20 junio 2023

¡Faltaría más!

Mi proposición, para no tildarla de teoría, es que las lenguas, al igual que los seres vivos, también evolucionan. Y así como las palabras van admitiendo más significados o van alterando su original sentido, las locuciones también van haciéndolo para expresar con menos (o distintas) palabras la misma intención. Piénsese en un ¡ño!, por ejemplo, que no solo abrevia un vocablo sino toda una frase repleta de profanidad e injuriosa intención. Esto pudo haber sucedido con una frase como “Ya no faltaría nada más para que sea el colmo”, que pudo haberse convertido, con el tiempo, en algo más corto, como un “no faltaría más” o, incluso, en un lacónico “faltaría más”, como dicen los peninsulares.

 

Pienso en esto cuando me preguntan de dónde salió aquel “no faltaba más” o su sucedáneo “no faltaría más” que usamos ocasionalmente; y, cuando en forma casi simultánea, me invitan a reflexionar en cómo traduciríamos, o pudiéramos traducir, esa curiosa expresión al inglés, obviamente sin que suene ridículamente literal… Lo invito a que usted lo haga, amable lector. ¡Sí, inténtelo usted!

 

Es probable que la dificultad estribe en que la expresión se utiliza en castellano para dos situaciones diferentes, que producen significados no solo distintos sino incluso adversos. En nuestro idioma respondemos como un “no faltaría (o, no faltaba) más” en dos situaciones particulares: la primera, cuando una persona ayuda a otra y esta le agradece, entonces la que ofreció su ayuda desmerece su propio esfuerzo y emite un “no faltaría más”. La segunda ocurre cuando expresamos rechazo, o implicamos en forma definitiva que discrepamos, y emitimos la frase para significar que aquello nos parece el colmo, algo con lo que jamás pudiéramos estar de acuerdo. Respondemos entonces con un vehemente y enérgico “no faltaría más”. Tal parece que solo sería cuestión de tono, pero es la misma frase: una, usada en forma de dadivosa cortesía; y otra como firme rechazo (aunque, a veces, en tono de excusa anticipada).

 

Para resumir, tanto el uso de “no faltaba más” como de “no faltaría más” quisieran expresar tres intenciones distintas, de acuerdo con la condición, si esta es de cortesía o de rechazo:

- No hay de qué, claro que sí o desde luego, como expresión de cortesía;

- Desde luego que no o de ninguna manera, como rechazo (un "qué te has creído");

- Desde luego que sí (se trataría de un “no podría aceptar otra cosa por respuesta”).

 

Ahora bien, para el caso de traducir al inglés, podemos utilizar distintas opciones: para el caso de la expresión como cortesía, suponemos que representa un “no hay de qué”; por lo mismo, pudiéramos usar varias formas equivalentes: of course, don’t mention it o by all means. Para el caso de rechazo, sin embargo, la expresión representa un enérgico “desde luego”, o un “habrase visto”, aunque siempre elevado de tono, en cuya circunstancia requerirá de un firme “that goes without saying” o de un más lacónico y simple “no way”. Dependiendo, en uno y otro caso, de si hay rechazo o si solo usamos la expresión como una básica forma de cordialidad y cortesía.

 

A excepción de “El habla de Ecuador”, el diccionario de ecuatorianismos de C.J. Córdova, la expresión no está recogida en los demás diccionarios del habla de nuestro país. Córdova lo incluye con la expresión “no faltaba más”, o con lo que considera una locución vulgar: “no (o ni) faltara más”; y subraya que es más común y corriente la primera (pretérito imperfecto o copretérito) que la segunda (pretérito perfecto/pretérito). Para el ilustre lingüista cuencano se trataría de un ecuatorianismo (por ello lo incluye en su texto) con el carácter de una locución que se utiliza “para indicar qué hay algo irregular en lo dicho o hecho y que se censura”. Interpretamos, en cualquier caso, que únicamente se refiere a la opción de rechazo, pero no considera la de cortesía.

