01 octubre 2010

La otra revolución

Fue ese un episodio social y político que habría de conmover y cambiar al mundo. Las ideas que lo impulsaron, tienen ya más de dos siglos de vigencia. Sus postulados habrían de terminar con el autoritarismo de un régimen y habrían de sentenciar el fin del absolutismo real. La Revolución Francesa habría de persuadir, con las ideas tomadas de la Ilustración, que el sistema imperante era ilegítimo, en la medida que no se sustentaba en el concepto sustantivo que había pasado a cobrar vigencia: la fuerza desbordante de la razón.

Es por ello que esa revolución cobró trascendencia y mantuvo su influencia; justamente porque, a su propuesta política y a la alternativa social que promulgaba, supo apuntalarla en un irrefutable, firme y vigoroso sustento intelectual. Las ideas de Voltaire, Rousseau y Montesquieu habrían de prolongar su refrescante contagio gracias a la proclama de universales conceptos como libertad, igualdad y fraternidad. Estas nuevas ideas exigían la separación de poderes; sus preceptos se oponían a las injustas e innecesarias divisiones que se habían institucionalizado dentro de la sociedad.

Este fue un inevitable proceso que, como una avalancha, habría de atropellar, más tarde, con sus postulados al mundo. Su detonante fue la misma rigidez de la gobernante monarquía. Los ingredientes que exacerbaron la reacción de la ciudadanía fueron, a más del creciente descontento del pueblo, las nuevas ideas libertarias; la eclosión de las nuevas clases; la crisis económica que había creado tanta incertidumbre e inseguridad en la sociedad. Era ahora inadmisible seguir manteniendo un sistema político que no estaba refrendado en la voluntad de la mayoría, que había perdido su indispensable sustento: su representatividad.

Si estas son las lecciones que nos dejó la historia hace más de dos siglos; es incomprensible e inaudito que las “nuevas revoluciones” olviden los básicos postulados que constituyen el símbolo mismo que justifica su propuesta. Es indispensable la declaración de unos objetivos que siguen siendo permanentes: los razonamientos directrices de libertad, igualdad y fraternidad. Porque, no puede suspenderse la libertad a pretexto de querer impulsarla; no puede desconocerse la diferencia entre los hombres a pretexto de conseguir la igualdad. No puede provocarse el odio entre los estamentos de las naciones, con el espurio y demencial razonamiento que su motivo propende hacia la fraternidad!

La revolución de finales del siglo XVIII dejó huellas como la toma de la Bastilla y la guillotina; pero dejó sobre todo la impronta indeleble de su intelectualidad. Sin la Declaración de los Derechos del Hombre, otras habrían sido las secuelas de la Revolución Francesa; habría sido un proceso cruento o incruento; temporal en sus consecuencias o trascendente; pero sólo su profundo significado libertario y humanista, habría de servir como modelo para las sociedades progresistas del mundo. Porque nunca pueden desconocerse los valores fundamentales del hombre, con el cuestionable pretexto de proporcionar o repartir mejor el pan.

Qué es preferible propiciar: pan sin valores; o, vigencia de valores, pero sin la posibilidad de acceder al pan? Tengo la impresión que el mundo cae con frecuencia en la trampa de esta absurda como maniquea dicotomía, ya que no puede haber bienestar sin orden y sin responsable solidaridad. Porque, de qué sirve conseguir al pan, si el hombre ha de carecer de libertad? La Declaración de Derechos dejó el legado de unos principios elementales, unos derechos básicos e inalienables, como la seguridad y la propiedad; pero dejó además otros aún más prioritarios e indispensables como la resistencia a la opresión, el derecho a la opinión y el intrínseco derecho a la misma libertad.

Es sorprendente como algunos “revolucionarios” modernos olvidan estos fundamentales esquemas intelectuales y desconocen estos inviolables valores. Qué beneficio duradero puede obtenerse del autoritarismo y la intolerancia? Qué provechosa consecuencia puede conseguirse con la oposición criminal entre los diferentes grupos sociales; sin propender a encontrar en ellos su necesaria complementariedad? Qué se obtiene de escindir la república; qué se logra con el discurso hostil y altanero, con enfrentar en forma irresponsable a la sociedad?

