11 noviembre 2011

Enjambres y colmenas

Muy poca gente conoce que existen diferencias entre enjambre y colmena; la mayoría está convencida que los dos términos son equivalentes. Ayer, mientras volvíamos a casa y tratábamos de estacionar, nos vimos forzados a buscar un sitio adecuado que fuera diferente. La cantidad de abejas que merodeaban el estacionamiento era tan numerosa, que quizás pasamos por la misma sensación que habrían experimentado los personajes de la película de Alfred Hitchcock que se intituló “Los pájaros”. Al igual que aquellas inquietas y agoreras aves agresivas, estas traviesas abejas parecían cuidar su recién escogido territorio y parecían interceptar todos los accesos disponibles…

Pocas horas más tarde, y para nuestra sorpresa y contrariedad, un enorme enjambre se había formado en uno de los árboles del jardín posterior; lo cual hizo pensar en la seguridad de los niños y en la necesidad de notificar la presencia de los insectos a la agencia de control de plagas. Sin embargo, pasado otro par de horas, las amenazantes abejas habían desaparecido en forma tan inesperada e intempestiva como cuando aparecieron; tanto, que quien hubiese recibido nuestra alarma y testimonio, hubiera sospechado que nos animaba una alta dosis de exageración o, simplemente, que habríamos estando mintiendo.

Cuando la abeja reina ha identificado que el número de miembros de su colmena se ha tornado en excesivo, y que la alimentación del grupo corre el riesgo de no abastecerse en forma debida, ésta se desprende de la colmena con un número menor de abejas obreras, dejándola con una reina más joven que se ha de encargar del control de dicho hábitat; asegurando así el proceso reproductivo. Los enjambres, a diferencia de las colmenas, son solo parte de dichos procesos. Tales enjambres parecen una bola en forma de nido, que cual movedizo revoltijo, se ubica con sorprendente actividad e inquietante zumbido en el sitio que estos insectos han escogido en forma transitoria, hasta localizar un nuevo lugar donde han de establecer su nueva colmena.

La colmena es entonces algo estable y permanente; en tanto que el enjambre es algo transitorio e itinerante que obedece a un interés de supervivencia biológica y que tiene carácter netamente reproductivo. Con este proceso, la abeja que ha abdicado, se retira de la colmena original y se moviliza con el enjambre hasta que las abejas exploradoras encuentren un sitio idóneo para establecer una nueva colmena en un lugar distinto. Espeluznante como parece este enjambre, que se asemeja a un ambulante avispero, no es sino un sistema de reemplazo y de reproducción con el que la misma naturaleza regula la densidad de los insectos en una misma colmena y da paso al liderazgo de una nueva generación de insectos.

Hay mucho que tenemos que aprender de la madre naturaleza, sobre todo en lo referente a ciertos tipos de insectos que tienen una forma de vida comunitaria, como son principalmente las abejas y las hormigas. Es mucho lo que podríamos aprender de las infatigables abejas, si apreciaríamos en estos insectos que hay mucho más que un asunto de mera supervivencia en estos admirables procesos. Es curioso como la naturaleza parece enseñarnos que hay momentos en la vida de los grupos sociales y de las organizaciones, cuando es fundamental que sus líderes y dirigentes sepan retirarse con oportunidad y a tiempo…

La historia de la humanidad está llena de casos de grandes caudillos y señeros personajes que cumplieron trascendentales papeles en la historia de los pueblos y naciones, pero que no supieron interpretar que hay un momento para ceder la posta y para entregar el protagonismo a un nuevo responsable. Es triste cómo muchos de ellos, en lugar de pasar al recuerdo como personajes excepcionales, han terminado alcanzando la antipatía y reprobación de esos mismos pueblos y de esa misma gente a la que con mérito y esfuerzo orientaron, impulsaron y defendieron. Porque sea por vanidad o sea por imprevisión, muchos terminaron cometiendo el mismo error: no supieron retirarse a tiempo!

Es probable que en la vida social y en el escenario político suceda como en las colmenas, que es necesario que su temporal líder se retire, para dar lugar a un nuevo protagonismo y así permitir la permanencia de las instituciones. Aun los personajes que llegan a ser considerados como irreemplazables deben tener la intuición y la sabiduría para reconocer esta realidad y aceptar que les ha llegado un tiempo para retirarse con oportuna dignidad. Proceder de otro modo, enquistarse en los puestos de mando y aferrarse a los atractivos del poder, solo crea brotes de malestar y de inconformidad; y, a la larga, solo logra obliterar la huella que hubiera servido para poner de relieve su obra y dar testimonio de sus valiosos empeños.

