22 julio 2025

Declaraciones y monólogos *

 * Escrito por Álex Grijelmo para la revista Babelia. Título original: Sin preguntas no hay rueda (de prensa).

Vi y oí con estupor que en multitud de medios se denominaba “rueda de prensa” al monólogo (mejor llamarlo así) ofrecido el 5 de junio por Leire Díez, entonces ya ex militante del Partido Socialista Obrero Español, PSOE, protagonista de una de esas grotescas comedias políticas de gran impacto que enseguida nos hacen olvidar a la anterior y que a su vez quedan relegadas por la siguiente.

 

La falta de respeto en el periodismo de hoy hacia el idioma está alcanzando cotas que reflejan la degradación general del oficio. Porque todo va junto. Las construcciones sintácticas deficientes, las repeticiones de vocablos, la ausencia de voluntad de estilo, la pobreza léxica, el abuso de anglicismos innecesarios y a menudo incomprensibles incluso para quienes saben inglés… forman una combinación de defectos que conduce a la falta de rigor semántico y a la consecuente manipulación de las palabras.

 

“Rueda de prensa” se define con claridad en el Diccionario de las academias: “Reunión de periodistas en torno a una figura pública para escuchar sus declaraciones y dirigirle preguntas”. Por tanto, no se puede hablar de “rueda de prensa” si se ha prohibido a los informadores interpelar a la persona convocante.

 

Esta locución se basa en dos sustantivos muy transparentes: “rueda” y “prensa”. “Rueda” se vincula aquí con la séptima acepción del vocablo, relativa a “turno, vez, orden sucesivo”, y que evoca por tanto una serie de preguntas planteadas en orden siguiendo un turno; en concurrencia con su segunda acepción: “círculo o corro de personas o cosas”; en este caso de periodistas. O sea, de prensa. Todo clarísimo.

 

Por tanto, no se puede tratar como “rueda de prensa” la farsa montada por Leire Díez, ni tampoco las situaciones similares protagonizadas por otros políticos o personajes públicos que no admiten preguntas. Algunos periodistas combinaron esa expresión inadecuada con otra también sospechosa: “comparecencia”. El significado tradicional de esta palabra (desde el primer diccionario académico, en 1729) requería la convocatoria de un juez o de un superior jerárquico. En 1956 se extendió a citaciones como las de una autoridad en general o un Parlamento. Y en 1992 se empieza a notar la influencia del periodismo, porque ya desaparece de la definición incluso el matiz de que para comparecer hace falta ser convocado.

 

Con los años, el uso de los medios ha desvirtuado el contenido histórico de esta palabra (su significado), pero ha mantenido la carcasa de prestigio (su significante) de cuando “comparecer” implicaba cumplir una orden. Sin embargo, los personajes ya no comparecen porque los convoque una autoridad sino que convocan ellos a quien les da la gana, y además ponen condiciones: por ejemplo, la ausencia de preguntas, la duración del acto o el lugar; y la altura del convocante respecto de los demás asistentes: en un plano superior, y no al revés como sucedía en las comparecencias judiciales o ante una autoridad. El compareciente de ahora manda, el de antaño obedecía.

 

Las degradaciones de “comparecencia” y “rueda de prensa” van paralelas, pues, a la degradación de la política y, con ella, a la del periodismo, cada vez más supeditado en su léxico a las conveniencias de otros, cada vez menos rebelde ante el vocabulario ajeno. Ciertos periodistas han olvidado que quien no reflexiona sobre el lenguaje del poder queda indefenso ante él; y acaban pasando por alto que hablar de una rueda de prensa sin preguntas viene a ser algo así como imaginar una rueda cuadrada.


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18 julio 2025

Una cultura de estacionamiento

No, no te vayas, más bien dame crédito cortésmente por un poquito más de sabiduría de la que exhibe mi apariencia —y mientras seguimos, o ríete conmigo o de mi, o en suma haz cualquier cosa— solo conserva tu buen talante Laurence Sterne. Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy. 

