13 abril 2010

Sujeto y predicado

Podría decirse que se ha convertido ya en su frase favorita; o, dicho con mayor exactitud, en su palabra predilecta. Porque si alguien le pregunta a Felipe que cómo se siente o que cómo anda; el va a responder casi invariablemente que “cansaaaaado”. Así, arrastrando la palabra; como reteniéndola en forma tortuosa y agobiante; como impulsándola poco a poco y lentamente; como sosteniéndola con los dientes entre la garganta y los labios. La pronuncia así, como si alargara la segunda vocal; como si pidiera una tregua con un raro silbido. Entonces, si se le inquiere, él contesta, desde la profunda caverna de su agotamiento: “cansado, cansaaaaado”! Es por eso que ahora en casa, hay que hablar muchas veces entre murmullos y obligarse a un voto temporal de silencio, porque ahora “el Cansado” se encuentra “cansado”. Podría entonces concluirse que él ha convertido en sujeto lo que antes era sólo predicado. El Cansado, está “cansaaaaado”!!!

Y a mí, me preocupa mucho esto de sus continuos e inexplicables cansancios. Es que, él es un chico que no sale nunca, que no anda jamás con amigos, que nunca llega tarde, que hay que insistirle para que acolite alguna vez a tomarse un trago! Hay ocasiones, en las madrugadas, que escucho un ruido en la puerta de la casa; y es Felipe que está saliendo, cuando otros muchachos recién estarían entrando. “Soy yo, Pa”, me dice, y me explica que está yendo a retirar “la primera edición de la panadería”. Y yo me digo para mis íntimos y sorprendidos adentros: “Caramba, qué hijo que tengo! Vaya, qué maravilla es este muchacho!”

Su cansancio es sólo superado por su infinita modestia. Sucede que, a veces se escuchan unos lamentos en el cuarto de baño. No son otra cosa que sus quejidos desesperados. Intuyo que se ha visto en forma casual, otra vez en el espejo; y, cuando me acerco a comprobarlo, observo que se cubre el rostro para disimular su dolor lacerante y sólo alcanza a emitir un: “Me duele, me duele, me duele la cara de ser tan guapo”. Pobre Felipe! Mientras otros viven entre la ira y la esperanza, o entre el desdén y el desprecio; él vive entre su mágico y argentino espejito del cuento de Blancanieves y estos, sus incomprensibles cansancios! Pero, todo ello tiene una larga historia. Una historia con la que un día, él pasara a la historia. Y ya, no como Felipe el Hermoso, o Felipe el del Arco; y ni siquiera como Felipe el Inefable; sino llana y simplemente como “Felipe el Cansado”.

Por esto es que me animo a hacer esta breve apología; que va mucho mas allá de la distinción gramatical entre sujeto y predicado. En la escuela nos enseñaban las partes de las que se compone la oración, para que esta pudiera tener sentido completo; a más de coherente significado. “Chicos, qué es el predicado?”, nos preguntaban, y el coro de la clase respondía: “predicado es todo lo que se dice del sujeto”. “Y entonces, qué es sujeto?”, nos averiguaban, y el clamor del coro repetía: “Es la persona, animal o cosa de quien se afirma, se niega o se dice algo”. Me propongo pues, en esta ocasión, “decir algo” del “sujeto”; aunque corra el riesgo de que “mi defensa” se convierta en un largo e inconveniente “predicado”. Estoy conciente que mi exaltación puede desbordar los limites de los conceptos; hasta llegar al fácil terreno de la imprudencia; pero invoco la misma precaución de García Lorca, en La Casada Infiel, y aspiro a que “la luz del entendimiento me haga ser muy comedido”… Vaya, que difícil recado!

Porque “el sujeto” a quien hoy nos referimos, y de quien ahora “predicamos”, fue primero un famoso y pundonoroso guardameta que no se dejaba hacer goles ni por los delanteros más reputados. “Oro, oro, oro, mi arquero es un tesoro”, repetía la muchedumbre enardecida; y así fue, cuando justo se ganó el bien merecido remoquete de “Felipe, el del Arco”. Luego vino un “interregno” de ínfulas empresariales y actividades obrero-patronales que inclusive involucraron a nuestra empleada de servicio; a quien él había contratado para su sociedad mercantil de elaboración de “empanadas para entrega directa y a domicilio en todo el barrio”. Esta había sido una etapa fugaz, aunque le había dejado réditos económicos muy altos. Pronto, nuevas inquietudes, le hicieron descubrir sus escondidos encantos. Así fue como, la era de Felipe de las Empanadas o de Felipe el Generoso, dió paso enseguida a la etapa de sus primeras salidas, de sus primeras enamoradas y de sus primeros episodios románticos. Fueron aquellas, épocas realmente hermosas e inolvidables. Épocas en las que el buen Felipe, o “Felipe el Inefable”, habría de irse, en forma sucesiva, enamorando. O, como decimos en casa: “embelenando”, “enmatilando” y “encamilando”.

