20 mayo 2022

De afeitadoras y navajas

Lo llaman “Principio de parsimonia” o Navaja de Ockham. Esto de la “parsimonia” no obedece enteramente a las definiciones contenidas en el diccionario, como frugalidad, moderación, circunspección o templanza. Para interpretar su significado quizá haga falta ir a la raíz etimológica latina; parsimonia era una voz relacionada con la oratoria, querría decir sobriedad, concisión, economía en las palabras. Visto así, consiste en un principio metodológico y filosófico que postula que: «en igualdad de condiciones, la explicación más simple suele ser la más probable» (o más probable de ser la correcta). Este no es un axioma irrefutable, pero ofrece una lección práctica: Si ya existe una razón simple, ¿para qué buscar otras razones y complicarse la vida?

 

Se atribuye el principio a un fraile franciscano que vivió a caballo entre los siglos XIII y XIV (1280-1349). El fraile se llamaba Guillermo de Ockham y ha sido considerado como “una de la mentes más brillantes que existieron en la Edad Media”. Ockham fue el más conspicuo representante del nominalismo; fue acusado de herejía por cuestionar la compatibilidad entre la fe y la razón, y por defender la imposibilidad de demostrar con esta la existencia de Dios. Su método suponía una “navaja” al método platónico, pues “afeitaba” el exceso de entidades (innecesarios razonamientos) del filósofo griego. El fraile murió debido a la peste negra y fue rehabilitado póstumamente por la Iglesia Católica. Conocí de Ockham a través de El nombre de la Rosa, la formidable novela de Umberto Eco. En ella, el personaje principal, el monje Guillermo de Baskerville, utiliza una metodología parecida.

 

Es probable que en Ockham y su navaja se haya inspirado otro incisivo escalpelo. Es conocido como Principio o navaja de Hanlon; consiste en una regla empírica, es un método usado para eliminar explicaciones menos probables, y es atribuido a Robert J. Hanlon, quien parece ser un autor desconocido. El aforismo estipula: «no hay que atribuir a la maldad lo que bien puede ser explicado por la estupidez»; el axioma pudiera ser una distorsión de la “falacia de la teoría del diablo” (una variación de la ley de Murphy) que habría efectuado un tal Robert Heinlein y que consiste en culpar a la maldad de los efectos que pueden obedecer a la estulticia. La lección es no subestimar que existen situaciones que pueden ser producidas por la estupidez y no  por la malicia o la crueldad.

 

Todo esto nos retrotrae a la vieja discrepancia de quién es el que hace más daño, si el tonto o el malvado. Creo, al respecto, que el debate ya ha quedado zanjado: Anatole France ya había enunciado con elegancia y autoridad: “El tonto hace más daño que el malvado, porque el perverso descansa a veces, en tanto que el necio jamás”. Al respecto, soy de la opinión que solo existe algo todavía más peligroso: la circunstancia del tonto que además es también malvado o, aun peor, aquella del tonto que se cree listo. Ya lo habría sentenciado el propio Albert Einstein: “Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana, aunque no estoy muy seguro de lo primero”…

 

No hace mucho alguien urdió una increíble trama. Este cernícalo, un individuo acomplejado ruin y miserable, trató de perjudicarme. Con frecuencia había cuestionado mi estilo de liderazgo, un liderazgo que nunca fue autoritario, sino basado en comunicar con claridad, en inspirar y motivar, en ser respetuoso, empático y confiable. El susodicho, usando su cinismo y doblez intentó hacerme daño, haciéndome recordar en el ínterin la clasificación de los seres humanos establecida con ingenio por el italiano Carlo María Cipolla, y repartida en cuatro categorías:

 

Los inteligentes: esos que benefician a los demás y que de resultas obtienen algún provecho;

Los ingenuos: aquellos que favorecen a los demás pero se perjudican en el intento;

Los malvados: quienes perjudican a los otros, pero procuran siempre obtener su propio beneficio;

Los imbéciles: aquellos que hacen daño a los demás y, a cambio, no reciben ningún beneficio. Y, aun peor, aquellos que al final terminan perjudicándose ellos mismos…

 

Son tres las principales características de aquellos imbéciles, y ellas son invariablemente: la hipocresía, la ceguera y su propia inopia y estupidez.  Hipocresía, porque siempre actúan en forma disimulada, artera y aleve, procurando esconder lo que quieren, aparentando ofrecer sus geniales (e interesadas) alternativas y soluciones, siempre en busca de su propio y ambicioso beneficio. Ceguera, porque -en su ansiedad- nunca son capaces de ver que otros los están utilizando. Y, finalmente, estupidez: prestándose a ese doble juego, convencidos como están de que van a poder medrar o, al menos, pescar a río revuelto; y, claro, lejos de obtener algún exiguo beneficio, terminan disparándose en propio pié y perjudicándose a sí mismos.

