21 agosto 2010

Eso de perder el juicio…

Fue en esos días que yo había escuchado por primera vez la palabra “juicio”…

Desde aquella mañana de Noviembre en que papá había enviudado por segunda ocasión, mis cinco medio hermanos mayores habían dejado de vivir con nosotros. A su vez, mis dos hermanos menores y yo mismo, que éramos los hijos del segundo matrimonio de mi padre, habíamos tenido un destino diferente: habíamos pasado a vivir con nuestra abuela materna. Papá, mientras tanto, que más tarde había optado por contraer nuevas nupcias, es probable que haya pasado a enfrentar renovadas presiones con sus finanzas personales; asunto que él nunca habría creído que tendría un día que considerar.

Mi abuela, por su parte, había empezado a sentir los estragos del retraso en la asignación que papá le enviaba. Estos atrasos se fueron haciendo cada vez menos esporádicos y fueron convirtiéndose en la mayor razón para el desafecto que ella le profesaba. De ahí surgieron sus continuas quejas hacia lo que ella llamaba su negligente irresponsabilidad: esta tardía y poco generosa atención hacia su compromiso con nuestra mesada. A ella se refería mi abuela como “la puchuela” que papá mandaba y un día se propuso demandarlo con un inevitable “juicio de alimentos”, para así evitar las continuas y repetidas confrontaciones; y asegurar la puntualidad en la entrega de la mensualidad que él nos asignaba.

Fue desde entonces que la palabra “juicio” pasó a tener un cierto carácter peyorativo en mi diccionario personal. Era fuente en mí, en todo caso, de un sentimiento contradictorio, pues representaba un lamentable proceso con el que se había sometido a mi propio papá. Poco sabía yo entonces, que no se trataba en forma exacta de un “proceso”, sino que era simplemente la forma de identificar un tramite administrativo que hacía oficial la existencia de una responsabilidad.

Fue por esos mismos días que, por otras cosas, descubrí que en la vida hay personas que pueden “perder el juicio”, es decir la cordura o la facultad de discernir entre el bien y el mal, entre lo falso y lo real. Por ese entonces también yo había descubierto que en mi familia también teníamos “parientes pobres”; asunto del que, al parecer, todos adolecemos; pero, claro… muy pocos estamos realmente dispuestos a tenerlo que aceptar.

La abuela tenía un hermano, mayor a ella y de edad avanzada, que vivía en el mismísimo suburbio guayaquileño; y que en forma esporádica la venía a visitar. Era un anciano que olía a humedad; tenia unos ojos azules, tristes y bondadosos; caminaba con apremio; hablaba con un cierto dejo costeño; y sus frecuentes y continuos carraspeos denunciaban que lo aquejaba alguna secreta enfermedad pulmonar. Tenia las orejas enormes y como alisadas. Fue para mí un personaje inolvidable; pero no tanto por su indigencia, cuanto por su inigualable bondad.

Se parecía, este hermano de la abuela, a mi tío Carlos, a quien conocíamos como Alfonso, y que había cometido el crimen de casarse por esos años con una mujer costeña y divorciada; y, sobre todo, de mayor edad a la suya. Era ella una mujer desinhibida, que hablaba sin secretos, y que hasta sus confidencias las hacía en voz alta. Era una mujer entrada en carnes y de porte elegante; tenía un nombre de piedra preciosa: Esmeralda. Con ella aprendimos que a las personas de la costa se las bautizaba con nombres exóticos, como Mayra, Joffre o Zelandia; que en el trópico se hablaba, se vestía, se comía y se vivía diferente. Que allí las mujeres no caminaban, sino que se contoneaban. Era por una de estas mujeres, que mi tío había “perdido el juicio”, había dejado la sierra y se había ido al trópico para poderse casar.

Era él un tipo alegre, irreverente y díscolo. Un hombre afectuoso con mi madre, que venía de rato en rato a la capital a visitar a sus hermanos y, sobre todo, a su idolatrada mamá. Parece que sus visitas coincidían con la recepción de algún dinero extraordinario o la acumulación de algún capital de ahorro; porque cuando venía a Quito era para gastar en grande; o, más bien dicho, porque venía a derrochar! Le gustaba el juego y los efectos embriagantes del licor. Fue en esas condiciones, cuando se hallaba sujeto a los efectos de Baco, que llegaba una que otra madrugada a la casa, a exhibir su condición enajenada, con ánimo bullicioso y pugnaz. Era su personal forma de expresar la veneración que tenía a su angustiada mamá… La abuela me pedía entonces que me levantara y que fuese a llamar a uno de mis otros tíos para que le ayudaran a controlar a su propio hijo, cuya flamante “pérdida del juicio” había nuevamente que lamentar!

