¡Ah, la vida, la vida! ¿Qué cosa es la vida?... Una llamita en la punta de una vela, en un lugar donde sopla un vendaval. Julio Ramón Ribeyro. La juventud en la otra ribera.
Quise decir (debí decir…) unas palabras esa mañana, pero al final me abstuve… dos o tres razones, que no quisiera aludir, me persuadieron de que era mejor no hacerlo. Estoy seguro de que si esa misma mañana yo hubiera sido el que había partido, Fernando hubiese optado por decir unas pocas, pero sabias y sentidas, palabras de despedida… Y es que tuvimos una amistad muy íntima y cercana; pero ya ido él, a más de su recuerdo y mi afecto por su querida familia, de aquello ya no queda casi nada… Dice Haruki Murakami que “cuando se habla de (la) nada, incluso la palabra eternidad resulta insuficiente, y se queda corta, porque la primera la supera, y la trasciende”.
No me adorna ninguna distinción o merecimiento; y aunque a veces siento que no me corresponde el derecho, si alguno lo hay, cedo al impulso de dirigirme a los presentes para expresar mi homenaje. Lo hago cuando he disfrutado del aprecio de quien nos ha dejado y he sentido de verdad que éramos amigos. Nunca lo escuché enfadado o altanero; tampoco lo vi infatuado; jamás solemne ni ceremonioso. Siempre lo vi cordial, afable y tranquilo, en paz consigo mismo; lleno de una paradigmática sencillez. Él era una persona jovial y prudente; siempre actuaba como lo que era: un hombre sabio, discreto y conciliador. Fue conmigo un amigo especial; por eso, aunque hubiese sentido que lo mío pudiera no ser una obligación, siempre sentí que era un deber existencial honrar su memoria y hacer reverencia a su recuerdo.
La nuestra fue una amistad algo tardía y creo que bastante corta: duró solo una generación, solo veinticinco años. Esa amistad nació y se fortaleció gracias al golf y a nuestras ocasionales coincidencias: su espíritu reflexivo, su humor fino; y esa su disimulada ironía, siempre exenta de malicia. Aquello se alimentó en la confianza y la confidencia; y quizá también en una pizca de complicidad que, en nuestro caso, pronto se convirtió en una suerte de promesa. Nuestras mujeres, Carmen y Alicia, entraron también más tarde en la relación y fueron parte de ella.
Hace poco recordaba un episodio en El hoyo 19 (el bar donde nos reunimos en el club), habíamos terminado el juego y nos tomábamos un whisky “con un par de hielitos”. En eso, un mozo irreverente se acercó al ‘foursome’ a saludar; lo hizo tratándonos de compañeros y utilizando el tú. Mientras los demás tratábamos de procesar la aparente impertinencia, pues alguien había tenido un nunca convenido ni autorizado exceso de confianza, Fernando en uno de esos impromptus muy propios suyos, nunca carentes de parsimonia ni perspicacia, como si le pidiera una fórmula para resolver un oscuro teorema matemático, le preguntó: “oye, viejito ¿en qué escuela era que 'dizque' habíamos sido compañeros?”
Fernando era no solo un hombre de derecho: era él mismo un hombre ‘derecho’; un hombre íntegro y recto. Con él aprendí frases latinas que son verdaderos aforismos: In dubio pro reo (en caso de duda, juzgar a favor del reo); o pacta sunt servanda (lo acordado obliga). A pesar de sus años, Fernando era extraordinario en el juego corto, solía celebrar cuando sus compañeros ejecutaban una jugada memorable con los hierros menores: “¡eso es pues un golpe de golf!”, decía. Y era también endiablado con su “putter” una vez en el “green”: completaba golpes de 6 u 8 metros y, al celebrarlo, hacía una venia, se quitaba la gorra y emitía un estentóreo y muy aborigen Taitacuuu... Jugar con él era disfrutar del placer de competir con alguien que representaba al golf y a su etiqueta, y que sabía respetar sus reglas. Lo mismo hacía con la cancha y la naturaleza, y lo hacía también con los caddies y sus demás compañeros.
De un tiempo a esta parte, como ya nos va pasando a todos, le fueron ganando los achaques, mientras él, siempre valiente, se resistía a aceptar que iba envejeciendo… Unas tres semanas antes de su tránsito final fui a visitarlo, lo vi desmejorado pero sereno y sin arrepentimientos. Poco después, al saber por su hija, María de Lourdes, que el Árbitro había decidido que Fernando ya no jugaría “los descuentos”, llamé por teléfono su último sábado a Carmen para preguntarle si no sería indiscreto que fuéramos a visitarle. “Ya te lo pongo, me respondió, justo él quería hablar contigo”. Al ponerse al auricular le comenté que queríamos ir a visitarle con Alicia y le consulté si no le importunaba que fuéramos por un breve momento. “Todo lo contrario”, me respondió, usando la que era su frase favorita. Así estuvimos, al borde de su cama, sosteniendo su mano; estaba lúcido y tranquilo, sabíamos que se estaba despidiendo. “Creo que ya son mis últimos momentos”, nos repitió. Esa fue, habría de ser, nuestra postrera despedida…
Qué pena, a veces la vida parece ser nada más que eso: unos cortos, agónicos e indiscernibles momentos… Que el Ferrito, como con cariño lo llamábamos, descanse ya en paz. Él se lo había ganado; es lo que merecen los hombres buenos…


No hay comentarios.:
Publicar un comentario