Este concertado retiro, marcado por la virtud de la oportunidad, es probable que produzca la reacción y la conmoción que crea el inquieto enjambre con sus zumbidos. Pero esto no ha de representar sino una circunstancia temporal, hasta que se advierta que ha servido para facilitar un saludable proceso de transición y que ha dado paso a la generación de nuevas iniciativas y proyectos. Ésta es no solo la única forma de asegurar una saludable alternabilidad, sino también la de proporcionar cimientos vigorosos para fortalecer el sistema, sobre la base de propiciar la discusión de métodos, el intercambio de opiniones y el desarrollo de nuevos conceptos. Solo así se evita que los líderes sometan a los pueblos a la voluntad omnímoda e intransigente de su vitalicia paternidad.

Watson Bay, Sydney, noviembre 12 de 2011
Share/Bookmark

09 noviembre 2011

La reconquista del espacio

Resulta grato comprobar como las grandes ciudades manejan sus procesos de organización y desarrollo. En cierto modo, puede decirse que han llegado a convertirse en “grandes” justamente porque han sabido administrar en forma eficiente su crecimiento. Ésta parecería una verdad de Perogrullo, pero solo a través de reconocer su problemática de densidad poblacional, sus factores de transporte social y de movilización, la asignación de espacios para la provisión de una infraestructura vial adecuada, las peculiares características relacionadas con su relieve y disposición natural -entre otros importantes asuntos y temas- es que ciertas ciudades modernas han logrado situarse como “grandes urbes” en el concierto mundial. Lo han conseguido en la medida que han sabido manejar y administrar estas dificultades.

Por esto es que hay enormes ciudades en el mundo que no han conseguido ubicarse entre las llamadas grandes, porque -más allá de sus problemas de presupuesto y de desarrollo- no han sabido precisamente hacer un diagnóstico oportuno de sus factores de población y crecimiento para enfrentarlos con eficiencia y efectividad. Puede decirse, por lo mismo, que todas aquellas que han conseguido un alto estándar de vida, lo han hecho luego de analizar y superar los elementos de su problemática; y esto ha requerido estudios locales y comparativos, esfuerzos en planificación, una gran mística organizativa, una estructura legal animada por la coherencia (ordenanzas adecuadas), una vigorosa decisión política y, desde luego, una satisfactoria financiación.

Las soluciones a los problemas de las ciudades que gozan, o adolecen, de procesos de crecimiento agresivo, no siempre son fáciles de implementar. Sin embargo, la buena noticia es que en materia de regular estos procesos casi no queda nada por inventar. Esta, en apariencia, insoluble temática se encuentra ya estudiada y debidamente analizada en los países desarrollados; y las soluciones se encuentran ya disponibles en forma de documentos y textos de organización y estandarización. Podría decirse que si existirían los espacios adecuados, la decisión administrativa y los recursos económicos necesarios, solo sería cuestión de aplicar esas normas ya establecidas a nivel internacional.

Temas como el ancho de las veredas, la provisión de refugios para el transporte público, el diseño de los parterres, la amplitud mínima de los carriles de las vías, la semaforización y la señalización de las avenidas y calles – entre muchos otros aspectos-, se encuentran ya contenidos en tales manuales de estandarización. Lo que resulta indispensable, luego de acceder al debido reconocimiento de las realidades locales, es la implementación de una política agresiva para asignar y recuperar los espacios necesarios para proceder al proceso de implementación.

El factor de la asignación de espacios resulta primordial; justamente porque muchos de los problemas se han creado, amplificado y exacerbado por la ausencia de espacios públicos apropiados. Ello puede ser consecuencia de la organización original de las ciudades, y aun de la inconsistencia y ausencia de perseverancia en la aplicación de las normativas y ordenanzas, pero no se descarta que la anomalía se haya complicado por la ausencia de una coherente conceptualización de esos espacios públicos mínimos que requiere una ciudad. Esto se manifiesta en dos aspectos principales: las zonas de esparcimiento comunitario y las estructuras que requieren las vías de alta velocidad.