Hoy, años después, y “en sano juicio”, recuerdo estas variaciones del concepto en una misma palabra. Años, muchos años después, de que me habría salido la “muela del juicio”; cuando ya he aprendido a hacer “juicios de valor”, es decir a opinar y a tener un parecer. Años después también de que he aprendido que en derecho hay muchas variedades de juicio; como contencioso o de desahucio, petitorio o acusatorio, sumario o plenario. Tantas y tantas variedades que sólo de saberlo uno puede “perder el juicio”. Y todo esto sin tener que comentar de lo engorrosos e interminables que pudieran ser los mencionados juicios; los cuales no tienen más clara característica que la de sacarnos literalmente de quicio.

Todo esto comento cuando, en estos mismos días, un buen amigo de nuestra familia ha optado por volver al país, luego de varios años de ausencia, a enfrentar un juicio administrativo. Lo hace persuadido que se le hará justicia y convencido que le asiste el derecho y le respalda su inocencia. El ha vivido ya muchos años de soledad y de destierro en patria extranjera; este habría sido para él un tiempo interminable, frustrante y doloroso; tiempo suficiente como para volverse loco. Es decir, tiempo suficiente como para “perder el juicio”. O, como habría dicho Cervantes: para que pudiera “volvérsele el juicio”; o, para que él terminase con el “juicio en los calcañares”. Dios quiera que pronto se resuelva el caso de mi sufrido amigo; y que quizás su juicio concluya antes, mucho antes, de ese otro juicio que nos diferenciará con sus premios o sus castigos: el inevitable como implacable Juicio Universal…

Shanghai, 10 de Agosto de 2010
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06 agosto 2010

Cuando fui a la universidad...

Fue para mi una etapa incierta y en cierto modo irresponsable. Como muchos adolescentes en el albor de sentirse adultos, no sabia todavía cual era el destino profesional que quería entonces; tampoco estaba seguro de cual mismo era mi verdadera vocación. Todo esto en un tiempo que se había empezado a descubrir la llamada “orientación vocacional” y en que se empezaba a declarar la libertad e independencia de las clásicas profesiones liberales. Si hacia mis años de primaria me habían “conquistado” temporalmente para abrazar los hábitos eclesiásticos, cuando transcurrieron mis primeros años de secundaria, yo mismo me había persuadido que quizás sería el ejercicio de la arquitectura donde podría mejor desarrollar mis supuestas habilidades con la planificación y el dibujo.

Pero fue en un encuentro de fin de semana con jóvenes de parecida e edad y similares intereses, que de pronto me dí cuenta que, ni en los bocetos, ni en las maquetas, iba a encontrar la verdadera realización en mi vida. No, no es que ahora sabía ya lo que quería hacer en mi vida; pero, de golpe, pasé a comprender que era “lo que no quería”. Esto fue para mí como una epifanía. Ese encuentro en donde aprendí a comunicarme mejor, a expresarme, si no a confesarme, estoy persuadido que cambió mi vida. Palestra, como así se llamaba el movimiento del que luego pasé a ser su miembro y dirigente, fue para mi como una revelación.

Entonces vino, en cuanto a la futura profesión que habría de escoger, el momento más confuso y oscuro de mi vida: cómo conciliar esos nuevos afanes e intereses con un oficio que me realice integralmente? Cómo encontrar, en el ejercicio de una tarea, la plenitud de la que tanto hablábamos en esos recurrentes encuentros de nuestros años de tierna juventud? La respuesta vino como por arte de goteo, pero con la paralela respuesta de que la posible, o probable, decisión solo parcialmente me habría de satisfacer. Me gustaba por entonces el Derecho (así, con mayúscula); pero, aunque me animaban la verdad y la justicia, bien sabía yo que no me gustaban ni la confrontación, ni la controversia. Muchos años después, dado mi conocimiento de varios documentos legales en que basaba mis defensas, como joven dirigente sindical, habrían continua y repetidamente de averiguarme si yo había cursado estudios de jurisprudencia.