Surgió por ese entonces su primera dirección cibernética; aquella de (felipebsc-arroba-hotmail.com). Que, aunque los entendidos están convencidos que quería decir “Barcelona siempre campeón”; era realmente la premonición, que él habría tenido, de los que serían sus futuros enamoramientos emblemáticos. Sí, porque yo también estuve persuadido que lo del sugestivo “BSC”, era más bien el secreto acrónimo de las iniciales de las jovencitas, que a su turno, habrían de seducir en el futuro su agobiado y “cansaaaaado” corazón; es decir: Belén, Sorentilda y Camila (pero verán, no irán a contar a nadie!). Agraciadas damitas todas ellas, que, en su momento, fueron descubriendo sus innegables y seductores encantos. Lo de “Barcelona siempre campeón” quedó pues, ya sólo para disimular; ya que aquella era una meta deportiva altamente improbable, dado que la condición politiquera de los dirigentes de su adorado equipo torero, había convertido el “slogan” del cuadro porteño en un logro inalcanzable. De todas formas, las siglas han pasado ahora a representar una cosa muy distinta. Porque BSC, sólo quiere decir que Felipe “bastante se cansa”; manera como él mismo ha conseguido corregir su propia ortografía escolar en la frase “bive sólo cansado” (sic).

Sobrevuelo el Golfo de Carpentaria, en el nororiente de Australia, mientras termino este breve relato. Una íntima urgencia me invita a ir al baño. Son las cuatro de la mañana y estoy ya por concluir este viaje tan largo, pesado e inaguantable. Entro al baño y descubro un individuo que me atisba con curiosidad desde el otro lado del espejo. De pronto, siento también un extraño e indescriptible dolor en el rostro. Advierto que está a punto de estallar el azogue en el que ahora me reflejo; entonces, me doy cuenta que también me duele la cara. Compruebo con horror, que me duele la cara porque… estoy cansaaaaado! Muy cansaaaaado!

Sydney, 12 de Abril de 2010
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09 abril 2010

Gato Torero

(Recomendación de empleo)

Regreso ocasionalmente a mi tierra una vez por año. Me siento, un poco, como en casa cuando llego por fin a la sala de espera del aeropuerto de Miami, donde cada vez, tengo que tomar el vuelo final para llegar a mi esperado destino. Ahí mismo, encuentro siempre una variedad de personas conocidas que me saludan o me identifican. La característica de mi trabajo, que es una actividad diferente, crea probablemente esta suerte de artificio. Es como si muchas personas supieran quien soy. Porque, y lo digo sin inmodestia o vanidad, parece que para mucha gente resulto conocido.

Es probable que la natural circunstancia itinerante de mi profesión, produzca esta situación gratificante. Es, quizás, natural e inevitable: alguna vez pusieron sus vidas o la de sus seres queridos en mis manos… Es como si alguna vez yo hubiera sido su cardiólogo y su abogado; su guía turístico y su escribano; su consultor y su carrocero. De mí, alguna vez, dependió su seguridad y su vida. Ser aviador es todo eso. Es, ser el conductor del avión y el que satisface su comodidad y su seguridad al mismo tiempo…

Y sucede también que, una que otra vez, percibo una venia o una sonrisa; y no sé si es sólo la cordialidad natural que parecen tener los que viajan, o si es que mi frágil y traicionera memoria está intentando otra vez, uno de su caprichosos y tortuosos juegos. Es el terminal aéreo el lugar para la conversación improvisada, la charla espontánea, el comentario fugaz, la presentación no planificada, la risa que disimula la ansiedad, el nerviosismo que se esconde detrás del bostezo.

Es entonces que, esta última vez, noto una como contínua insinuación a la confidencia de alguien que también espera en ese congestionado terminal aéreo. “Creo que ya no se acuerda de mi, capitán” me dice un individuo con un aire que denuncia el pesado fardo de alguna tristeza, que no puede esconder la inconfundible impronta del sufrimiento. “Soy el Gato, mi capitán, acuérdese, el que manejaba las mulas de estiba de carga y los montacargas en el aeropuerto”. Recuerdo entonces a alguien que he dejado de ver desde hace quince o veinte años y que era un personaje querido y apreciado en el aeropuerto quiteño. Pero… reconozco que el “Gato”, que ahora recuerdo, era más bien un joven alto (más joven que yo), de ojos claros, bien parecido, pronto a la confidencia; pero, sobre todo, servicial, diligente y honesto. Y me digo “Dios, cómo hemos envejecido, cómo ha pasado el tiempo!”. En eso, caigo en cuenta que hay algo que no es normal en la forma en que a él le afectó, más que a mí, el paso del tiempo.

