23 julio 2010

El quinto hombre

Nos vino a visitar hace pocos días en Shanghai. Es el tercero de mis hijos, aunque él siempre quiso que los demás creyeran que era el primero. Le gusta jugar delante de la retaguardia, cubriendo la espalda de los medio campistas; ejerce el sacrificado oficio de “quinto hombre”. Adora el fútbol y es amigo declarado de los dirigentes e integrantes de la selección nacional. Conoce en qué equipo juegan –no importa el lugar del mundo– sus principales estrellas y miembros más destacados. Se tutea con ellos, le llaman y les llama. Los jugadores extranjeros acuden también a sus ocasionales “picaditos” y le apoyan, o le fustigan, al grito de “corré gordo, corré”. El es un negrito querido por la parroquia deportiva. Es irreverente y bromista; pero es solidario y leal. El es el emblemático “quinto hombre”.

Su misión deportiva me hace interrogarme, de vez en cuando, si yo también no he sido, sobre todo con ellos, mis propios hijos, eso: una especie de “quinto hombre”; el que tuvo que salir a apoyar y a organizar la “media cancha”; pero que también tuvo que quedarse muchas veces atrás, cuidando los ímpetus que arreciaron contra nuestra defensa, que atacaron con esquemas y contragolpes, que exigieron que enfrente aquellos arrestos sin perturbarme, porque esa es la misión del que espera atrás; porque ese es su oficio y esa su condición, porque ese es el sino del “ultimo hombre”…

Vivimos alejados en la geografía, pero nunca estamos escindidos. Nos identifica desde siempre un sentido familiar que nos ha acompañado en los momentos de tribulación y en las etapas marcadas por esperanzas e ilusiones. Estamos repartidos en cuatro lejanos continentes, con la confianza de que creemos en nosotros. Nos apoyamos y estamos atentos a nuestros individuales esfuerzos y proyectos vitales.

Vivir fuera fue una experiencia inigualable que, es cierto, nos desarraigó; pero que, al mismo tiempo, nos hizo crecer como familia y como individuos; que nos permitió ver el mundo con otros ojos, con asombro y con curiosidad, aprendiendo lecciones, ganando en sabiduría, resistiéndonos a perder la humildad. Aprendiendo, ante todo, a agradecerles a Dios y a la vida; convencidos que hay un tiempo para vivir y otro para partir. Persuadidos, como ya estamos sus padres, que “los lobos están cada vez más cerca de la hoguera”… O, como decía con tanta sabiduría mi amigo Julito: "ya estan disparando cerca, Alberto!".

Ellos estudiaron y se formaron en centros académicos prestigiosos alrededor del mundo; lugares donde nos ayudaron a consolidar la siembra de esa semilla, que al germinar les recuerda a ellos en forma cotidiana que en la vida, no importa el oficio que se ejerza, por egregio o humilde que parezca, estamos llamados a hacer más fácil la vida de los demás; que eso de por sí ya justifica y da sentido a la vida. Que la vida consigue plenitud cuando aceptamos la condición de quintos hombres.

No siempre estamos juntos, son continuos y frecuentes los reencuentros y los adioses; las palabras que se callan; las lagrimas que se esconden; las promesas que se hacen; los sentimientos encontrados que producen las despedidas. Pero todo se sobrelleva con la alegría que produce la solidaridad y que otorga ese campo multicolor de flores maravillosas que es el jardín de la memoria; que nos permite saborear la sazón de la vida. Porque lo que nos permite vivir más de una vez son justamente los recuerdos.

Escribo esta tarde en Europa, mientras es noche temprana en Asia, donde está temporalmente su madre. Es medianoche en Australia, donde vive el primero de los hermanos, el mayor de mis hijos; y es amanecer prometedor en Norte y Sur América, donde están los otros tres hermanos, viviendo sus nuevos proyectos y soñando con sus nuevos compromisos; sabedores todos ellos que podemos desempeñarnos como delanteros, volantes o guardametas; pero que nuestra verdadera vocación sólo es satisfecha con la más sacrificada e incomprendida de las posiciones. Hemos aceptado la invitación que nos hicieron en la cancha de la vida. Queremos “ser alguien”; nos sentimos disponibles ante el mundo y ante la vida; sabemos que hay trabajos que alguien los tiene que hacer. Somos nosotros los quintos hombres!