No siempre terminamos siendo lo que creemos que nos puede realizar y hacer felices; muchas veces tenemos que optar por actividades para las que creemos que nuestras tendencias y habilidades nos ofrecen un marco relativo de éxito. Todo esto en medio de la gran confusión existencial que la sociedad de consumo parece que nos crea: el falso y equivocado convencimiento que el éxito esta dado por el dinero que se consigue, la fama o el reconocimiento ajeno. Tener éxito, es más bien un valor subjetivo, es la íntima y personal satisfacción con lo que se hace en la vida, es el personal convencimiento de que se es bueno en lo que se hace. Ese es el único y autentico éxito que tiene valor en la vida.

Un buen día amanecí con la impresión de que lo que quería ensayar era el subyugante terreno de la diplomacia. Esto, a pesar de que uno de mis más conspicuos e influyentes profesores, un cubano enamorado de la crítica cinematográfica, me había hecho una pregunta concluyente: Para qué quieres hacerte diplomático en un mundo que está eliminando las fronteras, chico?

Fue así como el destino y un pariente caritativo vinieron en forma un tanto tardía, pero oportuna, a mi rescate. De pronto, luego de mi graduación de colegio, se me presentaba la inesperada posibilidad de aprender a conducir aviones. Creo que la opción no me dio tiempo a pensarlo dos veces; yo era consciente ya, más que de mis habilidades, de mis múltiples limitaciones; pero, ante todo, era yo un muchacho responsable y estudioso. Sabía que me estaban ofreciendo una muy especial oportunidad y sabía que no debía, que no podía fracasar. Era tan sólo un delgado e inexperto muchacho de diecisiete años por esos días; pero pronto estuve listo para comenzar mi nueva e inédita carrera aeronáutica; y, ante todo, estaba listo para emprender lo que más tarde habría de fascinarme: viajar!

Esta es la razón por la que, a pesar de mis continuos estudios profesionales posteriores, nunca tuve realmente la posibilidad de cumplir con uno de mis sueños personales: asistir a un centro académico, ir a la universidad. En forma un tanto subjetiva, identifiqué mis primeros seis años en el Oriente ecuatoriano como una experiencia universitaria. Me había yo mismo persuadido, que así como mis compañeros de colegio habían hecho seis años de estudios, culminados con uno de práctica rural; yo, en cierto modo, había hecho un breve año de estudios profesionales, con seis años de experiencia rural… Esto para eludir la necesidad de referirme a la llamada y tan mentada “universidad de la vida”, la misma que, ya lo sabemos, terminamos recorriéndola todos y no es, no puede ser, realmente un centro de investigación académica, una verdadera universidad.

Pero hubo otras razones por las que fui en algunas ocasiones a diferentes universidades en el mundo, un poco por seguirme sintiendo todavía responsable; y, otro poco, por dar rienda suelta a mi vocación afectiva y a mi inveterado instinto de protección. Por el deseo de sentirme lo que en la tierra llaman ser “buen taita”, porque hay ocasiones en que te atropellan los sentimientos y no sientes nada que te otorgue tanto orgullo y satisfacción como la posibilidad de ejercer el más delicado y gratificante de los oficios: ser simplemente un buen padre, un buen amigo con tus hijos, la opción de ser simplemente papá.

No hay experiencia más maravillosa, como padre, que la de acompañar a un hijo adolescente a instalarse por primera vez en una universidad extranjera. Sólo la circunstancia de saber que uno se separa de sus hijos por largo tiempo, es en sí una prueba de gran peso afectivo; esto para no mencionar los demonios interiores que uno enfrenta, preocupado como se siente, de que los seres que ha creado y visto crecer, han de tener los necesarios elementos que les ofrezcan comodidad y les garanticen, ante todo, una básica seguridad.

Esos pocos días de convivencia nos unen a los padres con los hijos para siempre, nos preparan para la inevitable próxima despedida y nos ayudan a consolidar mutuamente un sentido de promesa, de compartida responsabilidad. No podría jamás olvidar los viajes continuos a las tiendas cercanas para que se provean de los implementos necesarios, como tampoco podría olvidar su ansiedad y expectativa. Nada me recuerda más, ni nada simboliza tanto mi presencia en esos viajes, como mis tareas de limpieza en los cuartos de baño que les habían asignado. Esto; y la primera, y más sentimental, de las respectivas despedidas es lo que más recuerdo cuando digo con orgullo que yo también “fui a la universidad”.

