21 marzo 2011

Allá arriba, en el infierno…

Se supone que el infierno está ubicado bajo el subsuelo; abajo, mucho más abajo de lo que están los subterráneos más profundos y secretos. Sería esa oscura profundidad la que contendría los campos indescriptibles del averno. Siempre se creyó que los dominios de Satanás, el ángel revoltoso y soberbio, estarían localizados en un substrato geológico inferior, que apuntaba al centro de la tierra, relacionado con las masas incandescentes de lodo ígneo. Esa fue siempre la visión apocalíptica y mitológica con que la religión se encargó de retratarnos el infierno. Así supusimos que el Hades o el río Estigia, se hallaban allá abajo, en el inframundo. Porque “allá arriba”, en cambio, se encontraba el espacio reservado al Paraíso. Mas, eh aquí que un buen día descubrí que el infierno, que debía hallarse ubicado junto a la caldera de los volcanes, había tenido una sucursal itinerante establecida nada menos que en el mismo cielo…

Y es que, puestos a esperar en Pastaza para que se concretara un vuelo después de mediodía, por fin se nos confirmó una contratación para transportar combustible al campamento de Curaray, en el centro del Oriente. Era un vuelo típico de treinta minutos desde la base de Shell Mera, el aeropuerto que fuera por muchos años el paso obligado hacia los destacamentos militares y hacia los campamentos petroleros de la región oriental. Luego de despegar de Pastaza, un pequeño cambio de rumbo, enfrentaba al avión con un conspicuo arbolito que, cual auténtica baliza de navegación, definía la marcación necesaria para confirmar el derrotero. Entonces, y ya con altura de crucero, se seguía con rumbo Este, hacia los destinos selváticos entonces más frecuentes: Villano y Curaray.

Yo venía hecho cargo del pilotaje esa tarde. Luego de cruzar la cuadra de Canelos, el capitán decidió encargarme de la navegación en forma total; entonces, dejó la cabina de mando y se desplazó hacia la de pasajeros para cumplir con una travesura impublicable… Quince minutos luego del despegue y ya nivelados a cinco mil pies, confirmé la posición correcta, e hice el obligatorio reporte: “TAO Pastaza, del TAO 09. Villano 2-5, Curaray 5-0, cambio”. Pasados otros cortos minutos, y dado que el comandante se demoraba en regresar al puente de mando, decidí iniciar el requerido descenso, con el propósito de conseguir una altura de mil quinientos pies en tramo base, preparándome ya para el aterrizaje.

En estas instancias del episodio, pasé a persuadirme que el capitán había optado por probar el desarrollo de mi autónoma iniciativa y que había decidido retrasar su retorno para evaluar mi “criterio de vuelo” y la confiabilidad en mi incipiente pilotaje… Había ya iniciado mi descenso, atravesaba quizás tres mil pies de altura, cuando de pronto la lluvia empezó a arreciar y el tiempo meteorológico comenzó bruscamente a deteriorarse. El cielo se oscureció de golpe, casi fue como si en el día se hubiera hecho la noche. Unos rasgados y lánguidos estratos contrastaban con el azul acerado y mortecino que había pasado a adquirir el firmamento, denunciando la ominosa presencia de un cumulonimbo gigante. En la confianza que solo se trataría de condiciones de tiempo locales, continué con el descenso planificado, atento a mantener contacto visual con los meandros que ahí tiene el río, para asegurar así la necesaria ubicación, como era aconsejable.

De súbito, un ruido persistente y atronador dominó el ambiente en cuestión de cortos instantes; los relámpagos se hicieron más frecuentes; y la lluvia y la severa turbulencia se fueron combinando en apocalíptico maridaje. Todo pareció acontecer en forma vertiginosa e imprevista. Una extraña sensación de zozobra e impotencia empecé a percibir en la cabina de pilotaje. Mientras esperaba que el comandante regresara de su quehaceres para brindarme su invalorable soporte y apoyo, la turbulencia se fue haciendo más peligrosa e intolerable. El viejo DC-3 se sacudía y zarandeaba de arriba hacia abajo, y de un lado para el otro, en una condición demencial y crítica, la cual era cada vez menos controlable. Pronto comprobé que el pilotaje del avión era ya imposible de mantenerse dentro de parámetros aceptables. Aferrado a la columna de control, hacía más esfuerzos para no desprenderme del asiento que para convertir la situación en manejable.

Es que, volar “en instrumentos”, en medio del mal tiempo en la húmeda selva amazónica, y sin disponer de un radar meteorológico, implicaba el riesgo de encontrarse con estas “nubes con pepa”; es decir, no se estaba exento de la contingencia de enfrentarse con una tormenta aislada, embozada en cortinas de nubes que, por su apariencia inofensiva, podían contener la amenaza escondida de las formaciones verticales con las que los aviadores prefieren no enfrentarse. Era ésta una nube de dimensiones y efectos incalculables. Me había encontrado en el cielo con el mismo demonio; y ahora había tenido que batallar estando solo! Nada menos que frente a Lucifer, el ángel de los más perversos desplantes…

En medio del ruido insoportable producido por la lluvia torrencial que sacudía e importunaba; en medio de esas ráfagas de viento que convertían al aparato en una cometa indefensa a merced de los vientos huracanados, el tan extrañado tripulante logró reincorporarse por fin para completar la maniobra que yo había ya empezado a efectuar: la de suspender el rumbo a nuestro anterior destino y buscar proa opuesta para así abortar la operación del frustrado aterrizaje.

Mientras los motores seguían rugiendo como heridas fieras salvajes, poco a poco fuimos saliendo de nuestra precaria condición y conseguimos alejarnos del agrio y altanero cúmulo, para apreciar desde afuera aquello en lo que habíamos estado inmersos hasta hace tan pocos instantes. Una nube de portentosas dimensiones nos había amenazado con el brillo de sus inconfundibles fulgores, sus zigzagueos de muerte y sus fulminantes resplandores infernales. La obscena cresta de un yunque pertinaz anunciaba su perversa y pugnaz tendencia de combate.

Creo que no volví a meterme en ninguna clase de nube por largos meses… Había aprendido, sin querer, qué mismo era eso que llaman el miedo… Y, además, que aquello que llaman el infierno, puede hallarse escondido en muchas otras partes!

Shanghai, 20 de marzo de 2011
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20 marzo 2011

Ya mataron a la perra…

Esa fría mañana de febrero unas enormes bolas de paja eran arrastradas por el viento, tropezaban contra las paredes del hangar y deambulaban entre los avioncitos estacionados. Nuevas ráfagas las ayudaban a redefinir su destino y luego de breves y torpes saltos imprecisos, cruzaban la pista de aterrizaje e iban a acumularse en forma momentánea en la alambrada que definía los linderos del aeropuerto municipal de Vero Beach. Ahí estaba yo, soportando con estoicismo el frío que produce el viento, más que el frío que hace sentir el mismo frío, cuando vinieron a decirme que regresara al terminal a atender una llamada de teléfono. Así fue que recibí esas instrucciones cortas pero perentorias: debía suspender o abreviar el curso de instrumentos de vuelo y regresar al Ecuador para continuar con mi entrenamiento como copiloto del Douglas DC-3. Habría renunciado en forma imprevista un copiloto y era urgente mi desplazamiento.
Llegué a Pastaza un Lunes de marzo de mil novecientos setenta; tenía tan solo dieciocho años. Llevaba conmigo una flamante maleta de bolsillos múltiples donde había acomodado suficiente ropa para ocho días, mi pesado libro de vuelo, un manual de Varig escrito en portugués y en el que al “Dakota” se lo llamaba como “C-47”, una pequeña grabadora con mis únicos cuatro casetes; y, ante todo y escondidos entre los inolvidables bolsillos de aquel improvisado bolso, un par de toneladas de incertidumbre aderezadas con un exceso de eso que llamamos "ilusión" los ingenuos…
Fue ahí que conocí a los “Galos” ese principio de semana. Eran ellos un par de pilotos experimentados que tenían a cargo y en forma exclusiva la operación de los dos únicos DC-3 con que contaba mi nueva compañía. No eran personajes antagónicos pero eran personalidades muy diferentes. El uno había estado acostumbrado a mandar en la difunta AREA, representaba a una elite profesional que venía de operar los Convair 990 y el Comet 4. Resultaba impensable procesar semejante salto inverso: del jet comercial más rápido del mundo, al humilde C-47: un bimotor de pistón y hélice que recordaba las hazañas de la segunda guerra y al que se lo identificaba por su diminuto patín de cola.
El “otro Galo” era un individuo menos serio, abierto a la chanza suspicaz y a la infidencia; tenía esos métodos y procedimientos ejecutados con disciplina que su generación profesional había dado en llamar “la escuela de AREA”. Era un piloto hábil y meticuloso, no perdonaba una cerveza y un juego de billa al caer la tarde; pero podía apreciarse que alguna experiencia anterior le había signado con un tipo de inseguridad que no podía esconder detrás de su catadura bromista y afable. Con ellos fui a volar en mi primer trabajo remunerado. Solo una semana después y sin necesidad de chequeo, como entonces era frecuente, recibía mi habilitación como flamante primer oficial de un Douglas DC-3, el inolvidable C-47.
Éramos entonces solo dos tripulaciones, solo dos parejas de aviadores en la selva que convivían de martes a sábado o de lunes a viernes. Era un arreglo cómodo y entretenido, interesante y conveniente. Juan Sommerfeld, el otro primer oficial, había hecho tándem con el más joven de los Galos; a mí me tocó volar el más estable de los enormes –así me parecían entonces- avioncitos, uno que obedecía al registro HC-ALK y que lo identificábamos como TAO cero-nueve. Ocioso resultaría explicar que pasé a ser el copiloto oficial de quien llegaría a ser así mi mentor y maestro, y pronto mi personaje inolvidable: Galo Arias Guerra. Galo fue realmente mi primer instructor a tiempo completo; era él la persona que, como profesional y como hombre, uno sentía el íntimo orgullo y la satisfacción de tratar de imitar, de empeñarse en emularle. Creo que fui el más postrero de su discípulos. De Galo recibí consejos e insinuaciones, observaciones y advertencias. Su celo trascendió al celo del instructor. A veces lo sentí como en la vida solo puede sentirse a un padre!
Eran tiempos en que los copilotos no topábamos la cabrilla. Casi estábamos solo dedicados a las comunicaciones (TAO Pastaza del TAO cero-nueve, cambio!). Eran muy esporádicas las oportunidades, dada la naturaleza delicada de la operación, que teníamos el “privilegio” de que se nos concediera un despegue o un aterrizaje. Las pistas eran cortas y de yerba. Las superficies no siempre estaban en buen estado y eran muy resbalosas. Entonces los aeropuertos eran conocidos como “campos de aviación”. Los aterrizajes debían siempre ser de precisión y el Douglas DC-3, por su condición de tener un patín de cola, era un avión noble y confiable, pero no permitía que uno pudiese descuidarse…
Ahí, en Pastaza, se dejaba la plataforma rumbo a la pista, luego de cruzar la carretera. Una corta calle de rodaje conducía a la cabecera “uno-dos” donde, luego de “probar magnetos”, se iniciaban nuestros “larguísimos” viajes sobre la selva amazónica (rara vez excedieron el tiempo de una hora). En ese entonces, los copilotos hacíamos el peso y balance y preparábamos el plan de vuelo; luego realizábamos el chequeo previo y confirmábamos, luego de subirnos al ala, que disponíamos de la cantidad requerida de combustible. Este era un rito que no podía suprimirse. Cuando alguna vez lo pasamos por alto, los comandantes paraban el avión en la cabecera de la pista y, sin apagar los motores, nos entregaban la vara de medición y nos “invitaban” a bajar del avión y subir al ala a completar la requerida comprobación. Quien alguna vez lo olvidó, terminaba despeinado… y ya nunca más habría de volver a olvidarse!
Fueron los tiempos en que fuimos aprendiendo con solo tratar de observar. Fue esa la escuela del ejemplo y la responsabilidad. Aprendiendo, aprendimos a enseñar, aprendimos a pasar a otros lo que quienes nos enseñaron lo habían aprendido con esfuerzo, cometiendo errores y poniendo en juego su seguridad. Hoy van quedando para enseñar los que aprendieron de nosotros... Imposible, ahora que el retiro se viene tan raudo y con tanta celeridad, no recordar el epígrafe de uno de los cuentos de Juan Rulfo, en “El llano en llamas”. Es el fragmento de la letra de un corrido popular: “ya mataron a la perra, pero quedan los perritos…”
Shanghai, 19 de marzo de 2011

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17 marzo 2011

Entre la indulgencia y la solidaridad

Estoy con la gripe. Me ha dado la peste, como dirían los amigos colombianos. Me da la gripe una vez cada siete años, como obedeciendo a un factor cíclico, exacto como parecen venir los fenómenos naturales. Dicen que así pasa con los estragos que produce lo que en el Pacífico se ha dado por llamar como “El Niño” y aun lo que suele suceder con los terremotos, que parecerían obedecer a un caprichoso designio y nos caen de manera periódica con la fuerza dantesca y apocalíptica de sus inesperados males. Frente a esto, son insignificantes mis achaques.