En mi tiempos juveniles del movimiento Palestra, terminábamos nuestros encuentros y convivencias con un canto de despedida. Era ese un himno de esperanza. Sonaba muy profundo en las voces emocionadas de mis amigos Paco, Galo o Andrés. Nos llenaba de ilusión el poder cantar aquello de:

Por qué perder las esperanzas de volverse a ver?
No es más que un hasta luego,
No es más que un breve adiós,
Muy pronto junto al fuego, nos reunirá el Señor!

Sí, por qué perder las esperanzas! Estamos bien parados delante de la defensa. Sabemos cual es nuestra tarea y cual es nuestro destino. Sabemos que nuestra asignatura en la vida es la de jugar de quintos hombres!

Ámsterdam, 23 de Julio de 2010

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02 julio 2010

De colerines y jaquecas

La abuela amanecía siempre con la cotidiana queja de sus insoportables jaquecas, unos intensos dolores de cabeza que se le presentaban cada madrugada sin mediar aparente motivo. Sus precauciones nocturnas, después del rezo del rosario mariano y justo antes de ir a la cama, parecían no lograr evitar sus malestares matutinos.

Preparaba ella unas infusiones de un tronco angosto y fibroso llamado “caballo chupa” y las mezclaba con otras de color amarillento, provenientes del pelo de choclo. No sé si alguien le habría recetado médicamente o si había tomado la receta prestada de una de sus tertulias en el mercado de la mañana; pero, luego de ingerir la poción anotada, tomaba también una diminuta y colorada pastilla de “Piridium”, remedio al que invariablemente acompañaba con un vaso de jugo de tamarindo. Todo esto para anticiparse y evitar así sus insoportables migrañas.

Eran tiempos en que se dependía de consejos empíricos; tiempos en los que cualquier explicación sin sustento, servía de motivo para encontrar una razón que justificara un repetitivo y persistente dolor de cabeza. Aquello de las aguas medicinales, y la ingestión del ácido y amargo jugo de tamarindo, obedecía al exclusivo propósito de “lavar el hígado”, para así evitar que las secreciones biliosas no terminaran provocando estos tormentosos como indeseados dolores de cabeza.

Por ello es que quizás la abuela evitaba a todo trance los contratiempos y los momentos de cólera, persuadida como estaba que eran estos episodios los que le afectaban el hígado y que eran ellos los directos culpables de sus desesperantes jaquecas. Había en todo esto algo de extraño y misterioso, pues las migrañas desaparecían como por arte de magia con sólo salir de Quito. No es que se tratase de una cuestión climática, o de la altura de la sierra; las portentosas migrañas se le desaparecían con sólo alejarse de Quito, llámese el destino Riobamba, San Rafael o Machala; Cuenca, Guayaquil o Pasaje; o aún cualquier recóndito lugar de la húmeda y amazónica selva.

La abuela leía el periódico vespertino todas las noches y dedicaba gran parte de su tiempo a sus labores de costura. Es siempre probable que el esfuerzo que sin proponerse ella exigía a sus cansados ojos, sólo haya sido superado por el cansancio ocular que con seguridad le producía, el sentarse a mirar los programas televisivos en esos primeros años de emisión de la “tele” en el Ecuador. Como era obvio, pero ella quizás no lo relacionaba, este cansancio muscular sólo se le producía en Quito donde el sólo hecho de mirar un par de breves programas, le exigía un esfuerzo del órgano de la visión, que degeneraba en un malestar matinal, exacerbado por una jaqueca que le atormentaba cada nueva mañana.

Es probable también que yo mismo haya sido el persistente motivo para sus continuos “colerines”. Y no porque me haya caracterizado una cuota de maliciosa travesura; sino simplemente porque creo que fuimos desarrollando una mutua animosidad por motivos más bien cercanos a mis pruritos excesivos y a mis arrestos temáticos. Ahora que lo analizo, con el beneficioso paso del tiempo, tengo que aceptar que muy probablemente sus reacciones obedecían a mis excesos con los razonamientos, a mi pueril testarudez, a mi obcecado afán de poseer siempre la razón. En suma, a mi altanero sentido de la pedantería.

Sea lo que haya sido, parece que yo siempre resultaba culpable de esos inolvidables colerines, que no eran sino episodios de ira y de furor en medio de los que la abuela se auto-sugestionaba que le “reviraban el hígado”, que le alteraban esos verdosos humores, para hacerle llegar al limite mismo del paroxismo y de la alferecía! Ante tan evidente culpabilidad, yo mismo resultaba como encargado de acudir a “la plaza”, como entonces se llamaba al mercado de víveres, para adquirir toda esa curiosa parafernalia de mejunjes necesarios para preparar esas pócimas curativas.

