08 enero 2010

Eso de viajar...

Escribo mientras espero mi vuelo en el aeropuerto de Pudong. Voy saliendo de Shangai hacia Sydney, este dia. Estoy saliendo a visitar a mis nietos. He madrugado. Veo, al mirar a mi rededor, que soy también uno de esos primeros pasajeros que han ya llegado a la sala de espera. En este sentido, soy también uno de los madrugadores esta fría mañana. Es curioso, pero esta innecesaria previsión, parecería una contradicción con mi oficio de volador, con mi actividad natural de viajar. Tiene para mi, lo tuvo desde siempre, algo de fascinante esto de desplazarse a lejanas tierras, esto de efectuar periplos a países ajenos y alejados.

En cierto modo, viajar estuvo siempre ligado a mi necesidad de madrugar. Quizás por ello, aceptaba las circunstancias del requerimiento: es decir, a pesar de sus inconvenientes. De niño habría de madrugar frente a dos instancias: los viajes para visitar a mi padre en otra ciudad; y los ocasionales paseos o romerías en mis días de escolaridad. No se si he comentado:, pero de niño yo pasé a vivir con mi abuela, luego de la muerte de mi madre. Papá, que era un espíritu inquieto y conquistador, aquejado por una virulenta bohemia ocasional; se había casado nuevamente, luego de su segunda viudez; pues había sucumbido otra vez a lo que el había escuchado en alguna parte: “el oscuro frenesí de la pasión y de la sangre”.

Fueron días difíciles los que pasé con mi abuela Carlota. A pesar de los rigores de su estrictez y de la frugalidad con la que ella nos formó; tenia una como religiosa misión en su particular manera de criarme: estaba persuadida, o tenía la extraña premonición, que estaba yo destinado a cumplir tareas no ordinarias, a ocupar posiciones especiales. Su hermoso nombre competía con la profunda melancolía de sus ojos azules y serenos. Mas, detrás de esa, su bien disimulada bondad, y de su inolvidable rosario, nunca dejó de ocultarse un tieso e infame látigo de color carmelita, que ella había tomado prestado de un descolorido maletín de cuero que alguien había olvidado en el soberado. Más de una vez, ciertas estrías en mi trasero atestiguaron sus colerines, como ella llamaba a sus iracundos arrebatos.

Papá no vivía con nosotros por esos días. Era él un personaje atractivo y pintoresco, de talante nada ordinario. El, en su afán de hacer reír, decía a menudo cosas llenas de ingenio, que parecían ir a tono con su natural chistoso e hilarante. “Los hombres somos polígamos y las mujeres monótonas”, podía comentar, con un estilo no carente de picardía. O, también: “Solo hay dos clases de mujeres: las que mandan y las que no obedecen”. Pero, como papá vivía lejos (era aquella una ciudad pequeña, larga y fría; avecinada a otro país y al borde mismo del mapa; y llamada con un nombre que se masticaba de un solo mordisco y que se consumía de un solo bocado: Tulcán); nosotros (sus hijos, al fin), soñábamos con la posibilidad de ir a visitarle, retando así al celo y a los ímpetus tenebrosos de esa mujer que se había dado a las labores de costura; y que pocos años atrás había optado por recluirse en los terrenos cenagosos de la oscura patria del resentimiento, del cautivante país de la nostalgia.

Madrugar entonces fue para mi, como el preámbulo necesario para estos tan esperados encuentros. Soy consciente que solo al final pasé a conquistar el favoritismo de mi padre; pero aun así, y antes de disfrutar de su secreta predilección, fueron estos viajes los que más tarde habrían de marcar mi disfrute por viajar; por preferir estos renovados tránsitos hacia la novedad, hacia lo diferente, hacia lo fresco. Fueron ellos mi opción inminente hacia la aventura, en mi curiosa búsqueda personal por un destino que entonces estaba persuadido que no sólo existía en los cuentos infantiles: el mágico país del nunca jamás.

Voy saliendo y me pregunto en qué mismo consiste viajar. Coincido con Ortega y Gasset, en que viajar no es ir a lugares nuevos. Es a menudo ir hacia los mismos sitios, hacia los mismos lugares, pero sabiéndolos mirar con ojos diferentes! Viajar es mi tarea y mi oficio; mi privilegiada oportunidad para renovar mis brios, para aligerar mi alma, para aclarar mi mente!

