29 septiembre 2026

Muletillas

Se las llama también estribillos, coletillas, latiguillos o cantaletas; son esas palabras o locuciones que la gente (vaya, todos) las repite casi sin darse cuenta. Lo hacemos por hábito, sin caer en cuenta siquiera que echamos mano de ellas en forma innecesaria, como parte de nuestra forma o costumbre de hablar. Barrunto que las llaman así, de ese modo, porque nos recuerdan a las muletas, a esos adminículos en los que nos apoyamos para ayudarnos a caminar. Y ya que lo menciono, bien pudieran también asemejarse a las otras muletas: a aquellas franelas que utilizan los toreros, esos implementos que ayudan a esquivar el astado.

No hay virtualmente nadie que no use estas cantaletas, pero, a pesar de ello, hay mucha gente que las utiliza en forma indiscriminada y echa mano de ellas todo el tiempo porque no ha hecho un real esfuerzo por identificarlas y tratarlas de evitar. Hemos reconocido que casi todos las traemos a cuento en forma involuntaria, pues ahí mismo se encuentra el problema: no hacemos un pequeño esfuerzo para no convertirlas en ese indispensable bastón, sin el cual no podemos expresarnos. Un bastón que no queremos dejar en casa; sin él creemos que no podemos caminar… A propósito (otro latiguillo): muleta tiene el significado de "pequeña mula”, aparato formado con dos palos largos y un travesaño superior en el que descansa la axila para ayudar a caminar" y se forma con el sufijo diminutivo -eta, sobre la palabra “mula”.

Aquí van unos pocos –aunque muy repetidos– ejemplos de esas llamadas coletillas:

Por cierto: locución que es correctamente utilizada cuando al hablar de un determinado tema o asunto, de pronto recordamos algo relacionado con el episodio o la temática en liza y advertimos a nuestro contertulio que vamos a efectuar una breve digresión. Pero se convierte en estribillo cuando usamos la expresión sin ese objeto; en otras palabras, para simplemente seguir hablando, para hablar de una materia nueva y para nada relacionada, porque quizá creemos que su uso convierte nuestra exposición en una forma más elegante de expresión.

A lo mejor: expresión que no siempre usamos con su sentido natural, como si destacáramos una cierta forma de preferencia; sino, más bien, como una forma de duda o incertidumbre disimulada. Como una manera de reemplazar un tal vez o un quizá.

De pronto: esta es una muletilla que se ha ido convirtiendo en muy frecuente, como una aparente forma de llamar la atención para luego insinuar u ofrecer algún tipo de obsequiosa asistencia: “de pronto”, ¿se les ofrece un café o pasar a tomar asiento?

La verdad que, o para ser sinceros: forma de usar la expresión para tratar de reforzar como cierto o indiscutible lo que estamos diciendo; como que haría falta remarcar o insistir en que algo es real o que es verdadero lo que estamos demostrando o tratando de sustentar. No caemos en cuenta que es como si lo dicho en forma anterior no sería totalmente cierto o, de plano, falso o una media mentira.

De paso o de hecho: ambas expresiones usadas tanto en la forma hablada como escrita para respaldar la impresión de que lo que se va a decir está relacionado con lo hasta ahí veníamos desarrollando; sin importarnos que, en la mayoría de las veces, se trataría de un comentario o información que no tiene relación con lo anterior.

Por así decirlo: esta se ha convertido en una forma cuasi elegante, de esconder que no tenemos la palabra o frase más adecuada que reemplace lo que hemos dicho o vamos enseguida a expresar. Equivale al incluso más repetitivo “digamos”, que denuncia más que ninguna otra expresión innecesaria la falta de riqueza de nuestro vocabulario de uso cotidiano; o, ¿quién sabe? (otra frecuente muletilla) nuestra no siempre disimulada inseguridad, ya convertida en frágil vulnerabilidad.

Mirándolo objetivamente: fórmula o recurso que las más de las veces utilizamos cuando lo que estamos a punto de decir nada tiene de objetivo, es decir de neutral. Si bien lo vemos, es casi imposible ser neutral o no tener preferencias; pero siempre que usamos esta curiosa expresión es para respaldar un punto de vista sesgado que casi siempre carecerá de un cariz respaldado en la más pura y prístina objetividad.

Valga la redundancia: utilizado para disculpar algo dicho –o que se piensa decir– en forma repetitiva (y normalmente innecesaria), cuando en la práctica existen muchas otras maneras de reemplazar la palabra que se ha repetido o se va a repetir.

O sea, y o sea, digamos: he aquí el summum de las cantaletas, ambas dignas de entrar en el sanctasanctorum de lo más graneado de la muletilla. Son esas las expresiones que definen nuestra forma de expresión, las que muchas veces marcan nuestra manera de hablar.


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25 septiembre 2026

El avance de la derecha

“Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomenten la idiotez”. Jorge Luis Borges.

Por mucho tiempo me ha parecido la izquierda política una tendencia muy coherente; a la vez, y por lástima, me ha parecido también que son muchos los políticos de izquierda que se muestran como más incongruentes, como que fueran proclives a una más acusada falta de integridad. De las filas de la izquierda salen con frecuencia muchos de los nuevos ricos que se dan en la política, y son precisamente políticos de izquierda los que están involucrados en variados e incomprensibles casos de corrupción. Cierto es que hay corruptos y nuevos ricos en las filas de todas las políticas tendencias, pero deberían ser de izquierda, por lo que predican, los que se destacan por su sentido de delicadeza, honorable gestión y marcada honestidad. Por algo había dicho Henry James alguna vez que: “La incoherencia es el peligro que acecha a la autoridad moral”.