Pasados los años, y muerta ya la abuela, yo he pasado a tener también estos malestares ocasionales. Los síntomas suelen ser idénticos, aunque temporales; pero son tan molestosos, que muchas veces olvido las razones por las que ella enfrentaba estos achaques, por los que tantos brebajes tenía que consumir y por los que tanto parece que sufría. No acudo, sin embargo, al bullicioso mercado para abastecerme de aquellos curativos ingredientes; me basta con reconocer que me he excedido en la lectura o en la contemplación televisiva.

Entonces, me incorporo en la cama, cuando así amanezco en alguna ocasional mañana; reconozco que no son, que no pueden ser, mis personales colerines y me pongo a esperar el paso de los minutos hasta que se mitiguen y desaparezcan mis insidiosas y punzantes jaquecas. Es entonces hora de levantarse, de vivir y de trabajar; es hora de disfrutar de la vida y de su cuota del nuevo día!

Shanghai, 1 de Julio de 2010
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27 junio 2010

El Escarpín

Fue ese probablemente mi primer esfuerzo periodístico. Ahora que lo recuerdo y lo menciono, decir esfuerzo, quizás constituya una exageración. Todo había empezado un Sábado por la tarde cuando, siendo todavía inquieto adolescente, me había puesto a deambular por los corredores vacíos de mi vecino y querido colegio. Yo era entonces un muchacho de último año de secundaria, a medio camino entre actor improvisado de ocasionales comedias escolares y dirigente estudiantil interesado en la solidaridad y el humanismo integral; persuadido como otros pocos ingenuos que la revolución era el “nuevo nombre de la paz”.

Y fue ese Sábado tarde cuando caí en cuenta que la vitrina llevaba ya más de un año sin que nadie la utilizara. Tratábase de una cartelera con cubierta de vidrio en la que nadie se había preocupado por largo tiempo de renovar las informaciones que supuestamente debía proporcionar. Se trataba de un escaparate olvidado en un uno de los rincones más concurridos del colegio. Podría decirse que los dos identificamos nuestras orfandades y no estoy seguro, si fui yo el que se quedó mirando esa tarde la cartelera; o, si fue más bien ella, la cartelera, la que se había estado fijando desde hace mucho tiempo en mí…

Lo cierto es que esa misma tarde comenzó el romance; y, como sucedía en ese entonces con los romances, tuve que acudir a su dueño para poder visitarla ocasionalmente. Aunque mi verdadero propósito no eran las visitas ocasionales, sino la posesión permanente. Fue un amor a primera vista; pero, como a menudo sucede con esos enamoramientos adolescentes, se inició con gran ímpetu, para pronto desvanecerse como suele suceder también con las fogariles llamaradas.

Así fue como el rey me concedió permiso para poseer a mi adorada princesa y desde la semana siguiente la vitrina pasó a ser mía, completamente mía; o quizás no había yo caído en cuenta que desde entonces, había sido yo el que pasaba a ser suyo, completamente suyo… Puse entonces todas mis ilusiones y mis ideas al servicio de la cartelera, cuya mas importante aspiración era la de servir como un medio para interesar a mis compañeros de colegio. Sólo me impulsaba el afán de convocar y de provocar, de compartir y de inspirar. Mi propósito era motivar, persuadido como estaba de valores absolutos como la libertad y el personalismo.

Como símbolo de que ése representaba un escorzo de mis primeros pasos, el título del periódico mural vino casi sin proponérmelo: “El Escarpín”. El elemento del atuendo infantil representaba así el instrumento germinal que había optado por utilizar para dar rienda suelta a mis iniciales trasiegos como comunicador. Y… quién sabe, si como escritor o periodista! Fue así como junto al curioso título, adorné la vitrina con un diminuto zapatito tejido en lana que había tomado prestado de los trabajos de puericultura de una de mis descuidadas primas.

Fui entonces el primer director de “El Escarpín”. Pero fui también su exclusivo editor, su único fotógrafo, su solitario comentarista, su único corresponsal, su aislado jefe de redacción y el solitario encargado de las secciones de humor e información deportiva. En mi candidez e ingenuidad no había empezado por garantizar la colaboración de los demás, celoso talvez de que sólo fuera mía la maravillosa princesa. Pronto dejé morir el romance y abandoné a la amada en las oprobiosas manos de la soledad y en los oscuros calabozos del olvido.

