17 marzo 2010

Majaderías

Queridos tíos:

Son ya cuatro años que no les he “escribido”. La última vez, todavía estaba en la maternidad; y, como no sabía todavía escribir, la carta “me dio escribiendo” mi abuelo (como así creo que dicen en la tierra de mi papá).

Todavía no se leer, aunque ya voy a una escuelita de aquí abajo (“Down Under”). Pero, lo bueno es que ya sé escribir unos pocos garabatos; los mismos que ahora les envío, con la traducción que me ha ayudado a hacer una de mis profesoras del parvulario en que me inscribieron mis papás. Yo disfruto mucho escribiendo mis garabatos, porque me parece que es como ponerse a jugar. Pero, la verdad es que no disfruto tanto (ni tengo la misma paciencia) como me parece que le pasa a mi abuelo, que se puede pasar horas de horas frente a un papel, en donde sólo le veo escribir unos pocos números, después de haber meditado como una hora!

Para mí, esto de garabatear, es como un juego; aunque no he salido muy bueno para esto de los dibujos. Quizás me pasa a mí lo mismo que con lo que los mayores llaman “pintura abstracta”: que uno dibuja una cosa sin querer y los “entendidos” se ponen a interpretar algo diferente. Con ésto, los verdaderos genios son ellos y no uno, que humildemente, solo trataba de “crear” algo distinto… Además, a mi no me gusta estar siempre haciendo lo mismo; y, como soy un poco inconstante, mi papi siempre esta diciendo que soy un “majadero”.

Al principio yo “creiba” que esa palabra se escribía con “h” (mahadero). Es que, a pesar de mi corta experiencia, antes había pensado que esta palabra tenia que ver con algo relativo a “majada”; de ahí que no estaba muy seguro de su real y verdadero significado. Entonces, le pregunté a la señorita Heather, en la escuela, y ella se puso a consular la palabrita (que ahora es como mi segundo nombre) en un libro que ella dice que se llama diccionario. Es un libro que a mi no me gusta, porque es muy grande y pesado, con letras muy chiquitas y no tiene dibujos de colores. Además, siempre se requiere de otro libro grandote para pisar sobre él y alcanzarlo, porque le tienen guardado en un estante muy alto!

La profe se puso un poco molesta y confundida (talvez porque aquí también creen que cuando uno pregunta algo es porque, claro, se ha vuelto majadero); y me dijo que habían dos posibilidades. A saber: maza o pértiga para majar (lo que no ha de ser la intención de mi papi – ni cagando – porque el no sabe qué cosa es maza, ni pértiga, ni majar. Así que, descartado!). La otra alternativa (perdonen el uso de esta última palabra, que les parecerá un poco rimbombante, pero es que no me quedaba tampoco otra alternativa…), es la de que quiera decir “necio y porfiado”, que creo que talvez es lo que quiere significar mi papá.

“Tonces”, le pregunte a la profe, que quería decir esto de “necio y porfiado” y ella cogió otro libro grandote y esta vez me explicó que significaba probablemente “silly”, o también “bird brained”, o lo que se dice por aquí “spoiled brat”. No creo que mi papito me quiera decir tonto o idiota (que es el significado reverso de “silly”); ni tampoco cabeza de pájaro, porque siempre me está diciendo: bravo, bien hecho, “good job” Benjamin! Lo que sí me parece que es la intención de papi, queridos tíos, es significar eso de “spoiled brat”, que parece que no quiere decir: dañado o podrido; sino más bien: malcriado, mimado, travieso y consentido.

Aquí estoy de nuevo confundido; porque no creo que papi me quiera decir que soy un malcriado; ya que él mismo me ha criado (y creado). Así que no queda sino una alternativa (disculpen otra vez): la de que me quiera decir que soy un travieso, cosa que sí soy (porque dizque no existe ningún niño en el mundo que no sepa hacer travesuras); o también, que talvez quiera decirme “mimado y consentido” (“conceited”, o engreído según la señorita Heather), lo cual tampoco encaja porque yo y mi hermanito Lucas vivimos solos con nuestros “papases”; y ellos son los únicos que nos pueden consentir o mimar. Y, yo me digo: si mimar o consentir resulta que es algo malo, entonces por qué nuestros padres nos miman o consienten tanto? Ah, a menos que… Claro!

Cómo no se me había ocurrido antes!… Resulta que antes de venir para nuestra casa de Australia, pasamos unas pocas semanas en casa de nuestros abuelitos, que, la verdad sea dicha, nos trataban como si fuéramos unos príncipes en su apartamento de Waterside. Éramos tan afortunados con el loco del Lucas, que teníamos una empleada filipina para cada uno, nos daban todo lo que se nos antojaba y nos lo concedían aún antes de pedírselo. Era como que si nos estuvieran adivinando. Mi papi Bernardo cree que desde entonces nos hemos como mal acostumbrado y se empeña en echarles la culpa a los abuelos que, como les he contado, ya casi nunca vienen a visitarnos. Ahí es cuando, mi papi sale otra vez con esto que se ha convertido como en mi nombre intermedio; y vuelve otra vez con lo de majadero, majadero (se pronuncia “mahadero”).