 

Pero… tengan cuidado con los tontos. Ojo, he oído que están organizados, ¡hacen mayoría, son legión!


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17 mayo 2022

“Hipótesis de superficialidad”

En el 2011, decliné renovar con China Cargo Airlines, dando por terminada mi relación laboral con Great Wall Airlines, la empresa que inicialmente me había contratado (un cambio en la participación accionaria dejó sin efecto el "joint venture" original). De vuelta al país, hice un par de descubrimientos: uno, que disponía de una obscena cantidad de tiempo para leer; y, dos, que ahora existía una forma sencilla y económica para descargar libros digitales conocida como Epublibre. Consciente de lo temporales que pueden ser estas plataformas digitales... me dediqué a la renovada tarea de crear una pequeña “biblioteca virtual”; así fui haciendo acopio de una serie de libros que no había tenido oportunidad de leer, pertenecientes sobre todo a mis autores favoritos.

 

Así encontré diversas e impensadas ventajas en el libro digital. Una era su carencia de peso y  volumen; ahora todo podía contenerse en la memoria de un simple Ipad, sin importar la extensión del texto físico; otra era que se hacía fácil leer en horas nocturnas sin necesidad de encender una lámpara de noche, y sin tener que molestar a los demás. También era muy fácil subrayar, resaltar o escribir notas, sin necesidad de suspender la lectura para hacerlo en otro instrumento. Ello, sin tomar en cuenta el exiguo precio del proceso de grabación (“download”). Todo ello habría de convertir en redundante mi acostumbrado gasto relativo a la adquisición de libros físicos.

 

En corto tiempo había acumulado una imprevista cantidad de libros que ahora formaban parte de la “otra biblioteca”, la virtual. Entonces, y por alrededor de diez años, no me fue necesario entrar en una librería para adquirir un libro físico; ahora ya “poseía” libros que nunca antes “había tenido”, aunque todavía no había caído en cuenta que esa forma de propiedad era frágil y relativa, que ya bien pensado era solo una tenencia ilusoria, una engañosa ilusión de propiedad. Pasado el tiempo, sin embargo, sucedió algo que no había previsto; de pronto advertí que ya había leído libros que no recordaba haberlos leído… En efecto, a pesar de mi costumbre de resaltar, y poner fechas de inicio y cierre, no recordaba que había subrayado los textos que había escogido…

 

Hasta que cayó en mis manos un artículo que fue algo así como una epifanía: este comparaba el libro electrónico con el digital y explicaba el motivo para que no se recordara lo leído en este último, de la misma manera a cómo sucedía con el libro físico, y explicaba el porqué. Descubrí que no era el único afectado y qué era lo que pasaba o qué sucedía con la lectura en pantalla. Se trataba de un estudio serio que se refería a los factores que afectan la comprensión y el recuerdo de lo leído; y a los aspectos que afectan la atención, concentración y memorización de un texto escrito, aspectos que tienden a debilitar el recuerdo de lo leído. Se ponía énfasis en que esto sucedía porque la lectura digital permitía la multitarea, la misma que convertía a la atención en algo superficial.

 

El hábito de lectura es un proceso cerebral relativamente nuevo; recién nos estamos adaptando al mismo y la lectura en un medio digital estaría alterando ese proceso. Además, existiría un efecto del tiempo en la comprensión cognitiva cuando una lectura más rápida se efectúa con la pantalla, porque hay menos concentración consciente. Se ha descubierto que el fenómeno es aún más grave cuando se trata de un texto informativo o dependiendo de si el lector es “nativo” o “inmigrante digital” (si alguien aprendió a leer usando medios digitales o si se adaptó posteriormente). El efecto sería como el de la lengua materna, que mientras más tiempo de exposición se hubiese tenido, mayor sería la dificultad de concentración, debido a la falta de costumbre.

 

En otras palabras, cuando mayor sería la aptitud para hacer multitareas y para el acceso rápido y aleatorio a la información, esa capacidad perjudicaría a la comprensión y memorización del texto; y, por lo mismo, al aprendizaje. En resumen: el cerebro no está acostumbrado a ejecutar más de una tarea a la vez y la multitarea no facilita la concentración y comprensión de la lectura. De otra parte, el contacto físico, como pasar la página, ayuda a crear un mapa físico. Por el contrario, el saber que podemos renovar el acceso a la información, crea la sensación de que “no hace falta recordar” y eso, como contrapartida, propicia el olvido o que no nos importe olvidar.

 

Hay algo más grave aún: la pérdida perenne de información, que equivale a un flagelo físico. Por cuidado que se tenga existe un riesgo inminente –por cualquier motivo fortuito–, el de perder de golpe lo almacenado. No me interesa disuadir de la lectura digital, no se trata de una dicotomía, se trata de comprender las características de cada tipo de lectura y de ser selectivos con lo adquirido, evitando indeseadas sorpresas o inconvenientes.


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13 mayo 2022

Un fugaz reconocimiento

Cuando niños (eran los años de primaria) hacíamos una dupla cómplice e inseparable con mi hermano Luis Eduardo. Sospecho que durante la temporada de receso escolar, no siempre era posible que ambos compartiésemos idénticos planes; a veces uno debía quedarse en Quito y buscar su propia forma de entretenimiento: jugar por propia cuenta. Así, cuando no obteníamos el permiso pertinente para “ir-a-patear-la-pelota” en los patios del colegio, el postergado terminaba auto-enjaulado en uno de los balcones delanteros, a donde iban a parar ipso facto -como lo hubiera enunciado fray Luis de León- “los más solitarios niños que en el mundo han sido"...

Tal como era la usanza arquitectónica de ese entonces, los balcones disponían de una traslúcida balaustrada elaborada con hierro forjado; de forma tal que uno podía sentarse en el piso del improvisado mirador y hacer auditoría de todo lo que transitaba por la calle. Y eso, una auditoría, era lo que hacíamos, cuando nos quedábamos solos y debíamos enfrentar el tedio de la inactividad en solitario. Solo nos hacía falta sentarnos en el piso del balcón, armados de papel y lápiz. El entretenimiento consistía en realizar una suerte de registro: había que anotar, ayudados de un cuaderno, las marcas de los automóviles que subían por la calle. En nuestra infantil pretensión, pudo haber sido todo un “campeonato mundial de marcas”...

 

Esos años, fueron los últimos que vimos los Auto Unión y los DKW (con el tiempo, sus fábricas se fusionaron) o los Saab (siempre presentes en las carreras de autos); fueron los últimos años, también, que vimos los Dodge y los Plymouth; y las últimas ocasiones que vimos los Chrysler DeSoto y los Studebaker, entonces ya convertidos en autos de alquiler (conocidos a la sazón como “carros de plaza”). En esos días los autos más comerciales fueron el Ford Fairlane y el Chevrolet Corvair. Hoy se me hace imposible olvidar el distintivo, a guisa de mascarón de proa, del DeSoto: exhibiendo la efigie de un barbado conquistador dotado de marcial armadura y casco mitrado. Aquel símbolo constituía un ansiado talismán de los coleccionistas adolescentes… Entonces, pocos sabían, que esa versión estilizada, era el dedicado tributo de la Chrysler a la memoria de un joven y ambicioso explorador español.

 

Hernando de Soto (1496-1542) fue uno de los pocos conquistadores que participó en la exploración y conquista tanto de América del Sur como de Norteamérica; hazaña esta, prodigiosa, si se han de considerar los rudimentarios medios de transporte disponibles hace quinientos años. Soto había nacido en algún lugar de Extremadura y había dejado España a temprana edad (solo tenía catorce años), acompañando a Pedro Arias Dávila, en busca de fortuna. Desde joven había mostrado coraje y disposición, así como gran habilidad para los negocios y asuntos administrativos. Soto había hecho fortuna con el comercio de esclavos y participando en varias expediciones en Centroamérica; por ello, estuvo en condición de aportar con varios barcos a la conquista del Perú.

