02 marzo 2010

Un ego que desborda su cauce…

(A PCC, con amistad; y porque… hay reacciones que desbordan su cauce)

Si, eso es lo que me han dicho, en días pasados; que tengo un ego que desborda su cauce… Han querido decirme talvez que soy vano e inmodesto; narcisista y presuntuoso! Se muy bien que no es bueno estar enamorado locamente de uno mismo; ni siquiera estar enamorado de uno mismo, así, a secas. Pero quizás haya una gran diferencia entre un orgullo natural (y muchas veces justificado); y, una presunción innecesaria e inadecuada; o quizás, una actitud de vanagloria que se identifique con el alarde.

Es probable además, que lo que le gente interpreta como presunción, o talvez como altanería, no sea sino una sesgada manera de apreciar la actitud natural de dignidad que algunas personas poseen. En este sentido, una cosa es la altivez y otra muy diferente la mencionada altanería. Desde niño aprendí a discriminar esta sutil diferencia; y, desde chico también, aprendí que era bueno emular este sentido de la dignidad que las personas pueden irradiar con la forma de pararse o de caminar; con la forma de expresarse o de participar. En definitiva, que siempre hay una manera más elegante de hacerse sentir, sin caer en la afectación, ni en la pedantería. Y esa manera de participar y hacerse sentir, que casi siempre es involuntaria, se la puede interpretar a veces como elegancia y altivez ; pero, también otras veces, como simple orgullo o inmodestia; como actitud de innecesario alarde; o como actitud arrogante y esquiva.

Años atrás, cuando yo era un joven copiloto, un conspicuo comandante de Ecuatoriana de Aviación, que siempre se caracterizó por su irrespeto al statu quo y a las normas establecidas, me increpó un “lo que pasa es que usted, compañerito, ya se siente comandante”, frente a una de mis frecuentes discrepancias con sus continuas y temerarias improvisaciones, con sus inexplicables e indisciplinados aspavientos. Mas tarde, en la misma empresa, alguien se refirió a mi talante con una palabra inglesa que se traduce como “presuntuoso” en forma incuestionable (conceited).

Dicen por ahí que “cuando el río suena, piedras trae”. Y también que “tanto va el cántaro al agua que al fin se rompe”. Fue pues, un buen día que conversaba de mis planes familiares con la madre de mi propia mujer, que ella reanudó su referencia a mi falta de modestia. Quizás, por aquellos días, cuando ella tenía la impresión que yo había empezado a probar las mieles del reconocimiento social (nunca las de la fama), es que me dijo, en forma imprevista, que yo me había hecho orgulloso (creo que usó el calificativo que usamos en la sierra: detalloso).

Hay por ahí un dicho. Dice que “la mujer casta no tiene solo que serlo, sino que también parecerlo”. Hago referencia a esta muletilla, convencido como estoy que muchas veces, no solo es importante sentirse joven, o saludable por ejemplo, sino también crear la impresión de ser joven o estar saludable; de parecer digno y erguido, de no presentarse cabizbajo o achacoso; de tener una actitud de garbo y elegancia. En suma, la capacidad de inspirar a los demás con una apostura que transmita ese orgullo natural de estar vivo, de ser, de estar despierto.

Yo era muy niño cuando pase de pronto a esa universidad de la vida llamada orfandad. Uno de mis más tiernos recuerdos es la foto de “Palmarés” que nos tomaron en forma individual ese primer grado en el Colegio La Salle. Cuando pasé a tomarme la foto que aún conservo, pude apreciar en ese estudio fotográfico unos pocos retratos de personas que parecían importantes. La fotografía del presidente Camilo Ponce resaltaba en esa sala de espera. Cuando pasé a posar para mi infantil retrato, fue ésa, la mirada del presidente, la misma que yo ensayé; además de su forma ladeada de inclinar con garbo la cabeza. Guardo todavía ese retrato como un símbolo, no solo de lo que pasaría a interpretarse como la definitiva impronta de mi propio carácter; sino además, como el sello de mi positivismo, y de mi fe ante mi mismo y ante la vida.

Era niño también cuando quise imitar el rítmico y acompasado caminar con el que se desplazaba mi padre. Era la suya una forma de anunciar que estaba dispuesto, que se sentía joven y que estaba vivo; era la suya una forma de proclamar un “estoy alegre, luego existo”. Desde muchacho también aprendí a apreciar el tranquilo caminar de uno de mis mas queridos tíos maternos; a él en particular siempre le conocí caminando (jamás tomaba un transporte público); pero nunca podría decir que lo vi apresurado; y, menos aun, que lo vi corriendo. De ellos aprendí que algo en uno mismo, siempre contagia a los demás. En cierto modo, ellos fueron mis primeros maestros como piloto… De ellos aprendí que la tranquilidad contagia tanto como la ansiedad, que la calma inspira tanto como llega a infectar el atolondramiento.

En días pasados dejé ese terminal desordenado del aeropuerto de Quito. Cuando me aprestaba a pagar por un par de revistas que adquirí para entretener el viaje, una persona se me acercó a preguntarme si yo había estudiado en el antes mentado colegio; y, provocándome una sonrisa que no supe disimular, si era yo el “famoso piloto”. Vine meditando, a través del viaje, en el titulo que puse arriba, a éstas mis reflexiones. Pero tuve que meditar también en lo buena que ha sido conmigo la vida; en el privilegio de la formación moral que me dieron en casa de mi abuela; en el del humanismo que me inculcaron los Hermanos Cristianos; en la suerte de mi prematura promoción profesional; en ésas, mis más de treinta mil horas de vuelo que me dieron la oportunidad de conocer a tanta y tanta gente; que me dieron la inigualable posibilidad de conocer las más variadas costumbres de la tierra; los lugares más insospechados, más impresionantes y más remotos!

Si, soy orgulloso, muy orgulloso! Procuro ser un hombre altivo que trata siempre de eludir la arrogancia; que no quiere ser, ni parecer, inmodesto o presuntuoso! Lo que sucede es que la vanidad, como la dignidad, son ríos que tienen un cauce; pero su naturaleza es un torrente que atropella las paredes de sus meandros, con vértigo y con brío. Y, a veces en las correntadas, arrastra consigo todo lo que se opone a su avance desbordante, a su empuje insostenible e impetuoso!

Anchorage, Marzo 2 de 2010.
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11 enero 2010

El desván

Era ése un lugar tétrico y oscuro, precario y tenebroso; habitado, quizás, por duendes ojerosos y por nunca testimoniados aparecidos. El paraje parecía sacado de los cuadernos de Poe, de la imaginación prejuiciada del mundo inferior del propio Dante. Era un espacio concebido para amedrentar a los hombres, para aterrorizar a las almas ingenuas. Y, no estaba localizado en una alejada quebrada del Itchimbía o de Cruz Loma, ni en el interior asfixiante de alguna sórdida caverna. Estaba ubicado ahí mismo, en la región más misteriosa de mi propia casa; la que en la calle Caldas había sido arrendada por mi propia abuela.



Se accedía a ella por una escalera en espiral, a cuyo estribo se amontonaban, sobre un soportal de carrizos, una resma desordenada de revistas viejas. Su uniforme título, de sonido cantarín y sugestivo, invitaba a furtivos placeres eróticos, a festivales adornados por danzantes “garotas”, a carnavales con jovenzuelas semidesnudas, proponiendo los placeres de la carne, con el lujurioso ritmo de sus insinuantes caderas.



O’ Cruzeiro; proclamaban en su portada estas publicaciones indiscretas. Ellas apuraron mis primigenios placeres onanistas y el primer descubrimiento de lo que un confesor oblato con aire de celoso seminarista, nos recordaba con frecuencia como los tres enemigos del alma: “mundo, demonio y carne”. Por esos días yo ya habría advertido el significado concupiscente de las “acechanzas del demonio”; pero, no alcanzaba todavía a entender qué de malo y pecaminoso podrían tener la redondez y bastedad del mundo; y, no se diga, la sabrosa sazón de un pequeño trozo de carne, ofrecido en nuestra frugal cena familiar. 



Era a través de ese corredor oscuro que se accedía al abierto emplazamiento de una esquinada azotea. Allí se ponía a secar la ropa nuestra; pero yo la utilizaba para dar rienda suelta a mis ensoñaciones, llorar a las primeras adolescentes que me cautivaron con su desdén o sus encantos; y para escribir mis primeros, precarios y desesperados poemas. Pero era el desván, ese espacio cubierto por un viejo y enverdecido tejado, el que había creado tantos temores y miedos; era ese zócalo saturado de muebles viejos, baúles abandonados y trastos sin uso, el que creaba en la casa tantos macabros recelos, tantas aprensivas reservas.