El otro día me volví a preguntar qué mismo quiere decir esto de mi nuevo sobrenombre; y se me ocurrió que quizás quiere decir “el que acarrea o lleva la majada”, por aquello de que no me ponen bien ajustado el pañal y ando derramando poquitos de “popó” por todas partes. Pero volví a confundirme nuevamente cuando oí que en Madrid hay una barrio exclusivo que se llama Mahada Honda y, según creo que le oí decir a mi abuelo, que él había ido una vez en España a un restaurante llamado “La Majada”. Como en el otro libro grande la profe encontró que “cattle dung” es la apestosa traducción de majada, creo que esta vez ella se molestó “muchisisimo” cuando le pregunté y me ha mandado a casa con una carta de la escuela en la que dice que estoy “hecho un majadero”!

Bueno tíos, esto era todo lo que quería contarles. Ahora sí creo que me despido, que tengo que hacer unos nuevos garabatos, que me mandaron de deber. Así que, verán, dejaránse ya de majaderías, y escribirán algún rato. “Veniranme” a visitar!

Su sobrinito,
Benjamin “Majadero” Vizcaino-Lua
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09 marzo 2010

MacGyver y los tiburones

El era un niño grande; un niño grande y acomodado que, como tal, era dueño de todos los juguetes inventados en el mundo. Y sus juguetes no eran elementos para seducir o para alardear; eran instrumentos para convocar, para inspirar y compartir. De ahí que, quienes disfrutábamos más con su entusiasmo y con su infantil novelería éramos justamente sus vecinos ocasionales de vacación en la playa; en un tiempo en que creíamos todavía que Casablanca era de nosotros; mucho antes de que nos informaran que Casablanca había pasado “a ser ya de todos”…

El tenía no sólo todos los juguetes. Tenía también todas las más sorprendentes e imaginables herramientas. Era como si poseyera una gran navaja suiza, con instrumentos adecuados para arreglar todo lo descompuesto; para rehabilitar todo lo que pudiera encontrarse sin funcionar. Además, su generosidad aportaba el más inusual de los implementos: la capacidad para compartir, la voluntad para ofrecer y la vocación para el desprendimiento.

Nadie lo llamaba por su nombre, desde que un día, inspirándose en la serie de televisión, lo había apodado de MacGyver, el Cabezón Vallejo. Porque nuestro buen vecino tenía de todo: autos con poleas, luces alógenas y doble transmisión; “cuadrones” y motos acuáticas; aparatos para medir la latitud e instrumentos para calcular alturas y distancias; en fin, todo cuanto estuviera en capacidad de seducir y de despertar la escondida curiosidad infantil que nunca perdemos. El había descubierto muy temprano que la vida no es sino un permanente acto de resistencia por nunca dejar de ser muchachos. Ya lo había dicho Lewis Carroll: “No somos más que niños pequeños que no quieren ir a acostarse!”

Esa tarde decidí dejarme contagiar por su entusiasmo. Acogiendo su invitación, me dispuse a conjugar el verbo que antes sólo había sido sustantivo. Y… opté también por “MacGyverizarme”. Me dejé embrujar por su convocatoria para ir a esquiar en su moto acuática; asunto que hasta mis entonces cuarenta años, jamás lo había intentado todavía. Qué tenía que perder? Cómo decirle “no” al campeón de la novelería, al dueño de todos los juguetes, al poseedor de todos los recursos, al más entusiasta y optimista de todos los vecinos? Cómo dejar pasar una oportunidad para la vivencia y para lo nuevo; si, de por medio estaba su espíritu desbordante, listo para compartir sus diversos y curiosos implementos?

El sol amenazaba ya con ocultarse aquella tarde. Las olas acariciaban con sus alamares de espuma, mientras los últimos bañistas disfrutaban los rezagados fervores de una jornada de playa. Montados los dos, en su cabalgante vehículo, MacGyver y yo, nos metimos en el mar, mientras unas nubes intimidantes iban escondiendo el disco de fuego que se iba perdiendo en el firmamento.

Pronto estuvimos lejos de la línea de costa. Y, buscando un lugar donde ejercitar nuestros deportivos empeños, nos ubicamos en una zona desde la cual se podía observar un paisaje casi inédito. Casablanca se convirtió de pronto en un escorzo de nacimiento navideño. El tranquilo emplazamiento mirado desde el mar pasaba a adquirir un paisaje irreal, una imagen de secreto privilegio. El viento se dejó influenciar entonces por la inquietud de las nubes vecinas, y empezó a subvertir la antes propincua tranquilidad del mar, provocando crestas que se fueron tornando más traviesas e inquietas, a medida que pasaba el tiempo.

