30 enero 2026

Un lenguaje algo edulcorado

El 30 de octubre pasado un avión de JetBlue volaba entre Cancún y New Jersey. Poco después de haber alcanzado altura de crucero, el avión, un Airbus A-320, hizo un extraño cabeceo, sufrió un descenso repentino y los pilotos optaron por efectuar un imprevisto aterrizaje en el aeropuerto de Tampa. Un par de días más tarde, el fabricante se vería presionado, siguiendo disposiciones de la EASA (la entidad europea que supervisa la seguridad aérea) a emitir una directiva técnica, solicitando a todos los operadores (más de 6.400 aviones) efectuar una revisión, al haber detectado que la radiación solar, debido a la condición de unos paneles del fuselaje, pudiera haber afectado al ELAC (Elevator and Aileron Computer) un computador que ayuda a operar los controles de vuelo.

A pesar de la premura y rapidez con que Airbus manejó el diagnóstico y las recomendaciones iniciales, el mundo de la aviación –en particular los pilotos– no tuvieron acceso a la información clara que hubieran esperado. No es que el consorcio europeo hubiera escondido información o la hubiera distorsionado; pero dadas las características de las urgentes acciones sugeridas y, quizá, debido a la historia reciente de los problemas que ha enfrentado la compañía Boeing, se despertó una callada pero comprensible inquietud en la industria respecto a qué mismo estaba pasando. Surgió así la sensación de que algo pudiera estarse ocultando: una eventual falta de transparencia.

Las medidas ordenadas obligaban a la inminente paralización de más de la mitad de los A-320 en servicio, aviones que tuvieron temporalmente que ser retirados de línea de vuelo (“be grounded”, en inglés): es decir, dejados en tierra. Fue inevitable, por tanto, que, dada la experiencia antes mencionada, se recelara de la información provista por Airbus y del adecuado proceso de certificación de sus últimos modelos. Ciertos paneles del fuselaje, de acuerdo con el fabricante, no habrían cumplido con los requeridos estándares de refracción solar, y pudieran haber ocasionado una eventual “distorsión” de los comandos (inputs) enviados desde la cabina de pilotos al ELAC (el componente antes señalado) y que son procesados por esta unidad para el cabeceo y alaveo (movimiento lateral) de la aeronave.

Las medidas ordenadas por el fabricante pudieron haber causado cierta confusión debido a dos factores: Airbus solo habría efectuado un diagnóstico básico a fin de implementar acciones como parte de un proceso en curso (an ‘on-going’ process); y, no habría dado total solución a las anomalías reveladas. El fabricante habría indicado, por otra parte, que dichas medidas evitarían las distorsiones detectadas, pero no que ellas corregirían la causa-raíz del problema principal: esos paneles defectuosos. Tales recaudos permitirían mantener volando a la mayoría de los aparatos afectados, pero no a todos; esto significaría que se hubiesen dejado todavía “unos pocos cientos” de aviones pendientes de reparación…

Por lo que se ve, solo se habrían efectuado ajustes en al soporte lógico, el software, no en el componente físico del ELAC; y, menos aún, en los paneles que ocasionaban la distorsión (como satisfacer el blindaje o bloquear la radiación). Airbus solo habría considerado el problema como “un tema de calidad” y no como un potencial asunto de seguridad para la integridad de las operaciones. Su tranquilidad estribaría en que “los nuevos paneles ya cumplían con los requisitos” (ya corregían la deficiencia), pero no daba importancia a la condición de los anteriores. Es decir: estaría más preocupada por cumplir con las futuras entregas que por la definitiva solución de lo que tenía entre manos.

Lo que nos llama la atención es justamente la forma de comunicación que Airbus ha escogido (y que los medios están utilizando); un modo esquivo y tangencial; como si su responsabilidad solo consistiría en colaborar con las autoridades a fin de que los operadores adoptaran medidas preventivas. Lo ha hecho aplicando una Notificación de Alerta a los Operadores (AOT), que a lo único que le obliga, más bien, es a asumir un compromiso como fabricante, en el sentido de cumplir lo dispuesto por la EASA, entidad que tiene total autoridad para supervisarle. 

Lo extraño es que Airbus solo ha hecho un ajuste en el programa informático (el software) y nada ha dicho respecto a las medidas que se tomarán relacionadas con el hardware (los componentes o artilugios que han estado ocasionando la distorsión por radiación (“corrupción” la están llamando), tanto en los paneles que, según se sabe, fueron fabricados por la empresa sevillana Sofitec Aero, cuanto en el computador afectado (el ELAC), cuyo responsable, la empresa francesa Thales, ha asegurado que cumple con las especificaciones requeridas pero que no es responsable por el soporte lógico. 

Mientras tanto, subsiste la misma impresión que a veces nos dejan los hospitales y servicios médicos: que parecen estar orientados a atender y curar los síntomas, en lugar de combatir y eliminar las enfermedades. Esto significa que sería necesario conocer el motivo para que la vulnerabilidad no haya sido detectada tan pronto como en el proceso de diseño y certificación. Ello debería establecerse ASAP (tan pronto como fuera posible, como decimos en nuestras ocasionales emergencias aeronáuticas), antes de que otro evento similar se tuviera que lamentar.