Observo desde lejos del país los acontecimientos bochornosos del último día de Septiembre. No los condono, ni los justifico, porque debemos aprender a vivir en democracia; lamentablemente… la democracia no es un sistema donde sólo cuenta el capricho y la opinión exclusiva de una temporal mayoría; es, ante todo, un sistema que debe representar a todos los sectores de una determinada sociedad. Si no, la intolerancia pronto da paso a la anarquía; la prepotencia y el abuso del poder dan cauce a reacciones innecesarias que confunden y perjudican los mismos objetivos que la así llamada “revolución” dice perseguir y buscar!

Las horas postreras de Septiembre no denunciaron un proyecto sedicioso. Fueron tan sólo un mal manejado descontento de un grupo de ciudadanos que habían perdido la confianza en los mecanismos democráticos que se supone debe tener la sociedad. Pero, está claro, cuando la confianza se pierde, la falta de respeto a quienes representan a las instituciones no se puede dejar de esperar. Ahí no hubo intento de golpe, tan sólo una muestra de lo que hay en un grupo cada vez más importante de la ciudadanía: un malestar y un descontento porque se desconocen los mismos procedimientos que luego se los quiere reclamar.

Quizás este triste episodio no sirva para radicalizar la necedad y la estulticia. Quizás la experiencia lleve a los culpables a revisar sus provocadoras actitudes y sus desafiantes políticas. Quizás la lección se aprenda, para beneficio de la verdadera democracia y del renovado respeto a las seculares ideas de libertad, igualdad y fraternidad. Solo así la revolución ya será de todos! Pues… parecería que hasta la maldad hace menos daño que el que provocan la intransigencia y la necedad!

Amsterdam, 1 de Octubre de 2010
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26 septiembre 2010

San Blas, circa 1960

Casi nada queda ya de ese emblemático triangulo; es hoy como si el rincón hubiese sido barrido por la furia del viento, o como si un remezón telúrico hubiese obliterado para siempre su original y antiguo trazo. Quizás sólo queda la iglesia que, con el nombre de un santo poco conocido, regaló el apellido a la parroquia y a la plaza; y que se quedó allí recluida para siempre. Es todo lo que ha quedado del entorno de un lugar que hasta hace sólo cincuenta años, fue algo así como el limite donde terminaba la parte mas “antigua” de la urbe. Queda todavía el “Calé de Queso”, un poco conspicuo y medio angulado edificio que antes resaltaba y evidenciaba su forma, por la presencia preponderante de la Biblioteca Nacional.

Hay quiteños que vivieron de niños en La Loma, San Roque o San Marcos; que saben donde quedaba La Guaragua, el Puente de los Gallinazos o la Quebrada de Jerusalén. Yo viví gran parte de mi infancia entre lo que antes era sólo una capilla que aspiraba a convertirse en Basílica y la pequeña plaza de San Blas. La casa que arrendaba mi abuela estaba ubicada en la calle Caldas; una cuesta que ascendía hacia Cruz Loma con el recorrido de un par de cortas cuadras. Puedo decir, por lo mismo, que yo crecí de niño en el muy quiteño barrio de San Blas.

El lado oriental de la plaza estaba marcado por la presencia de un modesto edificio municipal de una planta, dentro del cual funcionaba un negocio informal, que con el nombre de Mercado Barato, daba acogida y carta de ciudadanía a la mayoría de los objetos “tomados prestados” por los ladrones de la ciudad. Junto a su entrada se ubicaba uno de los pocos “servicios higiénicos” con que contaba en ese entonces Quito, cuyos habitantes parece que desarrollaron así la rara habilidad de contenerse, pues los “servicios” no eran tan “higiénicos” que se diga, y el papel que se proporcionaba, era periódico cortado, cuyos diminutos pedazos los vendían en el exorbitante precio de un real…

En la entrada al mercado, había un expendio de “frescos”, jugos y batidos de fruta enfriados con hielo. Nada superaba esos inolvidables preparados de mora o de naranjilla, que se vendían en el húmedo acceso a este mercado de vejestorios, que era el curioso y estrecho mercado de cosas usadas. La gente lo conocía como de “Las Traperas”; o, si se quiere, como “Lastra”, que es así como los chuscos citadinos habían bautizado, con el ingenio de su picardía, a este extravagante comercio de la capital. Allá fueron a parar todos los textos que se me robaban en la escuela. Allí había repuesto para componer cualquier aparato estropeado o destruido, ahí había remplazo y medicina para reponer todo lo perdido y para dar temporal solución a cualquier perentoria necesidad.

