28 julio 2014

El tiempo al revés

A veces me pregunto si ciertas iniciativas políticas, incluso las distintas decisiones que toman los gobiernos, obedecen verdaderamente a las reales necesidades que enfrentan sus pueblos; o si aquellas acciones más bien obedecen a expresiones de ignorancia, a simples manifestaciones de estulticia o a ese irrefrenable y recalcitrante complejo de inferioridad que parecería haberse afincado en ciertas ideologías tercermundistas. Es como si deberíamos aceptar que hasta el tiempo, de manera traviesa, hubiese decidido marchar al revés. Y, realmente, nada puede ser peor que ir a contramano con el tiempo!

Esto y no otra cosa me animo a pensar, cuando descubro que en Bolivia se habría optado, con escasa originalidad, por diseñar un tipo de artilugio, llamado "reloj del sur", cuyas manecillas giran en sentido contrario al que normalmente marchan los demás instrumentos de medir el tiempo, los cuales caminan justamente siguiendo lo que en forma universal se conoce como "sentido horario" o "la dirección de las manecillas del reloj", es decir hacia la derecha. Ello no sólo constituye una peligrosa contradicción sino un insulso anacronismo!

Pero esto precisamente parece haber quitado el sueño a los ideólogos de nuevo cuño, y ancestral resentimiento, del país hermano que, a pretexto de hacer una declaratoria de "identidad nacional" o de "símbolo de cambio", han emprendido en una iniciativa que sólo puede generar desconcierto y confusión en su propio pueblo. Es que los números, además, han sido colocados también en dirección contraria a su ubicación tradicional. Así, lo que, por ejemplo, reflejaría las doce y cincuenta, en un reloj convencional, indicaría realmente las once y diez en este tan absurdo como adefesioso aparato de medición del tiempo...

Cierto es que muchas convenciones que se han ido adoptando en la vida de la humanidad no son sino eso: meros convencionalismos. Estos han sido adoptados por la sociedad frente al convencimiento de su comodidad y conveniencia, para justamente eludir y eliminar los riesgos de actuar de una forma que pudiera no ser uniforme. La vida civilizada está marcada por una serie de reglas que reflejan un implícito acuerdo social y esto no es más que un mero convencionalismo.

Se quiere argumentar que existiría una razón geográfica para esta inusual novelería o "revolucionario" experimento: se arguye que las estaciones se producen en forma antagónica en el hemisferio sur a cómo se producen en el hemisferio norte, se insinúa que los relojes deberían marchar hacia la izquierda o al revés porque, en esa zona, no ocurren los solsticios y equinoccios al mismo tiempo... Pero, el argumento luce como una excusa traída de los cabellos, como un pretexto, que sólo consigue evidenciar un claro complejo de inferioridad frente a un acuerdo que, aunque pudiera parecer sólo un mero convencionalismo, es un útil y válido instrumento que ayuda a hacer más fácil la vida de la gente, como tantos otros inventos.

No se puede olvidar que el reloj mecánico se inspira en su predecesor, el reloj de sol, que, como es conocido, funciona de idéntica manera en ambos hemisferios. Lamentablemente -para los nuevos genios- la tierra gira siempre hacia la derecha; y, para su ilustrado conocimiento, así lo hace también en su propio hemisferio!

Mientras tanto, las autoridades han insistido en que "no hay que complicarse" (!), que "simplemente tenemos que tomar conciencia que no estamos en el hemisferio norte"... ¡Tan fácil como se escucha! Me pregunto: ¿cuál es el beneficio real de tan antitécnica como controversial iniciativa. ¿Se trata de ignorancia, estupidez, o simple gana de fastidiar? O tal vez sea, una vez más, una nueva manifestación de ese acomplejado prurito de ver hasta en el progreso un símbolo de opresión y colonialismo. ¿Cuál será el siguiente paso? ¿Inventar una brújula cuyas agujas declinen hacia la Cruz del Sur, o quizá algún otro aun más revolucionario invento?

Quito

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25 julio 2014

Patria, ¿un resentimiento?

Cuando viajo por los caminos de nuestro país, encuentro por doquier esa excesiva publicidad gubernamental que se refiere a que ahora "ya tenemos patria"... ¿Qué es exactamente lo que se quiere decir con ello? Conjeturo que se trata de una proclama que encierra un evidente contenido político, respecto a que los distintos beneficios materiales, el bienestar, quizá inclusive el progreso, son ahora parte de un nuevo proceso que es participado por todos. ¿Es justo, sin embargo, que sólo eso, algo puramente material, sea todo lo que identificamos con el concepto de patria?