Yo simulaba una valentía inexistente por esos días. Porque en casa, simplemente nadie quería subir solo a la azotea. Y si por desgracia, alguien había olvidado en ella algo importante para ser utilizado al día siguiente, pues… ni hablar! No había para que provocar a los fantasmas, a los espíritus aviesos y clandestinos que nos esperaban con sus infernales embelecos, con sus rumores inciertos, allá donde en ese socavón peligroso y sombrío, terminaba la escalera. Quien iba a querer encontrarse manos a boca con el espantajo de un descabezado, o con la imagen desdibujada de una persona muerta!



Fue por eso que esa noche de Agosto, en un inusual alarde de irresistible arrojo, subí al soberado por mi cuenta. No sé si los sonidos del deambulante viento de verano, al rozar con los bártulos almacenados allí arriba, me invitaron a encender unas cuantas hojas de papel periódico, persuadido, como estaba, de la posibilidad de ahuyentar los monstruos traviesos con la claridad de una antorcha improvisada. Fue cuando, en medio de mi temeraria tarea, me pareció escuchar un ruido similar al de un leve y lacerante gemido; y, quien sabe si, fue mi imaginación la que me hizo percibir un rumor o la presencia de un bulto que estaba cerca.



Estaba ya en el camino de regreso, cuando en el postrer esfuerzo de mi intención, aceleré el ritmo de mi propia cadencia. Transcurrieron esos segundos entre el orgullo de dominar al miedo y ese deseo de ceder a los temores sobrenaturales, que al concluir el episodio crean en nosotros tanta vergonzante respuesta. Fuere lo que fuere, solo recuerdo que apresuré el ritmo cuidadoso de mis trancos. En el apuro del atolondramiento, no hice el pequeño esfuerzo prescrito para sofocar los rescoldos de mi improvisada antorcha, sin caer ya en cuenta que en pocos minutos los colchones allí almacenados y todos esos trastos alborotados, pronto se convertirían en el ático, en ardiente e infernal hoguera.



Ni yo, ni nadie, caímos en cuenta de la pavorosa magnitud de mi ensayo pirotécnico en forma inmediata. Pasados breves instantes, sin embargo, alguien advirtió el ya voraz incendio y dio la señal de alarma. Lo que vino entonces fue un verdadero pandemonio; miembros de familia que corrían de un lado para el otro; gritos, alaridos, imprecaciones; gente que entraba, que urgía, que ayudaba. Los bomberos llegaron más pronto de lo esperado, con sus mangueras y sus trajes, sus escaleras y sus hachas. También llegaron sin invitación todos los vecinos imaginables y todos, todos, los curiosos de la cuadra.



Guardo en mi memoria el recuerdo aterrador de mi involuntario experimento; como conservo también el recuerdo imperecedero del tamaño descomunal de esa mi casa de la Caldas. No puedo olvidar su corredor interminable, sus dos patios interiores protegidos de balaustradas, sus tumbados inalcanzables, su incontable número de recámaras. La memoria de aquella noche de chispazos crepitantes, violentos estallidos y estelas de fuego que envolvían y quemaban, habría de marcar mi vida para siempre; habría de chamuscar, con el fuego nunca controlado de mi exclusiva culpabilidad, ésta, mi alma tímida, elusiva y huraña.



Alguien propuso, entonces, que un residuo de los fugaces derroches, en aquella noche de conmemoración libertaria y de fuegos artificiales, habría sido transportado por los caprichos del viento, hacia ese desván tan oscuro y ominoso. No tuve pues que dar explicaciones a nadie. Habríase tratado, de la secuela y consecuencia del espíritu mismo de nuestro pueblo, de su ansia independentista y libertaria. Sí, Quito, Luz de América, se había convertido en luz y ardiente fuego que envolvió, con sus llamas y resplandores, el desván, la techumbre y la culpable conciencia de mis medrosos pudores infantiles. Ya nadie en el futuro tendría, tampoco, porqué recordarme con sus acusaciones o con sus quejas! Sí, nada más. Había que culparle a un chispazo juguetón e itinerante en esa noche de conmemoración y de retretas!

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08 enero 2010

Eso de viajar...