El reconocimiento de estos factores implica necesariamente una revisión de los conceptos de “generosidad” espacial. Serían inútiles los esfuerzos y recursos que se quieran dedicar a solucionar los problemas de las grandes ciudades, si no se revisa su contraparte: una atávica y contraproducente mezquindad en la asignación de áreas dedicadas a la construcción de la infraestructura. Esto, a fin de cuentas, afectará al diseño, la calidad y la estructura de la obra; y, en definitiva, a su misma eficiencia y durabilidad. A la larga, y como consecuencia, terminará también afectando el crecimiento de la urbe en consideración.

Por ello que, es urgente reconocer que gran parte del problema en las ciudades de más agresivo crecimiento en nuestros países en vía de desarrollo, se debe a esta inconveniente forma de mezquindad. Mas, no es suficiente con reconocerlo; habría que comenzar por revisar y superar esta defectuosa y contradictoria manera de pensar. El desarrollo de las ciudades modernas no puede ya sustentarse en esta enfermiza mentalidad. Es indispensable por lo mismo, que los municipios se preocupen en forma urgente de eliminar esta disparidad.

Uno de los elementos más importantes del desarrollo de las grandes ciudades es precisamente el relacionado con sus facilidades para una ágil y rápida forma de movilización. El factor de agilidad en el desplazamiento aporta al estándar de vida, al progreso económico, a la eficiencia y al crecimiento armónico de la ciudad. Sin espacios adecuados para estacionar vehículos, propender a la edificación de obras de infraestructura y la provisión de parques públicos, estaremos solo construyendo pueblos cada vez más grandes, pero no habremos recuperado el concepto sustantivo de lo que debe ser una “ciudad moderna”.

Los grandes problemas de nuestras ciudades son obviamente asuntos de carencia de infraestructura; pero ellos no están necesariamente relacionados con la falta de asignación adecuada de presupuestos; obedecen en forma principal a la carencia de planificación y a esta forma contraproducente de mezquindad con aquellos espacios que son indispensables para su adecuada organización. Solo cuando atendamos dichos factores vamos a conseguir más altos niveles de bienestar y de seguridad. Ha llegado la hora de recuperar y reconquistar esos espacios; de propender hacia una nueva forma de mentalidad!

Sydney, 9 de noviembre de 2011
Share/Bookmark

06 noviembre 2011

Berrinches y etimologías

Resulta fascinante la curiosidad que ponen ciertas personas por conocer su genealogía y aun el origen de su linaje y la historia de sus apellidos; tarea ardua y agobiante, esfuerzo que solo resulta válido en la medida que sus fuentes sean confiables y que se tenga absoluta certeza de un factor indispensable: su real e íntegra legitimidad. Por mi parte, poseo una tendencia similar: tengo una cierta adicción por encontrar el origen de las palabras; por encontrar la razón y el motivo de ciertas voces y términos, la historia de ciertas expresiones y giros; lo que imagino, es la esencia misma de una ciencia que se conoce como etimología.

Como parlantes que somos de una lengua romance, o latina, tenemos la tendencia a creer que nuestra lengua fue una adaptación al latín de otra lengua autóctona u original, cuando lo que efectivamente sucedió con el castellano fue casi lo contrario; es decir, fue una deformación, debido a las influencias que se produjeron luego de la caída del Imperio Romano, del latín, idioma que ya era hablado de manera oficial en los estamentos organizados de la sociedad. Esto también habría sucedido con las otras lenguas y demás dialectos romances como el francés, el rumano, el italiano, el catalán, el gallego o el portugués. También existe la tendencia a considerar que una lengua no es sino la mezcla, por influencia, del léxico o conjunto de palabras; pero, en la práctica, nada hay que sea más alejado de la verdad.

Se calcula, para muestra de ejemplo, que el inglés tiene un setenta por ciento de voces y palabras latinas, o que obedecen a raíces latinas; sin embargo, no puede decirse que sea un idioma latino. Y es que las palabras son solo el ingrediente, o si se prefiere el componente básico, de una determinada lengua. Pero lo que da estructura y en definitiva diferenciación a una lengua es esa serie de relaciones que son muy complejas, que van desde la forma como se conjugan los verbos, a como y cuando se usan los adverbios y los sufijos; pasando por las funciones que se inscriben en su sintaxis y hasta por la forma de construir el plural.