En el lado sur de la plaza, junto al edificio de la desaparecida biblioteca, había una serie de negocios pequeños, en los que se expendía todo tipo de implementos y chucherías. Eran locales similares, que se complementaban y competían; hoy obedecerían al justificado titulo de tiendas de bazar. Ahí acudíamos a comprar trompos, canicas y bodoqueras; allí se encontraban caretas, cometas o tijeras; ahí se hallaban pilas, imperdibles y botones; en fin, todo aquello que las tiendas no vendían, ya que el abastecimiento alimenticio era toda su especialidad. Frente a estos bazares se ubicaba, asimismo, una de las pocas cooperativas de “autos de alquiler” con que contaba la ciudad. Por esos días, se podía ya pedir un taxi por vía telefónica; pero era preferible ir personalmente a negociar el precio de "la carrera" para desplazarse a otro lugar.

Era en la esquina de la Carrera Guayaquil con la Caldas, que se formaba el nudo de transito más inconveniente que sufría por esos años la ciudad. Desde esa esquina, la Guayaquil se prolongaba hacia su extinción, pues sólo una cuadra más arriba, se bifurcaba y se convertía en dos avenidas que se alejaban hacia el norte, la parte moderna de la ciudad. Pero fue principalmente en el lado de levante de esa misma cuadra, que existía la mayoría de los oficios y negocios que le hacían tan conveniente al hecho de morar en ese barrio; porque, a excepción del correo y de un banco, se puede decir que de todo y para todo existía, a mediados del siglo pasado, en esta zona de la capital.

Fue en esa calle donde se engalanaban los mejores balcones en tardes de “corso”. Porque desde ahí fue que empezaba el festivo desfile de los carros alegóricos, cuando se exhibía el ingenio y la creatividad del quiteño; y donde las “agraciadas damitas” hacían gala de sus encantos, si no de su donaire y de su bondad. Fue, el corso, pregón y parte consustancial de las festividades quiteñas en esos años; un símbolo que fue más tarde perdiendo vigencia y popularidad.

Este es parte de mi notariado testimonio. Doy fe, por lo mismo, que soy buen quiteño y que viví “de guambra” en una calle corta y empinada. Confieso que mi infancia transcurrió a tiro de piedra de esa cambiada plaza, que ahora sólo conserva su antiguo nombre. Sí, yo también crecí en el barrio de San Blas!

Amsterdam, 26 de Septiembre de 2010
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25 septiembre 2010

Lograr, lograr y lograr

Es una tierra avecinada al borde más meridional del mapa, una tierra irregular que denuncia más su aridez a medida que uno se aleja del septentrión. Es un territorio de paisaje distinto, caracterizado por cerros secos y polvorientos que separan los múltiples valles sinuosos que va exhibiendo el caprichoso perfil lojano. Toda la provincia, es un conjunto de pequeños y ondulantes valles que se conectan por medio de senderos tortuosos y poco transitados. Son comarcas y pueblos con nombres susurrantes y sugestivos, de rara e inquieta musicalidad.

Son planicies fértiles y abrigadas separadas entre sí, por la intermitencia de desnudos promontorios y collados. Loja es tierra de “vallies y colliados”, dice su gente; y los foráneos intentan imitar la pronunciación del hombre de estas tierras que reclama que él es, en su país, quien mejor pronuncia el castellano. Es Loja, tierra de gente de piel blanca y corazón alegre, amiga de la reunión familiar, de la celebración comunitaria; inclinada a la confidencia y a la bienvenida generosa al extranjero; gente de impulsos amigables, proclive a la hospitalidad; abierta siempre a la tentación de saborear un “repe”, una cecina o un tamal; y propicia también a ofrecer al viajero un cálido “cantaclaro”, cuando este le viene a visitar.

Ahí se usan términos de curiosa procedencia y sentido poco conocido, algunos inclusive tomados del castellano antiguo, como biringo (desnudo), patojito (muchacho), pringarse (quemarse), buchar (cargar). Ahí se dice horitas, en lugar de ahorita; ahí se dice “las guaguas” cuando se refiere a las criaturas (sin siquiera importar su género). Ahí se dice “parar el tacho”, cuando se opta por calentar la cafetera. Ahí se conjuga el verbo “lograr” con el antiguo sentido de gozar y de disfrutar, además del común de conseguir, obtener o alcanzar. Pero, sobre todo, allí se pronuncian las elles sin esfuerzo, casi sin topar los dientes con la lengua, con una acción más delicada, que roza con una caricia tenue y sensual el paladar.

