17 febrero 2026

Licenciaturas…

Estaba por empezar con una confesión, pero pronto me he dado cuenta que nada tengo que confesar a ese respecto. En este preciso caso “todo el mundo” sabe la realidad de mis respaldos académicos (perdonen la aparente pretensión, pero solo trato de subrayar una de mis falencias, y no que sea conocido por todo el mundo: urbi et orbi). Quien haya oído mi nombre, poco sabrá de mis estudios, de mi especialidad y del espinoso tema de si ostento o no algún diploma, un eventual doctorado o, al menos, una licenciatura. Pero como saben (ahora me refiero a ustedes, mis lectores), no solo que no tengo algunas licenciaturas (como hoy es corriente): la verdad es que no ostento ninguna.

Como creo haberles contado, a veces me preguntan si he ido a la universidad, no sé si por curiosidad (creo que es por costumbre o quizá porque piensan que, siendo el mío un oficio técnico, para graduarse de piloto hay que ir a una facultad). No quisiera pecar de fatuo –aunque vanidoso sí soy– pero tengo la ocasional suspicacia de que quien me trata, barrunta que tal vez, ¿por qué no?, a lo mejor sí he pasado por esas aulas. Esto me permito imaginar, porque se me ocurre que quizá dirán: “este señor tan simpático, que se mete a hablar –y a escribir– de todo lo que se le ocurre, fijo que ha de haber estudiado con los jesuitas”. “O, mínimo con los hermanos”, digo yo. Razón tiene uno de mis cuñados, cuando converso con él, que dice a los demás que pudieran estar presentes: “si él de todo sabe...”.

Así que empiezo por contestar, a despecho de parecer cansino (pues creo ya haberlo mencionado), qué es lo que contesto cuando otras personas me preguntan lo contenido en el primer renglón del párrafo anterior. Al respecto, no tengo empacho en responder que “al menos cuatro veces” y, para disipar esa su cara de asombro, continúo contándoles que ello sucedió cuando cumplí con una de las más responsables y paternales tareas (que, a su vez, constituye una inenarrable y tierna experiencia afectiva): la de ir a dejar a un hijo en un recinto que a los padres nos puede parecer viejo, sucio y descuidado: el dormitorio del campus académico de su nueva alma mater.

Aquí, tal vez miento, porque quizá fueran ocho, o unas pocas veces más. Y es que hubo también otros viajes, con propósitos distintos, como el ineludible que se hace por su graduación; o los inevitables, que tampoco faltan, sobre todo cuando uno se siente algo nostálgico o no está seguro de si a ellos les falta algo o si no pudieran estar debidamente instalados y cómodos en sus respectivos campus académicos. A propósito de esta última palabra, bueno sería comentar que: si de “academias” se trata, bien puedo declarar, sin ánimo de alardear, que eso sí he cumplido y no me ha faltado; pues sí, yo también estudié en una academia (de aviación).

Dice el Diccionario de la Lengua, que ya no se llama DRAE sino DLE, que la palabra licenciatura significa “grado universitario inferior al doctorado”; o, también: “Estudios (o actos) necesarios para obtener una licenciatura. Dice, también, que sus sinónimos son: diploma, título o licencia. Y define licencia como un permiso o autorización (plasmados a veces en un carnet o algún otro documento) necesarios para desempeñar una actividad o hacer algo. No deja de sorprender que, de acuerdo con la acepción # 6, quiera decir: ”grado de licenciado”.

No quisiera caer en pecado de jactancia pero, si de licencias se trata, puedo decir que me llena de sano orgullo haber completado mi certificación para refrendar mis licencias en una media docena de países: USA, Corea del Sur, Singapur, China, Arabia, Islandia; así como la convalidación de las mismas para la autoridad europea. Me dejo ganar por la nostalgia al comprobar que: he obtenido mi certificado de alumno piloto a los 17 años; mi licencia comercial a los 18; mi calificación para volar como comandante del DHC-6 Twin Otter, a los 19; y la conclusión de mi entrenamiento como capitán de aerolínea, en el bondadoso Boeing 707, a los 27. Todo, sin contar con la íntima satisfacción de haber actuado como comandante en prestigiosas aerolíneas del “mundo mundial”; y, haber completado satisfactoriamente sendos y exigentes cursos, para actuar como comandante en varias aerolíneas, los enormes y confiables: Airbus A310, A300, A340 y el venerable Boeing B-744.

Arriba dejé un registro de “las veces que fui a la universidad”. Advierto que he omitido otras que visité luego de concluido mi tránsito por las líneas asiáticas cuando, producido mi retiro, pude visitar un par de reconocidas instituciones en virtud de mi interés –algo tardío– por estudiar y licenciarme en filología en una de estas dos universidades: Alcalá de Henares y Salamanca. Mi inesperada contratación post-retiro con Air Atlanta, en un contrato free-lance con Saudía, habría de postergar mis planes. Por todo ello, y mal que me pese, declaro que en mi vida he obtenido algunas licencias, pero –por lástima– ninguna licenciatura… Pero no debería quejarme, pues jamás encontré obstáculos para mis empeños. Por lo demás: ¡nunca es tarde! A fin de cuentas, todavía puedo proclamar: Nihil Obstat (Nada se interpone en el camino).


Share/Bookmark

No hay comentarios.:

Publicar un comentario