Amsterdam, Agosto 7 de 2010
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Los números

Fue ese como un extraño juego; una suerte de lúdico entretenimiento que me cautivó, con su sorprendente embrujo, hacia los últimos años de primaria. Fue en esas clases de aritmética que fui descubriendo el caprichoso comportamiento que suelen tener los números, que suelen tener sus extrañas secuencias; así aprendí de sus relaciones inexplicables y de sus misteriosas ecuaciones.

Y es que, el profesor no bien había terminado todavía de plantear en voz alta el complejo problema contenido en su curriculum matemático, que yo era ya uno de los primeros en precipitarse hacia los pasadizos y en correr hacia la tarima delantera de la clase, para ofrecer mi respuesta a la aprobación del maestro; ante la curiosidad, y probable desaprobación, de mis sorprendidos y sospechosos compañeros. Fue en esos años que me fui dando cuenta que los números me habían participado su sencillo y elemental secreto. Puedo insinuar que gozaba de su amistad; que disfrutaba de su complicidad y confidencia.

Para mí, se trató de una suerte de secreto descubrimiento, que más tarde se habría de diluir y me habría de desalentar cuando, pocos años después, en un libro grueso de carátulas empastadas y figuras árabes, de túnica y turbante en su cubierta, se iba a proclamar el final de mi romance inicial con los números. “Algebra de Baldor”, decía esa ominosa portada. Era un libro, en cuyo interior habría yo de descubrir que mis adorados guarismos habían sido mezclados maliciosamente con las letras del alfabeto. Se trataba de un innatural maridaje que habría de decretar el final de mi luna de miel con las cifras y que habría de tratar de tentarme con el renovado encanto que para mi ya tenían por entonces las letras. Pero, claro, sin mezclar estas con los números! El algebra habría de decretar mi temporal divorcio, tanto con los números, cuanto con las letras!

Fueron esos, también, mis años de inocencia y santidad. Fueron esos los tiempos posteriores a mi primera comunión; años en los que fui descubriendo que el tan mentado paraíso podría muy bien estar ubicado aquí mismo, en la tierra. En las interminables clases de catecismo y de Historia Sagrada había también aprendido de un libro bíblico llamado “Números”, uno de los cinco componentes del Pentateuco (las cinco cajas); un libro llamado así por la interminable cantidad de cifras que se exhibían para relacionar las doce tribus de Israel; las que, a su vez, provenían de los doce hijos varones que había tenido Jacob, un patriarca admirable por sus arrestos para negociar la primogenitura de su hermano mayor con un plato de lentejas; y, claro, por su innegable fecundidad. Es que… doce hijos varones, podrá no ser un número mágico, pero siempre será una cifra bastante respetable como número!

Fueron esos los años cuando aprendí la raíz cuadrada, la regla de tres, la prueba del nueve. Fue cuando aprendí los números primos y una serie de numéricas secuencias que parecían obedecer a una trama oculta, impenetrable y escondida. Porque los números se comportaban ante mis ojos en formas antojadizas y rebeldes, sin darme todavía una insinuación de sus reservados y ocultos misterios. Así fue como, por muestra de ejemplo, había yo de aprender que la suma continuada de los números impares, va produciendo una extraña secuencia del cuadrado de los números, que se va desarrollando en forma interminable, hasta el infinito (ad infinitum).

Así fue también, como muy temprano adquirí el conocimiento de ciertos números que, en apariencia, se comportan en forma inexplicable. Me encontré, entre los garabatos de mis cuadernos de borrador y la clandestina ayuda de las entonces prohibidas calculadoras, con números de varios dígitos, como el 142857, que al multiplicarse por cualquier número del uno al seis, daban por resultado la misma secuencia de sus dígitos constitutivos, pero con un dígito inicial diferente. Descubrí, además, que el resultado era sorprendente cuando se lo multiplicaba por siete; y que la secuencia resultaba tan, o más, admirable cuando se procedía a multiplicar el mismo número por otros múltiplos del mismo siete!

