17 octubre 2015

“El valor de la figura”…

Tarea ínclita, aunque ardua, puede ser esa de traducir. Sin embargo, no siempre alcanza a ser favorecida con la exactitud de lo que se intenta expresar, por esos modismos caprichosos o por esas frases hechas que abundan en el lenguaje. Y es que los giros o expresiones idiomáticas constituyen una rica variedad de manifestaciones de la lengua que a menudo se enroscan en una indefinida e inagotable variedad de significados, un capricho lúdico que muchas veces va más allá del alcance que parecen tener esas frases hechas, a pesar del claro e inequívoco significado que parecerían tener las palabras que las integran...

Cuántas veces nos entrampamos con el sentido de una de estas expresiones! No parece que quisiéramos caer en cuenta que así como existe un sentido literal, también existe a menudo otro, un sentido figurado, que aunque pudiera insinuar una traducción literal en otro idioma, muchas veces nos conduce hacia insólitos significados distintos, a conceptos insospechados... Cómo traducir "to take it for granted", por ejemplo? Cómo interpretar en inglés el verbo "to compromise"? O, cómo traducir cuando alguien expresa que toma algo "at face value"?

Si "taken for granted" puede traducirse como no apreciar debidamente algo o, en sentido coloquial, como "dado por hecho", es menos fácil el trato con verbos como "to compromise", que no necesariamente quiere decir comprometerse, como sugeriría la etimología latina de la voz inglesa; la verdad es que cuando se lo usa en el inglés sugiere más de las veces una postura conciliatoria de toma y daca, una posición de acuerdo, de cesión: una transacción intermedia. Lo propio puede ocurrir con "at face value", donde la mayoría de veces no quiere implicar necesariamente "valor nominal", que sería la traducción literal. Ello implicaría, en ese sentido, tomarlo "at face value", es decir muy "al pie de la letra".

Dependiendo del contexto, o de si la frase es o no transitiva, o en definitiva de cómo se haya optado por construir esa misma frase, "at face value" puede querer decir: por su valor aparente o por su apariencia; a pie juntillas o al pie de la letra; a simple vista o por la apariencia inicial; por lo que parece o como si algo fuera tomado en serio; y, finalmente, también con su propio y lógico sentido literal: el valor acordado, real o nominal que algo posee. En otras palabras, jamás será posible aislar el sentido de la expresión de su fundamental contexto. Como pudiera insinuarse –para muestra de ejemplo– nada obsceno ha de implicar una "frase hecha" como aquella de "hablar a calzón quitado"...

Como puede verse, lo que importa en el giro idiomático no es tanto el significado individual de las palabras que lo integran, sus componentes, sino más bien aquella fuerza convencional o cultural constituida por el influjo de la costumbre. En cuanto a esto, existe un factor adicional: la forma de expresarlo en cada región, país o localidad. Así por ejemplo "echarse la pera" nada quiere decir en la Argentina; expresión que se manifiesta en ese país como "hacerse la rata" o “hacer la rabona” (nótese la identidad o parecido), frase que en España se conoce con la curiosa expresión que nunca nos llegó a América, esa de "hacer novillos"...

Busco en el diccionario Merriam-Webster por otros sinónimos y por diferentes maneras de usar esta expresión de propósitos múltiples que es “at face value”, encuentro un ejemplo final: "después de todas sus mentiras, ya nada de lo que diga puede tomarse como algo verdadero ("at face value"). Así confirmo como un mismo modismo o giro idiomático puede tener significados no sólo distintos sino también opuestos y hasta contradictorios. Así reafirmo que "at face value" puede significar tanto valor real como valor aparente y la interpretación que le demos, nuevamente, solo puede depender del contexto general de la frase. Así, podemos lograr dos sentidos opuestos y nada menos que con la misma expresión...

Parece mentira, pero bien se puede tomar esta afirmación al pie de la letra. O sea, y otra vez, at face value…

Sydney, Australia.

