28 septiembre 2018

Corrido *

* Por Juan José Arreola (1918 – 2001). Tomado de su libro de cuentos Confabulario.

“Hay en Zapotlán una plaza que le dicen de Ameca, quien sabe por qué. Una calle ancha y empedrada se da contra un testerazo, partiéndose en dos. Por allí desemboca el pueblo en sus campos de maíz.

Así es la Plazuela de Ameca, con su esquina ochavada y sus casas de grandes portones. Y en ella se encontraron una tarde, hace mucho, dos rivales de ocasión. Pero hubo una muchacha de por medio.

La Plazuela de Ameca es tránsito de carretas. Y las ruedas muelen la tierra de los baches, hasta hacerla finita, finita. Un polvo de tepetate que arde en los ojos, cuando el viento sopla. Y allí había, hasta hace poco, un hidrante. Un caño de agua de dos pajas, con su llave de bronce y su pileta de piedra.

La que primero llegó fue la muchacha con su cántaro rojo, por la ancha calle que se parte en dos. Los rivales caminaban frente a ella, por las calles de los lados, sin saber que se darían un tope en el testerazo. Ellos y la muchacha parecía que iban de acuerdo con el destino, cada uno por su calle.

La muchacha iba por agua y abrió la llave. En ese momento los dos hombres quedaron al descubierto, sabiéndose interesados en lo mismo. Allí se acabó la calle de cada quien, y ninguno quiso dar paso adelante. La mirada que se echaron fue poniéndose tirante, y ninguno bajaba la vista.

—Oiga amigo, qué me mira.

—La vista es muy natural.

Tal parece que así se dijeron, sin hablar. La mirada lo estaba diciendo todo. Y ni un al te va, ni al te viene. En la plaza que los vecinos dejaron desierta como adrede, la cosa iba a comenzar.

El chorro de agua, al mismo tiempo que el cántaro, los estaba llenando de ganas de pelear. Era lo único que estorbaba aquel silencio tan entero. La muchacha cerró la llave dándose cuenta cuando ya el agua se derramaba. Se echó el cántaro al hombro, casi corriendo con susto.

Los que la quisieron estaban en el último suspenso, como los gallos todavía sin soltar, embebidos uno y otro en los puntos negros de sus ojos. Al subir la banqueta del otro lado, la muchacha dio un mal paso y el cántaro y el agua se hicieron trizas en el suelo.

Ésa fue la merita señal. Uno con daga, pero así de grande, y otro con machete costeño. Y se dieron de cuchillazos, sacándose el golpe un poco con el sarape. De la muchacha no quedó más que la mancha de agua, y allí están los dos peleando por los destrozos del cántaro.

Los dos eran buenos, y los dos se dieron en la madre. En aquella tarde que se iba y se detuvo. Los dos se quedaron allí bocarriba, quién degollado y quién con la cabeza partida. Como los gallos buenos, que nomás a uno le queda tantito resuello.

Muchas gentes vinieron después, a la nochecita. Mujeres que se pusieron a rezar y hombres que dizque iban a dar parte. Uno de los muertos todavía alcanzó a decir algo: preguntó que si también al otro se lo había llevado la tiznada.

Después se supo que hubo una muchacha de por medio. Y la del cántaro quebrado se quedó con la mala fama del pleito. Dicen que ni siquiera se casó. Aunque se hubiera ido hasta Jilotlán de los Dolores, allá habría llegado con ella, a lo mejor antes que ella, su mal nombre de mancornadora.”

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22 septiembre 2018

Extraños paisajes…

Existen en la naturaleza paisajes que nos dejan absortos. Muchos de estos están caracterizados por la presencia de alguna forma de vegetación; otros, como es el caso de los macizos montañosos en las cláusulas invernales, se destacan por la primacía del blanco y el brillo de la nieve; en ellos se pueden apreciar los inusitados rasgos que van adquiriendo los contornos, ofreciendo una renovada provocación a la imaginación del hombre. Piénsese en los glaciares, por ejemplo, donde la huella de aquel soberbio fenómeno semeja la forma de portentosas autopistas, construidos por máquinas descomunales, que obedecen a un caprichoso diseño de zigzagueo imperturbable.

