30 junio 2026

Nimiedades

Fui a la peluquería el otro día, quería cortarme el cabello; más bien: quería hacérmelo cortar, precisamente porque estaba desigual (justo porque había tratado de cortármelo yo mismo). Ya no voy a peluquerías para hombres en estos días; la diferencia entre una de hombres (o “para” hombres) y aquellas otras más fáciles de encontrar –aquellas a las que van de preferencia las mujeres–, es que en las primeras lo hacen a gusto del impostor (me refiero a quien “impone” su capricho, no a quien suplanta, simula o embauca); mientras que, en aquellas otras (en esas que antes se llamaban “salón de belleza”) lo hacen a gusto y pedido del cliente. Vaya, creo que tratan, por lo menos, de cumplir con su deseo o de satisfacer su predilección…

Nada hay más parecido a un confesionario de iglesia que una peluquería: uno termina desembuchando o declarándolo todo, sin tomar en cuenta que un entrometido y riguroso tribunal pudiera estar escuchando... Ahí “ya me conocen”, y no lo digo porque ya conozcan mi lacio y voluntarioso (caprichoso, testarudo y obstinado) cabello; sino porque saben quién soy, cuáles son mis temas o preferencias, cuál ha sido mi oficio y me dejan hablar de lo humano y lo divino… Todo lo anterior, justo es anotarlo, solo es un decir porque el que termina jalándoles la lengua –a las operarias de turno– soy yo, que, a pretexto de hablar del clima o de su hora de salida, terminan contándome hasta una mágica receta para elaborar limonada (añadirle una cucharadita de café).

Y yo les dejo hablar (y hablar…) mientras manipulan o mesen y reducen el espesor de mi cabello. Lourdes habla de su marido, o de sus gatos y sus perros; Martha, de los cambios del clima y de la experiencia de compartir su vida (tiene casi 60) con sus casi nonagenarios viejos. Yo ya sé de sus “calores”: “¡Qué calores que están haciendo!, ¿no?”, me comenta, apenas me siento donde tarde o temprano declararé mi participación en algún imputado entuerto. “¿O será que a mi edad ya me ganan mis sofocos?” (creo que dijo “sofoques”) confiesa, casi sin ruborizarse. Entonces menciona su obcecada menopausia, el “declive de sus estrógenos”, mientras la escucho con paciencia, hasta que me toque el turno de hablar de mis propias tragedias y cataclismos…

Medito en la palabra que tal vez usó, si sofoco o sofoque, mientras da la vuelta al sillón y me pasa el espejo para que vea la parte posterior de mi cabeza en el panorámico azogue que tengo a mis espaldas. Entonces resuelvo que, aunque ambas son formas correctas, la adecuada es la que ahora me parece que ella utilizó. Reflexiono en la cercanía que a veces encuentro entre vocablos que son muy próximos o se parecen, tales como los que hace poco me tuvieron ocupado: requiebro y requiebre –el primero sugiere piropo, halago o galantería y el segundo pertenece a la conjugación del verbo requebrar (quebrar en piezas más pequeñas lo ya quebrado)–. Miro el espejo que muestra el espeso pelambre de mi nuca, pero no estoy prestándole atención: estoy navegando en otras aguas, pienso en los términos náuticos que domina Galdós, en sus étimos y significados…

Es ya tarde y va cayendo la noche. Declino, en mérito al tiempo, el tradicional lavado del cabello (nunca sé cuál mismo es la secuencia correcta de esa parte del trámite, si primero lavar para luego cortar o viceversa). Paso entonces al otro “trono”, al de las sales aromáticas, agua tibia enriquecida con ozono, y el sinnúmero de pinzas, limas y tijeras que darán cuenta de mis inferiores adminículos, incipientes callos, ojos de pollo y reticentes uñeros. Es cuando siento la gloria y redescubro el sentido de una de las palabras más bonitas qué hay en el idioma: la palabra “alivio”. Cavilo en la importancia que otros dan a la noción de felicidad y resuelvo que me es suficiente con sentir paz y tranquilidad, esa “ataraxia” que buscaron los antiguos…

Concluidos mis trasiegos, me dispongo a satisfacer el importe de los servicios concedidos. Antes, busco en mis bolsillos suficiente calderilla que corresponda a una propina que no suene a cicatera o esquiva… Pienso en esa concesión que la aerolínea nos hacía en Singapur (reparto de utilidades) a la que llamaban “bonus” y que mal traducíamos como “bono”, cuando realmente significa “propina”… Pienso en los pasajes libres que nos otorgaban, que se conocían como “Privilege tickets” (“pasajes de privilegio”), así llamados para que no se los interprete como “un derecho”; concesión graciosa que ayudaba a cubrir el pago de impuestos… Y pienso en el curioso concepto que tiene en USA la propina para los meseros: una obligación nuestra, como si lo importante no fuese la labor de quienes preparan las viandas en las cocinas, sino el breve y apresurado trámite de servir a la mesa lo que hemos pedido...

Nota final: creo que debo una disculpa por el abuso de los paréntesis en esta entrada. Dice El buen uso del español de la Academia, que ellos sirven para insertar información aclaratoria o complementaria. A mí me da pena que nos los usemos en el lenguaje hablado; solo se los usa (y abusa) en la lengua escrita…


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