Escribo mientras espero mi vuelo en el aeropuerto de Pudong. Voy saliendo de Shangai hacia Sydney, este dia. Estoy saliendo a visitar a mis nietos. He madrugado. Veo, al mirar a mi rededor, que soy también uno de esos primeros pasajeros que han ya llegado a la sala de espera. En este sentido, soy también uno de los madrugadores esta fría mañana. Es curioso, pero esta innecesaria previsión, parecería una contradicción con mi oficio de volador, con mi actividad natural de viajar. Tiene para mi, lo tuvo desde siempre, algo de fascinante esto de desplazarse a lejanas tierras, esto de efectuar periplos a países ajenos y alejados.

En cierto modo, viajar estuvo siempre ligado a mi necesidad de madrugar. Quizás por ello, aceptaba las circunstancias del requerimiento: es decir, a pesar de sus inconvenientes. De niño habría de madrugar frente a dos instancias: los viajes para visitar a mi padre en otra ciudad; y los ocasionales paseos o romerías en mis días de escolaridad. No se si he comentado:, pero de niño yo pasé a vivir con mi abuela, luego de la muerte de mi madre. Papá, que era un espíritu inquieto y conquistador, aquejado por una virulenta bohemia ocasional; se había casado nuevamente, luego de su segunda viudez; pues había sucumbido otra vez a lo que el había escuchado en alguna parte: “el oscuro frenesí de la pasión y de la sangre”.

Fueron días difíciles los que pasé con mi abuela Carlota. A pesar de los rigores de su estrictez y de la frugalidad con la que ella nos formó; tenia una como religiosa misión en su particular manera de criarme: estaba persuadida, o tenía la extraña premonición, que estaba yo destinado a cumplir tareas no ordinarias, a ocupar posiciones especiales. Su hermoso nombre competía con la profunda melancolía de sus ojos azules y serenos. Mas, detrás de esa, su bien disimulada bondad, y de su inolvidable rosario, nunca dejó de ocultarse un tieso e infame látigo de color carmelita, que ella había tomado prestado de un descolorido maletín de cuero que alguien había olvidado en el soberado. Más de una vez, ciertas estrías en mi trasero atestiguaron sus colerines, como ella llamaba a sus iracundos arrebatos.

Papá no vivía con nosotros por esos días. Era él un personaje atractivo y pintoresco, de talante nada ordinario. El, en su afán de hacer reír, decía a menudo cosas llenas de ingenio, que parecían ir a tono con su natural chistoso e hilarante. “Los hombres somos polígamos y las mujeres monótonas”, podía comentar, con un estilo no carente de picardía. O, también: “Solo hay dos clases de mujeres: las que mandan y las que no obedecen”. Pero, como papá vivía lejos (era aquella una ciudad pequeña, larga y fría; avecinada a otro país y al borde mismo del mapa; y llamada con un nombre que se masticaba de un solo mordisco y que se consumía de un solo bocado: Tulcán); nosotros (sus hijos, al fin), soñábamos con la posibilidad de ir a visitarle, retando así al celo y a los ímpetus tenebrosos de esa mujer que se había dado a las labores de costura; y que pocos años atrás había optado por recluirse en los terrenos cenagosos de la oscura patria del resentimiento, del cautivante país de la nostalgia.

Madrugar entonces fue para mi, como el preámbulo necesario para estos tan esperados encuentros. Soy consciente que solo al final pasé a conquistar el favoritismo de mi padre; pero aun así, y antes de disfrutar de su secreta predilección, fueron estos viajes los que más tarde habrían de marcar mi disfrute por viajar; por preferir estos renovados tránsitos hacia la novedad, hacia lo diferente, hacia lo fresco. Fueron ellos mi opción inminente hacia la aventura, en mi curiosa búsqueda personal por un destino que entonces estaba persuadido que no sólo existía en los cuentos infantiles: el mágico país del nunca jamás.

Voy saliendo y me pregunto en qué mismo consiste viajar. Coincido con Ortega y Gasset, en que viajar no es ir a lugares nuevos. Es a menudo ir hacia los mismos sitios, hacia los mismos lugares, pero sabiéndolos mirar con ojos diferentes! Viajar es mi tarea y mi oficio; mi privilegiada oportunidad para renovar mis brios, para aligerar mi alma, para aclarar mi mente!