En forma casi instantánea, nuestros propósitos habían cesado de relacionarse con el deseo de desplazarnos utilizando su “jet ski”; y habían pasado, mas bien, a orientar todo nuestro esfuerzo hacia un solo objetivo: mantenernos en control de este vehículo acuático que parecía, por momentos, imposible de ser dominado a pesar de nuestros renovados intentos. Tratamos de abordarlo los dos muchas veces; buscando la forma de recuperar nuestro balance para retornar a la playa, con la decisión ya tomada de postergar nuestro inicial proyecto. El mar, mientras tanto, se iba haciendo más y más avieso; más agitado, indócil y turbulento.

La noche fue apoderándose entonces del paisaje. Un caprichoso juego de luces que se encendían fue sobreponiéndose sobre el lienzo verde negruzco que iban adquiriendo las montañas; al tiempo que, los postreros fulgores del sol iban reflejándose en el espejo de la playa. Cada vez que, MacGyver o yo, procurábamos montarnos a horcajadas en el aparato, caíamos nuevamente al mar, en una constante y creciente frustración, que iba entorpeciendo nuestra intención y debilitándonos cada vez más, con la insistencia en nuestro inútil esfuerzo.

No parecía que estuviésemos tan lejos de la playa; quizás estábamos sólo a unos quinientos metros. Pero el desorden de las aguas y el efecto de estas olas encrespadas, sólo dejaba sin efecto nuestros agobiantes empeños. Intentamos remolcarnos el uno al otro, repetida y mutuamente, sólo para descubrir que un chorro de agua contaminada con el combustible de la maquina, no dejaba ver, azotaba nuestros rostros, nos impedía respirar y se iba metiendo en nuestras bocas y nuestras narices; además, la temperatura del escape de salida del motor, no permitía aproximarse tampoco a la parte trasera del inestable aparato.

Esos largos minutos nos obligaron a meditar en la inmensidad del mar y en el poder incontenible que suele esconder la naturaleza. Fueron también instantes agónicamente prolongados para reflexionar en nuestras pobres limitaciones humanas y en la impredecible condición de la fortuna de los hombres.

A medida que la noche se iba haciendo más oscura, el mar se iba convirtiendo en más encrespado y tenebroso. Una suerte de complaciente y resignado pánico empezó a apoderarse de nosotros. Otras luces fueron encendiéndose en la ribera del mar, denunciando así la preocupación de nuestras familias por el peligro de nuestra condición ya precaria. Tratábase de la conciencia de nuestra prolongada ausencia; una conciencia a la que se sumaba la sensación de impotencia de quienes, desde allá, no podían hacer nada más que proveer una improvisada línea de luz para facilitar nuestra orientación, mientras consultaban y consideraban la posibilidad de un rescate que pudiera ser ensayado con éxito.

“Déjame en el mar, y vete a buscar ayuda” le exhorté. Habíamos advertido que uno solo de nosotros sí podía mantenerse erguido en este arisco aparato. “No, Capi”, MacGyver me amonestó. “Si te dejo solo, no te vamos a encontrar a nuestro regreso: te habrán devorado completamente los tiburones”. La respuesta había definido la gravedad del momento; y también y sin que lo advirtiera, todo el poder que puede tener la tranquilidad frente a la desazón, la solidaridad frente a un momento de desesperación en la búsqueda de la sobrevivencia. Ahí, en medio de ese océano agitado y avieso, en medio del reconocimiento de nuestro agotamiento e impotencia, la voz de estímulo de un amigo me decía: “Salimos juntos para contarlo; o nos quedaremos aquí, si fracasamos en el intento!”

No sé que fue más fuerte: el temor a los atroces y gigantes peces; o el solidario esfuerzo por superar el paradojal momento. Optamos por insistir en volver juntos de regreso. Abrazado yo al borde posterior de “jet ski”, decidí entonces soportar en el vientre la ardiente temperatura del fogoso escape; y avanzando lentamente y con el motor en una aceleración muy baja, fuimos descubriendo que ahora el vehículo iba avanzando y acortando la distancia con la playa. En medio de ese indescriptible cansancio, por fin íbamos retornando a poner pies en una tierra en la que nos esperaban con ansiedad, preocupación y afecto.

Sólo más tarde pudimos hacer un balance de la inexpresable experiencia. MacGyver y yo nos habíamos burlado esa tarde de la muerte. No lo pudimos celebrar como hubiéramos querido. Teníamos un inédito dolor en todos los músculos del cuerpo; no nos quedaban pues fuerzas en los brazos para tomarnos un trago para celebrar la vida. Además… ya nos habíamos tomado tantos y tantos salinos bocados en nuestros infructuosos intentos! Dejamos el brindis y la celebración para otro día, cuando yo podría reconocer el momento generoso que había difuminado con la fuerza de su solidaridad un casi mortal encuentro!

Chicago, Marzo de 2010
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06 marzo 2010

Cacaseno / fantoche!!!