No puedo dejar de advertir que muchas veces se confunden ciertos términos. No es infrecuente aquel guirigay que incluye a conceptos como país, nación y patria. Alguien me recordaba hace pocos días acerca de la identidad que existe entre dos vocablos que tienen una raíz común como son “pago” y país. Pago, en efecto, es un término usado en los países del sur del continente para referirse a territorio, lugar, distrito o región. “Por los pagos de mi barrio”, dice una milonga de Daniel Melingo.

Y hoy me he encontrado con un editorial periodístico que, a pretexto de exaltar la figura de Simón Bolívar y de tratar de rescatar su memoria, insinúa que somos una patria que no sabe rendir homenaje a sus padres, pues conjetura que si patria significa "tierra de nuestros padres o antepasados", no resulta justo que no sepamos dar a nuestros héroes el tratamiento que se merecen. Recuerda el artículo el cambio de nombre del aeropuerto guayaquileño, por ejemplo, que antes honraba la memoria del Libertador y sostiene que somos una patria "huérfana de padre".

Mas, sin embargo (como decían antes los cronistas), hay en ese editorial ciertas frases que revelan ese como complejo de inferioridad que quiere renegar de nuestra herencia hispánica. Ahí se habla de aquellos "tres siglos de conquista y cadenas coloniales", de la actual celebración de "la fundación del yugo imperialista en nuestra tierra", entre otros conceptos. Y yo me pregunto: ¿cómo es posible hablar de patria cuando, en el cansino prurito de aparecer "políticamente correctos", queremos desconocer una parte de los elementos de nuestra nacionalidad. Esto porque si pretendemos hablar de nación, no podemos dejar de tomar en cuenta el idioma, las costumbres, la cultura y la tradición que nos legaron los españoles.

Claro que, para hablar de nacionalidad, no podemos prescindir de un territorio que nos une e identifica (recordemos nuestro secular problema limítrofe); pero, sobre todo, no podemos dejar de tomar en cuenta todos aquellos ingredientes históricos que se fueron integrando y yuxtaponiendo. Hemos de empezar por reconocer una base aborigen -sin desconocer que aquella ya venía soportando otro sistema de dominación "imperialista", la del régimen incaico-; luego hemos de añadir el aporte cultural, religioso y lingüístico de la conquista, sin que tampoco deba desconocerse todo aquello de oprobioso que representaron las mitas, las minas o los obrajes.

Fue precisamente de ese modo, que nuestro país -como todos los demás países de América y como otros pueblos del mundo- enfrentó su integración mientras su raza experimentaba ese proceso incesante que llamamos mestizaje. Unos más blancos o morenos que otros, todos fuimos formando parte de esa diversidad que es la raíz irrenunciable de nuestra nacionalidad. ¿Cómo, por lo mismo, sería posible fortalecer esa nacionalidad si pretendemos tapar el sol con un dedo, si creemos que es factible apuntalar y enriquecer un sentido de nacionalidad sobre la base de desconocer la historia, pretendiendo que parte del pasado no hubiese ocurrido jamás?

Y es que, además, ¿a quién hacemos responsable de los abusos del pasado? ¿A quién exigimos reparación? ¿A los actuales españoles, a los hijos o nietos de los antiguos potentados o terratenientes? ¿Es justo, en todo caso, recuperar los pretendidos valores de lo autóctono sobre la base del odio, el resentimiento o la retaliación? De veras, ¿aún creemos que se puede hacer patria con la bandera del enfrentamiento fratricida, la represalia o el rencor? Creo que más que una entelequia de tipo pecuniario, la patria debe ser un sentimiento -jamás un resentimiento-, y estoy persuadido que solo haremos patria si nos esforzamos por fortalecer un concepto de dignidad y de sano orgullo; y, ante todo, un profundo sentido de comunidad.