 

Sin embargo, ese “no faltaría” –o “no faltaba más”– no se trataría de un americanismo y aun menos de un ecuatorianismo; el propio diccionario de la Academia señala lo correspondiente a este respecto: No faltaba más: 1. expr. U. para rechazar una proposición por absurda o inadmisible. 2. expr. U. para manifestar la disposición favorable al cumplimiento de lo que se ha requerido”, (en este último caso, sin signo de admiración y bajando de tono). Nótese, para muestra de ejemplo, el sentido de la expresión utilizada en un artículo escrito por Arturo Pérez Reverte y reproducido en este blog en diciembre pasado (“Me tenéis acorralado…”) cuya parte final transcribo: “Dirán ustedes que si eso ocurre, también yo me iría al diablo. Y sí, en efecto. Me iría, o me iré con todos. Faltaría más. Pero podrán reconocerme entre quienes suelten carcajadas. Aquí murió Sansón, dirá esa risa, con todos los filisteos”.


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16 junio 2023

El nombre de un gran lago

He ido llegando a la edad de las concesiones, sin casi darme cuenta me he vuelto menos intransigente y más tolerante. Como consecuencia, esta se me ha ido convirtiendo en “la edad de las confesiones” (nótese el parecido fonético); quizá lo último sea consecuencia de lo primero. Confesarse requiere de una cuota de humildad; de un cierto reconocimiento de culpa, si no de arrepentimiento. A mis años ya no se me hace problema el hacer un mea culpa de ciertas viejas escondidas obsesiones, pruritos y defectos. Hay en ello tal vez una suerte de catarsis…

 

Encuentro, por ejemplo, que, en la mayoría de los casos, los nombres –de personas, lugares o cosas– obedecen a una razón; ellos casi siempre responden a un motivo. Me intereso, por lo mismo, en saber el porqué para el apelativo de un lugar, para el nombre de regiones, montes o ríos. Tan pronto como un nombre me parece diferente, pregunto si hubo una razón o motivo para que se lo haya escogido y aplicado. Sí, tal parece que ese es uno de mis nuevos temas o, como ya lo explico, viejas obsesiones que hoy no tengo ningún empacho en darles partida de identidad. Eso es quizá parte o rezago de mi otra vieja pulsión, la de averiguar y explorar el embozado o elusivo porqué.

 

¿Por qué hemos bautizado así los quiteños a Cruzloma o Cruz Loma, nuestro cerro tutelar, por ejemplo? ¿Hay en esa construcción algo de la usanza indígena? ¿Por qué tantos nombres usan el sufijo “loma” si esta no es una voz kichua (o quichua)? Otro híbrido para el efecto (en el sentido de la acción para juntar dos idiomas distintos) pudiera ser Chaupicruz que querría decir “pequeña cruz”; aquí no queda claro si existiría un intencional mestizaje semántico o una concesión mutua; o si se trata más bien de una expresión de conquista y vasallaje. No sucede lo mismo con un nombre como Kununyacu (agua o río caliente) por ejemplo, cuya condición ancestral resulta evidente…

 

Pienso en este (“mi”) tema, al hacer un seguimiento de la ruta que viene cumpliendo por casi dos meses mi inquieto como esforzado primo Jorge, quien está por concluir un largo periplo por tierra que lo llevó a la región más austral del continente. Él ya se encuentra en Puno, en el lado peruano u occidental del más alto y emblemático de los lagos suramericanos, ubicado entre Bolivia y Perú, el gran Titicaca, que, para propósitos de identificación o localización, cuenta para los nativos como si constituirían dos cuerpos de agua distintos: el Lago Chico (Huiñaymarca o Wiñay Marca); y el Lago Mayor (o Grande) conocido en Bolivia como Chucuito (deformación de Chuquvito).

 

Si se pone un poco de atención al mapa de este pequeño mar de agua dulce, se notará que se trata de un solo cuerpo de agua orientado en sentido noroeste-sudeste, ubicándose la parte conocida como Wiñai Marca en la parte suroriental. Hay, asimismo, una ensenada –en forma de herradura– en el lado occidental (junto a Puno) conocida como Paucarcolla. Pero Titicaca no es solo una importante referencia o accidente geográfico, el lago constituyó para los primeros aborígenes una referencia esencial para su linaje; los incas estaban convencidos de que en las aguas frías del lago estaba la razón misma del origen de su dinastía. Sus aguas representaban un hito legendario y religioso, inseparable de su mitología, de su orgullo étnico y de su indisputable identidad.