Leí en la prensa acerca de la celebración de un congreso panamericano que buscaba encontrar una respuesta al inusitado avance de la derecha en el continente. Considero que, si en realidad la izquierda quiere encontrar una respuesta al acertijo, debe empezar más bien por hacer un mea culpa y, en ese acto de humilde honestidad, reconocer cuáles han sido sus principales errores, abusos y desaciertos. El desencanto de la gente con la izquierda, en lo que va del siglo, pasa por al menos tres motivos: su rigidez ideológica (incluso cuando ha actuado con integridad intelectual); su tendencia a permitir o promover la corrupción (ausencia de métodos de control destinados a monitorear sus élites políticas); y esa, su deriva autoritaria, propensa a aplicar fórmulas anti democráticas para mantenerse en forma indefinida en el poder. Intuyo que todo lo anterior, en conjunto, es lo que no siempre permite a la gente comparar objetivamente y decantarse por la posibilidad de repetir un nuevo buen gobierno de esa ideología o tendencia política.

La derecha, por su parte, ha gozado de la mesa servida del desencanto popular que había generado la propia izquierda, a pesar –en su caso– de sus tres más grandes defectos: su propia rigidez intelectual y política; la ausencia de una más preocupada sensibilidad social; y la defensa de las prebendas económicas de ciertos sectores, a pretexto de su interés por estabilizar o mejorar la economía de sus respectivos países. En tal escenario, resulta inevitable caer en una condición donde no prevalecen los intereses nacionales –y menos aún los populares–, que resulta en terreno fértil para que se fortalezcan la falta de acuerdos políticos de consenso, la intolerancia, el abuso de poder y, con cierta frecuencia, el más cínico autoritarismo.

Porque, al parecer, algo de todo esto es lo que estuvieron tratando en días pasados, en Montevideo, más de un centenar y medio de líderes, auto tildados ellos mismo de “progresistas”, que lo que pretendían hallar no era precisamente políticas y maneras para perseguir el bienestar –léase progreso– de sus postergados pueblos, sino –más bien– métodos para alcanzar, recuperar o mantenerse en forma perenne en el poder; es decir, para detentar en forma permanente y perpetua el incuestionable control de todos los poderes. Si bien se entiende, todo aquello debilitaría, aunque sea en forma disimulada, la institucionalidad jurídica en sus atribuladas e inestables naciones… ¿No hay en todo ello una evidente falta de coherencia?

¿Cuál es en nuestros días el escudo invariable de cierta izquierda, y no solo en ese renuente discurso que nunca está ausente en estos foros? Pues sigue siendo el mismo que –por manido y desgastado– suena ya a pretexto: la pretendida soberanía de las naciones. Y no es que la soberanía no sea importante, sino que es precisamente cuando existen distorsiones en el manejo del poder que la comunidad internacional debe hacer un acto firme de presencia, dejar oír su voz de moderación y contención, y presionar a los gobiernos díscolos y abusivos para que se encuadren en la legitimidad y en el derecho. Entonces, y solo entonces, el cuento de la cacareada soberanía dejará de ser excusa y mero subterfugio, y cesará de ser un simple escabel para eternizar las dictaduras y para castigar a los pobres por incautos e ingenuos.

Progreso sin desigualdad equivale a redistribución de recursos, siempre que no se transija ante la tiranía y el autoritarismo. La soberanía es importante, pero debe basarse en la más auténtica legitimidad. Este es el sendero que le toca recorrer a la izquierda, camino que debe inspirarse en un genuino sentido de integridad y propósito de enmienda; y que debe transitar alejado de la improductiva irreflexión y la trasnochada nostalgia. Ello requiere de un renovado esfuerzo, evitando la manipulación y el servilismo feligrés.


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22 septiembre 2026

Dos vocablos: semita y jacobino

Estuve leyendo un artículo acerca de Antonio Machado (1875-1939) quien, por su postura frente al gobierno español, se había auto-exilado en Francia hacia el final de su vida. El poeta y autor de Campos de Castilla está enterrado en el humilde cementerio de un pueblo pesquero del sur de Francia. La nota hablaba de la circunstancia de no haber repatriado sus restos a un lugar donde hubiera recibido el homenaje debido; reclamaba no haberlos llevado a un panteón en su país, destinado a honrar a sus más destacados hijos.

Opté por dar un breve repaso a los comentarios. Pude apreciar tres aspectos: la falta de unanimidad en cuanto a que tales restos volvieran a España; un cierto prejuicio relacionado con su matrimonio con una menor de edad (él le llevaba con 19 años), aunque había cumplido el requisito para hacerlo (no siempre es acertado juzgar sin considerar las costumbres y normas de otro tiempo); y, el uso de la palabra “jacobino” para tildar la tendencia política de Machado, y su evidente actitud de rebeldía con el régimen reinante.

El DLE define jacobino como: “dicho de una persona: militante, durante la Revolución francesa, del partido caracterizado por sus procedimientos radicales y rigorismo moral; o, también (adjetivo), como quien es ‘defensor de ideas de izquierda y radicales’. Son sus sinónimos: revolucionario, exaltado, violento, radical. Señala en el epígrafe etimológico que: (viene) “… del francés jacobin; propiamente 'dominico', por celebrar sus reuniones en un convento de dominicos, deriva del latín Iacobus, 'Jacobo', por alusión a un hospicio de peregrinos a Santiago de Compostela, del que se encargaban esos religiosos”. Este Jacobo (Jaques en francés o James en inglés) es Jacobo de Zebedeo o Santiago el mayor, uno de los doce apóstoles de Jesucristo.