Viajo, luego existo… Viajar o no viajar; esa es la cuestión… Viájate a ti mismo… En verdad, en verdad os digo que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que uno que no ha viajado entre en el Reino de los Cielos… En el principio no había la luz, los hombres no habían aprendido todavía a desplazarse… En un lugar de la Mancha, de cuyos viajes no quiero acordarme... Donde las estirpes condenadas a cien años sin viajar, tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra… Bienaventurados los que viajan, porque de ellos ha de ser el Reino de los Cielos!... Esa, es gente perversa e ignorante, chusma aviesa e intrigante, que no ha leído, que no ha meditado, que no ha viajado, señorrrrr!!!
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31 diciembre 2009

A Teresa, en fin de fiesta

Querida Teresita:

Empiezo esta nueva nota cibernética, dándole libertad a los escarceos de mi imaginación. Y me pregunto: eres Teresita - así, a secas - Teresa? O quizás proclamas uno de esos rimbombantes y largos apelativos con que nos quisieron adornar nuestros padres, allá por los años cincuenta? Me he puesto, sin proponérmelo, a intuir el complemento de tu nombre... Sugiero, muy probablemente, que Teresita del Niño Jesús, quizás. O, quién sabe, Teresita María de las Mercedes o Teresa de la Santísima Trinidad. Pero concluyo (cómo pude no haberlo advertido?), que no puede ser otro, que aquel que identifica la marca sutil y primordial de tu linaje; y entonces resuelvo: Si! Teresita de la Dolorosa del Colegio!!!

Vuelo desde Tianjin a Amsterdam esta tarde. Allá abajo es tierra agreste; árida y yerma, pero sobre todo tierra tosca y grosera. Un viento gélido y pertinaz, va domando el singular lomo de las colinas y va cubriendo, con su manto de nieve, el irregular paisaje de la meseta mongólica. Esta es tierra de gente nómada; raza aviesa e inquieta que un día, tras la férula de Gengis Khan, aterrorizó los cuatro puntos cardinales. Y yo, la observo desde arriba, testigo como soy (como me ha correspondido en suerte ser), de los efectos subyugantes con que, de manera cíclica e inmemorial, nos cobija o asola la condición telúrica de los caprichos de la madre naturaleza.

Vamos prontos a sobrevolar Ulaan Bataar (asì, repitiendo las vocales) cuando me encargan el mando y debo suspender la redacción de ésta...

... Hemos llegado ya a esta ciudad pequeña, pero de gran carácter que es la inquieta Amsterdam. Es ella una ciudad de espíritu artistico y liberal, cuyo signo la marca, mas aún que sus casas torcidas y sus innumerables canales. Aqui, meretrices de todas las razas, todas las formas y todas las edades, venden sus instantáneos y ocasionales amores furtivos, desde sus vitrinas apostadas a la ribera de la calle. Es ya la víspera de Año Nuevo; y justo en el pretil de la Nochevieja, estas mujeres venden sus amores y sus esperanzas a los solitarios transeúntes de (también) todas las edades. Es Amsterdam un pueblo hecho de casas acomodadas a la fuerza, por el solo prurito de completar el plan de la cuadra. Son casas construidas sin la ayuda de la escuadra y el nivel; construcciones que, como las modernas sinfonias de Mahler o Penderesky, alcanzan los valores de la armonía con su contradictoria irregularidad, con su obsceno reto a la misma gravedad, y no se diga que al diseño!

Pero... tampoco alcanzo a compartir la Nochevieja con los altivos holandeses, Teresa. Un sonido agudo y perentorio anuncia la inminencia de mi proxima recogida y también el fín de mi precaria duermevela. Es hora de levantarse, porque -otra vez- es hora de partir. Esta es la extraña impronta de mi oficio prometéico, Teresa: el saber que tengo que salir para volver a llegar; y que, nuevamente, habré de llegar para volver a partir! No es ésta acaso la condición misma de la vida? No es este nuestro inexcusable sino? Ese continuo ir y venir; y además, ese interminable deambular entre la espera y el apresuramiento; entre la desilusiòn y la esperanza?

Sobrevuelo, a mi regreso, los pueblos escandinavos. Es ya la víspera del año sobre el Báltico. Los nórdicos han abandonado su flema característica esta noche y han salido a proclamar los fervores de su entusiasmo, con el travieso juego de los fuegos de artificio (trabajos de fuego, los llaman en la lengua de Hemingway). Son luminosos destellos intermitentes que aclaran la noche, que incendian el cielo. Son trabucos empecinados que ametrallan con su demencial impostura la solemne tranquilidad del paisaje nocturno. Una explosión aqui, un estallido mas allá. Es la luminosidad destellante de esta noche de carnestolenda; es la metáfora fugaz de los fulgores de la vida, de los resplandores intermitentes en la nocturnidad del derroche.