 

Pero… ¿qué quiere decir Titicaca, qué significa el curioso nombre? No está claro siquiera si ese pudo haber sido el nombre original en tiempos inmemoriales. El vocablo es probablemente quechua pero no se descarta que pudiese ser aymará, lengua en la que titi significaría puma o plomo (el metal) y kaka cabeza canosa, fisura o peine de pájaro, todo lo cual no hace mucho sentido; aun así hay quien sugiere que en este idioma pudiera significar “puma plomizo o descolorido”, posiblemente en referencia a una roca sagrada localizada en la isla del Sol, en el lado boliviano. En quechua, la lengua de los Incas, vendría de titi (plomo) y kaka (roca o peñasco) en alusión a un lugar sagrado ubicado en la misma Isla del Sol, mítica cuna de su civilización. Sin embargo, se prefiere creer que Titicaca pudiera ser una corrupción de thakhsi cala, el nombre precolombino de ese venerado lugar de proverbial significado ancestral.

 

El Titicaca tiene una altitud de 3800 metros (está mil metros por encima del nivel de la ciudad de Quito), esto hace –por su cercanía con el sol– que tenga un alto índice de evaporación. De hecho, ha sufrido una pérdida importante de caudal en los últimos tiempos (casi un metro en su nivel). Actualmente, un incipiente exceso de agua fluye en forma permanente a través del río Desaguadero que transporta ese caudal desde Huiñaymarca hasta otro cuerpo de agua dulce ubicado hacia el sur de Oruro; se trata del lago Poopó. Hace tan solo una década el Fondo Mundial para la Naturaleza (GNF por sus siglas en inglés) habría reconocido que el Titicaca ha empezado a sufrir una creciente amenaza para su biodiversidad y frágil ecosistema. Hoy se implementan iniciativas para cuidarlo y protegerlo.


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13 junio 2023

Leísmos y otras hierbas

Hoy quisiera hablarles de algo que es un tanto confuso, lo llaman “leísmo”, que a punto he estado de escribir “le llaman leísmo”. Antes de explicarlo, quizá sea conveniente descartar lo que no es. No es leísmo leer demasiado ni, tampoco, abusar de la lectura; no se trata tampoco de una facción o partido político, uno que sigue a un individuo conocido como Leo (apócope de Leonardo, Leonel o Leopoldo, vaya usted a saber). No, no se trata de ese circunstancial “leísmo”, sino de uno que el diccionario lo explica así: m. Gram. Empleo de las formas le y les del pronombre átono para el complemento directo, en lugar de las formas lo, la, los y las.

 

Como se habrán dado cuenta, parece “clarito”, pero no tanto. La verdad es que cuando uno lo consulta, no existe regla ni fórmula clara; el asunto puede tornarse en difícil de desenredar. Yo ya me había dado cuenta, cuando era niño, de que mis primos costeños hablaban diferente; y no era solo que su pronunciación lo era, sino que ellos usaban ciertos pronombres en forma distinta. ¿Quién tomó el martillo?, alguien preguntaba; y ellos -raudos- y al unísono contestaban: “lo vi pero no lo cogí”… Esta vez, para tratar de salir de la confusión, había preferido dejar el tema para revisarlo en la madrugada. En casa decían que hay cosas que es mejor tratar de comprenderlas “en el fresco”, que -a lo mejor- quería decir “en frío” o, más probablemente, “en las tiernas horas del amanecer” (“in the wee hours”).

 

Pero, incluso a esas tempranas horas, el asunto es confuso, inextricable. Para algunos no estará claro aquello del “pronombre átono” y si lo está, a lo mejor no recuerdan qué es el complemento directo (o su contrapartida, el indirecto). Cuando se revisa el Diccionario Panhispánico de Dudas (una herramienta de la que dispone la Academia), se encuentra que existen tantas reglas y excepciones, que uno corre el riesgo de terminar más confundido que cuando empezó. Y no se trata del género, ni siquiera del pronombre; sino del tipo de complemento: directo o acusativo (que es cuando se prescribe usar la, lo o los); e indirecto o dativo (cuando se permite el uso de le o les).