No es ese el caso de otros insólitos rincones que existen en el planeta, donde su condición yerma, vale decir la total ausencia de vegetación, sumada a la preponderancia de los ocres telúricos, produce un espectáculo sobrecogedor, por su aridez y sus curiosas aristas, extrañas aunque fascinantes. Fue esa la sensación que siempre experimenté, allá en mis años de Ecuatoriana de Aviación, siempre que volé sobre el interminable paisaje de los salares bolivianos y argentinos, lagos enormes y carentes de líquido contenido, donde las únicas huellas visibles parecían ser las que dejaron obcecados vehículos, cuyos temerarios conductores se animaron a desafiar la soledad, las sorpresas del azar y los embelecos de la distancia.

Muchos años después, me tocó en suerte cruzar -de norte a sur y de poniente a levante- sobre esa isla enorme, árida e interminable que constituye aquel país exiguamente poblado que se conoce como Australia. Montado en mi artilugio volador, verdadero atalaya de privilegio, he podido observar un tipo de paisaje que desde niño imaginé que solo podía encontrarse en la superficie selenita, o quizá en algún lugar ajeno a nuestro sistema. Desde arriba, aquella tierra austral semeja un portentoso y descomunal terreno en faenas de arado y siembra, donde las estrías dejadas por una mano formidable y desconocida, habrían labrado unos surcos sorprendentes con las garras de unas excavadoras desconsideradas, tercas e implacables.

Hablando de otros tiempos, y de otras edades, hubo una época que sucumbí a los escarceos y las veleidades de la pesca de altura. Quienes me tentaban, entonces, eran dos de mis más cercanos amigos; con ellos aprovechábamos de la generosa amabilidad de otros buenos amigos, los dueños de la hacienda Pinantura, la familia Delgado, y subíamos con su autorización a esa laguna de aguas mansas que se llama Mica-cocha, ubicada justo a un lado de las nieves del Antisana (Pinantura es en realidad más que una hacienda, es todo un territorio que engloba al Antisana, se acerca al Sincholagua, y se desparrama hacia el Oriente, hasta casi llegar a la población de Tena). Allá subíamos, a enfrentar el frío y poner a prueba nuestra paciencia, en busca de lo que fueron nuestro tesoro y trofeo de ocasión: las lúbricas truchas salmonadas.

A la Mica se sube a través de una hendidura, o desfiladero, que se ha formado en el promontorio delantero de la montaña, pues el promontorio oculta la vista del antiguo volcán nevado, que sólo es visible cuando se lo observa desde considerable distancia. Se llega al desfiladero a través de la población de Pintag y, mientras se sube hacia la laguna, se pueden apreciar, en el fondo del barranco, otras diminutas lagunas de aguas azabaches. Poco antes de llegar a una planicie que los lugareños conocen como “la ovejería”, el paisaje se transforma: asoma, de pronto, la huella de un antiguo glaciar, es aquella una impronta formidable; no cabe duda que fue por medio de tan escarpado lecho que descendió la lava del volcán en tiempos inmemoriales. Llaman al agreste lugar Antisanilla; es aquél un paisaje extraño, tienen sus formas un carácter áspero, escabroso, quebrado, desigual, tortuoso, salvaje…

Algo parecido es, o fue, un pequeño lugar que existe (¿existía?) cerca de la comuna de Palugo, frente a la hacienda Balbanera, en las proximidades de Pifo. Por lástima, desde hace pocos meses, el sitio ha dado paso a ciertos trabajos de nivelación y relleno, que en esos parajes se encuentra realizando la empresa española Acciona. Es probable que aquel extraño paisaje, que antes llamaba tanto la atención, hoy se haya convertido en un parque industrial o, quién sabe, si en un centro de mantenimiento del equipo camionero que posee la mencionada compañía. La referida comarca constituía, hasta hace muy poco, un paisaje ajeno al entorno general. Era, aquel escabroso pago, un sitio raro y fragoso; una zona tenebrosa, lúgubre e inescrutable...