Si, así, como si fuera una sola palabra; como incluyendo el signo ortográfico que contiene la barra oblicua; fue ese “cacaseno / fantoche” el apelativo predilecto que solía utilizar la abuela. Y… no sé de donde lo sacó; ni en donde lo aprendió; ni por qué lo usaba, en un tiempo que habían dejado ya de utilizarse palabras como ésas, a pesar del uso ocasional que todavía tenían ciertos sustantivos como: futre, meca, escudilla, faite y paletó. “Ve, ya deja de estar elevado y ponte a hacer los deberes, cacaseno fantoche!”; “Ya deja de bostezar, indevoto, y atiende al rezo del rosario, cacaseno fantoche!”…

La verdad es que el inofensivo insulto no dejaba de tener un doble efecto; porque a más de incomodarme, despertaba en forma inevitable el inocultable regocijo de todos mis demás primos. Es posible que el adjetivo haya insinuado un contenido onomatopéyico; porque, en un ambiente recoleto y mojigato como el nuestro, no debían tampoco mezclarse dos palabras impúdicas y groseras, como además resultaban “caca” y “seno”. Lo cierto es que, con el tiempo, pasé a ocupar la indiscutible titularidad del remoquete; que, dicho sea de paso, siento que su uso escapaba a la real intencionalidad de la abuela, quien parece que lo empleaba para un giro que insinuaba otra, y muy diferente, intención.

Hoy, medio siglo después, hago ejercicio de mis “internáuticas” habilidades, gracias a las bondades de navegación que ofrece esa enciclopedia tan versátil que es el Internet; y descubro que el sustantivo “cacaseno” se refiere al sujeto despreciable y necio; advierto también que el nombre estaría basado en un personaje literario de un autor italiano, cuya obra principal se titulaba “Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno”, cuya adaptación castellana estuvo muy extendida en la España de principios del siglo pasado.

Sería, me pregunto, que quizás esa influencia tuvo vigencia en la infancia de mi abuela, en la casa de ese comandante austero que parece haber sido mi bisabuelo Gaspar? Pero, así y todo, guardo la sospecha que la segunda parte del original remoquete, aquella de “fantoche”, tenía una intención bastante mas cercana a la connotación de “payaso”, que a la de “persona grotesca y desdeñable”, o la de “sujeto necio y presumido” con que se identifica la definición del diccionario. No creo, tampoco, que el “fantoche” usado por la abuela, haya querido referirse al “muñeco grotesco movido por medio de hilos”, de la otra acepción académica.

Sea lo que sea; y, haya salido de donde haya salido el uso originario del adjetivo en la familia, el resultado fue siempre lacerante y concluyente. Estaba claro que se lo endilgaba a quien se había destacado en el infamante arte de la tontería; a quien se hubiese puesto por encima de sus semejantes en la ciencia inexacta de la zoquetada, en el oficio vergonzante de la estolidez. Cacaseno y fantoche! Que podía parecer mas ignominioso e inapelable? Acaso, no hubiera sido preferible ser acusado de una vez de grotesco y presumido, de despreciable y necio?

Pero, una buena noche, justifiqué con creces la incomoda afrenta del reiterado apelativo. Podría decirse que con el episodio adquirí la condición de fantoche profesional; y de inmortal, y para siempre, cacaseno. Y todo porque en mi infantil ingenuidad, me deje engañar como desdeñable bobo; y así propicié el que me estafaran, no sólo como a un chico desprevenido; sino, también y precisamente, como a un incuestionable e increíble cacaseno!

La cosa es que, tendría yo unos doce años. Me habían enviado a entregar una encomienda en el correo. Regresaba ya, cumpliendo la adicional asignatura de contabilizar todos los bloques de las veredas entre el correo y la Plaza de San Blas (entonces uno de mis pasatiempos favoritos); cuando un individuo de rostro macilento y misteriosa catadura, se me acercó desde atrás y me averiguó en forma confidencial:

“Niño… es usted de la familia de aquí arriba?”

“Qué, de la familia Moncayo?”, le respondí.

“Sí”, continuó el extraño personaje. “Pero… Shhh! Procure hablar un poco más callado! Me envía su papá para que le entregue un paquete con relojes, pero no hable en voz alta, porque nadie debe enterarse de mi cometido!”

En ése entonces papá vivía en Tulcán; y me parecía inusual que él me estaría enviando ese tipo de mercancía con una persona desconocida; pero la urgencia que exhibía el individuo sumada a la demanda por actuar con sigilo, me llevó nuevamente a interrogarle:

“Qué, me envía esos relojes desde Tulcán?”

“Sí”, se apresuró en contestar el inquietante individuo. “Y me ha pedido, además, que le pida a usted que me entregue la pulsera y el reloj, para que les bañe en oro, en un laboratorio que tengo en mi casa!”. “Pero, tiene que darse prisa” continuó; “Porque quiero entregarle ahora mismo y tengo que retirar los relojes de mi casa. Y creo que ya se nos está haciendo un poco tarde!”