Es cuando que, como quien se desahoga y se confiesa, me cuenta su tragedia y la razón de sus ojeras y sus canas; de sus arrugas y sus tormentos. “El año pasado enterré a mi hijito, mi capitán”. “Tenia poco mas de veinte añitos, era oficial de policía. Era nuestra luz y nuestra alegría; nuestra ilusión y nuestro sustento!”.

Me parte el alma ver sus ojos derretirse en lagrimas; de ser testigo de su corazón destrozado; de reconocer su drama, su angustia desesperada, su insoportable sufrimiento. Me cuenta así, de la pasión de su hijo por el deporte, de su trote solitario esa mañana en el calor del estío porteño, de su infarto impensable, de la participación de la tristísima noticia, de su viaje apresurado para recoger al fruto perdido de sus días; convertido ahora sólo en despojos, sólo en funerarios restos!

No tengo palabras para reanimarle, para reconfortarle con mi voz de estímulo, para ofrecerle el respaldo de mi aliento. Yo, que guardo en mis bolsillos las palabras, no las encuentro en ninguna parte; soy inútil y torpe ante el dolor absurdo y atroz de su espantoso e inenarrable sufrimiento. Recuerdo mi lejano dolor como huérfano de padre y madre, la pérdida de mi hermano Adrián; pero no puedo imaginar siquiera la tragedia personal contenida en la pérdida de un hijo. Así es como finalmente entiendo su conmoción y su nostalgia; su agobiante amargura, su prematuro y voraz envejecimiento! “Hay palabras para significar las ausencias familiares, como viudo o como huérfano”, me dice, “para no hay una palabra en castellano para expresar la pérdida de un hijo”. No hay palabras para representar ese dolor, me digo yo para mis afligidos adentros!

Y así, como quien se seca con el reverso de la mano sus lagrimas, me cuenta un episodio hilarante y casi cruento. Es el motivo de su apodo, del porqué su familia y sus amigos no le dicen ahora Gato, sino “Gato Torero”. Sucede que al celebrar un acontecimiento festivo familiar, alguien propuso alegrarlo con la tienta de unos “toros de pueblo”. Fue ahí que lo que tenía que ocurrir, ocurrió: a alguien se le pasaron los tragos y se lanzó a los brazos de una dudosa y fugaz fama; y a los cuernos de un avieso y nervioso becerro. Al observar que el animal revoloteaba al imprudente intruso, que era uno de sus propios cuñados, el Gato, en un gesto de generosa y solidaria valentía, también se lanzó al rescate en temerario gesto. Comprendió entonces el alcance de términos como trapío, cornada y embestida; y descubrió en su propio cuerpo la incursión de la cornamenta del astado y el húmedo calor de su propia sangre, en esa tarde de recuerdos toreros. Ahora su apodo tenía nombre y apellido; ya no seria en el futuro el “Gato” a secas, había pasado a ostentar un taurino bautizo, al concluir el episodio que ahora cuento.

Hoy, el Gato Torero está sin trabajo y no sabe de otro oficio; que no es el de la lidia de novillos, sino el de la conducción de equipos de movilización y trasteo. Yo se que él es un hombre bueno; es servicial, es empeñoso y sabe hacer muy bien sus tareas; las cumple siempre con dedicación y esfuerzo. Hay, entre mi familia y entre mis amigos, quienes utilizan estas máquinas formidables que hacen en segundos lo que tardaríamos los humanos un año en hacerlo. Ayúdenme a conseguirle trabajo; yo, se los recomiendo. Creo que si le ayudamos a recuperar su actividad y su oficio, le habremos rescatado de su comprensible congoja, de su horrible depresión y de su doloroso momento. Creo que es un hombre confiable; creo que él es un hombre honesto. Ayúdenme, queridos amigos, a rescatar a este Gato de las arenas polvorientas de su ruedo de tristes nostalgias, de la cornada atroz del porfiado animal de sus desgarradores recuerdos.

Amsterdam, Abril 9 de 2010
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02 abril 2010

Iter Nautae

Hubo en mi tiempo, dos tipos de planteles educacionales: los confesionales o religiosos; y los laicos o estatales. Los primeros eran institutos privados y casi siempre regentados por congregaciones religiosas, preferentemente católicas; los últimos eran públicos, financiados por el estado. Una sutil discriminación económica se tornaba en inevitable, ya que los estatales eran gratuitos, pero los confesionales eran pagados. A pesar de todo, muchos hombres y mujeres que se destacaban, o se habían distinguido, en sus respectivas profesiones o en la actividad pública, se habían formado también en los establecimientos financiados por el estado. Destacaban entre estos, los llamados “Normales” que no eran sino colegios que instruían en los diversos métodos para dedicarse a la enseñanza. Uno aprendía allí la metodología para convertirse en maestro.

