04 diciembre 2010

Amaneceres

Es madrugada de Domingo. Es temprano en la mañana, aunque no hay todavía claridad, todavía no amanece. Una mortecina línea de luces es todo lo que ha quedado en la ribera del río de ese sorprendente despliegue luminario que ayer bañaba de claridad la oscuridad de la noche. Un contrastante e inusitado ahorro de energía ha suplantado al exceso de los nocherniegos derroches. Un tenue, vacío e impreciso reflejo va desapareciendo en las inquietas aguas del río, mientras las primeras y tempraneras barcazas van iniciando ya sus trasiegos madrugadores. Sí, solo queda una línea de luces, cual cruel metáfora de nuestras luminosas vivencias que terminan convirtiéndose en parcos trazos de referencia, con sus descoloridos recuerdos, con su difuminados colores.

Pienso entonces en mis primeros desplazamientos aéreos internacionales. Fue un vuelo de Avianca a Caracas, que hizo escala en el aeropuerto El Dorado de Bogotá, el que inició mis nutridos viajes hacia lejanos lugares. Tenía entonces solo diecisiete años e iba invitado a Venezuela, por asuntos relacionados con mis prematuras actividades como dirigente de un movimiento juvenil. Tratábase de un flamante Boeing 727 que esta aerolínea había adquirido para transportar al Papa desde Italia a Colombia. Cuando esa noche el avión aterrizó en Maiquetía, el lánguido color de las luces azules de la pista de rodaje, sería una de las imágenes que me habría de marcar con la huella de su memoria, con el paso de los años.

Solo diez meses después, un Lockheed Electra de la compañía Ecuatoriana de aviación, habría de llevarme a Miami. Era un vuelo al que llamaban “lechero”, porque venía parando en todas partes: Santiago, Lima, Guayaquil, Quito, Cali y Panamá eran sus itinerantes escalas, antes de que finalmente “topáramos ruedas” en la capital de las compras de los sudamericanos, la ciudad de Miami. Pasar por Panamá, donde éramos “invitados” a desembarcar del avión, para esperar en un terminal abierto a la intemperie y sin aire acondicionado, era una forma de recordar cómo es la vida en los trópicos; cómo hay otros climas, otros calores, otras razas, otras costumbres, otras humedades…

Dos veces seguidas utilicé esa Ecuatoriana de los cuadrimotores a turbohélice, que el anuncio de propaganda (como si eso al pasajero le importara) advertía que estaban impulsados por motores Allison. Los jets comerciales ya surcaban sus estelas y sus ruidos por el mundo; aquí el sucedáneo a la velocidad, cual yapa generosa o graciosa añadidura, era esto, inservible para los usuarios apurados, de saber que los Electras estaban equipados por los famosos y confiables motores Allison de hélice.

Hice estos viajes para cumplir con mis cursos iniciales de entrenamiento de vuelo en Flight Safety Academy, un instituto localizado en un pueblito de la costa oriental de la Florida llamado Vero Beach. Ahí, aparte de volar, no se hacía nada, nadita de nada (le juro Alicia); y si uno lo hacía, todo el mundo se terminaba enterando. Claro, sobre todo las tres únicas chicas que había en ese pueblo medio abandonado donde solo se vendían limones y naranjas; chicas, de las que todos los aviadorcitos que habíamos en la escuela, como esperando turno, y tarde o temprano, fuimos alguna vez sus fugaces enamorados... “Zero Beach” lo habían bautizado mis compañeros de internado.

Tres años después y ya convertido yo en piloto de “avionetas”, que era como entonces se conocía a los aviones pequeños, volé nuevamente a Bogotá en la cabina de un Boeing 707 de Lufthansa; ésa fue una experiencia reveladora e impresionante. Esto de que llamen así a los Douglas DC-3 o a los Twin Otters y a otros aparatos de mediano tamaño, lastimaba mis oídos y mi auto estima, por este bautizo tan injusto y lamentable; además, como si llamar “pequeños” a esos enormes avioncitos, no habría sido ya un desdén insultante, se le añadía ahora esa injuriosa afrenta de darles un género extraño y femineizante… Volar por primera vez en la cabina de mando de un gigantesco 707 Intercontinental, donde tanta gente parecía luchar con la aplicación de las reversas y parecía cumplir con alguna complicada gestión en ese atronador y traumatizante aterrizaje, me hizo crecer en la íntima sospecha de que llegar a volar algún día esas complicadas naves voladoras, “de género masculino”, estaría solo reservado a la exclusiva cofradía de la gente grande…

