27 noviembre 2015

Jubileo y jubilar

De tarde en tarde experimento una sensación extraña cuando llego a casa. Es el mismo sentimiento que me invadía cuando descubría en la escuela que un torvo condiscípulo, caracterizado por su díscolo comportamiento, había rayado en mis bien cuidados cuadernos; fue la misma impresión que hace cuarenta años sentí, cuando descubrí que la tierna hija de mi fiel empleada, una dulce muchachita en edad de parvulario, y que hoy ha de ser ya flamante abuela, había tomado los marcadores con que resaltaba la información más importante en mis pesados manuales del Boeing 707, y los había rayado sin misericordia ni indulgencia...

Y es esa la misma impresión que siento cuando llego a casa y advierto que una mano misteriosa parece haber alterado la disposición de muebles, adornos y más elementos. Una inicial reacción de inconformidad y rechazo se instalan en mí, solo para dar paso a una paulatina adaptación y al posterior convencimiento de que, aquel nuevo orden y disposición, resulta más adecuado y práctico y que, incluso, la nueva decoración se ofrece como mejor y más conveniente.

Esta es idéntica sensación a la que hoy experimento, cuando consulto el nuevo diccionario en línea de la Real Academia, ya no aquel que encontrábamos en “lema.rae.es”, sino en “dle.rae.es”, el mismo que en estos días invariablemente nos direcciona hacia el primero. Y es que, quizá debido a su distinta presentación y a su todavía -para nosotros- ajena disposición, el nuevo diccionario nos impulsa con insistencia al inconsciente propósito de volver a consultar con el anterior, sin que al hacerlo nos diéramos cuenta de las mejoras y diferencias; y, por lo mismo, de las ventajas que contiene el flamante diseño.

Caigo en cuenta de estos inesperados beneficios cuando consulto voces como el sustantivo “jubileo” y el adjetivo “jubilar”, y descubro que el nuevo esquema incorpora una ayuda etimológica, referencia que deberían tener todos los más completos diccionarios. Así confirmo que aquello de jubilarse y jubileo tienen una implicación que va mucho más allá de la acción de retirarse o conseguir una compensación de retiro, que producen júbilo y alegría; que dichos términos tienen una estrecha relación con una cláusula cronológica que en sus lejanos orígenes consistía en siete semanas de años, es decir en cincuenta años. Porque eso fue precisamente lo que en un comienzo fue el "año jubilar"; un año que, luego de cuarenta y nueve, los judíos no sembraban ni cultivaban la tierra, ¡un año sabático en el que la dejaban descansar!

De hecho el más lejano origen del término jubileo sería el de una voz hebrea relacionada con el cuerno del macho cabrío, artilugio que era utilizado para anunciar las buenas nuevas y celebrar con alegría. Luego, el término se habría emparentado con una voz latina que implicaba algo parecido, la sensación de júbilo, exultación y celebración. Por ello, hacia el año 1300 la Iglesia habría adoptado un año especial -el “jubileo”- cada cincuenta años, para dispensar consideraciones especiales y otorgar pródigas indulgencias.

Pero, tan pronto como se instauró el año jubilar católico, parece que alguien olvidó el sentido original de la voz jubileo, es decir su significado de "cincuenta años", y propuso que esta celebración pasara a conmemorarse cada veinticinco! Esto me recuerda una jocosa iniciativa que se produjo alguna vez en una ciudad cercana, en donde cada dos años se celebraba una bienal artística (bienal quiere decir justamente “cada dos años”), que habría sido tan exitosa que quisieron repetirla cada año seguido… Mis hijos y sobrinos, que organizaban una olimpíada deportiva cada cuatro, tuvieron también parecida ocurrencia: la disfrutaban tanto que consideraron como más provechoso realizarla más bien cada dos...

Debe haber sido en esa pequeña capillita que había hacia el final de la calle Caldas, esa misma que más tarde se convertiría en la Basílica del Voto Nacional, un lugar en el que sus abandonadas columnas fueron testigos de mis más tempranos escarceos pugilísticos, donde escuché quizá por primera vez la palabra jubileo. Muchos años más tarde, y cuando ya prestaba mis servicios como comandante en la Singapore Airlines, me enteré de un concurso interno, que había sido promovido para bautizar con un nombre distintivo al recién incorporado Triple Siete. El apelativo escogido fue precisamente el de Jubilee, o Jubileo, para conmemorar los primeros cincuenta años de esa compañía aérea.

