17 enero 2011

El precio de la fogosidad

Escribo este Lunes en el aniversario mismo del nacimiento de ese formidable activista que fuera Martin Luther King Jr., un soñador negro (afro-americano, como los llaman ahora) que tuvo no solo la visión y perseverancia para saber orientar las aspiraciones y conquistas de su raza; sino que siempre ha de ser recordado por los conciliatorios métodos que utilizó, para acelerar los cambios en los derechos civiles que su patria y, por extensión, el mundo necesitaban. Su mensaje es una proclama en defensa de la dignidad humana. Su enardecido e inolvidable discurso, en el que repite, como declamando un ardoroso poema, que “tiene un sueño” o una secreta ilusión, muy difícilmente podrá ya superarse. La suya fue la voz de los oprimidos y de los olvidados, pero ante todo, la voz de la esperanza. Su vida nos recordará que no podemos vivir separados, que tenemos que aprender a vivir en diversidad para poder enfrentar los retos del mañana!

Este es el tercer y último artículo (prometo, a base de juro por Dios!) que dedico a mis ya casi olvidadas veleidades oratorias. De aquel concurso intercolegial que ya he comentado, me ha de quedar siempre el indeleble recuerdo de lo que ya llamé mi “pequeña apoteosis”, esa suerte de trance místico en el que me sentí envuelto aquella noche. Pero, además, he de recordar siempre tres importantes cosas: primero, la simpatía y reconocimiento de los jóvenes ahí reunidos, que con su estímulo y felicitación me hicieron sentir como el no premiado ganador del certamen; segundo, el brillo indescriptible en los ojos, y la sonrisa orgullosa y callada, con que me abrazó mi padre; y, tercero, el comentario fugaz que habría de hacerme el mayor de mis hermanos: “Puchas, pero si has sido un demagogo!”. Así, alargando a la quiteña la primera de las letras o, de demagogo…

No hay nada como sentir la respuesta de la audiencia cuando se ha tenido la intención de persuadirla e inspirarla; es más, nada se compara con el gesto de secreto orgullo que nuestras acciones pueden provocar en nuestros propios padres; pero, asimismo, nada nos devuelve a la realidad como una crítica oportuna que nos hace reconsiderar el verdadero valor y naturaleza de nuestros humildes triunfos y conquistas terrenales. En esos momentos, ese tipo de comentarios son alimento fácil para la inadecuada reacción, y aun para el fraternal resentimiento; pero tienen el artilugio y la contradictoria virtud de hacernos comprender que no siempre podemos contentar a todos, porque ni ese es nuestro objetivo como hombres; ni podemos hacerlos felices a todos, porque, entre gustos y colores…

Y es que, terminado el rito de los infaltables besos (la mayoría de la audiencia era femenina) y de los estimulantes abrazos, me retiré con papá y mis hermanos ahí presentes a la casa de mi hermano Arturo, el mismo del comentario que ahora recuerdo. La formación suya ostenta una curiosa, pero enriquecedora, simbiosis: se educó en un liceo fiscal, pero realizó sus estudios de derecho con los jesuitas. La suya es una rara escuela donde se funden como en un crisol los metales del escepticismo y la metodología; de la rebelión más liberal y del concepto más ortodoxo que pudiera tener el derecho. Su comentario tuvo el ardid de hacerme meditar en mi incipiente estilo, y en mis propios y efusivos métodos; pero, ante todo, el mérito de hacerme caer en la reflexión del precio que puede tener un discurso bien intencionado, cuando nos dejamos atropellar por el sentimiento.

El diccionario define demagogia como la acción de ganarse el favor popular por medio de halagos o artificiosos reconocimientos. Es también, y por extensión, una corrupción o degeneración de la democracia. Por tanto, ser demagogo es el método (decir arte sería injusto e inadecuado: estaría mal dicho) para granjearse la voluntad y favor ajeno por medio de la adulación y la lisonja. Aplicando esta objetiva definición, me pregunto: fue el mío un discurso demagógico aquella noche? Mi respuesta es muy fácil y muy clara: no, no fue esa mi intención, ni traté en ningún momento de adular o de corromper a nadie. No fue ese mi intento!

Mi brío y mi tono de voz solo podían obedecer a una intención de convencer y persuadir; a mi interés por motivar a esa juventud que se había metido conmigo, cuya identidad con mi intervención parece que aún la siento todavía. La emoción que se experimenta en esos trances suele ser un camino de doble vía: el orador estimula con su arenga a la multitud; y, a la vez, él mismo se nutre de esa inexplicable e indescriptible electricidad que, en respuesta, le regala su entusiasmada audiencia. Eso es lo que sentía yo de niño, cuando más de una vez acudí a la plazoleta de La Alameda, a escuchar, junto al monumento a Simón Bolívar, a ese taumaturgo de la alocución que fuera Velasco Ibarra. El me ofreció, gratis y sin que él mismo lo supiera, mis primeras clases de oratoria y “dedología”…

