la tuya a remojar”. Correas (1571-1631) nunca llegó a publicar su obra. La legó al Colegio Trilingüe; allí permaneció hasta principios del siglo pasado, aunque su original desapareció. Por ventaja, cuando la RAE preparaba la segunda edición de su Diccionario de Autoridades, guardó copia del expediente para conservarla en su archivo (1780). Correas fue un gramático, lexicógrafo, paremiólogo y ortógrafo español. Es reconocido como impulsor de una reforma a la ortografía del castellano de criterio fonetista, en lugar del criterio etimologista defendido por Nebrija en 1492. Esto explica que se considere “estrafalario” al método ideado por él para editar su Vocabulario, insinuándose que solo entrañaba innecesaria complejidad.

Un día, mientras trabajé en Arabia, me hice acompañar por un conserje mientras iba al bazar en busca de una peluquería, al despedirse el egipcio musitó algo que me pareció dicho en un inglés antiguo: “lf thy barber shaves your neighbour, better be ready and soak thy chin” (Si el barbero afeita a tu vecino, prepárate y remoja tu barbilla). Al expresarle mi extrañeza, mi acompañante me aclaró que se trataba de un refrán egipcio… Sería años más tarde, leyendo un interesante ensayo del académico José María Fórneas Besteiro, que finalmente me topé con la relación entre el refrán y la lengua árabe. Se trata de un breve tratado titulado “Ocho refranes árabes y otros tantos españoles: ¿paralelismos o algo más?”, en el que se da: la traducción literal, su interpretación, y luego se añaden las notas de respaldo mencionadas por el editor marroquí Muhammad Ibn Śarïfa que ha españolizado su nombre como M. Bencherifa:

- Cuando veas que la barba de tu vecino está siendo pelada, pon la tuya en remojo.

- Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar. 

Bencherifa da muchas referencias árabes, recoge una de las formas del refrán en español y remite a La Celestina y a varios autores: califica al refrán de popular y antiguo. El primer hallazgo se remonta al visir al-Mu'tamid de Sevilla, Abü l-Walid, que, según una anécdota que aparece en el Nafh de Maqqarï, al ser depuesto el rey sevillano en el año 1091, habría dicho: «Vierta agua en su barba quien –vea que– ha sido pelada la de su vecino». Se exhiben también otras referencias: la más antigua pertenecer a El Corbacho: «Proverbio vulgar es en Castilla que quando la barva de su vezino viere hombre mesar, que eche la suya en remojo. E la causa es porque el que hizo a un vezino la injuria, amenaza a otro» (sic). “El Corbacho" es una obra maestra de la literatura medieval (1438). Su autor fue Alfonso Martínez de Toledo, Arcipreste de Talavera (1398–1468); es una sátira moral contra la lujuria; combina religión, medicina y costumbres. Su nombre completo es El Corbacho, o Reprobación del amor mundano. A menudo se la confunde con el apellido del autor, la obra se inspira en Il Corbaccio del italiano Giovanni Boccaccio, adaptando el género a la sociedad castellana del siglo XV.

Esta última información me fue proporcionada por uno de mis lectores. El ensayo de J.M. Fórneas, es más que contundente; sobre todo porque árabe y español pertenecen a familias lingüísticas distintas. Se sabe que las lenguas semíticas pertenecen a la macro-familia afroasiática (que incluye al árabe, hebreo y amárico –la lengua etíope–), mientras que las indoeuropeas constituyen una familia separada (que incorpora, entre otros, al español, inglés, hindi y persa). Aunque ambas han compartido préstamos léxicos por contacto histórico, no tienen un origen común (las lenguas semíticas se distinguen por sus raíces tri-consonánticas). Quedaría por determinarse si el adagio se trata de un aforismo dialectal árabe o nos vino al castellano a través de ese idioma.


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14 agosto 2026

Basílica, iglesia y catedral

La palabra templo viene del latín templum, vocablo formado por la raíz indoeuropea *tem- (cortar) y el sufijo -lo, con una pe añadida. No siempre tuvo un sentido religioso; fue una antigua voz en lengua augural. Los augures, que vaticinaban la fortuna por medio del vuelo aviar, “cortaban” un espacio en la cubierta del lugar donde hacían sus observaciones. La práctica se expandió a los bosques, talando la vegetación en espacios considerados sagrados. Así templum designó esos espacios; y, sólo después, al edificio construido para contener la estatua de una deidad y sus ofrendas. La vinculación de templo con esas prácticas, se percibe todavía en el verbo contemplar, que significaba en origen, “observar el templo” o espacio sagrado para predecir la fortuna mediante el vuelo de las aves, que es lo que hacía el augur...