Alguna vez me explicaron esto de la estructura lingüística con un ejemplo muy orientador. Me dieron a reflexionar en qué sucedería si se tomarían piedras de la Gran Muralla para edificar una catedral gótica en algún lugar de Europa. De la misma forma que no podríamos inferir que la nueva construcción sería una catedral china, deberíamos más bien, y a efecto de identificarla y catalogarla, tomar en cuenta su estilo, proporción y concepto arquitectónico para solo así acertar en su definición. Idéntico asunto pasa con los idiomas; y ninguna lengua es, en este sentido, una excepción. En estos conceptos se basa, por ejemplo, la aseveración científicamente demostrada de que el vasco, euskera o vascuence, la lengua de mis probables antepasados, no sea una lengua romance; y, ni siquiera, una lengua indoeuropea…

Ayer llegue a estas “enjundiosas” reflexiones como fruto del intempestivo “emperro” o “emperramiento” de uno de mis nietos. Esto de “emperrarse” es un verbo utilizado en mi tierra para denotar la acción emprendedora y caprichosa de acometer con una rabieta o berrinche. Y he venido a notar que esta acción de enojo intempestivo y de corta duración –aunque sus efectos puedan llegar a ser trascendentales- ha de tener relación, en el sentido etimológico, con la reacción de un verraco o cerdo padre. De aquí, y por extensión, que hayan surgido luego otros términos similares como verraquera y verriondo. Y desde luego otros, como berrinche (nótese la alteración hacia la B labial); y, desde luego, el muy nuestro de “emperro” o “emperrarse”…

Como bien sabemos, la rabieta es una reacción frenética en los niños de corta edad, que consiste en una especie de ataque de ira, con llanto y pataletas, y con acciones destinadas a lastimar a los demás; con amenazas de auto infligirse daño e incluso con acciones extremas como auto aislarse en una esquina o tirarse al piso. Por fortuna, las rabietas en los niños son solo ocasionales y son parte de su proceso de maduración; y se entiende que son originadas en su frustración de no poder imponer su voluntad. Sin embargo, los berrinches en los mayores parecen ser reacción a un ingrediente megalómano y exhibicionista, son el resultado de frustraciones ocasionadas por lo que los entendidos conocen como “iras narcisistas”, que no son sino unas como pataletas que se producen en algunitos cuando se les habría lastimado su elevado sentido de omnipotencia…

Tales expresiones son reflejadas en la intolerancia y en la intemperancia; ellas solo ponen en evidencia la falta de consideración con las ideas y valores ajenos; y, en su grado más alto, solo conducen al autoritarismo y a la estolidez. Éstas no son sino formas sociales de “emperramiento”; son solo formas de berrinche o de rabieta de quienes no han sabido madurar debidamente en la sociedad. Son formas de tirarse al rincón y de tumbarse en el suelo hasta que se le entregue la galleta de ser los únicos que puedan opinar, o el chupete de ser los únicos poseedores de la razón y de la verdad.

Sin embargo, y por fortuna, estas bravatas o “verraquerías”, pueden ser lidiadas en muchos casos –sobre todo cuando se tornan ya en continuas, o por lo menos en sabatinas y semanales- con una pequeña dosis de “chiquitolina”, o con una buena nalgada que resulte beneficiosa. Quienes, así con frecuencia, se acogen al derecho y beneficio de la rabieta, no siempre caen en cuenta que la gente, al igual que los padres de estos “emperrados”, tiene solo una limitada dosis de paciencia para ésa su forma de intolerancia; y que llega un momento en que también la gente “coge y se emperra”. Pero este “berrinche de reacción” resulta final y definitivo, no dejándole al narcisista con una nueva oportunidad, ni para que vuelva a lanzarse al piso, ni para que pueda volverse a "enrabietar"…

Sydney, 7 de noviembre de 2011
Share/Bookmark

De epístolas y adefesios

Hace un par de años el Papa anunció desde Roma que se había encontrado la tumba del apóstol San Pablo. El descubrimiento daba con los restos de este ciudadano romano que había sido juzgado y condenado a muerte en los albores del cristianismo. Paulo, cuyo nombre judío era Saulo, había nacido en Tarso, una pequeña ciudad griega del Asia Menor, en lo que hoy es Turquía; y como había sido condenado a muerte, había “gozado del privilegio” de morir decapitado. Esta forma de condena había estado reservada para los ciudadanos romanos, porque los que carecían de esta condición estaban destinados a morir crucificados…