Fue Velasco un demagogo? No quisiera pronunciarme al respecto. He leído sus obras completas; debo confesar que es difícil no reconocer, en su pensamiento, un profundo humanismo y una vigorosa filosofía. Es innegable que El Profeta tenía una cierta tendencia por adular a su “chusma” enardecida. A menudo, sus exposiciones se apoyaban en la ilusión y el resentimiento popular para sustentar sus recurrentes diatribas. Pero había en sus mensajes un sentido mesiánico que denunciaba el idealismo de su intención y esa rara motivación patriótica que, cual inquieta obsesión, parece que lo perseguía. Demagogo o no, supo interpretar el sentimiento de orfandad de la gente, su ilusión de prosperidad, sus humanas ansiedades, sus temores, su deseo de ser escuchada y, cómo no… de ser seducida!

Por eso es que esa noche descubrí que los discursos dichos con fogosidad corren el riesgo de ser interpretados como recursos destinados a engañar; de la misma manera que las exposiciones demasiado académicas, llevan la rémora de tener una exégesis o interpretación mística. Entonces: Cómo mismo hablar…? Me temo que la respuesta es un camino intermedio entre la persuasión y el sentimiento. Lo que cuenta es la intención, sobre todo si el propósito es no adular, ni engañar. Lamentablemente, la intención por si sola no basta. Bien dicen que el infierno y, por lo mismo, los caminos de la miseria están adoquinados con las piedras de la buena intención y de los bien intencionados ofrecimientos…

I have a dream...! Tengo una ilusión! Tengo un sueño!

Chicago, 17 de Enero de 2011
Share/Bookmark

15 enero 2011

El triunfo de la emoción

Hernán Rodríguez Castelo, distinguido amigo a quien no he visto ya por más de dos décadas, habría de comentar en su columna cultural del día siguiente: “el orador mas vivo de la reunión fue Alberto Vizcaíno de La Salle; su fogosidad y brío triunfaron”. Sí, esa fue mi humilde e inolvidable apoteosis; fue, el mío, el triunfo del fervor, de la emoción y de la elocuencia. Pero… no fui yo el ganador oficial de aquel concurso intercolegial de oratoria. Mereció esa distinción un joven con prematura catadura de devoto seminarista, que había tenido el mérito de enhebrar un enjundioso discurso filosófico y académico, destinado más bien a persuadir al jurado; aunque, carente de un mensaje que motivara e inspirara a la juventud estudiantil que se había reunido en el teatro Sucre aquella noche.

Habiendo ganado el concurso interno en el colegio, me dí a la extracurricular tarea de prepararme para el certamen intercolegial. Recogí unos pocos libros de cabecera, en los que había subrayado más notas de las que eran necesarias; y consulté varios textos y obras en la cercana biblioteca. Pronto habría de darme cuenta que, para el desarrollo de los temas que estaban anunciados, debía tener dos o tres ideas centrales; y un conjunto de frases o recursos destinados a captar la atención, que me permitirían, iniciar y concluir mi breve disertación con un juego de palabras que emocionasen a la audiencia. Nos habían asignado solo doce minutos para desarrollar los temas: tiempo muy corto para intentar una proclama! Solo doce breves minutos para arrebatar la emoción del público, mientras yo seguiría hilvanando mi ardorosa ponencia... Tiempo demasiado exiguo como para persuadir en favor de una revolución incruenta…

Un par de semanas antes del concurso me había enterado de los nombres de los demás participantes. Hice una breve indagación de quienes estarían interesados en hacer un pequeño grupo, con el fin de ayudarnos mutuamente a preparar los argumentos. Lástima que, los celos naturales que se presentan en estos casos, impidieron el logro que había perseguido con mi cándida propuesta. Es más, los candidatos que representaban a los colegios municipales fueron persuadidos de excusarse, por parte de sus propios maestros. Solo una chica mercedaria de tez trigueña y apostura esbelta tuvo la generosidad de aceptar la invitación que le hice para cruzar ideas y liar los bártulos de los diferentes temas.

Fui a su casa por repetidas ocasiones. Allí, sus padres nos proporcionaron una habitación vacía que se avecinaba a la azotea. Las paredes de aquel improvisado recinto fueron al principio nuestra única, aunque callada, audiencia. Pronto, la familia se fue interesando en nuestras vívidas alocuciones y enardecidas arengas. Puedo decir que sus miembros se fueron convirtiendo, poco a poco, en nuestros principales auspiciadores. Se interesaban en nuestros discursos y nos impulsaban con su aliento cada vez que estaban cerca.

Con el paso de los días, y a medida que se acercaba el concurso, las prácticas se fueron haciendo más frecuentes y más intensas. Yo dejaba el colegio y corría a mis ensayos, donde el continuo intercambio nos hizo llegar, en breve, a una muy cercana coincidencia. Un sustancioso “cafecito de la tarde”, precedía a nuestras “cicerónicas” tareas. Tal parece que, cual si yo hubiese sido un metódico pugilista en vísperas de una importante pelea, en esa generosa casa no se escatimaba con el sustento que se me había recetado y que me era necesario para enfrentar a los contrincantes que yo había puesto en espera. Si algo iba a extrañar, luego de la finalización del concurso, iban a ser esos opulentos refrigerios convertidos ya en auténticas meriendas!

Y, el día del esperado certamen llegó! Yo lucía un “revirado y alterado” traje azul marino, cuya modesta pero innegable elegancia, habría de servir de tarima y escabel para la confianza personal que demandaba esa suerte de oficio ocasional que me había conseguido: el de motivador de masas y hacedor de arengas! Una corbata angosta y encarnada completaba mi recién adquirida imagen de joven e improvisado profeta. Había dejado en casa mis apuntes, persuadido como estaba, que mis recursos de memoria se harían presentes en esa noche de leyenda. Las musas estaban ya presentes, yo podía sentirlas cerca... La sensación de su presencia se fue haciendo más fuerte a medida que se acortaba la espera…

Todos los participantes impresionaron con la profundidad de sus discursos; algunos tan monásticos que más bien parecían sermones o prédicas. Yo había resuelto no transitar por el sendero de la homilía. Al saltar al proscenio, miré hacia ambos lados del auditorio y con asombrosa calma dije con aplomo y perfecta dicción una de esas frases que, de antemano, había preparado. Algo se produjo en la sala que se oponía a una ovación o a un aplauso concluyente; se trataba de un portentoso silencio y una no dividida atención, como la que jamás había disfrutado antes en mi vida. Las frases fueron saliendo entonces por su cuenta; algo las impulsaba sin que yo pudiera controlar su tonalidad, ni su ritmo, ni su repentino advenimiento. Cada minuto el abarrotado teatro interrumpía mi acalorada exposición para brindarme el aplauso de su reconocimiento.

Ahí sentí esa extraña sensación que supongo que es lo que otros llaman por ahí “la gloria”. Esa impresión de ser invencible y de estar sobre la realidad, que puede dejarnos, a una vez, sin piso y sin aliento. Pronto me pareció que había levitado, que las palabras salían como obedeciendo a un capricho que me era ajeno. Así transcurrieron esos cortos diez minutos en que la gente, enardecida, me interrumpía con su estímulo frenético para que yo pudiera recobrar mi aliento. Había hablado de la revolución interior, de la urgencia de replantear el destino de la humanidad, de lo perentorio que era recuperar el tiempo…

Para terminar, usé una frase de un poeta alemán : “Porque, cuando no se vive como se piensa, se termina por pensar como se vive”. Mientras todos meditaban en la sentencia contenida en su significado, una ovación final fue la grata y dulce compañera que me escoltó de vuelta hacia mi asiento. No, no gané el concurso; pero nada borrará jamás de mi memoria el recuerdo de aquel mágico momento!

Anchorage, 15 de Enero de 2011
Share/Bookmark

14 enero 2011

Babieca odia las mariposas

Es como si entre nosotros hubiésemos hablado siempre un lenguaje secreto: el clandestino e indescifrable método de las silabas intercaladas que empiezan con la letra “pe”. Ella me dice tío Papo y yo la he rebautizado de Pupa; esa ha sido mi forma de reciprocidad. Utilizo el nombre, para premiar la dulzura de su actitud, la simpatía de su gracia. Su nombre es Emilie. Hoy, a su edad, es toda una mujer y una cautivadora amazona, experta en jinetear ágiles corceles, a los que dedica su pasión y los mejores momentos de su juvenil holganza. Su alazana obedece al nombre de Babieca, en recuerdo del legendario caballo de El Cid Campeador, que con Bucéfalo y Rocinante forman la tríada de corceles de más antigua prosapia.

Su ejemplar no es blanco ni fecundo semental, como el rocín andaluz de Rodrigo Díaz de Vivar. Un estremecimiento ocasional, un inquieto escalofrío, cual reflejo nervioso, denuncia su brío y manifiesta su traviesa vivacidad. Al igual que el jamelgo del personaje medieval, su peyorativo y derogatorio nombre no hace justicia, ni a su linaje, ni a su temperamento, ni a su elegancia. Tiene la yegua un paso altivo e impetuoso y un alegre trotecito de cadencia liberada. Para evitar el contagio de una epidémica enfermedad, la Pupa la cuida en el jardín de su propia casa. Los ojos en alerta de la potra buscan la compañía gregaria a la que la han acostumbrado en un vecino recinto de régimen militar. En casa han adecuado un garaje, a manera de establo, para acomodar y proteger al corcel de la inusitada fiebre que ha alterado la tranquilidad de la comarca.

Babieca se incomoda con los intrusos que intranquilizan su estancia. Un espasmo muscular, cual temblorosa o eléctrica vibración, expresa su malestar porque un amplio parasol ha sido desplegado en el medio de la huerta arbolada. Cuando las mariposas revolotean, un agitado relincho de disgusto avisa su reacción enojada. Babieca odia los multicolores insectos: son como fastidiosos moscardones que importunan y entorpecen el equilibrado retrato de su altiva elegancia. Ellas son, para la potranca, como flores ambulantes cuyo impertinente aleteo, la fastidian y la cansan. Con su crin, convertida en abanico, las ahuyenta y las espanta.

Pienso en Babieca mientras estoy paralizado en un aeropuerto de tránsito y, uno a uno, se van cancelando todos mis vuelos de conexión por culpa del mal tiempo. Acostumbrado a tener el control sobre mis propios viajes, siento en carne propia, lo que viven los confundidos pasajeros en los saturados terminales aéreos… Me siento como montado a horcajadas en un brioso corcel, desprovisto de bridas, montura y estribos. Descubro que nadie me ofrece información; no sé cuándo, ni cómo voy a salir; mientras otro corcel, el del tiempo, cabalga a galope tendido; y yo, inútil como siempre para el arte de la improvisación, siento que mis opciones se convierten en elusivas mariposas que, tan pronto como se posan, parece que intentarían empezar un nuevo vuelo hacia un destino impredecible e incierto…

Han cancelado también los vuelos de la tarde. Cansado ya de esperar y reclamar por un equipaje que nadie sabe donde está extraviado, termino en un cercano hotel a medianoche. No tengo ropa limpia, ni tampoco ningún implemento. Es ya muy tarde para pedir algo de merendar; y muy temprano para salir a comprar algo de vestir que yo lo sienta fresco. Pienso en los que no tienen qué comer, ni dónde ir a dormir; en los que trabajan por las noches; en los que vigilan en medio de la oscuridad; en los monjes que quizás rezan a estas horas; mientras que yo, al hacerlo, no lo hago por devoción, sino por interesado y ansioso requerimiento…. Pienso en los absurdos procedimientos de seguridad que impiden llevar lo necesario. Tomo un baño y ya, limpio y fresco, pero desnudo, me dejo ganar otra vez por el sueño… Pienso en Babieca que odia las mariposas; mientras descubro que tampoco me gustan los errantes, imprevistos y forzados desplazamientos.

Me hacen madrugar al día siguiente: estoy optimista y orgulloso porque me han ofrecido una inesperada prioridad para el primer vuelo. Mi vanidad pronto se convierte en humilde aceptación de la ironía: me han escogido para madrugar sin necesidad, porque también han cancelado los primeros vuelos! Debo acudir entonces al centro de reservaciones para conseguir que me enlisten de nuevo. Ahora voy al anca de quienes no tuvieron que madrugar; y en la tarde tendré que hacer otros nuevos intentos. Los desconocidos ya empiezan a serme familiares; ahora, gente ajena y cansada quiere contarme sus confidencias y sus secretos… Una sensación extraña redefine la ansiedad de la víspera, hay ahora una suerte de solidaridad mezclada con conformismo; nadie quiere ya reclamar, ni esgrimir sus razones y argumentos. Me siento cual Babieca y sus mariposas; siento que odio algo que no tiene responsabilidad: los vuelos, los aviones y los aeropuertos!

Pero… no hay más que ser paciente y ponerse a esperar. Hay una cierta filosofía reinventada en esas nuevas sonrisas que vuelvo a encontrar; nadie parece sentir ansiedad; la gente se prepara para pasar una nueva noche en el terminal. Me veo en el reflejo de los cristales, compruebo en mi rostro esa mueca bondadosa que identifica a la resignación. Abrigo la secreta alegría que ahora sí tengo prendas nuevas para poderme cambiar… No me han entregado la maleta, pero me he dado modos para adquirir esas sencillas cosas que descubro que modifican el sentido de términos relativos como “urgencia”, “necesidad”, “estar fresco”...

Sacudo entonces el impetuoso espasmo de mis inconformidades; doy gracias de que revoloteen las inquietas mariposas y de que existan esos paradójicos lugares que los hombres llamamos aeropuertos! Miro a Babieca y le acaricio para calmar su agitado estremecimiento… Sé que me estoy mirando yo mismo en el espejo…!

Atlanta, Enero 11 de 2011
Share/Bookmark

09 enero 2011

Crisálida de Demóstenes

Ese día me notificaron de mi inminente participación en el concurso interno de oratoria en el colegio. Estaba yo recién en quinto año y los participantes, en su mayoría, eran alumnos del sexto curso; algunos de ellos con experiencia previa en el arte de comunicarse en público. Había por lo menos dos que antes habían cursado estudios de noviciado, lo que quería decir que estaban familiarizados con los métodos de la retórica y la elocución; y que habían desarrollado una que otra técnica respecto al arte de la improvisación y de la forma de cautivar a una audiencia específica. Puede decirse que sabían de ritmo, tono de voz, movimiento corporal, pronunciación, cadencia, uso de espacios y silencios; en fin, todos esos recursos que permiten expresar con elegancia y efectividad las ideas.