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08 septiembre 2018

La ruta de la hipocresía

No deja de sorprenderme la capacidad de inventiva semántica que tenemos los burócratas (sí, ahora soy uno de ellos). Tan pronto como quieren (o queremos) hacer una exposición, o tienen que explicar algo, se dan por utilizar expresiones que, primero, no siempre son necesarias; y, segundo, que distraen a los miembros de su audiencia, que se quedan pensando en el sentido de su inofensiva frase, o en si se han perdido algo al no atinar con el exacto significado de la expresión utilizada. Aquí va un par de ejemplos: juicio de valor y poner en valor. Ambas expresiones utilizan el mismo y preferido sustantivo, aunque no estén necesariamente relacionadas.

Pienso en su uso indiscriminado, mientras reflexiono en lo que yo mismo he dado en llamar “La ruta de la hipocresía”: la mini autopista por todos conocida como “Ruta VIVA” y que conecta (por ahora) a Quito con Tababela. Su extensión es de tan solo trece kilómetros, a la espera de la construcción de una tercera fase, que -claro- ya se sabe cuando va a comenzar: ¡nunca! A pesar del abrupto declive inicial de la misma y de un ingreso que mereció mejor suerte, la ruta parece bastante bien diseñada y, por ahora, hasta había lucido como bastante bien construida; pero ya empiezan a aparecer baches, grietas e inclusive hundimientos. Es de esperar que todas estas imperfecciones sean solo consecuencia del natural asentamiento.

No es el diseño, ni la construcción, lo que más llama la atención en la VIVA (así, con todas mayúsculas, pues su nombre es un anagrama); lo que más sorprende es la ladina cultura de manejo. Y la razón es esta: las autoridades han instalado dos foto-radares que están ubicados a dos kilómetros del inicio y del fin temporal de esta autopista, lo que provoca algo que era natural que pudiera esperarse; y es que la gente, es decir los conductores, amainan su velocidad (el límite es solo 90 kms/hora) al momento de acercarse a estos artilugios y, para el resto del trayecto, andan como perseguidos por el demonio, a la velocidad que les permite el tránsito y la ausencia de control policial. En resumen, a la velocidad que les da la regalada gana.

Como ya dije: ¿qué más podía esperarse? Como las multas son realmente fuertes, los conductores han optado por un sistema que bien pudiéramos llamar táctico. Esto hace que los usuarios solo estén preocupados de reducir su ritmo de movilización mientras cruzan el bendito radar, porque, para el resto, todo el mundo cree que ya puede transitar a la velocidad que le parezca conveniente. Me pregunto: ¿por qué no se pensó en un método que estimule, más bien, a mantener en todo el trayecto una velocidad más prudente. Esto no pasa obviamente, y quienes caen en las “redes” del radar, solo lo hacen por descuido, porque nadie cruza un radar a una velocidad temeraria o imprudente, sobre todo a sabiendas de que debe pagar una multa que, para cualquier bolsillo, constituye una cantidad nada insignificante.

El sistema, por lo mismo, incentiva la hipocresía. Parece que las mismas autoridades han caído en la complacencia y están muy contentas con haber descuidado el control en el resto de la ruta: realmente en más del noventa por ciento de esta corta autopista. No sorprende ver vallas medianeras que han sido deformadas (por los continuos accidentes que allí ocurren); o huellas de postes caídos, por impacto automotor, en distintos lugares de la ruta. Bien pudiera decirse que “el límite real de la Ruta VIVA es de tal vez 140 kms/hora, a menos que se tenga que pasar frente a algún instrumento electrónico destinado a medir la velocidad”...

Por esa misma vía, la de la hipocresía y el cinismo, habría ido el gobierno anterior que no tuvo escrúpulo en festinar fondos públicos para financiar la venida de ciertas “personalidades” para que den testimonio de los daños que, en forma supuesta, habría causado la compañía Chevron al medio ambiente de nuestro país. Sí, hipocresía por parte de los “famosos” que, buenos actores como era de esperar, no les importó remojar su mano en un estanque improvisado de negro crudo con tal de poner unos pocos denarios en sus faltriqueras. Y cinismo, también, por parte del gobierno mencionado, que no le importó identificarse con la pantomima y el sainete con tal de vender la imagen falsa de sus realizaciones y supuestos logros.