Pero… pasaron los años, y otros más; y el mismo piloto que una noche “tomó prestada” la revista aeronáutica que yo había dejado en mi asiento, mientras hacíamos escala en el vuelo de regreso, se habría de convertir luego en mi jefe directo en Ecuatoriana de Aviación. Ingresé a Ecuatoriana cuando estaba convertida ya en empresa estatal y era flamante poseedora de esos mismos jets que tanto me habían impresionado. Es que ahora había decidido “meterme a cosas de mayores”, asunto que me lo advirtió una mañana ese mismo superior jerárquico, cuando me comentó: “vas bien mijo, has de ser un buen piloto cuando te hagas grande”… Ah, esto de “hacerse grande”... Y pensar que se nos va la vida y no terminamos nunca de hacernos “grandes”! Por entonces no me preocupaba tanto en llegar a bueno; lo que más me apuraba era eso tan elusivo de llegar pronto a ser grande!

Ahora ya no vuelo en aviones de femenino género, ni siquiera en otros que no sean los llamados “grandes”. Lo hago en otros que, para no exagerar con el uso del adjetivo, merecen la denominación de “aviones de cabina ancha”. Son las llamadas aeronaves de “doble pasillo”. Pronto ya no volaremos ni éstos, ni los pequeños avioncillos; o sea, ni los femeninos ni los masculinos… Y cuando menos nos demos cuenta, ya no estaremos piloteando ninguno! Nos veremos en el espejo y nos seguiremos preguntando eso tan sin respuesta, eso de que cuándo mismo es que vamos un día a llegar a ser grandes…

Shanghai, 5 de Diciembre de 2010
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03 diciembre 2010

De sonrisas y cortinajes

Hace frío en la obligada cláusula de la noche. Parece la ciudad un prematuro escorzo navideño donde la nieve todo lo ha ido manchando de blanco con su persistente derroche. En el brillo diagonal de las mojadas calles, se reflejan los inflamados faroles colorados que anuncian la presencia y disponibilidad de las mesalinas de vitrina, las cariátides animadas, las incorregibles damiselas de la noche. Es la impúdica oferta de lo callado y clandestino; la industria del goce sexual permisivo; la fábrica de las apuradas caricias sin cariño; el desinhibido comercio de los improvisados orgasmos perentorios, de los fingidos amores.

Se han apostado allí, detrás de sus escaparates cristalinos, acompañadas de una silla solitaria, de su escaso atuendo provocativo y de la mueca difuminada de su sonrisa ensayada y complaciente. Un terciopelo gastado esconde el vacío camastro de sus artificiosas contorsiones, como testigo mudo de las urgencias de sus ocasionales clientes. Ostentan, en su rostro, el gesto obvio pero impreciso de la seducción recompensada. En el oscuro mundo del intercambio de los jadeos lascivos, de los carnales placeres reprimidos, de los abreviados requiebros de la pasión retribuida, están ellas ahí para conceder el imaginario pasaporte de salida de la república de la soledad; o, simplemente para conceder la visa de entrada hacia la patria del disfrute de unos placeres sin pretexto ni reproche.

Un contradictorio contraste entre curiosidad y desdén, ayuda a mimetizar el disimulado sigilo del feligrés que acude a esta parroquia lujuriante. Es un gesto innecesario de cautela que a su vez contrasta con la gratuita exhibición de las sensuales intimidades. Es Amsterdam y sus callejuelas del fugaz disfrute. Es el llamado “distrito rojo”, verdadera zona de tolerancia, con vitrinas arrimadas a sus angostas calles. Es ésta, una zona incrustada en el ombligo mismo de la urbe; y así como las meretrices no esconden la desnudez de su carne; ella, la ciudad de los canales, tampoco oculta su permisividad ante el más antiguo de los oficios, que aquí se convierte, además, en una más de las mercantiles profesiones.

Son mujeres de todas las razas y de todos los tamaños; son semblantes de todas las apariencias y de todas las nacionalidades; son muecas seductoras para todos los gustos, que aquí ensayan estas “chicas” de todas las edades. Aprendieron la fácil conjugación del verbo cautivar, en la temprana escuela del estupro o en la tardía universidad de las no siempre inventadas necesidades. Con un insistente gesto de confianza, invitan a esconder el rubor, a superar el prejuicio o el fardo subyugador de los compromisos afectivos o las reticencias morales. La conquista de un nuevo cliente ha de clausurar de nuevo, y por breves instantes, el lienzo que antes cubría el interior de esos abiertos ventanales. Ellas van a lo suyo, a acordar un precio a cambio de las caricias ofertadas con sus recursos seductores.