Mi experiencia, de otra parte, era muy limitada. Pocos meses atrás me habían invitado a participar en una convivencia de tres días con carácter más bien religioso. Tratábase de un movimiento juvenil de apostolado llamado Palestra, que realizaba reuniones para motivar a los adolescentes en los asuntos de interés comunitario y, de paso, entregaba un mensaje de apostolado y revisión de las actitudes juveniles. Palestra podía parecer un movimiento religioso; pero era, más bien, una propuesta altruista en favor de la comunidad y un mecanismo de replanteo personal en busca de la existencia auténtica y del personalismo.

Así, a mis cortos dieciséis años había pasado a conformar las filas directivas de ese movimiento. Además de las diferentes convivencias en las que participé, tuve la repetida oportunidad de visitar casi todos los colegios privados y estatales de la ciudad, para hacer proselitismo y presentar el proyecto. En esas cortas visitas se hacía una presentación de la estructura de Palestra, se presentaba una visión idealista de la juventud en la sociedad y se insistía en las metas que se procuraba lograr con los encuentros que se iban organizando.

La reiteración del mensaje; la experiencia con la respuesta de los estudiantes; el efecto que causaban ciertas frases; el descubrimiento de asuntos relacionados con la psicología de grupo; la utilización de enunciados y palabras que daban la imagen, o creaban la impresión, que dominábamos los temas, y que hablábamos de diferentes tópicos con autoridad; fueron creando en nosotros la confianza para la disertación en público, nos dieron un cierto dominio de la escena y nos pusieron en contacto con algunas ayudas mnemotécnicas que permitían la fácil elaboración de un efectivo discurso. Era el natural resultado de nuestra repetida exposición; y del contacto que habíamos pasado a tener con la obra de ciertos autores, con una literatura que facilitaba nuestras breves charlas y nos permitía enfrentar los debates y el cruce de argumentos que a menudo se presentaban.

El concurso interno en el colegio, buscaba como objetivo, el de seleccionar a un representante para el concurso intercolegial de oratoria que habría de realizarse pocas semanas más tarde en el Teatro Sucre, con la participación de varios colegios privados de la ciudad. Los temas que se escogieron fueron los mismos que el certamen intercolegial había planteado. Recuerdo entre otros tópicos a los siguientes: Ese extraño ser llamado hombre; La juventud: esperanza del mañana; La revolución, nuevo nombre de la paz. Eran los días posteriores a la revolución de Mayo en Francia (está prohibido prohibir). Poco antes, un personaje barbado llamado Che Guevara, había sido asesinado en las selvas orientales de Bolivia. Todavía se escuchaba el eco del mensaje del existencialismo. Había una nuevo e inédito interés en la juventud por participar en los temas de actualidad.

La presentación de los candidatos en el concurso se realizó por sorteo. Me tocó ser el primer expositor esa mañana; había optado por hablar de la juventud. Los alumnos recién habían terminado de acomodarse en el salón de actos, cuando empecé mi exordio usando varias citas de algunos pensadores contemporáneos. Recordé a Ortega y Gasset, a Emmanuel Mounier y a José Ingenieros; desarrollé el argumento de que la juventud era, más que una esperanza para el mañana, una realidad para el presente. Continué haciendo énfasis en la filosofía de que lo que definía la edad del hombre era su actitud de apertura y disponibilidad. No bien había empezado a arengar a la audiencia respecto al papel de la juventud en la sociedad, cuando caí en cuenta de las restricciones cronológicas que se habían establecido, y decidí acortar el discurso usando alguna frase de doble contenido destinada a motivar, a persuadir y a inspirar. Se me vino muy corto el tiempo!

Si cada presentación pudo tener una duración de diez minutos, imagino que tuve que esperar entre noventa minutos y dos horas, hasta que culminasen todas las intervenciones y el jurado calificador pudiese tomar su decisión inapelable. Fue así como, al final, siguiendo lo que intuí que se trataba del mismo orden que habían tenido las exposiciones, se mencionó mi nombre en primer lugar con la calificación que se me había otorgado. Habrían todavía de nombrar a otros dos o tres concursantes más para que cayera en la cuenta que, para mi sorpresa, había sido escogido como el inesperado ganador!