Viajo, luego existo… Viajar o no viajar; esa es la cuestión… Viájate a ti mismo… En verdad, en verdad os digo que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que uno que no ha viajado entre en el Reino de los Cielos… En el principio no había la luz, los hombres no habían aprendido todavía a desplazarse… En un lugar de la Mancha, de cuyos viajes no quiero acordarme... Donde las estirpes condenadas a cien años sin viajar, tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra… Bienaventurados los que viajan, porque de ellos ha de ser el Reino de los Cielos!... Esa, es gente perversa e ignorante, chusma aviesa e intrigante, que no ha leído, que no ha meditado, que no ha viajado, señorrrrr!!!
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31 diciembre 2009

A Teresa, en fin de fiesta

Querida Teresita:

Empiezo esta nueva nota cibernética, dándole libertad a los escarceos de mi imaginación. Y me pregunto: eres Teresita - así, a secas - Teresa? O quizás proclamas uno de esos rimbombantes y largos apelativos con que nos quisieron adornar nuestros padres, allá por los años cincuenta? Me he puesto, sin proponérmelo, a intuir el complemento de tu nombre... Sugiero, muy probablemente, que Teresita del Niño Jesús, quizás. O, quién sabe, Teresita María de las Mercedes o Teresa de la Santísima Trinidad. Pero concluyo (cómo pude no haberlo advertido?), que no puede ser otro, que aquel que identifica la marca sutil y primordial de tu linaje; y entonces resuelvo: Si! Teresita de la Dolorosa del Colegio!!!

Vuelo desde Tianjin a Amsterdam esta tarde. Allá abajo es tierra agreste; árida y yerma, pero sobre todo tierra tosca y grosera. Un viento gélido y pertinaz, va domando el singular lomo de las colinas y va cubriendo, con su manto de nieve, el irregular paisaje de la meseta mongólica. Esta es tierra de gente nómada; raza aviesa e inquieta que un día, tras la férula de Gengis Khan, aterrorizó los cuatro puntos cardinales. Y yo, la observo desde arriba, testigo como soy (como me ha correspondido en suerte ser), de los efectos subyugantes con que, de manera cíclica e inmemorial, nos cobija o asola la condición telúrica de los caprichos de la madre naturaleza.

Vamos prontos a sobrevolar Ulaan Bataar (asì, repitiendo las vocales) cuando me encargan el mando y debo suspender la redacción de ésta...

... Hemos llegado ya a esta ciudad pequeña, pero de gran carácter que es la inquieta Amsterdam. Es ella una ciudad de espíritu artistico y liberal, cuyo signo la marca, mas aún que sus casas torcidas y sus innumerables canales. Aqui, meretrices de todas las razas, todas las formas y todas las edades, venden sus instantáneos y ocasionales amores furtivos, desde sus vitrinas apostadas a la ribera de la calle. Es ya la víspera de Año Nuevo; y justo en el pretil de la Nochevieja, estas mujeres venden sus amores y sus esperanzas a los solitarios transeúntes de (también) todas las edades. Es Amsterdam un pueblo hecho de casas acomodadas a la fuerza, por el solo prurito de completar el plan de la cuadra. Son casas construidas sin la ayuda de la escuadra y el nivel; construcciones que, como las modernas sinfonias de Mahler o Penderesky, alcanzan los valores de la armonía con su contradictoria irregularidad, con su obsceno reto a la misma gravedad, y no se diga que al diseño!

Pero... tampoco alcanzo a compartir la Nochevieja con los altivos holandeses, Teresa. Un sonido agudo y perentorio anuncia la inminencia de mi proxima recogida y también el fín de mi precaria duermevela. Es hora de levantarse, porque -otra vez- es hora de partir. Esta es la extraña impronta de mi oficio prometéico, Teresa: el saber que tengo que salir para volver a llegar; y que, nuevamente, habré de llegar para volver a partir! No es ésta acaso la condición misma de la vida? No es este nuestro inexcusable sino? Ese continuo ir y venir; y además, ese interminable deambular entre la espera y el apresuramiento; entre la desilusiòn y la esperanza?

