Ahí estaba él; lucía jocundo y risueño. Se sentía importante. No sé por qué apellidos como el suyo me recuerdan un viejo barrio de mi niñez, y me dicen que ‘de la Cuadra’ o ‘de las Casas’ fueron quizá formas de apellidar a ciertos individuos al reconocer su huérfana condición: aquellos inocentes expósitos que eran abandonados en los zaguanes de las casas, los portones de los conventos o los pretiles de las iglesias…
Como muchos esa noche –y siendo él uno de sus probables inspiradores–, parecía persuadido del triunfo del Sí, de que se aproximaba su momento de personal apoteosis, su hora más gloriosa. Lejos estaba de imaginar, ubicado ahí, en el plató de un canal de televisión –al que había ido para presumir de su probable éxito–, que pronto se revelaría un inesperado revés: la sorpresiva derrota del gobierno en la consulta propuesta y que había sido sometida a consideración del pueblo. Parecía convencido de que esa propuesta arrasaría. Él, como los demás altos funcionarios, no solo compartían tan sesgada visión: descartaban cualquier otra opinión que pudiera sugerir una alternativa distinta.
Es que… ¿cómo entender que la gente querría más seguridad pero votaría contra la presencia de bases extranjeras? ¿Cómo entender que estaba cansada de los partidos, pero apostaría por que se los siga financiando?... O que aborrecía a la Asamblea y sus actores, pero preferiría no reducir sus escaños… O que no querría que vuelva el partido que una vez lo defraudó, pero escogería que subsista su constitución, aquel galimatías, aquel engendro jurídico… ¿Era pues lógico que un sesenta por ciento dijeran que no preferían lo propuesto a pesar de su íntimo convencimiento? ¿Qué ganaban ellos votando así? o ¿por qué lo hicieron? Y más grave aún: ¿acaso no sabían que si apoyaban la consulta, si es que votaban en afirmativo, le daban un golpe de gracia al alicaído populismo?
Pero no y no, no y no; la gente dio su contundente y vinculante veredicto. Y, con ese mensaje, algo quiso decirle al gobierno. Para empezar, parece que receló que algo escondía la consulta o que, por lo menos, tenía como objetivo no expresar su real propósito. Aclararlo surgía como necesario y recomendable, pues el manejo de los dos más importantes temas –economía y seguridad– no había sido exitoso. En circunstancias así, lo que el gobierno realmente parecía buscar era fortalecer o consolidar sus fuentes de apoyo. Pero la gente lo intuyó y rechazó la propuesta. De golpe –en el criterio de esa misma gente– ya no debía interpretar la consulta como una simple indagación, porque ahora le parecía que su primordial intención habría sido la de promover la imagen y los difusos planes del gobierno.
El pueblo pudiera no ser tan sabio; pero suele actuar en forma perspicaz. Y algo quiso advertirle al gobierno: “Desconfío de tu discurso; y no quiero que el resultado te favorezca, pues no estoy contento con tu gestión”. Quizá percibía que, a una vieja forma de fanatismo, hoy se había sumado otra nueva, y tan obcecada como aquella: la de quienes hoy idolatran a Noboa, y admiran su incierto liderazgo, algo carente de sustento… Y por ello el pueblo dijo que No.
Se habría apoderado de la gente un recelo basado en la sospecha: era que la vieja costumbre de la falsa izquierda (esa que llegó a aborrecer), que consistía en la antojadiza interpretación de las leyes y el desprecio al debido proceso, también se había adueñado de las maneras del presidente y de sus colaboradores más cercanos. Era la persuasión de que alguien que no daba la cara no les había sabido comunicar sus verdaderos propósitos. Se esparcía así, como un rumor, la idea de que había una narrativa prefabricada y mañosa cuyo diseño y estructura, se venían publicitando desde las altas esferas del gobierno. Se recelaba que este, aprovechándose ahora de la coyuntura, había empezado a creer que se constituía en única alternativa –perenne e inamovible– para mucho tiempo más en el mando del país.
Pero… interpretemos primero el voto negativo: no es que la gente quiso apoyar la postura de la Revolución Ciudadana; sino que, por el contrario: esa tienda política tuvo la sagacidad de ponerse del lado de la gente; porque pronto se dio cuenta e interpretó su malestar, cansancio y desilusión. Era, más bien, que la gente habría identificado en Noboa los mismos resabios autoritarios de aquel presidente a quien había perdido simpatía y aprendido a desconfiar…
Hoy, Noboa se ha visto obligado a renovar su gabinete; deberá reemplazarlo con gente alejada de palacio, con más peso político y experiencia. Habrá de hacerlo, atendiendo a un clamor que tiene fuerza nacional; y habrá de integrarlo con gente de estatura, con personalidades probadas, y aplicando un más amplio equilibrio regional.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario