22 abril 2010

Caldas 524, Segundo Piso

No es esa la dirección de la primera casa en que viví de niño. Hubo, por lo menos, otras cuatro, de las que aún me acuerdo todavía. A estas alturas, no se si sea indiscreto mencionarlo, el haber cambiado cuatro veces de casa en seis años, sólo puede deberse a dos posibilidades: el continuo afán de sentir a la familia mejor instalada, como quería mi madre; o, el incumplimiento en las obligaciones contractuales de arriendo, por parte de mi papá. Esto segundo, es posible, pero un tanto improbable, ya que siempre sentí, antes de mis primeros seis años, que vivíamos sin riqueza pero con cierta comodidad. Caldas 528 (otra casa vecina, en la que volvería a vivir unos años después), calle Ríos, pasaje El Dorado y, finalmente, calle Manuel Larrea fue la ubicación de las otras primeras casas donde viví en mi infancia y de las que aún conservo memoria.

Pero, Caldas 524, es la primera dirección con la que relaciono mi identidad. Allí, también, tuvimos teléfono por primera vez (11246); número al que luego de unos diez años pasó a adelantarse con un 2, cuando Quito empezó a convertirse en una ciudad con canales de televisión y con transporte público con carrocerías metálicas (sí, las carrocerías originales eran de armazón de madera, cuando el transporte infantil costaba sólo un real o diez centavos) y la leche no era pasteurizada y se expendía directamente cada mañana desde unas camionetas abiertas que ofrecían su producto lácteo mediante la promoción de un tempranero grito de “la leche, la leeeeeche!” que hacía despertar a la fuerza.

Allá fui a vivir, con mis dos hermanos menores, desde una triste y fría mañana de mediados de Noviembre que vino a buscarme y a recogerme del aula de primer grado de escuela, mi querido y jamás olvidado hermano Adrián. El se había colgado de las rejas de la ventana del aula esa mañana; había venido a decirme que “mami se había muerto en la maternidad”. No podré olvidar ya nunca su angustia, sus sollozos acongojados y sus hermosos ojos verdes, entristecidos por unas gruesas lágrimas que no le hacía falta disimular. Era esa la segunda vez que se quedaba huérfano y que él había tenido la desgracia de perder a su mamá…

Era esa una casa de tres pisos y dos patios, en donde las dos plantas superiores eran arrendadas en forma conjunta e independiente. Quiero decir que el piso inferior, era más bien un sótano acomodado para vivienda. En la parte delantera existían dos talleres artesanales: una zapatería y una carpintería; pero puede decirse que esa planta baja se había “tugurizado”, en cierta forma, en su parte posterior. Varias familias vivían allí a un mismo tiempo, en condiciones nunca precarias, pero tampoco nunca ausentes de limitaciones físicas y de privacidad.

Ocupábamos allí el segundo piso alto. Era ese un departamento con un corredor sinuoso e interminable, en donde muchas veces nos poníamos a jugar. La abuela hubiera considerado que nos hubiéramos mezclado inadecuadamente con “los de abajo”, y nos habría reprendido, si a esos fríos patios inferiores hubiéramos bajado a “patear el balón”, como ella llamaba a todos los deportes que usan cualquier tipo de pelota para su ejecución. Había en esa casa por lo menos siete habitaciones, pero dados los diversos y variados requerimientos de la familia, la sala y el comedor eran continuamente ubicados en un distinto e itinerante lugar. Ahora que tengo que recordarlo, estoy persuadido que dormí en todas y cada una de las diferentes habitaciones, convertidas ocasionalmente en dormitorio, durante la casi media docena de años que habría de vivir en ese lugar.

Los pisos no estaban separados por losas de concreto; estaban soportados sobre vigas transversales de madera; y estaban entablados con duelas “machimbradas” (machihembradas) que, al haber perdido la cohesión de su entrelazamiento, permitían observar y escuchar todo lo que pasaba en el piso inferior. Sin que lo hubiéramos querido y sin habérnoslo propuesto, esa circunstancia nos dejó saber cómo era que vivían los vecinos; y, sobre todo, cómo viven otras clases sociales. Esa fue una especie de educación social a la que tuvimos acceso. Así aprendimos de las cosas de la vida, las que no nos habían sido participadas por los tíos o por la abuela; de lo sórdida y abyecta que puede ser la vida de los otros; y, ante todo, de las vicisitudes económicas de “los de abajo”. Fue esa una especie de anticipo de las radionovelas que en el futuro habríamos de escuchar. Más tarde me enteraría que un tocayo mejicano de apellido Azuela, había empleado este mismo título, a principios del siglo pasado, para escribir una novela con un cierto contenido social.

Eran tiempos en que los pisos se “baldeaban”; es decir, se los lavaba con baldes de agua si es que no se los tenía que encerar. Es de imaginarse los continuos inconvenientes, las discusiones, y los reclamos circunstanciales que esta curiosa forma de limpieza producía, a los que vivían a nivel de la calle. Había que bajar y anticipar a los vecinos que “íbamos a proceder a baldear”. Pero, a más de su desaparecido “machimbre”, las duelas exhibían ciertos “ojos” o agujeros, que invariablemente la diosa Fortuna (que además brinda inspiración a los chicos traviesos) había colocado en esas tablas, justo sobre la cabeza de los artesanos que ejecutaban sus tradicionales tareas en los dos establecimientos que daban a la calle. Las primeras correadas que mi abuela aplicó a mis, hasta ahí, virginales posaderas, tienen que haber estado relacionadas con, esos, los primeros ejercicios de mi secreción salival…