Ah! Y en cuanto a las frases repetitivas que arriba quedaron comentadas... Siempre es bueno formarse un “juicio de valor” (opinión) de los asuntos que involucran a nuestros gobernantes; útil recurso para “poner en valor” (destacar o resaltar) los méritos que identifican a nuestro pueblo y saber defender los intereses de nuestra frágil como codiciada heredad.

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18 agosto 2018

Una tierra con espinillas

Chulamuez, horqueta, izambi, coturco, chacana... ¿Qué le sugieren estos términos, amigo lector, si los encuentra al azar, escritos por ahí? O, ¿qué tal, estos otros: Bermejo, Cosanga, Chinibano, Carcacha, Cubilche o Pulumbura? Espero que, esta vez, las mayúsculas le ayuden... Prefiero barruntar, yo mismo, cuál puede ser su inquieta conjetura: que tal vez se trate de voces de una lengua autóctona y desconocida; o que quizá sean nombres de pueblos ignotos, ubicados en algún valle recóndito de la Serranía, o quizá de algún olvidado lugar de nuestra todavía postergada Amazonía... Nada de eso. ¡Estoy seguro que ni siquiera se lo imagina!

“De erupciones y cráteres” fue el título en el que inicialmente pensé. Hubiera, sin embargo, desbaratado yo mismo el acertijo que pretendí insinuar en el párrafo precedente. Y nada peor que hacer de “spoiler” o de quien arruina la satisfacción de resolver uno mismo el personal proceso de averiguar, de responder sin ayuda, la curiosidad que plantea el camino de la inquisición. Porque de volcanes era de lo que quería hablarles esta vez, de los noventa y nueve que existen en nuestro país. ¡Sí, noventa y nueve volcanes existen en el Ecuador!

Hay ochenta y cuatro volcanes solo en el Ecuador continental, a más de los quince que se sabe que existen en lo que oficialmente se llama “Archipiélago de Colón”, las islas Galápagos. Y todo esto existe a lo largo de algo menos de tres grados de latitud, unas ciento setenta millas, más o menos; o, lo que es lo mismo, unos trescientos kilómetros. Todo esto pasa o, mejor dicho, existe, entre el volcán Chiles, ubicado en la provincia del Carchi, en la frontera con Colombia, y el Sangay, uno de nuestros pocos volcanes en actividad, que está ubicado hacia el sur oriente de Riobamba, exactamente en la línea que marca los dos grados de latitud sur.

Solo en el área cercana a Quito hay no menos de treinta volcanes. Vamos desde el norte, siguiendo contra la dirección de las manecillas del reloj: Mojanda, Fuya-Fuya, Pululahua, Casitagua, Ruco y Guagua Pichincha, Carcacha, Atacazo, Corazón, Illiniza Norte, Illiniza Sur, Santa Cruz, Pasochoa, Rumiñahui, Cotopaxi, Quilindaña, Chalupas, Chaupiloma, Huañuña, Sincholahua, Aliso, Antisana, Chacana, Coturco, Puntas, Izambi, Pambamarca, Cayambe, Viejo Cayambe y, claro, uno más, que casi invita al olvido y que está en el centro de todos los mencionados: ese “cerrito” del Ilaló.

Algo más al oriente, y si trazamos un triángulo entre el Antisana, el Sumaco y el Reventador, tenemos dos volcanes prominentes: el Yanaurco y el Pan de Azúcar, pero encontramos también un pequeño racimo de volcancitos diminutos que se encuentran localizados hacia el sur-occidente de Baeza y que obedecen a unos nombres, de los que quizá no hemos escuchado jamás: Bermejo, Cosanga, Dorado, Huevos de Chivo, Pumayacu, Machángara (con igual nombre que el de nuestro río de precario linaje) y, por último, el Volcán Azul. En el Carchi, y cerca de Tulcan, hay como diez; y si hablamos de Imbabura, no se queda atrás.