 

Soto llegó a ser lugarteniente de Pizarro; habría estado en Cajamarca en la captura de Atahualpa, circunstancia en la que parece que llegó a hacer buena amistad con el Inca quiteño. Luego de muerto el soberano aborigen (1533), el conquistador habría recibido una parte importante del rescate que se había exigido (sin que los españoles hubieran cumplido con su inicial ofrecimiento). Más tarde, habría sido designado gobernador del Cuzco, y habría participado incluso en la fundación de Lima (1535). Pasado un corto tiempo, retornó a España, donde contrajo matrimonio con Isabel de Bobadilla, hija de su mentor, Pedrarias. Eran tiempos en que ya era famoso y se había convertido en uno de los más ricos exploradores que habían regresado de América.

 

El extremeño tendría alrededor de cuarenta años cuando se dejó seducir otra vez por el gusanito de los viajes de conquista. En 1538 obtuvo una comisión real y regresó a América, exploró la costa occidental de la Florida y luego condujo una expedición de valientes por el suroriente de los actuales Estados Unidos. Recorrió 6.000 kilómetros a través de ignotos y peligrosos territorios; descubrió y cruzó el Mississippi (cuyo nombre significa “padre de las aguas”), en una epopeya infatigable digna de los que buscan con ansiedad la gloria.

 

Entonces se enfrentó a las inclemencias de la naturaleza y al fiero rechazo de los aborígenes. Sufrió la falta adecuada de provisiones y tuvo que sacrificar hasta los caballos para que sus hombres no murieran de hambre. Al fin, sucumbió a la enfermedad y las infecciones; murió de fiebre en 1542 y fue sepultado por sus hombres en la ribera del mismo río que había descubierto. Ellos no pudieron cumplir la promesa de enterrarlo en su tierra que le habían hecho. El resto de la expedición regresó en balsas improvisadas a México el año siguiente. En cuanto a la fábrica de los DeSoto de la Chrysler, ubicada en South Bend, Indiana... esta cerró sus puertas en el año 1960.


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10 mayo 2022

Piedras que caen del cielo

Advierto, cuando reviso mis bitácoras, que “solo tuve que actuar de copiloto unas tres mil horas de vuelo, un diez por ciento del tiempo que llegué a registrar como piloto. Lo entrecomillado no constituye pretensión ni alarde; si acaso, solo intenta indicar que no tuve que esperar mucho tiempo para mis respectivas promociones. Ya mirado en retrospectiva, fueron horas y vuelos que disfruté a plenitud: gracias a ellos aprendí a emular lo mejor de cada uno de quienes fueron mis comandantes; gané en destreza, confianza en mí mismo, apuntalé mis conocimientos y reconocí, sobre todo, cómo manejar los problemas y situaciones inesperadas cuando se transige ante la incertidumbre o al estrés. Fue un tiempo provechoso e interesante. Agradezco, de veras, haberlo cumplido; aquello fortaleció los fundamentos de mi formación aeronáutica y, por sobre todo, fue un tiempo que lo disfruté.

 

Fui solo por un año copiloto en el C-47 o DC-3; y dos en el Boeing 707. Estando en este último, en entrenamiento para comandante, hubo un cambio administrativo que suspendió por pocas semanas mi proceso de instrucción. Cuando se resolvió el “conundrum” (el acertijo) se me asignó un nuevo instructor, quien se encargó de culminar lo que estaba pendiente. Haría con él unos pocos vuelos cargueros desde Miami a Cancún con materiales de construcción; Cancún empezaba recién a desarrollarse. Sería la única vez que estaría en la península de Yucatán. Esta vez usé “conundrum” con intención, pues había oído otra palabra que me la recordó: “palíndromo”, que –según comentó un locutor– significaba lo mismo que “capicúa” (algo que se puede leer igual en ambos sentidos). Sostengo que la primera se relaciona con letras (como en “reconocer”) y la otra con números (como en 2002).

 

Yucatán fue asiento de una de las más antiguas civilizaciones americanas: los mayas. Se calcula que sus ciudades pudieron haberse construido casi al mismo tiempo que la fundación de Roma, hacia el 750 a.C.; los mayas hicieron importantes descubrimientos en la escritura y la astronomía, y conocían el cero. Su hegemonía se truncó en forma inexplicable poco antes del año 1.000 de nuestra era. Allí, en las cercanías de Mérida, habría caído hace 66 millones de años, un asteroide de doce kilómetros de diámetro que se habría estrellado junto a la costa.