Share/Bookmark

27 enero 2026

Reconciliaciones navideñas

Bien contados, fueron dieciocho los años que trabajé en el Asia. En una asignación de ese tipo, son muchas las horas, si no los días, que uno tiene que administrar su vida solo con su alma. Si se mira con objetividad la vida del piloto aviador, y en especial de quien hace rutas internacionales, es casi siempre así: existen muchas y prolongadas ausencias familiares. En parte, este blog nació justamente para eso, para sentirme un poco más acompañado: por la necesidad de contar, a familiares y amigos, acerca de mis viajes, mis trasiegos y vicisitudes, narrar mis experiencias…

Nada más lejos de mi intención que dar a este instrumento un destino diferente al de contar, compartir o inspirar, como tratar de dar consejos o pontificar. Procuro ser objetivo, respeto la diversidad, me anima la tolerancia. Admito que pensemos distinto, pues las nuestras son solo opiniones, no automáticas ‘verdades’; y más de una vez habremos de discrepar. Esta, a través del blog, es mi postura y actitud; ni siquiera puedo declarar que más tarde no la pueda revisar e, incluso, cambiar… Sé que no soy perfecto: “sé que nada sé”. De vez en cuando comento asuntos del día a día, convencido de que tenemos ciertas costumbres que, por lástima, nos encasillan como ciudadanos de un país; estas, para mayor grima, dicen mucho en perjuicio de nuestros propios paisanos: nos hacen daño como nación. Uno de esos defectos es nuestra mal educada, imprudente y egoísta manera de conducir. Creemos que saber manejar es darnos de listos, “ganar a los demás”, adelantarnos cada que podemos a los otros, para quedar al final como ‘los más vivos’.

Lo que voy a relatar ocurrió el mes pasado, cuando iba a ocupar un estacionamiento enfrentado a un almacén. Manejaba, estaba en mi carril, a punto de virar a la derecha para ocupar uno de los dos sitios disponibles. De pronto, alguien que venía en sentido contrario, y que para colmo no había advertido cuál era su intención, viró en forma desaprensiva y bruscamente hacia su izquierda para tomar la delantera e interrumpir mi maniobra. No solo eso: se terminó estacionando en la mitad de los dos espacios disponibles. Si el episodio hubiese terminado en una colisión, la culpa hubiera sido del conductor que había invadido el carril que me correspondía; solo opté por desacelerar y luego buscar un lugar distinto… concluida mi tarea, me dirigí al local en referencia. Como el auto del infractor (el cuerpo del delito) continuaba en el sitio donde antes quise estacionarme, pregunté a la persona que me precedía en la línea si ese vehículo le pertenecía…

Al contestarme en afirmativo, le pregunté a la interfecta si es que conocía el significado de la palabra altruismo. Me confesó que no, pero con una cierta sonrisa musitó que le parecía que ya la había escuchado… “Quiere decir procurar el bienestar ajeno aun a costa del propio”, le expliqué. “Y por qué me dice eso”, ansiosa refutó. “Pues, por lo que usted acaba de hacer, que me pareció no solo temerario e imprudente, sino también egoísta”. Supuse que tal vez se iba a disculpar; o, al menos, excusar, argumentando que había estado apurada o alguna razón parecida. Solo mencionó que estaba segura que había anticipado su intención –utilizando la luz direccional– lo que, obviamente, no había ocurrido. “Sería mejor que la haga revisar”, concluí, “porque usted nunca advirtió que viraría en forma tan negligente”.

Observo que esta desaprensiva actitud se exacerba en días navideños. Es cuando parece imperar el apuro e irrespeto; ese actuar imprudente, sumado al egoísmo, constituye una pésima fórmula para expresar el tan mentado “espíritu navideño”. Es una forma de comportamiento que uno de mis amigos la achaca a lo que él llama “la maldita raza”. Creo que lo que mi colega intenta expresar es su repudio hacia aquellas “malas costumbres” de ciertos segmentos: su ausencia de “clase”; pues, si de nobleza se trata, nada la reflejaría mejor que la generosa indulgencia, el respeto ajeno, el altruismo. Navidad pudiera ser una oportunidad para hacer nuevos propósitos, para revisar nuestras virtudes y defectos (tanto personales como colectivos). No es mi intención ser peyorativo, pero creo que ese es justamente el problema: hemos devaluado nuestro “buen gusto”. ¿Qué, sino lo mismo, es lo que vemos el día de fin de año?: mozalbetes disfrazados de travestis o meretrices para dejar en el olvido una tradición mucho más decente y menos grotesca: la de aquellas, más presentables, viudas plañideras… ¡Qué coraje! ¡Qué impresión dejamos en la retina del extranjero! 

Hablando de virtudes, preciso sería recordar las llamadas virtudes cardinales que, con tanto ahínco, trataron de inculcarnos en nuestros días de escuela. Ellas son cuatro: prudencia, justicia, fortaleza y templanza; representan principios éticos básicos, en ellas se inspiran las demás virtudes morales. Su nombre deriva del latín cardinalis (que quiere decir ‘principal o fundamental’): ellas guían nuestra conducta hacia el bien, permiten otorgar a cada quien lo que le corresponde, nos ayudan a resistir las dificultades y a moderar nuestros placeres; son ellas pilares para una vida más plena y una sociedad más justa. Ese debería ser el verdadero espíritu navideño; uno que realmente debería durar, como piensan en España, hasta mediados de enero, la fiesta de san Antón (san Antonio Abad, patrón de los animales), que se celebra el 17 de enero. Pues, como dicen por allá: “Hasta San Antón, Pascuas son”. Sí, unas laaargas vacaciones...