Este tipo de vecindad incorporaba sus beneficios. Era como tener carpintería y zapatería dentro de la misma casa. Además, a pocos pasos había también papelería, panadería, sastrería y hasta una heladería. La cooperativa de taxis quedaba a tan sólo una cuadra. Había cerca tres iglesias, una escuela y un colegio; habían dos cines y dos parques a la vuelta de la esquina. En fin… eso era lo que hoy se llama buena ubicación y, sobre todo, comodidad! Podría decirse, además, que hasta teníamos nuestro manicomio privado e independiente; pero esto de los trasiegos que puede tener la mente o la conciencia, merece ser referido en forma mas descriptiva y puntual. Porque en la casa de enfrente vivían dos personajes inolvidables, dos seres dementes y trastornados que, como habría dicho Amado Nervo, “quien los vió, no los pudo ya jamás olvidar.”

Podría decirse, entonces, que mi infancia transcurrió entre la orfandad y la demencia; entre esos, los ocasionales e insoportables olores de las colas de zapatero o carpintero y el gratificante y estimulante aroma de las hogazas recién horneadas que con la etiqueta de “pan con vendaje” se expendían en la vecindad. Pero… para hablar de seres con el cerebro trastornado; y del cautivante aroma del pan caliente y fresco ya tendremos otra oportunidad!

Chicago, 22 de Abril de 2010
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16 abril 2010

Todos los abuelos

No es del todo malo hurgar la tierra del jardín, justo debajo de los árboles que más queremos. Lo que quiero decir es que no viene mal, de vez en cuando, volver la vista atrás y reconocer las raíces de nuestro propio pasado. Dicen por ahí, que cuando regresamos a ver, corremos el riesgo de convertirnos en estatuas de sal (y aún en estatuas de lágrimas). Mas, algunos recuerdos son como la sal de la vida. Tampoco viene mal irrigar con las lágrimas de la memoria nuestra propia identidad; es decir, las raíces de lo que somos, aun al precio de la nostalgia.

Viví desde los seis años con mi abuela Carlota, mi abuela materna. Era ella una cuencana que nunca había adquirido la singular forma de hablar de los azuayos, porque quizás, como dicen en nuestra tierra, “había salido a tiempo”. Temo que sus delicados y finos rasgos faciales, no iban de la mano, ni hacían juego, con su comprensible irritabilidad e impaciencia. Es que, se había hecho cargo a sus setenta años de tres mozalbetes traviesos, inconformes e inquietos. Había ella misma enviudado pocos años atrás; y el haber presenciado ese extraño cofre de madera, con los restos de su ya ausente esposo, constituiría para mí uno de mis más viejos recuerdos. Ella embozaba, con su austeridad, aquel corazón suyo tan compasivo e indulgente, adornado de muy tiernos y generosos sentimientos.

Mi abuelo materno respondía al nombre de Alberto. Su apellido era Moncayo y era riobambeño de nacimiento. Parece que había sido un hombre devoto: lo atestiguan viejos daguerrotipos y recortes de sus escritos, que han quedado en periódicos y cuadernos. Había dejado, en contra de su voluntad, su querida provincia natal, acompañando al éxodo de su primera hija (mi madre) hacia esa ciudad que para él era tan distinta a la tierra querida de sus vitales recuerdos. Llegó a Quito a morirse de desconsuelo. Mis tíos habrían de decir, con el tiempo, que mi abuelo extrañaba demasiado esa tierra, donde era conocido por todos y donde se sentía alguien; y que cuando vino a Quito, se había muerto “sólo de los nervios”. Nunca lo conocí, ni pude jugar con él, que para eso son los abuelos. Sólo me queda su imagen encontrada en unas pocas fotografías, donde la serena altivez de su rostro, no parece ir de acuerdo con esos ojos melancólicos y con su mirada ausente, saturada de nostalgias y tardíos arrepentimientos.

Y Alberto se llamaba también mi abuelo paterno. Papá nos llevaba a visitarlo de tarde en tarde. Era un viejo bondadoso de mirada impasible, detrás de la que escondía la ternura de sus reales sentimientos. Podía adivinarse que había sido un hombre alto y elegante. Nunca abandonaba una especie de silla de ruedas, a la que habían retirado sus móviles aditamentos. Cubría sus rodillas con una ligera frazada para abrigar su cuerpo. Hablaba con dificultad y respiraba con apremio. Había una mezcla de conformidad y de angustia en su rostro y en sus gestos. Se había puesto a esperar la muerte. Murió sano, aunque cansado. Murió de viejo… Creo que no se irán jamás de mi memoria su porte distinguido, su actitud afectuosa con sus nietos, y ese tortuoso respirar que poco a poco iba perdiendo vitalidad, energía, ilusión y aliento.

Este otro abuelo Alberto había enviudado de la abuela Rosa, la madre de mi padre; y había optado por desposarse con su cuñada Anatolia, para ese entonces un raro y no muy usual acuerdo. Los hijos que habrían de venir, serían a la vez sus sobrinos. La tía habría de convertirse en la madrastra; y mi papá pasaría a tener unos hermanos, que serían a la vez sus primos directos. Era la “Tolita”, que así es como la llamaban, un personaje diferente, obsesionado por los cascabeles ensortijados que adornaban las mejillas de su rostro y por las incidencias en la vida de sus parientes lejanos y de sus cercanos vecinos. Papá le regalaba con su afecto como si fuera su madre; y ella le consentía como si él hubiera sido su hijo primogénito. La recuerdo siempre sentada junto a la ventana, como controlando el paso de los “malos aires” para proteger al abuelo; y quién sabe, como esperando con curiosidad el paso de los vecinos; o simplemente, y con resignación, el paso implacable del tiempo.

