Mi tío Ñato, que en realidad no era mi tío sino hermano de Maruja, la mujer de mi tío Fabián, usaba expresiones que hoy se diría que eran del tiempo de nuestros abuelos. Decía, por ejemplo, que era “de pipí cogido” con mi papá, no por ser su cuñado sino porque se conocían de toda la vida. Como fuimos vecinos, y sabía que me gustaba la música, un día me pidió que le pasara unos playlists o le prestara unos discos porque “le iban a caer” dos de sus buenos amigos. “Vienen el Flaco y el Edwin” –me dijo–, con esa manera tan quiteña que él tenía de usar los nombres propios sin prescindir del artículo. “Son mis amigos de siempre”, concedió: “ellos no se meten con nadie”.
¿Qué es eso de ‘no meterse con nadie’?, ¿acaso una muestra de desprecio o petulancia? No: quien ‘no se mete con nadie’, es que no quiere problemas ni saber de ellos; prefiere su tranquilidad, la paz y la calma; su premisa es no meterse en la vida ajena, en la vida de los demás. No quieren dar motivo, para que los otros hagan también lo mismo; es decir: dejan que los demás busquen la felicidad a su manera: tratan de no intervenir en lo que no les concierne. No es un asunto de falta de solidaridad: el punto es mantenerse a distancia, no tomar partido, no dar consejos que nadie nos ha pedido, ni tratar de ganar un protagonismo o dar solución a problemas que no nos competen por ser ajenos.
Hay verbos que tienen la propiedad de actuar como reflexivos. Y, curiosamente, con el solo hecho de usar un pronombre, pueden adquirir un muy distinto significado. Reflexivos son aquellos verbos en que la acción del sujeto recae sobre sí mismo; es decir, el sujeto es también el objeto de la acción: se identifican por llevar un pronombre reflexivo (me, te, se, nos, os, se) que concuerda con el sujeto (ejemplo: yo me lavo). En este preciso caso, una cosa significa “meter” –no reflexivo– (como poner algo dentro de otro objeto); y, otra muy distinta, “meterse” (aunque no con la idea de introducirse en algún espacio físico), pero esta vez con el sentido de inmiscuirse en las tan delicadas, sensibles e impredecibles relaciones interpersonales. Aquí, ese “meterse” puede significar involucrarse en un asunto ajeno y hasta frecuentar (como cuando decimos ‘meterse con’) no muy santos tipos de amistad o compañía…
Esto sucede en particular en el uso coloquial. El mismo Diccionario de la Lengua Española ofrece algunos ejemplos puntuales: 1.- Meterse (alguien) donde no lo llaman, en lo que no le importa, o en lo que no le corresponde (es entremeterse, mezclarse, introducirse en lo que a uno no le incumbe). 2.- Meterse en todo: introducirse inoportunamente en algún asunto, dando su dictamen sin que se le pida. 3.- No me meto en nada: para manifestar que no se tiene parte en algo cuyos resultados se desconocen o cuyas consecuencias se temen o tratan de evitar. De lo anterior surgen diversas expresiones coloquiales: “meterse de abogado, juez o Celestina” (asumir funciones no autorizadas o tomar partido sin que le hubieran pedido); “meterse de gana” (hacerlo sin obtener beneficio); o, “mejor ni te metas” (advertencia por: ni vas a proporcionar beneficio y, más bien, puedes terminar perjudicado).
En este sentido, no es infrecuente escuchar: “No me meto con nadie, porque no me gusta que se metan conmigo”. O, “Es un buen tipo, no se mete con nadie, a nadie hace daño”. O, “Ellos no se meten con nadie, respetan la privacidad ajena, no se interesan por los dramas ni los asuntos que no son de su incumbencia”. Cuando alguien dice “No me gusta meterme con nadie”, quiere decir que no le gusta meter la nariz donde no le corresponde o inmiscuirse en situaciones ajenas. En inglés se dice: “mind your own business” (ocúpate de tus propios asuntos, no te metas en lo que no te importa). Es una manera directa y, quizá, hasta poco delicada, de decirle a alguien que deje de entrometerse en asuntos que no le conciernen, que se preocupe de sus propios asuntos; que deje de opinar sobre algo que es privado y no le compete.
Por lo mismo, el ideal a este respecto es respetar a los demás, desarrollar la empatía y emplear algo que escuché alguna vez en esos cursillos que se reciben en la administración pública: las famosas “habilidades sociales”. Una persona que cuenta con tales habilidades es capaz de interactuar con los demás, solucionar problemas y/o evitar conflictos; es asertivo, sabe expresar su opinión e ideas correctamente; sabe que hay ocasiones en que es preferible quedarse callado o decir que “no”; sabe hacer críticas o expresar su desacuerdo con un determinado tema, sin molestar a nadie ni resultar ofensivo. Las personas con habilidades sociales son capaces de expresar sus opiniones e ideas de un modo adecuado y persuasivo, y evitan crear o agravar los conflictos. Saben ser “propositivos”.
Encuentro entre mis viejas notas: “Las habilidades sociales son un conjunto de conductas y capacidades para interactuar eficazmente, expresar sentimientos y necesidades respetando a los demás. Ellas incluyen: escucha activa, empatía, asertividad, comunicación, negociación y resolución de conflictos”. Todas estas habilidades se aprenden, no son innatas, y son cruciales para el desarrollo personal y profesional. Fomentan las relaciones sanas, ayudan a expresar nuestras opiniones, a entender a los demás y a manejar mejor las situaciones sociales.


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