En tiempos de la Revolución Francesa (1789-1799) se tildaba de “jacobinos” a los miembros del Club de los Jacobinos, llamados así porque el monasterio mencionado, estaba ubicado en la rue Saint-Honoré, pues su primera residencia en Paris había sido la abadía de Saint Jaques. Más tarde (1789) el término se identificó con las ideas de los Jacobinos y las políticas del Reino del Terror asociadas con Maximilien Robespierre. No obstante, la palabra luego adquirió cierta elasticidad semántica y pasó a identificar coloquialmente a quien se decía partidario convencido de una democracia o estado centralizado y revolucionario, así como también a cualquier político que fuera hostil a la idea del debilitamiento o reducción del tamaño del Estado.

Semita es término confuso; antisemita por su parte– se refiere a quienes abrigan sentimientos contra los habitantes de Israel o judíos que regresaron en el siglo pasado, como si se hubiesen apoderado de áreas que antes no fueron suyas. No solo son semitas los judíos, sino otros pueblos que en la antigüedad hablaron lenguas parecidas. Históricamente, los israelitas eran semitas, fueron parte de las comunidades históricas y lingüísticas del antiguo Oriente Próximo (hablaban una lengua semítica: el hebreo antiguo y compartían un origen cultural común). “Semita” proviene bíblicamente de Sem, hijo de Noé, y se usa en lingüística y antropología para agrupar a todos esos pueblos que hablaban tales lenguas. Además de israelitas y judíos, los semitas incluyen a otros pueblos de Oriente Medio (árabes, fenicios, acadios o arameos).

El vocablo “israelita” se refiere a los habitantes del antiguo pueblo bíblico descendiente de Jacob (conocido también como Israel). La voz “hebreo” se trata del término más antiguo usado para designar a los ancestros patriarcales del pueblo judío, empezando por Abraham; “judío” define a quienes pertenecen al pueblo judío por linaje o religión (el judaísmo) en cualquier época o lugar. Por otra parte, la voz “antisemitismo”, en la práctica política actual, es un término que se acuñó de forma específica para referirse al odio hacia los judíos (judeofobia); esto, a pesar de que la raíz “semita” abarca a otros pobladores, como son los árabes.

En el siglo XVIII, se usaron voces bíblicas para agrupar lenguas de una misma familia en Oriente Próximo, como hebreo, árabe y arameo. Se llamó semita a quien hablaba esos idiomas, ello incluye a antiguos grupos relacionados. Judío es un concepto religioso y de identidad étnica; semita es una categoría lingüística e histórica más amplia que engloba a varios pueblos de Oriente Medio. No todos los semitas son judíos, ni todos los judíos son semitas. Un judío pertenece a su pueblo por nacimiento o conversión, y se identifica con su religión y cultura. El judío puede ser ciudadano de cualquier país y, sin embargo, pertenecer a diversas etnias o nacionalidades. El nombre viene de la tribu y reino del sur llamado Judá (o Judea). Tras la caída del reino del norte (Canaán), así como debido a los futuros exilios (la diáspora), los sobrevivientes se identificaron con este nombre. De todos modos, no se debe confundir a los israelitas antiguos con los israelíes, que son los ciudadanos actuales del moderno Estado de Israel, sin importar su religión.


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18 septiembre 2026

La pluma de Don Mendo *

 * Escrito por Arturo Pérez-Reverte, para Patente de Corso Zenda

Antes de teclear esto escribí unas líneas a mano, con pluma estilográfica. Lo hice con deliberada solemnidad, pues hay objetos que obligan con su carga invisible de tiempo y de memoria. Esta de la que hablo no es una pluma cualquiera: hace un siglo que fue fabricada y tiene arañazos, desgaste, cicatrices. Tiene historia. Sobre todo, historia. Se trata de una Montblanc Simplo de color negro, fabricada entre 1925 y 1930, con plumín de oro. Y con ella, aseguran quienes dicen saber, Pedro Muñoz Seca escribió La venganza de Don Mendo.

Las plumas estilográficas, como los viejos marinos, se jubilan después de largas y azarosas travesías. Esta que menciono pasó de Muñoz Seca a Alfonso Ussía padre, que era nieto del dramaturgo. Después la heredó Alfonso Ussía hijo, amigo mío como lo fue su padre. Y hace algún tiempo —un espléndido regalo de Alfonso— acabó en mis manos. A cierta edad uno sabe que los objetos antiguos sólo importan cuando traen consigo una historia. También poseo varias estilográficas y profeso, acentuado con los años, el culto a la tinta y el plumín. Mi marca favorita es la inglesa Onoto, que conserva la perfección de cuando los fabricantes aspiraban a la excelencia y no a satisfacer a un departamento de marketing. En cuanto a calidad europea, tengo la certeza de que nadie las fabrica mejores que la alemana Pelikan. Las Montblanc, por su parte, hace tiempo que se fueron al diablo: ahora sólo es una marca cara, y punto.

Tengo, con ésta, siete Montblanc de las antiguas, de las buenas. Pero ninguna posee la carga sentimental de la estilográfica de Muñoz Seca, porque no trazó una novela ni una carta de amor o amistad, sino parte de la gran biografía teatral de España: versos que generaciones enteras repitieron de memoria, que siguen provocando sonrisas y carcajadas casi un siglo después de ser concebidos. Y eso, en una época donde la mayoría de las obras nacen con fecha de caducidad y mueren antes de cumplir una temporada literaria, tiene mucho de milagro.

