Yo era muchacho todavía cuando venía en vacaciones a pasar unos días en San Rafael (hoy es mi residencia permanente). En esos días, nadie hubiera vislumbrado que tanto Los Chillos cuanto el sector de Cumbayá y Tumbaco –que se desarrolló más tarde– habrían de experimentar el súbito crecimiento que los convertiría en barrios suburbanos de Quito. Es probable que el hito inicial que marcó ese despegue haya sido la construcción de la autopista Rumiñahui, que lo único que le hace merecer ese nombre es que es una vía de alta velocidad. El caso de Cumbayá resulta peculiar; su relativa ventaja ha sido su cercanía con la capital.
Unos 40 años atrás ya se anticipaba que el centro y sur de Quito se extenderían (o desplazarían) hacia el Valle de los Chillos; en tanto que, el norte (hablo del sector que va desde La Mariscal hasta La Carolina) –donde residían ciertos segmentos– lo haría hacia Miravalle y Cumbayá. Pudiera decirse que nadie anticipó un éxodo tan abrupto y masivo hacia esta última zona; sobre todo, porque el ritmo de crecimiento no fue sustentado por el trazo y disponibilidad de calles y otras vías que facilitarían más tarde una movilización ordenada y ágil, tanto dentro de esa zona residencial como en su necesaria conexión con la ciudad.
El caso de Los Chillos es un tanto diferente. Su desarrollo se inicia a mediados del siglo pasado, cuando –debido a la benignidad del clima– favorece la adquisición de solares que se convierten en pequeñas quintas o huertos familiares. Nadie sospechó tampoco que, con el paso del tiempo, tendría un crecimiento tan sorprendente como inusitado y que, solo 50 años más tarde, tendría que enfrentar los problemas y desafíos que tiene cualquier ciudad. El caso del sector de San Rafael (donde hoy se ubica el C.C. San Luis) es un tanto paradigmático, no solo porque lo cruzan tres ríos (Pita, San Pedro y Santa Clara) sino que nadie columbró que el rápido desarrollo futuro exigiría un trazo adecuado de vías que asegure una movilización vehicular ágil y fluida, elemento esencial para, a su vez, ofrecer un satisfactorio sentido de bienestar.
A estas alturas, reconocer la defectuosa condición del tránsito en las vías resulta no solo una reflexión tardía: sería, además, improductivo. Pocos han caído en cuenta que estos barrios crecieron sin que medie ningún tipo de planificación. El exceso de viviendas no se satisfizo con una mejor provisión de calles y vías disponibles. Más habitantes significó un mayor número de vehículos que generaron inéditos problemas tanto de tránsito como de disponibilidad de estacionamiento. Tampoco se pensó en vías que favorezcan un ágil desplazamiento, sino –además– que cumplan con el requisito de una eventual evacuación rápida como demanda todo conglomerado de alta densidad. Nunca se contó con la posibilidad de una desgracia natural o de un flagelo no controlado. Así, una evacuación emergente se tornaría muy difícil de satisfacer.
Persiste, por otra parte, un problema administrativo: tanto Cumbayá como la zona norte del Valle de los Chillos (entre el río Pita y el cerro Ilaló) pertenecen al municipio metropolitano. Sus peculiares necesidades, así como sus particulares características merecen una más dedicada atención, la misma que “ha brillado por su ausencia”. Las autoridades responsables están muy alejadas de la realidad de estos sectores, cuyos moradores no solo se sienten mal atendidos, sino que carecen de canales adecuados para comunicar sus inquietudes y necesidades, y para sugerir alternativas y recomendar soluciones a sus varios problemas.
Se me antoja que el caso de Cumbayá es de veras insoluble. Para el caso del Valle de los Chillos, parece también muy tarde para volver a planificar nuevas vías, ensanchamiento de calles y nueva provisión de diagonales y avenidas. Ante esa realidad, quizá la única alternativa sea la construcción de viaductos o vías rápidas elevadas y, dependiendo del sector, el eventual uso del lecho de los ríos (como ya se hizo en el sector de la Bocatoma) para construir vías de desahogo que se conecten con las vías de alta velocidad.
Existe una pequeña ciudad argentina que fue construida como arquetipo de la urbe planificada. Está ubicada cerca de la ribera del río de la Plata y algo menos de 50 km al sureste de Buenos Aires; se la ideó hacia fines del siglo XIX para que funcione como capital de la provincia de Buenos Aires (no confundir con la conurbación metropolitana, llamada Gran Buenos Aires). La ciudad tiene una forma de cuadrado perfecto, la parte medular está conformada por seis sectores en ambas direcciones que, a su vez, están compuestos por seis manzanas en ambos sentidos; su diseño consta, además, de una serie de avenidas diagonales que incorporan plazas, parques y rotondas. La ciudad es encantadora y bien puede servir de ejemplo para similares iniciativas. Todo el formidable y bien estructurado trazo mide no más de 25 km cuadrados.


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