La señal de ‘No Estacionar’ no solo es uno de los símbolos más reconocibles que existen: es un elemento que aporta a la seguridad vial, al respeto de la propiedad privada y a la adecuada convivencia en sociedad. Se me ocurre que es tan precaria nuestra cultura de correcto estacionamiento vehicular que no solo que su exigencia debería fortalecerse, sino que amerita la creación de un símbolo que recuerde la obligación de estacionar correctamente.

Así como se puede medir el grado de desarrollo de una sociedad por la condición de sus aceras, así también pudiéramos calificar su grado de cultura por la forma disciplinada, ordenada y respetuosa con que la gente sepa ubicar en forma adecuada sus vehículos en los espacios disponibles. La realidad, por desgracia, es que somos una sociedad de conductores que ni siquiera sabe estacionar. ¡Qué digo! No es que no lo sabemos: no nos importa. Nos vale un soberano rábano estacionar de manera correcta. Parece que no nos interesa hacerlo bien.

 

Hace poco comentaba la incredulidad que siento cuando voy por las mañanas a la panadería y puedo observar el ánimo díscolo de la gente que utiliza los estacionamientos asignados: casi nadie ubica su vehículo dentro del espacio que está marcado; unos se montan en medio de dos espacios; otros estacionan en forma oblicua y no faltan quienes incluso se ubican en forma transversal con el pretexto –imagino yo– de que “ya mismo se van”… Con ello, se crea todo un relajo porque todos paran como les da la gana. Sí, “paran” (no se estacionan) pues a nadie se le ocurre estacionarse en forma racional y exacta, sin ese ánimo mezquino de no dar importancia al perjuicio ajeno (¿no es este un asunto de nobleza?), de preocuparse por considerar la comodidad de los demás.

 

Tampoco a los propietarios de los negocios parecería importarles, es como si esa costumbre indócil y rebelde no afectaría a su propio beneficio, como si ese orden no fuera parte del mismo, como que no les va ni les viene, como si más bien, el desorden tolerado es solo evidencia de que “hay buen negocio”, muestra de que la gente compra; de que a ellos sí les va bien… A nadie se le ocurre ni pintar ni delimitar esos espacios ni poner un anuncio para urgir a los usuarios que estacionen correctamente, que lo hagan bien. Sospecho que, en el fondo, recelan de que para qué han de ponerlo si pudiera ser un esfuerzo inútil, si los díscolos y reacios tampoco lo habrían de respetar.

 

Ni qué pedirles que lo hagan en reversa, por su propio beneficio, por su propia seguridad. Si bien lo pienso, muchos no estacionan en reversa no solo porque no sepan hacerlo sino porque al reducir la velocidad para estacionarse, temen tener que lidiar con la impaciencia, ansiedad y actitud hostil de quien viene por detrás. La mayoría actúa como si nunca necesitaría hacer lo mismo, como si aquel prurito, el de estacionar en forma correcta, sería una forma abusiva, una forma incivilizada de ignorar la comodidad del atolondrado que viene atrás… Vivimos apresurados y ansiosos; solo nos interesa asegurar nuestra prioridad; no nos preocupa ni el tiempo ni la comodidad ajena. A nadie se le ha ocurrido iniciar una sencilla campaña, en pro de la consideración, el sentido comunitario y la civilizada convivencia; una cruzada que nos estimule a vivir en armonía y sosiego, disfrutando de una mejor calidad de vida.

 

Sin embargo, para conseguirlo, debemos respetar a los otros y tratarlos con gentileza. Solo así recibiremos, como contrapartida, un trato civilizado, respetuoso y cordial. Sí… aunque, por lástima, parece más bien una utopía, pero qué bonito sería… Seríamos un país de gente más tranquila y solidaria; un pueblo habitado por gente convencida de que solo el respeto mutuo nos hará merecedores de nuestros derechos, con el compartido y recíproco disfrute de todos aquellos privilegios que nos otorga nuestra libertad. Por ello, propongo crear un sencillo símbolo; consistiría en un rectángulo con un vehículo superpuesto inclinado hacia cualquier lado, con una línea cruzada diagonal para dar a entender que se encarece estacionar con la debida prolijidad.