Me gusta creer que ciertos objetos conservan, de quienes los utilizaron, una huella invisible que desafía al tiempo. Por eso cuando miro esa Montblanc Simplo no veo sólo una estilográfica antigua. Veo una mesa de trabajo iluminada por una lámpara, veo una cuartilla en blanco, veo a un autor buscando una rima disparatada, veo tachaduras, manchas de tinta. Escucho el murmullo de los teatros, el rumor de las butacas llenándose. Oigo las carcajadas felices de un público que todavía iba al teatro dispuesto a divertirse, y no a recibir lecciones morales ni tostones metafísicos.

Pero también escucho otro sonido menos agradable: el pasillo de una prisión, nombres leídos en voz alta, verdugos que esperan. El eco del miedo que unos muestran, otros esconden y alguno es capaz de convertir en ingenio, en trágica y póstuma broma como la que la leyenda atribuye a Muñoz Seca mientras caminaba hacia la muerte: «Podéis quitarme casi todo, incluso la vida. Pero hay algo que no podéis quitarme: el miedo que tengo…» Tal vez lo dijera exactamente así, o tal vez no. Las leyendas suelen corregir la realidad para hacerla más elegante; pero resulta una frase tan inteligente y tan desesperadamente humana, que deseas creerla cierta.

Después vino el silencio, y luego el estampido de los fusiles. El eco seco de la descarga en el triste amanecer de Paracuellos. El final miserable, tan brutalmente español, reservado a uno de los hombres que más hizo reír a España. Lo mataron quienes creían estar construyendo así el futuro, como suele ocurrir con los fanáticos de cualquier color, convencidos de poseer la verdad absoluta. Siempre seguros de que la libertad consiste en pensar exactamente lo mismo que ellos. Siempre dispuestos a fusilar primero y reflexionar después. O a no reflexionar nunca.

Vuelvo a mirar la Montblanc y sé que no es una estilográfica antigua, sino una superviviente. Sobrevivió a los críticos adversos, a la guerra, a los asesinos, al odio, al polvo de los desvanes y al estrago del tiempo. Pasó de unas manos a otras llevando una memoria, y hay objetos que no se miden por su rareza ni por el precio que un coleccionista está dispuesto a pagar, sino por la cantidad de tiempo y olvido que lograron derrotar. Esta pluma que tengo ante mí lleva casi un siglo haciéndolo. Mientras exista alguien capaz de abrir La venganza de Don Mendo y reírse con los versos disparatados, mientras hallemos placer en su inteligencia, ingenio y humor, mientras haya lectores o espectadores que recuerden a Pedro Muñoz Seca, los imbéciles que apretaron el gatillo habrán fracasado. Al final todos desaparecemos, pero con frecuencia quedan las palabras. Y a veces, para desconcierto de la muerte y escarnio de los verdugos, también queda la pluma con que fueron escritas.


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15 septiembre 2026

Palabras y locuciones (1)

Han pasado algunas semanas desde que se efectuó uno de los mundiales de fútbol más controvertidos que yo recuerde; sin embargo, debido a la naturaleza y origen de las transmisiones que preponderaron en Ecuador (con relatores y comentaristas escogidos por una empresa argentina), por fuerza nos fuimos acostumbrando a escuchar una serie de palabras inéditas –si no fueron palabras “inventadas”–. Términos como “revulsivo”, “bascular”, “aprontar”, utilizados muchas veces con un sentido en apariencia adaptado al contexto deportivo, nos fueron dejando, más de una vez, inquietos por su alcance y real significado. 

El uso de estos no siempre reconocidos –aunque en apariencia ya bastante utilizados– vocablos, pasó de golpe a dejarnos la impresión de que se trataba de una novedosa fraseología, cuando en la mayoría de los casos solo se trataba de una impostura, de un pseudo lenguaje bien informado. “Aprendimos” así que revulsivo se empleaba para referirse a un jugador sustituto o suplente que era ingresado al campo de juego para cumplir con una misión o tarea específica; que bascular significaba la condición de moverse hacia un lado u otro del terreno (izquierda o derecha) para aplicar una cierta táctica o estrategia; que aprontar quería decir dar celeridad o aprestar; o que, cuando el relator colombiano decía “la selección Colombia” solo se estaba dando la libertad de suprimir la preposición porque nadie dice “la selección Chile (o Brasil)”…

He meditado en estos asuntos por la forma en que en ocasiones incorporamos a nuestro uso una serie de voces que adquieren un significado caprichoso y regional; o, porque las pronunciamos –o escribimos– mal y nadie nos corrige. En esta tesitura, resulta muchas veces incomprensible que teniendo una herramienta a la mano, como es la información internáutica, no consultemos oportunamente usos y significados… Doy unos pocos ejemplos: “elevado” es un uso regional que, además de significar alto, quiere decir “estar en Babia” o, lo que es lo mismo, estar desatento, disipado o “con la boca abierta”. Escuchamos decir: estar en “cunclillas” (y no cuclillas), añadiendo en forma innecesaria la ene intermedia. O usamos “garrafal” como sustituto de error cuando lo único que quiere decir es tremendo, descomunal o exorbitante…

Estuve invitado a un almuerzo en días pasados. Sirvieron una entrada hecha con ventresca de atún, lo que propició que alguien comentara que no solo se trataba del “lomo” del atún, sino de cualquier otro pescado. Claro, no faltó quien, con una pizca de sentido común insinuara que la ventresca se llamaba así por provenir de la parte inferior (del vientre) o “vacío” (zona entre las costillas y la cadera), en este caso del atún. El término calzaría también a esa parte del bonito, pero se acostumbra –en ese caso– bonito por ventresca… En otro episodio, escuché a un analista político referirse a la calidad olfativa de la gente como “husmear” (cualidad que tienen los animales inferiores) cuando nos referimos a percibir algo como sospechoso.

