03 febrero 2011

Elogio de la ceguera

Hay algo de extraño en los ciegos; ellos forman una especie de secreta cofradía. Es como si conformaran un clandestino círculo que comparte un indescifrable lenguaje, al que los demás no tenemos acceso. Han ido como desarrollando una subrepticia y sorprendente facultad que parecería desafiar las capacidades sensoriales; y aun superar la facultad de ver, que los videntes poseemos… Es como si usaran en secreto otros sentidos, con ventaja sobre los que estamos en capacidad de percibir las imágenes; y a eso suman un sorprendente sentido de orientación que desafía al que los demás humanos tenemos.

Además, con ellos nos enfrentamos a una especie de obscena desventaja; y quizás por ello nos envuelva ese extraño pudor cuando queremos verles a los ojos. Es como si intuyeran o sospecharan que no es del todo verdad lo que les estamos diciendo… Detrás de esa nube blanquecina e impersonal que oculta sus pupilas, nos parecería que esconden la real intención de una mirada que no siempre sabemos interpretar, para poder dialogar y comunicarnos con propiedad con ellos. Ahí queda entonces, como colgada, esa suerte de sonrisa furtiva y permanente que en cambio exhiben; sonrisa que nunca logramos descifrar si se trata de una actitud de burla o es talvez un conmiserativo gesto…

Pienso en la condición y circunstancia de los ciegos mientras escucho “Milonga de Manuel Flores” de Troilo, compuesta con la letra de un poema de Jorge Luis Borges. En el verso dice el escritor argentino, con cierto desparpajo, que “morir es moneda corriente”, y que “morirse es una costumbre que suele tener la gente”; continúa con la sentencia de que detrás de la muerte vendrá el olvido, porque como ya lo dijo el sabio, “morir es haber nacido”…

La muerte, los espejos, los laberintos, la memoria, los sueños, la divinidad, los artilugios de la fantasía, fueron algunos de los elementos siempre presentes en ese universo paralelo, que se empeñó en retratar con sus ficciones este insigne escritor ciego, que fuera Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo. Sí, así, con todos sus nombres y apellidos completos, para poder subrayar la sublimidad de este explorador de universos escondidos y para tratar de cancelar la mezquindad con que el mundo de la literatura le quiso tratar en su tiempo y por tanto tiempo!

Borges empezó a quedarse ciego cuando no había llegado aún al medio siglo de vida. Desde entonces, se habría visto obligado a recurrir a la asistencia de otros para poder seguir escribiendo. No sé qué es lo que sienta un escritor cuando se va quedando ciego. Solo trato de imaginarme! Debe ser muy doloroso sentirse un “hacedor de ficciones” y tener que enfrentarse a la limitación de saberse ciego!

Nadie podría negar ya la trascendencia de este ciego genial, visionario de tantos mundos diversos. Una de las más grandes injusticias del reconocimiento que le debemos, fue justamente la incomprensible renuencia de la Academia Sueca para otorgarle el premio Nobel. Jorge Luis Borges estará siempre por encima de ese galardón. Dicha negativa solo restará crédito a la entidad escandinava y, más bien, otorgará callada reverencia al escritor quizá más influyente que ha tenido nuestra lengua, después Cervantes.

Escuché en días pasados un sesgado comentario acerca del gran escritor. Alguien reconocía su formidable mérito literario, pero implicaba que, en cambio, no fue un buen ciudadano. Me pregunto: por qué? Quizás por sus ideas políticas? Borges había cometido el error de aceptar un premio de la dictadura chilena y también hacía pública su postura de repulsión hacia el presidente Perón y el justicialismo. Qué podía esperar el oficialismo de un escritor que había dedicado su vida a la biblioteca municipal de Buenos Aires y que había sido “ascendido” con sarcasmo burlón a una humilde posición en un mercado de alimentos? Borges no merecía tan miserable sátira; su nombre ilustre pronto habría de conquistar, con su erudito estilo, la admiración y la fama del mundo sin fronteras de la literatura!

Borges no había tenido una educación formal; sus primeros estudios los habría efectuado en casa donde tuvo la oportunidad de acceder, con fascinación y asombro, al contenido de la privilegiada biblioteca de su padre. Se dice que confesaba que ése había sido el evento más importante de su vida. Tanto le habrían cautivado esos textos, cuadernos y manuales, cual tesoros para ser perseguidos y descubiertos, que es fácil imaginarse que leyó y releyó hasta quedarse literalmente ciego. Con su prosa iría estructurando un nuevo estilo, en el que sumó a sus experiencias, los elementos de la imaginación y la filosofía. Por eso no se quedó en el costumbrismo o en el relato provinciano. Su cosmopolita estilo estaba destinado a trascender las barreras del idioma. Quizás es por eso que algunos de sus ensayos y cuentos, muchas veces nos darían la impresión de ser traducciones de obras compuestas originariamente en lenguas distintas.