He caído, sin proponérmelo, en estas discretas reflexiones al meditar en la novedosa postura gubernamental de oponerse a los “fines de lucro” de algunas empresas e instituciones; acción esta que parecería que se trata hoy en día de cuestionar y aún de ridiculizar. Acaso no es, para obtener un lucro, que uno se esfuerza y trabaja? Acaso no está caracterizada por la intención de obtener una justa retribución, mucho de la actividad humana? Qué de malo tiene, entonces, esto de alcanzar un rédito; qué de perverso o pernicioso hay en propender a un objetivo pecuniario; qué de malo tiene esto de aprovechar de algo y “lograr”?

Por mi condición de viajero itinerante, cual sorprendido quijote que deambula por una global meseta castellana, he sido muchas veces testigo de los continuos viajes y desplazamientos de las ampulosas comitivas gubernamentales de turno, cuyos integrantes se oponen, como ahora, a ciertos fines empresariales de lucro; mas, se olvidan con frecuencia de lo mismo que exigen y predican, y se dedican con ávida fruición a la lamentable tarea de aprovecharse de las canonjías y privilegios que su transitoria posición genera. Cumplen su imprecisa misión intercalándola con visitas e invitaciones, sin otro objetivo que conjugar el verbo lograr; abusando así del aporte del mismo pueblo que les paga; de esa misma gente a quien dicen representar; de la que medran con sus recurrentes, costosos e improductivos viajes; en los que, no hacen otra cosa que aprovecharse de la situación con desaprensivo oportunismo; dedicándose a “lograr”…

Y, mientras quienes de este modo gozan y disfrutan, uno no deja de preguntarse: cuál es el beneficio que con esto consigue la patria; qué es lo que el país satisface con este continuo e impúdico “lograr”! Quién, de otra parte, impide y castiga este interminable paseo insólito y sin recato de las múltiples “comitivas”, que parecen ir por el mundo con la incierta etiqueta de una supuesta representación, pero sin el sustento beneficioso de su justificada necesidad?

En fin, estas son introspecciones a que obligan la llamadas revoluciones de este siglo, que sólo parecen auspiciar oscuros proyectos de una nueva clase de gente trasnochada que, con el confuso e inescrupuloso pretexto de la redención tan esperada, quiere que sus protegidos sean los únicos que gocen; porque parecería que son sólo ellos quienes tienen el exclusivo y lucrativo derecho a lograr…

Quizás no tengamos que esperar a que se hagan grandes “las guaguas”, para poder prescindir de los beneficiarios de la prebenda y de los costosos periplos oficiales. No vaya a ser que sus protagonistas nos dejen aún más esquilmados y convertidos en un país de “biringos”. Es “horitas” que hay que tomar conciencia y unirse para evitar que unos pocos nos “pringuen” y terminen “buchándose” con el erario público. Quizás podamos reivindicar el derecho, que como colectividad tenemos, de vivir en armonía y en paz. Es hora ya de intentar nuevos caminos de progreso y conseguir juntos que “logre” todo el país! Esto quizás parezca sólo un sueño, pero es más bien una meta alcanzable y una factible posibilidad!

Amsterdam, 25 de Septiembre de 2010


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18 septiembre 2010

Arriba, la música…

Tienen las palabras, su propio e intrínseco contrapeso. Son los llamados espacios que, generados por los puntos y las comas, aclaran y otorgan sentido, y crean esa música que se consigue con la combinación de las palabras con esas mínimas cuotas de silencio. Sin estos espacios no podríamos disfrutar del embrujo cautivante de los sonidos. Todo sería desorden y anarquía; no podríamos apreciar ni el ritmo, ni la melodía. Imposible sería saborear esa magia fascinante que, quizás con esa intención, alguien llamó “los sonidos del silencio”.