Fue caldo de un solo hervor. Y fue también, más tarde, sólo un triste recuerdo y una valiosa lección; la recriminación en el futuro de mi propia inconstancia; el recuerdo de esa ausente perseverancia que requieren las sencillas empresas para marcar un tiempo y trascender hacia el futuro. El escarpín, para mí, dejó entonces de ser un símbolo de iniciación; y pasó a ser sentencia condenatoria que me habría de recordar siempre de la advertencia bíblica, que “muchos son los llamados, pero pocos los escogidos”. Ahí quedó el escaparate, a la espera de un nuevo pretendiente; o quizás a la espera de que yo reconociese mi error y devolviera un día a su dueño lo que yo nunca debí haber declarado mío...

Al recordar esa cristalina cartelera, tengo a la fuerza que recordar otra que me envolvió una mañana de escuela con la tortuosa pátina del oprobio y del escarnio; y que siempre se quedará en mi memoria envuelta en la húmeda película de los humores orgánicos y de las lágrimas. Fue en cuarto grado de escuela, después del recreo de la mañana. Yo me había destacado en ese intermedio con un par de certeros lanzamientos de baloncesto. Me sentía en el cielo, sin saber lo que más tarde me esperaba…

Cuando regresé al aula, aún con los postergados rescoldos de mi infantil ímpetu deportivo, salté estirando el brazo, golpeando la cartelera donde había escrito el profesor los cuadros sinópticos con la conjugación de los verbos terminados en “ar”, en claro ademán que representaba mis indisputados atributos basqueteros. No tardé en comprobar, para mi horror, que la cartulina cedía de su soporte en la pared donde había sido colocada, y se desprendía del armazón de madera que en forma frágil la sustentaba!

Fui automáticamente “invitado” a abandonar la sala de clase, con la ominosa advertencia de que no podría retornar a ella hasta que volviera con el cartel reparado y en su condición original. Demás está por mencionar que no podía retornar a la casa con el testimonio de mi impensable travesura y con las huellas evidentes de tan grave falta… Decidí entonces no ir a almorzar a la casa y me quedé en la escuela, llorando mi angustia y mi pena, esperando que mi profesor concluyera su almuerzo para confesarle mi arrepentimiento y para declarar mi imposibilidad de costear los gastos involucrados en la reparación de la cartulina con su inolvidable contenido de gramática.

Mientras esperaba junto a la grada, dispuesto a trocar un castigo escolar por el más severo que me hubiera esperado en la casa, me entraron unas ganas incontenibles de ir al baño, para poder relevar así toda la angustiosa espera que había soportado esa ignominiosa mañana. Sólo para descubrir, para mi renovado horror, que la cartelera a más de desprendida, ahora también se encontraba mojada!

Cuando salí del lavatorio, me encontré con el maestro que ahora me observaba con una mirada de magnanimidad y bienaventuranza, pero al ver su cuadro sinóptico ya difuminado con mis efluvios accidentales, sólo atinó a bosquejar una sonrisa de desesperanza. Así aprendí a conjugar. Así aprendí que cuando entre a clases después de jugar, no tengo que ponerme a saltar, porque las carteleras se pueden arruinar, y en la casa me pueden castigar; que tampoco ya nada se puede arreglar si mojo los carteles por ponerme a llorar, y no me aguanto y me voy a orinar. Sí, así fue como aprendí la conjugación de los verbos terminados en “ar”… en una insólita y desafortunada mañana de primaria!

Anchorage, 27 de Junio de 2010
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08 junio 2010

Cocinando con Alberto

Sí, no contarán a nadie, pero es hora de confiarles un secreto. Hay algo que a mí me fascina: me encanta cocinar! Hoy mismo, estoy preparando un pequeño librito titulado “Diez fáciles recetas para seducir a las mujeres”. Por favor, no vayan a confundir; el titulo no es “Diez recetas para seducir a las mujeres fáciles”… Ellas no requieren de ser seducidas, ni tampoco necesitan ponerse a cocinar! Entrar en la cocina fue, para mí, una obligación desde cuando yo era niño. De adulto soltero (o llanero solitario) fue una especie de obligada necesidad. Hoy, a mis años y ante las circunstancias, siento que es una oportunidad para el goce de los placeres sencillos de la vida; una civilizada posibilidad, una oportunidad para el disfrute con plenitud; una opción para el ejercicio de mi manera de vivir, de mi manera de ser… Cocino, luego existo. Cocinar es vivir, cocinar es amar!