Tal parecería que la ceguera va cerrando ciertas puertas; pero va revelando a la vez otros insospechados postigos: los que se van abriendo a la imaginación y al descubrimiento de uno mismo. Es difícil entender cómo alguien pudo tomar notas, escribir, corregir y revisar sus cotidianos escritos, si carecía del más importante de los sentidos. Tarea colosal, tortuosa, reservada a Prometeo! Por ello, solo trato de imaginar cómo pudo alguien habernos entregado tan variada y luminosa ficción, si desde el temprano equinoccio de su vida estuvo expuesto a los laberintos y fantasmas de su invidente destino…

Atlanta, 2 de Febrero de 2011
Share/Bookmark

29 enero 2011

De máscaras y maquillajes

Hace ya veinticinco siglos los filósofos griegos se dieron a la trascendente tarea de desarrollar nuevos conceptos filosóficos y políticos; y de acuñar inéditos términos como “democracia” y "república”. Eran, sin duda, tiempos distintos y realidades diferentes; la misma palabra “pueblo” se refería entonces solo a un grupo restringido de individuos que gozaban de los derechos de ciudadanía; el concepto no cobijaba ni a las mujeres, ni a los no instruidos, ni tampoco a los esclavos. El aspecto medular del pensamiento griego se refería al poder sustentado en la opinión y decisión de la mayoría; se trataba de un rechazo al gobierno exclusivo de las élites (aristocracia) y al de los déspotas que perseguían el imperio de sus intransigencias, intolerancia y caprichos (tiranía).

La mala interpretación de estos conceptos; y por lo mismo, la confusión entre la fuente de la democracia y su funcionamiento, ha ido llevando a las sociedades a precipitarse hacia una lastimosa y nociva distorsión de lo que deben ser en esencia los elementos insustituibles de la convivencia política. Tal confusión parecería provenir de lo que se quiere entender por “gobierno de la mayoría”. Lo que realmente quisieron impulsar y promover los pensadores helénicos fue la incontrovertible idea de un gobierno que representase a la totalidad de los ciudadanos. Y es que, si el gobierno de la mayoría tiene excesos y no reconoce los derechos de las minorías; si éste, no aplica las normas y mecanismos de un estado de derecho; si no respeta las libertades de la minoría, entonces sucumbe la democracia y se convierte en otra tiranía, en otra abusiva forma de gobernar.

En mis años de colegio, un idealista educador cubano nos recordaba que, así como el exceso de libertad lleva al libertinaje; del mismo modo, el exceso de democracia solo puede llevarnos a la anarquía. Es difícil no caer en cuenta de lo paradojal de la proposición: si la democracia es un ideal positivo, cómo podría haber un exceso de tal concepto? Sería como hablar en un exceso de belleza o como juzgar que algo es poseedor de “demasiada” verdad… Pues sí, el no haber entendido con profundidad esta entelequia llamada democracia, ha llevado a una intolerable distorsión que ha hecho que ciertos individuos que gobiernan propicien más bien la arbitrariedad. El resultado es inevitable: con el exceso de democracia y el abuso de la mayoría, se emboza el monstruo del autoritarismo, que se esconde detrás de la máscara del sufragio y de la aparente legitimidad!

De esto nace la pregunta que se torna en inevitable: qué ha producido que el propio ciudadano se ponga la soga al cuello? Qué ha propiciado que se llegue a este pernicioso estado que ha corroído los cimientos mismos de la democracia liberal? En parte, la explicación tiene que ver con esa mezcla de hedonismo y nihilismo en que fueron cayendo las sociedades modernas. Pero, pueden por sí solas, la búsqueda del placer y la ausencia de valores, degenerar así la estructura política del estado? Es indudable que a estos factores se han sumado la impudicia de algunos dirigentes y, sobre todo, el Alzheimer político que ha aquejado a la misma sociedad. Por desgracia, hay que usar este término médico para referirse a esta patología. Porque la demencia se ha ido sumando al olvido de la gente; así es como la nación también ha sido lastimada por esta cruel enfermedad.