 

Si usted es aficionado a la geografía, revise sus mapas y localice hacia el norte de Mérida una línea de cayos que corre paralela a la costa; allí, pocos quilómetros hacia levante de un punto conocido como Progreso, se encuentra Puerto Chicxulub donde quedan los vestigios de aquel desastre. El cataclismo habría dejado la huella de un gigantesco cráter de alrededor de 200 kilómetros, el meteorito se habría estrellado a una velocidad inimaginable ocasionando voraces incendios de temperaturas incalculables; los investigadores están convencidos de que el acontecimiento envenenó el aire con azufre y fue causa para la extinción de los dinosaurios. Este hecho, sin embargo, habría permitido el esplendor y supervivencia de los mamíferos.

 

Existe la tendencia de confundir a los mayas con los aztecas; estos últimos llegaron a la parte central del actual México bastante después de la declinación maya, tuvieron su momento de apogeo entre los años 1.300 y 1.500, justo antes de la llegada de los españoles (1521). Mayas y aztecas serían descendientes de los Olmecas y Toltecas que, según se especula, pudieran haber sido los primeros en cruzar el estrecho de Bering, entre Asia y Alaska. Existen varios lugares en el mundo donde la ciencia cree que habrían caído devastadores meteoritos; uno de ellos en Rusia, otro pudo haber impactado el planeta en Tall el-Hammam, ubicado hacia el nororiente del Mar Muerto, actual Jordania, donde pudo haberse precipitado un descomunal asteroide que habría dado lugar a la leyenda bíblica de dos ciudades malditas: Sodoma y Gomorra.

 

No es inusual este fenómeno de cuerpos que caen desde el cielo, se trate de asteroides o de meteoritos (hay algunas diferencias). Si en una noche clara uno mira con paciencia y atención el cielo, puede descubrir un número importante de objetos luminosos que parecen surcar el firmamento, los llamamos “estrellas fugaces”; no son sino meteoritos que cruzan la atmósfera y que muchas veces se desintegran, antes de hacer contacto con la Tierra, en pleno recorrido. Cuando hace exactamente trecientos años (1722) el francés Jean Baptiste Bénard de la Harpe exploraba los márgenes del Arkansas, un tributario del Mississippi, encontró restos de meteoritos en las riberas del río que hoy cruza por medio del estado que lleva su nombre. Llamó al lugar “Petit Rocher” (Pequeña Roca) para reconocer la rara peculiaridad de uno de sus descubrimientos. Hoy, Little Rock es la capital de Arkansas, un estado que vio nacer al general Douglas MacArthur y, claro, al presidente Bill Clinton.

 

Otro día les contaré de un lugar que existe en el Valle de los Chillos; se llama “Playa Chica”, ahí parecen haber caído desde el cielo unas piedras de tamaño formidable. No son meteoritos, son enormes rocas de carácter volcánico. No provienen del Ilaló sino de otro volcán dormido: el Antisana.


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06 mayo 2022

Caprichos del calendario

Los sumerios llegaron a Mesopotamia hace 5.000 años; nadie sabe de dónde llegaron, quizá vinieron del norte o, lo que es más probable, del este; no hablaban una lengua semítica y los acadios –que llegaron después– creían que su nombre significaba “pueblo de los cabezas negras”. A los sumerios, debemos la rueda, la escritura y el desarrollo de la astronomía; tenían una extraña fascinación por la prolijidad administrativa y en especial por algo que han heredado nuestros burócratas: la propensión a “rendir cuentas”, quizá a eso se debió su preocupación por las fases de la luna y a los asuntos relacionados con el calendario. Aquello, fue interés también de otros pueblos que se asentaron más tarde en la llamada “Medialuna fértil”, como los asirios y caldeos.

 

Parecería que la preocupación de los sumerios por la astronomía no era un fin en sí mismo, sino más bien un modo de hallar un instrumento para medir el tiempo con un propósito religioso-administrativo (fueron gobernados por sacerdotes). A ellos se debería la invención de un concepto empírico, inexacto y arbitrario: la semana de siete días. Empírico, pues se basaba en la observación aproximada de las fases lunares; inexacto, porque cuatro semanas suman 28 días y una lunación completa sucede cada 29 días y medio; arbitrario, porque no siendo exacto obligaba a continuos y frecuentes reajustes (probaron también con una semana de ocho días, aunque todavía con menos éxito). Al fin, su semana terminó siendo también una cláusula independiente de los ciclos lunares.