Vivian estos abuelos en una calle empinada y empedrada que comenzaba en el viejo coliseo. Cuando llegábamos a su casa, parecíamos tan agotados que nos ofrecían de inmediato un refrescante refrigerio. Llegábamos pidiendo clemencia y por clemencia terminaban también estos quincenales encuentros. No había juguetes en esa casa, donde un olor a tierra mojada se había impregnado por todas partes, no sólo en los rosales del huerto. En esa casa no había otros niños y estábamos obligados a guardar un profundo y respetuoso silencio. Solo había dos abuelos sentados en un dormitorio saturado de retratos, tolerando el disimulado bullicio creado por la ocasional visita de sus innumerables nietos.

Concluyo esta nota recordando a dos amigos que tuvo mi abuela Carlota. Sus visitas eran siempre esporádicas; pero, en ambos casos, venían sin anunciarse. Podría decirse que nosotros las esperábamos con simpatía en el primer caso; pero no siempre eran bienvenidas en el segundo, al que aquí me refiero. Eran personajes contradictorios, y tan diferentes entre sí, que se hubiera dicho que la humanidad misma se clasificaba en un amplio espectro que se repartía entre esos dos extremos. El uno se llamaba Aurelio; la otra se llamaba María y estaba dispuesta a reclamar un dudoso e impertinente abolengo. Mama María Freile es como la conocíamos. Quizás ese era también su nombre de pila completo…

El primero llegaba desde Cuenca a ofrecer sus joyas y alhajas que las llevaba a mostrar en un maletín pequeño. Venia justo luego de la cena y tengo la secreta sospecha que le unía a mi abuela una suerte de romántico sentimiento. Cuando llegaba a visitarla, se suspendía el rezo cotidiano del rosario y todos quedaban absortos al escuchar el progreso en la salud de cierta sobrina que escuchaba un ruido demencial en su propia cabeza, soportando así un insufrible tormento. La otra era una anciana extrovertida y nada discreta. Vestía invariablemente unos trajes abotonados (estilo “Sastre” los llamaban) que le daban un aire policial de directora de escuela. Tenía una voz atiplada, amplificada con un tono alto, pesado y estentóreo; con él podría decirse que ella se había declarado enemiga mortal de la confidencia. Hablaba de todo con autoridad de especialista; pero procuraba no hablar de política, porque era ferviente velasquista y esto no siempre parecía entusiasmar a mi conservadora y religiosa abuela…

Siempre tuve la impresión de que ella escondía, detrás de su elocuencia, la carencia de esa cuna y ese abolengo, que parecía otorgar tanta altanería a sus novedosas afirmaciones y a ese garbo anacrónico con que desplazaba al caminar sus muslos y protuberantes caderas. Ella fué para nosotros como una ventana abierta al mundo. Con ella descubrimos que en la vida pueden haber disímiles criterios y también otras, muy diferentes, ideas. Saberla escuchar con paciencia y con respeto, fue la gran lección de tolerancia que siempre nos inculcó con sabia magnanimidad la abuela. Con sus visitas fuimos comprendiendo que el ardiente y fogoso discurso de algunos líderes inflama las esperanzas de los que sueñan.

Sydney, 16 de Abril de 2010

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Bitácora presidencial

Ya lo he comentado anteriormente. La abuela tenía un gran interés político y podía pasarse todas las tardes escuchando las deliberaciones del Congreso. Sentía ella una curiosa fascinación con las incidencias electorales y las controversias públicas. Cada mañana se prendía de la radio para escuchar los comentarios contenidos en un diálogo titulado “Las andanzas del maestro Juanito”. Le cautivaban las reacciones impetuosas que tenía el Profeta; pero nunca se confesó velasquista; y estoy convencido que jamás votó a favor del fogoso caudillo. Por eso es que justamente, me sorprendió una tarde que me pidió que le acompañara a la Plazoleta de La Alameda, para escuchar al Gran Ausente que regresaba esa tarde de uno de sus prolongados exilios.

Velasco Ibarra había pedido un balcón y había ofrecido que sería nuevamente presidente. Ese Sábado tarde, una fervorosa multitud se había congregado para escuchar ese mensaje, lleno de pasión, brío y sentimiento. Le acompañaban en esa tarima improvisada, junto al monumento a Bolívar, unos pocos dirigentes conocidos y sus lugartenientes predilectos. Sobresalía, por su figura más que por su tamaño, un personaje de barba pronunciada y gruesos anteojos negros. Se llamaba Manuel Araujo Hidalgo y había sembrado una fama de intelectual y de hombre de izquierda. Su vibrante y adornada oratoria, creó el preámbulo para el posterior momento. Cuando Velasco se acercó a los micrófonos, una atmosfera electrizante, uno como rumor telúrico y visceral definió el mágico momento.