No de otra manera se puede comprender cómo en nuestros países, esos mismos aviesos individuos que estuvieron dispuestos un día a interrumpir los legítimos regímenes de derecho; los mismos individuos que lideraron asonadas destinadas a dar el traste con la institucionalidad, fueron no solo permitidos de participar en posteriores procesos electorales, sino que fueron premiados con el voto popular. Dónde quedó entonces la legitimidad? Dónde puede sustentarse la autoridad cívica y moral que quienes en un momento determinado han de buscar apoyarse en los mismos fundamentos que antes estuvieron dispuestos a depreciar? Esos personajes debieron, a su tiempo, ser condenados a la cárcel y al ostracismo; pero, terminaron apoltronados en el despacho de un palacio de gobierno, cuando su único destino debió haber sido el oscuro calabozo de un panóptico penal. No hay duda que están enfermos de muerte los sistemas institucionales; que están moribundos los sublimes valores en que debería estar cimentada la sociedad!

A qué atribuir estos inexplicables procesos? Es indudable que hay una sumatoria interminable de causas contradictorias e incomprensibles. Es preciso reparar en ellas para intentar un somero diagnóstico; aunque, cuando los valores han muerto, no es ya adecuado hablar de diagnósticos: es pertinente, más bien, hablar de proceder a su autopsia. Ese es el único recurso posible cuado hay que exhumar el podrido cadáver de los valores que supuestamente estaba exigida a tener una moderna sociedad. Aquí van unas pocas de esas causas:

Primero que todo, está el mesianismo o exceso de esperanza de un pueblo que parece estar persuadido que la situación en que vive puede arreglarse por arte de magia, con solo entregar su voto al irresponsable individuo que promete más. Hay ahí una incapacidad para comprender que solo saldremos de los cenagosos terrenos del subdesarrollo con esfuerzo, trabajo, ahorro y austeridad. Vender la idea (o ingenuamente creer en ella) de que solo es cuestión de intentar un candidato distinto, es no solo irresponsable, sino estúpido y demencial. Además, nuestra cultura política fortalece una permanente actitud de crítica, que deja siempre en manos de otros la solución de los problemas de la colectividad. No parece interesar el sugerir propuestas; y menos, mucho menos, hacer algo o contribuir con acciones positivas que aminoren la desigualdad social.

Podría decirse también que existe una falta importante de liderazgo y que no se ha producido una renovación de líderes en la política nacional. En este sentido, es penoso hacer un valoración necesaria: los mal llamados líderes no han hecho otra cosa que seducir con el veneno de sus complejos y resentimientos, con su afán de desunir y convulsionar con sus odios a la sociedad. El líder está llamado a inspirar y a motivar; pero tiene ante todo la irrenunciable obligación de orientar y encauzar las pasiones de ese mismo pueblo al que quiere redimir e impulsar.

Sin embargo, nada permite entender mejor nuestras falencias políticas como el necesario y perentorio reconocimiento de nuestra falta, como pueblo, de un primordial sentido de comunidad. No puede hablarse de bienestar y de progreso sin la premisa fundamental de las obligaciones compartidas y de la propiciación de compromisos. Solo esto hará factible el advenimiento de mejores días; y esto no es un idealismo: es una enorme e impostergable realidad. Lo contrario solo nos seguirá conduciendo al caos y a la anarquía, al despotismo y a la tiranía, a los trágicos resultados a que conducen los excesos de democracia y de libertad!

Anchoraje, 28 de Enero de 2011
Share/Bookmark

26 enero 2011

Tristán de Isolda, cambio!

Tal parece que no se puede hacer ya nada en el mundo moderno, si habría que prescindir de las contraseñas o de las claves secretas; sobre todo en los campos en que ha ido arrollando esa avalancha impredecible, ese vendaval incontenible, que constituye la tecnología. Sin estos recursos de seguridad no habrían sido posibles los formidables progresos que han alcanzado actividades como las finanzas, la identificación personal y la cibernética. Los “passwords”, como se denomina en inglés a estos métodos de identidad y confirmación, han ido posibilitando un sinnúmero de transacciones que no requieren ya de nuestra presencia física, sino solo de una pantalla para poderlas efectuar con eficiencia.

La contraseña, o con más propiedad, “el santo y seña”, se habría empezado a utilizar como un recurso de identificación, en los cuarteles y en las diferentes actividades castrenses. Es probable que en tiempos de la edad media, cuando se empezaron a estructurar las organizaciones militares en Europa; los soldados, que no luchaban todavía por un sentido nacional, hayan mezclado su fervor marcial con los arraigados sentimientos religiosos que inspiraban esas campañas. Es importante recordar que las más antiguas operaciones logísticas de envergadura, emprendidas por un grupo armado en el medioevo, fueron las de esos ejércitos, organizados desde el papado, que fueron las cruzadas.