Esto de ejercitar los trasiegos culinarios es en cierto modo una contradicción. Pues, el disfrute de las cosas sencillas de la vida, depende muchas veces de la circunstancia de saber satisfacerse con cosas simples. Cocinar no siempre es simple. Sin embargo, cuando uno repite y va perfeccionando lo que hace; aún las cosas complejas, pasan de pronto a parecer simples. Y este ejercicio con los sabores hasta que lo complejo resulte simple, es justamente, es precisamente, lo que nuestra civilización ha dado en llamar “saber cocinar”.

Son muy sencillas mis recetas. Por lo menos, gran parte de ellas. Todas son extremadamente fáciles si cuento con los ingredientes adecuados. Hay ciertos elementos básicos en mi cocina. Son todos ingredientes imprescindibles. Están siempre allí; ellos nunca pueden faltar. Es imposible cocinar sin un buen aceite de oliva, sin una buena mostaza, sin las yerbas y los condimentos necesarios. Nada tan inconveniente como ponerse a preparar algo, para entonces descubrir que hay que salir a la carrera a comprar lo que desde el principio debió estar siempre allí, lo que nunca debía faltar.

Así como hay ingredientes que forman la base de los refritos y caldos en los que sustentamos la preparación inicial; hay también ciertos sabores que, de acuerdo a la receta, nos van proporcionando elementos que jamás deben estar ausentes en la cocina. Sólo menciono unos pocos: azafrán, mostaza, pimentón, tarragona, tomillo, romero, limón, crema de leche, vino. Nada tan inconveniente como ponemos a preparar un “strogonoff de carne”, para descubrir, sólo al final, que nos hacía falta la crema de leche que iba satisfacer el toque final.

Nada tan fácil como preparar un “cerdo a la naranja”, por ejemplo. O unos buenos y deliciosos “tacos al alambre”, estilo mejicano (perdón por el pleonasmo; pues, decir “tacos” debería eximirnos de la necesidad de mencionar la nacionalidad). En ambos casos, la receta básica se satisface con tres o cuatro elementos simples, que solamente requieren ser combinados con propiedad. La pequeña diferencia entre sabroso y realmente delicioso, podría estar dada por la presencia de ciertos elementos adicionales que darían a la receta la condición de su preferencia y que constituyen el toque final.

Los japoneses han perfeccionado algo tan simple como “empanizar” las carnes. Su secreto consiste en un simple proceso de saturar el filete en maicena y luego humedecerlo en huevo, antes de envolverlo en la miga de pan. Los italianos han elevado la preparación de sus salsas, basadas en un elemento ajeno como es el tomate (que es americano) a niveles realmente deleitables. Ellos combinan elementos básicos como el ajo, la cebolla y el pimiento, con los tomates y ciertas yerbas frescas para así aderezar sus pastas; estas, cuando están bien preparadas, no requieren ya de ningún otro elemento de cocina, ni de ningún ingrediente adicional. Los franceses prefieren las reducciones, las pimientas y las mostazas. Los árabes y los españoles prefieren no entrar en la cocina si han de prescindir de las hebras de un rojo, fresco y bien perfumado azafrán.

Pero, no sólo se trata de elementos básicos y buenos condimentos. Se precisan también buenas cacerolas y sartenes. Y… cuando se trata de preparar las carnes e ingredientes, que han de ser la base de refritos y caldos, se requieren también buenos, confiables y bien afilados cuchillos, que han de hacer nuestra culinaria tarea, más simple, más efectiva, más fácil de disfrutar. Los mejores “chefs” en el mundo recomiendan con frecuencia la marca japonesa “Global”; pero, a fe mía, que nada es tan fácil como cortar en la cocina con un blanco y filudo cuchillo de cerámica. Quien no ha usado uno de estos maravillosos instrumentos que parten como un escalpelo, simplemente no ha cortado nunca. No sabe lo que es cortar!

Algunas de mis recetas son muy simples, como las antes mencionadas. Pero, cuando las complejas se repiten, pasan también a caracterizarse por su relativa y sorprendente facilidad. Aquí van unas pocas de mis preferidas: estofado de carne a la provenzal, paella española, pasta de tomate a la toscana, strogonoff de carne, cerdo a la naranja, bife a la bourguinon, menestra de cerdo y lentejas, ceviche de tiburón o pescado, tacos al alambre, pasta al risotto. En fin… les dejo la boca hecho agua, que ya me llaman de la cocina. Me voy que me espera el “Beurre manié” y se me quema! Me voy que tengo que cocinar! Avísenme como les quedó la boca. Y, no se olviden que el vino es siempre preferible ponerlo a oxigenar!