Y es que hay vida en la tierra; pero hay también una actividad subyacente, casi escondida, que escapa a lo que se define como biología y que no cesa, y que de rato en rato nos amenaza y afecta, como una ominosa advertencia de que el planeta en que vivimos tiene también su vida propia, sus palpitaciones, espasmos, requiebres y retortijones. Así, suceden las tormentas; nos afectan los terremotos y las avalanchas; nos castigan las erupciones volcánicas y los inesperados incendios forestales. Pero nada se puede hacer: igual con la gripe, que con estos cataclismos naturales. En el primer caso, hay que esperar que concluya el infame proceso; en el segundo, tan solo confiar en que sus secuelas no dejen una estela mayor de dolor, devastación y sufrimiento. Y, sobre todo, la esperanza de que sus lastimosos efectos no se agraven con la presencia pertinaz de sus embates.

Mientras guardo cama, ansioso por que concluyan mis irrisorios e inocuos malestares, voy siguiendo la secuela de los males causados por el tsunami que ha venido otra vez a azotar al Japón la semana pasada. En una época que los avances de la tecnología y de la civilización parecerían apuntar a la prevención, si no a la eliminación, de la mayoría de los efectos de las llamadas desgracias naturales; eh aquí que, factores como la instalación de estaciones atómicas – impulsadas en muchos casos para ofrecer mayor comodidad y beneficios- parecen crear nuevos e impredecibles riesgos, debido a la mezcla no programada de incompatibles sustancias, que revueltas sin el debido proceso pueden llegar a producir efectos más catastróficos que las mencionadas desgracias naturales.

Pero la mayor ironía y el mayor contrasentido parecen darse en que estas tragedias se produzcan con tanta frecuencia en la tierra de un pueblo que, debido a su nivel de organización social, parecería estar mejor preparado para enfrentar el acoso y desolación que producen los terremotos y tsunamis. Pero, está alguien preparado para enfrentar lo que no es factible pronosticar? Aun en el caso de que una advertencia o notificación previa fueran posibles, sería imposible eludir los consecuentes maleficios, la destrucción, las ingentes pérdidas materiales.

Es Japón un país admirable. Hay en su rica historia, la huella de una civilización con un profundo sentido de organización comunitaria y de respeto a valores trascendentales que le convierten en una nación sorprendente y formidable. Su sentido de organización social y su espectacular desarrollo económico le han transformado en una de las más avanzadas naciones de la tierra. Concluidas las instancias de la última conflagración mundial –ya van para tres cuartos de siglo- su pueblo se dedicó a la esforzada y perseverante tarea de recuperarse.

Pero no solo fue convalecencia lo que este esfuerzo generó; su industria y desarrollo habrían de marcar una nueva forma de liderazgo en el mundo contemporáneo. Esto solo lo consigue el empeño por alcanzar la excelencia, por perfeccionar los procesos de elaboración y manufactura, por la obtención de un inmejorable producto final. La muestra podrían dar los logros relacionados con la industria automotriz o con la electrónica; pero basta acudir a un quiosco de limpieza de calzado para comprender porqué una civilización como la japonesa ha llegado a donde está. No hay tarea a realizarse, por domestica y humilde que fuera, donde el trabajo encargado no manifieste esta vocación y particularidad.

Dada su distancia con Occidente, solo advertimos de este pueblo una imagen embozada en la distorsión. Japón es algo más que geishas, shintoismo, sashimi y combates de sumo. Japón es algo más que unas reconocidas marcas que nos han venido proporcionando bienestar y comodidad. Porque el Japón es algo más que lo que el extranjero puede observar como testimonio de los logros obtenidos por su gente. Para poder apreciar los valores de este inigualable pueblo hay que caminar las calles transitadas de Osaka o de Tokio; o, simplemente, compartir y disfrutar con su gente la ceremoniosa y ancestral costumbre de ingerir pescado fresco y crudo en la forma de sushi, deleitarse con un frito tempura o un bien destilado licor de sake, tomado caliente o puesto preferentemente a enfriar…

A veces me pregunto si esto de eliminar la vida marina es realmente sustentable. Mas, detrás de este aparente derroche de indulgencia y hedonismo, hay toda una verdadera filosofía culinaria, una técnica especializada, un muy exigente control de calidad. Es sorprendente el bajo índice de afección cancerígena que se encuentra en Japón, como consecuencia de su dietética diversidad. En días pasados observaba un programa pesquero en que se comentaba del astronómico valor al que puede llegar el precio del atún de aleta azul, del que se supone que un ochenta por ciento es consumido en las islas del “Imperio donde nace el sol”.

Hoy el pueblo japonés vive unas horas dramáticas; está sumido entre el dolor y esa oscura sensación que produce el luto. A pesar de ello, se da tiempo para sus momentos de indulgencia, porque sabe del valor formidable de su excepcional sentido comunitario, de la fuerza maravillosa que suele tener la solidaridad.