Share/Bookmark

23 enero 2026

Vindicación de las élites *

  * Escrito por Javier Cercas para El País Semanal

Para qué mentir: soy un elitista de mierda. Cuando se trata de literatura, Cervantes; cuando se trata de cine, John Ford; cuando se trata de música, Bach; cuando se trata de pintura, Velázquez; cuando se trata de filosofía, Spinoza; cuando se trata de tenis, Rafa Nadal; y, cuando se trata de política, Nelson Mandela (y, como mínimo el 23 de febrero de 1981, a las 18.23, Adolfo Suárez). En definitiva, soy un entusiasta de los mejores: aquellos que han demostrado que los seres humanos somos capaces de proezas inauditas, que nos han enseñado de qué pasta estamos hechos y nos han ayudado a vivir más, de una manera más rica, más compleja y más intensa, aquellos que nos redimen o nos consuelan de nuestra mediocridad y nuestras limitaciones y nuestra negligencia y nos permiten aspirar a la mejor versión de nosotros mismos, que es lo máximo a lo que se puede aspirar.

Visto así, no sé qué hay de malo en ser elitista. El problema no son las élites; son las élites que no merecen serlo, las falsas élites. Contra estas sí que hay que pelear, y la herramienta más eficaz que hemos inventado hasta la fecha para hacerlo se llama democracia, que es otro nombre de la meritocracia. Últimamente, sin embargo, se ha puesto de moda despotricar contra ella; contra la meritocracia, quiero decir. Se asegura que, en España (y no solo en España), una persona de origen humilde lo tiene mucho más difícil para prosperar en la vida y dar lo mejor de sí misma que una persona de origen privilegiado; por supuesto, basta con no estar del todo ciego para aceptar que eso es verdad, llámese como se llame el privilegiado. Es una injusticia flagrante; para explicar por qué, debo repetirme. 

La democracia perfecta no existe (o, si se prefiere, la democracia perfecta es una dictadura: la democracia orgánica del general Franco; las democracias populares de la antigua órbita soviética); lo que define la democracia de verdad es que es perfectible, infinitamente perfectible: que cada día puede y debe mejorarse. “Quien no está ocupado en nacer está ocupado en morir”, reza un verso de Bob Dylan; la democracia es igual: o mejora o empeora, o nace o muere a diario, y el hecho de que mejore o empeore depende de nosotros, y en primer lugar de nuestros gobernantes, a quienes elegimos y a quienes estamos obligados a fiscalizar (y, cuando se lo ganan, a echarlos a patadas). 

En un ensayo titulado “El fantasma de las élites”, publicado hace tiempo en Letras Libres, Víctor Lapuente lo explicaba así: en cualquier ámbito, desde la ciencia a las telecomunicaciones, desde la educación a los mercados financieros, “los gobiernos deben garantizar una continua competencia y evitar la creación de élites oligopólicas”; es decir: con el fin de que se sitúen en los lugares más sobresalientes de cualquier trabajo o disciplina las personas más cualificadas —y no las que poseen el dinero suficiente para acceder a la mejor educación y conseguir los mejores contactos—, los gobiernos deben “buscar medios para evitar que quienes ocupan la cúspide bloqueen el acceso a la misma”. Lapuente subraya con razón que esto vale para todos, pero sobre todo para los poderes públicos: “Si una élite, como los miembros del partido político en el gobierno, ocupa puestos de responsabilidad en todas las instituciones públicas de relieve, incluyendo los órganos de control formal e informal, como la televisión pública, es muy difícil evitar su enquistamiento. Nadie puede destronar a quien se entroniza en todos los tronos del país”.

Eso es lo que hay que impedir a toda costa: la entronización sin retorno de las élites, su enquistamiento. El problema, lo repito, no son las élites: son las élites de pacotilla, cuya falta de méritos como élite las convierte en tóxicas, para los demás y para sí mismas. El problema no es la meritocracia: el problema es que todavía no tenemos una sociedad lo bastante meritocrática. El problema es que, igual que no existe la democracia perfecta, no existe la perfecta meritocracia: como la democracia, la meritocracia es un ideal, una aspiración. Una democracia es tanto mejor cuanto más se parece a una meritocracia.


Share/Bookmark

20 enero 2026

Caballitos voladores…

Al principio se hizo el vapor, y luego vinieron los caballos… 

No me refiero al libro del Génesis ni a la Creación; solo intento comentar el desarrollo que han tenido las medidas de potencia. Los pilotos aprendemos a volar en unos avioncitos ligeros, tienen solo dos asientos; los propulsa un pequeño motor de unos 150 caballos. Esto nos pudiera hacer imaginar que ese artilugio volador pudiera correr, despegar y desplazarse por el aire gracias a una fuente de poder que, cuando se utiliza máxima potencia, equivaldría a la misma que pudieran proporcionar similar número de esforzados corceles… Hoy que lo pienso, creo que no daría para tanto…

Pero es en caballos justamente en lo que estuvo pensando un inventor escocés que contribuyó al desarrollo de la máquina de vapor, destinada a producir energía. Se llamaba James Watt (1736-1819) y es a él a quien se debe su patente, registrada en 1769; fue Watt la primera persona a la que se le ocurrió comparar esa potencia con la de los caballos de tiro. Más tarde se ampliaría el concepto para aplicarlo también a los motores de pistón y a otras máquinas. Fue Watt quien creó ese curioso concepto, el CV o “caballo de vapor”, unidad de potencia no incluida en el actual SI, Sistema Internacional, la misma que consiste en “la fuerza necesaria para levantar 75 kg a un metro de altura en un segundo”.

En nuestros días un caballo de vapor (CV) equivale a 735 Watts; el Watt (vatio en español) es la medida internacional de potencia… Curiosamente lleva ese nombre en honor del mismo inventor escocés antes mencionado. A este CV no hay que confundirlo con el “caballo de fuerza”, HP o Horse Power, también conocido con las siglas PS, abreviación de la palabra alemana Pferdestärke que se traduce literalmente como fuerza de caballo; y que equivale a 745 Watts. Este “caballo de fuerza” no es realmente una medida de fuerza sino de potencia; la conocemos como hp, HP, o Hp. Las siglas vienen del término inglés horsepower, expresión acuñada por el mismo Watt en 1782. La unidad de medida varía de acuerdo a los países. La mayoría utiliza el vatio del Sistema Internacional para efectos de medir la potencia.