 

Esa falta de una relación directa con las fases observables de la luna se reflejó en el modelo adoptado (la semana fue solo una medida para establecer la relación de trabajo); tampoco fue óbice a la hora de aplicar su otra fijación –el sistema sexagesimal- para calcular la duración del año solar: no importó que este solo tuviera 360 días (12 meses de 30 días) y no 365, si podían añadir unos pocos días al final del año, dedicándolos a actividades festivas. Los aztecas llegarían a una solución parecida (18 meses de 20 días), procurando que los cinco días sobrantes pasaran pronto pues eran considerados de malagüero. Asimismo, otras culturas se han conformado con un año de 12 meses lunares que solo contiene 354 días... Porque, total, ¡habría una diferencia de “solo” once días!

 

Ahora bien, si ese número de días que tenía la semana había dejado de ser importante (para el propósito de relacionarlo con las fases de la luna), ¿por qué mantuvieron una semana de 7 días?, ¿por qué 7 y no 5 o 10, por ejemplo? O, de una vez ¿por qué no considerar 10 meses de 6 semanas de 6 días, lo cual hubiese ido mejor con su sistema de base 60? Aquí parece que pudieron haber jugado un papel importante dos aspectos: uno religioso y otro administrativo. El primero tenía que ver con la exaltación del sol, la luna y los cinco planetas conocidos, a quienes dedicaron los días de esa semana de siete días; y, el segundo, que de alguna manera habían llegado a una conclusión, otra vez de carácter administrativo, de que la semana de siete días establecía una relación laboral (días de trabajo por días de descanso –de cinco a dos–) que resultaba un poco más “equilibrada” y práctica.

 

Así y todo, y a pesar del desfase de esta semana administrativa de siete días con el predecible comportamiento selenita, sería el espíritu religioso el que hizo desarrollar una especial veneración por aquel aspecto casi mágico de los cambios de la fase lunar; en especial, por el carácter promisorio de la luna nueva, con su renovada aparición cada cuarto creciente. Incluso hoy, muchas sociedades celebran con entusiasmo la llegada de la luna nueva. Así por ejemplo, y según David Ewing Duncan, autor de Calendar, uno de los libros más fascinantes que he leído, “los esquimales comparten sus frutos de pesca, encienden antorchas e intercambian sus mujeres”; asimismo, los musulmanes esperan con devoción el cuarto creciente para celebrar el Ramadán, mes de ayuno y abstinencia sexual durante el día, aunque de generoso banquete  que es disfrutado durante las noches.

 

Los egipcios caerían en cuenta del engaño inducido por la luna cuando quisieron elaborar un calendario confiable (Hécate, otro nombre que tiene la luna, pudiera estar detrás de la etimología de la palabra “hechicera”). Ellos aplicarían el ciclo de inundaciones del Nilo, sus siembras y cosechas, para establecer un calendario más exacto y coherente. Ya no tuvieron que hacer continuos ajustes para ir con la luna. La semana, una cláusula de tiempo de un cierto número de días, pasaría a tener un carácter más bien referencial, comprendía un cierto número de días de trabajo sumado a un determinado número de días de descanso. Hoy, solo eso es la semana, no hay un contenido astronómico que induzca a relacionar los días transcurridos con las fases de nuestro satélite.

 

Con el tiempo, tal vez se intentarán nuevas opciones en la relación trabajo/descanso. Su éxito dependerá de lo que se proponga, como alguna vez ya lo intentó el calendario republicano francés que trató de aplicar el sistema métrico decimal; su fracaso quizá se debió a que otorgaba un muy precario descanso: un solo día cada diez…


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03 mayo 2022

Una consolación en la cesantía

"La felicidad no depende las bondades de la fortuna, pues su propia naturaleza es el capricho. Yo, que he sido arrebatado de todas las bendiciones, despojado de todos mis honores, y manchada mi reputación, soy castigado por hacer el bien". Anicio Manlio Severino Boecio. La consolación de la filosofía.