Saulo no había conocido a Jesús. Su educación había sido muy rigurosa y desde joven había abrazado la secta judía de los fariseos. Dice la leyenda que, camino a Damasco, habría tenido una visión y desde entonces se habría convertido a la nueva religión y habría participado en la promoción de la doctrina cristiana y en su proceso inicial de evangelización. De hecho, como había tenido acceso a un tipo de educación del que carecían los apóstoles que inicialmente siguieron a Jesús, Paulo habría sentado las primeras bases para la definición de la doctrina y la estructuración de la iglesia cristiana. Saulo tuvo una vida agitada, dedicada a sus desplazamientos hacia lejanos lugares, motivados por su celo evangelizador.

Estos continuos viajes del apóstol le llevaron a diferentes centros del desarrollo original del cristianismo, muchos de los cuales estuvieron ubicados en el Asia Menor, desde allí escribió una serie de cartas, o epístolas, destinadas a recalcar y promover las enseñanzas de Jesús. Entre sus principales misivas constaba una que estuvo dedicada a los cristianos de Éfeso (ad Efesium, en latín), que según la tradición, no fue acogida debidamente. Desde entonces, hablar para que otros no hicieran caso, y en definitiva para perder el tiempo; o, lo que es lo mismo, para no ser comprendido, pasó a ser conocido como hablar “ad-efesium”, o lo que vino a significar lo mismo: “hablar adefesios”…

Esta palabra –adefesio- ya constaba en mi léxico infantil; de hecho, no solo se usaba en casa para referirse a cosas o asuntos de escaso valor, sino como adjetivo predilecto para endilgar a chicas desprovistas de la fortuna de poseer algún elemental atractivo físico. Palabras como “flaca tirisiada” y “adefesio” fueron utilizadas como insultos disimulados y juicios emparentados por lo menos con la falta de estimación, si no con el desaire y con el desprecio. Lo que si era ajeno a los usos capitalinos fue la adjetivación del sustantivo, pero esta vez deformándose su sentido y convirtiéndolo en un juicio de valor con respecto a la excesiva afectación de las personas. Era ésta la forma coloquial que era usada de preferencia en la costa ecuatoriana para expresar que alguien era “melindroso”.

Porque los serranos, poco inclinados al cuidado exterior extravagante, hemos tratado siempre de ser ahorrativos con esto de los “melindres” y las muestras de afectación que fueran excesivas. Y desde un cierto día habíamos descubierto que aquello de carecer de discreción en la forma de caminar, en los modales o en la vestimenta, y que nosotros llamábamos con el adjetivo de “detalloso”, era lo mismo que los costeños habían acordado en llamar con un nombre bastante “cristiano y epistolar”, aunque no muy ecuménico: el adjetivo de “adefesioso” (e inclusive, el poco conocido y menos distinguido aún de “anchetoso”). El tildar a alguien de adefesioso, estaba destinado para quienes hacían alarde con excesiva inmoderación, usando un atuendo muy artificial con aspaviento innecesario. Yo mismo habría sido apuntado con las saetas de tal calificativo, cuando quisieron castigar mis remilgos y mis probables deslices hacia lo fatuo y lo presuntuoso.

Pasados los años, la palabra ha empezado a tener en mi tierra un tinte un tanto político. Todo a causa de unas atractivas camisas de carácter ecológico, que han sido diseñadas con motivos folklóricos, para que use nuestro presidente. En lo personal discrepo con quienes sostienen que tales prendas son “adefesiosas”; al contrario, creo que han sido escogidas con buen gusto y que han sido fabricadas con esmero y distinción. En lo que no estoy de acuerdo es en que sean usadas como un símbolo –recién descubierto y a deshora- de reacción contra el “statu quo” o el “establishment” y como si fuese una manera de representar a un grupo étnico de nuestro país. Usarlas fuera de contexto sería lo mismo que presidir las reuniones de gabinete utilizando el gorro de plumas de los indígenas cofanes o como apoyarse en una cerbatana cuando el presidente se dirige a la nación.