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05 octubre 2015

La era de las cucarachas *

* El presente artículo fue escrito por Caterina Fake y me llegó vía Linkedin. Lo he traducido con la ayuda de Google Translate, y soy responsable de su reedición.

Una plaga está llegando que va matar a los unicornios; lo han predicho los pronosticadores de tecnología de todo el mundo. Las valoraciones infladas e insostenibles, un mercado inestable de valores, una China débil, y las consecuencias del excesivo entusiasmo están apuntando a lo inevitable. Y, a medida que se vayan cayendo los unicornios, se van a llevar consigo a muchos principiantes más pequeños y desprevenidos hacia el abismo. Durante muchos años la comunidad de riesgo de nuestra industria ha seguido una estrategia de inversión basada en el unicornio, que ya ha herido a aquellos caballos de trabajo que se han puesto en marcha. Y las consecuencias de la plaga afectarán a nuevas empresas, de todos los tamaños y con diferentes perspectivas.

Las cosas buenas suceden lento, y desde la recuperación de la debacle del 2008 hemos estado viviendo a lo grande, pues la inversión ha sido fácil de conseguir. Pero las cosas malas suceden rápidamente. Y los altibajos son inevitables.

¿Quiénes van a sobrevivir? Como siempre, las menos glamorosas -pero más resistentes- cucarachas. Ellas han sobrevivido a los asteroides del fin del mundo y a la extinción de los dinosaurios. Pueden vivir durante seis semanas sin comida. No son selectivas con lo que engullen; no necesitan azúcar, materia que otros insectos anhelan. Pueden subsistir con grasa, cabellos, o pegamento. Carecen de glamour, son feas y sin pretensiones. Generalmente, usted no las ve. Se mueven rápido!

Las empresas que quieran sobrevivir a la crisis  financiera que se avecina tendrán que actuar con rapidez, reducir costos, y planificar un futuro sin mucho dinero en medio de ella. Tendrán que despedir personal, dejar su oficina costosa del centro y moverse a los suburbios poco atractivos, rebuscar entre modelos de negocio que generen ingresos, tendrán que eliminar proyectos que no vayan a ninguna parte, en suma: vivir con menos. Siempre es tiempo para ser la hormiga y no la abeja. Si usted necesita adaptarse, ya debería haberlo hecho. El mejor momento para comenzar fue hace seis meses. Y el segundo mejor momento sigue siendo ahora.

Después de la peste y el flagelo que seguirá, el humo se diluirá y usted mirará a su alrededor para ver quién sigue en pie, y solo verá a las cucarachas. Las cucarachas serán menos en número, y más escuálidas, y habrán sobrevivido en un momento de mayor hambre y menos bombo, pero encontrarán un mundo donde los equipos talentosos serán más fáciles de conseguir y más leales a las empresas que los contratan. Los espacios de oficina se habrán liberado, y serán más baratos. Muchos temibles competidores, otrora bien financiados, habrán desaparecido.

Lo mejor de los tiempos de vacas flacas, contra aquel de vacas gordas, es que las nuevas empresas se verán obligadas a ser más creativas respecto a los productos que fabriquen, a ser más inteligentes con relación a quiénes contratan y a cómo la empresa invertirá su tiempo. Las restricciones inspirarán una mayor creatividad.

La era de los unicornios está terminando, pero la de las cucarachas está recién empezando. ¡Alabado sea!

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15 septiembre 2015

Del Popocatépetl al Cotopaxi

Algo de onomatopéyico encontré en ese nombre desde siempre. Lo cierto es que -aunque es probable que lo haya escuchado desde mucho tiempo antes- un cierto día lo empecé a oír con mayor y mayor frecuencia. Eran mis primeros vuelos a esa ciudad contradictoria y enigmática que es la capital mexicana. Allí, en ese par de días de descanso que el itinerario nos regalaba (nunca mejor expresado), habíamos empezado a explorar lugares como Chapultepec o el mercado de la Lagunilla, las pirámides de Teotihuacán o un abreviado paseo a Tasco y Cuernavaca.