Yo era sólo un muchacho de sexto grado cuando fui a vivir ese dramático y especial recibimiento. A pesar del tamaño que yo tenía, debido a mis pocos años, pude acomodarme entre la muchedumbre para aprovechar el mensaje y la forma carismática y brutal con que el tantas veces presidente, interrumpía sus frases, elevaba el volumen de su discurso y utilizaba recursos de gran efecto. Parecía pronunciar con la nariz las consonantes débiles y alargar las vocales donde se producían los acentos. De pronto irrumpió, amenazador e implacable, contra la prensa y la plutocracia; mezclando sus diatribas contra sus enemigos con un extraño misticismo patriótico y laico, saturado de un mensaje existencial basado en las doctrinas humanistas y el pensamiento de Montaigne, José Ingenieros o su pensador preferido, un vasco llamado Ramiro de Maeztu.

A pesar de mi cercanía física con el anterior y futuro presidente, no me hubiera imaginado aquella tarde que en un día no muy lejano, tendría yo mismo la rara oportunidad de saludarlo personalmente y de compartir con él un breve episodio en un espacio reducido. Tampoco hubiera imaginado, que con el paso del tiempo, habría de saludar con casi una decena de futuros presidentes; y que, en algunos casos, ellos serían mis pasajeros especiales; y aún que llegaría a disfrutar de su amistad, en diversas situaciones y circunstancias diferentes.

Lo refiero sin aspaviento. No lo cuento por alardear, tan sólo por compartir esta página registrada en mi cuaderno de bitácora. Pues, ese niño que presenció un día aquel discurso de Velasco Ibarra; habría en el futuro de saludar personalmente con un total de nueve presidentes. Cuatro de ellos, han sido mis pasajeros, como consecuencia de mi oficio de aviador, aunque no necesariamente mientras ejercían el mando. Por lo menos a dos los puedo considerar mis amigos. Uno de ellos actuó como mi copiloto en un corto vuelo, mientras estaba en funciones, y cuando el protocolo exigía que se lo llame como Excelentísimo Señor Presidente.

No me corresponde hablar de su carácter, no quisiera tener esa pretensión. Ya los historiadores se han de encargar de aquello. Febres Cordero y Oswaldo Hurtado fueron mis pasajeros, luego de haber concluido sus mandatos. León era jovial; propenso a la charla amena y proclive a la relación de la anécdota; usaba su simpatía para conseguir paso a una cabina donde nadie podría enterarse que le daban permiso para fumar sus cigarrillos predilectos. Hurtado se distinguía por su seriedad, no era muy fácil interesarlo en un diálogo que lo distrajese de sus propios estudios y pensamientos. En otra ocasión, pude también compartir con él una mañana campestre en San Rafael, alguna vez que lo invitó mi suegro.

Con Jamil Mahuad nos hicimos amigos en uno de mis vuelos a Nueva York, en uno de sus viajes a Harvard. Más tarde, cuando fue Alcalde me pidió que le ayudara como asesor de turismo en su administración del Municipio quiteño. Pertenecemos a la misma generación y siempre se ha hecho fácil la comunicación entre nosotros, por la relación que tiene con la familia de mi esposa, dados sus lojanos ancestros. Puedo decir que todavía gozo de su deferente amistad y simpatía; pues disfruto de su calurosa cordialidad cada vez que lo encuentro.

Sixto Durán Ballén mantenía también una cordial relación con la familia de mi esposa. Creo que por ello me identificaba y en algunas ocasiones estreché su mano. Tiene siempre conmigo un gesto bondadoso y estoy seguro también que me relaciona como amigo de sus hijos, a quienes ocasionalmente encuentro. Pero fue su vicepresidente, Alberto Dahik, quien en un par de ocasiones voló conmigo a Nueva York, y tuvo que improvisar una cama en mi misma cabina de pilotaje, pues el avión no disponía de una litera de descanso para esos requerimientos. Yo lo observaba de soslayo mientras en el vuelo nocturno de regreso, dormitaba recostado, cuan largo era, sobre una simple frazada tendida sobre el suelo.

El más fugaz de los saludos lo tuve con Fabián Alarcón. Fue en la antesala de un canal de televisión. Entonces era todavía legislador y yo era por ese entonces el joven presidente de la Federación de Tripulantes Aéreos. Carlos Vera me había invitado porque los pilotos civiles manteníamos una interminable disputa con la Fuerza Aérea, por la aplicación del Código de Trabajo en las relaciones laborales de Ecuatoriana de Aviación. Esa mañana, Carlos trató de provocar mi natural antagonismo; sólo para encontrar que yo había pasado a propiciar una actitud de concertación para superar ese singular momento. Fue ahí que, con ánimo conciliador usé una frase que calzaba como anillo al dedo: “Las inteligencias son como los paracaídas”, sentencié, “que sólo funcionan cuando están abiertos”.

A Rodrigo Borja lo conocí en Paris, años después de que había dejado de ser presidente. Descubrí que le apasionaba la aviación y era muy grato conversar con quien parecía tan diferente al Borja político; a quien yo más de una vez culpé del maniqueísmo e intolerancia que observaba en el ambiente político nacional. Pero descubrí también que había en él un hombre con quien era fácil conversar de lo divino y de lo humano. Nació entre nosotros una automática simpatía mutua. Luego me buscó en una posterior ocasión para compartir una amena tertulia y una cena cordial entre amigos. No tuve, sin embargo, oportunidad para ofrecerle la posibilidad de tomar los controles de mis aparatos en vuelo.