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15 julio 2025

Irán, la tierra de los arios

Conversábamos en la sobremesa el otro día y alguien se refirió –en forma si no ligera, algo irreflexiva– a los tres mil o más años de cultura e islamismo en Irán (?)… Recordando yo que los actuales habitantes de este país son herederos de los persas, aunque su actual religión no puede ser anterior al tránsito de Mahoma por este valle de lágrimas (fines del siglo VI hasta principios del VII), creí oportuno hacer la aclaración pertinente y exponer que el tipo de islamismo que hoy se practica en esa república, no puede tener más de catorce siglos... De hecho, Mahoma vivió entre el 570 y el 632 de la Era Común. Los persas, por su parte, alguna vez fueron llamados también “medos” (por eso que las guerras entre estos y los griegos fueron llamadas “médicas”).

Mi experiencia con los países musulmanes empieza con mis vuelos en el A340 de Singapur Airlines. Quizá mis primeros vuelos entonces fueron a Emiratos Árabes y Egipto (el “shuttle” Dubai-Cairo), así como algún vuelo ocasional a Pakistán (Karachi y Lahore); sin desconocer que Singapur está también en medio de varios países islámicos (Malasia, Indonesia, Brunei). Bastante más tarde, durante los tres últimos años que ejercí como piloto (en breve contrato con Air Atlanta Icelandic, sirviendo rutas para Saudía, la línea de Arabia Saudita), estuve expuesto en forma cotidiana a volar a diferentes países islámicos: Turquía, Marruecos, Argelia, Túnez, Egipto, Irán, Pakistán, Afganistán, Bangladés, Etiopía… sin excluir, claro, al país en el que estuve basado: el reino de la casa de Saúd.

 

Mi vida durante esos tres años estuvo expuesta no solo a un ambiente bastante religioso, sino que por fuerza ocurrió entre cláusulas de oración y minaretes… Pero de lo que hoy quiero hablarles es de los distintos viajes que tuve oportunidad de realizar a Irán, en razón de mi oficio peregrinante (nunca mejor dicho). Mis destinos más frecuentes fueron las ciudades más pobladas: Teherán, Mashad, Isfahan, Shiraz y Tabriz (tienen entre 2.5 y 8 M de habitantes). Las mujeres visten túnicas; los varones, por lo general, utilizan una vestimenta similar a la occidental.

 

Debido al propósito de sus viajes, los pasajeros salían desde su lugar de origen en peregrinaje a los sitios sagrados ubicados en Arabia. En su mayoría, eran varones. Durante el vuelo, cambiaban su atuendo por un par de trozos de lienzo con los que se cubrían la cadera y la parte superior de las piernas, así como también los hombros y parte del torso. Estos periplos se hacían para cumplir con uno de los preceptos de su religión: visitar La Meca al menos una vez en la vida. Al respecto, existen dos tipos de peregrinación: una (la regular) que dura alrededor de una semana y es la más completa, se llama “hajj” (se pronuncia jash); otra, la más corta, se denomina umrah. Ambas visitan los principales lugares sagrados: la Kaaba en La Meca, Medina y las fuentes de Shamsham.

 

El iraní, a diferencia de los pasajeros de sus países vecinos, es algo distinto: no utiliza el avión como si estuviera en un bus en viaje terrestre ni arroja los desperdicios en el piso... tampoco desdeña el uso del cinturón de seguridad (¿para qué hacerlo si se está “en manos de Alá?, como piensan los otros). Algo que para todos es característico, es su costumbre de transportar, de regreso a casa, un bidón de cinco galones con agua bendita, para repartir a sus familias… Para nosotros, pilotos “infieles”, era importante asegurarse de que se había añadido ese peso adicional de 20 kgs por pasajero (se volaba con más de 600 peregrinos), y no olvidarse de hacer un anuncio al momento de aproximarnos al área sagrada de La Meca o de pasar a la cuadra de ese santo lugar...

