09 junio 2023

Les misérables

Estuve leyendo en estos días Los miserables del francés Víctor Marie Hugo. La mía es una versión ‘abreviada’ de la famosa obra; no digo ‘resumida’, lo cual es diferente (aun así contiene sobre 500 páginas). Intuyo que en estas versiones los editores revisan la obra y reducen ciertas partes, por considerarlas menos importantes, con el objeto de hacer más amena la obra y que esto facilite la mejor comprensión del relato; espero, con ello, no haber perdido importantes secciones. Existen repetidas y amplias digresiones en la obra que hacen que, en ocasiones, deje de parecer una novela, y adquiera caracteres más bien de un ensayo político, y aun religioso, de tipo didáctico. La obra no es una novela–novela; a veces desaparece el elegante narrador y aparece el obcecado polemista.

 

Tampoco logra ser una novela histórica, al estilo de Guerra y Paz de Tolstoi. Por eso, y como parcial ensayo que es, a veces se aleja del argumento, aunque no de la manera que lo hace Tolstoi, que convierte sus comentarios en una crónica reflexiva, pero sin descuidar el guion, usando continuos comentarios para ilustrar las vicisitudes de la política europea, el desarrollo de las batallas, la participación de la aristocracia, el fervor del nacionalismo ruso o la situación del campesinado. A ratos, Hugo convierte la obra en un manifiesto, en una proclama de sus ideas; su evidente inquina hacia ciertos sectores de la Iglesia habría provocado la inclusión de sus obras en el Índice, razón para la que estas hubiesen sido proscritas en los planes de estudio de ciertos establecimientos educacionales.

 

Hugo, que vivió algo más de 80 años (1802-1885) se habría tomado veinte para estructurar el contenido y argumento de Los miserables (se publicaría en 1862). La novela no es la historia de una revancha, en la guisa de El conde de Montecristo de Alejandro Dumas, tampoco es –dado el título– un relato social que describe la vida de los menesterosos y desposeídos; no, por lo menos en la línea de las novelas de índole social del canario Benito Pérez Galdós. Pero es una apología de la enmienda y la reparación; un alegato en favor de la prodigalidad y la indulgencia. Se trata de la conversión de un ex convicto que deviene en hombre próspero gracias a su trabajo honrado y luego se convierte en el benefactor del lugar que más tarde lo escogería como su burgomaestre.

 

Víctor Hugo había sido el menor de tres hermanos, todos escritores; había nacido tres años después de Balzac (1799-1850) y casi veinte antes que Flaubert (1821-1880), pero los sobrevivió a los dos; siempre estuvo interesado en los problemas de Francia y su voz se fue ganando la confianza, el afecto y la admiración de los franceses; era el tercer hijo de un general imperial a quien se había distinguido con un título nobiliario en el tiempo de Napoleón.

 

La novela es la historia de un convicto que va a prisión por robar un pan para ayudar a alimentar a sus sobrinos. Ya recluido, su sentencia es extendida debido a sus intentos de evasión. Pasa en la cárcel casi veinte años; al ser liberado, va a servir en casa de un santo varón, se trata de un obispo indulgente y dadivoso que se interesa por su redención. El impenitente ladronzuelo se llama Jean Valjean (uno de los nombres más famosos que hay en la literatura) quien insiste en robar en casa del obispo. Cuando las autoridades llegan a acusarlo y aprenderlo, el religioso niega el hurto y hace un obsequio al infractor para favorecer su futura reformación. Esto propicia la transformación del malhechor, quien pasa a regir su vida con una actitud de reparación frente a las angustias de los menesterosos.

 

La contrapartida ejerce un gendarme que persigue en forma obsesiva al desprendido Jean Valjean: Javert lo acosa con un sentido rígido de la aplicación de la ley; jamás da tregua al ex–recluso quien, por caridad, ha tomado a cargo el cuidado de una dulce y pequeña huérfana llamada Cosette. Cuando las circunstancias confluyen, Valjean tiene oportunidad de ultimar a Javert pero –en un gesto de increíble generosidad– decide no hacerle daño, finge haberle disparado y le perdona la vida. Javert, confundido y atribulado, también perdona al reo y lo deja escapar. Más tarde, arrepentido, sugiere cambios administrativos, decide segar su vida y se arroja a las aguas del Sena.

 

La novela de Víctor Hugo ha pasado a convertirse en una de las obras más importantes y más leídas de la literatura francesa y universal. El autor es un escritor romántico, sin embargo hay mucho en la obra influenciado por el realismo europeo del siglo XIX. Más que describir la condición de los indigentes y necesitados, el título de la obra tiene que ver con los discapacitados o desvalidos morales, aquellos seres miserables que deciden vivir solo para aprovecharse de la condición ajena y que parecen poner todo su empeño en hacer aún más angustiosa la vida de los demás.


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06 junio 2023

Corinto *

 *   Copiado (literalmente) del Libro Duodécimo –Cuarta Parte– de Los Miserables, de Víctor Hugo.

 

Historia de Corinto desde su fundación

 

Los parisienses que al entrar hoy en la calle de Rambuteau por el lado del Mercado, notan a su derecha, en frente de la calle Mondetour, una cestería que tenía por muestra una canastilla figurando el emperador con esta inscripción: “Napoleón hecho de mimbres”. No sospechan quizá las escenas terribles que se desarrollaron en aquel sitio hace treinta años.

 

Allí estaba la calle de la Chanvrerie, que en las antiguas lápidas se escribía Chanverreie, y la célebre taberna Corinto. El sitio era bueno y los taberneros se sucedían de padres a hijos.

 

En tiempo de Maturin Regnier, esta taberna se llamaba Tiesto-de-Rosas, y como los jeroglíficos estaban de moda tenía por muestra un poste pintado de color de rosa. En el último siglo, el digno Notoire, uno de los maestros caprichosos despreciados por la escuela rígida, se había achispado muchas veces en esa taberna, en la misma mesa en que también se había embriagado Regnier; había pintado, en señal de agradecimiento, un racimo de uvas de Corinto sobre el poste de color rosa. El tabernero, lleno de alegría, había cambiado la muestra, y había hecho pintar en letras doradas, por debajo del racimo, estas palabras: “A las pasas de Corinto”. De ahí el nombre. Nada es más propio de los borrachos que la elipsis. Corinto destronó al tiesto de rosas. El último tabernero de la dinastía, el tío Hucheloup, ignorando la tradición, había hecho pintar el poste de azul.

 

El tío Hucheloup había nacido quizá químico, el hecho es que era cocinero; en su taberna no solo se bebía, también se comía. Hucheloup había inventado una cosa excelente, que no se comía más que en su casa, carpas rellenas, que él llamaba carpas au gras (carpas con manteca). Se comían a las luz de una vela de sebo o de un quinqué del tiempo de Luis XVI, en mesas que tenían, a guisa de mantel, un hule clavado, y acudían a saborear aquel plato desde muy lejos.

 

Hucheloup, un buen hombre, era un figonero con bigotes, variedad divertida. Tenía siempre la cara de mal humor; parecía querer intimidar a sus parroquianos; refunfuñaba a los que entraban en su casa, y tenía el aspecto más propio para buscar camorra con ellos, que para servirles sus viandas. Y sin embargo, repetimos, todos eran bien servidos. Su mujer, la tía Hucheloup, era un ser barbudo y muy feo.

 

Hacia 1830 murió el tío Hucheloup, y con él desapareció el secreto de las carpas con manteca. Su viuda, poco consolable, continuó con la taberna. Pero la cocina degeneró, y llegó a ser malísimo el vino, que antes había sido solo malo: llegó a ser pésimo.

 

Dos criadas, llamadas Matelote y Gibelote, sin que nunca se haya sabido que tuvieran otros nombres, ayudaban a la señora Hucheloup a poner en las mesas los jarros de vino y la variedad de pistos que se servían a los hambrientos en cazuelas de barro.

 

Matelote, gruesa, rotunda, colorada y vocinglera, antigua sultana favorita del difunto Hucheloup, era fea, más fea que cualquier monstruo mitológico; sin embargo, como conviene que la criada sea siempre menos que la ama, era menos fea que la señora Hucheloup.