Por mi parte, la fortuna y el destino quisieron que estudiara, los doce años de colegio, en uno de los planteles confesionales. La razón, más que económica, creo yo que fue geográfica: después de la muerte de mi madre, cuando sólo tuve seis años, pasé a vivir en la casa de mi abuela materna, ubicada en la calle Caldas, “frente con frente” al Colegio La Salle. Esto resultó, como puede imaginarse, en algo que me proporcionó la indiscutible comodidad y ventaja de la distancia (o de la ausencia de ella); pero además, una serie de ocultas prerrogativas e invisibles privilegios: no me hacía falta ir a la tienda de la escuela en el recreo (simplemente corría a la casa a tomar mi refrigerio); saltaba al frente a recuperar los útiles olvidados y hasta “los deberes no hechos” o no concluídos; y gozaba de la confianza de los Hermanos, para una serie diversa de tareas, como las de ser sacristán, monitor o campanero.

De los Hermanos aprendí, sus conceptos humanistas; pero, sobre todo, valores como el orden y el sentido de comunidad. Hoy, rememorando a la distancia, aún recuerdo nombres asociados con personajes inolvidables: el Hermano Hilario, un octogenario español, encargado de la Procura; el Hermano Inspector de Primaria (que no recuerdo ya si se llamaba Isidro, pero a quien le decíamos Pupo), que tendía a reprendernos con su infaltable puntero; los Hermanos Federico y Hernán, quienes dejaron en mí las primeras reglas de escritura; el Hermano César Ignacio, de quien aprendí que los números se comportan en forma traviesa y que cuando se combinan, participan en una danza que se convierte en apasionante; el Hermano Carlos, un individuo de apostura altiva, aristocrática y afluyente, que vivía para solo dos objetivos: los equipos electrónicos de música y que quede siempre campeón su adorado equipo de básquet.

Hubo también profesores seglares. Recuerdo con especial gratitud y simpatía a un cubano apasionado por el cine y la filosofía, que nos sorprendió más de una vez realizando traducciones simultaneas de libros escritos en lenguas extrañas. Pero fue de un lojano, con aire metódico y refinado, que aprendí lo interesante que resulta contar una historia, las bondades que tiene eso de saber expresarse. De él aprendí, los secretos de la redacción; pero no con deberes asignados o con sus cartas a personas imaginarias, sino con su costumbre de contarnos una parte cautivante de una remota historia, que la suspendía justo en el momento mismo de la última campanada, en la postrera hora de cada tarde.

Le decíamos “El Exacto”, pero se apellidaba Beltrán. Era más bien un hombre solitario; era en cierto modo, uno más de los Hermanos de La Salle. No era sino un Hermano sin sotana; un Hermano de terno y corbata; eso y no otra cosa era este lojano inolvidable. Un dia descubrí que las tragedias y aventuras que nos contaba eran parte de la historia de su propia vida y no estaban sacadas de los libros de Julio Verne o de la imaginación de Emilio Salgari. Si de los Hermanos me quedó aquello de la confesión, como método de expiación; de él aprendí que para vivir hay que contar, que hay que saber comunicarse. El dejo en mí, este inquieto y extraño afán de confesión, que de rato en rato me invita a escribir una nota, a garabatear mis anhelos y mis ideas; a escribir mis temores; a deletrear mis pasiones, a expresar mis afanes.

Un buen dia se enteró que mi abuela tenia una pieza disponible en la casa. Fue entonces que se mudó por unas pocas semanas, a vivir él también frente a ese colegio, de cuyo inventario había pasado ya a formar parte. Descubrí entonces, a mis once años, que tenía guardado un tesoro fabuloso: era una pequeña alcancía en donde tenía ahorrada una cantidad incontable de monedas de cinco centavos, los llamados medios, o “medios reales”. Obedeciendo a una conjura familiar nos sustrajimos sus medios, con mis hermanos y primos, a través de un vidrio roto que tenía su ventana; sólo para descubrir con desilusión, que se requerían veinte medios para cambiarlos por un “Sucre”; y que, satisfacer con un Sucre la compra de golosinas para toda una patrulla de traviesos, había sido un logro irrealizable.

Han pasado ya los años. Me he convertido en piloto; me he ido lejos de la patria; me he alejado de la familia y de los amigos; y ese afán de confesión, se ha ido convirtiendo cada vez en más intenso. Mi deseo de contar se ha hecho cada vez más apreciable. Debe ser que, detrás de esa imágen adulterada de la libertad y de la aventura que parecería identificar la vida de los pilotos; existen largos y tristes momentos de soledad y hasta de aislamiento. Esto tiene una gran contrapartida: la soledad ofrece y regala momentos de reflexión; y permite ver el mundo y las cosas de la vida con otros ojos, con ojos distintos. Resultado de estas largas horas de meditación son, muchas veces, estos escritos sin pretensión a los que he dado por llamar “Itinerario Náutico”, y que un dia traduje al latín como “Iter Nautae”.