Era ya casi la hora del crepúsculo vespertino. Los últimos destellos del sol se iban escondiendo tras los cerros de occidente. El talante nervioso y sombrío del supuesto emisario, supongo que subrayaba el contraste con el del rapaz ingenuo y carente de malicia que perseguía sus apresurados trancos. Cruzamos gran parte del centro de Quito con este ritmo apresurado, dejamos atrás La Plaza del Teatro, subimos hacia La Plaza Grande, atravesamos San Francisco; y, una vez que le había ya entregado mis pertenencia para que experimentaran ese enriquecedor recubrimiento, entró el personaje en la que me informó que era su casa y me pidió que le esperase en la vereda contraria. Para esta parte, yo había ya dejado germinar unas inconstantes sospechas, convencido como estaba, de que no me iban ésta vez a tomar, claro, por un simple y ordinario cacaseno!

Pasaron minutos interminables y entonces el emisario reapareció nuevamente, exhibiendo ésta vez toda su nerviosa actitud de confuso atolondramiento. Esta ocasión, me devolvió temporalmente mis prendas a punto de ser enriquecidas. “Mi mujer no está en la casa”, me explicó; “Pero, vamos a la Casa Vivanco para ordenar que hagan el trabajo que me ordenó su padre. Ah, pero mientras tanto - continuó - espéreme en la Plaza de Santo Domingo, frente al Ministerio hasta las ocho de la noche. Pero hágalo con discreción, porque su papá no quiere que nadie se esté enterando! Es que… son unos relojes de contrabando”, me confió, casi como que compartiría conmigo un cómplice y misterioso secreto.

Ya, sin mi pulsera y mi reloj, esperé ésa vigilia interminable hasta bien pasadas las diez de la noche. En medio de mi ansiosa e infantil expectativa, no había alcanzado a intuir cómo un tipo ajeno a la familia podía estar tan enterado de tantas circunstancias relativas a los íntimos aspectos de mi casa… Hasta ésa triste noche no había tampoco sospechado del alcance e ingenio de la maldad y picardía ajenas; ni que “su casa” era realmente el Hospital San Juan de Dios (habría de enterarme con los años); y, menos aún, que mi inolvidable personaje se había pasado ésa noche de “fantoche” y me había entregado, desde ya y para siempre, el birrete de graduación de mi título profesional de “cacaseno”!

Chicago, 7 de Marzo de 2010
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02 marzo 2010

Un ego que desborda su cauce…

(A PCC, con amistad; y porque… hay reacciones que desbordan su cauce)

Si, eso es lo que me han dicho, en días pasados; que tengo un ego que desborda su cauce… Han querido decirme talvez que soy vano e inmodesto; narcisista y presuntuoso! Se muy bien que no es bueno estar enamorado locamente de uno mismo; ni siquiera estar enamorado de uno mismo, así, a secas. Pero quizás haya una gran diferencia entre un orgullo natural (y muchas veces justificado); y, una presunción innecesaria e inadecuada; o quizás, una actitud de vanagloria que se identifique con el alarde.

Es probable además, que lo que le gente interpreta como presunción, o talvez como altanería, no sea sino una sesgada manera de apreciar la actitud natural de dignidad que algunas personas poseen. En este sentido, una cosa es la altivez y otra muy diferente la mencionada altanería. Desde niño aprendí a discriminar esta sutil diferencia; y, desde chico también, aprendí que era bueno emular este sentido de la dignidad que las personas pueden irradiar con la forma de pararse o de caminar; con la forma de expresarse o de participar. En definitiva, que siempre hay una manera más elegante de hacerse sentir, sin caer en la afectación, ni en la pedantería. Y esa manera de participar y hacerse sentir, que casi siempre es involuntaria, se la puede interpretar a veces como elegancia y altivez ; pero, también otras veces, como simple orgullo o inmodestia; como actitud de innecesario alarde; o como actitud arrogante y esquiva.

Años atrás, cuando yo era un joven copiloto, un conspicuo comandante de Ecuatoriana de Aviación, que siempre se caracterizó por su irrespeto al statu quo y a las normas establecidas, me increpó un “lo que pasa es que usted, compañerito, ya se siente comandante”, frente a una de mis frecuentes discrepancias con sus continuas y temerarias improvisaciones, con sus inexplicables e indisciplinados aspavientos. Mas tarde, en la misma empresa, alguien se refirió a mi talante con una palabra inglesa que se traduce como “presuntuoso” en forma incuestionable (conceited).

Dicen por ahí que “cuando el río suena, piedras trae”. Y también que “tanto va el cántaro al agua que al fin se rompe”. Fue pues, un buen día que conversaba de mis planes familiares con la madre de mi propia mujer, que ella reanudó su referencia a mi falta de modestia. Quizás, por aquellos días, cuando ella tenía la impresión que yo había empezado a probar las mieles del reconocimiento social (nunca las de la fama), es que me dijo, en forma imprevista, que yo me había hecho orgulloso (creo que usó el calificativo que usamos en la sierra: detalloso).

