El 30 de octubre pasado un avión de JetBlue volaba entre Cancún y New Jersey. Poco después de haber alcanzado altura de crucero, el avión, un Airbus A-320, hizo un extraño cabeceo, sufrió un descenso repentino y los pilotos optaron por efectuar un imprevisto aterrizaje en el aeropuerto de Tampa. Un par de días más tarde, el fabricante se vería presionado, siguiendo disposiciones de la EASA (la entidad europea que supervisa la seguridad aérea) a emitir una directiva técnica, solicitando a todos los operadores (más de 6.400 aviones) efectuar una revisión, al haber detectado que la radiación solar, debido a la condición de unos paneles del fuselaje, pudiera haber afectado al ELAC (Elevator and Aileron Computer) un computador que ayuda a operar los controles de vuelo.
A pesar de la premura y rapidez con que Airbus manejó el diagnóstico y las recomendaciones iniciales, el mundo de la aviación –en particular los pilotos– no tuvieron acceso a la información clara que hubieran esperado. No es que el consorcio europeo hubiera escondido información o la hubiera distorsionado; pero dadas las características de las urgentes acciones sugeridas y, quizá, debido a la historia reciente de los problemas que ha enfrentado la compañía Boeing, se despertó una callada pero comprensible inquietud en la industria respecto a qué mismo estaba pasando. Surgió así la sensación de que algo pudiera estarse ocultando: una eventual falta de transparencia.
Las medidas ordenadas obligaban a la inminente paralización de más de la mitad de los A-320 en servicio, aviones que tuvieron temporalmente que ser retirados de línea de vuelo (“be grounded”, en inglés): es decir, dejados en tierra. Fue inevitable, por tanto, que, dada la experiencia antes mencionada, se recelara de la información provista por Airbus y del adecuado proceso de certificación de sus últimos modelos. Ciertos paneles del fuselaje, de acuerdo con el fabricante, no habrían cumplido con los requeridos estándares de refracción solar, y pudieran haber ocasionado una eventual “distorsión” de los comandos (inputs) enviados desde la cabina de pilotos al ELAC (el componente antes señalado) y que son procesados por esta unidad para el cabeceo y alaveo (movimiento lateral) de la aeronave.
Las medidas ordenadas por el fabricante pudieron haber causado cierta confusión debido a dos factores: Airbus solo habría efectuado un diagnóstico básico a fin de implementar acciones como parte de un proceso en curso (an ‘on-going’ process); y, no habría dado total solución a las anomalías reveladas. El fabricante habría indicado, por otra parte, que dichas medidas evitarían las distorsiones detectadas, pero no que ellas corregirían la causa-raíz del problema principal: esos paneles defectuosos. Tales recaudos permitirían mantener volando a la mayoría de los aparatos afectados, pero no a todos; esto significaría que se hubiesen dejado todavía “unos pocos cientos” de aviones pendientes de reparación…
Por lo que se ve, solo se habrían efectuado ajustes en al soporte lógico, el software, no en el componente físico del ELAC; y, menos aún, en los paneles que ocasionaban la distorsión (como satisfacer el blindaje o bloquear la radiación). Airbus solo habría considerado el problema como “un tema de calidad” y no como un potencial asunto de seguridad para la integridad de las operaciones. Su tranquilidad estribaría en que “los nuevos paneles ya cumplían con los requisitos” (ya corregían la deficiencia), pero no daba importancia a la condición de los anteriores. Es decir: estaría más preocupada por cumplir con las futuras entregas que por la definitiva solución de lo que tenía entre manos.
Lo que nos llama la atención es justamente la forma de comunicación que Airbus ha escogido (y que los medios están utilizando); un modo esquivo y tangencial; como si su responsabilidad solo consistiría en colaborar con las autoridades a fin de que los operadores adoptaran medidas preventivas. Lo ha hecho aplicando una Notificación de Alerta a los Operadores (AOT), que a lo único que le obliga, más bien, es a asumir un compromiso como fabricante, en el sentido de cumplir lo dispuesto por la EASA, entidad que tiene total autoridad para supervisarle.
Lo extraño es que Airbus solo ha hecho un ajuste en el programa informático (el software) y nada ha dicho respecto a las medidas que se tomarán relacionadas con el hardware (los componentes o artilugios que han estado ocasionando la distorsión por radiación (“corrupción” la están llamando), tanto en los paneles que, según se sabe, fueron fabricados por la empresa sevillana Sofitec Aero, cuanto en el computador afectado (el ELAC), cuyo responsable, la empresa francesa Thales, ha asegurado que cumple con las especificaciones requeridas pero que no es responsable por el soporte lógico.
Mientras tanto, subsiste la misma impresión que a veces nos dejan los hospitales y servicios médicos: que parecen estar orientados a atender y curar los síntomas, en lugar de combatir y eliminar las enfermedades. Esto significa que sería necesario conocer el motivo para que la vulnerabilidad no haya sido detectada tan pronto como en el proceso de diseño y certificación. Ello debería establecerse ASAP (tan pronto como fuera posible, como decimos en nuestras ocasionales emergencias aeronáuticas), antes de que otro evento similar se tuviera que lamentar.