Tengo que “confesar” (acúsome Padre porque he pecado, no me he confesado como quince días…) que a pesar de la versatilidad que ofrecen los ordenadores, he perdido ya en tres ocasiones, muchísimos escritos que había pergeñado en este esfuerzo. En cada idéntica ocasión, he perdido los datos o la memoria del computador y no he guardado la copia de soporte, cuando me había propuesto este sencilla previsión en cada intento. Hoy, el Internet, y sus formidables y nunca bien ponderados beneficios, me permiten guardar con más seguridad mis humildes memorias, persuadido como estoy, que no me distingue ningún mérito; sino que sólo me anima esta urgencia íntima de decir y de contar; esta necesidad de confesarme.

Shanghai, Abril 3 de 2010
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01 abril 2010

MVP, MVP, MVP!

Tenía yo diecisiete años cuando fuí, por primera vez, a hacerme exámenes médicos para obtener mi licencia de piloto. Entonces, estos estuvieron a cargo de ese gran amigo que llegó a ministro de estado, el Dr. Raúl Maldonado. Luego de largos y minuciosos monitoreos y pruebas, me proporcionaron el veredicto concluyente de que “sí podía volar”. Las primeras frases de ese preliminar diagnóstico, habrían de constituir la característica misma (o, quizas, la carencia) de mis atributos físicos: “Delgado, hombro derecho caído, espátulas aladas”, comenzaba por describir el escueto reporte médico. Diríase que era una manera sofisticada de enunciar: “Flaco, esmirriado, (bonitos ojos) pero feo”.

Lo del “hombro derecho caído” anunciaba mi futura escoliosis (siempre tuve esta tendencia por ladear la cabeza, cuando me tomaban los retratos escolares); en cuanto a eso de las “espátulas aladas”, insinuaba unos omoplatos prominentes, que quizás obedecían a mi magra delgadez. Eran, digo hoy, como unas cortas y atrofiadas alitas, que confirmaban el diagnóstico final, el de que había sido encontrado apto para mis futuras actividades aeronáuticas. Desde ese entonces, tuve que acudir cada seis meses al Centro Medico de Aviación, para refrendar el testimonio de mi aptitud física.

Habrían de pasar cinco o seis años; y, como de costumbre, me había preparado para asistir un dia Lunes a la renovación del clínico rito. Una suerte de “cuidados intensivos” especiales, nos recomendaban a los pilotos prepararnos debidamente para dichos exámenes; y había quienes inclusive llegaban a practicar el ayuno y hasta la abstinencia (había entonces la seguridad de que el ejercicio sexual alteraba el ritmo cardiaco). Unos tomaban vitamina A para mejorar su desempeño en las pruebas de la vista, otros controlaban los últimos días el colesterol y alteraban su dieta.

La víspera del bendito dia, había un partido internacional importante en el Estadio Olímpico. Acudí allá con mi amigo Mariano, quien no dejaba de insistirme en que me tomara una cerveza. Su lógica era vertical y concluyente: “Si no puedes pasar un examen por tomarte una cerveza, es que no estás bien y no merecería que pases el chequeo médico”. Cedí entonces, a la recomendación ajena; y, no recuerdo ahora, si me tomé una, dos o muchísimas cervezas! El asunto es que al dia siguiente, no quiso funcionar la lógica salesiana de mi amigo Mariano y cataplún! … El electrocardiograma exhibió una lectura novedosa, que ya no admitía ninguna clase de justificación ni queja: “Latido irregular en el corazón, probable persistencia de leve murmullo cardíaco”. Elé, mierda! Lo que me faltaba! “murmulle” para mis adentros (así, usando el giro de la interjección en quiteño) Y todo por un partido de fútbol y por ceder a la tentación de unas pocas e insinuantes cervezas!

Vino luego una multitud insospechada de exámenes médicos. Nuevas pruebas fueron necesarias; que electro-cardiogramas, que eco-cardiogramas, que sono-cardiogramas. Todo lo imaginable me fue exigido, a más de inéditas pruebas de esfuerzo. Una serie complicada e impensable de nuevos términos cardiológicos pasaron a enriquecer mi exiguo vocabulario. Que soplo y latido irregular, que miocardiopatía congénita y que leve prolapso en la válvula mitral. Todo esto para concluir que, el tan anunciado “prolapso” era una condición frecuente en un alto porcentaje de personas. Un número elevado de pacientes, quizás un siete por ciento, viven normalmente con esta condición, me explicó el cardiólogo; hacen una vida normal, ejercen todo tipo de actividad, practican deporte y, lo que es más, en muchos casos viven sin haberse enterado de su condición toda la vida!