Leí también un artículo de Alex Grijelmo que hacía el siguiente comentario: “La funcionaria contestó “Lo ignoro por completo”; se supone que lo dijo con la intención de significar “lo desprecio”, “lo desoigo”, “lo desdeño”, “no lo considero…”. o uno de tantos otros verbos a los que ha arrasado el nuevo sentido anglocentrista de “ignorar” (antes, “desconocer”). El articulista parecía subestimar que ignorar no solo significa “no saber (desconocer) o no tener noticia”; sino también: “no hacer caso de algo o de alguien, o tratarlos como si no merecieran atención” (desoír, desatender, desdeñar, desestimar, menospreciar, despreciar, rechazar, prescindir).

Fue enriquecedor, no obstante, revisar la etimología de la voz “mamarracho” (“persona estrafalaria o ridícula”): “…constituye una muestra más de cuánto nos gustan a los hispanohablantes los insultos con reiteración vocálica, como “tarambana”, “ganapán”, “mangarrán”, “charlatán”, “soplagaitas”, “cantamañanas”, “macarra”, “haragán”, “cascarrabias”, “bocachancla”, “papanatas”, “mequetrefe”, “enclenque”, “tiquismiquis”.  Antes que “mamarracho” se dijo “momarracho” –alteración de moharrache, que a su vez procede del árabe vulgar muharrág, “bromeador”, “bufón”; la sílaba inicial se impuso a la previa, probablemente por su propio peso en la palabra”.

Finalmente, termino con un comentario relativo a una expresión que en ciertos niveles se ha convertido en una manida frase coloquial; es esa suerte de saludo que se escucha en salones y restoranes: “Buen provecho”, por aquí; “Buen provecho”, por allá. Por ahora solo quisiera comentar que se trata de una locución innecesaria e inelegante que en algunos medios provoca un callado susurro: “ya no se usa…”  Existe hoy una corriente que prefiere un simple “buenos días” o “buenas tardes”; o que, incluso, se decanta por una fórmula intermedia y –para no dejar la impresión que quizá dejaría un jornalero que sin esperarlo se tope manos a boca con su patrón–, opta por un cordial “disfruten y que tengan una buena tarde”.


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11 septiembre 2026

“Zeta”, y su experiencia médica

Hay percepciones que actúan como un raro sortilegio, se comportan como si se tratasen de un talismán, o de una forma de premonición; suelen convertirse –a la vez– en una extraña suerte de epifanía.

Nos hemos hecho amigos –voy aquí a llamarlo “Zeta”–. Cruzamos un día un par de palabras y pronto fue fácil comunicarnos; fue como si hubiéramos sido amigos de toda la vida. Hay algo de marcial y altivo en su apostura, nos vemos en el parque de cuando en vez. Quizá sea su forma de caminar la que denuncia su fe religiosa, su formación militar y ese sentido de respeto a la naturaleza que lo hacen ver tan saludable. Es cordial y comunicativo, camina siempre acompañado. Parece un hombre agradecido con la vida: vaya, es un hombre bueno. Se hace tratar de alguna dolencia, pero enfrenta su condición con humor y dignidad.

Él dice ser un buen paciente. No porque exude esa calma y tranquilidad, que “todo el mundo” sabe que lo caracteriza, sino porque dice que sabe cómo colaborar con sus facultativos –esos “modernos arúspices”, como él les llama a los galenos. Sabe cómo suplirles información para que le puedan diagnosticar, tratar y curar mejor; parece saber cuáles son las preguntas adecuadas, incluso aquellas que, si bien lo vemos, pudieran suplantar lo que los doctores soslayan decirnos o, quizá, pudieron haber olvidado de aclararnos o advertirnos. Es un paciente que se deja ayudar, que comprende que, para mejorar, hay que contar y saber preguntar, que son tales preguntas las que merecen aquella invariable réplica: “¡qué buena pregunta!”

Zeta es un gran comunicador (“desde niño le viene natural”). No sabe si es un prurito suyo, un “resabio”, pero tal como él mismo dice, le sucede por donde va, cuando nota que idéntica actitud le evita posteriores consultas o explicaciones, y que –por lo general– consigue buenos resultados. “Puede ser sintomático –me dice–, y así mismo es como siempre me pasa: antes ni siquiera los había visto, y al final siempre quedamos como si alguna vez hubiésemos sido vecinos de barrio, compañeros de promoción o viejos amigos”.

Una madrugada se le exacerbó un pequeño problema de salud. Por meses, reaparecía al poco tiempo que desaparecía: una de esas toses que llaman alérgicas, esas que a veces se complican con una parcial afonía. Como durante todo ese período de tiempo había acudido al médico varias ocasiones por el mismo motivo, decidió volver a consultar al mismo profesional (era el cuarto facultativo que Zeta consultaba por el mismo síntoma) para solicitarle que le dé una orden para que le efectúen una simple radiografía pulmonar, cuyo resultado pudiera descartar que adolecía de un problema más serio en el sistema respiratorio.

