(Tránsito de alfayate a calafate)
Fui a casa de mi hermano Luis Eduardo la otra tarde. Fue oportunidad para saludar con una de sus hijas que vive en el exterior y que había venido para pasar en familia unos pocos días. Luis había invitado a dos de sus cuñados, quienes por coincidencia fueron nuestros respectivos compañeros los doce años de colegio; ellos han sido nuestros amigos de toda la vida. Tienen pues, edades similares a las nuestras; se llevan entre sí con un par de años. En casos así, resulta inevitable no recordar los días y episodios compartidos…
Alguien preguntó si recordábamos el precio de una porción de chifles con cebolla; refrigerio menos oneroso y más asequible entonces, que hubo en ese diminuto quiosco ubicado en un recoleto rincón del patio del colegio. Al mencionarse que aquella ración tuvo un costo de cuatro reales (solo 40 centavos de sucre), surgió pronta la consulta de quién fue la persona que allí atendía y administraba ese negocio que –cómo otros lo recordábamos–, se despachaba desde atrás de una estrecha ventanilla de servicio. El encargado, era un humilde e industrioso alfayate que mantenía una poco concurrida sastrería que estaba situada al principio de la cuadra. Lo llamábamos “maestro” en mérito a su oficio: respondía al sugestivo apelativo de Contreras.
Pero, como sin querer una cosa conduce a la otra (¿no fue eso lo que alguien llamó “el 'santo oficio' de la memoria?”), recordé que alguna vez había escrito un pequeño artículo en homenaje a los obreros que hacían más fácil y llevadera nuestra vida, e indagué brevemente en este blog utilizando su herramienta de búsqueda e insertando la voz “alfayate”. Así, encontré la entrada (Elogio del maestro remendón, decía) y me permití leer ese breve artículo. Mientras lo hacía, y de ese modo recordaba a ese individuo cumplidor que, además, había sido nuestro servicial vecino (al tanto que explicaba el sentido de alfayate), recordé otra voz poco utilizada, una palabra parecida. Me refiero a “calafate”, ese asistente que suelen tener los barcos.
Como, asimismo, también había utilizado este último vocablo en otro artículo, publicado en octubre del año 2012 (Itinerario Náutico, Corazón de calafate), decidí consultar por qué era que se había bautizado con ese nombre a una ciudad interior ubicada en el sur de la Argentina: la pujante población turística de El Calafate (o Calafate), e investigar el motivo para que se le haya otorgado tan singular como curioso nombre. Calafate está ubicada en la costa meridional de un cuerpo de agua bastante irregular que está avecinado a la cordillera de Los Andes, y que lleva el nombre de Lago Argentino. La ciudad forma parte de la provincia de Santa Cruz y dispone de un aeropuerto internacional. Este se constituye en puerto de entrada al parque nacional de Los Glaciares, hogar del famoso glaciar Perito Moreno en el sur de la Patagonia argentina.
Pero este nombre (calafate) no responde al oficio mencionado (una suerte de carpintero reparador que ejercita su oficio en las naves marinas) al del encargado de calafatear, vale decir de remendar, taponar o reparar las junturas que van perdiendo su impermeabilidad en la quilla de las naves; sino, más bien, a un arbusto que abunda en la región: el calafate (Berberis microphylla), una planta espinosa nativa del sector; famosa por su pequeña baya comestible de color negro azulado, de sabor dulce y que en apariencia es muy similar al arándano (blueberry). Este es un alimento muy rico en antioxidantes, utilizado en repostería, mermeladas y en salsas para aderezar las carnes; además de tener usos medicinales, por sus propiedades anti-bacterianas. De acuerdo con una leyenda local, quien come su fruto siempre regresa a la Patagonia…
Nunca tuve oportunidad de visitar la Patagonia. Hoy sé que Calafate, a fin de cuentas, sí tiene que ver con el otro calafate: el reparador o carpintero. Y esto sucede porque de ese “otro calafate” (el argentino) se obtiene una resina que sirve justamente para reparar las embarcaciones. Es curioso, pero el nombre pudiera estar relacionado con cómo llamaron los primeros aborígenes a su tierra natal, un nombre que suena parecido a calafate: Kehek Aike, palabras que querrían decir: dejar (o depositar en) y paradero humano; con lo que tendríamos una toponimia relacionada con un paradero o depósito para almacenar artefactos y otros enseres.
Desde hace cincuenta años, Calafate ha cobrado una enorme importancia, especialmente por el atractivo que despierta el glaciar Perito Moreno. Hoy, la pequeña ciudad tiene una enorme oferta turística; existe ahí un progreso considerable de la población, la misma que se acerca a 30.000 habitantes. Durante la temporada alta, que coincide con el verano austral, el aeropuerto recibe más de una docena de vuelos diarios.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario