Sin entrar en complejas disquisiciones (como invocar a Freud, cómo lo hace el Diccionario de la Academia), el ego no es sino un exceso de autoestima; para mí, denota también una pizca de inseguridad, a más de un incomprensible y absurdo desprecio hacia las virtudes y paciencia ajenas. Bien visto, el adulo es el real combustible del ego… Adulador y adulado son caras distintas de una misma moneda: ambos mediocres viven del otro en forma imperecedera, dependen entre sí, aunque sepan que ha cesado su influencia.
Adular significa: “Hacer o decir con intención lo que se cree que puede agradar a alguien”. Otra acepción sería: “Alabar de forma exagerada e interesada a una persona para conseguir su favor o ganar su voluntad”. La voz “adular” viene del latín adulari, que significa ensalzar, alabar, halagar o elogiar desmedidamente. La adulación es acción que implica hipocresía, falta de sinceridad e incluso maldad. Quien adula ha caído muy bajo, su figura es la de quien, sin dignidad, se inclina ante otro para besar su calzado. Hay un término para definir al adulador, suena escatológico y de veras malsonante: me refiero al vocablo “lamecu…”.
En inglés adular se dice “to flatter”. Originalmente, el verbo "flatter" (derivado del francés antiguo flater) significaba "tocar con la mano", "acariciar" o "alisar". La palabra proviene de la misma raíz germánica que dio origen a la palabra flat (plano). La idea era que quien acariciaba a alguien lo hacía para "suavizarle" sus asuntos o proyectos. Con el tiempo, esta acción física evolucionó hasta referirse a la caricia del ego: alabar a alguien de forma excesiva o insincera para complacerlo, manipularlo, ganarse su aprecio…
La caricatura del adulador describe el perfil de quien busca congraciarse mediante falsos halagos; retrata la sumisión e hipocresía de quienes adulan a los demás para obtener favores, poder o alguna otra forma de beneficio. La figura se caracteriza por los siguientes rasgos: sus elogios no son sinceros, buscan manipular o conseguir el favor de quien ostenta autoridad, dinero o influencia; el adulón no duda en mentir ni en ocultar sus opiniones para validar la opinión del adulado y evitar cualquier conflicto; y, alimenta así la necesidad de ego del halagado, convirtiéndose en un "espejo deformante" que refleja lo que aquél quiere escuchar.
Francisco de Goya, en sus grabados (como en la estampa "Ni más ni menos" de Los Caprichos), satirizó a los aduladores que disimulaban los defectos de sus modelos. En La Divina Comedia, Dante Alighieri fue más duro: situó a los aduladores en el segundo foso del octavo círculo del Infierno, sumergidos en excrementos humanos para simbolizar la podredumbre de sus propósitos. Asimismo, el filósofo griego Plutarco escribió ensayos advirtiendo sobre cómo desenmascararlos y distinguirlos de los auténticos amigos.
En estos días, he hallado en forma repetida la palabra “sicofante”. La voz provendría del griego sykophántēs (de sykon, "higo", y phainein, "mostrar" o "denunciar"); en Atenas se habría referido a los "denunciadores de contrabando", que delataban a quienes exportaban ese fruto –el higo– en forma ilegal. Literalmente significaría «el que muestra los higos». Su equivalencia actual sería la de calumniador, delator o impostor. Hoy se especula que habría varias explicaciones sobre cómo se originó el término: una señala que en Grecia estaba estrictamente prohibido exportar higos; así, los delatores o buscavidas que denunciaban a quienes hacían contrabando de esta fruta para evadir impuestos eran llamados sicofantes. Para Etimologías de Chile, un sicofante —o sicofanta— no sería quien denunciaba o delataba ese contrabando, sino más bien quien “denunciaba el robo de higos de ciertas hogueras sagradas cuyos frutos estaba prohibido tocar”.
Otra hipótesis apunta a que el término habría hecho referencia a una seña obscena. La palabra sykon (higo) también se usaba como metáfora para referirse a los genitales femeninos, y el gesto de meter el pulgar entre los dedos índice y corazón era considerado un insulto. El sicofante sería entonces quien "hacía ver el higo", ya sea mediante acusaciones falsas para ensuciar la reputación de alguien, o realizando este gesto para señalar la culpabilidad pública de un individuo. Con el paso del tiempo, el término pasó al latín como sycophanta y se alejó de su significado original, para designar y describir a un acusador ruin, a un mentiroso o adulador que utilizaba el engaño o la falsedad para sacar ventaja e infligir daño a otras personas.
Los atenienses no tenían fiscales públicos, por lo que cualquier ciudadano podía acusar a otro. Muchos hacían acusaciones infundadas; estos hicieron de la extorsión su oficio (participaban de las multas o buscaban un soborno para comprometerse a retirar los cargos). Más tarde, el término pasó a utilizarse como sinónimo de calumniador, impostor o delator falso. En español, como indica el Diccionario, se utiliza para describir a alguien que busca obtener ventajas mediante mentiras, adulación servil o acusaciones ficticias.


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