Basílica, en cambio, viene del latín que la tomó del griego, con el sentido de regio o real. Los griegos dieron ese nombre a una gran sala rectangular que contenía un ábside (pared semicircular) en la cabecera, algo que vieron en los palacios orientales: este era un salón del trono donde se celebraban audiencias. Los romanos, grandes constructores, se fijaron en estas salas y crearon, con igual estructura, un edificio público con idéntica forma y lo llamaron con el mismo nombre griego que tenía el lugar que lo había inspirado. Las primeras basílicas se construyeron en el foro Romano a partir de los siglos III y II a. C. Poco después, los romanos llenaron el mundo mediterráneo con similares basílicas: cada población tenía al menos una.

Basílica era, por tanto, un edificio civil utilizado para celebrar juicios legales con la presencia de público, o como un centro de negocios y transacciones financieras. En el principio, las basílicas eran grandes edificios con una sala cuya cubierta estaba sostenida por dos filas de columnas que delimitaban tres naves. Con el tiempo se construyeron basílicas cubiertas por bóvedas cada vez más grandes; en el ábside habrían situado la estatua del emperador que había patrocinado o financiado esa construcción específica.

En el siglo IV, cuando el cristianismo cobró auge con Constantino, los cristianos empezaron a construir templos financiados por los emperadores. Lo hicieron, buscando lugares adecuados para que los fieles pudieran cumplir con sus rituales. Tomaron como modelo las basílicas romanas y construyeron sus templos con similar arquitectura: una nave rectangular con dos hileras de columnas y un ábside en la cabecera; las llamaron basílicas y, por ello, hemos acabado asociando el término con un sentido religioso.

Iglesia (sin mayúscula) es el término general para cualquier lugar de culto; es el templo donde se reúne la comunidad. Es una forma de designación común y abarca desde una capilla de barrio hasta los templos más grandes. Su función principal es la de acoger a la comunidad para efectuar los ritos y celebraciones litúrgicas. Hay iglesias con carácter parroquial; su administración está a cargo de un cura o sacerdote, este funciona como lo haría la autoridad municipal. Algunas iglesias han incorporado un “crucero”, este consiste en dos pequeñas alas laterales, a manera de capillas, para que la nave tenga la forma de una cruz. 

“Basílica” es, por otro lado, un título honorífico que el papado otorga a ciertas iglesias por su importancia histórica, valor espiritual o relevancia arquitectónica. Todas ellas son iglesias, pero no todas las iglesias son basílicas. Estas son las principales diferencias: las basílicas acceden a ciertos privilegios, como el derecho a usar algunos ornamentos litúrgicos y prioridad en caso de visita papal. Hay dos categorías de basílica: las mayores son solo cuatro en todo el mundo y todas se encuentran en Roma; ellas son: San Juan de Letrán, San Pedro, San Pablo Extramuros y Santa María la Mayor. Las menores son cientos de iglesias que están repartidas por todo el mundo y son, además, reconocidas muchas veces como centros de peregrinación.

Una catedral es una iglesia que sirve como sede principal de una diócesis y alberga la “cátedra” o asiento del obispo (o arzobispo). Esta es una iglesia, pero no todas las iglesias son catedrales. Catedral viene del latín cathedra (silla con brazos que en la antigua Roma usaban los profesores). Es el templo central de una región eclesiástica (diócesis) y el lugar oficial –o sede– donde el obispo dirige y enseña a su comunidad. Hablamos de cátedra para referirnos a la dignidad episcopal, pero también a la facultad de impartir enseñanza.

Finalmente, sería conveniente definir el significado de ‘capilla’. El nombre viene del diminutivo ‘capita’ o capa pequeña, y tiene relación con un gesto caritativo que habría tenido San Martín de Tours con un anciano desprotegido e indigente (el de partir y compartir con él su capa); capilla equivale a oratorio. Existen también, en algunas iglesias, capillas interiores, dedicadas a rendir culto a las advocaciones marianas o para venerar a los distintos santos.


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11 agosto 2026

Historia detrás de un nombre

En una entrada anterior mencioné dos nombres que están asociados con la aviación: Dakota y Murialdo. El primero fue un mote que recibió el Douglas DC-3 o su versión militar, el C-47 Skytrain (llamado también Gooney Bird o Cheeky Charlie); “Dakota” había sido el apodo que el Ministerio del Aire británico (la RAF) le otorgó al avión en la nomenclatura utilizada para designar a sus aviones. TAO, la primera empresa en que volé, tuvo cuatro DC-3 (08, 09, 010 y 011). El “Douglas”, o “C-47” como lo llamaban en la Fuerza Aérea, era un avión con capacidad para 28 pasajeros o 6.000 libras. Se construyeron 16.000 de estos aviones; era un gran instructor, un avión muy noble: muchos todavía lo consideran “el mejor de todos los tiempos”.