A Galo Plaza Lasso y a Clemente Yerovi Indaburo los conocí por un motivo muy circunstancial y completamente diferente. Eran días de dictadura y los políticos mas conspicuos se reunieron un día en casa de mi suegro para propiciar el retorno a la constitucionalidad. Redactaron un documento que debía ser entregado a un grupo de notables; entre ellos a los antes nombrados y al escritor lojano Benjamin Carrión. A mí, que no me distingue ninguna posición meritoria, ni tenía tampoco políticas preferencias, de forma inesperada y circunstancial, me encargaron entregar el documento a los personajes en referencia. Clemente Yerovi me recibió en su habitación del Hotel Quito; Galo Plaza, con su sencilla jovialidad, lo hizo en su hermosa residencia de la Avenida 6 de Diciembre. Años después sus hijas y nietos me habrían de distinguir con su amistad y deferencia.

Pero hubo una ocasión en que el país estuvo en mis manos. Tenía sólo veinte años y volaba como piloto de Anglo, basado en Pastaza o Shell Mera. Me habían llamado la tarde anterior a prevenirme que al día siguiente tendría la inesperada oportunidad de transportar al doctor Velasco Ibarra. Recibí al presidente en la plataforma militar para llevarlo a Villano, donde tendría que solemnizar la firma de un importante contrato con esa empresa. Vestía él un traje oscuro y pesado, pero no parecía afectarle ni el calor ni la humedad del clima de la selva. Me preguntó si tenía doble comando, en lo que para mi era ya todo un avión y para él sólo una pequeña avioneta. Al contestarle que sí y que no volaba con un segundo piloto; me propuso entonces que me acompañaría en la cabina de mando, ejerciendo la más simple de las aeronáuticas tareas. Pude apreciar que tenía una idea muy clara de la función de los controles de vuelo. Mantuvo el rumbo al destino y su control de la altura era proficiente y correcto. Comenzó el descenso con prolijidad; aunque no le permití realizar la fase final y el ya inminente aterrizaje, porque unos estratos bajos habían cubierto las colinas y las copas de los árboles, poco después de una breve, reciente y tropical tormenta.

“Ustedes los aviadores, señor capitán, son seres especiales que se inspiran en el cielo y comulgan con el infinito”, me dijo esa mañana al despedirse, ese hombre austero y enjuto a quien sus seguidores y detractores lo llamaban “El Profeta”!

Sydney, 17 de Abril de 2010
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14 abril 2010

Los diez mandamientos

Ahora sí, hablemos en serio. Hablemos de los diez mandamientos. Me pregunto si son realmente diez, los mandamientos del Decálogo. Y yo creo realmente que no. Es más, si me hubieran preguntado lo mismo en la escuela, hubiera respondido que son sólo tres, que “los diez mandamientos de la ley de Dios son tres”, a saber:

Amar a Dios sobre todas las cosas;
Santificar las fiestas del Señor; y,
Honrar padre y madre.

“Por qué, niño Vizcaíno?” Me hubiera consultado, entre sorprendido e incrédulo, el Hermanito Tancredo; y yo le hubiera respondido que los demás, es decir los otros siete, no son realmente mandamientos; que son más bien impedimentos, que son prohibiciones, pero nunca mandamientos!

Hoy hago esta reflexión, porque estoy persuadido que para mucha gente, lo más importante parecería ser el tratar de evitar el mal; y, por ello, no nos hemos concentrado lo suficiente en hacer el bien y en procurar lo bueno. Cuánto más efectiva sería una religión positiva, que nos orientaría hacia el camino de cómo hacer el bien, y nos inspiraría en la dirección de las acciones virtuosas. Que, en suma, no nos estuviera amputando con sus preceptos negativos: no jurarás, no matarás, no robarás, no mentirás, no fornicarás, no codiciarás lo uno, ni tampoco codiciarás lo otro…

Vivimos en una sociedad donde sólo una de cada diez oportunidades, tenemos la opción de decir no a lo negativo; pero tenemos, en cambio, nueve de cada diez, la simple opción de tratar de conseguir algo en beneficio de nuestros semejantes, se llamen parientes, vecinos o conciudadanos; o simplemente miembros de nuestra colectividad. Quizás así entenderíamos mejor lo provechoso que es hacer el bien, lo importante que es ser un buen hermano y buen vecino, lo importante de la generosidad para con el que menos tiene, lo gratificante de ir enriqueciendo un sentido de grupo, de entidad, de patria, de comunidad. Los hogares serían más felices y las naciones más habitables. Habría más bienestar, paz y justicia; y el mundo sería menos desordenado e imperfecto.

Cuando Moisés subió al monte Sinaí, por cuarenta días con sus cuarenta noches, Yahvé le habría entregado un “decálogo”, que en griego quiere decir “diez palabras”, este estaba escrito en sólo dos tablas de piedra. Pero, al bajar de la montaña, encontró que el pueblo estaba adorando a un Becerro de Oro. Enfurecido el profeta con la impiedad y deslealtad del pueblo, destrozó las tablas que contenían los divinos preceptos. Las tablas fueron reeditadas nuevamente; pero yo tengo la sospecha que ya no respetaron la escritura original; y, probablemente, se acudió a diez nuevas frases completas para explicar al pueblo el sentido de las primeras palabras originales. Desde entonces los mandamientos adquirieron ese carácter negativo; un carácter de condena que creó un espíritu culpable Un carácter de veda y de prohibición, que no propició la satisfacción vital, sino un confuso y abyecto remordimiento.

Cuánto más simple hubiera resultado que se conserve el contenido primordial de aquellas diez primeras palabras fundamentales; y que los mandamientos básicos hubieran simplemente exhortado más o menos así:

“Adorarás a Dios, Santificarás sus fiestas, Orarás, Venerarás, Curarás, Amarás, Dirás la verdad, Regalarás, Respetarás, Serás honesto”.

