01 julio 2025

El aprendiz de brujo *

Escrito por Moisés Naím, para El País de España

Johann Wolfgang von Goethe, vivió entre 1749 y 1832, fue uno de los escritores alemanes más importantes. A los 48 años, publicó una balada, El aprendiz de brujo, que se convirtió en uno de sus textos más conocidos y cuya relevancia perdura hasta nuestros días. El protagonista es un aprendiz que aprovecha la ausencia de su maestro para experimentar con los sortilegios que le ha visto usar. Una de las tareas que más detesta es llenar un cubo con agua del pozo y llevarlo al taller, así que embruja a una escoba para que haga el trabajo por él. Craso error.

 

El suelo rápidamente se cubre de agua, y el aprendiz se da cuenta de que nada puede hacer la escoba porque no conoce toda la magia. Decide pararla cortándola en dos con un hacha, pero cada pedazo se convierte en otra escoba que continúa acarreando agua al taller, cada vez más rápido. La habitación comienza a inundarse aceleradamente. Cuando todo parece perdido, el viejo hechicero regresa y rompe el hechizo, recuperando la normalidad. La historia sirve de advertencia sobre los peligros de manejar el poder sin sabiduría. El aprendiz de brujo se ha convertido en una metáfora para ilustrar situaciones en las que actuar con la arrogancia de la ignorancia desata fuerzas inesperadas e incontrolables.

 

Donald Trump está viviendo esto directamente. No pasa semana sin que se vea obligado a ajustar o revertir algunas decisiones. Su política migratoria está generando un sinnúmero de consecuencias inesperadas. Lo mismo ocurre con sus intervenciones geopolíticas. “Voy a terminar con la guerra en Ucrania en 24 horas”, solía decir Trump. Así se refirió al conflicto entre Israel y Palestina y la guerra en Gaza. Lamentablemente, nada de aquello ha ocurrido.

 

También se ufanaba de su capacidad de negociar con ventaja con Xi Jinping o con Vladímir Putin. Pero hasta ahora ese presunto talento como negociador no le ha servido de mucho. “Xi Jinping es muy duro y es extremadamente difícil llegar a un acuerdo con él”, escribió en sus redes sociales. La supuesta amistad con Putin tampoco ha dado resultados, y Trump ha perdido la paciencia con el ruso: “Putin se volvió absolutamente loco”, escribió en Truth Social. Al igual que el aprendiz de brujo, está descubriendo que algunas decisiones que ha tomado adquieren vida propia y se arraigan. La inflación es buen ejemplo. “Voy a terminar con la inflación”, dijo; pero, sus decisiones han contribuido a exacerbar las expectativas.

 

La guerra comercial que desató Trump ejemplifica esta dinámica de aprendiz de brujo. Sus aranceles, supuestas herramientas mágicas para resolver complejos problemas comerciales, han generado consecuencias imprevistas que se multiplican como las escobas encantadas de Goethe. Cada nuevo arancel provoca represalias de otros países, creando una cascada de medidas que encarecen los productos para los consumidores estadounidenses. Como el aprendiz que cortó la escoba en dos solo para crear más escobas, Trump responde a estas represalias con más aranceles, alimentando así un caos en el comercio internacional. Los sectores agrícolas, manufactureros y de servicios experimentan disrupciones que van mucho más allá de lo que inicialmente anticipó cuando invocó estos “sortilegios” comerciales.

 

Pero nada ha resultado más frustrante para Trump que las actuaciones de jueces que han obstruido sus decisiones. Como el aprendiz que descubre que no conoce todos los hechizos, Trump tropieza repetidamente con un sistema judicial independiente que le impide actuar como él quisiera. Algunas órdenes ejecutivas sobre inmigración han sido obstaculizadas por tribunales federales, sus intento de alterar normas ambientales enfrenta decisiones adversas, y sus esfuerzos por concentrar el poder chocan con la separación de poderes. Cuando intenta “cortar la escoba” judicial con declaraciones airadas o amenazas, se encuentra con que el sistema legal responde con más impedimentos.