 

La misma Academia reconoce la dificultad, y luego de explicar que en muchos casos existe una influencia regional -tanto para el leísmo como para sus contrapartidas- advierte que existen diversas particularidades o, si se prefiere, excepciones que es preciso identificar y reconocer. Tal parece que hay verbos que merecen un distinto tratamiento; por lo que hay varios conceptos, en este sentido, que es preciso aplicar. Se trata de unos verbos llamados “de afección psíquica” o de otros conocidos como “verbos de influencia”. Como el asunto tiene cierta particularidad implícita, sería mejor recurrir a las explicaciones del propio Diccionario para aclararlo:

 

Verbos de «afección psíquica»: son aquellos verbos que designan procesos que afectan al ánimo o producen acciones o reacciones emotivas, como afectar, asustar, asombrar, convencer, divertir, impresionar, molestar, ofender, perjudicar, preocupar, etc., (…) estos admiten el uso de los pronombres de acusativo —lo(s), la(s)— y de dativo —le(s)—. Si el sujeto es animado y se considera agente de la acción, el complemento es directo, en cuyo caso se usan los pronombres del acusativo (A mi madre la asombro cuando como mucho); pero si el sujeto es inanimado, o es una oración, se considera complemento indirecto, en cuyo caso se usan los pronombres del dativo (A mi madre le asombra mi apetito).

 

«Verbos de influencia»: expresan acciones que tienen como objetivo influir en una persona para que realice una determinada acción, como permitir, prohibir, proponer, impedir, mandar y ordenar. El complemento es indirecto con estos verbos: «Esa experiencia le permitió vivir a su manera»; «Le prohibió salir de la capital hasta nueva orden». Por el contrario, el complemento es directo con los verbos de influencia que llevan, además, un complemento de régimen, esto es: precedido de preposición, como obligar a, invitar a, convencer de, incitar a, animar a, forzar a, autorizar a, etc.: «Una barrera los obligó a desviarse»; «La convenció de que vendiera un anillo de brillantes». Pero, hay algo más: se trata de los verbos hacer y dejar, cuando tienen sentido causativo, esto es, cuando significan, respectivamente, ‘obligar’ y ‘permitir’. Estos verbos tienden a construirse con complemento directo si el verbo subordinado es intransitivo: «Él la hizo bajar a su estudio y le mostró el cuadro»; y a construirse con complemento indirecto cuando el segundo verbo es transitivo: «Alguien lo ayudó a incorporarse, lo estimuló y hasta le hizo tomar café».

 

Según el Diccionario Panhispánico de Dudas, “en Ecuador (se entiende que en especial en la Sierra), el contacto con el quichua habría dado lugar al uso exclusivo de le(s), independientemente de la función que desempeña el pronombre o el género, ejemplo: «Le encontré acostada»”. Sí, parece confuso o, por lo menos, complicado…


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09 junio 2023

Les misérables

Estuve leyendo en estos días Los miserables del francés Víctor Marie Hugo. La mía es una versión ‘abreviada’ de la famosa obra; no digo ‘resumida’, lo cual es diferente (aun así contiene sobre 500 páginas). Intuyo que en estas versiones los editores revisan la obra y reducen ciertas partes, por considerarlas menos importantes, con el objeto de hacer más amena la obra y que esto facilite la mejor comprensión del relato; espero, con ello, no haber perdido importantes secciones. Existen repetidas y amplias digresiones en la obra que hacen que, en ocasiones, deje de parecer una novela, y adquiera caracteres más bien de un ensayo político, y aun religioso, de tipo didáctico. La obra no es una novela–novela; a veces desaparece el elegante narrador y aparece el obcecado polemista.

 

Tampoco logra ser una novela histórica, al estilo de Guerra y Paz de Tolstoi. Por eso, y como parcial ensayo que es, a veces se aleja del argumento, aunque no de la manera que lo hace Tolstoi, que convierte sus comentarios en una crónica reflexiva, pero sin descuidar el guion, usando continuos comentarios para ilustrar las vicisitudes de la política europea, el desarrollo de las batallas, la participación de la aristocracia, el fervor del nacionalismo ruso o la situación del campesinado. A ratos, Hugo convierte la obra en un manifiesto, en una proclama de sus ideas; su evidente inquina hacia ciertos sectores de la Iglesia habría provocado la inclusión de sus obras en el Índice, razón para la que estas hubiesen sido proscritas en los planes de estudio de ciertos establecimientos educacionales.