El DC-3 fue el primer avión que volé en mi primer trabajo; disponía de dos motores Pratt & Wittney R-1830 de 1200 HP. Cuando pasé al DHC-6 Twin Otter, este estaba equipado con motores PT6-27 con una potencia de 650 HP, era la misma turbina que usaría el avión que volaría después: otro STOL, el Pilatus Porter. En las aerolíneas, sin embargo, y debido a que pasé a operar turbo-propulsores, todo esto cambiaría: la medida utilizada variaría de pronto. Ahora, ya no se aplicaban las medidas de potencia sino las de empuje; vale decir que libras y unidades de fuerza, en este caso el kiloNewton (kN), en honor del sabio inventor del cálculo integral, y que postuló la ley de gravitación universal. Entonces operé motores de: 18.000 lbs de empuje, u 80 kN (Boeing 707); de 52.000 y 62.000 lbs o de 230 y 275 kN (Airbus A310 y A300-600); de 34.000 lbs o 150 kN (Airbus 340-300); y, de 63.000 lbs o 280 kN (Boeing 747-400). 

Hace poco me topé con un muy sugestivo artículo de la escritora española Lola Pons: Las mentiras de Año Nuevo (El País). Se refería precisamente a este cautivante tema, el de los “caballos voladores”, y a la puntual reivindicación que habría hecho el escritor y periodista ibérico Ramón Gómez de la Serna, en cuanto a que “La unidad de fuerza de los motores de aviación no debería ser el caballo, sino el hipogrifo o el clavileño” (estructura de madera con forma ecuestre con la que unos duques embromaron al Quijote y Sancho). “La literatura es el juego supremo que nos permite vivir otras vidas, otros sueños, impunemente, perdidos entre sus páginas”, decía uno de quienes comentaban el artículo. Ramón Gómez de la Serna (1888-1963) fue un prolífico vanguardista español. Sus “greguerías” eran “apuntes que contenían piruetas o metáforas. Solían ser chistes, juegos de palabras o, incluso, apuntes filosóficos” (Wikipedia).

La referencia al “Clavileño, el Alígero” la he encontrado en la Segunda Parte de la novela de Cervantes. En cuanto al hipogrifo, se trataría de una criatura imaginaria híbrida, cuya apariencia es mitad caballo y mitad grifo, que se asemeja a un caballo alado con la cabeza y los miembros anteriores de un águila. Su figura quizás provenga del bestiario fabuloso de los persas y del bondadoso simurgh, a través del mismo grifo. Este simurgh era una criatura voladora de carácter mítico. El grifo, por su parte, sería una criatura mitológica bastante parecida, usualmente representada como un águila en la mitad superior del cuerpo y como un león en la parte inferior. Vaya, vaya… ¡monstruos mitológicos y caballos voladores! ¡280 Hipogrifos de fuerza! Como para enfadar a Sir Isaac; y para que, ya fuera de quicio, se levantara de su tumba…


Share/Bookmark

16 enero 2026

Los labios de la mexicana que ‘no’ amé…

Siempre había pensado –cuando era todavía muchacho– que, para acercarse a una mujer y poder besarla, había que primero haberse declarado y, desde luego –como antes se acostumbraba– haber sido aceptado… Y, quizá no solo eso: había entonces una larga y tediosa ceremonia que terminaba por convertirse en una cláusula fastidiosa. La chica, si era seria y honesta (¿quién en esos años no lo era?), le daba largas al asunto; los besos requerían de un preámbulo, así como de preliminares galanterías e interrumpidos requiebros. Los besos llegaban tardíos, esporádicos y cicateros… Y es que primero “había que conocerse”, dejar que se cumpla el trámite, esperar a que la familiaridad y la costumbre lo fueran permitiendo. Esos prolegómenos fueron a veces muy largos: tuvimos enamoradas que –bueno es recordarlo– no solo nos hicieron esperar, sino que, pasado el tiempo, nos regatearon la miel de sus labios. Algunas, ni siquiera llegaron a eso…

Pero algo andaba mal; esa era la costumbre, yo sabía que aquello era así pero que no podía continuar del mismo modo…

Estudiaba entonces en la Florida, ya volaba solo (tenía 18 años). Una noche de viernes fui a tomar una cerveza en una discoteca. Se me acercó un hombre, me dijo que su cuñada estaba sola y de paso por la ciudad; y que, si no me importaba, que la sacara a bailar. La chica era mayor a mí; no era tan linda, pero era atractiva a pesar de sus rasgos… Bailamos dos o tres rondas y la invité a tomar un trago. Salimos afuera a conversar sin que nos molestara el sonido de la música. De pronto, me miró con cierta ansiedad y, sin más preámbulo, empezó a besarme con deleite… Fue el beso más apasionado y sensual que jamás me hubieran dado en mi vida. Traviesa exploró con su lengua las más secretas cavidades de mi boca; jamás me imaginé que una mujer tan joven sería capaz de besar con tal desparpajo y de manera tan seductora.

