16 enero 2026

Los labios de la mexicana que ‘no’ amé…

Siempre había pensado –cuando era todavía muchacho– que, para acercarse a una mujer y poder besarla, había que primero haberse declarado y, desde luego –como antes se acostumbraba– haber sido aceptado… Y, quizá no solo eso: había entonces una larga y tediosa ceremonia que terminaba por convertirse en una cláusula fastidiosa. La chica, si era seria y honesta (¿quién en esos años no lo era?), le daba largas al asunto; los besos requerían de un preámbulo, así como de preliminares galanterías e interrumpidos requiebros. Los besos llegaban tardíos, esporádicos y cicateros… Y es que primero “había que conocerse”, dejar que se cumpla el trámite, esperar a que la familiaridad y la costumbre lo fueran permitiendo. Esos prolegómenos fueron a veces muy largos: tuvimos enamoradas que –bueno es recordarlo– no solo nos hicieron esperar, sino que, pasado el tiempo, nos regatearon la miel de sus labios. Algunas, ni siquiera llegaron a eso…

Pero algo andaba mal; esa era la costumbre, yo sabía que aquello era así pero que no podía continuar del mismo modo…

Estudiaba entonces en la Florida, ya volaba solo (tenía 18 años). Una noche de viernes fui a tomar una cerveza en una discoteca. Se me acercó un hombre, me dijo que su cuñada estaba sola y de paso por la ciudad; y que, si no me importaba, que la sacara a bailar. La chica era mayor a mí; no era tan linda, pero era atractiva a pesar de sus rasgos… Bailamos dos o tres rondas y la invité a tomar un trago. Salimos afuera a conversar sin que nos molestara el sonido de la música. De pronto, me miró con cierta ansiedad y, sin más preámbulo, empezó a besarme con deleite… Fue el beso más apasionado y sensual que jamás me hubieran dado en mi vida. Traviesa exploró con su lengua las más secretas cavidades de mi boca; jamás me imaginé que una mujer tan joven sería capaz de besar con tal desparpajo y de manera tan seductora.

Cuando nos despedimos, más tarde, volvió a enredarme con fruición con los hilos de su lengua indagadora. Ambos sabíamos que aquél iba a ser –o había sido– un romance de una sola noche, y que no volveríamos a vernos nunca más… Nos habíamos besado con pasión y locura y ella no solo que no era “mi enamorada”: bien visto, era más bien una mujer desconocida… Nadie me había besado con tanta destreza jamás en los días de mi vida. La verdad: no me besó, más bien me “devoró” a su entero antojo por largos episodios que parecieron eternos. Fue ella para mí esa noche como un ángel que había bajado del cielo; fue mi primera profesora de besuqueo, una maestra voraz, insaciable y gratuita. Cuando nos despedíamos, ambos sabíamos que hubiésemos preferido ya no tener que separarnos de nuevo…

No habría de verla nunca más. Más tarde, solo en mi habitación, mientras todavía saboreaba en mi boca el regusto de los humores que me había dejado la suya, caí en cuenta de que me había besado alguien sin ninguna relación… y que ya nadie volvería a besarme con tan sabia pericia. Más que una experiencia diferente, aquella se había convertido en una madura y portentosa delectación… Fue cuando comprendí que, así como antes había tenido que ser “alguien oficial” para poder besar, ahora –para disfrutar de aquel lúbrico néctar– nadie me había exigido ningún requisito previo.

Pasado el tiempo, me di cuenta de que en el futuro debería “devolver el favor”, dar a alguien lo mismo que esa moza ardiente me había regalado. Así, mis oídos se acostumbrarían a futuros e inesperados halagos, y recordaría con gratitud las exploraciones y escarceos de aquella experta desconocida que ya nunca volví a encontrar desde que nos despedimos esa extraña noche en el estacionamiento. Fue, cuando ya nos despedíamos, que advertí y tuve que aceptar, que nuestras bocas hubieran tenido una especie de “voluntad propia”, era como si ya se hubieran conocido desde siempre. Pero sabíamos, a la vez, que ya no volverían a tener una segunda oportunidad sobre la tierra

Nunca supe cuál era su nombre (¡ni falta que me hacía!). Tampoco si era casada o soltera, cuál era su oficio, ni a qué se dedicaba; dónde era que vivía o qué ocupación le había llevado allí. Nunca la volvería a ver ni la volvería a encontrar…

Hoy he escuchado esa vieja tonada: Spanish Eyes en versión española. En su letra he hallado una línea que dice: “…los ojos de la española que yo amé”. Mi memoria se ha interpuesto; así, he recordado sus frenéticos y nada recatados besos… He adaptado esa frase para poner título a esta nota y he meditado –con tan loco y lejano aprendizaje– en las lecciones que nos va dejando la vida con esos tan extraños como indelebles encuentros...


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