Quito

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22 julio 2014

60 años del Boeing 707

Si para algo no soy bueno es para recordar la fecha de los cumpleaños ajenos; tanto que, si no fuera por que cae justo un día antes de finados, inclusive me olvidaría de celebrar el mío. Esto pudiera llevarme a enfrentar situaciones embarazosas porque a veces no recuerdo ni las conmemoraciones de mis seres queridos. Por fortuna hay gente como mi mujer, que se sabe de memoria los números de teléfono de todas las personas que conoce o que, semana a semana, me recuerda los onomásticos de todos nuestros conocidos. O como el Efe, ese colega mío, entusiasta incorregible, con cuya novelería es capaz de estar atento a todas las celebraciones, a todos los hitos aeronáuticos...

Y así he recordado que la semana pasada ya ha cumplido sesenta años el Boeing 707... En otras palabras, yo he de haber tenido unos escasos dos años cuando le dieron a luz. Al principio le conocieron con otro nombre, y con un distinto apellido. Le conocieron como el “367-80" cuando recién lo concibieron, y aun mientras solo fue un proyecto. Y así lo conocieron, por lo menos al principio, mientras ya asombraba como jet comercial y ejercía de prototipo. Fue justamente el 15 de junio de 1954 cuando el B 367-80 -o simplemente el Dash 80- y más tarde conocido como Boeing 707, habría de realizar su vuelo inaugural. Ese día marcaría una fecha importante, no sólo para la compañía Boeing de Seattle, para la era del jet y la historia de la aviación comercial, sino también para los viajes intercontinentales y el desarrollo de la transportación aérea, como se la conoce hoy.

Creo que mi romance con los Boeing empieza un día de verano de 1968. Era la primera vez que me subía en un jet comercial, se trataba de un Boeing 727 de Avianca, era el mismo jet que había transportado al Papa en su visita a Colombia. Me llamó la atención la comodidad de sus asientos, el espacio interior, esas como hornacinas de lisa textura y color tan discreto que servían de marco a cada ventana. Cuando el vuelo pasó por Bogotá y también cuando llegamos a Caracas, pude echar un vistazo a la cabina de mando mientras desembarcaba de la nave. Jamás hubiese imaginado que los Boeing serían parte de mi vida profesional por casi treinta años...

Pocos años más tarde, y ya siendo piloto profesional, fui requerido para viajar a Bogotá para traer una avioneta Cessna que se había enviado para una inspección en el aeropuerto de Guaymaral. En esa ocasión me tocó en suerte volar en Lufthansa, se trataba esta vez de un Boeing 707-320 y, como todavía sucedía por aquellos tiempos, luego de identificarme como aviador, el comandante tuvo la bondad de invitarme para que despegara y aterrizara en el puente de mando. Esa fue una experiencia incomparable!

Antes de ese viaje, sólo había volado en aviones de hélice por espacio de tres años. Jamás había tenido oportunidad de ser testigo de la operación de un cuatrimotor a reacción, con tripulación de tres hombres y cinco asientos en la cabina de mando. Cuando aterrizamos en Bogotá, si algo me llamó la atención, y es un recuerdo que nunca voy a olvidar, fue aquel esfuerzo mancomunado de los miembros de la tripulación -ingeniero de vuelo, de por medio- en esa tarea sorprendente en que se convertía la aplicación de reversas luego del aterrizaje... Algo realmente traumático!

Tampoco me imaginé, en ese mismo vuelo, que tan sólo dos años más tarde habrían de llamarme de Ecuatoriana para que me incorporara a su nómina de tripulantes. Era el mismo día en que yo cumplía veinticinco años, entonces habría de desplazarme a San Francisco para recibir mi entrenamiento en los simuladores de vuelo de la desaparecida Western Airlines. Tampoco habría de imaginarme que volaría los siguientes quince años en los Boeing 707 y 720; que acumularía doce mil horas de vuelo en ese tipo de avión; y que, tan sólo dos años más tarde, estaría recibiendo mi entrenamiento en las instalaciones de Pan American en Miami, para volar como comandante en aquel aparato inolvidable.

El B-707 pasó a ser mi hermano y mi amigo. Es hasta hoy, el mejor entrenador que jamás haya volado. Con él aprendí cosas que eran nuevas para mí, como la operación de los motores a reacción, la cabina presurizada, las alas "swept-back", la meteorología de gran altitud, nuevos términos y fenómenos como el "dutch roll" o el "tuck under". El 707 me hizo madurar como aviador, me hizo convencer de las ventajas de ser disciplinado; me enseñó a tomar en cuenta los criterios de los demás miembros de la tripulación, a planificar, a ser precavido, a utilizar mejor los recursos de la cabina, a ser una mejor persona, a aprender a ser un mejor "comandante"...