Cuando nos despedimos, más tarde, volvió a enredarme con fruición con los hilos de su lengua indagadora. Ambos sabíamos que aquél iba a ser –o había sido– un romance de una sola noche, y que no volveríamos a vernos nunca más… Nos habíamos besado con pasión y locura y ella no solo que no era “mi enamorada”: bien visto, era más bien una mujer desconocida… Nadie me había besado con tanta destreza jamás en los días de mi vida. La verdad: no me besó, más bien me “devoró” a su entero antojo por largos episodios que parecieron eternos. Fue ella para mí esa noche como un ángel que había bajado del cielo; fue mi primera profesora de besuqueo, una maestra voraz, insaciable y gratuita. Cuando nos despedíamos, ambos sabíamos que hubiésemos preferido ya no tener que separarnos de nuevo…

No habría de verla nunca más. Más tarde, solo en mi habitación, mientras todavía saboreaba en mi boca el regusto de los humores que me había dejado la suya, caí en cuenta de que me había besado alguien sin ninguna relación… y que ya nadie volvería a besarme con tan sabia pericia. Más que una experiencia diferente, aquella se había convertido en una madura y portentosa delectación… Fue cuando comprendí que, así como antes había tenido que ser “alguien oficial” para poder besar, ahora –para disfrutar de aquel lúbrico néctar– nadie me había exigido ningún requisito previo.

Pasado el tiempo, me di cuenta de que en el futuro debería “devolver el favor”, dar a alguien lo mismo que esa moza ardiente me había regalado. Así, mis oídos se acostumbrarían a futuros e inesperados halagos, y recordaría con gratitud las exploraciones y escarceos de aquella experta desconocida que ya nunca volví a encontrar desde que nos despedimos esa extraña noche en el estacionamiento. Fue, cuando ya nos despedíamos, que advertí y tuve que aceptar, que nuestras bocas hubieran tenido una especie de “voluntad propia”, era como si ya se hubieran conocido desde siempre. Pero sabíamos, a la vez, que ya no volverían a tener una segunda oportunidad sobre la tierra

Nunca supe cuál era su nombre (¡ni falta que me hacía!). Tampoco si era casada o soltera, cuál era su oficio, ni a qué se dedicaba; dónde era que vivía o qué ocupación le había llevado allí. Nunca la volvería a ver ni la volvería a encontrar…

Hoy he escuchado esa vieja tonada: Spanish Eyes en versión española. En su letra he hallado una línea que dice: “…los ojos de la española que yo amé”. Mi memoria se ha interpuesto; así, he recordado sus frenéticos y nada recatados besos… He adaptado esa frase para poner título a esta nota y he meditado –con tan loco y lejano aprendizaje– en las lecciones que nos va dejando la vida con esos tan extraños como indelebles encuentros...


Share/Bookmark

13 enero 2026

Tránsito de 'El sastrecillo valiente'

Érase una vez un humilde sastre… Así, o con el repetitivo “había una vez”, habría empezado el cuento que hoy pretendo referir. Se trata de un “fairy tale” (cuento de hadas), es la historia de El Sastrecillo Valiente. El cuento nace de una tradición popular que fuera incluida entre las historias infantiles recopiladas por los hermanos Grimm, en Alemania, en el siglo XIX. Su nombre original habría sido Siete de un golpe; este se habría de constituir en el tomo No. 20 de la colección Cuentos de la infancia y del hogar , que luego sería ampliada en 1857 como Cuentos de hadas.

Su trama no se asemeja a la de otros cuentos que conocimos de niños y que, pudiendo ser más populares, también fueron recopilados por estos autores. El Sastrecillo carece de la tradicional conseja moral de otros cuentos; más bien, auspicia la idea de que para triunfar y hacer fortuna basta con simular ser lo que no se es, fingir y alardear de que se ostenta un gran poder e ir por el mundo interpretando un personaje ficticio… 

Los hermanos Grimm habían nacido en Hanau, pequeña ciudad alemana ubicada al oriente de Frankfurt. Jacob (1785-1863) y Wilhelm (1786-1859), más que escritores habrían sido eruditos, filólogos e investigadores que recogieron y registraron metódicamente las tradiciones alemanas. Fueron los primeros y más conocidos coleccionistas de esas sagas y tuvieron el acierto de recopilar cuentos como La Cenicienta, Hansel y Gretel, Rapunzel, La bella durmiente, El gato con botas, Blancanieves o Pulgarcito. Jacob y Wilhelm perdieron su padre cuando eran todavía niños; pudiera ser que esa desgracia, sumada al inusitado auge del Romanticismo, habrían influido en su interés por las tradiciones.

Los Grimm recopilaron más de doscientos cuentos, y un sinnúmero de leyendas. Su mérito fue reducir la crueldad y violencia de los cuentos originales, así como excluir el contenido sexual presente en algunos de ellos. Su propósito fue el de ayudar a los niños a recuperar sus raíces germanas. A partir de 1825 se harían conocer gracias a su Pequeña Edición, publicación que constaba de unos cincuenta “cuentos de hadas”, con ilustraciones de otro hermano (Ludwig), una obra condensada destinada a lectores infantiles. La locución “cuento de hadas” se aplicaría por sugerencia de la autora Madame d'Aulnoy (1652-1705), quien propuso la forma francófona «Contes des Fées». Esos relatos incluían lugares como el país de nunca jamás, o héroes que mataban a malvados, heredaban reinos y se casaban con princesas. Antes, el francés Charles Perrault ya había dado forma literaria a algunos de esos cuentos.