Cuando volví al aula, en medio de ese contradictorio sentimiento de realización e incredulidad, me senté en el pupitre tratando de calmar mi vanidad y de digerir mi insospechado triunfo. El profesor de Lógica, un hermano circunspecto y pugnaz, que quizás esperaba un distinto resultado, y que entonces no me tenía entre los destinatarios de su preferencia y afecto, hizo un comentario un tanto cicatero de mi participación; pero convalidó, a pesar de sus críticas, el resultado que había tenido el certamen. Concluyó su análisis observando alguna referencia que yo había hecho y comentó mi logro, como producido “a pesar de mi defecto natural de pronunciación”. Era evidente que se refería a mi inveterada dificultad para pronunciar las eses correctamente…

Ganar el modesto concurso no mejoró mi defectuosa dicción; pero, habría de ayudarme a que fortaleciera mi confianza; a descubrir el impacto que puede llegar a tener el mensaje que se entrega; y, sobre todo, me hizo apreciar la insospechada respuesta que puede crear en quien expone, el estimulante fervor y la entusiasta emoción con que puede reaccionar su audiencia. Quinto año se llevó el concurso esa mañana: fue en el día que advertí que algo entre la lengua y mi paladar hacía que las caprichosas eses no fueran fáciles de pronunciarse…!

Quito, 8 de Enero de 2011
Share/Bookmark

03 enero 2011

España en el corazón

El norte representaba el futuro; quería decir novedad y progreso, era signo del bienestar. Desde que habíamos salido de la casa de la Caldas, sabíamos que el corto paso por El Dorado, había sido un refugio temporal, habíamos hecho un “tambo” de cortos dos años, para recuperar lo que sentíamos que por linaje nos correspondía. Ir a vivir en el norte, constituía un reencuentro con nuestras raíces. Significaba volver al contacto con lo que nos había sido esquivo. Quería decir reinserción, nuevas opciones; quería decir frescura y libertad. Muerta ya la abuela, habríamos de dejar El Dorado y nos habríamos de mudar a un barrio, en donde el nombre de sus calles decía reencuentro con una prosapia escondida en el pasado; en suma, ir a vivir en La Floresta nos devolvería unas relaciones que se habían perdido por letargia, falta de decisión familiar y pura conformidad.

Así, una mañana de Agosto, recogimos nuestros viejos y modestos enseres, los metimos en un camión de mudanzas y los trasladamos hacia una cómoda aunque inconspicua casa de la calle Lugo, en el corazón de ese barrio de clase media; a tiro de piedra del monumento a Artigas y del acogedor barrio de La Mariscal. Atrás quedaba el pasado con su infamia, atrás quedaban unos recuerdos que herían y amputaban; atrás quedaban unos recelos que se expresaban en una sensación extraña, aquella que suele tener la vergüenza cuando está exenta de culpabilidad. Nos parecía que dejábamos a nuestras espaldas la pobreza. El norte nos hablaba de nuevos amigos. Representaba la recuperación de algo perdido; implicaba romper unas cadenas con su ruido metálico y su lastre de complejos; significaba tomar unas líneas de buses que transportaban a un perdido abolengo. Ahora tomaríamos las rutas del Loma – Floresta y las del Colón – Camal.

Tratábase de un chalet remodelado, donde fuimos a vivir en el segundo piso; los dueños habían acondicionado la planta inferior, que era originalmente un sótano de cielo alto, para poderlo arrendar como un departamento completo. Los jardines habían sido reemplazados por una costra de concreto que facilitaba la limpieza del exterior. Aún quedaba en las esquinas el rezago y vestigio de algún descuidado rosal. Solo vi a sus dueños una sola vez; tenían un apellido francés y ascendencia provenzal. Habían dejado encargado el arriendo de su recluida residencia; y encargados también un par de furiosos mastines a los que ni para darlos de comer nos podíamos acercar. No eran unos perros normales; eran unas fieras feroces a las que nadie se podía aproximar. Un día se soltó uno de esos infernales animales y hubo que pedir socorro para que alguien lo controlara, le reenganchara su correa y lo pudiera encadenar. No sé cómo, bestias tan feroces, habían sido encargadas al cuidado de inquilinos extraños en esa casa a la que habíamos ido a habitar.

Como un aliciente adicional, allá fuimos a vivir también con el último de mis medio hermanos, y quizás el más cercano a nosotros, un joven de apariencia díscola e irreverente; pero, en la realidad, dócil, tierno y bien parecido: mi siempre recordado hermano Adrián. Trabajaba él entonces como inspector de Aviación Civil, tenía sus propios ingresos y se había comprometido a aportar con parte del canon establecido para el acordado arriendo. Por motivos relacionados con ajenos resentimientos, habíamos dejado de estar en contacto por unos pocos años. Tener de nuevo la libertad de compartir un hogar con el pródigo y alejado hermano, reforzaba la idea que habíamos querido de nuevo recuperar.

Si la memoria no me es esquiva, habían allí cuatro dormitorios. En el primero se acomodaban mi tía Anita y mi hermana; el segundo, ubicado hacia la izquierda y con vista a la calle, se les había asignado a las primas que venían de un pequeño pueblo de la costa, para estudiar en la capital. En la recámara contigua estaban ubicadas unas camas, cubiertas con fórmica, donde dormíamos con mi hermano Luis. Frente a esta habitación se ubicaban la sala y el comedor; y en el último aposento de la casa; en una cama matrimonial que daba testimonio, más de sus alardes que de sus conquistas, retozaba con sus sueños el apuesto Adrián.