Quito

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18 julio 2014

Claraboya

Si se observa una de las portadas de Claraboya, la novela póstuma de José de Sousa Saramago (Azinhaga, Portugal, 1922 - Lanzarote, España, 2010), no se puede menos que transigir ante la reflexión que provoca la aparente interpretación del artista responsable del dibujo. En un fondo ocre, que parece semejar un enorme portón, un diminuto hombre captado en una instantánea de curiosidad parece hacer un esfuerzo por cruzar un postigo estrecho, como apartándolo para dar paso a su catadura. De pronto, uno advierte que la oscuridad que se descubre al otro lado de la apertura, produce una sombra descomunal y contradictoria, un extraño claroscuro. Parece reflejar una sutil metáfora, una que insinúa que algo no hemos entendido.

Claraboya es una de las primeras novelas de Saramago, una que el premio Nobel la habría escrito antes de los treinta años. Cuando le llamaron desde una editorial para anunciarle que habían redescubierto el manuscrito, ya habían transcurrido otros cuarenta años y el autor, enojado por tan incomprensible falta de respeto, se opuso a la tardía propuesta de los editores que ahora estaban listos a publicar la obra, y resolvió que no lo haría mientras estuviese con vida. Para entonces ya había visto publicadas muchas de sus famosas y provocativas novelas, y gozaba del ecuménico reconocimiento que le otorgaba el mundo de la literatura.

Algo hemos de decir de Saramago, un hombre que tuvo que lidiar con la tartamudez, que nunca fue a la universidad, que había sido mecánico de profesión, y cuyos padres y abuelos fueron analfabetos. Hubo un tiempo en el que devoré la mayoría de sus novelas, las mismas que obligan a sus lectores a replantearse su misión en el mundo y a reconocer las diversas tonalidades morales que encontramos en la vida. Ahí nada es solo blanco o solo negro, nadie es totalmente culpable o totalmente inocente. Pues eso es justamente la vida, una inescrutable condición donde los hombres terminamos viéndonos en el espejo y descubrimos que asomamos distorsionados por el subjetivo lente con el que los demás nos miran.

En Claraboya se suceden esas instancias vitales, los recelos, el egoísmo, las ambiciones -esa competencia sin misericordia- que parecen ser parte primordial de toda relación humana cuando estamos sometidos a la opinión ajena y al escrutinio que anima la curiosidad de los vecinos. Claraboya es la narración de unos incompletos episodios acerca de lo que sucede, o puede ocurrir, en los espacios compartidos, en la cotidianidad de la vida del conventillo. Ahí hay espacio para lo magnánimo y para lo abyecto, para la insidia, para la bondad o la ilusión. Y todo se percibe como si se otearía desde un ventanal elevado y secreto, que nos regala la luz necesaria para ayudarnos a interpretar y la distancia para asegurarnos discreción...

Resulta sorprendente que un joven Saramago haya sido capaz de describir cuadros humanos tan complejos que piden ser pintados con el pincel de la madurez. Hay, en la presentación de esos personajes, una cuota de profunda sensibilidad, un hábil manejo psicológico de las escenas en las que ellos intervienen, y -además- una enorme fidelidad del sesgo inesperado que a menudo adquieren los intercambios coloquiales. Eso domina Saramago desde muy joven, una suerte de oficio para dejar que los diálogos fluyan. Son intercambios nada premeditados, surgen como en la realidad de la vida, empujados por la fuerza espontánea de la improvisación.

Un hombre que supo utilizar la imaginación para combinar sus más conspicuas cualidades, la compasión y la ironía (así supo reconocerlo la propia Academia sueca), Saramago dejó de publicar por cerca de treinta años, porque argumentaba que "no tenía nada que decir". Cuando hacia 1980 le sorprendió una inusitada fama, sus obras fueron de pronto reconocidas mundialmente y deleitó a sus lectores con novelas como "Manual de pintura y caligrafía", "El año de la muerte de Ricardo Reis", "El evangelio según Jesucristo", "Ensayo de la ceguera", "Caín" y "Ensayo de la lucidez". En todas ellas, el autor nunca cesó de utilizar sus parábolas para invitarnos a meditar en lo fortuito y circunstancial de nuestra humana contribución .

