27 enero 2026

Reconciliaciones navideñas

Bien contados, fueron dieciocho los años que trabajé en el Asia. En una asignación de ese tipo, son muchas las horas, si no los días, que uno tiene que administrar su vida solo con su alma. Si se mira con objetividad la vida del piloto aviador, y en especial de quien hace rutas internacionales, es casi siempre así: existen muchas y prolongadas ausencias familiares. En parte, este blog nació justamente para eso, para sentirme un poco más acompañado: por la necesidad de contar, a familiares y amigos, acerca de mis viajes, mis trasiegos y vicisitudes, narrar mis experiencias…

Nada más lejos de mi intención que dar a este instrumento un destino diferente al de contar, compartir o inspirar, como tratar de dar consejos o pontificar. Procuro ser objetivo, respeto la diversidad, me anima la tolerancia. Admito que pensemos distinto, pues las nuestras son solo opiniones, no automáticas ‘verdades’; y más de una vez habremos de discrepar. Esta, a través del blog, es mi postura y actitud; ni siquiera puedo declarar que más tarde no la pueda revisar e, incluso, cambiar… Sé que no soy perfecto: “sé que nada sé”. De vez en cuando comento asuntos del día a día, convencido de que tenemos ciertas costumbres que, por lástima, nos encasillan como ciudadanos de un país; estas, para mayor grima, dicen mucho en perjuicio de nuestros propios paisanos: nos hacen daño como nación. Uno de esos defectos es nuestra mal educada, imprudente y egoísta manera de conducir. Creemos que saber manejar es darnos de listos, “ganar a los demás”, adelantarnos cada que podemos a los otros, para quedar al final como ‘los más vivos’.

Lo que voy a relatar ocurrió el mes pasado, cuando iba a ocupar un estacionamiento enfrentado a un almacén. Manejaba, estaba en mi carril, a punto de virar a la derecha para ocupar uno de los dos sitios disponibles. De pronto, alguien que venía en sentido contrario, y que para colmo no había advertido cuál era su intención, viró en forma desaprensiva y bruscamente hacia su izquierda para tomar la delantera e interrumpir mi maniobra. No solo eso: se terminó estacionando en la mitad de los dos espacios disponibles. Si el episodio hubiese terminado en una colisión, la culpa hubiera sido del conductor que había invadido el carril que me correspondía; solo opté por desacelerar y luego buscar un lugar distinto… concluida mi tarea, me dirigí al local en referencia. Como el auto del infractor (el cuerpo del delito) continuaba en el sitio donde antes quise estacionarme, pregunté a la persona que me precedía en la línea si ese vehículo le pertenecía…

Al contestarme en afirmativo, le pregunté a la interfecta si es que conocía el significado de la palabra altruismo. Me confesó que no, pero con una cierta sonrisa musitó que le parecía que ya la había escuchado… “Quiere decir procurar el bienestar ajeno aun a costa del propio”, le expliqué. “Y por qué me dice eso”, ansiosa refutó. “Pues, por lo que usted acaba de hacer, que me pareció no solo temerario e imprudente, sino también egoísta”. Supuse que tal vez se iba a disculpar; o, al menos, excusar, argumentando que había estado apurada o alguna razón parecida. Solo mencionó que estaba segura que había anticipado su intención –utilizando la luz direccional– lo que, obviamente, no había ocurrido. “Sería mejor que la haga revisar”, concluí, “porque usted nunca advirtió que viraría en forma tan negligente”.

Observo que esta desaprensiva actitud se exacerba en días navideños. Es cuando parece imperar el apuro e irrespeto; ese actuar imprudente, sumado al egoísmo, constituye una pésima fórmula para expresar el tan mentado “espíritu navideño”. Es una forma de comportamiento que uno de mis amigos la achaca a lo que él llama “la maldita raza”. Creo que lo que mi colega intenta expresar es su repudio hacia aquellas “malas costumbres” de ciertos segmentos: su ausencia de “clase”; pues, si de nobleza se trata, nada la reflejaría mejor que la generosa indulgencia, el respeto ajeno, el altruismo. Navidad pudiera ser una oportunidad para hacer nuevos propósitos, para revisar nuestras virtudes y defectos (tanto personales como colectivos). No es mi intención ser peyorativo, pero creo que ese es justamente el problema: hemos devaluado nuestro “buen gusto”. ¿Qué, sino lo mismo, es lo que vemos el día de fin de año?: mozalbetes disfrazados de travestis o meretrices para dejar en el olvido una tradición mucho más decente y menos grotesca: la de aquellas, más presentables, viudas plañideras… ¡Qué coraje! ¡Qué impresión dejamos en la retina del extranjero! 

Hablando de virtudes, preciso sería recordar las llamadas virtudes cardinales que, con tanto ahínco, trataron de inculcarnos en nuestros días de escuela. Ellas son cuatro: prudencia, justicia, fortaleza y templanza; representan principios éticos básicos, en ellas se inspiran las demás virtudes morales. Su nombre deriva del latín cardinalis (que quiere decir ‘principal o fundamental’): ellas guían nuestra conducta hacia el bien, permiten otorgar a cada quien lo que le corresponde, nos ayudan a resistir las dificultades y a moderar nuestros placeres; son ellas pilares para una vida más plena y una sociedad más justa. Ese debería ser el verdadero espíritu navideño; uno que realmente debería durar, como piensan en España, hasta mediados de enero, la fiesta de san Antón (san Antonio Abad, patrón de los animales), que se celebra el 17 de enero. Pues, como dicen por allá: “Hasta San Antón, Pascuas son”. Sí, unas laaargas vacaciones...


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