Más tarde, leyendo esa novela no exenta de simbolismo que es "Bajo el volcán" de Malcom Lowry, descubrí que el nombre Cuernavaca no era sino una deformación castellana de una voz náhuatl que quería decir "lugar avecinado a los árboles" o "lugar que queda junto al bosque" (Cuauhnáhuac). Era el mismo lugar que un antiguo visitante de nuestras tierras, el alemán Alexander von Humboldt, lo había bautizado como "La ciudad de la eterna primavera". Pero, nunca llegué a satisfacer ese corto periplo que se publicitaba desde la Ciudad de México; y, hoy mismo no sé si aquello se debió a carencia de tiempo o a escasez de presupuesto. Quién sabe!, a lo mejor fue también el exceso de otros menos santos quehaceres...

Años después volví a escuchar con intensidad aquel nombre. Un escuálido aviador de traviesa catadura, un día me había comentado en Singapur su díscola aventura inenarrable... Había salido desde el aeropuerto de la Ciudad de México a realizar un vuelo de prueba en su antigua aerolínea, se había dirigido “hacia el sur de la estación" para efectuar unas comprobaciones mecánicas y, al divisar abajo el aeropuerto de Cuernavaca, le entraron de pronto unos incontrolados deseos de realizar un "paso rasante" con su Boeing 727 sobre la cinta de asfalto. Entonces, y a pesar de que la pista no estaba certificada para un probable aterrizaje, un súbito e inquieto demonio interior le desafió a intentar aquella maniobra poco aconsejable.

Efectuado el impensable desatino, pronto "el flaco" pudo advertir que un nutrido grupo de amigos, vecinos del exiguo aeropuerto, se habían enterado de la operación y habían venido a felicitarle. Cedió entonces a los llamados de la vanidad, apagó sus motores y decidió aceptar una breve invitación a la residencia campestre de uno de sus "cuates". Fue cuando lo que Manuel nunca creyó que pudiera pasar pasó y, cuando regresó a encender sus motores para intentar el precario despegue, pudo advertir que la UPA (así llaman en México a la fuente auxiliar de poder) se resistía a arrancar y no permitía encender los motores de la desatendida aeronave...

Su inevitable suspensión de vuelo vendría más tarde... Nunca habría yo imaginado una historia tan díscola y ajena a la personalidad del –en apariencia– tranquilo personaje. Jamás me hubiese imaginado que talante tan enjuto y desgarbado pudiera albergar semejante coraje. Serían estos para mí los indelebles recuerdos de un apacible colega de flota de memoria tan querida como inolvidable.

Ha pasado el tiempo. Hoy miro hacia el meridión, igual que lo hacía hace casi cuarenta años, oteando el horizonte desde la terraza de uno de los derruidos edificios de la Ciudad de México, y ya no descubro las siluetas del Popocatépetl o del Iztaccíhuatl -la Mujer Dormida- sino la cónica y, hoy, ominosa geometría del impredecible Cotopaxi. Nunca habría de sospechar, aun en mis más imaginativos sueños, que un volcán que había considerado extinto, habría de iniciar un ciclo de alarmantes advertencias con sus persistentes bocanadas de humo y su pertinaz ceniza inagotable. Tampoco hubiera imaginado que, pasado el tiempo, un día mi propia morada estaría ubicada en la ribera misma de un río asaz tranquilo, cauce probable de amenazantes lahares, preñados de destrucción insospechable!

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10 agosto 2015

La cosa en sí

Tengo que hacer una concesión: aunque soy proclive a dejarme llevar por los devaneos de la filosofía, en cambio tengo que confesarme desafecto e inútil para desentrañar el sentido de muchos de aquellos términos que por ahí se usan y que son inherentes a la teoría filosófica.

Caigo, por ejemplo, en esta reflexión cuando consulto en el diccionario el sentido de la voz "noúmeno", incorrectamente acentuada como "nóumeno" en el cuento del mismo nombre de Adolfo Bioy Casares, de su colección "Historias desaforadas". Si la primera acepción me conduce a un laberinto ("aquello que es objeto del conocimiento racional puro en oposición al fenómeno, objeto del conocimiento sensible"); la segunda se refiere a "la cosa en sí", y no resulta menos intrincada: se define en filosofía como la "realidad hipotética independiente de las posibilidades del conocimiento humano"... ¡Vaya confusa y nada esclarecedora explicación!

Llego a estas entretenidas disquisiciones cuando reviso el nombre de un personaje que por algún motivo encuentro familiar, el del catalán Raimundo (o Ramón) Lulio, un multifacético y prolífico religioso medieval que habría influenciado en pensadores de la talla del alemán Godofredo Guillermo Leibniz. A Lulio se atribuye una de las más antiguas novelas de la literatura universal, si no la más antigua, una que habría de identificar al catalán como "la lengua de Lulio", de la misma manera que se conoce al inglés como la de Shakespeare, al portugués como la de Camões, o al español como la de Cervantes. Me refiero a "Blanquema", que fuera escrita tan temprano como en 1283, más de trescientos años antes de publicado "El Quijote".

Es probable que haya reparado en el nombre de Lull, Llull, Lulius o Lulio, en una voluminosa novela escrita por el desaparecido Roberto Bolaño. Si mi memoria no me es ingrata, creo que se mencionaba una supuesta creación suya, una "máquina de hacer pensamientos" o de pensar. Lulio se habría convertido al cristianismo luego de una vida desordenada y licenciosa; se aduce que habría tenido una revelación que motivó su transformación. Su muerte como un mártir en sus tareas misionales le habría reservado un lugar en los altares. Lulio no solo ha sido reconocido como escritor y matemático, como teólogo y místico. La Iglesia le ha asignado una fecha en el santoral y lo reconoce, en forma un tanto controversial, como uno de sus santos.

Aquí quizá sea oportuno hacer una breve digresión: en el mismo cuento de Bioy Casares que comento, hay una referencia a un lugar un tanto mítico que alguna vez me propuse encontrar en Buenos Aires y que se menciona en el tango Garufa, que dice así: "Del barrio la mondiola sos el más rana y te llaman Garufa por lo bacán, tenés mas pretensiones que bataclana que hubiera hecho suceso con un gotán. Garufa vos sos un caso perdido, tu vieja... dice que sos un bandido, porque supo que te vieron, la otra noche, en el Parque Japonés..." Si bien el sitio existió en Buenos Aires, hoy es un parque desaparecido. Mas, es probable que la letra insinúe con aquello de "bandido" una excursión a un prostíbulo, por el sentido de la palabra Garufa en el lenguaje del bajo fondo, conocido en Argentina como lunfardo.

De vuelta al personaje catalán, Raymundo Lulio sería inclusive un anticipado precursor de los computadores modernos. Es más, se insinúa que el mallorquín (había nacido en las Islas Baleares, que se habían integrado al Reino de Aragón) fue también uno de los primeros promotores de algo que, con el tiempo, ha dado margen a múltiples controversias: la metodología usada para aplicar un sistema de votación que represente en forma más ecuánime la intención de una determinada mayoría. Lulio habría renunciado a su familia para ingresar en la Orden de San Francisco, pasando a dedicar su vida a la conversión de los musulmanes.