Sobrevuelo, a mi regreso, los pueblos escandinavos. Es ya la víspera del año sobre el Báltico. Los nórdicos han abandonado su flema característica esta noche y han salido a proclamar los fervores de su entusiasmo, con el travieso juego de los fuegos de artificio (trabajos de fuego, los llaman en la lengua de Hemingway). Son luminosos destellos intermitentes que aclaran la noche, que incendian el cielo. Son trabucos empecinados que ametrallan con su demencial impostura la solemne tranquilidad del paisaje nocturno. Una explosión aqui, un estallido mas allá. Es la luminosidad destellante de esta noche de carnestolenda; es la metáfora fugaz de los fulgores de la vida, de los resplandores intermitentes en la nocturnidad del derroche.

Ya de vuelta a Shanghai, me asomo a mi fluvial paisaje de privilegio. Es el primer día del año; y observo desde mi ventana el deambular sin tregua de las embarcaciones en el río. Es el Huangpu un río de gran actividad y el más importante afluente del Yangtse, en esta parte, la más densamente poblada de la ribera oriental de la China. Una civilización milenaria renueva con su impertérrito trajinar, su vocación de trabajo, dedicación y esfuerzo. Hacia mi derecha, la más sorprendente luminosidad adorna la colonial silueta de los edificios oficilales en el meandro mas pronunciado del río. Es el "Bund" la huella mas europea que el viajero pudiera encontrar en esta parte del Asia. Allí un mirador en plena renovación invita a observar la silueta del lado opuesto; con la torre "Perla de Oriente" y los nuevos y formidables edificios, que definen el carácter sorprendente de la ciudad más moderna y vigorosa que el socialismo ha continuado desarrollando en esta contradictoria y emblemática parte del mundo.

Quise escribirte esta vez, acerca de ti o de mi; pero, como casi siempre, mi afán de confesión cede a este mosaico confuso y desordenado que siento como viajero deambulante. Son estas mis "impresiones al pasar", en las que algo puedo intercalar de aquello que nos permite reafirmar el ejercicio vital de nuestra existencia: la posibilidad de conservar en la retina, la posibilidad del recuerdo.

Que, como estoy? Son estos mis últimos meses en el Asia. Digo "en el Asia" con vicio de imprecisión; pues, cuando viajas por todo el mundo, quizás sea más apropiado decir unicamente "fuera del Ecuador". Y, oficioso es aclarar que, cuando digo "Ecuador" no siempre me refiero al país que nos integra; hago referencia, mas bién, a la familia que me formó y a los amigos que pasaron a complementar y a definir mi vida; a ese conjunto de afectos y recuerdos que alguien dió ya en llamar "la patria de la infancia". Porque son los lazos del afecto, Teresita, los que realmente nos marcan: ellos son la yunta y el alambique; el crisol y la piedra filosofal; el sustento cotidiano y el sol que nos abriga con sus renovados destellos.

En cuanto a tí... Yo se que estas bién. La tranquilidad define siempre a los espiritus buenos. Te pienso con cariño esta noche, en el albor incierto de una nueva década; consciente del artificio engañoso de la cronologia. Sabedor, como soy de la propincua fugacidad que tiene el tiempo, que es lúbrica albacora que se escapa, que es traviesa liebre que nos elude y que se aleja.

Hasta mañana, Teresa. Tu amigo que te quiere.

Mariano de Jesus Alberto
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11 diciembre 2009

Despedida a Juan Cueva

Juan Cueva:

Ya no quieres contestarme al teléfono, querido Juan. Pero… no creas que te escribo para reclamarte. Te escribo solo para decirte “gracias” por todas esas actitudes y circunstancias que tuviste desde siempre conmigo. Es que pasaron tantas y tantas cosas entre nosotros; y hoy has preferido una despedida inesperada y un raro, inexplicable e irreversible silencio!

Gracias Juan, por haberme recibido en tu casa, cuando todavía nadie en nuestra familia común quería todavía hacerlo; gracias por enviarme a tus entonces tiernos hijos a Lago Agrio para explorar la naturaleza, iniciar una colección de mariposas o escarabajos y empezar a conocer a quien un día ellos llamarían “Tío Alberto”; gracias Juan Cueva por tus discretos silencios ante mis propias incertidumbres, en esas noches de tertulia y carambolas libres en nuestros encuentros en Paris; gracias por no pedirme tomar partido en tus diferencias con ese otro gran amigo mío, que se distanció desde una triste tarde contigo; gracias por haber enriquecido mi vocabulario con palabras como “golloriento, gagón y cocorongo”; gracias por esa actitud de asombro y sorpresa que le dispensaste siempre a la vida; en fin, Juan Cueva, gracias por haber querido ser siempre mi hermano y mi amigo!