Anchorage, 17 de Marzo de 2011
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04 marzo 2011

De apodos y remoquetes

Quién no tiene apodos! Es que ellos se refieren a nuestros defectos o físicas particularidades; y, claro, nadie tiene que ser perfecto! Porque, con las “fallas de fábrica” sucede igual que con los sueños nocturnos: que a veces creemos que no los hemos tenido; pero que, en estricto sentido, todos los tenemos! Quizás la única diferencia está dada en que los sueños a menudo los olvidamos, sin quererlo; en tanto que los defectos son algo que quisiéramos olvidar y no podemos… Pero, quién escapa de tener defectos? Inclusive, si esa condición de egregia perfección creemos que poseemos, no faltará el chusco que nos chantará el apodo de “Infalible” o el remoquete de “Perfecto”… Así que, si está convencido que no ha tenido la mala fortuna de merecer un “nombre intermedio”, quédese tranquilo; lo más seguro es que ya tiene uno, y solo sucede que no lo sabe. La verdad es que nadie prescinde de un apodo: todos los tenemos!

No sé si se ha fijado en los mimos de feria que deambulan por las calles; aquellos personajes cómicos que han desarrollado la formidable habilidad de identificar los defectos ajenos. Los he visto, y he disfrutado de ellos en las grandes ciudades, en donde logran mimetizarse con la gente, a la que imitan sin hacer esfuerzo. Cuando voy a Manhattan, encuentro que uno de los espectáculos que causa más hilaridad es, justamente, la posibilidad de sentarse en las escalinatas de la Biblioteca Pública de la Quinta Avenida, y apreciar cómo estos fascinantes imitadores se burlan del mundo, remedando el exacto caminado de unos cuantos ingenuos. Ellos captan la principal característica ajena con la fuerza amplificada de la caricatura. Tienen esa rara habilidad para, con un solo rasgo, poner de relieve lo que más nos caracteriza. Imitan nuestro tranco, cierto balanceo, la actitud corporal; convierten cualquier identidad particular en un risible defecto.

Al igual que aquellos mimos, hay en la vida esas habilidosas criaturas que tienen la prodigiosa facilidad para detectar nuestras carencias y defectos. Además, la Providencia les ha regalado una dosis generosa de picardía e ingenio, que resulta muy difícil escapar al escalpelo de sus improvisados escarnios. Les basta con vernos una sola vez para, con certero diagnóstico, entregarnos su apreciación de la limitación poco evidente que nos parecía que podíamos disimular. Entonces, sacan el agudo arco de su invectiva, y sin pensarlo dos veces, nos disparan las venenosas flechas de sus epítetos, para inyectarnos sus adjetivos certeros!

Hay apodos fugaces y transitorios; pero los hay estables y duraderos. Hay algunos que llegan a desplazar al mismo nombre. Muchas veces nos enteramos solo a fuerza de averiguarlo, cuál es el nombre real de algunas personas; a las que, es por su famoso remoquete que llamamos y conocemos. A veces los apodos se los obtiene por mérito o propio esfuerzo; pero, en ocasiones su otorgación parece obedecer a la traviesa disposición de un hereditario documento.

Fue en la escuela y en el colegio donde se fue acentuando esta irreverente costumbre de otorgar “nombres intermedios”. Ahí, como escarapela que adornaría nuestra particular heráldica, se nos imputaba el primer epíteto de identidad, que entonces lo acarreábamos –o que lo hemos seguido acarreando- por largo tiempo. Unos obtienen el de Loco, Tarzán o Cabezón; otros el de Tusa, Borracho o Calavera. Hay quienes terminan con el de Bizcocho, Blancanieves o Tres Patines. Yo mismo tuve algunos, pero he gozado de la magnanimidad de mis condiscípulos y de la misericordia de mis “enemigos políticos”. Muchos de ellos ya hasta he olvidado; lástima que lo que aquí cuenta no sea la memoria propia, sino la de sus autores, esos incansables e impertinentes compañeros…

Un día conversando en la playa, se ofreció hablar de ciertos colegas de trabajo con unos curiosos amigos. Como era lógico, nos referimos a ellos con el recurso de llamarlos por sus apodos, y no por el de sus nombres o apellidos. Al terminar la relación cuyas anécdotas referíamos, una dama participante en el sabroso coloquio, nos inquirió si habíamos trabajado en una empresa de aviación, como reclamaba nuestro oficio; o si, más bien, habíamos prestado servicios en un no publicitado zoológico o en un itinerante circo! Qué más podía haberse imaginado nuestra sorprendida contertulia, si los apodos mencionados fueron entre otros: Perro, Gato, Cuzo (gusano), Cuchi, Gavilán, Topo Gigio y Chancho con Chaleco… O, inclusive, otros aún más fulminantes y agudos, cáusticos y concluyentes, como: Garganta de Lata, Muelón, Pinocho, Curco, Trapo Sucio, Murmullos, Súper Mario, Hermano Lelo, Monje Loco, Narizón, Cabello de Ángel y hasta Pescado Muerto…