Como puede adivinarse fui reincorporado inmediatamente a lo que en ámbitos militares llaman la “línea de vuelo”. Nadie se paraba a decir: “Ahí va ese piloto que tiene el soplo, o la miocardiopatía congénita, o el prolapso en el miocardio”. No, había descubierto que tener un soplo, era algo casi normal; no lo típico, pero nunca algo "anormal". Era como tener un “tic” o una alergia; como tener el pelo lacio (tú mismo) o como tener pecas. Así que, otra vez a tus fierros, Alberto! A volar joven, y a olvidarse de los soplos, las arritmias y las miocardiopatías congénitas!

Desde entonces, ocasionalmente se detecta una leve irregularidad en mis pruebas semestrales. Pero… una que otra vez, mi “miocardiopatía” (que es mía, sólo mía) parece inquietar a los médicos examinadores; y me vuelven a pedir nuevas pruebas para confirmar que no es lo que ellos temerían. Es que, parece que además tengo un corazón muy grande (disculparán!) y, como decía la canción de Emanuel: “Es que este terco corazón, no se olvida, no se olvida…”

Mi terco corazón, se olvida en cambio que vivo lejos. Y, de rato en rato, me da nuevos sustos, a más de alarmar temporalmente a los doctores. Es que ellos no se habían enterado previamente que tengo este asunto que en inglés se llama MVP (se pronuncia em-vi-pi) y que es el acrónimo médico utilizado para designar esta caprichosa condición. Eso hace que, de tarde en tarde, tenga que andar por laboratorios, clínicas y hospitales demostrando la razón que existe para justificar el ritmo irregular que parece exhibir mi inquieto corazón.

Al principio no había intuido a qué se refería, esto de MVP. Y sólo más tarde comprendí, que quería decir: “Mitral valve prolapse”. Pues había pensado inicialmente que habían descubierto mis verdaderas y secretas iniciales (Mariano Vizcaíno, piloto); e inclusive mis otras habilidades con este órgano travieso llamado corazón; y que ahora el público proclamaba sin reparo “MVP, MVP, MVP”, que en lengua inglesa quiere decir “Most Valuable Player”, o Jugador Más Valioso (algo así como “campeón, campeón, campeón”).

Pero, nó! Había sido simplemente que tengo “MVP”! Es que... este terco corazón!

Shanghai, 2 de Abril de 2010
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31 marzo 2010

Tortura china

Parece que la tantas veces mencionada tortura china no era sino un método psicológico con el que se inmovilizaba al reo de cubito supino (tumbado boca arriba), para que le cayera sobre la frente un persistente goteo que terminaba por volverle loco. La parte mas grave quizás consistía en que el mencionado goteo no lo dejaba dormir, ni podía tomar de ese agua aunque se moría, literalmente, de sed. Fallecía a los pocos días el prisionero, con paro cardíaco, sin haber podido conciliar el sueño, ni haber podido saciar su sed. 

Cuando de torturas se trata, es especialmente famosa la historia de la cruel inquisición española con sus increíbles métodos y su Tribunal del Santo Oficio. Tarea que vino a reemplazar a la anterior inquisición, la medieval, que estaba controlada por el infalible Papa de Roma. Esta iniciativa instituida para preservar la ortodoxia católica; se ensañó en forma especial con musulmanes y judíos; con protestantes y supersticiosos; con herejes y disidentes en asuntos de la doctrina de la fe. Se ha insinuado que sus verdaderas motivaciones no eran sólo religiosas. El control político, los perjuicios sociales y hasta el interés económico parecen haber sido otras causas paralelas. 

Fue la época negra de la Iglesia Católica. Testaferros inicuos y elocuentes Torquemadas, sembraron el reino del pánico y del terror con sus infundadas acusaciones y su diabólica imaginación, para emplear la más impresionante variedad de martirios y de sanguinarios tormentos. La mera presunción de impiedad o de brujería, era suficiente para acusar al implicado y someterle a un juicio sumario, que, con frecuencia, había de terminar con el reo en la hoguera; forma simbólica de ofrecer al acusado un anticipo de las imaginarias torturas del mismísimo infierno. Y todo esto, en nombre de Dios y de la Santa Madre Iglesia. 

Que la ignorancia y la intolerancia religiosa hayan llevado a semejantes actos de barbarie, únicamente puede explicarse por la confusión intelectual de una época que avergüenza al proceso mismo de la cultura y de la civilización del hombre. Mas, lo realmente deplorable fueron las diversas técnicas que se fueron inventando para torturar a los convictos. Era la manera como los inquisidores buscaban propiciar la confesión y el arrepentimiento de los involucrados en estos horribles y espantosos procesos; que nada tenían de humanos, y menos aún de santos, religiosos, o divinos. Baste decir que, para que el acusado no sufriera en las llamas de la hoguera, se le concedía primero el piadoso beneficio de ser apaleado a garrotazos! 