Si la vitrina se constituiría en el símbolo, la callejuela sería, a su vez, uno como improvisado proscenio para representar las debilidades del hombre. Parece la rúa como un cuadro impregnado de los brochazos impulsivos de Van Gogh, y guarnecido por el marco protector de las tolerancias sociales. No son ellas las que están encerradas en su hornacina de cristal; son ellos, los forasteros, los que sufren el yugo y el cautiverio de su propia condición. Así los ven ellas, como en opuesta reversión de papeles, mientras pacientes los observan detrás de sus iluminados ventanales… Quién compra a quién; quién satisface a quién, en este confuso mercadeo de urgentes requerimientos, de inusitadas necesidades? Abrigo la sospecha que ellas están ahí, no porque estén obligadas a hacerlo, sino porque disfrutan del encuentro furtivo y están satisfechas con lo que hacen…

Como todos en la vida, su realidad personal no está definida por sus ajenas y despreciadas profesiones. Aunque simulen su encierro en el jugueteo holgazán, son también mujeres de carne y hueso; sujetas a las exigencias de la realización familiar; a los impulsos por proteger y compartir; por hacer feliz a alguien más; por dar solución a sus problemas y solventar sus propósitos individuales. Son mujeres sujetas a la alegría o al llamado de la ilusión; al tedio transeúnte o a la cotidiana obligación de arreglar una alcoba o preparar un guiso para alguien.

La nieve ha vuelto a soplar su blancura pertinaz; de pronto, me recuerda que la palabra promesa se avecina a la de promiscuidad; que la palabra propósito se encuentra cercana a la de propincuidad… todo, en la misma página de ese pesado diccionario que es el de los preceptos morales! Les devuelvo entonces la mueca cómplice de mi distendida connivencia, mientras un inquieto mancebo revisa el contenido de su faltriquera y decidido él, a probar inéditos placeres, se asegura de la indiferencia de la gente, cruza la calleja y se encierra detrás de los pesados velos de esas cortinas que, al igual que las comisuras de los labios de aquellas coquetas y livianas sonrisas, pocas veces se cierran y muy a menudo se abren...

Es hora de seguir mi camino; de dejar que cada cual atienda los menesteres de su acordado y travieso maridaje. Prosigo, mientras voy sintiendo la persistencia intermitente de esas seductoras provocaciones. Decido, entonces, ya no regresar a mirar, mientras voy sintiendo que esas sonrisas van quedando atrás, igual que los rojos faroles, colgadas al borde impreciso de la resbalosa e indiscreta calle!

Amsterdam, 3 de Diciembre de 2010
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01 diciembre 2010

Ya se acaba el paseo y mañana vacación!

Es siempre probable que esta vez hayan confundido la orden de mi capuchino descafeinado; y, aún más probable, que hayan vertido el contenido equivocado en el recipiente que a mí me habían asignado. Lo cierto es que debido a mi aguda sensibilidad con la cafeína, y como resultas del lamentable error, no he podido dormir bien y he soñado toda la santa noche. O, para decirlo con más propiedad, he tenido un sueño tan liviano que, al levantarme, he podido recordar con mucha claridad muchos de los adefesiosos y recurrentes sueños que tuve anoche! No siempre es bueno hablar de los sueños que nos inquietan; los psicólogos están persuadidos que reflejan nuestros traumas, angustias y temores…

Por mi parte, confieso que desde niño me acompañaron siempre repetidas e inquietantes imágenes nocturnas. Sin embargo, cuando converso con mi hijos o con mis amigos, puedo darme cuenta que nos producen inquietud los mismos guiones noctámbulos; la trama de las pesadillas parece que sería la misma; aunque, claro, solo cambien los actores. Quizás por ello hemos acordado no acudir al mismo psicólogo, solo con el objeto de poder acceder a un mayor numero de interpretaciones… Así, puede salirnos más costoso, pero tenemos también más opciones para escoger! Además… quién no ha soñado alguna vez con que le iban persiguiendo? O con que caminaba por la estrecha cornisa de un tejado? O con que se le venía encima la creciente de un río? O con que no podía bajar desde un sitio elevado? Apuesto que hasta los mismos psicólogos lo habrán probado!

Anoche soñé otra vez con un paseo de escuela, con uno de esos anuales paseos de grado. No hubo variantes en el repertorio, y en la trama también se pudo apreciar la inminente creciente del río aledaño; un rumor de aguas, escombros y maderos que se atropellaban era el rugido que se venía desde arriba del río como un amenazante y ominoso recado. Los protagonistas nos habríamos separado sin autorización del grupo principal y afrontábamos ahora esta precaria situación, sin tomar consideración de las precauciones a que habíamos estado obligados.