Sin embargo, por motivos personales, que me obligan a ser muy discreto y comedido, yo mismo me he convertido, en cierto modo, en un especialista en leer cartas y recados que carecen de estos maravillosos e indispensables símbolos. He caído de vez en cuando, por lo mismo, en ese terreno cenagoso de la ambigüedad al malinterpretar el justo sentido; persuadido como he estado, de haber logrado desarrollar aquella riesgosa condición, que consigue el lenguaje sibilino de la adivinación, aquella de los sobreentendidos superpuestos…

Han sido necesarios dos párrafos, hasta aquí, para justificar la coma intermedia del titulo de esta entrada; sí, porque la intención no es, en esta ocasión, la de hacer un elogio de la música; ni siquiera la de convocar al frenesí voluptuoso de celebrar el arte de mezclar los ruidos. No, no es mi intención hacer una apología de la melodía y del ritmo (como sería el emitir un: Arriba la música!). Solamente quisiera referirme a lo que pasa con las canciones cuando se la escucha en el más amplio y excelso de los escenarios, en esa bóveda celeste, nublada o estrellada; mientras uno tiene el privilegio de estar ahí arriba en el cielo…

Al intentar esta explicación me viene al recuerdo un supuesto episodio convertido en anécdota, caricatura y moraleja. Trátase de la distorsión que habría producido una equivocada puntuación en el dictado efectuado por un abnegado maestro de escuela. El discípulo había copiado la frase con cadencia equivocada; y el resultante sentido absurdo se había exacerbado con los errores de su singular ortografía. El alumno había escrito: “Comía como bestia, dormía sobre una vieja, esta era la vida de San Francisco”; cambiando así el sentido original del párrafo inicial de un poema. “Comía como vestía, dormía sobre una vieja estera… La vida de San Francisco!”, habría sido la frase que en realidad había querido dictar el frustrado como sorprendido maestro…

Pero… lo que quiero realmente contar es: cómo se siente la música ahí arriba, en mi medio, en el elemento de mi aérea actividad; cuando se disfruta de los sonidos y del embrujo que suelen tener las melodías cuando uno está volando, cuando se está ahí arriba, suspendido en el aire y cerca del firmamento. Para hacerlo, debo contar primero con la generosa magnanimidad y la anticipada absolución del lector; porque, bien visto, hay una cierta cuota de travesura culposa de mi parte, si no de irresponsabilidad, en los episodios que ahora cuento…

Debo comentar primero que han sido numerosos los músicos y cantantes de cierta fama que han tenido que volar conmigo. Camilo Sesto, Rocío Jurado, Raúl Vale, Miguel Gallardo, Leonardo Favio, Lupita D’alessio, Raúl di Blasio, son algunos de los artistas que yo he tenido la oportunidad de contar entre mis pasajeros. Con muchos de ellos, sólo tuve el breve intercambio de un gesto de cortesía; pero otros, unos pocos, entraron inclusive a la cabina a compartir con mi tripulación las incidencias del vuelo, sólo para… terminar cantando con nosotros, convirtiendo así la cabina de mando en una sala de concierto!

Dos fueron mis personajes preferidos. Recuerdo al primero por su humildad, por su carisma y por su gracia natural; porque las canciones de su corto repertorio, llegaban al alma y llegaban con fuerza. “Daban diciendo” como dicen en mi tierra. Llevo en mi memoria, al segundo, por su catadura de asceta, por su paz interior, por su actitud filosófica y su humana sabiduría; porque, además, me dejó un pequeño recuerdo cuyo mensaje escrito constituye un testimonio inolvidable.

Volábamos, con el primero, sobre Los Andes; abajo quedaron los sorprendentes riscos que separan Chile y Argentina; habíamos cruzado Curicó; el sol caía ya a nuestras espaldas mientras sombras gigantescas se desparramaban sobre el lomo de las estribaciones orientales de la cordillera. Era casi la hora del crepúsculo vespertino, cuando Miguel Gallardo, en medio de nuestra cabina de mando, se puso a cantarles, a los sorprendidos pasajeros, la melodía emblemática de mis primeras travesuras: “Hoy tengo ganas de ti”. Lo que siguió, habría de entrar en el delicioso reino de la anécdota y del recuerdo inolvidable; pues el flamante dúo Gallardo-Vizcaíno, continuó deleitando a la audiencia con canciones como “Yo fui el segundo en tu vida” y “Deja de llorar por mi”. Fue necesario entonces apagar las luces de la cabina, cuando accedimos a entregar la melodía que hacia falta: “Y apago la luz”!