 

Hugo, que vivió algo más de 80 años (1802-1885) se habría tomado veinte para estructurar el contenido y argumento de Los miserables (se publicaría en 1862). La novela no es la historia de una revancha, en la guisa de El conde de Montecristo de Alejandro Dumas, tampoco es –dado el título– un relato social que describe la vida de los menesterosos y desposeídos; no, por lo menos en la línea de las novelas de índole social del canario Benito Pérez Galdós. Pero es una apología de la enmienda y la reparación; un alegato en favor de la prodigalidad y la indulgencia. Se trata de la conversión de un ex convicto que deviene en hombre próspero gracias a su trabajo honrado y luego se convierte en el benefactor del lugar que más tarde lo escogería como su burgomaestre.

 

Víctor Hugo había sido el menor de tres hermanos, todos escritores; había nacido tres años después de Balzac (1799-1850) y casi veinte antes que Flaubert (1821-1880), pero los sobrevivió a los dos; siempre estuvo interesado en los problemas de Francia y su voz se fue ganando la confianza, el afecto y la admiración de los franceses; era el tercer hijo de un general imperial a quien se había distinguido con un título nobiliario en el tiempo de Napoleón.

 

La novela es la historia de un convicto que va a prisión por robar un pan para ayudar a alimentar a sus sobrinos. Ya recluido, su sentencia es extendida debido a sus intentos de evasión. Pasa en la cárcel casi veinte años; al ser liberado, va a servir en casa de un santo varón, se trata de un obispo indulgente y dadivoso que se interesa por su redención. El impenitente ladronzuelo se llama Jean Valjean (uno de los nombres más famosos que hay en la literatura) quien insiste en robar en casa del obispo. Cuando las autoridades llegan a acusarlo y aprenderlo, el religioso niega el hurto y hace un obsequio al infractor para favorecer su futura reformación. Esto propicia la transformación del malhechor, quien pasa a regir su vida con una actitud de reparación frente a las angustias de los menesterosos.

 

La contrapartida ejerce un gendarme que persigue en forma obsesiva al desprendido Jean Valjean: Javert lo acosa con un sentido rígido de la aplicación de la ley; jamás da tregua al ex–recluso quien, por caridad, ha tomado a cargo el cuidado de una dulce y pequeña huérfana llamada Cosette. Cuando las circunstancias confluyen, Valjean tiene oportunidad de ultimar a Javert pero –en un gesto de increíble generosidad– decide no hacerle daño, finge haberle disparado y le perdona la vida. Javert, confundido y atribulado, también perdona al reo y lo deja escapar. Más tarde, arrepentido, sugiere cambios administrativos, decide segar su vida y se arroja a las aguas del Sena.

 

La novela de Víctor Hugo ha pasado a convertirse en una de las obras más importantes y más leídas de la literatura francesa y universal. El autor es un escritor romántico, sin embargo hay mucho en la obra influenciado por el realismo europeo del siglo XIX. Más que describir la condición de los indigentes y necesitados, el título de la obra tiene que ver con los discapacitados o desvalidos morales, aquellos seres miserables que deciden vivir solo para aprovecharse de la condición ajena y que parecen poner todo su empeño en hacer aún más angustiosa la vida de los demás.


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06 junio 2023

Corinto *

 *   Copiado (literalmente) del Libro Duodécimo –Cuarta Parte– de Los Miserables, de Víctor Hugo.

 

Historia de Corinto desde su fundación

 

Los parisienses que al entrar hoy en la calle de Rambuteau por el lado del Mercado, notan a su derecha, en frente de la calle Mondetour, una cestería que tenía por muestra una canastilla figurando el emperador con esta inscripción: “Napoleón hecho de mimbres”. No sospechan quizá las escenas terribles que se desarrollaron en aquel sitio hace treinta años.

 

Allí estaba la calle de la Chanvrerie, que en las antiguas lápidas se escribía Chanverreie, y la célebre taberna Corinto. El sitio era bueno y los taberneros se sucedían de padres a hijos.