Murialdo es, en cierto modo, una ofrenda piadosa. Dos aviones de TAO recibieron ese apelativo; el primero voló en los 50, fue un verdadero caballito de acero antes de que llegaran los Junkers 52 y los C-47. Era un monomotor canadiense Noorduyn Norseman (C-64), avión utilitario de patín de cola y ala alta reconocido por su gran resistencia; transportaba hasta nueve pasajeros. Para Gonzalo Ruales, verdadero artífice de la aviación oriental y promotor de TAO, el apodo tenía un sentido sentimental: significaba su identidad con el esfuerzo misional de los padres Josefinos, congregación fundada en Turín como Pía Sociedad de San José, por Leonardo Murialdo. Era un símbolo de gratitud y devoción, plasmado en el fuselaje del Norseman.

Nunca supe cuál fue el destino del primer Murialdo. No sé si se accidentó, si se lo vendió o si, simplemente, corrió el destino de todos estos animalitos cuando se ponen viejos. Gonzalo lo recordaba con gratitud, había sido su corcel y escudero. Una tarde, cuando veníamos de efectuar nuestro último vuelo, pudimos ver, en el interior del hangar, que habían alojado a un inesperado huésped: era un bimotor canadiense diseñado para operar en pistas cortas y traído del Canadá para cumplir un contrato exclusivo con la petrolera Anglo. Se trataba de un sorprendente y versátil De Havilland, DHC-6 Twin Otter… un precioso aparato.

Había mucha gente rodeando al avión aquella tarde. Esperé a que el hangar se descongestionara y me subí al aparato. “Es como una avioneta grande”, dijo un visitante, cual si revelara el sexo de un recién nacido. Me senté directamente en el puesto del comandante (no requería copiloto). Luego de escudriñarlo, reconocí que olía a nuevo; de veras parecía un aparato formidable. Amor a primera vista… Alguien ya familiarizado, me enseñó cómo bajar sin lastimarme. Entonces advertí que había una leyenda dibujada en ambos lados del fuselaje… MURIALDO proclamaba el distintivo; intuí que el sonoro vocablo se constituía en talismán para esfumar las penurias del pasado; y, a la vez, en una suerte de plegaria, que daría voz a la devoción del gestor de ese hito, y que habría de convocar esperanzados augurios por el futuro de su nueva aventura.

El Twin llegó al inicio de los años 70, era nuevo de fábrica; gracias al contrato pudo amortizarse en solo dos años. Sus primeros pilotos tenían experiencia en aviones STOL; habían volado las populares “Machacas” en la operación Texaco. Pronto nos dimos cuenta de que no permanecerían por mucho tiempo con nosotros. Eran buenos pilotos, conocían el Oriente, pero no les gustaba “instrumentar” y, sobre todo, “cruzar sin ver” el paso de Baños. Más de una vez me pidieron que los acompañara. Eran grandes personas, gente muy buena, y mejores conversadores. Vivían en la Costa, pero no les gustaba volar en la Sierra. No se acostumbraron…

Pero, no nos distraigamos. Así como TAO tuvo que ver con las misiones josefinas (y viceversa); Gonzalo siempre mantuvo una relación cercana y casi fraternal con su provincial, monseñor Maximiliano Spiller. Así como los salesianos deben su fundación a Giovanni Bosco (San Juan Bosco), la de los josefinos fue efectuada por otro religioso italiano que colaboró con Don Bosco, sin ser salesiano: Leonardo Murialdo. Los josefinos, adoptaron a San José (el padre de Jesús) como su beata referencia, como un símbolo de humildad y sacrificado apostolado. Cuando el Twin volaba con su nombre en el fuselaje, Murialdo ya había sido canonizado por Paulo VI. Aquello implicaba una autorización para ser venerado como intercesor.

Si el nombre de los josefinos tiene que ver con el esposo de María, ¿de dónde viene el de los salesianos? Don Bosco fundó la Pía Sociedad Salesiana (Societas Sancti Francisci Salesii), cuyos miembros son conocidos como Salesianos de Don Bosco, ellos se identifican por su devoción a la advocación mariana de María Auxiliadora; añaden a su nombre las siglas S.D.B. (Salesianos de Don Bosco). Juan Bosco los llamó así en honor del santo obispo de Ginebra, Francisco de Sales (1567-1622), un doctor de la Iglesia, nacido en Sales, Saboya. Francisco había sido un antiguo abogado, se convirtió en predicador y fue uno de los teólogos más respetados de su tiempo; se distinguió por su profunda fe y por su actitud conciliadora frente a las divisiones que la Reforma había provocado en su tierrra. Es el santo protector de periodistas y escritores.


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07 agosto 2026

Tesoros escondidos *

Transcribo este simpático artículo de Manuel Vicent, así como dos comentarios efectuados al mismo que captaron mi atención. ¡Disfrútenlos!

Una caja fuerte especial *

  * Escrito por Manuel Vicent para El País de España

Cuando unos ladrones entran en una casa, en general buscan joyas y dinero en metálico y por su larga experiencia primero se dirigen a las cajas de zapatos, luego a las perolas de la cocina, a los libros de las estanterías, a los radiadores, a los colchones, a la caja fuerte descubierta detrás de un cuadro. Al parecer, existe un orden instintivo a la hora de esconder el dinero, los ladrones lo saben y por supuesto también lo sabe la policía que tiene a su disposición perros amaestrados capaces de señalar un fajo de billetes en cualquier doble fondo, entre las vigas del techo, bajo un ladrillo del salón o enterrado en una fosa del jardín.