Nombres de ciudades, comarcas y provincias españolas constituían la íntegra nomenclatura de esas todavía bien asfaltadas calles. Coruña, Toledo, Andalucía, Madrid, Vizcaya, eran, entre otros, los sonoros e insinuantes nombres de esas tranquilas y casi intransitadas vías donde más de una vez improvisamos un partido de futbol en plena calzada. Si bien sus moradores originales se habían mudado también a otros barrios ubicados más al norte; un ambiente recoleto y de tranquilidad, si no de exclusividad, se percibía todavía en ese barrio donde las aceras estaban guarnecidas de verde pasto; y donde una que otra arboleda sombreaba y daba un cierto carácter europeo a esas onduladas calles.

Había en casa un garaje cubierto, aunque creo que por entonces no habíamos adquirido todavía nuestro primer automóvil. Allí, sin embargo, los vecinos de la planta baja, iban reconstruyendo un viejo jeep al que parecían faltarle no solo las ruedas, sino todas las piezas de recambio. El propuesto móvil vejestorio no les pertenecía a ellos, sino a un amigo que, desde un buen día, hizo más continuas y frecuentes sus visitas; no tardamos en advertir que sus propósitos habían dejado de ser mecánicos o automovilísticos: ahora era una de nuestras primas en quien había apuntado sus meticulosos cuidados… Más tarde se habría de casar con ella; y, no sé que hizo con su pretexto y coartada, con su olvidado cacharro mecánico.

Tuvimos por esos auspiciosos años una nueva empleada en casa; venía del norte del país y había cursado varios años de colegio, no solo de escuela; no tenía lo que se convendría en llamar el talante típico de una empleada doméstica. Era una chica más bien tímida, aunque su apariencia no era discreta. Obedecía a uno de esos provincianos nombres que es frecuente escuchar en las humildes aldeas. Se llamaba Emérita o Emerita; tenía unos pechos generosos, un trasero y unas piernas dignas de maniquí de escaparate, y un rostro apolíneo que denunciaba descender de un adinerado y linajudo propietario de hacienda. Era una “chola buena moza”, como habría insinuado mi tía Julieta. Fue entonces cuando los amigos del barrio empezaron a visitarnos cada vez con más insistencia. No había sido en busca de encontrarse y compartir las tertulias con nosotros; ni siquiera por cortejar a nuestras estudiosas y abnegadas primas. Venían por quehaceres aún más domésticos: se habían dejado seducir por los peninsulares encantos de la sin par Emerita, la fámula atractiva de apariencia indiscreta!

Casablanca, 3 de Enero de 2011
Share/Bookmark

01 enero 2011

Del carril al marsupio

Mamá debe haber dejado suspensas sus tareas de costura esa tarde, para vestir uno de sus mejores trajes de calle y salir al centro para comprar mi primer carril escolar. Hay todavía por ahí una fotografía en blanco y negro que denuncia con certeza aquella salida con mis dos hermanos menores, para efectuar una adquisición que me debe de haber llenado de auspiciosa alegría y de infantil candor. Posamos los tres, junto a mi madre, probablemente para un fotógrafo de aquellos que se apostaban en la plaza de Santo Domingo para ofrecer un retrato improvisado. Hoy, ya medio siglo después, sorprende todavía la calidad de la impresión; cuesta reconocer que fue obra de un autor de condición itinerante.

A pesar de tratarse de una composición en blanco y negro, parece advertirse el colorido de los jerseys con que nos habían vestido aquella tarde. Mi hermano Luis Eduardo luce unos rizos ensortijados, que parecen subrayar el raro color de sus cabellos rubios y que me hacen recordar los recurrentes cuidados que mamá le asignaba para que a ese tierno rapaz, con cara de Niño Dios, regresaran a mirarle. Mi hermana Lolita, por su parte, muestra todavía unos rubicundos muslitos que habrían de caracterizarle todavía por unos pocos años más; viste un corto vestido blanco de organdí de seda, que parece un contrasentido con el probable frío de esa tarde de Octubre. En cuanto a mi atuendo, visto un pantalón largo en camino de convertirse en corto; solo unos botines de cordón logran esconder mis tobillos y disminuyen la impresión de aquella precaria imagen.

Intuyo que la transacción habría estado precedida de un minucioso proceso de exploración selectiva. Mamá era muy cuidadosa en cuanto a la imagen con la que quería presentarnos. Éramos sus hijos la razón no solo para sus satisfacciones; sino también un continuo acicate para sus demostraciones de autoestima cuando salíamos a la calle. Ella misma confeccionaba nuestras prendas, con la referencia de aquellos figurines que marcaban las variaciones de la moda; y, además, con probabilidad, usando los retazos sobrantes que le habrían quedado de las tareas de costura que le habían encargado, y en las que empeñaba sus habilidades.