 

La metáfora del aprendiz de brujo recuerda una verdad fundamental sobre el poder: manejarlo sin experiencia, sin humildad y sin comprensión de sus complejidades, inevitablemente conduce a resultados dolorosos. Trump, como el personaje de Goethe, está descubriendo que en la política y en la economía no existen los atajos. La diferencia crucial es que, al contrario del cuento, no hay un maestro hechicero que espera para restaurar el orden cuando las crisis se salen de cauce. En la política real, las consecuencias de la inexperiencia y de la arrogancia pueden perdurar mucho más allá del mandato de quien las desató.


Share/Bookmark

27 junio 2025

Manejando, que es gerundio

Estoy leyendo una novela de John Irving, un autor norteamericano. Lleva por título A widow for one day (Viuda por un día), aunque se ha traducido al español como Una mujer difícil. Confieso que todavía no sé el porqué (me refiero a la traducción); esto, a pesar de que la carátula muestra una afligida viuda encendiendo un cigarrillo, y de que ya voy por las dos terceras partes de sus 750 páginas. Es un libro grande... Hoy sé que Irving no era realmente Irving (ese era uno de los apellidos de su padrastro); había nacido como John Wallace Blunt Jr., y ya habría frisado los cuarenta cuando descubrió que ese también había sido el nombre de su padre biológico, un piloto de la Fuerza Aérea, héroe de guerra, que había sido derribado sobre  Birmania (antes Myanmar) en la II Guerra, pero que  había sobrevivido.

Tampoco estoy enterado todavía de quién mismo termina siendo esa “mujer difícil”: si la madre que abandona a su familia (y a la hija cuando tenía cuatro años), o si la hija que hereda el oficio de novelista que tiene su padre. O, incluso, si es la amiga de la hija, quien, llegado al umbral de la obra al que he llegado, se va identificando ya como una joven liberal, independiente y extrovertida –e incluso libertina–. O, si tal vez es, en caso de no haber llegado todavía a algún tipo de sorpresa en la trama que justifique esa condición, algún otro enigmático personaje…

 

Tampoco puedo decir más. Ya lo saben: siempre procuro no arruinar la lectura de los libros que comento: no quiero hacer de espóiler. En sentido estricto, las obras de Irving tampoco son, lo que pudiéramos llamar “literatura”, pero son historias entretenidas, relatos bien narrados, construidos con buen estilo y sensibilidad moral (esto a pesar de las infaltables escenas de sexo, nunca desdeñadas). En resumen, aquellas son historias bastante bien estructuradas y entrelazadas; por algo han adquirido la clasificación de “bestsellers”. Pero, son novelas. Ellas están bien escritas, entretienen y “enganchan”, y no carecen de un buen manejo del idioma.

 

Pero hay algo en su lectura que encuentro productivo. Se trata de una serie de consejos velados (recomendaciones, las llamaría yo) que tienen que ver con nuestra cultura de manejo. Son observaciones relacionadas con malas prácticas de conducir que nadie nos ha enseñado en forma específica; pero que, si se las desconoce o no se las toma en cuenta, es muy probable que nos terminen costando algo más que un accidente, como sería una desgracia familiar. Hay en esa historia, justamente, un episodio fatal que ocurre por pura mala costumbre, por un muy frecuente y repetitivo error. Transmito, pues, unas pocas de aquellas sugerencias:

 

Es importante, cuando un vehículo está parado, listo para virar y esperando el cruce de tránsito opuesto, o quizá el cambio de luz de un semáforo, mantener el auto íntegramente en el carril asignado (sea que se esté en un carril medianero o junto al parterre). Aquí, lo importante es mantener el vehículo orientado en la misma dirección del carril (no oblicuo ni transversal), con las ruedas también manteniendo la dirección del vehículo. El error más frecuente es el de esperar con el automóvil ya predispuesto para el viraje (medio de lado) y con los neumáticos en condición de iniciar el avance (ya curvados). La intención debería ser la de prever la posibilidad de que alguien (sobre todo en la oscuridad) no se percate de la presencia del vehículo que está delante, lo golpee por detrás y lo haga invadir el carril de sentido opuesto.

 

Otra buena práctica que se aconseja, aparte de evitar distracciones, es la de mantener la vista siempre hacia el frente (eludir tanto como sea posible regresar a ver a quien ocupa el asiento del pasajero delantero y –no se diga– a quienes ocupan los asientos posteriores). Esta buena costumbre debe ser completada por el uso frecuente de los espejos retrovisores. El propósito, en este sentido, no es solo mantener la conciencia situacional y la precaución debidas, sino anticiparse a cualquier condición o maniobra ajena que súbitamente pudiera presentarse.