Se me ha sugerido que fue en los albores de la vida militar, tal como se la conoce ahora, que el método primario de identificación se conseguía con la mención del nombre de un santo cristiano, seguido de una palabra convenida de antemano, que completaba el trámite de identificación; esta última palabra era reconocida como la clave o “seña”, la misma que completaba el proceso de autenticación. El procedimiento nunca estaba completo, ni lograba su objetivo, si el interlocutor no respondía también con su propio “santo y seña”. Así, el sistema se convertía en una confirmación mutua del reconocimiento que se perseguía.

Fue en el día de “mi santo” que caí en cuenta del uso abusivo que la palabra “santo” tiene en nuestro lenguaje coloquial. Alguien hace lo que le da la regalada gana y entonces se dice que “se salió con su santo capricho”; si tuvo mala suerte, es entonces que “estuvo con el santo de espaldas”. Que si la espera fue prolongada, entonces “tuvo que esperar todo el santo día”; que si dejó caer algo importante, entonces fue “que dio con el santo en tierra”. Que si perjudicó a una persona para favorecer a otra, fue que “desnudó a un santo para vestir a otro”. Que no gozaba de la simpatía de alguien, era que “no había sido santo de su devoción”. Que la damita se iba a quedar sin la posibilidad de desposarse; pues, más elegante era emitir que se había “quedado para vestir santos”…

Quizás la más gráfica y expresiva de estas elocuciones sería la utilizada para comentar la apropiación indebida de recursos ajenos. El desaprensivo acto de tomar para propio beneficio un caudal que se está en la obligación de custodiar, sería mencionado con el sacrosanto cumplido de “haberse alzado con el santo y la limosna”. Dicho este, que resulta similar a un insidioso refrán que antes se usaba en forma corriente: “Sacristán que tiene vela y no tiene velería, de dónde peccata mea, si no de la sacristía!”.

Como queda indicado, hoy sería imposible participar en los trámites y trasiegos del mundo moderno sin el uso de estos métodos. Hasta hace solo una generación, las claves estaban circunscritas al uso de las cajas fuertes y de los mecanismos de seguridad. La sociedad civil tuvo, pues, que irse adaptando, con urgencia, al requisito de utilizar la contraseña. Hoy, las cosas se han complicado porque, además de números, se ha empezado a exigir la adición de letras; esto ha dado paso al advenimiento de las llamadas claves alfanuméricas. Todo se ha hecho más complejo aún, pues las instituciones no han acordado estandarizar un número específico de dígitos de confirmación. Esto exige que una misma persona se vea obligada a memorizar y a utilizar más de una sola contraseña!

He recordado sin proponérmelo, un episodio que siempre habrá de producirme una incontenible hilaridad cuando haga referencia al uso del santo y seña. Eran los días del último conflicto militar en la frontera; eran los años en que ciertas aeronaves fueron utilizadas para los previstos objetivos de seguridad nacional y cuando los aviadores civiles fuimos incorporados a la Reserva de la Fuerza Aérea. Fueron semanas de tensión; se vivieron situaciones difíciles; se improvisaron misiones que demandaron secretismo y enorme disciplina. Se nos encargó el realizar tareas de gran importancia logística y enorme repercusión estratégica. En muchas de ellas fue necesario emplear el subrepticio y tradicional recurso del “santo y seña”.

En esa oportunidad en particular, se designó a la tripulación a mi mando para una movilización especial y clandestina hacia el puerto de un país amigo, lugar en el cual debíamos abastecernos de un muy crítico e importante armamento. La contraseña que debía utilizarse se la había tomado de un mito céltico: la romántica historia de Tristán e Isolda. Y es que, así como el tema había inspirado a Richard Wagner para componer su más importante ópera, el título habría inspirado también a mis superiores de ocasión, para la creación de la contraseña que requería la nocturna y furtiva misión a que hago referencia. La base del país que nos serviría como huésped sería identificada con el nombre de Tristán; nuestro vuelo, mientras tanto, debía identificarse con el nombre de la cándida Isolda, para desorientar al “enemigo” de aquella no olvidada contienda…

Esa oscura noche se nos había asignado una altura de crucero inconveniente para las comunicaciones de radio que eran necesarias; es más, el cuadrante de aproximación del vuelo no era favorecido para el contacto radial debido a la orientación de las antenas. Por largos minutos fueron infructuosas las llamadas utilizando el método convenido de identificación… “Tristán de Isolda, cambio! Tristán de Isolda, Tristán de Isolda, cambio!”, repetía, una y otra vez, el ansioso e impaciente primer oficial. De pronto, quizás debido a la fuerza de la costumbre, sumado a la traición intempestiva que le produjo su subconsciente, el tripulante comunicó su real identidad sin caer en cuenta: “Tristán, Tristán, este es el Ecuatoriana 460, cambio!”… Al reparar en el grave error cometido, el oficial no atinó sino a una nueva llamada, que puso todavía en más peligro la consecución y éxito de la “ultra secreta” y misteriosa operación que se nos había encomendado: “XXX de Isolda, estamos ciento veinte millas al occidente de XXX, cambio!”…