Buen provecho!

Shanghai, Junio 5 de 2010
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28 mayo 2010

Ensayo de la travesura

Le llaman todavía “Mullito”; y hoy es el día de su nuevo cumpleaños. Lo del apodo le viene por el color de su pelo, cuando era niño, que se asemejaba al resplandor de esas lentejuelas doradas con que adornaban las vestimentas de fantasía a mediados del siglo pasado. Hoy el color de los mullos se ha disipado; su cabello se ha ido tornando gris; y, como él no es de aquellos que son proclives a “lanzar una canita al aire”, no ha podido tampoco acogerse a ese curioso orgullo que parecen exhibir los calvos.

Fue por unos años mi compañero de travesuras. Cuando aquellas acciones aún se las cometía sin malicia; vale decir sin responsabilidad, sin el deseo de herir o de lastimar; sólo por el afán de divertirnos y quemar nuestro solitarios y aburridos días de vacación, allá en los años de nuestra lejana infancia. Sin querer asumir burla contra nadie; y tampoco culpabilidad. No fueron nunca barrabasadas, ni fechorías. Fueron, a lo sumo, inocentes pillerías. Trastadas que nos unieron como hermanos y como conciudadanos del país de la travesura. Formas sutiles de deletrear la palabra TRAVESURA. Antes, mucho antes que yo fuera aprendiendo la conjugación completa del verbo travesear.

No sé si por ese entonces ejercitábamos la sutileza, la sagacidad y el ingenio. Porque creo, más bien, que lo que en esos días de infancia nos empujaba era, más que la curiosidad, nuestra propia ingenuidad. Nada más maravilloso en la vida que ser travieso y poder ser inocente, a la vez. Pero ese privilegio de combinar la inocencia, o la ingenuidad, con la fechoría, esta reservado a los niños pequeños y es ahora sólo parte de los recuerdos de nuestra infancia. Una maravillosa realidad que ya no vuelve; y que quizás ya nunca más volverá.

Creo que desde que cruzamos la adolescencia, ese jardín donde los senderos se bifurcan, él ha dejado ya de cometer travesuras. O, por lo menos, las comete sin que nadie siquiera lo advierta. Por eso es que “me han contado” que, para hacer travesuras a nuestros años, se requiere de actuar con inocencia; y que al carecer de ella, es imprescindible no caer en la ingenuidad… Receta ésta, un poco difícil de retener; y además bastante cínica; por lo que talvez sea mejor renunciar para siempre al seductor mundo de la picardía, cuando optamos por conjugar al más travieso e incorregible de los verbos: el verbo “travesurear”.

En mis tiempos de escuela yo había aprendido un método memorioso, revisado por el Papa Gregorio, para recordar las iniciales de los llamados siete pecados capitales. Estaba basado en la primera letra de siete palabras en latín y se asemejaba a un nombre femenino. La palabra era SALIGIA; era el recurso mnemotécnico para enumerar los siete pecados principales: “superbia, avaritia, luxuria, ira, gula, invidia, acedia”. En castellano, estas palabras se escriben en forma casi idéntica: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza. Nuestras travesuras de niños nada tenían de estas concupiscencias. Nada tenían que ver con los pecados capitales. Eran sólo eso: inocentes y nunca mal intencionadas travesuras.

Cada año mi hermano Luis Eduardo me da la oportunidad de ser, por unos pocos meses, sólo un año mayor a él. En otras palabras, crea en mí la engañosa impresión que ahora es casi tan viejo como yo. O, dicho con más exactitud, de que soy tan joven como él. Esto, a pesar de que con alguna frecuencia ahora me preguntan que con cuántos años me lleva mi hermanito mayor… Y es que, aunque “tengo el pelo completamente blanco” (como en la canción mejicana), noto que la circunstancia de no tener canas en las cejas, crea probablemente la incertidumbre de si todas las demás canas que ya exhibo, representan mi verdadera edad; o, quién sabe, si solamente denuncian mi cuota de experiencia…

Los seres humanos no somos perfectos. Todos cometemos pecados, todos nos equivocamos. Nadie es infalible, ni siquiera el Papa de Roma. Quien diga que nunca peca, que nunca lastima o se equivoca, es únicamente un cándido que ha perdido su condición de mortal. Lo importante, lo verdaderamente importante, es tener el propósito de volver al sendero correcto, para no herir a los otros, para no lastimar. Recordando siempre que vivimos para tratar de hacer el bien, para hacer más fácil la vida de los demás. No solamente para la profesión estéril de evitar el hacer el mal. Vivimos para tratar de seguir ejerciendo el sublime oficio de la travesura. Una travesura contagiada de cándida inocencia; aunque esta esté avecinada a la huella nunca vergonzante de la ingenuidad.