 

Otra maniobra que puede salvar muchas vidas es la siguiente: cuando se maneje en una vía estrecha que dispone solo de dos carriles y se pretende adelantar, no es prudente acercarse al vehículo que va adelante y hacer breves incursiones invadiendo el carril opuesto. Lo aconsejado es retrasarse por dos o tres cuerpos (15 m) y cambiar a una marcha más fuerte (2da. o 3ra.); entonces sí, hacer el amago de salir del carril (ya con mejor ángulo y visibilidad) y, una vez que aseguramos la vía libre, en sentido contrario, acelerar rápidamente con la precaución de poder frenar nuevamente (de ser el caso) y volver al carril que quisimos abandonar. Lo importante no es solo ser prudentes: es necesario sismpre, poder anticipar la eventual imprudencia ajena.


Share/Bookmark

24 junio 2025

"En base a"…

Se me salió la frase. O, fue un in promptu y dije algo que quizá pareció genial, no exento de una sutil filosofía... Estábamos en un club y alguien empezó a reacomodar los asientos para que nos sentáramos en círculo. Alguién más quiso advertirme que tuviera cuidado pues me había levantado del asiento y lo habían movido. “No importa. Vengo de una generación que mira hacia atrás para sentarse y hacia adelante para acostarse”, respondí… Lo dicho pudo tener su gracia y, a la vez, un probable doble sentido –si no una cierta ironía–: la idea de que en la vida hay que estar precavido, ser prudente, y saber reconocer que todo acto tiene sus consecuencias…

Y es que vengo también de una generación que no le gusta que le toquen ahí abajo (¿y a quién sí?)… Sucede que había leído una nota que hacía apología de Nayib Bukele y en la que se justificaban sus excesos, con la muletilla suya de que “era preferible que le digan dictador a que siguieran matando en las calles”. La nota traía una fotografía de sus despreciados presos (perdón, debí decir “personas privadas de libertad”, que suena mejor y es más inclusivo). En ella, no habían tenido ningún pudor en exhibir un grupo de “maras” (presuntos maleantes e integrantes de bandas delincuenciales) a quienes se los retrataba apiñados y semidesnudos (solo les cubría un austero taparrabos). Estaban sentados sobre la fría losa de un patio carcelario de cemento.

 

Lucían sometidos y amedrentados esos desgraciados. Y cuál si vistieran un abrigado ropaje, mostraban sus consabidos tatuajes. Estaban sentados, los miserables, uno tras otro; llevaban sus manos amarradas a las espaldas. Estaban demasiado cerca entre sí, pudiera decirse que iban sentados a horcajadas de quien tenían delante. Resultaba inevitable no reconocer que estaban obligados a rozar con sus manos las partes pudendas de quien venía detrás y que tenían delante alguien que podía rozarles su propio sexo… No, no parecían seres humanos, era aquella una instantánea abyecta, parecía el retrato de un hato de sumisos animales. Imposible saber si todos eran culpables. Era difícil apreciar si ahí, en ese obsceno e impúdico rebaño, había uno injustamente retenido o quizá alguien que, quién sabe, era también inocente…

 

Sí, a nadie le gusta un trato tan torpe e impúdico; y, encima, que le toquen las pelotas. Pienso en las implicaciones de este inhumano “recurso carcelario” mientras indago, por otra parte, el porqué para que la RAE desaconseje, o no recomiende, el uso de la locución “en base a” por no considerar adecuado el uso conjunto de esas dos preposiciones en una locución adverbial de ese tipo.

 

La RAE desaconseja el uso de la locución "en base a" por considerar que no está justificada la combinación de las preposiciones "en" y "a", y prefiere otras alternativas que puedan expresar idéntico significado con mayor precisión y claridad. Argumenta, que la preposición "en" no es necesaria cuando se quiere expresar la idea de que algo se fundamenta, o se basa, en algo distinto. Por ello sugiere utilizar expresiones como "sobre la base de", "con base en", "basándose en", "a partir de", "de acuerdo con", etc., dependiendo del contexto. La forma correcta sería: “con base en” que significa 'con apoyo o fundamento en'. Ejemplos: “este tratado podría ser ejecutado ‘con base en’ las normas”; o “la petición se hizo ‘con base en’ las investigaciones”...