Más tarde, en mis secretas y furtivas visitas a las secciones de aritmética de las principales librerías de todo el mundo, me fui encontrando con una apasionante literatura de muchos y variados textos relacionados con la numerología: la teoría de los números. Así es como llegué al conocimiento de que existen números llamados mágicos, por su asombroso comportamiento; o de la existencia de secuencias interminables caracterizadas por su sorprendente manera de relacionarse. Alguna vez llegó a mis manos un librito que lo releo con cierta periodicidad; se llama “La revancha de Arquímedes”, texto que, más que respuestas, cada vez me despierta nuevas preguntas y me entrega nuevos, como inexplicables, descubrimientos.

Los japoneses han descubierto un reto al ordenamiento de los números en nueve cuadriculas que se complementan. El rompecabezas (nunca mejor dicho) se llama “sudoku”; y a fe mía que, a más de constituir un extraordinario y admirable entretenimiento, representa una formidable receta preventiva en contra de la arterioesclerosis. Hay una variedad más compleja, conocida en inglés, como “killer sudoku” (sudoku matador), cuya experiencia y probable acercamiento a sus elusivas pistas de solución, constituye un ejercicio apasionante; tanto que, por entretenerme con sus sinuosos recovecos, a veces me pierdo y me olvido que tengo, con mi “Itinerario Náutico”, un renovado y nunca abandonado compromiso. Pero… tampoco puedo utilizar mi obsesión con los números como excusa y decir que “no me queda tiempo”. Si no… hagamos nomás números!

Amsterdam, 6 de Agosto de 2010
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24 julio 2010

Iggizó, Iggizó!

Shanghai es una ciudad enorme y puede parecer que no es fácil ubicarse en ella; pero, bien visto, tampoco es difícil orientarse y movilizarse en esta imponente metrópoli. La ciudad carece de promontorios o referencias naturales en sus alrededores; pero se basta con las torres y enormes rascacielos que parecerían haber estado allí desde siempre; tanto en el distrito financiero de Pudong (en el lado oriental), como en la zona cercana a la Plaza del Pueblo, en Puxí (el lado occidental) para permitir al viajero orientarse fácilmente. Este lado occidental era, hasta poco más de medio siglo, todo lo que se conocía del Shanghai moderno. Todo lo que estaba al otro lado del Bund, o al otro lado del río Juanpú, no existía todavía.

El río es una arteria vital para la comunicación y el transporte fluvial, en esta zona aledaña a la parte final de la desembocadura del Yantzé en el Océano Pacifico, ya que el Juanpú (se escribe Huanpu) constituye su último y tardío tributario; pero es además el hito que marca la separación natural entre las dos diversas caras de la gran urbe. Hablar de Puxí es hablar de una ciudad con carácter propio, con enorme influencia europea, con una arquitectura caprichosa y única; es hablar de una presencia clásica; es hablar del pasado, de una ciudad que apuró y ejerció su incierto desarrollo, luchando contra el hacinamiento e impulsándose en la modernidad. El viejo Shanghai es, en cierto modo, la ciudad más europea del Asia; fue, después de todo un enclave colonial.

Pero las marcas de la tugurizacion no se exhiben en Puxi. Los conventillos están disimulados tras rejas metálicas de rimbombante apariencia, o tras murallas de arquitectura delicada, o detrás de arboledas bien cuidadas. Es imposible racionalizar que en estos reducidos espacios interiores pueden habitar y convivir todos esos millones de gentes que hacen tan bulliciosa y vibrante a la ciudad. Es imposible también entender que en estos bien disimulados “Shikumen” convivieron tantas y tantas parejas y familias que tuvieron un hijo único. Porque el socialismo con su política del hijo único, eliminó del diccionario la palabra “hermano” y la reemplazó con la de vecino o conciudadano; palabras hoy sustituidas por las de socio o compañero empresario, en la formidable y asombrosa China moderna, después de las inesperadas reformas económicas de Deng Xiaoping.

Movilizarse en Shanghai no es difícil; los taxis son relativamente baratos y el sistema de tren subterráneo (metro) es uno de los más eficientes y limpios que se puedan encontrar en el mundo. La infraestructura moderna da símbolos de presencia por todas partes. Desde los modernos terminales aéreos de Pudong y Hongqiao (se pronuncia Jonchiao), hasta el impresionante Maglev, un moderno y súper-rápido tren de levitación magnética que une el aeropuerto de Pudong con la parte nueva de la ciudad a una impresionante velocidad de cuatrocientos treinta kilómetros por hora. Todo esto sin mencionar los asombrosos rascacielos que en la parte oriental, constituyen el más formidable de los paisajes arquitectónicos que el hombre haya podido crear en el mundo.

