“Al principio rehuía hablar de récords, y de esas cosas… pero personas con las que traté, me enseñaron que los hitos importan, y que compartirlos ayuda a educar sobre lo que hacemos. Eso sirve de inspiración para quienes tienen que enfrentarse a sus propios desafíos”. Christina Koch, ingeniera electro-física, astronauta del Artemis II.
Yo jugaba de niño a los aviones (más bien a los viajes en avión), pero nunca imaginé que postergaría mi entrada a la universidad para viajar a Estados Unidos y convertirme en aviador. No era el tipo de hombre arredrado y valiente que la gente piensa que es necesario para hacerse piloto. Tampoco la temeridad o la aventura eran parte de mi ADN. Correcto sería decir que llegar a “avionista” –como se autodefine uno de mis buenos amigos– nunca fue parte de lo que otros llaman su “vocación profesional”.
Al principio lo tomé como algo temporal. Era lo lógico: no estaba seguro, hasta que ya empecé a ejercitarlo como una actividad laboral, si eso de ir de aquí para allá, volando por los aires, metido en un “aparato volador que imita al ave natural” (eso quiere decir avión) siquiera me gustaría. Pero la suerte estaba echada —alea jacta est—. Si me gustaban los aviones, en buena hora; si no, mucha pena. Pagaría el curso y volvería a tratar de ingresar a la universidad. Pero había algo más: no estaba seguro de si yo iba a resultar bueno (o, al menos, “aceptable”) para lo que había escogido. Eso, por desgracia, no depende de uno, son otros los que nos evalúan y califican, y no solo depende de nuestro eventual empeño o de ser un “buen estudiante”.
Fui a hacer el curso (solo me iba a tomar seis meses) cuando terminé el colegio. No había cumplido 18 años. Era, digámoslo de una vez, un chiquillo que pesaba 130 libras, un “culicagado”, habría de tomarme otros seis meses para que los capitanes del DC-3 (el primer avión que volé como copiloto), se empezaran a fijar en mí y me dieran uno que otro despegue. ¡Ni qué pensar un aterrizaje!… Era entonces el copiloto con menos experiencia; de modo que, la única manera de compensarlo era ganándome su confianza, exhibir buen trabajo y humildad, y tratar de aprender viendo cómo hacían los otros.
Hubo algo que no dependía de mí: siempre fui un piloto con suerte. Y la suerte es no solo importante para el desarrollo profesional, es esencial para todo. Hay que estar, como dicen, “en el momento preciso y en el lugar adecuado”. Por lástima, nadie puede anticipar dónde y cuándo la fortuna nos estará esperando a la vuelta de la esquina… Hace falta prepararse, estar listo, para que ella no nos pille “con los pantalones abajo”. Bien dicen que la suerte es un tren qué pasa muy rápido, nunca se sabe si va a parar donde uno está esperando. Para ganarse la lotería hay que primero comprar el boleto… (yo nunca lo compré, siempre lo encontré por ahí tirado).
Me hicieron comandante muy temprano, tenía 19 años. Hubo gente que, al subirse al avión, tenía un gesto de reticencia, si no de desconfianza. Pero pasaba el tiempo y notaba que me preferían. Procuraba no tomarme riesgos y hacerles sentirse cómodos. Más tarde, cuando ya con más de 5.000 horas pasé a volar a Ecuatoriana, había acumulado tanta experiencia al mando que solo me tomó un par de años tener un puesto en el escalafón que me permitiera llegar a primer piloto. Fui un comandante joven, pero cumplía los requisitos: no era un “bisoño”. Pero, de nuevo, no hubiera llegado a conseguirlo si no hubiera sido un hombre con suerte, si no se me hubiese presentado la oportunidad en el momento adecuado…
Pasados otros 20 años probé suerte y me fui a volar en Asia; buscaba tal vez un mejor reconocimiento profesional y económico (empecé a pensar en cómo iba a financiar la universidad de mis hijos). Allí volé con varias aerolíneas, operé naves como el Airbus 340 o el Boeing 747-400. Llegué a completar 33.000 horas de vuelo, 30.000 al mando. Colaboré en funciones administrativas; fui responsable de seguridad aérea, instructor de vuelo y facilitador de Crew Resource Management, ello entrañaba realizar tareas no solo gratificantes sino de verdad apasionantes. Ser piloto me permitió conocer lugares inimaginables, estuve en más de 70 países.
En días pasados vi una nota en LinkedIn, era una lista de 30 ciudades. Decía que un 85% de personas solo habían estado en dos de ellas. Reconocí, con humildad, que había tenido la suerte de estar en 28. Asimismo, me llegó otra (pertenecía a un chat de aviación); incluía 50 aeropuertos diseminados por todo el mundo y preguntaba en cuántos de ellos habíamos aterrizado… Comprobé que, debido a mi afortunada exposición a diferentes zonas geográficas, había puesto un avión en tierra en 38 de esos aeropuertos. Lo testifica mi libro de vuelo; lo certifican las aerolíneas en las que volé y las distintas autoridades aeronáuticas. Pero todo eso, solo fue parte de mi trabajo: no tiene mérito; he sido un piloto afortunado. No lo cuento por pretensioso. Solo me resta agradecerle a Dios porque he estado ahí, en todos esos lugares, y hoy puedo contarlo...


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