 

Leptis Magna es hoy una ciudad desaparecida. Fundada por los fenicios hace treinta siglos, estuvo ubicada cerca de la actual Trípoli; fue una de las principales ciudades púnicas y una de las más importantes de la provincia romana de África, junto con Alejandría y Cartago. Ahí nació el emperador Septimio Severo en el 146 d.C. Severo parece haber sido un hombre recto e inflexible y un soberano capaz; su nombre quedaría para la posteridad como símbolo del personaje estricto, austero y riguroso; como también del gobernante intransigente, adusto y serio. Enfrentó varias guerras civiles con el propósito de consolidar su poder, recuperó Mesopotamia y defendió el imperio frente a las incursiones de los pueblos bárbaros. Enfrentó traiciones y sediciones; persiguió a los cristianos y a su muerte fue deificado por el senado.

 

Hacia el final de su vida, estuvo en Britania donde reforzó la muralla de Adriano. Con la ayuda de sus hijos, los futuros emperadores Caracalla y Geta, combatió a los caledonios. Murió en Eboracum (la Jórvic de los vikingos, actual York en Inglaterra) en el año 211 d.C. A pesar de su natural intolerancia, debe haber dejado un buen recuerdo entre los romanos. Su nombre se haría muy popular, en especial la variante de Severino que más tarde distinguió incluso a dos santos de la iglesia, uno de ellos un formidable pensador neoplatónico.

 

Doscientos años después de la muerte de Severo, nació en Roma un hombre santo que desde temprano se retiró a la vida ermitaña y ascética. Más tarde, esto es en el tiempo de Atila y los hunos, Severino se dedicó a la evangelización de esos pueblos en una amplia zona ubicada hacia el sur del Danubio y conocida como Noricum (Babiera, Austria, Hungría y Eslovenia). En el día de Epifanía del 482 d.C., Severino reunió a sus seguidores y les anunció su inminente partida; dejaba una estela de santidad, había dedicado su vida a la oración y la penitencia, su empeño fue construir una gran cantidad de abadías y monasterios. Parece que el santo tenía el don de la profecía, se había ganado la veneración de paganos y cristianos.

 

Al mismo tiempo que fallecía el Santo de Nórico, nacía en Roma uno de los más importantes pensadores que cimentaron la filosofía cristiana. Venía de una familia noble que había dado emperadores y papas. Su nombre: Anicio Manlio Torcuato Severino Boecio; era huérfano de padre, y habría de vivir el último cuarto del siglo V y el primero del siguiente. Estadista y poeta, se ganó la confianza del rey ostrogodo Teodorico, fue nombrado Cónsul en el 510 d.C. y ocupó altas magistraturas. Su gloria fue fugaz; cayó en desgracia acusado de traición (Teodorico era arriano). Fue perseguido, torturado y encarcelado en Pavía, donde fue decapitado. Mientras estuvo preso, hacia el final de su vida, escribió su obra más famosa e influyente: La consolación de la filosofía.

 

Boecio fue una de las mentes más brillantes de la Iglesia. Tradujo a Platón y Aristóteles y trató de conciliar las dos escuelas filosóficas. Su lógica representa la expresión intelectual más destacada de la Edad Media. La Consolación es un diálogo, escrito en verso y en prosa, entre este sabio que conoció la gloria y la desgracia y una dama que viste una túnica tejida con sus propias manos: la Filosofía. Expone que la felicidad está en el desdén por las cosas de este mundo y que es vano lamentarse ante la pérdida de los halagos de la fortuna; advierte que la fama tiene escaso valor, comparada con la inmensidad del universo y la infinidad del tiempo; lamenta que los malvados sean premiados y los justos postergados, para confusión y desengaño de los demás mortales. “Existe –dice– un tiempo para sanarse y otro para lamentarse”, o “Si buscas la ayuda de un médico, debes primero enseñarle tu herida”…

 

Una mañana, mientras efectuaba un vuelo entre Manchester y Shanghai, me pidieron efectuar una escala en Milán para embarcar un imprevisto cargamento de automóviles deportivos de alta gama (Ferraris y Lamborghinis). La aproximación a Malpensa es una experiencia profesional de las más interesantes que existen; consiste en un apretado descenso sobre los Alpes suizos que culmina en una llegada escalonada, con continuas restricciones de velocidad y altura, en un espacio reducido y condiciones marginales. Cuando estacionamos, luego del aterrizaje, se nos comunicó que la carga no estaría lista sino hacia el final de la tarde. Mientras esperábamos, la embarcadora nos facilitó transporte para explorar una pequeña ciudad ubicada en la vía que conduce a Génova, ahí almorzamos. Así conocí Pavía, lugar en una de cuyas iglesias está enterrado san Severino Boecio, aquel santo decapitado...


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