Muchos años después de su muerte, la Iglesia desautorizaría parte de las ideas de Ramón Lulio. Sorprende reconocer que vivió hace setecientos años. Sus variados intereses  dejaron su huella en el racionalismo de Leibniz o en la cosmología del dominico Giordano Bruno (quemado en la hoguera en el Campo di Fiori en Roma, por la herejía de creer, como Copérnico, que la tierra daba las vueltas y los cielos permanecían fijos; y que podía haber vida inteligente en otros lejanos lugares). A mis años, Ramón Lulio me lleva a pensar en conceptos oscuros, como en el objeto del conocimiento sensible, o como en aquello otro que no entiendo: "la cosa en sí"...

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02 agosto 2015

Augurios y coincidencias

De pronto, la gente se ha puesto a ubicar en el mapa a una pequeña isla francesa situada hacia el oriente de otra isla enorme: la de Madagascar. Esta última, se encuentra también hacia levante de la costa oriental de África. La pequeña isla a la que me estoy refiriendo, ha tenido diferentes denominaciones a través del tiempo y ahora se la conoce como “Isla de la Reunión”; constituye un territorio francés de ultramar. Muchas veces sobrevolé esa isla volcánica; al igual que otra de similar apariencia y tamaño, su vecina la Isla de Mauricius. Tanto Reunión como Mauricio son tan solo un par de veces más grandes que nuestra isla Puná o quizá tripliquen en tamaño a otra con la que estoy más familiarizado: Singapur, isla que, a su vez, no tiene sino algo más de setecientos kilómetros cuadrados.

Ahí, en la Reunión, parecería que en forma casual habrían sido localizados restos de lo que bien pudiera tratarse del avión malasio que se extravió en forma misteriosa hace alrededor de dieciséis meses cuando efectuaba un vuelo entre Kuala Lumpur, la capital de Malasia, y Beijing, la capital de la China. Por un motivo que nunca dio margen a una coherente explicación, tan pronto como el vuelo MH370 de Malaysia Airlines habría alcanzado altitud de crucero, y había cambiado de centro de control, luego de despedirse de las autoridades de su país de origen, tomó un extraño rumbo reverso en forma incomprensible y entonces desapareció de los radares, dando pábulo así a uno de los más misteriosos como inexplicables episodios de la historia de la aviación mundial. Nunca se supo nada: ni del moderno y enorme Boeing 777 –triple siete- ni de sus 230 ocupantes.

El aún no explicado hallazgo no está exento de una cierta dosis de ironía… La isla había sido cuna de un famoso aviador, uno de similar prosapia a la de Charles Lindbergh, o de Antoine de Saint-Exupéry o de mi tocayo Alberto Santos-Dumont. Se trata nada menos que de un joven piloto que se había destacado en los albores de la aviación moderna hacia principios del siglo pasado y que más tarde, debido a su afición por el tenis, daría su nombre a un famoso estadio parisino donde se celebra anualmente uno de los cuatro torneos mejor conocidos y más importantes del mundo. Él fue el primer aviador en realizar la hazaña de cruzar el Mediterráneo en un vuelo de casi seis horas. Su nombre era Roland Garros; fallecería en un combate aéreo cuando solo contaba con treinta años de edad.

Por curiosa casualidad, fue también en la Reunión donde se produjo la primera epidemia de una infección que es transmitida por mosquitos, la misma que en forma reciente ha producido enormes estragos en las regiones costeras de nuestro país: la plaga de la chikunguña, una infección que, según se reclama, habría contagiado a principios de este siglo a una cuarta parte de la población total de esa isla de un millón de habitantes, segando la vida de por lo menos doscientas personas. La isla se encuentra en la zona ecuatorial del Océano Índico y es proclive al virulento efecto de las implacables enfermedades tropicales.

El mundo se encuentra a la espera de que el hallazgo se confirme; pues, como por ahora se barrunta, los restos hallados de un pedazo metálico de alerón pertenecerían al avión desaparecido. Los vestigios del aparato presuntamente encontrado demostrarían que el avión se habría siniestrado en las aguas del océano y sus partes habrían sido arrastradas por las corrientes marinas hasta aparecer en las orillas de esta isla francesa, en forma tan sorprendente como enigmática. Sin embargo, la sola aparición de los restos no explicaría por ahora el motivo del siniestro, y tampoco sería garantía de que más tarde se habrían de localizar otras partes o componentes. No obstante, permitiría conocer qué sucedió, aunque perduren las incógnitas del cómo y del por qué...