Estoy persuadido que la posición de presidente se la debe exhibir con dignidad. Esas camisas, utilizadas como parte de una vestimenta “no formal” creo que pueden lucir tanto o más elegantes que una guayabera, pero creo que no hacen juego con un traje de corte occidental. En este aspecto, y si son utilizadas como un mensaje o un símbolo, solo ponen de relieve un ridículo contrasentido; serían el equivalente a utilizar un traje formal y completar la imagen que se busca con el extravagante contraste de unos zapatos deportivos…

No. Los trajes de vestir están diseñados para ser utilizados –en ocasiones formales- con camisa de cuello y con una prenda que es signo tradicional de respeto y que se llama corbata. En funciones oficiales no van bien los trajes formales con esas vistosas camisas, por muy elegantes que nos resulten sus diseños exclusivos. Y van mal, muy mal, y son una insultante impertinencia, al recargar con sus variopintos colores, la sobria dignidad de la banda presidencial. A menos, claro, que lo que se intente sea emular al colorido de esas “chivas” de transporte tropical o de aquellas “bicicletas de montubio” que a lo único que aspiran es al despropósito de alardear. Porque si éste, o el de “parecer diferente” es el copiado y poco original objetivo… No representa a nadie, ni simboliza nada; solo representa una inelegante manera de no saber vestir con dignidad!

Sydney, 6 de noviembre de 2011
Share/Bookmark

03 noviembre 2011

Un largo y ardiente feriado

He estado recordando su título en estos días; y me había parecido que fue ése el nombre de una de las primeras series de televisión a que accedimos antes de declararnos adolescentes nosotros mismos. Una serie que coincidió con los tiempos de “El fugitivo” y de “Alma de acero” y que se anticipó, en el tiempo, a otra que habría de insinuar una forma distinta de pensar: “Peyton Place”. Lástima que en la trama de sus conflictivos episodios hayan combatido al prejuicio y la hipocresía, con los menos aconsejables del cinismo y la desfachatez.

Así recordaba yo a “Un largo y ardiente verano”, cual si hubiese constituido otro programa semanal al estilo de lo que fueron “Valle de pasiones”, Surfside Road” o “77 Sunset Street”. Mas, sólo al acudir a la asistencia informativa de mi “equipo especializado de búsqueda y redacción” (la Wikipedia), he caído en cuenta que aquel título había pertenecido a una cinta de largometraje, protagonizada por ese monstruo del cine que fuera Paul Newman. Solo al recordar la urdimbre de los acontecimientos de aquella película, he caído en cuenta que la traducción del título, a nuestra lengua, resultaba más acertada que su nombre original -que no menciona ardiente sino caliente-, ya que se trataba de la historia de un joven que llega desde una ciudad lejana donde había sido acusado de propiciar un flagelo.

Al recuerdo de esas series, que nos tuvieran tan interesados antaño, he llegado cuando he tratado de bautizar con un nombre adecuado a ese feriado repetitivo, que es el de mi cumpleaños; feriado al que en mis tiempos de pantalón corto llamaban con el nombre de “Finados”. Es ése el fin de semana de “las guaguas de pan” y de la “colada morada” (no era “champús” como la llamaban?); el de los días de “asueto” cuando se celebra el día de Todos los Santos y la fundación española de la Cuenca americana; y en cuyo intermedio se recuerda, con pena y con reverencia, a quienes estuvieron cerca y que hoy ya no están. Finados es para mí el comienzo de un mes triste en el recuerdo, un mes que asocio con orfandad.

Y mientras en la tierra de mi infancia transcurre el feriado de principios de noviembre, y quizás algunos disfruten del ardor del sol, de la piel caliente y de la arena de la playa, yo disfruto también del principio de verano en la tierra de “allá abajo” (“down under”), como los australianos suelen llamar a su patria en forma coloquial. Por fortuna, los rigores estivales del verano austral se han demorado todavía en llegar; así, el clima permite aprovechar de unos días de ocio y de exploración en una ciudad que hace gala de un sorprendente nivel de vida y del formidable desarrollo de aquel concepto civilizado que es la “urbanización”.

Sydney, es una de las ciudades más hermosas que hay en la tierra. Su puerto fue considerado como “el más bello del mundo”, desde el día mismo de su británica fundación. No deja de llamar la atención que lo que fuera en sus comienzos tan solo el asentamiento de una colonia penal (igual que fueran Guantánamo, la isla Gorgona o San Cristóbal en las Galápagos), habría terminado convirtiéndose en la ciudad más populosa de Australia y en una metrópoli cosmopolita de más de cinco millones de habitantes! Sorprende tan admirable desenlace en este rincón meridional de una isla-continente, cuya casi total extensión más bien parece un paisaje lunar cuando se lo observa desde el aire. Y que haya conseguido toda esta magnífica forma de desarrollo en menos de doscientos cincuenta años!