Ya de vuelta a Shanghai, me asomo a mi fluvial paisaje de privilegio. Es el primer día del año; y observo desde mi ventana el deambular sin tregua de las embarcaciones en el río. Es el Huangpu un río de gran actividad y el más importante afluente del Yangtse, en esta parte, la más densamente poblada de la ribera oriental de la China. Una civilización milenaria renueva con su impertérrito trajinar, su vocación de trabajo, dedicación y esfuerzo. Hacia mi derecha, la más sorprendente luminosidad adorna la colonial silueta de los edificios oficilales en el meandro mas pronunciado del río. Es el "Bund" la huella mas europea que el viajero pudiera encontrar en esta parte del Asia. Allí un mirador en plena renovación invita a observar la silueta del lado opuesto; con la torre "Perla de Oriente" y los nuevos y formidables edificios, que definen el carácter sorprendente de la ciudad más moderna y vigorosa que el socialismo ha continuado desarrollando en esta contradictoria y emblemática parte del mundo.

Quise escribirte esta vez, acerca de ti o de mi; pero, como casi siempre, mi afán de confesión cede a este mosaico confuso y desordenado que siento como viajero deambulante. Son estas mis "impresiones al pasar", en las que algo puedo intercalar de aquello que nos permite reafirmar el ejercicio vital de nuestra existencia: la posibilidad de conservar en la retina, la posibilidad del recuerdo.

Que, como estoy? Son estos mis últimos meses en el Asia. Digo "en el Asia" con vicio de imprecisión; pues, cuando viajas por todo el mundo, quizás sea más apropiado decir unicamente "fuera del Ecuador". Y, oficioso es aclarar que, cuando digo "Ecuador" no siempre me refiero al país que nos integra; hago referencia, mas bién, a la familia que me formó y a los amigos que pasaron a complementar y a definir mi vida; a ese conjunto de afectos y recuerdos que alguien dió ya en llamar "la patria de la infancia". Porque son los lazos del afecto, Teresita, los que realmente nos marcan: ellos son la yunta y el alambique; el crisol y la piedra filosofal; el sustento cotidiano y el sol que nos abriga con sus renovados destellos.

En cuanto a tí... Yo se que estas bién. La tranquilidad define siempre a los espiritus buenos. Te pienso con cariño esta noche, en el albor incierto de una nueva década; consciente del artificio engañoso de la cronologia. Sabedor, como soy de la propincua fugacidad que tiene el tiempo, que es lúbrica albacora que se escapa, que es traviesa liebre que nos elude y que se aleja.

Hasta mañana, Teresa. Tu amigo que te quiere.

Mariano de Jesus Alberto
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11 diciembre 2009

Despedida a Juan Cueva

Juan Cueva:

Ya no quieres contestarme al teléfono, querido Juan. Pero… no creas que te escribo para reclamarte. Te escribo solo para decirte “gracias” por todas esas actitudes y circunstancias que tuviste desde siempre conmigo. Es que pasaron tantas y tantas cosas entre nosotros; y hoy has preferido una despedida inesperada y un raro, inexplicable e irreversible silencio!

Gracias Juan, por haberme recibido en tu casa, cuando todavía nadie en nuestra familia común quería todavía hacerlo; gracias por enviarme a tus entonces tiernos hijos a Lago Agrio para explorar la naturaleza, iniciar una colección de mariposas o escarabajos y empezar a conocer a quien un día ellos llamarían “Tío Alberto”; gracias Juan Cueva por tus discretos silencios ante mis propias incertidumbres, en esas noches de tertulia y carambolas libres en nuestros encuentros en Paris; gracias por no pedirme tomar partido en tus diferencias con ese otro gran amigo mío, que se distanció desde una triste tarde contigo; gracias por haber enriquecido mi vocabulario con palabras como “golloriento, gagón y cocorongo”; gracias por esa actitud de asombro y sorpresa que le dispensaste siempre a la vida; en fin, Juan Cueva, gracias por haber querido ser siempre mi hermano y mi amigo!

Déjame confesarte que me has dejado confundido. Tu, que decías que no estabas “ni a favor ni en contra, sino todo lo contrario”, me vas a ayudar a recordar lo fugaz y transitoria que puede ser la vida; pero también, lo inciertos y misteriosos que suelen ser nuestros criterios frente a la muerte… No tuvimos oportunidad (no nos dimos chance) para ofrecernos un gesto de despedida, porque la vida, Juan, se sublima en la memoria y en la aptitud personal para hacer permanente el más humano de los atributos, que es el ejercicio del recuerdo.