Tan sólo diez palabras, convertidas en nuestra lengua en menos de veinte, por las limitaciones expresivas de nuestros verbos. Pero… es siempre probable que Moisés, pronto haya caído en cuenta que los humanos tenemos más miedo al castigo, que a encontrar un estímulo en la recompensa. Y, en la segunda edición de las lajas del Convenio, prefirió escribir toda esa nueva literatura llena de prohibiciones y de advertencias, que constituyeron los primeros mandamientos.

Estoy convencido que Moisés era un hombre sabio y bueno. Además lo habían escogido como conductor porque era un ciudadano justo y recto. Imagino que había comprendido que la misión principal del líder, del líder auténtico y verdadero, era la de convocar y persuadir; la de orientar e inspirar a su pueblo; la de motivar a su gente, más que con las palabras, con la fuerza bondadosa del ejemplo. Pero, debe haber comprendido también las limitaciones humanas que todos los mortales tenemos. Quizás a esto se deba el carácter prohibitivo de los preceptos contenidos en la segunda tabla que se obligó a publicar, como parte del compromiso contenido en el Convenio. Moisés debe haber advertido lo cómodos y complacientes que podemos ser los humanos cuando no se define con claridad lo que nos está vedado. Entonces es cuando atropellamos el bienestar de los otros; cuando ponemos por delante nuestro egoísmo, ambición y vanidad; cuando tomamos, sin que nos asista derecho, lo que sabemos que es ajeno, que no es nuestro.

Así y todo; qué diferente sería el mundo y la vida de los hombres, si en lugar de estos rotundos “no” de los mosaicos mandamientos, el mundo podría conducirse por positivos preceptos. Los mandamientos no serían tan complejos; y verbos como “trabaja, ayuda, ama, complace, colabora y construye” quizás ayudarían a conseguir el beneficio bondadoso de la más simple de las éticas morales que los humanos podamos ejercitar. Los mandamientos nos ayudarían a mejorar, con su música de exhortación y estímulo. Qué fuerza tendrían! Qué formidable sería su sustento!

Procura hacer el bien! Trabaja, comparte y ahorra! Haz un esfuerzo y empéñate por ser mejor! Ayuda a los demás! Colabora con el bienestar ajeno! Sé compasivo y misericordioso! Actúa a mi imagen y semejanza! Sé justo, equitativo y bueno! Algo así deberían rezar los otros siete mandamientos… Los hombres sentiríamos que ellos propiciarían en nosotros un permanente estado de reflexión; además de la renovación continua de un propósito, al que podríamos dedicar nuestros mejores y más loables esfuerzos.

Trata, procura, intenta! Tu puedes mejorar el mundo. Tu puedes colaborar. Tu también puedes hacerlo! Quizás ese sería el más humano de los mandamientos…

Sydney, 14 de Abril de 2010
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13 abril 2010

Sujeto y predicado

Podría decirse que se ha convertido ya en su frase favorita; o, dicho con mayor exactitud, en su palabra predilecta. Porque si alguien le pregunta a Felipe que cómo se siente o que cómo anda; el va a responder casi invariablemente que “cansaaaaado”. Así, arrastrando la palabra; como reteniéndola en forma tortuosa y agobiante; como impulsándola poco a poco y lentamente; como sosteniéndola con los dientes entre la garganta y los labios. La pronuncia así, como si alargara la segunda vocal; como si pidiera una tregua con un raro silbido. Entonces, si se le inquiere, él contesta, desde la profunda caverna de su agotamiento: “cansado, cansaaaaado”! Es por eso que ahora en casa, hay que hablar muchas veces entre murmullos y obligarse a un voto temporal de silencio, porque ahora “el Cansado” se encuentra “cansado”. Podría entonces concluirse que él ha convertido en sujeto lo que antes era sólo predicado. El Cansado, está “cansaaaaado”!!!

Y a mí, me preocupa mucho esto de sus continuos e inexplicables cansancios. Es que, él es un chico que no sale nunca, que no anda jamás con amigos, que nunca llega tarde, que hay que insistirle para que acolite alguna vez a tomarse un trago! Hay ocasiones, en las madrugadas, que escucho un ruido en la puerta de la casa; y es Felipe que está saliendo, cuando otros muchachos recién estarían entrando. “Soy yo, Pa”, me dice, y me explica que está yendo a retirar “la primera edición de la panadería”. Y yo me digo para mis íntimos y sorprendidos adentros: “Caramba, qué hijo que tengo! Vaya, qué maravilla es este muchacho!”

Su cansancio es sólo superado por su infinita modestia. Sucede que, a veces se escuchan unos lamentos en el cuarto de baño. No son otra cosa que sus quejidos desesperados. Intuyo que se ha visto en forma casual, otra vez en el espejo; y, cuando me acerco a comprobarlo, observo que se cubre el rostro para disimular su dolor lacerante y sólo alcanza a emitir un: “Me duele, me duele, me duele la cara de ser tan guapo”. Pobre Felipe! Mientras otros viven entre la ira y la esperanza, o entre el desdén y el desprecio; él vive entre su mágico y argentino espejito del cuento de Blancanieves y estos, sus incomprensibles cansancios! Pero, todo ello tiene una larga historia. Una historia con la que un día, él pasara a la historia. Y ya, no como Felipe el Hermoso, o Felipe el del Arco; y ni siquiera como Felipe el Inefable; sino llana y simplemente como “Felipe el Cansado”.