Desde hace un par de décadas me refiero a ella con el nombre de mamá; pero no era esa la forma como sus hijos la llamábamos; siempre usábamos la abreviada forma común de llamar a las madres y nos referíamos a ella como “mami”. Aun dos de mis medio hermanos mayores, utilizaban idéntico apelativo, pues habían sido todavía muy tiernos cuando papá había enviudado por primera vez y, ya con cinco hijos, se había casado con mi madre. En nuestras conversaciones infantiles ellos se referían a esa madre que poco conocieron como mamá; y a quien en la realidad era solo su madrastra le llamaban más bien como mami.

De vuelta a la lejana compra de mi más antiguo morral estudiantil, recuerdo que aquellos bártulos eran de un cuero muy grueso; tan áspero y rústico que, debido a la contextura de su construcción tenían una apariencia más bien burda y rígida. Era su material similar al de las antiguas maletas de viaje, tenían correa para colgarlos al hombro; espacio para el membrete de identidad; y también seguro con clave y agarradera. Por la forma que tenían, intuyo que deben haber sido elaborados con suela. Unas impresiones en relieve y cenefas repujadas daban a su figura la disposición que los identificaba con los requerimientos escolares.

Ya al servicio de este humilde marqués (yo mismo), supongo que nadie hubiera adivinado su real y modesto contenido, destinado a incluir unos pocos lápices de carbón, un sacapuntas y un borrador; un par de libretas de uso diario, de papel periódico o de borrador; una regla; un cortaplumas; y un par de cuadernos de deberes: uno de líneas para escritura inglesa y otro para ser utilizado para las planas cotidianas, con trazos cuadriculados. Se trataba de libretines de pocas hojas. Más tarde, con la complejidad e importancia de las tareas de final de primaria, habrían de venir los cuadernos de uso múltiple, de cien hojas, que a su vez serían reemplazados por los versátiles cartapacios que vinieron a dar de baja a los cuadernos necesarios para cada una de las asignaturas individuales.

No fue hasta tercer grado de escuela que los canuteros de pluma vinieron a reemplazar por pocos años a los lápices de carbón y es cuando se dejó de utilizar las primeras libretas de borrador. Ahí hubo que incluir en el morral infantil varias tarjetas de papel secante, unas cuantas plumas de repuesto y, desde luego, unos pequeños frasquitos para transportar la tinta de escribir. Los más populares y de mejor calidad obedecían a la marca Pélikan; pero, por regla casi general, uno mismo tenía que preparar el oscuro líquido que se debía acarrear en los llamados tinteros. La compra de un pequeño sobrecito de “azul de metileno” o de “negro al agua” costaba, por esos olvidados años, tan solo cuatro reales.

Durante los cursos posteriores a los de mis primeros carriles de cuero, los muchachos se dieron por prescindir de ellos para acarrear los útiles escolares. Creo que del carril pasamos, a salto de garrocha, a la llamada carpeta; y me parece que se prescindió del todo del morral de espalda o mochila, que si bien se habría de popularizar para viajes y excursiones, no tuvo por mucho tiempo el uso que le dieron más tarde los extranjeros y los estudiantes universitarios. Si en mis años de escuela alguien hubiese llegado a clases equipado con una mochila dorsal, se hubiera tenido que enfrentar con la picardía y con la ingenua perversidad de sus compañeros de clase…

Fue años más tarde que tuve que volver a utilizar los carriles de cuero; pero esta vez bautizados ya con el sajón nombre de “pouch”. Y esto porque los pilotos estamos obligados a llevar una serie de implementos para ejercer la actividad. Este “marsupio” no es sino un maletín construido preferentemente con cuero, donde el aviador anda a cargar cartas aeronáuticas de navegación, manuales de vuelo, linternas, audífonos y otros aperos que le son necesarios para utilizar en su consultorio u oficina itinerante, y para ejercer su nómada deambular. Sería incompleta la figura del aviador sin esos bolsos de cuero que hoy, para disimular el esfuerzo requerido para su movilización, se los ha implementado de unas pequeñas ruedecillas que hacen más fácil y menos incómodo su cosmopolita y católico trajinar. Tengo la sospecha que actualmente, el mencionado “pouch”, no siempre contienen los elementos que intentaba su original finalidad...

No hay piloto que se precie, que no se vanaglorie de ser dueño y portador del versátil y aristocrático “pouch”. Claro que así como los niños inquieren a los aviadores si es que son policías, por virtud del uniforme militar que los identifica; también corren el riesgo de que, por la forma del comentado marsupio, les consulten en la calle si se han convertido en visitadores a médicos o en apurados vendedores de esos productos que requieren de demostración previa para asegurar su comercialización. La moda regresa y parece tener sus ciclos. He empezado a encontrar nuevamente pilotos que exhiben con no disimulado orgullo, idénticos carriles a los que un día empecé a desdeñar en los cándidos años de mi ya lejana escolaridad. El carril no ha cambiado, solo ha cambiado el marsupial…

Casablanca, 1 de Enero de 2011
Share/Bookmark