Transcribo este simpático artículo de Manuel Vicent, así como dos comentarios efectuados al mismo que captaron mi atención. ¡Disfrútenlos!
Una caja fuerte especial *
* Escrito por Manuel Vicent para El País de España
Cuando unos ladrones entran en una casa, en general buscan joyas y dinero en metálico y por su larga experiencia primero se dirigen a las cajas de zapatos, luego a las perolas de la cocina, a los libros de las estanterías, a los radiadores, a los colchones, a la caja fuerte descubierta detrás de un cuadro. Al parecer, existe un orden instintivo a la hora de esconder el dinero, los ladrones lo saben y por supuesto también lo sabe la policía que tiene a su disposición perros amaestrados capaces de señalar un fajo de billetes en cualquier doble fondo, entre las vigas del techo, bajo un ladrillo del salón o enterrado en una fosa del jardín.
A la hora de buscar un lugar oficialmente seguro tampoco sirve alquilar la caja de un banco que sería el primero en delatarte si tuvieras un problema con Hacienda. La paranoia de quien guarda en casa gran cantidad de dinero negro debe de ser muy angustiosa. A un escritor especialista en historias de detectives le preguntaron, llegado el caso hipotético en que se viera obligado a esconder un alijo de dinero, qué lugar escogería. Era un escritor de éxito, muy elogiado por la crítica, había sido reconocido por su talento con alguna medalla de oro nacional.
Ante una audiencia que le seguía con mucha atención explicó que su plan podría tomarse con humor a la manera de un relato de Agatha Christie. Primero trataría de mantener la fama de persona honesta fuera de toda duda, lo más alejada posible de cualquier hedor a dinero sucio. Para disimular escribiría versos muy líricos. Dada su reputación no tardarían a invitarle a que guardara para la posteridad algunos de sus escritos. Sin duda podría hacerlo en una caja fuerte del Instituto Cervantes donde los autores depositan textos que desean que se lean en el futuro. Aprovecharía esta invitación para guardar en esa caja un millón de euros envuelto en un pliego de sonetos donde permanecería bajo una llave a su disposición. Ni a Hércules Poirot se le ocurriría meter allí la nariz.
Christian Sanz:
Niccolo Ziani fue un mercader veneciano de finales del siglo XV que se quebrantó la salud negociando seda y especias con los turcos. Reunió una fortuna en oro macizo, esmeraldas, perlas y letras de cambio. El viejo desconfiaba de los usureros de la Plaza de San Marcos y, todavía más, de sus tres hijos; sabía de sobra que lo que a él le había costado décadas amasar, ellos lo dilapidarían en un tris. Por eso se llevó parte de la riqueza a un bosque de hayas, allá donde Treviso empieza a empinarse buscando las estribaciones de los Alpes. No dejó mapas ni confesó el secreto a nadie. En su lugar, escribió un pequeño cuaderno dedicado a sus viajes y observaciones comerciales que todo el mundo tomó por unas curiosas memorias de mercader.
Hubo que esperar mucho tiempo para que alguien sospechara de aquellas páginas. Las cifras de los sacos repetían patrones extraños y los nombres de las islas griegas formaban frases sin sentido comercial. Hoy ya no hay duda: el libro era, en realidad, la clave para localizar el tesoro.
J. Zamora Bermudo:
La parte más débil de una caja fuerte es su parte trasera. He visto muchos casos en los que los ladrones han abierto cajas de 300 kilos como si fueran latas de sardinas. Las partes traseras son como las puertas falsas de un cuartel. Todo el esfuerzo se dirige a las puertas por donde no sería capaz de entrar ni una cucaracha. Sin embargo, por la parte trasera del mundo entran todo tipo de especímenes sin ser vistos. Son quienes manejan los hilos de la vida desde sus sillones de poder. Mientras todos ponemos la vista en los que pasan por la puerta principal, ellos entran y salen a su antojo. Las joyas de la caja de Rodríguez Zapatero nos han deslumbrado por su impacto moral. Sin embargo, estoy seguro de que lo importante es lo que aún no se ha visto; lo importante está en quién entra y sale por la puerta de atrás, sin pedir permiso, sin pedir perdón.


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