La tierra de Oz, como la llama su gente, había sido “descubierta” hace solo cuatro siglos por los infatigables holandeses, en sus continuas exploraciones desde la capital de lo que hoy es Indonesia y que ellos habían dado el nombre de Batavia (la actual Jakarta). Pero, habrían sido los ingleses los que más tarde la exploraron y reconocieron con un afán de asentamiento y posesión, especialmente en sus costas sur orientales. Así, llegaron a lo que James Cook llamó Port Jackson, en la ensenada de Sydney, nombre que, a su vez, se prefirió al muy británico de Albión.

Llegué por primera vez a Sydney hace casi quince años. Era la primera vez que pisaba Australia, una tierra que desde siempre me atrajo por su espíritu liberal y deportivo, por su forma de vida y por su admirable organización. La tierra de los “ozzies” es una fusión de las estructuras y valores europeos, a los que suma la forma de bienestar alcanzada en Norte América. Cierto que sorprende en ella la ausencia de mestizaje, pero aquella comprobación no puede divorciare del propósito rehabilitador, y nunca colonizador, que inspiró la fundación de los enclaves originales, y tampoco desvincularse del infortunio de los pueblos aborígenes que fueron diezmados por enfermedades infecciosas, como la viruela y la varicela.

No deja de sorprender tampoco que en este inmenso territorio, de más de siete millones de kilómetros cuadrados, que es Australia (igual a treinta veces la extensión territorial del actual Ecuador), vivan menos de treinta millones de habitantes. Esto solo se comprende si se consideran las políticas restrictivas de inmigración que se implementaron en el pasado; así como cuando se observa que hay una mayoritaria tendencia en el hombre australiano por disfrutar de las ventajas y beneficios que ofrece la ciudad. En la práctica, la población australiana se encuentra concentrada solo en sus principales ciudades.

Hoy casi nadie recuerda que éstos fueron, en sus comienzos, lugares de reclusión y de rehabilitación. Australia es una enorme isla donde reinan la tranquilidad y el ocio. Ésta es la tierra del deporte y de los campamentos al aire libre; es la patria del relajamiento y de la distracción. Australia es una democracia parlamentaria, que no ha olvidado su condición de monarquía constitucional. Miembro como es del Reino Unido, rinde todavía homenaje a la reina de una patria alejada: la distante y casi centenaria reina Isabel de Inglaterra.

Sydney, Nueva Gales del Sur, 4 de noviembre de 2011
Share/Bookmark

01 noviembre 2011

Fortuna y felicidad

El “ordenador de tableta” ha llegado para darme satisfacciones, pero también ha venido a amplificar mis defectos; entre ellos, aquella concupiscencia confesada y declarada que ya he dicho tener: la costumbre de leer más de un libro a la vez. Es que con el Ipad se hace más fácil no solo aquella lectura simultánea, sino que nos permite disfrutar más de una biblioteca, o colección de obras, a la vez. Quizás lo que “no nos permita” sea la exhibición del íntimo orgullo y satisfacción de sentirnos dueños de esos libros, el disfrute del alarde de poseer esas copias. Por esto debe ser que hoy, día de mi sexagésimo cumpleaños, mi familia cercana y mis amigos han preferido regalarme algo que me enriquezca con sus lecturas y que me satisfaga con su ostentación: libros de carátula dura que los pueda lucir en mi modesta biblioteca, luego de su correspondiente disfrute y exploración.

Heródoto de Helicarnaso, un griego que vivió hace unos dos mil quinientos años (y a quien, por coincidencia, estoy leyendo en estos días), decía que la vida normal de un hombre puede durar alrededor de setenta años. La ironía es que, el padre de lo que habría de llamarse “Historia”, vivió sólo por cincuenta y nueve! El escritor heleno fue el primero en comentar el pasado con un método sistemático; y el término “Historia”, que él acuñó, quería más bien significar consulta, investigación y exploración. Es sorprendente como él nos introduce al relato de las guerras médicas, insinuando que la ojeriza entre helenos y persas, no se debió a ambiciones de poder o de conquista territorial, sino más bien a raptos femeninos y a problemas de alcoba; en suma, a razones del corazón...