Pero el trámite no había sido tan simple como él hubiera previsto: los médicos tienen ciertas restricciones, pues existe un protocolo en algunos centros médicos debido al cual deben literalmente “inventar” una dolencia más importante, para, de ese modo, poder recetar o solicitar un pedido de exámenes. Y así fue cómo lo justificaron, con una supuesta “bronquitis aguda” para poder proceder con el sencillo trámite que mi amigo requería… ¿Cómo no pueden disponer que se me haga una radiografía?, con justicia reclamó.

Satisfecha la gestión, Zeta recibió el resultado respectivo. La imagen presentaba una novedad que debía ser evaluada con una tomografía. Esta confirmó la presencia de una condición irregular que requería de la revisión de otro especialista, un neumólogo que fue contactado para la consulta pertinente. Consistía en una sombra en el pulmón que por su tamaño se identificaba como una “masa”. “No siempre se trata de un tumor –le dijeron–; puede ser una infección encapsulada (un absceso o tuberculosis), una acumulación de líquido, una malformación congénita o alguna forma de inflamación”. Entonces el facultativo consultado le refirió a una casa especializada de salud gubernamental, que, al recibir la solicitud pertinente, procesó una primera atención para una espera no inferior al excesivo plazo de 10 días. “Es que, en vacaciones, los médicos también tienen que salir con sus familias”, me dice; “por eso, las consultas son más escasas…”

“Que no pierda tiempo, me dijeron” –me susurró–. “Dada, la premura, acudí a una clínica particular: no sabía si podría aplicar el seguro, porque como estaba recién contratado, todavía estaba en período de carencia”. “Así que aquí estoy, esperando por otros diez días hasta que me entreguen el resultado de la bendita biopsia…”. Desde entonces no lo he visto todavía, imagino su inquietud y expectativa. La última vez, Zeta tosió un par de veces y se despidió musitando unas frases latinas por nosotros conocidas: “Carpe diem” (aprovecha o disfruta del nuevo día) y “Ridere aude”, que significa “atrévete, o anímate, a reír”

¡Ay, mi amigo, Zeta; que sus “arúspices” lo curen!, ¡y que nuestro Dios premie su paciencia, lo proteja y lo bendiga!


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08 septiembre 2026

Johnnie Walker y nuestra salud

Es lo que hoy llaman un “terraplanista”, alguien que no solo cree y está convencido de que la Tierra es plana, sino de que todo el Universo gira alrededor de ella; y –ya puestos– de que todo mismo gira alrededor de su sacrosanto conocimiento, que parece ser siempre idéntico al de sus inefables e irremplazables amigos. Lo conozco por más de cincuenta años; es de aquellos que siempre tiene algo que reprochar a lo que otros piensan. Cuando ellos intervienen, lo hace para decir que lo que los otros tienen no es lo mejor, porque él tiene algo más perfecto; y, si no es él, sus especiales e impolutos amigos… Así, sus criterios nunca son una opinión más; son la referencia, el credo y el anatema. Si piensas distinto estás a un corto paso del infierno.

No es que sea obcecado o testarudo, es que opina de lo que sabe y de lo que no; baste que alguien haya traído a cuento su opinión o su manera de ver un determinado tema, que él ya esté diciendo que no es así, que es de otro jaez o modo, que él sabe de alguien infalible que piensa distinto. Su problema es que, además, le gusta tomarse unos “pocos” traguitos; y no es que pegarse de vez en cuando unos “guaspetes” sea malo, sino que ese es su estado natural, con el agravante de que con solo zamparse dos ya se pone en modo beodo –necio y excluyente– y se pone en plan de convencer a los otros no solo de que están equivocados, sino que quiere dar cátedra de que lo que él sabe es no solo la verdad, sino siempre, siempre, lo único correcto.

Su problema es que lo suyo es la dipsomanía, y él no está hasta ver el frasco vacío. No solo que nunca son solo dos ni tres tragos, sino que basta un par para que adquiera ese talante tan suyo, tan mordaz y compulsivo. Entonces le da por justificar su ya consuetudinaria condición y repite su mantra de medias verdades que él ha convertido en catecismo: que el humilde Johnnie Walker rojo –que es el que él prefiere y sustenta su exiguo presupuesto– es el más sano y el mejor, y se da por repetir la renovada y cansina falsedad de que es una verdad científica que no solo la respaldan universidades y revistas especializadas, sino que lo ha dicho, ¿quién si no?, un médico muy conocedor y cercano a él. Ya lo adivinaron: uno de “sus” propios amigos…

Pero revisemos primero la información proporcionada por el fabricante: “Desde un punto de vista médico y químico, ningún whisky Johnnie Walker es ‘menos dañino’ que otro. Todos los whiskies estándar de la marca (como Red, Black, Gold o Blue Label) contienen aproximadamente 40% de volumen de alcohol (40°), por lo que el impacto del etanol en el cuerpo es idéntico por trago medido. La diferencia entre las etiquetas radica únicamente en el proceso de añejamiento, en la calidad de los destilados y el nivel de impurezas o congéneres (es decir, las sustancias que se generan durante la fermentación y que empeoran la resaca)”.