A la hora de buscar un lugar oficialmente seguro tampoco sirve alquilar la caja de un banco que sería el primero en delatarte si tuvieras un problema con Hacienda. La paranoia de quien guarda en casa gran cantidad de dinero negro debe de ser muy angustiosa. A un escritor especialista en historias de detectives le preguntaron, llegado el caso hipotético en que se viera obligado a esconder un alijo de dinero, qué lugar escogería. Era un escritor de éxito, muy elogiado por la crítica, había sido reconocido por su talento con alguna medalla de oro nacional.

Ante una audiencia que le seguía con mucha atención explicó que su plan podría tomarse con humor a la manera de un relato de Agatha Christie. Primero trataría de mantener la fama de persona honesta fuera de toda duda, lo más alejada posible de cualquier hedor a dinero sucio. Para disimular escribiría versos muy líricos. Dada su reputación no tardarían a invitarle a que guardara para la posteridad algunos de sus escritos. Sin duda podría hacerlo en una caja fuerte del Instituto Cervantes donde los autores depositan textos que desean que se lean en el futuro. Aprovecharía esta invitación para guardar en esa caja un millón de euros envuelto en un pliego de sonetos donde permanecería bajo una llave a su disposición. Ni a Hércules Poirot se le ocurriría meter allí la nariz.

Christian Sanz:

Niccolo Ziani fue un mercader veneciano de finales del siglo XV que se quebrantó la salud negociando seda y especias con los turcos. Reunió una fortuna en oro macizo, esmeraldas, perlas y letras de cambio. El viejo desconfiaba de los usureros de la Plaza de San Marcos y, todavía más, de sus tres hijos; sabía de sobra que lo que a él le había costado décadas amasar, ellos lo dilapidarían en un tris. Por eso se llevó parte de la riqueza a un bosque de hayas, allá donde Treviso empieza a empinarse buscando las estribaciones de los Alpes. No dejó mapas ni confesó el secreto a nadie. En su lugar, escribió un pequeño cuaderno dedicado a sus viajes y observaciones comerciales que todo el mundo tomó por unas curiosas memorias de mercader.

Hubo que esperar mucho tiempo para que alguien sospechara de aquellas páginas. Las cifras de los sacos repetían patrones extraños y los nombres de las islas griegas formaban frases sin sentido comercial. Hoy ya no hay duda: el libro era, en realidad, la clave para localizar el tesoro.

J. Zamora Bermudo:

La parte más débil de una caja fuerte es su parte trasera. He visto muchos casos en los que los ladrones han abierto cajas de 300 kilos como si fueran latas de sardinas. Las partes traseras son como las puertas falsas de un cuartel. Todo el esfuerzo se dirige a las puertas por donde no sería capaz de entrar ni una cucaracha. Sin embargo, por la parte trasera del mundo entran todo tipo de especímenes sin ser vistos. Son quienes manejan los hilos de la vida desde sus sillones de poder. Mientras todos ponemos la vista en los que pasan por la puerta principal, ellos entran y salen a su antojo. Las joyas de la caja de Rodríguez Zapatero nos han deslumbrado por su impacto moral. Sin embargo, estoy seguro de que lo importante es lo que aún no se ha visto; lo importante está en quién entra y sale por la puerta de atrás, sin pedir permiso, sin pedir perdón.


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04 agosto 2026

Gilgamesh y la Biblia

Con la ayuda de Inés Alban (IA) me permito resumir la sorprendente similitud entre los relatos de la Epopeya sumeria de Gilgamesh y del Génesis en la Biblia; tanto referentes al paraíso terrenal y al árbol del Bien y del Mal, cuanto a la historia del diluvio con sus respectivos actores: Gilgamesh y el patriarca Noé.

La Epopeya de Gilgamesh es bastante más antigua que la Biblia. Las versiones escritas más antiguas de Gilgamesh (en tablillas de arcilla), un poema épico sumerio, datan de entre 2100 y 1800 a.C. En contraste, los primeros textos hebreos del Antiguo Testamento se redactaron entre el 800 y 600 a.C. (al menos mil años después).  Por su antigüedad, varios historiadores concuerdan en que la tradición de Gilgamesh –y su relato de un gran diluvio– influyeron en las narraciones bíblicas posteriores, como la historia del Arca de Noé.