Casablanca

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14 julio 2014

Más allá de un virus

Se nos fue convirtiendo en un virus. Y todos, casi sin que cayesen en cuenta, empezaron a utilizar esa curiosa manera de expresarse. "Más allá de", por aquí, "más allá de", por allá. En parte, creo que tiene que ver con la influencia de una forma de decir que resulta común en el sur del continente, en el habla argentina, y que nos fue llegando a través de los comentarios deportivos y de las entrevistas relacionadas con el fútbol. Lo cómico es que se ha convertido en un clisé, en una frase copiada, en un abuso mecánicamente repetido. “Más allá de esto", por aquí y por allá.

De golpe el "más allá de" se fue convirtiendo en un omnipresente lugar común. En algo parecido al "o sea" o al "digamos", y ya no parecería existir comentarista o expositor que en algo se precie (o aprecie) que no transija al embrujo aparente de su utilización. Lo que no queda nunca claro es qué es lo que se quiere subrayar o qué es lo que se quiere obviar o esconder. Cuando lo escuchamos no logramos aprehender su real intención. ¿Quieren decir con ello acaso "no solo eso"? ¿Quizá, "aparte de"? ¿Qué mismo es lo que, quienes usan ese “más allá”, pretenden significar?

Por mi parte, he tratado de poner atención a todas esas frases en las que se ejercita su uso. Alguien que está hablando de las limitaciones técnicas de un determinado equipo, por ejemplo, empieza por advertir aquello de "Más allá de los méritos del equipo contrincante". Si uno pone especial atención a lo que parecería ser la intención de la frase en mención, ha de notar que no queda claro con qué propósito fue utilizada. Tal vez, "tomando además en cuenta"? Quizá, "sin embargo", o "no obstante"? O, tal vez, con ese siempre repetido "más allá de", se quiere expresar un "sin tomar en cuenta" o un "sin entrar a considerar" esto o lo otro...

Lo cierto es que, mucho "más allá de" lo que sus cultores quieran realmente decir, el uso se fue convirtiendo no solo en un empleo recurrente, sino en una innecesaria moda que fue adquiriendo un sesgo un tanto viral. Quisiera conjeturar que se trata de una forma usada para expresar (o quizá reemplazar) tanto un "sin embargo" como un "además de". De ahí el carácter impreciso que contiene. No se entiende si con ello se insinúa que es algo que se quiere subrayar o algo de lo cual nada se quiere decir, algo que se prefiere pasar por alto o callar.

Pero este coloquial "más allá de" nada tiene que ver con otro que en apariencia también se ha ido convirtiendo en fórmula preferida para encabezar o poner título a ciertas noticias, crónicas o ensayos. Ejemplos abundan y sobran. Les entrego dos: "Más allá de las canas", o "Más allá de la cocina", con lo que sus autores parecería que quieren expresar la idea de "algo más profundo que" o "al otro lado de" este o algún otro asunto. Piénsese por ejemplo en este sugerente titular: "Más allá de la realidad", aunque -en este preciso caso- no se trate de la intención de hablar de ultratumba; es decir, de referirse a un contingente "más allá"...

Hago estas ociosas digresiones cuando ya ha finalizado el absorbente mundial de fútbol. Sin duda, este se ha constituido en uno de los más entretenidos mundiales que ha habido en la historia. Es evidente que a su éxito, y a nuestro especial disfrute, ha contribuido el alto grado de sofisticación a que han llegado las transmisiones televisivas. A la claridad y nitidez de esas transmisiones se han sumado todos esos recursos que permiten repetir las más importantes incidencias, revisar las jugadas que generan controversia y la disposición táctica de los equipos participantes. Tal parece que poder presenciar estas transmisiones conlleva ventajas que ni siquiera obtienen quienes se hallan presentes en los mismos estadios.

Alemania ha quedado campeón. Es un justo ganador, siempre se exhibió como el conjunto más completo y mejor preparado del torneo. La gran desilusión para los latinoamericanos fue aquello de que uno de sus equipos no pudiera lograr el ansiado trofeo. En cuanto al triste y especial desengaño que sufrió el equipo anfitrión, empiezo a pensar que aquello de no tener que participar en los partidos eliminatorios, a la larga más bien le perjudicó como equipo y no le favoreció como se hubiera esperado… Ahora, a Brasil, no le queda más que prepararse y ver qué pasa luego de otros cuatro años, "más allá" de lo que el destino le pudiera deparar!