Así fue como terminó la operación más reservada y encubierta que jamás se me haya encomendado en la vida! Nunca fue más triste la epopeya heroica del enamorado Tristán…! Parafraseando el título del cuento de García Márquez, bien podría repetir, la de “La increíble y triste historia de la cándida Isolda y de su protector desenmascarado”…

Anchorage, 24 de Enero de 2011
Share/Bookmark

22 enero 2011

Entre nacos y niños fresa

Nunca me dieron una explicación satisfactoria de por qué escriben con equis, y no con jota, el nombre de su país, los amigos mejicanos. Conocí “México” muy tarde, solo para, muy tarde también, descubrir que ese maravilloso país había sido muy diferente al devaluado y provinciano terruño que exhibían las cursis películas mejicanas. Hay que llegar a México para descubrir el carácter único de su gente, su cultura diferente: simbiosis formidable de recursos autóctonos y de coloniales ingredientes. Hay que compartir con la informalidad y la cotidiana alegría que exhibe México, para apreciar el valor artístico de sus hombres, la belleza de su arte y artesanía. Hay que disfrutar de su comida; hay que descifrar ese como lejano y extraño lenguaje reinventado que habla su pueblo…

Es curioso, cuando me desplazo por América, con frecuencia me preguntan si soy mejicano. Me hace gracia; pero, hay una poderosa explicación: los andinos hablamos un castellano sin la pronunciación fuerte que tienen, para algunas letras, los hispano-hablantes de regiones, como el Caribe o la cuenca del río de la Plata. En el fondo también, y digámoslo sin complejos, mostramos una cierta reticencia a que se nos confunda con gente que no tiene gusto refinado… Esa es justamente la rémora y prejuicio que ha creado la opaca cinematografía azteca; la de crear la falsa y estereotipada idea que esa enorme nación “del sur de Norte América” es una tierra de gente tosca, burda y peregrina. En suma, usando sus propios términos, una tierra de “pinches” y de “nacos”.

Para apreciar como es debido lo que es México se requieren tres cosas: no haber visto jamás esas películas carentes de imaginación y repletas de cursilería; haber pisado su suelo; y, por sobre todo, haber tenido la suerte y el privilegio de haber tenido amigos que tengan la formidable condición de ser hijos de esa patria, que lleven en el alma y en el corazón ese poco frecuente orgullo, esa pasión fervorosa que los identifica como ciudadanos mejicanos. Para sentir lo que quiere decir la palabra patriotismo es indispensable haber estado presente en la celebración de “El Grito”; una ocasión para recordar a los padres de su patria. Oportunidad que el extranjero encuentra para redefinir lo que debe ser ese olvidado sentimiento!

Mientras tuve la fortuna de vivir en Singapur, tuve la permanente oportunidad de compartir, casi día a día, con un número importante de familias mejicanas. Así, tuve la satisfacción de hacer muchos amigos que, a pesar de que hablaban un español extraño, se fueron haciendo gente querida; amigos con los que llegamos al mutuo aprecio y a la intimidad. Y es que en México se usan muchas palabras tomadas del náhuatl, pero, ante todo, se insiste en el uso de una infinidad de términos que tienen un raro significado. Ahí es cuando empieza el “desmadre”, no importa si uno la está pasando “padre”, o lo que es lo mismo, “de poca madre”!

Así me fui enterando que en México, como en todas partes, hay sentimientos de diferencia regional; así me enteré a quién se le llama jarocho; así supe de la competencia que se da entre chilangos y tapatíos. Y esto sucedió mientras “platicábamos” con los “chavos” junto a la “alberca”, mientras disfrutábamos de una “botana” y gozábamos de una “chela”. Es cuando se utilizan términos que uno conoce, pero que intuye que han de tener un significado diverso (a pincel, de pelos, crudo, fresa, corajudo, mamón) que uno se queda en ascuas y no le queda más recurso que interrumpir la conversación para descubrir los nuevos y ajenos significados. De otro modo, uno tiene que aceptar con confuso horror que en su cerebro se ha armado una verdadera e indescifrable “chingadera”!

En mis viajes por los Estados Unidos, encuentro una infinidad de oriundos mejicanos con los que es inevitable cruzar unas pocas frases y redescubrir esa suerte de jerga común que los identifica. Es el caso de los empleados de hotel, con quienes se va produciendo el inevitable intercambio para descubrir el significado de tantas y tantas palabras que contienen un sentido distinto. Así aprendo qué quieren decir términos como: chafa, malinche, padrotear, chones, empedarse, escuincle, chamaco, checar, chido, apapachar, gabacho, sangrón… Y así, desde aquí hasta el infinito!