El poeta chileno Pablo Neruda escribió un libro de memorias en prosa al que tituló: “Confieso que he vivido”. Muchas veces me robo el titulo para decir “confieso que he sido travieso”. Pero de esas travesuras… muchas veces, ni siquiera me quiero acordar! El proceso expiatorio es muchas veces muy largo y complejo. El arrepentimiento conlleva un camino tortuoso, que parece nunca concluir, que parece nunca terminar: Examen de conciencia, dolor de corazón, propósito de enmienda, confesión de boca y cumplir la penitencia impuesta por el confesor! Cinco largos pasos, para una sola promesa: “les juro, por Diosito Santo, que no vuelvo a portarme mal!”

Confesarse es tan complicado que el arrepentimiento que involucra es a menudo empequeñecido por otro arrepentimiento: el de haber decidido irse a confesar. Pero confesarse, al igual que arrepentirse, tiene un atributo catártico; una condición curadera que desemboca en el aliviante propósito de volver a escribir la página desde que estuvo en blanco, el gratificante propósito de volver a proponerse, el estimulante artificio de estar en condición de volver a empezar!

Amsterdam, 29 de mayo de 2010
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05 mayo 2010

Cuando se caen las estrellas

Los vuelos nocturnos suelen ser muy largos. Son a veces tediosos, a más de largos e interminables. Hay, ocasiones, en que siento una lucha por mantenerme alerta y despierto. En la semioscuridad de esa obligada nocturnidad, hay una como simbiosis luminosa de contrastantes elementos: son las pantallas e instrumentos de navegación y ese admirable entorno que regala el mágico e inconmensurable universo. Hay pocas instancias en la experiencia de vivir que definan mejor el sentido de la palabra “infinito”. Ninguna que sustituya la de apreciar el cielo nocturno desde la cabina de un avión en vuelo; desde ese mirador concedido al aviador como un incomparable e irrepetible privilegio.

Hay noches que nuestra propia galaxia luce el derroche de sus luminosos esfuerzos. Están ahí todas las constelaciones que nos regaló el Creador, esas formas celestiales que interpretaron los babilonios y que dibujaron los griegos. Están ahí, el guerrero Orión; la Osa Mayor y la Osa Menor; Pegaso, el caballo alado; Escorpión, Sagitario; en fin… todas esas brillantes y sugestivas figuras que dieron origen a la anciana mitología y a la moderna ingenuidad de creer en la fortuna, sobre la base del mes del calendario en que se haya registrado nuestro nacimiento… O, a la de supeditar nuestra confiada esperanza a que nuestras realizaciones estarán relacionadas con el caprichoso desplazamiento de los astros en el firmamento!

Observo desde ahí arriba lo que queda aún más arriba. Me pregunto, por qué será que llamamos a nuestro gran conjunto de estrellas “Vía Láctea”. Y me averiguo también, por qué no se nos ha ocurrido identificarlo con un nombre más poético. Descubro que al decir Galaxia, decimos lo mismo que Vía Láctea, que no es sino la traducción latina del primer término. Sugiero entonces, que estamos en una galaxia llamada Galaxia; un innecesario y curioso pleonasmo, o una redundancia evitable, en espera de un nombre más adecuado y más moderno. Pero… más allá de las etimologías y del sentido de las palabras, resulta sorprendente el poder apreciar esa inmensidad indescriptible que exhibe este infatigable Universo. Un Universo que parece tan ajeno a nosotros, estando al mismo tiempo, tan cercano; y, siendo, por lo mismo, tan “nuestro”.

Cuando considero que nuestra galaxia contiene cientos de billones de estrellas o sistemas solares; se me hace menos difícil comprender que hay también millones de galaxias en el fascinante Universo. Al reflexionar en sus números y distancias; caigo necesariamente en cuenta de nuestro insignificante tamaño. Esto crea una extraña sensación de humildad. Un raro e inenarrable sentimiento!