Por esto es que me animo a hacer esta breve apología; que va mucho mas allá de la distinción gramatical entre sujeto y predicado. En la escuela nos enseñaban las partes de las que se compone la oración, para que esta pudiera tener sentido completo; a más de coherente significado. “Chicos, qué es el predicado?”, nos preguntaban, y el coro de la clase respondía: “predicado es todo lo que se dice del sujeto”. “Y entonces, qué es sujeto?”, nos averiguaban, y el clamor del coro repetía: “Es la persona, animal o cosa de quien se afirma, se niega o se dice algo”. Me propongo pues, en esta ocasión, “decir algo” del “sujeto”; aunque corra el riesgo de que “mi defensa” se convierta en un largo e inconveniente “predicado”. Estoy conciente que mi exaltación puede desbordar los limites de los conceptos; hasta llegar al fácil terreno de la imprudencia; pero invoco la misma precaución de García Lorca, en La Casada Infiel, y aspiro a que “la luz del entendimiento me haga ser muy comedido”… Vaya, que difícil recado!

Porque “el sujeto” a quien hoy nos referimos, y de quien ahora “predicamos”, fue primero un famoso y pundonoroso guardameta que no se dejaba hacer goles ni por los delanteros más reputados. “Oro, oro, oro, mi arquero es un tesoro”, repetía la muchedumbre enardecida; y así fue, cuando justo se ganó el bien merecido remoquete de “Felipe, el del Arco”. Luego vino un “interregno” de ínfulas empresariales y actividades obrero-patronales que inclusive involucraron a nuestra empleada de servicio; a quien él había contratado para su sociedad mercantil de elaboración de “empanadas para entrega directa y a domicilio en todo el barrio”. Esta había sido una etapa fugaz, aunque le había dejado réditos económicos muy altos. Pronto, nuevas inquietudes, le hicieron descubrir sus escondidos encantos. Así fue como, la era de Felipe de las Empanadas o de Felipe el Generoso, dió paso enseguida a la etapa de sus primeras salidas, de sus primeras enamoradas y de sus primeros episodios románticos. Fueron aquellas, épocas realmente hermosas e inolvidables. Épocas en las que el buen Felipe, o “Felipe el Inefable”, habría de irse, en forma sucesiva, enamorando. O, como decimos en casa: “embelenando”, “enmatilando” y “encamilando”.

Surgió por ese entonces su primera dirección cibernética; aquella de (felipebsc-arroba-hotmail.com). Que, aunque los entendidos están convencidos que quería decir “Barcelona siempre campeón”; era realmente la premonición, que él habría tenido, de los que serían sus futuros enamoramientos emblemáticos. Sí, porque yo también estuve persuadido que lo del sugestivo “BSC”, era más bien el secreto acrónimo de las iniciales de las jovencitas, que a su turno, habrían de seducir en el futuro su agobiado y “cansaaaaado” corazón; es decir: Belén, Sorentilda y Camila (pero verán, no irán a contar a nadie!). Agraciadas damitas todas ellas, que, en su momento, fueron descubriendo sus innegables y seductores encantos. Lo de “Barcelona siempre campeón” quedó pues, ya sólo para disimular; ya que aquella era una meta deportiva altamente improbable, dado que la condición politiquera de los dirigentes de su adorado equipo torero, había convertido el “slogan” del cuadro porteño en un logro inalcanzable. De todas formas, las siglas han pasado ahora a representar una cosa muy distinta. Porque BSC, sólo quiere decir que Felipe “bastante se cansa”; manera como él mismo ha conseguido corregir su propia ortografía escolar en la frase “bive sólo cansado” (sic).

Sobrevuelo el Golfo de Carpentaria, en el nororiente de Australia, mientras termino este breve relato. Una íntima urgencia me invita a ir al baño. Son las cuatro de la mañana y estoy ya por concluir este viaje tan largo, pesado e inaguantable. Entro al baño y descubro un individuo que me atisba con curiosidad desde el otro lado del espejo. De pronto, siento también un extraño e indescriptible dolor en el rostro. Advierto que está a punto de estallar el azogue en el que ahora me reflejo; entonces, me doy cuenta que también me duele la cara. Compruebo con horror, que me duele la cara porque… estoy cansaaaaado! Muy cansaaaaado!

Sydney, 12 de Abril de 2010
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09 abril 2010

Gato Torero

(Recomendación de empleo)

Regreso ocasionalmente a mi tierra una vez por año. Me siento, un poco, como en casa cuando llego por fin a la sala de espera del aeropuerto de Miami, donde cada vez, tengo que tomar el vuelo final para llegar a mi esperado destino. Ahí mismo, encuentro siempre una variedad de personas conocidas que me saludan o me identifican. La característica de mi trabajo, que es una actividad diferente, crea probablemente esta suerte de artificio. Es como si muchas personas supieran quien soy. Porque, y lo digo sin inmodestia o vanidad, parece que para mucha gente resulto conocido.

Es probable que la natural circunstancia itinerante de mi profesión, produzca esta situación gratificante. Es, quizás, natural e inevitable: alguna vez pusieron sus vidas o la de sus seres queridos en mis manos… Es como si alguna vez yo hubiera sido su cardiólogo y su abogado; su guía turístico y su escribano; su consultor y su carrocero. De mí, alguna vez, dependió su seguridad y su vida. Ser aviador es todo eso. Es, ser el conductor del avión y el que satisface su comodidad y su seguridad al mismo tiempo…

Y sucede también que, una que otra vez, percibo una venia o una sonrisa; y no sé si es sólo la cordialidad natural que parecen tener los que viajan, o si es que mi frágil y traicionera memoria está intentando otra vez, uno de su caprichosos y tortuosos juegos. Es el terminal aéreo el lugar para la conversación improvisada, la charla espontánea, el comentario fugaz, la presentación no planificada, la risa que disimula la ansiedad, el nerviosismo que se esconde detrás del bostezo.