El cuento del Sastrecillo se inicia con el fastidio que le producen a un obrero las moscas mientras trabaja; un día mata siete de un solo golpe. Entonces, decide presumir de su “hazaña”: borda una leyenda relacionada en su cinturón y sale a recorrer el país exhibiendo la frase. Un ogro se impresiona, cree que las víctimas han sido hombres y le rinde pleitesía. El sastre visita un reino donde creen que se trata de un poderoso guerrero y le piden ayuda para batir a sus enemigos (un unicornio y un peligroso jabalí); lo tientan con una lucrativa recompensa: un reino y una hermosa princesa. Gracias a su perspicacia el alfayate logra lo ofrecido; mas, tiene un problema: suele hablar mientras duerme y se dan cuenta de su real identidad. Al verse descubierto, se hace el dormido y musita lo que sus siervos hubiesen preferido no escuchar: “He matado siete hombres, dos gigantes, un unicornio y un jabalí”. Los súbditos se asustan y huyen aterrados mientras el impostor continúa disfrutando de tan inmerecidos beneficios… 

Como se puede ver, el cuento tiene un demérito moral: el de atemorizar a otros para obtener una personal ventaja; a eso se añade la ignominia de personificar una identidad falsa. Se aleja así de la enseñanza moral y el buen ejemplo que suelen regalarnos los cuentos. Si en algo se asemeja a un relato similar es al de El Gato con Botas, con su vicario personaje, aquél de la engañifa del tal marqués de Carabás… Otra pudo ser la efectiva moraleja si el sastre –por algún y auténtico medio– se hubiese hecho querer, temer o respetar, apareciendo como un adalid benefactor, o si actuaba como valiente, bravo e implacable pero con los truhanes, por ejemplo.

Vivimos tiempos en que algunos quieren pasar por valientes. No importa su tamaño, ya no se respaldan en su íntimo coraje: andan armados o protegidos con guardias de seguridad, tienen confundida la noción de lo que es la valentía. Para colmo, les gusta ostentar con un disfraz la impostura de su real identidad; lo que realmente les gusta es fingir, ‘hacerse pasar por’, simular: esa es su torpe y cobarde manera de engañar. Para completar el cuadro, les gusta “correr el rumor”, vender la imagen de su espurio atrevimiento. Se olvidan de que el verdadero valor, la real valentía, está en saber dar la cara, asumir la consecuencia de sus errores, no esconderse. No está en utilizar artimañas, ni en vivir de la “trafasía” (ecuatorianismo por estafa). La auténtica osadía, la verdadera audacia, está en el triunfo diario de la integridad sobre el oportunismo. Esa es la única bravura válida: la hombría de bien, la entereza de aquellos a los que sí hay que temer…


Share/Bookmark

09 enero 2026

El Nobel a María Corina Machado *

 * Escrito por Martín Eduardo Botero  

Título original: El silencio de la izquierda ante María Corina Machado: la derrota moral del progresismo

La historia, a veces, tiene un sentido del humor cruel. Durante décadas, la izquierda progresista se presentó como la guardiana exclusiva de los derechos humanos, la libertad y la justicia social. Creó una religión laica de la virtud, con sus santos, sus mártires y sus inquisidores. Hoy, esa misma izquierda calla —o peor, ataca— a una mujer que encarna, más que nadie, el valor, la dignidad y la resistencia frente al totalitarismo: María Corina Machado, Premio Nobel de la Paz 2025. No es un silencio casual. Es un silencio culposo, casi teológico, que nace de la vergüenza de verse desnudos ante el espejo de su hipocresía.

El fin del monopolio moral

Durante mucho tiempo, el progresismo creyó tener el monopolio del bien. Creyó que la defensa de los pobres, de las mujeres y de los oprimidos era patrimonio exclusivo de una sensibilidad política. Pero la historia es una vieja ironista: fue una mujer liberal, de derecha democrática, quien desafió sola una tiranía de narcotraficantes y militares corruptos, y lo hizo sin disparar un solo tiro. Ese gesto, profundamente ético, arrastra al suelo toda la mitología del izquierdismo moralista, porque demuestra que la libertad no es ideología, sino carácter.

El feminismo que no necesitan las consignas

Machado ha humillado, con su sola existencia, al feminismo de eslogan y pancarta. No pidió cuotas ni privilegios: se ganó su lugar con inteligencia, temple y sacrificio. No se vistió con el dogma, sino con la coherencia. Por eso las feministas del mundo callan. Porque la verdadera mujer libre les resulta insoportable: no la pueden dirigir, no la pueden manipular, y menos aún usar como bandera para su ideología. El espejo roto de la izquierda

El chavismo fue el último gran mito revolucionario. Un mito alimentado por intelectuales, burócratas internacionales y oenegés que confundieron el hambre con la justicia y la miseria con la igualdad. Hoy ese mito se derrumba, y lo hace con la fuerza simbólica de un Nobel. El reconocimiento a María Corina Machado es el certificado de defunción del socialismo latinoamericano, y por extensión, de toda una generación de ilusiones progresistas que justificaron el horror con tal de preservar el relato. El premio a Machado no es solo un acto de justicia: es una reivindicación de los valores occidentales que el progresismo ha intentado desfigurar.Porque la libertad individual, la democracia representativa y el coraje moral no son vestigios del pasado, sino el corazón mismo de la civilización.

El Nobel, en este caso, no se le ha dado a una ideología: se le ha devuelto a la conciencia.

Conclusión: el fin de una impostura

La izquierda no celebra a María Corina Machado porque ella representa su derrota más temida: la derrota moral. Ella ha probado que se puede ser de derecha y defender la justicia, ser liberal y sacrificarse por los pobres, ser mujer y no rendir culto al resentimiento. Su victoria es la resurrección del honor, y su Nobel, el renacimiento de la verdad en medio del cinismo político global. Y quizás por eso callan: porque saben que, con este premio, ya no hay lugar para su impostura moral. La libertad —esa palabra vieja, casi olvidada— ha vuelto a tener un rostro, y es el de una mujer venezolana que se negó a inclinar la cabeza. Amen.

Nota: Martín Eduardo Botero es un abogado colombiano, especializado en Derecho Internacional europeo. Lo que sigue está tomado del post publicado en X por el autor:

La concesión del Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado no es un hecho aislado de conciencia humanitaria. Es, ante todo, un movimiento de ajedrez en el tablero de la geopolítica mundial.