En cuanto a que jubileo sea ahora equivalente a veinte y cinco años, y no a los cincuenta que servía de referencia al pueblo hebreo para emancipar a sus esclavos, no queda sino ampararse en una lingüística conmiseración o, mejor dicho, en una liberal y generosa indulgencia…

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16 noviembre 2015

Los remos de la voluntad

Parece mentira. Son ya más de cuarenta y siete años desde que realicé mi segundo viaje internacional (esto si no he de considerar como internacionales los múltiples mini periplos que efectué con mi padre a Ipiales, mientras él se desempeñaba en una función de carácter administrativo, en la fronteriza ciudad de Tulcán). Se trató ese de un viaje de entrenamiento a Caracas, o no sé si exactamente de adoctrinamiento; eran tiempos en que participaba, con otros amigos que luego desempeñaron importantes designaciones y cargos públicos, en un movimiento juvenil que respondía al nombre de Palestra, palabra tomada del latín, y esta a su vez del griego, que quiere decir lucha, o más exactamente “lugar para luchar”.

El desplazamiento se satisfizo gracias a “una especie” de beca. Digo especie porque quienes lo facilitaron, o lo hicieron posible, fueron varios patrocinadores. Se trató, en este caso, del aporte de compañeros del mismo movimiento que participaban con su propio peculio para ayudar al financiamiento del viaje, y principalmente de la erogación que representaba el transporte aéreo. Recuerdo el viaje como si este hubiese ocurrido hace tan solo unas pocas semanas, lo hice en Avianca y el avión era un Boeing 727, el mismo que, según notificaba una placa recordatoria colocada en su ingreso delantero, había sido escogido para transportar al Papa un año atrás.

Llegué a Maiquetía en horas de la noche, era esa la primera vez que utilizaba una pista de aterrizaje en horas vespertinas; me llamó la atención el color azulado de las luces colocadas en la pista, que más tarde habría de reconocer que identificaban a las calles de rodaje. Vino uno de mis amigos a recogerme en el aeropuerto, para luego transportarme, desde La Guaira hacia Caracas, por una autopista sorprendente donde se destacaban puentes y túneles que entonces deben haberme parecido interminables. Pronto llegamos al lugar de mi primer alojamiento: una villa situada en el acomodado sector de Colinas de Bello Monte, en la avenida Ocumare.

Eran esos, tiempos de campaña política. Tiempos de un marcado bipartidismo que, al parecer, se había consolidado luego de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. La contienda era en esos años entre “adecos” y “copeyanos”, los simpatizantes de Acción Democrática y un movimiento conocido como COPEI, y que se identificaba con la Democracia Cristiana Internacional, en donde destacaba quien resultaría el futuro presidente de Venezuela, un individuo de enorme atractivo personal, a quien tuve el privilegio, días más tarde, de saludar personalmente: Rafael Caldera.

Uno de los eslóganes de la campaña copeyana era justamente una expresión muy local que tiene un diferente significado (o quizá ninguno) en el Ecuador: “Vamos a echarle pichón”, expresión abreviada que quiere decir “vamos para adelante o para arriba”, grito de impulso o de estímulo que recoge la frase autóctona de “echarle pichón a la cosa”. Allí, en ese mi primer viaje a la tierra de Bolívar, habría de aprender el significado de muchas otras palabras y curiosas expresiones, muchas francamente contradictorias, o por lo menos distintas, como pelón, catire, carajito o carajita, y una que me produjo mi primer susto social: esa de “tirar un palito”…

Aquel “vamos a echarle pichón” era un grito de guerra, una invitación al coraje, un manifiesto al servicio de la positiva voluntad. Años más tarde, en mi primer viaje a Santander, fui a visitar los galeones en que un aventurero español, Vital Alsar Ramirez, había navegado desde América a la costa cantábrica. Allí, en una lápida conmemorativa que destacaba la perseverancia y temeridad de aquel héroe, se mencionaba la dimensión de la náutica odisea, junto a una no muy aerodinámica carabela que habría sido construida en nuestra patria. El recuerdo hacía honor a la expedición que se había titulado: “Francisco de Orellana. El hombre y la mar”.