 

Gibelote, era alta, delgada, de blancura linfática, con los ojos hundidos, los párpados caídos, siempre como fatigada y rendida, dominada por lo que podría llamarse laxitud crónica; se levantaba la primera y se acostaba la última; servía a todo el mundo, aun a la otra criada, en silencio y con dulzura, sonriendo en medio del trabajo, con una especie de vaga sonrisa adormecida.

 

Antes de entrar en la sala-comedor, se leía sobre la puerta este verso, escrito con yeso por Courfeyrac:  

 

“Regodéate si puedes. Y come si te atreves”.


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02 junio 2023

Recuerdos de un hijo pródigo

“Las cosas no son como suceden, sino como se recuerdan”. Gabriel García Márquez

 

Había en esa casa una infinidad de dormitorios, pero digo mal: no era propiamente una casa: era un apartamento, pero lo sigo llamando así porque hasta cuando murió mi madre, no decíamos que íbamos a un “departamento” sino a la casa de la abuela. Eran dormitorios versátiles (se usaban para otros menesteres) porque, debido al diseño del apartamento, las habitaciones estaban repartidas a lo largo de la construcción y alrededor de sus dos patios interiores.

 

Hay cosas que se llegan a querer; no se trata de avaricia, es simplemente una forma diferente, otra forma, de cariño. Yo me encariñé con un par de cuartos diminutos que había allí, unas habitaciones de espacios reducidos (como diseñados para bodega) que en esa casa fungían de dormitorios. El uno iba cambiando de nombre, adquiría temporalmente el de su ocasional ocupante (cuál si fuera su definitivo propietario). Así, fue trocando de nombre: “el cuarto de la Zoila”, “el cuarto de la plancha”, “el dormitorio del Estuardo”… La otra recámara, de idéntico tamaño (unos dos metros por tres) estaba enfrentada al patio trasero de la casa y era solo conocida como “el cuarto de atrás”.

 

Ese último fue mi primer dormitorio propio e independiente, aunque nadie decía “el dormitorio de Alberto”, nadie lo llamaba por mi nombre. Quizá yo era todavía muy chico para tener derecho a que se me endilgue su propiedad… Ambos tenían similar aspecto, carecían de ventanas, albergaban una cama angosta, un pequeño velador y una escuálida mesa que hacía de escritorio. Fue en el otro, en el que alguna vez fue “el de la plancha”, en el que una noche triste de noviembre escuché -por primera y única vez- llorar en forma desconsolada a mi propio papá. Hasta esa noche me había dejado ganar por la persuasión de que solo lloraban los niños, de que los “hombres no lloraban, de que era precisamente por eso, porque no lloraban, que se ganaban el derecho para que los llamen así…

 

La muerte de mi madre debe haberme afectado enormemente, no solo cambió mi infancia sino que dejó una impronta que alteró mi vida para siempre. Esa ausencia marcaría mi vida; pero fue solo parte de una doble orfandad: a partir de ese día habría también de dejar de ver a quien me hacía sentir que disfrutaba jugando conmigo, que me permitía acompañarlo a todas partes, que me hacía creer que era yo quien manejaba su camión y disfrutaba de mis ocurrencias, quien celebraba mis infantiles imitaciones y chistes: mi padre. Así, y por un lapso de quince años, solo interrumpido por una visita de alguna tarde de sábado o unas breves vacaciones, dejé de verlo en forma continua y permanente. Nada podía remplazar esa incomprensible ausencia, él ya no estaba; era como ya no tener papá.

 

Hacia el final de esa cláusula, del espacio de tiempo que duró esa ausencia, papá dejó su trabajo como funcionario de una entidad internacional y se fue a vivir en la ciudad donde había nacido su nueva esposa. Allí pasó a desempeñar una modesta función pública cuyo único incentivo era completar las aportaciones necesarias para optar por su ansiada e inminente jubilación. Y allá fui a visitarlo, solo para descubrir la precariedad de su nuevo sitio de trabajo, donde la mezquindad humana le había desplazado a un sombrío rincón. Luego fui a conocer el nuevo lugar dónde él y su familia se habían ido a vivir; estaba situado frente al cementerio… Fue para mí toda una ominosa premonición.