La serpiente y la manzana: en ambos textos, la serpiente actúa como un agente que arrebata la inmortalidad o la eterna juventud a los humanos. Sin embargo, la manzana no aparece en el texto bíblico original, y el objeto robado en Gilgamesh es una planta marina. El desglose de los elementos varía entre ambos textos:

La Serpiente: en Gilgamesh, el héroe logra obtener una planta mágica en el fondo del océano que devuelve la juventud a los ancianos. Al regresar, se detiene a bañarse en un estanque de agua fresca. Una serpiente huele el dulce aroma de la planta, la roba y se la come. Al instante, la serpiente muda su vieja piel por una más joven, explicando el mito de por qué las serpientes rejuvenecen, mientras el héroe llora al perder su oportunidad de ser inmortal. En el Génesis bíblico, la serpiente es descrita como un animal astuto; no se come el premio, sino que engaña con la palabra a Eva para que desobedezca a Dios. Así, la humanidad es expulsada del Jardín del Edén, perdiendo el hombre acceso al Árbol de la Vida y volviéndose mortal.

La Fruta Prohibida y la Manzana: en el texto de la Biblia nunca se menciona una manzana. El Génesis se refiere genéricamente al fruto del Árbol del conocimiento del bien y del mal. La idea de la manzana nació siglos después, por un juego de palabras en el latín medieval. La palabra latina malus significa tanto “mal” como manzana. Cuando la Biblia se tradujo al latín (la Vulgata), los encargados asociaron el fruto del mal con una manzana. En Gilgamesh, no hay tal fruta prohibida. El objeto de deseo es una planta espinosa (similar a un escaramujo o rosa marina) que crece en el abismo de las aguas: no estaba prohibida; el sabio Utnapishtim le revela el secreto a Gilgamesh, como regalo de consolación, por haber fallado unas pruebas.

Paralelo Cultural: los historiadores señalan que ambos relatos reflejan una obsesión de las culturas del antiguo Oriente Próximo por entender por qué los humanos somos mortales y envejecemos, usando a la serpiente como un símbolo universal de engaño, astucia y renovación.

Paralelismos sorprendentes entre los dos textos: el tema de las aves es una de las pruebas más claras de la conexión entre ambos textos. Tanto Noé como Utnapishtim (el héroe mesopotámico en Gilgamesh) usan aves para verificar si las aguas del diluvio han bajado y hay tierra firme. Sin embargo, el orden de las aves y los tipos utilizados varían en cada relato. Este es el orden en la Epopeya de Gilgamesh (Tablilla XI): Utnapishtim libera tres aves, espaciadas en el tiempo, una vez que su barca encalla en el monte Nisir: 1. La paloma es la primera en salir, al no encontrar dónde posarse, regresa; 2. Le sigue la golondrina. Tampoco halla tierra firme y regresa. 3. El cuervo es el último: ve que las aguas han disminuido, come, grazna, vuela de un lado hacia el otro y no regresa. Esto le indica a Utnapishtim que al fin es seguro desembarcar. 


El orden en la Biblia (Génesis 8): Noé libera varias aves desde el Arca encallada en el monte Ararat, pero el orden es diferente y repite una de las especies: 1. El cuervo es el primero en ser enviado, vuela de aquí para allá hasta que la tierra se seca, pero no trae información útil; 2. La paloma, al no hallar donde posar el pie, regresa al Arca; 3. La paloma (segundo intento), siete días después vuelve a salir, regresa al atardecer portando una rama verde de olivo en el pico (el famoso símbolo de la paz). 4. La paloma (tercer intento): Tras siete días, Noé la suelta por tercera vez y ya no regresa, confirmando que la Tierra es habitable. 


¿Por qué importa esto?: Para los historiadores, prueba que ambos mitos compartan la estrategia de lanzar un cuervo y una paloma para medir el nivel del agua; esto no es una coincidencia. Dado que las tablillas de Gilgamesh preceden por más de mil años al relato del Génesis, el consenso académico apunta a que el autor bíblico conocía el relato mesopotámico y lo adaptó bajo una perspectiva monoteísta.


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31 julio 2026

Un avión en la montaña

Volé tantas veces sobre Baños y estuve tan escasas veces ahí, que desde hace mucho quería visitarla. Ya una vez, cuando los hijos eran chicos, pernoctamos ahí, cruzamos el puente, disfrutamos del Salto del Agoyán, e intentamos continuar hacia el Oriente por el sinuoso e intimidante camino que, siguiendo al borde mismo del precipicio, conectaba el lugar con la diminuta población de El Puyo, capital de Pastaza. Postergamos la aventura para efectuarla más tarde; pudo haber sido para ellos toda una experiencia ir a Shell Mera, el sitio donde su padre había empezado a pilotear los aviones de TAO, cuando aún no había cumplido veinte años…

Fue esa pernocta, la efectuada en Baños (“Baños de Agua Santa”, para los amigos), una de las pocas que habría de efectuar ahí por esos casi olvidados años. Después, no lo haría por cuarenta. Por ello, esta vez me dejé arrastrar por esa marea que lleva a mis primos maternos a efectuar paseos ocasionales, con el propósito de cuidar y estimular ese sentimiento que nos regala el hecho de compartir la estirpe. Nada hay que acicatee mejor nuestros recuerdos que eso que otros llaman, con harta razón, “la patria de la infancia”. Asunto que, aunque suene contradictorio, no habla de un lugar en el espacio sino de una coyuntura en el tiempo.

