01 septiembre 2026

Mahoma y la salud

Estuve basado, mis últimos tres años como piloto, en una tierra árida y calurosa que exhibía una bandera peculiar: sobre un fondo verde oscuro y colocada sobre una espada que apuntaba a la derecha, exhibía una leyenda (la Shahada) que decía: «No hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta». Ese texto es el pilar mismo del Islám (“la sumisión a Dios”); por ello es seguro inferir que el profeta se percibía como un enviado por Dios, un elegido para transmitir Su palabra; se percibía como un ser humano común y corriente, poseedor de un cuerpo vulnerable (como cualquiera), sujeto al dolor, a los quebrantos físicos y a la enfermedad.

Ha habido, unos pocos que, en el pasado, han sospechado que Mahoma padecía de epilepsia. Sin embargo, no hay registros que indiquen que padeciera una enfermedad crónica en su vida adulta, aunque la tradición y la historia recogen debates acerca de su salud, debido a que la fiebre que causó su muerte era atribuida a un probable ataque de epilepsia. Se cuenta que al final sufrió un fuerte proceso febril; las fuentes islámicas asocian este episodio con una fiebre muy alta, interpretada como una forma de malaria o alguna infección aguda. Muhammad falleció a los 62 o 63 años en Medina, el 8 de junio del año occidental 632.

Algunos cronistas medievales han sugerido que padecía epilepsia del lóbulo temporal; quizá interpretaron sus revelaciones divinas como ocasionales crisis de salud. Historiadores y estudios médicos modernos, al igual que la tradición islámica, siempre han rechazado esta hipótesis por considerarla sin una base real. Pudiera tratarse de una vieja teoría sustentada en análisis modernos, pero inspirada en relatos antiguos. Cronistas del Medioevo sugirieron que sus revelaciones eran crisis de epilepsia para desacreditarlas. Se argüía que los estados de trance o el sudor intenso durante dichos episodios se debían a convulsiones.

Médicos modernos todavía debaten sobre aquella probable epilepsia. Los textos islámicos y las biografías tradicionales describen que Mahoma mantuvo sus facultades mentales y físicas plenamente lúcidas hasta el fin de su vida, lo que no concuerda con el deterioro típico que caracteriza a una enfermedad neurológica no tratada. Por ello se argumenta que los eventos descritos corresponden a experiencias espirituales de profunda concentración –o trance– al recibir los mensajes divinos, acompañadas siempre de reacciones físicas intensas por el esfuerzo místico, e interpretadas por los creyentes como de origen divino y no patológico.

Es conveniente ubicar el contexto histórico de cómo era la medicina en la península arábiga del siglo VII, cuando murió Mahoma. Esta era, en esos tiempos, una mezcla de tradiciones folclóricas locales, remedios naturales y supersticiones, sistema que hoy se conoce como medicina beduina tradicional; se caracterizaba por el uso de plantas como el comino negro, la miel y el jengibre para curar los males; la cauterización o aplicación de metales calientes sobre la piel para detener infecciones o tratar dolencias; y sangrías (ventosa-terapias) que consistían en la extracción de sangre con ventosas para equilibrar los fluidos. Todo, inspirado en creencias espirituales de que las enfermedades eran causadas por el “mal de ojo” o por los malos espíritus (yinn).

Entonces ya existía una considerable influencia extranjera en toda esa zona; en especial, grecorromana y persa. La medicina científica avanzada (Galeno e Hipócrates) se había concentrado en Alejandría y el Imperio Sasánida, por lo que apenas influyó en la vida del desierto. Había surgido una escuela, la de Gundeshapur, un gran centro médico persa que habría de influir a través de médicos árabes cristianos que estudiaron allí, como Al-Harith bin Kalada, quien promovió la higiene personal, el lavado de manos y las cuarentenas en caso de epidemia. Afirmó que “para cada enfermedad existe una cura”, lo que impulsó a investigar la ciencia en lugar de resignarse al dolor. Este enfoque fue la semilla que, dos siglos después, desató la Edad de Oro del Islám, cuando su medicina superó a la europea e integró el conocimiento global.

Al-Hárith bin Kálada es recordado como “el primer médico del mundo islámico”; fue el verdadero puente entre la medicina del desierto y la ciencia avanzada de la época. Viajó a Persia, donde aprendió las teorías occidentales, combinando sus tradiciones con las griegas, persas e indias. Contemporáneo de Mahoma, gozó de enorme respeto –el profeta reconocía su pericia y sugería que acudieran a él para ser tratados–. Curó a figuras muy importantes, como al primer califa Abu Bakr, y escribió tratados sobre remedios naturales. Su método priorizaba prevención, higiene y dieta; dejó sabios consejos como: “No comer frutas si no están maduras”, “Aligerar las deudas” y “Caminar siempre cuarenta pasos después de merendar”.


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