El Nobel a Machado es otra cosa. Reconoce a una mujer en clandestinidad, perseguida, amenazada, pero firme en su tierra. El premio la blinda dentro de Venezuela: el régimen no podrá tocarla sin provocar una reacción diplomática inmediata. Le da una voz universal, porque ahora cada palabra que pronuncie será escuchada en los parlamentos y cancillerías del mundo. Y le otorga una legitimidad histórica que ningún tribunal chavista puede borrar. En otras palabras: Machado se convierte en intocable e ineludible.


Share/Bookmark

06 enero 2026

Una piadosa arbitrariedad

Vuelvo sobre un tema que nos preocupa e interesa: el descuidado, o no debidamente atendido, desorden del tránsito. No digo caos vehicular con intención, pues no siempre son los vehículos (o sus conductores) los causantes de los accidentes y más desgracias. A veces la causa raíz parece, más bien, estar en la desidia de las autoridades, en la mala organización (y hasta precaria señalización) o inclusive –¿quién lo dijera?– en la “buena voluntad” de ciertos usuarios o afectados que deciden echar mano de su imaginación y propia iniciativa para solucionar sus problemas o temores, y hasta para resolver sus puntuales incomodidades.

Piénsese en la salida del túnel Guayasamín, por ejemplo. Si usted se moviliza con sentido oeste-este (desde la ciudad hacia el valle de Tumbaco o para tomar la avenida Simón Bolívar), va a darse cuenta que, saliendo de esa vía subterránea, existen dos carriles bien definidos; sin embargo, desde que se eliminaron las casetas de peaje, esos dos carriles –con la adición de un tercero que se inicia en el lado izquierdo– parecerían convertirse en tres en total. No obstante, un poco tarde va a caer en cuenta que el carril del lado derecho se interrumpe bruscamente en un punto lateral al viejo peaje. Sucede así que, si usted transita por el carril derecho y no reconoce con oportunidad que ese carril termina (o si los vehículos que van por el riel de su izquierda tardan en cederle el paso), estará de golpe en riesgo de accidente o de inminente colisión.

Esto, a nadie parece preocuparle y, de hecho, el peligro sigue allí a pesar de que el problema es realmente de fácil solución (en un par de horas, una pequeña cuadrilla bien pudiera re-dibujar los dos nuevos carriles, con solo señalizar de manera adecuada la pintura de la calzada). Pero, claro, nadie hace ni quiere hacer nada; y solo sería cuestión de pararse ahí por un par de horas y ser testigo de otro infortunado desastre. Más grave aún puede ser lo contrario: que cansados los ciudadanos porque no se dé solución a similares problemas, tomen la alternativa de arreglarlo sin siquiera consultar a las autoridades. Admito que lo más probable es que logren dar con soluciones puntuales, pero con el subsecuente riesgo de que ello cree nuevos problemas (antes inexistentes) para los demás residentes o potenciales usuarios. Como se entenderá, esta indeseable situación a veces se produce debido a la incuria o procrastinación de las propias autoridades.

Esto mismo está sucediendo en San Rafael, en la intercesión de la Ave. General Rumiñahui y la calle Isla Genovesa, justo donde por más de 50 años ha venido funcionando una pequeña capillita conocida por el devoto nombre de “San José Custodio del Redentor” que, por lo que entiendo, está regentada por los Padres Josefinos. Cierto es que, debido a la carencia de sitios de estacionamiento, la capilla puede generar problemas de movilización, especialmente durante los servicios religiosos de fin de semana y, temprano en la mañana, en los días en que se oficia la santa misa. Pero ese no es todo el problema: sucede que la manzana también involucra el funcionamiento de una casa de retiro (“Murialdinas de San José”) y de una unidad educativa que lleva por nombre “Madre de la Divina Gracia”.

Como, tanto el personal docente como los padres de familia del plantel mencionado, han coincidido en que existe un riesgo en las llegadas y salidas de los alumnos, hacia o desde los vehículos que los transportan, no solo se han dado el trabajo de pintar arbitrariamente unos espacios de estacionamiento. No contentos con ello, han instalado (sin el menor sentido de proporción y buen gusto) –en la parte que está frente a sus edificaciones–  una suerte de jardineras y elementos decorativos, tipo parasol, ocupando similar espacio al dedicado a tales estacionamientos, reduciendo así no solo el ancho natural de la vía, sino obligando, a los vehículos que trasladan a sus chicos, a estacionarse sobre el puente del río Pita, en flagrante violación de la propia Ley de Tránsito, haciéndolo a despecho de la incomodidad que provocan y el control de las respectivas autoridades. Todo lo han hecho “por la voluntad de colaborar”, sin consultar primero…

Ahí no para el problema. Además de construir el “estacionamiento reservado” (que le han sustraído a la calzada), se han permitido “señalizar” por su cuenta los dos carriles del espacio remanente. Y, como no podían proceder de modo más ventajoso, han dejado un carril (en sentido sur-norte) de una anchura tal que les permita seguir obstaculizando el carril que ya habían obstruido, con sus parsimoniosas y abusivas paradas, con lo que afectan aun más el flujo normal de la calzada. Esto se produce porque el otro carril (el del lado occidental) ha sido reducido a tal punto que se ha clausurado el espacio para estacionar que antes tenía la vía (en el carril que se dirige hacia el sur). Algo similar sucede en la calle Río Coca (Colegio Illinizas) y en la De los Piqueros (cercanías del Tingo, donde funciona la UE Ángel Polibio Chaves).