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07 julio 2015

Un brindis por la curiosidad

En días pasados acudí a un sencillo pero significativo homenaje: se trataba de la celebración de fin de estudios de una de mis más queridas primas. No se trataba, por lo mismo, de aquella celebración juvenil y tradicional cuando el graduado ha satisfecho los académicos requisitos al cumplir un cuarto de siglo o algo menos. Como se habrá de barruntar, se trataba de una culminación estudiantil cuando la homenajeada ya había empezado a disfrutar los llamados años dorados de su vida. Sí, ahora la abuela había dado testimonio no solo de curiosa humildad, sino también de perseverancia. Aquella prima, con quien compartiera tantos y tantos episodios de la infancia, había vuelto a estudiar y se había graduado con porfía…

Como muchas veces pasa, no me pareció que sería a mí a quien correspondía decir aquella noche unas pocas y sentidas palabras. Al fin y al cabo, no solo era ese un logro suyo, sino también el de toda su familia más íntima. Accedí a hacerlo, sin embargo, pues quizá -como lo expresé- era yo en el tiempo, con la sola excepción de sus padres, quien más la conocía. Con ella hemos compartido tantas cosas desde niños, que dejar que el corazón hable no deja de ser fácil, y uno entiende que ese homenaje es un gesto de reverencia a quien supo rendirle tributo a la inquietud, a la curiosidad y a quien nunca transigió a ese gesto que nos identifica como humanos: el doblegarse ante cualquier forma de aprendizaje.

Recordé entonces una frase del nunca olvidado pensador vasco Ramiro de Maeztu, aquella de que “la patria es una melodía inacabada” y decidí hacer un paralelo entre aquella a la que se refiere el aforismo, y aquella otra patria tutelar, la de la infancia, que supo acogernos a los dos en el tiempo. Expresé entonces que sentía que era esa infancia, que nos identificó por la curiosidad y el ávido deseo de aprender, la que realmente era la melodía, la poesía y el sueño que habían quedado incompletos; pero que era la vida -que siempre actuaba con nosotros como un sabio maestro- la que nos señalaba el camino para perseverar en el ejercicio de la curiosidad y la que nos daba la oportunidad de “aprender”.

El poderse abrir al conocimiento entraña no solamente el deseo -por tardío que se exprese- de conocer más y de aprender, demuestra ante todo el humilde reconocimiento de que no sabemos o de que sabemos menos. Por ironía, solo cuando hacemos este esencial y humilde reconocimiento estamos en capacidad de aprender y de aprehender, valoramos nuevas cosas y nos definimos como seres humanos y damos rienda suelta a nuestro destino como hombres. Solo aprendiendo valoramos la opinión de los ajenos, solo así nos exponemos a las nuevas ideas y a los nuevos conceptos; desafiamos nuestras propias ideas y creencias, aprendemos a dialogar, a confrontar y a compartir. Somos hombres.

Existe un formidable apotegma, expresado por un filósofo de la antigüedad y que se atribuye a alguien que nunca dejó escrito nada, el sabio Sócrates: “Solo sé que no se nada y, al saber que no sé nada, algo sé; porque sé que no sé nada”. Esta es una sentencia que nos invita a examinar nuestras limitaciones y a conceder ante nuestra condición humana. Es un adagio que nos recuerda que la vida no es más que esa infancia inacabada que nos invita a crecer y a seguir aprendiendo; y que, ante todo, nos obliga a vernos cada día en el espejo para aceptar con Lewis Carroll que “no somos más que niños pequeños que no quieren ir a acostarse”…

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