Déjame confesarte que me has dejado confundido. Tu, que decías que no estabas “ni a favor ni en contra, sino todo lo contrario”, me vas a ayudar a recordar lo fugaz y transitoria que puede ser la vida; pero también, lo inciertos y misteriosos que suelen ser nuestros criterios frente a la muerte… No tuvimos oportunidad (no nos dimos chance) para ofrecernos un gesto de despedida, porque la vida, Juan, se sublima en la memoria y en la aptitud personal para hacer permanente el más humano de los atributos, que es el ejercicio del recuerdo.

Nos vas a hacer falta Juan Cueva, la familia empieza ya a perder a sus hijos. Pero… cómo voy a olvidar jamás, esa tarde inolvidable en casa de los Marigny, en las afueras de Paris; o nuestras citas “a muerte” para ganarnos unas partidas de billar en tu casa o en esos salones en la vecindad del Arco del Triunfo; cómo olvidar el sutil encanto de tu humor discreto…

No, Juan, no te escribo para despedirme o reclamarte. Te escribo para decirte que te vamos a extrañar; que, aunque, te has pasado a la otra orilla, te pienso con cariño; y para decirte, sobre todo, desde lo más profundo de mi confundido corazón, que te agradezco.

Me siento solo y triste esta tarde agobiante de Shangai. Descubro que me es imposible decirte “Adiós”, descubro que la vida se nos convirtió en una partida, donde las “bandas” son las circunstancias y donde lo único que cuenta son las carambolas que se logran con los recuerdos!!! Gracias Juan Cueva; y… perdóname que no te escriba esta tarde con mayúsculas. Eso, solo tu sabías hacerlo!


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01 diciembre 2009

Galo Arias Guerra


En días pasados me enteré del fallecimiento de Galo Arias Guerra. Pocas noticias pueden ser más tristes como ésta para mi. Es que, Galo fue para mi algo más que un maestro, me trató siempre como si fuera su hijo; y me enseñó todo lo que estuvo a su alcance cuando empecé mi carrera profesional. De él uno aprendía no sólo a ser un buen piloto; sino, sobre todo, el valor que tiene ser un hombre bueno. Galo, por lo mismo, constituyó siempre para mi, un punto de referencia humana y profesional. Y mi vida como piloto, ha sido desde que lo conocí una permanente búsqueda de ese arquetipo que siempre Galo representó. Por ello trate siempre de emularle. El dejó en mi mente y en mi corazón, una huella indeleble: la de su ejemplo.



No sé como hacer llegar mi nota de pesar a su esposa Gladys y a sus hijos. El año pasado, traté de ir a visitarle; pero lamentablemente parece que el destino quiere reprendernos cuando nos atrasamos a estas importantes despedidas. Para mi, Galo será siempre, no sólo el profesional que siempre quise ser; sino además, quien me enseño que en la vida no basta con ser un buen profesional. El entendía nuestro ejercicio como un verdadero apostolado, donde se vive para transmitir nuestros conocimientos a los demás; donde la aviación se convierte en una opción permanente por ser mejor, por convertirla en un sendero en la búsqueda de la excelencia profesional.



Creo que la aviación en el Ecuador, en general, no ha sabido ofrecerle a Galo, el debido reconocimiento que el mereció. Sus manos, grandes e inolvidables, ayudaron a formar y a forjar, a la mayoría de los pilotos de su generación y de la que le siguió. Pocos sufrieron y soportaron tanto, como él, con el cierre de su querida AREA; pero pocos, quizás ninguno, supo enfrentar, tan bien como él lo hizo, esos días de adversidad y frustración; con la magnanimidad, humildad y paciencia con que el enfrentó ese inesperado y lamentable acontecimiento.



Por esos días, cuando el quizás tenia ya la edad que ahora yo tengo, me distinguía con su bondad y con su afecto. Un dia llegó a decirme, en esas noches de Pastaza, donde trabajáramos juntos, que yo le recordaba a su sobrino Pedro Luis, prematuramente fallecido. Su esposa Gladys me sorprendió un día, caminando a su lado tratando de imitar su cadenciosa y solemne forma de desplazamiento... Ella debe saber, al igual que Galo en su tumba, que nunca, desde ese día, he dejado de imitar su cadencia y su apostura, porque simplemente el siempre será para mi un ser especial; un hombre bueno e inolvidable. Un hombre que poco habló, pero que jamás dejó de predicar con el ejemplo.