La conspicua placa rezaba así: “Estos galeones fueron construidos con espíritu romántico, fe y voluntad en los Andes, Alto Amazonas, Ecuador, rememorando a Francisco de Orellana. Navegando el Amazonas y surcando la Mar Océana”. Y seguía: “Ofrenda de unos hombres a la humanidad”. Concluía la leyenda con una frase del propio Alsar: “La fe es la barca, pero solo los remos de la voluntad la llevan”, una forma española de expresar el más positivo de los entusiasmos. Quizá otra manera de decir lo mismo, ese sugerente “vamos a echarle pichón”…

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08 noviembre 2015

"Limpia, fija y da esplendor"

El español, o para ser más exactos, el castellano, es una lengua romance que proviene del latín vulgar y que, actualmente, es hablada por más de quinientos millones de personas, para la mayoría de las cuales, es su lengua nativa o materna. Pero, ¿cuál es el verdadero origen del español?, ¿se formó, en tiempos del Imperio Romano, con la adaptación de palabras latinas para enriquecer una lengua autóctona?, ¿o fue quizá un proceso inverso; es decir, se trató, más bien, de un idioma extranjero que luego se fue transformando con la influencia de otra lengua que ya se hablaba en algún lugar de lo que hoy se llama España?

Esta segunda posibilidad es hoy considerada como la más probable. Ya un tal Antonio Martínez de Cala y Xarana, mejor conocido como Antonio de Nebrija, sugería que el origen de nuestra lengua no era otro que ese latín contaminado que habían llevado los visigodos a la península ibérica. Antonio habría nacido en un municipio de Sevilla conocido como Lebrija (de allí su nombre) y fue nada menos que el insigne autor de la primera gramática castellana, el mismo año del descubrimiento de América. Se le reconoce autoría, además y poco después de esa fecha, de la preparación de los primeros diccionarios bilingües latín-español y español-latín.

Este apelativo, el de Nebrija, no es exactamente la deformación de un nombre. Lebrija fue conocida en tiempos remotos como Nebrissa Veneria, identidad asociada con la caza mayor, porque en sus comarcas parece que fue famosa la cacería de venados. De vuelta a este ilustre gramático y académico, Nebrija había viajado de joven a Italia y ya de regreso a España había adoptado el nombre de Elio para luego dedicar su vida al servicio de la lengua, y en particular de la filología y gramática castellanas. El trabajo precursor de Nebrija habría dado pábulo para los esfuerzos posteriores (1611), realizados por Sebastián de Covarrubias, el autor del famoso Tesoro de la lengua castellana, o Tesoro, que constituye el primer diccionario monolingüe que tuvo la lengua española.

Covarrubias se habría inspirado en un tratado de etimología preparado (en latín) por Isidoro de Sevilla nueve siglos antes; basado en la idea de que el origen de las palabras se relacionaba con su significado original. Hay algo de curioso en los motivos de Covarrubias: quería encontrar la probable relación de ciertas palabras hebreas con el castellano. Eran tiempos en que se creía, en ciertos ámbitos, que el hebreo había sido la lengua original de la humanidad (antes de la Babel mítica). El estilo de Covarrubias fue imitado más tarde por otros investigadores de nuestra lengua: como escritura en primera persona; comentarios de historias o anécdotas; equivalencias en latín; y, sobre todo, el uso de ciertas voces por parte de “autoridades” o personas de prestigio literario.

Ahora bien, el nombre verdadero de Sebastián de Covarrubias y Orozco era realmente Sebastián de Orozco y Covarrubias. Lo que sucede es que su padre había sido un “cristiano nuevo” e hijo de una judeo-conversa. Por lo que se sabe, su madre era considerada “cristiana vieja”; por lo mismo, y para los estándares de la época, basados en prejuicios religiosos (no olvidemos que aquellos eran tiempos del Santo Oficio y de la inolvidable Inquisición española) la doña estaba reconocida como “de mejor linaje”… ¿Estaba don Sebastián influenciado quizá por sus orígenes sefarditas? Quién lo sabe! Lo cierto es que Covarrubias creó un puente entre aquellos trabajos de Nebrija y el que se convertiría en el primer diccionario de la Real Academia Española: el Diccionario de autoridades (1726).