Existen volcanes que no lo parecen. Uno ni siquiera se imagina que pudieran tener un cráter y que hubo un tiempo en que pudieron haber estado activos o que pudieron reventar. El ya nombrado Ilaló es un caso emblemático, uno lo mira desde todos los costados y no se imagina cómo pudo ser ese formidable espectáculo, cuando se ponía bravucón y empezaba a erupcionar. Un caso especial es el de dos volcanes hoy transformados en turísticas lagunas: Cuicocha y Quilotoa. Y, mucho más al sur, la prominencia del Tungurahua, Sangay, Altar o Chimborazo no requieren que tengamos que utilizar prosopopeyas o que nos pongamos a exagerar.

En total, no se suma más de veinte entre los volcanes considerados “en erupción” (aquellos que han tenido actividad reciente); los “activos” (aquellos que se sabe que tuvieron alguna erupción en los últimos quinientos años); y los conocidos como “potencialmente activos” (aquellos que, más por vestigios que por datos históricos, se conoce que pudieron estar en actividad en los últimos diez mil años). Si usted, amable lector, se va interesando en el tema, le recomiendo navegar en Google y buscar un cuadrito titulado “Volcanes cuaternarios del Ecuador”. Le aseguro que el sorprendente gráfico va a retar su propia capacidad de asombro.

Finalmente, he dejado para el último (“last but not least”) los quince volcanes que se reconocen en Galápagos. No debe olvidarse que las mismas islas tienen origen volcánico, es decir: no son otra cosa que volcanes que se se han ido levantando, poco a poco, desde el fondo mismo del mar; en resumen, las islas están todavía en pleno proceso formativo. Este es un fenómeno pertinaz, incansable y continuo, un esfuerzo milenario qué tal vez va también formando, poco a poco, un nuevo volcán.

Pensar en volcanes en erupción equivale a pensar en un espectáculo de magma ardiente y de destrucción inevitable. Sorprende aceptar que toda esa substancia ígnea pudiera brotar de las entrañas de la tierra. El reconocer a tantos volcanes como extintos, nos invita a creer que el suyo pudiera ser parte de un proceso general de apaciguamiento. Pero, ¿sucede realmente así, o aquello es parte de ciclos que tienden a repetirse, en medio de cataclismos que lo destruyen todo, para luego volver a empezar?

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12 agosto 2018

La soberana estupidez

He leído que la llamada “corrección política” no es sino una nueva forma de dogmatismo. Y pienso que es más grave, a veces, que el mismo dogmatismo religioso. Pues, bien pensado, no es ni corrección ni es política; no pasa de ser una manifestación velada de nuestros complejos, de la estolidez y de la ignorancia; no es sino una forma como se expresan las deficiencias de nuestra escolaridad básica, aquello que en nuestros tiempos de colegio se conocía como cultura general. “Humanidades modernas” la llamaban, mis preceptores y maestros.

Porque aquello del “ecuatorianos y ecuatorianas”, “ciudadanos y ciudadanas”, “diputados y diputadas”; o, como dicen por ahí, no sin cierta cuota de ironía, aquello del “miembros y miembras”, no es sino una forma soberana (en el sentido de grande o extraordinaria, como lo define nuestro diccionario) de estupidez, que no se rige por el principio básico de corrección que exigen las normas de buen uso de nuestro idioma, inspiradas en un sentido elemental de economía; a menos, claro, que dicha distinción sea necesaria para la claridad del contenido, o para cuando la generalización en masculino pudiera producir ambigüedad.

“Una ‘severenda’ estupidez”, hubiese dicho un antiguo colega, a quien no he visto por algún tiempo. Intuyo que lo que el amigo quería utilizar era un contundente adjetivo que entrañara el sentido de tremendo, o -quién sabe- de reverendo, con el sentido de ‘digno de reverencia’. El punto es que dicho individuo lo utilizaba siempre como el adjetivo de su preferencia. Mas, como era un terminajo que yo no recordaba haberlo escuchado a otras personas, resolví que aquel era un seudo vocablo al que él había decidido darle carta independiente de identidad. Sucede, sin embargo, que no había sido así... En los últimos meses he escuchado con cierta regularidad la vicaria palabreja. Que ‘severendo’, por allí; o que ‘severendo’ por allá...