Espero que cuando yo regrese al Ecuador, el próximo año, pueda ir a visitar su lugar de descanso y retiro. Entonces le llevaré unas flores para simbolizar mi respeto a su recuerdo; esa será mi humilde forma de reverencia, que solo podrá ser superada por la inexpresable gratitud que siempre le tuve y que aún le tengo.
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30 julio 2008

Despedida a Fausto Moncayo

Hasta luego, mi querido Brigadier Mayor: 

Viniste a verme la otra tarde en Casablanca, querido Fausto; y yo, ingenuo de mí, que no supe darme cuenta que no venías a decirme “hola primo”, sino que venías a decirme tu postrero adiós, que venías a despedirte… 

Eras el mayor entre nosotros, querido primo; y, desde cuando descubriste que la travesura no concede réditos, te convertiste también en nuestro adalid y en el símbolo gentil de una familia que se sorprendió con tu generosa transformación y que aprendió a encontrar inspiración en tu ejemplo; porque esa es justamente la virtud mas auténtica que puede ofrecer el liderazgo: la de motivar e inspirar a los demás! 

Algo nos identificó como primos, querido Fausto. Fue acaso la triste naturaleza de nuestra prematura orfandad? Quizás la secreta y compartida satisfacción de la mutua simpatía que se tuvieron tu madre y la mía? O, quién sabe, si fueron esos enormes y solitarios momentos que como “primeros hijos” nos llevaron a cuestionar nuestra intrascendencia y a prometernos que haríamos lo posible para hacer más llevadera y más fácil la vida de nuestros hermanos; y menos llena de insatisfacciones y sin sentido la de quienes se esforzaron por nosotros! 

Tú me brindaste socaire a los desencantos de mi confusa adolescencia, tu me regalaste consejo en esas tardes de depresión y confusa sensación de soledad, cuando tú mismo recién empezabas; cuando todavía batallabas entre los textos médicos y los momentos iniciales de tu nueva vida familiar. Cómo olvidarme entonces de aquellas conversaciones en tu departamento de la Mañosca, cuando en busca de estímulo, más que por afán de consejo, alguna tarde te fui a visitar… 

Hoy, ya no estas aquí, querido Fausto. Ya no habrá jamás esa voz vibrante que solía llamarme de manera inconfundible “primo”; pero, en cambio, habrá el recuerdo de una voz que siempre nos regaló su mensaje de generosa integridad, que nos recordará que la vida no tiene sentido si no sirve para hacer más fácil la vida de quienes queremos, que no trasciende ni se justifica si no hacemos más alegre la vida ajena, si no estimulamos la existencia de los demás! 

Es siempre triste decirse adiós, aunque sepamos lo inevitables que resultan las despedidas. Pero es más fácil acceder a la resignación cuando quienes se van, han sabido gozar del aprecio ajeno, del respeto y la consideración de los demás. Contigo se ha extinguido una de las risas mas francas, sonoras y expresivas de nuestra querida familia; pero nos quedará para siempre el ejemplo de tu actitud ante la vida, tu apostura acogedora y generosa; y el recuerdo de tu lucha valerosa frente al desánimo, frente a ese desasosiego que produce la enfermedad. 

Al mes de tu prematura e incomprensible partida te digo mi canto de despedida, que no puede sino aspirar a convertirse en un himno reverente a la esperanza que tú mismo representaste; himno que solo quiere cumplir con la intención de ofrecer la humilde apología de tu perseverante bondad, de la hermandad que tú siempre propiciaste. Adiós PRIMOOOO!!!

Alberto M. Vizcaíno. Singapur, Agosto de 2008.


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10 junio 2008

La Bella Durmiente

Carta a Vinicio Jaramillo, con motivo de “su viaje” a Singapur. 