Pero, así como la infraestructura esta ahí, en un sitio donde los ajenos a los procesos que ha tenido el socialismo, no lo podrían siquiera imaginar. La cultura de apertura y abrazo a los procesos de globalización, parece no haber todavía impregnado al hombre común y corriente de la calla shanghainesa. El transito vehicular parecería solamente obedecer a una regla: el derecho de vía para el mas grande! En este sentido, los autos ceden el paso a los vehículos pesados; y los autos parecen tener preferencia sobre los medios de transporte de dos ruedas y sobre el eslabón mas débil de la cadena: los subestimados e irrespetados peatones!

Shanghai no es tampoco tierra para los cándidos, ni para los ingenuos. Y, si de transporte y movilización hablamos, es preferible conocer de antemano las vías que los autos de alquiler han de tomar; y… desde luego, saber utilizar tres o cuatro palabras que constituyen las primeras y más fundamentales que el extranjero ha de hacer un esfuerzo por aprender: “siga recto”, “vire a la izquierda”, “vire a la derecha” y “pare, por favor”. Tarea que puede resultar menos fácil cuando el chino mandarín utiliza un sistema fonético de asimilación de la romanización, basado en la escritura y los sonidos ingleses, más que en los sonidos originales latinos (el Pinyín). Esto, a la larga, viene a resultar más bien lógico a los hispano hablantes, pues en la lengua castellana son inexistentes muchos de los sonidos que requieren de diferente manifestación escrita, como las diferentes derivaciones de los sonidos fricativos, especialmente los relacionados con s, z, ts, ch, c, sh, x.

Por ello es que, tan pronto como se aprenda un vocabulario mínimo de supervivencia básica, es importante saber decir palabras claves como “iggizó”, “tzuo quai”, ”yo quai” y “chin, tiín”; expresiones sin dominar las cuales, sólo nos queda un recurso alternativo: tener que caminar en esta enorme y sorprendente, como populosa ciudad! Conocerlas y poder utilizarlas adecuadamente es el más beneficioso secreto que el foráneo pueda ostentar. El resto es solamente cuestión de conocer la dirección exacta del destino, tenerla escrita en chino, o si es posible, poderla pronunciar. Algo así como: “Ka ggi aguan, Pudián Lu iggizó, Ziggi dadá, yo quai”. Tan simple como eso. No se olviden al final de despedirse del sorprendido chofer, agradecer y, sobre todo, pagar! (no hace falta dejar propina).

De nada! Shie, shie ni!

Amsterdam, Julio 24 de 2010
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23 julio 2010

El quinto hombre

Nos vino a visitar hace pocos días en Shanghai. Es el tercero de mis hijos, aunque él siempre quiso que los demás creyeran que era el primero. Le gusta jugar delante de la retaguardia, cubriendo la espalda de los medio campistas; ejerce el sacrificado oficio de “quinto hombre”. Adora el fútbol y es amigo declarado de los dirigentes e integrantes de la selección nacional. Conoce en qué equipo juegan –no importa el lugar del mundo– sus principales estrellas y miembros más destacados. Se tutea con ellos, le llaman y les llama. Los jugadores extranjeros acuden también a sus ocasionales “picaditos” y le apoyan, o le fustigan, al grito de “corré gordo, corré”. El es un negrito querido por la parroquia deportiva. Es irreverente y bromista; pero es solidario y leal. El es el emblemático “quinto hombre”.

Su misión deportiva me hace interrogarme, de vez en cuando, si yo también no he sido, sobre todo con ellos, mis propios hijos, eso: una especie de “quinto hombre”; el que tuvo que salir a apoyar y a organizar la “media cancha”; pero que también tuvo que quedarse muchas veces atrás, cuidando los ímpetus que arreciaron contra nuestra defensa, que atacaron con esquemas y contragolpes, que exigieron que enfrente aquellos arrestos sin perturbarme, porque esa es la misión del que espera atrás; porque ese es su oficio y esa su condición, porque ese es el sino del “ultimo hombre”…

Vivimos alejados en la geografía, pero nunca estamos escindidos. Nos identifica desde siempre un sentido familiar que nos ha acompañado en los momentos de tribulación y en las etapas marcadas por esperanzas e ilusiones. Estamos repartidos en cuatro lejanos continentes, con la confianza de que creemos en nosotros. Nos apoyamos y estamos atentos a nuestros individuales esfuerzos y proyectos vitales.