 

Quince días antes de su partida vino a Quito a “visitarme”; me había dicho que lo invitara y que programara su visita para todo ese fin de semana. Llegó un viernes, me llamó y fuimos a tomar un par de tragos en una discoteca esa misma noche (se llamaba “Silver sleeper” o “La zapatilla plateada”). Me pidió que lo acompañara a Ibarra al día siguiente, quería volver a encontrarse con unos amigos muy queridos a quienes había conocido en Tulcán. Una vez allí, ellos improvisaron un almuerzo campestre en el islote de Yahuarcocha, plan que amenazaba con retrasarme para un compromiso que había adquirido para esa noche, con quien era entonces mi enamorada.

 

Estábamos de regreso; y yo manejaba rápido. Estaba preocupado por no llegar tarde y conducía –cortando camino– a través de esas curvas Interminables que existen hacia el sur de Cayambe y que llaman “las vueltas de Otón”. Papá había cerrado los ojos para disimular su intranquilidad y fingía haberse dormido. Mariano, me dijo de pronto, si no te matas volando, te vas a matar manejando”. Lo dijo en forma tranquila aunque admonitoria; fue su manera de decirme que hay veces que nos apresuramos sin conseguir un real beneficio... Así lo pienso ahora: quizá ya nada podrá pasarme volando (me he retirado como aviador y “eso” solo podría pasarme como pasajero). Tan solo procuro evitar que algo me ocurra mientras manejo. Esa forma de prudencia será mi reverente homenaje a su recuerdo.


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30 mayo 2023

Chullas y bandidos

Éramos niños (hoy, que ya no nos distingue la inocencia pero sí el candor, parece que lo seguimos siendo). Soñábamos con que llegara el viernes; y, más precisamente, el viernes tarde. Era cuando los hermanos habían inventado un sucedáneo para el tedio y la rutina: ¡era el matiné en el salón de actos!. No recuerdo si había un importe, si teníamos que pagar por ello; a veces me parece que fue obligatorio, aunque quizá esa supuesta “obligación” alguna vez la usé como pretexto… No garantizo tampoco que esa forzada asistencia hubiese sido gratuita: es probable que hubiésemos tenido que utilizar las multicolores “notas”, si es que estas para el efecto nos daban “crédito”. Aquellos minúsculos cartoncitos avalaron esas precoces transacciones; fueron nuestras primeras tarjetas de crédito.

 

El cine pudo no haber sido mandatorio pero, si fue facultativo, la alternativa era adelantar las tareas que debíamos llevar a casa para el fin de semana, mientras permanecíamos en las aulas y se distraían los favorecidos compañeros; de modo que, muy probablemente, tampoco “hubo quórum” para aquello. Además, el cine empezaba a eso de las dos de la tarde, con lo cual, antes de que dieran las cuatro, los asistentes ya podían salir para sus casas o quedarse jugando “a la pelota” en el colegio. Suponía un “mini asueto”. Hoy que lo pienso, había en todo ello algo discriminatorio pues columbro que no todos los alumnos habrían estado en condición de poder sufragar el elusivo boleto…

 

No siempre las películas eran frescas (nuevas). Con el argumento de que alguna película se tenía que repetir “por pedido de la hinchada”, hubo cintas que con cierta exageración (y notoria ausencia de escrúpulo) se repitieron. Vi por lo menos tres veces La montaña siniestra (solo para comprobar con desilusión, cada vez que terminaba, que su desenlace seguía siendo siempre el mismo)… Repetí también, y por similar número de veces, una película llamada El monstruo de la laguna negra, solo para aprender desde muy temprano el horrible significado que en las noches puede tener la palabra insomnio. Pero los "largometrajes" que más recuerdo, porque fueron posiblemente los que más tuve que repetir, fueron unos que entonces llamábamos “de chullas y bandidos”, fueron las películas del Oeste.