Este indispensable diccionario (con perdón por el adjetivo) se habría inspirado en otros precursores: los pertenecientes al francés y al italiano; su principal inspiración parece haber sido la de crear un instrumento que sirviera para cuidar y promover la pureza del castellano, evitando neologismos, copias y préstamos innecesarios. De allí que su lema era ese justamente: “Limpia, fija y da esplendor”. Se lo llamó "de autoridades", como se indica, porque se respaldaba en el uso que habían dado, a ciertos términos, en el pasado, autores reconocidos y de prestigio, como lo fueron Quevedo, Lope, Calderón, Góngora o Cervantes.

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31 octubre 2015

Llamado a maitines

Sí, como en los viejos tiempos; hoy tuve que madrugar. En este caso, la utilización del verbo se convierte tan solo en un decir puesto que, por una razón que solo puede estar emparentada con el avance de mi edad, todos los días me despierto muy temprano. Reflexiono, y hago una necesaria digresión: ¿en qué mismo consiste madrugar?, en despertarse a horas que se convienen en prematuras o más bien en levantarse más temprano?

El título de la entrada me he sustraído esta vez de las páginas de "Confesiones de un inglés comedor de opio" de Thomas De Quincey. Este es justamente el pequeño libro que he concluido de leer esta misma madrugada. Qué es el opio? Se lo fuma o se lo come? Quién fue ese extraño individuo que nos legó su experiencia con ese elixir de la adormidera o con esa otra droga, emparentada con el opio, que el suizo Paracelso llamó "láudano"? Este otro personaje fue un alquimista, nacido hacia finales del SS XV; su nombre completo era Teofrasto Felipe Aureolo Bombasto von Hoheinheim, lo conocían también como Teofrasto Bombasto de Hoheinheim, pero él había escogido un sobrenombre latino que quería decir nada menos que "igual o mejor que Celso".

A veces hablamos del opio (no era Marx quien había dicho que la religión era el opio de los pueblos?) y, la verdad sea dicha, a más de suponer que es efectivamente una droga, jamás hemos olido o probado, y ni siquiera visto cómo luce, esa tan particular substancia que incluso diera margen a una guerra de enormes implicaciones. Haya sido esta como haya sido provocada; si por razón justificada, si por subterfugio o si por pretexto.

La guerra del opio la libraron China y Gran Bretaña y solo estaba sustentada en lo que hoy pudiera llamarse la necesidad de equilibrar la balanza de pagos entre esas dos naciones. En la idea de perseguir dicho propósito, Inglaterra introdujo en China enormes cantidades de esa substancia, creando dependencia en ese alcaloide en un número significativo de personas de escasos recursos, creando así un grave desequilibrio de otro orden: esta vez, médico y social...

El libro de De Quincey se publicó hace casi doscientos años (1821), su prosa es espléndida y el autor no hace sino glorificar los efectos de una sustancia que antiguamente se la usaba sobre todo con fines medicinales. El láudano, que no es sino opio mezclado con otros ingredientes y también con una base alcohólica, incorpora otros elementos como la morfina, la codeína o la narcotina. De Quincey da testimonio de que utilizó opio por alrededor de diez años; en ese tiempo, el opio era ingerido principalmente en forma comestible que, según el británico y otros entendidos, es la forma más efectiva y rápida de conseguir los efectos deseados.  
El británico proclama con altivez que no tiene sangre noble y que tampoco le distingue ninguna relación aristocrática. Las principales ventajas de su crianza fueron la integridad de su padre y la intelectualidad de su madre. “Estos son los honores de mi ascendencia -dice en referencia a su ilustre herencia-; no tengo otros y he dado sinceras gracias a Dios por no tenerlos ya que, a mi juicio, una posición que eleva demasiado al hombre por encima del prójimo no es la más favorable para las cualidades morales o intelectuales"...

De Quincey actuó a veces como vagabundo y confiesa que más de una vez se encontró carente de alimento y estuvo a punto de morir de hambre. Sus merodeos peripatéticos lo llevaron a experimentar ambientes no sólo bohemios sino también sórdidos, situados en los lóbregos subterráneos del bajo mundo. Por eso resulta interesante su apología de la vida en la calle. Su oda a Oxford Street ("madrastra de corazón de piedra") es una pieza literaria notable.