Así es como he recordado los inolvidables viajes rurales que constituyeron esos añorados paseos de escuela, cuando se vivieron tantas circunstancias y experiencias diferentes, que nos ayudaron a conocer mejor a los amigos y a los profesores; y que, expuestos a otros elementos, nos fueron enseñando también nuestros propios defectos y nuestras propias limitaciones. Ahí aprendimos a compartir y a reconocer el precio que hay que pagar por la curiosidad; el valor que tiene la previsión y la importancia de allanarse a unas reglas con respecto a situaciones con las que antes no nos habíamos familiarizado. Fueron, los paseos, ocasión para sentir una vivencia diferente; para disfrutar de la libertad que ofrece el espacio en la naturaleza, a pesar de la insistente perturbación de los insectos y de que no siempre tuvimos una clara oportunidad para nadar, porque “habíamos olvidado” un inexistente, e innecesario, atuendo para bañarnos…

Estos esperados periplos se efectuaban siempre dentro de los reducidos limites provinciales y nunca requerían de un viaje consistente en más de dos horas de duración. Siempre se trataba de acudir a los mismos conocidos balnearios: sean La Merced o Cunuyacu, o una quinta que poseían los hermanos en las cercanías de Conocoto. Parece que el único requisito era que tuvieran una piscina para bañarnos y suficiente espacio para corretear. En cuanto a los mosquitos, ellos no estaban presupuestados, pero venían de todas maneras y lo hacían sin necesidad de invitación. Estas excursiones fueron para mí, verdaderas y prematuras proclamas heroicas y libertarias; pero fueron los endiablados mosquitos los que me convirtieron siempre en uno de sus mas afectados “caídos en acción”!

No estoy seguro si había desarrollado una alergia o sensibilidad temprana; o quizás simplemente, que no supe controlar entonces la inquieta acción de mis uñas como respuesta a los estragos de la comezón. Lo más grave, sin embargo, no fueron las tormentosas picazones o las hinchazones que me deformaban las manos y la cara; sino la propensión que tenía a las fiebres que me llegaron a producir los responsables de estas incordiantes picaduras. Más de una vez recuerdo haber vuelto a casa a soportar los efectos combinados de mis reacciones alérgicas y de la imprevista insolación. Entonces, una rara fiebre de mí se apoderaba y lo que tenía no eran pesadillas, sino verdaderos delirios producidos por la altísima calentura que producía esta insoportable reacción.

En casa la novelería por la inminencia de estos paseos de grado, nos llevaba a efectuar una verdadera romería para visitar a tíos y parientes. Los padrinos casi siempre se hacían presentes con la financiación pecuniaria de la aventura compleja de esta riesgosa expedición. Era la oportunidad para pedir prestadas verdes mochilas y metálicas cantimploras, y para comprar los refrigerios que no eran dictados por las circunstancias de la excursión programada, sino por nuestro paladar goloso y por nuestra derrochante vocación.

La mañana misma del día esperado, un par de madres desconsoladas venían a despedir a sus sobre-protegidos huerfanitos. Recuerdo a uno en particular, que tenía un apellido cuya última silaba es impúdica e impublicable; y a otro cuyas dos primeras entrarían también en los anales de esta ingrata condición. Venían a despedirlos como que se fueran a un viaje interminable, como si se fueran a la guerra en la frontera, o como si fueran a recluirse en un inhóspito noviciado por un interminable período de desconocida duración. Cuánto involuntario daño produjeron esas madres a sus pequeños hijos; sin caer jamás en cuenta de lo contraproducentes e inconvenientes que resultaban esas excesivas muestras de su maternal protección. No saben que estos viajes les dieron a ellos la mágica oportunidad que requerían para acceder a nuestra experimentada orientación!

Nunca supe porqué los hermanos escogían siempre los Jueves para realizar estos tan esperados desplazamientos. Solo lo intuí más tarde; y es que luego del paseo, cedían siempre, aunque “a regañadientes”, al grito enardecido del populacho que insistente coreaba: “Ya se acaba el paseo y mañana vacación; ya se acaba el paseo y mañana vacación!” Y… vacación era lo que entonces ellos nos regalaban, "asueto" como ellos cándidamente lo llamaban; aunque eran realmente ellos mismos los que se auto-otorgaban una reconfortante y bien merecida vacación!

Estoy a pocos días de salir a tomar mis “últimas” vacaciones anuales. Me siento entonces como transportado a ese desvencijado transporte de escuela. Un murmullo tenue e impreciso va surgiendo en la parte trasera; es un eco sedicioso, como el rumor de un canto de conjura, como la impronta de una oscura conspiración. Poco a poco se va convirtiendo en el estruendo incontenible que provoca la creciente de ese río de los nocturnos sueños de mis recuerdos. Los conspiradores van repitiendo la singular estrofa de su himno de combate: “Ya se acaba el paseo y mañana vacación…!”