 

Ah, pero aclaro: ninguna, ni siquiera alguna cinta del inolvidable Cantinflas, fue presentada a color; todas se exhibían en blanco y negro. Las de chullas pasarían a ser nuestras preferidas (vinieron poco antes de las de James Bond) y, aunque también repetidas, tenían guiones predecibles pero entretenidos. No olvido algunos nombres como Durango kid, Hopalong Cassidy o Roy Rogers, en ellas el héroe era invariablemente el sheriff o un forastero, en esas tramas no podían faltar ni las cantinas ni los corceles, ni aquellas raudas diligencias que, de la misma e inalterable forma, estaban sujetas al avaricioso ataque de los bandidos. Ya por esos años se nos hizo familiar la apostura lenta pero garbosa de un “chullita” justiciero; era feo (pues los chullas debían ser guapos y valientes) y se llamaba John Wayne.

 

Imagino que fueron esas cintas las que convirtieron los hombres a caballo en sinónimo del ideal masculino, las que fueron predecesoras de los entretenidos, y un poco exagerados, espagueti westerns que, a fe mía, fueron cintas donde reinaba la fantasía y donde los excesos llegaban al ridículo. Entre las que recuerdo constan Un puñado de dólares, Por unos dólares más y aquella otra que se terminaría convirtiendo en su emblemático epítome: El bueno, el malo y el feo, película memorable por su música y por la caracterización de Clint Eastwood en uno de los papeles principales. Luego vendría una versión que incluyó tomas condimentadas de sexualidad, fue la secuela de las películas de un tal Trinity. Todas estas producciones se filmaron en Europa y fueron dirigidas por italianos.

 

Esa fue, en cierta manera, la curiosa metamorfosis de las películas de vaqueros, que nosotros preferíamos llamar de chullas y bandidos. Eso de “chulla” pudiera tener una etimología incierta. En partes del Ecuador se refiere a alguien que adopta una apariencia de lo que realmente no es, con el objeto de impresionar y ganar el favor ajeno; puede ser también alguien que se presenta como generoso, vengador y valiente; en todo caso significaría “singular” (como en: zapato chulla). En estos mismos días, todos nuestros países sufren una inédita e inusitada inseguridad pública; campea la violencia, el asalto y el latrocinio; las calles están repletas de maleantes, facinerosos, sicarios y vulgares asesinos. Si se mira rápido, se podrá culpar a falta de gestión o de control por parte de las autoridades, pero hasta los jueces parecen estar comprados (si no amenazados) por malhechores o granujas desaprensivos. Es una situación muy grave, peor que si se tratase de un guion de película. Aunque hay muy pocos chullas: abundan los bandidos.


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26 mayo 2023

Hábitos negros y sayales blancos

Si uno hojea Los miserables, la obra de Víctor Hugo, y llega al libro Sexto de la Segunda Parte, no puede sino admirar la exuberante imaginación del formidable escritor francés, a la par que advierte su vehemente animadversión hacia las comunidades religiosas, instituciones que nacieron y se desarrollaron en la Edad Media. Para tener claro cómo surgieron esas órdenes y cómo fue el proceso de su organización y auge (o deterioro) sería necesario revisar ciertos nombres relacionados con las abadías como Benedicto, Cister o Cluny, e identificar su motivación y a sus fundadores.

 

Desde antes del medievo ya habían existido monjes, en especial fueron ermitaños que procuraban imitar la vida contemplativa de Jesucristo. Tan temprano como en el Siglo III, monjes de la talla de un Pablo de Tebas o de Antonio Abad habrían llevado una vida retirada y ascética pero sin normas establecidas ni reunidos en esos lugares comunitarios que luego serían llamados monasterios. Intuyo que quizá por eso, por el recuerdo de este último apellido, luego se conocería como “abad” al encargado de la administración y espiritualidad de esos lugares. Más tarde, esto es a comienzos del Siglo VI, sería Benedetto o Benedicto (o Benito) de Nursia, quien habría fundado una docena de monasterios con normas estandarizadas, aunque siempre definidas y muy estrictas.

 

Benito crearía el concepto inicial del monasterio, tanto en sus aspectos físicos, como en lo relacionado con las normas que conformarían la “Regla benedictina”. Esta establecía los votos obligatorios, las horas de oración, las costumbres y otras formas de convivencia. El lema esencial era Ora et Labora (“Reza y Trabaja”). Al principio las abadías estuvieron ubicadas al oriente de Roma, en un sitio llamado Subiaco (o como Montecasino, situada en el camino a Nápoles). Cuatro siglos más tarde se construirían otras abadías en Francia (Borgoña), y se fundaría el monasterio de Cluny, adoptando (y luego “adaptando”) las reglas para la formación de los nuevos monjes.

