* Por Jorge Alberto Norero González. Publicado en La Nación, reeditado por espacio.
Hay una paradoja que solo el paso del tiempo es capaz de revelar. Durante la juventud creemos que vivir consiste en conquistar el mundo; en la madurez descubrimos que la mayor conquista siempre fue aprender a conquistarnos a nosotros mismos. Pasamos décadas persiguiendo metas, acumulando responsabilidades, defendiendo orgullos, compitiendo por posiciones que un día parecían imprescindibles. Sin embargo, cuando el calendario deja de ser un aliado para convertirse en un maestro, comprendemos que muchas de aquellas batallas jamás merecieron librarse.
La edad, a nadie vuelve sabio. Lo que produce sabiduría es la capacidad de mirar hacia atrás sin mentirse y aceptar que muchas de nuestras certezas eran apenas ilusiones. La experiencia no es la suma de los años; es la suma de las lecciones que fuimos capaces de rescatar de nuestros errores. Tal vez por eso la verdadera libertad comienza cuando dejamos de intentar demostrar quiénes somos y empezamos, simplemente, a ser.
Vivimos en una civilización que idolatra el éxito material, pero la vida termina enseñándonos que la riqueza más extraordinaria jamás podrá guardarse en una caja fuerte. Está en contemplar un amanecer sin prisa, en escuchar el murmullo del mar, en dejar que el viento acaricie el rostro, en observar el vuelo de un ave sin preguntarnos hacia dónde va. Está en compartir una conversación sincera, en abrazar a quienes amamos y hasta en sonreír al escuchar el ronquido de la mujer que duerme junto a nosotros, porque ese sonido cotidiano nos recuerda que el amor también habita en las pequeñas cosas.
Nada de eso tiene precio, precisamente porque tiene un valor infinito. El ser humano se ha proclamado dueño del planeta, cuando apenas es un pasajero temporal de una creación que existía mucho antes de nosotros y que continuará cuando ya no estemos. La naturaleza no nos pertenece; nosotros pertenecemos a ella. Comprender esa verdad es abandonar la soberbia para abrazar la humildad. Quizá por eso Dios se manifiesta menos en los templos de piedra que en la perfección silenciosa del universo. En el equilibrio de una hoja, en el ritmo de las mareas, en la inmensidad del cielo estrellado y en esa conciencia que, alguna vez, nos obliga a detenernos para preguntarnos quiénes somos y por qué estamos aquí.
Con frecuencia escucho decir que, al llegar a cierta edad, ya nada importa. Que las decisiones pierden sentido porque el camino restante es corto. No podría estar más en desacuerdo. Precisamente porque el tiempo se vuelve más escaso, cada minuto adquiere un valor inmenso. Nunca es tarde para pedir perdón, para reconciliarse, para amar con mayor profundidad, para aprender una nueva idea, para agradecer la vida o para descubrir que la felicidad siempre estuvo mucho más cerca de lo que imaginábamos. Los años no deberían llenarnos de resignación, sino de lucidez. Hoy entiendo que vivir no consiste en contar el tiempo que nos queda, sino en honrar el tiempo que todavía nos ha sido prestado. Cada amanecer representa una oportunidad irrepetible de ser mejores que el día anterior. Cada atardecer nos recuerda que nada es eterno y que precisamente por eso cada instante merece ser vivido con intensidad.
La juventud nos regala fuerza; la madurez nos entrega perspectiva. Y esa perspectiva nos permite descubrir que la verdadera grandeza del ser humano no está en el poder que ejerce sobre los demás, sino en la paz que alcanza dentro de sí mismo. Cuando finalmente dejamos de luchar contra el tiempo y aprendemos a caminar junto a él, desaparece el miedo. Entonces comprendemos que el final no es una derrota, sino la culminación natural de una existencia que tuvo sentido.
Si la vida me ha enseñado algo después de siete décadas, es que jamás es tarde para aprender, jamás es tarde para amar y jamás es tarde para agradecer. Porque quien vive con gratitud ya no teme al horizonte.
Simplemente se prepara, con serenidad y esperanza, para el día en que el alma, finalmente, aprenda a volar.


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