Se nos ocurre que la disyuntiva planteada, entre ordenar el tránsito y tratar de satisfacer la seguridad de los estudiantes, no debe darse al costo de incomodar a los demás moradores de la misma calle o sector.



Share/Bookmark

02 enero 2026

Todo lo contrario…

¡Ah, la vida, la vida! ¿Qué cosa es la vida?... Una llamita en la punta de una vela, en un lugar donde sopla un vendaval. Julio Ramón Ribeyro. La juventud en la otra ribera. 
Quise decir (debí decir…) unas palabras esa mañana, pero al final me abstuve… dos o tres razones, que no quisiera aludir, me persuadieron de que era mejor no hacerlo. Estoy seguro de que si esa misma mañana yo hubiera sido el que había partido, Fernando hubiese optado por decir unas pocas, pero sabias y sentidas, palabras de despedida… Y es que tuvimos una amistad muy íntima y cercana; pero ya ido él, a más de su recuerdo y mi afecto por su querida familia, de aquello ya no queda casi nada… Dice Haruki Murakami que “cuando se habla de (la) nada, incluso la palabra eternidad resulta insuficiente, y se queda corta, porque la primera la supera, y la trasciende”.
No me adorna ninguna distinción o merecimiento; y aunque a veces siento que no me corresponde el derecho, si alguno lo hay, cedo al impulso de dirigirme a los presentes para expresar mi homenaje.  Lo hago cuando he disfrutado del aprecio de quien nos ha dejado y he sentido de verdad que éramos amigos. Nunca lo escuché enfadado o altanero; tampoco lo vi infatuado; jamás solemne ni ceremonioso. Siempre lo vi cordial, afable y tranquilo, en paz consigo mismo; lleno de una paradigmática sencillez. Él era una persona jovial y prudente; siempre actuaba como lo que era: un hombre sabio, discreto y conciliador. Fue conmigo un amigo especial; por eso, aunque hubiese sentido que lo mío pudiera no ser una obligación, siempre sentí que era un deber existencial honrar su memoria y hacer reverencia a su recuerdo. 
La nuestra fue una amistad algo tardía y creo que bastante corta: duró solo una generación, solo veinticinco años. Esa amistad nació y se fortaleció gracias al golf y a nuestras ocasionales coincidencias: su espíritu reflexivo, su humor fino; y esa su disimulada ironía, siempre exenta de malicia. Aquello se alimentó en la confianza y la confidencia; y quizá también en una pizca de complicidad que, en nuestro caso, pronto se convirtió en una suerte de promesa. Nuestras mujeres, Carmen y Alicia, entraron también más tarde en la relación y fueron parte de ella.
Hace poco recordaba un episodio en El hoyo 19 (el bar donde nos reunimos en el club), habíamos terminado el juego y nos tomábamos un whisky “con un par de hielitos”. En eso, un mozo irreverente se acercó al ‘foursome’ a saludar; lo hizo tratándonos de compañeros y utilizando el tú. Mientras los demás tratábamos de procesar la aparente impertinencia, pues alguien había tenido un nunca convenido ni autorizado exceso de confianza, Fernando en uno de esos impromptus muy propios suyos, nunca carentes de parsimonia ni perspicacia, como si le pidiera una fórmula para resolver un oscuro teorema matemático, le preguntó: “oye, viejito ¿en qué escuela era que 'dizque' habíamos sido compañeros?”
Fernando era no solo un hombre de derecho: era él mismo un hombre ‘derecho’; un hombre íntegro y recto. Con él aprendí frases latinas que son verdaderos aforismos: In dubio pro reo (en caso de duda, juzgar a favor del reo); o pacta sunt servanda (lo acordado obliga). A pesar de sus años, Fernando era extraordinario en el juego corto, solía celebrar cuando sus compañeros ejecutaban una jugada memorable con los hierros menores: “¡eso es pues un golpe de golf!”, decía. Y era también endiablado con su “putter” una vez en el “green”: completaba golpes de 6 u 8 metros y, al celebrarlo, hacía una venia, se quitaba la gorra y emitía un estentóreo y muy aborigen Taitacuuu... Jugar con él era disfrutar del placer de competir con alguien que representaba al golf y a su etiqueta, y que sabía respetar sus reglas. Lo mismo hacía con la cancha y la naturaleza, y lo hacía también con los caddies y sus demás compañeros.
De un tiempo a esta parte, como ya nos va pasando a todos, le fueron ganando los achaques, mientras él, siempre valiente, se resistía a aceptar que iba envejeciendo… Unas tres semanas antes de su tránsito final fui a visitarlo, lo vi desmejorado pero sereno y sin arrepentimientos. Poco después, al saber por su hija, María de Lourdes, que el Árbitro había decidido que Fernando ya no jugaría los descuentos, llamé por teléfono su último sábado a Carmen para preguntarle si no sería indiscreto que fuéramos a visitarle. “Ya te lo pongo, me respondió, justo él quería hablar contigo”. Al ponerse al auricular le comenté que queríamos ir a visitarle con Alicia y le consulté si no le importunaba que fuéramos por un breve momento. “Todo lo contrario”, me respondió, usando la que era su frase favorita. Así estuvimos, al borde de su cama, sosteniendo su mano; estaba lúcido y tranquilo, sabíamos que se estaba despidiendo. “Creo que ya son mis últimos momentos”, nos repitió. Esa fue, habría de ser, nuestra postrera despedida…
Qué pena, a veces la vida parece ser nada más que eso: unos cortos, agónicos e indiscernibles momentos… Que el Ferrito, como con cariño lo llamábamos, descanse ya en paz. Él se lo había ganado; es lo que merecen los hombres buenos…

Share/Bookmark