Me pongo a reflexionar en cómo habría tenido que escribir Heródoto sus relatos, si no disponía de los artilugios modernos y ni siquiera de la provisión de papel… Eran tiempos en que debía escribirse en unas láminas de papiro que tenían algo así como siete metros de largo; y que al enrollarlos (rollos, al fin) formaban unos canutos que hacían más fácil su uso y transportación. Fue con esos pliegues que se ejecutaban las tareas explicativas y didácticas. Puede decirse que ellos fueron los verdaderos y anticipados precursores del moderno “PowerPoint”…

En uno de los primeros episodios de la historias que Heródoto nos cuenta, relata cómo un poderoso rey habría consultado a Solón acerca de quién era el hombre más feliz de la tierra, en espera de que el sabio le incluyera en su consideración. Para sorpresa reiterada del monarca, Solón insistía en excluirle de dicha clasificación. Su argumento era que no podría incluirle en el mencionado juicio, ya que no habiendo concluido su vida, no estaría en capacidad de tomarlo en cuenta para efectuar su apreciación. Le dijo que, a lo sumo, podría juzgarlo como un hombre afortunado; que sólo si su vida hubiese sido afortunada hasta que se hubiese despedido de este mundo, podría considerarlo como miembro de esa galería privilegiada, que era la de ser considerado como un hombre feliz…

Por eso, entre otras consideraciones y conceptos – no quisiera, en este punto, y justo en este día, recalcar en mi personal convencimiento de que no creo en lo que otros llaman felicidad – es que puedo hacer gala de la condición de sentir que soy un hombre afortunado. El solo hecho de haber cumplido cinco docenas o seis decenas, es algo que me hace sentir agradecido con la vida y que “casi” me hace decir que “me llena de felicidad”. Cumplo una edad que supera lo que fuera mi propia expectativa, la misma que nunca excedió la edad a que llegó mi propio papá. Ya soy cinco años mayor a la edad que él tuvo cuando se fue sin despedirse un día, dejándonos la renovada inquietud de si esos golpes que nos da la vida son también parte de la fortuna y de la ansiada felicidad…

Siento, por lo mismo, que ya llevo como cinco años jugando lo que en mi deporte favorito llaman “los descuentos”; a sabiendas que me estoy jugando un partido que aunque gane o empate, sé que no me sirve ni siquiera para volver a “clasificar”… Pero, aun así, lo sigo jugando con pundonor y con empeño. Lo sigo disfrutando; porque jugar con satisfacción, y participar con pundonor y con altivez, es lo que otros definen con el más humano y noble de los términos, un sustantivo olvidado, que parece que se quedó entrampado para siempre en los libros de caballerías (como aquel de otros dos locos que también estoy releyendo, el uno alto y flaquito y el otro rechoncho y bajito); me refiero a un sustantivo que de tan olvidado parece que se convirtió ya en adjetivo – de hecho, es ya una palabra antigua –. Es un concepto incomprendido: se llama “dignidad”…

Escribo, mientras en el Asia ya es otro día. Qué digo! Mientras sabiendo que ya vivo en el futuro, sé que en el Asia es ya un nuevo mes! Qué lástima que, a pesar de estar en el futuro, no se pueda siquiera predecir el presente! Qué pena también que no pueda decirse que soy un hombre “con futuro”… Aunque la sola fortuna de seguirlo teniendo, quizás haya de abrirnos las puertas a esa esquiva “felicidad”…

Con el final de estos “primeros sesenta años” siento que, aunque ya se hubiera acabado el partido, la contienda todavía no habría terminado. Y siento también, que aun en el caso de que hubiese perdido ese partido, la vida ha de ser siempre algo más importante que un partido en el que pudimos participar… Por eso, cuando al empezar el día me han preguntado que cómo me siento, lo único que he atinado a responder es que siento dolor, porque cuando uno ha cumplido los sesenta y se ha levantado de la cama, eso es lo que uno siente: dolores por todas partes! Y, por lástima, para eso de los achaques… es poco lo que puede hacerse, sino tan solo soportarlos! Sobre todo si… ya no "mismo" los podemos remediar…!

Sydney, día de Todos Santos, 1 de noviembre de 2011
Share/Bookmark