“Comparación: Las etiquetas jóvenes (Red Label / Johnnie Blonde), suelen tener un proceso de maduración en barrica menor. Esto puede traducirse en una mayor presencia de alcohol libre al paladar y una mayor concentración de congéneres, lo que incrementa la probabilidad de sufrir molestias si se consume en exceso. Las etiquetas añejas (Black Label de 12 años, Green Label, Gold Label o Blue Label), pasan más tiempo en barricas de roble. Este añejamiento prolongado permite que la madera filtre y suavice algunos componentes secundarios, logrando una bebida más limpia y menos agresiva para el organismo al metabolizarse”. 

“Los dos tipos (Black y Blue) no son una versión más joven y más añeja del mismo whisky. Black tiene un registro de 12 años. Blue no tiene declaración de edad y se elabora con barricas seleccionadas a mano para obtener un sabor y textura diferentes. La principal diferencia entre el JW Black y el JW Gold Reserve radica en su sabor y categoría de añejamiento: Black tiene una declaración fija de años y un carácter marcadamente ahumado y robusto, mientras que el Gold es más suave, dulce y cremoso, enfocado en notas de miel sin una edad definida en la botella. El whisky Johnnie Walker Gold Reserve no tiene una edad declarada en la etiqueta, lo que significa que tiene una mezcla legal de whiskies con un mínimo de al menos 3 años de añejamiento”.

“Consejos para reducir el daño al beber: evita mezclarlos con azúcares o gaseosas; ello acelera la absorción del alcohol y potencia los malestares de la resaca. El alcohol deshidrata el cuerpo; acompañar cada trago con un vaso de agua es la medida más efectiva para mitigar el daño físico. El factor determinante en el daño a la salud (hígado, cerebro y sistema cardiovascular) es la cantidad total de alcohol ingerida, no el tipo de etiqueta, el daño real depende de la cantidad total de alcohol puro que se toma. El “mejor” Johnnie Walker depende, por lo mismo, de lo que busque cada quien, pero el Johnnie Walker Blue Label es la verdadera joya de la corona y el más lujoso. Sin embargo, para los expertos en sabor y relación calidad-precio, el JW Green Label suele ser considerado el mejor, esto gracias a su mezcla de maltas puras de 15 años”. Así que... ¡Salud!


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04 septiembre 2026

Cuando el alma aprende a volar *

  * Por Jorge Alberto Norero González. Publicado en La Nación, reeditado por espacio.

Hay una paradoja que solo el paso del tiempo es capaz de revelar. Durante la juventud creemos que vivir consiste en conquistar el mundo; en la madurez descubrimos que la mayor conquista siempre fue aprender a conquistarnos a nosotros mismos. Pasamos décadas persiguiendo metas, acumulando responsabilidades, defendiendo orgullos, compitiendo por posiciones que un día parecían imprescindibles. Sin embargo, cuando el calendario deja de ser un aliado para convertirse en un maestro, comprendemos que muchas de aquellas batallas jamás merecieron librarse.

La edad, a nadie vuelve sabio. Lo que produce sabiduría es la capacidad de mirar hacia atrás sin mentirse y aceptar que muchas de nuestras certezas eran apenas ilusiones. La experiencia no es la suma de los años; es la suma de las lecciones que fuimos capaces de rescatar de nuestros errores. Tal vez por eso la verdadera libertad comienza cuando dejamos de intentar demostrar quiénes somos y empezamos, simplemente, a ser.

Vivimos en una civilización que idolatra el éxito material, pero la vida termina enseñándonos que la riqueza más extraordinaria jamás podrá guardarse en una caja fuerte. Está en contemplar un amanecer sin prisa, en escuchar el murmullo del mar, en dejar que el viento acaricie el rostro, en observar el vuelo de un ave sin preguntarnos hacia dónde va. Está en compartir una conversación sincera, en abrazar a quienes amamos y hasta en sonreír al escuchar el ronquido de la mujer que duerme junto a nosotros, porque ese sonido cotidiano nos recuerda que el amor también habita en las pequeñas cosas.

Nada de eso tiene precio, precisamente porque tiene un valor infinito. El ser humano se ha proclamado dueño del planeta, cuando apenas es un pasajero temporal de una creación que existía mucho antes de nosotros y que continuará cuando ya no estemos. La naturaleza no nos pertenece; nosotros pertenecemos a ella. Comprender esa verdad es abandonar la soberbia para abrazar la humildad. Quizá por eso Dios se manifiesta menos en los templos de piedra que en la perfección silenciosa del universo. En el equilibrio de una hoja, en el ritmo de las mareas, en la inmensidad del cielo estrellado y en esa conciencia que, alguna vez, nos obliga a detenernos para preguntarnos quiénes somos y por qué estamos aquí.

Con frecuencia escucho decir que, al llegar a cierta edad, ya nada importa. Que las decisiones pierden sentido porque el camino restante es corto. No podría estar más en desacuerdo. Precisamente porque el tiempo se vuelve más escaso, cada minuto adquiere un valor inmenso. Nunca es tarde para pedir perdón, para reconciliarse, para amar con mayor profundidad, para aprender una nueva idea, para agradecer la vida o para descubrir que la felicidad siempre estuvo mucho más cerca de lo que imaginábamos. Los años no deberían llenarnos de resignación, sino de lucidez. Hoy entiendo que vivir no consiste en contar el tiempo que nos queda, sino en honrar el tiempo que todavía nos ha sido prestado. Cada amanecer representa una oportunidad irrepetible de ser mejores que el día anterior. Cada atardecer nos recuerda que nada es eterno y que precisamente por eso cada instante merece ser vivido con intensidad.