 

Cluny fue fundada a principios del Siglo X; tuvo gran protagonismo para la instauración de la llamada Reforma Gregoriana que estableció una clara división entre el poder temporal del Sacro Imperio y el poder espiritual de la Iglesia. La liturgia fue unificada con el rito romano y el canto gregoriano se llegó a constituir en la expresión cultural más destacada de la Iglesia. Entonces, los monjes cluniacenses, siguiendo la tradición, utilizaban hábitos negros.

 

Pasado el tiempo, las costumbres de Cluny fueron perdiendo su rigor original. Varios priores o abades cluniacenses serían más tarde designados papas; así, el poder acumulado pudo haber contribuido a la decadencia de la Orden. Surgiría entonces una reacción renovadora que se propuso recuperar las normas iniciales, reinstaurar el celibato e imponer en forma obligatoria la Regla Benedictina. Esto sucedía hacia fines del siglo XI en un lugar conocido como San Nicolás de Citeaux, ubicado al sur de Dijón, en la abadía del Cister (de Cisternum, nombre original de Citaeux en latín). Su gran promotor sería Bernardo de Claraval (siglo XII). Para distinguirse de los religiosos de Cluny, los cistercienses usarían sayales blancos; por este motivo luego fueron conocidos como los monjes blancos”.

 

La Iglesia no solo contaba con monasterios; estos estaban ubicados fuera de los centros poblados; en las ciudades existían conventos que eran habitados por frailes. Estos podían o no estar ordenados como sacerdotes. A partir del siglo XIII, debido a las exigencias espirituales y a las necesidades de la docencia, se crearía una gran variedad de nuevas comunidades que fueron incorporando su esfuerzo a las tareas y actividades de las congregaciones iniciales. Sus reglas fueron similares y se mantuvieron los votos exigidos. De esta forma surgieron nuevas ordenes que, con la debida licencia, aportaron su contingente. Entre ellas merecen destacarse las siguientes:

 

Franciscanos (varias órdenes fundadas por Francisco de Asís a inicios del siglo XIII): pusieron énfasis en la pobreza y la caridad, hoy llevan un hábito marrón que se lo ajustan con un cinturón de tres (o cinco) nudos. Dominicos, fueron llamados Orden de los Predicadores; su lema es “Alabar, bendecir y predicar”; es una orden fundada por Domingo de Guzmán en Toulouse en 1216; sus miembros dan especial atención a la teología; tuvieron a cargo la Inquisición; se destacaron entre ellos Tomás de Aquino y Alberto Magno; usan un hábito blanco con capa de color negro. Agustinos: inspirados en Agustín de Hipona; es una orden establecida en 1243, utilizan una sotana negra con capucha. Mercedarios: orden fundada en 1218 por Pedro Nolasco, se propuso en inicio atender la redención de los cautivos (perseguidos por los musulmanes); sus miembros usan un sayal blanco. Jesuitas: orden fundada en 1534 por Ignacio de Loyola: estos usan sotana negra, son misioneros y educadores; se especializan en filosofía y teología.


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23 mayo 2023

De lápidas y epitafios

Murió joven, quizá demasiado joven. Le decían Nino (hipocorístico o apócope de Saturnino, por uno de sus amigos) pero se llamaba Luis Manuel. Había nacido hacia el sur de Valencia, en un pueblito del interior conocido como Ayelo (o Aielo) de Malferit. Era Ferri de apellido pero, como era de natural impetuoso, alguien le había chantado el enconoso remoquete de “Niño Bravo”. Así es como lo conocimos, entonando canciones escritas por Manuel Alejandro, José Luis Armenteros o Juan Carlos Calderón, con un estilo y una voz que todos imitaban.

 

Ferri es un apellido español, aunque no uno de los tradicionales; yo ya lo escuchaba de niño porque era el de una vecina, la mejor amiga de una de mis tías. Ferri era también el distintivo familiar de una estación de servicio que estaba ubicada en el lado sur del parque de El ejido, y que se caracterizaba por una estructura que protegía los surtidores, y que por esos mismos años también se convirtió en emblema del ingreso al recibo del hotel Quito.