Pero es con los extrañados amigos mejicanos que fui aprendiendo que, así como tienen un sentimiento acendrado de lo que es la patria, tienen también un alto sentido de lo que es ser buen “cuate”, de ser buen amigo. Esto, es lo que más ha calado en mi alma de la actitud del hombre mejicano: ese sentido elevado de la hospitalidad; esa actitud solidaria y de entrega que suele identificar a los buenos amigos. En ellos es admirable el sentido gregario y el espíritu de comunidad; esto denuncia que todos tienen una noble cuna; no importa si son “nacos” o “niños fresa”, mamones o tipos a todo dar, chilangos o tapatíos!

Así he ido aprendiendo un nuevo idioma, “el mejicano”; lengua en la que cometa se dice papalote, donde sorbete se dice popote, pavo es guajolote, buitre se dice zopilote; donde chapulín quiere decir grillo y al maíz se lo llama elote...

Y yo que creía que solo habíamos heredado palabras como aguacate, mariguana y chocolate…! No me ha quedado más recurso que aprender este curioso idioma vernáculo; solo así he podido evitar que mis nuevos cuates no vayan a creer que me estoy dando de noble o exclusivo. Solo así he conseguido que no me lancen un: “Ya, no manches güey, a poco que te crees un mero chingón!". Vaya cumplido...!

Chicago, 22 de Enero de 2011
Share/Bookmark

La Casa del Amor…

La nuestra es una amistad que dura ya más de cuarenta años. No recuerdo cómo empezó; pero imagino que habría comenzado con una fugaz tertulia de mutuo reconocimiento. Hubo, así, identidad desde nuestros primeros y lejanos vuelos. Entonces él estaba recién casado; yo era muy inexperto todavía para serlo (solo más tarde descubriría que en cuestiones maritales uno jamás llega a conseguir el titulo de experto). Fuimos “desde el hangar a su casa”: una caprichosa villa en la que uno sentía el vértigo del abismo y la comunión infinita con el cielo. Ahí hice migas también, y por primera vez, con ese sorprendente ser que siempre le ha sabido interpretar y acompañar: su mujer. Yo la había observado años atrás, paseando en el vecindario, siguiendo con paciencia a sus mastines inquietos…

Álvaro no se destaca por su altura; y, para decirlo sin circunloquios: es más bien un hombre pequeño. De hecho, muy pequeño, si en esa abreviada anatomía, ha de albergar al enorme corazón que parece latir con generosidad e inquietud todo el tiempo. Él ostenta el ducado de la novelería, el condado de la golosina, el marquesado de la planificación, todo al mismo tiempo. Su vida es como el cuadro de un renovado paisaje, cuyo marco está construido con las incorruptibles maderas del positivismo y la ilusión. Si alguien habría enunciado que no hay que hacer planes en la vida, sino que hay que vivir los planes, de hecho, se equivocó: su vida es testimonio de que la mejor manera de vivir con alegría y entusiasmo, es con la reinvención cotidiana de nuevos, frescos y renovados proyectos!

Optimista recalcitrante como solo él puede ser, dejó la práctica profesional de la aviación hace ya algún tiempo. Las ausencias continuas de la casa, las malas noches, las comidas irregulares y los desarreglos personales que se emparentan con las tareas del aviador, no podían conciliarse ya con su temperamento. Fue ésa, una delicada y difícil decisión; pero fue una opción que procuraba un sano balance con su salud, sus intereses, su realidad familiar y sus sentimientos. Estaba seguro que la valerosa alternativa le daría lo que él llama “mejor calidad de vida”. Él había empezado a comprender que para vivir los planes en la vida, es importante saber apreciar un factor que a veces amenaza con sernos elusivo, al mismo que llamamos con un término de valor desapercibido: el tiempo…!

Con Álvaro hemos compartido la inocente y ansiosa inexperiencia de nuestros primeros años de aviación. Disfrutamos de la amistad compartida con nuestras esposas, vimos crecer unos hijos de edades e intereses similares, fuimos muchas veces parte de una misma y bien equilibrada tripulación donde, mas allá del factor de la antigua amistad, contaron la responsabilidad y el profesionalismo como primordiales conceptos.