 

En tiempo de Maturin Regnier, esta taberna se llamaba Tiesto-de-Rosas, y como los jeroglíficos estaban de moda tenía por muestra un poste pintado de color de rosa. En el último siglo, el digno Notoire, uno de los maestros caprichosos despreciados por la escuela rígida, se había achispado muchas veces en esa taberna, en la misma mesa en que también se había embriagado Regnier; había pintado, en señal de agradecimiento, un racimo de uvas de Corinto sobre el poste de color rosa. El tabernero, lleno de alegría, había cambiado la muestra, y había hecho pintar en letras doradas, por debajo del racimo, estas palabras: “A las pasas de Corinto”. De ahí el nombre. Nada es más propio de los borrachos que la elipsis. Corinto destronó al tiesto de rosas. El último tabernero de la dinastía, el tío Hucheloup, ignorando la tradición, había hecho pintar el poste de azul.

 

El tío Hucheloup había nacido quizá químico, el hecho es que era cocinero; en su taberna no solo se bebía, también se comía. Hucheloup había inventado una cosa excelente, que no se comía más que en su casa, carpas rellenas, que él llamaba carpas au gras (carpas con manteca). Se comían a las luz de una vela de sebo o de un quinqué del tiempo de Luis XVI, en mesas que tenían, a guisa de mantel, un hule clavado, y acudían a saborear aquel plato desde muy lejos.

 

Hucheloup, un buen hombre, era un figonero con bigotes, variedad divertida. Tenía siempre la cara de mal humor; parecía querer intimidar a sus parroquianos; refunfuñaba a los que entraban en su casa, y tenía el aspecto más propio para buscar camorra con ellos, que para servirles sus viandas. Y sin embargo, repetimos, todos eran bien servidos. Su mujer, la tía Hucheloup, era un ser barbudo y muy feo.

 

Hacia 1830 murió el tío Hucheloup, y con él desapareció el secreto de las carpas con manteca. Su viuda, poco consolable, continuó con la taberna. Pero la cocina degeneró, y llegó a ser malísimo el vino, que antes había sido solo malo: llegó a ser pésimo.

 

Dos criadas, llamadas Matelote y Gibelote, sin que nunca se haya sabido que tuvieran otros nombres, ayudaban a la señora Hucheloup a poner en las mesas los jarros de vino y la variedad de pistos que se servían a los hambrientos en cazuelas de barro.

 

Matelote, gruesa, rotunda, colorada y vocinglera, antigua sultana favorita del difunto Hucheloup, era fea, más fea que cualquier monstruo mitológico; sin embargo, como conviene que la criada sea siempre menos que la ama, era menos fea que la señora Hucheloup.

 

Gibelote, era alta, delgada, de blancura linfática, con los ojos hundidos, los párpados caídos, siempre como fatigada y rendida, dominada por lo que podría llamarse laxitud crónica; se levantaba la primera y se acostaba la última; servía a todo el mundo, aun a la otra criada, en silencio y con dulzura, sonriendo en medio del trabajo, con una especie de vaga sonrisa adormecida.

 

Antes de entrar en la sala-comedor, se leía sobre la puerta este verso, escrito con yeso por Courfeyrac:  

 

“Regodéate si puedes. Y come si te atreves”.


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02 junio 2023

Recuerdos de un hijo pródigo

“Las cosas no son como suceden, sino como se recuerdan”. Gabriel García Márquez

 

Había en esa casa una infinidad de dormitorios, pero digo mal: no era propiamente una casa: era un apartamento, pero lo sigo llamando así porque hasta cuando murió mi madre, no decíamos que íbamos a un “departamento” sino a la casa de la abuela. Eran dormitorios versátiles (se usaban para otros menesteres) porque, debido al diseño del apartamento, las habitaciones estaban repartidas a lo largo de la construcción y alrededor de sus dos patios interiores.