Por esos años, los aviones hacían su mantenimiento en Quito, durante los fines de semana. Los pilotos “bajábamos” los aviones a Pastaza en lunes o martes y retornábamos en viernes o sábado. En raros casos, los pilotos viajábamos por tierra (requería de siete horas). Eran todavía “los albores de la aviación” en el Oriente; en TAO conocíamos una fórmula para volar en el paso: un procedimiento que utilizábamos para cruzar la cordillera a un nivel no muy alto. Pero no consistía en ningún “secreto”; lo verdaderamente importante era saber ubicar las respectivas referencias para iniciarlo: la laguna de Yambo, si estábamos en condiciones visuales o la estación de radio Paz y Bien, si volábamos en instrumentos. Esto nos ayudaba a tener la referencia exacta del puente donde se juntan los ríos Patate y Chambo; o, aún mejor, de la población de Baños.

La vía original había sido inaugurada por el presidente Velasco Ibarra en 1947 (fue ese el camino que conocí). Era una cinta lastrada, sinuosa y estrecha; era, quizá, la carretera más peligrosa del país. Desde 2004 (gobierno de L. Gutiérrez) la ruta se ha hecho mucho más corta (son solo 80 km y dispone de siete túneles), goza de buena señalización y ofrece un ponderable sentido de seguridad. El trámite se ha reducido considerablemente: ya nadie coquetea con el abismo y se puede ir de Baños al Puyo en menos de una hora. Esto ha ayudado a impulsar el bienestar de los moradores de la zona y la economía del sector; ha estimulado, a su vez, la economía y el turismo, y se ha convertido en un importante factor de integración regional. Pudimos visitar las viejas instalaciones de TAO… fue un momento para la nostalgia y la remembranza. Ya sin los Dakotas ni el “Murialdo”…

De Puyo tengo poco que decir: su crecimiento ha sido tan vertiginoso y exponencial que nunca pude reconocer dónde realmente me encontraba; tampoco pude definir su nuevo trazado. Baños, por otra parte, ha disfrutado de tanto progreso –como ciudad y como centro de desarrollo turístico– que aquello no merece sino el calificativo de admirable. Son las diez de la noche de un fin de semana y hay tanta gente disfrutando del ambiente de las calles, que no sorprende encontrar negocios abiertos y lugares de diversión por todas partes. La ciudad es ya un referente exitoso en la sierra central. Aquí no se han dejado de ofrecer variados atractivos y diversas actividades y distracciones en los alrededores. Hay gente y bullicio por doquier.

Baños goza de elementos que refuerzan sus atractivos: excursiones, deportes extremos, amén de otras actividades. Posee una generosa oferta hotelera, así como gran variedad de miradores. Esta es una ciudad de 25.000 habitantes que cuadriplica su población en tiempo de vacaciones, feriados y fines de semana. ¿Cómo, un lugar así, un sitio de paso y peregrinación, se convirtió en un centro de turismo sin parangón? Sorprenden atalayas ubicados al otro lado del río, se llega allí tras un recorrido temerario, vertiginoso y demencial, a pesar de la niebla persistente. Se descubre ahí, en aquel insólito paraje, la silueta de un avión…

La niebla va y viene. Es el suyo un juego travieso y obcecado. Al principio me parece reconocer una Cessna 182, la distancia difumina su registro: HC-PFL sugiere la cicatera legibilidad. Amplío una toma fotográfica y confirmo su matrícula, para cotejarla con el Registro Aeronáutico: es una B lo que parecía una P… HC-BFL: es un avión STOL ya dado de baja; se trata de un Súper Helio Courier H-295, un diminuto avión capaz de movilizar seis pasajeros y de operar en pistas cortas. Perteneció al Servicio Aéreo Regional, (un viejo operador aéreo del Oriente que sirve a las comunidades); el aparato fue fabricado en 1967, y estuvo equipado con un motor Lycoming de 295 caballos. Resulta evidente que subió al cerro desarmado. Es poco probable que haya aterrizado en ese farallón por sus propios medios, es ese un terreno en demasía ventoso y escarpado…


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28 julio 2026

Finnegans Wake

“Hay libros que deben ser saboreados; otros devorados; y, unos pocos, masticados y digeridos: unos deben ser leídos en parte; otros con curiosidad; y, unos pocos, en su totalidad, con diligencia y atención. Sir Francis Bacon (1561 - 1626).