Nos vas a hacer falta Juan Cueva, la familia empieza ya a perder a sus hijos. Pero… cómo voy a olvidar jamás, esa tarde inolvidable en casa de los Marigny, en las afueras de Paris; o nuestras citas “a muerte” para ganarnos unas partidas de billar en tu casa o en esos salones en la vecindad del Arco del Triunfo; cómo olvidar el sutil encanto de tu humor discreto…

No, Juan, no te escribo para despedirme o reclamarte. Te escribo para decirte que te vamos a extrañar; que, aunque, te has pasado a la otra orilla, te pienso con cariño; y para decirte, sobre todo, desde lo más profundo de mi confundido corazón, que te agradezco.

Me siento solo y triste esta tarde agobiante de Shangai. Descubro que me es imposible decirte “Adiós”, descubro que la vida se nos convirtió en una partida, donde las “bandas” son las circunstancias y donde lo único que cuenta son las carambolas que se logran con los recuerdos!!! Gracias Juan Cueva; y… perdóname que no te escriba esta tarde con mayúsculas. Eso, solo tu sabías hacerlo!


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01 diciembre 2009

Galo Arias Guerra


En días pasados me enteré del fallecimiento de Galo Arias Guerra. Pocas noticias pueden ser más tristes como ésta para mi. Es que, Galo fue para mi algo más que un maestro, me trató siempre como si fuera su hijo; y me enseñó todo lo que estuvo a su alcance cuando empecé mi carrera profesional. De él uno aprendía no sólo a ser un buen piloto; sino, sobre todo, el valor que tiene ser un hombre bueno. Galo, por lo mismo, constituyó siempre para mi, un punto de referencia humana y profesional. Y mi vida como piloto, ha sido desde que lo conocí una permanente búsqueda de ese arquetipo que siempre Galo representó. Por ello trate siempre de emularle. El dejó en mi mente y en mi corazón, una huella indeleble: la de su ejemplo.



No sé como hacer llegar mi nota de pesar a su esposa Gladys y a sus hijos. El año pasado, traté de ir a visitarle; pero lamentablemente parece que el destino quiere reprendernos cuando nos atrasamos a estas importantes despedidas. Para mi, Galo será siempre, no sólo el profesional que siempre quise ser; sino además, quien me enseño que en la vida no basta con ser un buen profesional. El entendía nuestro ejercicio como un verdadero apostolado, donde se vive para transmitir nuestros conocimientos a los demás; donde la aviación se convierte en una opción permanente por ser mejor, por convertirla en un sendero en la búsqueda de la excelencia profesional.



Creo que la aviación en el Ecuador, en general, no ha sabido ofrecerle a Galo, el debido reconocimiento que el mereció. Sus manos, grandes e inolvidables, ayudaron a formar y a forjar, a la mayoría de los pilotos de su generación y de la que le siguió. Pocos sufrieron y soportaron tanto, como él, con el cierre de su querida AREA; pero pocos, quizás ninguno, supo enfrentar, tan bien como él lo hizo, esos días de adversidad y frustración; con la magnanimidad, humildad y paciencia con que el enfrentó ese inesperado y lamentable acontecimiento.



Por esos días, cuando el quizás tenia ya la edad que ahora yo tengo, me distinguía con su bondad y con su afecto. Un dia llegó a decirme, en esas noches de Pastaza, donde trabajáramos juntos, que yo le recordaba a su sobrino Pedro Luis, prematuramente fallecido. Su esposa Gladys me sorprendió un día, caminando a su lado tratando de imitar su cadenciosa y solemne forma de desplazamiento... Ella debe saber, al igual que Galo en su tumba, que nunca, desde ese día, he dejado de imitar su cadencia y su apostura, porque simplemente el siempre será para mi un ser especial; un hombre bueno e inolvidable. Un hombre que poco habló, pero que jamás dejó de predicar con el ejemplo.



Espero que cuando yo regrese al Ecuador, el próximo año, pueda ir a visitar su lugar de descanso y retiro. Entonces le llevaré unas flores para simbolizar mi respeto a su recuerdo; esa será mi humilde forma de reverencia, que solo podrá ser superada por la inexpresable gratitud que siempre le tuve y que aún le tengo.
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