Shanghai, 1 de Diciembre de 2010
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29 noviembre 2010

Caldo de 31

Hay en mi tierra un plato típico; es una sopa que se llama “caldo de 31”; así, con números y sin letras. Escrito de esta manera, porque muy probablemente no se sabe cómo mismo escribir “treinta y uno” en los cartelones y pizarras de anuncio de los humildes salones donde se la expende. Así lo intuyo e imagino. Es que, hay una regla curiosa en la escritura correcta de los números cardinales en el castellano: todos ellos, hasta el treinta, pueden escribirse con una sola palabra; pero de treinta y uno en adelante, se deben escribir con más de una; a menos, claro, que se trate de decenas, centenas o millares. Así, por muestra de ejemplo, puede escribirse veintiuno, pero nunca “treintiuno” o “cuarentiuno”.
Pero, este “caldo de 31”, no es una sopita con prosapia. Tan poco linaje ostenta, amable lector, que si usted pregunta a una persona si la ha comido, va a toparse invariablemente con solo dos tipos de respuesta: que no la conoce o que se haga el que no la ha conocido. Porque en el nivel cultural al que me imagino usted pertenece (que, a su vez, le da acceso a estas profundísimas como “viscerales” lecturas), no puede, ni debe, reconocer que "se ha rebajado" a saborear una sopa hecha con panza, intestinos de res y otras menudencias; o que ha merodeado por lugares donde existen cantinas, picanterías, mercados y lugares de esa calaña…
No se de dónde le viene el curioso nombre. Me imagino que le viene del número interminable de los ingredientes conocidos. Nada creo que tenga que ver con el precio del ampuloso plato; aunque, como va la inflación y la dolarización en “la Provance” (como llama a nuestra tierra un tal Vinicio), quién lo sabe! Me animo, más bien, a conjeturar que el nombre le viene, como un plato que originalmente se elaboraba solo en el último día de diciembre, el postrer día del año.
Yo mismo, que sí sé lo que es el famoso “31”, y que me precio además de tener una rara y obsesiva pasión por las sopas y los calditos; debo confesar que jamás he probado la poción en disputa. Dos años de vivir en Corea me enseñaron que hay sopas en el mundo que son simplemente fascinantes; los coreanos tienen caldos picantes que se sirven en tiestos reverberantes de arcilla, con nombres y apellidos exóticos e impronunciables, como “sun du bu jigué” o “yu kie jang”. Ahí aprendí que estos mejunjes nada tenían que ver con las mazamorras de mi infancia o con esas sopas de fideo cuyas infaltables cebollas las tornaban en nauseabundas. Cuántas veces esas sopitas merecieron una rápida desaparición subrepticia aprovechando del descuido de la abuela o del celador de turno…
Porque en una sociedad preocupada por el respeto ajeno o el “que dirán”, mal podríamos reconocer o aceptar que hubiéramos ingerido vísceras de res, o sea tripas; por mucho que, por puro pudor, las hayan rebautizado de “chinchulines” los incorregibles e inimitables argentinos. El caldo de treinta y uno es simple y llanamente una sopa de panza, tripas y otras maravillas. Sé que le llaman también “caldo de manguera” y hasta “sopa de la vida”; pero, una vez más, acúsome padre porque he pecado, confieso que jamás la ha comido! No; y ésto a pesar de que los mondongos, sancochos, sopas de bola de verde, arroces de cebada y otras delicias similares, han formado siempre parte de mis manjares predilectos (gracias tía Julieta!).
Y bueno, a qué viene todo esto de hablar del caldo bendito? Pues… la idea no es hablar de recetas culinarias, ni de prejuicios sociales, ni de auto-reconocimientos de nuestro más íntimo e inocultable esnobismo; he arribado a esta “enjundiosa” reflexión porque he llegado a registrar mis primeras treinta y un mil horas, en esa ambulante bitácora que es mi libro de vuelo. Y, he pensado que todas esas idas y venidas, todas esas subidas y bajadas, bien pueden compararse con nuestro despreciado caldito de treinta y uno. Sí, porque todas esas ausencias y renunciamientos requirieron de una significativa cuota de “tripas” y de coraje; y en el ínterin (como decía un conocido) hemos dejado crecer la flácida pancita…
Pero… alguien tiene que hacer el trabajo sucio en la vida; alguien es el que tiene que sacrificarse, o por lo menos, que esforzarse. Y para ésto es preciso, de vez en cuando, “hacer de tripas, corazón”; aforismo que solo trata de expresar que, no importa lo modesta que sea la condición de nuestros esfuerzos, hay que ponerle empeño a las cosas de la vida: hay que luchar con perseverancia y con pasión. Y, si de todos modos, lo que hay que hacer tenemos que hacerlo, es mejor hacerlo con gusto y tratando, además, de disfrutarlo. Este es el precio que hay que pagar en la vida por haber aceptado ciertos compadrazgos: comerse por obligación un cuy asado sin hacer muecas, o servirse, sin chistar, un caldito de manguera…
Tengo que hacer un elogio de las tripas en este punto. Porque, nada tan delicioso como un montubio “arroz con guatita” o una sustanciosa “bandera”, plato que consiste en un tríptico listado de guatita, arroz y camarones. Y si usted no tiene resquemores ni remilgos por las comidas con nombrecitos autóctonos o indígenas, qué tal unos intestinos desinfectados con cerveza y puestos a asar a la perfección en la parrilla, aunque les hayan dado el infamante nombre de “tripa mishque”? No importa tampoco que "se los tenga" que empujar con unas heladas cervecitas. Le prometo, lector amigo, que para estos “entrañables” menesteres, no se requiere de ninguna clase de coraje (guts)!
Bueno… les dejo que tengo que volver a sumar las horitas. No se me dan las cifras, ni los números a estas horas de la silenciosa madrugada. Qué injusto, irónico y contradictorio resulta resumir en un cuadernillo saturado de fríos guarismos, todas esas formidables e irreversibles vivencias que nos fue, poco a poco, regalando esta vida de la aviación. Esto, a pesar de las “menudencias” y de la pancita; ah… y de las travesuras y de las maldades; aunque no tan pecaminosas como las de nuestro desconocido amigo “Jack el destripador”…
Shanghai, 30 de Noviembre de 2010