Casablanca

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10 julio 2014

Bestiario

No voy a olvidar nunca la cara de incredulidad de aquellos niños, su llanto, su contenido gesto de tristeza. Tampoco se me va a ir de la memoria el llanto de desencanto de aquel zaguero central, pidiendo disculpas a la hinchada y tratando de explicar algo que ni él ni nadie podría explicar, y que llenó de escepticismo y de sorpresa a todos los aficionados futbolísticos de todo el mundo. Es que, ¿quién podía haberlo imaginado? ¿Quién hubiese creído que -en un lapso de tan solo dieciocho minutos- Brasil habría encajado cinco goles, y que terminaría perdiendo por una diferencia tan abultada y de rasgos tan históricos como inexplicables?

Con esto se terminó el mundial para Brasil. Lo triste es que todavía tendrá que encarar un último partido para disputar un anodino tercer puesto. Alguien me decía en el entretiempo del partido con Alemania, y cuando el resultado era ya imposible de remontarse, que ahora sí se levantaría la gente y la protesta social encontraría cauces para desahogar los sentimientos de rechazo que se habían dejado en suspenso. Yo pensaba que no, que la gente había quedado tan lastimada por tan inimaginable resultado que quizá lo único que querría era volver a casa, a rumiar su desilusión, en la esperanza de que lo que vivió hubiese sido solo una horrible pesadilla, y que cuando despertara descubriese que nada de eso había sido cierto…

¿Quién puede hallar una explicación para tan histórica debacle? Hay que empezar por admitir que el actual equipo, el que en este mundial representó a Brasil, no era la mejor selección que ese país había presentado en mucho tiempo. Ya en los partidos anteriores se observó que sus líneas presentaban serios vacíos en su ensamblaje. Era notoria una preocupante falta de comunicación entre las diferentes líneas. Nunca como ahora el medio campo, que siempre caracterizó al virtuosismo brasileño, había estado tan desatendido. Brasil había sido por siempre el equipo que se había constituido no sólo en un referente, sino en el favorito de la mayoría de los aficionados latinoamericanos. Pero… ¿realmente jugó tan mal el “scratch”?

Este desproporcionado resultado no refleja una realidad cualitativa. Brasil no es siete veces menos que Alemania. No, de ninguna manera! Por lástima, hay ocasiones en que las circunstancias apuñalan con la casualidad y no queda sino reconocer que aun estos resultados sorprendentes solo se producen de vez en cuando y casi siempre por mero accidente. ¿Cómo creer, si no, que en tan corto tiempo se hubiese consolidado una goleada fabulosa que, a ese nivel, carece de antecedentes?

Es fácil -y siempre cruel- tratar de encontrar culpables; sin embargo, si Brasil se hubiese tranquilizado y no se hubiese adelantado de forma tan desorganizada después del primer gol, el resultado no solo que no hubiese sido tan lapidario, sino que bien pudo haber sido remontado. Brasil probablemente cometió un imperdonable error estratégico, que a la larga habría de producir ese resultado tan catastrófico como inesperado: ubicó a uno de sus centrales en una posición no solo muy adelantada, sino deambulando por todo el campo de juego. No jugaba a nada!

No sería bueno tampoco que solo miremos el lado de quienes hoy enfrentan el desconsuelo, hay que apreciar lo que hizo bien Alemania, que demostró que los resultados se dan cuando se es fiel a un esquema disciplinado, de transiciones rápidas, cuando se presiona al rival y se tiene una proyección de claro carácter ofensivo. Y esa quizá fue la mayor limitación que exhibió el once brasileño, su renuncia, su ausencia de lealtad, a lo que siempre le caracterizó: el “jogo bonito”.

Para los jugadores, que buscaron con tanto empeño reducir la diferencia, aunque -claro- nunca se supo si sabían qué era lo que tenían que hacer… algo que debe haberles dolido, más que ese marcador nunca imaginado, más todavía que saber que con aquella pérdida estaban defraudando a una hinchada desengañada, fueron aquellos sorpresivos "oles" que con tanta crueldad y con gesto tan poco generoso les cantó su propia “torcida”... Pero, asimismo de cruel es la desilusión cuando se junta con el resentimiento, se asemeja a un relato de bestias feroces, a un cuento fantástico…

Quito

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