 

Sin embargo, el Fundéu (fundación que vela por la correcta utilización del idioma), dice que: “construcciones como ‘sobre la base de’, ‘de acuerdo con’ o ‘basándose en’ son preferibles a ‘con base en’ o ‘en base a’, aunque estas también se consideran válidas”. Además, y “tal como se recoge en la segunda edición del Diccionario panhispánico de dudas, el giro ‘con base en’ está bastante extendido, principalmente en América, y es adecuado. No obstante, indica que en el ámbito culto, es preferible utilizar las formas antes señaladas. Igualmente, la entidad señala que ‘en base a’ se ha extendido y hoy es frecuente en todas las áreas hispanohablantes, por lo que su uso es admisible, aunque se recomiendan las alternativas mencionadas; y que no es apropiado el cruce ‘con base a’.

 

Y yo no dejo de preguntarle a la RAE: ¿con respaldo en qué lo dice? (o, ¿”en base a qué”?)… y ella contesta que: “busca mantener la pureza del lenguaje y evitar expresiones innecesarias o redundantes”. “La locución ‘en base a’ puede ser sustituida por formas más elegantes”, dice. Así que, ni modo, he tenido que revisar el millar y medio de entradas que ya lleva este blog, y he debido corregir, uno por uno, la veintena de insolentes ‘desaguisados’ que he descubierto. Y es que vengo de una generación que ha tenido que aprender a mirar hacia adelante…


Share/Bookmark

20 junio 2025

Como un ventarrón...

Soy católico, uno de esos que de rato en rato hacen la señal de la Cruz… Ello me recuerda que dicha señal es una profesión de fe. Fe en la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Fe en la Creación, la Redención, y fe en la Gracia y Sabiduría divinas. El Gloria fue una de las primeras plegarias que aprendí: ella menciona al Espíritu Santo. Más tarde, en una Palestra, aprendí a invocarlo: Ven Espíritu Santo / Ven a darnos tu gracia / Ven a darnos tu luz…

Pero… hay momentos en mi vida que –aunque sienta que así llamamos, con ese nombre, a la Gracia Divina, al “aliento de vida”, a la Santa Sabiduría– yo no vea necesario que en esa forma (tan irreverente y quizá inconsciente) hayamos compartimentado a Dios en “tres personas distintas en un solo Dios Verdadero”… La Biblia hebrea no menciona al Espíritu Santo; lo menciona el Nuevo Testamento (en las Epístolas y Hechos de los Apóstoles) en el día de Pentecostés. Esta era para los judíos una fiesta para celebrar el quincuagésimo día posterior a las cosechas. Para los cristianos representaría la venida del Espíritu Santo, 50 días después de la Resurrección.

 

Dicen las Escrituras que mientras los Apóstoles y la Virgen estaban reunidos, un viento muy fuerte azotó el lugar; de golpe, todos parecían tener una lengua de fuego sobre sus cabezas y, como si tratase de un milagro, todos hablaban en diferentes idiomas, aunque podían entenderse. Parece que no estaban solos: había ahí un centenar de testigos. Es curioso, la palabra viento en griego (pnéuma) expresa también otros conceptos: espíritu y aliento (de vida).

 

En los primeros siglos existieron muchas discrepancias en el aspecto doctrinal. Fue entonces importante tomar en cuenta el criterio de los Apóstoles y de los Padres de la Iglesia. Hasta el fin de la persecución romana (año 313), las “triadas” de la mitología pudieron haber influido con el carácter místico que implicaba el número tres. Después de ello, la labor teológica de refutar errores respecto a Dios y a Cristo mantendría ocupada a la Iglesia durante los primeros concilios. La palabra “Trinidad“ se habría arraigado recién hacia fines del siglo II; de ese modo, el término griego trias ya se usaba en el año 180. Teófilo de Antioquía lo explicaba en el año 215 d.C. con estas palabras: “la Trinidad se compone de Dios (el Padre), el Verbo (Logos) y la Sabiduría (Sophia)”.