Pero la mayor defensa que realiza De Quincey es a esta misma substancia que ha sido denigrada por el mundo moderno: “aquí estaba, descubierto de un golpe, el secreto de la felicidad sobre el que disputaron los filósofos a través de las edades; la felicidad podía comprarse por un penique y llevarse en el bolsillo del chaleco”… Así defiende a una sustancia que, lejos de producir aquel embotamiento que aduce que provoca el vino, subraya que provoca efectos que potencian y dan mayor nitidez a los que, en condiciones normales, experimentan los sentidos: “mientras el vino desordena las facultades mentales; el opio, por el contrario (si se toma de manera apropiada), introduce en ellas el orden, la legislación y la armonía más exquisitos”...

Los Ángeles, USA

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23 octubre 2015

Yo tengo una muñeca...

No. No tuve, ni tengo, ni tendré. Nunca tuve una muñeca vestida de azul, zapatitos blancos, delantal de tul... Lo que tengo son recuerdos de esa canción infantil que no sé si alguna vez la canté, una que con seguridad escuché alguna vez entonar a mi hermana o a mis primas y en la que se utilizaba un verbo que me ha devuelto a los diccionarios y a meditar en esa extraña costumbre de adaptar la letra a las diferentes localidades y, cosa todavía más extraña, la de cambiar en forma incomprensible los significados. Así que vuelvo otra vez sobre lo mismo...

Tal como me entrega la memoria, aderezada con la cantinela de su rima elemental, la infantil tonada decía así:

Yo tengo una muñeca vestida de azul
Zapatitos blancos, delantal de tul
Le saqué a paseo, se me "constipó"
(Le metí en la cama con mucho dolor)
Que le dé un jarabe mi pidió el doctor

Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis...

Esta vez, no han sido ni mis memorias infantiles ni tampoco el cansino ritmo básico de la popular tonada lo que me ha llevado a recordar la letra que antes transcribo. Ha sido más bien el sentido contradictorio de un verbo, al que me he permitido apostillar entre comillas su pretérito perfecto y que quiere decir constreñir o restringir (y tal vez también congestionar): el verbo "constipar". Verbo que, como todos creen saber, significa acatarrarse, es decir soportar o sufrir los síntomas del catarro, de la gripe o del resfrío.

Ahora bien, lo bueno viene aquí: el mismo verbo en idioma inglés significa algo tan distinto que nos lleva al terreno de la hilaridad; porque quiere decir nada menos que sufrir los síntomas y efectos del insoportable estreñimiento. Así que, si se encuentra de viaje en un país de habla inglesa, como a mí me sucede en estos mismos momentos, no se le ocurra amigo lector insinuar siquiera al boticario que se encuentra "constipado", pues ha de suceder algo trágico e inevitable: no le van a recetar una medicina para los efectos fastidiosos del catarro, sino que, ¡oh sorpresa y confusión!, le van a administrar un poderoso laxante para aliviar ipso facto su horrorosa continencia y ese supuesto e incordiante malestar digestivo. Ah, y en cuanto a los síntomas gripales, pues nada, nadita de nada!

Por ello que he vuelto a mis enjundiosas y trascendentales investigaciones, primero para confirmar la verdadera y original letra de la tonada en cuestión y, segundo, para averiguar a qué se debe ese prurito de cambiar esas mismas letras de forma tan caprichosa y arbitraria. Así, me he topado con que no hay tal delantal, sino un gorro de tul; y que lo que aconsejó el supuesto facultativo es que a la muñeca enferma se le dé jarabe "con un tenedor" (?). Sí, así como se escucha: que se le administre un líquido con un "instrumento de mesa en forma de horca, con dos o más púas, que sirve para comer alimentos sólidos" (DRAE)...

Mas, la inquietud que en mí queda, es por qué -en primer lugar- hemos de ceder a ese anhelo persistente de alterar el sentido de ciertas voces que usamos. Quién fue el que, al utilizar la palabra por primera vez en su idioma, lo hizo en sentido inadecuado o incorrecto? Fueron quizá los sajones al aplicar el sentido latino? O fuimos los castellano-hablantes los que la empleamos en forma incorrecta y probablemente equivocada?

En cuanto a la letra original, debe cantarse "con su camiseta y su canesú", luego de aquello del “delantal de tul”. En este punto, comento que jamás había oído nada acerca del famoso "canesú". En cuanto al remedio... pues, en qué mismo quedamos? Le damos un jarabe para el estreñimiento o sería preferible uno para la tos?...