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26 noviembre 2010

Entre clavos y cubiletes

Esa tarde la molestia se convirtió ya en un dolor insoportable. Cuando dejé el hotel en Frankfurt para efectuar una de mis rutinarias caminatas, no me hubiera imaginado que solo dos cuadras después, me tendría que sentar en la vereda, al filo mismo de la calle. Tal era la naturaleza extraña de ese punzón intolerable. La sensación de uno como garfio clavado en la pantorrilla, me impedía de pronto movilizarme. Poco antes me habían diagnosticado múltiples hernias en los discos lumbares, asunto que vino a corroborar una presunción temprana cuando pocos años atrás me habían auscultado una escoliosis al renovar un seguro médico.

El problema, a más de insufrible, fue convirtiéndose poco a poco en permanente. Fue así como el traumatólogo que me trataba solicitó una resonancia magnética para poder evaluar con más exactitud el alcance de la deformación que producía esta molestosa dolencia. Para sorpresa de los facultativos, se encontró un cuerpo extraño adherido al nervio central que corre al interior de la columna vertebral. Se trataba de un preocupante tumor de casi dos centímetros de diámetro que el examen mencionado no podía determinar todavía su naturaleza o carácter.

Sin pérdida de tiempo fui remitido a un reputado médico neurocirujano, quien determinó, a su vez, la perentoria necesidad de operar la columna, con el objeto de remover este llamado Schwannoma. Se me informó que la operación no consistía en un proceso complejo, pero que podían presentarse ciertas complicaciones y consecuencias irreversibles, como la insensibilidad de los miembros inferiores e inclusive una probable paralización de las piernas, si el procedimiento llegaba a lastimar al nervio central. Sin embargo, la cirugía se realizó con enorme éxito, para alegría de la parcialidad, de la fiel fanaticada y de todo el resto de la parroquia. Lamentablemente, la operación, solo extrajo el tumor y no corrigió los discos que se habían herniado previamente…

Tuve una recuperación vertiginosa y admirable. Para mi satisfacción y sorpresa, al día siguiente podía ya caminar; una semana después estaba ya nadando y montando bicicleta; y dos semanas más tarde podía ya cumplir nuevamente, y con el satisfactorio beneplácito de la correspondiente contraparte, con mis más importantes obligaciones conyugales (lavar, planchar, cocinar, barrer y firmar cheques). Y, lo más importante: tan solo tres semanas después de la delicada intervención, era recomendado nuevamente para desempeñar mis suspendidas y extrañadas actividades profesionales. La alegría, sin embargo, fue de muy corta duración… Pronto volvieron los dolores en la pierna, producidos por la presión que ejercían los deformados discos lumbares en este inflamado nervio ciático!

Fue cuando descubrí que, a pesar de los tremendos malestares que empezaban ya a alterar mi estilo y calidad de vida, había ahora escasas posibilidades para que me intervinieran, o eventualmente reemplazaran, los discos afectados. Como consecuencia del corte que hicieron en tres vértebras, éstas ya no tenían la forma de un anillo, sino que más bien se semejaban a una herradura; y los médicos no estaban seguros si la mejor alternativa era operar, cuando la columna no ofrecía aún el sustento necesario para soportar un nuevo procedimiento, así de delicado. La función de soporte que producía la región lumbar ya no estaba provista por la estructura ósea; ahora el cuerpo se soportaba en los músculos laterales.