Hago aquí un breve paréntesis, o digresión, porque es de eso que quiero también hablarles. Alguien trató de reconvenirme por mi postura frente al uso de un término que consideré, en una de mis anteriores entradas, como incorrecto. Me refiero a una palabra inexistente en el diccionario: la voz “disgresión”. Pues, si lo que queremos es “romper el hilo del discurso”, o hacer una breve explicación, no siempre relacionada con el tema a tratarse, o hacer un ligero aparte, entonces debemos hablar de digresión, nunca de la palabra antes citada.

La Academia no reconoce disgresión, aunque bien pudiera hacerlo, pues si -por ejemplo- agitación es la acción y efecto de agitar, disgresión pudiera reconocerse como la acción y efecto de disgregar, la de desunir o separar. Pero no es eso lo que se quiere decir cuando se utiliza la referida expresión. Pudiera también argüirse que deberían reconocerla como válida, en atención a aquello de “la fuerza de la costumbre”, pero bien es sabido que la mencionada institución no obedece a la solicitud de sanción de voces innecesarias; no se diga al pedido de que se acepte el uso de términos que son empleados en forma incorrecta, como es el del caso en mención.

De regreso a lo que hoy nos interesa, ciertamente que aquello del “ciudadanos de los dos sexos” es una ridícula costumbre, inspirada tal vez en la necesidad de “empoderar” (como dicen ahora) al elemento femenino. Creo que, a excepción de los países islámicos y de uno que otro regazo tradicionalista en unos pocos países orientales, el mundo moderno está muy claro con respecto a la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Esto, a nuestros países le ha tomado un par de generaciones (quizá al resto del mundo va a tomarle algo más de tiempo), pero seguir usando esa tonta e insulsa dicotomía, se me antoja innecesario.

A esta nueva tendencia es a lo que ahora llaman “lenguaje inclusivo” o “no sexista”. Al respecto, me he entretenido en estos días con un documento suscrito por el académico Ignacio Bosque, miembro de número de la Real Academia; él se pregunta, por muestra de ejemplo: ¿Cómo escribir Juan y María viven juntos?, si atendemos a esos reclamos (¿viven junto y junta, por ejemplo?). O, qué tal: están contentos (¿están contento y contenta?). O, también, se ayudan uno al otro (¿el uno a la otra?, ¿o la otra al uno?)... O, ¿qué tal?: estoy con mis padres, ¿sería necesario que se diga: estoy con mi padre y con mi madre?

Es absurda esta parafernalia de la “corrección política” que, en la práctica, no es sino una forma embozada de incorrección gramatical. Consiste, por lástima, en una estructura forzada que no va con la forma natural de utilizar el lenguaje. Este “feminismo folclórico” lo único que hace es propiciar repeticiones y desdoblamientos artificiales y alambicados. Por desgracia, la propuesta está basada en el pretexto de defender a las mujeres, con el argumento de que desdoblando los nombres estaríamos ‘visibilizando’ a la mujer, como si el uso del femenino en algo ayudaría a este propósito; desconociendo, además, que cuando se usa únicamente el masculino en español, se incluye también, de manera extensiva y automática, a las mujeres.

Por todo lo expuesto, y como lo recomienda el propio autor: dejemos, más bien, que sean los académicos, y no los feministas, quienes representen al léxico, la morfología y la sintaxis...

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07 agosto 2018

Del manjar de los dioses *

* Por José Villarroel Yanchapaxi
Tomado de voltairenet.org. Editado para “Itinerario Náutico”.

“Se desconoce el origen del nombre de la cabecera Cantonal del Cantón Rumiñahui**. Sangolquí procede del termino quichua
sango, que significa "manjar de los dioses"; y qui, que significa "abundancia". Unidos los dos términos, se forma "manjar de los dioses en abundancia", "abundancia del manjar de los dioses" o "tierra del manjar de los dioses".