 

La fórmula se afincó con el paso del tiempo y fue establecida definitivamente en el siglo IV. La resolución del Concilio de Nicea (325) sostenida, con mínimos cambios, por las principales denominaciones cristianas, había consistido en afirmar que el Hijo era consustancial (ὁμοούσιον, homousion, ‘misma sustancia’) al Padre. Esta fórmula sería revisada y la Iglesia pasó por una sucesión de conflictos hasta que el Credo de Nicea fue confirmado en el I Concilio de Constantinopla (381) que acordó que el Espíritu Santo también sería glorificado junto con el Padre y el Hijo.

 

Pero aún hay algo más: a finales del siglo VI algunas Iglesias latinas agregaron las palabras "y del Hijo" (cláusula Filioque) en la descripción de la llamada “procesión” del Espíritu Santo, ya que esas palabras no habían sido incluidas en el texto de los concilios previos. De esta manera, recién se incorporaron en la liturgia de Roma en el año 1014. Con el tiempo, esta nueva cláusula se convertiría en una de las principales causas del Cisma de Oriente y Occidente (año 1054), y del fracaso de posteriores intentos de unificación. Sin embargo, el Credo de Nicea ya incluyó esa cláusula (que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo), lo cual no fue aceptado por los ortodoxos, quienes creen que solo procede del Padre. 

 

Para colmo, en el IV Concilio de Letrán (1215) se conoció, y debatió, el que un escriba “bien intencionado” habría incluido una frase, de su aparente invención, en una traducción de la Septuaginta griega a la Vulgata latina, con la finalidad de respaldar el dogma de la Santísima Trinidad... Al final, se aceptó la frase: "El Padre engendra, el Hijo es engendrado, y el Espíritu Santo 'procede', pues son consustanciales”.

 

Pasado el tiempo, Erasmo –encargado de revisar las traducciones de la Biblia– concluyó que dicha frase no existía en las versiones originales griegas y que, por tanto, no se ceñía a lo establecido en el Canon. A pesar de ello, un teólogo español disputó su hallazgo. Más tarde, Erasmo ofreció retractarse –e incluir la frase– si se demostraba que esta ya existía en esas versiones. Así, la frase fue reinsertada y sirvió de apoyo para que fuera incluida en la versión Reina-Valera que la usó posteriormente. No obstante, nunca se le ocurrió a Erasmo asegurarse de si esa (supuesta) versión no era, a su vez, tan solo una traducción reversa de otra de la Vulgata latina… En cuanto a mis dudas, bien sé que: “la herejía es pecado de soberbia”; aunque el error involuntario no nos convierte en herejes, y que tan solo lo hace “la negativa a aceptar un dogma establecido por la Iglesia”…


Share/Bookmark

17 junio 2025

Encomio de la estupidez

“Lo que mantiene en actividad al mundo, es la locura… Ella es alegría, indispensable para la salud y felicidad. El hombre de pura razón, sin pasión, es una estatua de piedra, sin ningún sentimiento, sordo a las emociones, incapaz de amor y compasión”. Francesc Lluis Cardona. Prólogo al Elogio de la locura.

Desiderio Erasmo, o Erasmo de Rotterdam, fue una mente brillante y uno de los más grandes eruditos que tuvo el Renacimiento. Nacido en Países Bajos en 1466 (la Enciclopedia Británica duda si fue en 1469), Erasmo fue un filósofo humanista; nunca quiso que lo consideren como teólogo (“no soy sino una sombra de teólogo”, dice en el Elogio de la locura). Fue también un eminente escritor y un admirado intelectual; pero, sobre todo, un reformador, aunque no en la línea de Juan Calvino o Martín Lutero, ambos protagonistas de la Reforma Protestante, sino un pensador libre que criticó y quiso cambiar tanto la actitud pseudo-religiosa de los católicos seglares como la falsa espiritualidad del clero y los resabios de los frailes y sacerdotes.

 

Fue el segundo fruto de los amores ilícitos de un clérigo y su sirvienta. Desde chico tuvo una tendencia enfermiza; sin embargo, había recibido desde pequeño una influencia beneficiosa: el independiente espíritu flamenco. Escogió él mismo un segundo nombre, Didier o Desiderio, y pronto optó por al seminario, aunque aquella parece que fue más bien una experiencia algo dolorosa: “La disciplina espartana y la rigidez espiritual de la escolástica habría sido para sus nervios, finos, sensitivos y curiosos, un verdadero martirio”, dice uno de sus estudiosos.