Mi hijo Felipe nunca se va a olvidar de un vuelo en el que Álvaro y yo compartíamos una cabina en el Boeing 707, regresando desde Chicago a Miami: yo venía al mando y tan pronto como aterrizamos, una espesa cortina de lluvia eliminó la visibilidad y el contacto visual con la pista en ese inesperado y crítico instante. Era muy tarde para volvernos a elevar y muy temprano para tratar de parar con las reversas y los frenos! Como no sabíamos si estábamos en el centro de la pista, optamos porque la inercia mantuviera centrado al avión en ese indescriptible y casi trágico momento. Después de los instantes de exaltación, los gritos y urgencias que se emitieron, salimos de esa barrera formada por el aguacero, para encontrar que luego de lo que pareció un trecho interminable, el aparato seguía sin desviarse del centro del pavimento…!

Él me metió en esta tortura infinita que parece que alguna vez estuvo reservada solo a los caballeros y que llaman golf (gentlemen only, ladies forbidden). De él fui aprendiendo todas las etiquetas convenidas, los secretos del golpe, el uso de las maderas y otros implementos. Así aprendí esa parafernalia infernal y exclusiva de los convenidos términos. Son ya más de diez años que venimos compartiendo las vacaciones dando rienda suelta a nuestra deportiva ilusión; disfrutando de los paisajes madrugadores, las íntimas tertulias a que invitan las caminatas, las competencias a muerte, los sarcasmos amigables, la búsqueda compartida de las bolas desaparecidas; gozando los vaporosos saunas que abrigan con su calor y refrescan con la inefable brisa espiritual que suele regalar la confidencia…

Detrás de la traviesa picardía que reflejan sus ojos azules, hay un brillo extraño que delata un alma caprichosa e inquieta. Unas cejas alborotadas son el entorno adecuado para marcar la impronta de las embestidas de su natural irreverencia. Porque él sí sabe invadir y conquistar el país de la broma y la alegría. Su risa es sincera; su broma jamás es mordaz; y, por todos es compartida su inveterada picardía. Él es el embajador de la solidaridad, el adalid de la alegría. Heredó de sus inolvidables y maravillosos padres el respeto y la simpatía por los demás; la conciencia que lo mejor que podemos compartir es el disfrute de nuestros días.

Sus continuas y recurrentes batallas con la enfermedad, las suyas y las de su familia, solo han podido ser superadas con esas mismas armas: las formidables medicinas de la risa y la ilusión; la terapia genial de la compartida simpatía. Marcela, su dulce e inteligente compañera de cuarenta años, sabe que él es un antojadizo corcel, reacio a la montura pero dócil con la brida. Ella hace que él se sienta como un rey; lo cual es siempre justo: él se ha ganado en perseverantes y merecidas batallas, las extensas y fértiles comarcas del noble reino de la alegría.

Lástima que en días pasados, el balance de su tarjeta de crédito, ha reflejado que habría hecho un imprudente pago en “La Casa del Amor…”! Supuse que habría sido uno de esos sitios que han sido testigos de sus devaneos e indiscreciones… Pero, qué alivio: le salvó la campana! Solo había sido una de sus automotrices veleidades, un derroche costoso con sus vehículos de colección. El supuesto delito se había cometido en el centro de la ciudad y a plena luz del día. El cargo se habría registrado en “La Casa del Amortiguador”...! Sucede que en los estados de cuenta, por un límite en el número de caracteres, no siempre ponen el nombre completo de los establecimientos comerciales!

Chicago, 21 de Enero de 2011
Share/Bookmark

18 enero 2011

Si me dejas ahora…

Vino a verme un par de semanas antes del accidente. No sé por qué se va la gente que quiero; y se va así, sin despedirse! Lo cierto es que, esa tarde quiso confiarme que le atormentaba una premonición rara; me dijo que no le dejaba dormir un resquemor incierto... Yo interpreté sus temores como derivados del sentimiento que sentía, porque no había cumplido con una pequeña cuenta que por esos días tenía conmigo. No solo que no quise dar a sus incomprensibles angustias la atención que él asignaba; sino que, para que recuperara su perdida paz interior, le insinué que bien podía olvidarse de aquel compromiso. Ahí me dijo que sabía que se iba a morir… Ese había sido su extraño presentimiento…!

Eran esos mis primeros años como comandante de aerolínea (tenía, a la sazón, treinta y dos años) y era también el primer año del breve período de reelección que entonces yo ejercía como titular de la Federación de Tripulantes Aéreos. Cumplía con estas últimas responsabilidades en un pequeño despacho ubicado en las oficinas que la Federación compartía con la Asociación de Tripulantes Aéreos.