 

Hay cosas que se llegan a querer; no se trata de avaricia, es simplemente una forma diferente, otra forma, de cariño. Yo me encariñé con un par de cuartos diminutos que había allí, unas habitaciones de espacios reducidos (como diseñados para bodega) que en esa casa fungían de dormitorios. El uno iba cambiando de nombre, adquiría temporalmente el de su ocasional ocupante (cuál si fuera su definitivo propietario). Así, fue trocando de nombre: “el cuarto de la Zoila”, “el cuarto de la plancha”, “el dormitorio del Estuardo”… La otra recámara, de idéntico tamaño (unos dos metros por tres) estaba enfrentada al patio trasero de la casa y era solo conocida como “el cuarto de atrás”.

 

Ese último fue mi primer dormitorio propio e independiente, aunque nadie decía “el dormitorio de Alberto”, nadie lo llamaba por mi nombre. Quizá yo era todavía muy chico para tener derecho a que se me endilgue su propiedad… Ambos tenían similar aspecto, carecían de ventanas, albergaban una cama angosta, un pequeño velador y una escuálida mesa que hacía de escritorio. Fue en el otro, en el que alguna vez fue “el de la plancha”, en el que una noche triste de noviembre escuché -por primera y única vez- llorar en forma desconsolada a mi propio papá. Hasta esa noche me había dejado ganar por la persuasión de que solo lloraban los niños, de que los “hombres no lloraban, de que era precisamente por eso, porque no lloraban, que se ganaban el derecho para que los llamen así…

 

La muerte de mi madre debe haberme afectado enormemente, no solo cambió mi infancia sino que dejó una impronta que alteró mi vida para siempre. Esa ausencia marcaría mi vida; pero fue solo parte de una doble orfandad: a partir de ese día habría también de dejar de ver a quien me hacía sentir que disfrutaba jugando conmigo, que me permitía acompañarlo a todas partes, que me hacía creer que era yo quien manejaba su camión y disfrutaba de mis ocurrencias, quien celebraba mis infantiles imitaciones y chistes: mi padre. Así, y por un lapso de quince años, solo interrumpido por una visita de alguna tarde de sábado o unas breves vacaciones, dejé de verlo en forma continua y permanente. Nada podía remplazar esa incomprensible ausencia, él ya no estaba; era como ya no tener papá.

 

Hacia el final de esa cláusula, del espacio de tiempo que duró esa ausencia, papá dejó su trabajo como funcionario de una entidad internacional y se fue a vivir en la ciudad donde había nacido su nueva esposa. Allí pasó a desempeñar una modesta función pública cuyo único incentivo era completar las aportaciones necesarias para optar por su ansiada e inminente jubilación. Y allá fui a visitarlo, solo para descubrir la precariedad de su nuevo sitio de trabajo, donde la mezquindad humana le había desplazado a un sombrío rincón. Luego fui a conocer el nuevo lugar dónde él y su familia se habían ido a vivir; estaba situado frente al cementerio… Fue para mí toda una ominosa premonición.

 

Quince días antes de su partida vino a Quito a “visitarme”; me había dicho que lo invitara y que programara su visita para todo ese fin de semana. Llegó un viernes, me llamó y fuimos a tomar un par de tragos en una discoteca esa misma noche (se llamaba “Silver sleeper” o “La zapatilla plateada”). Me pidió que lo acompañara a Ibarra al día siguiente, quería volver a encontrarse con unos amigos muy queridos a quienes había conocido en Tulcán. Una vez allí, ellos improvisaron un almuerzo campestre en el islote de Yahuarcocha, plan que amenazaba con retrasarme para un compromiso que había adquirido para esa noche, con quien era entonces mi enamorada.

 

Estábamos de regreso; y yo manejaba rápido. Estaba preocupado por no llegar tarde y conducía –cortando camino– a través de esas curvas Interminables que existen hacia el sur de Cayambe y que llaman “las vueltas de Otón”. Papá había cerrado los ojos para disimular su intranquilidad y fingía haberse dormido. Mariano, me dijo de pronto, si no te matas volando, te vas a matar manejando”. Lo dijo en forma tranquila aunque admonitoria; fue su manera de decirme que hay veces que nos apresuramos sin conseguir un real beneficio... Así lo pienso ahora: quizá ya nada podrá pasarme volando (me he retirado como aviador y “eso” solo podría pasarme como pasajero). Tan solo procuro evitar que algo me ocurra mientras manejo. Esa forma de prudencia será mi reverente homenaje a su recuerdo.


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