Esta incomodidad se fue agravando cuando fui advirtiendo que los dolores en la pierna se iban haciendo más intensos y agobiantes. Ningún tipo de medicamento o terapia lograba amainar los dolores y las molestias que me impedían una libre movilización. Esta sensación de tener un garfio incrustado en la pantorrilla, hacía imposible que pudiese caminar por un corto trecho; e inclusive impedía que me pudiese sostener parado más allá de un breve instante. El dolor se fue haciendo tan crónico que me hacía falta buscar un elemento de soporte; o un lugar para, rápido, poder sentarme. La fisioterapia no produjo los beneficios esperados; y la no anticipada decisión de suspender mis actividades empezó ya a considerarse.

Fue cuando alguien comentó algo relacionado con la medicina china alternativa. Fue como si me hubieran insinuado que visite a un shaman, que convoque a los espíritus o que optase por practicar quiromancias y brujerías. Solo el simple hecho de escuchar la posibilidad de acudir a un especialista que me introduzca una dosis inimaginable de punzantes agujitas, hacía que se rebele mi reacia naturaleza, más cercana al escepticismo que a la posibilidad de ponerme en las manos empíricas de un practicante. Pero… algo nuevo tenía que tratar! Además, nada tenía que perder! Fue así como de ateo, de golpe, me convertí en creyente; y renuncié desde muy temprano a la necedad de mi anterior apostasía.

Hoy mismo he regresado de mi sesión ocasional de acupuntura. Recostado en el camastro de un hospital general, he sentido una vez más todos esos alfileres que introducen con admirable pericia en las partes adoloridas y afectadas de mi cuerpo. Casi siempre me administran unos impulsos eléctricos que son los que caracterizan a este insólito e insistente martilleo. En casos ocasionales, una yerba parecida al tabaco es quemada también en la parte superior de la aguja. Se trata de una yerba de características curativas llamada “moxsa” o artemisia, que es una planta de tallo herbáceo, cuyas hojas transmiten el calor de la materia incendiada a los terminales nerviosos que requieren tratamiento. Más de una vez, he sentido la quemazón en la piel producida por la caída accidental de los rescoldos de la ardiente sustancia… Las diminutas y sensibles ampollas que he exhibido después me han servido de ocasional recuerdo y también, como no, de testimonio recurrente…

Terminada la sesión terapéutica, o esta tortura curativa, porque los pinchazos no siempre son inocuos ni indoloros, viene una fase que, para quien no está enterado ni familiarizado, se asemeja a un rito mágico y primitivo. El médico enciende una corta antorcha, cuya enorme lengua de fuego le da e él la extraña apariencia de un malabarista pirotécnico de esquina. Entonces acerca la llama a un cubilete de madera y lo adhiere a los puntos de dolor, creando un efecto de succión con el aire caliente. Una docena de encarnadas huellas denunciarán más tarde el vergonzante e inocultable predicamento del resignado paciente.

No me ha quedado más remedio que nadar entre estas dos aguas: las turbias del tormento y las claras del alivio… Me he puesto en manos de más de dos mil años de esta curiosa tortura, de esta incierta y formidable tradición empírica que me ha devuelto la sonrisa gratificante con que se expresa el alivio. Lo he conseguido gracias a las mágicas antorchas de su exótico malabarismo y al hechizo punzante de sus alfileres incisivos!

Shanghai, 26 de Noviembre de 2010
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23 noviembre 2010

Acertijo con la letra Efe

Nadie lo llama por ese nombre de hidalgo que hace buen juego con su heráldico apellido. Todos lo conocen solo por la inicial del mismo, usando para ello la letra más flaca que existe en el abecedario; una letra tan flaca, que de flaca ya le está venciendo el peso de su propio cuerpo. No es la efe de flaco, de fino, de famélico. Es la efe, de novelero formidable, de optimista fascinante, de piloto forastero.