 

Irán es un país enorme, tiene cerca de 1,7 millones de km cuadrados, siete veces el tamaño del Ecuador); tiene también casi 100 millones de habitantes, de los cuales un 85 % son musulmanes shiítas. Los iraníes fueron sunitas (de sunna, tradición) hasta mediados del SS XVI, cuando se convirtieron en chiitas (que significa 'partidario'). Los shiítas son seguidores de Alí, el primo y yerno de Mahoma. Persia viene de las voces Fars o Pars que significan “tierra de los arios”, un pueblo indoeuropeo. Hay allí relativa libertad religiosa aunque los musulmanes enfrentan la pena de muerte en caso de apostasía. La diferencia entre sunitas y chiíes es que estos sólo reconocen como líderes legítimos a los descendientes directos de Mahoma, y se refieren a ellos como “imanes”.


Irán es una república teocrática desde 1979: un consejo religioso califica a quienes se postulan para dirigir el gobierno. Se lo conoció como Persia desde el primer milenio a. C.; está en Medio Oriente, pero sus pobladores no son árabes; fue conquistado por los musulmanes, a mediados del SS VII.  Es también un país muy rico en petróleo y dispone de grandes reservas minerales. En los últimos años ha desarrollado una gran capacidad nuclear. Casi un 70 % de su territorio es montañoso; he tenido oportunidad de admirar muchas veces los montes Zagros, el macizo montañoso (conjuntos de cordilleras) más extenso que hubiese sobrevolado jamás en mi vida.


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11 julio 2025

Anatomía del esperpento

Ramón María del Valle Inclán había sido un destacado novelista, dramaturgo y poeta español. Nacido en Galicia, vivió a caballo entre los siglos XIX y XX y murió temprano (tenía 69 años). Su nombre de bautismo fue realmente Ramón José Simón Valle Peña, pero lo fue alterando de a poco, para que estuviera a tono con sus manías bohemias o, quién sabe, si para elaborarse un más atractivo heterónimo. Para ello, suprimió el José Simón y eliminó el segundo apellido; adoptó el María y los apellidos de un ilustre antepasado… Algo de estrafalario había en sus modales, facha y vestimenta: se parecían al vocablo que parece que él mismo inventó: ‘esperpento’.

Vestido siempre de negro luctuoso, exhibiendo una silueta enjuta, y una larga y perenne barba, parecía presto a contradecir cualquier asunto y a renegar de cualquier tema. Ya maduro, tenía entonces treinta y tres, tuvo una riña con un colega, se lastimó un brazo que luego se gangrenó y hubo que amputárselo. Su atuendo y empaque siempre fueron característicos: sombrero, chalina o capa, polainas blancas y, sobre todo, esas sus luengas e hirsutas barbas, “las de un chivo”, como las habría calificado el genio de Rubén Darío. Si uno escruta la enciclopedia y da con su propia firma a mano –su rúbrica ológrafa– advierte que esta también luce como el epítome mismo del esperpento, en el que la ‘I’ de Inclán parece una lombriz que intenta taladrar la tierra…

 

Si consultamos el significado de esperpento en el diccionario de la RAE, encontraremos el siguiente contenido: “Concepción literaria creada por Ramón M.ª del Valle-Inclán hacia 1920, en la que se deforma la realidad acentuando sus grotescos rasgos”. Ahí se define el vocablo como “Persona o situación grotesca o estrafalaria”. Esta modalidad, el esperpento, consistiría en ‘tratar de encontrar el lado cómico en las cosas trágicas que ocurren en la vida’; por tanto, y si nos remitimos a sus correspondientes sinónimos, hemos de hallar vocablos como adefesio, ridículo, disparate, espantajo, fantoche o mamarracho. Lo suyo era pues algo «fantocheril»…

 

