02 junio 2026

Sebastian Sawe y su gesta

Hace poco, y por pura casualidad, pude seguir la maratón de Londres. El triunfador, un keniano de nombre Sebastian Sawe, que ha sido ganador en todas las maratones en que ha participado (4), ostenta hoy el nuevo récord mundial (1 h., 59 m., 30 s.). Es la primera vez que se cumple esa distancia –de 42.2 km– en menos de dos horas. Significa que, en promedio, se ha recorrido cada kilómetro en menos de 2’ y 50’’. Sawe había cumplido la primera mitad en 1h, 00’ y 29’’; y, la segunda, en 59’ y 01’’ –prescindiendo ya de las llamadas “liebres” que ayudan a bloquear el viento–: la extraña diferencia obedecería al esprint o remate final. 

Estas competencias están siempre expuestas al escrutinio público, cuando no a la sospecha… Por ello, Sawe –que es una especie de adalid de la ética deportiva– exige, cada vez, más y más controles anti-dopaje para demostrar que está “limpio” de drogas o estimulantes no permitidos. Muchos se preguntan el motivo para que los atletas africanos tengan tan formidable desempeño; pero esto no debería llamarnos la atención: ellos están acostumbrados a entrenar en las condiciones de altura de su lugar de origen; y, justo por ello, se destacan cuando compiten en el nivel del mar. Nairobi está a 1600 m (Addis Abeba a más de 2300 m).

Pero, quien hizo realmente historia fue un larguirucho y melenudo etíope, Yomif Kejelcha, que necesitó también menos de dos horas para completar su “derrota triunfal”: era la primera maratón de su vida. Resultaría inexacto decir que “también” rompió el récord anterior, pues 12 ‘’antes lo había hecho el triunfador. Kejelcha, un enjuto (aunque no escuálido) moreno de 1.86 m, solo había participado en otras pruebas menores. Su desempeño tuvo un enorme mérito, no solo por resistir 40 km junto a Sawe, sino que su brioso tranco exigió al otro esforzarse aún más para bajar su tiempo y asegurar la hazaña. Hago aquí una breve digresión: no digo “el” maratón, como recomienda la RAE, pues la costumbre ha sido usar el femenino (‘la’ maratón o ‘la media’ maratón).

Sin desmerecer el hito logrado por Sawe, es justo reconocer ciertas “ayudas” que hicieron posible su gesta. Constan entre ellas ciertos avances tecnológicos, dietas especiales o la provisión de “acompañantes” que se permiten en la primera mitad de este tipo de competencias (ellos ayudan a sostener el ritmo de carrera). Unos pocos atletas han podido también utilizar unas zapatillas súper livianas (menos de 100 gramos), que disponen de una placa de carbono que les impulsa al correr (cuestan US$ 500, aunque sirven para usarse una sola vez). Todo esto, sin mencionar otros asuntos, como atuendos más livianos, salida en el grupo de privilegio, bebidas tonificantes o una dieta balanceada que obedece a avanzadas fórmulas científicas.

El récord lo mantenía otro keniano, el fondista Kelvin Kiptum (2:00:35), que había fallecido a los 24 años en un accidente de tránsito. La saga de Sawe (bajar de las 2 horas), se inscribe en la lista de esfuerzos y logros similares, como correr la milla en menos de 4 minutos o completar 100 m en menos de 10 segundos; o, quizá, saltar –con ayuda de una pértiga– un obstáculo de 6 metros de altura. Todo ello tiene su mérito y lleva a la gente a preguntarse ¿por qué compiten?, o ¿para qué?... Unos lo hacen por participar, la mayoría no sabe si llegará a la meta; quizá lo hacen porque quieren conocer sus limitaciones. Son muy pocos los que esperan ganar…

Al respecto, pude leer un comentario insólito, a más de obcecado. Una persona reclamaba por esa aparente “manía” de los atletas de élite de tratar de quebrar récords ajenos, lo cual “luce como muy forzado y puede afectar a los atletas” (un incomprensible esfuerzo ya que los humanos tienen límites, esa persona decía). Quizá olvidaba que la gente busca cada vez nuevos desafíos y que esa pulsión se inscribe en el deseo de competir y en la búsqueda incesante por la excelencia.

Si no, piénsese en temas tan simples como: ¿para qué vestirse y dar una mejor impresión?, o ¿para qué estudiar toda una carrera si con hacerlo por un par de años ya bastaría para ejercerla? ¿Para qué esforzarnos por hacerlo bien, si sería suficiente con un “más o menos”? No solo sería invitar a la mediocridad, sería también una manera de ser ineficiente y de no destacarse. Piénsese en oficios que cuidan o protegen la vida humana, como el caso de médicos, bomberos o pilotos. ¿Habrá escuchado ese inconforme acerca del juramento hipocrático?, ¿sabrá que el avance de la ciencia se debe a que hubo quienes han puesto un poquito más de empeño, que se esforzaron y fueron un poquito más allá de su obligación para hacer nuestra vida un poco más fácil y placentera? O, qué tal: ¿para qué tantos y tantos corren, o saltan, y siguen compitiendo? 

La búsqueda de la excelencia optimiza nuestro potencial, honra nuestra vida, permite ofrecer productos y servicios de mejor calidad. Más que un fin en sí mismo, es un hábito, un método de mejora continua; una actitud de vida que promueve confianza, que nos da dignidad; que nos proporciona autoestima y nos permite servir con pasión. 


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