Esto, de que le llamen así, de Efe, le viene de antes que sus mal llamados amigos lo hubieran rebautizado un día, abusando de su proverbial tolerancia. Y es que, como alguna vez le detectaron una insignificante deficiencia auditiva, los chuscos le empezaron a tildar de “Orejas” y aun de “Oídos Dos Mil”; y todo… por puro traviesos! Yo mismo tengo que hacer un retrospectivo “mea culpa” y reconocer que, más de una vez, le saludé con un socarrón “Qué más Efe, qué has oído?”. Solo para obtener siempre la sabiduría de su invariable respuesta: “Nada, no he oído nada! Solo lo mismo que tu me repites, igual que siempre, querido compañero”…

El es, como yo, un aviador de oficio. Me corrijo: el sí es uno de esos locos enamorados de la aviación; y creo que jamás pensó en ejercer una diferente afición o actividad en su vida. Los pilotos nos convertimos en lo que somos casi siempre por casualidad, por necesidad o por otros curiosos motivos; pero, en su caso, el accedió a ésto de los fierros que vuelan por los aires, de los aparatos que se sustentan en el cielo, con una enorme ilusión; asunto e intención que a él le han acompañado desde que era muy pequeño. Yo lo conozco desde que él era un muchacho y estoy persuadido que ésa su novelería por las cosas de la vida y por las de su profesión, le va a impedir que alguna vez pueda dejar de serlo. Porque el Efe sí que es un muchacho cabal y a tiempo completo, uno de esos inquietos muchachos que hay por ahí; entusiastas y curiosos; noveleros y traviesos!

Compartimos en un cercano pasado la misma cabina, las mismas charlas, las mismas inquietudes; vivimos los mismos renunciamientos; convivimos idénticas preocupaciones, idénticos presentimientos. El es un niño grande. Yo, en cambio, como lo compruebo todos los días frente al espejo, soy todavía un pequeño rapaz, uno de ésos que se empecinan con las rabietas de la necedad y luego se empeñan en aparentar con astucia que ya han dejado de serlo. El supo aceptar con resignación, y por mucho tiempo, una posición que le alejaba de los controles de mando, que es lo único que siempre quiso hacer a su tiempo. Porque, lo que el Efe realmente quería, era que un día le llamen “Capitán” y no con ese nombre ajeno a los aeronautas voladores que es el de los llamados Ingenieros de Vuelo.

Pero, no hay sordera que dure cien años, ni orejas que lo resistan! Y así es como mi buen amigo disfruta ahora de manejar sus aviones y comandar sus vuelos. Hoy es quien “va al volante”, pulsando pedales y cabrillas, sorteando vientos cruzados y malos tiempos. Y hace ahora algo tan entretenido y gratificante, que todos los demás que dicen “oír bien” ya se quisieran estarlo haciendo. Cuarterón de árabe como es, vive y trabaja en la tierra de sus antepasados; gente enorme, misteriosa e inescrutable que sigue las fases de la luna y que respeta el Corán. Así es como el Efe sabe lo que es la ley Sharía y el ramadán; sabe de tormentas de arena, de ansiados oasis, de interminables desiertos; y además, cuando saluda, anuncia con piadosa reverencia, un sonoro e inconfundible: as-salama alekum!

Anfitrión afectuoso y formidable; tiene una diminuta e inteligente mujer que lo ha acompañado en privaciones y requiebres. El Efe, heredó de su padre la persistencia de los militares; y probablemente de su madre, esa discreción elegante de las mujeres árabes que, al ocultar su sonrisa, expresan en su mirada el más inescrutable de los misterios. Por eso él castiga siempre con un gesto conmiserativo la insidia ajena; y no cede jamás a la insinuación venenosa o al comentario perverso. Hay una bondad natural en su distendida catadura; una propensión a escuchar con atención lo que parecería conmovedor e interesante; aunque a él le anime la sospecha de que pudiese ser improbable o incierto…

Hoy el Efe es mi “vecino” de continente. Mientras yo vivo en una cultura donde la gente ha optado por un desinhibido y consumista destape; el transcurre sus días en una sociedad que todo lo esconde y cubre con sus velos. Una cultura donde solo se puede mirar, de las mujeres, sus ojos y calcañares coquetos. Ah, cómo seduce lo prohibido, cómo inflama lo escondido, cómo atrae lo arcano, cómo conmueve lo secreto! Arabia, tierra de abayas y de arena; de miradas furtivas, minaretes y obligados rezos! Arabia, tierra de pudores e incalculables fortunas; tierra donde no se escribe con letras, sino con lombrices escapadas del desierto!

Que quién es el Efe...? Pues, fácil, efe de fácil! Como lo hubiera dicho ya el Julito: “Blanco es, frito se come, gallina lo pone, qué cosa es?” Lean la respuesta en el próximo capitulo, amables lectores amigos! No se pierdan el siguiente episodio del apasionante drama “Las orejas del viento”. Es que… hay misterios detrás de los velos y acertijos escondidos en las dunas del desierto! Y, no vayan luego a decir que “no lo habían oído”; porque hay cosas que no se escuchan, y no siempre es porque sea un secreto…!

Ma salama habibi!

Shanghai, 23 de Noviembre de 2010
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