La única certeza en ese desierto sideral de arena, es que sólo somos un grano pequeño. Un cuerpo diminuto. Sí, eso, un grano ínfimo, alejado y pequeño! Y… en medio de ese sorprendente cielo interminable… reconozco lo limitado que es nuestro sistema, con sus dimensiones tan reducidas y tan modestas!

No obstante, en medio de esos intermitentes fulgores y resplandores; en medio de esta inmensidad; hay algo más que se desplaza en este prodigioso paisaje del cielo: son aquellas estrellas “que se caen”, las estrellas fugaces; los sorprendentes y veloces meteoritos. Entonces, así como reflexiono en que hay noches que estas “estrellas” se caen desde el cielo; recuerdo que, siendo todavía un niño, vi caer una “estrella”, en una tarde de travesuras y de juegos… Lo recuerdo como una de las tardes más apremiantes de mi infancia; como uno de esos momentos que se definen en la vida por la angustia compartida, la imaginación y la fraternidad. Porque ante las tragedias, que casi siempre son casuales; la vida se determina siempre por la sensibilidad humana y por la ternura de los sentimientos.

Compartíamos una tarde con mi hermano menor. Éramos todavía muchachos; teníamos no más diez y doce años, según creo. Éramos probablemente unos jovencitos inquietos, curiosos y traviesos. Eran quizás los meses libres del verano y estábamos cansados de distraernos en casa con el “Monopolio", las “carreras de bolas” y de jugar “a la escuela”, en esas semanas de vacaciones con nuestros ya usados libros y cuadernos… Nos estaba prohibido saltar al frente, a jugar en el patio de nuestra propia escuela, donde un celoso guardián de catadura indígena y de formación militar, se resistía a dejar pasar a todo aquel que quisiera “patear la pelota”, en esos recintos que estaban tan cerca y que desde siempre nos advirtieron que eran ajenos.

Mas, esa tarde poco feliz, el “Mashca”, como apodábamos al probable sargento, nos sorprendió con su inesperada anuencia y nos dejó pasar sin problemas al interior del colegio. Cruzamos el portón y pasamos a disfrutar de esos patios y corredores que en forma inesperada, con los Hermanos ausentes, pasaron una vez más a ser declarados “nuestros”!

No habíamos caído en cuenta, sin embargo, que una perrita que tuvimos por esos tiempos, nos había seguido hacia la escuela y se había incorporado al inusual permiso del sargento Anselmo. La mascota se llamaba “Estrellita” y vino esa tarde a desahogar su inquietud, a dar rienda suelta a su deseo de libertad, a perseguirnos y a saltar todos los obstáculos con que se encontró allí adentro. Si, para nosotros, salir a jugar en patio ajeno era una falta grave… Sacar a la calle a ese animalito, que era el consentido en la casa, era merecedor a la más dura de las reprimendas, era exponernos a desafiar un castigo de los más severos.

Corre y corre estuvo la Estrellita; va y viene, en atropellada y loca carrera; salta por aquí y salta por allá. Sube y baja las gradas de esos inexplorados y enormes espacios, llenos de extraños recovecos, como eran los rincones del colegio. Hasta que, de pronto, oímos los gemidos del animalito, llorando su dolor y pidiendo ayuda con desesperados lamentos. La “Estrellita” había saltado un obstáculo ciego y había caído desde un corredor al patio inferior, tres pisos más abajo, desde una altura de más de diez metros! Yacía ahora, ahí abajo, sin poder moverse, con una patita rota y los suplicantes ojos entornados hacia nosotros y hacia el cielo!

Bajamos apresurados a rescatar a nuestra “Estrella”, sólo para comprobar que no se podía movilizar, caída como estaba sobre el duro pavimento. Tenía rota una pata y lastimados un par de huesos. La tomamos en brazos, sabiendo que no podíamos regresar a casa a entregar esos lastimeros y lamentables restos. Acudir a una clínica veterinaria estaba fuera de nuestras infantiles posibilidades y hubiera implicado la confesión de nuestra desobediencia en ese infeliz episodio de mis recuerdos. Entonces decidimos, acudir con el perrito en brazos, a una facultad de veterinaria, donde unos bondadosos estudiantes nos ayudaron con sus curaciones y cuidados, al comprender la situación de nuestro infortunado y penoso momento.

Había casi oscurecido cuando regresamos a casa, “luego de jugar en la escuela”. Traíamos con nosotros una perrita adolorida, con una pata entablillada. Fue la tarde que una estrella sobrevivió, a pesar de que se había caído desde el cielo!

Chicago, 5 de Mayo de 2010
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