Es entonces que, esta última vez, noto una como contínua insinuación a la confidencia de alguien que también espera en ese congestionado terminal aéreo. “Creo que ya no se acuerda de mi, capitán” me dice un individuo con un aire que denuncia el pesado fardo de alguna tristeza, que no puede esconder la inconfundible impronta del sufrimiento. “Soy el Gato, mi capitán, acuérdese, el que manejaba las mulas de estiba de carga y los montacargas en el aeropuerto”. Recuerdo entonces a alguien que he dejado de ver desde hace quince o veinte años y que era un personaje querido y apreciado en el aeropuerto quiteño. Pero… reconozco que el “Gato”, que ahora recuerdo, era más bien un joven alto (más joven que yo), de ojos claros, bien parecido, pronto a la confidencia; pero, sobre todo, servicial, diligente y honesto. Y me digo “Dios, cómo hemos envejecido, cómo ha pasado el tiempo!”. En eso, caigo en cuenta que hay algo que no es normal en la forma en que a él le afectó, más que a mí, el paso del tiempo.

Es cuando que, como quien se desahoga y se confiesa, me cuenta su tragedia y la razón de sus ojeras y sus canas; de sus arrugas y sus tormentos. “El año pasado enterré a mi hijito, mi capitán”. “Tenia poco mas de veinte añitos, era oficial de policía. Era nuestra luz y nuestra alegría; nuestra ilusión y nuestro sustento!”.

Me parte el alma ver sus ojos derretirse en lagrimas; de ser testigo de su corazón destrozado; de reconocer su drama, su angustia desesperada, su insoportable sufrimiento. Me cuenta así, de la pasión de su hijo por el deporte, de su trote solitario esa mañana en el calor del estío porteño, de su infarto impensable, de la participación de la tristísima noticia, de su viaje apresurado para recoger al fruto perdido de sus días; convertido ahora sólo en despojos, sólo en funerarios restos!

No tengo palabras para reanimarle, para reconfortarle con mi voz de estímulo, para ofrecerle el respaldo de mi aliento. Yo, que guardo en mis bolsillos las palabras, no las encuentro en ninguna parte; soy inútil y torpe ante el dolor absurdo y atroz de su espantoso e inenarrable sufrimiento. Recuerdo mi lejano dolor como huérfano de padre y madre, la pérdida de mi hermano Adrián; pero no puedo imaginar siquiera la tragedia personal contenida en la pérdida de un hijo. Así es como finalmente entiendo su conmoción y su nostalgia; su agobiante amargura, su prematuro y voraz envejecimiento! “Hay palabras para significar las ausencias familiares, como viudo o como huérfano”, me dice, “para no hay una palabra en castellano para expresar la pérdida de un hijo”. No hay palabras para representar ese dolor, me digo yo para mis afligidos adentros!

Y así, como quien se seca con el reverso de la mano sus lagrimas, me cuenta un episodio hilarante y casi cruento. Es el motivo de su apodo, del porqué su familia y sus amigos no le dicen ahora Gato, sino “Gato Torero”. Sucede que al celebrar un acontecimiento festivo familiar, alguien propuso alegrarlo con la tienta de unos “toros de pueblo”. Fue ahí que lo que tenía que ocurrir, ocurrió: a alguien se le pasaron los tragos y se lanzó a los brazos de una dudosa y fugaz fama; y a los cuernos de un avieso y nervioso becerro. Al observar que el animal revoloteaba al imprudente intruso, que era uno de sus propios cuñados, el Gato, en un gesto de generosa y solidaria valentía, también se lanzó al rescate en temerario gesto. Comprendió entonces el alcance de términos como trapío, cornada y embestida; y descubrió en su propio cuerpo la incursión de la cornamenta del astado y el húmedo calor de su propia sangre, en esa tarde de recuerdos toreros. Ahora su apodo tenía nombre y apellido; ya no seria en el futuro el “Gato” a secas, había pasado a ostentar un taurino bautizo, al concluir el episodio que ahora cuento.

Hoy, el Gato Torero está sin trabajo y no sabe de otro oficio; que no es el de la lidia de novillos, sino el de la conducción de equipos de movilización y trasteo. Yo se que él es un hombre bueno; es servicial, es empeñoso y sabe hacer muy bien sus tareas; las cumple siempre con dedicación y esfuerzo. Hay, entre mi familia y entre mis amigos, quienes utilizan estas máquinas formidables que hacen en segundos lo que tardaríamos los humanos un año en hacerlo. Ayúdenme a conseguirle trabajo; yo, se los recomiendo. Creo que si le ayudamos a recuperar su actividad y su oficio, le habremos rescatado de su comprensible congoja, de su horrible depresión y de su doloroso momento. Creo que es un hombre confiable; creo que él es un hombre honesto. Ayúdenme, queridos amigos, a rescatar a este Gato de las arenas polvorientas de su ruedo de tristes nostalgias, de la cornada atroz del porfiado animal de sus desgarradores recuerdos.

Amsterdam, Abril 9 de 2010
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