 

El Elogio se ha convertido en su obra más conocida y, para la opinión de sus críticos, es también superior a los Adagios, conjunto de refranes y apotegmas que siguió completando, aún luego de su inicial   publicación, hasta el día de su muerte (1536). El Elogio de la locura está narrado por la Sandez (así con mayúscula) en primera persona. A juzgar por el texto, quizá quiso titularlo Encomio de la estulticia o, incluso, ‘de la estupidez’. Así hubiera sido más exacto, pues a lo que quiso referirse no era al desvarío o al disparate, sino más bien a la idiotez y a la necedad.

 

El suyo es un estilo jovial, bromista y hasta atrevido. “Así como no hay cosa más tonta que tratar un asunto serio de manera frívola –comenta–; de igual modo, hay pocas cosas tan ingeniosas como tratar un tema burlesco sin incurrir en chocarrerías… pues siempre se le ha concedido al ingenio la liberalidad para burlarse de lo humano, con la única condición de no ofender a nadie”. Por ello, si la cordura ha de ser lo contrario de la locura, la razón ha de ser lo opuesto a la pasión: “La verdadera prudencia consiste en darse cuenta que el hombre es mortal y mejor haremos en no emplear más sabiduría que la estrictamente compatible con la generalidad de los hombres, y hacer la vista gorda con sus errores: la vida no es más que un juego de locos… hasta los chicos saben que ‘hacerse el tonto’ es el colmo de la sabiduría”.

 

Erasmo criticó los abusos del clero y a la ignorancia de ciertos monjes; estuvo en contra de la rigidez en la educación y de una espiritualidad que no fuese auténtica. El reformismo de Erasmo estaba basado en la modestia, en el amor al trabajo con un profundo espíritu religioso. Sus ataques al clero se refirieron en especial al relajamiento de las órdenes mendicantes. “Aunque los Apóstoles han dicho en el Evangelio: ‘Todo lo dejamos para seguirte’, los frailes hoy poseen tierras, ciudades y vasallos, cobran tributos y gabelas en sus puertos y señoríos.”

 

“Tenemos ‘frailes y monjes’, nombres impropios, pues rara vez se demuestran religiosos. En cuanto a lo de ‘monjes’, que quiere decir solitarios, aquello no les va, pues se los encuentra merodeando por todas partes”. “Estos (tipos) marranos, ignorantes y groseros, pretenden con desvergüenza ser la imagen de los Apóstoles”. “Tanto se parecen, que no sabemos si son los frailes los que han dado lecciones a los charlatanes o si estos han enseñado a los frailes”.

 

El espíritu de Erasmo no era pugnaz; por ello, no estuvo a favor de la Reforma ni contra los dogmas; buscaba una distinta espiritualidad. Combatió a Lutero con su De Libero Arbitrio, aunque se negó en forma renuente a colaborar con el papado. “La ciencia es una de las calamidades de la vida”, decía; “por eso, a los autores de los males, de los que proceden las desventuras, se los llama demonios, vocablo que significa ‘los que saben’, es decir sabios”. “…la palabra malvado se refiere a los brujos, encantadores y hechiceros, a quienes los hebreos llamaban mechasephim (que la Sagrada Escritura ha traducido, en latín, como maleficum). “El fin de la teología es descubrir a Cristo, y no el de caer en discusiones carentes de sentido”…


Share/Bookmark

13 junio 2025

El placer de comer y cocinar

“Comida y pecado son dos palabras que han estado vinculadas por mucho tiempo. Los jefes de cocina (chefs), cuyos propios apetitos raramente están confinados a la comida, siempre han tenido, y a veces notoriamente, un saludable entusiasmo por los otros placeres que ofrece la vida. Estamos, a fin de cuentas, en el negocio del placer…”. Anthony Bourdain. Cuando se cierra la cocina.