Al revisar estos términos, me viene, sin querer, un aire tibio de la infancia; este me recuerda el indiscriminado uso en casa de palabras añejas como fantoche o cacaseno. Este manido y abusado término, el de fantoche, equivale a “persona grotesca y desdeñable”, según el mismo DLE, cuyas voces correspondientes son idénticas: adefesio, esperpento, espantajo, mamarracho… Un fantoche es también aquel “sujeto neciamente presumido o presuntuoso (el fanfarrón, fatuo, jactancioso, farolero o alabancioso)”. Es decir, aquel personaje de vestir estrafalario; y, aun también, el muñeco convertido en títere o marioneta (el monigote movido por hilos)…

 

He meditado en estos términos al comprobar cómo, poco a poco, la política (aquí y en todas partes) se ha ido llenando de fantoches y mamarrachos (inútil sería nombrar a todos esos “personajes”: verdaderos payasos estrafalarios que se han ido “distinguiendo” por su atuendo o por su estrambótica actitud)… Y lo propio me sucede con palabras como ‘escrache’ o  ‘escrachar’: “manifestación popular de protesta contra alguien, generalmente en el ámbito de la política, que se realiza frente a su domicilio o en algún otro lugar”. Este último, es un verbo utilizado en forma preferente en países como Argentina y Uruguay; su etimología reza así: (viene) “del italiano schiacciare 'aplastar, presionar, oprimir'; del genovés scracâ 'escupir'; o del inglés to scratch 'arañar, marcar, rayar, dañar’”. Además, significa en el sur del continente: romper, destruir, aplastar (acosar); o, fotografiar indiscretamente a alguien.

 

Scratch, por su parte, se refiere en inglés a esos pequeños golpes o raspones que hallamos en los automóviles y demás vehículos; significa también esas lastimaduras o rasguños que nos hacemos en la piel y que nos dejan una temporal o definitiva cicatriz. To scratch significa rayar o rascar; pero también algo que en el juego del golf es como obtener todo un doctorado: tener cero hándicap o ninguno; es ser todo un profesional. 

 

Pero hay otro ‘Scratch’: es el apodo de la selección de fútbol del Brasil, único país que ha estado presente en todos los mundiales que se han organizado. Así se la empezó a llamar luego de su triunfo en el Mundial de Suecia en el 58; fue el equipo inolvidable de Pelé, Vavá, Garrincha, Zagallo, Moacir y Djalma Santos… Antes la llamaban verdeamarelha (por los colores de la bandera) o canarinha (cuando cambiaron el blanco por el amarillo en 1954). La llamaron Scratch du Oro (Rayón de Oro), en referencia a una técnica que utilizan los ‘Disk Jockey’s (DJ’s) para mezclar las canciones: un movimiento de arriba hacia abajo (como si se rayara al disco) llamado scratch. Aludiría a la acción de mover el balón de similar manera, de lado a lado, con el elegante objeto de practicar el peculiar ‘jogo bonito’


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08 julio 2025

Casuística investigativa

Todos fuimos aviadores (‘avionistas’, como con humor dice uno de ellos). Nos hicimos pilotos y aprendimos a volar en diferentes instituciones o academias. Luego hicimos nuestras “horas” y, más tarde, coincidimos y trabajamos para la misma aerolínea. Ahí compartimos una misma “escuela”, que es como una forma de ejercitar la actitud que demanda el oficio. Una vez retirados, más allá de las personales afinidades, continuamos intercambiando recuerdos, celebraciones y experiencias. Seguimos en contacto y hemos creado un chat. En él, es inevitable no compartir comentarios, participar episodios y criterios. Nuestra actividad no consistió solamente en “ir y volver”; a veces enfrentamos “situaciones anormales”, episodios críticos y hasta emergencias…

Pero algo ocurre cuando suceden los accidentes. Ahí es inexorable cursar noticias o compartir información. Lo hacemos anteponiendo un sano propósito profesional, en forma respetuosa y discreta, internamente y sin tremendismo; considerando el dolor de los allegados a las eventuales víctimas, evitando el vano chismorreo o la especulación. Analizamos las probables causas y los iniciales hallazgos. Unos, apoyados en su preparación académica; otros, en su valiosa experiencia. Algunos respaldados en estudios de factores humanos o investigación.