Fue en mi fugaz paso por el campamento de Texaco, en Lago Agrio, que pude advertir la cruel ansia de hilaridad a que puede llegar la sutileza ajena, con esto de los apodos. Algunos obedecían al de Vida Dura o Pié de Atleta; Care Crimen, Pelo Necio o Pata de Queso… Quizás el súmmum de la oportunidad se presentó en uno de los mundiales de futbol, cuando literalmente todos los nombres de los integrantes de la escuadra “azurra”, dieron pábulo a novedosos remoquetes para casi todos mis ocasionales compañeros de trabajo en Ecuatoriana: Tardelli, a quien se caracterizaba por su ritmo pausado; Cabrini, a quien no se distinguía por atemperar los exabruptos de su carácter; Altobelli, al altanero personaje que estaba persuadido del irrenunciable arrebato que producían su atractivos…

Y ahí, en medio de todo y de todos, yo mismo: eludiendo cual encastado torero las embestidas y cornadas de los chuscos implacables; a pesar de mis no pocas imperfecciones, y de mis nunca escasos defectos…

Anchorage, 4 de Marzo de 2011
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03 marzo 2011

Coooooche a la vista!

Hoy mis nietos creerían que eso era una tostadora; y yo no tendría que hacer ningún esfuerzo para convencerlos que se trataba de una máquina para regresar en el tiempo. Pero, de solo recordar ese artilugio, tengo la inconfundible sensación que regreso atrás por cincuenta años; y así, claro, el radio portátil que tenía sobre el velador la abuela, se convierte sin esfuerzo en una caprichosa máquina de volver en el tiempo… Y ahí estaba, junto a sus aguas de “caballo chupa” y de pelo de choclo; junto a sus rosarios y devocionarios, a su “chauchera” milagrosa y a sus pastillitas de “Piridium”; y, claro, casi me olvidaba, junto a nuestra más fiel compañera de infancia: su catártica y abominable férula.

Era de ese velador convertido en azafate que nos sustraíamos su electrónico aparato de tarde en tarde; aprovechando que no se estaban transmitiendo las incidencias de las deliberaciones del Congreso; o, si era de mañana, si habían concluido los programas políticos radiales matutinos, especialmente uno que pasaba Radio Tarqui y que llevaba el sugestivo título de “Las andanzas del maestro Juanito”. Entonces nos adueñábamos del mágico aparato, para seguir las incidencias de algo que a nosotros, por una par de semanas, nos entretenía y fascinaba; y que tenía a todo el país pendiente con unos relatos que interrumpían los anuncios comerciales para de pronto pregonar un: “coooooche a la vista!!!”.

Fueron esas temerarias competencias, que las seguíamos con una emoción que lindaba con el fervor, las que propiciaron con sus imprevisibles ocurrencias una de las más recurrentes y entretenidas actividades que marcaron nuestra infancia: la mundialmente famosa carrera de bolas, que los hermanos Vizcaíno organizábamos en la azotea de la casa de la calle Caldas. La idea no había sido original; quizás nos habíamos inspirado en una entretención similar que alguna vez habíamos observado en la feria de la plaza de San Francisco, en tiempo de ruletas. Puede ser también que habíamos observado que a idéntica actividad se dedicaban unos jovenzuelos poco comunicativos, que eran unos circunspectos hermanos que habían venido a vivir como vecinos en la planta baja.

Era “la prestigiosa y apasionante carrera de bolas” una actividad que requería de minuciosos preparativos. Primero que todo, había que construir la pista de carreras propiamente dicha. Esta era una tarea en la que intervenían nuestra planificación, nuestra imaginación y, sobre todo, nuestras innatas habilidades para las tareas relativas a la ingeniería. Para ello había que “tomar prestados” los largueros de las camas y unas tablas que ahora han entrado en desuso, que eran las que soportaban los colchones, al colocarse en forma transversal apoyándolas en los largueros. Para el propósito, abundaban las camas en la casa: habían unas que solo eran utilizadas “en tiempo de monos” y que se las almacenaba en el oscuro y macabro desván que existía en el acceso a esa terraza; y si no, había simplemente que desbaratar, con disimulado sigilo, las mismas en las que nosotros dormíamos…