Dice Wikipedia que Finnegans Wake es una novela cómica del autor irlandés James Joyce. Yo diría –a juzgar por la desazón que crea en sus lectores– que parece, más bien, tener mucho de esperpéntica, sobre todo si revisamos los extraños recursos que emplea. FW parecería estar escrita en un inglés deformado; utiliza voces que resultan de giros basados en varios idiomas o palabras inventadas que pueden extenderse por un renglón y medio; más que un relato parece un calambur destinado a fastidiar. Borges la había llamado “una concatenación de retruécanos cometidos en inglés onírico, dada su ausente secuencia lineal y texto impenetrable.

Lo anterior parecería no importar a quienes dicen haberla entendido. Dicen que vuelven a ella para efectuar inéditos descubrimientos. Ponderan su lectura, están persuadidos de que constituye una obra maestra y de que es la novela más sabia, entretenida y fascinante que hubieran encontrado. La consideran una obra erudita a la que hallan, cada vez, nuevas y sorprendentes vetas que encierran frescas e inusitadas epifanías. No parece importarles su lenguaje retorcido, o el tratamiento erudito de temas que no están relacionados.

Caí en Finnegans Wake mientras indagaba acerca de un escritor argentino llamado Ricardo Piglia. Había leído unos de sus libros; pero, al no ubicarlo, sospeché que lo habría hecho en versión digital. Accedí a su Antología Personal y me topé con una referencia a la obra que hoy tratamos. De ese modo, conocí de su trama y estructura, y advertí que se trataba de una obra experimental. Nunca esperé encontrar tanta información relacionada con su contenido e inspirada en valiosas recomendaciones en cuanto a cómo leerla. Sorprende la sugerencia de hacerlo en voz alta, o escucharla en un audiolibro que sea relatado con acento irlandés…

Al indagar por el sentido de Wake en el título, encontré que pudiera tener diversos significados, a juzgar por el gusto de Joyce por los juegos de palabras y el uso de distintos idiomas. He aquí los principales: funeral: en referencia a una balada llamada "Finnegan's Wake", que cuenta de un albañil borracho que cae de un andamio y es dado por muerto; en medio del sepelio, le salpican con whisky, y vuelve a la vida. Despertar: en inglés el sentido del verbo "to wake" (un llamado a la sociedad); también significa estela, la huella que deja un barco a su paso (conectaría con el concepto de Giambattista Vico, de que la historia es cíclica y siempre deja rastro). Algunos consideran que la estructura del libro gira en torno a su obra Principios de ciencia nueva. Al escribir Finnegans sin apóstrofe, Joyce habría hecho un guiño gramatical pluralizando el apellido. Lo anterior no incluye la traducción que Piglia da a Wake que, en su opinión, significaría isla, refiriéndose a Irlanda. 

Antes de continuar debo hacer una breve aclaración (¿confesión?): de James Joyce solo he leído, hasta aquí, su Ulises (una parodia del otro Ulises, el de la Odisea de Homero); libro este (el Ulises) que no creo que lo vuelva a repetir (me tomó todas unas vacaciones familiares seguir su guion). Siempre lo he llamado El libro azul, prefiero considerarlo también otra obra experimental que influyó en gran parte de los literatos del siglo pasado. Respecto a sus demás obras, había querido dejar pasar algo de tiempo antes de revisar dos de sus primeras novelas: Dublineses y Retrato del artista adolescente (una novela de carácter autobiográfico).

Finnegans Wake, es supuestamente un libro difícil de leer. Por lo mismo, leerlo en una traducción arbitraria –aunque solo sirva como referencia–, resultaría inauténtico y una lamentable pérdida de tiempo. Lo ideal sería leerlo sin apresurarse, saboreándolo y con paciencia. Se nos recomienda ayudarnos con una de las cuatro guías que existen (tampoco se sabe si estas han sido traducidas al español); una es: Joyce's Book of the Dark: Finnegans Wake; y otra más: A Skeleton Key to Finnegans Wake: Unlocking James Joyce's Masterwork.

Lo cierto es que no he leído todavía la novela; no sé tampoco si lo haré. A Joyce le tomó 16 años escribir y revisar el monumental acertijo. Si ello equivale a unos 6.000 días de trabajo, implica que avanzó a un promedio de una página por cada diez días (la obra tiene 600 páginas). Si me decidiera por esa aventura, ese sería mi humilde homenaje para quien mucho aportó a la innovación de la escritura moderna. Dicen que Finnegans Wake, más que eso, una lectura, es como dejarse llevar por un río para disfrutar del cambiante flujo y del inagotable paisaje. Con un propósito así, ¿quién querría reclamar por el argumento?...  ¡Trataremos pues de disfrutar del viaje!


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24 julio 2026

Aventuras y cosas serias

Un día, mientras asistía a un congreso gremial a mediados de los ochenta, fui con mi amigo Hilario Valinotti (†) a un restorán en Buenos Aires. Mientras esperábamos, se acercó un conocido suyo que se me presentó como Macaya... Cuando este volvió a su mesa, pregunté a Hilario si aquél era su apodo o su nombre de pila. “No, ché, mi colega respondió, somos contemporáneos, ese es su apellido; es un reconocido periodista”. Pasado el tiempo, se me fue haciendo frecuente ver su imagen en diferentes canales deportivos.

