Érase una vez un humilde sastre… Así, o con el repetitivo “había una vez”, habría empezado el cuento que hoy pretendo referir. Se trata de un “fairy tale” (cuento de hadas), es la historia de El Sastrecillo Valiente. El cuento nace de una tradición popular que fuera incluida entre las historias infantiles recopiladas por los hermanos Grimm, en Alemania, en el siglo XIX. Su nombre original habría sido Siete de un golpe; este se habría de constituir en el tomo No. 20 de la colección Cuentos de la infancia y del hogar , que luego sería ampliada en 1857 como Cuentos de hadas.
Su trama no se asemeja a la de otros cuentos que conocimos de niños y que, pudiendo ser más populares, también fueron recopilados por estos autores. El Sastrecillo carece de la tradicional conseja moral de otros cuentos; más bien, auspicia la idea de que para triunfar y hacer fortuna basta con simular ser lo que no se es, fingir y alardear de que se ostenta un gran poder e ir por el mundo interpretando un personaje ficticio…
Los hermanos Grimm habían nacido en Hanau, pequeña ciudad alemana ubicada al oriente de Frankfurt. Jacob (1785-1863) y Wilhelm (1786-1859), más que escritores habrían sido eruditos, filólogos e investigadores que recogieron y registraron metódicamente las tradiciones alemanas. Fueron los primeros y más conocidos coleccionistas de esas sagas y tuvieron el acierto de recopilar cuentos como La Cenicienta, Hansel y Gretel, Rapunzel, La bella durmiente, El gato con botas, Blancanieves o Pulgarcito. Jacob y Wilhelm perdieron su padre cuando eran todavía niños; pudiera ser que esa desgracia, sumada al inusitado auge del Romanticismo, habrían influido en su interés por las tradiciones.
Los Grimm recopilaron más de doscientos cuentos, y un sinnúmero de leyendas. Su mérito fue reducir la crueldad y violencia de los cuentos originales, así como excluir el contenido sexual presente en algunos de ellos. Su propósito fue el de ayudar a los niños a recuperar sus raíces germanas. A partir de 1825 se harían conocer gracias a su Pequeña Edición, publicación que constaba de unos cincuenta “cuentos de hadas”, con ilustraciones de otro hermano (Ludwig), una obra condensada destinada a lectores infantiles. La locución “cuento de hadas” se aplicaría por sugerencia de la autora Madame d'Aulnoy (1652-1705), quien propuso la forma francófona «Contes des Fées». Esos relatos incluían lugares como el país de nunca jamás, o héroes que mataban a malvados, heredaban reinos y se casaban con princesas. Antes, el francés Charles Perrault ya había dado forma literaria a algunos de esos cuentos.
El cuento del Sastrecillo se inicia con el fastidio que le producen a un obrero las moscas mientras trabaja; un día mata siete de un solo golpe. Entonces, decide presumir de su “hazaña”: borda una leyenda relacionada en su cinturón y sale a recorrer el país exhibiendo la frase. Un ogro se impresiona, cree que las víctimas han sido hombres y le rinde pleitesía. El sastre visita un reino donde creen que se trata de un poderoso guerrero y le piden ayuda para batir a sus enemigos (un unicornio y un peligroso jabalí); lo tientan con una lucrativa recompensa: un reino y una hermosa princesa. Gracias a su perspicacia el alfayate logra lo ofrecido; mas, tiene un problema: suele hablar mientras duerme y se dan cuenta de su real identidad. Al verse descubierto, se hace el dormido y musita lo que sus siervos hubiesen preferido no escuchar: “He matado siete hombres, dos gigantes, un unicornio y un jabalí”. Los súbditos se asustan y huyen aterrados mientras el impostor continúa disfrutando de tan inmerecidos beneficios…
Como se puede ver, el cuento tiene un demérito moral: el de atemorizar a otros para obtener una personal ventaja; a eso se añade la ignominia de personificar una identidad falsa. Se aleja así de la enseñanza moral y el buen ejemplo que suelen regalarnos los cuentos. Si en algo se asemeja a un relato similar es al de El Gato con Botas, con su vicario personaje, aquél de la engañifa del tal marqués de Carabás… Otra pudo ser la efectiva moraleja si el sastre –por algún y auténtico medio– se hubiese hecho querer, temer o respetar, apareciendo como un adalid benefactor, o si actuaba como valiente, bravo e implacable pero con los truhanes, por ejemplo.
Vivimos tiempos en que algunos quieren pasar por valientes. No importa su tamaño, ya no se respaldan en su íntimo coraje: andan armados o protegidos con guardias de seguridad, tienen confundida la noción de lo que es la valentía. Para colmo, les gusta ostentar con un disfraz la impostura de su real identidad; lo que realmente les gusta es fingir, ‘hacerse pasar por’, simular: esa es su torpe y cobarde manera de engañar. Para completar el cuadro, les gusta “correr el rumor”, vender la imagen de su espurio atrevimiento. Se olvidan de que el verdadero valor, la real valentía, está en saber dar la cara, asumir la consecuencia de sus errores, no esconderse. No está en utilizar artimañas, ni en vivir de la “trafasía” (ecuatorianismo por estafa). La auténtica osadía, la verdadera audacia, está en el triunfo diario de la integridad sobre el oportunismo. Esa es la única bravura válida: la hombría de bien, la entereza de aquellos a los que sí hay que temer…


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