Al principio se hizo el vapor, y luego vinieron los caballos…
No me refiero al libro del Génesis ni a la Creación; solo intento comentar el desarrollo que han tenido las medidas de potencia. Los pilotos aprendemos a volar en unos avioncitos ligeros, tienen solo dos asientos; los propulsa un pequeño motor de unos 150 caballos. Esto nos pudiera hacer imaginar que ese artilugio volador pudiera correr, despegar y desplazarse por el aire gracias a una fuente de poder que, cuando se utiliza máxima potencia, equivaldría a la misma que pudieran proporcionar similar número de esforzados corceles… Hoy que lo pienso, creo que no daría para tanto…
Pero es en caballos justamente en lo que estuvo pensando un inventor escocés que contribuyó al desarrollo de la máquina de vapor, destinada a producir energía. Se llamaba James Watt (1736-1819) y es a él a quien se debe su patente, registrada en 1769; fue Watt la primera persona a la que se le ocurrió comparar esa potencia con la de los caballos de tiro. Más tarde se ampliaría el concepto para aplicarlo también a los motores de pistón y a otras máquinas. Fue Watt quien creó ese curioso concepto, el CV o “caballo de vapor”, unidad de potencia no incluida en el actual SI, Sistema Internacional, la misma que consiste en “la fuerza necesaria para levantar 75 kg a un metro de altura en un segundo”.
En nuestros días un caballo de vapor (CV) equivale a 735 Watts; el Watt (vatio en español) es la medida internacional de potencia… Curiosamente lleva ese nombre en honor del mismo inventor escocés antes mencionado. A este CV no hay que confundirlo con el “caballo de fuerza”, HP o Horse Power, también conocido con las siglas PS, abreviación de la palabra alemana Pferdestärke que se traduce literalmente como fuerza de caballo; y que equivale a 745 Watts. Este “caballo de fuerza” no es realmente una medida de fuerza sino de potencia; la conocemos como hp, HP, o Hp. Las siglas vienen del término inglés horsepower, expresión acuñada por el mismo Watt en 1782. La unidad de medida varía de acuerdo a los países. La mayoría utiliza el vatio del Sistema Internacional para efectos de medir la potencia.
El DC-3 fue el primer avión que volé en mi primer trabajo; disponía de dos motores Pratt & Wittney R-1830 de 1200 HP. Cuando pasé al DHC-6 Twin Otter, este estaba equipado con motores PT6-27 con una potencia de 650 HP, era la misma turbina que usaría el avión que volaría después: otro STOL, el Pilatus Porter. En las aerolíneas, sin embargo, y debido a que pasé a operar turbo-propulsores, todo esto cambiaría: la medida utilizada variaría de pronto. Ahora, ya no se aplicaban las medidas de potencia sino las de empuje; vale decir que libras y unidades de fuerza, en este caso el kiloNewton (kN), en honor del sabio inventor del cálculo integral, y que postuló la ley de gravitación universal. Entonces operé motores de: 18.000 lbs de empuje, u 80 kN (Boeing 707); de 52.000 y 62.000 lbs o de 230 y 275 kN (Airbus A310 y A300-600); de 34.000 lbs o 150 kN (Airbus 340-300); y, de 63.000 lbs o 280 kN (Boeing 747-400).
Hace poco me topé con un muy sugestivo artículo de la escritora española Lola Pons: Las mentiras de Año Nuevo (El País). Se refería precisamente a este cautivante tema, el de los “caballos voladores”, y a la puntual reivindicación que habría hecho el escritor y periodista ibérico Ramón Gómez de la Serna, en cuanto a que “La unidad de fuerza de los motores de aviación no debería ser el caballo, sino el hipogrifo o el clavileño” (estructura de madera con forma ecuestre con la que unos duques embromaron al Quijote y Sancho). “La literatura es el juego supremo que nos permite vivir otras vidas, otros sueños, impunemente, perdidos entre sus páginas”, decía uno de quienes comentaban el artículo. Ramón Gómez de la Serna (1888-1963) fue un prolífico vanguardista español. Sus “greguerías” eran “apuntes que contenían piruetas o metáforas. Solían ser chistes, juegos de palabras o, incluso, apuntes filosóficos” (Wikipedia).
La referencia al “Clavileño, el Alígero” la he encontrado en la Segunda Parte de la novela de Cervantes. En cuanto al hipogrifo, se trataría de una criatura imaginaria híbrida, cuya apariencia es mitad caballo y mitad grifo, que se asemeja a un caballo alado con la cabeza y los miembros anteriores de un águila. Su figura quizás provenga del bestiario fabuloso de los persas y del bondadoso simurgh, a través del mismo grifo. Este simurgh era una criatura voladora de carácter mítico. El grifo, por su parte, sería una criatura mitológica bastante parecida, usualmente representada como un águila en la mitad superior del cuerpo y como un león en la parte inferior. Vaya, vaya… ¡monstruos mitológicos y caballos voladores! ¡280 Hipogrifos de fuerza! Como para enfadar a Sir Isaac; y para que, ya fuera de quicio, se levantara de su tumba…


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