Anthony Bourdain fue un famoso chef. Siempre me prometí, cuando volé para Ecuatoriana, darme un salto por el Brasserie Les Halles, el famoso restaurant neoyorquino ubicado en el Bajo Manhattan, para conocerlo. No tuve la oportunidad, tuve que contentarme con sus programas pregrabados. Hacia el final de sus días, buen comunicador como era, se dedicó a viajar por el mundo y a hacernos conocer de las delicias que hay en otros continentes. Siempre comentaba de esa contradictoria experiencia del viajero: tener que dormir en tantas camas distintas cada mes, y solo pasar tres o cuatro días en la propia. Se me hacía inevitable no comparar sus vagabundeos con los del oficio que escogí, la errabunda vida del aviador…

 

Y, en cuanto a aquello fascinante de poder viajar, siempre repetía: “Es curioso lo que sucede con los sueños que alguna vez tuvimos de niños: tener que aceptar que mientras más conocemos, más nos queda por conocer. Y hacer con humildad el reconocimiento de que ya se nos va acabando el tiempo… todo ese absurdo uno debe aceptarlo con resignación”. Y es que uno no puede sino coincidir con Bourdain que los viajes nos hacen cambiar y madurar; ellos nos van marcando. A veces nos dejan marcas que nos estimulan, aunque a veces dejan otras que nos hieren; pero siempre nos permiten recordar con gusto el haber podido estar allí. “Sé bien que comemos por alimento, decía, mas siempre debemos hacerlo para disfrutar solo por puro placer”.

 

Había en sus reflexiones una cierta filosofía: siempre habló de la necesidad o compromiso por perseguir la excelencia. Y aquello no solo sirve para jugar con los sabores y las demás tareas de la cocina; es una lección de vida para todos los oficios, para todas las profesiones. “De otro modo, sería una manera de abdicar de nuestra grandeza, comentaba; sería una forma de traicionar nuestros principios”. Escucharle era una valiosa motivación para volver a nuestras raíces, por humildes que estas fueran; para conservar la tradición que recibimos en nuestros hogares. “Uno puede alejarse del pasado, formulaba, pero no lo puede negar, no lo puede esconder”.

 

Anthony era un tipo desenfadado e irreverente, decía cosas que podían contener un exceso de descaro (y hasta de cinismo), pero las decía como hombre, sin ánimo de ofender. Tenía la teoría de que la comida se disfrutaba mejor si uno estaba desnudo. “Al menos descalzo, expresaba; no hay nada peor que comer cuando vestimos algo incómodo: es como saborear metido en una camisa de fuerza o hacer el amor a través de una cortina de baño”. Hay sabores que deben probarse, decía: “Saborear un urchin roe (huevas de erizo) es algo tan sublime, que da miedo que pueda ser ilegal”… “Comer bien es un asunto de sumisión; es renunciar a todo vestigio de control, poner nuestro destino enteramente en manos de otra persona”.

 

Le fascinaba viajar a Singapur; y, sobre todo, comer en Singapur. Se conocía todos los hawker centers de la isla, lugares donde se prepara en el sitio, se puede ver cómo se cocina y se come al aire libre. Cuando leo a Bourdain se me hace imposible no recordar la variedad de sabores que pude disfrutar en esa ciudad. ¡Cómo olvidar los alegres comedores de Newton Circus, Holland Village o Portsdown Prison (el 'Colbar'); o el bullicio y frenesí de los comensales en Lau Pa Sat...! Leer o escuchar a ese carismático chef y trotamundos es una invitación a pasar saliva. Nos recuerda que quizá Singapur no sea un centro gastronómico, pero que no hay mejor sitio para disfrutar de comida deliciosa y siempre variada, para dar gusto al paladar y poder siempre disfrutar de algo distinto, sea una mantarraya con sambal, un sotong bien preparado o un insuperable chili crab…

 

Bourdain era un hombre culto, tenía su formación, era uno de aquellos cocineros que habían ido a la universidad. Contaba sus historias pero nunca osaba darse de filósofo: “me parece pretencioso –enunciaba– decir a otros cómo deben vivir su vida o hacer las cosas”. Muchas veces reconoció sus problemas con la adicción, consideraba un privilegio haberlo superado, reconocerse frágil y saber cómo identificar a las personas y lugares que debía evitar en el futuro… “No es tiempo para buscar nuevas razones para la vergüenza, el miedo o el arrepentimiento, decía; ya se ha tenido mucho de eso. Es tiempo para alejarse de la tentación”… Creía, como lo saben los orientales, que la forma de comer y de disfrutar dice mucho de la mentalidad de las personas.


Share/Bookmark