Sidney, Australia

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20 octubre 2015

Etimología de la vergüenza

Me encuentro estos mismos días en "Down Under", frase coloquial con que los británicos llaman a uno de sus territorios más queridos, una isla continente que forma -por mérito propio- parte del primer mundo: la fascinante Australia. Este es un país enorme,  alejado y recoleto; aunque incorporado a la civilización y al primer mundo; al desarrollo, al bienestar y al progreso. Australia es parte de la Comunidad del Reino Unido, un país que cuida el ambiente y ama la naturaleza; un lugar para respetar y para vivir. Eso es la sorprendente Australia.

Por eso, cuando escucho ese "Down Under" que parece contener un significado peyorativo, ese "allá lejos" que parecería implicar un "allá en el sótano de la geografía", la frase me invita a reflexionar en el desarrollo contradictorio que fueron teniendo las colonias y los territorios a lo largo del mundo y a través de los siglos... Y, en este sentido, países como Australia y su vecino, la impresionante Nueva Zelanda, incitan en mí esta necesaria reflexión y me invitan a averiguar qué se hizo diferente allí, qué pasó, por qué, cómo fue que lo consiguieron?

Cuando vengo anualmente a este rincón maravilloso, comento que hay ocho horas menos de diferencia, aunque deba contarse un día más. Dicen, sin embargo, mis amigos que eso no es correcto, porque son dieciséis horas de real diferencia. Argumento que nunca puede existir una diferencia horaria mayor a doce horas, porque esta no hace sino reflejar la máxima distancia que existe con las antípodas de cualquier lugar en el mundo; y que la fecha no es sino un convencionalismo que se ha definido para propósitos prácticos con una línea de referencia que se ha ubicado en la mitad del Pacífico... Pero debo transigir, puesto que a fin de fines la hora representa también un artificio de medición del tiempo, y este no es sino otro más de nuestros convencionalismos...

Estoy en Australia, como casi todos los años, visitando a mi hijo primogénito, el mismo que me ha dado mis únicos y primeros nietos. Uno de ellos, también el primero, habrá de hacer esta misma semana una breve presentación en ese ícono emblemático de la arquitectura mundial que es el edificio de la Casa de la Ópera, en el puerto de Sidney. Por ello, él práctica estos días previos, con furiosa insistencia, esa maravillosa composición conocida como "Una pequeña historia" de Heinrich Lichner, para su fugaz y precoz mini concierto. Será esta la primera presentación en sociedad de este entusiasta, esforzado y pequeño pianista.

Ayer lo acompañé, cargando su mochila, hasta el patio de su escuela. Conocí así a una miniatura primorosa, de ojos de color indescifrable, que intuyo que se ha robado la mitad de sus infantiles sueños. Obedece su nombre a ese mismo que popularizó, cuando yo era todavía un rapaz, la voz cadenciosa de Harry Belafonte: Matilda. Fue ese el único comentario que se me ocurrió insinuar ante la diminuta beldad; solo para ser reconvenido con la reprensión infantil de mi muy querido nieto: "Abuelo -me dijo-, I think you are embarrassing me!".

Pensé, entonces, en la probable raíz y etimología de una voz que aunque suena en inglés como emparentada, solo tiene el sentido de vergüenza, mortificación o confusión (nuestro "acholo"), y no refleja el doble sentido de esa voz cercana que es la de embarazoso, por ejemplo. Estar en una situación embarazosa implica un sentido idéntico, pero no contiene ese otro significado que en el idioma sajón se utiliza para embarazo (pregnancy). Así y todo, y más allá de una etimología que está afectada en el inglés por las lenguas del romance, existe -conjeturo yo- una connotación de carácter semántico que siempre atrajo mi atención: la cercanía de "embarrassing" con nuestra palabra embarrado o enlodado… Similitud y curiosidad que resultan ciertamente cautivantes.

Medito estos mismos días en el desafío que se acaban de hacer dos personajes de la política del Ecuador, que han optado por retarse al gesto incivilizado y pugnaz de "irse de quiños", para arreglar a trompadas sus recurrentes diferencias. Miro hacia atrás y no puedo sino recordar al "loco de enfrente", un estólido y avieso jovenzuelo, aquel demente que moraba en el barrio de mi infancia, un mozuelo torvo y enajenado a quien jamás inculcaron el elemental sentido de la vergüenza.

Sidney, Australia

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