Empiezo por reproducir en su integridad un artículo de Paul Krugman, respecto al verdadero resultado de la guerra con Irán que el señor Trump provocó. Fue escrito la misma semana en que el presidente americano había amenazado con hacer desaparecer a esa nación, y su civilización, de la faz de la Tierra. Trump suele hablar sin ambages, sin merodeos o circunloquios, pero además y por lástima, sin clase, sin elegancia y sin escrúpulos. En su relato abundan siempre las contradicciones y las hipérboles. En ese discurso lleno de evidentes exageraciones no es extraño el feo vicio de la bravuconada: el desplante, la bravata, la grosera amenaza proferida con arrogancia con el solo propósito de intimidar.
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Ignorancia e ignominia
Nuestra humillación en Ormuz no fue casualidad. Escrito por Paul Krugman, 9 de abril de 2026.
Así que la mayor potencia militar del mundo fue a la guerra con una pobre teocracia medievalista. Fue un partido increíblemente desigual. Estos son los PIB de Irán y Estados Unidos en 2024: Irán - 0,48 US$ trillones; Estados Unidos - 28,75 US$ trillones. Sin embargo, Irán ganó. El régimen iraní ha surgido mucho más fuerte de lo que era antes, controlando el Estrecho de Ormuz y habiendo demostrado su capacidad para infligir daños tanto a sus vecinos como a la economía mundial. Estados Unidos ha salido mucho más débil, habiendo demostrado las limitaciones de su tecnología militar, su ineptitud estratégica y, cuando se trata de empujar, su cobardía.
También hemos destruido nuestra credibilidad moral: Trump puede haber hecho TACO en el último minuto, pero amenazó con cometer gigantescos crímenes de guerra, y para todos los propósitos prácticos nuestras instituciones políticas y civiles le dieron permiso para hacerlo. ¿Cómo sucedió esto? Naturalmente, el ministro de Guerra iraní lo atribuyó a la intervención divina, declarando que “Dios merece toda la gloria”. Su nación, dijo, luchó con la “protección de la providencia divina". Un esfuerzo masivo con protección milagrosa. Bueno, los teócratas van a teocratizar.
Pero mentí. Esa no fue una cita de un funcionario iraní. Es lo que dijo Pete Hegseth, nuestro autoproclamado secretario de Guerra, mientras afirmaba que una de las peores derrotas estratégicas en la historia de Estados Unidos fue una gran victoria. Habrá muchos análisis por parte de expertos militares y estratégicos de la debacle de Irán. Pero no perdamos de vista el panorama general: fuimos llevados al desastre por la ignorancia jactanciosa de hombres como Trump y Hegseth, la ignorancia empeorada aún más por las afirmaciones de que Dios apoya lo que quieran hacer. Con hombres como ese dirigiendo Estados Unidos, los grandes desastres eran solo cuestión de tiempo. Me gustaría pensar que han sido castigados por esta debacle, que han aprendido algo. Pero no me lo creo ni por un minuto. Que Dios nos ayude.
(Hasta aquí el artículo de Krugman).
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Ahora continúo: El 30 de septiembre de 2024, el New York Times publicó un editorial que decía: “Es difícil imaginar un candidato más indigno que Donald Trump para la presidencia de Estados Unidos. Ha mostrado ser moralmente inepto para un cargo que exige a quien lo ocupa anteponer el bien de la nación a sus propios intereses. Ha demostrado ser temperamentalmente incapaz para una tarea que requiere precisamente las cualidades –sabiduría, honestidad, empatía, valentía, moderación, humildad y disciplina– de las que más carece”. Un año y medio después siguen siendo palabras muy precisas y acertadas. Es justo uno de los artículos que Trump cita en su demanda de difamación y libelo, de 15.000 millones de dólares contra ese diario… (el libelo consiste en publicar algo a sabiendas de que aquello es falso, algo que es muy difícil de probar, pues hay que primero demostrar que hubo malicia).
Pensar que todo empezó con Gaza y con los caprichos de un trasnochado, un fanático que entendió al revés las lecciones que su pueblo recibió de la Historia. Y porque –vale recordarlo– no se supo (el Mundo no supo) parar una matanza, una masacre, un genocidio, un exterminio propiciado e iniciado por los mismos que una vez fueron las víctimas. Así que, seamos coherentes, no lo olvidemos. ¿Qué sarcasmo, no? ¡Qué ironías que tiene la Historia!


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