El organismo que yo presidía aglutinaba, justamente, a dos asociaciones (AETA y ADACE), las mismas que se habían federado pocos años atrás. Nunca pude comprender cómo gente con una rescatable formación académica y profesional, con un apreciable nivel económico y social, y, ante todo, en posesión de la madurez requerida para superar discrepancias y desacuerdos, había tenido que optar por este recurso federativo, en lugar de escoger un solo nombre gremial, reformar unos estatutos ya existentes, acordar la elección de una nueva directiva, convenir en un protocolo de intención, e incorporar en ese nuevo colectivo institucional a todos los pilotos nacionales. Siempre creí que esa incapacidad solo podía reflejar lo que, en conjunto, representaba nuestra íntima realidad: la de una país escindido por culpa del absurdo regionalismo.

Adrián, a pesar de ser cinco años mayor, se había convertido poco tiempo atrás en piloto aviador, seducido y animado talvez por la actividad en la que me había visto involucrado; y que parecía generar tan satisfactorios réditos. Mientras él completaba sus horas en Miami, ya responsable de una corta familia, habíamos llegado a un fraternal acuerdo: yo acudiría a comer siempre en su apartamento y, a cambio, le cedería el exiguo valor de mis subsistencias de vuelo. Tiempo atrás, él había también participado en competencias automovilísticas; creíamos, por lo mismo, que estaba mejor preparado que yo para tareas que tengan que ver con la velocidad y el vértigo. Disfrutaba y soñaba con volar; pero solo el amor por su joven familia podía superar la mayor de sus pasiones: ayudar a solucionar los problemas de los demás; en suma: ser servicial y útil en cualquier momento!

Había que mandar el auto a la lavadora o a la inspección en el taller? Quizás, hacer un depósito bancario, o esperar en la fila del Seguro Social para cumplir con el trámite de un fastidioso crédito? Antes de pensar en los inconvenientes o incomodidades , ya estaba él para insinuarse a ayudar, para tomar la iniciativa que no necesitaba de solicitud, ni de insistente requerimiento. Ese era su signo particular y su secreta felicidad: asistir a los demás, sin esperar reconocimiento!

Quizás por eso mismo le habían designado como secretario de su asociación. Por eso mismo se había insinuado para viajar a Cuenca esa triste mañana para retirar unas escarapelas, con que la AETA iba a condecorar a los pilotos que se habían destacado por sus profesionales méritos. Ir a Cuenca, además, representaba para Adrián la rara oportunidad de encontrarse por pocas horas con sus otros medio hermanos, con los menores y más pequeños. Su ilusión era hacer algo más, con tal de asistir y de auxiliar. Ese era la naturaleza de su intención, esa era la fuente de satisfacción que le daba sustento: servir, ayudar, sentirse bueno!

Yo estaba en casa esa trágica mañana, apresurado por asistir a una reunión en la FEDTA, cuando alguien llamó por teléfono. Alicia me participó entonces de la angustia y preocupación de su esposa: el “loquito”, como con cariño sus amigos lo llamaban, había estado en el avión de TAME que se empezaba ya a considerar como accidentado, en los diferentes noticieros. Me vestí con prisa para dirigirme al aeropuerto. Los vuelos a Cuenca se habían suspendido, a pesar de que no era en la pista donde se había producido el siniestro. Los familiares y seres queridos no tuvimos acceso a ninguna información oficial, mientras las autoridades buscaban cómo rehuir sus responsabilidades; y se preocupaban por trasladar a un modesto hospital de provincia los mutilados y calcinados restos…

Solo pocos años atrás, mi hermano Adrián me había acompañado a Cuenca por un motivo similar: la búsqueda del avión de Saeta que había desaparecido. Allí se encontraba la mujer que tomó la posta de mi formación cuando murió mi madre; la tía que me entregó su amor maternal y la dulzura de su afecto… Ese fue otro viaje aéreo a Cuenca que también terminaría convertido en doloroso siniestro…

Mientras esperaba en el aeropuerto quiteño, una estación comercial de radio pasaba música popular en esos tristes y agónicos momentos. Tratábase de una canción que entonces estaba en boga, y que definía mis aturdidos sentimientos. “Si me dejas ahora, no seré capaz de sobrevivir…”, decía uno de sus expresivos y angustiados fragmentos… Fue en el día que se rompió en pedazos una ilusión; el día en que alguien se me fue sin haberse despedido; el día que alguien había decidido seguir el mandato de su corazón… Y, su mandato no era el de volar; era el de estar al servicio de los demás y de poner en ejercicio su buena voluntad, no importa cual fuera el acontecimiento!

Se fue sin despedirse, se fue por servicial… Quiso seguir la estrella que le llenaba de ilusión: la de ser obsequioso y solícito con los demás! Se fue dejándonos huérfanos, en su loco y perseverante intento…

Chicago, 18 de Enero de 2011
Share/Bookmark