Las “vallas de protección” de la ruta eran obtenidas de las parvas de leña de cocinar que se apilaban en el patio trasero de la casa. Lo demás, o sea los soportes, andamios y otras “unidades de sustentación y apuntalamiento”, venían a proporcionarse con sillas, cajones, veladores, lámparas y una parafernalia de insospechados objetos servibles e inservibles que abundaban en esa casa. Es que, en nuestra casa, como sucede en casi todas las demás moradas, lo que más existía eran vejestorios: demasiado viejos como para tener un valor práctico; y demasiado nuevos como para ser echados en un reciclador, el que por entonces era todavía insospechado e inexistente.

Solo hacía falta adquirir “los autos de carrera”, quiero decir las bolas referidas. Para esto, solo hacía falta “echarse” una carrerita a las “cachinerías” de San Blas; ahí nos encontrábamos con una variedad que superaba nuestra expectativa, y sobre todo nuestro presupuesto. Por plata, sin embargo, no había que sufrir o preocuparse; no porque las famosas bolas tuvieran un precio asequible, sino que para esa onerosa inversión solo hacía falta un cuchillo bien filudo, el mismo que era utilizado con destreza para abrir, sin que nadie se diera cuenta, la base de la alcancía de madera de mi hermana Lolita. De ese diminuto banquito se obtenían los perentorios y ocasionales “prestamos quirografarios” que hicieron posible estos menesteres deportivos, además de otra suerte de antojos y golosinas…

Fue en las covachas de San Blas o en los “bazares” del mundialmente reputado Mercado Barato que fuimos a adquirir estas canicas de todos los colores y de todos los tamaños que pasaron a convertirse en raudos y vertiginosos participantes de nuestras inolvidables carreras. Habían las mamonas, las chinas, las floreadas e incluso una que otra “macateta”. Estaban excluidas las bolas de acero; y habríamos con el tiempo de descubrir que las más rápidas, no eran necesariamente las más esféricas. Así fuimos patrocinando su individual pertenencia. Pero ellas no eran conocidas por su color, su tamaño o su apariencia. Prueba de haber sido escogidas y de haber pasado “el chequeo de ANETA”, eran que debían tener un nombre que representara a la ilustre prosapia de corredores que eran famosos en aquellos tiempos y que se destacaban por su pericia, temeridad y experiencia.

Así fue como en la casa corrieron los Baldus, los Cucalón y los Dumani; un tal Joel Silva, los infaltables “incógnitos”, un peruano conocido como Federico “Pitty” Block, y el más corajudo y representativo de todos los dominadores del “deporte tuerca”: un inigualable y sin par piloto ambateño que obedecía al nombre de Luis “ el loco” Larrea. En un cuaderno de bitácora, impoluto y cuadriculado se iban registrando las hazañas de los “héroes”; pero éstos no eran de carne y hueso: eran redondos y de vidrio, se compraban en las tiendas vecinas del barrio; y, cuando no nos veían las que hubieran llegado a ser nuestras enamoradas, hasta en los infames y vergonzantes quioscos de las irreverentes traperas.

Chicago, 3 de Marzo de 2011
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02 marzo 2011

Lo prefiere revuelto o sacudido?

No voy a hablar de revueltas, ni de sacudidas; aunque, pensándolo bien, creo que más bien que sí. Y es que me había entrado la curiosidad de averiguar de qué se hace la ginebra, aquella bebida espirituosa incolora que los ingleses llaman “gin”; y que -ahora lo sé- se destila utilizando grano de trigo o centeno y añadiéndole el sabor de una fruta de color azul verdoso y parecida a la cereza que se llama enebro. Porque así es como debe traducirse “juniper”, que no quiere decir junípero, como yo en mi ingenuo candor me hubiera imaginado; y que claro, al abreviarse, da esa forma recortada: la de gin… Y entonces el gin da paso a uno de los tragos o cócteles más populares y con más personalidad que se han inventado por allí. Es que la ginebra, combinada con el vermouth dulce, da como resultado el Martini, que se convierte en seco cuando más se prescinde de este último ingrediente.