Con el segundo hicimos amistad espontánea y automática. Parecía un muchacho con juguete nuevo; no tuvo empacho en confesar su fascinación por la aviación y estos bichitos poderosos y sorprendentes que son los aviones. Se sentó en medio del puente de mando, en una butaca asignada para el tercer tripulante. Él no cantó nada esa mañana, porque su oficio no era el de entonar melodías, era el de aplastar con enorme maestría y delicada destreza las teclas de un piano, para expresar sentimientos de tristeza o de alegría; para llenar de dicha o para hacer llorar, con el solo desplazamiento asombroso de sus geniales dedos.

Se llamaba Raúl di Blasio. Me hizo una comparación inolvidable ese mediodía, insinuando que la música desde su piano, era lo mismo que para mí, desde el avión, la magia irremplazable de volar… Conservo de él todavía el obsequio de una grabación suya, con un mensaje escrito con letras de su puño y letra. Son palabras escritas con agilidad sobre la carátula. Por eso es que a veces digo “Arriba, arriba la música!”, sobre todo cuando, como hoy, recuerdo cómo es ahí arriba la música! Cuando uno, ahí arriba en el cielo, se siente humano y, de pura alegría o sentimiento, tararea algo y también acaba por ponerse a cantar!

Sydney, 18 de Septiembre de 2010
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16 septiembre 2010

El secreto

Chis… Les voy a contar un secreto; pero shhh, verán… no contarán a nadie! 

Esa tarde de Sábado nos llamó la abuela y nos entregó la llave del cuarto que arrendaba mi tío Luis cerca del parque de El Ejido, para que recogiésemos su ropa para lavar; o talvez para que arreglásemos sus pertenencias y cambiásemos las sábanas de su desordenado aposento. Había ahí una cama con dos veladores y un armario. Había, además, un aguamanil y una palangana; eso era todo lo que existía en el espartano y severo entorno de su alquilado cuarto de vivienda. 

Es que en ese tiempo, no era muy frecuente escuchar que vivieran solos y por su cuenta los hombres solteros; y casi impensable también que ellos hicieran uso de todo un departamento vacío “para lo más de ir a dormir y usar a veces el cuarto de baño”. Fue así como, esa tarde, a más de cumplir con la misión encargada por la abuela y curiosear unas cuantas revistas que exhibían unas pocas fotografías sugestivas y obscenas, nos pusimos con mi hermano menor a investigar qué “secretos escondidos” podía albergar esa misteriosa “pieza de arriendo”, que constituía por entonces aquella morada independiente y recoleta. 

Fue por medio de estas acuciosas y subrepticias “investigaciones” nuestras que descubrimos esos “Alka-Seltzer” de color encarnado, de contenido suave y semilíquido, que él había guardado en más de uno de los cajones de los veladores de su recámara. No nos cabía duda: se trataba de las muestras gratuitas de uno de esos medicamentos que alguno de sus tantos amigos médicos le habrían regalado. Había más de una docena de estos envoltorios de forma cuadrangular que contenían el medicamento mencionado. Luego de una corta deliberación decidimos sustraernos unos cuantos para venderlos en la botica de allí cerca. 

 Cuando sacamos de nuestras nutridas alforjas el contenido singular de nuestros envoltorios hurtados, una mueca de incredulidad y una sonrisa socarrona iluminaron, de golpe, los rostros de los dependientes y del mismísimo boticario. No cabía duda que algo ajeno a nuestra ingenuidad contenían estos sobrecitos de papel metálico… “De dónde fueron a sacar todos esos preservativos, guambritos malcriados?”, nos consultó, en forma de demanda, el inquisitivo boticario. Vayan a devolver esos condones a dondequiera que los hubieran encontrado! 

Fue así que corrimos de vuelta a restituir los sobrecitos y que corrimos, también, a consultar por el significado de estas dos nuevas palabras en un viejo y olvidado diccionario. El destartalado texto casero fue más oscuro aún que la incómoda situación que de golpe nos había avergonzado: “1. Adj. Que tiene virtud o eficacia de preservar. 2. m. Funda fina y elástica para cubrir el pene durante el coito, a fin de evitar la fecundación o el posible contagio de enfermedades”, era lo que nos aclaraba el sabio libraco descuajeringado. Lo de “coito” fue objeto de una nueva y más prolija indagatoria; pero nos persuadimos que algo iba a requerir de una explicación más especializada, cuando encontramos la palabra “pene”, término este que no estábamos autorizados a mencionarlo ni en casa ni en ningún lado! 