 

Hay voces respetables, sin embargo, de gente que se opone a hacer o aceptar comentarios de-lo-que-pudo-haber-sucedido, o de las razones y motivos, que pudieran existir para que hubiese sucedido un determinado siniestro… Son voces que no solo reclaman respeto a las víctimas y a sus familiares (en lo que les sobra razón), sino que se oponen, con base a ese mismo respeto, a que se adelanten teorías o prematuros veredictos hasta que no se hagan públicos los análisis oficiales de las respectivas juntas de investigación, juntas que han sido creadas para estudiar las evidencias y emitir una conclusión respecto a esas trágicas ocurrencias.

 

No obstante, reconocemos que nos devora la curiosidad... En un mundo que vimos crecer y desarrollarse en forma tan vertiginosa, queremos saber qué es lo que pudo haber ocurrido, o de qué manera pudo ser evitado por el operador de turno; o cómo proceder, cara al futuro, para que quienes siguen heredando nuestro oficio no tengan que enfrentar las mismas fallas o sorpresas; o, por último, para que no vayan a repetir el mismo error… Eso, y nada más, es lo que hacemos en esos grupos y foros profesionales (que siempre son discretos y privados). En ellos compartimos y aportamos criterios, respecto a lo que es oficial, pues ya es público y se conoce (y tiene respaldo serio y contrastado); o, respecto a lo que hicieron o pudieron haber hecho nuestros colegas. Cotejamos tales situaciones con cómo nosotros hubiéramos reaccionado, basados en nuestra aptitud o inutilidad... Aportamos criterios siempre objetivos y mesurados. Aunque para ello, echamos mano de una cierta intuición no exenta de “sexto sentido” (“insight”)…

 

Ahora bien, si lo hacemos en forma seria y responsable, ¿interferimos o entorpecemos las investigaciones?... Creemos que no, definitivamente que no. Tan solo tratamos de cruzar ideas –entre nosotros– y compartir puntos de vista, animados no por el “qué sucedió”, sino por el “por qué fue que eso pasó”: cómo pudo haber pasado lo que por lástima aconteció. En cierto sentido, solo hacemos lo mismo que, a su modo, están haciendo también los investigadores: nos reunimos en privado para, basados en lo que ya conocemos y en lo que pudo haber ocurrido, analizar el motivo, el porqué de lo que pasó. La diferencia es que no disponemos aún de toda la información requerida; sobre todo, parte de aquello que se reconoce como oficial.

 

No descartamos tampoco, y por lo mismo, que pueden haber ocasiones en que, finalizados ya los estudios y análisis respectivos, podremos a veces no estar de acuerdo o, al menos, no completamente, con lo resuelto por las juntas investigadoras. Hay ocasiones, en efecto, en que no necesariamente terminamos coincidiendo con la apreciación de las causas y motivos, o con la conclusión final, sin desmerecer el saber y especialización de quienes conforman esos entes interdisciplinarios de peritaje a los que ellos aportan con su sabiduría, experticia o intuición.

 

El reciente accidente de Air India en Ahmedabad puede ser un claro ejemplo. No hemos estado a la caza de información actualizada para elaborar apresuradas teorías. Sin embargo, y debido a los inusuales aspectos de lo ocurrido, hemos tratado de analizarlo objetivamente, preguntándonos cómo hubiésemos reaccionado nosotros mismos frente a una situación de  similares características; y, visto ya en retrospectiva, qué pudieron haber hecho mejor esos desafortunados –y hoy ausentes– colegas, para así poder seguir aprendiendo…


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04 julio 2025

En la despedida de Pablo Córdova

Horacio Walpole, literato y aristócrata inglés que vivió en el SS XVIII, habría escrito una frase que siempre me ha dado que pensar: “La vida no es más que una comedia para los que piensan; pero es una tragedia para los que sienten”. A Walpole se le atribuye haber inventado el término ‘serendipity’, voz inglesa cuyo sentido en nuestro idioma equivale, más o menos, al vocablo ‘casualidad’. Serendipity es cuando nos ocurre un feliz hallazgo cuando buscábamos algo distinto. Cristóbal Colón llegando a América cuando quería llegar a Asia pudiera ser un buen ejemplo… Walpole se habría basado en un cuento persa, el de Las tres princesas de Serendip.