Los primeros pobladores del actual Valle de los Chillos se habrían asentado en la zona de El Inga, que comprendía el actual cerro Ilaló, hasta la parroquia de Tolóntag (11.000 años A.C.) Los pobladores fueron nómadas, cazadores y recolectores. Utilizaron la piedra (obsidiana y chert*** principalmente) para elaborar puntas de lanza, cuchillos, raspadores, buriles, etc. Más tarde, la zona se fue poblando por varias migraciones de indígenas que por el año 4.500 A.C. comenzaron a desarrollar la agricultura y la cerámica como principales actividades.

Avanzando el siglo XV aproximadamente, los Quitu-Caras, emigraron al valle, sobre todo por las bondades del clima y la fertilidad del suelo. Hacia 1460, llegaron desde el Sur del Tahuantinsuyu, los "Mitmakunas" (indígenas desterrados de su tierra cuando se oponían a la conquista incaica) y dividieron a esta región en Anan Chillo o Chillo alto, que es la actual Amaguaña y Urin Chillo o Chillo bajo, que ahora es Sangolquí.

El Valle de los Chillos desarrolló una intensa actividad económica alrededor de la producción del maíz (de grano grande y amarillo) con el cual alimentó a todo el imperio incaico. Según el Dr. Don Luis Andrade Reimers, en su biografía de Atahualpa, registra que Apu Chalcochima (Calicuchima), brazo derecho de Atahualpa en la guerra contra Huascar, fue originario de este valle.

Un ramal del Camino del Inca (el cual existe hasta ahora) comunicaba a Quito con la población asentada en el Valle de los Chillos. El Camino del Inca fue construido durante la invasión incaica, el cual cruzó de Norte a Sur todo el Tahuantinsuyu y brindaba facilidades para sus puntos de apoyo logístico y guerreros (los tambos); y para la organización económica y administrativa de todo el Imperio. El valle de los Chillos estaba comunicado por el Qápaq Ñan tanto por el Sur, pasando por Panzaleo (Machachi), así como por Uyumbicho; y también por el Oriente, a través de los caminos que conducían a Píntag, El Inga y Cumbayá. El ramal de El Inga era además una vía hacia los Quijos, en el Oriente Amazónico.

En 1534, en la lucha contra los conquistadores y junto a Rumiñahui, muere el cacique Quimbalembo de Chillo al defender su valle. Juan Sangolquí fue el cacique sucesor y uno de los más connotados dirigentes indígenas. Rumiñahui, que en quichua significa “Cara de Piedra”, combatió a los conquistadores españoles. Es él quien da nombre al cantón que comprende el territorio de la antigua parroquia de Sangolquí, hoy cabecera cantonal. Hacia 1559 había en este espacio seis cacicazgos. Estos eran: Uyumbicho, Anan-Chillo (Amaguaña), Urin Chillo (Sangolquí), el Inga, Pingolquí y Puembo.

A principios de la época colonial, alrededor de 1580, las órdenes religiosas de la Compañía de Jesús, la Merced y San Agustín adquirieron extensas tierras en Chillo, convirtiéndolas en haciendas. El poblado central de Urín Chillo creció hasta convertirse en la ciudad de San Juan Bautista de Sangolquí, nombre español dedicado a Juan el Bautista y al cacique Sangolquí. En tiempos de la colonia, la región siguió dedicándose a la producción del "maíz de chillo" (de grano grande y amarillo), por lo cual se lo conocía como "el granero de Quito".

Luego de la expulsión de los Jesuitas de América, a finales del siglo XVIII, muchas de las haciendas pasaron a manos de terratenientes aristócratas, como la Hacienda de Chillo Compañía, propiedad de Juan Pío Montúfar, conocido como el Marqués de Selva Alegre, oriundo de Sangolquí. Fue en este valle donde en 1809 se reunieron los patriotas para conspirar contra la corona española y el sitio donde las tropas del Mariscal Antonio José de Sucre tuvieron algunas batallas preliminares, gracias a la ayuda del indígena Lucas Tipán, que finalizaron con la gloriosa Batalla de Pichincha, el 24 de Mayo de 1822”.

(**) Aquí, el autor parece insinuar que la gente no conoce el origen del nombre.
(***) El chert es una roca sedimentaria rica en silíce de grano fino, microcristalina, criptocristalina o microfibrosa que puede contener pequeños fósiles (Wikipedia).

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