Vivir fuera fue una experiencia inigualable que, es cierto, nos desarraigó; pero que, al mismo tiempo, nos hizo crecer como familia y como individuos; que nos permitió ver el mundo con otros ojos, con asombro y con curiosidad, aprendiendo lecciones, ganando en sabiduría, resistiéndonos a perder la humildad. Aprendiendo, ante todo, a agradecerles a Dios y a la vida; convencidos que hay un tiempo para vivir y otro para partir. Persuadidos, como ya estamos sus padres, que “los lobos están cada vez más cerca de la hoguera”… O, como decía con tanta sabiduría mi amigo Julito: "ya estan disparando cerca, Alberto!".

Ellos estudiaron y se formaron en centros académicos prestigiosos alrededor del mundo; lugares donde nos ayudaron a consolidar la siembra de esa semilla, que al germinar les recuerda a ellos en forma cotidiana que en la vida, no importa el oficio que se ejerza, por egregio o humilde que parezca, estamos llamados a hacer más fácil la vida de los demás; que eso de por sí ya justifica y da sentido a la vida. Que la vida consigue plenitud cuando aceptamos la condición de quintos hombres.

No siempre estamos juntos, son continuos y frecuentes los reencuentros y los adioses; las palabras que se callan; las lagrimas que se esconden; las promesas que se hacen; los sentimientos encontrados que producen las despedidas. Pero todo se sobrelleva con la alegría que produce la solidaridad y que otorga ese campo multicolor de flores maravillosas que es el jardín de la memoria; que nos permite saborear la sazón de la vida. Porque lo que nos permite vivir más de una vez son justamente los recuerdos.

Escribo esta tarde en Europa, mientras es noche temprana en Asia, donde está temporalmente su madre. Es medianoche en Australia, donde vive el primero de los hermanos, el mayor de mis hijos; y es amanecer prometedor en Norte y Sur América, donde están los otros tres hermanos, viviendo sus nuevos proyectos y soñando con sus nuevos compromisos; sabedores todos ellos que podemos desempeñarnos como delanteros, volantes o guardametas; pero que nuestra verdadera vocación sólo es satisfecha con la más sacrificada e incomprendida de las posiciones. Hemos aceptado la invitación que nos hicieron en la cancha de la vida. Queremos “ser alguien”; nos sentimos disponibles ante el mundo y ante la vida; sabemos que hay trabajos que alguien los tiene que hacer. Somos nosotros los quintos hombres!

En mi tiempos juveniles del movimiento Palestra, terminábamos nuestros encuentros y convivencias con un canto de despedida. Era ese un himno de esperanza. Sonaba muy profundo en las voces emocionadas de mis amigos Paco, Galo o Andrés. Nos llenaba de ilusión el poder cantar aquello de:

Por qué perder las esperanzas de volverse a ver?
No es más que un hasta luego,
No es más que un breve adiós,
Muy pronto junto al fuego, nos reunirá el Señor!

Sí, por qué perder las esperanzas! Estamos bien parados delante de la defensa. Sabemos cual es nuestra tarea y cual es nuestro destino. Sabemos que nuestra asignatura en la vida es la de jugar de quintos hombres!

Ámsterdam, 23 de Julio de 2010

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02 julio 2010

De colerines y jaquecas

La abuela amanecía siempre con la cotidiana queja de sus insoportables jaquecas, unos intensos dolores de cabeza que se le presentaban cada madrugada sin mediar aparente motivo. Sus precauciones nocturnas, después del rezo del rosario mariano y justo antes de ir a la cama, parecían no lograr evitar sus malestares matutinos.