Señores miembros del Jurado de Singapur, Condado de Tanjong Rhu Road: 

Dignísimos Señores Magistrados: 

La presente tiene por objeto elevar a ustedes la defensa personal que he asumido, en el juicio que por intento de asesinato, en mi contra se encuentra tramitado en el Juzgado Quinto de la Ciudad-Estado de Singapur. Es menester, señores Miembros (con perdón del sustantivo), que sea de su ilustradísimo conocimiento lo siguiente: 

1.- Declaro conocer al ciudadano "Mario" (?) Jaramillo Arguello cosa de treinta y pico de años. Y doy fe, que cuando inicialmente lo conocí se llamaba Vinicio, tenia la suigéneris costumbre de quedarse en las fiestas de los amigos hasta bien después de que se había acabado la farra, razón esta por la que pronto adquirió el sobrenombre de "Miss Venezuela" por la sencillísima razón de que el mencionado individuo "siempre quedaba finalista". 

2.- El ciudadano en referencia, no solo que se quedaba en las referidas fiestecitas (que pronto adquirieron internacional fama de inolvidables) hasta que ya se había acabado el trago (y hasta los huevos del desayuno); sino que había desarrollado una rara y misteriosa habilidad, con la que simplemente era imposible hacerle doblar el pico (con perdón) en los jolgorios en referencia. 

3.- Declaro además, que siempre lo conocí como a un hombre "despierto" y agradable; y especialmente ajeno a las veleidades literarias propias del llamado Siglo de Oro español; y por lo tanto abstraído a los trasiegos místicos de Fray Luis de León, Garcilaso de la Vega y Sor Juana Inés de la Cruz: preclaros exponentes de la "Lírica" de la Madre Patria. 

4.- Con estos antecedentes, debo confesar que la última vez que nos entrevistamos en Pichincha (que este sujeto ha decidido otorgar el singular y adefesioso nombre de "La Provance"), tuve yo el desacierto de insinuarle que me viniese a visitar. Es de añadir, señores Ilustres Magistrados, que en esta ocasión lo encontré en condición francamente normal; sin que pudiese observarse hasta ese entonces, ningún tipo de anomalía física o psicológica, o que pudiera advertirse alguna tendencia patológica o algún comportamiento anormal. 

5.- Desgraciadamente no bien hubo llegado a mi humilde (pero honrada) residencia de Singapur, noté que se había dedicado a la "Lírica", era ya un individuo con los estragos evidentes de haber sido atacado en forma virulenta por la mosca Tse-Tse, ya que se pasaba durmiendo sentado, parado, de lado, boca arriba, metido en la ducha, cruzando los semáforos; evidencias de que no era ya el individuo de apostura alerta y lúcida que yo había conocido. 

6.- Ustedes comprenderán, señores del Jurado, la profunda y tristísima reacción que a un hombre causa el encontrar que un amigo ya no es lo que uno esperaba; y, al advertir que se había convertido ya en una pendejada, resolví que no me quedaba más remedio que la iniciativa desesperada de hacerlo desaparecer "porque dormía demasiado"... 

7.- Confieso finalmente que fue entonces que decidí despachar a este amorfo y amorfeado individuo, con unas pastillitas que le podían poner a dormir per secula seculorum (también, con perdón). Todo esto lo hice con el pretexto de que al tomarlas lograría aminorar la molestia del rugido de los motores de las carreras que en mi vecindario, en esos días se realizaban en Singapur. 

 8.- A pesar de mi poco loable intención, señores Magistrados, el ciudadano en referencia miente, pues nunca realmente ingirió el medicamento de marras. Lo confieso a fuer de toda mi inocencia y en respaldo de mi ausencia de intervención en el horrible accidente que luego le aconteció. Pues sucedió que, cuando se disponía a tomar mi poción ensoñadora, el muy pendejo se quedo dormido y se cayo de oreja y cuan largo era; con lo que se le averío el "secula seculorum"; con lo que además de haber perdido su cuestionable "invicto", también se le rajó la cresta; perdiendo así y para siempre su apelativo de "La Bella Durmiente", remoquete al que se hizo acreedor (como es público y notorio) porque escapó de irse encima de los vehículos que competían en la mentada y muy famosa "Formula One" en la Marina Bay de la metrópolis en referencia, pues el muy cojudo se quedó dormido! 

Dejo a ustedes, honorables y sapientísimos jueces, el más vivo reclamo de mi reiterada inocencia; convencido, como estoy, que "camarón que se duerme, se lo lleva la corriente". En cuanto a "Almohadita de Seda", hago muy comedidas recomendaciones, porque se lo localice en algún lugar del Asia y se lo capture, aprovechando de su permanente estado de duermevela. Con mi más respetuosa consideración. 

Alberto "de las desilusiones" Vizcaíno.


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