Es legendaria la imaginación del hombre con esto de ver y sentir el desgarrador sufrimiento de los otros. Los métodos de tortura en la Edad Media incluían aparatos inventados exclusivamente para dicho efecto, con procedimientos como el punzamiento, la sensación de ahogo y el estiramiento de los miembros. Hoy mismo, con el avance de la tecnología y desde la disponibilidad de la corriente eléctrica, las fuerzas militares utilizan una variedad incontable de extraños como abominables procedimientos. Frente a ellos, resultan poco menos que “benignos” los empleados en el medioevo. 

Así como los hombres tenemos la tendencia a ver siempre como más verde el jardín del vecino; parece que también tenemos el curioso prurito de ver como más perniciosos y malvados los métodos de tortura ajenos. Debe ser por esto que, en lugar de ver la viga en el ojo propio, hemos preferido siempre ver la aguja en el ojo ajeno. Resultado de esta porfiada tendencia debe ser que los occidentales hemos inventado la expresión de “tortura china”, para representar una situación en la que se cause dolor físico o psicológico mediante la utilización de sofisticados medios, utensilios o herramientas que produzcan tortuoso tormento. 

Vivo desde hace muchos años en medio de esta cultura y estoy persuadido, por lo menos en lo que respecta a mi trabajo, que el único tormento que han desarrollado hasta llegarlo a perfeccionar, es el de tenerlo a uno sin ocupación; porque nada es menos halagador y más odioso que estar cerca de las fauces de ese dragón dormido llamado aburrimiento! 

Para ese sistema de tortura, no se requieren Autos de Fe, falsos testimonios, ni confesiones y penitencias. Esto de la “psicología reversa” se aplica con frecuencia por el sólo interés de establecer cuál mismo es la jerarquía. Y eso de cuestionar absurdas iniciativas puede ser más agravante que ser acusado de blasfemia, bigamia o sodomía… 

Pero los chinos han inventado también otras formas más modernas de tortura, como el bloqueo del Internet o el trámite engorroso en los procedimientos. Hoy mismo estoy imposibilitado de editar mi “Blog” electrónico, sólo por la disputa que ellos mantienen con la compañía Google, que es la propietaria de sus permisos y derechos. Me siento como amordazado la boca, como si estuviera enyesado las piernas en un baile de beneficio. Como decía mi padre refiriéndose a la limitación de alcohol en las restricciones médicas: “que me corten la luz y el teléfono; pero no el agua, pues cholitos!” 

Shanghai, Abril 1 de 2010


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Los otros “pelucones”

Vive mi patria una hora muy triste. Sufre una ausencia de valores y de sentido de colectividad que nos sumerge en el más oscuro de los pesimismos. Somos un pueblo escindido, que vive entre el rencor y la angustia; entre la desilusión y el resentimiento. Por todas partes, una actitud de bullanguera beligerancia va carcomiendo los cimientos mismos de la sociedad; va dejando por doquier la grosera impronta de su impostura, con las garras sucias del escándalo y la calumnia; de la acusación infundada y el altanero desafío. 

Repetidas desilusiones y frustraciones políticas han llevado a la gente a creer solo en los gritones de oficio, en los prestidigitadores de parque, en los magos improvisados; en los agoreros y en los adivinos. Una insólita carencia de verdadero liderazgo, va herrumbrando la base misma de los cimientos democráticos; va debilitando la entidad de las instituciones; y va entorpeciendo la mente de un pueblo al que desde ayer embriagaron con una verborrea de odio, para que olvide que únicamente con el esfuerzo de sus propias manos estará siempre la única posibilidad de mejorar su destino. Para que en su odio, no entienda que para alcanzar el progreso y el bienestar, se requiere aportar con trabajo y con esfuerzo; con abnegación y con sacrificio. 

Si los emperadores romanos procuraron ofrecer “pan y circo” en su tiempo; aquí los nuestros (nuestros fatuos emperadores criollos) quieren ofrecer, dia tras dia, sólo circo y nada más que circo. Un ambiente de burla artera y aleve, de ironía venenosa e irrespeto a la libertad ajena y a la dignidad de las personas, va enquistándose como nueva estrategia, como nuevo estilo. La condición de lideres ya no la ostentan los que orientan y los que inspiran; la reclaman los que han hecho de la deshonra su meta; y del insulto y la insinuación malévola, su derrotero y su camino. 

Ya no tiene mérito la honra bien ganada; no sirven tampoco ni el prestigio familiar, ni la fortuna obtenida con trabajo abnegado, esfuerzo y sacrificio. Una insinuación proterva va tratando de identificar a quienes jamás robaron un centavo al estado, con los pícaros y embusteros que medran siempre del poder y sus beneficios. Se ha desenterrado o exhumado un término chabacano y viejo para hacer escarnio de los que reclaman respeto a su honra y exigen un gobierno distinto. Se los tilda y acusa de “pelucones”, porque son diferentes, porque se resisten a compartir el banquete del poder; de ese poder en el que hay muchos llamados, pero pocos elegidos. 

Y en medio de todo esto, qué es lo que ha cambiado? Pues nada! Sólo que los que roban y aprovechan, ahora son únicamente personajes diferentes, son individuos distintos. Para desviar la atención de los efectos de la corrupción y el artificio, se acusa entonces a los que evitan complicarse y comprometerse; a los que han descubierto con repugnancia que los nuevos y falsos redentores son sólo personajes de una diferente comedia. Porque ahora son nuevos los personajes, pero las máscaras y los disfraces siguen siendo los mismos! 

Pero lo más triste es que los que acusan deberían ser mas bien los acusados; porque ahora los pícaros endilgan a otros sus propios e impunes delitos. Y los “nuevos pelucones” no son sólo les que ahora hurtan, trafican y pervierten. Los nuevos pelucones son los que han acumulado en sus ansiosas manos el control de la seguridad y de la justicia; los que han descubierto que son los únicos y exclusivos poseedores de la verdad. Son los que creen que sólo ellos merecen acceso a todo al poder político. En un ambiente así, se protege al que asalta y al que secuestra. Es el nuevo reino de la picardía. Y a todo esto, se le llama “participación ciudadana” y “control político”! 

Un ambiente de desconsuelo, inseguridad y desconfianza tiene enferma a mi patria. Pero como los síntomas son subyacentes y no muy claros, muy pocos se han dado cuenta, pocos parecen advertirlo o a nadie parece importarle este deprimente y criminal designio. Hoy se han redescubierto “nuevos valores” y son estos los que definen e identifican a los “nuevos pelucones”. 

Dos milenios atrás los hombres se congregaban en academias, liceos y ágoras, para hablar de conceptos espirituales y etéreos: la verdad, la bondad, la libertad y la belleza fueron los valores perseguidos por sabios y filósofos en la antigüedad. Era como si la civilización hubiese encontrado sus primordiales objetivos. Luego, con el advenimiento de la Edad Media y la revolución industrial fueron imponiéndose poco a poco, aunque de forma clandestina, las nuevas metas del dinero y del placer. El hedonismo y la riqueza, pasaron a ser los nuevos e importantes objetivos. Hoy, el impúdico nuevo lema es “el poder por el poder”. Ese es entonces el nuevo valor supremo; ese, y no otro, es el nuevo objetivo! 

Viví hace pocos días un episodio en un pequeño pueblo de la costa, que para mí, a pesar de su escasa trascendencia personal, fue muy aleccionador e interesante. Hacíamos fila, con mi amigo Francisco, para abastecernos de combustible en uno de los días de feriado de Carnaval. De pronto y sin que medie motivo, o gesto aquiescente, un individuo se introdujo en la parte delantera de la fila de manera abusiva, desconociendo así las básicas normas de civilidad y respeto. Me bajé del auto para reclamarle; sólo para encontrarme con los consabidos argumentos de su absurda y criolla picardía (no, yo ya estaba aquí, solo fui a regresar)… Obedecí al malestar y desacuerdo de todos los involucrados en idéntica espera y le invite a que fuera a “hacer cola” donde le correspondía. 

Lamentablemente algo parece haberle hecho recordar al individuo de sus escondidas prerrogativas. Esto le hizo reaccionar agresivamente. Le increpé que por eso el país vivía en el desorden; por culpa de gente que no aceptaba normas de respeto y disciplina. Que el país estaba así, por causa de gente como él. Fue cuando, antes de que me diera cuenta que estaba en tierra extraña, el “ciudadano” ya estaba soliviantando y convocando a sus cercanos amigos y conocidos; e inclusive a personal de la policía local, que evidentemente también estaba relacionado familiarmente con él… Todos eran sus amigos! 

Se invirtieron los papeles, de reclamador pasé a convertirme de golpe en acusado; de perseguidor pasé a convertirme ya en perseguido. Ahora era “la autoridad” la que me pedía a mí la licencia y no la que exhortaba y reclamaba al avieso e indisciplinado individuo. Pude advertir entonces, que un sentido de injusticia e inseguridad reinaba en el ambiente, sensación de la que participaban todos, incluyendo mi amigo y los demás testigos. Estaba claro: el abuso y la prepotencia se exacerbaban con este respaldo de quienes tienen en sus manos la seguridad ajena y la justicia… 

Comprendí entonces porqué la gente buena no quiere ya participar en los asuntos de la comunidad. La seguridad y la justicia no existen; ni siquiera importan a nadie. Simplemente están ya en manos de “los nuevos pelucones”. Ya nadie puede reclamarles; ya nada se puede esperar de los tradicionales valores por los que está obligada a velar la autoridad. Nada se puede esperar ya de estos aviesos individuos! 

Sí, “la patria ya es de todos”... De todos estos pelucones advenedizos! 

Shangai, 1 de Abril de 2010


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