Pocos días después me enviaron, por algún otro motivo, a la farmacia. Iba a enfrentar la mirada indagatoria de los boticarios vecinos; pero, para mi sorpresa, no me hicieron nuevas preguntas ni, con su malicia, tampoco me interpelaron. Esta vez ellos actuaron como que compartían desde mucho tiempo atrás un viejo secreto conmigo. Su mirada ya no era inquisitoria, era la de quienes sabían que compartían el acuerdo que palabras como pene, coito y preservativo, nos habían integrado en una nueva y subterránea fraternidad; organización que conocía el callado significado de esas sugestivas palabras cuya obscena definición ya la conocíamos, pero estábamos obligados todos a tener que ocultarlo. 

Más tarde habría de descubrir que los secretos no siempre tienen que ver con venéreos (de Venus, deleite sexual) propósitos y significados. Por el contrario, habría de caer yo también como presa de ese afán de conseguir la realización en la vida con resultados de éxito económico y financiero, rápido e inmediato. Un día me llegó por correo una curiosa correspondencia que me ofrecía el elusivo secreto del éxito y me garantizaba que si aplicaba cierta fórmula, habría ipso facto de convertirme yo también en flamante millonario. Pagué la inscripción correspondiente para sólo recibir después de unas cuantas semanas, una resma de ampulosos documentos en los que se difundían ciertas fórmulas de comercialización que para mí carecían de todo resultado práctico. Lo único que habría de quedarme claro era que se trataba de un sutil negocio en serie y que a mí también me habían embaucado! 

En otra ocasión una veterana que ya no tenía tiempo para disfrutar del beneficio de nuevos secretos; pero que, en cambio, no tenía necesidad de un centavo más para engrosar su favorecido peculio, me pidió que le buscase en una librería internacional un famoso texto que sugería cómo convertirse, de la noche a la mañana, también en inédito millonario. Luego de fáciles indagaciones dí con el instrumento que habría de revelarle a ella estos escondidos preceptos, estos arcanos recados. Leí yo mismo dos veces el publicitado “Secreto” (The Secret), sólo para quedar yo también aún más confundido, y con la desagradable e incómoda sensación de haber sido, una vez más, ingenuamente engañado… 

En mis continuos esfuerzos por mejorar mi nivel golfístico (léase: por tratar de esconder mis incurables deficiencias) he recibido, más de una vez, y con relativa frecuencia, la participación “exclusiva” de un supuesto secreto que habría de servirme como panacea final y concluyente para alcanzar en forma definitiva, el resultado que me sigue siendo esquivo y que aún no he logrado. He llegado a la dolorosa pero reconfortante conclusión que estos secretos no existen; y que, el único secreto que hay es el de que, cuando le venden a uno un secreto, hay que actuar con precaución, cuando no con un cierto ingrediente de sospecha… Este es el único secreto que sirve y que no es conveniente guardarlo, para que así todo el mundo lo sepa y para que ya nadie resulte engañado! 

Sydney, 16 de Septiembre de 2010


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13 septiembre 2010

La asfixiada paloma de la paz

Nadie debería olvidarse ya nunca jamás! Es que, quién estaría en condición de hacerlo? Esas insólitas horas de aquella mañana de Septiembre en Nueva York nos dejaron, a más de atónitos, confundidos entre la incredulidad y el desasosiego; desorientados entre la depresión y la rebeldía! Pensar que todo esto sucedía al socaire de unas creencias religiosas. Se asesinaba con crueldad, y sin piedad, en nombre de un Dios que ellos imaginaron revanchista y perverso. Se destruían cientos, miles de vidas en nombre de Dios; y, también, quién sabe, en nombre del inaceptable concepto que ciertos seres parecían tener de la paz.

Me pregunto: puede buscarse la paz provocando una hoguera de esa magnitud? Se puede quizás aspirar a la tolerancia ajena provocando ese infernal momento? Creo que nadie imaginó que algo tan dantesco y sorprendente podía pasar en medio de un momento de aparente calma y conciliación en nuestra historia; en una etapa inédita de transigencia y solidaridad entre los hombres. El muro de Berlín había caído; se había proclamado la fuerza insostenible de la Perestroika; se había disuelto la Unión Soviética; China había accedido a los tradicionales mercados internacionales; parecía avizorarse una nueva etapa para el mundo; un albor auspicioso parecía llegar para toda la humanidad.