Hay por ahí un dicho. Dice que “la mujer casta no tiene solo que serlo, sino que también parecerlo”. Hago referencia a esta muletilla, convencido como estoy que muchas veces, no solo es importante sentirse joven, o saludable por ejemplo, sino también crear la impresión de ser joven o estar saludable; de parecer digno y erguido, de no presentarse cabizbajo o achacoso; de tener una actitud de garbo y elegancia. En suma, la capacidad de inspirar a los demás con una apostura que transmita ese orgullo natural de estar vivo, de ser, de estar despierto.

Yo era muy niño cuando pase de pronto a esa universidad de la vida llamada orfandad. Uno de mis más tiernos recuerdos es la foto de “Palmarés” que nos tomaron en forma individual ese primer grado en el Colegio La Salle. Cuando pasé a tomarme la foto que aún conservo, pude apreciar en ese estudio fotográfico unos pocos retratos de personas que parecían importantes. La fotografía del presidente Camilo Ponce resaltaba en esa sala de espera. Cuando pasé a posar para mi infantil retrato, fue ésa, la mirada del presidente, la misma que yo ensayé; además de su forma ladeada de inclinar con garbo la cabeza. Guardo todavía ese retrato como un símbolo, no solo de lo que pasaría a interpretarse como la definitiva impronta de mi propio carácter; sino además, como el sello de mi positivismo, y de mi fe ante mi mismo y ante la vida.

Era niño también cuando quise imitar el rítmico y acompasado caminar con el que se desplazaba mi padre. Era la suya una forma de anunciar que estaba dispuesto, que se sentía joven y que estaba vivo; era la suya una forma de proclamar un “estoy alegre, luego existo”. Desde muchacho también aprendí a apreciar el tranquilo caminar de uno de mis mas queridos tíos maternos; a él en particular siempre le conocí caminando (jamás tomaba un transporte público); pero nunca podría decir que lo vi apresurado; y, menos aun, que lo vi corriendo. De ellos aprendí que algo en uno mismo, siempre contagia a los demás. En cierto modo, ellos fueron mis primeros maestros como piloto… De ellos aprendí que la tranquilidad contagia tanto como la ansiedad, que la calma inspira tanto como llega a infectar el atolondramiento.

En días pasados dejé ese terminal desordenado del aeropuerto de Quito. Cuando me aprestaba a pagar por un par de revistas que adquirí para entretener el viaje, una persona se me acercó a preguntarme si yo había estudiado en el antes mentado colegio; y, provocándome una sonrisa que no supe disimular, si era yo el “famoso piloto”. Vine meditando, a través del viaje, en el titulo que puse arriba, a éstas mis reflexiones. Pero tuve que meditar también en lo buena que ha sido conmigo la vida; en el privilegio de la formación moral que me dieron en casa de mi abuela; en el del humanismo que me inculcaron los Hermanos Cristianos; en la suerte de mi prematura promoción profesional; en ésas, mis más de treinta mil horas de vuelo que me dieron la oportunidad de conocer a tanta y tanta gente; que me dieron la inigualable posibilidad de conocer las más variadas costumbres de la tierra; los lugares más insospechados, más impresionantes y más remotos!

Si, soy orgulloso, muy orgulloso! Procuro ser un hombre altivo que trata siempre de eludir la arrogancia; que no quiere ser, ni parecer, inmodesto o presuntuoso! Lo que sucede es que la vanidad, como la dignidad, son ríos que tienen un cauce; pero su naturaleza es un torrente que atropella las paredes de sus meandros, con vértigo y con brío. Y, a veces en las correntadas, arrastra consigo todo lo que se opone a su avance desbordante, a su empuje insostenible e impetuoso!

Anchorage, Marzo 2 de 2010.
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11 enero 2010

El desván

Era ése un lugar tétrico y oscuro, precario y tenebroso; habitado, quizás, por duendes ojerosos y por nunca testimoniados aparecidos. El paraje parecía sacado de los cuadernos de Poe, de la imaginación prejuiciada del mundo inferior del propio Dante. Era un espacio concebido para amedrentar a los hombres, para aterrorizar a las almas ingenuas. Y, no estaba localizado en una alejada quebrada del Itchimbía o de Cruz Loma, ni en el interior asfixiante de alguna sórdida caverna. Estaba ubicado ahí mismo, en la región más misteriosa de mi propia casa; la que en la calle Caldas había sido arrendada por mi propia abuela.



Se accedía a ella por una escalera en espiral, a cuyo estribo se amontonaban, sobre un soportal de carrizos, una resma desordenada de revistas viejas. Su uniforme título, de sonido cantarín y sugestivo, invitaba a furtivos placeres eróticos, a festivales adornados por danzantes “garotas”, a carnavales con jovenzuelas semidesnudas, proponiendo los placeres de la carne, con el lujurioso ritmo de sus insinuantes caderas.



O’ Cruzeiro; proclamaban en su portada estas publicaciones indiscretas. Ellas apuraron mis primigenios placeres onanistas y el primer descubrimiento de lo que un confesor oblato con aire de celoso seminarista, nos recordaba con frecuencia como los tres enemigos del alma: “mundo, demonio y carne”. Por esos días yo ya habría advertido el significado concupiscente de las “acechanzas del demonio”; pero, no alcanzaba todavía a entender qué de malo y pecaminoso podrían tener la redondez y bastedad del mundo; y, no se diga, la sabrosa sazón de un pequeño trozo de carne, ofrecido en nuestra frugal cena familiar. 