 

De lo que no estoy muy seguro es cuál fue la canción más popular entre las que lo hicieron famoso, pero recuerdo en especial a aquellas que todos tarareaban: Te quiero, Te quiero (De por qué te estoy queriendo, no me pidas la razón…) y Un beso y una flor (Dejaré mis tierras por ti, dejaré mis campos y me iré…). Esas quizá fueron las favoritas, pero la que de verdad a mí me sedujo fue Noelia; yo no sé si por ese prolongado Noeeeeliaaaa!!!, con el que cerraba la estrofa principal o por culpa de una jovencita, amiga de uno de mis hermanos y algo mayor a los años que yo tenía, que obedecía al poco usado nombre de Romelia… (Hace un tiempo que sueño con ella / Y solo sé que se llama Noelia / Hace un tiempo que vivo por ella…). Y es que, luego de aquel extendido Noelia venía una suerte de tautología, un repetitivo Noelia, Noelia, Noelia, Noelia, Noelia (cinco veces) que yo, cómo no, había trocado por Romelia, Romelia… No era linda, pero algo había en ella (¿acaso su ronca voz?) que me había hechizado cual talismán.

 

Nino Bravo falleció en la plenitud de su fama en un accidente de carretera –tenía 28 años–; dicen que su inopinado deceso convocó una multitud de diez mil aficionados. El suyo fue un estilo muy personal, que trató de ser imitado por muchos de los cantantes de su generación. Ferri había sido bodeguero y, sobre todo, lapidario. Este no es solo un oficio relacionado con la fabricación de lápidas funerarias sino con la preparación y engarce de piedras preciosas: él había trabajado como tallador, pulidor y engarzador de gemas: lo que hace un joyero. Lápida viene del latín lapis que quiere decir piedra; consiste, en efecto, en aquella piedra plana en la que se pone una inscripción (generalmente fúnebre). De ello ha de venir el adjetivo lapidario para algo –según el DLE– “que por su concisión y solemnidad, parece digno de ser grabado en una lápida”.

 

Mis amigos golfistas han convertido el complicado y bien protegido hoyo 16, en una especie de encrucijada; dicen que “quien gana el 16 gana todo y el que lo pierde, pierde todo”. Obviamente, es solo un lugar común; un clisé que en ocasiones incomoda (tanto a los que van ganando cuanto a los que van perdiendo). Algunos hemos sabido tomar la mención como una simple estrategia de quienes suelen utilizar recursos non santos para “distraer al enemigo”. Hay entre nosotros, sin embargo, un hombre bueno, él es un hombre adusto que toma en serio las insinuaciones o las veladas amenazas, y reclama por su espuria o infundada validez. Los chuscos le han inventado un epitafio: “Ya jugó el 16”… Eso viene a cuento de ciertos famosos epitafios que se han legado para la posteridad y que no hacen otra cosa que recoger la picardía o vivacidad de gente ocurrida, perspicaz e inteligente:

 

       “Aquí ya no se me ocurre ninguna fuga”. Johann Sebastian Bach;

       “Perdonen que no me levante”. Groucho Marx;

       “Abrid la tumba. Al fondo, se ve el mar”. Vicente Huidobro;

       “Disculpen el polvo…”. Dorothy Parker;

 

Para los tiempos que corren, cuando parece ir desapareciendo la cristiana costumbre de alojar los restos mortales en sarcófagos o de depositarlos bajo tierra, y cuando, asimismo, parece irse imponiendo la de incinerarlos para conservar la ceniza en lugares más íntimos (incluso en sus propios hogares); creo que, asimismo, irán desapareciendo no solo los epitafios, sino incluso esas pesadas lápidas… A pesar de ello, habría por ahí un epitafio disponible para algún colega aviador que pudiera estar interesado: “Se fue de vuelo” o ¿Qué tal un “Se fue a volver”?… Aunque me temo que este último –dado nuestro consabido talante pretencioso– nos parecerá inelegante y demasiado parecido a la respuesta que en nuestra tierra dan los asistentes de artesano para disculpar las reiteradas ausencias de sus jefes...


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