Preparaba ella unas infusiones de un tronco angosto y fibroso llamado “caballo chupa” y las mezclaba con otras de color amarillento, provenientes del pelo de choclo. No sé si alguien le habría recetado médicamente o si había tomado la receta prestada de una de sus tertulias en el mercado de la mañana; pero, luego de ingerir la poción anotada, tomaba también una diminuta y colorada pastilla de “Piridium”, remedio al que invariablemente acompañaba con un vaso de jugo de tamarindo. Todo esto para anticiparse y evitar así sus insoportables migrañas.

Eran tiempos en que se dependía de consejos empíricos; tiempos en los que cualquier explicación sin sustento, servía de motivo para encontrar una razón que justificara un repetitivo y persistente dolor de cabeza. Aquello de las aguas medicinales, y la ingestión del ácido y amargo jugo de tamarindo, obedecía al exclusivo propósito de “lavar el hígado”, para así evitar que las secreciones biliosas no terminaran provocando estos tormentosos como indeseados dolores de cabeza.

Por ello es que quizás la abuela evitaba a todo trance los contratiempos y los momentos de cólera, persuadida como estaba que eran estos episodios los que le afectaban el hígado y que eran ellos los directos culpables de sus desesperantes jaquecas. Había en todo esto algo de extraño y misterioso, pues las migrañas desaparecían como por arte de magia con sólo salir de Quito. No es que se tratase de una cuestión climática, o de la altura de la sierra; las portentosas migrañas se le desaparecían con sólo alejarse de Quito, llámese el destino Riobamba, San Rafael o Machala; Cuenca, Guayaquil o Pasaje; o aún cualquier recóndito lugar de la húmeda y amazónica selva.

La abuela leía el periódico vespertino todas las noches y dedicaba gran parte de su tiempo a sus labores de costura. Es siempre probable que el esfuerzo que sin proponerse ella exigía a sus cansados ojos, sólo haya sido superado por el cansancio ocular que con seguridad le producía, el sentarse a mirar los programas televisivos en esos primeros años de emisión de la “tele” en el Ecuador. Como era obvio, pero ella quizás no lo relacionaba, este cansancio muscular sólo se le producía en Quito donde el sólo hecho de mirar un par de breves programas, le exigía un esfuerzo del órgano de la visión, que degeneraba en un malestar matinal, exacerbado por una jaqueca que le atormentaba cada nueva mañana.

Es probable también que yo mismo haya sido el persistente motivo para sus continuos “colerines”. Y no porque me haya caracterizado una cuota de maliciosa travesura; sino simplemente porque creo que fuimos desarrollando una mutua animosidad por motivos más bien cercanos a mis pruritos excesivos y a mis arrestos temáticos. Ahora que lo analizo, con el beneficioso paso del tiempo, tengo que aceptar que muy probablemente sus reacciones obedecían a mis excesos con los razonamientos, a mi pueril testarudez, a mi obcecado afán de poseer siempre la razón. En suma, a mi altanero sentido de la pedantería.

Sea lo que haya sido, parece que yo siempre resultaba culpable de esos inolvidables colerines, que no eran sino episodios de ira y de furor en medio de los que la abuela se auto-sugestionaba que le “reviraban el hígado”, que le alteraban esos verdosos humores, para hacerle llegar al limite mismo del paroxismo y de la alferecía! Ante tan evidente culpabilidad, yo mismo resultaba como encargado de acudir a “la plaza”, como entonces se llamaba al mercado de víveres, para adquirir toda esa curiosa parafernalia de mejunjes necesarios para preparar esas pócimas curativas.

Pasados los años, y muerta ya la abuela, yo he pasado a tener también estos malestares ocasionales. Los síntomas suelen ser idénticos, aunque temporales; pero son tan molestosos, que muchas veces olvido las razones por las que ella enfrentaba estos achaques, por los que tantos brebajes tenía que consumir y por los que tanto parece que sufría. No acudo, sin embargo, al bullicioso mercado para abastecerme de aquellos curativos ingredientes; me basta con reconocer que me he excedido en la lectura o en la contemplación televisiva.

Entonces, me incorporo en la cama, cuando así amanezco en alguna ocasional mañana; reconozco que no son, que no pueden ser, mis personales colerines y me pongo a esperar el paso de los minutos hasta que se mitiguen y desaparezcan mis insidiosas y punzantes jaquecas. Es entonces hora de levantarse, de vivir y de trabajar; es hora de disfrutar de la vida y de su cuota del nuevo día!

Shanghai, 1 de Julio de 2010
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