Era a través de ese corredor oscuro que se accedía al abierto emplazamiento de una esquinada azotea. Allí se ponía a secar la ropa nuestra; pero yo la utilizaba para dar rienda suelta a mis ensoñaciones, llorar a las primeras adolescentes que me cautivaron con su desdén o sus encantos; y para escribir mis primeros, precarios y desesperados poemas. Pero era el desván, ese espacio cubierto por un viejo y enverdecido tejado, el que había creado tantos temores y miedos; era ese zócalo saturado de muebles viejos, baúles abandonados y trastos sin uso, el que creaba en la casa tantos macabros recelos, tantas aprensivas reservas.



Yo simulaba una valentía inexistente por esos días. Porque en casa, simplemente nadie quería subir solo a la azotea. Y si por desgracia, alguien había olvidado en ella algo importante para ser utilizado al día siguiente, pues… ni hablar! No había para que provocar a los fantasmas, a los espíritus aviesos y clandestinos que nos esperaban con sus infernales embelecos, con sus rumores inciertos, allá donde en ese socavón peligroso y sombrío, terminaba la escalera. Quien iba a querer encontrarse manos a boca con el espantajo de un descabezado, o con la imagen desdibujada de una persona muerta!



Fue por eso que esa noche de Agosto, en un inusual alarde de irresistible arrojo, subí al soberado por mi cuenta. No sé si los sonidos del deambulante viento de verano, al rozar con los bártulos almacenados allí arriba, me invitaron a encender unas cuantas hojas de papel periódico, persuadido, como estaba, de la posibilidad de ahuyentar los monstruos traviesos con la claridad de una antorcha improvisada. Fue cuando, en medio de mi temeraria tarea, me pareció escuchar un ruido similar al de un leve y lacerante gemido; y, quien sabe si, fue mi imaginación la que me hizo percibir un rumor o la presencia de un bulto que estaba cerca.



Estaba ya en el camino de regreso, cuando en el postrer esfuerzo de mi intención, aceleré el ritmo de mi propia cadencia. Transcurrieron esos segundos entre el orgullo de dominar al miedo y ese deseo de ceder a los temores sobrenaturales, que al concluir el episodio crean en nosotros tanta vergonzante respuesta. Fuere lo que fuere, solo recuerdo que apresuré el ritmo cuidadoso de mis trancos. En el apuro del atolondramiento, no hice el pequeño esfuerzo prescrito para sofocar los rescoldos de mi improvisada antorcha, sin caer ya en cuenta que en pocos minutos los colchones allí almacenados y todos esos trastos alborotados, pronto se convertirían en el ático, en ardiente e infernal hoguera.



Ni yo, ni nadie, caímos en cuenta de la pavorosa magnitud de mi ensayo pirotécnico en forma inmediata. Pasados breves instantes, sin embargo, alguien advirtió el ya voraz incendio y dio la señal de alarma. Lo que vino entonces fue un verdadero pandemonio; miembros de familia que corrían de un lado para el otro; gritos, alaridos, imprecaciones; gente que entraba, que urgía, que ayudaba. Los bomberos llegaron más pronto de lo esperado, con sus mangueras y sus trajes, sus escaleras y sus hachas. También llegaron sin invitación todos los vecinos imaginables y todos, todos, los curiosos de la cuadra.



Guardo en mi memoria el recuerdo aterrador de mi involuntario experimento; como conservo también el recuerdo imperecedero del tamaño descomunal de esa mi casa de la Caldas. No puedo olvidar su corredor interminable, sus dos patios interiores protegidos de balaustradas, sus tumbados inalcanzables, su incontable número de recámaras. La memoria de aquella noche de chispazos crepitantes, violentos estallidos y estelas de fuego que envolvían y quemaban, habría de marcar mi vida para siempre; habría de chamuscar, con el fuego nunca controlado de mi exclusiva culpabilidad, ésta, mi alma tímida, elusiva y huraña.



Alguien propuso, entonces, que un residuo de los fugaces derroches, en aquella noche de conmemoración libertaria y de fuegos artificiales, habría sido transportado por los caprichos del viento, hacia ese desván tan oscuro y ominoso. No tuve pues que dar explicaciones a nadie. Habríase tratado, de la secuela y consecuencia del espíritu mismo de nuestro pueblo, de su ansia independentista y libertaria. Sí, Quito, Luz de América, se había convertido en luz y ardiente fuego que envolvió, con sus llamas y resplandores, el desván, la techumbre y la culpable conciencia de mis medrosos pudores infantiles. Ya nadie en el futuro tendría, tampoco, porqué recordarme con sus acusaciones o con sus quejas! Sí, nada más. Había que culparle a un chispazo juguetón e itinerante en esa noche de conmemoración y de retretas!