He vuelto a repasar con pena, pavor y repugnancia un documental que revisa esos interminables y tristísimos momentos. Alrededor de dos horas transcurren desde que sucede el primero de los impactos en una de las Torres Gemelas, hasta que se produce el sorprendente como catastrófico desplome de la segunda de esas estructuras. No recuerdo haber presenciado, gracias a ese instrumento mágico y prodigioso que es la televisión, nada tan cruel y despreciable. Uno se pregunta, cómo pueden seres humanos, como nosotros, ser capaces de algo tan horrendo y execrable?

Ver esas torres sacudidas, una tras otra, por los inesperados impactos, envueltas en el humo y las llamas que nadie fue capaz de controlar y extinguir; escuchar tantas conversaciones de personas atrapadas y desesperadas; observar a tantas y tantas criaturas que se vieron forzadas a lanzarse al vacío, como único medio para evitar el ser consumidas por esas pavorosas y gigantescas llamas, sólo puede crear un doloroso sentimiento de incredulidad y de rechazo. Nadie puede concebir cómo una acción así de perversa pudo subestimar la condición individual de todos esos seres humanos y acabar con tantas inocentes vidas.

Mientras esto sucedía, yo llegaba esa noche a Singapur en un vuelo procedente de Jakarta. Pude observar por televisión toda esa gente apostada en la vecindad de los edificios, que con ansiedad esperaba que no estuvieran allí, o que se pudieran salvar, sus atrapados seres queridos. Nadie quizás pensó en que esas formidables estructuras podrían ceder a su propio peso; y que terminarían por colapsar y derrumbarse. Lo que siguió, fueron esas nubes gigantescas de humo y polvo, que oscurecieron el área aledaña y que ensombrecieron para siempre el sentido de fe que uno pudiera tener en la a veces mal llamada “humanidad”.

Yo no sé que había venido primero; si una política internacional contradictoria y de doble discurso; o, quizás, una serie de muestras aisladas de intolerancia, aversión y antipatía hacia el pueblo americano. Lo cierto es que nadie esperó una acción tan aviesa y malévola donde, a más de la sorpresa, se utilizaban por primera vez conceptos nuevos en las acciones terroristas; se usaban recursos inéditos, de sofisticada preparación y tecnología. Quién podía haberse imaginado que se utilizarían aviones de pasajeros en calidad de misiles? Quién podía haber anticipado que un grupo suicida de activistas sanguinarios se hubiera estado preparando, con los más sorprendentes y avanzados medios con que cuenta el entrenamiento aeronáutico, para dar este zarpazo macabro y despreciable?

Como aviador, no encuentro explicación para cómo pudo un grupo de individuos, con escasos recursos técnicos, someter a la tripulación de esas aeronaves en vuelo, no se diga a sus casi doscientos pasajeros; tomar luego el mando de un avión del que ellos tenían limitados conocimientos para su operación especializada; alterar el rumbo previsto, planificar y ejecutar la reordenación de la navegación que era necesaria; apuntar a los destinos escogidos; y entonces, descender hacia sus objetivos y alcanzarlos en forma exacta y sorprendente; llevando a cabo así, una de las más infames misiones que se recuerde, donde sólo la demencia y la maldad hubieran estado en condiciones de hacerlo en tales circunstancias…

Los verdaderos culpables, los maquinadores de esta indescriptible atrocidad, aquellos que prepararon esta tragedia sin nombre, siguen todavía escondidos. Lo lamentable, es que al parecer no han satisfecho todavía su odio, la fuerza animal y primaria de sus instintos. Es probable también que no hayan cesado tampoco de planear una nueva inmolación, aún más perversa que la cometida.

En una vereda, esa mañana, junto a los calcinados y polvorientos escombros de las torres derrumbadas, deambulaba una pequeña paloma que lucia asfixiada y confundida. Caminaba tambaleándose, no podía volar; tampoco llevaba en su pico una ramita de olivo. No podía ser otra que la moribunda paloma de la paz…

Amsterdam, 13 de Septiembre de 2010
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