28 agosto 2026

Paciencia y barajar

Fui hoy al centro médico; por fuerza tenía que madrugar (ciertos exámenes nos requieren estar en ayunas). Ahí estaba, sentado esperando a que algún alma caritativa mencionara mi nombre. Bien sabía que por temprano que fuera el sistema asignaría turnos conforme a como uno se registre (first come, first served). Así que, tranquilo Alberto, “paciencia y barajar” cómo decían los abuelos, sin saber que citaban a Cervantes…

En esas estaba, cuando una anciana sonriente, de andar premioso, me hizo una venia y musitó un “buenos días”. Iba ella acompañada de una joven atractiva que lucía una lozana y armoniosa figura; nunca dudé que podía tratarse de su nieta…. Caminaba, la dama, asistida por uno de esos batones ortopédicos de cuatro patas que siempre quise saber cómo es que se llaman (hoy sé que así mismo se llaman: ese es su nombre técnico, por sí se ofrece). Parecía también ir acompañada por alguien que enseguida imaginé que era su hermano (el trato entre ellos era demasiado cordial para imaginar que fuera su marido). Fácil fue colegir que estaban ahí para cumplir con tareas similares a las que impulsaban mis propios motivos.

Cuando, poco más tarde, terminé el trámite de proveer una muestra para su posterior análisis, allí con la manga de la camisa todavía recogida, mientras me aseguraba que esa mínima hemorragia que se produce con el pinchazo ya se había suspendido, fue que la dama amigable nuevamente me dirigió la palabra para preguntarme si me habían lastimado con la breve y tradicional incisión. “La verdad es que ni siquiera lo sentí –respondí–, y eso que estoy acostumbrado a que no me encuentren las venas en ese lado; pero esta vez no hubo problema. La chica parece tener buena mano; parecería que mis venas andan siempre un poco escondidas”. “Es que usted mismo ha de haber hecho algo para esconderlas”, socarrona me embromó…

Celebré su buen talante. “Aprecio su buen humor –le lisonjeé–, responde a lo que antes llamábamos “humor quiteño”, algo que hoy parece haber desaparecido…”. “Es que ahora los jóvenes parecen haber perdido los valores, musitó, lo único que les interesa es estar atendiendo el celular” (lo dijo sin importar que su nieta pudiera estarle escuchando)… “No, no creo que se trate de un asunto de edad –repliqué–, hoy toda la gente parece salir a la calle apresurada, todos parece que van atrasados, se les nota crispados, como si estuvieran molestos o enojados”… “Tiene razón –la señora concluyó–, lo que pasa es que creemos que andamos solos: ya no nos importan los que van alrededor: nos hemos hecho muy egoístas. ¡Sí, todos mismo!”.

Advierto, mientras comento el amigable episodio, que –a los tiempos– he estado visitando, estos mismos días, distintos centros de salud (no hablo de clínicas ni tampoco de hospitales). Es algo relacionado con mis achaques, más que con mis “quebrantos”… Parece haber ahí, en esos lugares, un ambiente aséptico aunque desangelado; flota en el ambiente ese etéreo fantasma llamado incertidumbre; el mismo que no tiene que ver con la salud o los tratamientos, con la medicina o la enfermedad, sino con una suerte de callada premonición, con la nunca prevista posibilidad de que se nos participe, de golpe, de que somos portadores de un mal inédito, de uno que, hasta ese mismo día, parecía improbable y ajeno… De pronto, la inquietud se ha de convertir en tormentosa preocupación, la curiosidad en malhadada –cuándo no en– ominosa, imponderable, irreversible e ineluctable evidencia.

Es ahí cuando comprendemos que nada ganamos con preocuparnos; es que, ¿por qué o para qué sufrir si existe solución o remedio?; o, por el contrario, ¿para qué perder el sueño si parece que ya no hay nada que podamos hacer? Claro que tampoco significa que haya que bajar los brazos y entregarnos al abandono. Entonces… “paciencia y barajar”; es mejor esperar, como lo hacen los buenos jugadores de naipes. Que la fortuna no vaya a sernos esquiva y que la suerte de la baraja nos sonría y favorezca una vez más.

“Paciencia y barajar” significa aceptar un revés o mala situación con calma para poder recuperarnos, o hasta poder estar en condición de volver a empezar. La frase viene de los juegos de cartas, cuando las manos de la baraja no resultaban favorables e invocábamos paciencia para que, repartidas otra vez las suertes, el juego pudiera tener un distinto designio. La Real Academia y los refraneros recuerdan que esta expresión invita a la perseverancia tras cualquier fracaso. La locución se hizo tan famosa que incluso Cervantes la utilizó en su Don Quijote de la Mancha (Segunda Parte, Cap. XXIV). Hoy se echa mano de ella, cuando algo nos sale mal –o, tal vez, distinto a lo que podíamos esperar– y, en vez de enojarnos y amargarnos la vida, convenimos en que sería preferible calmar nuestros ánimos y volver a empezar.


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