La juventud nos regala fuerza; la madurez nos entrega perspectiva. Y esa perspectiva nos permite descubrir que la verdadera grandeza del ser humano no está en el poder que ejerce sobre los demás, sino en la paz que alcanza dentro de sí mismo. Cuando finalmente dejamos de luchar contra el tiempo y aprendemos a caminar junto a él, desaparece el miedo. Entonces comprendemos que el final no es una derrota, sino la culminación natural de una existencia que tuvo sentido.

Si la vida me ha enseñado algo después de siete décadas, es que jamás es tarde para aprender, jamás es tarde para amar y jamás es tarde para agradecer. Porque quien vive con gratitud ya no teme al horizonte.

Simplemente se prepara, con serenidad y esperanza, para el día en que el alma, finalmente, aprenda a volar.


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01 septiembre 2026

Mahoma y la salud

Estuve basado mis últimos tres años como piloto en una tierra árida y calurosa que exhibía una bandera peculiar: sobre un fondo verde oscuro y colocada sobre una espada que apuntaba a la derecha, exhibía una leyenda (la Shahada) que decía: «No hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta». Ese texto es el pilar mismo del Islám (“la sumisión a Dios”); por ello es seguro inferir que el profeta se percibía como un enviado por Dios, un elegido para transmitir Su palabra; se percibía como un ser humano común y corriente, poseedor de un cuerpo vulnerable (como cualquiera), sujeto al dolor, a los quebrantos físicos y a la enfermedad.

Ha habido, unos pocos que, en el pasado, han sospechado que Mahoma padecía de epilepsia. Sin embargo, no hay registros que indiquen que padeciera una enfermedad crónica en su vida adulta, aunque la tradición y la historia recogen debates acerca de su salud, debido a que la fiebre que causó su muerte era atribuida a un probable ataque de epilepsia. Se cuenta que al final sufrió un fuerte proceso febril; las fuentes islámicas asocian este episodio con una fiebre muy alta, interpretada como una forma de malaria o alguna infección aguda. Muhammad falleció a los 62 o 63 años en Medina, el 8 de junio del año occidental 632.

Algunos cronistas medievales han sugerido que padecía epilepsia del lóbulo temporal; quizá interpretaron sus revelaciones divinas como ocasionales crisis de salud. Historiadores y estudios médicos modernos, al igual que la tradición islámica, siempre han rechazado esta hipótesis por considerarla sin una base real. Pudiera tratarse de una vieja teoría sustentada en análisis modernos, pero inspirada en relatos antiguos. Cronistas del Medioevo sugirieron que sus revelaciones eran crisis de epilepsia para desacreditarlas. Se argüía que los estados de trance o el sudor intenso durante dichos episodios se debían a convulsiones.

Médicos modernos todavía debaten sobre aquella probable epilepsia. Los textos islámicos y las biografías tradicionales describen que Mahoma mantuvo sus facultades mentales y físicas plenamente lúcidas hasta el fin de su vida, lo que no concuerda con el deterioro típico que caracteriza a una enfermedad neurológica no tratada. Por ello se argumenta que los eventos descritos corresponden a experiencias espirituales de profunda concentración –o trance– al recibir los mensajes divinos, acompañadas siempre de reacciones físicas intensas por el esfuerzo místico, e interpretadas por los creyentes como de origen divino y no patológico.

Es conveniente ubicar el contexto histórico de cómo era la medicina en la península arábiga del siglo VII, cuando murió Mahoma. Esta era, en esos tiempos, una mezcla de tradiciones folclóricas locales, remedios naturales y supersticiones, sistema que hoy se conoce como medicina beduina tradicional; se caracterizaba por el uso de plantas como el comino negro, la miel y el jengibre para curar los males; la cauterización o aplicación de metales calientes sobre la piel para detener infecciones o tratar dolencias; y sangrías (ventosa-terapias) que consistían en la extracción de sangre con ventosas para equilibrar los fluidos. Todo, inspirado en creencias espirituales de que las enfermedades eran causadas por el “mal de ojo” o por los malos espíritus (yinn).

Entonces ya existía una considerable influencia extranjera en toda esa zona; en especial, grecorromana y persa. La medicina científica avanzada (Galeno e Hipócrates) se había concentrado en Alejandría y el Imperio Sasánida, por lo que apenas influyó en la vida del desierto. Había surgido una escuela, la de Gundeshapur, un gran centro médico persa que habría de influir a través de médicos árabes cristianos que estudiaron allí, como Al-Harith bin Kalada, quien promovió la higiene personal, el lavado de manos y las cuarentenas en caso de epidemia. Afirmó que “para cada enfermedad existe una cura”, lo que impulsó a investigar la ciencia en lugar de resignarse al dolor. Este enfoque fue la semilla que, dos siglos después, desató la Edad de Oro del Islám, cuando su medicina superó a la europea e integró el conocimiento global.

Al-Hárith bin Kálada es recordado como “el primer médico del mundo islámico”; fue el verdadero puente entre la medicina del desierto y la ciencia avanzada de la época. Viajó a Persia, donde aprendió las teorías occidentales, combinando sus tradiciones con las griegas, persas e indias. Contemporáneo de Mahoma, gozó de enorme respeto –el profeta reconocía su pericia y sugería que acudieran a él para ser tratados–. Curó a figuras muy importantes, como al primer califa Abu Bakr, y escribió tratados sobre remedios naturales. Su método priorizaba prevención, higiene y dieta; dejó sabios consejos como: “No comer frutas si no están maduras”, “Aligerar las deudas” y “Caminar siempre cuarenta pasos después de merendar”.


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