Pero, yo tengo mis reservas… un día, mientras volaba la línea de pasajeros para la Singapore Airlines, me llamaron a casa a preguntarme si podía hacer un vuelo carguero a Colombo, la capital de Srí Lanka (qué casualidad: Colón y Colombo son voces parecidas)… Como muchos saben, Sri Lanka es una isla en forma de perla que antes era conocida como Ceylán. Pero, algo que pocos saben es que, esa isla, antes fue conocida con una infinidad de nombres… Hay quienes la conocían por Taprobana (Trapobana es como la llamó Cervantes en el Quijote); y, otros, la apellidaron de Serendip… un vocablo del sánscrito: quizá “La isla de la casualidad”.

 

He repetido esta última palabra con intención, pues hace un par de años Pablo me llamó un día a su casa para pasarme el borrador de un cuento que había escrito… El título se refería a una ciudad de Medio Oriente, y hablaba de episodios que ocurrían simultáneamente. Me dijo que quería dedicárselo a una de sus nietas. El cuento empezaba con un epígrafe; en él se repetía la definición del vocablo ‘coincidencia’, del modo que lo hace la Real Academia… No estoy seguro si quizá lo malentendí, pero recuerdo haberle hecho un par de observaciones. “Tal vez deberías elegir el significado de casualidad; no el de coincidencia”, le sugerí. “¡Pero si son lo mismo! ¿Cuál es la diferencia?”, con ese modo severo que él tenía, me respondió…

 

“No exactamente”, le repliqué. “Creo que en la coincidencia interviene la voluntad humana; no así en la casualidad. Esta, si no depende de la voluntad Divina, lo hace del capricho de una diosa que otros llaman Fortuna” (estamos hoy aquí reunidos por pura coincidencia; pero Pablo se ha ido ayer y no hace una semana, ni después de un mes, y por mera casualidad)…

 

Sea lo que sea, creo que allí surgió un breve desencuentro. Hoy, el recuerdo de ese episodio me lleva a una pequeña reflexión que la quiero compartir: a veces asignamos mucho tiempo y esfuerzo a nuestros conflictos y diferencias, a nuestros desencuentros; pero ello no vale la pena: ¡la vida es demasiado corta! Dicen que es como un relámpago o como un destello… Yo pienso que ni siquiera eso: tan solo es un suspiro entre dos eternidades; un concepto, este, que más de una vez hizo temblar los cimientos de mi propio Credo, los de mi propia Fe…

 

Pablo era un hombre pausado, era un hombre bueno. Era cordial, frugal y discreto… solía ir y volver de su trabajo, todos los días, sin utilizar transporte público. Era un hombre reflexivo, siempre iba a pié… Pero creo también que había algo en lo que nos parecíamos: quizá fuimos demasiado severos a la hora de juzgar a los demás… Antes de despedirme de Pablo, quisiera hacer un pequeño aunque reverente homenaje a una mujer extraordinaria: ella ha sido para nosotros un ejemplo de solidaridad y de paciencia, de perseverancia y resiliencia, de dulzura y de un amor que se avecinó a la santidad: ella es mi querida cuñada María Fernanda…

 

Pablo… estoy aquí para despedirme. A veces creo que pude haber sido un mejor amigo,  un mejor cuñado y un mejor vecino. Discúlpame si alguna vez te lastimé… Quisiera desearte un viaje tranquilo; como decimos los pilotos: que tengas buen cielo, buen viento y buena mar. Te agradezco por todo, querido amigo. Vete sosegado y tranquilo. Y que descanses en Paz…


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