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08 enero 2010

Eso de viajar...

Escribo mientras espero mi vuelo en el aeropuerto de Pudong. Voy saliendo de Shangai hacia Sydney, este dia. Estoy saliendo a visitar a mis nietos. He madrugado. Veo, al mirar a mi rededor, que soy también uno de esos primeros pasajeros que han ya llegado a la sala de espera. En este sentido, soy también uno de los madrugadores esta fría mañana. Es curioso, pero esta innecesaria previsión, parecería una contradicción con mi oficio de volador, con mi actividad natural de viajar. Tiene para mi, lo tuvo desde siempre, algo de fascinante esto de desplazarse a lejanas tierras, esto de efectuar periplos a países ajenos y alejados.

En cierto modo, viajar estuvo siempre ligado a mi necesidad de madrugar. Quizás por ello, aceptaba las circunstancias del requerimiento: es decir, a pesar de sus inconvenientes. De niño habría de madrugar frente a dos instancias: los viajes para visitar a mi padre en otra ciudad; y los ocasionales paseos o romerías en mis días de escolaridad. No se si he comentado:, pero de niño yo pasé a vivir con mi abuela, luego de la muerte de mi madre. Papá, que era un espíritu inquieto y conquistador, aquejado por una virulenta bohemia ocasional; se había casado nuevamente, luego de su segunda viudez; pues había sucumbido otra vez a lo que el había escuchado en alguna parte: “el oscuro frenesí de la pasión y de la sangre”.

Fueron días difíciles los que pasé con mi abuela Carlota. A pesar de los rigores de su estrictez y de la frugalidad con la que ella nos formó; tenia una como religiosa misión en su particular manera de criarme: estaba persuadida, o tenía la extraña premonición, que estaba yo destinado a cumplir tareas no ordinarias, a ocupar posiciones especiales. Su hermoso nombre competía con la profunda melancolía de sus ojos azules y serenos. Mas, detrás de esa, su bien disimulada bondad, y de su inolvidable rosario, nunca dejó de ocultarse un tieso e infame látigo de color carmelita, que ella había tomado prestado de un descolorido maletín de cuero que alguien había olvidado en el soberado. Más de una vez, ciertas estrías en mi trasero atestiguaron sus colerines, como ella llamaba a sus iracundos arrebatos.

Papá no vivía con nosotros por esos días. Era él un personaje atractivo y pintoresco, de talante nada ordinario. El, en su afán de hacer reír, decía a menudo cosas llenas de ingenio, que parecían ir a tono con su natural chistoso e hilarante. “Los hombres somos polígamos y las mujeres monótonas”, podía comentar, con un estilo no carente de picardía. O, también: “Solo hay dos clases de mujeres: las que mandan y las que no obedecen”. Pero, como papá vivía lejos (era aquella una ciudad pequeña, larga y fría; avecinada a otro país y al borde mismo del mapa; y llamada con un nombre que se masticaba de un solo mordisco y que se consumía de un solo bocado: Tulcán); nosotros (sus hijos, al fin), soñábamos con la posibilidad de ir a visitarle, retando así al celo y a los ímpetus tenebrosos de esa mujer que se había dado a las labores de costura; y que pocos años atrás había optado por recluirse en los terrenos cenagosos de la oscura patria del resentimiento, del cautivante país de la nostalgia.

Madrugar entonces fue para mi, como el preámbulo necesario para estos tan esperados encuentros. Soy consciente que solo al final pasé a conquistar el favoritismo de mi padre; pero aun así, y antes de disfrutar de su secreta predilección, fueron estos viajes los que más tarde habrían de marcar mi disfrute por viajar; por preferir estos renovados tránsitos hacia la novedad, hacia lo diferente, hacia lo fresco. Fueron ellos mi opción inminente hacia la aventura, en mi curiosa búsqueda personal por un destino que entonces estaba persuadido que no sólo existía en los cuentos infantiles: el mágico país del nunca jamás.

Voy saliendo y me pregunto en qué mismo consiste viajar. Coincido con Ortega y Gasset, en que viajar no es ir a lugares nuevos. Es a menudo ir hacia los mismos sitios, hacia los mismos lugares, pero sabiéndolos mirar con ojos diferentes! Viajar es mi tarea y mi oficio; mi privilegiada oportunidad para renovar mis brios, para aligerar mi alma, para aclarar mi mente!

Viajo, luego existo… Viajar o no viajar; esa es la cuestión… Viájate a ti mismo… En verdad, en verdad os digo que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que uno que no ha viajado entre en el Reino de los Cielos… En el principio no había la luz, los hombres no habían aprendido todavía a desplazarse… En un lugar de la Mancha, de cuyos viajes no quiero acordarme... Donde las estirpes condenadas a cien años sin viajar, tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra… Bienaventurados los que viajan, porque de ellos ha de ser el Reino de los Cielos!... Esa, es gente perversa e ignorante, chusma aviesa e intrigante, que no ha leído, que no ha meditado, que no ha viajado, señorrrrr!!!
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