Hay entre los devotos de los bares una cierta controversia en cuanto a cómo es que debe prepararse el Martini. Quizás el método clásico no se había puesto a prueba hasta que las novelas de espionaje de Ian Fleming hicieron famoso a un personaje que al pedirlos solicitaba “batido, no revuelto” (“shaken, not stirred”). Habría sido otro escritor, recordado por sus viajes al sudeste de Asia, Somerset Maugham, el que había tratado de recuperar la costumbre clásica, exhortando a prepararlo “revuelto, no sacudido” (“stirred, not shaken”). Dicen los entendidos que ésta no solo es la manera tradicional, correcta y más adecuada; sino que de esta forma, el trago tiene menos presencia de agua y logra una mayor pureza. Por mi parte, encuentro muy poca diferencia entre uno y otro sistema; y no estoy seguro –a menos que lo vea preparar personalmente- si lo batieron cuando lo quería removido; o lo removieron cuando era batido que lo había solicitado…

Es que, con el tiempo me he ido haciendo menos “quisquilloso”, palabra que la devolvió a mi diccionario, el inefable Cuchi Yépez, quien no se cansaba de ponderar mis supuestas virtudes; pero tampoco dejaba de quejarse de mis supuestos remilgos con los asuntos relativos a mi trabajo... Era ahí cuando lo mencionaba: “es un buen “zafirito”, aunque… muy quisquilloso!”. Lo cierto es que, mas allá del uso de la anticuada palabrita (tan anticuada como “detalloso” o “anchetoso”, que casi significan lo mismo), he ido aprendiendo que un sabroso y bien preparado Martini puede hacerse de cualquiera de las dos formas; y aun agravándolo con el sacrilegio de dejar en la copa los cubitos de hielo. Esto puede sonar a pecaminoso, porque el requisito es que se lo sirva “straigth up”, o sea sin hielo; pero cuando estoy con ganas de un buen ginebra mezclado con un rocío de vermouth, puedo probarlo como quiera, con tal de que se respete la relación de cantidad de los ingredientes. Y entonces sí, que me digan no más quisquilloso!

Lo que si parece importante es la utilización de la copa adecuada para saborear el trago materia de este breve tratado. Pero no me va a quedar más recurso que insistir en que hay que prepararlo en copa triangular, aun a precio de que otra vez me tilden de lo mismo (rezagos de mi síndrome obsesivo compulsivo). Sería como jugar golf con zapatos de futbol, o como tratar de ponerse los calcetines, luego de haberse amarrado los zapatos; es decir, también se puede, pero ése no es el modo! Casi, casi, sería como hacer un Martini sin ginebra; porque, hay que recordarlo, hay quienes prefieren el Martini preparado con vodka. Esa pócima desnaturalizada que llaman con el híbrido nombre de vodka-Martini. Para mi gusto, el Martini debe estar hecho con ginebra. Y punto!

El gin tiene un sabor fuerte pero muy agradable, un sabor sugestivo no exento de opulencia y complejidad; su gran ventaja es que no requiere añejamiento. Quizás su popularidad sería más alta, como bebida blanca, si no fuera por la difusión del vodka desde el siglo pasado. Yo tomo gin desde que tuve mi primera y nunca bien planeada borrachera cuando recién tenía quince años. Resulta que había ido al cine Alhambra a ver una película de James Bond, el agente 007; no recuerdo si fue Dr. No o Goldfinger. Lo cierto es que no bien había salido del cine, todavía con las ínfulas y los rezagos de querer caminar y levantar la ceja izquierda como lo hacía Sean Connery, cuando entré en busca de un inocente refresco a un bar que había junto a la vidriería Anhalzer. Para mi sorpresa encontré allí a un ingeniero petrolero que había conocido pocas semanas atrás en Pastaza, que sentado solo y sin compañía, tomaba también solo una inolvidable botella de Tanqueray.

Del reconocimiento pasamos al primer ofrecimiento, del ofrecimiento a mis inciertas y no muy convencidas reticencias. De mi frágil convicción a mis cada vez menos firmes renuencias. Treinta minutos después, ya con dos tragos de ese elixir “puestos entre pera y bigote”, como decía un amigo, opté por regresar a casa a tratar de explicar la sonrisa de zoquete que había pasado a caracterizarme y a tratar de comentar la trama de la película; sin contar con que mi enredada lengua ya no quería pronunciar las palabras que mi cerebro le ordenaba. Era la noche víspera de Navidad y casi no pude asistir a la reunión familiar porque, de pronto, sentí por vez primera en mi vida, cómo puede una habitación girar con el ímpetu infernal y la velocidad que un carrusel de feria. Gin mezclado con gaseosa de limón, y adornado con jugosas guindas, era lo que me habían dado a tomar!

Pero, nunca me preguntaron si quería “shaken or stirred”; batido o removido. El revuelto resulté siendo yo mismo, que casi termino “sacudido” a punta de unos embriagadores correazos…

Chicago, 1 de Marzo de 2011
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