Enrique Macaya Márquez ha cubierto 18 mundiales consecutivos, desde Suecia en 1958 hasta el reciente. Si hoy cuenta con 91 años, es fácil colegir que era mayor con pocos años a Pelé (entonces 17) cuando Radio Belgrano lo envió a cubrir el Mundial de Suecia. Nacido en Buenos Aires (1934), muy joven se incorporó a la radio donde se destacó como relator y comentarista. Macaya ha escrito libros, ha colaborado con múltiples estaciones de radio y televisión y, últimamente, ha sido objeto de varios reconocimientos.

Para quienes siguen desde niños el torneo mundialista, la suya se ha convertido en una imagen familiar, al menos desde los albores de la transmisión televisada (quizá desde mediados de los ochenta). Macaya es toda una leyenda. Su enjundia (es una enciclopedia ambulante), su criterio objetivo nunca exento de una gran capacidad de asombro, lo han convertido en un referente muy querido. En días pasados vi un video suyo en el que agradece por alguna distinción y se corrige cuando dice que su trayectoria ha sido “casi una aventura”. “No lo ha sido –adusto se contradice– pues he tomado mi tarea como una cosa muy seria”.

¿Es malo vivir una aventura? ¿No es eso la vida misma? ¿Hay, quizá, algo de pernicioso o perverso en haber sido protagonista de una aventura personal? ¿Nos convierte aquello, ipso facto, en “aventureros”? No, yo creo que hay algo de encomiable en ciertas aventuras, sea por la seriedad con que las asumimos, o por la responsabilidad con que las hemos podido ejercitar. Entonces… ¿por qué la palabra aventura implica cierto sentido de descuidada irresponsabilidad o, al menos, de consentida informalidad? Veamos:

El DLE dice que ‘aventura’ puede ser lo siguiente: Un ‘acaecimiento’; entre sus sinónimos señala: andanza, peripecia y correría. / Una casualidad o contingencia. / “Una empresa de resultado incierto o que presenta riesgos”. / Y aun, una relación amorosa ocasional (emparentada con enredo, affaire o devaneo). No sorprende, por lo tanto, el significado que pueden alcanzar voces como aventurar (arriesgarse, atreverse, poner en peligro); aventurado (arriesgado, atrevido, inseguro, peligroso, expuesto); y aventurero (dicho de una persona: “de oscuros o malos antecedentes, sin oficio ni profesión, y que por medios desconocidos o reprobados trata de conquistar en la sociedad un puesto que no le corresponde”). Curioso vocablo, cuyos sinónimos son –para mayor sorpresa–: vividor, golfo, oportunista, aprovechado, ambicioso, intrigante o maniobrero…

Respecto a su etimología, encuentro que: “La palabra aventura procede del latín adventura, forma neutra y plural del participio del verbo advenire (llegar), compuesto del prefijo ad- (aproximación, dirección, presencia), venire (venir) y el sufijo -urus/- ura que expresa la idea de remitido al futuro (…) Adventura significa en latín "las cosas que han de llegar", que se refiere a los hechos inciertos que están por venir (ventura)”. Y, además: “los participios futuros activos en latín se forman con la misma raíz que el participio de perfecto (aquí sería vent- y el participio de perfecto ventus de venire) añadiendo un nuevo sufijo -urus. Así nos daría venturus, que quiere decir "el que vendrá" y en plural neutro, ventura = "los cosas que vendrán" ( positivas o negativas). Así ventura, en castellano, puede significar suerte, pero también peligro”.

Medito en lo que ha sido nuestra vida como aviadores y –sobre todo– en nuestro trabajo como pilotos; y en que hayamos tenido la bendición de que, en gran parte, ese oficio haya sido “una gran aventura”, y no puedo sino agradecer que haya profesiones y tareas que se las pueda ejercitar como lo que ellas son: una aventura responsable. Reflexiono en todas nuestras experiencias profesionales y en todos aquellos viajes; y, resuelvo, que gozamos de todo un privilegio al haber podido disfrutar de ese “sentido de aventura”. ¿Qué fue sino eso La Odisea, de Homero?, o ¿El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha? ¡Pura aventura! ¿O, todos esos otros libros que nos maravillaron en nuestra infancia, y que alegraron nuestras vidas, o que revitalizaron nuestra vocación por el asombro? Y no puedo, sino agradecerle a Dios y a la vida: ¡Sí, qué magnífica aventura!

PD: Rindo homenaje a Hilario Valinotti, comandante de B-747 con Aerolíneas Argentinas, que transportó a Juan Pablo II y fue dirigente de la Organización Iberoamericana de Pilotos, OIP. Falleció trágicamente en 2017, volando el pequeño Piper PA-32 que piloteaba.


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